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Viktor von Weizsäcker

Escritos de

Antropología Médica

Traducido y compilado por

Dorrit Busch

Prólogo:

Luis Chiozza



Von Weizsäcker, ViktorAntropología médica / Viktor Von Weizsäcker ; prólogo de Luis Chiozza. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Dorrit Busch.ISBN 978-987-599-501-71. Psicología. 2. Psicoanálisis. I. Chiozza, Luis, prolog. II. Busch, Dorrit, trad. III. Título.CDD 150.195

© Libros del Zorzal, 2009

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Índice

Prólogo | 5

Introducción | 11

Textos seleccionados de Viktor von Weizsäcker | 14

“En un comienzo Dios creó el Cielo y la Tierra” Cuestiones fundamentales de la filosofía de la naturaleza | 15

Después de la Primera Guerra Mundial. Clases sobre filosofía de la naturaleza (1919-1920) | 118

Los dolores | 123

La historia clínica | 150

La epilpesia | 185

(Morbus sacer, epilepsia genuina) | 185

Estudios sobre la patogenia | 201

Traducción: Gabriela Adamo | 201

Anonyma | 291

El concepto de vida. Acerca de lo investigable y de lo no investigable | 347

Cuestiones fundamentales de la Antropología Médica | 362

Después de Freud(1949) | 398

Sobre la teoría de los colores(1950) | 411

Prólogo de Casos y problemas | 428

Bibliografía | 433

Prólogo

Una tarde de abril de 2008, leyendo el trabajo de Weizsäcker titulado Los dolores, que forma parte de este volumen y que Dorrit Busch presentaría para ser discutido en nuestra fundación el viernes siguiente, mi ánimo quedó conmovido por la súbita convicción de que todo lo que pude haber leído antes acerca del dolor quedaba diminuto frente a la profundidad de sus ideas, y por la sensación de que si ése hubiera sido el único trabajo de Weizsäcker por mí conocido, hubiera sido suficiente para suscitarme la admiración que desde siempre me despierta su manera de pensar. No es un secreto para nadie que conozca nuestra trayectoria, que el centro asistencial que fundamos en 1972 lleva el nombre de Weizsäcker por la profunda repercusión que su pensamiento ha tenido en el desarrollo de nuestras investigaciones y de nuestra tarea clínica. Hace ya tres años la generosidad de Dorrit Busch nos regaló la traducción de Patosofía, obra de madurez en la cual culmina el recorrido intelectual de Weizsäcker. Hoy, los Escritos de Antropología Médica vienen a enriquecer nuestro conocimiento de un pensador cuyas ideas no tienen desperdicio.

El lector que se encuentra por primera vez con lo que Weizsäcker escribe no puede dejar de enfrentarse con la extrema dificultad que presenta la comprensión de algunos de sus párrafos, lo cual multiplica el mérito de esta traducción al castellano, realizada con cuidado y solvencia. No sólo se trata de que es difícil llegar con rapidez a los conceptos que el autor ha pensado (como el mismo Weizsäcker lo expresa cuando escribe que decir de manera fácil lo que por su naturaleza es difícil constituye una falsificación). También sucede que sus escritos nacieron dirigidos hacia un entorno intelectual particular, impregnado de conocimientos filosóficos que hoy ya no forman parte de la cultura que habitualmente se difunde, como ocurría en el lugar y en el tiempo en que Weizsäcker escribió los diez volúmenes que constituyen su obra. No siempre uno logra entender cuál es la idea que sus palabras contienen, y sin embargo la iluminación que uno encuentra en las partes que comprende abre panoramas tan fecundos y reveladores como para llevarnos a sentir que aquello que se obtiene justifica ampliamente el esfuerzo que pudo haber demandado su lectura y la frustración que a veces produce el tener que proseguir, postergando el acceso a los párrafos que permanecen arcanos.

Ya que hemos comenzado refiriéndonos al escrito sobre los dolores, señalemos ahora que reunido con otros dos artículos escritos por esa misma fecha (en 1926 y 1928), El médico y el enfermo y La historia clínica (que también forma parte de este libro) fue publicado, con el título de Fragmentos de una Antropología Médica, en la revista Die Kreatur, que Weizsäcker editaba junto con Martin Buber y Joseph Wittig. No intentaré trasmitir la perspicacia, la profundidad ni la belleza, de los originales planteos que Weizsäcker realiza en Los dolores y en La historia clínica. Sólo diré que ambos artículos constituyen tal vez el mejor lugar para –abandonando el orden cronológico– comenzar a leer los escritos que componen este volumen. En 1948, veinte años más tarde, escribió Cuestiones fundamentales de la Antropología Médica. Allí el Weizsäcker que en un epígrafe al prólogo de su libro Casos y problemas, cita la frase de Friedrich Schlegel: “Igualmente mortal es para el espíritu tener un sistema que no tener ninguno; el espíritu deberá resolverse a enlazar lo uno y lo otro”, procura reunir los conceptos esenciales que conforman su Antropología Médica. Es sin embargo en Anonyma, donde la raíz fundamental de esos conceptos se despliega en toda su profundidad, permitiéndonos contemplar la riqueza de sus combinaciones y su participación en la construcción de la experiencia intelectual, afectiva y fáctica, que acontece en el encuentro de una vida consciente de sí misma con el mundo y con las otras formas de la vida.

En El ataque epiléptico como síntoma de diversas enfermedades, pero sobre todo en Estudios sobre la patogenia, nos encontramos con descripciones clínicas, y con el relato conciso, breve, centrado en lo esencial, de “casos” que Weizsäcker nos presenta para extraer de ellos las profundas conclusiones teóricas a las cuales nos tiene acostumbrados. El rasgo esencial que las caracteriza es, en palabras del mismo autor, la introducción del sujeto en el “objeto” constituido por el organismo enfermo. Son en cierto modo un prolegómeno a dos libros suyos cuya traducción española fue publicada por la editorial Pubul de Barcelona hace ya muchos años: Presentaciones clínicas y Casos y problemas. (El prólogo que Weizsäcker escribió para este último libro, ausente en la publicación española, también forma parte de este volumen.) Quien por su profesión y por la índole de sus tareas haya escuchado muchas veces la presentación de casos mediante el resumen de sus historias clínicas, como me ha sucedido y me sucede actualmente en los ateneos clínicos que forman parte de los Estudios Patobiográficos que realizamos en nuestro Centro Weizsäcker de Consulta Médica, se sorprenderá seguramente al encontrarse con las descripciones clínicas de Weizsäcker, por la desenvoltura con la cual, en muy pocas palabras, sin sobreabundar inútilmente en los datos, nos comunica al mismo tiempo que los hechos esenciales su interpretación, enriquecida muy frecuentemente por su conocimiento de la historia de los descubrimientos médicos involucrados y por su discusión crítica.

En El concepto de vida. Acerca de lo investigable y de lo no investigable, escrito en 1946, Weizsäcker nos asombra con sus profundas y muy bien documentadas reflexiones acerca del vitalismo y de lo que en tiempos más recientes se ha dado en llamar “neovitalismo”. Nos asombra, decía, porque es un tema que hoy ha pasado a ocupar el centro de una nueva biología y de una recién nacida y pujante biosemiótica cuyos fascinantes desarrollos (ignorantes de un Weizsäcker que no ha sido traducido al inglés) el lector podrá encontrar (por ejemplo) en Biosemiotic. An Examination into the Signs of Life and de Life of Signs, escrito en danés en 2005, y publicado en inglés en 2008, por Jesper Hoffmeyer, profesor del Grupo de Biosemiótica del Instituto de Biología Molecular de la Universidad de Copenhague.

El discurso Sobre la teoría de los colores, según parece pronunciado en ocasión del bicentenario del nacimiento de Goethe, se interna en consideraciones epistemológicas acerca de la percepción visual, que nos permiten comprender que no sólo se trata de una discrepancia de Goethe con Newton en el concreto terreno de la teoría de los colores, sino de una cuestión más profunda que compromete asuntos importantes y fundamentales que atañen a las relaciones entre sujeto y objeto. Vale la pena consignar aquí que a pesar de la entusiasta recepción que la teoría de Goethe sobre los colores despertó en autores tan importantes como Schopenhauer, Heisenberg, Wittgenstein, y von Helmholtz, y a pesar de que el mismo Goethe considerara que su teoría era su mayor logro, fue desestimada por la ciencia física, que permaneció “anclada” en la teoría de Newton, durante mucho tiempo. Recién en los últimos años se ha comenzado a reconocer sus alcances.

Los conceptos vertidos en Después de Freud merecen un párrafo aparte. Allí Weizsäcker se ocupa de señalar los motivos por los cuales después de Freud la medicina, y con ella la cultura, ya no podrán continuar siendo las mismas. No es posible ni necesario (ya que el lector lo encontrará en las propias palabras del autor) reproducir en este prólogo la profundidad y la fuerza de los argumentos con los cuales defiende esta tesis. Limitémonos a señalar que “cuerpo y alma no pueden preconcebirse como sustancias fundamentales, sino que se deshacen dentro de un cuadro unificado del hombre”, que después de Freud ya no es posible suponer que la naturaleza material tiene sus propias leyes mientras que el proceso anímico tiene otras posibilidades, ya que los procesos corporales dependen de los anímicos y los anímicos de los corporales, y que el cuerpo, en salud y en enfermedad, es también una encarnación del espíritu.

Llegamos por fin al primero de los trabajos que componen este volumen. Se trata de sus clases sobre la filosofía de la naturaleza, que inició en 1919, cuando tenía 33 años, y a las cuales concurrían oyentes de otras facultades y algunos “profesores mayores”, entre ellos uno de sus propios maestros, el insigne profesor de clínica médica Ludolf von Krehl. Weizsäcker comienza su ensayo refiriéndose al primer capítulo del Génesis, ya que la primera filosofía de la naturaleza, en el Medioevo, cuando la ciencia era teología, se encuentra en el relato bíblico de la creación. Desde allí nos conduce, con solvencia intelectual admirable, hacia los avatares del pensamiento filosófico que constituye las bases de la ciencia moderna. Paso a paso, paulatinamente, nos introducimos de este modo en la historia evolutiva de las relaciones entre naturaleza y espíritu, para desembocar en un análisis extenso, detallado y profundo de las consecuencias dañinas que ha sufrido nuestra cultura (y nuestra medicina) como indeseado producto de la prestidigitación que nos condujo a desespiritualizar la naturaleza, reduciéndola a la categoría de un mecanismo.

Creo que el sucinto recorrido con el cual intento trasmitir en este prólogo apenas un bosquejo acerca del contenido del presente libro, bastará para introducir en el lector una idea de la riqueza conceptual que encontrará en estos Escritos de Antropología Médica de Viktor von Weizsäcker. Y, también, para testimoniar los motivos de la gratitud que en nuestra fundación sentimos –desde nuestra vocación de médicos y nuestra sensibilidad por el sufrimiento inevitablemente compartido que la enfermedad y la equivocación producen– hacia la Licenciada Dorrit Busch y sus hijas Gabriela y María Adamo, por la generosidad inherente al esfuerzo de esta traducción.

Luis Chiozza

Marzo de 2009

Introducción

Los artículos que se publican en este libro fueron elegidos al azar, a lo largo de los años que he tomado contacto con la obra de Viktor von Weizsäcker y, dado que su elección no sigue una temática particular, fueron ordenados de acuerdo al año de su publicación.

En muchas ocasiones, cuando me encontraba con un texto del autor que me parecía interesante, me invadía la urgencia de traducirlo al castellano, para poder compartirlo con los colegas y las personas que me rodean y se interesan por el tema. A veces se necesitaba alguno de los artículos para el estudio, como sucedió con Anonyma, un texto muy difícil, que leíamos con un grupo de colegas coordinado por Luis Chiozza y entonces me dedicaba a traducirlo. En esta tarea de traducir agradezco la colaboración que me brindó Gabriela Adamo.

Casi todos los trabajos fueron presentados durante las reuniones científicas que tienen lugar los días viernes en la Fundación Luis Chiozza.

En las conmovedoras primeras páginas de su libro Encuentros y decisiones, del año 1945, Weizsäcker hace una referencia a su artículo “En un comienzo Dios creó el cielo y la tierra...”, del año 1919, y comenta que en aquel entonces había tomado como base para su escrito los siete días de la creación según el relato mosaico de la Biblia. La temática principal giraba entorno a que el moderno concepto de la creación del mundo y del universo surgió de la “desdeificación” y deshumanización de la naturaleza y que este robo fue una desgracia para nuestro conocimiento y para todo nuestro ser.

Los artículos “La historia clínica” y “Los dolores” fueron redactados para la revista “Die Kreatur” que fue creada junto con Martin Buber y Joseph Wittig y cuyo propósito radicaba en comprender a la naturaleza de una manera novedosa. Se trataba de una época, en la cual el autor ya se ocupaba intensamente de la Antropología Médica, es decir, pensaba en una medicina completamente diferente, que integraba los aspectos psíquicos y somáticos del ser humano, que consideraba a la enfermedad como un episodio biográfico, que incluía al sujeto en el objeto y que abarcaba también lo político, económico, religioso y social.

En el texto “Estudios sobre patogénesis” del año 1935, el autor hace reflexiones acerca de algunos casos clínicos de angina tonsilar, de diabetes insípida, de taquicardia paroxística, de una parálisis histérica y de una diplopía, abordados según del método biográfico. Pone el acento en la vinculación entre los afectos y las enfermedades y afirma, entre otras cosas, que éstas no surgen por casualidad, sino que “nacen de un apasionado movimiento vital y que comprender su desarrollo depende de la capacidad de seguir el movimiento de esa pasión”.

También señala que “las enfermedades se encuentran en puntos de inflexión de las crisis biográficas o están entretejidas a lo largo de las crisis furtivas de toda una vida. Estas tramas no son exteriores, casuales y groseramente mecánicas, sino que adquieren el valor de aspiraciones del alma, posiciones morales y fuerzas espirituales y que, por eso, surge en la biografía algo así como un suelo en común para la participación corporal, espiritual y del alma de la persona humana. En este suelo abarcador y común no sólo podemos comprobar los traspasos caóticos, salteados o desdibujados, sino que encontramos una ley específica del estilo, un orden del desarrollo que afirma que existe una conformación necesaria inherente a cada drama vital”.

En el trabajo “Cuestiones fundamentales de la Medicina Antropológica”, del año 1948, subraya que lo esencial en la descripción de la medicina está contenido en la relación médico-paciente. El escrito abarca tres secciones: el análisis de las funciones, la crítica y modificación de los conceptos fundamentales y la naturaleza de una Medicina Antropológica. Weizsäcker aclara que en la primera parte se trata de observaciones fisiológicas; en la segunda, del desarrollo de algunos conceptos fundamentales; en la tercera, de la elaboración de una determinada manera del actuar y pensar médico.

Finalmente quiero expresar mi gratitud al constante estímulo para proseguir con las traducciones, que en todo momento recibí de parte de Luis Chiozza. También agradezco a los colegas que mostraron su interés y me acompañaron en esta tarea y a mis alumnos, que con su curiosidad, su participación, sus preguntas e inquietudes, siempre representaron un fuerte motivo para seguir estudiando la obra de este autor.

Dorrit Busch

Buenos Aires, octubre de 2008

Textos seleccionados de Viktor von Weizsäcker

“En un comienzo Dios creó el Cielo y la Tierra”

Cuestiones fundamentales de la filosofía de la naturaleza1

I

“En un comienzo Dios creó…”

Comienzo esta conferencia sobre filosofía de la naturaleza no sin cierta vacilación interior. Esto no se debe a que sea difícil pronunciar una conferencia completa en su totalidad en una hora y que no siempre resulte suficientemente convincente; tampoco se debe, si puedo decir algo personal, a que no soy filósofo de profesión. Esto último en realidad me hace sentir aún más cerca de ustedes y, además, la filosofía no es en verdad una disciplina, sino en todo caso algo en cuyo interior se encuentran una multiplicidad de disciplinas.

Pero para muchos el filosofar parece ser algo que en el fondo implica querer lo imposible. Buscar la filosofía de la naturaleza significa querer saber lo que es en realidad la naturaleza en su totalidad y cómo estamos ubicados en relación a ella. Y en realidad ya sabemos desde ahora que no lo sabremos tampoco al final de nuestras observaciones, esto lo sabemos con toda seguridad. Y entonces nos preguntamos si no deberíamos cuestionarnos y decir: sé que todo lo que puedo decir de la naturaleza es menos cierto, menos grande, menos completo que la naturaleza en sí misma. Por lo tanto surge otra cuestión: cómo es que se llega a formular preguntas tan grandes, cómo es que se llega a filosofar. Algunos dicen que la filosofía comienza con el asombrar-se, el Þaum£zein de los griegos, en el que yace también una admiración. Otros, a su vez, dijeron que la filosofía comienza con la duda. Me han contado que hace menos de setenta años en esta universidad un joven docente comenzaba su curso con esta tesis: la filosofía debería comenzar con la duda. Por este motivo le fue quitada a este docente la venia legendi en la Universidad de Heidelberg. Ahora bien, creo que actualmente no sucedería algo similar. Si tuviéramos un salvoconducto para comenzar con la duda no lo haría. Más bien quiero creer que entre ustedes hay personas que no dudan de ninguna manera, que tampoco desean hacerlo; personas a quienes les resulta completamente ajeno lo que se suele llamar cavilar. Según aquella tesis, a estas naturalezas les estaría cerrado el camino hacia la filosofía.

Sin embargo, algunos de ustedes quizá piensen que el filosofar es algo que se puede hacer pero que también se puede dejar de hacer. Se debe reflexionar acerca de esto. Cada uno de nosotros es, a través del lenguaje, de las costumbres, la educación, el oficio, en gran medida hijo de su época, de lo cual por lo general no es conciente. Somos hijos de nuestra época, es decir, somos partidarios y producto de una suma muy determinada de representaciones acerca de la esencia y el estado de este mundo, de una determinada cosmovisión, con todas las diferencias particulares, que al fin y al cabo podrían ser muy diferentes, que alguna vez fueron diferentes, que más adelante serán diferentes. Si esto es así, entonces también somos colaboradores de una parte bien determinada de la historia del espíritu. Todos nosotros creamos y destruimos valores espirituales, destruimos futilidades y seguramente también las creamos. Por lo tanto hacemos historia. De esto, a su vez, se desprende una responsabilidad, una responsabilidad compartida. Queremos llamar filosofía a la conciencia clara de esta responsabilidad. Por lo tanto, si aquí decimos que queremos filosofar, esto significa que queremos desarrollar un claro sentido de la responsabilidad y una clara conciencia del contenido de esa responsabilidad, que todos tenemos en relación a nuestra cosmovisión y a nuestra concepción de la naturaleza.

Por lo tanto, quizá la afirmación de que cada uno de nosotros es un filósofo latente parece ser ya menos paradójica, así como también lo es que cada uno tiene el deber de concientizar su responsabilidad, es decir, de filosofar.

Si me permiten expresar otra vez esta captatio en relación a la ocupación con la filosofía, habría que decir que sólo por existir y, en especial, por existir en una universidad, ustedes son en parte responsables de una parte de la historia del espíritu, y que por lo tanto tienen el deber de hacer plenamente conciente esta responsabilidad, si, por otro lado, pretenden ser hombres que deciden libremente.

Ahora surge la cuestión de cómo se llega a esta meta. Precisamente éste será nuestro tema aquí. Tengo poco que decir acerca de cómo se configurará esta conferencia. Sólo debo expresarme con determinación respecto de una dirección: se refiere a la relación con la así llamada teoría del conocimiento. Ciertamente anticiparé que la teoría del conocimiento de las ciencias naturales aquí nos ocupará poco. La mayoría de ustedes sabrá que el camino por así decir académico de la filosofía alemana desde hace seis a siete decenios es una ampliación y continuación de la filosofía de Kant, es decir, tal como aquellos filósofos lo comprendían, de Kant en tanto teórico del conocimiento. El que la filosofía se comportara esencialmente como una teoría del conocimiento comportaba algo muy extraño y para nosotros muy importante. Esa extrañeza tiene que ver con cómo se ubica la filosofía –en su calidad de teoría del conocimiento– en relación con las ciencias de la naturaleza, que se basan en la experiencia, es decir, en relación a la física, la química, etc. Se ubica de modo tal que no quiere tocar de ningún modo el contenido de estas ciencias naturales; más bien, sólo busca conocer su forma, determinar bajo qué condiciones lógicas se producen y se originan. El contenido de la experiencia de la física, etc., le representa completamente un noli me tangere. Sin embargo, con ello la filosofía se vale del derecho de ser la ciencia, de contemplar ella misma y con medios propios el mundo como un todo. Es así que coloca la experiencia de las ciencias individuales sobre un pedestal que se ubica en un lugar más elevado que la silla del filósofo. Y de este modo la teoría del conocimiento establece ella misma un dualismo original, que contradice profundamente la primera y antigua idea de la filosofía como totalidad de la ciencia. Entonces, de hecho, la pregunta es ésta: ¿deberá ser en el futuro este dualismo de la ciencia su última palabra o deberá, más bien, retomarse la lucha por una cosmovisión unitaria? ¿Deberá eternizarse el estado en que el mundo científico, para decir lo menos, hable dos lenguas que en realidad nunca se comprenden mutuamente o deberá florecer una vez más una universitas literarum?

Pero si la pregunta se plantea de este modo, entonces el dualismo de las ciencias experimentales y las puramente intelectuales no deberá ser una precondición, sino más bien precisamente lo totalmente incierto, el verdadero problema, la pregunta. Y en la medida en que la filosofía de la naturaleza puede colaborar en su solución, no podrá ser teoría del conocimiento, y no podrá simplemente afirmar la verdad de las ciencias experimentales. La ciencia de la naturaleza aquí no deberá ser sopesada sólo desde lo formal, no; también deberá serlo desde el contenido. A nosotros nos debe importar qué es lo que en realidad afirma la ciencia de la naturaleza. Esto es, incluso, lo principal.

Es así que no respetaremos simplemente la ciencia experimental. Y esta cuestión es la que nos interesará más, si el así llamado “conocimiento moderno” de la naturaleza, realmente es el único camino que conduce al interior de ella. Es decir, si no son posibles puntos de vista totalmente diferentes para ver aquí detrás de los bastidores, por lo tanto, si es que existe de verdad un conocimiento filosófico de la naturaleza. Ustedes saben que la historia de la ciencia está colmada de discusiones relacionadas con esta cuestión. Y de hecho parece que la última palabra en la lucha entre Demócrito y Platón, entre Newton y Goethe, entre Hemlhotz y Schelling todavía no ha sido dicha.

Por otro lado ya se dice en todas partes que, a la larga, la posición de la filosofía basada en la teoría del conocimiento no resulta satisfactoria. Pero todavía habrá que llamar explícitamente la atención sobre un síntoma notable de ello: el problema de la vida. La incapacidad de aquella teoría, orientada por Kant, de fundamentar y aclarar la tarea de la biología, es demasiado evidente para que no nos haga pensar. Tan completa es actualmente la lógica de la matemática y de la física, como pobres son sus éxitos en el área de la biología. Aquí se devela algún daño, una carencia, que tiene motivos muy profundos y que sólo se revela externamente en aquel dualismo de la ciencia del que hablábamos antes.

Nos dirijimos ahora a nuestra tarea. Comenzamos a partir de un determinado documento histórico acerca de una filosofía de la naturaleza, quizá el más antiguo que poseemos, el relato bíblico de la creación. Ustedes verán que contiene los problemas más importantes de la filosofía de la naturaleza.

En un principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.

Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche.

Y fue la tarde y la mañana un día.

Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.

E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así.

Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.

La justificación para denominar “filosofía de la naturaleza” al primer capítulo del Génesis, no procede del hecho de que aquí se trata del sol, de la luna, de los animales, las plantas y cosas similares, es decir, de cosas de la naturaleza, sino del hecho de que ellos, considerados como un todo, contrastan con algo que no es naturaleza, a saber, con Dios. Aquí se diferencia la naturaleza de Dios. Existe algo que no es naturaleza y que sin embargo está relacionado con ella en todos sus detalles. Incluso la naturaleza se explica a través de esto y llamamos “filosofía de la naturaleza” a una tal explicación de la naturaleza. En el preciso instante en que fue escrita la frase que contiene esta idea, que posee una significación extraordinaria, ya no es una certeza, sino un problema. Todo lo que alguna vez se escribe, todo lo que se expresa a través de las palabras, significa conocimiento y con ello algo de lo cual se puede dudar, algo problemático. Y es así que desde entonces el pensamiento humano está colmado de dudas y de la lucha por aquella primera frase. ¿La naturaleza fue creada por Dios o no lo fue? ¿Es independiente de Él o no lo es?

En esta frase ya está contenida toda la historia de la ciencia de la naturaleza y de la filosofía de la naturaleza. Esto es muy fácil de demostrar a través de observaciones históricas. Sin embargo, también es fácil de mostrar que todo y cada cosa depende de estas preguntas. Es que sobre ellas yace todo el peso de una lucha centenaria entre religión y razón, entre teología y ciencia de la naturaleza, entre fe y conocimiento, entre necesidad humana y pensamiento crítico. Básicamente, la ciencia de la Edad Media es teología y simplemente parte de Dios. De su estado espiritual luego surge la ciencia moderna.

Pero ahora no queremos emprender una consideración histórica sino sólo observar lo siguiente: aquella cosmovisión teológica o teocósmica y la moderna ciencia de la naturaleza tienen algo en común. La pregunta original: ¿de dónde viene el mundo, a dónde va, cómo se mantiene? Y si bien las respuestas son diferentes, la pregunta coincide: la pregunta por el origen, la exigencia de la pulsión de explicar, de la necesidad de conocer. Y desde aquí tenemos que tratar de comprender la antítesis de la explicación teológica y científico-natural. Entonces la pregunta siguiente tendrá que ser: ¿qué quiere decir en realidad “creación”?

Con ella nos dirigimos nuevamente hacia quien escribió el relato de la creación. De ninguna manera se mueve unilateralmente dentro del concepto de la creación; más bien nos presenta la actividad divina a través de una gran cantidad de verbos. Podemos diferenciar dos grupos de actividades: en uno, el Creador permanece en sí mismo, se refiere a sí mismo, en el otro, obra hacia fuera, sobre el mundo, hacia el mundo. Al primer grupo pertenece su expansión sobre las aguas o el hecho de que “Él vió que era bueno”. Al segundo pertenecen los verdaderos actos de creación y aquí se presentan tres formas: Dios creó, Dios habló, Dios dividió. Estos deberán ser contemplados en primer lugar y en particular.

Encontramos en primer lugar el concepto más elevado y más general de la producción en la medida en que “Él creó”. Aquí no se dice nada acerca de cómo creó, tampoco sabemos qué cualidad le permitió ser un creador, ni tampoco cómo emplea su actividad en ello. No nos enteramos de motivos, de medios, ni de camino. No sabemos de ningún modo si se lo puede imaginar como un “no creador”. Sólo escuchamos “En un comienzo”.

El segundo verso trae la primera aclaración: el espíritu de Dios se expande sobre las aguas. No es Dios, no, es el espíritu de Dios. Por lo visto ésta es la primera introducción, la precondición para la creación que ahora recién comenzará: que se comporte como espíritu. Que esto es así se vuelve claro cuando surge el primer acto de creación. Dice: “Y Dios dijo: llegue a haber luz. Y se hizo la luz”. Por lo tanto, crea a través de un decir. A través de un decir, a través de una palabra, a través de un mandato se vuelve creador; y es un creador por su espiritualidad: el acto de la creación es un obrar espiritual y un mandar.

Age restriction:
0+
Release date on Litres:
26 March 2025
Volume:
521 p. 3 illustrations
ISBN:
9789875995017
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