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Vientos desnudos
Colección Punto y Coma

Pérez Ruiz, Maya Lorena
Vientos desnudos / Maya Lorena Pérez Ruiz, autora. - - México : Juan Pablos Editor, 2021
1a. edición
175 p. : ilustraciones ; 18 x 26.5 cm
ISBN: 978-607-711-624-0
T. 1. Cuento T. 2. Literatura mexicana
PQ7297.P47 V54
VIENTOS DESNUDOS
Maya Lorena Pérez Ruiz
Primera edición, 2021
D.R. © 2021, Maya Lorena Pérez Ruiz
D.R. © 2021, Juan Pablos Editor, S.A.
2a. Cerrada de Belisario Domínguez 19
Col. del Carmen, Alcaldía de Coyoacán
México, 04100, Ciudad de México
<juanpabloseditor@gmail.com>
Imagen de portada: Ensamble de vidas, Carlos Zolla
óleo sobre tela, 80 cm x 1 m
Ilustraciones: Manuel Pérez Coronado (MAPECO)
ISBN: 978-607-711-624-0
Impreso en México
Juan Pablos Editor es miembro de la Alianza
de Editoriales Mexicanas Independientes (AEMI)
Distribución: TintaRoja <www.tintaroja.com.mx>
ÍNDICE
Los cuentos y la poética en prosa de Maya Lorena Julio Moguel
A manera de introducción
PARTE I
Volar la noche
Terror en los vagones
Exorcizar el encierro
Un patio de cantera rosa
Labios de mandarina
Abismos escarpados
Amor en rebeldía
PARTE II
Una botella, un mundo
De patriarcados ilustres
Conjurar la locura
A los cuarenta
Retorcidos árboles de ensueño
Un tipazo es un tipazo
Generación estridente
PARTE III
Oscuridad insondable
Los fantasmas del alma
De recuerdos olvidados
Las misiones de Dios
El viejo que se robó las letras
Raíces del desierto
LOS CUENTOS Y LA POÉTICA EN PROSA
DE MAYA LORENA
Julio Moguel
I
Maya Lorena “se expone”, como diría Cioran, para presentar un hermoso y bien tejido libro de cuentos, que, si se hubiera “expuesto” en otros tiempos, algún alto Tribunal o mando inquisitorial lo hubiera enviado directamente a la hoguera, por “faltar a la moral” e incitar a las personas “decentes” a rebeliones diversas.
Adivina el lector: estoy pensando, por ejemplo, en juicios y penalizaciones como las que en 1857 se establecieron contra Charles Baudelaire, justo por haber publicado ese mismo año Las Flores del mal, obra que atentaba contra los cánones sagrados de “la moral” y de “las buenas costumbres” de la época.
Decía La Gazzette des Tribunaux del 21 de agosto de 1857:
Teniendo en cuenta el error del poeta, en el objetivo que quería alcanzar y en el camino que siguió, cualquiera que fuera el esfuerzo de estilo que pudiera haber hecho, cualquiera que fuera la censura que precediera o que siguiera a sus descripciones, no puede destruir el funesto efecto de los cuadros que presenta al lector, y el que las piezas incriminadas conducen necesariamente a la exitación de los sentidos mediante un realismo grosero y ofensivo para el pudor […] Teniendo en cuenta que Baudelaire, Poulet-Malassis y De Proise cometieron delitos de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres, a saber: Baudelaire, por publicar; Poulet-Malassis y De Broise, por publicar, vender y poner a la venta, en París y en Alençon, la obra titulada: Las Flores del mal, la cual contiene pasajes o expresiones obscenas e inmorales […] Se condena a Baudelaire a 300 francos de multa, a Poulet-Malassis y a De Broise a 100 francos de multa cada uno […] Se ordena la supresión de las piezas que llevan los números 20, 30, 39, 80, 81 y 87 de la recopilación […].
Pero, ¿qué hubiera pasado en ese tiempo si la pluma castigada por los tribunales por los “delitos de ultraje a la moral pública” hubiera sido la de una mujer? No puedo ni quiero imaginarlo, pues con seguridad la mano femenina con el atrevimiento de escribir un libro parecido a Las Flores del mal no hubiera encontrado ni siquiera una casa editorial que la adoptara. Sabemos a ciencia cierta que en los tiempos de Jules Michelet la atrevida escritora hubiera sido simple y llanamente acusada de bruja, y, en consecuencia, enviada ella misma a la hoguera.
No seré en este caso un presentador-spoiler que, en mi opinión, indique al lector cuáles de los cuentos de Maya Lorena hubieran sido “castigados”. Pero valga el señalamiento para establecer un cierto parámetro que ayude a ubicar “la audacia” y los alcances de algunos de los textos de la autora. Mismos que, también estoy seguro, en la modernidad convulsa en la que vivimos aparecerán lectores o lectoras que consideren que, en efecto, algunos de los textos de este libro tendrían que ser enviados a una mejor vida.
II
Pero esta mirada de historias que pueden calificarse sin la menor duda dentro del género del “cuento erótico” no es aquí lo que domina. Porque los trazos literarios con los que se teje esta veintena de “cuadros” —ya veremos en qué sentido se trata estrictamente de “cuadros”— son rizomáticos y abren la vía narrativa y de reflexión a muy distintos ámbitos o “temas” de la vida. Disruptivos y rebeldes —deconstructivos de muy diversas formas, si nos atenemos al concepto planteado por Derrida—, descubren realidades fuertes de las relaciones de pareja, de las asimétricas condiciones que estructuralmente viven o han vivido en los tiempos modernos las mujeres frente a patriarcas mayores o menores; de la soledad y de lo que puede significar en muy distintos casos el hecho simple y crudo de morir o de enfrentarse a la muerte, de inequidades sociales e injusticias del antes o de ahora, todo ello escrito en varios de los cuentos con un exquisito sentido del humor que emerge repentinamente de las letras.
Cubriendo en algunos trazos escenarios que se plantan en la “era del Covid”, los cuentos de Maya Lorena no tienen una temporalidad arbórea sino —ya lo habíamos dicho— rizomática. En este caleidoscopio de historias el lector tiene que poner algo o mucho de su parte para encontrar los hilos o las correspondencias que unen a unos cuentos con otros; y tienen que ser descubiertos por quien se envuelva gozosamente en ellos. Virtud de la referida confección que pudiera ser aplaudida por Jauss, desde su conocida “estética de la recepción”.
III
Quisiera en esta tercera parte atreverme a señalar que varios de los cuentos de Maya Lorena deberán ubicarse en el “subgénero” —desarrollado inicialmente por Poe, y luego magistralmente por Baudelaire— de la poética en prosa. Y, en dicha condición, tienen que ubicarse o considerarse como “textos con marco”. Me explico apoyándome en Roberto Calasso, cuando señaló que los pequeños poemas en prosa de Baudelaire eran una especie “de caos dentro de un marco”. Donde el “cuadro” tiene la función de aprisionar “en el cuadro mismo una energía de la que, de otro modo, no se reconocería el origen. Todo lo que sucede dentro del marco exalta los elementos que quedan circunscritos, los obliga a hibridarse en combinaciones experimentales”.
Pero en este punto algún lector preguntará: ¿cuál es la diferencia entre “un cuento” y un poema en prosa. Que todos los poemas en prosa de Maya Lorena entran estrictamente en el género “cuento”, pero no todos sus cuentos entran en el subgénero de “poemas en prosa”.
Un poema en prosa incluye sin duda la regla del “relato”, pero con entretejidos poéticos que se fincan en cierta luminosidad plástica enmarcada en “la imagen”. Un cuento puede ser simple y llanamente “un relato”, bueno o malo, pero un poema en prosa es a la vez escritura y “pintura”, con pinceladas o trazos coloridos, cuidadosos en mostrar luces y sombras. El lector disfruta entonces “la imagen”, las tres o cuatro dimensiones que la forjan, el sabor que sugiere y reverberaciones o tonalidades sólo perceptibles por “el tacto” de la vista.
Y ello se logra por la calidad y la forma del entretejido literario que se implica.
Quepa mencionar en este punto que algunos de los cuentos-poemas en prosa de Maya Lorena logran proyectar una mirada “infantil”, en el sentido en el que ello fue entendido o definido por Gilles Deleuze, cuando dijo que, “[con el tiempo], las personas mayores son atrapadas por el fondo, caen y ya no comprenden, porque son demasiado profundas”.
O, más explícitamente, como lo concibió Baudelaire en El pintor de la vida moderna, cuando dijo que “El niño ve una novedad en todas las cosas; nada se parece tanto a lo que se conoce como inspiración que la dicha con la que el niño absorbe la forma y el color. El hombre de genio tiene nervios templados; el niño los tiene débiles. En uno, la razón ocupa un lugar decisivo; en el otro, la sensibilidad abarca casi todo su ser. Pero el genio no es sino la infancia recuperada a voluntad”.
En fin. Digamos que el libro que el lector tiene en sus manos es una significativa aportación a la literatura moderna. A buena hora y en el mejor momento, justo cuando se viven transformaciones profundas en el vida y en el lenguaje, en México y en el mundo.
A MANERA DE INTRODUCCIÓN
Considero que escribir literatura puede ser pensado como un hecho social total. ¿Por qué digo esto? Porque en “el escribir literatura” —y “el exponerse” al publicarla— se imbrica lo individual con lo colectivo, el pensar con el sentir, en una dimensión que liga al todo con la parte y la parte con el todo, la totalidad social y humana con la imaginación, el mito o la fantasía. Y ese “imaginar” abre muchas veces curso a la utopía.
¿Confronta esa cualidad de ser un “hecho social total” la perspectiva individual? De ninguna manera. Quien escribe y “se expone” teje su propia subjetividad con las multiplicadas ramificaciones del mundo, en un acto que se vuelve en ese trance un hecho de plena y gozosa libertad.
¿Qué queda en el registro? El grito desgarrado de la protesta, la airada necesidad de subvertir el orden, la lúdica expresión de la alegría, y el movimiento, en catarata, de los amores rebeldes o de la simple y liberadora rebeldía.
El tiempo, en esa forja, deja a un lado a “cronos” para volverse al mismo tiempo pasado, presente o algún posible futuro.
La colección de cuentos que aquí presento es un testimonio de más de veinte años de ese ejercicio de libertad, ni arbitrario ni sumiso, situado firmemente en lo que soy y aspiro.
Cuatro de los 20 cuentos de este libro tuvieron una versión pública en la colección Mujeres que Cuentan de la editorial Narratio Aspectabilis. Éstos son “El tren” (2017), “Amor con clase” (2018), “Destellos” (2019) y “Lucía” (2020); mismos que fueron retrabajados y aparecen aquí bajo los nombres “Terror en los vagones”, “Amor en rebeldía”, “Oscuridad insondable” y “Los fantasmas del alma”.
PARTE I

VOLAR LA NOCHE
Cuando la llamaron bruja le pareció un insulto. Ahora, mientras se sujeta el pelo para que el viento no le impida ver, el apelativo se vuelve un halago compartido. Son varias las que navegan la noche.
La primera vez los destinatarios de su acoso las ignoraron, tan leve era el murmullo de su presencia, uno más de los que acompañan la nieve al caer.
Ahora aquellos que las escuchan huyen en busca de refugio.
Al día siguiente ninguno menciona a las mujeres que enlutan su virilidad y los hacen perdedores de su imperio. Al oscurecer un ahogo insondable se apodera de ellos.
No reconocen su terror.
Si no se habla de él no existe.
Juegan cartas, se embriagan, cantan, escriben, hasta que deben irse a dormir.
No logran conciliar el sueño. Han de permanecer alertas para escudriñar el silencio y detectar cuándo se acercan las mujeres en vuelo. Apenas un susurro. Un sollozo de ira oculto entre los sonidos de la noche.
Si fuesen previsibles se facilitaría la espera.
Nunca ocurre así.
Ellas juegan con la veleidad de su acecho. Disfrutan la sorpresa. Los vuelos ralentí con que los engañan y soplan detrás de sus orejas como sollozos muertos.
“¡Las brujas están aquí!” grita algún horrorizado.
Lo secundan los demás. Nadie enciende la luz para no delatar el lugar donde pernoctan.
Se levantan de sus camastros. Los pantalones a medio poner. El pelo revuelto. Los ojos ciegos incapaces de guiarlos en el pavor con que corren.
Los muebles dificultan la huida. Se tropiezan. Caen. Se arrastran.
Intentan ponerse de pie. Unos jalan a otros sin solidaridad, con la ambición de ser ellos quienes han de salvarse. Atropellan a quienes suplican auxilio. Los que logran levantarse, liberándose de aquellos que los sujetan por las piernas, corren a esconderse.
Los que no pueden, con los pies rotos, las cabezas sangrantes, se rinden ante el terror, y por la mañana los delatarán sus cuerpos destrozados.

Katia se viste con la ropa burda y holgada con que ha de volar. Mira de nuevo su imagen en el espejo. Un mechón rubio, rebelde, se asoma por su frente. Lo regresa a su sitio y con garbo sacude la cabeza.
Una vez conforme con su atuendo sale a la noche y con pasos largos y confiados se monta en su frágil, leve, casi invisible artefacto.
Lleva la cabeza cubierta por un gorro de piel. Una bufanda de seda blanca la protege del frío.
El viento fustiga su cara mientras vuela.
Ella lo ignora.
Se concentra en la tenue iluminación de las estrellas que la guían.
La curvatura del cielo se dibuja azul, casi negro, en ligero contraste con el horizonte blanquecino del paisaje nevado. En algunos sitios observa manchones umbrosos que delatan a los árboles del bosque.
Faltan dos horas para el amanecer.
Vislumbra la urbe.
La descubre por una lucecilla frágil, un parpadeo sutil, perceptible sólo para la mirada diestra. Nunca falta una luz que traiciona a la ciudad precavida en su pretensión de confundirse con otros borrones densos desperdigados en la noche.
Sonríe.
Aspira el viento frío.
Contempla el vaporcillo leve de su aliento cálido y confiado.

Ya tiene abajo la ciudad.
La observa.
Se orienta.
Astuta su mano busca en el piso de su biplano de madera y lona. Por allí está el rústico mecanismo que le permitirá soltar las bombas.
Van sujetas con orlas de algodón. Un proyectil por debajo de cada ala.
Se inclina levemente.
Tantea con la mano derecha.
Con la izquierda controla el equilibrio.
Encuentra el sujetador.
Con agilidad suelta los amarres.
Satisfecha escucha los silbidos.
Sin el lastre se aligera el vuelo.
Siente subir ligeramente su biplano.
Abajo, el resplandor del primer estallido.
De inmediato prorrumpe el segundo.
Ha dado en el blanco.
Quiebra su vuelo para retornar.
Voltea para confirmar el horror del infierno provocado.
Sonríe otra vez.
Katia está orgullosa de pertenecer al Regimiento 588º de bombardeo nocturno, el de las Brujas de la Noche que combate a los nazis en el sitio de Stalingrado.
TERROR EN LOS VAGONES
En la estación, decenas de familias con niños, canastos y pesados bultos forman una convulsa marea de túnicas, velos y turbantes de colores sobrios. Carmen y María violentan la monotonía del bullicio con su pelo rubio y su atuendo de turistas. Una ajusta el lente de su cámara sin atreverse a enfocar abiertamente los rostros huraños del entorno, que la atraen por su hermosa y solemne ajenidad; la otra revisa, aburrida, un cuaderno de notas. Todos aguardan el viejo tren que los trasladará a la ciudad próxima y cosmopolita, que de antaño entreteje el destino de cristianos, coptos, judíos y musulmanes. Los empleados del ferrocarril tratan inútilmente de poner orden al tráfico humano que, oloroso, incontenible, desborda sus posibilidades de control.
El tiempo transcurre abotagado ante la inminencia de la guerra. Los militares atiborran los andenes que esperan el largo y oxidado vehículo que los llevará a su destino, a la debacle de su juventud.
El de pasajeros tiene cuatro horas de retraso. Un par de viejas e indolentes máquinas maniobran por las vías, con un crujir obsoleto de metales y silbidos que, como ansiedad, repercute en los vientres de los pasajeros.
La noche se cuela entre los cristales de la alta estructura de hierro cuando se escucha, por un desafinado altavoz, inentendibles palabras que anuncian la partida. Las familias, con su vida a cuestas, pretenden con el peso de enseres y sus bultos subir al vagón correspondiente para ganar un sitio. Carmen y María, ajenas a la angustia de un futuro incierto, recogen sus mochilas, dispuestas a esperar a que el trayecto quede despejado. Etiquetada con sus nombres extranjeros, las espera una cabina en un carro-dormitorio.
Un malencarado empleado del ferrocarril revisa sus billetes; otro, igualmente huraño, las conduce a través de un pasillo de alfombra deslavada hasta la última cabina del último furgón. Adentro, una estrecha litera soporta, inverosímil, el peso de una cama sobre otra. Reposa junto a la minúscula ventanilla de vidrio opaco, labrado por manos anónimas que alguna vez pretendieron plasmar sus nombres. Un conjuro para evadir el tiempo. Enfrente, la puertecilla de madera comunica con el cuarto de baño.
Un brusco movimiento empuja a las amigas hacia atrás. Ellas se abandonan al torpe movimiento del tren, que aburrido y titubeante maniobra para cambiar de riel, hasta que entre risas se dejan caer sobre la cama baja, que cruje, también huraña, como si protestase por su invasión. El empleado ferroviario mueve ostentoso la cabeza para reprobar su mal comportamiento. Ellas, ignorantes del gesto, bromean sin preocuparse por el hombre de uniforme azul que permanece imperturbable frente a ellas. María supone que espera su propina; se levanta y pone en su mano un desgastado y humillante billete verde.
Una vez que avanzan sin tumbos ni retrocesos, Carmen y María caminan hacia el carro-comedor que enlaza el suyo con los vagones de menor clase. El tránsito movedizo y bamboleante las hace reír de nuevo, ajenas a que su estridente presencia, con pantaloncillos cortos y sus piernas largas, causa malestar entre los hombres que visten túnicas y turbantes y ocupan casi todas las mesas del vagón-restaurante. Dejan sus bolsos en el portamaletas superior y se acomodan en torno a una de las mesas. La carta del menú dibuja su contenido en enigmáticos e ilegibles signos y con el dedo índice escogen al azar la cena: un platón de acero con costillas de cordero, otro con arroz amarillo y una jarra de té negro.
Es casi media noche cuando las amigas regresan a su cabina-dormitorio. María decide lavarse los dientes y, adormilada, empuja la puerta que conduce al baño. Segundos después sale agitada para informar sobre su hallazgo: el minúsculo baño se conecta con otra cabina-dormitorio, ¡y los rústicos cerrojos no sirven! Lo que en otras palabras, explica ansiosa, significa que por allí hay paso libre entre las dos habitaciones. Incrédula, Carmen se empeña en darle vueltas a las manijas para comprobar que, en efecto, se encuentran averiadas. Un ruido de pasos en la cabina ajena las asusta y, entre risas contenidas, ambas se recluyen en la suya, tras cerrar como pueden la pequeña puerta del baño. Embriagadas por la pasión de la aventura se acuestan en la litera baja y, susurrantes, intercambian ideas sobre lo acontecido.
Concluyen que es casi seguro que en la cabina aledaña viajen sólo hombres, tal vez uno o dos, dedicados al comercio o a cualquier otro negocio. Descartan que se trate de mujeres porque en esa región ellas siempre van acompañadas por varones. En cuanto a los campesinos, pobres y gregarios, suponen que viajarán con sus familias en los vagones de menor clase. Otra posibilidad es que se trate de un matrimonio de buena posición económica, lo que les daría mayor tranquilidad.
No pueden saber cuál de las posibilidades es la verdadera, y la risilla inicial de las amigas adquiere, más en una que en la otra, las reverberaciones de un creciente nerviosismo.
María recuerda el suceso que padecieron escasos días antes, cuando un hombre elegante, de caftán y turbante negros, las persiguió furioso a causa de la imprudencia de Carmen cuando pretendió tomarle una fotografía. El hombre, con ojos de desierto y labios de cimitarra, corrió tras ellas con amenazas que entendieron por la rabia de sus gestos y la fuerza de sus gritos. Las persiguió hasta que pudieron refugiarse en un hotel norteamericano de cinco estrellas. Para ellas el evento cobraba ahora nuevos significados. Se sentían vulnerables al estar recluidas en la última cabina-dormitorio del último vagón de la serpiente en rieles.
Carmen, menos temerosa, se levanta para tratar de arreglar los cerrojos del baño. Para disminuir la ansiedad por lo que pudiera sucederles si no encuentran manera de bloquear la puerta, en voz alta hace el recuento de lo que visitarán próximamente. Su amiga la escucha distraída, atenta a las manos que tratan inútilmente de arreglar los picaportes con un broche de pelo.
El tren continúa sin respiro. Deja atrás el ondulante paisaje de las dunas para adentrarse en un horizonte de pantanos, juncos y esteros, que en su extravagancia anuncia la presencia del gran río que desembocará en el mar. Ellas, indiferentes al paisaje iluminado por la luna, no encuentran cómo resolver el problema y la angustia aumenta conforme la noche avanza. Deciden bajar al piso el colchón de la primera cama, para, con el peso de sus cuerpos, bloquear el acceso. Otro murmullo de risas contenidas acompaña a las amigas en su trajín de mover mochilas, quitar cobertores, doblar sábanas y colocar el colchón.
Están por acostarse cuando en el baño contiguo escuchan correr el agua del lavabo. Agitadas por el miedo, alertan el oído.
—Sí. Sí. ¡Hay alguien en el baño! —exclama María, atrapada por el pánico.
Carmen, de un salto, se clava en el colchón y mete la cabeza dentro de los cobertores para ocultar la risa que la hace temblar, por el cerco de sus manos en su boca.
Ambas respiran con tranquilidad cuando escuchan cerrarse la puertecilla de la otra cabina; una endeble pero a la vez, quieren creerlo, una impenetrable muralla.
Apagan la luz para mitigar la zozobra. Tratan de restarle importancia al hecho de que no sirvan las manijas.
El tren indiferente avanza trémulo.
La modorra, por fin, se apodera de ellas.
Después de un tiempo Carmen se revuelve inquieta sobre el incómodo colchón. Sin poder dormir, toca el hombro de su amiga y le dice, con una voz que se arrastra para no despertar a los extraños:
—María. María. Adivina qué…
—¿Y ahora qué? —responde ésta, malhumorada ante la que supone será una mala noticia.
—Tengo ganas de ir al baño y me da terror ir sola...
—¡Mmm! Está bien, te acompaño —susurra María solidaria, ante el miedo poco usual de su compañera de viaje.
—Sí, por favor —dice Carmen, con una sonrisa ciega, que su amiga adivina en la oscuridad de la cabina, tan lóbrega como el ennegrecido tren que transita insomne por la noche.
Tratando de no hacer el menor ruido encienden la luz y proceden a quitar el colchón del piso. Lo colocan de manera vertical en la pared donde está la pequeña ventana para facilitar el paso. María vigila de pie, con su cuerpo como barrera ante el peligro de la otra puerta.
Carmen se siente tranquila ante el gesto cotidiano y, sentada en el retrete, se complace escuchando el ruido del líquido entrañable que desaloja su cuerpo, con un fluir cálido y susurrante. Procede después a lavarse las manos en la minúscula palangana que se bambolea al mismo ritmo de la máquina. Está por terminar cuando las amigas escuchan un ruido sutil que proviene de la cabina contigua. Se estremecen. El miedo retorna y con premura salen del minúsculo baño, cierran la puerta y tiran el colchón al piso para ponerlo como trinchera, reforzada por ellas, con risas ahogadas y nerviosas.
María jala las frazadas para cubrirse. Se siente cada vez más irritada y, con la frialdad de sus gestos, trata de frenar a su amiga que resbala sin control por su banal y risueña estupidez. Siempre sucede así. Les gusta viajar juntas, sólo que cuando sucede algo crítico se enfadan y reaccionan de forma muy distinta; y es cuando juran que no repetirán la historia. Y mantienen la promesa hasta que las vacaciones las vuelven a convencer de que sus desencuentros son nimiedades y que pesan más las posibles y soñadas aventuras.
Carmen también piensa en su amiga. La quiere bien pero la abruma su manía de vivir con tanta seriedad. Sabe que es un riesgo viajar solas por un lugar extraño, tan cercano a la guerra, pero los empleados de la agencia de viajes la convencieron de que no habría ningún peligro. Le resultó contundente el argumento de que el salvoconducto protege siempre a los turistas. María, en cambio, se reprocha haberse dejado presionar por su amiga y por la cantaleta insistente de los promotores turísticos.
Ninguna ha decidido apagar la luz. No hablan. Acostadas, esperan. Un nuevo ruido las pone alertas. Alguien respira muy cerca de la puerta que las comunica con el baño. Adivinan una presencia que pretende borrarse para fundirse con el sonido trepidante del tren.
Afinan el oído.
La madera, con su débil resquicio, delata la cercanía del extraño con el palpitar de un corazón que no puede detenerse. Cada una siente cómo la otra tensa el cuerpo. Sigilosas se levantan del colchón, listas para lo que pueda pasar. No se mueven; respiran a pesar de todo. La manija, entonces, se mueve con un chirrido que se prolonga clandestino por la lentitud con que giran los engranes. Incrédulas, miran aturdidas los brillos opacos del metal, fríos como el terror que las embiste. Se abalanzan sobre la frágil división para hacer una barricada con sus cuerpos. Carmen ya no ríe; la boca torva, el cuerpo hundido, con deseos de desaparecer. Consternada, mira a su amiga que tiene el pelo hirsuto, coronado por antenas dispuestas a detectar cualquier ruido que delate los movimientos del agresor. Desea decirle que esta vez tiene razón, que algo grave está sucediendo, pero no puede pronunciar palabra alguna.
Una quietud pegajosa se instala en el reducido espacio y se extiende lúgubre hasta el baño y la cabina contigua, donde también enmudecen los que allí esperan. María parece estar en otro lugar, sin energía, sostenida sólo por inercia. Carmen mueve los labios para intentar hablar, pero sólo un leve bufido sale de su boca.
El tren mantiene su rítmico ajetreo.
Ninguna osa quitarse de la puerta.
Nada más sucede; el tiempo avanza.
En la inmovilidad de la pausa cada una se reprocha y le reprocha a la otra estar allí, imprudentes, indefensas. Ninguna encuentra respuestas aceptables sin acusar a la otra. Un leve estremecimiento de sus cuerpos parece responder al enojo que las distancia. Un instante después reconsideran, se miran y se perdonan. Son jóvenes, son amigas y se quieren. Las dos aceptaron el viaje; una insistió más que la otra, pero ambas se equivocaron. Ahora juntas han de afrontar las consecuencias. Se toman de la mano. Se pegan más a la madera de la puerta. Carmen ladea la cabeza para alcanzar la de María.
Los segundos transcurren precarios.
Las amigas se preguntan si de milagro ya no sucederá algo más.
Están a punto de volver a acostarse cuando una voz masculina grita, ininteligible, detrás de la puerta que bloquean con sus cuerpos, y que apiñan para fortalecer la muralla que tejen con su miedo. Continúa el torrente de puñetazos que castigan la madera. Gritos y más gritos incomprensibles torturan el silencio. Las corroe la incertidumbre.
María solloza.
Carmen gime.
Las dos cierran los ojos como si la oscuridad de sus miradas pudiera protegerlas.
Se recrudecen los empellones sobre la puerta. Ellas se tambalean. Sienten su incapacidad para soportar por más tiempo la fuerza del hombre que empuja y aúlla lo que suponen palabras soeces que injurian su dignidad como mujeres.
Llega luego otro silencio incomprensible que se interpone entre ellas, la puerta, y quien instantes antes trataba de abatirla.
Abren los ojos. Una leve iridiscencia se asoma por la ventanilla. Una sensación de alivio se instala en la cabina como si el anuncio de la luz pudiera llegar para salvarlas. Aflojan levemente sus cuerpos. Se miran intrigadas.
Se preguntan si ya todo acabó.
Desean suponer que el agresor ha desistido de su intento.
De pronto, un súbito y violento empujón abre la puerta. Ellas, ofuscadas por la sorpresa, paralizadas de terror, pierden el equilibrio, se tambalean y caen de bruces sobre el soporte de la cama baja.
Los crujidos de la urdimbre de metal oxidado ahogan sus gritos.
Un silencio fúnebre sigue a su derrumbe.
Carmen y María yacen inmóviles.
Incapaces de abrir los ojos.
Ninguna se atreve a voltear para ver el rostro de su atacante. Viejos consejos resuenan en la memoria: nunca le veas la cara a tu agresor. Eso te costará la vida. Se niegan a pensar qué sigue, aunque la certeza revolotea como una verdad incuestionable pues ha sido forjada durante miles de años por mujeres cuyos cuerpos han servido de botín para la guerra, para escribir con ellos cualquier victoria.
Permanecen humilladas, quietas, minimizadas por tantos siglos de servidumbre.
Lastimadas, además, por los alambres de la litera baja que se les incrustan en el cuerpo.
María reacciona e impulsa a Carmen a levantarse. De un codazo en el costado la empuja a revelarse ante el suplicio, a volverse en contra de aquel que pretende castigarlas, que quiere que paguen por su atrevimiento de viajar sin la protección de un hombre, por ser mujeres independientes.
Jadean ante el esfuerzo.
Templan sus cuerpos.
Se aprestan para la batalla.
Apenas se yerguen, una voz masculina, ruda y agreste, las obliga a mirar hacia el verdugo.
—¡Bah! Turistas —exclama, en un inglés rudimentario el empleado del ferrocarril, quien las mira con desprecio.
Junto a él, azorada, permanece la muchacha rubia de la cabina contigua, quien también viaja sola.
EXORCIZAR EL ENCIERRO
Diana y Efraín trabajaban en la misma empresa de diseño, uno en el área de Creatividad y la otra en la de Mercados. Se encontraban todos los días laborales en las mañanas, afuera de los elevadores, y, por las tardes, en el estacionamiento subterráneo del edificio de siete pisos con paredes de cristal. El saludo entre ellos era breve, con la rígida frialdad de quienes participan en una empresa con más de cien empleados y no tienen la obligación de ser cordiales con todos, y se resisten a tratar con los inoportunos que les quitarán valiosos minutos de su agenda y que pueden ser, además, sus competidores por el mejor sitio para estacionarse.
A Diana ese hombre le resultaba desagradable por su prototipo del hípster, con su estilo distraído perfectamente cuidado, su barba ligeramente crecida y su bigote de puntas elevadas en los extremos, como si pretendiese con ello sustituir la sonrisa escasamente regalada al grueso de los empleados. Para Efraín ella representaba el estereotipo pasado de moda de la ejecutiva de tacón alto, cuyo desaliño se descubría en el desgaste sutil de las orillas de su portafolios de piel, casi nunca en armonía con el conjunto que vestía: falda estrecha con saco sastre y algún accesorio visible en el cuello de su blusa, discretamente abierta.
La situación cambió con la presencia del Covid-19, que arrasó con parte de la población mundial y de paso con las usuales formas de convivencia, incluyendo las del trabajo. Catástrofe que, entre cosas, derivó en la intensificación del home office y en el despido del cincuenta por ciento de los trabajadores de su empresa. Esto, en su caso, los obligó a permanecer encerrados en sus casas, a interactuar laboralmente por videoconferencias una vez por semana, y a estar disponibles a cualquier hora del día a través de mensajes por teléfono celular.
Este cambio agravó la incomodidad que sentían el uno por la otra y la otra por el uno, ya que además del rechazo ya existente éste cobró nuevas dimensiones al verse deformados por las cámaras de sus computadoras. Deformidad que se agudizaba conforme pasaban las horas de trabajo, se acercaban demasiado a la cámara, abotagando sus rostros, y relajaban la compostura rígida y formal a que los obligaba la empresa, con sus medidas sonrisas y su estudiada manera de afrontar las disidencias: él después de las primeras dos horas comenzaba a torcerse las puntas del bigote, hasta que su cara se asemejaba a un diablo rojo y bigotón, mientras que a ella podía vérsele rayando de manera insistente una hoja de papel en la que trazaba las líneas de su desesperación y los filos de los desacuerdos. Ambos terminaban la sesión semanal con un malestar acumulado difícil de manejar en la siguiente sesión con falsa cordialidad.
Otra situación muy distinta sucedió con su comunicación por WhatsApp, con la que daban seguimiento a los acuerdos tomados en su videoconferencia semanal. Las iniciaron por las mañanas hasta que, por inercia, las fueron acumulando hacia la noche; posiblemente por el ritmo del día en que el trabajo no tenía límites ni tiempos de descanso.
Sin que fueran conscientes de cómo transcurrían sus conversaciones por los teléfonos celulares, mediante breves pero frecuentes mensajes, poco a poco fueron agregando en ellos estampas de frases saludadoras, caritas sonrientes, manitas blancas, amarillas o morenas con explosivos aplausos, así como signos de “¡Está perfecto!” y “¡Bravo!”, hasta que llegaron a insertar ositos y gatos bailarines. Stickers que, mediante una conveniente colocación, fueron limando la rispidez y les permitieron expresar sus emociones de contento, admiración o aliento.
Tumbados cada cual en su cama, rodeados de su sagrada intimidad, enfundados en su holgada ropa de dormir, por horas se dedicaban a mandar y contestar mensajes cada vez más fluidos y amigables. Así pasaron los seis primeros meses de encierro, con ríspidas reuniones semanales y mucho mejores sesiones de trabajo por las noches. Entre el octavo y noveno mes la cordialidad cambió de tono sin que se dieran cuenta y sin que dejasen de escribir sobre estrictos temas de la agenda de su empresa.
Pronto, sin embargo, fue inevitable que cada uno sintiera que en esas largas y fragmentarias conversaciones nocturnas había algo pecaminoso; como si al emprenderlas de noche, a media luz y en pijama, ellos fuesen cómplices de algo profundamente íntimo y transgresor, ya que si bien siempre trataban asuntos de diseño y mercadeo y no existía nada que prohibiera trabajar de noche, tampoco parecían ser lógicas de acuerdo con el rígido protocolo laboral. Ese gusto por comunicarse desde el plácido sosiego de su refugio invariablemente desaparecía en sus reuniones por videoconferencia.

Diana comenzó a inquietarse cuando pasaban de las nueve y media de la noche y no llegaba el mensaje con el consabido “Hola. Aquí de nuevo”, e iniciaba el veloz intercambio de mensajes, siempre estrictamente laborales en forma y contenido, y tremendamente perturbadores en cuanto a la tensión que los iba entrelazando conforme avanzaba el intercambio de mensajes y textos. Ningún recuento de lo que se escribían podría demostrar que hubiese algún indicio de coqueteo o de insinuaciones amorosas y, sin embargo, de poderse medir la atracción con la luz del arcoíris hubiera podido constatarse cómo se pasaba del azul frío a un tono más violeta, y de éste a los colores cálidos amarillos y naranjas para estacionarse, titilante, en los rojos, emblema de la pasión, la abundancia y el peligro.
Ella, incluso con cierta picardía, comenzó a dejar pasar varios minutos antes de contestar y, con cierto placer picante, se imaginaba a su colega inquieto, viendo insistente su celular para corroborar las dos palomitas azules que indicaban que ella ya había visto su mensaje y que por fin le contestaría. Efraín, más concentrado en sí mismo y menos apto para descubrir sus emociones, tardó tiempo en darse cuenta de que algo especial había en esas llamadas nocturnas, que le generaban un frenesí peculiar para el cual siempre encontraba explicaciones perfectamente racionales: su emoción derivaba de la intensidad con que fluía su inteligencia, la sorpresa por la sagacidad que descubría en su compañera, o por la pasión con la que ambos realizaban su trabajo.
La incógnita radicaba en que tal arrebato no era clasificable como estrictamente profesional, y a veces se descubría con su ropa de cama misteriosamente erguida. Además de que era confuso que tal misterio de atracción sublime sucediera mientras ellos escribían estrategias de mercadotecnia, delineaban el boceto de lo que sería el siguiente cartel de publicidad, o discutían las mejores tácticas de venta.
El encierro continuaba y en ellos fue aumentando el ansia por escuchar la alerta del celular que anunciaba el inicio de su conversación, y con la misma fogosidad aumentó el lazo clandestino de la seducción que emergía con sus mensajes, como si no importara lo dicho fielmente, sino la sensualidad de los trazos redondos de la “a”, la exquisita largura vertical de la “l” y el rotundo y carismático punto de la “i”; además del voluptuoso trazo de la “w” y el no menos misterioso enlace corporal de la “x” y la “y”. Letras sagaces capaces de saltar sobre los significados convencionales para comunicar la creciente atracción del uno por la otra y de la otra por el uno, a través de un medio tecnológico en que no era visible el ridículo bigote de Efraín ni el desaliño del portafolios de Diana.
Luego de despedirse, bajo la cordialidad de dos compañeros de trabajo que no hacían algo distinto que trabajar mediante mensajes por WhatsApp, cada uno en la penumbra de su habitación, en el estado liminal anterior al dormir, le colocaba a los mensajes de texto, tremendamente erotizados, un emisor con el rostro síntesis de sus deseos, normalmente opacados por su obsesión por el trabajo, haciendo de la escritura un sendero oculto para transitar por intensas emociones, según la forma de las letras, las pausas entre un mensaje y otro, la brevedad o la extensión de cada texto y la figurita seleccionada para cerrar la noche. Y todo ello dentro de un recóndito lenguaje vigoroso aderezado por sus secretas fantasías; un poderoso estallido de pasiones lúdicas, frágil y ciego a la luz del día, al ser incapaz de sobrevivir a los rostros cansados y expuestos en sus videoconferencias semanales.

Un fin de semana en que Diana no contestó los mensajes, Efraín se dio cuenta de cuánto la extrañaba y admiraba por su manera inteligente de enfrentar los peores retos; así que, rabioso, se emborrachó para olvidarla, convencido de que el lunes por la mañana, cuando la viera, todas esas inoportunas sensaciones iban a desaparecer. Ella, por su parte, fustigada por el dolor provocado por una torpe caída que lastimó su muñeca derecha, en su incapacidad para escribir en el celular, descubrió las arañas misteriosas que le bullían al leer repetidamente los mensajes. Ya no era sólo una sonrisa, sino un placer sexualizado el que emergía efervescente y la fijaba al celular, vibrando al unísono con él.
El lunes, incapacitada, no asistió a la videoconferencia, y el martes, cuando al fin pudo escribir, fue ella la que por la noche envió el primer mensaje con un elocuente y secreto “Hola”, acompañado de una carita sonriente con un minúsculo corazón rojo en un costado. Y con ese peculiar mensaje Efraín al fin descubrió que no era ni por el trabajo ni por su vaso de whisky con lo que se ayudaba a dormir; que se conmocionaba cada vez que se mensajeaba con ella.
Al “Hola” y la carita sonriente con un brevísimo corazón a un costado, él respondió con el enunciado del trabajo que esa noche debían abordar, y lo que siguió fue su acostumbrado intercambio estrictamente laboral. Aunque al concluirlo cada quien se recluyó en su discreta intimidad para saborear el placer, obstinadamente sin rostro, que la presencia del otro provocaba, y disfrutarlo antes de su desvanecimiento con la luminosa racionalidad del día; como si la magia de la seducción letrada necesitara del misterio de la noche para suceder.
El intercambio de mensajes continuó y continuó creciendo en intensidad y lujuria clandestinas, que comprendía el irse a dormir con esa voluptuosa presencia del otro en el cuerpo, para juntos habitar templos y laberintos ancestrales repletos de lumínicos misterios y evocativos placeres que, desde la acumulación sensitiva del pasado, venían al presente a través de la tecnología; como si ellos, con sus cuerpos enlazados, fuesen seres mitológicos infractores del tiempo.
En ese refugio de ensueño acumulado, cada uno construyó para sí la imagen del otro, de la otra, que había añorado como la mejor utopía para su vida; y esos sueños, y sus imágenes transfiguradas, podían leerlos y disfrutarlos en las pequeñas letras tecleadas en el teléfono celular como portadoras de los mejores sentimientos del amor y la alegría. Diana se abandonó al enamoramiento clandestino, como si fuese el regalo por la perseverancia juiciosa de su encierro; mientras que Efraín, igualmente apasionado, se engolosinó con el amor virtual como premio por los tantos años que tenía de haberlo aderezado. Y todo eso nunca dicho, sino a través del lacónico lenguaje empresarial.
El encierro estricto por la pandemia duró doce meses, tiempo que ellos vivieron con pasión letrada su peculiar amorío.
Todo aquello desapareció al final del confinamiento, cuando el home office se acabó y ellos nuevamente se encontraron, en las mañanas, en los elevadores, y, por las tardes, en el estacionamiento del edificio de siete pisos con paredes de cristal; y a ella le pareció ridículo el bigote de Efraín, mientras que a él le molestó el desaliño del portafolios de Diana.
UN PATIO DE CANTERA ROSA
Juan de Santiago es un habitante de Morelia, ciudad de regias casonas coloniales de cantera, muchas de ellas con patios interiores sembrados con fuentes y macetas con flores de colores. Vive cerca del centro, a tres cuadras de la Catedral, y cerca también de los cafés donde los parroquianos pasan la mañana con el periódico en la mano, mientras conversan con los amigos y se levantan para saludar al conocido que pasa. Lo que se contará aquí es cómo, de pronto, su rutina de jubilado se rompió ante la catástrofe mundial del Covid-19.
Él antes estaba satisfecho con la cadencia de su vida: a las nueve de la mañana, después de acicalarse, envuelto en una fuerte loción de hombre viejo, salía de su casa a comprar el periódico para instalarse de inmediato en el acostumbrado café de Los Portales. Allí pedía un desayuno ligero y las tazas de café que le acompañarían durante toda la mañana, en espera de que llegaran sus amigos, Alberto, Antonio y Andrés, el trío de las “A”, que junto a él se convertían en el cuarteto de los de 77, que eran los años que cada uno de ellos tenía. Con ellos conversaba acaloradamente las noticias importantes, y, sólo a veces, se contaban sus enfermedades, como anuncios de un futuro conocido, aunque incierto. Lo que cambiaba según el humor de cada uno era el orden del ritual que efectuaban con detallada costumbre. A la una de la tarde les entregaban la cuenta, y, mientras se levantaban y despedían, confirmaban el día, la hora y el turno del que invitaría a su casa para el juego semanal de dominó. Una jornada de tres horas invariablemente animada por un discreto vaso con ron.
Juan de Santiago no la pasaba mal. Había dejado atrás sus años como vendedor de seguros y su errática búsqueda de la mujer ideal para casarse. Nunca la encontró y tampoco se preocupó por ello. Simplemente un día cumplió cuarenta años y descubrió que no tenía interés en compartir su ordenada y metódica existencia con una mujer extraña, que vendría a alterar su casa y el conjunto de su vida.
Era feliz en su pequeña vivienda, con un baño, un dormitorio y una salita de estar, que fungía además como cocina y comedor. Se ubicaba, como otras tres, alrededor de un patio con una fuente al medio y frescos portales con pilares de cantera rosa. La suya daba al oriente y, cerca de la puerta, tenía una banquita de madera desde la que podía disfrutar del bruñido sol del atardecer y observar el trajinar de quienes entraban y salían, sin más compañía que su periódico y las macetas con helechos y geranios.
A las dos de la tarde salía otra vez de su vivienda para dirigirse a la fonda cercana con el mejor menú del día. Regresaba para hacer una pequeña siesta y luego, a las cuatro y media, salir a disfrutar la tarde en su banquita de madera. Allí estaba hasta las cinco y media, momento en que, con el periódico bajo el brazo, se dirigía a la plaza para dar algunas vueltas a la Catedral. A las siete treinta de la noche, en algún puesto callejero, compraba algo ligero para cenar: un elote, un paquete de churros o, si el antojo era mayor, se encaminaba a la plaza de San Agustín para cenar enchiladas, o unos tacos, o un pozole, o unos tamalitos con atole. Regresaba a su casa y prendía la televisión para ver el noticiero de las nueve. A las diez apagaba el aparato, se lavaba los dientes, se ponía su pijama de cuadros azules y blancos, se tomaba el coctel de medicinas pertinentes y se iba a dormir sin el mayor problema. Al siguiente día cumplía la misma rutina, que variaba sólo los domingos, día en que no se veía con sus amigos y, en cambio, iba a la misa de las once, y al salir se quedaba por allí rondando a la espera de algún evento cultural.
No tenía más familia que una hermana menor, a la que veía poco al vivir ésta agobiada por tres hijos y quince nietos. Así que se llamaban por teléfono cada quince días, a las cuatro de tarde, antes de que iniciaran las telenovelas que le gustaba ver. La conversación entre los hermanos era para ponerse al tanto de los acontecimientos familiares. Eso era todo y a él le gustaba esa brevedad y no tener, como su hermana, los cientos de pequeñas complicaciones que la agobiaban permanentemente, y que a él le confirmaban que su decisión de mantenerse soltero había sido la correcta. Convicción que afirmaba con la cabeza después de colgar el teléfono con un alivio que salía de su pecho, con una exhalación de orgullo y satisfacción.
Esa pausada, monótona y, para él, complaciente vida, se derrumbó cuando, a causa de la pandemia, el confinamiento se hizo obligatorio.

Con sus setenta y siete años de edad, y a pesar de estar excelentemente conservado, Juan de Santiago estaba entre las personas de alto riesgo, ante la gran posibilidad que tenía de morir al infectarse de ese virus inquietante, que se transmitía por el aire, que era contagiable por cualquier persona, que persistía por horas y días en objetos tocados por enfermos…, y quién sabe cuántas cosas más.
Sus amigos compartían el mismo riesgo. Se cancelaron las citas en el café y para jugar dominó, se anularon los paseos y las misas en la Catedral. Todos se recluyeron en sus casas, rodeados aquellos de sus familiares, mientras él lo hacía en solitario, en su vivienda, dentro la magnífica casona con patio de cantera rosa.
No siendo hombre de computadoras y ni siquiera de teléfono celular, lo único que le quedó fue que el señor del puesto de la esquina le dejara a medio día su periódico en su banca del corredor, y que un hijo de su hermana le llevase provisiones dos veces al mes.
Su única distracción saludable era salir a sentarse en su banca de madera. Sólo que ahora le parecía hacerlo dentro de una distante tarjeta postal, donde lucían hermosos los monumentales pilares, la fuente de cantera rosa y los esmerados corredores; pero donde lo único con vida eran los helechos y los geranios.
Aburrido, aumentó las horas de televisión y empezó a deprimirse.
Las constantes y repetitivas noticias insistían en comunicar que, si bien nadie estaba exento de contagiarse, el bicho tenía una peculiar manera de actuar con las personas mayores de sesenta años; se agudizaba su condición si además tenían padecimientos previos como hipertensión, obesidad y diabetes. Él tenía dos agravantes: la edad y la hipertensión, y por primera vez se sintió viejo. Así que la vejez penetró en su ánimo como una creciente vulnerabilidad acompañada de la idea de la muerte, que lo condujo a sentirse como si estuviese al filo de un inevitable abismo, en el que al caer lo peor no sería morir sino la asfixia previa, que padecería en una soledad de pesadilla rodeado de máquinas y presencias impersonales, encapsuladas en asépticos trajes espaciales.
A la depresión de sentirse viejo se sumó el terror, acaso no de morir sino de la forma de morir.
A los tres meses de la pandemia Alberto murió de un contagio fulminante, y a los seis Antonio luchaba por sobrevivir entubado a una máquina de colores neutros, sin más luz que los azulados marcadores que indicaban su progreso o su debacle. Sólo él y su entrañable amigo Andrés sobrevivían en la soledad de un terror que frecuentemente compartían por teléfono. Aunque sus llamadas se fueron espaciando, como si debieran acumular esfuerzos para un encierro cada vez más consistente y solitario. Para el protagonista de esta historia, el único contacto con el exterior era la llamada de su hermana, de cuatro a cinco, para que, en medio del huracán de noticias sobre el avance del virus por el planeta, ella no se perdiera sus telenovelas de las cinco. La conversación era también apocalíptica, sólo que centrada en los miles de detalles que los tres hijos de ella, dos varones y una hija, más quince nietos, aportaban al dramático escenario.

Juan de Santiago se hundió en un pavor creciente ante cualquier contacto humano. Su rostro se tornó amarillento y su estancia en la banquita de madera era casi un suplicio. Para desentumirse sólo a veces se atrevía a caminar alrededor del patio de cantera rosa, con el terror por absorber los virus de quien hubiese pasado por allí.
Comenzó a tomar pastillas para dormir.
Aun así se despertaba a las dos o tres de la madrugada con un grito que no lograba salir por su garganta, ligado por una angustia mordaz que obligaba a su corazón a latir acorralado ante la presencia invisible de un enemigo invasor que devoraba todo su entorno, como una polilla monstruosa capaz de carcomer el piso que lo sostenía para llevarlo hacia el abismo donde al final lo esperaba la muerte.
Lo sabía muy bien: antes de llegar al fondo, padecería torturas angustiosas, dolorosas, que lo masticarían hasta que dejara de ser hombre para ser un amasijo de carne, incapaz de pensar, razonar, decidir, para ser sólo un frío registro en el hospital y luego en la morgue. No sería más Juan de Santiago, con su bigote bien cortado, sus ojos negros de pestañas chinas, con sus delgadas manos elegantes, centro de su vanidad. Y no podría estar, como se imaginó su velorio, dentro un bello féretro de maderas lustrosas, elegantemente vestido, guapo y galante como había sido.
A las llamadas de su hermana, y a la ocasional de su amigo Andrés, respondía lejano, evasivo, y al colgar con el dedo de la mano izquierda, en la mano derecha mantenía el auricular durante un minuto en el que no sabía qué hacer, a dónde ir, lisiado por la amenaza silenciosa que lo carcomía. Después de colgar el auricular, de ponerse sus anteojos, su cubrebocas y su careta protectora, con torpes y pesados pasos, salía al patio para dejarse caer derrotado en su banca de madera.
Y allí, entre la fría fuente y las macetas con helechos y geranios, permanecía echado como un forro viejo y desgastado que alguien hubiese dejado olvidado en un desvencijado desván. Sólo con la llegada del frío implacable que se mezclaba con su frío interior se levantaba para no dejarse morir, y entraba a su vivienda para echarse sobre su cama sin lavarse los dientes, sin ponerse su pijama de cuadros azules y blancos, sin estar atento a todo aquello que antes lo hacía sentirse un ser humano.

En esa condición deshumanizada, la tarde de un domingo recibió una llamada telefónica de un número desconocido. Con pasmosa lentitud miró el sonido intruso mientras que, con un lejano y ya casi desvanecido sentido de la curiosidad, se preguntó quién podría ser. Después de quince timbrazos contestó, menos por interés que por no seguir escuchando el ruido.
—Buenas tardes, señor De Santiago. Soy la señora Consuelo, su vecina del número tres —escuchó que le decían sin que lograse identificar a la nueva intrusa.
—¡Ah! Sí, diga —dijo, para tratar de ganar tiempo.
—¡Mire! La verdad no tengo nada especial que decirle. Sólo que en las condiciones actuales no tengo casi a nadie para conversar. Recibo llamadas sólo de mis hijos, que no hacen otra cosa que quejarse de la lata de tener a sus hijos en casa, y, como eso, se quejan de todo lo demás.
—¡Ah! Sí. Sí. Comprendo.
— Y fue por ello que decidí hablar con usted…
—¿Ah, si?
—Pero mire, señor De Santiago, si le molesta no hay problema. Pero es que pensé que usted y yo vivimos solos, casi en la misma casa, y nos conocemos de vista desde hace muchos años, así que pensé qué, bueno, por lo menos con usted podría tener alguna buena conversación.
—Sí. Sí. Claro. Por supuesto. Somos vecinos.
—¿Lo incomodo con mi llamada?
—¡No, no! De ninguna manera.
—Pero bueno, señor De Santiago, parece que usted no es muy conversador.
—…¿?
—…¿?
—…¿?
—En fin. Creo que es mejor que me despida. Buenas tardes, señor De Santiago.
—Sí, sí. Está bien. Buenas tardes.
Él se quedó con el auricular en la mano derecha, sin comprender qué habría querido la señora Consuelo y, sin saber lo que debía hacer después de colgar el aparato se echó sobre el sillón, la mirada puesta en nada, los hombros caídos, las manos derrumbadas sobre sus piernas. Aunque con una casi desapercibida sensación de que había sido torpe y descortés.
“¿La señora Consuelo?, ¿qué querría de mí?”, se preguntó, mientras una borrosa figura comenzó a delinearse en su memoria. ¿Era la mujer que todos los días barría el patio, sacudía los rincones de los corredores y cuidaba las plantas? Al parecer sí. Era también la señora que tenía una jaula con pájaros cerca de su puerta, que sacaba por las mañanas y guardaba por las tardes, más o menos a la hora en que él acostumbraba sentarse en su banca a leer el periódico. Pensó que nunca la había visto en misa, tal vez porque iba a otra hora o a otra iglesia, pero fuera de eso no sabía nada de ella. Tal vez era viuda, porque también vivía sola; sólo que antes de la pandemia salía muy emperifollada los domingos, del brazo de un joven o de una joven, que después la regresaba cerca de la siete de la noche.
Hizo un esfuerzo por recordar. Era más bien bajita, con la redondez de un vientre que ha tenido varios hijos. Solía usar faldas de colores y ponerse algo en el pelo mientras trajinaba en el patio. Advirtió que nunca se había preocupado por saber si le pagaban por esas tareas de cuidado o las hacía por voluntad. A él nunca se le había exigido colaboración para pagar la limpieza del patio, y ahora tampoco se preocupó por ello. Eran asuntos de la administración, que de pronto recordó que también estaba en manos de la señora Consuelo. Él simplemente depositaba en el buzón la mensualidad de la renta, y punto. “En fin —pensó—, poco sé de esa señora y menos puedo imaginarme para que me llamó”, concluyó para cerrar el tema y volver a enfrentarse con la vacuidad del qué hacer y a dónde dirigirse en las muchas horas que aún tenía por delante.
El descuido en que había caído se mostraba en su ropa arrugada, en sus chanclas y en el polvo que se acumulaba en los rincones de su vivienda. Para evitar contagios había suspendido la colaboración de la persona que antes, dos veces por semana, le ayudaba con el aseo. La desidia se acumulaba. Él limpiaba por aquí y por allá con desinterés, y no todos los días, sin realmente preocuparse por el orden que antes predominaba en su vida.
La llamada intrusa lo había perturbado tanto que no tuvo ánimo para salir a su banca. Se quedó entonces moviéndose inquieto de un lado a otro de su estrecha vivienda, como una cuerda estirada más allá de la costumbre, vibrando sin ninguna voluntad. Así, dislocado en su precaria rutina, no supo qué más hacer y se echó sobre el sillón, ansioso de perderse en el sueño.
A la mañana siguiente, un poco menos confundido, salió a las once a su banca de madera para contemplar ese patio tan vacío que parecía una tarjeta postal. A las doce se abrió la puerta del número tres, y la señora Consuelo entró en la escena, con una charola para alimentar a sus pájaros y limpiar su jaula. Él la observó con un poco más de curiosidad. No era tan vieja como la recordaba, se movía con cierto aire juvenil y con su vestido de flores tampoco parecía ser tan gorda como la recordaba.
Ella volteó a verlo, le sonrió y lo saludó con la mano. Él, incómodo por la nueva intromisión, se puso un líquido sanitizante en ambas manos. Sin embargo, no podía dejar de verla. Algo había en sus movimientos que mostraban que esa mujer sí tenía una vida y sabía qué hacer con ella, aunque fuese limpiar, barrer y darle agua a los pájaros.
Fatigado, regresó a la quietud vacía de su vivienda para no pensar.
A las cuatro de la tarde volvió a sonar el teléfono.
—Buenas tardes, señor De Santiago. Aquí, su vecina otra vez. Espero que esté usted bien, porque en la mañana lo vi muy desmejorado.
—No. No —se apresuró a contestar, nuevamente confuso ante la reiterada intromisión de su vecina.
—¿Sabe usted por qué riego las plantas, cuido a mis pájaros y limpio el patio?
—No. Ayer me lo preguntaba.
—Mire señor De Santiago. Como seguramente usted sabe, soy un médico jubilado y además soy viuda. Hace tres años perdí a mi esposo, que en paz descanse. ¿Se imagina? Después de 35 años de casados nos separamos. Fue por un cáncer fulminante en el pulmón.
—¡Qué barbaridad! Lo siento mucho.
—Gracias. Lo que quiero decirle es que en las semanas últimas de su agonía yo no tuve más cabeza que estar con él en el hospital y acompañarle en su morir. Y cuando regresé, después del velorio y el entierro, mis pájaros estaban muertos y las plantas del patio se habían secado. Y me puse a llorar más y más fuerte de lo que había llorado por mi esposo. ¿Sabe por qué?
—No. No sé.
—Porque mi esposo se enfermó sin que fuera su voluntad. Luchó cinco años contra el cáncer, y yo con él, y perdimos la batalla. Pero no fue su culpa ni la mía. Dios así lo quiso, y nada más. Pero mis pájaros y mis plantas se murieron también y allí yo sí tuve que ver. Que mi esposo estaba muy enfermo, que me la vivía en el hospital, todo eso es cierto, pero no debo usarlo de pretexto para evadir la responsabilidad de mi olvido.
—¡Ah! Sí. Por supuesto.
—Y dada esa explicación ¿ya sabe usted por qué le llamo?
—No. La verdad, no.
—Porque usted, como mis pájaros, como mis plantas, como la fuente y sus pilares, son parte de mi patio, y yo no podría vivir con la pena de dejarlo morir, como lo hice con mis pajaritos, que también descansen en paz.
—¿¡¡Yo!!?
—¿Qué, no se ha visto en un espejo? De unos meses para acá usted está más amarillo que mis canarios. La muerte la trae encima y se le nota a leguas. Y yo no quiero esa sombra en mi patio. Porque es mío, ¿no lo sabía usted? Esta casa fue de mis abuelos y aquí crecí y aquí me moriré cuando Dios así lo quiera; pero mientras, no quiero pájaros de mal agüero rondando por mi patio. Y usted más que hombre, más que persona, parece un muerto en pena y cuando lo veo me dan ganas de llorar. Así que, aunque usted no lo quiera, así como arreglo mi patio, voy a tener que cuidarlo a usted, porque usted ya forma parte de él y se está muriendo. Por eso ya decidí que llamarlo todas las tardes será parte de mis tareas. ¿Está de acuerdo?
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