Read the book: «Octubre en el circo nocturno: Ten cuidado con lo que deseas»
Глава
OCTUBRE EN EL CIRCO NOCTURNO
Ten cuidado con lo que deseas
Jules Honing
Español B1-B2
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Capítulo 1. Una vida demasiado normal

A principios de octubre, Salem parecía una ciudad construida para convencer a los turistas de que las historias de fantasmas eran completamente posibles. Las hojas de los arces se habían vuelto rojas, naranjas y amarillas, las fachadas de las tiendas estaban cubiertas de calabazas y telarañas artificiales, y en casi cada esquina alguien vendía velas, cartas del tarot o recuerdos relacionados con brujas. Por las mañanas, una niebla ligera se quedaba entre los edificios antiguos; por las tardes, el olor a café, canela y hojas húmedas acompañaba a la gente por las calles. Amber Reed había crecido allí y estaba acostumbrada a todo aquello. Para ella, ver a una mujer vestida de bruja comprando leche en el supermercado era menos sorprendente que encontrar una plaza de aparcamiento libre en octubre.
Amber tenía diecinueve años y estaba en su primer año de universidad, donde estudiaba Literatura. Tenía el pelo rojo, largo y rizado, los ojos azules y la piel tan blanca que sus amigos llevaban años haciendo la misma broma sobre ella. A Amber no le molestaba. De hecho, había aprendido a responder antes de que terminaran la frase.
-Algún día vamos a descubrir que eres un vampiro -le había dicho Chloe tantas veces que ya parecía una tradición.
-Con mi suerte, seguro que soy alérgica a la sangre.
Su vida, sin embargo, tenía muy poco de sobrenatural. Vivía con sus padres y su hermano menor en una casa a unos veinte minutos del centro. Por las mañanas iba a la universidad; por las tardes trabajaba en una pequeña cafetería; por las noches estudiaba, leía o veía alguna serie antes de dormir. Los fines de semana salía con sus amigos si no tenía demasiado trabajo. Era una vida segura, ordenada y bastante cómoda. Amber sabía que muchas personas habrían considerado aquello una suerte. Precisamente por eso le costaba admitir que, algunas veces, se sentía atrapada dentro de ella.
Aquella mañana de martes estaba sentada en una clase de Literatura Inglesa. La profesora llevaba casi media hora hablando de los poetas románticos, mientras la lluvia fina dibujaba líneas en los cristales de las ventanas. Amber normalmente disfrutaba de aquella asignatura. Le gustaban las historias antiguas, los personajes que tomaban decisiones terribles y los lugares donde siempre parecía esconderse algún secreto. Pero había dormido poco, tenía que entregar un trabajo el viernes y su turno en la cafetería empezaba a las cuatro. El reloj de la pared se había convertido en el objeto más interesante del aula.
Quedaban doce minutos. Luego once. Amber intentó volver a sus apuntes. Escribió dos frases sobre Lord Byron y volvió a mirar la hora. Diez minutos. A su lado, Chloe estaba dibujando algo en el margen de su cuaderno. Tenía el pelo rubio recogido de cualquier manera y una expresión de profundo sufrimiento académico. Empujó lentamente el cuaderno hacia Amber. En letras enormes había escrito: ESTOY MURIENDO.
Amber mordió el interior de la mejilla para no reírse. Cogió el bolígrafo de Chloe y escribió debajo: POR FAVOR, HAZLO EN SILENCIO. QUIERO SACAR BUENAS NOTAS. Chloe soltó un sonido extraño que intentó convertir en tos. Varias personas se volvieron hacia ellas.
-¿Hay algo interesante que queráis compartir con todos? -preguntó la profesora.
-No -respondieron las dos al mismo tiempo.
Cuando por fin terminó la clase, Amber guardó sus apuntes con demasiada rapidez y salió con Chloe. El aire de octubre era frío y húmedo. Las hojas secas se acumulaban junto a los edificios del campus y crujían bajo las botas de los estudiantes. Cerca de la biblioteca habían colocado una fila de pequeñas calabazas, aunque alguien ya había dibujado una cara triste en una de ellas.
-Libertad -dijo Chloe, respirando profundamente.
-Tienes otra clase en cuarenta minutos.
-Libertad temporal.
Caminaron hacia la cafetería del campus. A su alrededor, los estudiantes hablaban de exámenes, fiestas y planes para Halloween. Amber escuchaba sin prestar demasiada atención. Conocía aquellas conversaciones. Conocía aquel camino. Incluso sabía qué árbol perdía las hojas primero cada otoño y en qué parte de la acera se formaba un charco enorme cada vez que llovía.
-¿Trabajas hoy? -preguntó Chloe.
-De cuatro a nueve.
-Qué emocionante.
-Mi vida es una aventura constante.
Lo dijo como una broma, pero la frase permaneció con ella más tiempo del necesario. Amber tenía ganas de viajar desde que era niña. Guardaba fotografías de ciudades que nunca había visitado, seguía cuentas de personas que viajaban solas y tenía una lista de lugares que quería conocer antes de cumplir treinta años. París. Praga. Tokio. Edimburgo. Roma. Cualquier sitio donde pudiera caminar por una calle sin saber exactamente qué había después de la esquina. En Salem, en cambio, casi todo tenía un recuerdo asociado: aquí había aprendido a montar en bicicleta, allí había besado a un chico por primera vez, en aquella tienda su madre compraba pan desde que Amber era pequeña.
No odiaba su ciudad. Ese era el problema. No tenía una razón clara para marcharse. Tenía una familia que la quería, una mejor amiga, estudios que le gustaban y un trabajo que le permitía ganar su propio dinero. Lo tenía todo y, aun así, una parte de ella esperaba algo más. A veces pensaba que estaba dando por sentado una vida que otras personas desearían tener. Otras veces pensaba que quizá una vida buena también podía ser una vida equivocada.
A las cuatro y cinco, Amber entró en The Black Cat, la pequeña cafetería donde trabajaba desde hacía casi un año. Llegaba cinco minutos tarde. Dentro hacía calor y los cristales estaban cubiertos de vapor. El olor a café recién molido se mezclaba con el de los bollos de canela que acababan de salir del horno. Noah estaba detrás de la barra preparando tres bebidas al mismo tiempo. Al verla, levantó una ceja.
-Milagro. Ha venido.
-Cinco minutos.
-En una cafetería, cinco minutos son una generación.
-Noah, tienes veintidós años.
-Y ya he visto demasiado.
Amber dejó la mochila debajo del mostrador, se puso el delantal negro y empezó su turno. Durante las siguientes horas preparó cafés, limpió mesas, llevó platos y respondió preguntas de turistas. Octubre era el mes más intenso del año en Salem. Algunas personas entraban solo porque el nombre The Black Cat les parecía apropiado para la ciudad. Otras querían saber si el edificio estaba encantado. Noah siempre decía que sí cuando el dueño no podía oírlo.
Una mujer pidió un cappuccino sin espuma. Un hombre quiso un café caliente, pero no demasiado caliente. Después apareció una turista con un sombrero de bruja violeta que pasó varios minutos estudiando el menú con expresión preocupada.
-¿Tenéis alguna bebida que parezca más... de Salem?
-¿Más de Salem? -repitió Amber.
-Sí. Más misteriosa.
Amber contempló la máquina de café, después las botellas de sirope y finalmente a Noah. Él se encogió de hombros con absoluta seriedad.
-Podemos apagar las luces.
La turista no se rio. Amber tuvo que darse la vuelta para que no la viera sonreír. Al final, la mujer pidió un pumpkin spice latte, lo cual a Amber le pareció la solución más previsible posible. Hacia las siete, la lluvia se hizo más fuerte. Las gotas golpeaban los grandes ventanales y las luces de los coches se reflejaban sobre el asfalto negro. Había menos clientes, así que Amber empezó a limpiar la barra. Noah colocaba vasos limpios en una estantería cuando preguntó, sin mirarla, qué pensaba hacer después de la universidad.
-Vivir de mis millones.
-Plan sólido.
-Gracias.
-Lo digo en serio.
Amber apoyó el paño sobre la barra. Aquella pregunta aparecía cada vez con más frecuencia desde que había empezado la universidad. Sus padres la hacían. Sus profesores la hacían. Incluso algunos clientes la hacían cuando descubrían que estudiaba Literatura, normalmente justo antes de preguntarle qué trabajo podía conseguir alguien con aquella carrera.
-Quizá trabajar en una editorial. Quizá escribir. Quiero viajar.
-¿Adónde?
-A todas partes.
-Eso no es un lugar.
-Precisamente.
La idea le produjo una pequeña emoción en el pecho. Quería dormir en trenes, perderse en ciudades desconocidas, comer cosas cuyos nombres no pudiera pronunciar y tener historias que contar cuando fuera mayor. Quería atreverse a hacer algo sin saber de antemano cómo iba a terminar. Pero aquella noche, cuando cerraran la cafetería, tomaría el autobús número siete, bajaría en la misma parada de siempre y volvería a la misma casa.
-Pues hazlo -dijo Noah.
-¿Qué?
-Vete.
Amber soltó una risa y siguió limpiando. Era fácil hablar de otra vida mientras preparabas cafés. Mucho más difícil era abandonar una que funcionaba. Llegó a casa poco después de las nueve y media. La cocina estaba iluminada y olía a salsa de tomate. Su madre estaba guardando platos en un armario mientras su padre veía un partido en el salón. Desde arriba llegaba la voz de Ethan, su hermano de quince años, discutiendo con alguien a través de unos auriculares. Amber dejó las llaves en el pequeño cuenco de la entrada. El sonido le resultó tan familiar que ni siquiera tuvo que mirar para saber dónde habían caído.
-¿Has cenado? -preguntó su madre.
-Sí.
Era mentira. Había comido medio muffin a las seis. Su madre abrió la nevera sin comentar nada y sacó un plato de pasta.
-Entonces, ¿por qué estás mirando mi pasta?
-Estoy admirándola.
-Siéntate.
Amber obedeció. Mientras comía, su madre preguntó por la universidad, por el trabajo y por Chloe. Amber respondió bien a las tres preguntas. Su madre se apoyó en la encimera y la observó durante un segundo.
-Me alegra que tengamos estas conversaciones tan profundas.
-Estoy cansada.
-Lo sé.
No había nada malo en aquella cocina. La lámpara sobre la mesa daba una luz cálida. Había una taza que Ethan había dejado junto al fregadero y una nota de su padre pegada en la nevera para recordar comprar comida para el gato. Eran detalles pequeños, ordinarios, incluso aburridos. Amber sabía que algún día probablemente los echaría de menos. Sin embargo, aquella noche volvió a sentir la misma inquietud que llevaba meses apareciendo sin una razón concreta.
Antes de dormir abrió una novela. La protagonista acababa de llegar a un castillo en mitad de un bosque. Había una tormenta, una puerta cerrada y un hombre del que claramente debía mantenerse lejos. Naturalmente, la mujer decidió entrar. Amber leyó casi media hora sin mirar el teléfono. Los libros eran su refugio porque dentro de ellos la gente podía tomar decisiones absurdas y convertirlas en destinos. Podían desaparecer, enamorarse, descubrir secretos y empezar de nuevo. Nadie tenía que levantarse al día siguiente para entregar un ensayo sobre poesía.
Cuando cerró el libro, su habitación volvió a ser demasiado silenciosa. El escritorio estaba cubierto de apuntes. Sobre una silla había dejado unos vaqueros y un jersey. En la pared tenía fotografías con Chloe, entradas antiguas de conciertos y un mapa del mundo en el que había marcado con pequeños puntos los lugares que quería visitar. Todo estaba exactamente donde debía estar. Aquella perfección doméstica, en lugar de tranquilizarla, le produjo una sensación de vacío.
Amber abrió la ventana. El aire frío entró de inmediato y movió las páginas del libro que había dejado sobre la cama. Olía a lluvia, tierra húmeda y humo de alguna chimenea cercana. La calle estaba casi vacía. Un hombre paseaba a un perro bajo un paraguas. Un coche pasó lentamente y desapareció al final de la esquina. En la casa de enfrente se apagó una luz. Nada extraordinario estaba a punto de ocurrir. Amber apoyó los brazos en el marco y se quedó allí unos minutos.
Se sentía atrapada, pero no sabía exactamente por qué. Aquello era lo que más le molestaba. Las personas atrapadas tenían problemas concretos. Ella tenía opciones. Podía estudiar, trabajar, viajar algún día. Podía marcharse de Salem cuando terminara la carrera. Nadie se lo impedía. Quizá, pensó, simplemente no era lo bastante valiente para cambiar nada. Era más cómodo esperar a que la vida diera un giro por sí sola.
-Qué dramática eres -murmuró.
Cerró la ventana y volvió a la cama. Afuera, la lluvia siguió cayendo durante horas. A la mañana siguiente, Salem había cambiado. No de una forma que pudiera explicarse inmediatamente. Las mismas tiendas estaban abiertas, los mismos autobuses recorrían las calles y los estudiantes caminaban hacia sus clases con vasos de café en las manos. Pero en una pared del centro, justo donde el día anterior solo había ladrillos oscuros, había aparecido un cartel enorme.
Amber redujo el paso. El papel parecía viejo, amarillento en los bordes, como si hubiera pasado décadas guardado en un baúl. En el centro se veía una carpa negra bajo una luna llena. Alrededor había pequeñas estrellas doradas y figuras que parecían moverse cuando las miraba demasiado tiempo. Las letras rojas anunciaban: EL CIRCO NOCTURNO. SOLO POR TRES NOCHES. 17, 18 Y 19 DE OCTUBRE.
No había dirección. Tampoco una página web, un número de teléfono ni el nombre de una empresa. Solo una frase en la parte inferior: LAS PUERTAS SE ABREN AL CAER LA NOCHE. Amber se acercó un poco más. La superficie del cartel estaba seca, aunque había llovido toda la noche.
-Qué raro.
Una mujer pasó junto a ella sin detenerse. Dos estudiantes siguieron caminando mientras hablaban de un examen. Amber sacó el teléfono, hizo una fotografía y se la envió a Chloe.
-Tenemos planes.
La respuesta llegó menos de diez segundos después.
-NO.
Amber sonrió y escribió una sola palabra.
-Sí.
Guardó el móvil y continuó hacia la universidad. Había avanzado apenas unos metros cuando sintió la incómoda impresión de que alguien la observaba. No fue un sonido ni un movimiento concreto. Simplemente una certeza breve y absurda. Se volvió hacia el cartel. Había un hombre junto a la pared. Alto. Vestido completamente de negro. Desde aquella distancia Amber no podía distinguir bien su rostro, pero tuvo la sensación de que él sí podía verla perfectamente. Un autobús pasó por la calle y durante unos segundos bloqueó la vista. Cuando desapareció, el hombre ya no estaba.
Amber permaneció inmóvil. Después soltó una pequeña risa, más para tranquilizarse que porque algo le hiciera gracia. Salem estaba lleno de actores, turistas disfrazados y personas que disfrutaban asustando a desconocidos durante octubre. No significaba nada. Siguió caminando. El viento levantó algunas hojas detrás de ella y una de ellas quedó pegada a la parte inferior del cartel. Amber no volvió a mirar atrás. Todavía no sabía que acababa de encontrar exactamente lo que llevaba meses deseando: algo capaz de romper su rutina. Tampoco sabía que, antes de que terminara octubre, habría dado cualquier cosa por recuperar aquella vida demasiado normal.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. Amber está acostumbrada a una ______ bastante predecible.
2. Intenta ______ porque quiere terminar bien la carrera.
3. Su ______ en la cafetería empieza a las cuatro.
4. Amber tiene ______ viajar y conocer otros países.
5. Aunque tiene una buena vida, a veces se siente ______.
6. Sabe que a veces ______ las cosas buenas que tiene.
7. Por las noches siente un extraño ______ que no sabe explicar.
8. La llegada del Circo Nocturno hará que su vida ______.
2. Elige la opción correcta
1. Echar de menos significa:
a) olvidar algo b) sentir nostalgia por algo o alguien c) perder un objeto
2. Si alguien se siente atrapado, siente que:
a) no puede cambiar su situación b) está muy feliz c) tiene demasiadas opciones
3. Atreverse a hacer algo significa:
a) tener el valor de hacerlo b) estar obligado a hacerlo c) hacerlo por accidente
4. Ganarse la vida significa:
a) conseguir dinero para vivir b) trabajar gratis c) gastar todos los ahorros
5. Si una situación da un giro:
a) sigue igual b) cambia de manera importante c) termina inmediatamente
3. Relaciona
1. la rutina 2. sacar buenas notas 3. el turno 4. el vacío 5. tener ganas de 6. dar por sentado
a. querer hacer algo b. periodo de tiempo en el que trabajas c. obtener buenos resultados académicos d. sensación de que falta algo e. actividades que se repiten habitualmente f. considerar algo seguro sin valorarlo suficientemente
4. Completa con tus propias ideas
1. A veces tengo ganas de...
2. Estoy acostumbrado/a a...
3. Echaría mucho de menos...
4. Una cosa que a veces doy por sentada es...
5. Me atrevería a...
6. Mi vida daría un giro si...
Respuestas
Ejercicio 1: 1. rutina 2. sacar buenas notas 3. turno 4. ganas de 5. atrapada 6. da por sentado 7. vacío 8. dé un giro
Ejercicio 2: 1-b, 2-a, 3-a, 4-a, 5-b
Ejercicio 3: 1-e, 2-c, 3-b, 4-d, 5-a, 6-f
Ejercicio 4: Respuestas personales.
Capítulo 2. Solo por tres noches

A la hora del almuerzo, Amber ya había mirado la fotografía del cartel tantas veces que podía recordar cada detalle sin abrir el teléfono. La carpa negra, la luna blanca, las pequeñas estrellas alrededor del título y aquellas letras rojas que parecían demasiado oscuras para ser tinta normal. El Circo Nocturno anunciaba tres únicas funciones en Salem, pero no decía dónde estaba instalado. Tampoco indicaba quién organizaba el espectáculo. En una ciudad que vivía del turismo y donde hasta la visita guiada más pequeña tenía una página web, una cuenta en redes sociales y un código QR, aquello resultaba extrañamente anticuado.
Chloe estaba sentada frente a ella en una mesa de la cafetería universitaria, comiendo patatas fritas y observando la foto con menos entusiasmo. Había aceptado hablar del circo, que no era lo mismo que aceptar ir. Amber conocía perfectamente aquella expresión: la utilizaba cuando estaba a punto de explicar por qué una idea era absurda.
-No hay dirección.
-Ya lo sé.
-No hay página web.
-También lo sé.
-No hay precio.
-Eso sí me preocupa.
Chloe dejó el teléfono sobre la mesa. A su alrededor, la cafetería estaba llena de estudiantes y del ruido de bandejas, conversaciones y máquinas de bebidas. Todo era brillante, moderno y absolutamente normal. La fotografía del cartel parecía pertenecer a otro lugar. Amber amplió la imagen con dos dedos. En una esquina inferior había un dibujo diminuto que no había visto por la mañana: una llave rodeada por ramas negras.
-Además, esto da mala espina -dijo Chloe.
-Eso es precisamente lo interesante.
-Esa frase es la razón por la que muere la gente en las películas.
Amber se rio, pero volvió a guardar la imagen. Desde que había visto al hombre vestido de negro junto al cartel, una parte de ella quería averiguar quién era. Otra parte insistía en que probablemente no había ocurrido nada especial: un actor, un trabajador del circo o simplemente alguien que había pasado por allí. Salem en octubre estaba lleno de personas que se vestían de forma extraña. No tenía sentido convertir a un desconocido en un misterio solo porque había desaparecido detrás de un autobús.
Sin embargo, durante la tarde descubrió que el cartel no era único. Habían aparecido decenas por toda la ciudad. Había uno junto a una librería, otro cerca del museo y dos más en calles por las que Amber pasaba con frecuencia. Nadie recordaba haber visto a alguien colocándolos. Una fotografía publicada aquella mañana mostraba una pared vacía a las cinco y media; otra, tomada menos de una hora después, mostraba el mismo muro cubierto por el enorme anuncio del Circo Nocturno. En los comentarios, la mitad de la gente hablaba de una campaña publicitaria brillante y la otra mitad discutía sobre si aquello era legal.
Al salir de su última clase, Amber tomó un camino más largo hacia The Black Cat. No tenía prisa y quería comprobar si había más carteles. El cielo estaba gris y bajo; el viento movía las ramas casi desnudas y arrastraba hojas por la acera. Los comercios empezaban a encender sus luces aunque todavía no eran las cuatro. En una calle estrecha encontró otro anuncio. Esta vez había varias personas delante.
Una pareja de turistas se hacía una fotografía junto al cartel. Dos adolescentes intentaban encontrar información en sus teléfonos. Una mujer mayor lo observaba desde cierta distancia, con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo verde. Amber se quedó cerca, fingiendo leer un mensaje. No tardó en escuchar la conversación de los adolescentes.
-Mi hermano dice que estuvieron aquí hace años.
-¿Cuándo?
-No sé. Mi madre era pequeña.
-Eso no tiene sentido. Seguro que era otro circo.
La mujer del abrigo verde los oyó. Su expresión cambió apenas un instante.
-No era otro -dijo.
Los dos adolescentes se volvieron. Amber también. La mujer parecía tener unos setenta años. Llevaba el pelo gris recogido bajo un gorro oscuro y observaba el cartel sin acercarse.
-¿Usted lo recuerda? -preguntó uno de los chicos.
-Recuerdo el nombre.
-¿Era bueno?
La mujer tardó demasiado en contestar. El viento levantó una esquina del cartel, aunque el papel volvió inmediatamente contra la pared.
-Era difícil de olvidar.
No explicó nada más. Se alejó calle abajo y dejó a los adolescentes riéndose con cierta incomodidad. Amber estuvo a punto de seguirla y hacerle preguntas, pero se sintió ridícula. No era periodista ni detective. Tenía que llegar al trabajo. Aun así, mientras caminaba hacia la cafetería, las palabras de la mujer continuaron acompañándola. The Black Cat estaba más lleno de lo habitual. El dueño había colocado nuevas decoraciones de Halloween en las ventanas y Noah llevaba unos pequeños cuernos rojos sobre el pelo. Amber no preguntó por qué. Después de casi un año trabajando juntos, había aprendido que algunas decisiones de Noah era mejor aceptarlas sin buscar una explicación.
-Hay rumores sobre tu circo -dijo él cuando Amber se puso el delantal.
-¿Mi circo?
-Llevas toda la tarde preguntando por él. Ya es tuyo.
Amber levantó la vista. Noah señaló a una mesa del fondo donde dos clientes hablaban precisamente del Circo Nocturno. Los rumores habían empezado a correr con una rapidez impresionante. Según una versión, el circo viajaba por Nueva Inglaterra desde principios del siglo XX. Según otra, era una compañía europea que no permitía teléfonos durante el espectáculo. Alguien aseguraba que las entradas costaban doscientos dólares. Otra persona decía que eran gratuitas. Una publicación afirmaba que el lugar se revelaría solo a quienes hubieran comprado un billete.
-Internet ha perdido la cabeza -dijo Amber.
-Internet nunca la tuvo.
Durante su descanso, Amber buscó el nombre del circo. Encontró cientos de publicaciones recientes y casi ninguna fuente oficial. Había fotografías de carteles en Salem, vídeos de personas hablando sobre ellos y teorías cada vez más absurdas. Pero al buscar fechas anteriores, los resultados se volvían extraños. Una página mencionaba un Circo Nocturno en Vermont en 1998, aunque el enlace original ya no funcionaba. Un foro antiguo contenía una pregunta sobre un espectáculo con el mismo nombre en Maine. El mensaje tenía diecisiete años y nadie había respondido.
Amber siguió buscando. Encontró una fotografía borrosa de una entrada antigua. El papel era negro y llevaba la misma pequeña llave que había visto en el cartel. La imagen no tenía fecha. Cuando intentó abrir la página de origen, apareció un mensaje de error.
-Perfecto -murmuró.
-¿Qué has encontrado? -preguntó Noah desde la barra.
-Nada. Y eso empieza a ser raro.
Noah se acercó y observó la pantalla. A diferencia de Chloe, no parecía preocupado. Más bien divertido.
-Entonces compra una entrada.
-Ni siquiera sé dónde.
-Si son buenos haciendo publicidad, te lo dirán cuando quieran tu dinero.
Amber volvió al trabajo, pero la curiosidad ya había ganado. Cada nuevo detalle hacía que el circo llamara más su atención. Era exactamente el tipo de misterio que habría buscado en una novela: algo que aparecía de la nada, dejaba pistas incompletas y obligaba al protagonista a decidir si quería seguirlas. La diferencia era que, por primera vez, aquello estaba ocurriendo en su propia ciudad.
A las nueve cerraron la cafetería. Cuando Amber salió, la lluvia había parado. El aire olía a piedra mojada y el centro seguía lleno de gente. Caminó hacia la parada del autobús y entonces vio una pequeña cola delante de una tienda que llevaba meses vacía. En el escaparate no había productos ni luces. Solo una mesa cubierta con terciopelo negro y, detrás, una mujer vestida de rojo.
Sobre el cristal había aparecido un nuevo cartel: ENTRADAS PARA EL CIRCO NOCTURNO. SOLO ESTA NOCHE. Amber se detuvo tan rápido que una persona detrás de ella casi chocó con su espalda. Durante unos segundos simplemente contempló la fila. Tal vez treinta personas esperaban delante de la puerta. Algunas hablaban emocionadas; otras miraban sus teléfonos. Nadie parecía saber por qué las entradas se vendían allí.
Sacó el móvil y llamó a Chloe.
-Antes de que digas nada, no -respondió su amiga.
-Ni siquiera sabes por qué llamo.
-Circo.
-Están vendiendo entradas.
-Amber.
-Solo por tres noches.
-Eso no mejora la situación.
Amber miró la cola. Una pareja salió de la tienda sosteniendo dos pequeños sobres negros. Sonreían como si acabaran de conseguir algo difícil de encontrar.
-Voy a comprar dos.
-No.
-Una es para ti.
-Eso hace que mi no sea todavía más fuerte.
Amber se colocó al final de la fila. Chloe siguió protestando durante casi un minuto, pero terminó aceptando bajo la condición de que no entraran en ninguna carpa abandonada, no hablaran con payasos y no bebieran nada que les ofreciera un desconocido. Amber prometió las dos primeras cosas. Sobre la tercera dijo que dependería de la bebida.
La cola avanzaba despacio. Mientras esperaba, Amber observó el escaparate. La mujer de rojo entregaba los sobres uno por uno y cobraba únicamente en efectivo. Nadie salía con más de dos. Cuando quedaban seis personas delante de Amber, un hombre anunció que las entradas para la primera noche se habían agotado. Hubo quejas. Para la segunda noche quedaban pocas.
Amber sintió una urgencia absurda. Hasta hacía unas horas ni siquiera sabía dónde comprar un billete y ahora le preocupaba quedarse sin él. Se dijo que era simplemente una buena estrategia de marketing: pocas funciones, pocas entradas, mucho misterio. Funcionaba porque hacía que la gente quisiera algo antes de tener tiempo para preguntarse si realmente lo quería.
Cuando llegó su turno, la mujer de rojo levantó la vista. Tendría unos cuarenta años, quizá más; era difícil saberlo. Su maquillaje era impecable y llevaba unos guantes negros muy finos.
-Dos para el dieciocho -dijo Amber.
La mujer no preguntó su nombre. Tampoco sonrió. Sacó dos entradas de una caja de madera y las colocó sobre la mesa.
-Cuarenta dólares.
Amber pagó. Al coger las entradas, notó que el papel estaba frío. No fresco por el aire de octubre, sino frío como una moneda que hubiera pasado horas en un congelador. En el centro aparecía la misma llave negra. Debajo de la fecha había una dirección que Amber conocía: un terreno grande a las afueras de Salem que llevaba años vacío.
-¿A qué hora empieza?
-Cuando se ponga el sol.
-Sí, pero ¿a qué hora exactamente?
Por primera vez, la mujer sonrió.
-Lo sabrás.
Amber esperó una explicación. No llegó. La persona que estaba detrás de ella avanzó y Amber tuvo que apartarse. Guardó las entradas en el bolso y salió de la tienda. Al otro lado de la calle, las luces de un escaparate se reflejaban sobre el pavimento mojado. El autobús que debía tomar acababa de irse.
Debería haber estado molesta. Tendría que esperar veinte minutos al siguiente. En cambio, sintió una emoción infantil que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Tenía dos entradas para un espectáculo del que nadie parecía saber nada. Era una decisión pequeña, incluso ridícula, pero por primera vez en meses había hecho algo simplemente porque tenía curiosidad.
Entonces tuvo un presentimiento. No fue miedo exactamente. Fue la sensación de haber dado un paso que parecía insignificante y que, de alguna manera, no podría deshacer. Sacó una de las entradas para verla otra vez. En el reverso había una frase que juraría que no estaba allí dentro de la tienda. NO LLEGUES TARDE.
Amber pasó el pulgar sobre las letras. La tinta no se movió. Se dijo que no había mirado bien antes, que la frase siempre había estado allí. Era la explicación lógica. Guardó el billete. Al levantar la cabeza, vio a alguien al otro lado de la calle. Un hombre alto vestido de negro permanecía bajo una farola. No llevaba paraguas. No hacía nada. Solo parecía mirar en su dirección.
Amber sintió un escalofrío. Un grupo de turistas pasó frente a ella, hablando y riendo. Cuando volvieron a dejar libre la vista, la farola estaba sola. Esta vez no se rio. El autobús llegó unos minutos después. Amber se sentó junto a la ventana y escribió a Chloe que había conseguido las entradas. Su amiga respondió con una serie de mensajes sobre malas decisiones, documentales de crímenes y la importancia de compartir la ubicación del teléfono.