Read the book: «Octubre en el circo nocturno: Ten cuidado con lo que deseas»
Глава
OCTUBRE EN EL CIRCO NOCTURNO
Ten cuidado con lo que deseas
Jules Honing
Español B1-B2
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Capítulo 1. Una vida demasiado normal

A principios de octubre, Salem parecía una ciudad construida para convencer a los turistas de que las historias de fantasmas eran completamente posibles. Las hojas de los arces se habían vuelto rojas, naranjas y amarillas, las fachadas de las tiendas estaban cubiertas de calabazas y telarañas artificiales, y en casi cada esquina alguien vendía velas, cartas del tarot o recuerdos relacionados con brujas. Por las mañanas, una niebla ligera se quedaba entre los edificios antiguos; por las tardes, el olor a café, canela y hojas húmedas acompañaba a la gente por las calles. Amber Reed había crecido allí y estaba acostumbrada a todo aquello. Para ella, ver a una mujer vestida de bruja comprando leche en el supermercado era menos sorprendente que encontrar una plaza de aparcamiento libre en octubre.
Amber tenía diecinueve años y estaba en su primer año de universidad, donde estudiaba Literatura. Tenía el pelo rojo, largo y rizado, los ojos azules y la piel tan blanca que sus amigos llevaban años haciendo la misma broma sobre ella. A Amber no le molestaba. De hecho, había aprendido a responder antes de que terminaran la frase.
-Algún día vamos a descubrir que eres un vampiro -le había dicho Chloe tantas veces que ya parecía una tradición.
-Con mi suerte, seguro que soy alérgica a la sangre.
Su vida, sin embargo, tenía muy poco de sobrenatural. Vivía con sus padres y su hermano menor en una casa a unos veinte minutos del centro. Por las mañanas iba a la universidad; por las tardes trabajaba en una pequeña cafetería; por las noches estudiaba, leía o veía alguna serie antes de dormir. Los fines de semana salía con sus amigos si no tenía demasiado trabajo. Era una vida segura, ordenada y bastante cómoda. Amber sabía que muchas personas habrían considerado aquello una suerte. Precisamente por eso le costaba admitir que, algunas veces, se sentía atrapada dentro de ella.
Aquella mañana de martes estaba sentada en una clase de Literatura Inglesa. La profesora llevaba casi media hora hablando de los poetas románticos, mientras la lluvia fina dibujaba líneas en los cristales de las ventanas. Amber normalmente disfrutaba de aquella asignatura. Le gustaban las historias antiguas, los personajes que tomaban decisiones terribles y los lugares donde siempre parecía esconderse algún secreto. Pero había dormido poco, tenía que entregar un trabajo el viernes y su turno en la cafetería empezaba a las cuatro. El reloj de la pared se había convertido en el objeto más interesante del aula.
Quedaban doce minutos. Luego once. Amber intentó volver a sus apuntes. Escribió dos frases sobre Lord Byron y volvió a mirar la hora. Diez minutos. A su lado, Chloe estaba dibujando algo en el margen de su cuaderno. Tenía el pelo rubio recogido de cualquier manera y una expresión de profundo sufrimiento académico. Empujó lentamente el cuaderno hacia Amber. En letras enormes había escrito: ESTOY MURIENDO.
Amber mordió el interior de la mejilla para no reírse. Cogió el bolígrafo de Chloe y escribió debajo: POR FAVOR, HAZLO EN SILENCIO. QUIERO SACAR BUENAS NOTAS. Chloe soltó un sonido extraño que intentó convertir en tos. Varias personas se volvieron hacia ellas.
-¿Hay algo interesante que queráis compartir con todos? -preguntó la profesora.
-No -respondieron las dos al mismo tiempo.
Cuando por fin terminó la clase, Amber guardó sus apuntes con demasiada rapidez y salió con Chloe. El aire de octubre era frío y húmedo. Las hojas secas se acumulaban junto a los edificios del campus y crujían bajo las botas de los estudiantes. Cerca de la biblioteca habían colocado una fila de pequeñas calabazas, aunque alguien ya había dibujado una cara triste en una de ellas.
-Libertad -dijo Chloe, respirando profundamente.
-Tienes otra clase en cuarenta minutos.
-Libertad temporal.
Caminaron hacia la cafetería del campus. A su alrededor, los estudiantes hablaban de exámenes, fiestas y planes para Halloween. Amber escuchaba sin prestar demasiada atención. Conocía aquellas conversaciones. Conocía aquel camino. Incluso sabía qué árbol perdía las hojas primero cada otoño y en qué parte de la acera se formaba un charco enorme cada vez que llovía.
-¿Trabajas hoy? -preguntó Chloe.
-De cuatro a nueve.
-Qué emocionante.
-Mi vida es una aventura constante.
Lo dijo como una broma, pero la frase permaneció con ella más tiempo del necesario. Amber tenía ganas de viajar desde que era niña. Guardaba fotografías de ciudades que nunca había visitado, seguía cuentas de personas que viajaban solas y tenía una lista de lugares que quería conocer antes de cumplir treinta años. París. Praga. Tokio. Edimburgo. Roma. Cualquier sitio donde pudiera caminar por una calle sin saber exactamente qué había después de la esquina. En Salem, en cambio, casi todo tenía un recuerdo asociado: aquí había aprendido a montar en bicicleta, allí había besado a un chico por primera vez, en aquella tienda su madre compraba pan desde que Amber era pequeña.
No odiaba su ciudad. Ese era el problema. No tenía una razón clara para marcharse. Tenía una familia que la quería, una mejor amiga, estudios que le gustaban y un trabajo que le permitía ganar su propio dinero. Lo tenía todo y, aun así, una parte de ella esperaba algo más. A veces pensaba que estaba dando por sentado una vida que otras personas desearían tener. Otras veces pensaba que quizá una vida buena también podía ser una vida equivocada.
A las cuatro y cinco, Amber entró en The Black Cat, la pequeña cafetería donde trabajaba desde hacía casi un año. Llegaba cinco minutos tarde. Dentro hacía calor y los cristales estaban cubiertos de vapor. El olor a café recién molido se mezclaba con el de los bollos de canela que acababan de salir del horno. Noah estaba detrás de la barra preparando tres bebidas al mismo tiempo. Al verla, levantó una ceja.
-Milagro. Ha venido.
-Cinco minutos.
-En una cafetería, cinco minutos son una generación.
-Noah, tienes veintidós años.
-Y ya he visto demasiado.
Amber dejó la mochila debajo del mostrador, se puso el delantal negro y empezó su turno. Durante las siguientes horas preparó cafés, limpió mesas, llevó platos y respondió preguntas de turistas. Octubre era el mes más intenso del año en Salem. Algunas personas entraban solo porque el nombre The Black Cat les parecía apropiado para la ciudad. Otras querían saber si el edificio estaba encantado. Noah siempre decía que sí cuando el dueño no podía oírlo.
Una mujer pidió un cappuccino sin espuma. Un hombre quiso un café caliente, pero no demasiado caliente. Después apareció una turista con un sombrero de bruja violeta que pasó varios minutos estudiando el menú con expresión preocupada.
-¿Tenéis alguna bebida que parezca más... de Salem?
-¿Más de Salem? -repitió Amber.
-Sí. Más misteriosa.
Amber contempló la máquina de café, después las botellas de sirope y finalmente a Noah. Él se encogió de hombros con absoluta seriedad.
-Podemos apagar las luces.
La turista no se rio. Amber tuvo que darse la vuelta para que no la viera sonreír. Al final, la mujer pidió un pumpkin spice latte, lo cual a Amber le pareció la solución más previsible posible. Hacia las siete, la lluvia se hizo más fuerte. Las gotas golpeaban los grandes ventanales y las luces de los coches se reflejaban sobre el asfalto negro. Había menos clientes, así que Amber empezó a limpiar la barra. Noah colocaba vasos limpios en una estantería cuando preguntó, sin mirarla, qué pensaba hacer después de la universidad.
-Vivir de mis millones.
-Plan sólido.
-Gracias.
-Lo digo en serio.
Amber apoyó el paño sobre la barra. Aquella pregunta aparecía cada vez con más frecuencia desde que había empezado la universidad. Sus padres la hacían. Sus profesores la hacían. Incluso algunos clientes la hacían cuando descubrían que estudiaba Literatura, normalmente justo antes de preguntarle qué trabajo podía conseguir alguien con aquella carrera.
-Quizá trabajar en una editorial. Quizá escribir. Quiero viajar.
-¿Adónde?
-A todas partes.
-Eso no es un lugar.
-Precisamente.
La idea le produjo una pequeña emoción en el pecho. Quería dormir en trenes, perderse en ciudades desconocidas, comer cosas cuyos nombres no pudiera pronunciar y tener historias que contar cuando fuera mayor. Quería atreverse a hacer algo sin saber de antemano cómo iba a terminar. Pero aquella noche, cuando cerraran la cafetería, tomaría el autobús número siete, bajaría en la misma parada de siempre y volvería a la misma casa.
-Pues hazlo -dijo Noah.
-¿Qué?
-Vete.
Amber soltó una risa y siguió limpiando. Era fácil hablar de otra vida mientras preparabas cafés. Mucho más difícil era abandonar una que funcionaba. Llegó a casa poco después de las nueve y media. La cocina estaba iluminada y olía a salsa de tomate. Su madre estaba guardando platos en un armario mientras su padre veía un partido en el salón. Desde arriba llegaba la voz de Ethan, su hermano de quince años, discutiendo con alguien a través de unos auriculares. Amber dejó las llaves en el pequeño cuenco de la entrada. El sonido le resultó tan familiar que ni siquiera tuvo que mirar para saber dónde habían caído.
-¿Has cenado? -preguntó su madre.
-Sí.
Era mentira. Había comido medio muffin a las seis. Su madre abrió la nevera sin comentar nada y sacó un plato de pasta.
-Entonces, ¿por qué estás mirando mi pasta?
-Estoy admirándola.
-Siéntate.
Amber obedeció. Mientras comía, su madre preguntó por la universidad, por el trabajo y por Chloe. Amber respondió bien a las tres preguntas. Su madre se apoyó en la encimera y la observó durante un segundo.
-Me alegra que tengamos estas conversaciones tan profundas.
-Estoy cansada.
-Lo sé.
No había nada malo en aquella cocina. La lámpara sobre la mesa daba una luz cálida. Había una taza que Ethan había dejado junto al fregadero y una nota de su padre pegada en la nevera para recordar comprar comida para el gato. Eran detalles pequeños, ordinarios, incluso aburridos. Amber sabía que algún día probablemente los echaría de menos. Sin embargo, aquella noche volvió a sentir la misma inquietud que llevaba meses apareciendo sin una razón concreta.
Antes de dormir abrió una novela. La protagonista acababa de llegar a un castillo en mitad de un bosque. Había una tormenta, una puerta cerrada y un hombre del que claramente debía mantenerse lejos. Naturalmente, la mujer decidió entrar. Amber leyó casi media hora sin mirar el teléfono. Los libros eran su refugio porque dentro de ellos la gente podía tomar decisiones absurdas y convertirlas en destinos. Podían desaparecer, enamorarse, descubrir secretos y empezar de nuevo. Nadie tenía que levantarse al día siguiente para entregar un ensayo sobre poesía.
Cuando cerró el libro, su habitación volvió a ser demasiado silenciosa. El escritorio estaba cubierto de apuntes. Sobre una silla había dejado unos vaqueros y un jersey. En la pared tenía fotografías con Chloe, entradas antiguas de conciertos y un mapa del mundo en el que había marcado con pequeños puntos los lugares que quería visitar. Todo estaba exactamente donde debía estar. Aquella perfección doméstica, en lugar de tranquilizarla, le produjo una sensación de vacío.
Amber abrió la ventana. El aire frío entró de inmediato y movió las páginas del libro que había dejado sobre la cama. Olía a lluvia, tierra húmeda y humo de alguna chimenea cercana. La calle estaba casi vacía. Un hombre paseaba a un perro bajo un paraguas. Un coche pasó lentamente y desapareció al final de la esquina. En la casa de enfrente se apagó una luz. Nada extraordinario estaba a punto de ocurrir. Amber apoyó los brazos en el marco y se quedó allí unos minutos.
Se sentía atrapada, pero no sabía exactamente por qué. Aquello era lo que más le molestaba. Las personas atrapadas tenían problemas concretos. Ella tenía opciones. Podía estudiar, trabajar, viajar algún día. Podía marcharse de Salem cuando terminara la carrera. Nadie se lo impedía. Quizá, pensó, simplemente no era lo bastante valiente para cambiar nada. Era más cómodo esperar a que la vida diera un giro por sí sola.
-Qué dramática eres -murmuró.
Cerró la ventana y volvió a la cama. Afuera, la lluvia siguió cayendo durante horas. A la mañana siguiente, Salem había cambiado. No de una forma que pudiera explicarse inmediatamente. Las mismas tiendas estaban abiertas, los mismos autobuses recorrían las calles y los estudiantes caminaban hacia sus clases con vasos de café en las manos. Pero en una pared del centro, justo donde el día anterior solo había ladrillos oscuros, había aparecido un cartel enorme.
Amber redujo el paso. El papel parecía viejo, amarillento en los bordes, como si hubiera pasado décadas guardado en un baúl. En el centro se veía una carpa negra bajo una luna llena. Alrededor había pequeñas estrellas doradas y figuras que parecían moverse cuando las miraba demasiado tiempo. Las letras rojas anunciaban: EL CIRCO NOCTURNO. SOLO POR TRES NOCHES. 17, 18 Y 19 DE OCTUBRE.
No había dirección. Tampoco una página web, un número de teléfono ni el nombre de una empresa. Solo una frase en la parte inferior: LAS PUERTAS SE ABREN AL CAER LA NOCHE. Amber se acercó un poco más. La superficie del cartel estaba seca, aunque había llovido toda la noche.
-Qué raro.
Una mujer pasó junto a ella sin detenerse. Dos estudiantes siguieron caminando mientras hablaban de un examen. Amber sacó el teléfono, hizo una fotografía y se la envió a Chloe.
-Tenemos planes.
La respuesta llegó menos de diez segundos después.
-NO.
Amber sonrió y escribió una sola palabra.
-Sí.
Guardó el móvil y continuó hacia la universidad. Había avanzado apenas unos metros cuando sintió la incómoda impresión de que alguien la observaba. No fue un sonido ni un movimiento concreto. Simplemente una certeza breve y absurda. Se volvió hacia el cartel. Había un hombre junto a la pared. Alto. Vestido completamente de negro. Desde aquella distancia Amber no podía distinguir bien su rostro, pero tuvo la sensación de que él sí podía verla perfectamente. Un autobús pasó por la calle y durante unos segundos bloqueó la vista. Cuando desapareció, el hombre ya no estaba.
Amber permaneció inmóvil. Después soltó una pequeña risa, más para tranquilizarse que porque algo le hiciera gracia. Salem estaba lleno de actores, turistas disfrazados y personas que disfrutaban asustando a desconocidos durante octubre. No significaba nada. Siguió caminando. El viento levantó algunas hojas detrás de ella y una de ellas quedó pegada a la parte inferior del cartel. Amber no volvió a mirar atrás. Todavía no sabía que acababa de encontrar exactamente lo que llevaba meses deseando: algo capaz de romper su rutina. Tampoco sabía que, antes de que terminara octubre, habría dado cualquier cosa por recuperar aquella vida demasiado normal.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. Amber está acostumbrada a una ______ bastante predecible.
2. Intenta ______ porque quiere terminar bien la carrera.
3. Su ______ en la cafetería empieza a las cuatro.
4. Amber tiene ______ viajar y conocer otros países.
5. Aunque tiene una buena vida, a veces se siente ______.
6. Sabe que a veces ______ las cosas buenas que tiene.
7. Por las noches siente un extraño ______ que no sabe explicar.
8. La llegada del Circo Nocturno hará que su vida ______.
2. Elige la opción correcta
1. Echar de menos significa:
a) olvidar algo b) sentir nostalgia por algo o alguien c) perder un objeto
2. Si alguien se siente atrapado, siente que:
a) no puede cambiar su situación b) está muy feliz c) tiene demasiadas opciones
3. Atreverse a hacer algo significa:
a) tener el valor de hacerlo b) estar obligado a hacerlo c) hacerlo por accidente
4. Ganarse la vida significa:
a) conseguir dinero para vivir b) trabajar gratis c) gastar todos los ahorros
5. Si una situación da un giro:
a) sigue igual b) cambia de manera importante c) termina inmediatamente
3. Relaciona
1. la rutina 2. sacar buenas notas 3. el turno 4. el vacío 5. tener ganas de 6. dar por sentado
a. querer hacer algo b. periodo de tiempo en el que trabajas c. obtener buenos resultados académicos d. sensación de que falta algo e. actividades que se repiten habitualmente f. considerar algo seguro sin valorarlo suficientemente
4. Completa con tus propias ideas
1. A veces tengo ganas de...
2. Estoy acostumbrado/a a...
3. Echaría mucho de menos...
4. Una cosa que a veces doy por sentada es...
5. Me atrevería a...
6. Mi vida daría un giro si...
Respuestas
Ejercicio 1: 1. rutina 2. sacar buenas notas 3. turno 4. ganas de 5. atrapada 6. da por sentado 7. vacío 8. dé un giro
Ejercicio 2: 1-b, 2-a, 3-a, 4-a, 5-b
Ejercicio 3: 1-e, 2-c, 3-b, 4-d, 5-a, 6-f
Ejercicio 4: Respuestas personales.
Capítulo 2. Solo por tres noches

A la hora del almuerzo, Amber ya había mirado la fotografía del cartel tantas veces que podía recordar cada detalle sin abrir el teléfono. La carpa negra, la luna blanca, las pequeñas estrellas alrededor del título y aquellas letras rojas que parecían demasiado oscuras para ser tinta normal. El Circo Nocturno anunciaba tres únicas funciones en Salem, pero no decía dónde estaba instalado. Tampoco indicaba quién organizaba el espectáculo. En una ciudad que vivía del turismo y donde hasta la visita guiada más pequeña tenía una página web, una cuenta en redes sociales y un código QR, aquello resultaba extrañamente anticuado.
Chloe estaba sentada frente a ella en una mesa de la cafetería universitaria, comiendo patatas fritas y observando la foto con menos entusiasmo. Había aceptado hablar del circo, que no era lo mismo que aceptar ir. Amber conocía perfectamente aquella expresión: la utilizaba cuando estaba a punto de explicar por qué una idea era absurda.
-No hay dirección.
-Ya lo sé.
-No hay página web.
-También lo sé.
-No hay precio.
-Eso sí me preocupa.
Chloe dejó el teléfono sobre la mesa. A su alrededor, la cafetería estaba llena de estudiantes y del ruido de bandejas, conversaciones y máquinas de bebidas. Todo era brillante, moderno y absolutamente normal. La fotografía del cartel parecía pertenecer a otro lugar. Amber amplió la imagen con dos dedos. En una esquina inferior había un dibujo diminuto que no había visto por la mañana: una llave rodeada por ramas negras.
-Además, esto da mala espina -dijo Chloe.
-Eso es precisamente lo interesante.
-Esa frase es la razón por la que muere la gente en las películas.
Amber se rio, pero volvió a guardar la imagen. Desde que había visto al hombre vestido de negro junto al cartel, una parte de ella quería averiguar quién era. Otra parte insistía en que probablemente no había ocurrido nada especial: un actor, un trabajador del circo o simplemente alguien que había pasado por allí. Salem en octubre estaba lleno de personas que se vestían de forma extraña. No tenía sentido convertir a un desconocido en un misterio solo porque había desaparecido detrás de un autobús.
Sin embargo, durante la tarde descubrió que el cartel no era único. Habían aparecido decenas por toda la ciudad. Había uno junto a una librería, otro cerca del museo y dos más en calles por las que Amber pasaba con frecuencia. Nadie recordaba haber visto a alguien colocándolos. Una fotografía publicada aquella mañana mostraba una pared vacía a las cinco y media; otra, tomada menos de una hora después, mostraba el mismo muro cubierto por el enorme anuncio del Circo Nocturno. En los comentarios, la mitad de la gente hablaba de una campaña publicitaria brillante y la otra mitad discutía sobre si aquello era legal.
Al salir de su última clase, Amber tomó un camino más largo hacia The Black Cat. No tenía prisa y quería comprobar si había más carteles. El cielo estaba gris y bajo; el viento movía las ramas casi desnudas y arrastraba hojas por la acera. Los comercios empezaban a encender sus luces aunque todavía no eran las cuatro. En una calle estrecha encontró otro anuncio. Esta vez había varias personas delante.
Una pareja de turistas se hacía una fotografía junto al cartel. Dos adolescentes intentaban encontrar información en sus teléfonos. Una mujer mayor lo observaba desde cierta distancia, con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo verde. Amber se quedó cerca, fingiendo leer un mensaje. No tardó en escuchar la conversación de los adolescentes.
-Mi hermano dice que estuvieron aquí hace años.
-¿Cuándo?
-No sé. Mi madre era pequeña.
-Eso no tiene sentido. Seguro que era otro circo.
La mujer del abrigo verde los oyó. Su expresión cambió apenas un instante.
-No era otro -dijo.
Los dos adolescentes se volvieron. Amber también. La mujer parecía tener unos setenta años. Llevaba el pelo gris recogido bajo un gorro oscuro y observaba el cartel sin acercarse.
-¿Usted lo recuerda? -preguntó uno de los chicos.
-Recuerdo el nombre.
-¿Era bueno?
La mujer tardó demasiado en contestar. El viento levantó una esquina del cartel, aunque el papel volvió inmediatamente contra la pared.
-Era difícil de olvidar.
No explicó nada más. Se alejó calle abajo y dejó a los adolescentes riéndose con cierta incomodidad. Amber estuvo a punto de seguirla y hacerle preguntas, pero se sintió ridícula. No era periodista ni detective. Tenía que llegar al trabajo. Aun así, mientras caminaba hacia la cafetería, las palabras de la mujer continuaron acompañándola. The Black Cat estaba más lleno de lo habitual. El dueño había colocado nuevas decoraciones de Halloween en las ventanas y Noah llevaba unos pequeños cuernos rojos sobre el pelo. Amber no preguntó por qué. Después de casi un año trabajando juntos, había aprendido que algunas decisiones de Noah era mejor aceptarlas sin buscar una explicación.
-Hay rumores sobre tu circo -dijo él cuando Amber se puso el delantal.
-¿Mi circo?
-Llevas toda la tarde preguntando por él. Ya es tuyo.
Amber levantó la vista. Noah señaló a una mesa del fondo donde dos clientes hablaban precisamente del Circo Nocturno. Los rumores habían empezado a correr con una rapidez impresionante. Según una versión, el circo viajaba por Nueva Inglaterra desde principios del siglo XX. Según otra, era una compañía europea que no permitía teléfonos durante el espectáculo. Alguien aseguraba que las entradas costaban doscientos dólares. Otra persona decía que eran gratuitas. Una publicación afirmaba que el lugar se revelaría solo a quienes hubieran comprado un billete.
-Internet ha perdido la cabeza -dijo Amber.
-Internet nunca la tuvo.
Durante su descanso, Amber buscó el nombre del circo. Encontró cientos de publicaciones recientes y casi ninguna fuente oficial. Había fotografías de carteles en Salem, vídeos de personas hablando sobre ellos y teorías cada vez más absurdas. Pero al buscar fechas anteriores, los resultados se volvían extraños. Una página mencionaba un Circo Nocturno en Vermont en 1998, aunque el enlace original ya no funcionaba. Un foro antiguo contenía una pregunta sobre un espectáculo con el mismo nombre en Maine. El mensaje tenía diecisiete años y nadie había respondido.
Amber siguió buscando. Encontró una fotografía borrosa de una entrada antigua. El papel era negro y llevaba la misma pequeña llave que había visto en el cartel. La imagen no tenía fecha. Cuando intentó abrir la página de origen, apareció un mensaje de error.
-Perfecto -murmuró.
-¿Qué has encontrado? -preguntó Noah desde la barra.
-Nada. Y eso empieza a ser raro.
Noah se acercó y observó la pantalla. A diferencia de Chloe, no parecía preocupado. Más bien divertido.
-Entonces compra una entrada.
-Ni siquiera sé dónde.
-Si son buenos haciendo publicidad, te lo dirán cuando quieran tu dinero.
Amber volvió al trabajo, pero la curiosidad ya había ganado. Cada nuevo detalle hacía que el circo llamara más su atención. Era exactamente el tipo de misterio que habría buscado en una novela: algo que aparecía de la nada, dejaba pistas incompletas y obligaba al protagonista a decidir si quería seguirlas. La diferencia era que, por primera vez, aquello estaba ocurriendo en su propia ciudad.
A las nueve cerraron la cafetería. Cuando Amber salió, la lluvia había parado. El aire olía a piedra mojada y el centro seguía lleno de gente. Caminó hacia la parada del autobús y entonces vio una pequeña cola delante de una tienda que llevaba meses vacía. En el escaparate no había productos ni luces. Solo una mesa cubierta con terciopelo negro y, detrás, una mujer vestida de rojo.
Sobre el cristal había aparecido un nuevo cartel: ENTRADAS PARA EL CIRCO NOCTURNO. SOLO ESTA NOCHE. Amber se detuvo tan rápido que una persona detrás de ella casi chocó con su espalda. Durante unos segundos simplemente contempló la fila. Tal vez treinta personas esperaban delante de la puerta. Algunas hablaban emocionadas; otras miraban sus teléfonos. Nadie parecía saber por qué las entradas se vendían allí.
Sacó el móvil y llamó a Chloe.
-Antes de que digas nada, no -respondió su amiga.
-Ni siquiera sabes por qué llamo.
-Circo.
-Están vendiendo entradas.
-Amber.
-Solo por tres noches.
-Eso no mejora la situación.
Amber miró la cola. Una pareja salió de la tienda sosteniendo dos pequeños sobres negros. Sonreían como si acabaran de conseguir algo difícil de encontrar.
-Voy a comprar dos.
-No.
-Una es para ti.
-Eso hace que mi no sea todavía más fuerte.
Amber se colocó al final de la fila. Chloe siguió protestando durante casi un minuto, pero terminó aceptando bajo la condición de que no entraran en ninguna carpa abandonada, no hablaran con payasos y no bebieran nada que les ofreciera un desconocido. Amber prometió las dos primeras cosas. Sobre la tercera dijo que dependería de la bebida.
La cola avanzaba despacio. Mientras esperaba, Amber observó el escaparate. La mujer de rojo entregaba los sobres uno por uno y cobraba únicamente en efectivo. Nadie salía con más de dos. Cuando quedaban seis personas delante de Amber, un hombre anunció que las entradas para la primera noche se habían agotado. Hubo quejas. Para la segunda noche quedaban pocas.
Amber sintió una urgencia absurda. Hasta hacía unas horas ni siquiera sabía dónde comprar un billete y ahora le preocupaba quedarse sin él. Se dijo que era simplemente una buena estrategia de marketing: pocas funciones, pocas entradas, mucho misterio. Funcionaba porque hacía que la gente quisiera algo antes de tener tiempo para preguntarse si realmente lo quería.
Cuando llegó su turno, la mujer de rojo levantó la vista. Tendría unos cuarenta años, quizá más; era difícil saberlo. Su maquillaje era impecable y llevaba unos guantes negros muy finos.
-Dos para el dieciocho -dijo Amber.
La mujer no preguntó su nombre. Tampoco sonrió. Sacó dos entradas de una caja de madera y las colocó sobre la mesa.
-Cuarenta dólares.
Amber pagó. Al coger las entradas, notó que el papel estaba frío. No fresco por el aire de octubre, sino frío como una moneda que hubiera pasado horas en un congelador. En el centro aparecía la misma llave negra. Debajo de la fecha había una dirección que Amber conocía: un terreno grande a las afueras de Salem que llevaba años vacío.
-¿A qué hora empieza?
-Cuando se ponga el sol.
-Sí, pero ¿a qué hora exactamente?
Por primera vez, la mujer sonrió.
-Lo sabrás.
Amber esperó una explicación. No llegó. La persona que estaba detrás de ella avanzó y Amber tuvo que apartarse. Guardó las entradas en el bolso y salió de la tienda. Al otro lado de la calle, las luces de un escaparate se reflejaban sobre el pavimento mojado. El autobús que debía tomar acababa de irse.
Debería haber estado molesta. Tendría que esperar veinte minutos al siguiente. En cambio, sintió una emoción infantil que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Tenía dos entradas para un espectáculo del que nadie parecía saber nada. Era una decisión pequeña, incluso ridícula, pero por primera vez en meses había hecho algo simplemente porque tenía curiosidad.
Entonces tuvo un presentimiento. No fue miedo exactamente. Fue la sensación de haber dado un paso que parecía insignificante y que, de alguna manera, no podría deshacer. Sacó una de las entradas para verla otra vez. En el reverso había una frase que juraría que no estaba allí dentro de la tienda. NO LLEGUES TARDE.
Amber pasó el pulgar sobre las letras. La tinta no se movió. Se dijo que no había mirado bien antes, que la frase siempre había estado allí. Era la explicación lógica. Guardó el billete. Al levantar la cabeza, vio a alguien al otro lado de la calle. Un hombre alto vestido de negro permanecía bajo una farola. No llevaba paraguas. No hacía nada. Solo parecía mirar en su dirección.
Amber sintió un escalofrío. Un grupo de turistas pasó frente a ella, hablando y riendo. Cuando volvieron a dejar libre la vista, la farola estaba sola. Esta vez no se rio. El autobús llegó unos minutos después. Amber se sentó junto a la ventana y escribió a Chloe que había conseguido las entradas. Su amiga respondió con una serie de mensajes sobre malas decisiones, documentales de crímenes y la importancia de compartir la ubicación del teléfono.
Amber guardó el móvil y apoyó la frente contra el cristal frío. Salem se deslizaba al otro lado de la ventana: casas conocidas, calles conocidas, tiendas conocidas. En su bolso, las dos entradas parecían pesar más de lo que deberían. Solo por tres noches, pensó. Dos días después comprendería que tres noches podían ser más que suficientes para cambiar una vida.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. El Circo Nocturno empezó a ______ la atención de toda la ciudad.
2. Amber quiere ______ quién está detrás del espectáculo.
3. En Salem empieza a ______ un rumor sobre un circo antiguo.
4. Chloe dice que todo aquello le ______ mala espina.
5. Amber tiene miedo de ______ sin entradas.
6. Algunas entradas para la primera noche ya se han ______.
7. Amber siente mucha ______ por el misterioso espectáculo.
8. Antes de subir al autobús, Amber tiene un extraño ______.
2. Elige la opción correcta
1. Si algo aparece de la nada:
a) llega sin explicación aparente b) se rompe c) cuesta mucho
2. Si no te fías de alguien:
a) lo admiras b) no confías en esa persona c) no lo conoces
3. Si algo merece la pena:
a) vale el esfuerzo o el tiempo b) es peligroso c) es gratuito
4. Hacer cola significa:
a) esperar tu turno en una fila b) comprar por internet c) llegar tarde
5. Si las entradas se agotan:
a) bajan de precio b) ya no quedan c) cambian de fecha
3. Relaciona
1. el cartel 2. averiguar 3. tener curiosidad 4. dar mala espina 5. quedarse sin 6. la entrada
a. querer saber más b. descubrir información c. billete para acceder a un espectáculo d. perder la posibilidad de tener algo porque ya no queda e. anuncio impreso f. producir desconfianza o una sensación negativa
4. Completa con tus propias ideas
1. Algo que me llama mucho la atención es...
2. No me fío de una persona cuando...
3. Una vez me quedé sin...
4. Creo que merece la pena...
5. Tendría curiosidad por averiguar...
6. Algo que me da mala espina es...
Respuestas
Ejercicio 1: 1. llamar 2. averiguar 3. correr 4. da 5. quedarse 6. agotado 7. curiosidad 8. presentimiento
Ejercicio 2: 1-a, 2-b, 3-a, 4-a, 5-b
Ejercicio 3: 1-e, 2-b, 3-a, 4-f, 5-d, 6-c
Ejercicio 4: Respuestas personales.
Capítulo 3. Mi amiga decidió quedarse en casa

El viernes 18 de octubre llegó con un cielo gris y un viento que parecía haber pasado toda la noche buscando hojas secas para lanzarlas contra las ventanas. Desde primera hora, Amber llevaba las dos entradas del Circo Nocturno en el bolsillo interior de su mochila. Las había comprobado antes de salir de casa, otra vez en el autobús y una tercera durante una clase en la que debería haber estado tomando apuntes. El papel seguía extrañamente frío. En el reverso, las palabras NO LLEGUES TARDE parecían más oscuras que dos días antes, aunque Amber decidió que probablemente era efecto de la luz.
Había quedado con Chloe a las seis y media. El plan era sencillo: Chloe pasaría por su casa, comerían algo rápido y pedirían un coche hasta el terreno donde se había instalado el circo. Amber había prometido compartir su ubicación con Noah, no aceptar bebidas de desconocidos y, por petición específica de Chloe, no separarse de ella aunque apareciera un hombre misterioso con una mandíbula perfecta. Habían hecho aquella lista riéndose. Ahora, mientras el día avanzaba, Amber estaba más nerviosa de lo que quería reconocer.
Después de la universidad volvió a casa y pasó demasiado tiempo delante del armario. Normalmente no le importaba demasiado qué ponerse, pero el Circo Nocturno parecía exigir algo distinto de unos vaqueros y una sudadera. Terminó eligiendo un vestido negro sencillo, medias oscuras, botas y una chaqueta de cuero que casi nunca utilizaba. Se soltó el pelo y se observó en el espejo. Por un instante tuvo la absurda impresión de estar disfrazada de una versión más interesante de sí misma.
-Vas a un circo, no a casarte -dijo Ethan desde la puerta.
Su hermano estaba apoyado contra el marco con una bolsa de patatas entre las manos. A los quince años había desarrollado el talento de aparecer exactamente cuando nadie quería su opinión.
-Gracias por tu apoyo.
-De nada. Si te secuestran, ¿puedo quedarme con tu habitación?
-No.
-Entonces intenta volver.
Amber le lanzó un cojín. Ethan lo esquivó y desapareció por el pasillo riéndose. Desde abajo, su madre preguntó a qué hora pensaba regresar. Amber respondió que no muy tarde. No sabía cuánto duraba el espectáculo, ni a qué hora empezaba exactamente, ni por qué aquella respuesta le pareció de pronto una pequeña mentira. A las cinco y cincuenta y tres, mientras intentaba decidir si el pintalabios rojo era demasiado, el teléfono vibró sobre la cama. Era Chloe. Amber sonrió al ver su nombre, pero la sonrisa desapareció cuando leyó el mensaje: «Llámame». No era el tipo de mensaje que enviaba alguien que estaba a punto de salir de casa.
-No me mates -dijo Chloe nada más contestar.
-¿Qué has hecho?
-Nada. Ese es el problema. No puedo ir.
Amber dejó el pintalabios sobre el escritorio. Chloe se encontraba mal desde el mediodía. Tenía dolor de cabeza, escalofríos y una temperatura que su madre había comprobado dos veces. Había esperado hasta el último momento porque pensaba que se le pasaría. No se le había pasado.
-¿Estás segura?
-Amber, tengo treinta y ocho y medio.
-Vale. No vengas.
-Gracias por darme permiso para no morir en un circo.
Amber sonrió, pero observó las dos entradas sobre la cama. Una parte de ella sintió una decepción infantil y desproporcionada. Habían hablado del circo durante dos días, habían leído rumores y habían construido una lista de reglas ridículas. Ir por su cuenta nunca había formado parte del plan.
-Entonces no voy -dijo Amber.
-¿Qué?
-Lo dejamos. No pasa nada.
Hubo un silencio. Chloe conocía demasiado bien el tono que Amber utilizaba cuando fingía que algo no le importaba.
-Tú quieres ir.
-Quería ir contigo.
-No es lo mismo.
-Es un circo raro a las afueras de la ciudad. Ir sola sería una estupidez.
-Sí.
-Gracias.
-Pero vas a hacerlo de todas formas, ¿verdad?
Amber no respondió. Fuera de la ventana, el viento empujó una rama contra el cristal. Sobre la cama, las dos entradas negras parecían esperar una decisión. Durante los siguientes minutos Chloe intentó convencerla de que quedarse en casa no significaba perder una oportunidad única. Habría otros conciertos, otras fiestas y otros planes. Pero ninguna de aquellas alternativas resolvía la pequeña rabia que Amber sentía al imaginarse pasando la noche en su habitación, leyendo sobre personas que sí se atrevían a entrar en lugares extraños.
-Si vas, me escribes cuando llegues.
-Chloe...
-Y cuando entres. Y cuando salgas.
-Sí, mamá.
-Y compartes ubicación.
-Ya lo prometí.
-Cumple la promesa.
Cuando terminó la llamada, Amber se quedó sentada en el borde de la cama. Todavía podía cancelar los planes. De hecho, era la opción razonable. No conocía a nadie allí, el lugar estaba lejos del centro y todo lo relacionado con el espectáculo parecía diseñado para producir desconfianza. Cogió una de las entradas y la giró entre los dedos. La fecha. La llave negra. La dirección. Solo por tres noches.
Guardó una entrada en el bolso y dejó la otra sobre el escritorio. Después bajó las escaleras. Su madre estaba en la cocina cortando verduras para la cena. Al verla vestida para salir, levantó la vista.
-¿Chloe no viene?
-Está enferma.
-Entonces, ¿tú tampoco vas?
Amber ya tenía la mano sobre el pomo de la puerta. Dudó. Era una pregunta normal, pero por alguna razón la hizo sentirse otra vez como una niña que necesitaba permiso.
-Voy por mi cuenta.
Su madre frunció ligeramente el ceño. Amber explicó dónde estaría, enseñó la dirección y prometió llamar si algo le parecía raro. No mencionó al hombre de negro ni la frase que había aparecido detrás de la entrada. Aquellos detalles habrían convertido una conversación incómoda en una prohibición inmediata.
-Ten cuidado.
-Lo tendré.
Al salir, el aire frío le golpeó las piernas. El cielo empezaba a oscurecer y las luces de las casas se encendían una tras otra. Amber pidió un coche desde el teléfono. Mientras esperaba junto a la acera, estuvo a punto de cambiar de opinión dos veces. La primera, cuando vio que el trayecto duraría casi media hora. La segunda, cuando el conductor preguntó por qué tanta gente iba aquella noche a un terreno donde normalmente no había nada.
El coche dejó atrás el centro de Salem. Las tiendas iluminadas, los grupos de turistas y las calles decoradas fueron desapareciendo poco a poco. El paisaje se volvió más oscuro. Había casas separadas por grandes jardines, carreteras estrechas y árboles que formaban paredes negras a ambos lados. Amber observó la pequeña flecha de su ubicación avanzar por el mapa. El teléfono tenía buena cobertura. Aquello la tranquilizó más de lo que esperaba.
-¿Va al circo? -preguntó el conductor.
-Sí.
-Llevo gente allí toda la tarde.
-¿Y ha traído a alguien de vuelta?
El hombre tardó un segundo en contestar. Amber se arrepintió inmediatamente de haber hecho la pregunta.
-Todavía no.
El conductor se rio después de decirlo, como si acabara de darse cuenta de lo inquietante que sonaba. Amber también sonrió, aunque miró la hora. Eran las seis y cuarenta y ocho. El sol ya casi había desaparecido. Unos minutos más tarde apareció una fila de coches detenidos junto a la carretera. Había personas caminando en la misma dirección, algunas con ropa elegante, otras con abrigos gruesos y botas. Amber esperaba ver focos o escuchar música antes de llegar. No ocurrió. El bosque permanecía oscuro y silencioso.
El conductor la dejó junto a una entrada de grava. Amber salió y el coche se alejó casi inmediatamente. Durante un instante se sintió fuera de lugar. Todos parecían haber llegado acompañados: parejas, familias, grupos de amigos. Ella era la única persona quieta junto a la carretera, con un bolso pequeño y una entrada fría entre los dedos. Podía pedir otro coche. Podía dar media vuelta, llevarle sopa a Chloe y reírse de todo aquello al día siguiente.
A lo lejos, entre los árboles, apareció una luz. Luego otra. Y otra. No eran focos eléctricos. Parecían pequeñas llamas. Amber guardó el teléfono en el bolso y siguió el camino de grava. Las conversaciones de las otras personas se mezclaban con el sonido de las hojas bajo sus zapatos. A cada lado del sendero había faroles de cristal con velas reales. El aire olía a tierra húmeda, madera quemada y algo dulce que no consiguió identificar.
Después de unos minutos, el bosque se abrió. Amber dejó de caminar. El terreno que llevaba años vacío ya no estaba vacío. Una enorme carpa negra se levantaba en el centro, rodeada por otras más pequeñas. Cientos de luces doradas colgaban entre postes y árboles. No había colores brillantes, globos ni música alegre. Todo era negro, dorado y rojo oscuro. Las personas avanzaban hacia una entrada formada por dos columnas de madera tallada. Sobre ellas, las palabras CIRCO NOCTURNO brillaban bajo una luna creciente.
Por primera vez desde que había comprado las entradas, Amber olvidó preguntarse si había cometido un error. El lugar era demasiado hermoso. Parecía imposible que hubiera sido construido en solo dos días. Parecía imposible que hubiera estado allí sin que toda la ciudad lo supiera. Sacó el teléfono para hacer una fotografía. La pantalla estaba negra. Pulsó el botón lateral. Nada. La batería estaba al setenta y tres por ciento diez minutos antes. Cerca de ella, otras personas empezaron a mirar sus propios teléfonos con la misma confusión. Las pantallas se apagaban una tras otra.
-Genial.
Amber recordó su promesa a Chloe. Escribir cuando llegara. Compartir ubicación. Avisar al salir. Se quedó quieta con el teléfono inútil en la mano. Aquello sí era una razón para marcharse. Una razón concreta, adulta y sensata. Una pareja pasó a su lado y entregó sus entradas. Detrás de las columnas, un hombre con abrigo largo las recibió sin decir una palabra. Más allá se veía un camino de luces, puestos pequeños y artistas vestidos con ropa oscura. Desde algún lugar llegó el sonido lento de un violín. Amber sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
Miró hacia atrás. El camino por el que había llegado desaparecía entre los árboles. Nadie la habría juzgado si se marchaba. Chloe probablemente se sentiría aliviada. Su madre ni siquiera sabía que los teléfonos dejaban de funcionar allí. Entonces recordó la noche junto a la ventana de su habitación y todas las veces que había dicho «algún día». Algún día viajaría. Algún día sería más valiente. Algún día dejaría de esperar a que otra persona hiciera primero las cosas que ella quería hacer.
Quizá aquello no merecía la pena. Quizá era una mala decisión. Pero por primera vez Amber comprendió que no quería que el miedo tomara la decisión por ella. Guardó el teléfono y siguió adelante. Cuando llegó a la entrada, el hombre del abrigo extendió una mano. Amber le entregó el billete. Él lo sostuvo frente a una vela y la pequeña llave impresa brilló durante un instante.
-¿Viene sola?
Amber estuvo a punto de explicar que su amiga estaba enferma, que originalmente tenía dos entradas y que no solía ir sola a lugares misteriosos en medio de un bosque. En lugar de eso, respiró hondo.
-Sí.
El hombre levantó la vista. Sus ojos eran tan oscuros que casi no se distinguían las pupilas.
-Entonces no se quede atrás.
Rasgó una esquina de la entrada y se la devolvió. Amber cruzó entre las columnas. El sonido del violín se hizo más claro. Una ráfaga de aire movió su pelo y, a su alrededor, las llamas de las velas temblaron al mismo tiempo. Delante de ella, el Circo Nocturno parecía abrirse como una ciudad que solo existía después de la puesta del sol.
Amber no podía saberlo todavía, pero aquella noche había tomado la primera decisión importante de su historia completamente sola. Tampoco podía saber que, en algún lugar detrás de las cortinas negras, alguien ya conocía su nombre.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. Amber había ______ con Chloe a las seis y media.
2. Chloe se encuentra mal y tiene que ______ los planes.
3. Amber ______ antes de decidir si va sola.
4. Finalmente decide ir ______.
5. Amber promete ______ la promesa de escribir a Chloe.
6. Al llegar al terreno, se siente ______ de lugar.
7. Cuando el teléfono deja de funcionar, está a punto de ______ media vuelta.
8. A pesar del miedo, decide seguir ______.
2. Elige la opción correcta
1. Encontrarse mal significa:
a) sentirse enfermo/a b) perderse c) enfadarse
2. Cambiar de opinión significa:
a) mantener la decisión b) decidir pensar o actuar de otra manera c) olvidar algo
3. Ir por tu cuenta significa:
a) ir solo/a, sin depender de otra persona b) ir gratis c) llegar tarde
4. Estar a punto de hacer algo significa:
a) haberlo terminado b) estar muy cerca de hacerlo c) negarse a hacerlo
5. Quedarse atrás significa:
a) avanzar más rápido b) no seguir el ritmo de los demás c) cambiar de dirección
3. Relaciona
1. arrepentirse 2. dudar 3. dar media vuelta 4. atreverse 5. cumplir una promesa 6. cancelar los planes
a. hacer lo que prometiste b. sentir inseguridad antes de decidir c. decidir no hacer algo planeado d. lamentar una decisión e. girarse para regresar f. tener valor para hacer algo
4. Responde con tus propias ideas
1. ¿Te atreverías a ir solo/a a un espectáculo como el Circo Nocturno? ¿Por qué?
2. ¿Qué situación puede hacerte cambiar de opinión rápidamente?
3. ¿Alguna vez has cancelado planes en el último momento?
4. ¿En qué situaciones te sientes fuera de lugar?
5. ¿Qué promesa es importante cumplir siempre?
6. ¿Crees que Amber debería haber dado media vuelta cuando su teléfono dejó de funcionar?
Respuestas
Ejercicio 1: 1. quedado 2. cancelar 3. duda 4. por su cuenta 5. cumplir 6. fuera 7. dar 8. adelante
Ejercicio 2: 1-a, 2-b, 3-a, 4-b, 5-b
Ejercicio 3: 1-d, 2-b, 3-e, 4-f, 5-a, 6-c
Ejercicio 4: Respuestas personales.
Capítulo 4. Bajo miles de velas

Al otro lado de la entrada, el Circo Nocturno era todavía más extraño de lo que Amber había imaginado. El sendero principal se abría entre pequeñas carpas negras, puestos de comida y estructuras de madera cubiertas de luces. No había bombillas blancas ni letreros de neón. Miles de velas ardían dentro de vasos de cristal, sobre mesas, en faroles colgados de los árboles y alrededor de las entradas. Sus llamas se movían con el viento, pero ninguna se apagaba. La luz dorada transformaba los rostros de los visitantes y hacía que las sombras parecieran más largas de lo normal.
Amber avanzó despacio, intentando observarlo todo a la vez. A su derecha, una mujer vestida de negro hacía girar pequeños aros de fuego sobre sus brazos. A la izquierda, un hombre sostenía una baraja y dejaba que las cartas flotaran unos centímetros sobre su mano. Más adelante había un puesto donde servían una bebida roja en vasos transparentes. Amber recordó inmediatamente la promesa hecha a Chloe y siguió caminando sin acercarse.
El lugar estaba lleno de gente, pero no resultaba ruidoso. Las conversaciones parecían apagadas, como si todos hablaran más bajo sin haberse puesto de acuerdo. Tampoco había la música alegre que Amber asociaba con los circos. Desde algún punto que no podía localizar llegaba el sonido de un violín, lento y repetitivo. La melodía se mezclaba con el crujido de las hojas, los pasos sobre la grava y el leve movimiento de las telas de las carpas.
Amber sacó el teléfono por costumbre. La pantalla continuaba negra. Lo guardó de nuevo y sintió una pequeña incomodidad al darse cuenta de que no podía fotografiar nada. Estaba acostumbrada a registrar los momentos antes incluso de vivirlos: una comida bonita, una calle decorada, una tarde con Chloe. Allí no tenía más opción que mirar y recordar.
Un niño pasó corriendo junto a ella con una pequeña estrella de papel en la mano. Detrás venía su padre, intentando alcanzarlo. Amber sonrió. La escena era tan normal que durante unos segundos desapareció parte de su inquietud. Quizá todo aquello era simplemente un espectáculo muy bien organizado. Misterioso, sí. Un poco exagerado, también. Pero seguía siendo un circo.
Entonces escuchó un grito. Se volvió rápidamente. Una multitud rodeaba una pequeña plataforma circular. Amber se acercó y consiguió ver a una joven artista suspendida varios metros sobre el suelo. No había cuerda. No había trapecio. La mujer estaba simplemente en el aire, con los brazos abiertos y un vestido blanco que caía hacia abajo como si el viento lo sostuviera.
Amber buscó cables. Era lo primero que cualquiera habría hecho. Miró las ramas de los árboles, los postes y la estructura de la plataforma. No encontró nada. La artista giró lentamente sobre sí misma y después descendió hasta tocar el suelo con la punta de los pies. El público empezó a aplaudir. Amber también aplaudió, aunque seguía buscando una explicación. Había visto suficientes vídeos de magia para saber que un truco podía parecer imposible si el espectador estaba en el lugar adecuado. Seguramente había cables muy finos. O alguna estructura oculta por la oscuridad. Quería creerlo, porque la alternativa era aceptar algo que no tenía sentido.
-Primera vez, ¿verdad?
Amber se volvió. A su lado había una chica de unos veinticinco años con un abrigo rojo y una copa en la mano. Sonreía mientras observaba la plataforma.
-¿Se nota tanto?
-Todos hacemos esa cara la primera vez.
Amber tardó un segundo en reaccionar.
-¿Has estado antes?
La chica bebió un poco de su copa. El líquido era del mismo rojo oscuro que Amber había visto en el puesto.
-Hace tiempo.
-¿En Salem?
La sonrisa de la desconocida desapareció apenas un instante.
-No.
Antes de que Amber pudiera preguntar dónde, sonó una campana. No era fuerte, pero el sonido atravesó todo el recinto. Las conversaciones se detuvieron. Los artistas dejaron de moverse. Incluso la chica del abrigo rojo levantó la cabeza. La campana sonó una segunda vez. La gente empezó a caminar hacia la carpa más grande.
-La función principal -explicó la chica.
-¿Vienes?
-Yo ya la he visto.
Amber quiso preguntar otra cosa, pero la desconocida se alejó entre la multitud. En pocos segundos desapareció detrás de un grupo de personas. Amber permaneció quieta, molesta consigo misma por no haberle preguntado su nombre. Después sonó la tercera campana. La entrada de la gran carpa estaba abierta. Dos artistas sostenían las cortinas negras mientras el público entraba. Amber siguió a los demás. Dentro hacía más calor y olía a cera, madera y una fragancia dulce que le recordó a las rosas secas. Había filas circulares de bancos alrededor de un escenario redondo. Sobre sus cabezas colgaban cientos de velas a distintas alturas.
Amber se detuvo al verlas. Algunas estaban tan altas que resultaba imposible imaginar cómo las habían encendido. Otras flotaban aparentemente sin ningún soporte visible. La luz no era suficiente para iluminar por completo la carpa. Las zonas más alejadas permanecían cubiertas por sombras profundas. Encontró un asiento libre en una de las filas centrales. A su izquierda se sentó una pareja mayor; a su derecha, un hombre con su hija adolescente. Amber dejó el bolso sobre las rodillas y observó el escenario. No había cortina. No había micrófonos. Solo un círculo de madera oscura y una silla vacía en el centro.
Poco a poco, el público dejó de hablar. El violín se apagó. Durante varios segundos no ocurrió absolutamente nada. Amber podía oír su propia respiración. Una vela se apagó. Después otra. Y otra. Las llamas fueron desapareciendo alrededor de la carpa hasta que solo quedó una encendida sobre el escenario. Amber contuvo la respiración. Sabía que aquello era parte del espectáculo, pero la oscuridad produjo un cambio inmediato en el ambiente. Nadie tosía. Nadie se movía.
La última vela se apagó. Todo quedó negro. Un violín comenzó a tocar en algún lugar detrás del público. Una segunda melodía respondió desde el lado contrario. Luego una tercera. Amber giró la cabeza, pero no podía ver a los músicos. De pronto, una línea de fuego apareció en el borde del escenario y recorrió el círculo completo en menos de un segundo.
En el centro ya no había una silla. Había una mujer. Amber no la había visto entrar. La artista llevaba un vestido cubierto de pequeños cristales que reflejaban el fuego. Levantó una mano y las llamas alrededor del escenario crecieron al mismo tiempo. Después empezó a bailar. Durante los siguientes veinte minutos, Amber dejó de buscar explicaciones. Un hombre atravesó una pared de humo y apareció al otro lado de la carpa. Dos acróbatas caminaron sobre una cuerda tan fina que apenas se veía. Una mujer hizo crecer flores negras dentro de una caja vacía y las lanzó al público. Cada número parecía más imposible que el anterior.
Amber estaba impresionada, pero también empezaba a entender por qué la gente hablaba tan poco del Circo Nocturno después de verlo. Era difícil explicar algo cuando ni siquiera sabías qué habías visto. En un momento, uno de los artistas pidió a un hombre del público que subiera al escenario. Le entregó una moneda, cerró su mano y le pidió que pensara en un lugar. Cuando el hombre abrió los dedos, la moneda había desaparecido. El artista señaló hacia arriba. Sobre ellos, entre las velas, flotaba una pequeña imagen de una playa.
El hombre del público dejó de sonreír.
-Mi casa -murmuró.
La imagen desapareció. Hubo aplausos, pero Amber sintió un frío inesperado en la nuca. Aquello no parecía un simple truco. Al menos no para el hombre que regresó a su asiento con el rostro pálido. La función continuó. Amber perdió la noción del tiempo. Sin teléfono y sin ventanas, no sabía si habían pasado treinta minutos o dos horas. La carpa parecía existir fuera del resto de Salem, aislada de las calles, los coches y la vida que había dejado al otro lado del bosque.
Entonces volvió el silencio. Los artistas abandonaron el escenario. Las luces disminuyeron hasta dejar únicamente un círculo iluminado en el centro. Nadie anunció el siguiente número. Amber oyó un movimiento detrás de las cortinas. Una figura salió de las sombras. Era un hombre. Al principio, Amber solo distinguió su altura y la ropa negra. Caminaba despacio, sin mirar al público, como si no necesitara comprobar que todos estaban observándolo. Llevaba una camisa oscura, un chaleco ajustado y un abrigo largo que casi tocaba el suelo. Su cabello era negro. Bajo la luz de las velas, su piel parecía demasiado pálida.
Amber dejó de respirar durante un segundo. Lo había visto antes. Junto al cartel. Bajo la farola. La idea apareció con tanta claridad que sintió un pequeño golpe en el estómago. Quiso convencerse de que se equivocaba. Lo había visto de lejos las dos veces. Podía ser cualquier hombre alto vestido de negro. Pero algo en la forma de moverse, en la tranquilidad casi incómoda con la que ocupaba el escenario, le resultaba familiar.
El artista levantó por fin la cabeza. Sus ojos recorrieron lentamente las filas. Amber sintió que el resto de la carpa desaparecía. Los ojos del hombre eran grises. No claros exactamente. Tenían el color del cielo antes de una tormenta. Su rostro era hermoso de una manera que a Amber le resultó casi irritante: demasiado simétrico, demasiado tranquilo, como si hubiera sido diseñado para llamar la atención y al mismo tiempo advertir que acercarse era una mala idea.
El hombre comenzó su número sin decir una palabra. Extendió una mano y una de las velas descendió desde el techo hasta quedar flotando sobre su palma. Después otra. Y otra. Las llamas giraron alrededor de él formando un círculo. El público observaba las velas. Amber lo observaba a él. Entonces ocurrió algo peor. Él la miró.
No fue una mirada casual dirigida a una zona del público. Sus ojos se detuvieron exactamente donde ella estaba sentada. Amber sintió una presión extraña en el pecho. Apartó la mirada por instinto y observó el escenario, las velas, las manos del artista. Cinco segundos después volvió a mirarlo. Él seguía observándola. Amber tragó saliva. La adolescente sentada a su derecha aplaudió cuando las velas desaparecieron de golpe, pero Amber apenas oyó el sonido. El artista se movió hacia el otro lado del escenario y durante unos segundos una columna bloqueó la línea entre ellos. Amber sintió alivio.
Después él apareció al otro lado. Y volvió a encontrar sus ojos. Era imposible. Había cientos de personas en la carpa. No tenía ninguna razón para fijarse en ella. Amber intentó prestar atención al espectáculo, pero cada vez que levantaba la vista lo encontraba mirando en su dirección. Una vez. Dos. Tres. No podía apartar la mirada durante mucho tiempo.
La sensación no era exactamente miedo. Tampoco atracción, aunque sería absurdo negar que el hombre era atractivo. Era algo más incómodo: la impresión de que aquella mirada contenía información que ella no tenía. Como si él supiera por qué estaba allí. El número terminó sin una palabra. Todas las velas de la carpa se encendieron al mismo tiempo. El público se levantó y empezó a aplaudir con una fuerza que hizo vibrar los bancos. Amber también se puso de pie, más por seguir a los demás que por decisión propia.
El hombre permaneció en el centro del escenario. Hizo una pequeña inclinación. Antes de desaparecer entre las sombras, levantó la vista una última vez. Directamente hacia Amber. Esta vez sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi privada. Amber dejó de aplaudir. Las cortinas negras se cerraron detrás de él. La música regresó y la gente empezó a salir de la carpa hablando emocionada. La pareja mayor comentó el número de las velas. La adolescente buscaba desesperadamente que su teléfono volviera a encenderse. Amber permaneció unos segundos junto a su asiento.
Había ido al Circo Nocturno porque quería ver algo extraordinario. Ahora tenía la incómoda sensación de que algo extraordinario la había visto primero.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. La función principal tiene lugar dentro de una enorme ______ negra.
2. El ______ está sentado alrededor de un escenario circular.
3. Amber se queda muy ______ por los números del circo.
4. Antes de empezar el espectáculo, todas las ______ se apagan.
5. Amber ______ la respiración cuando la carpa queda completamente oscura.
6. Algunos artistas parecen ______ y aparecer en otra parte.
7. El hombre de negro sale de las ______ y entra en el escenario.
8. Amber no puede ______ la mirada de él.
2. Elige la opción correcta
1. El público es:
a) las personas que ven un espectáculo b) los artistas c) los trabajadores del circo
2. Aplaudir significa:
a) cerrar los ojos b) golpear las manos para mostrar aprobación c) abandonar un lugar
3. Contener la respiración significa:
a) dejar de respirar durante un momento b) respirar muy rápido c) gritar
4. Si alguien se queda impresionado:
a) algo le causa una fuerte impresión b) se aburre c) se enfada
5. Acercarse significa:
a) ir hacia algo o alguien b) esconderse c) alejarse
3. Relaciona
1. la carpa 2. el escenario 3. la sombra 4. el silencio 5. desaparecer 6. el artista
a. persona que actúa en un espectáculo b. ausencia de ruido c. dejar de estar visible d. lugar donde actúan los artistas e. zona oscura producida cuando algo bloquea la luz f. gran tienda de tela usada en un circo
4. Responde con tus propias ideas
1. ¿Qué parte del Circo Nocturno te parece más impresionante?
2. ¿Crees que los números son trucos o hay algo sobrenatural?
3. ¿Cómo te sentirías si una persona en un escenario no dejara de mirarte?
4. ¿Por qué crees que el artista reconoce a Amber?
5. ¿Qué detalle del circo te daría más miedo?
6. ¿Qué harías después de la función: te irías a casa o intentarías encontrar al hombre?
Respuestas
Ejercicio 1: 1. carpa 2. público 3. impresionada 4. luces 5. contiene 6. desaparecer 7. sombras 8. apartar
Ejercicio 2: 1-a, 2-b, 3-a, 4-a, 5-a
Ejercicio 3: 1-f, 2-d, 3-e, 4-b, 5-c, 6-a
Ejercicio 4: Respuestas personales.
Capítulo 5. El hombre de los ojos grises

Cuando Amber salió de la carpa principal, el aire frío le pareció más intenso que antes. Durante la función había olvidado por completo que estaba en un terreno a las afueras de Salem, rodeada de árboles y lejos de casa. Ahora el olor a tierra húmeda y humo volvió de golpe, junto con las conversaciones de cientos de personas que intentaban explicar lo que acababan de ver. Algunos hablaban del fuego, otros de la mujer que había flotado sobre el escenario. Amber apenas escuchaba. Seguía pensando en el hombre de los ojos grises.
No sabía su nombre. Ni siquiera sabía qué clase de artista era. Su número había consistido en unas velas que parecían obedecerle, pero Amber recordaba mucho mejor su forma de mirar que cualquier truco. Había cientos de espectadores dentro de la carpa y, aun así, durante varios momentos había tenido la impresión de que la función se desarrollaba únicamente entre los dos. Era una idea ridícula. También era una idea que no conseguía quitarse de la cabeza.
La zona exterior del circo estaba ahora más llena. La gente compraba comida, entraba en las pequeñas carpas y hacía cola delante de los espectáculos secundarios. El violín había sido sustituido por una música más rápida, aunque seguía teniendo algo antiguo. Amber caminó entre los puestos intentando recuperar la sensación de normalidad. Compró una bolsa de almendras caramelizadas y pagó en efectivo. La mujer del puesto le entregó la bolsa sin dejar de observarla.
-¿Primera noche?
Amber levantó la vista. Era la segunda persona que le hacía la misma pregunta.
-¿También se nota?
-Un poco.
La mujer sonrió y atendió al siguiente cliente. Amber se alejó con las almendras. Empezaba a sospechar que los trabajadores del circo tenían una extraña capacidad para reconocer a los nuevos visitantes. Tal vez era simple experiencia. Tal vez los habituales caminaban por allí sin mirar cada vela como si fuera un milagro. Intentó encender el teléfono otra vez. Nada. Chloe debía de estar preocupada. Su madre probablemente también empezaría a preguntarse por qué no respondía. Amber calculó que no podía ser mucho más tarde de las nueve. Decidió recorrer una última zona y después marcharse. Era una decisión sensata, y se sintió orgullosa de haberla tomado durante aproximadamente cuarenta segundos.
Entonces volvió a verlo. El hombre de los ojos grises cruzó entre dos carpas a unos treinta metros de distancia. Ya no llevaba el abrigo largo del espectáculo. Vestía una camisa negra con las mangas dobladas hasta los antebrazos y hablaba con otro artista. Bajo las luces doradas parecía menos imposible que sobre el escenario, aunque no menos inquietante. Amber se detuvo con una almendra a medio camino de la boca.
Podía seguir caminando en dirección contraria. De hecho, eso era exactamente lo que una persona razonable habría hecho. Había ido a ver un espectáculo, lo había visto y ahora debía volver a casa. No tenía ningún motivo para seguir a un desconocido por un circo donde los teléfonos no funcionaban. El hombre desapareció detrás de una carpa.
Amber lo siguió. Se dio cuenta de lo que estaba haciendo cuando ya había dejado atrás los puestos principales. El sendero se estrechó y había menos visitantes. Las velas estaban más separadas. A un lado se levantaban carros antiguos pintados de negro; al otro, varias carpas pequeñas tenían las entradas cerradas. Amber redujo el paso. No quería parecer una persona que estaba siguiendo a alguien, aunque eso era exactamente lo que estaba haciendo.
Al llegar a una bifurcación, lo perdió de vista. El camino de la izquierda regresaba hacia la zona iluminada. El de la derecha continuaba entre varios carros y terminaba en una cortina de tela oscura. Un pequeño cartel de madera decía: SOLO PERSONAL. Amber se quedó quieta. Había llegado al límite de lo que podía justificar como curiosidad. Seguir adelante sería entrar conscientemente en una zona prohibida. Chloe habría utilizado palabras mucho menos amables para describirlo.
-Muy bien -murmuró Amber-. Hasta aquí.
Dio media vuelta.
-Una decisión sorprendentemente inteligente.
La voz llegó desde detrás de ella. Amber se volvió tan rápido que casi dejó caer la bolsa de almendras. El hombre estaba apoyado contra uno de los carros negros. No sabía de dónde había salido. Un segundo antes aquel lugar estaba vacío. Ahora él estaba a menos de cinco metros, observándola con la misma tranquilidad que había mostrado sobre el escenario. De cerca parecía más joven de lo que Amber había pensado, quizá veinticinco o veintisiete años. Su cabello negro caía ligeramente sobre la frente y sus ojos eran todavía más extraños sin la distancia de la carpa. Grises, sí, pero con pequeñas zonas casi plateadas alrededor de las pupilas.
Amber se quedó sin palabras. Había imaginado varias posibilidades si volvía a cruzarse con él. En ninguna de ellas se comportaba como alguien que acababa de ser descubierto siguiendo a un desconocido.
-No te estaba siguiendo.
Él bajó la mirada hacia el cartel de SOLO PERSONAL y después volvió a mirarla.
-Claro.
-Me he perdido.
-También claro.
Amber sintió calor en la cara. El hombre no sonreía del todo, pero había algo divertido en su expresión.
-¿Siempre eres así de desagradable con el público?
-Solo con el público que intenta entrar donde no debe.
Amber cruzó los brazos. Era más fácil enfadarse que reconocer que él tenía razón.
-No he entrado.
-Todavía.
El hombre se separó del carro y se acercó un poco. Amber tuvo el impulso de retroceder, pero se obligó a quedarse quieta. Él mantuvo suficiente distancia para no resultar amenazante. Aun así, la temperatura parecía haber bajado varios grados.
-Deberías volver a la zona principal.
-¿Eso es una advertencia?
-Es un consejo.
-No pareces una persona que dé muchos consejos.
-Y tú no pareces una persona que los siga.
Amber abrió la boca para responder y volvió a cerrarla. Aquello era irritante porque también era verdad. Durante unos segundos ninguno habló. Desde la zona principal llegaban música y aplausos, pero allí los sonidos parecían lejanos. Una vela ardía dentro de un farol junto al carro. Amber notó que la llama se inclinaba hacia el hombre aunque no había viento.
Desvió la mirada hacia sus manos. No llevaba anillos ni guantes. Eran manos normales, excepto por el hecho de que parecían demasiado pálidas incluso bajo la luz amarilla.
-Te he visto antes -dijo Amber.
Él no preguntó dónde.
-¿Ah, sí?
-Junto a uno de los carteles. Y después, cuando compré las entradas.
La expresión del desconocido no cambió.
-Salem es pequeño.
-No tanto.
Amber esperó. Él no añadió nada.
-¿Me estabas siguiendo tú?
La pregunta salió antes de que pudiera decidir si quería hacerla. El hombre inclinó ligeramente la cabeza.
-Ahora mismo, la que está fuera de los límites eres tú.
-Eso no es una respuesta.
-No.
Amber apretó los labios. En cualquier otra situación habría considerado aquella conversación suficiente para marcharse. Sin embargo, había algo en él que despertaba exactamente la parte de su carácter que tantos problemas le había causado de niña: cuanto menos le contaban, más necesitaba saber.
-¿Cómo te llamas?
Por primera vez, el hombre pareció dudar. Fue apenas una pausa.
-Lucien.
El nombre le resultó extraño y adecuado al mismo tiempo.
-¿Solo Lucien?
-De momento.
-Qué misterioso.
-Trabajamos en un circo nocturno. Tenemos una reputación que mantener.
Amber soltó una risa antes de poder evitarlo. Fue la primera vez que él sonrió de verdad. No fue una sonrisa grande, pero cambió su rostro lo suficiente para hacerlo parecer menos peligroso. O quizá, pensó Amber, simplemente más fácil de subestimar.
-Amber -dijo ella.
Lucien no reaccionó como alguien que acababa de escuchar su nombre por primera vez. Ese detalle fue pequeño, pero Amber lo notó.
-Ya lo sabías.
La sonrisa desapareció.
-¿Qué?
-Mi nombre.
Lucien mantuvo su mirada durante un instante demasiado largo.
-Tal vez te escuché hablar con alguien.
-He venido sola.
El silencio que siguió fue breve. Suficiente. Amber sintió un escalofrío recorrerle los brazos.
-¿Cómo sabes mi nombre?
Lucien miró hacia la zona principal. La música había cambiado. Sonó una campana, una sola vez.
-Tienes que irte.
-No hasta que me respondas.
-Entonces vas a quedarte aquí mucho tiempo.
Amber dio un paso hacia él.
-¿Por qué me mirabas durante la función?
Lucien volvió a mirarla. Esta vez no había humor en su expresión.
-Porque tú me estabas mirando.
-Eso no es justo.
-No he dicho que lo sea.
Amber sintió una mezcla absurda de irritación y nervios. Quería hacer diez preguntas más. Quería saber quién era, cuánto tiempo llevaba en el circo, cómo funcionaban los números y por qué la había observado antes de que ella entrara. Pero la forma en que Lucien miraba ahora hacia el sendero hizo que se callara. Había alguien más allí.
Amber no lo había oído llegar. Una mujer muy alta estaba al final del camino. Llevaba un vestido oscuro y el pelo recogido. No parecía una visitante. Sus ojos pasaron de Amber a Lucien.
-Lucien.
Solo dijo su nombre. No necesitó añadir nada. La mandíbula de Lucien se tensó.
-Vuelve a la zona principal -le dijo a Amber.
-¿Quién es ella?
-Amber.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre. La forma en que lo hizo la silenció más eficazmente que cualquier explicación.
-Vete.
Amber miró a la mujer. Ella seguía inmóvil, pero había algo en su expresión que le dio mala espina. No era enfado. Era interés. Amber decidió que ya había sido suficientemente valiente por una noche.
-Bien.
Pasó junto a Lucien. Al hacerlo, la manga de su chaqueta rozó por accidente la mano de él. Amber se detuvo. Su piel estaba helada. No fría por estar al aire libre. Helada. Lucien retiró la mano inmediatamente.
-¿Estás bien? -preguntó Amber.
Él la observó como si la pregunta fuera incomprensible.
-Vete, Amber.
Esta vez obedeció. Caminó deprisa hacia las luces. No corrió porque se negaba a darles esa satisfacción, aunque cada parte de su cuerpo quería aumentar la distancia. Cuando llegó de nuevo a la zona llena de visitantes, respiró con más facilidad. Las familias, las parejas y los puestos de comida volvieron a parecerle extraordinariamente tranquilizadores.
Su teléfono se encendió en cuanto cruzó entre dos faroles. La pantalla mostró diecisiete mensajes de Chloe, cuatro llamadas perdidas de su madre y una batería del sesenta y ocho por ciento.
-Oh, mierda.
Amber escribió primero a su madre. Después llamó a Chloe. Su amiga respondió antes del primer tono completo.
-¿ESTÁS VIVA?
-Sí.
-Tu ubicación desapareció.
-Los teléfonos no funcionan dentro.
-Eso no es una explicación tranquilizadora.
Amber empezó a caminar hacia la salida. Mientras Chloe hablaba, volvió la cabeza una vez. Lucien estaba al final del sendero, casi oculto por las sombras. La mujer ya no estaba. Él no hizo ningún gesto. Solo la observó marcharse. Amber apartó la mirada y continuó caminando. Durante el trayecto de regreso intentó ordenar lo ocurrido. Podía explicar muchas cosas si se esforzaba. El teléfono podía haber perdido señal. Los números del circo eran trucos. Lucien podía haber escuchado su nombre en algún momento sin que ella se diera cuenta. Su piel podía estar fría porque llevaba horas trabajando al aire libre.
Cada explicación era posible por separado. Juntas empezaban a parecer una mentira. Cuando llegó a casa, todos dormían excepto su madre, que la esperaba en el salón con una manta sobre las piernas y una expresión que prometía una conversación para la mañana siguiente. Amber pidió perdón, aseguró que estaba bien y subió a su habitación.
Dejó el bolso sobre el escritorio. La segunda entrada seguía allí, exactamente donde la había dejado. Amber se quitó las botas y se sentó en la cama. Cerró los ojos, pero vio otra vez las velas, el escenario y aquellos ojos grises encontrando los suyos entre cientos de personas. Después recordó la mano de Lucien.
Helada. Abrió los ojos. Sobre el escritorio, junto a la entrada que Chloe no había utilizado, había algo que no estaba allí cuando Amber salió de casa. Una pequeña tarjeta negra. Amber se levantó lentamente y la cogió. En una cara estaba dibujada una llave plateada. En la otra había una sola frase. MAÑANA. DESPUÉS DE MEDIANOCHE.
Amber permaneció inmóvil durante varios segundos. Luego miró hacia la ventana. El cristal estaba cerrado. Y, por primera vez desde que había deseado que su vida cambiara, no sintió emoción. Sintió miedo.
Ejercicios de vocabulario
1. Completa las frases
1. Amber vuelve a ______ con el misterioso artista después de la función.
2. Decide ______ al hombre cuando lo ve caminar entre las carpas.
3. Después de unos segundos, lo ______ de vista.
4. Lucien le advierte que está fuera de los ______.
5. Amber se queda sin ______ cuando él aparece detrás de ella.
6. Amber tiene la ______ de que Lucien ya conocía su nombre.
7. Cuando toca su mano, siente un ______ porque su piel está helada.
8. Lucien le dice que debe mantener la ______ y volver a la zona principal.
2. Elige la opción correcta
1. Un desconocido es:
a) una persona que no conoces b) un amigo antiguo c) un familiar
2. Fingir significa:
a) decir o mostrar algo que no es verdad b) recordar algo c) explicar un problema
3. Si pierdes de vista a alguien:
a) ya no puedes verlo b) lo reconoces c) te acercas
4. Una mirada inquietante:
a) produce tranquilidad b) puede causar nervios o preocupación c) siempre es divertida
5. Advertir a alguien significa:
a) avisarle de algo, especialmente de un posible problema b) ignorarlo c) invitarlo
3. Relaciona
1. la mirada 2. reconocer 3. acercarse 4. mantener la distancia 5. quedarse sin palabras 6. sentir un escalofrío
a. identificar a alguien que has visto antes b. no saber qué decir c. ir hacia una persona o cosa d. sensación repentina de frío o nervios e. forma de mirar f. no acercarse demasiado
4. Responde con tus propias ideas
1. ¿Por qué crees que Lucien ya conoce el nombre de Amber?
2. ¿Fue una buena idea seguirlo? ¿Por qué?
3. ¿Qué explicación darías a la temperatura de su piel?
4. ¿Quién crees que es la mujer que aparece al final del sendero?
5. ¿Qué harías si encontraras una tarjeta misteriosa dentro de tu habitación?
6. ¿Crees que Amber irá a la cita después de medianoche?
Respuestas
Ejercicio 1: 1. cruzarse 2. seguir 3. pierde 4. límites 5. palabras 6. impresión 7. escalofrío 8. distancia
Ejercicio 2: 1-a, 2-a, 3-a, 4-b, 5-a
Ejercicio 3: 1-e, 2-a, 3-c, 4-f, 5-b, 6-d
Ejercicio 4: Respuestas personales.
Capítulo 6. Después de medianoche

El sábado por la mañana, la tarjeta negra seguía sobre el escritorio. Amber la había dejado allí antes de acostarse y, durante la noche, se había despertado dos veces para comprobar que no la había imaginado. A la luz del día parecía menos amenazante. Era solo un rectángulo de papel grueso con una llave plateada en una cara y cuatro palabras en la otra: MAÑANA. DESPUÉS DE MEDIANOCHE. El problema era que nadie había podido entrar en su habitación para dejarla.
Su ventana estaba cerrada por dentro. La puerta de la casa no había sido forzada. Ethan juró que no había tocado nada y, por una vez, Amber le creyó. Su madre había estado en el salón cuando ella regresó. Si alguien hubiera subido las escaleras, lo habría visto. Amber pasó varios minutos buscando una explicación razonable y terminó con una lista de posibilidades tan malas que prefirió guardar la tarjeta dentro de un libro.
El desayuno tampoco ayudó. Su madre quería saber por qué había dejado de responder durante horas. Amber explicó que los teléfonos no funcionaban dentro del recinto y presentó aquello como una decisión artística del circo, no como algo que había descubierto después de quedarse sola en medio del bosque. No mencionó a Lucien. Tampoco mencionó la zona prohibida, la mujer desconocida ni la temperatura de aquella mano.
-¿Te gustó al menos? -preguntó su padre, sin apartar los ojos del café.
Amber tardó demasiado en contestar.
-Sí.
-Esa pausa ha sido tranquilizadora -dijo su madre.
-Fue raro. Pero bueno.
-¿Raro bueno o raro «llamemos a la policía»? -preguntó Ethan.
-Raro «come tus cereales».
Ethan aceptó la respuesta con una sonrisa. Su madre no. Amber notó su mirada durante el resto del desayuno, pero nadie insistió. Aquello le produjo alivio y, al mismo tiempo, una culpa incómoda. Hasta entonces nunca había tenido grandes secretos en casa. Había ocultado alguna mala nota, alguna fiesta y un par de mensajes de chicos que no quería comentar. Nada que se pareciera a una invitación misteriosa dejada en una habitación cerrada.
A media mañana llamó a Chloe. Su amiga seguía enferma, aunque ya no tenía tanta fiebre. Amber había pensado contarle todo. Era lo lógico. Chloe sabía lo de los carteles, las entradas y los teléfonos. Además, había sido ella quien había insistido en compartir la ubicación. Sin embargo, cuando escuchó su voz cansada, Amber descubrió que no sabía por dónde empezar.
-Necesito el informe completo -dijo Chloe-. Y quiero detalles.
-El circo era increíble.
-Eso no es un informe.
-Había velas por todas partes. Acróbatas. Magia. Una mujer flotaba.
-¿Flotaba de verdad?
-Probablemente había cables.
-No pareces convencida.
Amber se sentó en el suelo junto a la cama y miró el libro donde había escondido la tarjeta.
-También conocí a uno de los artistas.
Hubo un silencio completamente distinto al anterior.
-Ah.
-No digas «ah» así.
-¿Cómo quieres que diga «ah»?
-Normal.
-¿Está bueno?
-Chloe.
-Eso es un sí.
Amber se rio, pero la conversación se volvió más difícil cuando Chloe preguntó cómo lo había conocido. Contó que se había cruzado con él después de la función. Omitió que lo había seguido hasta una zona restringida. Dijo que se llamaba Lucien. Omitió que él ya sabía su nombre. Dijo que era extraño. Omitió que su piel estaba helada.
Cada detalle que eliminaba hacía que la historia sonara más normal. Cuando terminó, incluso Amber pudo imaginar que no había ocurrido nada importante.
-¿Vas a volver? -preguntó Chloe.
Amber miró otra vez hacia el libro.
-No lo sé.
Era mentira. Durante toda la tarde pensó en la cita. Intentó estudiar, pero leyó la misma página cuatro veces. Intentó ver una película con Ethan y se dio cuenta de que no sabía quién era el villano después de cuarenta minutos. A las siete preparó té. A las ocho abrió el libro y sacó la tarjeta. A las nueve decidió que no iría. A las nueve y veinte cambió de opinión. A las diez volvió a decidir que aquello era absurdo.
El mensaje no decía dónde debía estar después de medianoche. Podía referirse al circo, pero el espectáculo terminaba antes. Podía ser una broma. Podía no tener nada que ver con Lucien. De hecho, Amber ni siquiera sabía quién había dejado la tarjeta. La opción más sensata era quedarse en casa. A las once y cuarto estaba vestida.
No eligió el vestido de la noche anterior. Se puso vaqueros, un jersey oscuro, botas y un abrigo grueso. La ropa práctica la hacía sentir menos como una protagonista de una historia de terror y más como alguien que simplemente iba a salir un rato. Metió el teléfono, dinero, las llaves y la tarjeta en el bolso. Después se quedó junto a la puerta de su habitación escuchando.
La casa estaba en silencio. Sus padres dormían. Ethan también, o al menos no se oía ningún sonido desde su habitación. Amber sabía que podía bajar las escaleras, abrir la puerta principal y marcharse sin despertar a nadie. Nunca había tenido que escaparse de casa a los diecinueve años. La idea era tan ridícula que estuvo a punto de volver a la cama.
Entonces recordó la tarjeta. Bajó. Cada escalón parecía más ruidoso que durante el día. En la entrada se puso el abrigo sin encender la luz. Al abrir la puerta, el aire de octubre entró en la casa y le produjo un escalofrío. Amber cerró con cuidado y permaneció unos segundos en el porche, esperando que alguien encendiera una lámpara detrás de ella.
No ocurrió. Había pedido un coche para que la recogiera dos calles más abajo. Mientras caminaba hacia el punto de encuentro, se preguntó por qué estaba obedeciendo una invitación de origen desconocido. No se fiaba de Lucien. Ni siquiera estaba segura de que la tarjeta fuera suya. Pero la curiosidad había vuelto a ganar, y Amber empezaba a sospechar que aquel defecto podía meterla en problemas de verdad.
El conductor no hizo preguntas. A aquella hora Salem todavía tenía movimiento en el centro, pero las calles residenciales estaban casi vacías. Había calabazas iluminadas en algunos porches y decoraciones de fantasmas que se movían con el viento. Amber observó las casas pasar y pensó que, en cualquier otra noche, todo aquello le habría parecido suficientemente misterioso. Después del Circo Nocturno, las brujas de plástico y los esqueletos de jardín resultaban casi tranquilizadores.
Cuando el coche se acercó al terreno, Amber esperó encontrar una fila de vehículos como la noche anterior. No había ninguno. La entrada de grava estaba vacía. Tampoco se veía gente caminando hacia el bosque.
-¿Seguro que es aquí? -preguntó el conductor.
Amber comprobó la dirección.
-Sí.
El hombre miró hacia la oscuridad.
-No parece muy abierto.
-Me esperan.
La frase sonó mucho más segura de lo que se sentía. Pagó, salió y observó las luces rojas del coche alejarse por la carretera. Cuando desaparecieron, el silencio fue inmediato. Amber encendió la linterna del teléfono. Funcionaba perfectamente. La batería estaba casi llena y tenía cobertura. Aquello debería haberla tranquilizado, pero produjo el efecto contrario. La noche anterior el circo había inutilizado los teléfonos antes incluso de que llegara a la entrada. Ahora nada impedía que el suyo funcionara.
El sendero de grava estaba a oscuras. No había faroles. No había música. No había visitantes. Amber permaneció junto a la carretera. La idea de dar media vuelta llegó tarde: el coche ya se había marchado y pedir otro significaba esperar sola. Podía llamar a alguien. Podía llamar a Chloe, aunque probablemente dormía. Podía llamar a su madre y aceptar las consecuencias.
Entonces vio una vela. Estaba varios metros dentro del bosque, colocada en el suelo. Una llama pequeña y dorada. Más adelante había otra. Y otra. Formaban un camino.
-Esto es una idea terrible -dijo Amber en voz baja.
Nadie respondió. Siguió las velas. El bosque era diferente sin el público. El sonido de sus botas sobre la grava parecía demasiado fuerte. Las ramas se movían sobre su cabeza y, de vez en cuando, una hoja caía cerca de ella. Amber mantenía el teléfono en la mano. La pantalla mostraba las 00:07. El camino no conducía a la entrada principal. Antes de llegar al claro, las velas giraban hacia la derecha y seguían por un sendero estrecho que Amber no había visto la noche anterior. Dudó. La tarjeta no decía que siguiera velas por un bosque a medianoche. En realidad, la tarjeta no decía casi nada.
Oyó pasos detrás de ella. Amber se volvió. No había nadie. La luz del teléfono iluminó troncos, hojas y una parte del camino vacío. Esperó. Nada. Continuó. Los pasos volvieron. Esta vez no se detuvo. Aceleró el paso. La sensación de estar vigilada crecía con cada metro. No quería correr porque correr significaba aceptar que tenía miedo, pero su cuerpo parecía menos interesado que su orgullo en aquella diferencia.
Llegó a una pequeña puerta de madera construida entre dos árboles. No recordaba haberla visto antes. Una llave plateada estaba pintada en el centro. Amber sacó la tarjeta del bolso. Era el mismo símbolo. Empujó la puerta. Al otro lado no había bosque. Había una parte del circo. No la zona que conocía. Allí no había puestos de comida ni carpas para visitantes. Había carros antiguos, cuerdas tendidas entre postes, cajas de madera y pequeñas viviendas sobre ruedas. Varias lámparas ardían junto a las puertas. El lugar parecía un pueblo que dormía.
Amber apagó la linterna. No quería llamar la atención. Avanzó unos pasos y escuchó voces dentro de uno de los carros. No entendió las palabras. Otra puerta se cerró a lo lejos.
-Llegas tarde.
Amber se giró. Lucien estaba sentado sobre los escalones de un carro negro. No llevaba ropa de espectáculo. Vestía pantalones oscuros, botas y un jersey gris. Sin las velas del escenario y el abrigo largo parecía más humano. Solo parecía.
-Son las doce y diez.
-La tarjeta decía después de medianoche.
-Técnicamente tienes razón.
-Me alegra que lo reconozcas.
Lucien se levantó. Amber observó sus manos por instinto. Recordó el frío de su piel.
-¿Tú dejaste esto en mi habitación?
Le mostró la tarjeta. Lucien no la cogió.
-No.
Amber había preparado varias respuestas. Ninguna servía para aquello.
-¿Qué?
-Yo no dejé esa tarjeta.
El miedo que había conseguido controlar durante el camino volvió de golpe.
-Entonces, ¿por qué estás aquí?
-Porque sabía que vendrías.
-Eso no mejora nada.
-No pretendía hacerlo.
Amber miró alrededor. Los carros parecían ahora demasiado silenciosos.
-¿Quién la dejó?
Lucien tardó en responder.
-Alguien que quería comprobar si vendrías sola.
Amber sintió que se le secaba la boca.
-¿Quién?
-No puedo decírtelo.
-Pues yo sí puedo decirte algo. Me voy.
Dio media vuelta.
-Amber.
Ella siguió caminando.
-No vuelvas por el mismo sendero.
Amber se detuvo. Lucien ya no parecía divertido. Miraba hacia la puerta por la que ella había entrado.
-¿Por qué?
Un ruido llegó desde el bosque. No eran pasos humanos. Algo se movía entre las hojas con demasiada rapidez. Amber dio un paso hacia Lucien sin darse cuenta.
-¿Qué hay ahí?
-Ahora mismo no importa.
-A mí me importa bastante.
Lucien se acercó. Esta vez no mantuvo tanta distancia.
-Escúchame. Vas a quedarte aquí unos minutos. Después te llevaré a casa.
-No necesito que me lleves.
-Esta noche sí.
Amber quiso discutir. El sonido volvió a oírse, más cerca de la puerta. Una sombra pasó entre los árboles. Lucien se colocó delante de ella. Fue un movimiento pequeño, casi automático, pero Amber lo entendió. No estaba intentando impedirle salir. Estaba poniéndose entre ella y algo que estaba fuera.
-¿Qué está pasando?
Lucien no respondió. La puerta de madera se abrió unos centímetros por sí sola. Una mano pálida apareció en el borde. Lucien cambió por completo. Hasta ese momento Amber lo había visto tranquilo, irónico, incluso aburrido. Ahora todo su cuerpo estaba tenso. Sus ojos grises parecían más oscuros.
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