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María Victoria Baratta
No esenciales
La infancia sacrificada
Prólogo de Pola Oloixarac

| Baratta, María VictoriaNo esenciales : la infancia sacrificada / María Victoria Baratta. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-720-21. Derecho a la Educación. 2. Estado y Educación. 3. Pandemias. I. Título.CDD 370.982 |
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Impreso en Argentina / Printed in Argentina
Hecho el depósito que marca la ley 11723
Índice
Agradecimientos | 5
Puer sacer, o la doble destrucción de la educación | 8
Introducción | 15
Capítulo 1
Emergencia educativa | 25
Capítulo 2
Padres Organizados | 40
Capítulo 3
Los costos invisibilizados | 70
Capítulo 4
En pandemia, sí se puede ir a la escuela | 96
Capítulo 5
La infancia, última | 130
Reflexiones finales | 154
Agradecimientos
Gracias a Leopoldo Kulesz, por convocarme para hacer este libro, y a Pola Oloixarac, por su generosidad. Gracias a Federico Juega Sicardi y a Carolina Uribe por hacer magia de mis palabras.
Gracias a las madres y padres fundadores de Padres Organizados, Florencia Gutman, María José Navajas, Quimey Lillo, Gustavo Magda y Gonzalo Garcés, por el trabajo conjunto y el camino recorrido. Gracias a las más de cien agrupaciones de padres y madres que se formaron a lo largo del país y a todos los que alzaron la voz por los derechos de sus hijos. Gracias a mi amiga Analía Correa, por ayudarnos.
Gracias a los seguidores y usuarios de Twitter y a los periodistas que contribuyeron a amplificar el mensaje, y a todos los que, con valentía, firmaron la carta de Padres Organizados en septiembre, cuando el tema era casi tabú. Entre los firmantes, un recuerdo especial a la memoria de Federico Monjeau.
Quiero agradecer a todos los especialistas de diversas disciplinas que me ayudaron de manera desinteresada a entender un fenómeno tan complejo. En primer lugar, muchas gracias a Alejandro Alice, Juan Schmukler y Federico Vasen, por su atenta lectura y comentarios a las primeras versiones de algunos capítulos. Gracias a Guadalupe Rojo, Juan Pablo Aguad y Florencia López Boo, por el asesoramiento sobre primera infancia. Gracias a quienes, directa o indirectamente, me ayudaron a recopilar evidencia o a pensar en todas las aristas del tema que se incluyen en este libro: Alex Milberg, Adolfo Rubinstein, Mónica Marquina, Cristian Duré, Federico Tiberti, Melisa Espagnol, Diego Hammerschlag, Rolando Rivera, Mauro Infantino, Gustavo Noriega, Cecilia Veleda, Roy Hora, Eduardo Wolovelsky, Martín Tetaz, Marcelo Vigo Andrade, Daniel Nieto, Carlos Bueno, Federico Sisti, Ismael Escribano, Adriana Amado, Martín E. de Simone, Iván Stambulsky, Luciano Román, Julia Pomares, Eduardo Sacheri, Lucas Llach, Valentín Muro, Rocío Vicario, Brenda Austin, Iván Ordóñez, María Soledad Planes, Albertina Piterbarg, Edgardo Zablotsky, Rosario Campos, Alejandro Virué, Ariel Diaco, Laura Romero, Eugenia Santana Goitia, Sofía Wiñazki, Luca Sartorio, Valentín Muro, Juan Manuel Palacio, Nicolás Lorenti, Juan Cruz Dall’Asta, Sebastián Katz. Seguramente, me estoy olvidando de mucha gente. Les pido disculpas y les agradezco a ustedes también.
Gracias a quienes ofrecieron sus testimonios personales.
Gracias a mis amigos de siempre, de hace unos años y de la pandemia.
Gracias a mis tres maravillosas hermanas, a mi mamá —la mejor maestra jardinera del mundo—, a mi primera sobrina —que ya llega—, a mis cuñados. Gracias a mi papá, por todo lo que me enseñó.
Gracias a Fede, mi hombre noble, por el amor diario, los placeres compartidos y el sostén en este año tan difícil. Gracias a la familia de Fede, por ser mi familia.
No sé qué habré hecho tan bien en la vida como para merecerte, mi pequeña y fabulosa Amelia, pero gracias. Sos lo más importante para mí.
Este libro está dedicado a todos los niños
y adolescentes de la Argentina.
Puer sacer, o la doble destrucción
de la educación
Pola Oloixarac
El Estado Maternal
Hace un año, el covid-19 hacía su debut viral en las vidas humanas. Mientras las ciudades cerraban y el remedio medieval de la cuarentena parecía el único antídoto, muchos intelectuales celebraron lo que veían como la derrota del orden neoliberal. Leían en el virus la capacidad de hacer “lo que no pudieron los hombres” (derrocar el sistema, en palabras de “Bifo” Berardi), dando un golpe “a la Kill Bill al capitalismo” (Žižek). Para muchos, había tronado “la hora del Estado”, como unos cien años antes Leopoldo Lugones había cantado, entusiasta, el arribo auspicioso de “la hora de la espada” ante la ruina de la democracia liberal.
En Argentina, la Jefatura de Gabinete publicó El futuro después del covid, donde la antropóloga Rita Segato ponderaba el “Estado Maternal” de Alberto Fernández, que había dictado la cuarentena temprana en marzo y puesto el cuidado de las familias como prioridad.1 Aunque buscaba oponer maternal a patriarcal, elevándolo a un nuevo orden feminista, sin advertirlo Segato proponía un esquema psicológico que explicaría muchas acciones y perversiones posteriores del gobierno. En efecto, el Estado Maternal se verificó en la infantilización de la sociedad propulsada desde el Poder Ejecutivo y sus voceros, un manejo del biopoder que a la vez borró de su consideración a los niños verdaderos. Con el dictado de la cuarentena inicial, se cerraron las escuelas; a un año del cierre, cientos de miles de niños argentinos aún siguen sin clases, mientras otros asisten con protocolos absurdos. Este es el núcleo de No esenciales, de María Victoria Baratta: la crónica de un año desquiciado donde ese Estado Maternal arrasó con los derechos elementales de la infancia.
Uno de los efectos más interesantes de No esenciales es que parece una impresión 3d de la cultura actual. Toma forma por capas: es la voz de una intelectual disidente y una crónica de guerra en las trincheras contemporáneas (Twitter) por la educación, el bastión último del progresismo. Otra capa del libro es la desesperación sorda que lo recorre: las madres reales que, como María Victoria, debieron dejar de lado sus vidas profesionales para hacerse cargo de la educación de sus hijos,2 y el surgimiento de una comunidad civil de familias que interpela al poder político, Padres Organizados.
No esenciales es, también, un retrato de familia del campo intelectual argentino y dos estilos de supervivencia en el Estado Maternal: los que viven entre extasiados y temerosos del castigo de esa Madre Estatal fantasmática implícita, ante la cual solo se puede obedecer o callar, y las hijas e hijos pródigos rebeldes, disidentes, que buscaron defender, uno a uno, sus derechos y los de sus hijos.
María Victoria es una rebelde con causa: aunque forma parte del sistema científico local, el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y técnicas (conicet), su libro es el testimonio de que tener discusión racional en torno a evidencia científica se ha convertido en una tarea imposible incluso dentro del sistema científico. La aventura de perseguir una idea hasta su conclusión lógica por medio de argumentos y evidencia se encuentra vedada a menos que se profese la misma ideología. Es decir, según qué relación se establezca con el Estado Maternal, que solo tolera la obediencia total al poder del Ejecutivo, o el murmullo bajo, disciplinado y discreto, a puertas cerradas, si es que llegan a surgir diferencias entre lo que piensa el individuo y lo que el Estado desea que piense.
***
Corre agosto, o repta. Es la sexta o séptima prolongación de la cuarentena, el Día de las Infancias. El parte de muertos por covid-19 va por cadena nacional: junto a Carla Vizzotti, entonces número dos del Ministerio de Salud, está sentada una payasa profesional. El reporte del ministerio es el preludio para el show de la payasa Filomena: canta una canción que los dos funcionarios imitan. Sería un error creer que el mensaje estaba dirigido a los niños (ningún niño vería eso). Por el contrario, el target eran los adultos infantilizados por la cuarentena eterna. Los hijos del discurso paternalista de Alberto, que deben aceptar su palabra sin chistar, porque en su figura convergen el poder de la Ciencia y el Estado.
¿Qué clase de madre despliega el Estado Maternal de Alberto Fernández? ¿Cómo es su relación con sus hijos? El Poder Ejecutivo nunca se cansó de caracterizar a los “buenos ciudadanos” como “sus” votantes, una cohorte que los incluía además como empleados (del Estado, entre ellos docentes). Las conductas que escapan del espectro de silencio y obediencia son penadas, multadas, u objeto de bullying por parte de los “hijos buenos” del Estado Maternal, devenidos en policías vocacionales y empleados de vigilancia. El sistema científico desplegó una cartera de militantes como hermanos mayores iluminados por su pertenencia a la Ciencia Argentina, entendida como espejo de las medidas del Poder Ejecutivo nacional.
Recuerdo que, desde que empezó la pandemia, me llamó la atención que no se hablara mucho de los efectos del encierro en los niños y del cierre de las escuelas. En España, donde pasé 2020, los medios bullían de artículos indignados de pediatras, psicólogos infantiles, médicos e incluso filósofos que encontraban que dos meses de cuarentena habían sido una crueldad extrema para los niños, especialmente cuando ya había evidencia de que tenían muy escasa carga viral y el virus no era mortal para ellos. En el artículo “La asombrosa desaparición de 7 millones de niños españoles”, un filósofo marcaba cómo incluso los perros habían recibido más respeto a sus derechos que los niños. Daba en la tecla: ¿qué viene a ser un niño para el Estado? ¿Qué viene a ser un niño visto a través de sus normativas? “Personal no esencial”, como marca el título de este libro valiente de María Victoria Baratta. O un monstruo.3
Pero en Argentina, que ostenta —junto al dulce de leche y la birome Bic— el formidable récord de tener más psicoanalistas por cabeza del planeta, fueron los discípulos de Freud los que desaparecieron. La jerga lacaniana se utiliza habitualmente para analizar actualidad y medidas económicas en Página/12, así como para discutir temáticas de feminismo y literatura por doquier; sin embargo, esa lengua lacaniana se había vuelto repentinamente muda. La salud mental de la infancia no llegó a inspirar comunicados, observaciones, reportes ni juntada de firmas (una de las grandes aptitudes del mundo psi y de la intelectualidad argentina en general). ¿Debemos entender que la influencia de Lacan es solo una mera pasión de la progresía argentina por el mal estilo? Una psicoanalista de la prestigiosa Asociación Psicoanalítica Argentina me comentó, off the record, que si nadie hablaba era, fundamentalmente, por miedo. Miedo a ser señalados como contrarios al gobierno.
El tema de las escuelas cerradas echa luz sobre un problema más amplio: la doble destrucción de la educación en Argentina. La tragedia educativa que hizo que millones de niños se cayeran del sistema educativo, en un precipicio del que muchos no podrán salir para regresar a la escuela, puso en evidencia asimismo el estado decrépito de la educación superior. Doctores formados en la Universidad de Buenos Aires (uba), becarios del conicet y demás miembros del sistema científico se han visto reducidos, junto con sus paupérrimos salarios, al estatus de una corporación de planeros sobreescolarizados, en tanto su voz solo puede funcionar como médium de las medidas del gobierno. Muchos entienden que su misión es callar todo lo que puede llegar a incomodar al gobierno, o a cierto universo de ideas supuestamente progresistas sobre las que él se apoya, que en apariencia constituyen su estructura sentimental, pero que tienen más que ver con maneras de posicionarse ante temas de actualidad. Al parecer, para hacer ciencia en Argentina primero hay que leer el diario: ponerse al tanto de lo que el gobierno quiere que se diga, lo que quiere que se tome como sentido común, porque cualquier posición diferente, por un lado, me puede traer problemas en el trabajo (mi superior es un “hijo bueno” del Estado Maternal, la universidad donde trabajo vive de plata del Estado Maternal), y por otro, implicaría posicionarme como un “hijo malo” ante el gobierno de Científicos, pasible de castigo, aislamiento y cancelación. Creer que los miembros del sistema de universidades públicas tienen como rol sumo ser los cheerleaders del gobierno es haber perdido totalmente el rumbo de la educación como formación de espíritu crítico, además de una devaluación ruin del rol de investigador.
Puer Sacer
Mientras los intelectuales celebraban la inminente caída del neoliberalismo gracias al covid, Giorgio Agamben observaba solitario y horrorizado el despliegue del Estado. Agamben escribió que los Estados habían encontrado, vía covid, la excusa para acelerar un estado de excepción: una nueva “hora de la espada” hacia adentro de la sociedad, donde el biopoder avanzara como nunca sobre los seres. Estas democracias aparentes son, según Agamben, estados totalitarios disfrazados de democracias, porque tu derecho te puede ser quitado y reducido al estatus de “pura vida”, o torturado, o muerto. La cuestión del homo sacer fue analizada por Agamben: el homo sacer es un emblema del poder soberano sobre la vida y la muerte, el poder de decir qué vidas se salvan y cuáles no; cuáles vidas son esenciales y cuáles no.
Lo podemos analizar como una paradoja: homo sacer es aquel que no puede ser sacrificado y sobre el que, sin embargo, se puede avanzar con impunidad y matar sin tabú. El homo sacer se constituye haciendo una excepción precisamente de la gente en cuyo nombre se crea el estado de excepción. El homo sacer, o puer sacer, niño sagrado, es la vida expuesta a la muerte, según lo decide el soberano. Son pura vida despojada de derechos, declarada “no esencial”. La pura vida en nombre de la cual se labra una nación, y la pura vida que queda rehén de esa nación por ser considerada no esencial. Va a pasar tiempo hasta que podamos justipreciar y entender la envergadura del daño hecho a los niños, especialmente a los desposeídos y más vulnerables. Y esto es lo que el libro de María Victoria Baratta se anima a decir, pensar y probar con evidencia. Como señala Diana Maffia, María Victoria Baratta rompió el pacto de silencio.
1 “Alberto nos pide aunarnos, genera una experiencia infrecuente en nuestro país. Genera comunidad, nos pide que depongamos la discordia e intentemos reinicializar para enfrentar lo desconocido, dice que nos va a proteger y que va considerar las necesidades materiales en su desigualdad. Es por eso que he dicho que parece encarnar un estado maternal, una gestión doméstica, como una innovación.” Rita Segato, “Coronavirus: todos somos mortales. Del significante vacío a la naturaleza abierta de la historia”, en El futuro después del COVID-19, Buenos Aires, Argentina Unida, 2020.
2 “Durante el período sin clases presenciales 9 de cada 10 adultos/as que cumplieron la función de acompañamiento fueron mujeres”, publicó el Ministerio de Educación un año después.
3 “Mi respeto y admiración por los docentes que hoy fueron empujados a esta odisea llena de monstruos que ponen en riesgo su vida” fue un comentario viral en Twitter: su autora protestaba contra el regreso de las clases presenciales.
Introducción
Mi nombre es María Victoria Baratta. Soy historiadora, investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (conicet) y docente. Tengo una hija de 4 años, que se llama Amelia. Vivo con ella y con mi marido, Federico, en Acassuso, un arbolado barrio del partido de San Isidro, donde nací. Antes de que empezara la pandemia del covid-19, dedicaba mis días a investigar sobre el siglo xix rioplatense, dar clases en la universidad y difundir la publicación de mi primer libro, basado en el tema de mi tesis doctoral: la guerra del Paraguay o guerra de la Triple Alianza, un conflicto armado que enfrentó a Argentina, Brasil y Uruguay con Paraguay entre 1865 y 1870 y terminó con una derrota muy fuerte para este último. Al menos la mitad de la población de ese país falleció durante la contienda, y la economía quedó diezmada. Niños, fundamentalmente paraguayos, fueron también grandes víctimas de esa guerra: o por quedar huérfanos, o por ser vendidos como sirvientes, o por morir de hambre, o por perder la vida en batalla. Mi tatarabuela fue una de esas niñas vendidas como sirvientas a familias de la elite porteña. Llegó a Buenos Aires con 7 años, sola, huérfana y sin saber leer ni escribir en español. Su suerte fue cambiando, y pudo formar su propia familia, dejar de ser sirvienta y mudarse a una pintoresca casa con dos habitaciones enormes conectadas por un pasillo, pisos de pinotea, una galería que la circundaba y un patio lleno de árboles de distintos frutos. La casa quedaba, queda, en San Fernando, al norte del conurbano, y yo la conocí como la casa de mis abuelos, la casa en donde nació y se crio mi papá.
Por fortuna, hoy sería impensable una guerra de esa magnitud entre los países que conformaron el mercosur en los años noventa. Las disputas territoriales ya han sido saldadas. Durante el siglo xx, y a fuerza de otras dos enormes guerras, se establecieron convenciones mundiales sobre derechos humanos. Con respecto a los niños, en las últimas décadas del siglo xix su rol en primera línea de batalla ya era cuestionable. Hoy sería directamente inaceptable. Partimos desde otro piso de derechos para niños y adolescentes. Vivimos en otra realidad histórica, de avances en la ciencia, de cambios en las formas de hacer las guerras, bajo gobiernos imperfectos, pero mucho más democráticos. Los historiadores, a diferencia de otras ciencias sociales, nos focalizamos más en las diferencias que en las similitudes. En definitiva, pensar que todo es lo mismo, que lo que pasó hace 150 años es análogo a lo que sucede en el presente, sería negar el curso, la existencia de la propia historia, el camino de avances (y a veces retrocesos) que nos trajo hasta aquí. Los acontecimientos no son inocuos. Van transformando las sociedades, aunque sin un fin predeterminado y sin que esa acumulación de experiencia necesariamente redunde siempre en mejorías y etapas superadas. La historia nunca se repite de la misma manera. Si lo hiciera, no habría historia y podríamos predecir lo que sucederá.
Un activismo inesperado
Una pandemia es un acontecimiento histórico en el sentido pleno del concepto. El tiempo parece suspenderse, y a su vez cambia el ritmo interno. Algunas cosas ya no volverán a ser iguales. La ciencia puede estimar que cada tanto tiempo quizá tenga lugar una pandemia, pero es imposible predecir el momento exacto y la magnitud. La pandemia del covid-19 es un ejemplo perfecto para entender cómo la contingencia es la que finalmente dicta el ritmo de la historia. La práctica de comer ciertos animales y en condiciones no propicias puede ser común, y el riesgo está latente. Que en un momento ese riesgo se convierta en realidad y, sobre todo, que esa realidad tome la magnitud de lo que estamos viviendo es obra de esa contingencia, de una sucesión de hechos que no pueden preverse ni modificarse, de mala suerte y también de malas decisiones. Un murciélago mal cocido provoca un tendal de enfermos y muertos, cambios de hábitos notorios y el derrumbe de la economía mundial. Se trata de un virus que pasa del animal a los humanos, que además tiene un alto grado de contagio, que se propaga con rapidez en una zona donde el gobierno demora en entregar la información; los organismos de salud y diferentes países se ven sorprendidos o reaccionan tarde; el virus es especialmente letal con un grupo de la población, demanda sobre todo camas de terapia intensiva, tubos de oxígeno y personal muy capacitado y pone en riesgo de colapso los sistemas de salud. Estamos ante prácticas de base riesgosas, bastante mala suerte y malas decisiones.
La pandemia nos modificó la vida a todos, en general para mal. La gestión de la pandemia en Argentina empezó a hacernos ruido a algunas personas semanas después del anuncio del aislamiento preventivo y obligatorio decretado el 20 de marzo. Algunos ya habían marcado un mal manejo de quienes arribaban al aeropuerto internacional. Otros comenzaron a notar que la política más exitosa de control de transmisión del virus, el testeo, rastreo y aislamiento, se estaba haciendo de forma deficiente en el país. Otros, que se estaban violando derechos fundamentales en nombre de la pandemia y sin sustento científico. El nivel de afectación que la cuarentena tenía en nuestros derechos, nuestra esfera privada, nuestras vidas íntimas y nuestra propia salud empezaba a inquietarnos. Fui una de las que inició el cuestionamiento de esa gestión.
Además de estudiar profesionalmente una guerra que ocurrió hace 150 años, comencé a dedicar mi poco tiempo libre a estudiar una pandemia en curso. Entre una pandemia y una guerra, hay similitudes que me ayudaron a comprender lo que vivía: lo excepcional, la sensación de que se paraliza el mundo, los cambios económicos, el enemigo que nos acecha. Pero hay cosas muy diferentes, como bien me ayudó a pensar uno de mis maestros en cuestiones de historia y guerra, Alejandro Rabinovich. En efecto, una pandemia no es una guerra. La guerra es violencia, y la pandemia apela a la solidaridad. El virus no es un enemigo que podremos derrotar de manera definitiva, sino que se quedará entre nosotros. Solo debemos lograr que nos permita retomar nuestras vidas, con una inmunidad masiva. Y, por último, la guerra moviliza mientras que la pandemia parece desmovilizar.
Vuelvo a hablar por mí. El confinamiento desmoviliza a la sociedad, pero en Argentina, además, parecía anestesiarla. Pocos éramos los que en aquellas primeras semanas nos animábamos a dudar de las decisiones oficiales, a buscar información científica de otros lugares del mundo, a alzar la voz por la violación de derechos. Empezó a molestarme personalmente la situación de los niños confinados. Mi hija asistía al jardín de infantes. Por fortuna, yo no perdí mi trabajo, como le sucedió a miles de personas, pero mi hija perdió el ir a su jardín, como millones de chicos a sus jardines y escuelas. Ella tuvo el “privilegio” de conectarse con sus maestras y compañeros media hora todos los días a través de una pantalla, pero algo quedó trunco.
Su adaptación quedó interrumpida; su cuaderno, colgado en el perchero de la puerta de entrada. El consorcio del edificio en el que vivimos decidió cerrar la terraza, y ella también perdió ese espacio para correr. Tuve la sensación de que la suspensión de clases presenciales no duraría solo unas semanas, pero supuse que luego de las vacaciones de invierno se retomarían. Comencé a dar mis clases para la universidad de manera virtual, pero ya fue quedando poco tiempo para la investigación. Mi hija estaba en casa y necesitaba jugar.
A principios de abril, las escuelas de más de 190 países habían cerrado, pero una situación poco común se daba en Argentina: los niños no podían tener salidas recreativas, debían estar encerrados o, a lo sumo, salir a acompañar a su papá o mamá a hacer las compras. Y entonces de golpe me convertí, primero en silencio y después usando las redes sociales, en una desobediente civil que puso la salud y los derechos de su hija como prioridad, al saber que no ponía en riesgo la salud de nadie más al hacerlo. Mi cuenta de Twitter, en general dedicada a hablar de historia, coyuntura y trivialidades, se convirtió, sin darme cuenta, en el medio para llevar otro tipo de mensaje. Los niños no eran grupo de riesgo ni supercontagiadores, y no había lugar más seguro para evitar la transmisión del virus que el aire libre. Esa información científica ya estaba disponible en el mundo. La inexplicable tozudez del gobierno y el aval social casi general llevaron a que, en mis pocos ratos libres, me convirtiera en comunicadora, en redes sociales, de la locura que se estaba viviendo. Animaba a otros padres a que sacasen a sus hijos de ese encierro, porque no pondrían en riesgo la salud de nadie si mantenían la distancia. Los chicos no podían estar tanto tiempo confinados por una enfermedad que no era especialmente letal con ellos. Por el contrario, no salir de la casa podía afectar su salud. Intenté además proporcionar información científica, en vez de pánico. Recomendé que jamás expusieran a los niños a las noticias sobre el virus y, mucho menos, debían hacerles creer que podían morir por esa causa. Mientras tanto, otros derechos se violaban en nombre de la pandemia y derivaban en consecuencias más graves: gente detenida por salir a trabajar, que en ocasiones terminó asesinada o presuntamente asesinada por las fuerzas de seguridad.
A mitad de año, mi sensación de que las escuelas abrirían pronto se desvaneció. Y la causa de los derechos de los niños a jugar, que ya se había generalizado en salidas permitidas o todavía clandestinas, se convirtió en la causa del derecho a la educación. En redes sociales encontré más gente preocupada, que estaba destinando también parte de su tiempo libre a investigar lo que los científicos militantes ignoraban o falseaban. Nos juntamos, y así nació Padres Organizados.
Mi formación y trabajo como académica en historia me llevó a querer cumplir el rol en el grupo de recopilar toda la evidencia posible sobre apertura de escuelas en un mundo que ya había notado que el costo de tenerlas cerradas era mayor que los beneficios. Dediqué el poco tiempo libre a armar una base de datos y a usar mi cuenta de Twitter para difundirlos.
Hoy, en este libro, quiero compartir todo lo que tuve que aprender a la fuerza este año. Porque la pandemia relegó los derechos de los niños y adolescentes en todo el mundo en un principio, pero rápidamente se tomó nota del daño que eso implicaba y se empezaron a implementar políticas para revertirlo. Porque hablar de eso en Argentina hace unos meses era querer sacarse a los hijos de encima. Porque cuando nos organizamos estábamos muy solos. Porque las autoridades educativas repetían falsedades. Porque quienes tenían que defender los derechos y la salud de niños y adolescentes estaban en silencio cómplice. La virtualidad no garantiza la educación, por más esfuerzos docentes que existan. No todos los chicos tienen acceso a conectividad, y los que lo tienen no aprenden de la misma forma. Muchos otros problemas se desprenden de las escuelas cerradas. Son también los que abordaré en esta oportunidad.
Estar saludable no es solo no tener covid-19. La ausencia de un criterio más amplio que el infectológico para abordar la pandemia provocó otros problemas de salud. Cerrar las escuelas afecta la de los chicos. Los adultos les fallamos, y debemos remediar eso. Mientras vamos a restaurantes, shoppings, casinos, reuniones sociales, de vacaciones, todos espacios más riesgosos, e incluso los llevamos a colonias de verano, les negamos su derecho a la educación. Este libro puede servirles a padres, pero está dedicado a los chicos. Sobre todo, a los que no pueden expresarse, a los más pobres, a quienes su futuro ha quedado todavía más comprometido y a los niños con discapacidades. Hace meses que todos ellos deberían estar en la escuela y en sus terapias.
Comenzaré con un relato de todo lo que sucedió este año respecto de niños y adolescentes y sus derechos. Cómo la gestión de la pandemia los dejó de lado y, sobre todo, cómo el debate acerca de la reapertura de escuelas se vio demorado, improvisado y repleto de deshonestidad. Luego contaré cómo se formó Padres Organizados y se multiplicó por todo el país. Hoy hay un consenso público más amplio sobre el regreso a las aulas, pero los datos científicos y las consideraciones bioéticas estaban ahí desde hacía meses. Sin ser este un libro de historia, el relato dejará claro que no se trató de una protesta anacrónica. Enseguida explicaré todos los enormes costos de tener las escuelas cerradas. En el siguiente capítulo, expondré la evidencia sobre la muy baja letalidad del covid en niños, su menor capacidad de contagio y de diseminar el virus y la experiencia de apertura de escuelas en todo el mundo. Y, por último, me dedicaré a la primera infancia, una edad crucial para el futuro de un país, que fue totalmente desestimada.
Este libro resume los argumentos por los que abrir escuelas en pandemia debería ser la absoluta prioridad. Aunque hay bastante evidencia científica que respalda esta postura, la decisión es política. El debate sobre cómo responder a la pandemia muchas veces se enmarca como un problema exclusivamente científico. Sin embargo, es ante todo moral y ético. Este es el planteo, por ejemplo, de Graham Medley —especialista en enfermedades infecciosas— y Francois Balloux —biólogo y genetista—. La razón principal es que no hay solución total para enfrentar la pandemia, sino solo compensaciones. Se trata de implementar estrategias científicamente fundamentadas de mitigación de pandemias, pero sobre todo de ponernos de acuerdo como sociedad en qué maximizar o minimizar. Todas estas estrategias requieren preguntas incómodas sobre qué es lo que se debe priorizar.1 Según Graham y Balloux, las opiniones sobre el mejor curso de acción no parecen depender de la calificación. Los auténticos expertos en mitigación de pandemias y salud mundial parecen estar igualmente divididos en sus puntos de vista que el público en general. Las opiniones tampoco caen en líneas políticas obvias. Las diferencias están en el peso que ponen en objetivos mutuamente excluyentes. Garantizar los derechos de niños y adolescentes como una prioridad a pesar de la pandemia es una de las opciones que muchos países tomaron. Saben que de ellos depende el futuro, que su salud física y emocional se resiente con las escuelas cerradas, que hay pérdidas de aprendizaje que no se recuperan y que es difícil sostener la economía con los niños en casa.