Read the book: «El último sapo que besé»
© del texto, 2009, Rosetta Forner
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO321
ISBN: 978-84-9006-794-9
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
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Índice
Prólogo
1. El príncipe azul no existe y, además, destiñe
2. Responsabilidades
3. Introducción a la edición de 2005: En busca del hombre metroemocional
a) Cuando las mujeres dominen el mundo
b) Männer, männer... Hombres, hombres...
Primera parte: El origen de todo informe
1. Una publicista en busca del hombre metroemocional
2. Cenando a la luz del coaching
3. Los primeros pasos de toda búsqueda
4. Primeras citas
5. Primeras sorpresas
6. Más citas, más sorpresas, más de lo mismo
7. Reencuentros en la tercera fase
8. Sabias reflexiones emocionales
9. El príncipe azul destiñe. Y ellas... usan tinte malo
10. La reconversión femenina de los hombres
11. Conversando con hombres emocionales y emocionables
12. El triunfo de la emoción y la rebeldía
13. Cuerpos con alma humana
Segunda parte: El informe
Prólogo
1. La pareja desparejada
2. El amor en los tiempos de Internet
3. Preconclusiones antes de la redacción del informe
4. Las tipologías de Homos «sapos-sapetes-sapones» que nunca se convertirán en príncipes por más que les besen y con ello a las damiselas se les aflojen sus diademas
1. Homo Escapatus
2. Homo Atrapatus
3. Homo Casatus
4. Homo Asustatus
5. Homo Mariposatus
6. Homo Florerusatus
7. Homo Sacrificatus
8. Homo Amantisatus
9. Homo Modernitatus
10. Homo Damiselatus
11. Homo Rebelatis
5. Hombre metroemocional
Tercera parte: Postinforme de la autora
1. Creencias alimentadoras de la brecha «infinita» existente entre el anima (lo femenino) y el animus (lo masculino) en todos los seres humanos
2. Reflexiones para los hombres con aspiraciones a rango de metroemocionales, o sea, en fase de adaptación emocional a la época en la que han escogido vivir
3. La guía que toda mujer debería consultar si quiere adentrarse en el universo del hombre metroemocional
4. Preguntas que toda alma debería plantearse con el fin de averiguar si el hombre candidato es un Vulgarus, Clasicus, Discolus, Originalis, Genialis o Metroemocional del siglo XXI
Epílogo
Reflexiones (y confesiones) a propósito del «Informe: En busca del hombre metroemocional»
Referencias bibliográficas
NOTA
No hay una masculinidad universal, sino múltiples masculinidades, al igual que existen múltiples femineidades. Las categorías binarias son peligrosas porque diluyen la complejidad de lo real a favor de esquemas simplistas y forzados. Malestar también por la condena «en bloque» de un sexo que se parece mucho al sexismo. Malestar, en suma, por la voluntad de «reeducar» a los hombres, lo que desempolva recuerdos vergonzantes. El eslogan implícito o explícito de «cambiar al hombre», más que el de «luchar contra los abusos de ciertos hombres», revela una utopía totalitaria. La democracia sexual, siempre imperfecta, se gana paso a paso. A fin de cuentas, uno se puede preguntar si la noción simplificadora y unificadora de «dominación masculina» no es un concepto obstáculo. Este concepto globalizador, que constriñe a hombres y mujeres en dos campos opuestos, cierra la puerta a toda esperanza de comprender su influencia recíproca y de medir su común pertenencia a la humanidad.
El dualismo de oposición produce una nueva jerarquía de los sexos de la que nos pretendemos libres. A la jerarquía del poder que se combate se opone una jerarquía moral. El sexo dominador se identifica con el mal, y el oprimido con el bien. Esta sustitución se ve reforzada por el nuevo estatuto dado a la víctima...
... Se impone una evidencia más general: la víctima siempre tiene la razón. Como señala Paul Bensousan: «La corriente dominante impone la creencia de que la víctima dice forzosamente la verdad porque es la víctima».
En un texto de 1989, Luce Irigaray hace explícita la oposición entre hombres y mujeres y la idealización de estas últimas. «El pueblo de los hombres hace la guerra en todas partes. Es tradicionalmente carnívoro, a veces, caníbal. Tiene, pues, que matar para comer y dominar cada vez más la naturaleza.» El pueblo de las mujeres, movidas por su virtud materna, representa lo contrario. Este feminismo hace causa común con la ecología y la filosofía vegetariana. (Se trata de la primera consecuencia del maniqueísmo sexual: el separatismo.)
Otra corriente del nacionalismo femenino (MLF, 1970), expresa un segundo aspecto del maniqueísmo sexual. Tras afirmar: «Nosotras somos el pueblo» (lo que significa el verdadero pueblo, el de los proletarios), «las mujeres están investidas de misiones en otro tiempo propias del pueblo en armas o del proletariado: la revolución, la erradicación de todas las opresiones, el advenimiento de la nueva humanidad».
Si se piensa, como hacen algunas, que no hay nada que esperar de los hombres enfrascados en su cultura de la dominación, la salvación sólo puede provenir de las mujeres, sus víctimas, que son por naturaleza bienhechoras y pacíficas.
ELISABETH BADINTER, Por mal camino
1
EL PRÍNCIPE AZUL NO EXISTE Y, ADEMÁS, DESTIÑE
En opinión de muchas mujeres, no existen hombres buenos, de fiar, que sepan amar, comprometidos, esto es, que no huyan ante la menor insinuación de la temida palabra compromiso.
Demasiados cuentos de hadas.
Demasiadas milongas antifeministas.
Demasiados remilgos y cuentos chinos.
A las niñas se les sigue inculcando que son princesas y que deben esperar, aguardar, soñar, o alelar (versión del siglo XXI del anhelar de siglos anteriores) a un príncipe azul que las saque de su despiste emocional y les dé el rango de mujeres triunfadoras en lo sentimental.
Tanto esperar al príncipe azul... cuando en verdad éste no sólo no existe sino que encima destiñe.
Es mentira que la mujer deba poner su destino emocional al ralentí, en espera de un hombre que sólo es posible en un cuento antihadas (porque los verdaderos cuentos de hadas no fomentan flojera de la diadema sino solidez y dignidad de corona regia).
Es falso que toda mujer es princesa hasta que un hombre —eso sí, guapo, alto, joven, exitoso, carismático, etc. etc. etc. de memeces...— llegue a su vida y la haga sentir mujer.
Tantas tonterías han acabado por marearles la diadema. Si bien es cierto que algunas se bastan para mareársela hasta la náusea... Es ver u oler la presencia de un macho de la especie humana y ponerse a babear tonterías. Entornan los ojitos, hacen mohines y despachan sin contemplaciones todas sus neuronas.
En una ocasión, una famosilla de tres al cuarto comentó que ella se hubiese acostado con el fallecido John John Kennedy sin preservativo.
La razón: ante semejante (sic) pedazo de hombre, a ella le hubiese traído todo al pairo.
En dos palabras: In-dignante. O sea, que quita la dignidad.
No existen los príncipes azules, eso es cierto. Asimismo, es cierto que existen hombres buenos que saben amar y comprometerse, que no ningunean ni mienten, ni dejan tirada a una mujer cual colilla.
«¿Dónde están?», te oigo gritar.
En sus vidas, te respondo yo.
Están en sus vidas cotidianas. Eso sí, algunos de ellos no llaman la atención porque ni son guapos, ni altos, ni esbeltos, ni triunfadores al uso del Club del Redil (¡superejecutivos con superdeportivo y supertraje caro!). Algunos son simplemente seres humanos que se esfuerzan por ser felices, mejorar cada día como seres humanos, evolucionar, aprender... No van por ahí de ligue en ligue, ni de pareja en pareja y tiro porque me toca. No todos son altos ejecutivos, ni falta que hace. No todos tienen un montón de amigas (con derecho a roce, eso sí) mientras hallan a la mujer de su vida, a la que desposarán y llenarán de niñitos. Sin embargo, las damiselas de diadema floja los prefieren única y exclusivamente supertriunfadores con la cartera llena de pasta —y no precisamente italiana—.
¿Y qué pasa con los demás?
¡Que les den!
Ellas, las damiselas, por un momento masculino, esto es, una relación amorosa de un ratito —aunque sólo sea eso—, están dispuestas a mirar para otro lado, o no mirar, taparse la nariz y amarrarse los brazos para no tenerle que dar un sopapo en caso de que al caballerete le dé por pasarse de la raya. Que pasarse, se pasará, seguro.
¡Pobres hombres normales!
No hay quien les defienda, ni defina ni agrupe.
Muchos de ellos, después de haber sufrido el acoso y derribo de una diadema floja, han optado por disfrutar de su soltería y serenidad recuperadas y viajar, estudiar, holgazanear, trabajar en sus metas y, sobre todo, disfrutar de su vida humana.
Están «fuera de mercado», esto es, se han largado del mercado de la carne y han puesto a buen recaudo sus dignidades y vidas.
¿Y del amor, qué?
Mejor dejar que la sorpresa del destino actúe que ir de caza de damiselas que lo único que harán será desgarrarles el corazón además de inundarles la mente con imposiciones, alegaciones y peticiones de imposible resolución.
«¡Eres de lo más machista!», te imagino barruntando.
Si lo quieres ver así... No seré yo la que te lleve la contraria.
Ahora bien, te invito a reflexionar acerca de lo siguiente: «¿Crees que todas las mujeres son buenas, honestas, de fiar, saben comprometerse, son maduras emocionalmente...?».
Yo sé que NO todas lo son.
Las reinas, sí.
Lo cierto es que NO todas las mujeres quieren ser reinas, esto es, asumir las riendas emocionales de sus vidas. Muchas, desgraciadamente para ellas y, de paso, para los hombres y las reinas, prefieren ser damiselas de aflojada diadema.
Hace tiempo leí en un libro de Robin Norwood (la autora del clásico Las mujeres que aman demasiado) que ella había descubierto por qué las mujeres se liaban con tipos indeseables cuando lo que, aparentemente, deseaban sus corazones era vincularse con hombres honestos. Lo averiguó en uno de sus seminarios con mujeres. Les presentó dos perfiles de hombre, a saber: uno describía a la perfección ese hombre ideal (Mister Perfecto, le llaman en inglés); el otro describía al canalla con el que, supuestamente, ninguna mujer quería toparse. Las mujeres asistentes al seminario votaron unánimemente el perfil del hombre bueno. Sin discusión. Estaban todas de acuerdo en que ÉSE era el hombre que debían encontrar, el verdadero «príncipe azul»... Ahora bien, éste no tenía carroza ni paje ni perrito que le ladrase...
Me explico.
Robin Norwood (doctora en Psicología) obvió intencionalmente un dato, en realidad obvió dos, a saber: la profesión, y el estatus socioeconómico representado por el coche en posesión.
El canalla era un alto ejecutivo con un Porsche o similar, y residencia de alto standing en un barrio chic y caro.
El bueno era albañil o similar con coche utilitario y domicilio en un barrio normal, proletario, de clase media (la habitual).
¿Quién ganó esta segunda vuelta electoral?
¿Lo adivinas?
«Mmmmm... ¿El canalla?»
¡Bingoooooooo!
Y no sobran las explicaciones.
Robin Norwood les comentó que ésa era la razón, o más bien la explicación de por qué, anhelando sus corazones un hombre bueno, acababan siempre liándose con canallas: en realidad el interior de un hombre les traía al pairo. Lo que de verdad les importaba, y determinaba su elección, era el exterior, esto es, la profesión, el coche... Por tanto, era cierto que el estatus socioeconómico era primordial y primaba más que ninguna otra variable. Ellas, las mujeres, los preferían exitosos aunque fuesen canallas: si es rico y exitoso, se le perdona que sea canalla. Si es menos rico y menos exitoso de lo que ellas desean, se le pasa por el microscopio para buscarle defectos, y si no, se inventan los defectos o los contras, claro.
No todas las mujeres quieren hombres buenos.
A muchas les importa más la apariencia, lo externo, que un buen corazón.
A muchas, los hombres buenos les aburren.
Eso sí, se quejan de que sólo encuentran canallas que les raspan el corazón con un papel de lija.
¡Como si todas ellas fuesen superexitosas, fantásticas, maravillosas, guapísimas y súper en todo!
Ni falta que les hace, porque los falsos cuentos de hadas les han hecho creer que ellas, a lo único que tienen que dedicarse es a ser monas y tontas. El éxito, etcétera, queda para el hombre. Por eso, probablemente están tan desesperadas por «cazar a uno». Seamos ImpInc (Impolíticamente Incorrectos), y digámoslo claro y alto: algunas son arpías de armas tomar, dispuestas a vender su alma al diablo —y no hablemos de la dignidad— por atrapar a un buen ejemplar de Homo Sapiens.
Muchas de ellas piensan que los hombres inteligentes y triunfadores no se casan con mujeres ídem a ellos. Por consiguiente, «si no te quieres quedar soltera, hazte la tonta y ponte tetas y mona», podría ser la consigna. De hecho, así lo es para las mujeres que van de damisela entendedora.
Antes de que me lo digas, te lo diré yo: ellos también son como ellas, canallas, tramposos, mentirosos, aprovechados, interesados y... las prefieren monas, tontas y con tetas de silicona o simplemente tetonas. Pertenecen o forman un club al que no pertenecería si me admitiesen como socia (parafraseando a Groucho Marx). Ellos, los canallas, los Homo Escapatus, Mariposatus, Atrapatus, Florerosatus, Amantisatusatus..., prefieren damiselas de floja diadema.
Por consiguiente, no busques príncipes azules sino hombres metroemocionales.
¿La prueba del algodón?
Si destiñe, no es metroemocional.
No obstante, las mujeres, para poder hacerle la prueba del algodón, antes tendrán que coger las riendas emocionales de su vida, asumir la responsabilidad de lidiar con sus destinos, saber quiénes son y aprender a amarse de verdad a sí mismas. Porque sólo una reina se atreve y es capaz de averiguar si un caballero está o no a la altura de su corona.
Muchas damiselas han contribuido al desprestigio de los hombres: no todos son malos ni canallas.
Los hay buenos y muchos.
No todo «sapo» lo es.
¿Cómo lo sé yo?
Muchas damiselas califican de «sapo, sapete, sapón» a todo hombre que no se adaptó a sus caprichos o se plegó a sus exigencias.
Si las damiselas fueran más sensatas, cuerdas, maduras y dignas... se hubiesen largado de la vida de un hombre que o bien no las amaba como les hubiese gustado o no las quería amar en absoluto. Las personas estamos en nuestro derecho de amar a quien nos dé la real gana, donde, como, cuando y a pesar de todo, ¡faltaría más!
«Cuando un hombre no te ama, lárgate de su vida», debería ser la consigna.
Sin embargo, las damiselas se empecinan en forzar la situación y en obligar al hombre a que las ame, actitud que muestra claramente que ellas, y nadie salvo ellas, son las que NO saben amarse a sí mismas.
Toda persona que se ama a sí misma cuida de ella, se respeta y se hace respetar.
No todos son sapos. Algunos son simplemente hombres que cayeron en las garras de las damiselas de diademas flojas.
Muchos más de los que las damiselas se imaginan y quieren aceptar, son buenas personas, un poco inocentes, eso sí, porque de haber tenido más picardía tal vez no hubiesen caído en la trampa damiseril.
Y ¿qué hay de los canallas?
Ah..., a ésos se les ve venir, o deberíase.
En este libro doy cuenta de unas cuantas tipologías de Homo «sapus-sapetes-sapones». No obstante diré que basta con averiguar la trayectoria amorosa de un hombre para saber si es cretino, canalla, sapo, inmaduro, tontainas, caguetis o algo parecido.
Me explicaré:
— Un hombre que, antes de finalizar una relación amorosa, anda ya a la caza y tirada de tejos a otra mujer, no es metroemocional sino príncipe desteñidor. Cabe resaltar que ésta es una práctica habitual en muchos especímenes canallienses.
— Otra pista: tiene pareja, dice que le va bien, pero va tirando los tejos a todo lo que lleva falda o pantalón femenino.
— Otra pista: habla mal de su madre.
— Otra pista: te llama churri u otros diminutivos, o se permite familiaridades a los cinco minutos, como quien dice, de haberos conocido.
— Otra pista: confiesa estar prendado de ti apenas han transcurrido unos instantes desde que os habéis conocido.
— Otra pista: tiene muchas amigas mientras anda en busca de su mujer ideal a la que convertir en esposa y madre de sus futuros churumbeles.
— Otra pista: todas sus ex son unas memas, locas, empalagosas, pilinguilosas y muchas otras -osas.
— Otra pista: tiene siempre que quedar por encima de ti, esto es, él ha de ser más listo, más exitoso, más fuerte, más de todo que tú.
— Otra pista: te lanza señales de claro e inequívoco interés pero a la hora de la verdad se escaquea, esto es, se comporta como si no le importases ni gustases lo más mínimo. O sea, que es un perfecto caguetis, ¿o tendría que llamarle tiralostejos atontasyalocas...? Lo dicho, les encanta el flirteo porque en verdad no buscan sino eso, flirtear. Lo cual no implica, ni de lejos, compartirse.
Recuérdese que vivimos en una época de individualismo feroz, que viene a ser la forma políticamente correcta de referirnos al miedo a la intimidad que existe. A mi modo de entender, es un síntoma inequívoco de una causa llamada «olvido del alma». Los que han cortado los hilos que les unen con su alma, han modificado su escala de valores y son fácilmente identificables: lo más importante de su vida es su profesión, su coche, su estatus, sus juergas, su cuenta bancaria, la churri que se han ligado, su cuota de poder social, su fama o todo ello y mucho más. Los hombres, y las mujeres, que viven su vida en modo externo desconectado del alma no valoran el interior de la persona, carecen de argumentos aunque tengan muchas opiniones, adoran toda actividad social (incluida el ligoteo) que les permita llenar o distraer el vacío existencial, se burlan de los que no tienen su poder adquisitivo o estatus (baremo basándose en el cual valoran y desvaloran a la gente) socioculturalfamoserilpoderosil. Se da el caso, cada día más extendido, de hombres y de mujeres (valiosos especímenes del Club del Redil) que sólo se juntan, pegan, arriman o lapean (del verbo lapear, o sea, apegarse como una lapa) si él o la churri son famosos, conocidos, ricos, rumbosos o con algo que aprovechar. El resto, los humanos, son despreciados o ignorados, lo cual no deja de ser una suerte. Porque, vamos a ver, ¿quién, en su sano juicio, quiere que le usen cual vulgar Kleenex, trampolín, trofeín, pasarelín, comodín o algún otro usín...?
Si rascamos un poco, esto es, preguntamos, preguntamos, y más preguntamos, además de escuchar, ver y observar si hay congruencia y coherencia entre lo que dicen y lo que hacen los especímenes con que nos topamos, podremos concluir si son humanos u humanoides dignos de ser enviados al reciclaje. La hora de la humanidad ha llegado. Hemos de recuperar la conexión con el alma so pena de pagar con la infelicidad el peaje de entrada al Club del Redil.
Lo dicho, el príncipe azul, además de no existir, destiñe.
2
RESPONSABILIDADES
«Ha llegado el momento de la “re-Evolución emocional”. Las mujeres se deben a sí mismas mostrarle al mundo que se puede ser reina, digna, amar y ser amada sin necesidad de pasar por calvarios o humillaciones sentimentales o sociales. Es una labor de equipo, porque sólo si unimos nuestros esfuerzos y nuestras almas humanas podremos darle a la humanidad la esperanza de un mundo donde la verdadera igualdad reine. Algún día cesarán las guerras. Algún día no habrá hombres que maltraten a las mujeres. Algún día no habrá mujeres que se humillen a sí mismas en pro de cazar marido o tener novio. Algún día las mujeres dejarán de contarse milongas sentimentaloides. Algún día hombres y mujeres entenderán que el alma no juega en bolsa, ni es patrimonio de ningún género la dignidad, que no hay superiores ni inferiores, sólo seres en diferentes puntos de la evolución espiritual.»
La maldición de Eva
Desde que escribí En busca del hombre metroemocional, he reflexionado mucho sobre temas relacionados directamente con este libro —los reflejados en La maldición de Eva —, y otros indirectos, incluidos en diversos artículos publicados en la revista Única.
Hace tres años ya opinaba lo siguiente:
a) No todos los hombres son malos. Algunas mujeres a las cuales bauticé como «damiselas de diadema floja» —bastantes más de las que se quiere imaginar e incluso aceptar— son malas, malísimas.
b) Algunos hombres son buenos y saben amar. Algunas mujeres son reinas, dignas de confianza, amables, buenas de corazón y de amor de verdad.
Las damiselas les han pillado la medida a los hombres
Esto es, saben cómo hacer que se sientan miserables, culpables e inferiores, amén de arrojarles al infierno de la ineptitud emocional. Según las damiselas, ellos son malos, incompetentes en lo relativo al tema del amor y de la expresión de las emociones, lo cual no es impedimento para que ellas, damiselas cautivas de la flojera de su diadema, sigan insistiendo y persistiendo en tratar de echarles el lazo y hacerles socios del club de la pareja amorosa. No sé muy bien con qué noble fin ya que, según ellas, están incapacitados, esto es, son unos borricos emocionales, insensibles y machistas que no las entienden ni aman como ellas quieren (aunque no tengan ni la más remota idea de cómo les gusta que las amen y de lo que significa amar...). Por consiguiente, ¿por qué insisten en ligar con ellos? ¿Acaso son memas? No lo creo. Asumo que les asiste una suerte de cruzada emocional mediante la cual tratan de redimir a los hombres de una suerte de hechizo malvado que les condenó a no expresar sus emociones.
¿Cómo es que no lo han conseguido hasta ahora? Puede que se deba a que están siguiendo una estrategia equivocada. No se puede convencer, ni convertir, al supuesto infiel a base de insultos, menosprecios, ninguneos, amenazas y manipulaciones de cualquier índole. Las damiselas han equivocado el camino de la reconversión emocional de los hombres. Sin ellas darse cuenta, están fomentando tanto la proliferación como el recrudecimiento de la existencia de hombres «sapos que nunca se convertirán en príncipes». Aunque, en honor a la verdad, los príncipes azules no existen y, además, destiñen.
Muchas mujeres se empecinan en relacionarse con hombres que sólo les pasarán un papel de lija por el corazón o, en el mejor de los casos, les darán unas cuantas tardes de llanto y otras tantas noches de insomnio inciertas.
Escucho constantemente a muchas mujeres lamentarse de la falta de existencia de hombres que merezcan la pena.
A esta letanía lamentativa suelo responder con una pregunta: «¿Y tú, mereces la pena?».
Se me quedan mirando perplejas.
¿Por qué?
Esperan que me una a su causa de victimismo y desilusión desanimosa. Según su mapa de la realidad, es impensable que otra mujer —suelo insistir en que soy un hada en cuerpo femenino, que no mujer, ergo, mi identidad no se basa en el género de mi cuerpo físico sino en características de, digámoslo así, mi alma— no se una a su causa incondicional, ciega y fanáticamente.
No se puede aspirar a conducir un Fórmula 1 si no se tiene carné de conducir ni jamás se ha pilotado coche alguno.
Seré más explícita: piden lo que no ofrecen.
Algunas no es que tengan el listón muy alto y sean muy exigentes —ojalá lo fueran y tuvieran el listón a la altura del Empire State como poco, mejor les iría—, simplemente, no muestran su verdadero yo. Por consiguiente, si lo que atraemos no nos gusta, haríamos bien en preguntarnos acerca de qué emitimos: ¿qué información expandimos hacia el exterior, empezando por nuestras propias ideas?
En PNL (Programación Neurolingüística) suele decirse que «comunicación es la respuesta que recibes. Ergo, si no te gusta la respuesta, cambia la comunicación».
Si sólo se tratase de ser un poco más prácticas, el tema estaría pronto y fácilmente resuelto. No obstante, mucho me temo que hay más factores y variables que condicionan la no solución fácil y factible del tema en breve.
A muchas mujeres, en concreto a las damiselas con flojera diademeril, no les interesa que los hombres dejen de ser malos..., ¿a quién culparían, si no, de sus males?
Admito que esto resultará muy fuerte para muchas mujeres, sobre todo a ésas cuya responsabilidad parece haber emigrado al país de Nunca Jamás. Las mujeres a las que bauticé como damiselas de diadema floja se revolverán contra mi afirmación y me tacharán de sacrílega y traidora a la causa. Están en su derecho. Como yo lo estoy en mi atrevimiento a aportar humildemente un poco de luz sobre este tema y tratar de ayudar a ambos bandos a reconciliarse y a tener relaciones sanas, sensibles, maduras y provechosas para el alma, además de dichosas y generosas para el corazón.
Nada me gusta más que el amor: es el aliento del universo y, sin él, la vida se queda fría y nuestras almas desnutridas. Además, soy un hada a la cual le gusta la armonía, la felicidad, el buen humor, la cordialidad y la no conflictividad.
Volvamos al tema polémico y espinoso.
Por qué a algunas mujeres, damiselas de diadema floja, no les interesa que los hombres dejen de ser malos y sepan expresar sus emociones
Posibles respuestas:
1. No lo admiten, porque es la revancha femenina, o sea, el hembrismo —machismo en cuerpo de mujer— campando a sus anchas: «Ahora nos toca a nosotras darles en los morros y vengarnos de ellos».
2. Algunas están convencidas de su superioridad moral, perdón, emocional, por lo que no pueden ni quieren admitir que ellos también saben amar y sentir. Si lo admitiesen, ¿qué les haría, a ellas, superiores a ellos? Obviamente, se trata de un complejo de inferioridad que se disfraza de superioridad.
3. No se puede ir contra natura: demasiados estudios científicos avalan las diferencias entre hombres y mujeres y eso sigue dando munición para la guerra de los sexos. A los humanoides no les gusta ser iguales ni vivir en armonía. Por consiguiente hay que perpetuar la guerra; caso contrario, no sabrían qué hacer con sus vidas. Y está demostrado científicamente que el cerebro de una mujer es emocional, y el de un hombre no lo es. Es más, el cerebro masculino no registra el tono de voz femenino por lo que... ¡ésa es la razón de que no les presten atención cuando ellas hablan...! Vamos, ¡la pera en patinete!
4. Les gusta tener inferiores a los que maltratar porque ellas, las damiselas de diadema floja, se sienten inferiores y quieren hacer catarsis con alguien. ¿A quién si no culparían de todos sus males y tendrían como «cubos de su basura emocional»?
5. La base del victimismo. Mientras alguien tenga la culpa de sus males, no tendrán que buscar en su interior, instrospeccionarse ni asumir responsabilidad alguna.
6. La libertad de ser una misma es demasiado intensa para las damiselas de diadema floja que asumen que «ser femenina es sinónimo de tonta, lerda, inferior, mala, tetada, sexy, pendón...». A las damiselas no les gusta la igualdad, prefieren las desigualdades porque éstas les proporcionan coartadas socialmente aceptadas y de amplio espectro.
7. Si los hombres supiesen amar y fuesen emocionales, ¿qué les quedaría a ellas? Algunas no saben que son un universo maravilloso repleto de capacidades, dones y demás maravillas, amén de un alma divina por descubrir y honrar.
8. Falta espiritualidad. Hemos asumido que somos nuestros cuerpos e identidades humanas exentas de una conexión espiritual o almista, es decir, carentes de alma y de su consiguiente responsabilidad extensiva a otras «encarnaciones terrenas» (en la línea que preconizan las culturas orientales, en concreto la budista), o de la relativa al alma en sí misma (religión católica). No somos meros cuerpos que respiran sin mayor implicación ni repercusión de sus actos en dicha vida terrena. Somos seres espirituales viviendo una experiencia humana. Si bien esto último lo saben los humanos, y lo ignoran los humanoides, a juzgar por sus comportamientos muy congruentes con su modo de pensar políticamente correcto, según el cual «la religión es el opio del pueblo y ha de ser sustituida por la religión laica del consumismo feroz, devoradora de todo sentido común y alienador de toda singularidad». Por cierto, las damiselas pertenecen al club de los humanoides.
9. Falta humanidad. Porque si vivimos al margen de nuestra realidad divina vivimos, asimismo, de espaldas a nuestra emocionalidad. Mucho me temo que ese consumismo despepitado y adictivo haya extendido sus tentáculos hasta el ámbito de la pareja y les haya hecho creer a los humanoides (los cuales son de credulidad fácil) que el «amor se termina cual colonia en frasco» y, además, ¿para qué aguantar con un mismo modelo de hombre o de mujer cuando es tan fácil cambiar, y encima te financian el cambio en cómodos plazos? El consumismo adictivo basa su fuerza en un marketing devastador del sentido común y espantador del análisis racional. «No pensar» es la consigna del mundo consumista. No hay que pensar, sólo imaginar. Imaginar que cualquier ítem material nos proporcionará alegría, estima, seguridad, serenidad, prestigio, compañía, éxito, amor. A las damiselas, estas consignas mercantilistas les encantan, por aquello de que les atontan la diadema y les aíslan del dolor emocional que habita en el remoto latido de sus psiques.
10. Se fomenta la infidelidad a uno mismo. No hay que ser fiel a los principios que uno/a lleva en el alma, no. En su lugar hay que seguir los preceptos del Club del Redil, ser un redilero aborregado que se someta a las normas y abomine de sus valores. Se ha convencido a la gente (los humanoides) de que «ir de flor en flor», pasarse por el arco de triunfo a cualquiera, meterse de hoz y de coz en cualquier cama de olvidable y resacoso despertar... es «ser IN», o sea, que lo progre es apuntarse al pendoneo, aunque ello suponga llenarse de bazofia el alma y de mierda el corazón. La liberación femenina aún no ha tenido lugar, como tampoco ha tenido lugar la liberación masculina. Las mujeres/damiselas son las que más han mordido el anzuelo de la falsa liberación: pueden acostarse con quien quieran sin que se las señale con el dedo, ¡tal y como hacen esos hombres a las que ellas tanto odian porque les rompen el corazón y les denigran la estima! Las damiselas querían ser iguales, y la flojera de su diadema les impidió ver que copiaban lo peor de los comportamientos masculinos, unos ciertamente misóginos. Quizá muchas no sepan que misógino significa que odia a las mujeres. Lo moderno es irse al catre con cualquiera, exhibir las tetas y mover el tantam para llevarse al huerto al primer pelele masculino que cruce su territorio de liberación femenina... Ahora bien, esto ya lo hizo Eva... O sea, que es más viejo que la tos... Que se sepa, no nos aportó mucho a las mujeres en general que nuestra denostada Eva se comportase con semejante ligereza en el paraíso... ¿O acaso nos han contado mal la historia?
11. Liberación sexual no es igual a liberación emocional. Por consiguiente, las mujeres deberían aprender a protegerse, cuidar de su psique, respetar su alma y no tirarse de cabeza a la primera piscina que pillen sin pararse a pensar si hay agua... ¡Elemental comprobación! (Que conste en acta que no considero que haya que casarse para acostarse con alguien. El único matrimonio que vale, o debería valer, es el del alma.) Por eso, siempre que una mujer se pierda el respeto a sí misma, no cuide de su integridad moral, espiritual ni psicológica, no es liberación sino tontismo en lo que está incurriendo, lo cual es válido para los hombres, exactamente igual.
12. Ah, lo olvidaba. Muchas damiselas siguen aferradas a un hombre que les ningunea el alma, desvalija el corazón y hace trizas la cuenta de la dignidad y todo porque: a) está mal visto no tener churri, b) el matrimonio proporciona caballero acompañante para ir de compras, al cine, etc., c) dos economías son mejor que una, d) la soledad es muy mala, e) las separadas son unas fracasadas emocionales, f) a partir de los 40, las mujeres se vuelven invisibles, g) todos son iguales, ergo, para qué cambiar, h) está rico, rico (potentado), i) los hombres son así...
13. Es una forma indirecta (y retorcida, además de inoperante) de vengarse del padre que nunca supo reconocer su valía, inteligencia, sensibilidad, emocionalidad y/o trató mal a su madre (la de ellas), ninguneándola como esposa y como mujer: una mujer venga a otra mujer. O sea, solidaridad femenina contra los hombres malos. Lo malo de todo esto es que la supuesta venganza no repara el daño emocional y suele generar a su vez más destrozos...
Llegamos a la esclavitud masculina
Los hombres, pobre de ellos... Aunque haberlos sapos, haylos, y muchos. No obstante no creo que todos sean sapos-sapos. Muchos son simplemente hombres que tuvieron la desgracia de dar con una damisela de diadema floja a cuyo perfil ideal no se ajustaban ni por casualidad. En vez de largarse rápidamente a la primera bronca de cambio o a la enésima... se acostumbraron a que les vapulearan el alma en y la cena del viernes les obsequiaran, a modo de aperitivo, con una ensalada preparada a base de reproches e insultos varios para abrir boca e ir trazando las líneas maestras de lo que será el fin de semana o la relación en sí misma. Como fuera que los hombres malvados, sapos-sapetes-sapones, existen de verdad, me dediqué a buscar al hombre metroemocional con tal de entenderles mejor. Pretendía, por un lado, enseñar a las mujeres a distinguir a los sapos de los metroemocionales, y, por otro, mostrar a los hombres que no todos son malos y que harían bien en desculpabilizarse, esto es, que cada uno asuma la cuota de responsabilidad que le corresponda. Porque si un hombre es sapo de verdad, ¿qué sentido tiene que una mujer siga con él, empeñándose en redimirle a besos que lo único que lograrán es hincharle más y más los morros a ella...?
¡Basta de sapos que nunca se convierten en príncipes!
¡Basta de empeñarse en una reconversión saperil!
¡Basta de aflojarse la diadema hasta darle rango de felpudo en el que se limpian las garras todos esos desalmados misóginos después de desgarrarle el corazón a una mujer de inocente sentido o a una de damiseriles entendederas!
Ni todos son sapos ni todas son damiselas.
Existen los hombres metroemocionales y también las reinas que saben reconocerles, respetarles y relacionarse con ellos.
No es oro todo lo que reluce, ni azul todo príncipe que destiñe.
En este libro, si eres mujer, encontrarás útil una clasificación aventurada de sapos-sapetes-sapones, que, como poco, te arrancará risas y te ayudará a «hacerles la prueba del sapo» cuando un caballero llame a la puerta de tu reino. Si eres hombre (y no va con segundas...), te documentarás y podrás reconocerte en los comportamientos de alguno de los Homos clasificados o, si estás muy evolucionado, cantarás ¡bingo!, lo cual querrá decir que eres un metroemocional y a partir de aquí podrás restregárselo por la diadema a toda damisela con flojera.
No los hay azules, y, además, destiñen.
Recuérdalo.
ROSETTA FORNER, 3 de junio de 2007
3
INTRODUCCIÓN A LA EDICIÓN DE 2005: EN BUSCA DEL HOMBRE METROEMOCIONAL
«Existen muchas mujeres rebeldes, abrecaminos, olfateadoras de tendencias, rompedoras de moldes, renacentistas, generadoras de conceptos. Mujeres inteligentes, valientes, luchadoras y tenaces que se han ganado a pulso su triunfo profesional. Mujeres que dirigen los hilos de su destino y que, sin embargo, nunca jamás han renunciado a su dignidad de mujeres, ni se han sentido indignas por serlo. Tampoco se sienten ni se tienen por inferiores a los hombres en ningún sentido. Simplemente diferentes, como cualquier ser humano lo es de otro, lo cual no impide que seamos complementarios. Y, te diré más, esas mujeres nunca han adoptado los patrones disfuncionales de comportamiento (machistas y testosterónicos) de los hombres para manejarse en el mundo empresarial. No han perdido su esencia a diferencia de muchas mujeres que se han vuelto una suerte de marimachos porque pensaron que ésa era la única manera de sobrevivir en el mundo empresarial. Esas mujeres, como yo, nos sentimos muy orgullosas y contentas de ser mujer.»
La maldición de Eva
a) Cuando las mujeres dominen el mundo
Un documental de la BBC lo predice para el año 2020
Artículo publicado en el diario El Mundo,
sección Ciencia, del 2 de abril de 2004. Autora: Ana Romero.
«La clonación les permitirá tener niños sin necesidad de semen. La congelación de óvulos les ofrecerá la posibilidad de quedarse embarazadas a los 40 años, tras haber consolidado sus carreras.
»En el programa de la BBC la historia se sitúa en el año 2020, y la escena es la siguiente: una familia inglesa sigue por televisión el viaje de Estado a Londres de la presidenta de EE UU, de apellido García. Dicha familia británica está compuesta por la madre, una exitosa empresaria de 55 años que acaba de recibir en su lap top, vía e-mail, la noticia de que el embrión que ha encargado para tener otro bebé ya está listo; la hija mayor, una agresiva diputada con un brillante currículo profesional; la segunda hija, una adolescente que cuenta la historia, y un hijo varón de 22 años, siempre irritado porque en la oficina donde trabaja las mujeres progresan más rápidamente que él. El deprimido padre, del que la madre se divorció hace años, forma parte de un grupo de hombres furiosos por su falta de derechos.»
Aquí termina la parte de ficción del creativo e imaginativo documental de la BBC, emitido el 31 de marzo de 2004. Todos los datos y las entrevistas del programa son reales. Existen hechos científicos que sustentan la hipótesis según la cual el futuro cercano es de las mujeres.
Según, por ejemplo, la profesora Greenfield, una de los expertos entrevistados en el programa de la BBC, actualmente en Inglaterra una de cada tres mujeres gana más que su pareja, y un tercio de las empresas británicas son fundadas por mujeres. Asimismo, Mike McClure, del University College de Londres, cuenta en el programa que las empresas del siglo XXI necesitan de las características femeninas, y es que, según él, tanto la flexibilidad como la tendencia a escuchar antes que imponer están naturalmente más desarrolladas en las mujeres. Y dado que las empresas están actualmente en perpetuo cambio, dichas habilidades son sumamente necesarias. La capacidad de las mujeres de combinar los quebraderos de cabeza de la casa con los de la empresa las convierte en empresarias idóneas. O sea, que son unas juggle (en inglés significa ‘hacer juegos malabares’) perfectas.
Al parecer, el siglo XXI ofrece a las mujeres la misma igualdad de oportunidades y posibilidades para desarrollar su potencial intelectual y humano, independientemente del sexo con el que nacieron.
b) Männer, männer... Hombres, hombres...
Éste era el título de una brillante película alemana de 1980, o sea, del siglo pasado.
«El ansia de ser deseado suele ser el camino del éxito»
Son palabras del escritor Mark Simpson, al que se le atribuye la creación del término metrosexual.
Mark opina en una entrevista publicada en el diario Las Provincias (10 de abril de 2004) que, en nuestra sociedad, el anhelo de ser deseado suele ser el camino del éxito. Ésa es la razón de que a David Beckham le paguen más de lo que merecería por su talento futbolístico, es decir, su caché hunde sus raíces en su condición de ser un hombre metrosexual.
Asimismo, cuenta que esta aparente «liberación masculina» no es sino un caso de esclavitud bien vestida. Y es que los hombres viven angustiados, como cualquier producto del marketing y la publicidad.
(Sic): «En cierto modo, los hombres metrosexuales son la consecuencia del posfeminismo castrador. Narcisistas, exhibicionistas y consumidores compulsivos, han hecho suyos los rasgos atribuidos al sexo opuesto.»
Como la rivalidad es brutal, el objetivo se centra en superar el atractivo de los contrincantes más que en acaparar la atención del sexo contrario. Por esa razón no escatiman esfuerzos ni gastos, recurriendo incluso a la cirugía estética si es necesario. Los metrosexuales son sucesores del dandy por sus formas pero no por su contenido: mientras los dandies (dandy) afirman con su elegancia la pertenencia a una determinada clase social o estilo de vida, los metrosexuales no saben existir de otro modo.
En realidad, esta tendencia sólo es progresista en su superficie, tratándose únicamente de un mero cambio a nivel de maquillaje, ya que en las capas más profundas las cosas no varían: si se ahonda se descubren los valores machistas de siempre. La tendencia metrosexual para el hombre del siglo XXI no supone, por el momento, un avance en la lucha por la dignidad y paridad de ambos sexos, según palabras de Antonio García (presidente de la Asociación de Hombres por la Igualdad de Género, que tiene su sede en Málaga, España).
Mis comentarios
Dicha tendencia, que basa sus variables de cambio en el proceloso mar de la imagen externa, puede llegar a provocar cambios profundos, radicales y significativos en la sociedad. Al fin y al cabo, mientras que el inventor del término es un escritor, los aireadores son miembros de la comunidad publicitaria. La agencia RSCG se ha encargado de difundir, desde su sede de Nueva York (EE UU), los resultados de un estudio sociológico al respecto. Según dichas conclusiones, en el siglo XXI nos encontramos con hombres dispuestos a explotar sin miedo su lado femenino al igual que en el siglo XX las mujeres lucharon por lograr la igualdad. Al parecer, el varón del siglo XXI se preocupa por su imagen externa tal y como lo hace la mujer.
Fantástico.
También a ellos les han vendido la moto
Tanta lucha feminista, tanto intentar convencer al ser humano de volver la vista hacia su interior, tanto tratar de reconducir la escala de valores... Y como toda solución a la humanización del ser humano, hasta al hombre se le ha convencido de que ser mujer se reduce a pintarse los morros, estirarse las pestañas, ponerse lencería sexy de encaje y blonda, hacerse una liposucción que deje en buen lugar el culo y eleve la estima a su digno sitio, rellenarse los labios de una imbesable silicona, dibujarse pómulos eslavos (son esos altos y propios de la raza eslava) que disimulen una tristeza caída, de imaginación evadida no con los años sino con los sueños perdidos.
¿De verdad las mujeres sólo somos exterior y puro exterior?
¡No!
No. Y no.
La feminidad, el ser mujer, el potenciar la parte ánima de la psique no se reduce ni puede basarse jamás en lo externo. Una mujer no es más mujer por tener una talla 92 de sostén. Una mujer no es más sexy porque tenga los labios gruesos. Una mujer no es más exitosa o válida porque vista una talla 38 o tenga un pompis redondito y atlético. Una mujer no es más atractiva porque tenga unos labios gruesos (los naturales suelen ser carnosos y bellos, no así los artificiales, que parecen producto de un puñetazo propinado con mala leche...).
No.
Pero esta sociedad consumista, capitalista y esclavista está empeñada en confundirnos el sentido a propios y extraños, haciéndonos creer y reforzando dicha creencia con ahínco, que en el consumo de ciertos productos y en la posesión de otros radica nuestra felicidad, satisfacción humana y éxito.
Pero un deseo que liga su potencial de satisfacción a elementos externos de evaluación de grado altamente subjetivo, está abocado al fracaso. Sí, fracasará estrepitosamente en el logro de su ansiado éxito, en sentirse deseado, pues como el champán, su efecto dura lo que las burbujas en la boca, esto es, décimas de segundos... Y, para prolongar dicho efecto, sólo queda la adicción permanente a los suministros externos de dicho éxito o de su virtualidad.
La única manera de satisfacer el ansia de ser deseado es abrazar el camino del desarrollo personal
Éste no tiene nada que ver con el exterior, ni con el culto al cuerpo en detrimento del espíritu. Ya lo dijeron los sabios: «Mens sana in corpore sano». Un alma sana, una mente en estado de equilibrio dinámico, una felicidad trabajada y macerada al amparo de la madurez psicológica se refleja en un cuerpo sano, esto es, bello y saludable. Aunque la belleza de este cuerpo no se ajuste a los cánones de las pasarelas ni del código mercadotécnico de la publicidad. Un cuerpo sano no es un cuerpo Danone. Un cuerpo sano es uno donde su habitante, el alma, se siente a gusto con sus más y sus menos como ser humano, y basa el equilibrio de su psique en la relación dinámica con su alma y su espíritu.
Mientras seamos esclavos alienados y seguidores ciegos de las modas que impone la publicidad (voz de su amo el capitalismo), nos centraremos en ajustarnos al modelo de esclavitud reinante y nos sentiremos frustrados toda vez que (recuérdese: la mayoría de las veces fracasaremos) nuestros intentos de alcanzar la perfección ficticia se muestren inútiles y no logremos sino generar más y más desasosiego anímico.
Reconozco que vivimos en un mundo donde las variables que conforman nuestra psique son más de las que logramos manejar a nivel consciente. Es más, algunas de ellas actúan tan sigilosamente que apenas son perceptibles, si es que lo llegan a ser, por estar invisible y disimuladamente (forman parte del paisaje) almacenadas dentro de nuestro modelo del mundo. Me estoy refiriendo a la religión.
«Cito al antropólogo Marvin Harris (sic): “Todas las culturas poseen un repertorio de técnicas para obtener ayuda de sus dioses. ¿Qué menos que pedirles la resurrección y la vida eterna?”
Asimismo, el filósofo Gonzalo Puente Ojea sostiene que el hombre, desde hace miles de años, subjetivó acontecimientos naturales, como los huracanes u otros cataclismos naturales, e intentó exorcizarlos con rituales mágicos inventados: unos de protección frente a esas fuerzas incontrolables; otros, de súplica. De igual modo, las imágenes —como las que se pasean por las calles en Semana Santa— tienen sus precedentes en las pinturas rupestres, donde ya se representaba la magia de la imitación: si pinto una escena de caza exitosa, ocurrirá en la realidad. Esa ritualidad asegura el contacto con lo sagrado...
Asimismo, el antropólogo Tylor opina que los rituales religiosos son actos sociales en los que se pierde la individualidad y sirven para mantener un orden social determinado.»
Artículo «Sacrificarse por los dioses»,
publicado el 9 de abril de 2004 en el diario El Mundo
Opino como Tylor, y hago mías sus palabras, por lo que, parafraseándole, diré: «Los rituales publicitarios y consumistas de belleza y culto al cuerpo son actos sociales en los que se pierde la individualidad y sirven para mantener a la especie humana dentro del huevo, al tiempo que se mantiene ese orden social determinado, que no es otro que el del tontismo consumista que aliena las mentes y neutraliza la intervención salvadora del alma».
Asimismo, las palabras de Ojea cuando dice que «si pinto una escena de caza exitosa, ocurrirá en la realidad...», si me consigo un cuerpo Danone, unos labios como los de la modelo fulanita, un color de ojos como los de la actriz menganita, uso la misma ropa interior que la cantante sotanita... (lo mismo para los hombres pero sustituyendo los nombres femeninos por los de hombres famosos en el fútbol, etc.) lograré reproducir su éxito, esto es, seré deseada o deseado, y tendré a todo el mundo a mis pies, lo que equivale a algo así como: «todo el Olimpo a mi disposición».
Pero dicha aspiración se torna vana. La premisa se muestra vacía de realidad y de sentido, y no pudiendo sostenerse sobre su base, lo sensato sería deponer las armas de la estética externa y regresar al cálido hogar del alma...
Pues... ¡no!
Se lanzan más aún de cabeza al consumismo, en vez de recurrir al yoga o a la meditación trascendental o al coaching personal..., anhelando ser un perfecto hombre metrosexual del siglo XXI o una perfecta Barbie-tonta-de-labios-y-tetas-cerebro-silicona-siliconarum.
Es rematadamente fácil convencer al ser humano, en general, y más cuando se le aborda en clave grupal, esto es, como miembro de un club. Se trata de una premisa bien conocida en el mundo de las agencias publicitarias (variable que conozco muy bien, pues provengo profesionalmente de dicho sector). Yo misma, sin ir más lejos, diseñé estrategias para convencer al consumidor o usuario de que le convenía comprar tal o cual producto o llevar tal o cual marca (era sumamente fácil «comerles el coco», perdón por la confesión sin rubor ni remordimiento alguno), en los despachos de marketing de las empresas, y en los manuales sociológicos referidos al consumo.
Fascinante ver cómo se pueden mover los hilos del cambio, de las tendencias, de las modas...
Fascinante observar cómo los creadores de opinión funcionan en orquestada maniobra maquiavélica al servicio del poder fáctico e invisible de la llamada eufemísticamente «sociedad de consumo».
Fascinante constatar cómo lo que ha descrito Gregg Easterbrook (periodista de Washington asociado de la Brookings Institution) en su libro La paradoja del progreso se muestra sin rubor en el vecino de despacho, sin ir más lejos, o en la colega, o en el presidente de la asociación de vecinos: los guionistas de Hollywood marcan el paso, ponen el listón, y deciden cuál es el oscuro objeto de deseo de la temporada. Y, ¡olé!, a sacarle humo a la tarjeta de crédito. A desear ser más que el vecino de la serie televisiva.
Cito textualmente a G. Easterbrook:
«La hipocondría social es la enfermedad de la nación más exitosa del planeta. Según la mayoría de los indicadores, la vida ha mejorado más allá de los sueños e, inclusive, las más recientes generaciones. Y, sin embargo, muchos americanos, indiferentes a la abundante información y las experiencias personales, insisten en que el progreso es una simple quimera.»
Easterbrook dice que la actual «discontinuidad entre la prosperidad y la felicidad» es tal que la «avalancha de buenas noticias nacionales» asusta a la gente, molesta a la prensa y no aumenta en nada la medida de la felicidad.
Las explicaciones de Easterbrook incluyen:
• «La tiranía del cuadro pequeño.» La preferencia de las malas noticias produce una concentración en los problemas menores que quedan cuando se consigue una mejoría en las grandes. Malas noticias inventadas sirven para estimular las campañas de recaudación de «los grupos de intereses en los desastres». También hipertrofia la autoimportancia de las elites, que pierden estatus cuando la sociedad está funcionando bien. Las elites de los medios de comunicación tienen un interés en la «ansiedad ampliada de los titulares».
• «La evolución nos ha condicionado a creer lo peor.» En la selección natural darwiniana, el pesimismo, la sospecha y el descontento pueden ser rasgos de supervivencia. Quizá nuestros relajados y optimistas progenitores fueron devorados por tigres de colmillos de sable. Sólo prosperaron los genes proclives a la ansiedad.
• «La ansiedad inducida por los catálogos» y «la venganza de las tarjetas de crédito» ocasionan que la abundancia material acreciente la infelicidad. Mientras uno puede pedir y cargar más crédito, más conscientes somos de lo que poseemos. La «moderna tiranía de la opción» provoca en los consumidores una perpetua intranquilidad y una lamentación eterna...
• El último síndrome es «la tiranía de lo innecesario», que lleva al «síndrome del décimo martillo». Tenemos tantas cosas innecesarias amontonadas que, en ese caos, no podemos encontrar ninguno de los nueve martillos. Así que compramos el décimo. Y la pila se hace más grande.
• El cultivo —e incluso celebración— que los intelectuales, los abogados litigantes, los políticos y la prensa hacen de las víctimas es tanto causa como efecto en la actual cultura de la queja.
Easterbrook está escandalizado por la corrupción corporativa y por la pobreza en medio de tanta abundancia. Y hace muchas reflexiones sensatas acerca de cómo corregir el desequilibrio que siente mucha gente entre su abundancia material y la escasez de significado que encuentra en sus vidas. Lo esencial de su consejo es que debemos tomar una actitud más espiritual y ganar un significado haciendo el bien mientras disfrutamos de nuestra prosperidad material. Si tenemos más abundancia espiritual, seremos seres más sólidos, mejores humanos y estaremos más satisfechos a niveles más profundos.
Tanta frustración vital.
Tanta desolación existencial.
Tanto despiste espiritual.
Tanto vacío de corazón.
Tanto desamor relacional.
Hace que seamos presa fácil de todo aquello que nos distraiga de semejante fiasco. Por consiguiente, seguimos hincándole el diente a los elementos externos de éxito, tales como el coche, la pareja, la casa y el barrio donde está ubicada, y ¡cómo no!, el cuerpo en el que depositamos las posaderas de nuestra delicada y etérea alma.
Ya, ya me he dado cuenta..., soy consciente de que apunté que la pareja que uno tiene es un elemento externo definidor del éxito.
Cierto.
Dependiendo de la pareja que tengamos, así será nuestro éxito
Pongamos por caso que soy hombre, rondo los 45, dirijo empresa propia, tengo un divorcio en mi haber, poseo un coche de gama alta o lujo, chalé en la costa, yate o similar, y un gran disponible financiero en el banco. Lo propio será que me busque una esposa que luzca mi éxito. He aquí el perfil de la combinación ganadora: mujer (por supuesto); entre 30 y 40 años muy bien llevados, esto es, sin arrugas, sin flacidez, esbelta y en forma; elegante, con clase y educada; inteligente y de conversación interesante y brillante (recuérdese: ha de acompañarme a cenas de negocios y demás menesteres sociales en los que ha de dejarme a la altura de la Luna, no de las cloacas); con posición social y económica (he de poder presumir de ella); y si es famosa por algo y/o tiene posición —es una chica correcta—, mucho mejor. ¡Ah!, lo olvidaba, ha de seguirme a donde yo le diga, no ha de pretender tener más neuronas que yo, ni enmendarme la plana delante de otros, no importando si son propios o extraños; ha de mostrarse sumisamente cariñosa, y estar siempre de buen humor, chic, elegante y dispuesta a seguirme al fin del mundo, y que no se le ocurra envejecer porque en ese supuesto la cambiaré.
Obviamente, no existe este perfil de mujer.
¿Cierto?
No.
Existir existe, pero... la cuestión no es si existe o deja de existir.
La cuestión es si una mujer maravillosamente inteligente y bella está dispuesta a apartar de sí su corona para servir de comparsa a un señor en sus menesteres. Confieso que conozco a mujeres que lo hicieron, pero la mayoría volvió a buscar su corona para no quitársela nunca más. Ese tipo de mujeres reconquistó la dignidad de su realeza para no volver a perderla, intercambiarla, negociarla a la baja o encerrarla en el desván, a cambio del amor de un hombre. Ya he hablado largo y tendido sobre ello en mi anterior libro, La reina que dio calabazas al caballero de la armadura oxidada. Por consiguiente, una mujer de ese calibre sólo vuelve a considerar la opción de casarse o emparejarse con un hombre de su nivel, alguien de su estirpe, noble y libre que la ame precisamente por su singularidad y genuinidad, por ese rasgo que la hace diferente a esas otras mujeres que no usan su corona para reinar su vida. Un igual en todos los sentidos, alguien con quien compartir el reinado, esto es, una corregencia. Por eso hay tantas mujeres inteligentes, bellas de alma y de espíritu libre que siguen solteras después de haberse divorciado. Les trae al pairo lo que diga la sociedad. Por consiguiente, no se casan de nuevo a menos que hallen a su alma gemela, esto es, un rey para una reina.
Ya lo ha vaticinado la BBC en su programa: para el año 2020 (sólo faltan 16 años), las mujeres pasaremos de ellos, y a ellos sólo les quedará la opción de fundar un club para hombres cabreados.
En ese mundo, la tortilla se habrá dado la vuelta (¿o la dio ya en 2004?) y será una mujer la que podrá firmar el siguiente anuncio: «Busco compañero acompañante de viaje vital y sublimes puestas de sol, con buen aspecto físico, joven de espíritu, cuerpo amable y elegante porte, en forma, ágil de mente y con ideas propias, conversación amena y brillante que no pedante, servicial, atento, mimoso, condescendiente, viajemos juntos cuando el trabajo de uno de los dos lo requiera y así ambos lo deseemos, respete mi espacio o “vuelta al hogar del alma” cuando yo lo necesite, limpio y aseado, que cuide de la casa como yo, cuente cuentos a los niños y me haga el desayuno. ¡Ah!, lo olvidaba, que se haga cargo de su psique, esto es, haga yoga u otra actividad que le reporte beneficios en esa línea, y tenga un coach para mantener en forma su alma y su corazón humano. Un hombre interdependiente, con el anima y el animus en su sitio. De romántico sentir e independiente pensar. Que me haga sentir la mujer más reina del universo universal. Un hombre que me sepa amar hasta el fondo de su alma y aún más allá de los sueños y de la muerte existencial. Un hombre suficientemente inteligente y sabio, seguro de sí mismo, conocedor y valedor de sus talentos y capacidades como para no sólo no asustarse de una mujer como yo sino, sobre todo y ante todo, sentirse el ser más afortunado del mundo por tener el amor de una reina como yo. En definitiva, alguien que me haga pensar que el propósito de mi existencia no se redujo sólo al cumplimiento de mi misión vital, pues conocerle a él se tornó tan importante como aquélla. Un igual de alma, un ser multisensorial en cuerpo de hombre».
¿Existen hombres así?
Vamos a descubrirlo.
El dating, o sea, el ligar en tiempos de liberación femenina
En este libro doy un paseo por los especímenes de hombres que he conocido directa o indirectamente, y he hecho una clasificación basándome en un rasgo predominante de su personalidad externa, esto es, sus comportamientos en el terreno de la conquista de una mujer. Dicen que ellos son cazadores, mientras que ellas son nutricias y eje del hogar. Por consiguiente, ellos han diseñado las normas y reglas del dating (citas románticas) e inician, por supuesto, la danza de la conquista. Sin embargo, según muchas psicólogas expertas en relaciones de pareja, muchos hombres no se atienen a esas normas caducas del medioevo-citas-romanticonas, esto es, no piensan que sea patrimonio exclusivo del hombre el dar los primeros pasos o tomar la iniciativa. Por eso los hombres con este perfil de pensamiento y patrones de creencias a veces no se acercan a una mujer si ésta no les muestra que siente interés por ellos, es decir, les sucede lo que a muchas mujeres: sólo se les aviva el interés por el otro cuando éste es bidireccional: él también muestra interés por ella. Por consiguiente, los hombres y mujeres de estilo proactivo e igualitario habrán de encontrarse, ya que ambos necesitan a un igual con quien bailar la danza del romance. Si una mujer proactiva se encuentra con un hombre a la antigua usanza (de los que cazan), a buen seguro que saldrá huyendo, ya que una proactiva con un cazador forman una pareja muy extraña, además de incompatible. Asimismo, cuando un hombre proactivo se tope con una mujer amazona cazadora le sucederá lo mismo: saldrá huyendo, no podrá soportar semejante acoso y derribo.
¿Hay quién se aclare?
¿Hay forma de hallar el alma gemela en medio de tanto barullo y senda invisible?
¿Hay alguien suficientemente valiente y persistente como para perseverar a pesar de la confusión reinante?
¿Cómo hacer para no encerrarse en bosques oscuros y no ser presa de la desesperación?
¿Cómo comportarse, qué mensaje emitir, transmitir y retransmitir para tratar de contactar, al menos contactar, con los de nuestro perfil de alma?
Con el ánimo de depurar y organizar mi propia biblioteca de praxis y teoría del dating, me lancé a escribir este libro, eso sí, haciendo gala del humor que me permite salvar situaciones vitales conflictivas y duras de roer. Porque las cosas, no por ser tomadas con humor, o sea, a la ligera angelical, son menos serias, comprometidas, juiciosas y sabias. Todo lo contrario. Suelo recordar que los ángeles vuelan porque se toman a sí mismos a la ligera. Además, las cosas aprendidas con humor son mejor aprehendidas, asimiladas y elevadas.
Mi clasificación tipológica de Homos, por consiguiente, pretende ser práctica, amena, útil, divertida, inspiradora, mágica, didáctica y humana, y ¡cómo no!, contributiva.
Mis comentarios y clasificaciones peculiares pretenden inspirar pero no sentar cátedra. Son fruto de mi visión y praxis empírica del mundo. Ésta última contrastada con otros seres humanos que han compartido miedos, sinsabores, éxitos, logros, extravíos, pérdidas, ganancias, ideas, creencias, anhelos, sueños y alma conmigo a lo largo de mi vida profesional y humana. Me enorgullezco de haber aterrizado (léase, nacido) en esta época de tantos cambios sociales. Por consiguiente, está en mi ánimo el contribuir a que las relaciones humanas se suavicen y se conviertan en puentes que acerquen cada vez más, en lugar de crear abismos que separen y aíslen. Me siento comprometida a encontrar vías de entendimiento útiles para ambos bandos, de modo que se creen sinergias de cooperación y acercamiento de posiciones. Eso sí, todo entendimiento con el otro pasa por el entendimiento del ser más cercano que uno tiene: uno mismo. Es imposible crear puentes de unión, de amor y de sana interrelación con otro semejante si uno no es capaz de acercarse ni un milímetro al ser más importante (debería serlo) de su vida. La sociedad es bombardeada todos los días con miles de mensajes que no hacen sino reforzar la idea errónea pero normal (como diría Clarissa Pinkola Estés: «Se ha normalizado lo anormal») de lo que son las relaciones entre un hombre y una mujer.
¿Por qué digo erróneas?
En las relaciones sentimentales sólo se refleja el aspecto o experiencia disfuncional de éstas
Reforzándose una y otra vez el estilo que, precisamente, jamás deberían tener las relaciones. Reiterándose, asimismo, las variables que sustentan las relaciones erróneas.
Quizá por ello las relaciones sentimentales, o románticas, entre hombres y mujeres son tan difíciles: porque se sigue el mapa equivocado, y así es imposible llegar a donde queremos llegar. Las películas, las series, las canciones de amor, los libros románticos, los programas de televisión..., se empeñan en hacer creer a la gente que el amor de verdad es el que te deja destrozada la vida cuando él o ella se alejan de ti. Se empeñan en inyectarnos en el inconsciente esa mentira socialmente normalizada que nos refuerza la idea de que el amor es igual a celos, sufrimiento, mentiras, deseo permanente, frenesí inagotable y un falso «fueron felices y comieron perdices» sin tener que elaborar, trabajar y cuidar, en definitiva, alimentar y procurar la supervivencia de la relación.
Las relaciones son como un río, nunca sabes qué vas a encontrar más adelante: un remanso, una catarata, un rápido, una cueva o qué. Asimismo, las personas evolucionamos, nuestra alma tiene sus planes y, con los años, algunas relaciones dejan de tener sentido, hemos de dejarlas e irnos hacia la persona con la que nuestra alma ha pactado encontrarse para cumplir una nueva misión o etapa.
Cuando dos personas se encuentran en su camino vital, han de ayudarse a conocerse. Han de ayudarse a reconocerse en su alma, en sus comportamientos, esto es, ponerse al día. Han de guiarse mutuamente, pues son como dos universos que se encuentran y han de ayudarse en la exploración mutua. Tendrán que acercar posiciones, conversar, hacerse confidencias, sincerarse, abrirse, exponerse, ser vulnerables, apoyarse, «negociar» aspectos menos románticos pero sí prácticos de la relación. Ahora bien, si una relación no fluye desde el principio, es mejor dejarla. Fluir no significa no tener que afrontar «zonas oscuras», «descubrir zonas inhóspitas»... Fluir tiene que ver con no tener que darse explicaciones, con no tener que ceder, tergiversar, mentir ni esconder nada de uno. Fluir es sentir que la confianza arropa la relación, la guía y la vertebra. Cuando dos seres se relacionan a nivel de alma, la relación es fluida, el tiempo transcurre en un suspiro y, desde el primer momento, ambos «sienten» que se conocen, que es como reencontrarse con alguien querido a quien hace tiempo que no se ha visto. Una relación a nivel de alma sabe que es real, por lo que no hay que seducir sino amar.
Amar a alguien que es alma gemela es garantizarse una relación que fluye, esto es, basada en la confianza. Aunque bien es cierto que muchas personas acaban por bajar el listón, pues se hartan de esperar a su alma gemela. A veces, el alma gemela pasa de largo porque nosotros le enviamos mensajes equívocos: disimulamos quiénes somos de verdad por temor a «no conseguir pareja nunca jamás».
Nunca, nunca, nunca hay que fingir ser quien uno no es ni esconder quien uno es
La autenticidad y aferrarnos a nuestro sueño nos salvará del desastre. Más vale estar con uno mismo en armonía y haciéndole sitio a la sorpresa del destino, que enredado en una mala relación o relación a medias (consecuencia de haber bajado el listón o haberse conformado con el factor «bajo riesgo»), ya que ello nos impedirá reconocer al alma gemela.
No renuncies a tus sueños, no te conformes con «opciones menos malas».
Recuerdo que hace años yo soñaba con irme a Madrid a trabajar en una agencia de publicidad multinacional. No sabía el nombre de la empresa, pero tenía muy claro el perfil de la misma y el tipo de jefe que deseaba para mi nueva etapa profesional. Si hubiese renunciado a mi sueño, si hubiese admitido que no era posible que me hiciesen una oferta en una agencia así, nunca lo hubiese logrado, sencillamente porque me hubiese conformado con cualquiera de las ofertas que me hicieron: algunas provenían de agencias cuyo perfil era parecido a la «agencia de mis sueños», pero, dado que yo sentía que «no era», decidí aferrarme a mi sueño. Mientras lo alcanzaba, preferí seguir trabajando en la agencia en la que estaba. De haber aceptado alguna de las ofertas que tuve, seguro que nunca me hubiesen llamado de la agencia de mis sueños.
Probablemente.
Asimismo, me encanta contar que el día en que me iba a Madrid a la entrevista, se me sentó al lado el arquitecto (él mismo me dijo que era «una señal del destino») que había diseñado el edificio Windsor —ahí estaban entonces las oficinas de esa agencia de publicidad—. Logré mi sueño, lo alcancé. Por ello, toda vez que persigo un sueño, me recuerdo que debo perseverar, ser valiente y aferrarme a mi sueño. Nunca he de soltarme, pues siempre acabo por hacer realidad mis sueños, soy así de cabezota. Además, también es cierto que consulto a mi corazón, y le pregunto cómo se siente. Asimismo, filtro la situación por mi intuición y tengo en cuenta las sutiles señales que mi inconsciente me ofrece a modo de extra. Pondré un ejemplo: siempre que tengo una reunión de trabajo para recoger un briefing (información esencial para elaborar el proyecto), me fijo en qué señales me envío subliminal y sutilmente, a modo de sincronicidades, como hubiese dicho Jung. Por ello, siempre que me pierdo, no consigo orientarme, o todo lo contrario, llego sin contratiempos, veo todas las indicaciones, no hay atascos, no se me rompe un tacón, no me tuerzo un pie, encuentro sitio para aparcar, me sonríe la recepcionista, me guía un policía motorizado hasta el lugar, y así... Tomo nota. Funciona. Toda vez que me orienté, me encontré con alguien que me indicó el camino... me dieron el proyecto. Por el contrario, cuando me extravié, no supe orientarme, me torcí un tobillo, etc., no llegué a un acuerdo. Tengo una especie de percepción precognitiva, una especie de «avanzadilla» que me cuenta cómo están las cosas al otro lado. Cuando no he hecho caso a los «toques de aviso», me ha ido fatal. En cambio, cuando los he tenido en cuenta, me he ahorrado muchos sinsabores y he logrado muchos éxitos.
Creo firmemente que dos almas pueden establecer contacto antes de conocerse físicamente
Por consiguiente, abro los canales, esto es, dejo que mi inconsciente tome el mando y me dejo guiar y aconsejar por las señales. Si me encuentro mal, hago caso. Si me encuentro bien, hago caso. Sienta lo que sienta, le doy crédito, me lo tomo en serio. Cuando uno practica el reconocer las sutiles señales de la sincronicidad, se acostumbra a detectar hasta la más mínima señal. Ahora bien, lo más beneficioso del practicar lo que en PNL se conoce como activ dreaming es ahorrarnos un montón de citas a ciegas, despistes emocionales y reuniones insidiosas.
Pero como a la intuición le va muy bien la razón como complemento, nada como tener información documentada para que doña análisis pueda suministrar alimento al equipo formado por intuición y razón.
Que la imaginación te acompañe, y disfrutes del contenido de este libro.
PRIMERA PARTE
EL ORIGEN DE TODO INFORME
1
UNA PUBLICISTA EN BUSCA DEL HOMBRE METROEMOCIONAL
Rosemary estaba sentada de espaldas a la magnífica puesta de sol sobre el Golden Gate Bridge de San Francisco, que se divisaba desde su despacho, situado en una de las esquinas del edificio en el que se encontraban las oficinas de la agencia de publicidad en la que trabajaba (Y & R, Yellow & Rose, una de las mejores y más exitosas agencias de publicidad mundiales). El suyo era uno de los llamados de «esquina», pues los ubicados en las esquinas eran para los directivos de alto rango, o lo que es lo mismo, los adjuntos a la presidencia (CEO) de la compañía. Ella era la directora de Marketing Services de Y & R desde hacía diez años. Le había costado alcanzar ese puesto. En un sector tan competitivo como el publicitario, tuvo que esforzarse en mostrar y demostrar lo excelente profesional que era. Asimismo, había tenido que pelear con uñas y neuronas para que no le arrebatasen el puesto ni las ideas ni la genialidad. Pero esto no tenía nada que ver con el hecho de ser mujer, sino con el de ser una profesional de alto nivel y trabajar en el mundo de la publicidad, un mundo de tiburones, trepas, picos de oro, divos y también de gente tremendamente brillante y profesional. Tanto hombres como mujeres tenían que enfrentarse a un mundo altamente competitivo, y más si nos referimos a los niveles de dirección: ahí las pruebas y la competitividad se recrudecían, y las trampas eran más sofisticadas.
No era un mundo de «hombres versus mujeres», no. Era un mundo de «profesionales versus advenedizos».
Como sucede en casi todos los sectores laborales, por no decir todos.
Obviamente.
En todas partes cuecen habas.
O ¿no?
Desafortunadamente, así es.
Volvamos a Rosemary, nuestra fantástica, profesional y brillante ejecutiva. Con una abundante cantidad de éxitos profesionales en su haber, y un currículo académico que epataba al contemplarlo.
Pero no todo eran rosas en su jardín.
Su vida personal no estaba arropada de la misma magia y esplendor que su vida profesional. Se había divorciado hacía once años, y de momento seguía casada «consigo misma», como a ella le gustaba decir. Su trabajo le apasionaba, y la elevaban los retos que se suceden a diario en una agencia de publicidad.
Campañas y más campañas de publicidad.
Diseño de estrategias.
Presentaciones a los anunciantes (los clientes que encargan a la agencia las campañas de publicidad para sus productos).
Viajes para reunirse con los colegas en otros países.
Reuniones internacionales.
Congresos.
Cócteles (fiestas del sector publicitario organizadas alrededor de la excusa de «presentar» esta revista, entregar este o aquel premio, o simplemente, homenajear a alguna vieja gloria del mundo publicitario...).
Jornadas interminables en el despacho preparando «tropecientos mil» trabajos para antes de ayer...
New business, la forma de referirse a «tratar de arrebatarle la cuenta a otra agencia de publicidad»...
Cuentas: término usado para referirse a los productos para los cuales la agencia prepara las campañas publicitarias. Obviamente, el cliente es la empresa fabricante del producto en cuestión, y la que paga los honorarios de la agencia.
Medios: son los vehículos publicitarios, o sea, donde se exhibe la campaña de publicidad o sus anuncios. Medio es la televisión, las revistas, la prensa, las vallas (medio exterior), la radio, internet, el cine y...
Estrés.
Mucho estrés estresante.
Fascinación.
Mucha fascinación.
Ajetreo.
Mucho ajetreo ajetreado.
Competitividad.
Demasiada competitividad.
Ingenio.
Nunca había suficiente.
Creatividad.
A veces sobraba o parecía sobrar cuando se trataba de clientes de postura tradicional.
Humor.
¡Menos mal que lo tenía!
El humor les impedía intentar abrir un agujero en los ventanales y lanzarse a la bahía.
Genialidad.
Afortunadamente siempre había alguien que la tenía.
Triunfos.
De no haberlos tenido, no cobrarían el sueldo y la agencia hubiese tenido que cerrar las puertas.
Fracasos.
Afortunadamente, los había. De vez en cuando algún anunciante decía «no, gracias», y eso les proporcionaba un cabreo primero, pero una cura de humildad después.
«Trabajar en una agencia de publicidad multinacional y tener un alto cargo directivo no te deja tiempo para nada —dialogaba Rosemary consigo misma—. Este mundo de la publicidad es absorbente, excitante y requiere dedicación exclusiva.»
Se trataba de una conversación que sostenía con demasiada frecuencia. Estaba divorciada y sin niños.
Soltera de nuevo.
Libre.
Inteligente.
Genial.
Creativa.
Independiente.
Con buen corazón.
Divertida.
Social.
Alegre.
Profesional.
Y soltera.
¿Cómo podía ser?
Muchos hombres, y también muchas mujeres, le comentaban que no se explicaban cómo era posible que una mujer así siguiese soltera, es decir, que no se hubiese vuelto a casar después del divorcio.
Ella respondía que «no había encontrado todavía al compañero ideal», ése que le respetase —como poco— el amor por su profesión, la dedicación a su vida profesional y su elegancia de inteligencia. Ella era una mujer independiente a nivel emocional, y eso era difícil, al parecer, de aceptar en la sociedad del siglo XXI. En el año 2004, la revolución feminista de principios del siglo XX había quedado obsoleta, olvidada en los baúles del recuerdo. Ahora le tocaba el turno a una nueva revolución femenina, una en la cual debían participar ambos sexos, a saber: hombres y mujeres.
Incluso el sector publicitario, que siempre suele adelantarse a todo —por ser el creador, iniciador, impulsador y fomentador de modas—, empezaba a estar inquieto ante la falta de re-evolución social.
No era para menos.
Como mucho, en el sector publicitario se había llegado a crear la teoría del «hombre metrosexual»: metro por lo de urbano, y sexual porque es hedonista, cuida de su cuerpo y de su imagen sin ser gay (homosexual).
Nada más.
Ni una teoría más.
Ni una pista más acerca de... quién, cómo, cuándo, dónde... comenzaría la re-evolución.
Puede que hubiese comenzado ya, y que quien hubiese creado la teoría del hombre metrosexual sólo hubiese atinado a husmear, a intuir, a percibir sutilmente que algo se estaba gestando, y, no pudiendo o no teniendo capacidades o sensibilidad suficiente como para aprehenderla, se hubiese quedado en lo superficial, de ahí que la hubiese remitido al campo de lo hedonista, externo, puramente cuidado del cuerpo.
Tenía que haber algo más.
Debía.
A menudo charlaba largo y tendido con otras amigas acerca de qué se podía estar gestando en el mercado (término publicitario y marketiniano usado en investigación sociológica para referirse a la sociedad, o conjunto de individuos).
Rosemary sostenía que, al igual que en las mujeres se habían operado cambios espectaculares, y, sobre todo, en el terreno de lo emocional, lo mismo debía de estar sucediendo con los hombres.
Una amiga suya, Martha (directora editorial), sabía, por las cifras de ventas de la editorial, y sobre todo por los estudios de mercado (análisis del perfil del comprador de libros según variables sociodemográficas: sexo, edad, nivel de estudios, clase social, estado civil, niños en el hogar, y de estilo de vida: qué le gusta hacer en su tiempo libre, tipo de coche que posee, qué libros lee, deportes que practica, viajes, etc.), que se estaba gestando un cambio en la sociedad, y así se lo había comentado a menudo. Estaba en marcha un cambio realmente importante.
Esa tarde Rosemary, después de hablar por teléfono con su amiga Martha, recordó que Mark, un amigo suyo, tenía una amiga cuyo oficio era el de coach (los modernos terapeutas, que son mentores a la vez que te ayudan a resolver tus problemas y te enseñan cómo potenciar tus capacidades y cualidades). A buen seguro que la amiga de Mark sabía lo que se estaba cociendo en el mercado.
Decidió pedirle a Mark que invitase a su amiga coach a unirse a la cena que ambos tenían. Quería compartir con ella sus inquietudes. Incluso pensó en la posibilidad de contratar sus servicios de coaching, pues andaba metida en un proyecto a nivel global para toda la compañía... En la última convención anual que tuvieron los directores de Marketing, que tuvo lugar en Maui, se les había ocurrido la idea de hacer un estudio sobre las variables que realmente están estructurando la definición del hombre actual. Varios de ellos intuían que se estaba produciendo un tremendo giro en la sociedad. Prueba de ello era, por un lado, el incremento de la violencia de género, y, por otro, el aumento de depresiones, enfermedades varias, y cómo no, el incremento consumista que se está produciendo en la sociedad actualmente.
Cierto es que al sector publicitario le favorece que la gente consuma más. Al fin y al cabo, las agencias de publicidad viven de las campañas publicitarias que les encargan los anunciantes, o sea, los fabricantes de coches, detergentes, cosméticos, ropa, comida, etc. Si ellos, los fabricantes, no venden, las agencias no tienen tanto negocio, ya que una de las partidas que suele reducirse inmediatamente es la del gasto publicitario, debido a que muchos anunciantes aún consideran la publicidad un gasto publicitario.
«La gente consume más, pero hay algo que se nos escapa. Y me huelo lo que es», se decía Rosemary. Ella era muy intuitiva y solía adelantarse a los acontecimientos, no en vano ese talento la había llevado a donde estaba profesionalmente. Tenía olfato para adelantarse a las modas. Podía intuir, visionar, lo que se está cociendo en el ambiente, y crear estados de opinión, nichos de mercado —crear al consumidor unas necesidades que no tenía hasta ese momento—, impulsar el consumo de ciertos productos por parte de sectores que hasta entonces no habían accedido a dicho mercado o segmento de mercado...
Cuando conociese a la coach, tendría que hacerle un montón de preguntas.
2
CENANDO A LA LUZ DEL COACHING
Mark llegó puntual a la cena, como siempre. Esperaba que sus amigas no se retrasasen mucho; como ejecutivas que eran, andaban siempre muy ocupadas con sus reuniones y solían presentarse tarde. Para su sorpresa, su amiga Ángela ya había llegado. Estaba sentada en la barra, observando discretamente a la gente que había allí. Mientras esperaba a Rosemary, le contó a Ángela —la coach— que su amiga andaba metida en un proyecto de investigación a nivel mundial. Tratándose de ella, seguro que era tremendamente interesante. A Ángela le fascinó, puesto que él siempre le había hablado muy bien de Rosemary. Según sus propias palabras, se trataba de una persona muy inteligente y brillante, dotada de una mente sagaz, ingeniosa e intuitiva.
Rosemary llegó por fin, y entre ambas se creó una empatía inmediata.
Una vez sentados a la mesa, y ya habiendo decidido qué tomarían para cenar, se lanzaron de cabeza a charlar sobre la idea o hipótesis de trabajo que Rosemary se traía entre manos.
Rosemary le comentó a Ángela que necesitaba conocer su opinión, ya que ella hacía coaching, y suponía que a su consulta acudiría mucha gente, hombres y mujeres, a contarle sus cuitas, sus inquietudes, sinsabores vitales y todo eso. Le comentó que tenía una idea, una especie de intuición de las suyas. A raíz de la teoría desarrollada y acuñada como «hombre metrosexual», se le había ocurrido que quizá... no se tratase simplemente de eso, de un cambio meramente superficial y hedonista, sino de algo mucho más profundo y amplio... Más... ¡Cósmico!, en palabras de Mark.
A Ángela le interesó el tema, razón por la cual le pidió que se explicase.
Rosemary les contó que, desde hacía años, leía y escuchaba teorías que hacían referencia a un cambio de conciencia planetaria, relativas a una evolución colectiva tanto de Gaia como de sus criaturas. Esto se venía palpando a muchos y variados niveles, en la multitud de cambios que se estaban experimentando. En opinión de ella, la Tierra, Gaia, estaba en revolución, mostrando claramente los despropósitos a los que la someten los humanos, y a los que ellos se someten a sí mismos. Asimismo, les contó que hacía años había leído el Mayan Oracle. En él se habla de una «llamada cósmica o petición de ayuda», de una convocatoria galáctica para responder a una llamada de auxilio de Gaia —un SOS en toda regla lanzado por Gaia—, pues iba a tener lugar un cambio de conciencia planetaria y se necesitaban voluntarios para dicho proceso. Se presentaron seres, sería mejor decir almas, muy evolucionadas, esto es, de un elevado nivel de conciencia. Seres, en definitiva, que habían demostrado ser guerreros de luz, portadores de la antorcha, seres alados que no sucumbieron a la oscuridad, sino que la vencieron. Y esos voluntarios se han encarnado, es decir, han nacido como humanos, están entre nosotros para poder asistir a Gaia y a sus hijos e hijas en este momento de cambio de conciencia planetaria.
Todo este relato les pareció fascinante a sus amigos. Y dado que era un tema que Mark dominaba, éste se sumó al relato de Rosemary y comentó la existencia de teorías de gente muy sesuda que auguraban un cambio de conciencia planetaria, un final del mundo tal y como se conoce.
Ángela comentó que nada de lo que ellos decían se le antojaba descabellado, ya que la familia tradicional, la pareja a la antigua usanza, está en crisis. La sociedad entera estaba en crisis. Nada satisfacía. La gente era presa de la manipulación de los gobiernos. La publicidad no hacía sino enredar, vender la moto... a la gente.
Rosemary le dio la razón. Aunque trabajase en el sector, aunque le doliese... le dio la razón. La publicidad, según ella, no es que engañe... Simplemente trataba de cubrir un agujero emocional, compensar la falta de imaginación de la cual adolece la vida cotidiana, aportar un poco de ilusión a un mundo cansino, desengañado de sí mismo..., decepcionado de las promesas de la sociedad capitalista. Simplemente trataba de aportar sueños, ilusiones, una pizca de imaginación... colorear una realidad demasiado dura, gris, triste...
Una realidad que, en opinión de Ángela, habían creado entre todos.
Mark precisó que todos contribuían a ella. Razón por la cual se imponía un cambio de conciencia, un despertar, una re-evolución a nivel individual...
Y Ángela añadió que creía sinceramente que era la mujer la que debía liderar ese cambio de conciencia, ya que en lo emocional no se había evolucionado nada. Más bien se había involucionado o des-evolucionado. A nivel tecnológico, la sociedad había avanzado en treinta años lo que no había avanzado en siglos. Logros tecnológicos impensables a principios del siglo XX, o sea, hace escasamente cien años, es decir, nada. Porque cien años son muy poco comparados con el tiempo de existencia de la Tierra. A ese nivel, la evolución y revolución ha sido increíble. Pero en lo social, en lo emocional o en lo humano-espiritual... ¡Cero patatero! No se había evolucionado nada de nada. Incluso se diría que se había des-evolucionado. Para muestra, lo avanzados que estaban en cuanto a derechos de las mujeres y convivencia respetuosa entre los dos sexos en la sociedad egipcia de los faraones. Por no hablar de la evolución de conciencia y nivel de madurez que al parecer tenía gente de otras civilizaciones muy anteriores a la nuestra. Puede que no tuviesen coche, lavadora, teléfono móvil, ni fuesen a la Luna... pero tenían conciencia del alma, respetaban a la gente mayor...
Ante semejante discurso valiente, Mark comentó que nunca antes había visto tanto asilo para gente de la tercera edad. Nunca antes se vio cosa semejante. Los viejos estorbaban. La muerte y la enfermedad daban miedo, asustaban. Se pretendía ignorarlas. No se las quería ver. Se fingía su no existencia. Y, de eso, según él, tenía mucha culpa la publicidad. Esto le hizo lamentar que su amiga Rosemary trabajase en ese sector, en su opinión, idiotizador de la conciencia humana...
Ángela apuntó que un cambio de conciencia planetaria, humana pasaba porque las mujeres liderasen una re-evolución en lo emocional. Ponerse la corona. Estirarse y decidirse a dejar de pedir perdón y de estar resentidas con su cuerpo de mujer, su identidad femenina... Según ella, las mujeres han aprendido a odiarse como mujeres, pero no entre ellas sino a ellas, esto es, a lo que representan.
Rosemary apuntó que a ella también se le había ocurrido teorizar sobre ello. Contó que, una vez, en el gimnasio, en la sauna, coincidió con unas chicas que se quejaban amargamente, protestaban acerca de la regla. La «plasta», así se referían a la regla. Ella les preguntó acerca de su grado de satisfacción laboral, si se sentían felices y satisfechas con sus vidas laborales, o si pensaban que el hecho de ser mujer les suponía trabas, y el tener que luchar más, trabajar más o tener que hacer más en algún sentido para demostrar que valían tanto o más que un hombre... Le respondieron con una retahíla de quejas amargas acerca de lo que supone ser mujer en el mundo de la empresa, la maldita maternidad como yugo que las ata a la regla y a tener que quedarse en casa cuidando del bebé, o el tener que llevar a los niños al médico cuando están enfermos mientras el marido sigue escalando posiciones en la empresa y no se le puede molestar. ¡Le parecía estar escuchando a mujeres de 1950 y pico...!
Ángela comentó que la sociedad había cambiado en lo superficial, esto es, se ha maquillado la situación. A pesar de que la mujer se hubiese incorporado al mundo laboral, tuviese más derechos, una independencia económica... La sociedad en general no había cambiado los parámetros, seguían siendo los hombres los que dirigían el mundo. Para no tener que hacer frente a una revolución femenina, que no feminista, en toda regla, crearon una especie de Matrix en el que integraron a las mujeres y les hicieron creer que era la realidad... Esto es, que son libres, iguales, independientes, que tienen derecho a un puesto de trabajo en igualdad de condiciones que el hombre. ¿Y qué decir del mundo de las relaciones sentimentales? La pareja estaba en crisis. Según muchas mujeres, no había hombres que valiesen la pena.
Y Mark añadió un poco de prueba empírica al discurso de Ángela al decir: «Para muestra, mis tres amigas: tres mujeres brillantes, inteligentes, rondando los cuarenta, un poco arriba o abajo, y solas, sin pareja». También él lo estaba, lo cual venía a corroborar la teoría de que el mundo entero estaba en crisis emocional.
Ángela explicó que, antaño, las mujeres tenían un rol muy definido en cuanto a lo que podían hacer y se esperaba de ellas. Si bien los hombres habían escrito la historia a su conveniencia, razón por la cual nos han escondido a mujeres realmente maravillosas y brillantes que han existido en todos los siglos y mucho antes de que las mujeres recobrasen la cordura y se lanzasen a conseguir el sufragio universal. Por consiguiente, había que recobrar la memoria del alma. Ésa que se refería a que nadie es mejor ni peor según su género, origen social o país de procedencia o raza. Las almas se encarnan en dos tipos de cuerpos, a saber, hombre o mujer, y ahí deberían acabar las diferencias. Sin embargo, culturalmente se les ha inculcado a los seres humanos que son diferentes, que los unos son mejores que los otros por esto y por lo otro... A las mujeres les habían vendido la idea de que ellas son menos por el hecho de ser mujeres. Y, cuando descubrieron que no es cierto, que no es así, y se pusieron en pie de igualdad, los hombres, en general, habían respondido desde el miedo, es decir, boicotearon su levantamiento y revolución, y lo hicieron principalmente no casándose con ellas, haciéndoles la vida imposible, una suerte de conspiración silenciosa e inconsciente. Porque ellos no eran conscientes de que se estaban rebelando contra el hecho de que las mujeres hubiesen roto con los patrones tradicionales y los roles establecidos dentro de la pareja donde ella era la cuidadora, la nutridora, y él era el protector, el proveedor. En la actualidad, eso había cambiado: ellas eran proveedoras, protectoras y podían sobrevivir por sí mismas. Es más, en breve a los hombres ya no se les necesitará ni para procrear...
¡La bendita reproducción asistida!
Rosemary pensaba para sí: «Esto explica en parte la situación actual: los hombres se sienten perdidos en un mundo cuyas reglas ya no han escrito ni creado, no aciertan a resolver el acertijo vital que se les presenta, y lo único que saben hacer, en general, es defenderse como pueden, esto es, desprecian a las mujeres inteligentes, sabias, brillantes, hermosas y valientes... No huyen de las reinas sino que las castigan, que no es lo mismo. Las castigan enamorándose de ellas y dejándolas por otras de inferior rango —las damiselas de diadema floja—. Las dejan no porque no las amen, sino porque las odian por no saber cómo relacionarse con ellas... ¿La solución pasa por volver al hogar, esto es, a los fogones? Menudo atraso. Tanta revolución feminista para ahora tener que renunciar a todo eso, y todo por un amor contaminado, un amor de mentira hijo del miedo y del desdén...».
Ángela la sacó de su ensimismamiento al alegar que ellas podían cambiar el mundo: «Hay que ayudar a la mujer a ver y aceptar que ella no es culpable del desaguisado emocional en el que se halla sumido el planeta. La mujer no es la culpable, es la que ha despertado antes, por necesidades varias. Ahora le toca el turno al hombre, el cual debe madurar y ponerse al nivel emocional de la mujer con rango de reina. Asimismo, las mujeres con rango de damisela de diadema floja también deben madurar. Ellas tienen que reconciliarse con sus identidades corporales, asumir que su alma ha escogido ese cuerpo de mujer independientemente de que el tener hijos biológicos esté o no en su cuaderno de bitácora. Porque venir a la vida humana en cuerpo de hombre o de mujer no se basa en la procreación, sino en el tipo de misión que trae consigo el alma. Hay que aclararle las ideas a la mujer. Despejarle las telarañas que le han atontado el sentido durante tantos años. Ya está bien de pretender que, por ejemplo, una mujer que no tiene hijos tiene más propensión a tener cáncer de mama. ¿Por qué no dicen lo mismo de los hombres que no procrean? ¿Por qué no se habla de la incidencia que puede tener la variable ser padre o no en el cáncer de próstata o de testículos? ¿Por qué no se correlacionan estas dos variables? Sencillamente porque no tienen nada en común. El cáncer es el síntoma de una causa que está en otro lugar. Me refiero al aspecto psicosomático. La mujer se siente culpable por no haber cumplido con el precepto social: el hecho de ser mujer la obliga a ser madre, y si ella tiene otras aspiraciones u otras ideas... ¡acaba por entrar en conflicto con dichas ideas y consigo misma! Y se genera un desencuentro que se muestra en forma de depresión o de enfermedad. ¡Cuántas mentiras nos han contado! A mi consulta acuden tanto hombres como mujeres, ansiosos de cariño, hambrientos de una relación sentimental duradera, sensata, sólida, comprometida... estable... Se nos ha hecho creer que el amor está fuera de uno, que debemos hallar a alguien a quien amar. Y, siendo eso cierto, es también una trampa mortal. ¿Por qué? Simplemente porque nadie puede hacer por nosotros lo que nosotros no somos capaces de hacer: si alguien no se ama a sí mismo, tampoco podrá jamás sentir y apreciar el amor de otro ser. Amarse a uno mismo es el camino para que otros te amen, y para tener una relación de verdad, sana, comprometida y honesta con otro ser humano del género que sea. Y no se puede hallar fuera aquello que no existe dentro», dijo Ángela, finalizando su discurso improvisado.
Rosemary estaba absolutamente de acuerdo. Ella sabía, debido a su posición de observadora privilegiada desde el mundo de la publicidad, que era más fácil manipular la sociedad ahora que hace veinte años, cuando ella había empezado a trabajar en el desarrollo y análisis de estrategias publicitarias. La gente estaba menos ansiosa, había menos precariedad emocional, menos despiste existencial, o se notaba menos. Ahora era un desastre. Era muy fácil embrujarles y hacerles consumir.
Según Mark, los publicistas tenían la culpa.
Rosemary se defendió alegando:
—Está bien, lo admito. Pero reflexionemos un poco. La sociedad en sí misma nos ha sorprendido incluso a las agencias de publicidad, ya que ella ha liderado el cambio...
Pero Ángela la interrumpió con una pregunta de aclaración. Quería saber qué quería decir específicamente con eso de que «la sociedad había liderado el cambio». ¿Acaso ella misma se había puesto la soga al cuello?
Rosemary respondió:
—Más bien sí. La sociedad ha tomado los elementos y les ha dado la vuelta. Nosotros, el mundo publicitario, en suma, no teníamos la intención de ir más allá de la provocación del consumo. Por eso digo que ha sido la sociedad la que ha cogido el «elemento» y lo ha transformado en una necesidad vital, es decir, en la variable determinante del sentido de la vida o de la identidad humana... Ahora ya no se trata sólo de poseer tal o cual elemento, ya sea coche, móvil o lavadora..., de última generación, sino que además has de cambiarlo rápidamente. La satisfacción que produce un producto se agota enseguida. Eso te da una idea de la superficialidad de la integridad humana... de la desconexión del alma. Viven en un mundo de realidad al más puro estilo Matrix, satisfacción inmediata, reposición inmediata... ¡Hay tanto donde elegir, que para qué me voy a quedar con una cosa cuando puedo cambiar tan fácilmente, con tanta rapidez y siempre obteniendo el beneficio de la novedad...!
—Eso... ¡eso mismo sucede con las parejas! —precisó Ángela—. Tanto para hombres como para mujeres emocionalmente disfuncionales, dicho en lenguaje menos psicoanalítico, esos que tienen fobia o pánico al compromiso..., el mercado actual de carne, o sea, de ligoteo, es como un enorme supermercado de oferta inagotable donde elegir a voluntad, y donde se puede cambiar con suma facilidad, es decir, que la rotación del producto es fantástica...
—Con lo cual, para qué comprometerse si hay tanto donde elegir... Esa oferta tan elevada, diversa y accesible, unida a la superficialidad de que hace gala actualmente el ser humano, hace que el mundo de las relaciones humanas sea un caos absoluto. Ante semejante panorama, parece como si actualmente no tuvieses más alternativa que quedarte soltera... o «casarte contigo misma», antes que unida a un «caprichitos», o sea, un inmaduro o imberbe emocional —dijo Rosemary.
Eso era lo que, en opinión de Ángela, la hacía insistir en que las mujeres tenían que liderar una re-evolución y dejarse de tonterías. Es decir, dejar de ir detrás de hombres que les pasan un papel de lija por el corazón. Aunque algunas no opinasen así, y se quejasen amargamente de ellos. A pesar de la ostentosa incongruencia. Tan sólo había que echarle un vistazo a cómo se anunciaban en las webs de singles.
Rosemary se alegró al oír esto, ya que a ella, con toda esta teoría del hombre metrosexual, la histeria consumista y el despiste existencial... se le había ocurrido hacer una investigación, estudiar al hombre y ver si sólo copiaba a la mujer en eso de ponerse cremitas y maquillaje, depilarse, cuidar de su cuerpo, esto es, en lo hedonista. O, por el contrario, el cambio, la copia en suma, afectaba a otras esferas o áreas.
Según Ángela, acababa de dar con una veta de oro. Razón por la cual se ofreció a adentrarse con ella en esa procelosa cueva y ver hasta dónde les llevaba la aventura de... ¡ir en busca del hombre metroemocional!
3
LOS PRIMEROS PASOS DE TODA BÚSQUEDA
Ángela preparó un perfil para que Rosemary lo publicase en una de esas webs de singles (solteros y solteras en busca de pareja). Había decidido tomar prestados de la realidad los rasgos básicos de ésta. Al fin y al cabo, la definición de su verdadera personalidad estaba en las antípodas de la correspondiente a una «damisela de diadema floja», parafraseando a la autora de La reina que dio calabazas al caballero de la armadura oxidada... Asimismo, lo hizo con el propósito de que el tipo de hombre que atrajese Rosemary tuviese relación directa con su esencia. Así, en su opinión, se ahorraría trabajo extra de fingir... Porque bastante tendría con pretender que buscaba pareja, esto es, que era genuinamente una mujer en estado de desasosiego parejil.
Según Ángela, eran muchos los que utilizaban ese sistema para conocer pareja. ¿Dónde, si no, iban a conocer gente? La gente que usaba ese sistema era normal, sin aparentes problemas emocionales ni patologías serias, en apariencia...
El perfil:
Nombre (nick/apodo): VIENTO DE LIBERTAD
Mujer de 33 años.
Raza blanca.
Alta, esbelta y con mucho estilo.
Ojos verde esmeralda.
Pelirroja.
Directiva con empresa propia.
Soltera (divorciada) y sin hijos.
Busca pareja estable.
Rasgos sobresalientes:
Tengo mucho carácter y personalidad valiente, romántica, independiente, sensible, dulce, inteligente, proactiva, asertiva, madura, dueña de su destino y de su cartera. Visto ropa de marca, muy chic. Me gustan los descapotables europeos. Me llevo bien con mis amigos y mi familia. ¡Ah!, no odio a mi ex.
Qué busco en un hombre:
Compromiso, amor del bueno, amistad, complicidad, cariño, ternura, romanticismo, inteligencia, talento, decisión, independencia emocional, que no necesite «ama de llaves» ni «mamá para sí mismo o sus hijos», que desee por pareja a una igual, que se haga cargo de sus deberes emocionales; que acepte que existe el inconsciente, los conflictos emocionales, el alma, y que uno va construyendo su destino por acción y por omisión.
Físicamente, me gustan los hombres altos, esbeltos tirando a musculosos, con mens sana in corpore sano. Atractivos y resultones, por supuesto.
Abstenerse:
Hombres casados, dependientes afectivamente, con relaciones indefinidas con parejas indefinidas, con hijos, con conductas adictivas (alcoholismo, tabaquismo, exceso de peso, workoholic, etc.), pueriles, codependientes, agarrados a las faldas de su mamá o a las de la ex... (amante, esposa, novia, amiga); ligones; imbéciles emocionales; caballeros de armadura oxidada (la versión femenina de las damiselas de diadema floja); cabreados con la vida; los que piensan que las mujeres son inferiores y deben esperarles en casa, acompañarles a todas partes, plancharles las camisas, o darles hijos.
Dado que Rosemary necesitaba documentarse, le pidió a Ángela que compartiese con ella algunos de sus «case histories». Ángela le comentó el caso de un hombre, uno de sus clientes cuyas sesiones de coaching fueron verdaderamente gratificantes por tratarse de alguien rondando los cincuenta años de edad cronológica, que aún estaba por la labor de aprender a amar y sanear sus relaciones amorosas. Tenía un gran talento para los negocios, era amable, educado, cortés y con una gran mundología. Sin embargo, se había pasado media vida, por no decir toda la que lleva en la Tierra, anhelando que lo amasen. Comenzando por su primera mujer, y finalizando en su última novia, ninguna lo había amado... No al menos como a él le hubiera gustado ser amado. Y todo porque era él el que no sabía amarse, lo cual hacía que se liase con toda damisela de diadema floja que se cruzase en su camino. Tenía una tremenda necesidad de rescatarse a sí mismo, por lo que «buscaba la solución en el lugar equivocado».
Es como tener la casa sucia y coger los bártulos para limpiar pero limpiar la casa de tu vecino en lugar de la propia. Lo cual es de necios..., de necios emocionales.
A este hombre le sucedía lo que a casi todo el mundo: no le habían enseñado a respetarse a sí mismo, a poner los límites, a averiguar cómo le gusta que le amen, a darse permiso y derecho para que le amen, y, lo más importante, concederse la responsabilidad de cuidar de sí mismo. Es decir, muchas personas viven sus vidas a medias, siendo presas del síndrome del victimismo: sólo se otorgan derechos pero se olvidan de las obligaciones. Y ya se sabe, los derechos sin obligaciones son victimismo. Y las obligaciones sin derechos son imposiciones.
Uno tiene derecho a que le amen, por eso ha de ocuparse de conseguirlo, ejercer su responsabilidad en lograr que eso sea así y no de otra manera. Si uno sólo ejerce el derecho a ser amado, con toda probabilidad se lanzará de cabeza a una relación con cualquiera que le finja, prometa u ofrezca amor. Por el contrario, si uno cuida de sí mismo, esto es, ejerce sus responsabilidades al igual que sus derechos, cuando conozca a alguien no se lanzará de cabeza a la «relación virtual» o a crear una relación de pacotilla. Todo lo contrario: preguntará, indagará y se dedicará a explorar la posibilidad en busca de minas... Dado que todos tenemos nuestros más y nuestros menos, o sea, matices de carácter, personalidad e historia vital con temas resueltos y por resolver, lo mejor es explorar el territorio, que no es sino una metáfora del otro. Y las minas son, metafóricamente hablando, las historias no resueltas, los rasgos de carácter, el estilo y singularidad de personalidad cuya realidad pueden no ser del agrado del otro/a. En general, la gente no es buena ni mala... Simplemente, es o no es de nuestro estilo, es decir, tiene un estilo compatible o incompatible con el nuestro.
Es como buscar un par de zapatos... Primero tenemos que decidir qué tipo de zapatos, el traje y la ocasión para los que se requieren. Luego, decidir el importe que se puede, o se quiere, gastar. Y a buscar los zapatos. Si bien una vez se esté en el terreno de operaciones, esto es, en la zapatería, habrá que probárselos... ¿En qué cabeza cabe el pensar que uno se lleve unos zapatos de 300 euros, por ejemplo, sin habérselos probado? Siempre se han de probar. No obstante, eso que es tan de sentido común en cuanto a los zapatos, si nos remitimos a las relaciones románticas es como si, siguiendo con el símil de los zapatos, la gente se los comprase sin probárselos. Y muchas veces sin ni siquiera haber abierto la caja.
¡Qué barbaridad!
Procedemos a ciegas, a tontas y a locas.
¡Así nos va!
Eso fue lo que le sucedió al coacheado de Ángela: no se probó los zapatos antes de comprárselos. Una vez en casa, cuando se los probó, tampoco se otorgó el derecho a ir a la tienda y devolverlos... No ejerció su obligación de cuidar de sí mismo. En lugar de devolverlos, se los puso cada día y con ellos se fue a caminar unas cuantas horas por el monte, con la esperanza de que se diesen con el uso y el paso del tiempo... Traducido al roman paladino quiere decir que se empeñó en hacer que la relación funcionase, no importando el daño que le estaba causando, a pesar de las «vertiginosas subidas y bajadas» de la montaña rusa de la relación en la que se había subido. Se empecinó en hacer que la relación funcionase, como si se tratase de alcanzar una meta profesional. Si bien es más que eso: a los hombres en general les da por rescatar damiselas adoptando el estilo «meta a alcanzar». Mientras que ellas, cuando deciden rescatar a un hombre, lo hacen desde el «mejorarle, educarle, cuidarle».
Esto es, ellos profesionalizan y ellas maternizan.
Este hombre acudió a Ángela buscando ayuda para curar su malherido corazón. Para él fue todo un descubrimiento el averiguar que no se amaba a sí mismo, y que precisamente por eso se había pasado media vida mendigando amor. Obviamente, todas sus relaciones comenzaban igual, es decir, eran «amor a primera vista» aderezado de «subida hormonal», razón por la cual se lanzaba de cabeza a la relación sin haber explorado primero el territorio con cuidado, en busca de posibles minas.
Porque siempre suele haber minas.
Casi siempre, por no decir siempre.
Algunas están muy disimuladas, esto es, cuesta encontrarlas porque están escondidas detrás de disfraces varios, a saber: «rasgos de carácter», personalidades de supervivencia..., acusaciones o responsabilización de la situación a otros (ya se sabe: el victimismo viste mucho).
Te preguntarás: «¿Cómo puedo saber si yo tengo minas o no?».
No hay nada como comenzar por explorar el territorio de uno para coger la costumbre de explorar territorios ajenos cuando sea necesario. O sea, hay que comenzar por uno mismo. Uno no se puede lanzar a una relación con otra persona si, previamente, no ha desarrollado una relación fantástica con uno mismo. Y, para desarrollar esa relación maravillosa, primero hay que adentrarse en las propias mazmorras y despejar minas. Concretamente, organizar el interior de uno, esto es, asumir responsabilidades y depurar culpabilidades. Por regla general, la gente, cuando sale de una relación, suele culpar al otro del final de la misma, acusarle y, cómo no, odiarle por haber propiciado el final en sí mismo. Pero eso no es así. Simplemente, el otro o la otra, lo único que no son es «nuestro estilo de zapatos». Por consiguiente, no es razón suficiente para condenar a nadie... Nadie ni nada puede ser condenado en nombre de nuestra frustración. Haríamos mejor en asumir nuestra responsabilidad, que no culpabilidad, y desde ahí aceptar que el otro o la otra simplemente no se correspondían con nuestro modelo de «zapatos».
Así de simple.
Así de fácil.
No obstante, hay que ver cómo lo complicamos.
Nos han enseñado a culpabilizar... Uno de los riesgos de vivir sólo con derechos es que uno tiende a culpabilizar. Son las obligaciones lo que nos hace asumir que contribuimos, por acción u omisión, a las situaciones de nuestras vidas.
Nos guste o no, así es.
Cierto.
Y no es menos cierto que, en las relaciones amorosas, tendemos a usar al otro como cubo de nuestras frustraciones.
Si en vez de alucinar, esto es, proyectar en el otro nuestras ilusiones y «fantasías animadas de ayer y hoy», nos dedicásemos a explorar el territorio y ver qué hay, y si lo que hay nos gusta...
Pero eso se hace desde la responsabilidad...
Si optásemos por vivir nuestra vida desde la combinación ganadora y asertiva que conforman derechos y obligaciones, nos iría mejor. Mejor en el sentido de que asumiríamos la responsabilidad tanto en lo relativo a mostrar quiénes somos como en el averiguar quién es la otra parte, y si se asemeja o no a lo que buscamos.
Desde la responsabilidad no hay lugar para la frustración en el resultado de la relación-exploración o exploración de la relación. Porque la frustración se genera cuando, sin darle opción ni tiempo al otro para mostrarse, le investimos de nuestro modelo de fantasía. Ningún modelo ajeno puede ajustarnos bien. Para que un traje se ajuste al cuerpo, previamente tienen que habernos tomado las medidas, metafóricamente hablando... Él o ella harían bien en tomarle las medidas al otro...
La fase de exploración.
¿Hay alguien que explore?
¿Cómo podemos ser tan exitosos y profesionales en nuestro trabajo y tan mentecatos en el terreno amoroso?
Sencillamente, nuestros niveles de estima y valoración dejan mucho que desear. Las experiencias van conformando nuestro mapa de la realidad. Por lo que el cómo las vivamos es de suma importancia. Y ahí es donde todos pinchamos: nadie nos enseña a vivenciar las situaciones de forma productiva, asertiva y reforzadora de nuestro yo. Más bien todo lo contrario.
Cuando comenzamos a relacionarnos con otros de nuestra edad, pero del sexo opuesto, por ejemplo, todos experimentamos rechazo en ese ensayo-error, esto es, nos dan muchas calabazas. Ahora bien, que nos den calabazas no tiene nada de malo. Lo que tiene de malo es que se nos haga creer que nos dan calabazas a nosotros, esto es, que se trata de un rechazo personal, lo cual no es así. Simplemente, asistimos a resultados de los ensayos-errores de cada uno de los implicados, entre ellos nosotros mismos. Se trata simplemente de resultados.
Resultado es la consecuencia del ensayo-error.
Obviamente, no se trata de nada personal...
Usando la metáfora de los zapatos: sería como ir de compras, probarse zapatos e ir descartándolos todos hasta que se diese con el par de zapatos que te guste... Si es que ese día hay un par de zapatos que te guste. Porque, a lo mejor, no es ese día cuando uno los encuentra...
¡Cuán fácil resulta hablar de todo esto utilizando el símil de los zapatos!
Implica menos, obviamente. Llevarse o no el par de zapatos que uno se ha probado no conlleva trauma alguno para el par de zapatos... Éstos no se sienten rechazados ni se lo toman de forma personal. Pero no sucede así con nosotros, los humanos, que tendemos a personalizarlo todo...
Todo, todo.
En exceso.
Haríamos mejor en desdramatizar y despersonalizar, y tomarnos las cosas como resultados y no como rechazos. Otro ser humano que haya estado explorando la posibilidad de una relación conmigo no me rechaza si al final decide que el resultado de la exploración le lleva a concluir que no «soy lo que busca»...
Pero nos empecinamos en tomárnoslo todo tan a la tremenda, porque nos han inculcado que «se nos rechaza a nosotros», esto es, «se atenta contra nuestra dignidad» toda vez que alguien ejerce el derecho a decir «no», a seleccionar, a explorar, a probar... Hay mucho miedo.
Mucha inseguridad a nivel emocional.
Nos sentimos muy triunfadores en lo profesional... Ahí sólo arriesgamos la mente... Pero el alma queda fuera, a salvo. Sí, y en las relaciones, sin embargo, es el alma la que entra en juego. En las relaciones nos descubrimos, y a eso, a ese descubrirnos, a ese quitarnos la máscara... no estamos acostumbrados.
Aunque igual no se trata de que el otro nos descubra...
A lo mejor somos nosotros los que tenemos que descubrirnos a nosotros mismos, esto es, afrontar el tener que ver y sentir quién somos de verdad...
Eso duele... ¡Y mucho! No nos han enseñado ni animado a hacerlo. Más bien todo lo contrario. Nos han conminado a ignorar el Yo verdadero que vive en nosotros, el Yo que de verdad somos. Vivimos con «yoes» falsos y con ellos nos relacionamos entre nosotros...
Así no hay quien se entienda.
Obviamente se relacionan máscaras con máscaras y eso es tremendamente perturbador.
Desolador.
Creador de una imposibilidad de contexto relacional.
Vaya sociedad de mentirosos, tramposos, miedicas, farsantes... estamos hechos.
No obstante, no somos malas personas. En todos estos comportamientos hay una intención positiva...
Eso sí, el camino del infierno está pavimentado de buenas intenciones.
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PRIMERAS CITAS
Rosemary había decidido tomar la iniciativa y ser ella la que enviase e-mails de contacto. Su amiga Patricia le había enseñado cómo funcionaban esas webs de singles —solteros—, y cómo había que proceder. Realmente era muy divertido: en vez de hacer prospección de mercado, aquí los productos tenían cara y ojos, y todo un texto de presentación de lo más sugerente. Éstos eran algunos de los hombres cibernéticos que habían respondido a su perfil de presentación, que sería algo así como decir «la tipología de peces que habían mordido su anzuelo»:
NIKOLASS, 36 años.
Mis amigos me consideran buena gente, tímido, y suelen decir que tengo carácter frío, pero quien me conoce sabe que es justo lo contrario, sólo hay que pasar la barrera. ¿Te atreves? Busco encontrar (...)
UNCLE TOM, 33 años.
Como no sé qué poner de mí, espero que la persona (chica jejejeje) a la que le interese conocer algo más de mí me lo haga saber.
MARKITOS, 39 años.
Hola, me han hablado bien de este sistema y por eso estoy aquí. Mis intereses no son demasiado concretos, sí me gusta conocer nuevas amigas, soy sociable, tolerante y viajero: tengo intención de ir a (...)
PENTAGRAMA, 33 años.
Mmm... (en blanco varios minutos)... ¿Esto del anuncio tiene trampa o es que estoy muy espeso hoy? A ver, mal no me voy a poner, así que mejor que me describan los que me quieran conocer. Lo que me gusta (...)
ZAYAN, 36 años.
¡Uf! La verdad, no sé qué decir, pero bueno, a ver si me sale algo. Ok, soy muy tímido me gusta poco hablar pero cuando tengo confianza ya no hay nadie que me pare y sé escuchar, no lo sé, qué hago (...)
LUNERO, 35 años.
Esto parece como si uno se tuviera que anunciar vendiendo algo... y no conozco a nadie que se venda mal... prefiero profundizar más que hacer una descripción de mí mismo. Aunque la verdad es que he (...)
DIAMOND, 34 años.
Me considero una persona normal, simpático y que sabe escuchar... Me gustan las personas sinceras y que sepan disfrutar de la vida, pero si queréis conocerme mejor, la mejor forma de contactar conmigo (...)
SEEKINGWOMEN, 36 años.
Hola a todos los que os haya interesado esta página. Si eres una persona alegre, simpática y divertida, ya estás tardando en conocerme, ya que seguro que nos llevaremos estupendamente. Me despido con un (...)
FIRSTHALCON, 39 años.
Es curioso, yo antes estaba convencido de ser una persona muy fácil de describir, pero según parece soy más extraño de lo que pensaba... Muchos años tan pendiente del trabajo y con tanto descontrol de (...)
PRIAPUS, 38 años.
Bueno, sólo puedo decir que soy nuevo en esto, y que, como todo lo nuevo, me fascina y me infunde respeto. Soy una persona normal, me encanta esquiar, salir, reír, viajar y creo profundamente en el (...)
JOEJOHNNY, 42 años.
Bueno, te diré que soy una persona dinámica, trabajadora, un buen amigo, romántico... Me gustaría por este medio encontrar a una mujer que tenga deseos de conservar una buena amistad, compartir el día (...)
BRIDGE56, 48 años.
Hola. Decir algo de mí, no sé, no sé... ¿Por qué no eres tú la que me preguntas y yo te diré todo lo que quieras saber de mí? Es lo mejor, seguro, prueba y verás (...)
NOSUGAR, 42 años.
No me gusta hablar de mí así, en frío; pero como es lógico tendré que hacer una presentación, al fin y al cabo, esto se trata de entrar en un grupo de amigos que sencillamente no se conocen todavía (...)
SAGITARIUS, 33 años.
Alguien escribió: «La vida es lo que nos pasa mientras soñamos otras cosas». Me acojo a esto, pero no me quejo. Mezclo vida y sueño, rutina y «especias» de la vida. Me gustan los momentos, los instantes que se escapan a lo rutinario, especiales... ¿Cómo...? Bailando, flamenco, latino... (me gusta mucho), escribiendo, viajando (improvisadamente a veces), una cena especial, la luz, los sabores, los olores... la montaña, el mar... una película... Creo que en realidad todo depende del espíritu con que se viva un momento. Mi actividad profesional es pura ingeniería, mi actividad personal, salvo los inevitables momentos típicos que cualquiera tiene, intento teñirla con imaginación. También tengo una vertiente muy física, me gusta cuidarme, estar en forma. Natación, artes marciales, baile... Por cierto, los gustos que he seleccionado son de verdad, también dicen de mí.
FRANKY, 45 años.
No tengo ni idea de quién soy.
Nací en Santa Monica, estudié en UCLA hasta conseguir un título de Ingeniería Industrial, y ahora trabajo en el mundo de las nuevas tecnologías. He disfrutado mucho de mi trabajo. Conozco media Asia, viajo una vez al mes fuera de los EE UU. Me gusta la fotografía, la bicicleta, el campo, la música, bailar cerquita de alguien especial y me gusta crear momentos especiales. Parece que soy una persona interesante.
LOVESEARCHING, 36 años.
Busco una chica con la que sentir la fuerza de la magia y la ilusión. Necesito que me resulte atractiva, con ganas de vivir la vida y sobre todo con la decisión necesaria para llegar hasta donde las emociones nos indiquen. Busco una relación de igual a igual. No me gustan los floreros ni los perros falderos. Ni soy perfecto ni busco la perfección, ni a nadie que pretenda sacar partido de ella. Creo que no resulta difícil sentirse feliz conmigo. Necesito a alguien que lo desee y tenga la ilusión y la energía necesaria para conseguirlo. No creo en el destino, sino en las personas y en la madurez; en el deseo y la capacidad de ser felices. Si lo que digo te atrae, no dejes de contactar conmigo. Tenemos poco que perder y mucho que ganar.
Rosemary se quedó perpleja ante semejantes especímenes de hombres. No podía creerse que hablasen en serio. Aunque, según su amiga Patricia, así era. Su amiga le dio la bienvenida al mundo real, pues opinaba que vivía en un mundo demasiado chic, esnob y de fantasía. Era propio de los publicistas vivir en torres de marfil.
No era de extrañar que a Rosemary se le antojase imposible que ligasen presentándose así, pero le echó un vistazo a los anuncios de las chicas, y tres cuartos de lo mismo. Se le hacía harto difícil aceptar que esos textos habían sido escritos por gente con una licenciatura universitaria, muchos de ellos ingenieros, algunos empresarios, gente que habla varios idiomas... y hasta con un doctorado en su currículo. ¡Qué cosas había por ahí! La realidad, esa que ella se pasaba la vida investigando, teorizando... pero no viviendo. Y vivir algo es muy diferente a teorizarlo. Desde las torres de marfil de vigilancia todo tiene un color irreal. Hay que bajar a la arena y torear, hay que torear para saber de toros. Tenía que bajarse al ruedo y torear, mezclarse con la gente real para saber de primera mano qué se cocía en el mercado. Las cifras cuantitativas de los sondeos de mercado son demasiado asépticas, mudas y frías.
No podía imaginarse que alguno de esos anuncios lo hubiese escrito alguien que conociese, uno de esos publicistas esnobs y finolis... No le cabía en la cabeza... Pero igual se llevaba una sorpresa... Igual acababa por ligar con uno de otra agencia, alguien con quien se hubiese cruzado en uno de esos cócteles de engreídos y estirados publicistas, pero con quien el destino le tenía preparada una sorpresa.
Su amiga estaba empeñada en que ligase, cuando ella lo único que quería era averiguar qué se estaba cocinando en el mercado... a raíz de esta nueva tendencia bautizada como Hombre metrosexual. Le faltaba estímulo, no ganas. Ninguno de los ejecutivos que conocía era público objetivo para ella, o eran gays, o estaban casados, o eran viejos, o feos, o no les gustaba, o no le gustaban. Se sentía fuera de onda. Según su amigo Mark (muy dado al discurso sobre las vibraciones energéticas y la influencia del pensamiento en la materia), «lo que uno piensa, es lo que expande». Y ella, al parecer, expandía «nada», o «no estoy por la labor». Al parecer, ése era el mensaje energético que estaba haciendo circular. Que uno no viese las ondas de radio no quería decir que no existiesen. A pesar de ello, se le hacía difícil admitir que pudiese influenciar su realidad, destino o similar, con su pensamiento. Mark insistía en que los pensamientos son energía, y esa energía se expande y viaja por el espacio, y llega a la gente. Por lo que, si el alma gemela te está buscando y sólo le llegan mensajes de ese estilo, no esperes que se presente mañana ante tu puerta. Primero tendrás que enviarle mensajes telepáticos de apertura y bienvenida. A ella, la mera idea de que estuviese soltera por enviar el mensaje telepático equivocado le ponía los pelos de punta.
Pragmática hasta decir basta, le sugirió a su amiga Patricia preparar un plan de acción y pasar a las citas a ciegas. Para ello tendría que decidir primero a cuáles de todos los mensajes recibidos respondía.
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