Read the book: «Sin Patricio»

Walter Veltroni
Sin Patricio
Traducción de Dora Pentimalli

| Veltroni, WalterSin Patricio / Walter Veltroni. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Walter Veltroni.ISBN 978-987-599-535-21. Narrativa Italiana. 2. Novela. I. Veltroni, Walter, trad. II. Título.CDD 853 |
Título original: Senza Patricio
©2004-2017 Rizzoli Libri S.p.A. / BUR Rizzoli, Milan
Diseño de tapa: Juan Pablo Cambariere
©Libros del Zorzal, 2017
Buenos Aires, Argentina
Printed in Argentina
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Índice
I | 7
II | 17
III | 24
IV | 30
V | 39
A Martina y a Victoria.
Un día de mi vida, uno cualquiera, pasando por una calle de Buenos Aires vi un grafiti en un muro. El color de la pintura sobre una superficie sin alma. Cuatro palabras: “Patricio, te amo. Papá”. En casi cincuenta años, nunca había visto un grafiti de un padre dedicado a un hijo. Imaginé entonces historias que pudieran haber producido el gesto de esa inscripción. En esa tierra melancólica y triste, con el alma suspendida en el tiempo, todo parece épico y grande. Incluso un acto tan simple. Diecisiete letras escritas por alguien, un día, sobre un muro.
I
Tal vez Patricio esta noche me viene a buscar. Yo lo espero. Como siempre. Viene cuando yo lo decido. Se va cuando yo lo decido.
Bajo al campo con la silla, respiro el aire de la noche y espero. Espero el momento mejor, la mejor luz, la mejor disposición de las estrellas y de las nubes, el mejor momento del viento, ni poco ni demasiado. Espero que dentro de mí la espera haya crecido lo suficiente y de la misma forma los recuerdos me hayan invadido. Espero que llegue esa melancolía que le hace bien a la razón, que abre puertas cerradas, que dibuja mapas desconocidos.
Espero. Hace toda una vida que espero algo. Espero personas, espero amores, espero logros, espero caricias. Espero sin impaciencia, disfruto su sabor excitante. “Algo sucederá”, pensar esto me da incluso más energía que vivir aquello que ocurre. Porque imagino, sueño, preveo, calculo.
Ahora se levanta un viento cálido. Ni siquiera me revuelve el pelo, el poco que me queda. Me acaricia, como el anuncio de algo bueno.
Era un viento distinto, ardiente e impetuoso, el que esperaba sobre la pista. Era el viento de la tierra que se levantaba, del paso hirviente de un motor, de la pasión de un regreso. Yo le preparaba las luces, le guiaba el camino. Sin mí, faro y brújula, se hubiera perdido, distraído y soñador como era. Yo, mientras escrutaba la noche, tenía a mano una botella de cerveza, sumergida en hielo. Cuando volvía tenía sed y era lo primero que pedía para tomar, cuando abría la carlinga y se quitaba el gorro de cuero. No terminaba la pregunta y ya sus manos estaban heladas por la botella.
Cuando me preparaba para su aterrizaje, me acordaba, infaltablemente, de la primera vez que lo había visto. Era el final de los años veinte, hace cincuenta años, y me acababan de contratar en la nueva Aeroposta Argentina. Me había examinado, con mirada severa, el jefe de la compañía. Un tipo alto al que llamaban Tonio; lo habían mandado desde Francia desde esa empresa, L’Aéropostale, que ya era un mito para todos nosotros, apasionados de motores, de trenes de aterrizaje, de alas y de carlingas.
Se decía que a finales de la guerra —en ese entonces no estaba numerada, era sólo la guerra— alguien en Francia había decidido intentar lo imposible. Unir Toulouse con Casablanca. Y después con Dakar. Y de allí atravesar el océano infinito. Antes de L’Aéropostale, para llegar a la Argentina desde Europa se tardaba más de un mes. Trenes, barcos, un viaje interminable. El fundador de la compañía propuso en cambio unir Francia con Buenos Aires en una semana. Y lo logró. Había algo legendario en esa aventura. Los diarios locales hablaban de ello como de un mundo que se acercaba. No como una amenaza sino como una buena nueva.
Cuando leí, en la oficina de empleo, que la nueva compañía argentina, filial de L’Aéropostale, buscaba un mecánico factótum, sentí que estaba hablando de mí. Era el sueño de mi vida. Me dijeron que fuera a una oficina y preguntara por el comandante Saint-Exupéry. Lo hice, tímido como cualquier veinteañero que se encuentra ante la posibilidad de realizar el mayor sueño de su vida. Ocuparme de aviones, cuidarlos, participar de esta gran aventura. Si Tonio me hubiese dicho que sí, lo habría abrazado.
Cuando entré en su oficina, un lugar maravillosamente desordenado, me quité la gorra y la tuve entre las manos, que no sabía dónde poner. El hombretón no levantó la cabeza de las páginas sobre las que estaba escribiendo. Hubo un largo silencio incómodo. Fue en uno de esos momentos que saboreé, por primera vez, el placer excitante de la espera. Esperaba todo. En orden: su mirada, sus primeras palabras, mis respuestas, su decisión, el destino de mi existencia. Todo en ese silencio, todo en esa espera.
Cuando esa cabeza se levantara habría dado el primer paso. Los ojos de quien te mira por primera vez dicen si lo has decepcionado, si tu aspecto físico corresponde a sus expectativas. Me erguí, bien derecha la espalda, cuando él comenzó a mover la cabeza. Me pareció que pasaba una eternidad desde el comienzo de ese movimiento hacia arriba hasta el momento en que su cabeza, por fin derecha, se detuvo y sus ojos me indagaron.
“¿Qué le gusta hacer?”, me preguntó.
“Me gustan los aviones”, respondí.
“No alcanza”, murmuró entre dientes.
“Me gusta el vuelo.”
“Ya va mejor. ¿Qué le gusta?”
“El ruido del motor, el silencio del cielo.”
Su mirada adquirió intensidad. “¿Usted sabe cuál es nuestro trabajo?”
“Llevar el correo hacia Europa y hacia Chile, Perú, Bolivia, Paraguay…”
“¿Qué aviones usamos?”
Me retorcí la gorra y respondí, incierto: “Creo que los Laté, 25, 26 y 28”.
“¿Los conoce?”
“Sé todo sobre su estructura, pero nunca toqué uno.” Después añadí: “Como con las mujeres”.
El grande Tonio sonrió. “Verá, no hay diferencia. Tocar el comando es como rozar la piel de una bella mujer, entrar en las nubes es como hacer el amor.”
El resto de la frase lo borré por distracción, porque me había quedado atrapado en la primera palabra, en ese verbo conjugado en futuro, “verá”.
Esa palabra era un anuncio, una promesa, un ramo de flores aún no entregado.
Pero Tonio, el grande, me heló, amable. “No sonría. No todavía. No he usado las palabras al azar. Le dije ‘verá’. No le dije ‘hará’. Porque usted, imagino, ha leído y visto aviones. Palabras, fotografías, pero un avión es otra cosa. Es mucho más. Yo quiero solamente que usted mire, mire el avión entero. Mire las alas, los comandos, las hélices, los bulones, uno por uno. Quiero que el avión sea su vestido, su piel. Quiero que mire alrededor del avión, todo. Todo lo que se necesita para su vuelo o su reposo. Lo contrato para observar. Pero si sus ojos son perezosos, si mira pero no ve, usted volverá ante las listas de la oficina de empleo.”
No sabía si reír o llorar. Entendí que la vida difícilmente reserva alegrías sin riesgos y dolores sin salida. Me salió sólo una palabra, espejo de mi aturdimiento: “¿Entonces?”.
El hombre grande no se sorprendió, tal vez se fastidió. Me dijo, frío: “Entonces usted toma una linda silla, la pone cerca de la base de salida de la pista y durante ocho horas al día usted tiene solamente que mirar y ver, tiene que fotografiar en su cabeza los movimientos de todos. Después de una semana se podrá levantar. Acercarse al avión, tocarlo, examinarlo. Después otra semana en la oficina de la base encargándose de las hojas de vuelo, de los paquetes de correo y de proveer el bar. Tres semanas, después decidiré, mirando aquello que sus ojos quisieron ver. Puede preguntarle todo a Luis, el mecánico que eventualmente sustituirá, y que dentro de un mes tiene que ir a Santa Cruz para abrir una nueva base de vuelo”.
Me vio perplejo y perdido. Me dijo: “¿Qué le pasa? Le pagaré para mirar. No está mal, ¿no? Quiero que comprenda hasta el fondo la absoluta unicidad de la maravilla del vuelo y la complejidad, la ambigüedad de los aeroplanos. Mire, un avión no es sólo un medio mecánico. Es metal y fuego, es silencio y ruido, es tierra y cielo. No es así el tren, no son así los automóviles. Para vivir con el vuelo hay que ser pacientes y ambiciosos, sabios y locos. Le quiero decir algo que me concierne personalmente. Yo soy piloto y ahora, casi me da vergüenza, director de una compañía aérea. Pero tengo pasión por los cuentos, por las historias, por las cosas que les pasan a los seres humanos. Escribo, cuando tengo los pies en la tierra. Y escribiendo retomo vuelo.
”Y volando y escribiendo he comprendido que la vida es sólo un juego con el tiempo, sólo un juego con el espacio. Por eso le digo que no se apure. Que se siente, mire, entienda. Me revolotea en la mente una frase que pondré en una de mis historias: ‘Es el tiempo que tú has perdido con tu rosa lo que hizo a la rosa tan importante’”.
Me pareció haber comprendido. “¿Cuándo empiezo?”
“Mañana a las ocho en el campo de vuelo. Conocerá a Luis, el mecánico, y a Patricio, uno de los pilotos.”
Lo vi bajar de una moto, en una nube de polvo que se disolvía con dificultad. El polvillo de la tierra ocultaba el marrón oscuro de su campera de cuero. Avanzó hacia mí. Yo estaba parado, con la gorra en la mano, cerca del único edificio de la pista que no fuera el hangar. El lugar que se transformaría en mi verdadera casa. El sitio desde el cual había que organizar y coordinar todo. En esos pocos metros cuadrados se tenía que distribuir el correo, seleccionándolo. Había que ocuparse de la provisión del combustible, de las piezas de recambio. Había que tener bajo control los diarios de vuelo y ordenar cerveza a la vez, con hielo incluido. Un trabajo inmenso que no permitía errores. Un trabajo para mí, pienso ahora, sentado al viento cálido de la noche.
Cuando Patricio, con su pelo rizado, ojos azules y sonrisa dulce, me apretó fuerte la mano yo no sabía nada de todo esto. Pero me cayó simpático enseguida porque me dijo: “Tú eres nuevo, ¿verdad?”. Esa frase era una calle allanada, un muro abatido, un fruto alcanzado. Así era, yo era el nuevo. El que tenía que “ver”, pero que después habría “hecho”. Hecho lo que ahora me estaba mostrando el experto Luis. Que ya me había adoptado como un maestro cuida de un niño recién separado de sus padres el primer día de colegio.
Patricio, con ese apretón de manos, se me metió en el corazón y en la cabeza.
En toda mi larga vida nunca conocí una persona mejor. Nunca volví a ver, en ningún ser humano, tanta locura y tanta gentileza, tantas ganas de vivir y tanta disponibilidad para morir.
Si hubiera sido una mujer me habría enamorado. Habría huido hacia él, con él, por él. Era mi jefe, mi maestro, aunque era algo más joven que yo. Decía que me habría parecido a su padre si me hubiera dejado crecer los bigotes. Abrió la billetera, me mostró una foto muy tiesa de un profesor austero pero de ojos vivaces. Y desde ese día, para tomarme el pelo, cada tanto me llamaba papá.
Desde ese día, que había comenzado entre el polvo y el calor de su mano, empezó a explicarme con paciencia y juego todos los secretos de las máquinas volantes. Me contó que el vuelo era su destino desde el momento en que fue concebido.
Sus padres eran franceses; su padre, un enfermo de los aparatos aéreos. En 1909 atravesaron los Alpes y fueron en un largo viaje hasta Brescia, en Italia, donde se celebró una de las primerísimas carreras aéreas internacionales. El papá de Patricio era un profesor, un escritor diletante, que quería ser también pintor y tal vez también músico. Así que la obligó a su mujer a compartir su fiebre por las hélices, su veneración por Louis Blériot, uno de los pioneros del aire. La obligó a un viaje largo y duro que ese sueño maravilloso, ese anuncio de estrepitosa modernidad, en el fondo merecía.
Cuando llegaron a Brescia, en el único hotel de calidad, encontraron a otras personas cuya notoriedad superaría los confines de sus países. Para seguir a las máquinas volantes habían atravesado montañas y ríos, fronteras y precarias carreteras el escritor Franz Kafka, su colega Max Brod. Y en el hotel Paradiso se alojaban también Giacomo Puccini y Gabriele D’Annunzio.
El papá de Patricio se sentía repentina e inopinadamente parte de ese grupo de cerebros y talentos y encontró la manera de hablar un poco con cada uno de ellos. Conversó con Kafka sobre la personalidad de Blériot y con Puccini sobre el éxito de Madama Butterfly. “Fueron unas vacaciones inolvidables para papá”, me dijo Patricio una noche, mientras sorbíamos una botella de cerveza fría. “Lo tenía todo junto. El vuelo, Blériot, grandes hombres de cultura. Y la alegría de poder decirles a sus colegas, a su regreso a la escuela de Toulouse, que había intercambiado palabras y hasta dado consejos a Brod y a Kafka para sus artículos sobre la competición de Brescia.” Después Patricio sonrió, como sólo él sabía hacer, y agregó: “Papá estaba tan excitado por los eventos vertiginosos de ese día de septiembre de 1909, que esa noche en la gran cama de la habitación 16 del hotel Paradiso tuvo lugar el acto de inicio de mi existencia. ¿Hubiera podido en la vida hacer otra cosa sino ponerme las alas y volar? Tendría que haberme llamado Ícaro o Louis, como Blériot, pero me pusieron Patricio, como les pareció que se llamaba el camarero que le había permitido iniciar conversación con D’Annunzio en un restaurante”.
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