Read the book: «Obras. La Andriana - El atormentado - El eunuco - Formión - La suegra - Los hermanos.»

Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JOSÉ ROMÁN BRAVO DÍAZ .
© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008
López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO444
ISBN 9788424937416
INTRODUCCIÓN GENERAL
1. VIDA DE TERENCIO
En contraste con la mayor parte de los autores de la Antigüedad, de cuya vida apenas contamos con un puñado de datos dispersos, de la de Publio Terencio Afro (Publius Terentius Afer ) podríamos hacernos una idea más cabal, ya que poseemos una Vita Terenti , compuesta por Suetonio, que nos ha llegado como introducción al comentario de Donato a sus comedias 1 . La Vita se ajusta al modelo estereotipado de la biografía de Suetonio y destaca por el manejo y confrontación de muy diversas fuentes. A ésta se suman otros testimonios, de entre los cuales destacan los prólogos de las propias comedias. Sin embargo, la relativa abundancia de noticias, antes que certidumbres sobre los pormenores de sus hitos vitales, suscita, más bien, una pluralidad de dudas razonables que a continuación trataremos de exponer 2 . No obstante, frente a los planteamientos hipercríticos de algunos estudiosos contemporáneos, quienes sostienen que todos los datos de la Vita son pura fabulación 3 , nosotros consideramos que, a pesar de las dificultades y reservas, es posible reconstruir en cierta medida los principales trazos de su biografía.
El más significativo e indiscutido de los datos que nos suministra la Vita es el relativo a su condición servil. Esclavo del senador Terencio Lucano 4 , de quien con la manumisión obtuvo el nomen , nuestro autor habría recibido una esmerada educación que fue resultado, como afirma Suetonio, del afecto que le profesaba su amo «por su talento y su belleza» (ob ingenium et formam ) 5 . Esta infamante nota, que, por otra parte, Suetonio consigna sin ningún tono peyorativo, persiguió al comediógrafo el resto de su vida: como veremos, habladurías posteriores difundieron las supuestas relaciones sexuales de nuestro autor con los aristócratas Lucio Furio Filo, Escipión Emiliano y Cayo Lelio 6 .
El resto de las noticias que transmite la Vita son más inciertas. Suetonio, con el Karthagine natus con el que da comienzo a su tratado, le atribuye un origen norteafricano —númida, gétulo e incluso púnico— 7 , que no ha sido aceptado por la totalidad de los críticos, ya que tal origen bien podría haber sido forjado a posteriori a partir de su cognomen, Afer . De un lado, tal cognomen podría haber sido heredado, como el nomen , de su patrono; y aunque hubiera sido un apelativo personal, éste bien podría deberse a una causa distinta: según el biógrafo, Terencio era de tez morena 8 , lo cual podría explicar tal cognomen . De hecho, el propio Suetonio da noticia del debate que los propios antiguos entablaron sobre su origen y la forma en que llegó a Roma. Así, en época de Augusto, Fenestela 9 ya planteó lo inverosímil de su condición de prisionero de guerra:
Hay quienes consideran que era un cautivo, posibilidad que Fenestela niega de plano, ya que él nació y murió entre el fin de la Segunda Guerra Púnica [a. 201 a.C] y el comienzo de la Tercera [a. 149 a. C]. Y que, de haber sido cautivado entre los Númidas o los Gétulos, tampoco habría podido llegar a su amo romano, pues entre los itálicos y los africanos no existió ninguna relación comercial hasta la destrucción de Cartago. (Suet., Vit . 1)
Según J. Marouzeau, también podría haber sido hijo de una esclava llegada a Italia junto a las tropas de Aníbal 10 . Incluso —apuntamos nosotros— podría haber sido un esclavo de origen itálico: en esta época era frecuente que los itálicos entregaran sus hijos a romanos complacientes, con el fin de que, tras un período de servidumbre, éstos pudieran adquirir la codiciada ciudadanía 11 .
Tampoco está clara su fecha de nacimiento. Muchos de los autores contemporáneos suelen asumir sin dificultades la cronología que suministra Suetonio, quien afirma que su vida discurrió en apenas los veinticinco años que median entre el 185-184 y el 159 a. C. 12 . Ahora bien, esta fecha coincide sospechosamente con la del fallecimiento de Plauto (184 a. C.) y bien pudiera ser resultado de un intento, tan al estilo del biógrafo, de establecer una línea de renovación generacional entre los comediógrafos latinos 13 , tal como también hizo con Cecilio Estacio (ca . 230-168 a. C.) 14 :
[Terencio] escribió seis comedias, de las cuales la primera es La Andriana [a. 166 a. C], Se cuenta que, tras entregarla a los ediles, se le ordenó que la recitara de antemano ante Cecilio en el curso de una cena. Como se hallaba vestido con excesiva modestia, leyó el comienzo de la comedia en una banqueta junto al diván, pero pocos versos después fue invitado a recostarse y cenar con él, terminando el resto de la lectura sin que Cecilio pudiera contener su admiración. (Suet., Vit . 3)
El relato ha sido frecuentemente criticado ya que, según San Jerónimo, Cecilio había muerto dos años antes del estreno de la comedia. Así pues, la anécdota sería una fabulación compuesta para conectar cíclicamente a los dos comediógrafos más importantes de la era post-plautina. En rigor, tales dudas respecto a su edad ya se suscitaron en la Antigüedad. Por Suetonio tenemos noticia del debate entre Fenestela, quien consideraba que Terencio era mayor que Escipión Emiliano (185-129 a. C.) y Lelio, y Cornelio Nepote, para quien todos ellos eran de edad similar. En apartados posteriores trataremos de aducir argumentos a favor de fijar su nacimiento diez o quince años antes. De todas formas, el más relevante a favor de una cronología larga es el hecho de que así su producción ya no tendría que ser considerada fruto de una asombrosa precocidad juvenil, sino resultado de un proceso de madura reflexión sobre la palliata .
Así las cosas, de las circunstancias biográficas de Terencio la única prácticamente indiscutible es la relativa a su origen servil. Quizás pudiéramos ver una huella de ello en la primera escena de Andria 15 , en donde la figura del esclavo ha quedado sustituida por la presencia excepcional de un liberto lleno de gratitud hacia su patrono 16 :
SIMÓN .— Desde que te compré, desde bien chico, sabes que en mi casa siempre has llevado un trato justo y benigno. Como me servías con la nobleza propia de un hombre libre, concediéndote la mayor recompensa que tenía, de esclavo te hice mi liberto.
SOSIAS .— Bien lo recuerdo.
SIMÓN .— No cambiaría mi decisión.
SOSIAS .— Simón, si en el pasado o en el presente he hecho algo que te haya agradado, me alegro, y te agradezco que, a tu vez, me guardes gratitud. Pero me molesta que me lo recuerdes porque es como si me reprocharas haberme olvidado de tus favores. (Andr . 35-44)
Una vez emancipado, el antiguo esclavo se enfrentaba a una vida en la que tenía que asumir los riesgos de la libertad. Había cambiado la seguridad de siervo doméstico, de favorito del amo, por la azarosa búsqueda del sustento cotidiano. En el final de Adelphoe , Terencio se hace eco de las dificultades del esclavo recién liberado 17 :
MICIÓN .— (…) Siro, venga, acércate a mí (Siro se acerca a Mición.): sé libre.
SIRO .— Haces bien. A todos os estoy agradecido, y muy particularmente a ti, Démeas.
DÉMEAS .— Me alegro. (…)
SIRO .— Te creo. Ojalá se alargue mi alegría al ver liberada conmigo a mi esposa Frigia. (…) ¡Ojalá todos los dioses te concedan siempre todo lo que les pidas, Démeas! (…)
DÉMEAS .— Mición, si sigues cumpliendo tu deber y le adelantas un poco en efectivo para que pueda ir tirando, él enseguida te lo devolverá.
MICIÓN .— ¡Ni un tanto así!
ÉSQUINO .— (Dirigiéndose a Mición .) Es hombre de provecho.
SIRO .— (Dirigiéndose a Mición .) ¡Por Hércules, que te lo devolveré! Dámelo ahora.
ÉSQUINO .— ¡Venga, padre!
MICIÓN .— Ya veremos.
DÉMEAS .— Lo hará. (Adelph . 970-983)
Así pues, debió resolver que lo más adecuado era recurrir a la educación recibida y probar suerte en el mundo del teatro, oficio que, como veremos, muchos otros de su condición también desempeñaron. Por tanto, no debemos entender la actividad literaria de Terencio como producto exclusivo de un intento de expresión estética personal. A diferencia del caso de Atenas, en donde el dramaturgo sólo compite por la gloria literaria y el prestigio cívico, el teatro en Roma es, sobre todo, una fuente de ingresos económicos para los elementos más dotados intelectualmente de las clases bajas. Y como consecuencia de ello, se desatará una feroz competencia entre los distintos autores, ávidos de que el Estado compre sus obras. El propio Terencio declara explícitamente que su rival, el comediógrafo Luscio Lanuvino 18 , había resuelto hacerlo caer en la miseria mediante calumnias y maledicencias:
Aquél [Luscio Lanuvino] procuró apartar de su vocación a nuestro autor y arrojarlo al hambre. (Phorm . 18)
No debemos tomar a la ligera esta afirmación 19 . Más allá de lo que puede ser una exageración propia del género, lo cierto es que para un ex esclavo pocas eran las posibilidades de garantizarse el sustento. Las eventuales dádivas de su antiguo amo o de sus ricos protectores no eran sino favores inseguros y, para no acabar ejerciendo en la vida el papel de parásito cómico, necesitaba procurárselo sobre bases menos dependientes de la voluntad ajena. Y no le faltó éxito en su empresa. En apenas siete años logró estrenar las seis comedias que escribió. Suetonio consigna que por Eunuchus se pagó la inusitada cifra de ocho mil sestercios, unos nueve kilos de plata 20 . Nunca hasta entonces había recibido comedia alguna suma semejante. En rigor, no podemos estar seguros de si esta cifra fue abonada a Terencio o al director de la compañía que estrenó la obra, Ambivio Turpión. En cualquier caso, obsérvese cómo la cantidad es en sí relativamente modesta, ya que ni de lejos se aproxima a las cifras que manejan los ricos personajes de sus propias comedias. Con ella, apenas hubiera podido comprar un esclavo. En consecuencia, el patrimonio que habría logrado reunir es ciertamente modesto: unos hortuli a las afueras de Roma, junto al templo de Marte entre el primer y el segundo miliario de la vía Apia, fincas que sumaban unas veinte yugadas romanas, apenas unas cinco hectáreas 21 . Más aún, según otras fuentes, ni siquiera habría logrado hacerse con ese menguado patrimonio. Por ejemplo, Porcio Lícino afirma que al final de su vida se vio en tal pobreza que ni tenía para una casa de alquiler. Según Rostagni 22 , esta noticia no sería sino el resultado del partidismo antinobiliario de Porcio. Sin embargo, tal situación no es nada extraña entre los escritores de la época. Recordemos el caso de Enio, quien, por falta de recursos, tuvo que compartir la misma casa en el Aventino con Cecilio Estacio. La necesidad económica debió acompañar a Terencio a lo largo de toda su vida:
Ahora [la comedia] se presenta como un auténtico estreno. Su autor no quiso representarla de nuevo por la siguiente razón, poder venderla de nuevo. (Hec ., pról. I, 6 y 7)
Tal reconocimiento de lo que ya Donato tachó de avaricia ha escandalizado a los críticos de épocas posteriores, hasta el punto de que han llegado a postular la existencia de una laguna en el texto 23 . Ahora bien, más que avaricia, se trata simplemente de la manifestación de lo que en la época era evidente para cualquier romano: el poeta necesitaba de los recursos económicos que le proporcionaba su actividad y no estaba dispuesto a administrarlos imprudentemente. Iba en ello su vida y la de su familia. Respecto a ésta, casi nada es lo que podemos decir. A su muerte habría dejado una hija que, años después, acabó casándose con un caballero romano.
Una de las cuestiones más debatidas de su biografía es la relativa a la plena autoría de su obra. Si bien la crítica de todos los tiempos le atribuye con firmeza las seis comedias que la tradición nos ha legado, ya desde la propia época del autor se alzaron voces que indicaban lo contrario: al parecer, tras Terencio se hallarían ciertos aristócratas que no habrían dudado en colaborar en su composición. Es Suetonio quien ofrece los nombres de estos personajes: Cayo Lelio, Escipión Emiliano y Lucio Furio. De igual forma, Nepote declara haber leído que Cayo Lelio era el autor de una de las escenas de Heautontimorumenos :
Nepote afirma haber hallado en un autor fiable que en unas calendas de marzo en su villa de Puteoli Gayo Lelio fue llamado por su mujer a la hora de comer y que él le había pedido que no lo interrumpiera. Finalmente, habiendo llegado tarde al triclinio, él había explicado que no siempre le salían las cosas tan bien cuando escribía; luego, al rogarle que le enseñara su escrito, había recitado aquellos versos del Heautontimorumenos: «Satis pol proterue me Syri promissa huc induxerunt [v. 723]» 24 . (Suet., Vit . 4)
Multitud de fuentes, incluyendo al propio Terencio, se hacen eco de tal acusación. Y contra lo que podría esperarse, nuestro comediógrafo no sólo no la refutó, sino que la admitió con orgullo como un cumplido:
Pues lo que dicen esos malintencionados, eso de que algunos hombres de la nobleza lo ayudan y suelen colaborar con él en su obra, cosa que ellos consideran gravísimo insulto, nuestro autor lo considera altísima alabanza, ya que esto complace a aquellos que os complacen a todos vosotros y al pueblo; y de cuya ayuda —ayuda carente de arrogancia— en la guerra, en la holganza o en los negocios, cada cual se ha servido según las circunstancias. (Adelph . 15-22)
Ahora bien, en época de Cicerón, Santra 25 vio claro que difícilmente podían ser Escipión Emiliano o Lelio, muy jóvenes a la sazón, los «homines nobiles» a cuya ayuda tanto debían los romanos y las obras de Terencio. Faltaba todavía tiempo para que ambos fueran las lumbreras de la nobilitas que serían décadas después. Si hubiera precisado de ayuda en su tarea —dice Santra—, podría haberse servido de otras personas cultas, como G. Sulpicio Galo, en cuyo consulado representó su primera comedia o Q. Fabio Labeón y Marco Popilio, ex cónsules y poetas. Sin embargo, L. Cicu ha intentado seguir manteniendo en la nómina de aristócratas cercanos a la obra terenciana a Escipión y a Lelio identificándolos con los «amici» del prólogo de Heautontimorumenos (v. 24) 26 . Según él, los prólogos de ambas piezas se referirían a distintos personajes: los «homines nobiles» de Adelphoe serían adultos de experiencia política y cultural y los «amici» un grupo de jóvenes nobles —¿por qué no Escipión y Lelio?— más cercanos a Terencio 27 .
Éstos son precisamente los mismos que más arriba hemos visto asociados a su nombre en relación con la acusación de haber sido sus compañeros sexuales. De hecho, la muy ambigua palabra latina amicus con que los designó podría haber dado lugar a los rumores recogidos por Porcio Lícino 28 . La muy diversa condición del ex esclavo y de estos nobles hacía que el perjuicio social fuera mucho peor para éstos que para el simple liberto, y en tal sentido hemos de entender que el ataque iba dirigido más contra ellos que contra Terencio 29 . En efecto, en Roma tanto la práctica homosexual como la actividad literaria centrada en géneros poco nobles merecieron la más absoluta repulsa:
Asimismo, Cayo Cosconio, acusado de haber transgredido la ley Servilia y culpable sin duda de muchos y muy evidentes crímenes, se libró de la condena por haber recitado en el juicio un poema de su acusador, Valerio Valentino, en el que mediante un juego literario daba a entender que había seducido a un muchacho distinguido y a una joven de condición libre. Los jueces consideraron injusto que prevaleciera quien no merecía llevarse la palma de la victoria a costa de su adversario, sino más bien ser él el vencido. (Val. Máx., VIII 1, 8)
A pesar de que la anécdota está datada en el año 102 a. C., no debía ser muy distinta la situación sesenta años antes. Valentino, por mucha razón que tuviera en la acusación contra Cosconio, se había entregado a un ejercicio literario que lo privaba de toda consideración social: versos eróticos y sentimentales, nugae e ineptiae predecesoras de la poesía de Catulo, inadmisibles para la rígida moral del siglo II a. C. Que un aristócrata romano desoyera las exigencias de su clase y se entregara a ejercicios literarios de muy baja estofa estaba fuera de lugar. Tan fuera de lugar como la práctica homosexual, a la que la narración de Valerio Máximo conecta esta literatura indigna. Así pues, si los aristocráticos amigos de Terencio estaban decididos a dedicar sus ocios a la comedia, tenían que precaverse muy bien del reproche social que comportaba tal actividad. Con todo, no salieron bien parados de su experiencia y se vieron envueltos en la acusación no sólo de haber mantenido relaciones sexuales con nuestro comediógrafo, sino también de participar en la farándula teatral 30 . Más aún, el malintencionado rumor no sólo hizo de estos jóvenes colaboradores de Terencio, sino que hubo quien afirmó que Terencio era un mero nombre tras el que se escondía Escipión. Así lo manifiesta una cita de un discurso de Cayo Memio conservada por Suetonio 31 : «Publio Africano, habiendo tomado prestada la personalidad de Terencio, llevó a escena bajo su nombre las comedias que había escrito en su casa por entretenimiento». Idea que también transmite Donato citando a Volcacio Sedígito 32 :
Las comedias, Terencio, que pasan por tuyas,
¿cúyas son? Estas comedias ¿no fue aquel célebre personaje,
investido de la más alta dignidad política,
el que dictaba la ley a los pueblos, quien las compuso 33 ?
(Apud Auct. Don., 9 )
Estos magros datos se completan con la descripción de las circunstancias de su muerte en 159 a. C. 34 De ella, la biografía de Suetonio ofrece tres versiones. Fuera cual fuera el motivo, habría emprendido un viaje ya a Grecia, ya a Asia Menor, del que nunca regresó. Volcacio Sedígito se limita a referir tal circunstancia; Quinto Cosconio 35 habla de un naufragio a su regreso; otros, sin especificar, referirían una versión más novelesca: murió de pesadumbre en Arcadia o en Leucadia 36 por haber perdido en el mar el conjunto de obras griegas que habría conseguido copiar en su viaje 37 . Tales noticias resultan sospechosas por varias razones. De un lado, que esta muerte casi inmediata a su última representación coincide con la de otros autores como Plauto, Nevio y Enio 38 ; de otro, que no se puede aceptar sin más que el motivo de su viaje fuera precisamente el de hacerse con un número de originales griegos para verterlos al latín. Pensar que un hombre de limitados recursos emprende una travesía a Grecia, territorio que en la época todavía no está bajo el control total de Roma, o a Asia Menor, a la que los romanos no accederán hasta treinta años después, en busca de manuscritos desconocidos supone posiblemente una deformación histórica en la que, sin duda, opera de forma proyectiva la propia visión del mundo de los aristocráticos intelectuales de épocas posteriores. Los trazos que de su vida hemos tratado de reconstruir hablan más bien de un hombre de modesta condición que considera su actividad como fuente de ingresos. Curiosamente, Suetonio parece no aprovechar bien una noticia que él mismo ofrece al transcribir el texto de Porcio Lícino, quien declara explícitamente:
Suis postlatis rebus 39 ad summam inopiam redactus est.
Itaque ex conspectu omnium abit in Graeciam terram ultumam.
(Suet., Vit . 2)
Versos en los que puede adivinarse que la actividad literaria desarrollada bajo la influencia de sus ricos amigos lo apartó de sus intereses (poslatis suis rebus ) y que, una vez que ellos lo abandonaron, acabó cayendo en la más absoluta miseria. Quizás ésa fuera la auténtica razón de su partida: no una especie de viaje de estudios —sin paralelos en la Roma de la época— 40 , sino el propósito de rehacer su maltrecha hacienda mediante alguna empresa mercantil. Así, la figura de Terencio se separaría de la imagen de Poggio y quedaría más cercana a la de Rimbaud; o, por no ir tan lejos, a la de Plauto, quien también emprendió un viaje de negocios en el cual perdió todo lo ganado en el teatro 41 .
Como ya hemos adelantado, casi ninguna de las noticias de la Vita de Suetonio resulta indiscutible: ni su origen, ni su vida, ni su muerte. El único punto sobre el que podemos establecer un acuerdo es precisamente sobre su condición servil, circunstancia en la que coincide también con muchos de los comediógrafos arcaicos. A ello se sumaría una segunda nota sobre la que las fuentes manifiestan unanimidad: su estrecha conexión con determinados aristócratas, quienes habrían apadrinado su actividad literaria. En el curso de siete años Terencio estrenó las seis comedias que escribió. Prácticamente una por año. Ello nos habla de la calidad de su obra. Pero sobre todo del «buen gusto» de los ediles que las pagaban. Salvo el caso particular de Adelphoe , estrenada en los juegos funerarios en honor de Lucio Emilio Paulo, el resto de las piezas fueron estrenadas en los juegos que periódicamente organizaba el Estado. Tal éxito habla de que quizás su teatro fuera mejor que el de sus competidores, en particular el venenoso Luscio Lanuvino, pero sobre todo de la poderosa influencia de sus amigos, interesados en ver estrenadas unas comedias que, salvo Eunuchus , difícilmente podían satisfacer los gustos de un público más deseoso, como veremos, de ser entretenido que de ser aleccionado.
