Read the book: «Conjunto Vacío»
VERÓNICA GERBER BICECCI
CONJUNTO VACÍO
NARRATIVA
EL JURADO SELECCIONÓ DE FORMA UNÁNIME A ESTE LIBRO COMO GANADOR DEL PREMIO INTERNACIONAL DE LITERATURA AURA ESTRADA 2013.
PARTE DE ESTE LIBRO SE ESCRIBIÓ CON LA BECA JÓVENES CREADORES DEL FONCA 2012-2013.
DERECHOS RESERVADOS
© 2015 Verónica Gerber Bicecci
© 2016 Almadía Ediciones S.A.PI. de C.V
Avenida Monterrey 153,
Colonia Roma Norte,
Ciudad de México,
C.P. 06700.
RFC: AED140909BPA
© De las ilustraciones de interiores: Verónica Gerber Bicecci
www.almadia.com.mx www.facebook.com/editorialalmadia @Almadia_Edit
Primera edición en Editorial Almadía: julio de 2015
Primera reimpresión: octubre de 2015
Primera edición en Almadía Ediciones S.A.PI. de C.V: julio de 2016
ISBN: 978-607-8667-53-6
En colaboración con el Fondo Ventura A.C. y Proveedora Escolar S. de
R.L. Para mayor información: www.fondoventura.com y www.proveedora-escolar.com.mx
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
VERÓNICA GERBER BICECCI
CONJUNTO VACÍO


Almadía
A mi hermano, Ale, la otra mitad del conjunto vacío
ÍNDICE
RANGMEBOO
AGRADECIMIENTOS
Mi expediente amoroso es una colección de principios. Un paisaje definitivamente inacabado que se extiende entre excavaciones inundadas, cimientos al aire libre y estructuras en ruina; una necrópolis interior que ha estado en obra negra desde que recuerdo. Cuando te conviertes en coleccionista de inicios también puedes corroborar, con precisión casi científica, la poca variabilidad que tienen los finales. Estoy condenada, particularmente, a la renuncia. Aunque, en realidad, no hay mucha diferencia, todas las historias terminan bastante parecido. Los conjuntos se intersectan más o menos igual y lo único que cambia es el punto de vista desde el que te toca ver: la renuncia es voluntaria, el consenso es la menos común de las opciones, y el abandono es más bien una imposición.
Tengo talento para empezar. Me gusta esa parte. Pero la salida de emergencia está siempre a la mano así que también me resulta relativamente fácil saltar al vacío cuando algo no me convence. Emprendo la huida hacia la nada a la menor provocación. Por eso esta vez no quiero preámbulos, intentaré evadir el comienzo, ya tengo demasiados. Estoy cansada de los preludios y el único momento al que podría volver con cierta seguridad es a aquel desenlace, a ese rompimiento que lo cambió todo en primer lugar, que me convirtió en una desertora, en una compiladora de historias irremediablemente truncas.
Un buen día, sin previo aviso, desperté en el final. No me había levantado de la cama cuando, desde la puerta de la habitación, a punto de irse a dar clase, el Tordo(T) me dijo:
Ya no eres la misma de antes.
Estuve intentando entender qué quería decir con eso el resto del día y no pude salir de las sábanas. ¿En qué momento dejé de ser la que era?
Todo sonaba muy raro, incluso sospechoso.
Pensé que tal vez se trataba de su crisis de los cuarenta. Pero no. Poco después entendí que cuando alguien te dice: “Ya no eres la misma de antes”, significa literalmente: “Estoy enamorado de alguien más”.
Me quebró. El Tordo(T) me quebró.
Casi de un día para otro tuve que meter toda mi ropa en una maleta, escoger algunos libros, escribir una carta de despedida que nadie me pidió, llamar un taxi y volver al único lugar al que podía ir: el departamento de Mamá(M).
Había intentado olvidarme de ese tercer piso. De sus cañerías tapadas, sus platos y vasos desechables, del lavadero en la azotea donde enjuagábamos las ollas y sartenes de vez en cuando, de los electrodomésticos fundidos y del baño vaquero al que mi Hermano(H) y Yo(Y) nos acostumbramos como si viviéramos en otro siglo. Había dejado de pensar en su inevitable aspecto de laboratorio de paleontología: los panales de polvo; la colección de esqueletos que alguna vez fueron plantas, clavada en las macetas; las bolas de pelusa adheridas unas a otras formando extraños amortiguadores de peluche en las esquinas; los dibujos de cochambre en las paredes y techo de la cocina; la pátina gris de los vidrios, producto de infinitas capas de lluvia seca; y la serie de extraños microorganismos creciendo en los frascos abandonados del refrigerador.
Aunque hubiéramos podido pedirle a papá, nunca trajimos a un plomero, no contratamos a alguien para que limpiara, ni limpiamos nosotros mismos porque –estábamos seguros– ella dejaría algún rastro.
No hicimos nada.
La casa se quedó suspendida en el tiempo. Seguía tal como el día que dejamos de ver a Mamá(M).
Entré a mi cuarto y me metí debajo de mi viejo y fiel edredón de Humpty Dumpty. Descubrí muy pronto que aquel final abrupto hizo que las cosas volvieran al principio, a algún principio. O al menos a ese lugar en el que estaban tiempo atrás, antes del Tordo(T). Lo supe porque abrí los ojos en la madrugada y la escuché cruzando el pasillo, hablaba en voz alta esa lengua extraña e iracunda que nunca fui capaz de descifrar. Mi cuerpo se levantó automáticamente, me asomé desde la puerta de mi cuarto y lo único que había era la luz azulada de la pantalla de la computadora iluminando el pasillo. Pero ella no estaba.
A mi Hermano(H) siempre podía encontrarlo a altas horas de la noche en el estudio. Él tenía insomnio. Creo que hacer guardia era su forma de esperar a Mamá(M). Improvisó una conexión de internet con un cable telefónico y las contraseñas que la universidad le daba a papá; se conectaba solamente en la madrugada porque tenía miedo de que alguien lo descubriera duplicando el usuario. Yo(Y) despertaba repentinamente, no quería esperarla, pero mi sueño se había vuelto tan ligero que podía salir de la cama de un segundo a otro con cualquier sonido. Aunque nunca le pregunté, estoy segura de que mi Hermano(H) también la escuchaba. Seguí la luz y lo encontré ahí sentado, navegando; era como si nunca me hubiera ido, como si nunca hubiera vivido en casa del Tordo(T). Todo seguía igual.
Volviste, dijo mi Hermano(H).
No fue necesario contarle nada. La derrota es muda.
RANGMEBOO

¿Cómo fue que llegamos aquí, a este punto? Todo se remonta a dos días antes de mi cumpleaños número quince. Invierno de 1995. Entonces Yo(Y) tengo todavía catorce años y mi Hermano(H) diecisiete, a punto de cumplir dieciocho. Era temprano en la mañana, estábamos saliendo a la escuela y Mamá(M) dijo que no. Dijo que era mejor quedarse en casa. Dijo que no prendiéramos la tele, que no prendiéramos nada. Dijo que había que guardar silencio.
Nunca cumplí los quince, y eso que ya habíamos encargado un pastel de chocolate amargo para una fiesta que nunca se hizo. Su interminable ausencia –la de Mamá(M)– se llevó todos nuestros cumpleaños, enredó el paso del tiempo.
No hay causa reconocible, sólo efectos. Corrijo: sólo una frontera en el espacio-tiempo, flujos turbulentos, entrecortados. Entre cortados.
Sólo una serie de pistas dispersas, sin sentido. Un conjunto que se va vaciando poco a poco. Fragmentos desordenados. Corrijo: añicos.
Repito: invierno de 1995.
Mamá(M) empieza a hablar de los árboles del parque. Dice que en las cortezas se ven rostros. Que todos esos rostros miran hacia la casa. Que todos esos rostros nos miran.
Nos ordena dejar de regar las plantas.
Si algo llegara a pasarme, dice.
¿Pasarte qué?, mi Hermano(H) y Yo(Y) respondemos en coro.
...
Después ya no logramos entender qué dice.
¿O es que no nos oye?
¿Qué dices Mamá(M)?
Así es como empieza a difuminarse.
Y al final ya no podíamos verla.
8 de agosto de 1976
Marisa:
He decidido cambiarte el nombre. En mis diarios te llamas Lina.
Nunca le he escrito a nadie las palabras que te he escrito a ti. Todas ellas designan cosas inasequibles, menos la referencia a tus zapatos verdes –que a lo mejor ni es cierta–, aunque el pisotón no lo olvido.
Si esto fuera sólo un juego de palabras, lo seguiría jugando hasta el final.
Te ama (había escrito “te amo” pero le agregué la colita a la a, en fin),
S.
Actuábamos como si todo fuera normal, pero al departamento, a casa, no entraba nadie.
Lo bautizamos como el búnker.
Una cápsula de tiempo donde todo permanece en perpetuo abandono.
Un sistema perfectamente cerrado que Mamá(M) construyó antes de desdibujarse, y que había logrado producir algún tipo de singularidad.
Mi Hermano(H) empezó la universidad poco después y Yo(Y) entré a la preparatoria. Papá tardó muchos años en darse cuenta de que Mamá(M) no estaba. A veces no estoy completamente segura de si se enteró, ellos no se dirigían la palabra desde el divorcio (o tal vez él es mucho mejor que nosotros actuando como si no pasara nada). Papá es un hombre metódico y difícilmente percibe algo ajeno a su rutina. Nos llamaba por teléfono una vez a la semana: los miércoles a las 2:45 pm, porque ese día en particular tenía unos minutos extra, y comíamos en su casa todos los domingos. Pero supongo que algo sospechaba porque siempre tenía listo un sobre manila con suficiente dinero para cubrir todos los gastos de la casa y nunca, nunca, nunca preguntaba por Mamá(M); en parte porque dejaron de hablarse y en parte porque siempre estaba ahí la novia en turno, con el ceño fruncido, deseando que mi Mamá(M), mi Hermano(H) y Yo(Y) no existiéramos.
No es que fuéramos magos, ni siquiera nos pusimos de acuerdo y el acto de invisibilidad se fue dando naturalmente. Bastó con no decir nada. Es fácil dejar que los demás llenen los huecos. Un gesto lo suficientemente ambiguo puede convertir el monólogo ajeno en una conversación imaginaria. El silencio es una variable que muta constantemente para que el otro decida si se trata de un sí, de un no o de cualquier otra respuesta.
Y en todo caso: ¿cómo escondes algo que no sabes dónde está?
También es sorprendente lo poco que se necesita para hacerle creer a todos que tu vida es como la del resto. Al principio nos hacían algunas preguntas pero, en realidad, nadie quería saber las respuestas. Luego simplemente dejó de importarles y, aunque hubieran preguntado, ya no teníamos respuestas. Nadie se acordaba de que no había visto a Mamá(M) en mucho tiempo. El olvido se instala sin remordimiento; es la memoria la que cobra las cuentas, la única evidencia de la omisión. Más que un par de ilusionistas, éramos como esos dos hermanos charlatanes del cuento de Andersen que, haciéndose pasar por tejedores, diseñan un traje invisible para el emperador. Les hicimos creer que Mamá(M) estaba ahí –aunque ni siquiera nosotros podíamos verla. Había cruzado una frontera que ni mi Hermano(H) ni Yo(Y) sabíamos cómo cruzar. Les hicimos creer que nuestra vida cotidiana era tal y como debe ser la de una familia divorciada. El búnker, por suerte, nunca produjo sospechas. Un lugar al que, por otro lado, no entró una sola persona en muchos años. El espacio que Mamá(M) debía ocupar estaba vacío, nos había dejado un pedazo de hueco, y el resto estaba fuera del Universo(U) visible, en un lugar desconocido.

Estornudos y ojos llorosos. Cuando me preguntaron el motivo de mi viaje en el puesto de migración la voz no me salía. Había pasado las últimas diez horas pensando que tal vez le había comprado a Alonso(A) un boleto en otro vuelo. Pero no. Consideré quedarme sentada en el aeropuerto de Buenos Aires una semana entera hasta que llegara mi Hermano(H), y tomar con él un vuelo o un camión a Córdoba. Podía levantarme para comprar un jugo y un sándwich cada tanto, dejar el lugar apartado para ir al baño. No eran muchos días. Pero, después de un par de horas de ver el piso, decidí entrar a una oficina que tenía este cartel:
GLACIARES Y FIN DEL MUNDO
CINCO DÍAS Y CUATRO NOCHES
TODO INCLUIDO
¿Por qué no? Después tomaría el autobús a Córdoba para llegar a casa de la Abuela(AB) el mismo día que mi Hermano(H), sin un peso en la bolsa.
Las puertas de la casa se llenaron de cerrojos. Las ventanas se cubrieron de loneta negra. Así estábamos a salvo de quién sabe qué.
¿Has visto a Mamá(M)?
No. ¿Tú?
Me asomo al escusado. Me pregunto si el torbellino de agua se la tragó. No.
¿Salió?
No.
Desde afuera el búnker es sólido, infranqueable. Adentro se vuelve cada vez más inestable e impredecible. Ayer me pareció verla, le digo a mi Hermano(H)... Pero no. No sabemos dónde está.
¿Entonces cuándo fue la última vez que la viste?
No sé. ¿Tú?
No sé.
Ya sé.
¿Dónde?
Estábamos en el desayunador.
¿Cuándo?
Tú tenías un plato de cereal.
Eso pudo ser cualquier día.
Mamá(M) venía caminando hacia su silla.
Ah, sí, con una taza llena de café con leche.
En lugar de un sorbo le dio un trago y se quemó.
No, eso fue otro día.
Fue ese mismo día.
¿Fue cuando escupió el café?
Sí, las gotas llegaron hasta el mantel, todavía están ahí.
¿Dijo algo?
Hizo señas. ¿O gritó?
No, ¡la taza se le resbaló de las manos!
¿Era la taza azul?
No, la taza que le regalaron hace un par de años.
Ah, ¿la que dice: STILL PERFECT AFTER 40?
Esa.
¿Dónde la habrán comprado?
No sé. Pero está maldita.
¿La taza?
Sí.
¿Al final sí fuimos a la escuela ese día o no?
Creo que no.
¿Y los restos de la taza?
HOJA DE OBSERVACIÓN III
| LOCALIZACIÓN: | Azotea hacia el cielo. |
| FECHA: | 1 de octubre de 2003. |
| CONTAMINACIÓN LUMÍNICA (1-10): | 7, tarde. |
| OBJETO: | Nube. |
| CONSTELACIÓN: | Aeroméxico. |
| TAMAÑO: | Boeing 747. |
| HORA LOCAL: | 18:30. |
| DIRECCIÓN: | Desconocida. |
| EQUIPO: | Telescopio. |
| FILTRO: | No. |
OBSERVACIÓN:

NOTAS:
En algún momento me obsesionaron los aviones. Me parecían el símbolo perfecto de mi historia familiar. Los aviones nos habían separado y, algunas veces, volvían a juntarnos. También son lo más parecido que existe a una máquina del tiempo. Cuando aterrizo en Argentina, donde vive mi Abuela(AB), siempre me parece que estoy en otra época o en una vida anterior, que apenas recuerdo.
Un par de suspicacistas profesionales, según mi Hermano(H) en eso nos habíamos convertido. Nos costaba mucho trabajo creer que los sucesos no tuvieran siempre un lado oscuro, un espacio sombreado que no alcanzábamos a ver y que, aún estando vacío, siempre significaba algo más. La gente suele decir que las cosas no son sólo o blanco o negro; Yo(Y) no estoy segura. El blanco y el negro no son más que problemas de luz, de totalidad y de ausencia de la luz. El negro es oquedad y el blanco plenitud, o al menos eso aprendí en la escuela de arte. No importa, el caso es que las cosas que no podemos ver no se ocultan en las mezclas grisáceas ni en el blanco ni en el negro sino en la delgada línea que separa esas dos totalidades. Un lugar que ni siquiera podemos imaginar, un horizonte de no retorno. Es en los límites donde todo se torna invisible. Hay cosas, estoy segura, que no se pueden contar con palabras. Hay cosas que solamente suceden entre el blanco y el negro y muy pocos pueden verlas. Algo así pasó con Mamá(M): una ilusión óptica, un misterio inexplicable de la materia. Y también con el Tordo(T) aunque, en este caso, reconstruir la secuencia fue relativamente fácil.
Lo último que me dijo fue:
Algo se rompió, no sé exactamente qué, pero ya no podemos seguir juntos.
¿Él no sabía qué se había roto?
Pero Yo(Y) necesitaba descubrirlo.
Así que repasé la secuencia de sucesos una y otra vez, corté minutos de aquí y de allá, y terminé por darme cuenta de lo obvio: siempre estamos haciendo un dibujo que no alcanzamos a ver por completo. Solamente tenemos un lado, una arista de nuestra propia historia, y el resto permanece oculto. No vale la pena contar los detalles del rompimiento, pero el proceso fue más o menos este:
Érase una vez una intersección YT

De pronto, en la intersección YT aparece un vacío

En realidad, el vacío es síntoma de una intersección TE que Y no puede ver

Entonces T se aleja con E y Y se queda con el hueco:

Yo soy Y, Tordo es T y Ella es E.
Conclusión: Yo(Y) era la única que se había roto, y no sé si todavía cargo con el hueco o si me falta un pedazo:

No me gusta definir la personalidad de alguien a través de sus retratos. Muchos lo hacen y es injusto: a nadie le gusta quién es en las fotografías. Pero como no lo conocía, y estaba involucrada con las cosas de su madre, no pude evitarlo. Me pareció que a Alonso(A) lo opacaba el atuendo y la actitud de estrella de cine de Marisa(MX), era como si no le quedara otra que bajar la cabeza o taparse la cara con el pelo.
Me esperaba una larga y solitaria temporada en el viejo búnker. Mi Hermano(H) se mudó con su novia la misma semana que Yo(Y) volví. Le ayudé a llevar algunas cajas con libros y discos, dos maletas de ropa y su almohada. Hicimos un par de viajes caminando, el departamento nuevo quedaba a unas pocas cuadras. En el búnker había muebles repletos de objetos inútiles –y escarcha de polvo como si la fumarola del Popocatépetl hubiera echado ahí toda su ceniza–, pero no quiso llevarse ninguno. Habían pasado siete años y todavía intentábamos mantener el hechizo. Aunque ya no teníamos muy claro en qué consistía exactamente. La primera noche sola volví a escucharla hablando en la sala. La luz de la computadora ya no iluminaba el camino así que me guié con las paredes. Nadie. Regresé a la cama.
Tenía que ponerme a hacer algo, lo que fuera.
Era eso o volverme loca.
Después de un exhaustivo peritaje decidí que, de todos los problemas que tenía el departamento de Mamá(M), la humedad trasminando la pared principal de la sala era el más preocupante porque significaba que un flanco del búnker se estaba ablandando. El muro estaba inflado, la pintura hacía burbujas que se podían aplastar con los dedos. El exterior estaba obligando al interior a ceder. No quería que el búnker me succionara sin retorno, pero tampoco podía dejar que, después de tanto tiempo, el sistema colapsara. Me levanté al día siguiente con el firme propósito de solucionar el problema, busqué el teléfono de una maderería en la Sección Amarilla y pedí tres tablas de triplay –122 × 244 centímetros y media pulgada de espesor cada una– para tapar y reforzar la pared. Las tablas llegaron muy pronto y las volaron por el balcón porque no cabían por la puerta. Hice un espacio en el piso de la sala, entre los muebles, para trabajar. Pasé varios días lijando, resanando y volviendo a lijar imperfecciones hasta que quedaron completamente lisas. Sobre la capa de polvo de los muebles se fue juntando también aserrín. Al terminar me quedé frente a ellas como frente a un lienzo en blanco, aunque la superficie no estaba del todo vacía. Las vetas de la madera hacían un dibujo. Algunas eran más gruesas que mi dedo meñique, otras mucho más angostas. Recorrí con el índice una de su exacto espesor. No había mucho que pensar, solamente tenía que rellenar una forma dada sin salirme del contorno; era un pasatiempo de señora jubilada, pero implicaba un grado de concentración casi zen que podía ayudarme a matar el tiempo. Tenía un poco de pintura blanca y negra, dos “no colores”, y sus mezclas posibles.
Mamá(M) le decía Lito a papá, de cariño. Alguna vez la escuché decir que ese era su nombre de revolucionario. Luego papá dijo que él no fue revolucionario y que no tenía nombre secreto, que solamente repartía volantes en las fábricas. En mi familia todos se desmienten unos a otros y al final sólo quedan hoyos. Peor: nadie quiere hablar de los hoyos. En la primaria entendí que en México vive mi “familia nuclear”, y la idea me convenció porque imaginaba una explosión que nos esparció a todos por el mundo. Esa bomba, en nuestro caso, se llama dictadura. Y el estallido, exilio. Mamá(M) también confesó que papá estaba en la lista negra y después, indignada, dijo que todo mundo estaba en la lista negra. Ahí quedó. Lo que oíamos llegaba así, de forma desordenada, montones de anécdotas sueltas que en mi cabeza no eran más que puro caos.
18 de octubre
Solona:
Toyes doneanpla nu jevia a Natigenar a nif ed oña.
Em ríatagus eup gasven. ¿Éuq cesdi?
V.
No contestó.
El Tordo(T) es artista visual, pero le hubiera gustado ser escritor. Todos los días me inventaba un nombre nuevo, como si estuviera probando personajes en mí. A veces también me buscaba algún parecido con las actrices de las películas que veíamos juntos; siempre encontraba algo, algún detalle. Yo(Y), en cambio, quería ser artista visual pero casi todo lo pensaba en palabras. Mis compañeros en la escuela de arte decían que eso era muy raro.
El día que llevé al Tordo(T) al aeropuerto me presumió el tatuaje que acababa de hacerse en un estudio muy famoso de un tal “doctor” algo, Yo(Y) no conocía el lugar ni había oído hablar de ese tatuador, pero no dije nada. Levantó la gasa con cierta arrogancia, su hombro todavía estaba hinchado y tenía rastros de sangre seca. Era una vista cenital desde la que se le veía a él a medio camino sobre una cuerda. ¡Se había tatuado a sí mismo! Esa debió ser mi señal para emprender la huida. No lo hice. Me pareció genial el gesto tautológico (concepto que había aprendido hacía poco, en la universidad). Después, por supuesto, cambié de opinión. En todo caso, me incumbía la metáfora de que él caminaba sobre una cuerda floja al mismo tiempo que empezaba a salir conmigo, pero la más perturbadora era la otra: que hubiera dos Tordos(T) en el mismo cuerpo. El tatuaje pudo ser un augurio y no supe verlo: él terminó, efectivamente, desdoblándose en dos. Tal vez me atrajo la idea de esperarlo en un extremo de la cuerda y que decidiera caminar hacia mí, no sé... Es obvio que no estaba viendo las cosas con claridad porque al final se fue para el otro lado.
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