Read the book: «Nosotros sobre las estrellas»

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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Sarah Mey
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Nosotros sobre las estrellas, n.º 274 - agosto 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1348-700-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Agradecimientos
Si te ha gustado este libro…
A mis padres
Capítulo 1
JAMES
El día de hoy me resulta terriblemente aburrido. Y para qué mentir, también temible. He de ir a una boda, y odio las bodas. Por suerte, pude escapar del ensayo esta mañana, pero ya no hay salida. En unas horas he de estar en una celebración rodeado de gente que, aunque conozco, no me apetece ver. Me miro las manos y aprieto los puños hasta que los nudillos se me ponen blancos.
Estoy seguro de que mi hermano Mike está cometiendo un error. No me gusta esa chica para él y, por primera vez en mucho tiempo, aunque no me hayan dicho nada, estoy convencido de que mis padres están de acuerdo conmigo. No me malinterpretéis, no es que Jessica sea mala persona, es solo que es una exagerada a la que le encanta ser el centro de atención. Por lo que sé, su familia también es adinerada como la nuestra. Tienen una mansión enorme en las afueras y presumen de tener diversos y lujosos domicilios en lugares tan turísticos como París, Milán, El Cairo, Río de Janeiro, Grecia, Roma…
Ningún sitio al que no pueda ir con mi avión privado en unas horas. Al menos me consuela saber que Jessica no se casa con mi hermano por dinero. Aunque el motivo por el que en un principio creí que lo hacía me resulta aún peor que ese. Y la parte más rastrera de mí sigue creyéndolo.
Me tomo unos momentos para centrarme en disfrutar del lugar donde estoy. Una suave brisa mueve mi cabello oscuro con suavidad. Lo mantiene en el aire como si fuese una fina hoja, y luego lo deja caer de golpe. Suspiro y siento el duro banco debajo de mí. Estoy sentado en un parque y observo un gran lago donde los niños y los ancianos alimentan a los patos. Muchos de ellos de color blanco. Como mi color favorito.
Me quedo mirando una pluma que cae en el agua. Dibuja unas pequeñas hondas durante un instante sobre la superficie casi transparente. Cierro los ojos. Si me centro en este momento el día no parece tan horrible como va a serlo. El cielo brilla y me da directo en la cara. Noto cómo mi piel se calienta y disfruto de la agradable sensación. Llevo unas gafas de sol que hacen que no tenga que entrecerrar los ojos, una camisa de lino y unos pantalones en marrón claro a juego con unos zapatos del mismo color, pero un poco más oscuro.
Ya casi es la hora del almuerzo y siento cómo mi estómago se queja. Dudo entre ir a almorzar a algún restaurante cercano o volver a mi casa y comer algo allí. El hecho de que vaya a tener que estar obligado a ver a toda mi familia y soportar a demasiados invitados para mi gusto hace que me decante por ir a algún restaurante cercano. Es la primera vez que vengo a este lugar. Esta mañana me apetecía conducir y he estado al menos tres horas en la carretera. Supongo que mientras conduzco y escucho música mi mente es capaz de evadirse y de centrarse solo en lo que estoy haciendo. No suelo correr. No me van esas gilipolleces. No obstante, hoy he ido más rápido de lo que debería y eso me ha hecho olvidar por unos segundos la desagradable sensación que me araña por dentro. Que se cuela en mi interior como un monstruo y que me cuenta verdades inevitables al oído. Jessica no es buena para mi hermano. No después de lo que pasó entre nosotros. Esto es una mierda. Me meto las manos en los bolsillos. Sí, esto está fatal, y aun así quiero que salga bien, por mi hermano, porque él sí que se merece una gran boda.
Conducir sin saber a dónde iba acabó agobiándome. Aun así, no quería regresar tan pronto a casa. Precisamente por eso, a la vuelta, me metí en un barrio en el que nunca había estado y que me llamó la atención por estar poco transitado. Paz. Soledad. Aire libre. Eso era lo que necesitaba. Aparqué el coche y comencé a andar. Estoy aproximadamente a unos treinta minutos de mi casa, en la Quinta Avenida de Manhattan.
Me levanto del banco de color grisáceo y dirijo una última mirada al lago. Me recuerda a uno de los de Central Park, aunque es mucho más pequeño y aquí se respira más tranquilidad. Tal vez por eso me haya quedado más tiempo de la cuenta.
—Hola, James. ¿Cómo tú por aquí?
¡Oh, vaya! ¿Cómo puedo tener la suerte de encontrarme a gente que me conoce cuando me muero de ganas de estar solo? Me enfado casi al medio segundo de escuchar mi nombre.
La voz me suena familiar y la ubico en alguien a quien mi cerebro no quiere ver. Me giro quitándome las gafas de sol, para encontrarme con una chica preciosa, de ojos celestes y pelo rubio con un cuerpo atlético. Pasé con ella una noche hace unas dos semanas. La cosa no fue a más, aunque ella me buscó. De hecho, por muy extraño que suene, es la última chica con la que me acosté, y eso, en mí, que tengo fama de ir de flor en flor, es un gran logro. Desde que salí de su cama decidí que quería cambiar algo en mi vida, y que tal vez empezar por el tipo de mujeres con las que me acuesto pudiese ser un buen primer paso. Eso, y comenzar a centrarme en los exámenes que tengo a la vuelta de la esquina.
En cierto modo, quiero ser más responsable para enseñarle a mi padre que puede dejar el negocio familiar en mis manos dentro de unos años. La Red Armonie es una de las mayores empresas de negocios de Estados Unidos y tenemos filiales a lo largo de todo el territorio. Volviendo a la chica que tengo delante de mí, me está repasando con la mirada y me doy cuenta, elevando la cabeza, de que mi presencia logra ponerla nerviosa. Sé que quiere mi atención cuando frunce el ceño, esperando una respuesta.
—¿Y tú eras…? —pregunto a posta queriendo enfadarla y que me deje en paz, pero por lo visto no lo consigo y logro exasperarme.
Admito que la boda de mi hermano me tiene de los nervios. Y que a veces soy un capullo.
—Sophie —dice rápidamente apretando los labios con disgusto.
—Oh, sí, ya recuerdo —comento distraído mirando como un niño alimenta a un pato. Reprimo las ganas de acabar la frase con un… o eso creo… No quiero tentar la suerte. No sé qué decirle, ni cómo acabar la situación con cordialidad, así que prosigo la conversación de la forma más natural posible—: ¿Qué tal estás?
Ella sonríe satisfecha y yo me doy cuenta de que le ha gustado que le dé tema de conversación.
—Muy bien, aunque te estuve llamando después de esa noche.
A ver cómo le explico a esta chica que no quiero nada con ella sin parecer un borde. Se lo dejé muy claro antes de acostarnos. O al menos eso creí. Le dije literalmente que no buscaba nada serio con nadie en ese momento, y que con ella no iba a hacer una excepción. Prefería serle sincero a comerle la cabeza con mentiras y hacerle daño. Esa no es nunca mi intención respecto a las mujeres. Mi madre me educó para que las respetase, y hasta el día de hoy, eso he hecho. Así que, precisamente por eso, siempre he ido con la verdad por delante. Nunca las engaño y me parece de cobardes hacerlo.
—Lo siento, he estado ocupado y de todas formas creía haberte dejado claro que no quería nada serio.
La chica abre los labios y yo me pregunto si he hecho mal en recordárselo. No sería la primera en decirme que necesito una clase de tacto. Una parte de mí me reprende y pienso en que tengo que aprender a decir las cosas con más delicadeza. A la otra parte, hoy le da exactamente igual todo.
—Por supuesto. ¿Por qué ibas a cambiar de opinión, verdad? —me reprocha ella.
Tras decir eso, veo cómo algo en sus ojos cambia a la rabia y se da media vuelta, dispuesta a irse. No hago ningún comentario y la veo alejarse. Eso era lo que quería, al fin y al cabo. Estar solo. Y tampoco es que me gustase absolutamente nada de lo que salía por la boca de esa chica. La noche que quedamos tan solo me habló de sus amigas, de lo malas que eran porque siempre trataban de comprarse bolsos de mejores diseñadores que ella y de cómo menospreciaban sus caros vehículos. No me dijo nada en toda la noche que hiciese que tuviese ganas de quedarme con ella. Ni tan siquiera le preocupaba su futuro ni tampoco trabajaba ni estudiaba ni tenía intención de hacerlo. Por lo que me dijo, su mayor aspiración en la vida era ser una modelo de pasarela, o una influencer, pero creo que en ambos puestos se necesita tener un mínimo de inteligencia y currárselo. O eso quiero creer.
Camino distraído y ahora despreocupado cuando me quedo absorto mirando un pájaro en una rama cercana. Es una especie de loro que probablemente se le haya perdido a alguien. ¿Por qué lo sé? Tiene un collar con letras negras que parecen dibujar un nombre y un número de teléfono. Me acerco hacia el animal distraído y no me doy cuenta de que me interpongo en la carrera de una chica que choca de lleno con mi cuerpo. La agarro rápidamente antes de que caiga al suelo y no puedo evitar abrir los ojos con sorpresa.
—¿Qué diablos…? —comienza a decir, pero su voz también se detiene al verme.
Tiro de ella para incorporarla con cuidado y me disculpo.
—Lo siento, no te he visto. ¿Te he hecho daño?
Ella se queda mirándome como si no fuese capaz de encontrar su voz. Me mira tanto y tan seria que quiero volver a preguntarle lo mismo. Es una chica que me parece muy atractiva. Ojos oscuros y expresivos. Piel bronceada. Cabello castaño tirando a rubio. Me quedo como un tonto mirando cómo tiene mechas más rubias al sol. Creo que son naturales. Le saco unas dos cabezas, y va vestida con un uniforme de alguna compañía deportiva.
—No —dice tosiendo y aclarándose la garganta, sin embargo, ambos sabemos que ha estado demasiado tiempo observándome—. A ver si tienes más cuidado.
Bufo con sorpresa por su cambio de actitud y le dirijo una sonrisa burlona. Me gustan las mujeres con carácter.
—Tú tampoco ibas atenta al camino.
Ella pone los ojos en blanco y no puedo evitar elevar levemente las comisuras de los labios ante ese gesto.
—¿Me estás vacilando? Oye, no tengo tiempo para esto, llego tarde a trabajar —se apresura a decir torciendo el gesto en una mueca.
Sale disparada sin darme oportunidad alguna de decirle nada más. Me quedo mirándola mientras se aleja. Su actitud ha logrado enfadarme, y no tengo nada mejor que hacer que seguirla a una prudente distancia, intrigado. Bueno, y coger al maldito loro para marcar el número de teléfono que viene en el collar. No me cuesta mucho trabajo y seguro que hay alguien preocupado buscando al animal. Perico, me confiesa que se llama. Y aunque al principio se resiste un poco y me da un picotazo, luego parezco caerle bien.
—¿Y tú qué diablos sabes decir, Perico?
El loro me mira y, haciéndome sonreír, responde:
—Diablos. Ohhh. Síííí…
Observo a la chica a la que aún no he perdido de vista en la lejanía y bufo ocultando una carcajada. Desde luego que el estrés de este día me está pasando factura. Me estoy volviendo loco. Eso tiene que ser. ¡Este animal no ha podido imitar un sonido erótico! ¡Me niego a pensar eso! Aún divertido y pidiéndole al loro que lo repita de nuevo, me acerco a un puesto de perritos calientes para comprar uno. El loro lo repite justo cuando la chica encargada me ofrece mi almuerzo. Ella abre los ojos al darse cuenta del sonido que está haciendo el loro. Me muerdo los labios para no decir alguna grosería y estallo en risas por dentro. La chica mira asombrada al animal. Yo noto cómo las palabras me vibran en la garganta. O digo algo o estallo. Y sobre todo cuando Perico repite otra vez lo mismo.
—Oh, diablos, oh, sí.
Enarco una ceja hacia la dependienta, quien se tensa un poco de hombros.
—Y eso no es nada. Él se entera de la mitad de lo que ocurre en mi casa —bromeo, a lo que ella también ríe por la forma en la que se lo digo mientras me alejo.
Miro el pequeño perrito caliente y pienso que con eso no voy a llenarme. Niego con la cabeza, quitándole importancia, mientras en mi hombro Perico sigue haciendo sonidos que llaman la atención de los demás transeúntes. Ya me cansaré de comer luego en la boda, y aunque esté seguro de que habrá muchas mujeres en ella, estoy convencido de que ninguna me daría largas de la forma en la que lo acaba de hacer esta chica.
Capítulo 2
MAISIE
Acabo de chocarme con el hombre más guapo que he visto en toda mi vida y lo más inteligente que se me ha ocurrido decir es que me dejase en paz. Sus ojos verdes y profundos me persiguen sin poder evitarlo y no soy capaz de sacarlos de mi cabeza. Ni su cara. Nunca he visto a un chico tan atractivo. De verdad. No exagero. Y por si eso fuese poco, olía tan bien a un olor varonil y fresco que nada más olerlo me quedé sin habla unos segundos. Inspiré ese aroma de una forma tan desesperada que me puse a la defensiva nada más darme cuenta de lo que estaba haciendo. Solo espero que no se percatase, ya que no quiero quedar, aparte de como una maleducada, como una loca que va aspirando olores de personas desconocidas. Esto último me sorprende en demasía porque jamás me ha pasado con nadie.
—Hola —saludo a un conocido mientras sigo deslizándome por las calles con rapidez.
Hoy estoy especialmente nerviosa porque mi hermana se casa esta tarde con un hombre al que apenas conozco, en una de las mansiones de su familia.
Miro al cielo y sonrío al ver que hace buen día. Siempre me han gustado los días soleados, y mi hermana se merece uno así en su boda. Se me hace tan extraño pensar que mi hermana se va a casar que aún estoy esperando que me diga que es una broma en cualquier momento. No puedo evitar sonreír. Mi hermana Jessica tiene veinticinco años y lleva menos de siete meses con Mike. Además, no sé absolutamente nada de su familia salvo que es adinerada, porque tanto él como Jessica se han asegurado de marcar las distancias entre ambas familias. Es más, hasta hace un mes no conocí a Mike. Sinceramente, me cayó como una patada en el estómago. Se le veía el típico niño mimado y consentido al que sus padres se lo han dado todo. Tal y como a mi hermana. Quizás por eso se enamorasen. Yo, en cambio, no quiero más de lo necesario de mis padres. Por eso estoy corriendo al trabajo el día de la boda de mi hermana. He pedido permiso para faltar, pero ni que decir tiene que al dueño le ha sido imposible dármelo debido a la gran cantidad de clientes que tenemos en estas fechas. Operación biquini lo llaman. Pongo los ojos en blanco. Lo único que hace falta para tener un cuerpo biquini es ponerte uno. Fin. Todos los cuerpos son bonitos si se ignoran los absurdos roles de perfección que la sociedad quiere imponer. Volviendo a mi jefe, como dos de mis compañeros están de baja, y su hijo, que es otro trabajador, tiene una fisura en un músculo de la pierna que le impide dar sus clases hasta dentro de unas semanas, lo máximo que ha podido hacer es decirme que me vaya unas dos horas antes de que comience la boda para que me dé tiempo a arreglarme.
La boda será a las siete de la tarde, así que he de trabajar hasta las cinco. Mis padres lo han desaprobado en rotundo, animándome a dejar el trabajo. ¡Ni que decir tiene que mi hermana me ha pedido lo mismo! Pero no, no pienso dejarlo. Me gusta sentirme útil y ser capaz de pensar que puedo ganar algo de dinero por mi cuenta.
Me llevo una mano a la parte media del abdomen. Aún noto el almuerzo en el estómago y no debería llevar este paso tan apurado, pero el ir tan rápido me ayuda un poco a calmar los nervios. Aunque en realidad mi cuerpo me pida correr, estoy segura de que no es buena idea hacerlo justo después de comer, y mucho menos con mi problema.
Vuelvo a centrar mis pensamientos en la boda. He estado en muchas bodas, pero jamás he sido dama de honor. Tal vez por eso me hace tanta ilusión esta. Además, voy a llevar un vestido pomposo y de color rosa, y aunque delante de mi hermana y de mi madre me quejase por el diseño, me hace ilusión llevarlo. Creo que no hay otra ocasión más ideal para llevar un vestido de ese tipo. Suspiro y entro por la puerta del trabajo. Go Gym me recibe con un olor mezclado y disperso. Soy la tonta de los olores. Y me encanta el olor a limpio, por eso no me gusta lo más mínimo el aroma a sudor que percibo nada más entrar en el pequeño gimnasio familiar.
Saludo a la recepcionista, Micaela, una chica nueva que lleva poco tiempo en plantilla y a la que le hice un tour el primer día para que supiese dónde estaba cada cosa. Nadie tuvo ese detalle conmigo cuando llegué, y me sentí tan fuera de lugar que quise ayudarla a sentirse más cómoda.
—¿Qué tal estás? —le pregunto.
—Genial —me responde ella—. Pásalo bien cuando salgas y disfruta mucho por mí.
Intercambiamos una sonrisa y cronometro el tiempo que voy a tener luego para llegar, ducharme, peinarme, maquillarme y vestirme. Mi hermana ha contratado a una estilista, a varias peluqueras y a varias maquilladoras, así que no creo que tenga problemas con nada de eso. No me gusta que me maquillen otras personas, ya que me gusta llevar un maquillaje natural o directamente no llevar nada, pero la ocasión merece que le de ese gusto a mi hermana.
Ella trabaja en la empresa de mi padre, aunque va solo en horario de mañana, y si todo va bien con mi carrera universitaria, yo también acabaré trabajando en alguna gran empresa. Espero no tener que recurrir a trabajar en la de mi padre ni soportar que me vean como el ojito derecho del jefe. No, no me va eso. Por mucho que mi padre insista en que trabaje para él, si entro a trabajar en algún lugar quiero que sea por mérito propio a no ser que no me quede más remedio. Hasta entonces estoy trabajando de entrenadora personal en este lugar que, bueno, aunque no paguen mucho, me sirve para tener un poco de independencia sin tocar nada del dinero heredado de mi cuenta corriente.
Saludo a todos los clientes y veo gracias a un espejo cómo uno de ellos me mira el trasero cuando le doy la espalda. Lo ignoro mientras saludo a otro con una sonrisa. En cierto modo no sé mucho sobre musculación, simplemente me hice un curso de entrenadora personal, eché varios currículums y me llamaron. Creo que a mi jefe le sirvo de más ayuda cuando se trata de arreglarle papeles que de poner un buen entrenamiento a los usuarios del gimnasio.
—Buenos días, Maisie, ¿crees que puedes echarle una ojeada a los papeles que tengo en mi despacho?
La voz de mi jefe llega a mis oídos y me hace sonreír.
—Claro que sí, sin problemas —le respondo sabiendo que es un hombre que apenas entiende de algo más que de facturas.
Entro en su despacho y me entretengo leyendo y arreglando los papeles que hay en su mesa. Estoy en el segundo curso de la carrera en Administración y Gestión de Empresas y he cumplido los diecinueve años hace poco, pero como mi padre también trabaja rodeado de papeles tengo bastante experiencia, así que no me cuesta ningún trabajo ayudar a mi jefe. En su mayoría son cosas sencillas.
Al cabo de aproximadamente una hora salgo del despacho y no puedo evitar quedarme anonadada mientras veo al mismo chico con el que me choqué en el parque. Está en el gimnasio y entrena despreocupado de una manera tan elegante y correcta que no puedo evitar quedarme mirándolo. Soy consciente de que no soy la única mujer que lo observa descaradamente. Incluso Micaela lo mira de reojo. El chico parece notar mis ojos fijos en él, porque se gira hacia mí y me atraviesa con una mirada clara de ojos verdes que me deja sin aliento, casi ahogándome como si me hubiese metido de cabeza en un lago del que no pudiese salir por mucho que lo intentase. El tiempo parece detenerse y esa mirada es capaz de absorberme. Ahora que no voy con prisa, observo su rostro fijamente. Jamás he visto tanta perfección junta. Su cabello es castaño oscuro, sus cejas y pestañas también son oscuras, sus ojos increíblemente verdes y muy intensos, su nariz fina y sus labios gruesos, pero no gordos, en un término medio que me encanta. Me resultan atractivos y poso la mirada en ellos como si fuesen una especie de imán. Lo miro con seriedad, furiosa por cómo me hace sentir con su mera presencia, como si él fuese superior a mí. Y no, nadie es superior a nadie. No tiene derecho a hacerme sentir así. ¿Qué estoy diciendo? Soy yo la que le dejo causar este efecto en mí. Abrumador. Así definiría lo que siento en este preciso instante. Trago saliva y tomo una bocanada de aire justo en el momento exacto en el que uno de los hombres más sudorosos del gimnasio pasa por mi lado.
—Puaj… —se me escapa en un breve sonido que estoy segura de que nadie ha escuchado.
Nadie, salvo ese atractivo chico que creo que me ha leído los labios y que trata de ocultar una sonrisa con dos dedos sobre sus perfectos y carnosos labios. Ese gesto vuelve a mosquearme y me giro buscando algún chico o chica a los que orientar haciendo ejercicios o con los que hablar, tratando de ignorarlo a pesar de que todo mi cuerpo quiere acercarse a él con una necesidad que hasta me asusta. De nuevo, pienso que nunca antes me había pasado nada similar.
—¿Cómo vas, Greg? —le pregunto a uno de los chicos que están haciendo piernas en la prensa.
El chico me sonríe y lanza un grito de dolor al hipertrofiar los músculos con la máquina buscando su límite.
—¡Vamos, una más! ¡Tú puedes! ¡¿Es que acaso eres un novato?! ¡Una más he dicho! —le animo sacando mi lado más bestia de entrenadora personal y el chico hace no una, sino dos repeticiones más.
—¡Bien, así se hace, Greg!
—¡Eres la mejor, Mais!
Mais. Esa es su forma cariñosa de llamarme y la que ha acuñado casi todo el gimnasio para dirigirse a mí. Antes de eso tan solo mi familia me llamaba así, y tengo que reconocer que al principio me molestaba que Greg se tomase la confianza de no llamarme por mi nombre completo. Ahora, la verdad es que hasta me gusta.
Siento una presencia tras de mí y lo veo a través de otro de los espejos que cuelgan en las paredes del gimnasio. No puedo evitar ponerme nerviosa al sentir esa mirada verdosa como el más fresco roble en mí. Me giro con un pellizco de nerviosismo en la boca del estómago y me traspasa con la mirada. Su actitud es altiva y divertida al mismo tiempo, casi burlona. No puedo negar que su presencia es imponente, y fuerte. Su presencia es de esas que cuando llega a un lugar capta la atención y sabes que está ahí.
—¿Quieres algo? —le pregunto sintiéndolo tan cerca de mí que tengo el impulso de retroceder un paso.
De nuevo ese adictivo aroma me atraviesa. Greg y los demás hombres que estaban con él se han ido a otra máquina del gimnasio y me he quedado a solas con este chico. Es como si su persona me hiciese evadirme de todo, y eso me pone alerta. Demasiado alerta. Elevo la barbilla y alzo una ceja, esperando su respuesta que no tarda en llegar.
—¿Ahora sí tienes tiempo para mí?
Su voz me atraviesa sensual y ronca. Es innegablemente apuesto, y me lo parece mucho más ahora que va vestido con ropa deportiva y puedo apreciar su fibroso cuerpo.
—No puedo creerme que estés tan necesitado de atención que has tenido que venir a buscarme a mi trabajo —le respondo sin darme tiempo a pensar lo que quiero decir y soltando lo primero que se me viene a la cabeza.
Veo cómo mis palabras le molestan por la forma en la que se pasa la lengua por la boca y luego se muerde el labio. Es un gesto que no dura más de un segundo y que me ha parecido toda una eternidad. No puedo apartar la mirada de su boca. Ese gesto me ha desarmado, pero sé que mi frase ha causado el mismo efecto en él.
—Tan solo pasaba por aquí y he pensado que podía entrenar un rato. ¿Hay algún problema con eso?
La forma en la que su voz suena algo molesta me hace sonreír levemente.
—Sí, ¿qué haces que no estás entrenando?
Él suelta una carcajada engreída. Me sorprende el hecho de que no me molesta, es más, me acaba de gustar escucharlo reír. Es aún más cautivador cuando sonríe y se le forma un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha.
—Tienes razón —dice él, jactancioso—. ¿Quieres entrenar conmigo o te da miedo?
Me acaba de retar y parece que tiene la sonrisa del diablo en sus labios. Ojalá aprenda a decir que no. Ojalá pueda dejar de perderme en esos ojazos verdes y en esa dentadura perfecta.
—Me da miedo —le digo, y él parece sorprendido por mi supuesta bajada de pantalones—. Claro que me da miedo. No quiero que te lastimes por sobreentrenar si entrenamos juntos. Ya sabes… no sé si podrás seguirme.
Él vuelve a reír como si no se creyese lo que está escuchando, pero de pronto se pone serio y hay algo rematadamente sexy en su expresión.
—Me encantaría sobreentrenar contigo —dice con tanta sensualidad que todas mis hormonas responden ante él.
Su frase me ha llevado por pensamientos oscuros. Si aún tenía algo de compostura, acabo de perderla.