Read the book: «Hechos y dichos memorables. Libros VII-IX. Epítomes.»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 312

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por EUGENIO LÁZARO GARCÍA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2003.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO393

ISBN 9788424935450.

SINOPSIS
LIBRO VII

1. Sobre la felicidad.

2. Dichos y hechos llenos de sabiduría.

3. Dichos y hechos llenos de astucia.

4. Estratagemas.

5. Sobre fracasos electorales.

6. Sobre la necesidad.

7. Sobre testamentos que fueron anulados.

8. Sobre testamentos que siguieron siendo válidos, aunque hubieran podido ser anuladas. Sobre testamentos que nombraron herederos diferentes a los que todos creían.

LIBRO VIII

1. Sobre los motivos por los que acusados de delitos infamantes fueron absueltos o condenados.

2. Sobre juicios privados célebres.

3. Sobre mujeres que se defendieron a sí mismas, o defendieron a otras personas, ante los magistrados.

4. Sobre interrogatorios.

5. Sobre testigos.

6. Sobre los que cometieron los mismos delitos que habían condenado en otros.

7. Sobre el entusiasmo y la dedicación constante.

8. Sobre el ocio.

9. Sobre el enorme poder de la elocuencia.

10. Sobre la gran importancia de la pronunciación y los gestos apropiados.

11. Sobre los poderosos efectos de las artes. Hay cosas que ningún arte puede conseguir.

12. Cada uno es el mejor maestro y defensor de su propia arte.

13. Sobre la vejez.

14. Sobre las ansias de gloria.

15. Sobre las magníficas recompensas que algunos recibieron.

Libro IX

1. Sobre el lujo y las bajas pasiones.

2. Sobre la crueldad.

3. Sobre la ira o el odio.

4. Sobre la avaricia.

5. Sobre la soberbia y la prepotencia.

6. Sobre la perfidia.

7. Sobre la violencia y las sediciones.

8. Sobre la temeridad.

9. Sobre el error.

10. Sobre la venganza.

11. Dichos infames y hechos execrables.

12. Sobre muertes insólitas.

13. Sobre el deseo de vivir. Sobre la cuidadosa atención que guardaron quienes sospechaban de los de su propia casa.

14. Sobre el parecido físico.

15. Sobre aquéllos que, siendo de despreciable origen, trataron de infiltrarse con engaños en las familias más notables.

LIBRO VII
CAPÍTULO 1
Sobre la felicidad

Diversos son los ejemplos que de la volubilidad de la fortuna hemos expuesto; muy pocos son, en cambio, los que pueden aducirse de su favor constante. De lo cual se infiere que de buen grado acarrea desgracias y sólo en contadas ocasiones concede alegrías. Esta misma fortuna, cuando se ha propuesto dejar a un lado su mezquindad, atesora bienes no sólo cuantiosos y espléndidos, sino también imperecederos.

Veamos, pues, por cuántos grados de beneficios la fortuna, [1 , 1] sin perder jamás su magnanimidad, llevó a Quinto Metelo 1 a las más altas cotas de felicidad, desde el primer día de su vida hasta el instante mismo de su muerte. Quiso la fortuna que Metelo naciese en la capital del mundo; le otorgó los padres más nobles; le confirió, además, unas excepcionales cualidades espirituales y una fortaleza física capaz de soportar las fatigas; le procuró una esposa célebre por su honestidad y fecundidad; le brindó el honor del consulado, la potestad generalicia y el lustre de un grandioso triunfo; le permitió ver al mismo tiempo a tres de sus hijos cónsules (uno de ellos incluso había sido censor y había recibido los honores del triunfo) y a un cuarto pretor; hizo que entregara en matrimonio a sus tres hijas y acogiera en su mismo regazo a la descendencia de éstas. Tantos partos, tantas cunas, tantas togas viriles, tan gran número de teas nupciales, tantos cargos civiles y militares; en definitiva, tantos y tantos motivos de alegría; y en todo este tiempo, ningún duelo, ningún llanto, ningún motivo de tristeza. Contempla las moradas celestiales y difícilmente podrás encontrar allí un estado de dicha semejante, pues vemos que los más insignes poetas atribuyen penas y dolor también a los corazones de los dioses. Y a este género de vida correspondió un final acorde con él: en efecto, Metelo falleció a una edad muy avanzada y de muerte natural, entre los besos y abrazos de sus seres más queridos, y fue llevado por toda la Ciudad a hombros de sus hijos y yernos hasta ser depositado sobre la pira funeraria.

[2] Si renombrada fue aquella felicidad, más desconocida fue, en cambio, esta otra, aunque preferida al esplendor de los dioses. Pues cuando Giges 2 , ensoberbecido por el trono de Lidia y tan plagado de armas y riquezas, había recurrido a Apolo Pitio 3 para preguntarle si había algún mortal más feliz que él, la divinidad, emitiendo sus palabras desde lo más oculto de la gruta, prefirió a Aglao de Psófide 4 antes que a él. Era éste el más pobre de los arcadios, y aun a pesar de su avanzada edad, nunca había salido de los límites de su pequeña heredad, feliz como era con el fruto de su exigua parcela. Y no cabía duda de que, con la agudeza de su oráculo, Apolo daba a entender el fin último y sin sombras de una vida feliz. Y por esta razón respondió a Giges, que se vanagloriaba insolentemente del oropel de su fortuna, que apreciaba más una choza sonriente de calma que un palacio atormentado por cuidados e inquietudes; un puñado de tierra libre de temores que los riquísimos campos de Lidia, repletos de angustias; una o dos yuntas de bueyes fáciles de sustentar que los ejércitos, las armas y la caballería, tan ruinosos por sus excesivos gastos; y un pequeño granero que nadie ansíe, para lo imprescindible, antes que tesoros expuestos a las insidias y la codicia de todo el mundo. Y así fue como Giges, que deseaba contar con la aquiescencia de la divinidad a propósito de su vana convicción, aprendió dónde radica la estable y auténtica felicidad.

CAPÍTULO 2
Dichos y hechos llenos de sabiduría

Hablaré ahora de aquel tipo de felicidad que tiene que ver íntegramente con la disposición del espíritu y que no se pretende con ruegos, sino que, connatural a los corazones provistos de sabiduría, reluce por medio de dichos y hechos juiciosos.

[2 , 1] Hemos oído que Apio Claudio 5 a menudo solía manifestar que era preferible que el pueblo romano permaneciera en acción antes que inactivo, no porque ignorase cuán placentero es estar tranquilo, sino porque advertía que el estado de agitación incita a los imperios muy poderosos a tratar de alcanzar la virtud, en tanto que el excesivo descanso viene a dar en desidia. Y es que la palabra negotium , por muy estridente que resulte, mantuvo en su condición las costumbres de nuestra ciudad, mientras que quies , un término bastante agradable al oído, la salpicó de innumerables vicios.

[2] Afirmaba Escipión Africano 6 que, en temas militares, era indecoroso decir «no lo había pensado», ya que, en su opinión, las acciones armadas había que ejecutarlas después de haber sopesado y ensayado el plan correspondiente. Y con toda la razón, pues un error no admite enmienda cuando se abandona a la violencia de Marte. El propio Escipión aseguraba que no debía entablarse combate con el enemigo si la ocasión no se presentaba o no había necesidad. Y también aquí discurrió sabiamente, pues del mismo modo que dejar pasar la oportunidad de lograr un triunfo es la mayor de las locuras, así también abstenerse de luchar cuando las circunstancias obligan a ello viene a desembocar en una perniciosa indolencia. Y de quienes obran de esta manera, unos no saben aprovechar las ventajas de la fortuna, otros no saben hacer frente al agravio.

Tan razonables como sobresalientes fueron asimismo las [3] palabras que en el Senado pronunció Quinto Metelo 7 . Éste, tras la derrota de Cartago, aseguró que no sabía si aquella victoria había acarreado más beneficios o más perjuicios a la república, pues igual que había sido ventajosa por haberse restablecido la paz, así también causaba cierto daño por haber alejado de nosotros a Aníbal. En efecto, la entrada de éste en Italia había despertado el valor del pueblo romano, entonces adormecido, y era de temer que dicho valor, libre de tan implacable rival, volviera a su antiguo estado de indolencia. Y es que consideraba que quemar las casas, devastar los campos o empobrecerse el erario público no eran menos nocivos que el enervamiento del valor romano primitivo.

¿Y qué decir de aquella acción del consular Lucio Fimbria 8 ? [4] ¡Qué sabio! Tras ser designado juez en un proceso contra el ilustre caballero romano Marco Lutacio Pincia, por un compromiso verbal que éste había contraído con su adversario aduciendo como única garantía la de ser una persona honrada, no quiso jamás pronunciar una sentencia definitiva. De este modo, no privaría a un hombre íntegro de su reputación, en caso de que el veredicto fuera desfavorable, ni tampoco tendría que jurar que era un hombre bueno, puesto que tal condición encierra en sí misma un sinfín de alabanzas.

[5] El ejemplo de prudencia que acabamos de ver pertenece al mundo de la política, este otro se muestra en el ámbito militar. Durante el asedio a Aquilonia, el cónsul Papirio Cúrsor 9 se aprestaba a atacar la ciudad. Pese a que las aves no se mostraban favorables, el augur que guardaba los pollos sagrados le anunció el mejor de los auspicios. Al percatarse el cónsul de este engaño, tomó aquello como un augurio propicio para él y su ejército, e inició la batalla, no sin antes colocar al mentiroso en primera línea. De este modo los dioses, en caso de enojarse, tendrían una víctima que aplacara su resentimiento. Ya sea por casualidad o por divina providencia, la primera flecha arrojada desde el bando contrario vino a clavarse en el pecho del augur, que cayó al suelo sin vida. Cuando el cónsul recibió la noticia, se lanzó confiado al asalto de Aquilonia y la tomó. Así, de pronto advirtió de qué manera debía vengarse el agravio cometido contra un general, cómo había que castigar la violación de los ritos sagrados y de qué forma se podía alcanzar la victoria. Actuó como hombre austero, como cónsul respetuoso y como general esforzado, fijando de una sola vez un límite al temor, una forma de castigo y un camino a la esperanza.

[6] Pasaré ahora a los hechos ocurridos en el senado. Cuando éste envió contra Aníbal a los cónsules Claudio Nerón y Livio Salinátor 10 , después de comprobar que eran tan parejos en virtud como incompatibles por culpa de una acérrima enemistad, los reconcilió a toda costa, no fuera que, a causa de sus diferencias personales, administraran los asuntos públicos con nulo provecho. Y es que si no hay acuerdo en el poder de ambos cónsules, surge entre ellos más afán por entorpecer la labor del otro que por realizar la propia. Cuando además se interpone entre ellos un odio obstinado, el uno se enfrenta al otro con una hostilidad más terminante que la que ambos han de mostrar ante las tropas enemigas.

Después que el tribuno de la plebe Gneo Bebio 11 los acusara ante la asamblea por haber desempeñado el cargo de censor con excesiva dureza, un decreto del Senado los eximió de tener que defenderse. Fue así como el Senado libró del temor ante cualquier juicio a esta magistratura, cuya obligación era pedir cuentas, no rendirlas.

Similar fue este otro ejemplo de sabiduría del Senado. Después de condenar a muerte al tribuno de la plebe Tiberio Graco 12 , por haberse atrevido a promulgar su ley agraria, con gran acierto decretó que, en virtud de la ley promulgada por el propio Graco, los triúnviros repartieran las tierras públicas entre el pueblo de forma individual. Y así, se eliminó de un golpe al causante y al origen de tan grave sedición.

¡Con qué prudencia obró el senado en el caso del rey Masinisa! 13 . Tras servirse de su cooperación siempre solícita y fiel en la lucha contra los cartagineses, y al verlo cada vez más ansioso por extender los dominios de su reino, presentó al pueblo una proposición de ley por la cual se concedía a Masinisa la libertad absoluta con respecto al poder del pueblo romano. Con esta actuación, el senado no sólo preservó el afecto al que Masinisa se había hecho sobradamente acreedor, sino que además alejó de sus puertas la agresividad de Mauritania, Numidia y el resto de pueblos de aquella región, agresividad que nunca una paz firme pudo aplacar.

Ejemplos extranjeros

[2 , 1] No habría tiempo suficiente si tuviera que seguir narrando hechos de nuestra patria, dado que nuestro imperio creció y se mantuvo no tanto con la fuerza física como con el vigor espiritual. Así pues, mantengamos una callada admiración hacia la mayor parte de ejemplos romanos de prudencia y demos paso a algunos extranjeros sobre este mismo punto.

El filósofo Sócrates, una especie de oráculo de la humana sabiduría sobre la faz de la tierra, juzgaba que, de los dioses inmortales, sólo había que pedir que nos otorgaran el bien, pues sólo ellos saben, al fin y al cabo, lo que conviene a cada uno. Nosotros, en cambio, casi siempre solemos implorar lo que habría sido mejor no obtener. Y es que, ¡oh mente mortal, envuelta en tinieblas tan espesas, con qué evidente confusión arrojas aquí y allá tus desatinadas imprecaciones! Anhelas riquezas, que para muchos fueron su perdición; codicias honores, que a muchos causaron su ruina; en tu mente concibes reinos, cuyas consecuencias a menudo se revelan lamentables; ofreces tu mano a espléndidos casorios, pero éstos, así como unas veces enaltecen a las familias, otras las destruyen a ras de suelo. Deja, pues, de desear, neciamente boquiabierta, lo que será el origen de tus males futuros, como si fuese la cosa más dichosa, y abandónate por completo al arbitrio de los dioses, pues quienes suelen conceder bienes con facilidad, pueden también elegirlos convenientemente.

El mismo Sócrates decía que quienes alcanzan la gloria por el camino más rápido y más corto son aquéllos que en sus actos procuran aparentar lo que son. Y con semejante afirmación recomendaba abiertamente que los hombres deberían adentrarse en la misma virtud antes que perseguir su sombra 14 .

También Sócrates, preguntado por un joven sobre si debería tomar esposa o, por el contrario, renunciar al matrimonio, le respondió que, hiciese lo que hiciese, terminaría arrepintiéndose. «Si no te casas —le dijo—, te embargará la soledad, la falta de hijos, el fin de tu estirpe, y un extraño será tu heredero; si te casas, tu angustia será perpetua, continua la sucesión de disputas, se te reprochará la dote, conocerás el ceño fruncido de tus nuevos parientes, la lengua parlera de tu suegra, los codiciosos de esposas ajenas, la incertidumbre de cómo te saldrán tus hijos». No permitió Sócrates que, en cuestión tan escabrosa, aquel joven tomara una decisión como si fuese materia de broma 15 .

Asimismo, después que la locura criminal de los atenienses lo había condenado tristemente a muerte y, con gran fortaleza de ánimo y rostro impasible, había recibido el brebaje envenenado de manos del verdugo, acercando ya la copa a sus labios, se dirigió a su esposa Jantipa, que entre sollozos y lamentos proclamaba que moría un inocente, y le dijo: «¿Y qué, entonces? ¿Preferirías acaso que muriera siendo culpable?» 16 . ¡Inmensa sabiduría la suya, que ni siquiera en el momento mismo de la muerte pudo olvidarse de su condición!

[2] Mira también con qué prudencia pensaba Solón que a nadie se le debe llamar dichoso mientras esté vivo, dado que hasta el último día de nuestra existencia estamos sujetos a la incierta fortuna. En efecto, es la pira funeraria la que consuma la felicidad de los hombres, ella es la que se enfrenta al ataque de los males.

El propio Solón, al ver a uno de sus amigos profundamente entristecido, lo llevó hasta la acrópolis y le animó a que volviera su mirada sobre todos los edificios que tenía a sus pies. Cuando comprobó que lo había hecho, añadió: «Piensa ahora contigo mismo cuánto duelo ha existido, existe hoy y existirá en siglos venideros bajo estos techos, y deja de lamentar las desgracias de los mortales como si fuesen tuyas solamente» 17 . Con este consuelo le hizo ver que las ciudades no son más que miserables recintos para las calamidades humanas.

También Solón solía decir que si todo el mundo reuniera sus males en un solo lugar, preferiría llevarse a casa los suyos propios en vez de tomar la parte que les correspondiese del montón de miserias comunes. De lo que deducía que no debemos considerar como amargura peculiar e intolerable aquello que nos sucede por azar.

Después que Priene, la patria de Biante, fue tomada por [3] los enemigos, todos aquellos que pudieron escapar de la barbarie de la guerra sanos y salvos y huían llevando sus bienes más preciados le preguntaron por qué no llevaba consigo ninguno de sus bienes. A lo que él respondió: «Yo llevo conmigo todos mis bienes» 18 . Cierto, pues los llevaba en su pecho, no sobre sus hombros ni a la vista, sino apreciables únicamente con el espíritu. Ocultos en la sede del pensamiento, ni las manos de los mortales ni las de los dioses pueden perturbarlos. Y de igual modo que están a nuestro alcance si permanecemos en nuestros hogares, no nos abandonan tampoco si tenemos que huir.

Y ahora, un pensamiento de Platón, tan escueto en palabras [4] como valioso por su significado. Proclamaba él que el mundo sólo alcanzará la dicha cuando los filósofos comiencen a reinar o los reyes a ser filósofos 19 .

También fue sutil el juicio de aquel rey del que cuentan [5] que, antes de colocarse en la cabeza la diadema que le habían entregado, la examinó largo tiempo entre sus manos y a continuación dijo: «¡Oh, trapo 20 más insigne que venturoso! Si alguien supiera de verdad cuántas angustias, peligros y desdichas encierra, ni siquiera se agacharía a cogerlo del suelo».

[6] ¿Y qué decir de la famosa respuesta de Jenócrates 21 , tan digna de alabanza? Mientras asistía en profundo silencio a una conversación llena de maledicencia, uno de los presentes le preguntó por qué era el único que refrenaba su lengua. A lo que él respondió: «Porque alguna vez me he arrepentido de haber hablado, pero nunca de haber callado».

[7] También revela una profunda sabiduría el precepto de Aristófanes. En una de sus comedias 22 introdujo al ateniense Pericles, quien, tras regresar de los infiernos, profetizó que no es conveniente criar a un león en la ciudad, pero que, en caso de haberlo criado, había que satisfacer sus deseos. Aconseja, por tanto, que refrenemos a los jóvenes de distinguida nobleza y vehemente carácter, pero sin impedirles que accedan al poder, después que se les ha educado en un ambiente de excesivo consentimiento y desmedida permisividad, dado que sería necio e inútil ir contra unas fuerzas que tú mismo has alentado.

[8] También habló de forma maravillosa Tales 23 , pues cuando le preguntaron si las acciones humanas pasan inadvertidas a los dioses, él respondió: «Ni siquiera los pensamientos». Por tanto, tratemos de tener limpias no sólo nuestras manos, sino también nuestras mentes, una vez sabido que los dioses celestiales están presentes en nuestros pensamientos más íntimos.

No fue menos sabia la respuesta que sigue. El padre de [9] una hija única consultó a Temístocles 24 si debía entregarla en matrimonio a un pobre aunque bien considerado, o por el contrario a un rico de poco aprecio. Temístocles le respondió: «Prefiero a un hombre sin dinero que dinero sin un hombre». Con estas palabras aconsejó a aquel necio que eligiera a un yerno y no las riquezas del yerno.

Mira cuán digna de elogio es la epístola de Filipo 25 , en [10] la que recriminó a Alejandro, por pretender atraerse mediante dádivas el afecto de ciertos macedonios, con las siguientes palabras: «¿Qué razón te movió, hijo mío, para albergar la vana esperanza de creer que han de serte siempre fieles aquéllos a los que te hubieras ganado con dinero?» Eso le dijo como padre desde el cariño que por su hijo sentía, como Filipo desde la experiencia, él que había traficado con Grecia más que haberla vencido.

También Aristóteles, cuando envió a su discípulo Calístenes 26 [11] junto a Alejandro, le aconsejó que o bien hablara con él lo menos posible, o bien lo hiciera sobre temas alegres, de forma que, ante los oídos del rey, estuviera más seguro por su silencio o mejor considerado por su conversación. Pero Calístenes, tras censurar a Alejandro porque, siendo macedonio, gustaba de los agasajos propios de los persas, e invitarlo reiterada y amablemente, contra su voluntad, a abrazar de nuevo las costumbres macedonias, recibió la orden de darse muerte, por lo que se arrepintió demasiado tarde de haber descuidado aquel saludable consejo.

El propio Aristóteles proclamaba que no había que hablar ni bien ni mal de uno mismo, ya que alabarse es propio de vanidosos, y criticarse de necios. También suyo es aquel precepto sumamente provechoso de que consideremos los placeres como algo pasajero. Y les restó su importancia por medio de la siguiente demostración: cuando se suministran a nuestro espíritu cansado y plenamente arrepentido, mengua en nosotros el deseo de perseguirlos 27 .

[12] No estuvo exenta de prudencia la respuesta que Anaxágoras 28 dio a uno que le preguntó si había alguien feliz: «Ninguno —le dijo— de los que tú consideras felices. Antes lo encontrarás entre aquéllos que tú estimes que son desdichados. Y no poseerá abundantes riquezas y honores, sino que cultivará con fe y perseverancia una pequeña heredad o una doctrina en absoluto intrigante; será más dichoso consigo mismo que ante los demás».

[13] También sabio fue el dicho de Demades 29 . A los atenienses que se negaban a tributar honores divinos a Alejandro, les respondió: «Cuidaos de no perder la tierra mientras defendéis el cielo».

¡Con qué ingenio comparaba Anacarsis 30 las leyes a las [14] telarañas! En efecto, de igual modo que los animales más débiles quedan retenidos en ellas y los más fuertes las atraviesan, así también las leyes oprimen a los humildes y menesterosos y son incapaces de enredar a los opulentos y poderosos.

Nada más juicioso que la maniobra de Agesilao 31 : habiendo [15] conocido que durante la noche se maquinaba una conspiración contra la república lacedemonia, abolió inmediatamente las leyes de Licurgo, por las que se prohibía castigar a alguien sin haber sido juzgado y condenado. Después que los culpables fueron arrestados y ejecutados, volvió a restituir las leyes, y así evitó dos cosas al mismo tiempo: que fuese injusto un castigo que era necesario, y que fuese impedido por ley. De este modo, las leyes dejaron momentáneamente de existir para que pudieran seguir siempre vigentes.

Y no sé si este consejo de Hannón 32 fue de una notabilísima [16] prudencia. Cuando Magón anunciaba ante el senado cartaginés el final de la batalla de Cannas y, como testimonio de tan enorme triunfo, había esparcido por el suelo tres modios 33 repletos de anillos de oro arrebatados a nuestros conciudadanos muertos, Hannón le preguntó si alguno de los aliados romanos había desertado después de aquel tremendo desastre. Cuando oyó que nadie se había pasado a Aníbal, aconsejó que al instante se enviaran legados a Roma para negociar la paz. Si su opinión se hubiese tenido en cuenta, Cartago no habría caído derrotada en la Segunda Guerra Púnica, ni habría sido asolada en la tercera.

[17] No fue menor el castigo que los samnitas sufrieron por un error similar: haber desatendido el saludable consejo de Herennio Poncio 34 . A él, que aventajaba al resto en consideración y prudencia, le pidió consejo el ejército con su general al frente, que a la sazón era su propio hijo, sobre qué debía hacerse con las legiones romanas que se hallaban acorraladas en las Horcas Caudinas. Respondió Herennio que había que dejarlas marchar intactas. Preguntado al día siguiente acerca de la misma cuestión, contestó que había que exterminarlas, para ganarse el reconocimiento del enemigo gracias a un favor tan grande, o bien para que sus fuerzas quedaran rotas con un estrago tan considerable. Pero la irreflexiva temeridad de los vencedores, al desestimar esas dos salidas ventajosas, encendió para su perdición a las legiones que habían sometido bajo su yugo.

[18] A tantos y tan grandes ejemplos de sabiduría añadiré otro de menor importancia. Los cretenses, cuando quieren expresar la maldición más cruel contra aquéllos a los que odian encarnizadamente, les desean que se deleiten con malas costumbres. Con esta forma de juramento tan comedida, hallan una salida sumamente eficaz a su venganza, ya que desear en vano una cosa e insistir obstinadamente en ello constituye un placer rayano en la perdición.