Read the book: «Libros proféticos del Antiguo Testamento»
LOS LIBROS PROFÉTICOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO
Interpretación eficaz hoy
Samuel Pagán

Nota biográfica del autor
SAMUEL PAGÁN es un académico puertorriqueño que se ha distinguido en el complicado y desafiante mundo de las traducciones de la Biblia. Y es uno de los eruditos latinoamericanos de más aprecio y reconocimiento internacional en las postrimerías del siglo XX y comienzos del XXI. Sus contribuciones al mundo del saber no han sido pocas: ha escrito y publicado más de cuarenta libros y cientos de artículos sobre asuntos bíblicos, teológicos y literarios; además, ha organizado, trabajado o editado varias Biblias de estudio en castellano, que han superado las líneas denominacionales y nacionales. En la actualidad sirve como profesor de Sagradas Escrituras y decano del Centro de Estudios Bíblicos en Jerusalén. Posee varios grados doctorales de universidades y seminarios de gran prestigio y reconocimiento académico.
Pagán ha sido reconocido en diversas partes del mundo, tanto en foros académicos y eclesiásticos, como en contextos interreligiosos y gubernamentales por sus buenas aportaciones al conocimiento y por sus investigaciones y libros, que han ayudado de forma destacada a las traducciones, el estudio y la comprensión de la Biblia. Su labor literaria, investigativa y docente ha contribuido a la salud integral y al mejoramiento de la calidad de vida de millones de hombres y mujeres en el mundo de habla castellana. Junto a su esposa, la doctora Nohemí Pagán, viven en Kissimmee (Florida) y Jerusalén.
Dedicatoria
Dedico este libro en torno a la literatura profética en la Biblia a los hermanos y las hermanas de las Iglesias Cristianas (Discípulos de Cristo) en Hato Nuevo, Brooklyn (Nueva York), Santa Juanita, Miami (Florida) y Bella Vista-Caná. Esas congregaciones contribuyeron de forma destacada en mi formación espiritual y profesional…
Gracias, muchas gracias, muchas veces…
Contenido
Portada
Portada interior
Nota biográfica del autor
Dedicatoria
Prefacio
Los profetas
Nuestro estudio
Agradecimientos
1. Los profetas en la Biblia hebrea
Los libros proféticos
Antecedentes de la profecía bíblica
La literatura y el mensaje de los profetas
Medios de comunicación profética
Los géneros literarios
La influencia del mensaje de los profetas
2. El libro del profeta Isaías
El profeta
Entorno histórico
El libro
Mensajes de juicio contra Judá y Jerusalén
El «Libro de Emanuel»
Oráculos contra las naciones extranjeras
Apocalipsis de Isaías
Mensajes de juicio contra Judá e Israel
Juicio a las naciones
Narraciones relacionadas con el rey Ezequías
Mensajes de consolación
Poemas del Siervo del Señor
Mensaje a los repatriados de Babilonia
3. El libro del profeta Jeremías
Jeremías y su contexto histórico
El libro
Mensajes contra Judá y Jerusalén
Las confesiones de Jeremías
Relatos autobiográficos y mensajes de salvación
Oráculos contra las naciones paganas
La caída de Jerusalén
4. Libro del profeta Ezequiel
El mensaje
Ezequiel el profeta
Influencias de otros libros de la Biblia en Ezequiel
El libro de Ezequiel
Contexto histórico
La teología del libro
El señorío de Dios
La santidad divina
Reclamos éticos y cúlticos
Responsabilidad personal
Pecado humano y misericordia divina
El Mesías
La idolatría
Crítica a la ortodoxia religiosa de su época
Ezequiel en las sinagogas y las iglesias
5. El libro del profeta Daniel
El libro
Peculiaridades literarias y teológicas del libro
Fechas de composición y autor
Contextos históricos y canónicos
Mensaje de Daniel
Teología
6. Los profetas menores
El libro de los doce o los profetas menores
1. El libro de Oseas
El matrimonio y la familia de Oseas
Infidelidad, castigo y restauración de Israel
2. El libro de Joel
El día del Señor
3. El libro de Amós
Mensajes de juicio
4. El libro de Abdías
5. El libro de Jonás
La narración de la obra
6. El libro de Miqueas
El mensaje de Miqueas
7. El libro de Nahúm
El mensaje de juicio
8. El libro de Habacuc
9. El libro de Sofonías
El día del Señor
10. El libro de Hageo
La reconstrucción del templo
11. El libro de Zacarías
El mensaje de restauración
El futuro de la restauración
12. El libro de Malaquías
Mensaje del libro
Bibliografía
Créditos
Prefacio
Escuchen esto ustedes, los de la familia de Jacob,
descendientes de Judá,
que llevan el nombre de Israel;
que juran en el nombre del Señor,
e invocan al Dios de Israel,
pero no con sinceridad ni justicia.
Ustedes que se llaman ciudadanos de la ciudad santa
y confían en el Dios de Israel,
cuyo nombre es el Señor Todopoderoso:
Desde hace mucho tiempo
anuncié las cosas pasadas.
Yo las profeticé;
yo mismo las di a conocer.
Actué de repente,
y se hicieron realidad.
Porque yo sabía que eres muy obstinado;
que tu cuello es un tendón de hierro,
y que tu frente es de bronce.
Por eso te declaré esas cosas desde hace tiempo;
te las di a conocer antes que sucedieran,
para que no dijeras:
“¡Fue mi ídolo quien las hizo!
¡Mi imagen tallada o fundida las dispuso!”
ISAÍAS 48.1-5 (NVI)
Los profetas
Una vez más me propongo estudiar, analizar, exponer y explicar la literatura profética en la Biblia hebrea, o en nuestro Antiguo Testamento. Ya lo he hecho en otras ocasiones, y siempre es un gusto ponderar esta extraordinaria obra, que tiene valores teológicos y religiosos, virtudes espirituales y éticas, enseñanzas prácticas y relevantes, y que contribuye positiva y significativamente a las vivencias políticas y sociales, tanto en las iglesias y las sinagogas como en la sociedad contemporánea en general.
Nuestro acercamiento en este libro, a esa singular y extraordinaria literatura profética, se fundamentará principalmente en el canon hebreo, que une en la gran sección de los nebi’im o los profetas a los llamados «profetas anteriores» y «los profetas posteriores». Los primeros, tradicionalmente identificados como «libros históricos», incluyen Josué, Jueces, Samuel y Reyes; y los segundos Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel y los doce, que en la tradición cristiana se conocen mejor y generalmente como profetas menores.
Llegaremos a esta literatura desde varias perspectivas. En primer lugar vamos a presentar las peculiaridades temáticas, literarias y teológicas de los libros, al mismo tiempo que identificamos sus antecedentes y los diversos contextos históricos, sociológicos, políticos y religiosos, que enmarcaron esta obra tan importante. Además, nos interesa explorar algunos temas que pueden servir de puente para traducir, actualizar y transformar esos desafiantes y antiguos mensajes proféticos, en medio de las vivencias contemporáneas, tanto para los creyentes individuales como para las comunidades de fe y la sociedad en general.
El profetismo en Israel es una fuerza determinante y extraordinaria que contribuyó sustancialmente al desarrollo del judaísmo y, posteriormente, al nacimiento, crecimiento y ministerio de las iglesias. El énfasis que los profetas les dieron, por ejemplo, a los valores de la paz, la justicia, la dignidad humana y la esperanza constituyen una contribución destacada al desarrollo de una experiencia religiosa saludable, grata, sana, transformadora y liberadora. Y fueron los profetas, además, los que le dieron fundamento teológico y temático a los mensajes desafiantes de Jesús de Nazaret, le brindaron al apóstol Pablo el andamiaje religioso, educativo y filosófico para llevar a efecto su gran tarea misionera, y le permitieron al famoso vidente y profeta del Apocalipsis articular, con sentido de dirección, esperanza y seguridad, su extraordinario mensaje de gracia, juicio, esperanza y futuro.
Nuestro estudio
Nuestro estudio analizará prioritariamente el mensaje y las enseñanzas de los profetas clásicos, que provienen de diversas épocas, tanto preexílicas como exílicas y postexílicas. Evaluaremos las muy serias contribuciones teológicas y éticas que se incluyen en los libros de los grandes profetas de Israel, como Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel para descubrir la importancia de sus palabras, valores, enseñanzas y desafíos para historia y la sociedad contemporánea. Por ejemplo, veremos cómo el mensaje del libro del profeta Isaías influyó de manera destacada en el pensamiento teológico, el estilo de vida, prioridades y ministerio transformador de Jesús de Nazaret.
En nuestro análisis hemos tomado muy seriamente en consideración los estudios recientes en torno a la profecía bíblica. Esos estudios, que no han sido pocos ni superficiales, guiarán nuestras reflexiones para presentar a los lectores y las lectoras de esta obra el estado actual de las investigaciones en torno al fenómeno profético, y también de la literatura que presenta ese singular movimiento religioso en la Biblia, que no solo es espiritual y religioso, sino social y político. Mi objetivo es poner en manos de la gente de fe, y de estudiantes de diversos niveles educativos en el mundo de habla castellana, el resultado de los estudios recientes en torno a la segunda parte de las Biblias hebreas, la sección de los profetas, específicamente la literatura conocida como «profetas posteriores».
Dos fuerzas mayores, entre otras, han guiado la investigación y las reflexiones en torno a la literatura profética durante las últimas décadas. Por un lado, los continuos descubrimientos arqueológicos nos han permitido estudiar y comprender mejor el contexto de la profecía bíblica y de sus representantes. Esos descubrimientos nos han ayudado a comprender mejor el contexto histórico general de Oriente Medio, del cual el pueblo de Israel era parte integral. Y ese análisis nos permite ubicar el fenómeno del profetismo bíblico y sus representantes en un contexto social, político y religioso más amplio y general.
Además, para nosotros ha sido muy importante evaluar los estudios recientes y los análisis críticos de la literatura de los pueblos vecinos del Israel antiguo. Esa literatura nos ha permitido descubrir detalles históricos, lingüísticos, sociológicos y religiosos que, en ocasiones, esclarecen el mensaje y las intenciones de los profetas bíblicos. Esos paladines de la justicia y la rectitud eran líderes religiosos con autoridad moral en medio de las comunidades hebreas preexílicas y el pueblo judío que tomó forma luego de las experiencias adversas y vivencias amargas del exilio, tanto en Babilonia como también en la Palestina antigua del período postexílico.
Nuestro acercamiento a los temas expuestos también ha tomado en consideración la importancia ética del mensaje de los profetas para la sociedad contemporánea. En efecto, profetas como Amós y Oseas contribuyeron positivamente, y de forma destacada, a la vida y salud del pueblo en momentos de adversidades políticas, económicas y sociales, y en medio de las crisis espirituales, éticas y religiosas. Esos profetas de antaño, como Miqueas, Joel y Nahúm, leyeron, analizaron y criticaron al liderato religioso y político de la época, e hicieron recomendaciones prácticas, sobrias y sabias al pueblo y sus líderes para que pudieran superar las adversidades y los problemas personales, familiares, nacionales e internacionales.
Deseamos en esta obra, como los profetas de antaño, desafiar también a las comunidades de fe contemporáneas a que contribuyan a la implantación de la justicia en el mundo actual, que es el fundamento más importante para el establecimiento y el disfrute de la paz. Este libro, a su vez, analiza a los profetas de antaño, e incentiva el desarrollo de estilos de vida y la afirmación de prioridades que propicien la convivencia pacífica, respetuosa, justa y grata en las sociedades hispanoamericanas.
Agradecimientos
Una palabra final de gratitud es necesaria para concluir este prefacio. Muchas personas han colaborado, de forma directa e indirecta, en el nacimiento, la redacción, el desarrollo y la edición de este nuevo libro en torno a los profetas bíblicos. En primer lugar, es pertinente agradecer a los hermanos y las hermanas de una serie de congregaciones locales que facilitaron y bendijeron nuestra formación espiritual y profesional. A las siguientes congregaciones de los Discípulos de Cristo va nuestro agradecimiento sincero y público: Hato Nuevo (Guaynabo), Brooklyn (Nueva York), Santa Juanita (Bayamón), Miami (Florida) y Bella Vista-Caná (Bayamón).
En medio de esas extraordinarias congregaciones estudié y analicé el mensaje de los profetas, y en esos contextos eclesiásticos íntimos y de fe aprendí la importancia del profetismo real, pertinente, contextual, inmediato, desafiante, visionario y concreto, que afirma con certeza y seguridad que la paz y la dignidad humana solo se hacen realidad cuando se fundamentan en la nobleza, la integridad y la justicia.
En medio de esos buenos hermanos y hermanas en la fe ensayé los primeros mensajes que cincelaron permanentemente mi teología. Y en esos contextos eclesiásticos recibí las respuestas iniciales a mis reflexiones teológicas, que ciertamente eran jóvenes e incipientes. Gracias… Muchas gracias… Muchas veces…
Además, le agradezco a Alfonso Triviño, de Editorial CLIE, la invitación a escribir este libro. Hemos comenzado una buena relación literaria y editorial, que esperamos supere los linderos del tiempo. CLIE ha entendido la importancia de publicar libros que desafíen la inteligencia y que también afirmen la fe. Gracias…
Y a Nohemí, que siempre escucha mis conferencias y mensajes, lee pacientemente mis escritos y libros y evalúa con criticidad y amor mis enseñanzas, reflexiones y teologías… A ella va mi más honda expresión de gratitud. Gracias…
Culmino este prefacio aludiendo a las magníficas palabras del poeta y profeta bíblico, que afirma con claridad y seguridad la capacidad divina de comunicación:
Lo que pasó, ya antes lo dije, y de mi boca salió; lo publiqué, lo hice pronto, y fue realidad.
Dr. Samuel Pagán
Orlando, Florida
Jerusalén, Tierra Santa
1
Los profetas en la Biblia hebrea
La palabra del Señor vino a mí:
«Antes de formarte en el vientre,
ya te había elegido;
antes de que nacieras,
ya te había apartado;
te había nombrado profeta para las naciones».
JEREMÍAS 1.4-5 (NVI)
Los libros proféticos
La Biblia hebrea se divide en tres secciones mayores y básicas: la ley (Torá), los profetas (Nebi’im) y los escritos (Ketubim). La segunda, que es la mayor, conocida como «los profetas», a su vez se divide en dos partes: «profetas anteriores» y «profetas posteriores». En el primer grupo se incluyen las obras de Josué, Jueces, Samuel y Reyes; en el segundo, los libros de Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel (siguiendo el canon cristiano) y los doce. Cada sección de los profetas en el canon hebreo consta de cuatro rollos, pues los judíos contaban los dos libros de Samuel y Reyes como uno, así también como el de los doce, que también es conocido como los «profetas menores» en las ediciones cristianas de las Escrituras.
Los llamados «profetas posteriores» en las publicaciones hebreas, o «profetas mayores y menores» en las ediciones cristianas, incluyen una serie de mensajes y oráculos que transmiten la voluntad de Dios al pueblo de Israel en diversos períodos de la historia nacional. Específicamente, anuncian esa necesaria palabra divina de esperanza y vida al pueblo y sus líderes, desde los tiempos posteriores al establecimiento de la monarquía (después del siglo x a. C.), hasta la importante época postexílica (después del siglo v a. C.), en la cual el pueblo regresó del exilio en Babilonia o se quedó viviendo en la llamada diáspora judía en diversas naciones del Oriente Medio.
Ese extraordinario grupo de autores, profetas, poetas, educadores, predicadores, visionarios y activistas le dieron al pueblo una perspectiva de la historia que incorporaba los temas de la integridad y la esperanza como valores espirituales, éticos y morales impostergables. Esos líderes le brindaron a la sociedad y la historia una perspectiva de la vida que incorpora los valores que representan la voluntad de Dios en medio de las vivencias cotidianas del pueblo.
La importancia del profetismo en la Biblia se pone claramente de manifiesto al identificar y estudiar la gran afirmación teológica y social que describe la religión del pueblo de Israel como «profética». El sentido primario de esa declaración es que los profetas, en el desempeño de sus ministerios, intentan comunicar el mensaje divino al pueblo en categorías pedagógicas, morales, éticas, religiosas y espirituales que la comunidad pudiera entender, afirmar, asimilar, vivir, disfrutar, compartir y aplicar. Eran un grupo aguerrido y valiente de educadores y visionarios, que traducían las revelaciones de Dios en mensajes entendibles y palabras desafiantes, tanto al pueblo como a sus líderes. Esos mensajes proféticos tenían implicaciones personales, nacionales e internacionales.
El estudio sobrio de esta singular literatura revela que los profetas no se veían a sí mismos, ni mucho menos se presentaban, como fundadores de una nueva religión o promotores de algún tipo novel de experiencia mística: eran agentes de renovación y cambio, fundamentados en la experiencia cúltica del pueblo, para identificar, afirmar e incentivar las implicaciones, aplicaciones y actualizaciones de los valores éticos y morales de la revelación divina en la vida del pueblo, la nación y sus líderes. Y con esa finalidad transformadora fueron creando con el paso del tiempo un gran cuerpo de ideas, conceptos, valores, teologías y enseñanzas religiosas, en continuidad con las tradiciones ancestrales, que pusieron en evidencia lo mejor de la religión bíblica.
Entre esas enseñanzas y teologías de los profetas bíblicos se deben destacar dos valores como prioritarios: las continuas exhortaciones al pueblo a ser fieles a las revelaciones divinas y el anuncio de un nuevo orden de cosas, que permitirá la implantación plena de la justicia, la paz y la voluntad divina en medio de la historia humana.
La palabra castellana «profeta» traduce el vocablo griego profetes, que, desde la perspectiva lingüística, transmite la idea de «anunciar», «decir» o «presentar» algún mensaje. En el idioma griego, en efecto, la preposición pro, significa «estar delante de» o «estar en presencia de»; y el verbo femi describe el acto de «decir», «anunciar» o «comunicar». De esta forma, profetes —«hablar en vez de», «ser portavoz de» o «hablar ante alguien»—, es la palabra griega que utilizó la traducción de la Biblia hebrea al griego, la Septuaginta (LXX), para verter la voz hebrea nabí, que como significado primario y fundamental pone en evidencia la acción de «comunicar» algún mensaje, que en el entorno específicamente religioso y bíblico proviene de parte de Dios. El profeta bíblico, o nabí, era una persona llamada por el Señor para transmitir su mensaje.
En la Biblia hebrea se incluyen diversas palabras y expresiones que describen la actividad profética de estos personajes importantes en las Escrituras. Expresaban la voluntad divina en términos de la salvación y liberación del pueblo, o en relación con los juicios y los reproches del Señor. Y entre esos vocablos se incluyen los siguientes: nabí (profeta, que es el más frecuente, con 315 veces), hozeh (visionario, que aparece en 17 lugares) y roeh (vidente, que se incluye en 9 ocasiones).
La expresión ish elohim («hombre de Dios», que es la frase más frecuente que describe a algún profeta), se aplica a Moisés (Jos 14.6), Samuel (1 S 9.6), Elías (1 R 17.18, 24) y Eliseo (2 R 4.7, 9, 16, 21, 25, 27, 40). Otras frases que describen a estos personajes y sus actividades son las siguientes: «mensajero del Señor» (Is 44.26; Hag 1.13), «siervo del Señor» (2 R 9.7; Am 3.7; Zac 1.6), «hombre del Espíritu» (Os 9.7), y «vigía», «atalaya» o «centinela» (Is 52.8; Jer 6.17; Ez 3.17; 33.2, 6; Os 9.8). La importancia teológica de estas expresiones es que describen la comprensión que tenía la comunidad bíblica antigua de sus actividades, palabras, teologías y ministerios.
Aunque generalmente en entornos seculares la idea que se transmite con la palabra «profeta» es la de predicción, augurio o adivinación de algún evento futuro, en la Biblia la expresión tiene un significado más concreto y definido: alude específica y claramente a alguien que habla en el nombre del Señor. Tanto en las narraciones que se incluyen en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, los profetas eran personajes singulares que fueron escogidos, separados y llamados por Dios para llevar a cabo una encomienda específica, y también para presentar un mensaje determinado en un instante singular de la historia. Sus palabras estaban dirigidas principalmente al presente del pueblo, pero la obediencia o rechazo a ese mensaje, en efecto, tenía implicaciones para el porvenir.
Referente a las personas que llevaban a efecto las labores proféticas en la Biblia, es menester afirmar que también las mujeres son identificadas como parte de ese importante movimiento social, religioso y espiritual. Varias mujeres en las Escrituras son específicamente llamadas «profetisas», entre las que se pueden identificar a María, quien le salvó la vida a su hermano Moisés (Ex 3; 15), Débora, que también era juez en Israel (Jue 4-5), Hulda (2 R 22.14; 2 Cr 34.22), y la esposa de Isaías (Is 7.3-9). Esas mujeres contribuyeron de forma destacada al desarrollo del movimiento profético en Israel, y posiblemente por razones culturales y de prejuicios de género, que intentaban destacar la labor de los hombres en prejuicio de las contribuciones femeninas, las referencias a las profetisas no son muchas ni se presentan con muchos detalles.
Estos hombres y mujeres se convertían en voceros divinos que transmitían, tanto a la comunidad en general como a sus líderes en particular, la revelación que habían recibido del Señor. No eran adivinos profesionales ni futurólogos entrenados, sencillamente eran personas del pueblo que entendían que debían proclamar y transmitir, con responsabilidad, seguridad, firmeza y autoridad, el mensaje de Dios en un momento histórico concreto, definido y específico. Y cuando sus palabras proféticas tenían implicaciones futuras, siempre las relacionaban con eventos, dinámicas, experiencias y realidades de la sociedad en que vivían.
Los profetas y sus hazañas no solo se incluyen en los grandes libros que llevan sus nombres, sino que se encuentran también en la literatura histórica y narrativa de la Biblia. Por esta singular razón es que los libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes se consideran «proféticos» en la Biblia hebrea, pues entre sus relatos se incluyen algunos episodios, de gran significado teológico e histórico, de las labores que los profetas no literarios (es decir, los que no escribieron sus mensajes, o que sus palabras no se registran en algún libro que los identifique) llevaban a efecto. Esas narraciones proféticas tienen gran importancia teológica y espiritual no solo para la comprensión del mensaje de la Biblia, sino para la evaluación adecuada de la fenomenología de la religión en general, y para el estudio del judaísmo y el cristianismo en particular.
Ese es el caso concreto, por ejemplo, de Samuel (1 S 7.2-17), Natán (2 S 7.1-29), Elías (1 R 17.1-19.21), Eliseo (2 R 2.1-8.15), Gad (2 S 24.11-14,18-19), Ahías (1 R 14.2-18), Débora (Jue 4.1-5.31), María (Ex 15.20-21) y Micaías (1 R 22.14-20). Estos profetas comunicaron con valentía y seguridad la palabra de Dios al pueblo en diversos momentos de desafíos nacionales, aunque sus mensajes no se conservan en libros relacionados con sus nombres.
Desde la perspectiva canónica, el comienzo de la institución de la profecía se relaciona directamente con la revelación divina en el monte Sinaí (Ex 20.18-19). En esa importante narración se indica que el pueblo estaba atemorizado con las manifestaciones físicas que acompañaban la presencia de Dios en el monte. Y ante esos temores, los israelitas le pidieron a Moisés que les hablara él, pues creían que si Dios se revelaba a ellos directamente morirían. Esas perspectivas teológicas se expanden y aclaran en el código del Deuteronomio, donde Dios mismo promete que le hablará al pueblo a través de profetas (Dt 18.15-20).
La preocupación divina, de acuerdo con estos relatos bíblicos, se relaciona fundamentalmente con el peligro que tenía el pueblo de imitar las costumbres de las comunidades paganas de la región. El rechazo divino se relacionaba particularmente con las prácticas abominables de la magia, la adivinación y la nigromancia. La profecía, según estas narraciones antiguas, se asocia con el rechazo directo a una serie de prácticas cúlticas que, según los textos del Pentateuco, no representan ni afirman la voluntad divina para la comunidad hebrea primitiva.
Antecedentes de la profecía bíblica
La preocupación por conocer el futuro y procurar el bienestar ha estado en la mente de las personas desde que tenemos conciencia de la historia de la humanidad. Ya sea por inseguridades personales, preocupaciones reales o curiosidades individuales, a la gente le ha interesado conocer los misterios del porvenir, quizá para evitar calamidades o para preparase bien y disfrutar el mañana. Por esa razón han recurrido a diversas prácticas, como, por ejemplo, la adivinación, la magia y la profecía, pues deseaban escuchar de las divinidades y sus representantes lo que les deparaba el futuro.
Los procesos de adivinación pueden clasificarse en dos tipos: inductivo e intuitivo. El primero recurre a la observación del movimiento de las estrellas, a la evaluación del comportamiento de los animales, al sacrificio de animales y al análisis de partes de sus cuerpos (p. ej., entrañas), o también a la observación del movimiento de algunos líquidos, generalmente el agua. También se han usado instrumentos en el proceso adivinatorio, como copas, bastones o varas, además de dados, piedras o trozos de madera.
Los actos intuitivos de adivinación, por su parte, se relacionan con la interpretación de sueños, la consulta a personas muertas y la comunicación de la voluntad de los dioses a través de oráculos. Y es esta última modalidad, la comunicación de oráculos o mensajes divinos, la que más nos interesa para el análisis de los profetas bíblicos. La Biblia rechaza de forma abierta y continua el consultar con personas muertas para descubrir la voluntad divina.
Esas experiencias de adivinación, o de presentación de oráculos, se pueden encontrar en diversas regiones de Mesopotamia. Y se utilizaban en la selección de jefes o monarcas, en momentos de crisis para comenzar o evitar alguna guerra, para evaluar la salud o enfermedad de alguna persona distinguida, o para advertir alguna desgracia nacional. La adivinación respondía directamente a necesidades personales o preocupaciones nacionales.
Los pueblos antiguos que circundaban el Israel bíblico compartían la idea de que las divinidades podían y deseaban comunicarse con las personas y las naciones. Y era también común la convicción de que esa comunicación debía establecerse a través de personas especializadas en asuntos pertinentes a la revelación divina. En efecto, para transmitir la voluntad divina a las personas y la sociedad, en el mundo antiguo que presuponen las narraciones bíblicas se necesitaban personajes singulares que tenían la capacidad de relacionar el mundo de lo divino con las esferas humanas. Se trata de unos mediadores, personas que podían recibir esas revelaciones y mensajes y transmitirlos a sus semejantes. En esas dinámicas de revelación había algunos mediadores aceptados, y también otros descalificados. Unos mediadores eran reconocidos como verdaderos y otros identificados como falsos. En la Biblia se rechaza vehementemente la adivinación y la magia como medios adecuados para consultar o conocer la voluntad de Dios.
En el Israel bíblico también se manifiestan los deseos de conocer los misterios del futuro y de influenciar positivamente el desarrollo de los acontecimientos. Y se identifican una serie de mediadores que se encargan de relacionar el mundo de lo divino con las esferas humanas. Y estos mediadores se denominan de diversas formas a través de la historia del pueblo: el ángel del Señor o de Dios (Gn 16.7-12), sacerdote (Jue 1.2-3), vidente (1 S 9.9, 11, 18, 19), visionario (2 S 24.11), hombre de Dios (1 S 2.27) y profeta, que es el término clásico y más usado para referirse a la persona que transmite la voluntad divina al pueblo (Jue 4.4; Os 12.14).