Read the book: «Vidas paralelas V»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 362

PLUTARCO

VIDAS PARALELAS

V

LISANDRO — SILA

CIMÓN — LÚCULO

NICIAS —CRASO

INTRODUCCIONES, TRADUCCIONES Y NOTAS DE

JORGE CANO CUENCA, DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE

Y

AMANDA LEDESMA


EDITORIAL GREDOS

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B.C.G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ÓSCAR MARTÍNEZ , HELENA FERRÁNDIZ MARTÍN y JORGE CANO .

© EDITORIAL GREDOS, S.A.

López de Hoyos, 141; Madrid, 2007

www.editorialgredos.com

La introducción, traducción y notas de LisandroSila han sido realizadas por JORGE CANO , y han sido revisados por ÓSCAR MARTÍNEZ .

La introducción, traducción y notas de CimónLúculo han sido realizadas por DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE , y han sido revisadas por HELENA FERRÁNDIZ MARTÍN .

La introducción, traducción y notas de NiciasCraso han sido realizadas por AMANDA LEDESMA, y han sido revisadas por JORGE CANO .

REF. GEBO439

ISBN 9788424937362

Composición: Manuel Rodríguez

LISANDRO — SILA

INTRODUCCIÓN
VIDA DE LISANDRO

Lisandro representa un nuevo modelo de espartano, un espartano al que las circunstancias permiten desarrollar un carácter distinto: fuerte, poderoso, intrigante, ambicioso, cruel y violento en ocasiones, presto al perjurio e incluso sarcástico; sus victorias en la Guerra del Peloponeso son más frutos del azar y de los graves errores de sus enemigos que de su pericia militar; se sirve de los oráculos y de la superstición para sus intereses personales y sus pretensiones tiránicas, actitudes semejantes a las de Alcibíades. La comparación con Sila, aunque matizada por Plutarco, es, por tanto, evidente. Nada se sabe del nacimiento y de la juventud de Lisandro. Su primera aparición se data en el 407 a. C., cuando es nombrado navarco en sustitución de Cratesipides, cargo que presupone a un militar ya experimentado. Su carrera será tan corta como vehemente y encontrará su fin en Haliarto, Beocia, en el transcurso del asedio a la ciudad en el 395 a. C.

Se enfrentó a sus conciudadanos espartanos por su cercanía a los bárbaros, en concreto a Ciro el Joven, del que recibió favores y prebendas, algo que su sustituto en el cargo, el adusto y lacónico Calicrátidas, aborrece; Plutarco narra la escena de Calicrátidas pidiendo audiencia en el palacio de Ciro con fina sorna y el regusto amargo de alguien que ve cómo se corrompe un mundo. No obstante, tras su victoria en Egospótamos ante la flota ateniense en el 405 a. C., Lisandro se convierte en el hombre más poderoso de Grecia. Comenzará entonces una fina trama para intervenir en las ciudades asiáticas que se encontraban en la órbita ateniense, promoviendo golpes de Estado y llevando a cabo matanzas de partidarios de los gobiernos populares, como la de Mileto, fruto de las cuales su poder personal comenzará a extenderse por toda Grecia. Su ambición y gusto por la intriga se proyectará incluso sobre la propia Esparta, con un estrambótico y largo plan para acabar con el poder de las familias de los Agiadas y los Euripóntidas, únicas que tenían acceso a la realeza, plan que, finalmente, no se puso en marcha en el último momento. Precisamente es este deseo de personalismo uno de los puntos de la crítica de Plutarco, en la medida en que no favorece con él a su patria, Esparta, sino a sí mismo. Plutarco, además, muestra a un personaje con escaso refinamiento y gusto: el episodio de la competición poética en su honor, en la que privilegia a un autor mediocre, «un tal Nicérato de Samos», ante el célebre Antímaco de Colofón le sirve a nuestro autor para mostrar, con bastante malicia, a Platón consolando a Antímaco con estas palabras: «La ignorancia es el mal de los ignorantes, al igual que la ceguera el mal de los que no ven». Introdujo el dinero en Esparta, algo que jamás le perdonaron los espartanos más apegados a la tradición, ya que sembró la codicia y el deseo de propiedad privada entre sus ciudadanos. Pese a esto, Lisandro murió con muy poco y no se le puede culpar de enriquecerse ni de amasar fortunas; sus hijas fueron rechazadas por sus pretendientes cuando, muerto Lisandro, se descubrió que apenas poseía nada.

Las fuentes de esta biografía, mencionadas por el propio autor, son Anaxandridas de Delfos, Androclides, Aristóteles, Duris de Samos, Éforo, Teofrasto y el historiador Teopompo. Éforo, cuya obra Historia universal está perdida, aunque transmitida en parte por Diodoro de Sicilia, y Teopompo, autor de una Historia griega, son seguramente las fuentes que utiliza Plutarco en todos aquellos casos en los que se separa de los datos que Jenofonte transmite sobre el personaje en los libros I-III de las Helénicas, en los que se narra este mismo período de la Guerra del Peloponeso. Asimismo, determinadas anécdotas y documentos escritos mencionados en esta Vida hacen pensar en una tradición oral sobre el personaje que duró varios siglos y de la que posiblemente se haga también eco Claudio Eliano en sus Historias curiosas. Plutarco no escatima un momento para mostrar tanto su cultura literaria, con citas de Eurípides y menciones a Jenofonte, como científica, mediante la larga digresión sobre el meteorito caído en Egospótamos, también mencionado en Aristóteles ( Meteor. I 7, 9) y en la Historia natural de Plinio el Viejo ( Hist. nat. II 149), en la que rebate a Anaxágoras sirviéndose de las teorías de otros fisiólogos.

Plutarco se muestra como un admirador de la Esparta de Licurgo y no pierde la ocasión de criticar las innovaciones de Lisandro, como la mencionada introducción del uso de la moneda de oro y plata y que supondrán la ruina del austero modo de vida espartano. En otras obras acerca de Esparta, como la Vida de Licurgo y las Sentencias laconias, Plutarco incide sobre esto y cita el oráculo dado a los reyes Alcámenes y Teopompo: Ha philochrematía Spártan oleî: «El ansia de riquezas acabará con Esparta». Además de esto, hay una crítica implícita al modelo expansionista espartano, representado en la figura de Lisandro, y, por supuesto, a las guerras entre griegos, que él, como Isócrates, considera guerras fratricidas. El autor, nacido en Queronea, Beocia, se muestra como un firme adalid de sus paisanos y no se puede hurtar a la celebración de los decretos promulgados por los beocios para acoger y ayudar a los partidarios de la democracia huidos de Atenas durante el gobierno de los Treinta Tiranos, impuestos por Esparta tras la toma de la ciudad, «decretos semejantes a las acciones de Heracles o de Dioniso en espíritu y temple» afirma. En paralelo con ciertas claves de la tragedia griega, la hýbris de Lisandro le llevará a emprender una expedición de castigo contra Beocia, por amparar a los fugitivos y darles apoyo y armas para recuperar Atenas y acabar con la dominación espartana. Pero ni siquiera los espartanos quieren ya que la guerra continúe: el rey espartano Pausanias parece abandonar al impetuoso personaje a su suerte y no hacer todo lo posible para acudir en su ayuda durante el asedio de Haliarto, en donde Lisandro morirá de una manera muy poco heroica, casi patética y fruto de un grave error de estrategia. El final del relato tiene un bello tono novelesco, con la escena del soldado que se lamenta ante la fragilidad humana y el encadenamiento al inexorable destino al que está sometida cuando reconoce en la muerte de Lisandro, acaecida junto a un arroyo llamado Hoplita, el cumplimiento de una profecía que había recibido el estratego lacedemonio y que le mandaba evitar «el Hoplita engañoso y al dragón hijo de la tierra que viene por la espalda». Parece que Plutarco redime en parte a Lisandro tras su muerte y en los últimos pasajes de su biografía: los espartanos condenan al exilio al rey Pausanias por entender que no acudió en auxilio de su general y el rey Agesilao se lamenta de que sus conciudadanos no fueran conscientes de la talla política de Lisandro al hallarse entre sus pertenencias un documento, un discurso político, en el que pedía una renovación profunda en la vida espartana y abogaba por un gobierno de los «mejores», no de oligarquías hereditarias en el seno de los Heraclidas. Finalmente. el descubrimiento de la parquedad de su patrimonio y del repudio de sus hijas por parte de sus pretendientes aporta una nueva luz a la representación del personaje llevada a cabo por Plutarco: un autor que, aunque no se asome a las simas psicológicas con el olfato y la finura de Tácito, sí es capaz de desplegar un nutrido registro de claroscuros y de tonos a la hora de retratar las relaciones de sus personajes con el poder, registro que William Shakespeare supo aprovechar en buena parte de sus tragedias de temática clásica.

SUMARIO

Retrato físico y moral: 1–2.

Campañas navales en Jonia: relación con Ciro el Joven y rivalidad con Calicrátidas: 3–8.

La batalla de Egospótamos: 9–13.

Toma de Atenas: 14–15.

Gran poder de Lisandro después de su victoria: 16–18.

Semblanza de Lisandro y de su ambición, la denuncia de Farnabazo: 19.

Consecuencias de la denuncia de Farnabazo: 20–21.

Lisandro y Agesilao: 22–23.

Plan de Lisandro para cambiar el poder en Esparta: 24–26.

Guerra contra Tebas. Muerte de Lisandro: 27–28.

Situación en Esparta después de la muerte de Lisandro: 29–30.

Esta traducción sigue el texto editado por ROBERT FLACELIÈRE y ÉMILE CHAMBRY en Plutarque: Vies, VI, Pyrrhos-Marius et Lysandre-Sylla, Les Belles Lettres, París, 1971.

VIDA DE SILA

La semblanza de Sila que realiza Plutarco coincide casi por completo con la que trazan Salustio y Valerio Máximo, y parece que todas las fuentes vienen a coincidir en señalar que en el dictador romano la valía militar y la crueldad iban por caminos paralelos. Sila nació en el año 138 a. C. en el seno de una familia patricia, pero venida a menos por culpa de un antepasado, Publio Cornelio Rufino, que llegó a cónsul y a dictador, pero que, debido a la apropiación de fondos públicos, fue expulsado del Senado en el año 275 a. C., después de lo cual ningún miembro de la familia llegó a ocupar cargos públicos hasta Lucio Cornelio Sila. Salustio ( Guerra de Jugurta 95, 3–4) señala su buena formación y conocimiento erudito de las letras griegas y latinas, dato que deja caer Plutarco cuando menciona que, tras la toma de Atenas, el general romano se llevó los libros de Aristóteles y Teofrasto que se encontraban en la biblioteca del erudito Apelicón de Teos a Roma, donde fueron editados y publicados. Asimismo en Sila la ambición sin medida, el desenfreno en los placeres y la búsqueda de gloria, continua y sin miramientos, parecen combinarse con una generosa prodigalidad, un carácter amigable y festivo, una envidiable capacidad de liderazgo e incluso capacidad para emocionarse hasta el llanto, lo cual, en manos del sabio de Queronea, sirve para llevar a cabo un fino retrato de un hombre para el que el exceso se convirtió en una marca de conducta existencial. El poder que acaparó Sila, al igual que en el caso de Lisandro, aunque el romano llegó incluso más lejos, merced a sus éxitos militares, a las masacres de enemigos perpetradas, a las proscripciones de ciudadanos y a su implacable sed de honores, se convirtió poco menos que en absoluto. Valerio Máximo ( Dichos y hechos memorables IX 2, 1) señala que «en la consecución de victorias militares se convirtió a los ojos del pueblo romano en un nuevo Escipión, pero en el uso que hizo de la victoria, en un nuevo Aníbal». Derramó más sangre de sus conciudadanos de lo que había hecho antes otro romano y fue el gran vencedor de la guerra civil contra Mario y el bando popular, por lo que la tradición historiográfica romana no pudo sino sentir una curiosa mezcla de abominación ante su crueldad y de fascinación ante sus logros: la captura de Jugurta, el sometimiento de los marsos en la Guerra Social, la rendición de Mitrídates y la unificación del Estado romano después de una cruenta guerra civil. Resulta muy interesante, además de aportar distintos matices a la narración de este convulso momento de la historia de Roma, la lectura de esta Vida de Sila en paralelo con la de la Vida de Mario.

Plutarco arranca su crítica moral de Sila en los primeros años de la vida del dictador, licenciosa y demasiado convivial junto a gente de la farándula y cuyos prolongados excesos provocaron su muerte en el 78 a. C. Nuestro autor señala con una mezcla de aversión y escándalo sus amoríos con una prostituta rica, con el cantante y actor Metrobio, sus divorcios y matrimonios. Posteriormente, según avanza el relato, el tono se recrudece hasta que se entrelazan datos que configuran un catálogo realmente atroz: pone precio a la cabeza de Mario, su gran rival, que, sin embargo, le perdonó la vida cuando le tuvo a merced, masacra a los ciudadanos de Antemnas ante las puertas del Senado de Roma durante una sesión del mismo, expolia con inefable impiedad los santuarios de Grecia, incluso los más sagrados, como Olimpia y Delfos —el amado Delfos de Plutarco, en la que él había servido como sacerdote de Apolo—, se comporta con una arrogancia y altanería impropia de Roma con los pueblos de Asia, proscribe y condena a muerte a los ciudadanos romanos para apoderarse de sus patrimonios o regalárselos a sus amigos. Su aspecto no era menos feroz: ojos de un azul gélido, rubicundo, con manchas de sangre por todo su rostro, lo que llevó a un gracioso ateniense a compararlo con «una mora rebozada en harina». En suma, una invitación a contemplar cómo la consecución y el ejercicio del poder absoluto llevan a un general valioso, apreciado por el pueblo y con cierta facilidad para emocionarse, a convertirse en un cruel tirano. En palabras del propio Plutarco: «Resulta natural que el ejercicio del poder absoluto le causara un perjuicio, ya que éste no permite que los rasgos del carácter permanezcan de acuerdo con el modo de ser de un principio, sino que se vuelven caprichosos, fútiles y violentos. Ver si esto es un movimiento y un cambio de la naturaleza que opera por fortuna, o si es una revelación producto del poder de la perversidad que yacía oculta, es algo que nos haría entrar en otra clase de temas» ( Vida de Sila 30, 5–7). Esto acerca el retrato de Sila al que traza del griego Pirro en su biografía: el poder sin medida conducirá a ambos sin remedio a la degeneración moral en una suerte de tragedia shakespeareana que les deparará a ambos un cruel final: al griego, la espada; al romano, una necrosis tumoral.

Parece que Plutarco tuvo acceso a las propias Memorias de Sila, hoy perdidas, en cuya redacción se volcó el dictador una vez que abandonó Roma y el poder y se marchó a vivir a su villa de los alrededores de Cumas. Además de esta obra, nuestro autor menciona como fuentes a Fenestela, a Juba, rey de Mauritania, a Salustio, a Estrabón y a Tito Livio. Por otro lado, al igual que en la Vida de Lisandro, en la narración de la campaña militar de Sila por Grecia, Plutarco se detiene con calma a precisar datos mitológicos y geográficos sobre los lugares de su tierra, Beocia, conocidos por él de primera mano, en donde tuvieron lugar las decisivas batallas de Queronea, su pueblo natal, y Orcómeno.

Como sucedía en la Vida de Lisandro, el moralista Plutarco, en su rechazo del lujo, da datos precisos que ponen en relación la vinculación entre el enriquecimiento económico y la corrupción moral. Si bien en el caso de Lisandro, no se le podía achacar el afán de lucro propio, sino la introducción de la codicia en Esparta; en cambio, en el caso de Sila, con los excepcionales y sarcásticos episodios del expolio de los santuarios de Grecia (12) o el de la subasta pública de unos bienes fruto de una proscripción (41), sí que se proyecta un haz de luz directo sobre el apego a las riquezas del dictador. En la comparación final se señala: «(…) tanto daño provocó Lisandro en Esparta con la introducción de la propiedad privada de la riqueza, como mal Sila con su expolio de Roma (…). Ambos ejercieron una curiosa influencia sobre sus ciudades: Sila, siendo como era de intemperado y despilfarrador, con todo logró que sus ciudadanos se volvieran más cuerdos; sin embargo, Lisandro llenó a Esparta de todas las afecciones del alma de las que él mismo carecía, de modo que ambos marraron: uno por ser peor que sus leyes, el otro porque hizo que sus conciudadanos se volvieran peores que él, ya que enseñó a Esparta a necesitar aquello que él había demostrado no echar en falta».

Por otra parte, se muestra curioso ante la religiosidad de Sila, sobre todo volcada hacia la diosa Fortuna, Venus, Apolo y las prácticas adivinatorias. El propio Sila se consideraba «un hijo de la Fortuna» y no tenía reparos en afirmar que era a ella a quien le debía sus éxitos, no sabemos si por una actitud supersticiosa o por una auténtica piedad o falta de vanidad. Lo cierto es que la aparición de señales divinas es continua a lo largo del relato: una estatua de la Victoria movida por máquinas durante una ceremonia de coronación de Mitrídates se desploma durante el acto; un monstruoso sátiro aparece cuando las tropas de Sila desembarcan en Brindis; en un sacrificio en Tarento el hígado de un animal sacrificado muestra una corona de laurel; dos machos cabríos se enzarzan en una mortal pelea en el monte Tifato ante la vista del ejército y luego se desvanecen en el aire; un esclavo en estado de posesión por la diosa Belona le comunica su victoria final y el incendio del Capitolio; en Fidencia una nube de flores cae de repente sobre el ejército de su lugarteniente Marco Lúculo y lo corona. No sabemos con certeza, aunque parece plausible por el tono y el contenido, que éstos sean datos ofrecidos por el mismo Sila en sus Memorias ; no obstante, sirven para aportar un tinte sobrenatural a la narración de Plutarco, al igual que la predicción que realiza un oráculo caldeo sobre el propio Sila (c. 5) o el sueño del propio Sila en el que un hijo suyo muerto se le aparece para anunciarle su próxima muerte (c. 37), dato que Plutarco extrae de las propias Memorias del dictador.

Asimismo, nuestro autor no pierde ocasión para demostrar su erudición: en el capítulo 7 se hace eco de las doctrinas pitagóricas sobre un gran año cósmico que marca las sucesión de las edades del mundo; en el 17 explica la etimología de un topónimo beocio a la luz de la mitología y de la lengua fenicia; en el 36 describe la enfermedad mortal de Sila sirviéndose de las teorías médicas de su época; además de citas de Eurípides, Aristófanes y Filocles.

SUMARIO

Orígenes familiares y primeros años de Sila: 1–2.

Cursus honorum hasta la consecución del consulado, Guerra de Jugurta y primeras rivalidades con Mario: 3–5.

Guerra civil entre Mario y Sila: 7–10.

Guerra contra Mitrídates, toma de Atenas, campaña en Beocia y en Asia: 11–25.

Vuelta a la Grecia continental: 26.

Regreso a Italia y continuación de la guerra civil: 27–32.

Sila dictador en Roma, crueldades y proscripciones: 33–35.

Muerte de Sila: 36–38.

Comparación entre Lisandro y Sila

Actividad política: 39–41.

Acciones bélicas y conclusión: 42–43.

Al igual que en la Vida de Lisandro, esta traducción sigue el texto editado por ROBERT FLACELIÈRE y ÉMILE CHAMBRY en Plutarque: Vies, VI, Pyrrhos-Marius et Lysandre-Sylla , Les Belles Lettres, París, 1971.

LISANDRO

El tesoro de los acantios que se encuentra en Delfos tiene [1] la siguiente inscripción: «Brásidas y los acantios de los atenienses» 1 . Por ello muchos afirman que la estatua de mármol que se encuentra en su interior junto a las puertas representa a Brásidas. En realidad es la imagen de Lisandro, con el pelo al estilo antiguo y las mejillas barbadas. Tampoco es cierto, [2] como algunos afirman 2 , que, después de su gran derrota, los argivos se cortaran el pelo y la barba en señal de duelo, mientras que los espartanos, por el contrario, se dejaran crecer la cabellera como signo de alegría triunfal; ni siquiera que se dejen los cabellos largos porque los Baquíadas, cuando salieron huyendo de Corinto en dirección a Lacedemonia 3 , parecieran tener un aspecto poco noble y desastrado con el pelo corto, sino que eso fue una disposición de Licurgo, que decía que la cabellera larga hacía que los hombres bellos estuvieran más favorecidos y que los feos resultaran más temibles.

[2] Se dice que el padre de Lisandro fue Aristócrito 4 , que no era de familia real, pero pertenecía al linaje de los Heraclidas. Lisandro fue criado en la pobreza, y demostró ser tan obediente como el que más respecto a las costumbres de su patria 5 , así como valiente y capaz de gobernar los placeres, a excepción de ese que procuran las grandes acciones que aportan honores y éxito. Además, en Esparta no se considera una vergüenza que los jóvenes se vean dominados por esa clase de placer. [2] Es más, quieren que desde que comienza su vida los jóvenes pasen por situaciones que les reporten gloria, que se sientan molestos cada vez que se les haga un reproche y engrandecidos cuando se les alabe. Desprecian a aquel que no se siente afectado o movido por estas cosas y le consideran indolente e indigno para la virtud. Por tanto, el amor por los honores y por la disputa quedó implantado en él por la educación laconia, de modo que ese rasgo no es achacable a su disposición natural. [3] Sin embargo, sí que parecía por naturaleza más inclinado a servir a los poderosos que el común de los espartanos y estaba dispuesto a soportar la arrogancia de los poderosos si era preciso, algo que algunos consideran una parte, y no pequeña, de la habilidad política. Aristóteles, que demostró que las grandes naturalezas son propensas a la melancolía, como las de Sócrates, Platón o Heracles 6 , cuenta que Lisandro también fue presa de la melancolía, pero no desde joven, sino cuando ya era bastante mayor. Lo que resulta característico de él es lo [4] bien que sobrellevó la pobreza y que no se dejara gobernar ni corromper por las riquezas. Llenó su patria de bienestar y de amor por la riqueza, acabó con esa fascinación que les provocaba el hecho de no sentirse cautivados por ella y consiguió gran abundancia de oro y plata después de la guerra contra Atenas, y todo ello sin quedarse con una sola dracma 7 . Cuando [5] Dionisio el tirano envió para sus hijas unos mantos muy caros hechos en Sicilia, no los aceptó y dijo que tenía miedo de que no les quedaran bien. Pero poco después cuando él fue enviado como embajador de su ciudad ante ese mismo tirano, éste le presentó dos vestidos y le urgió a que cogiera uno de los dos para regalárselo a su hija, Lisandro dijo que era mejor que lo eligiera ella, cogió los dos y se marchó 8 .

La Guerra del Peloponeso se alargaba y, después del desastre [3] ateniense en Sicilia 9 , se pensaba que Atenas podía perder la hegemonía marítima y que, al poco, renunciaría completamente a la lucha. Pero Alcibíades regresó de su exilio y logró dar un gran vuelco a la situación, ya que consiguió que los atenienses fueran de nuevo un rival por mar para los [2] espartanos. Entonces el temor asaltó de nuevo a los lacedemonios y, puesto que sus ansias de combate se habían visto renovadas, necesitaban a un general fuerte y armamento más poderoso, por lo que concedieron a Lisandro el mando de las fuerzas navales 10 . En Éfeso, vio que la ciudad le era propicia y que además estaba muy inclinada al bando lacedemonio, pero estaba gobernada de manera penosa y corría el peligro de convertirse en bárbara por la influencia de las costumbres persas, muy imbricadas; además lindaba por todas partes con Lidia y los generales del Rey pasaban en ella mucho tiempo. [3] Puso su cuartel general, ordenó que todos los barcos de mercancías llevaran allí sus cargas, desde todas partes, y comenzaron la construcción de una flota de trirremes, lo cual reanimó el comercio en los puertos de la zona, así como el mercado de trabajadores, y llenó de riquezas las casas particulares y los talleres de artesanos, de modo que desde ese momento la ciudad, gracias a Lisandro, comenzó a albergar las esperanzas de esplendor y grandeza que ahora ha conseguido plenamente 11 .

[4] Cuando se enteró de que Ciro, el hijo del Rey, se dirigía a Sardes, acudió allí para hablar con él y quejarse de Tisa-fernes 12 . Éste tenía la orden de ayudar a los lacedemonios y expulsar del mar a los atenienses, pero parecía que Alcibíades se lo había ganado para su causa, pues se había mostrado indolente y había suministrado unos recursos insignificantes [2] que debilitarían la flota. Además, Ciro estaba deseoso de que Tisafernes incurriera en una culpa y que se dijera de él que era un hombre malvado y que estaba enfrentado con él. A partir de estos sucesos y de otras vivencias compartidas, Lisandro se ganó el afecto del joven Ciro, especialmente por el tono preferencial con el que lo trataba 13 , y le dio ánimos para entrar en guerra. Un día que Lisandro se disponía a salir de un banquete [3] que le había dado Ciro, éste le pidió que no rehusara sus amistosas dádivas, sino que pidiera aquello que quisiera, puesto que no faltaría en absoluto a ninguna sus peticiones, entonces Lisandro respondió: «Ya que eres tan generoso, Ciro, te pido y ruego que añadas un óbolo más al salario de los marineros, de modo que reciban cuatro, en lugar de tres». Ciro, encantado [4] con su nobleza, le entregó diez mil daricos 14 , para que subiera con ellos un óbolo el salario de los marineros. En muy poco tiempo se corrió tanto la voz que los barcos de los enemigos se quedaron vacíos, ya que la mayoría acudía a donde les pagaban más, y los que permanecían se quedaban de mala gana, se volvían conflictivos y eran fuente de problemas diarios a los capitanes. No obstante, Lisandro, aunque con esta maniobra [5] había causado bajas a los enemigos y los había dejado diezmados, rehuía el combate naval, ya que temía a Alcibíades, que era un estratego audaz, le superaba en número de naves y que además en cuantas batallas había tomado parte hasta entonces, por tierra y por mar, había resultado invicto 15 .

[5] Una vez que Alcibíades partió de Samos en dirección a Focea dejó la flota al mando de Antíoco, el piloto 16 . Antíoco para insultar a Lisandro, navegó con dos trirremes hasta el puerto de Éfeso en un gesto de arrogancia. Cuando pasaron por delante del puerto, comenzaron a hacer burlas, a montar jaleo y a mostrarse desafiantes. Lisandro, presa de la cólera, salió con unas pocas trirremes en su persecución. Al momento se dio cuenta de que los atenienses acudían en ayuda de Antíoco, sacó más naves y terminaron trabando una batalla [2] naval. Salió vencedor Lisandro, que tomó quince trirremes y erigió un trofeo. El pueblo de Atenas, enojado por este suceso, le quitó el mando de la flota a Alcibíades, quien, vituperado e insultado también por los soldados que estaban acantonados en Samos, se marchó del campamento en dirección al Quersoneso. Aunque esta batalla no fue en realidad muy importante, la Fortuna quiso que Lisandro se hiciera famoso por lo que le ocurrió a Alcibíades 17 .

[3] Lisandro, por su parte, hizo que desde las demás ciudades concurrieran en Éfeso todos aquellos a los que había visto descollar en audacia o animosidad. De este modo sembró las semillas de lo que serían las decadarquías y de las innovaciones que vendrían después 18 . Les incitó y animó a que formaran sociedades y se aplicaran a los asuntos públicos, para que, en cuanto fueran liberados del dominio ateniense, derrocaran los gobiernos democráticos y fueran ellos los [4] que gobernaran en sus patrias. Cumplió la palabra dada con cada uno de ellos: a los que eran sus amigos y huéspedes les otorgó cargos importantes, honores y mandos militares. Mas él mismo incurrió también en arbitrariedades y errores por dar pábulo a la codicia de aquéllos; hasta tal punto que todos tenían la atención puesta en él, le llenaban de favores y le mostraban su cariño, en la esperanza de que, mientras él estuviera en el poder, no se iban a ver privados de las cosas más importantes. Por ello desde el primer momento no [5] les agradó que fuera Calicrátidas el sucesor de Lisandro en el mando de la flota, tampoco después, cuando este hombre había dado pruebas de sus capacidades y se había demostrado que era el mejor y el más justo, estaban a gusto con la manera en que ejercía el mando, aunque lo hacía con una sencillez y coherencia dóricas. Admiraban la virtud de Calicrátidas como el que admira la belleza de una estatua heroica, pero anhelaban la diligencia de Lisandro y buscaban su camaradería y el beneficio que les reportaba, de modo que cuando se marchó, se sintieron desanimados e incluso le lloraron.

Él contribuyó también a que se sintieran enojados con [6] Calicrátidas, ya que mandó de vuelta a Sardes lo que quedaba del dinero que había recibido de Ciro para los marineros y dijo que fuera a pedirlo el propio Calicrátidas, si quería, o que se buscase la manera de mantener a los soldados 19 . Finalmente, [2] cuando iba a partir, tomó a Calicrátidas por testigo y le dijo que ponía a su cargo una flota que era dueña del mar; pero Calicrátidas, queriendo reprender sus vanas y fanfarronas pretensiones, le dijo: «Perfecto, deja a tu izquierda Samos, navega en dirección a Mileto y me haces entrega de las naves allí. Si somos dueños del mar, no hay razón para temer a los [3] enemigos acuartelados en Samos». Respondió a eso Lisandro que él ya no tenía el mando, sino Calicrátidas. A continuación emprendió rumbo hacia el Peloponeso dejando a Calicrátidas sumido en dificultades económicas, puesto que él no había traído fondos de Esparta, ni le parecía honesto recaudarlos de las ciudades o cogerlos por la fuerza, ya que éstas se encontraban [4] en grandes aprietos. Lo único que podía hacer era llamar a las puertas de los generales del Rey, como había hecho Lisandro, y pedirlo. Pero era el menos indicado para esa labor, ya que tenía un carácter libre y orgulloso y consideraba en todo punto más honorable que los griegos fueran derrotados por griegos a andar adulando y presentándose ante las puertas de unos bárbaros que, por muy ricos que fueran, no tenían [5] nada bueno. Agobiado por las estrecheces, enseguida marchó a Lidia, al palacio de Ciro, y mandó que le hicieran saber que había llegado Calicrátidas, el estratego de la flota espartana, y que quería hablar con él. Uno que estaba en la puerta le dijo: «Ciro no está ahora para tareas, extranjero. Está bebiendo». Calicrátidas, entonces, con bastante naturalidad, le dijo: «No pasa nada. Esperaré aquí hasta que haya acabado de beber». [6] Les pareció bastante rudo en sus maneras y, sintiendo que los bárbaros se reían de él, se marchó. Cuando se presentó por segunda vez, no le permitieron entrar y con un gran enfado se volvió a Éfeso maldiciendo a los primeros que se habían dejado burlar por esos bárbaros y que los habían enseñado a comportarse con tamaña insolencia por el hecho de ser ricos; [7] además juró ante todos los presentes que, tan pronto como estuviera de vuelta en Esparta, haría todo lo que pudiese para que los griegos se reconciliaran y se hicieran temibles para los bárbaros y dejaran de necesitarlos para pelear unos contra otros.

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