Read the book: «Rumbo a Tartaria»
ROBERT D. KAPLAN
RUMBO A TARTARIA
UN VIAJE POR LOS BALCANES,
ORIENTE PRÓXIMO Y EL CÁUCASO
TRADUCCIÓN DE RAMÓN IBERO

ÍNDICE
CUBIERTA
PORTADA
DEDICATORIA
CITAS
MAPAS
NOTA DEL AUTOR
PRIMERA PARTE. LOS BALCANES
1. RUDOLF FISCHER, COSMOPOLITA
2. RUMBO A ORIENTE
3. LA SIMA QUE SE ENSANCHA
4. TERCER MUNDO EN EUROPA
5. BALCÁNICOS REALISTAS
6. EL ESTADO PIVOTE
7. LA ELECCIÓN DE UNA CIVILIZACIÓN
8. LUCHADORES CONTRA DEMÓCRATAS
9. EL LEGADO DE LA IGLESIA ORTODOXA
10. «HACIA LA CIUDAD»
SEGUNDA PARTE. TURQUÍA Y LA GRAN SIRIA
11. EL «ESTADO PROFUNDO»
12. EL «CADÁVER CON ARMADURA»
13. EL NUEVO CALIFATO
14. LO SAGRADO Y LO PROFANO
15. EL SATÉLITE CORPORATIVO
16. ESTADO DE CARAVANAS
17. CRUZANDO EL JORDÁN
18. SÉFORIS Y LA RENOVACIÓN DEL JUDAÍSMO
19. EL CORAZÓN PALPITANTE DE ORIENTE PRÓXIMO
TERCERA PARTE. EL CÁUCASO Y TARTARIA
20. HACIA LA FRONTERA NORORIENTAL DE TURQUÍA
21. LA BELLA PATRIA DE STALIN
22. NACIONES FÓSILES
23. DE TIFLIS A BAKÚ
24. COLISIONES IMPERIALES
25. EN BARCO RUMBO A TARTARIA
26. NUEVOS KANATOS
27. UN PAISAJE DE HERODOTO
EPÍLOGO. HAYASTÁN
28. TIERRA, FUEGO, AGUA
AGRADECIMIENTOS
NOTAS
CRÉDITOS
COLOFÓN
Para Alien Pizzey y Dee Hemmings
Pero siendo mi intención escribir una cosa útil para quien esté en grado de entenderla, me ha parecido más conveniente perseguir la realidad efectual antes que la imagen artificial. Muchos han imaginado repúblicas y principados que nunca han sido vistos ni conocidos en la realidad, y es que hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo habría que vivir, que el que no se ocupa de lo que se hace para preocuparse de lo que habría que hacer aprende antes a fracasar que a sobrevivir.
NICOLÁS MAQUIAVELO, El Príncipe
Conocer lo peor no equivale siempre a verse libre de sus consecuencias; no obstante, es preferible a no conocerlo.
ISAIAH BERLIN, «La originalidad de Maquiavelo»



NOTA DEL AUTOR
La primera parte de este libro es la continuación de Fantasmas balcánicos, panorámica de los Balcanes a finales de la década de 1980 que pretendía anticipar los problemas que iban a surgir en la región a partir de 1990. De manera análoga, Rumbo a Tartaria describe la situación del Gran Oriente Próximo en el paso del siglo XX al siglo XXI y se adentra en las próximas décadas.
«¿Debemos intervenir?» Ésta es la pregunta que surge con frecuencia en situaciones de crisis. Al igual que Fantasmas balcánicos, este libro no ofrece respuestas, sino que describe la situación de la zona. Toda vez que la política exterior, cuando es seria, es guiada por la necesidad, y no por la simpatía, un panorama, por espantoso que sea, nunca disuadirá al político templado de intervenir si el interés nacional a largo plazo coincide con el interés moral. Ciertamente, sólo los panoramas humanos más desoladores exigen ante todo intervenciones.
Federico el Grande acostumbraba decir a sus generales: «Aquel que lo defiende todo no defiende nada».[1] Del mismo modo, el que escribe sobre todos los lugares de una región muy amplia no escribe sobre ninguno de ellos. Un libro que se ocupara de todos los países que hay desde Marruecos hasta la India —ámbito de Oriente Próximo según algunas definiciones— sería demasiado grueso y difícil de manejar.
Mi intención aquí es narrar un viaje, no escribir un estudio completo. Algunos lectores se sorprenderán de no encontrar en estas páginas los nombres de Irán e Irak. Sobre Irán ya escribí extensamente en Viaje a los confines de la Tierra y sobre Irak en The Arabists. Por eso consideré que sería más útil introducir al lector en países como Siria, Georgia, Azerbaiyán y Turkmenistán, que habían recibido relativamente poca atención y cuyo futuro puede constituir, no obstante, la noticia de mañana, cuando los líderes de viejo cuño abandonen la escena política.
Abril de 2000
PRIMERA PARTE
1.
RUDOLF FISCHER, COSMOPOLITA
El aroma de aguardiente de ciruela y vino tinto se mezcló con el moho y el polvo de libros y mapas viejos. Eran las diez de la mañana del 17 de febrero de 1998. Yo estaba en un piso de la zona oriental de los monótonos alrededores de Budapest. Mi anfitrión, Rudolf Fischer, sugirió que empezáramos a beber.
—El slivovitz es kosher; mire la etiqueta, ¡está en hebreo! Y el vino es joven, de una barrica de Villányi, en el sur de Hungría. Le sentará bien a su estómago y nos soltará la lengua.
Alfombras rústicas, tejidos populares y otros productos de artesanía balcánica llenaban la pequeña sala de estar de Fischer, que también hacía las funciones de biblioteca: volúmenes de principios del siglo XX, en varios idiomas, sobre el nacionalismo en los Balcanes, los Imperios persa y otomano, la herencia bizantina de Grecia y otros temas relacionados con esta perdida zona de Europa. Fischer, de espeso pelo blanco, mostacho y expresión pensativa, vestía pantalones de ante y zamarra de pastor sin mangas. Su aspecto desenvuelto y el telón de fondo formado por mapas y cachivaches me recordaron al explorador victoriano, lingüista y agente secreto sir Richard Francis Burton, ya anciano, en su biblioteca de Trieste.[2] Yo había acudido a Fischer en busca de consejo antes de iniciar mi viaje por todo Oriente Próximo (desde los Balcanes hasta Asia central), que los isabelinos ingleses llamaban Tartaria.
—Nací en el año 1923 —me dijo Fischer—, en Kronstadt, Transilvania, una ciudad fundamentalmente alemana que ahora se llama Braşov y pertenece a Rumania. Mi padre era un judío húngaro y su familia rigurosamente ortodoxa. Mi madre era alemana, de Sajonia, y luterana. Figuró entre aquellos a los que los nazis protegieron otorgándoles la condición de —es éste un término cargado de connotaciones raciales reservado para los germanos de Europa oriental y el sur de Rusia— Volksdeutsche. Mis padres se querían muchísimo. ¿Le sorprende? Antes de la llegada al poder de Hitler, estas ironías y sutilezas eran comunes en las relaciones entre los grupos étnicos; no se lo puede imaginar. Mi madre escapó de la Rumania comunista pretextando que era judía y quería ir a Israel. Mi esposa también es sajona y luterana, de un lugar cercano a Kronstadt. Naturalmente —añadió con una sonrisa—, yo era suficientemente judío para los nazis, pero no lo bastante para satisfacer a los rabinos israelíes de hoy.
Fischer me alargó su tarjeta de visita. En ella no había número de teléfono ni dirección, sólo estas palabras:
rudolf fischer
χαλαμαρας
La palabra griega —me explicó— definía a «la persona que, en el siglo XIX, escribía cartas de amor» a las mujeres por encargo de sus maridos, que servían en el ejército turco y no sabían escribir.
Brindamos, y Fischer desplegó un conjunto de mapas del Estado Mayor del ejército austríaco a finales del siglo XIX y un mapa alemán de una época un poco anterior.
—Éstos son los mapas que tiene que utilizar al principio de su viaje —me dijo—. Son mejores que los mapas de la época de la guerra fría. Por supuesto, los mapas posteriores a 1989 no sirven para nada. El telón de acero sigue siendo una frontera social y cultural. ¿Sabe cuál ha sido el verdadero servicio que McDonald’s ha prestado a Hungría y a los demás países que antes eran socialistas? Pues que sus establecimientos son los únicos sitios donde la gente, sobre todo las mujeres, puede encontrar lavabos limpios.
Fischer se tomó su segundo slivovitz con vino tinto. Luego señaló con el dedo el mapa alemán de mediados del siglo XIX y me dijo:
—Los Cárpatos, que ahora pertenecen a Rumania, marcan el fin de Europa y el principio de Oriente Próximo. Al norte y al oeste de los Cárpatos se halla lo que fue el Imperio austrohúngaro. Aquí el mapa es como uno moderno, observe cuántas ciudades hay. Pero, mire, al sur y al este de los Cárpatos el mapa está prácticamente vacío. Ese espacio abarca el antiguo Imperio turco otomano, Valaquia, Serbia y Bulgaria. En él se habían hecho pocos estudios de reconocimiento y el comercio no estaba regulado. Comparados con Transilvania, Croacia y Hungría, esos países siguen estando subdesarrollados.
Voy a explicarlo; no es tan complicado como parece. En términos muy simples, la fisura que recorre los Balcanes, entre el Imperio austrohúngaro y el Imperio otomano, a la que Fischer se refiere, refleja una división que existió mucho antes. En el siglo IV de nuestra era el Imperio romano quedó escindido en dos partes: la occidental y la oriental. Roma siguió siendo la capital del Imperio de Occidente, en tanto que Constantinopla pasó a ser la capital del Imperio de Oriente. A la postre, el Imperio de Occidente dio paso al reino de Carlomagno y los Estados Pontificios; en otras palabras, a Europa occidental. El Imperio de Oriente, Bizancio, estaba poblado principalmente por cristianos ortodoxos que hablaban griego y después, cuando los turcos otomanos conquistaron Constantinopla en 1453, por musulmanes. La frontera entre el Imperio de Oriente y el Imperio de Occidente pasaba por el medio de lo que después de la Primera Guerra Mundial sería el estado multiétnico de Yugoslavia. Cuando, en 1991, este estado se deshizo violentamente, reprodujo, al menos en un principio, la división de Roma dieciséis siglos antes: eslovenos y croatas eran católicos, herederos de una tradición que se remontaba de Austria-Hungría a Roma en Occidente; los serbios, en cambio, eran ortodoxos y herederos del legado otomano-bizantino de Roma en Oriente.
Los Cárpatos, que se alzan en el noreste de la antigua Yugoslavia y dividen Rumania en dos partes, reforzaron esa frontera entre Roma y Bizancio, y, más tarde, entre los emperadores de la casa de Habsburgo, instalados en Viena, y los sultanes turcos, residentes en Constantinopla. Rudolf Fischer me dijo que los Cárpatos, que no eran fáciles de atravesar, impidieron que se propagara hacia el este la cultura europea, marcada por la arquitectura románica y gótica, así como por el Renacimiento y la Reforma.[3]
—Ésa es la razón de que Grecia también pertenezca a Oriente —dijo Fischer, y añadió—: Rumania, a causa de la influencia del Renacimiento y la Reforma en el noroeste del país, estaba más desarrollada que Grecia antes de la Segunda Guerra Mundial. —Y agitó la mano para dar énfasis a sus palabras—. Fue sólo la doctrina Truman, que aportó diez mil millones de dólares, nada menos que dólares de 1940, en concepto de ayuda, la que creó la Grecia occidentalizada de hoy.
»Déjeme que siga por esta línea —continuó Fischer—. Las diferencias entre el líder húngaro Mátyás Rákosi y el líder rumano Gheorghe Gheorghiu-Dej, ambos estalinistas, y aún más entre sus sucesores respectivos, János Kádár y Nicolae Ceauşescu, eran las diferencias, ¿no lo ve?, que existían entre la Austria-Hungría de los Habsburgos y la Turquía otomana. Es posible que Rákosi y Kádár fueran falsos centroeuropeos, pero, aun así, por ser húngaros eran centroeuropeos. En cambio, Gheorghiu-Dej y Ceauşescu eran déspotas orientales, procedían de una zona de Europa más influida por la Turquía otomana que por la Austria de los Habsburgo. Por eso el comunismo dañó menos a Hungría que a Rumania.
Ciertamente, en Europa central el comunismo pretendió ser el remedio contra las desigualdades económicas y otras crueldades generadas por el desarrollo industrial burgués, una especie de populismo radical y liberal, mientras que en el antiguo Imperio otomanobizantino, donde nunca se había dado semejante desarrollo moderno, el comunismo no fue más que una fuerza destructiva, una segunda invasión de los mongoles.
—Váci Utca —exclamó Fischer refiriéndose a una elegante calle comercial de Budapest—, con sus farolas y una atmósfera de la viuda alegre,[4] no es una creación del poscomunismo sino del comunismo, tal como lo interpretaron los húngaros, con su tradición centroeuropea, en los años setenta y ochenta.
Evidentemente, la historia y la geografía sólo proporcionan esquemas generales sobre los cuales la humanidad aplica luego los detalles.[5] Basta fijarse en el telón de acero, obra no tanto de esquemas geográficos y culturales como de la política de poder de finales de la Segunda Guerra Mundial, política que generó otra división llamada a sumarse a la que separó al Imperio de los Habsburgo y al otomano. Las diferencias en desarrollo entre países excomunistas afectados por el régimen de los Habsburgo —como Hungría, la República Checa y Polonia— y aquellos otros afectados por Bizancio y la Turquía otomana —caso de Rumania y Bulgaria— son profundas. Sin embargo, en otro sentido, Hungría comparte más de lo que posiblemente le guste admitir con Rumania y Bulgaria, antiguas aliadas suyas en el Pacto de Varsovia. Fischer explicó que, a pesar de su progreso económico, Hungría aún no puede escapar fácilmente de su pasado.
—Nuestras prostitutas, en Budapest, son rusas y ucranianas; nuestra moneda, aunque cotiza libremente, aún no tiene valor en Occidente; nuestro petróleo y nuestro gas vienen de Rusia; y tenemos asesinos mafiosos y corrupción exactamente igual que los países del sur y del este de Europa. Los crímenes de las mafias y el narcotráfico constituyen una presión que se ejerce sobre el gobierno húngaro con objeto de que establezca, con carácter obligatorio, visados para rumanos, serbios y ucranianos, a los que se considera responsables de esas actividades, pero tal cosa nunca ocurrirá, pues nos separaría de los húngaros de raza que viven en Rumania, al otro lado de la frontera. Estamos ligados al Este excomunista, tanto si nos gusta como si no.
Fischer podría haber añadido que el vestíbulo de este edificio estaba oscuro y descuidado, como muchos que yo había visto en todo el antiguo mundo comunista, donde décadas de propiedad estatal no habían proporcionado a las personas ningún incentivo para cuidar del mantenimiento de sus bienes, actitud que empezaba a cambiar poco a poco. También era lamentable el edificio propiamente dicho, así como el resto de las viviendas del barrio de Fischer, cuyo aspecto de construcciones inacabadas y de baja calidad —vidrios bastos y ladrillos de cenizas color mostaza— era más propio de los edificios de Asia central en la época comunista que de los de Austria, país que se encuentra a sólo dos horas de distancia en tren. Aunque el muro de Berlín había caído en noviembre de 1989, para el viajero su espectro seguía presente aquí casi diez años después.
—¿Qué me dice acerca de la OTAN? —le pregunté—. ¿Marcará su nueva frontera oriental, tras el ingreso de Polonia, la República Checa y Hungría, el límite de Oriente Próximo?
—La OTAN no cuenta —contestó Fischer con un gesto excluyente de la mano—. Lo único real es la UE. —Y explicó que la Unión Europea se ocupa de la moneda, los controles de las fronteras, los pasaportes, el comercio, los tipos de interés, las normativas referentes al medio ambiente y a la alimentación, los detalles de la vida diaria que cambiarán la realidad húngara—. Durante décadas Austria no formó parte de la OTAN, pero ¿imaginó alguna vez a Austria como parte de Europa oriental o de Oriente Próximo? Pues claro que no. (Austria tampoco había formado parte de la Unión Europea, pero su economía operaba de acuerdo con las normas del libre mercado propugnadas por la UE.)
Por consiguiente, parece una hipótesis probable —al menos si la UE se ampliaba hasta incluir Hungría, Eslovenia, la República Checa y Polonia, aunque tardara una década en conceder la condición de miembros de pleno derecho a Rumania, Bulgaria, Macedonia, Turquía y Rusia— que la alianza occidental se convierta en una extraña variante del Sacro Imperio Romano que alcanzó su apogeo en el siglo XI, lo cual institucionalizaría una vez más la escisión entre la cristiandad occidental y la oriental, como ya ocurriera durante las divisiones entre Roma y Bizancio, y entre el Imperio de los Habsburgo y el Imperio otomano. Entonces Oriente Próximo empezaría en la frontera de Hungría y Rumania. Para completar el restablecimiento de este viejo mapa, Rusia estaba recuperando la configuración de la Moscovia del siglo XVI: una vibrante ciudad-estado con un hinterland caótico.[6]
—Los húngaros quieren «espiritualizar» las fronteras, éste es el término que utilizan aquí —subrayó Fischer.
—Quiere decir que desean que las fronteras sean filtros que protejan, no que dividan, ¿no es así? —intervine.
—Tal vez —repuso Fischer con sequedad—. Lo que quieren realmente es dejar que los húngaros de raza que están en el este entren en Hungría, pero nadie más.
Fischer se puso entonces a despotricar contra la «modernidad» en Europa, donde los movimientos democráticos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX fortalecieron el nacionalismo étnico, mientras que la industrialización reforzaba el poder de los Estados. El resultado fue el colapso de los imperios multiétnicos como la Austria-Hungría de los Habsburgo y la Turquía otomana, y el surgimiento de potencias monoétnicas como Alemania y de perniciosos principados tribales en los Balcanes después de la Primera Guerra Mundial, aunque en algunos casos recibían el nombre de democracias parlamentarias. Ni siquiera las revoluciones democráticas de 1848 en Europa central fueron al parecer tan puras; se basaban en conceptos étnicos tanto como en ideales liberales, y al menos en las zonas húngaras (magiares) fueron rechazadas por las minorías croata, serbia y rumana.[7] Para Fischer, dada su formación, la «modernidad» había supuesto una «campaña de magiarización» y otras formas de «limpieza étnica», esenciales para el establecimiento de minúsculos estados tiranizados por mayorías étnicas. Para él, el símbolo de la «modernidad» se hallaba en lo ocurrido el 17 de septiembre de 1944, día en el que él cumplió veintiún años:
—Como mi padre y yo huimos de Rumania cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y obtuvimos visados para Australia, cuando cumplí veintiún años yo servía en el ejército australiano. Mi comandante me había concedido un corto permiso y, así, pasé mi cumpleaños solo, caminando por el campo y pensando quiénes, entre los familiares y amigos que había dejado en Transilvania, estarían vivos y quiénes habrían muerto.
»Poco después de la guerra me enteré de que aquel mismo día soldados húngaros fusilaron a todos los habitantes judíos de Sármás, un pueblecito situado al este de Kolozsvár, en Transilvania.[8] Pobre gente. Ellos se consideraban húngaros. ¡Hablaban húngaro! Habían conseguido sobrevivir a cinco años de fascismo sin que los deportaran a campos de concentración. Era como si milagrosamente se hubieran olvidado de ellos mientras alrededor reinaba el horror en todas sus formas. Entonces aparecieron en Sármás los soldados húngaros, sus soldados, ¿y qué hicieron? Encerraron a todos los judíos en unas porquerizas durante varios días, luego los condujeron a una colina y los masacraron. Dentro del Holocausto hubo muchos pequeños pogromos.[9]
Una semana después de que Fischer me contara esta historia, visité aquella misma colina en Sărmaşu, Rumania. Los cerdos corrían por el fango y campesinos con zamarras negras segaban con guadañas las extensas y onduladas tierras de pastos salpicadas de aldeas de madera. Vi tres hileras de sepulturas, ciento veintiséis en total, cada una de ellas con su estrella de David y su inscripción en hebreo. Las sepulturas estaban cercadas por un horrible muro de cemento, una barrera monstruosa que podemos inscribir en la «historia moderna». Salté el muro y leí la inscripción rumana:
...tropas fascistas [húngaras], enemigas de la humanidad, ocuparon la aldea de Sărmaşu, donde reunieron a todos los judíos —hombres, mujeres y niños— en unas porquerizas, allí los tuvieron sin comida, los torturaron y los humillaron de la manera más inicua durante diez días, después, los trajeron a esta colina de llanto y los mataron de los modos más sádicos la víspera de la fiesta judía de Rosh Hashaná...[10]
Naturalmente, este monumento levantado en Rumania no mencionaba las atrocidades, igualmente espantosas, perpetradas contra los judíos por los propios rumanos durante la Segunda Guerra Mundial.
—Por eso me acuerdo tan vivamente del día que paseaba solo en Australia, el día en que cumplí veintiún años —continuó diciendo Fischer—. Porque ese recuerdo fue preservado por lo que, como descubrí después, había ocurrido aquel mismo día en Sărmaşu. Ve usted, Robert, nacionalismo húngaro, nacionalismo rumano: todos son malos. La frontera formada por los Cárpatos era buena comparada con las modernas fronteras nacionalistas, al menos los Cárpatos dividían imperios dentro de los cuales convivían pueblos y religiones. Yo soy cosmopolita. ¡Toda persona civilizada debería procurar serlo!
Le dije que el cosmopolitismo debe estar unido siempre a la memoria. Sin memoria no hay posibilidad de que aflore la ironía, verdadera sustancia de la historia, pues, como decía Fischer, los judíos, los gitanos, los kurdos y otras minorías estuvieron relativamente seguros en el seno de regímenes autocráticos como la Austria de los Habsburgo y la Turquía de los otomanos, pero fueron asesinados u oprimidos cuando estas autocracias empezaron a alumbrar estados independientes dominados por mayorías étnicas, como, por ejemplo, Austria, Hungría, Rumania, Grecia y Turquía.
Fischer tomó su bastón y me dijo que me pusiera el abrigo.
—Vamos a dar un paseo. Tengo que mostrarle algo antes de que inicie su viaje.
Durante treinta minutos me llevó con paso presuroso por bulevares lúgubres de escaso tráfico, por túneles y un parque vacío, después por la vía de un ferrocarril que atravesaba los sucios patios traseros de viejos bloques de pisos. Nos cruzamos con personas vestidas con ropas raídas y guardapolvos sucios, personas que llevaban carteras de mano deterioradas por el largo uso.
—Ahora estamos en lo que Heimito von Doderer, escritor austríaco de principios del siglo XX, llamó «las partes pudibundas de una ciudad», donde ésta muestra los repugnantes órganos que se ocultan debajo de su preciosa piel —subrayó Fischer.
Entonces pensé en el collar de luces que bordeaba las calles próximas al Danubio, con sus tiendas elegantes y sus grupos de turistas occidentales, a varias paradas de tranvía en dirección oeste: el centro de Budapest estaba ya en Europa occidental y en el siglo XXI, pero la parte de la ciudad donde nos encontrábamos continuaba en la Europa oriental y, como pronto supe, vivía en los tiempos anteriores a la caída del muro de Berlín.
Cerca de la plaza Orczy, en el extremo suroriental de Budapest, llegamos a un inmenso poblado de cobertizos de estructura metálica y cantinas mugrientas montadas en vagones de tren rusos abandonados. Vi zapatillas de deporte, fabricadas en China, que se vendían por el equivalente de diez dólares, jerséis a cuatro dólares, calcetines, relojes, chaquetas, teléfonos móviles, champú, juguetes y otros muchos artículos, todo ello barato y fabricado en Asia o en países de la antigua Europa comunista. Muchos de los artículos eran rusos. La comida de las cantinas era turca. Los comerciantes eran chinos, kazakos, uzbekos y de otras zonas de Asia central, pero mayoritariamente chinos. Observé que había autobuses que se dirigían a Rumania y otros países del este, pero no al oeste. Por todas partes se veían policías, pues recientemente se habían cometido allí varios crímenes. Nadie iba bien vestido.
—En Budapest, la gente llama a este lugar «mercado chino» —me dijo Fischer—. Surgió a principios de la década de 1990, cuando desapareció la Unión Soviética y China redujo las restricciones para viajar que pesaban sobre sus ciudadanos. Es un auténtico caravasar.
Varias familias chinas controlaban una vasta red comercial clandestina que suministraba artículos baratos para la inmensa mayoría de las personas de Europa oriental, que no podían comprar en las tiendas nuevas de estilo occidental. Allí valía cualquier idioma. El comercio era el gran elemento integrador.
—Sí, este lugar es un poco violento, hay muertes por ajuste de cuentas —dijo Fischer—. Pero ¿hay alguna diferencia con las calles de los barrios bajos de Odesa hace cien o doscientos años, donde mis antepasados judíos y los suyos vivieron en buena medida como estas gentes viven ahora?
»Esto es todo lo que tengo que mostrarle, Robert —concluyó Fischer—. Recuerde que el telón de acero aún delimita una comunidad. Simplemente mire el mercado. Más de cuatro décadas de represión absoluta no pueden ser barridas en unos pocos años. —Fischer me condujo hasta un tranvía. Subió y me acompañó durante una parte del recorrido—. Es bueno que quiera pasar por Transilvania. Allí hay mucho que ver —dijo con voz nostálgica. Luego se apeó y se despidió levantando su bastón.
Dejé el tranvía cerca de Nyugati Pályaudvar, la ambiciosa Estación Occidental, con columnas de acero, de Budapest, construida por Alexandre-Gustave Eiffel en la década de 1870, antes de que levantara en París la torre que lleva su nombre. En la Estación Occidental inicié mi viaje hacia Oriente. Ahora explicaré adónde me dirigí y por qué.