Read the book: «Metamorfosis. Libros VI-X»

La Biblioteca Clásica Gredos, fundada en 1977 y sin duda una de las más ambiciosas empresas culturales de nuestro país, surgió con el objetivo de poner a disposición de los lectores hispanohablantes el rico legado de la literatura grecolatina, bajo la atenta dirección de Carlos García Gual, para la sección griega, y de José Luis Moralejo y José Javier Iso, para la sección latina. Con 415 títulos publicados, constituye, con diferencia, la más extensa colección de versiones castellanas de autores clásicos.
Publicado originalmente en la BCG con el número 400, este volumen presenta la traducción de los libros VI-X de las Metamorfosis de Ovidio realizada por José Carlos Fernández Corte y Josefa Cantó Llorca (Universidad de Salamanca). La traducción ha sido revisada y corregida por sus autores para esta edición.
Asesor de la colección: Luis Unceta Gómez.
La traducción de este volumen ha sido revisada
por José Román Bravo Díaz.
© de la traducción:
José Fernández Corte y Josefa Cantó Llorca.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Avda. Diagonal 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
Primera edición en la Biblioteca Clásica Gredos: 2012.
Primera edición en este formato: noviembre de 2019.
Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S. L.
RBA • GREDOS
REF.: GEBO125
ISBN: 978-84-249-3021-9
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Todos los derechos reservados.
LIBRO VI
Aracne
Había prestado oídos la Tritonia al relato y había dado su aprobación al canto de las Aónides y a su justa ira. Luego pensó para sí: «No basta con alabar a otras; que me alaben a mí también, y no consienta yo que se desprecie impunemente nuestro poder». 5 Y concentra su atención en el destino de la meonia Aracne, de la que se decía que, en el arte del tejido de la lana, no merecía menos elogios que ella misma. No fue aquella famosa por su patria o por los orígenes de su linaje, sino por su arte. Su padre, Idmón el colofonio, teñía la lana empapándola en púrpura de Focea. 10 Su madre había muerto, pero procedía también de la plebe y no era superior a su marido. Sin embargo, en las ciudades lidias Aracne se había ganado con su habilidad una reputación memorable, a pesar de haber nacido en un hogar humilde y de residir en la humilde Hipepas. Con el fin de contemplar sus admirables labores, con frecuencia abandonaban sus zarzas las ninfas del Tmolo, 15 abandonaban sus ondas las ninfas del Pactolo. Las telas ya hechas daba gusto mirarlas, pero no era menor el placer mientras se hacían; ¡tanta gracia ponía en su arte! Lo mismo si empezaba formando redondos ovillos con la lana basta, o la adelgazaba con sus dedos, o acariciaba una y otra vez los vellones, semejantes a nubes, estirándolos en largos hilos, 20 o si hacía girar el pulido huso con el fino pulgar, o, en fin, si bordaba con la aguja, pensarías que había sido instruida por Palas Atenea.
Pero ella lo niega expresamente, y sintiéndose ofendida, aunque su maestra fuera tan grande1, dice: 25 «Que se enfrente conmigo; a nada me negaré si me vence». Palas finge ser una vieja y añade a sus sienes falsas canas y unos débiles miembros que afianza con un bastón. Luego comenzó a hablar así: «No todo lo que la edad avanzada trae consigo se ha de evitar; de los años tardíos procede la experiencia. 30 No desdeñes mis consejos: busca la máxima gloria en el arte de la lana, pero sólo entre los mortales. Cede ante una diosa y pídele perdón con voz suplicante por tus atrevidas palabras; si se lo pides, te perdonará». Ella la mira torvamente, abandona los hilos ya empezados, 35 y sin apenas contener sus manos, con la ira reflejada en el semblante, replicó a la irreconocible Palas con tales palabras: «Tu entendimiento flaquea, llegas agotada por una larga vejez y te hace daño haber vivido tanto. Que escuchen esos consejos tuyos tus nueras o tus hijas, si es que las tienes. 40 A mí me basta con mi propia sensatez; y para que no creas que has conseguido algo con tus recomendaciones, persisto en la misma resolución. ¿Por qué no viene ella en persona? ¿Por qué evita esta contienda?». «¡Ha venido!», dijo la diosa, y dejando su figura de vieja se mostró como Palas. Veneran su divinidad las ninfas y las mujeres migdonias; sólo la muchacha permaneció impertérrita2. 45 Pero aun así sintió vergüenza, un súbito rubor le tiñó el rostro a su pesar, y de nuevo se borró, como el aire, al llegar la aurora, suele ponerse púrpura, y en un tiempo muy breve, tras salir el sol, se vuelve blanco. 50 Persiste en su proyecto y, en sus estúpidas ansias de victoria, se precipita hacia su perdición; pues la hija de Júpiter no se niega, ni le da más consejos, ni aplaza ya el combate.
Inmediatamente se colocan una frente a otra y cada una tensa el telar con la fina urdimbre: 55 el telar está sujeto por el rodillo, el peine mantiene separados los hilos de la urdimbre, la aguda lanzadera hace pasar entre ellos la trama; esta, que los dedos desenrollan de la madeja, una vez pasada entre la urdimbre, la aprietan y compactan con un golpe del peine de serrados dientes3. Las dos se afanan, y con el vestido ceñido al pecho 60 mueven sus hábiles brazos, engañando a la fatiga a base de entrega. Allí se teje la púrpura que probó el sabor del caldero de bronce tirio, y finos matices de color, de diferencia apenas perceptible, como suele el arco iris teñir el inmenso cielo con su amplia curvatura, al chocar la lluvia con los rayos del sol; 65 aunque en él resplandezcan mil distintos colores, sin embargo la transición de uno a otro engaña los ojos que lo contemplan: hasta tal punto son idénticos los que se tocan; y, sin embargo, los que están alejados son distintos. Allí también se entretejen en los hilos hebras de oro flexibles y sobre la tela se despliega con finura un antiguo tema4.
Palas 70 borda la roca de Marte en la acrópolis Cecropia y el vetusto litigio por dar nombre a la comarca5. Los doce celícolas, con Júpiter en su centro, se sientan en sus altas sedes con una gravedad imponente; su fisonomía habitual identifica a cada uno de los dioses6. La de Júpiter es la imagen de un rey. 75 Al dios del mar lo representa de pie, hiriendo con el largo tridente los ásperos peñascos y haciendo brotar un mar del interior de la herida infligida al peñasco: con esa prenda reivindica la ciudad7. A sí misma8 se da el escudo, se da la lanza de aguzada punta, se da el casco para la cabeza, se defiende el pecho con la égida: también borda cómo la tierra, 80 golpeada por la punta de su lanza, hace brotar un vástago de grisáceo olivo con sus frutos y cómo los dioses admiran el prodigio. Una Victoria pone fin a la obra. Sin embargo, para que la émula de su gloria entienda con ejemplos qué recompensa debe esperar por tan infernal atrevimiento, 85 añade en las cuatro esquinas cuatro desafíos, que resplandecen cada uno con un color distinto y están decorados con pequeñas figurillas9. En un ángulo están la tracia Ródope y Hemón, heladas montañas ahora, antaño seres humanos, que se atribuyeron los nombres de los dioses supremos10. 90 Otra esquina contiene la desdicha lamentable de la madre de los Pigmeos; a esta, tras vencerla en una competición, Juno la castigó a ser grulla y a declarar la guerra a sus paisanos. Bordó también a la que antaño se atrevió a enfrentarse con la esposa del gran Júpiter, a Antígona, a quien la regia Juno transformó en ave; 95 de nada le aprovechó Ilión o su padre Laomedonte para impedir que, con las alas que le han salido, se aplauda a sí misma, blanca cigüeña de crotorante pico11. El único ángulo que queda expone a Cíniras, huérfano de sus hijos; se le ve derramar lágrimas, echado sobre la piedra, y abrazar las gradas del templo, antiguos cuerpos de sus hijas12, y 100 orla Palas los bordes con pacíficos13 ramos de olivo: (este es el marco), y pone fin a su labor con su árbol14.
La meónide dibuja a Europa burlada por la apariencia del toro; dirías que el toro y los mares son de verdad15. 105 Ella se mostraba mirando las tierras que dejaba atrás y llamando a sus amigas: parecía sentir temor del agua que la salpicaba y encoger sus melindrosos pies. También representó a Asteria, que era sujetada por un águila agresiva, y a Leda, recostada bajo las alas del cisne. 110 Añadió cómo Júpiter, oculto bajo la apariencia de un sátiro, colmó a la hermosa hija de Nicteo con doble prole y cómo fue Anfitrión cuando te conquistó, Tirintia, cómo siendo de oro burló a Dánae y siendo de fuego a la Asópide, siendo pastor a Mnemósine, o pintada serpiente a la Deoide16. 115 A ti también te representó, Neptuno, transformado en torvo novillo con la doncella Eólida; tú, en forma de Enipeo, engendras a los Aloídas, como carnero engañas a la Bisáltide. También la suavísima madre de las mieses, de amarilla cabellera, tuvo comercio contigo en forma de caballo; en forma de ave te recibió la madre del caballo alado, cuyos cabellos son culebras, 120 en forma de delfín, Melanto17. A todos estos les prestó la apariencia y el ambiente que les eran propios18. Allí está Febo, con aspecto rústico, y la historia de cómo llevó unas veces las alas de un azor, otras la piel de un león y cómo disfrazado de pastor burló a Ise la Macareide; 125 cómo engañó Líber a Erígone bajo la forma de una falsa uva, cómo Saturno, bajo la forma de caballo, creó al bicorpóreo Quirón19. La parte extrema de la tela, rodeada de una fina orla, es de flores entretejidas20 con zarcillos de hiedra.
Ni Palas ni la Envidia tenían nada que censurar en aquella labor; 130 se dolió del éxito la divina doncella de cabellos rubios y desgarró las telas bordadas, que acusaban a los celestes21. Con la lanzadera que tenía en la mano, de madera del Citoro, golpeó repetidas veces en la frente a la Idmonia Aracne. No pudo soportarlo la desdichada y, orgullosa, se echó un lazo en torno al cuello. 135 Al verla colgada, Palas, compadecida, la levantó y le dijo: «Vive, sí, pero colgada, por atrevida; y sea dictado para tu linaje y todos tus descendientes un castigo en las mismas condiciones: así no vivirás despreocupada del futuro». Después, cuando se alejaba, la roció con zumos de hierbas de Hécate, 140 y al instante, tocados por tan siniestra poción, desaparecieron sus cabellos, lo mismo que la nariz y las orejas, la cabeza se reduce al mínimo y todo su cuerpo se vuelve muy pequeño. En el lugar de las piernas, le salen finos dedos en los flancos, lo demás lo ocupa el vientre; sin embargo de él se le escapa un hilo 145 y trabaja, transformada en araña, las telas de siempre.
Níobe
La Lidia entera se estremece y por las ciudades de Frigia corre el rumor del suceso y acapara las conversaciones a lo largo del inmenso mundo. Níobe había conocido a Aracne antes de su boda, cuando, siendo doncella, habitaba Meonia y el Sípilo22. 150 Y sin embargo no aceptó el aviso que el castigo de su compatriota le daba: ceder ante los dioses y utilizar palabras humildes. Muchas cosas estimulaban su arrogancia; pero, sin duda, ni las habilidades de su esposo23, ni el linaje de ambos o el poderío de tan gran reino la complacían tanto (aunque todo eso la complacía) 155 como su descendencia; y habría sido considerada Níobe la más feliz de las madres, si ella misma no se lo hubiera creído. Pues la hija de Tiresias, Manto, conocedora del porvenir, transida de divina inspiración, había cantado proféticamente por todos los caminos: «Isménides24, acudid en gran número 160 y ofreced a Latona y a los dos Latonígenas sagrado incienso y oraciones y entretejed con laurel vuestros cabellos. Por mi boca Latona os lo ordena». Obedecen, y todas las tebanas adornan sus sienes con las ramas que se les ha ordenado y ofrecen incienso y palabras de súplica a las sagradas llamas. 165 En esto se presenta Níobe, entre una multitud de acompañantes, atrayendo todas las miradas por su vestido frigio, entretejido de oro, y todo lo hermosa que le permite su ira; agitando con la hermosa cabeza los cabellos sueltos sobre ambos hombros, se detuvo; y, cuando hubo paseado altiva la orgullosa mirada por su alrededor, dijo: 170 «¿Qué locura es poner a los dioses, que sólo son rumores, por delante de los que vemos con nuestros ojos? ¿Por qué se rinde culto a Latona en los altares, mientras mi divinidad todavía está sin incienso? Mi padre es Tántalo, el único a quien se le permitió acercarse a la mesa de los dioses; mi madre es hermana de las Pléyades; mi abuelo es el inmenso Atlas, 175 que soporta la bóveda del cielo con su cuello; Júpiter es mi otro abuelo, y también me enorgullezco de tenerlo por suegro25. Las naciones de Frigia me temen, el palacio de Cadmo está bajo mi dominio, las murallas ensambladas al son de la lira de mi esposo y sus gentes son gobernadas por mí y por mi marido. 180 En cualquier parte de la casa donde pose mi mirada se contemplan riquezas sin límites. Se suma a ello una belleza digna de una diosa; añádase a esto siete hijas y otros tantos hijos y después los yernos y las nueras. Preguntaos, entonces, cuál es la causa26 de mi orgullo, 185 atreveos a preferir a mi persona a la titánide Latona, hija de un tal Ceo, a quien, en otro tiempo, cuando estaba a punto de dar a luz, la inmensa tierra le negó el más pequeño rincón. Ni en el cielo, ni en la tierra, ni en las aguas fue acogida vuestra divinidad; estaba exiliada del mundo, hasta que, compadecida de su peregrinaje, Delos le dijo: 190 «Tú vagas extranjera por la tierra, yo por el agua», y le dio un lugar en movimiento. Ella fue madre de dos hijos; es la séptima parte de mi prole. Soy feliz; ¿quién podría negar esto? Y seguiré feliz: esto también, ¿quién podrá dudarlo?27. La abundancia me ha hecho segura. 195 Soy demasiado grande para que la Fortuna pueda hacerme daño. Aunque mucho me quite, mucho más me dejará. Mis bienes han superado ya cualquier temor por ellos; imaginad que se pudiera restar algo a esta cantidad de mis hijos, un auténtico pueblo; ni aun despojada, me reducirán al número de dos, la turba de Latona; con esa turba, ¿cuánto se diferencia de la que no tiene ninguno? 200 Marchaos inmediatamente, dejad los sacrificios a medias, y quitad el laurel de vuestros cabellos». Lo quitan, dejan a medias los sacrificios y, lo único que les está permitido, veneran al dios con callado murmullo.
La diosa se sintió indignada, y en la cumbre más alta del Cintio 205 habló a sus dos hijos con estas palabras: «Aquí tenéis a vuestra madre, orgullosa de haberos parido, no inferior a ninguna de las diosas, salvo a Juno, y aún dudan de si soy diosa; y para toda la eternidad me veré apartada de las ofrendas de los altares, si no me prestáis auxilio, hijos míos. 210 Y no es este mi único dolor: la Tantálide ha añadido insultos a su acción impía, y ha osado posponeros a sus hijos, tachándome a mí —¡que esto caiga sobre ella!— de madre sin descendencia, y ha dado muestras, la criminal, de una lengua tan blasfema como la de su padre28». Iba a añadir Latona un ruego a estas palabras, pero Febo dijo: 215 «¡Basta! Quejas largas retrasan el castigo». Dijo lo mismo Febe y, deslizándose por el aire en rápido vuelo, alcanzaron el alcázar cadmeo ocultos en una nube.
Había delante de las murallas una extensión de terreno amplia y llana, continuamente batida por los caballos, donde 220 el suelo aparecía aplastado por incontables ruedas de carros y cascos equinos. Allí, unos cuantos de los siete hijos de Anfión montan en valerosos caballos y cargan su peso sobre sus lomos cubiertos de púrpura tiria, y los dominan con riendas cargadas de oro. Entre ellos Ismeno, el primer hijo que llevó su madre antaño en el vientre, 225 mientras obliga a su corcel a trotar en círculos perfectos y refrena su boca espumeante, «¡Ay de mí!», exclama, y lleva un dardo clavado en pleno pecho y, dejando escapar las riendas de su mano moribunda, se escurre poco a poco por el flanco junto al cuarto delantero derecho del caballo. 230 Próximo a él, al oír el sonido del carcaj en el aire, Sípilo daba rienda suelta al caballo como cuando un piloto que sabe prever la tempestad huye al ver una nube y despliega por doquier las velas colgantes, para que no se escape por ningún sitio ni un soplo de brisa. Por mucho que suelte las riendas, aun así el dardo inevitable 235 lo alcanza, y la flecha se le clavó, vibrante, en lo más alto de la nuca, asomando su punta desnuda por la garganta. Él, inclinado como estaba, es despedido por encima de las crines y de las patas al galope, y mancha la tierra con su sangre caliente. El desdichado Fédimo, y Tántalo, heredero del nombre de su abuelo, 240 cuando pusieron fin a su habitual entrenamiento, pasaron al juvenil ejercicio de la palestra relucientes de aceite; y ya habían trabado la lucha pecho contra pecho, en estrecho abrazo: tal y como estaban enlazados, los traspasó a ambos la saeta despedida por el tenso nervio del arco. 245 Gimieron al mismo tiempo, al mismo tiempo se vinieron al suelo sus cuerpos retorcidos por el dolor, al mismo tiempo lanzaron desde la tierra su última mirada, al mismo tiempo entregaron su alma. Alfénor los ve y, mientras se golpea y se desgarra el pecho, acude corriendo para confortar con sus abrazos sus helados miembros, 250 y cae en tan piadoso menester. Pues el Delio29 le abrió el pecho hasta lo más profundo con un dardo mortífero. Al sacárselo, también se arrancó con el gancho un trozo de pulmón, y la sangre, al mismo tiempo que la vida, se escapó hacia el cielo. A Damasicton, de largos cabellos, no lo hiere una única herida30: 255 había sido alcanzado donde empieza la pierna, en la parte blanda de la articulación que forman el nervudo jarrete y el muslo. Y mientras intenta extraer con la mano el dardo mortal, otra flecha le traspasó la garganta hundiéndose hasta las plumas; la expulsa la sangre, que brota a borbotones hacia arriba, 260 y salta a gran distancia atravesando el aire31. El último, Ilioneo, había alzado inútilmente los brazos en actitud suplicante y había dicho: «Oh, dioses, todos en común, perdonadme», sin saber que no a todos había que suplicar. El ruego conmovió al que maneja el arco cuando ya era imposible detener el dardo; 265 con todo, aquel murió de una pequeña herida, sin que la flecha se le clavara muy profunda en el corazón32.
La noticia de la desgracia, el dolor de la gente y las lágrimas de los suyos transmitieron el súbito desastre a una madre que se asombraba de que los dioses hubieran podido, y se enfurecía porque se hubieran atrevido a esto, 270 y porque tuviesen derechos tan ilimitados. Pues el padre, Anfión, traspasándose el pecho con la espada, había puesto fin al mismo tiempo a su vida y a su dolor. ¡Ay! ¡Qué diferencia entre esta Níobe y la Níobe aquella que hacía poco había apartado a la gente de los altares de Latona 275 y se había exhibido, con la cabeza bien alta, por las calles de la ciudad, despertando la envidia de los suyos, mientras que ahora le tendría compasión incluso un enemigo! Se abalanza sobre los fríos cadáveres y reparte sus últimos besos, sin orden ni concierto, entre todos sus hijos. Después, levantando hacia el cielo los brazos lívidos: 280 «Aliméntate, cruel Latona, con nuestro dolor, aliméntate», dijo, «y sacia tu pecho con mi luto33; [sacia tu fiero corazón», le dijo, «me llevan a enterrar en siete funerales;] alégrate, goza de tu triunfo, victoriosa enemiga. ¿Cómo que victoriosa? Más me quedan a mí, en mi desdicha, 285 de los que tienes tú en tu felicidad; después de tantas muertes, todavía te venzo34». Así dijo, y del arco en tensión resonó el nervio, que, salvo en Níobe, puso terror en todos; ella se muestra atrevida en la desgracia. Estaban ante los lechos fúnebres de los hermanos las hermanas, con negros vestidos y cabellos en desorden. 290 La primera de ellas, tirando del dardo pegado a sus entrañas, se desploma moribunda mientras besa a su hermano; la segunda, que intentaba consolar a su desgraciada madre, quedó callada de repente y se dobló en dos por una herida invisible [y mantuvo cerrada la boca hasta que hubo salido el alma]. 295 Esta, en vano huyendo, se derrumba, aquella muere encima de su hermana; se oculta esta, se ve temblar a aquella. Muertas seis, tras sufrir distintas heridas, sólo quedaba la última; la cubre la madre con todo su cuerpo, la oculta bajo el manto: «Déjame una sola, la más pequeña; 300 de muchas, te pido la menor, y sólo una», exclamó. Mientras suplica, cae aquella por la que suplica. Se sentó, en la orfandad más absoluta, entre los cuerpos exánimes de los hijos, las hijas y el marido, y se quedó inmóvil por la desgracia; la brisa no agita ni uno de sus cabellos, el color de su rostro es exangüe, sus ojos 305 permanecen inmóviles en las tristes mejillas, y nada vivo queda a la vista en ella. La lengua misma se le hiela dentro, con el duro paladar, y las venas pierden la facultad de latir; se queda sin flexibilidad el cuello, los brazos no pueden accionar, ni los pies andar; en su interior también las entrañas son de piedra35. 310 Sin embargo, sigue llorando y, envuelta en un poderoso torbellino de viento, es arrebatada hasta su patria; allí, clavada en la cumbre de un monte, se deshace en agua y todavía hoy el mármol vierte lágrimas.
Los campesinos
licios
Todos ya entonces, hombres y mujeres, temen las divinas expresiones de cólera y todos a porfía 315 veneran con devoción los grandes poderes de la diosa gemelípara. Y como suele ocurrir, a partir del hecho más cercano, vuelven a contar los anteriores36. Uno de ellos dice: «También despreciaron antaño a la diosa en los campos de la fértil Licia: los campesinos no quedaron impunes. Su acción está envuelta en la oscuridad por la ínfima condición de sus participantes37, 320 pero es sin embargo prodigiosa; yo vi en persona el estanque y el lugar, famoso por el portento; pues mi padre, ya de edad avanzada e incapaz de viajar, me había ordenado traer de allí bueyes selectos, y él mismo me había asignado al marchar un guía de aquel pueblo. Mientras recorro los pastos en su compañía, 325 veo que en el centro de una laguna se alzaba un viejo altar, ennegrecido por la ceniza de los sacrificios, rodeado de temblorosas cañas. Se detuvo mi guía y musitó con temerosa voz: “Séme propicio”; “Séme propicio”, dije yo con similar murmullo. Sin embargo, le preguntaba si el altar era de las náyades o de Fauno 330 o de un dios de aquella tierra, cuando mi acompañante repuso: “Joven, no reside en este altar un poder montaraz, sino que lo llama suyo aquella a la que en otro tiempo la real cónyuge prohibió pisar el orbe; sólo la errante Delos escuchó su petición de ayuda, cuando, isla flotante, nadaba por el mar”. 335 Allí, reclinándose en una palmera y en el árbol de Palas, dio a luz Latona a dos gemelos contra la voluntad de su madrastra. Se cuenta que también de allí tuvo que escapar huyendo de Juno la recién parida y que llevó en el regazo a sus hijos, dos poderes divinos. Ya en las tierras de Licia, madre de la Quimera, cuando un sol severo abrasaba los campos, 340 la diosa, cansada por el largo esfuerzo, y reseca por el calor del astro, sintió sed: sus hijos habían bebido ávidamente de sus lechosas ubres hasta dejarlas secas. A la sazón, divisó un estanque de no abundantes aguas, en el fondo de un valle; unos rústicos recogían allí ramificados mimbres, 345 juncos y algas, amigas de los pantanos. Se acercó, y doblando la rodilla, la apoyó en tierra la Titania para tomar el helado líquido y beberlo. La turba de campesinos lo impide; así les habló la diosa mientras se lo impedían: “¿Por qué me vedáis el agua? El uso del agua es común. 350 La naturaleza no hizo el sol propiedad privada, ni el viento, ni las finas aguas; me he acercado a un bien que es público; sin embargo, os pido suplicante que me lo deis. No me disponía a lavar aquí mi cuerpo ni mis cansados miembros, sino a aliviar mi sed; se queda sin humedad la boca del que habla, 355 la garganta se seca y apenas se abre camino por ella la voz. Un trago de agua será néctar para mí y reconoceré que, con él, habré recibido también la vida; la vida me habréis dado con el agua. Dejaos conmover también por estos, que extienden sus bracitos desde mi seno”; (y, oportunamente, los niños extendían los brazos)38. 360 ¿A quién no habrían podido conmover las suaves palabras de la diosa? Ellos, sin embargo, persisten en rechazar la petición y añaden además amenazas e insultos, si no se aleja de allí. No les basta con esto: además revolvieron ellos mismos el estanque con sus pies y sus manos, y, saltando de un lado para otro 365 con mala intención, removieron el blando cieno del fondo. La ira dio una tregua a la sed; ya no suplica más la hija de Ceo a personas indignas, ni soporta seguir utilizando palabras impropias de la majestad de una diosa. Elevando las palmas hacia el cielo, dijo: “Vivid eternamente en este estanque39”. 370 Se cumplen los deseos de la diosa; les complace estar bajo el agua, y sumergir unas veces todo su cuerpo en el hueco de la ciénaga y otras sacar la cabeza, a ratos nadar por la superficie, en otros momentos salir a las orillas del estanque y volver de un brinco a las heladas aguas. Pero todavía hoy ocupan 375 sus deslenguadas lenguas en litigios y, dejando a un lado la vergüenza, aunque estén bajo el agua, bajo el agua intentan proseguir con sus insultos40. También ahora su voz es ronca, hinchan el cuello exageradamente y sus propios insultos ensanchan su inmensa boca. Sus espaldas tocan directamente con la cabeza, mientras sus cuellos parecen haber sido eliminados. 380 Son verdes por detrás, mientras su vientre, la parte más grande de su cuerpo, es blanquecino: esos nuevos seres que saltan en las aguas pantanosas son las ranas41».
Marsias
Así, cuando un desconocido hubo contado la desgracia de unos hombres de la nación licia, otro se acordó del sátiro a quien el hijo de Latona sometió a un castigo, después de haberlo vencido en la contienda de la flauta tritonia42. 385 «¿Por qué me arrancas de mí mismo?», dijo; «Ay, siento lo que he hecho», gritaba, «no era para tanto una flauta». Mientras gritaba, le fue arrancada la piel de toda la superficie de sus miembros y todo él era una gran herida43. Su sangre mana por todas partes, los músculos, al descubierto, se ofrecen a la vista y las venas laten temblorosas sin piel que las proteja. 390 Se podrían contar las palpitantes vísceras y las relucientes entrañas de su pecho44. Lo lloraron los rústicos faunos, deidades de las selvas, y sus hermanos sátiros, y Olimpo, querido aún en aquel trance, lo lloraron las ninfas y todo el que en aquellas montañas 395 apacentó lanígeros rebaños y cornudas manadas. Se humedeció la tierra fértil y, una vez empapada, filtró las lágrimas que caían y las absorbió en sus veneros más profundos; cuando las convirtió en agua, las lanzó al aire libre. Buscando desde allí las movidas aguas del mar por profundas pendientes 400 un río, el más transparente de Frigia, lleva el nombre de Marsias45.
Pélope
Después de estos relatos, la gente vuelve inmediatamente al momento presente y llora a Anfión, desaparecido con toda su descendencia. La madre suscita el odio; sin embargo dice la tradición que Pélope fue el único en llorar por ella y que, al apartar su vestido del pecho, 405 puso a la vista el marfil de su hombro izquierdo46. Este hombro era, de nacimiento, del mismo color que el derecho, y de carne y hueso; después que fueron despedazados sus miembros a manos de su padre, cuentan que los dioses los unieron y que, tras haber encontrado los demás, le faltaba el trozo cuyo sitio está entre el cuello y la parte alta del brazo; 410 le fue implantado marfil para hacer las veces de la parte que no aparecía y, a consecuencia de aquella acción, Pélope quedó entero47.
Procne y Filomela
Acuden los nobles de la vecindad, y las ciudades próximas pidieron a sus reyes que acudieran a dar consuelo: Argos, Esparta y la Pelópida Micenas48, y Calidón, 415 que aún no le era odiosa a la torva Diana49, la feraz Orcómeno y Corinto, famosa por su bronce, Mesene la salvaje, Patras, la baja Cleonas, Pilos la de Neleo50, Trezén, que aún no era de Piteo, y cuantas otras ciudades están encerradas por el istmo de doble mar, 420 y las situadas fuera, que son contempladas desde el istmo de doble mar51. ¿Quién podría creerlo? Sólo dejaste de acudir tú, Atenas52. La guerra se interpuso entre tu deber y tú: bárbaras tropas, transportadas por mar, aterrorizaban las murallas mopsopias. El tracio Tereo, con las tropas que había traído como auxilio, 425 las había puesto en fuga y ganaba con su victoria un nombre ilustre. Al verlo poderoso en recursos y en hombres, de un linaje que se remontaba tal vez al gran Gradivo, Pandión lo unió a su familia por el matrimonio con Procne. No asiste Juno, patrona de las bodas, ni tampoco Himeneo, no asistieron las Gracias a aquellos esponsales. 430 Euménides53 sostuvieron las antorchas, robadas de un entierro, Euménides prepararon el lecho, y en el tejado de la casa fue a posarse un malhadado búho, que se aposentó en lo alto de la cámara nupcial54. Bajo este agüero se unieron Procne y Tereo, bajo este agüero se convirtieron en padres. Les felicitó, como es natural, Tracia, 435 y ellos mismos dieron gracias a los dioses y ordenaron que llevara el título de festivo el día en que la hija de Pandión fue entregada al ilustre tirano, y aquel en que había nacido Itis. ¡Hasta tal punto se le oculta al hombre lo que le conviene! Ya Titán había repetido por quinta vez la estación del otoño, 440 cuando Procne le habló a su marido en tono halagador: «Si algún favor hallo ante ti, permíteme ir a ver a mi hermana, o que mi hermana venga aquí. Le prometerás a tu suegro que volverá en breve tiempo; me harás un inmenso regalo con dejarme ver a mi hermana». Ordena aquel botar al mar las naves 445 y a vela y remo entra en los puertos cecropios y toca las costas del Pireo. Tan pronto como se le da la oportunidad de ver a su suegro, unen diestra con diestra y traban una conversación con presagios favorables. Comenzaba a relatar la causa de su venida y los encargos 450 de su esposa y a prometer un rápido regreso de la muchacha si le permitía marchar, cuando se presenta Filomela suntuosa por su magnífico atavío, y más suntuosa aún por su belleza: como cuentan que recorren las náyades y dríades el corazón de los bosques, a condición de que les prestes semejantes adornos y atavíos. 455 Se inflamó Tereo al ver a la doncella igual que si alguien pusiera fuego a las resecas espigas, o quemara las ramas y las hierbas almacenadas en los heniles. Era, sin duda, hermosa; pero también incita a Tereo su natural apasionado, y la propensión a los placeres de Venus de los pobladores de aquellas regiones; 460 arde consumido por el vicio propio y por el de su estirpe. Le viene el impulso de sobornar al séquito que la guarda o a su leal nodriza, o también de tentarla a ella misma con enormes regalos, o de empeñar todo su reino, o de raptarla y defenderla una vez raptada con una cruel guerra. 465 Nada hay a lo que no se atreva, presa de amor desenfrenado, ni hay cabida en su pecho para el fuego que alberga. Apenas puede ya soportar la demora, y con palabras apasionadas vuelve a los encargos de Procne y, bajo ese pretexto, defiende la causa de su propio deseo. El amor lo volvía elocuente, y cuantas veces rogaba más de lo que era oportuno, 470 decía que así lo quería Procne55. Añadió también lágrimas, como si también se las hubiera encargado. Los dioses me asistan, ¡qué negra noche habita en los pechos de los mortales! Precisamente cuando maquina el crimen, Tereo es considerado virtuoso y se gana alabanzas por su mala acción56. 475 Añádase que Filomela desea lo mismo, y rodeando zalamera los hombros de su padre con sus brazos, ella misma pide, por su bien y en contra de su bien, ir a ver a su hermana. Tereo la contempla y, al verla, ya la siente, y mirando fijamente sus besos y sus brazos en torno al cuello de su padre, 480 lo toma todo como acicate, fuego y alimento de su pasión, y, cuantas veces abraza ella a su padre, quisiera ser el padre. (¡Y no sería con ello menos impío!) Vencen al padre los ruegos de una y otra; se alegra ella, le da al padre las gracias y la infeliz considera aquello un éxito de las dos hermanas, 485 cuando en realidad será causa de lágrimas para las dos57.