Read the book: «Reyes de la tierra salvaje (versión española)»
REYES DE LA TIERRA SALVAJE
NICHOLAS EAMES
Traducción: David Tejera Expósito

“Nicholas Eames construye un libro con todos los tópicos de la fantasía: de las novelas, de los juegos de rol y hasta de los videojuegos. Su principal finalidad es divertir al lector. Una genialidad”.
—Daniel Garrido,
El Caballero del Árbol Sonriente.
“Una comedia de aventuras, una historia sobre héroes que envejecen y una nueva manera de disfrutar del fantasy, todo al mismo tiempo. En resumen: genial. Leí este libro en una noche. Mientras espero la secuela, tendré que contentarme con volver a leerlo”.
—B&N SF & Fantasy Blog.
“Una primera novela brillante. Eames ha superado la emoción de la fantasía épica, la trama es gratificante y original. El autor claramente se propuso escribir algo divertido de leer y lo ha logrado de manera espectacular”.
—Publishers Weekly.
“Reyes de la Tierra Salvaje es una increíble historia de aventuras, acción, humor y un leve toque de fantasía oscura. Es la novela de fantasy que no sabía que estaba esperando hasta que terminé de leerla”
—Lucila Quintana, editora.
Título original: Kings of the Wyld
Edición original: Hachette Book Group Inc.
© 2017 Nicholas Eames
© 2020 David Tejera por la traducción
© 2021 Trini Vergara Ediciones
www.trinivergaraediciones.com
© 2021 Gamon Fantasy
www.gamonfantasy.com
España · México · Argentina
ISBN: 978-84-18711-09-1
Índice de contenido
Portadilla
Citas elogiosas
Legales
Reyes de la tierra salvaje
Mapa
1. Un fantasma en el camino
2. Rosa
3. Un buen hombre
4. En el camino
5. Rocas, calcetines y bocadillos
6. El desfile de los monstruos
7. Nadando con tiburones
8. Vellichor
9. El Roce del Hereje
10. A través del espejo
11. El rey cornudo
12. El Concilio de los Reinos
13. El Duque de los Confines
14. Adiós al rey
15. Desayuno con ladronas
16. Serpientes y leones
17. Cincorreinos
18. Todo lo que reluce
19. Los invitados de la Gorgona
20. El alma en la piedra
21. La Morada de las Broncas
22. El Maxitón
23. Nacidos para matar
24. El vuelo nocturno
25. Tesoros de utilidades varias
26. El resurgir del renacido
27. El botín
28. Consuelda
29. A volar
30. El Estrella Oscura
31. Un paseo por la Tierra Salvaje
32. Tambores en sueños narcóticos
33. El devoracarne
34. Las llamas de la esperanza
35. El reino caníbal
36. Divagando
37. El buhonero de monstruos
38. Tamarat
39. El espíritu bajo la piel
40. Humo de canela
41. Fuera del bosque
42. Bardos y cuencos rotos
43. El Sendero Glacial
44. Una tumba entre las nubes
45. Una canción para el soñador
46. Liberación
47. Manos nuevas, amigos viejos
48. El laberinto de piedra y fuego
49. La inmortalidad
50. La Batalla de las Bandas
51. El Vástago del Otoño
52. De pura chiripa
53. Una última vez
Epílogo. En casa
Agradecimientos
Nuestros autores y libros en Gamon
Nicholas Eames
Sinopsis
Manifiesto Gamon
Para mamá, que siempre creyó.Para Rose, que siempre lo supo.Y para papá, que nunca sabrá cuánto.

1
Un fantasma en el camino
Dado el tamaño de su sombra, se podría haber pensado que Clay Cooper parecía un hombre mucho más grande de lo que era en realidad. Sin duda resultaba más corpulento que la mayoría, con hombros anchos y un pecho que parecía un barril surcado por una banda de metal. Tenía las manos tan grandes que la mayoría de las jarras parecían tacitas de té cuando las sostenía, y la mandíbula que ocultaba debajo de la descuidada barba de color castaño era prominente y afilada como la punta de una pala. Pero su sombra recortada contra el sol del ocaso se extendía detrás de él como un recordatorio pertinaz del hombre que era antes: uno enigmático, monumental y también un tanto monstruoso.
Después de terminar el día de trabajo, Clay se arrastró por el trillado sendero que hacía las veces de camino en Vegabrupta al tiempo que dedicaba sonrisas y saludaba con la cabeza a los que también volvían a casa antes de que anocheciese. Vestía el tabardo verde de guardia sobre un desgastado jubón de cuero y portaba una espada mellada en una vieja vaina a la cadera. El escudo, también mellado, lleno de marcas y arañado por el impacto de las hachas, las flechas y las garras a lo largo de los años, le colgaba de la espalda. Y el yelmo... bueno, Clay había perdido el yelmo que le había dado el sargento la semana anterior, al igual que había extraviado el del mes anterior, y otros cada par de meses, desde el día que firmó para alistarse a la guardia de la ciudad, hacía ya diez años.
Un yelmo solo servía para limitar la visión y obstaculizar la capacidad de audición, y encima lo hacía parecer a uno un tonto de narices. Clay Cooper pasaba de los yelmos. Y se acabó.
—¡Clay! ¡Oye, Clay! —Pip se le acercó al trote. El chaval también llevaba el tabardo verde de la guardia y la ridícula batea que se colocaba en la cabeza encajada bajo el brazo—. Acabo de terminar el turno en la puerta meridional —indicó, animado—. ¿Y tú?
—En la septentrional.
—Genial. —El chico le dedicó una sonrisa y movió la cabeza afirmativamente, como si Clay hubiese dicho algo interesantísimo en lugar de haber poco más que murmurado tres palabras—. ¿Algo interesante ahí fuera?
Clay se encogió de hombros.
—Montañas.
—¡Ja! Montañas, dice el tío. Oye, ¿te has enterado de que Ryk Yarsson vio a un centauro en los alrededores de la granja de los Tassel?
—Seguro que era un alce.
El chico le dedicó una mirada cargada de escepticismo, como si el hecho de que Ryk hubiese visto un alce en lugar de un centauro fuese algo muy improbable.
—Bueno, da igual. ¿Te vienes al Testa del Rey a echarte algo?
—No debería —respondió Clay—. Ginny me espera en casa y... —Hizo una pausa mientras se le ocurría alguna otra excusa.
—Venga —le incitó Pip—. Pues solo una y te vas.
Clay gruñó y miró el sol con ojos entrecerrados para sopesar el enfado de Ginny contra el agrio sabor de una cerveza bajándole por la garganta.
—Venga —accedió—. Solo una.
Al fin y al cabo, había sido muy duro pasarse todo el día mirando al norte.
El Testa del Rey estaba abarrotado; y las largas mesas, llenas de gente que charlaba y cuchicheaba tanto como bebía. Pip se abrió camino hasta la barra mientras Clay buscaba un lugar en el que sentarse lo más alejado posible del escenario.
Las conversaciones que oía a su alrededor eran las habituales: el clima y la guerra, temas que no resultaban muy prometedores. Había tenido lugar una gran batalla al oeste en los Confines, y los murmullos parecían indicar que no había acabado del todo bien. Un ejército republicano de unos veinte mil efectivos respaldado por varios cientos de bandas de mercenarios había sido masacrado por la Horda de la Tierra Salvaje Primigenia. Los pocos supervivientes se habían retirado a la ciudad de Castia, donde ahora estaban asediados y obligados a enfrentarse a la hambruna y la enfermedad mientras el enemigo se atiborraba con los cadáveres que había fuera de las murallas. La conversación versaba sobre eso y sobre que esa mañana algunos habían encontrado algo de escarcha en el suelo, algo bastante poco común a principios de otoño, ¿no?
Pip volvió con dos pintas y amigos que Clay no conocía y cuyos nombres olvidó tan pronto como se los dijeron. Parecían buenos tipos, ojo, pero a Clay se le daban mal los nombres.
—¿Estabas en una banda, entonces? —preguntó uno. Tenía el pelo largo y pelirrojo, y un rostro de preadolescente lleno de pecas y de grandes espinillas.
Clay le dio un gran sorbo a la jarra, la dejó sobre la mesa y miró a Pip, quien al menos tuvo la decencia de dedicarle una mirada cargada de vergüenza. Finalmente, Clay asintió.
Se quedaron mirando el uno al otro, y luego el de las pecas se inclinó sobre la mesa.
—Pip dice que defendisteis el Paso de la Llama Helada durante tres días contra mil muertos vivientes.
—Bueno, los conté y eran novecientos noventa y nueve —corrigió Clay—. Pero se podría decir que sí.
—También dice que acabasteis con Akatung el Temible —dijo el otro, cuyo intento de dejarse barba le había hecho acabar con una pelusa que sería el hazmerreír de casi todas las abuelas.
Clay le dio otro sorbo a la cerveza y negó con la cabeza.
—Solo lo dejamos herido, aunque luego me enteré de que murió en su guarida. En paz. Mientras dormía.
Vio que los chicos parecían decepcionados, pero luego Pip le dio un codazo a uno de ellos.
—Pregúntale por el asedio de Colinahueca.
—¿Colinahueca? —murmuró Pelusa al tiempo que abría los ojos como platos—. Un momento. ¿El asedio de Colinahueca? Entonces, la banda en la que estabas era...
—Saga —apuntilló Pecas con fascinación manifiesta—. Estabas en Saga.
—Fue hace mucho tiempo —dijo Clay al tiempo que rascaba un nudo de la retorcida madera de la mesa que tenía delante—. Pero creo que se llamaba así, sí.
—¡Vaya! —exclamó Pecas.
—Estás de broma, ¿verdad? —murmuró Pelusa.
—Es que... vaya —repitió Pecas.
—Venga, dinos que estás de broma —repitió Pelusa, que al parecer quería tener la última palabra a la hora de expresar su asombro.
Clay no respondió. Se limitó a darle otro sorbo a la cerveza y a encogerse de hombros.
—¿Entonces conoces a Gabe el Gualdo? —preguntó Pecas.
Otro encogimiento de hombros.
—Conozco a Gabriel, sí.
—¡Gabriel! —exclamó Pip al tiempo que derramaba un poco la bebida al levantar ambas manos a causa del asombro—. ¡Gabriel, dice el tío!
—¿Y a Ganelon? —preguntó Pelusa—. ¿Y a Arcandius Moog? ¿Y a Matrick Machacacráneos?
—Ah, y a... —Pecas retorció el gesto mientras se estrujaba el cerebro para acordarse, algo que no le sentaba muy bien a su rostro, determinó Clay. El tipo era feo como una nube de tormenta en una boda—. ¿De quién nos estamos olvidando?
—De Clay Cooper.
Pelusa se atusó el pelo de la barbilla mientras rumiaba el nombre.
—Clay Cooper... Ah —dijo con gesto avergonzado—. Ese, claro.
Pecas tardó un poco más en llegar a la misma conclusión, pero luego se dio un palmetazo en la frente y se río.
—¡Claro! Dioses, qué tonto soy.
“Me apuesto lo que sea a que los dioses ya lo saben”, pensó Clay.
Pip se dio cuenta de lo incómodo de la situación y los interrumpió.
—Clay, ¿nos contarías una batallita? ¿Qué te parece la de cuando fuisteis a por ese nigromante de Hozford? O cuando rescatasteis a esa princesa de... de aquel lugar. ¿Te acuerdas?
“¿Qué princesa?”, se preguntó Clay. Lo cierto era que habían rescatado a varias princesas. Y también habían matado a una docena de nigromantes. ¿Quién llevaba la cuenta de esas tonterías? Tampoco es que le importase mucho, porque no estaba de humor para contar batallitas. Ni para ponerse a desenterrar lo que tanto le había costado soterrar y que luego se había esforzado aún más en olvidar.
—Lo siento, chico —le dijo a Pip antes de acabarse la cerveza—. Listo. La que te había prometido.
Se disculpó, le dejó a Pip unas monedas de cobre por la bebida y dio lo que esperaba que fuese un último adiós a Pecas y Pelusa. Se abrió paso hasta la puerta y dio un largo suspiro cuando salió a la fría tranquilidad del exterior. Le dolía el cuerpo de estar sentado a la mesa, por lo que estiró la espalda y el cuello y alzó la mirada hacia las primeras estrellas que empezaban a divisarse en el firmamento.
Recordó que el cielo nocturno lo hacía sentirse pequeño. Insignificante. Y que por eso había intentado alcanzar la grandeza, con la idea de poder algún día mirar la vasta extensión de estrellas sin sentirse abrumado por su esplendor. Pero no había funcionado. Apartó la mirada del cielo del atardecer y empezó a recorrer el camino de regreso a casa.
Intercambió unas palabras con los guardias de la puerta occidental. Les preguntó si sabían algo sobre ese centauro que alguien había visto cerca de la granja de los Tassel, también qué tal había ido esa batalla del oeste y cómo les iba a esos pobres diablos que habían quedado atrapados en Castia. Cosas turbias. Muy turbias.
Siguió el camino con cuidado de no torcerse el tobillo en los surcos. Los grillos cantaban en la hierba alta que crecía a ambos lados del camino; la brisa soplaba en los árboles que se alzaban sobre él y su murmullo recordaba al de la marea. Se detuvo a un lado del camino, junto a una capilla dedicada al Señor del Estío y tiró una insulsa moneda de cobre a los pies de la estatua. Después de unos pasos más y de un momento de titubeo, volvió atrás y tiró otra. Fuera de la ciudad el ambiente estaba mucho más oscuro, y Clay reprimió las ganas de volver a mirar al cielo.
“Será mejor que mantengas los pies en la tierra y dejes atrás el pasado —pensó—. No te va mal y tienes lo que querías, ¿no es así, Cooper? Una hija, una esposa, una vida tranquila”.
Llevaba una vida honrada. Una vida cómoda.
Casi le pareció oír cómo Gabriel se burlaba de él.
“¿Honrada? Las cosas honradas son aburridas —habría dicho su viejo amigo—. La comodidad es anodina”.
Pero Gabriel se había casado mucho antes que él. Hasta había tenido una hija que a estas alturas ya sería toda una mujer.
Y vio al fantasma de Gabe en un rincón de su mente, dedicándole una sonrisa con esa apariencia joven, fiera y gloriosa de antaño.
—Fuimos grandes como gigantes —dijo—. Famosos. Y ahora...
—Ahora no somos más que unos ancianos cansados —murmuró Clay a la soledad de la noche. ¿Qué tenía eso de malo? En su día se había topado con gigantes de verdad, y casi todos eran idiotas.
A pesar del razonamiento anterior, el fantasma de Gabriel lo siguió durante la vuelta a casa, lo adelantó al tiempo que le guiñaba un ojo, lo saludó al acercarse a la valla del vecino y se quedó agachado en la escalera que daba a la puerta principal de su hogar. Pero el Gabriel que veía ahora no tenía nada de joven, no parecía particularmente fiero y tenía lo mismo de glorioso que un viejo tablón de madera atravesado por un clavo oxidado. De hecho, tenía un aspecto terrible. Se levantó y sonrió al ver que él se acercaba. Nunca había visto a un hombre con gesto tan triste en toda su vida.
La aparición pronunció su nombre, un sonido que a Clay le resultó tan real como el canto de los grillos y como el susurro de la brisa agitando los árboles del camino. Y luego se le quebró la sonrisa y Gabriel, un Gabriel real y corpóreo, se derrumbó en sus brazos y empezó a llorarle en el hombro mientras se agarraba a él como un niño que tiene miedo de la oscuridad.
—Clay —dijo—. Necesito tu ayuda... Por favor.
2
Rosa
Entraron después de que Gabriel se recuperara de la impresión. Ginny se alejó de los fogones con los dientes muy apretados. Griff se acercó entre brinquitos, sin dejar de agitar su cola rechoncha. Le dedicó a Clay un olfateo somero y luego empezó a oler la pierna de Gabe como si fuese un árbol lleno de orín, algo que en realidad no estaba muy lejos de la realidad.
Sin duda su viejo amigo se encontraba en un estado lamentable. El pelo y la barba eran poco más que una maraña y sus ropas, unos andrajos mugrientos. Tenía las botas llenas de agujeros, y del cuero estropeado de la parte delantera sobresalían unos dedos gordos y sucios. No dejaba de mover y retorcer las manos o de tirar abstraído del dobladillo de su túnica. Pero lo peor de todo eran sus ojos. Los tenía hundidos en un rostro macilento, impasible y turbado, como si, mirase donde mirase, solo viese cosas que no deseara ver.
—Griff, ya basta —dijo Clay.
Al oír su nombre, el perro alzó la negra cabeza de ojos ansiosos y lengua rosada y colgante. Griff no era la criatura más agraciada del mundo y servía para poco más que lamer comida de un plato. No sabía arrear un rebaño de ovejas ni hacer salir de su escondite a un urogallo, y era probable que si alguien allanaba la casa fuese más propenso a traerle las pantuflas que a echarlo. Pero Clay no podía evitar sonreír al verlo (sí, era así de adorable, el muy cabrón) y eso era lo que importaba de verdad.
—Gabriel —dijo Ginny al fin después de la sorpresa.
No se movió de donde estaba. Tampoco sonrió ni se acercó para darle un abrazo. Gabriel nunca había llegado a importarle demasiado. Clay pensó que seguro que culpaba a su viejo compañero de banda de todas las malas costumbres (las apuestas, las peleas, el exceso de bebida) que ella había intentado hacerle olvidar durante los últimos diez años, y también de las otras malas costumbres (masticar con la boca abierta, olvidar lavarse las manos, estrangular a gente de vez en cuando) que aún no había conseguido quitarle.
También recordaba las pocas veces que Gabe había ido a su casa en los años transcurridos desde que lo dejó su esposa. Cada una de aquellas veces venía con un gran plan bajo el brazo, maquinaciones para volver a reunir a la vieja banda y recorrer otra vez los caminos en busca de fama, fortuna y aventuras sin duda imprudentes. Decía que al sur había un pueblo que necesitaba ayuda con un draco devastador, o que había que vaciar una madriguera de lobos del bosque Plañidero, o que una anciana de un lejano rincón del reino necesitaba ayuda para recoger la ropa de la colada y que ¡solo los mismísimos Saga podían socorrerla!
Clay no necesitaba sentir la dura mirada de Ginny clavada en su nuca para rechazar ese tipo de ofrecimientos ni para darse cuenta de que Gabriel echaba de menos cosas que nunca volvería a tener, como un anciano que se aferra a los recuerdos de los mejores años de su juventud. Eso era justo lo que pasaba, pero Clay sabía que la vida no funcionaba de esa manera. Sabía que no era un círculo que te obligara a recorrer el mismo camino una y otra vez. Era más bien un arco con una trayectoria tan inexorable como la del sol al surcar los cielos, destinado a empezar a caer justo cuando se encuentra en el momento álgido y más resplandeciente.
Clay parpadeó al darse cuenta de que había empezado a divagar. Le pasaba a veces, y le habría gustado saber expresar mejor esos pensamientos. De saber hacerlo, habría parecido un listillo de cuidado, ¿verdad?
En lugar de eso se quedó con rostro embobado mientras el silencio entre Ginny y Gabriel se prolongaba de manera muy incómoda.
—Pareces hambriento —dijo ella al fin.
Gabriel asintió sin dejar de retorcerse las manos con inquietud.
Ginny suspiró, y luego su amable, encantadora y maravillosa esposa le dedicó una sonrisa forzada y volvió a coger la cuchara de la cacerola que había estado vigilando justo antes de que llegaran.
—Siéntate —dijo por encima del hombro—. Te daré de comer. He hecho el plato favorito de Clay: estofado de conejo con champiñones.
Gabriel parpadeó.
—Clay odia los champiñones.
Clay se apresuró a responder al ver cómo Ginny se envaraba.
—Eso era antes —dijo con tono jovial antes de que su temperamental, mordaz y aterradora esposa se volviese y le abriese la cabeza a Gabriel con la cuchara de madera—. Pero Ginny los prepara de una manera especial. Hace que el sabor —Lo primero que le vino a la mente fue “no sea tan horrible”, pero lo que dijo sin parecer del todo convencido fue—: sea espectacular. ¿Cómo lo haces, cariño?
—Los meto en el estofado —dijo de la manera más amenazadora en que una mujer podía articular esas cinco palabras.
Algo con cierto parecido a una sonrisa se asomó por las comisuras de los labios de Gabe.
“Siempre le gustó verme avergonzado”, recordó Clay. Se sentó en una silla y Gabriel hizo lo propio. Griff se dirigió con torpeza hacia su alfombra y dio un buen lametón a sus pelotas antes de quedarse dormido en un abrir y cerrar de ojos. Clay reprimió un acceso de envidia al verle.
—¿Tally está en casa? —preguntó.
—Ha salido —respondió Ginny—. A alguna parte.
Clay esperó que fuese cerca. Había coyotes en los bosques de los alrededores. Lobos en las colinas. Joder, si Ryk Yarsson hasta había visto un centauro cerca de la granja de los Tassel. O un alce. Cualquiera de esas cosas podía matar a una jovencita si la pillaba desprevenida.
—Debería haber llegado a casa antes del anochecer —dijo Clay.
—Pues igual que tú, Clay Cooper. ¿Estás haciendo horas extra en la muralla o eso que huelo es Meada del Rey?
“Meada del Rey” es como llamaba a la cerveza que servían en el bar. Era una descripción la mar de buena, y Clay se había reído la primera vez que la había usado. Aunque ahora no le había hecho nada de gracia.
A él, porque Gabriel parecía haberse puesto de mejor humor. Su viejo amigo sonreía como un chico que viese a su hermano recibir una reprimenda por una falta que no había cometido.
—Ha ido al pantano —dijo Ginny al tiempo que sacaba dos cuencos de cerámica de la alacena—. Alégrate si lo único que trae a casa son unas pocas ranas. Dentro de poco traerá chicos, y entonces sí que tendrás una buena razón para preocuparte.
—El que tendrá que preocuparse será el otro —masculló Clay.
Recibió de Ginny una mirada cargada de sorna, y le habría preguntado que a qué venía un gesto así si ella no le hubiera puesto delante un cuenco humeante de estofado justo en ese momento. El aroma se elevó por el ambiente, y su estómago rugió voraz a pesar de los champiñones que había en la comida.
Su mujer cogió la capa del colgador situado junto a la puerta.
—Voy a asegurarme de que Tally está bien —dijo—. Puede que necesite ayuda para cargar con todas esas ranas. —Se acercó a Clay para darle un beso en la coronilla y luego le acarició el pelo—. Que os divirtáis poniéndoos al día, chicos.
Solo consiguió llegar hasta la puerta antes de titubear y echar la vista atrás. Primero miró a Gabriel, que ya había metido la cuchara en el cuenco como si no hubiera comido en mucho tiempo, y luego a Clay. No fue hasta varios días después (tras tomar una dura decisión y encontrándose a muchos kilómetros de distancia) cuando Clay comprendió lo que había visto en sus ojos en ese momento. Algo similar a la pena, la reflexión y la resignación, como si su amada, bella y extraordinariamente astuta esposa ya supiera que lo que estaba a punto de ocurrir era tan inevitable como el invierno o que un río serpenteara hasta desembocar en el mar.
Una brisa fría sopló desde el exterior. Ginny se estremeció a pesar de llevar puesta la capa y luego se marchó.
***
—Es Rosa.
Habían terminado de comer y dejado los cuencos a un lado. Clay sabía que debería haberlos llevado al fregadero y haberles echado agua para que limpiarlos luego no fuese tan difícil, pero al oír a Gabriel sintió que no podía levantarse de la mesa. Su amigo había venido en plena noche y desde muy lejos para contarle algo. Lo mejor que podía hacer era dejarlo hablar para que aquello acabara cuanto antes.
—¿Tu hija? —preguntó Clay.
Gabe asintió despacio. Tenía ambas manos extendidas sobre la mesa y la mirada fija y perdida en algún lugar entre ellos.
—Es... muy tozuda —dijo al fin—. Impetuosa. Me gustaría poder decir que ha salido a su madre, pero... —Volvió a sonreír como antes, poco más que un amago—. ¿Recuerdas que estaba enseñándole a usar la espada?
—Recuerdo haberte dicho que era una mala idea —dijo Clay.
Gabriel se encogió de hombros.
—Solo quería que fuera capaz de defenderse. Ya sabes, clavar la parte puntiaguda y todo eso. Pero ella quería más. Quería ser... —Hizo una pausa mientras buscaba la palabra adecuada—. Quería ser... grandiosa.
—¿Como su padre?
Gabriel torció el gesto.
—Eso es. Creo que le habían contado demasiadas historias y le habían llenado la cabeza con esas tonterías sobre ser un héroe y pelear en una banda.
“Quién le habrá contado todas esas monsergas, ¿eh?”, se preguntó Clay.
—Sí, lo sé —continuó Gabriel como si oyera sus pensamientos—. En parte es culpa mía, no lo voy a negar. Pero no he sido solo yo. Los jóvenes de hoy en día... están obsesionados con los mercenarios, Clay. Los adoran. No es sano. ¡Y la mayoría de esos mercenarios ni siquiera están en bandas de verdad! No son más que un hatajo de matones sin nombre que luchan con la cara pintada y se pavonean por ahí con espadas brillantes y armaduras lujosas. ¡Es que hasta hay uno que va a las batallas en mantícora! ¡Y no es broma!
—¿Una mantícora? —preguntó Clay con tono incrédulo.
Gabe soltó una risilla amarga.
—Sí, ¿verdad? ¿Quién coño se sube en una mantícora? ¡Esas cosas con peligrosas! Bueno, no creo que haga falta que te lo recuerde.
Claro que no hacía falta. Clay tenía una terrible cicatriz fruto de una perforación que le recordaba los peligros de relacionarse con esa clase de monstruos. Una mantícora no servía de mascota y estaba claro que mucho menos de montura. ¡Cómo iba a ser buena idea montar en un cuerpo de león dotado de alas membranosas y una cola aserrada y envenenada!
—A nosotros también nos adoraban —apuntilló Clay—. Bueno, a ti. Y a Ganelon. Son historias que aún se cuentan hoy en día. Aún se cantan las canciones.
Todo se exageraba en las historias, claro. Y la mayor parte de las canciones eran imprecisas, aunque aguantaban bien el paso del tiempo. De hecho, habían durado mucho más que los hombres que aparecían en ellas, que ya no eran lo que habían sido.
“Fuimos grandes como gigantes”.
—No es lo mismo —insistió Gabriel—. Deberías ver la muchedumbre que se forma cada vez que una de esas bandas llega a un pueblo, Clay. La gente grita y las mujeres lloran por las calles.
—Eso suena terrible —dijo Clay, serio.
Gabriel lo ignoró y siguió a lo suyo.
—Sea como fuere, Rosa quería aprender a usar la espada, así que se lo permití. Supuse que terminaría por aburrirse y, ya que iba a aprender, quién mejor que yo para enseñarla. A su madre no le sentó nada bien.
Clay sabía que era de esperar. Valery, la madre de Rosa, odiaba la violencia y las armas de cualquier tipo, así como a cualquiera que usase ambas para cualquier fin. Era en parte responsable de la separación de Saga hacía ya muchos años.
—El problema fue que me di cuenta de que era buena. Muy buena —continuó Gabriel—. Y no lo digo por ser su padre. Empezó a practicar con chicos de su edad y, después de darles una buena paliza a todos, salió a buscar gresca en la calle o en peleas patrocinadas.
—La hija del mismísimo Gabe el Gualdo —murmuró Clay—. Debió de ser todo un reclamo publicitario.
—Supongo —convino su amigo—. Pero llegó el día en el que Val vio las magulladuras. Perdió los estribos y, como era de esperar, me echó la culpa de todo. Se empecinó, ya sabes cómo se pone, y Rosita dejó de pelear durante un tiempo, pero... —Se quedó en silencio, y Clay vio cómo apretaba los dientes, como si se preparase para decir algo horrible—. Después de que su madre se fuera, Rosita y yo... también empezamos a llevarnos un poco mal. Comenzó a salir otra vez y a veces se pasaba días enteros fuera de casa. Venía con más magulladuras y con unos arañazos la mar de feos. También se cortó el pelo, y gracias a la Santísima Tetranidad que su madre ya se había marchado cuando lo hizo, porque si no me habría dejado calvo a mí. Y luego ocurrió lo del cíclope.
—¿Cíclope?
Gabriel lo miró de reojo.
—Ya sabes, esos cabrones enormes que tienen un ojo en mitad de la cabeza.
Clay lo fulminó con la mirada.
—Sé lo que es un cíclope, imbécil.
—¿Y entonces para qué preguntas?
—No he... —Clay se quedó en silencio—. Da igual. Venga, dime qué fue lo que pasó con el cíclope.
Gabriel suspiró.
—Bueno, pues se había asentado en esa vieja fortaleza que había al norte del Arroyo de las Nutrias. Se dedicó a robar ganado, cabras, un perro, y luego asesinó a los que se habían puesto a buscar a sus animales. El reino estaba hasta arriba de quejas, por lo que tuvieron que buscar a alguien que se encargara de esa bestia. Pero en aquel momento no había mercenarios disponibles en la zona, o ninguno con las habilidades necesarias para enfrentarse a un cíclope. Por alguna razón acabaron pensando en mí. Incluso llegaron a enviar a alguien para que me preguntara si podía encargarme, pero les dije que no. ¡Joder, ya ni siquiera tengo espada!
Clay volvió a interrumpirlo, horrorizado.
—¿Qué? ¿Qué has hecho con Vellichor?
Gabriel bajó la mirada.
—Pues... esto... la vendí.
—¿Cómo dices? —preguntó Clay, pero, antes de que su amigo repitiera lo que acababa de decir, extendió las manos sobre la mesa por miedo a que se le cerrasen los puños o a que le diese por coger uno de los cuencos que había cerca para tirárselo a Gabriel a la cara. Luego dijo con toda la tranquilidad de la que fue capaz—: Me has hecho pensar por un segundo que habías vendido Vellichor, la espada que el mismísimo arconte te confió en su lecho de muerte. La espada con la que era capaz de abrir un portal de su mundo al nuestro. ¿Esa espada? ¿Me estás diciendo que has vendido esa espada?
Gabriel, que había ido hundiéndose en la silla con cada palabra, asintió.
—Tenía deudas que pagar, y Valery no la quería en la casa desde antes de enterarse de que había enseñado a Rosa a luchar —explicó con resignación—. Dijo que era peligrosa.