Read the book: «El tiempo de los regalos. Entre los bosques y el agua»
Título original: A Time of Gifts. On Foot to Constantinople: from the Hook of Holland to the Middle Danube / Between the Woods and the Water. On foot to Constantinople: from the Middle Danube to the Iron Gates
© Patrick Leigh Fermor, 1977 (A Time of Gifts)
© Patrick Leigh Fermor, 1986 (Between the Woods and the Water)
© del prólogo: Jacinto Antón, 2011
© de la traducción: Jordi Fibla Fleito, 2001 (A Time of Gifts), Inés Belaustegui Trías, 2004 (Between the Woods and the Water).
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO386
ISBN: 978-84-9006-859-5
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Prólogo
EL TIEMPO DE LOS REGALOS
Cita
Mapa
Carta proemial a Xan Fielding
1. Los países bajos
2. Remontando el rin
3. Por la alta alemania
4. «Winterreise»
5. El danubio: estaciones y castillos
6. El danubio: aproximación a la kaiserstadt
7. Viena
8. El borde del mundo eslavo
9. Praga bajo la nieve
10. Eslovaquia: por fin un paso adelante
11. La raya de hungría
ENTRE LOS BOSQUES Y EL AGUA
Dedicatoria
Cita
Mapa
Carta proemial a Xan Fielding
1. El paso del puente
2. Budapest
3. La gran llanura húngara
4. Las marcas de transilvania
5. Por el bosque
6. Triple fuga
7. Las tierras altas de los cárpatos
8. El confín de europa central
Apéndice. Reflexiones ante una mesa de café entre el Kazán y las Puertas de Hierro
Notas
PRÓLOGO
HÚSARES, ROSAS
Y OROPÉNDOLAS DORADAS
por
JACINTO ANTÓN
Hay viajes en los que permanecemos toda la vida. Este, el de El tiempo de los regalos y su continuación Entre los bosques y el agua, es uno de ellos. Una parte de mí no ha abandonado, ni lo hará nunca, un punto del trayecto, el puente sobre el Danubio que conduce a la ciudad de Esztergom y a su rutilante promesa de húsares de aterciopelados dolmanes, cigüeñas, cimitarras y dorado vino Tokay. El propio autor, de alguna manera, sigue también ahí, en el camino.
Pese a que hablando en sentido estricto concluyó ¡hace casi ochenta años!, el periplo juvenil de Patrick Leigh Fermor a pie desde Holanda hasta Constantinopla —como él llamaba a Estambul— nunca quedará ya del todo cerrado para nosotros sus lectores. Lo que tienen ahora en sus manos son únicamente —¡pero cuánto cabe en ese únicamente!— dos de las tres etapas de ese maravilloso trayecto de año y medio de experiencias, bellezas y aventuras, también peligros, a través de una Europa, la de principios de los años treinta desaparecida poco después en la gran catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.
Leigh Fermor —Paddy, como dejaba que le llamaran los amigos, entre los que se contaban gentes de alcurnia, literatos, viajeros, valientes soldados, aventureros y también yo: lo único que tengo en común con la duquesa de Devonshire— no empezó a escribir su viaje hasta muchos años después de haberlo realizado. Partió en diciembre de 1933, con dieciocho años, y llegó a su meta el 1 de enero de 1935. Pero El tiempo de los regalos, el primero de los tres libros en que decidió contar el viaje, apareció en 1977, casi medio siglo tras su último paso del trayecto; el segundo, Entre los bosques y el agua, en 1986, y el tercero y conclusivo, el volumen que había de cerrar la trilogía y consumar el itinerario, no ha llegado a publicarlo.
Paddy, como sabrán, falleció el pasado 10 de junio a los noventa y seis años de edad, con los deberes por hacer. Desde hacía años aseguraba que estaba escribiendo esa tercera entrega del gran viaje. Todos los que lo conocíamos, a él y a su lenta y meticulosa, preciosa forma de escribir —había también algo de bloqueo literario, probablemente relacionado con sentimientos vinculados a esa tercera etapa—, dudábamos de que llegara a cerrar el recorrido, más aún a la vista de los achaques que iban minando inexorablemente su salud. Sin embargo, a la vez albergábamos la supersticiosa esperanza de que mientras el escritor no pusiera el punto final de su viaje el destino no tendría la indelicadeza de arrebatárnoslo. Pero así ha sido. En el momento de escribir estas líneas no está claro si lo que van a leer ahora, los dos libros que se presentan juntos, tendrá una continuación. Lo que sí parece seguro es que lo que Paddy llegó a escribir no es en absoluto, ¡ay!, un tercer libro completo…
El último recuerdo físico que tengo de Patrick Leigh Fermor es la imagen de su espalda, muy recta pese a la edad, mientras el escritor se marchaba después de comer juntos en Beccofino —con examen de latín incluido— y visitar luego una librería londinense en la que me compró como obsequio (yo le había regalado un ensayo sobre los guerreros germanos) una primera edición de Ill Met by Moonlight, el libro de su camarada el capitán Bill Stanley Moss en el que se relata la gran aventura de ambos en la Segunda Guerra Mundial: el osado secuestro del comandante de las tropas alemanas en la Creta ocupada, general Kreipe, peripecia de la que se hizo una película en la que a Paddy lo interpretaba no muy convincentemente Dick Bogarde. Me parece una bonita y adecuada estampa final de un gran escritor viajero, esa espalda, la del hombre siempre en tránsito, alejándose, ansioso de recorrer tierras nuevas y de conocer a otras gentes.
Luego hubo cartas, una correspondencia sumamente generosa por su parte, en la que me iluminó sobre diversas cuestiones que le planteaba —personajes de la resistencia griega, las heroicidades y el carácter de John Pendlebury, libros de viajes y clásicos—. Lucían siempre esas misivas los evocadores membretes de «The Mill House», la mansión de Worcesterhire donde residía en Inglaterra, o de «Kardamyli, Messenia, Grecia», la localización de su amada casa en el sur del Peloponeso, donde moran las nereidas.
Sería interminable detallar la asombrosa biografía de Patrick Leigh Fermor, un hombre arrebatadoramente romántico, guapo y gentleman. El hombre que uno hubiera querido ser, si hubiera tenido suficiente coraje para ello. Pero déjenme apuntar algunas cosas para situarles al irrepetible personaje. Nacido en Londres el 11 de febrero de 1915, era el único hijo varón de sir Lewis Leigh Fermor, un prestigioso naturalista y geólogo que trabajaba en la India, y Aileen Taaffe Ambler, mujer sobresaliente que escribía obras de teatro, tocaba el piano y quiso aprender a volar en un biplano Moth (como el del conde Almásy). Expulsado de numerosas escuelas —en una ocasión por pillarle con una chica: sí, Paddy era también un conquistador— y definido de joven como una mezcla de temeridad y sofisticación, que ya es descripción, parecía destinado a una carrera militar en Sandhurst, pero se dio a la vida bohemia y despertó en él la ambición de ser un escritor. Ante la inapelable constatación de que no tenía nada de qué escribir, decidió vivir una aventura vital que le proporcionara un tema y ni corto ni perezoso se lanzó a caminar hacia Constantinopla —lo que dio lugar a los dos libros objeto de estas líneas.
Acabado el iniciático viaje, los plateados caminos de la juventud, pasó su veinte cumpleaños en el monte Athos, participó un mes después como espontáneo en una carga de caballería contra las tropas de Venizelos y se enamoró de una princesa rumana. Con ella, Balasha Cantacuceno, ocho años mayor y divorciada, vivió una preciosa historia de amor de tres años en Moldavia sobre el telón de fondo del inicio de la incineración de Europa.
Al estallar la Segunda Guerra Mundial regresó a su país para alistarse, lo incorporaron al servicio de Inteligencia y lo destinaron como oficial de enlace con el ejército griego por su conocimiento de la zona y el idioma. Tras diversas aventuras, fue reclutado por el Special Operations Executive (SOE) —los especialistas en operaciones especiales británicos— y protagonizó arriesgadas misiones (aparte de farras inenarrables en El Cairo). La que más, de las misiones, la organización de la resistencia cretense contra la ocupación nazi, tarea a la que se entregó con el celo, el sentido épico y poético, el amor a lo heleno y la extravagancia de un Lord Byron. Fue entonces cuando secuestró en un alarde de valor al general Kreipe. Es característico de su humor que señalara al recordar el episodio que para los cretenses, acostumbrados a secuestrar novias, secuestrar a un general alemán les parecía el colmo de la diversión…
Tras la guerra, Paddy, un hombre cuyo genio para las lenguas, los conocimientos humanísticos y la escritura eran directamente proporcionales a su total y confesa ineptitud para las matemáticas, se colocó en el Instituto Británico de Atenas y conoció a la que se convertiría en su mujer, Joan Rayner, la hija del vizconde Monsell, un primer lord del Almirantazgo. En 1949 la pareja, a la que toda la alta sociedad se rifaba por su prestancia y simpatía (por no hablar de las historias que explicaba él, héroe de guerra), viajó a las Antillas y allí Leigh Fermor cobró el material para su primer libro, The Traveller’s Tree (1950). La buena aceptación le confirmó en su viejo deseo de ser escritor. Con su mujer viajaron largamente por Grecia y de ahí nacieron sus dos libros Mani y Roumeli. En 1963, la pareja se instaló en Kardamyli y Paddy consideró llegado el momento de escribir aquel viaje de muchacho por Europa en los años treinta.
Mucho de lo que les he explicado sobre su vida, como el secuestro de Kreipe o el episodio romántico con la Cantacuceno, lo cuenta el propio Leigh Fermor en El tiempo de los regalos —lo primero— y Entre los bosques y el agua —lo segundo—, como disgresiones (los libros están llenos de ellas, siempre fascinantes) del relato estricto del viaje. La perspectiva del autor da para eso y mucho más. Y es que, al cabo, quien narra la aventura es un hombre adulto y experimentado, veterano de guerra, culto y vivido, en gran medida sabio. Es precisamente la combinación de los dos puntos de vista sin que pierda fuerza ninguno de ellos, el del adulto y el del adolescente, lo que reviste a los dos libros de su inigualable tono, tan conmovedoramente nostálgico y evocador. En ese sentido, recuerdan al Huckleberry Finn de Mark Twain o El vino del estío de Ray Bradbury.
Hay mucho de inocencia en ese viaje transeuropeo de Paddy, inocencia de la juventud reflejada desde la madurez e iluminada y cimentada por la reflexión y el conocimiento. La melancolía que impregna las páginas es no solo la del hombre que describe el momento señero de su juventud —siempre con el artificio ¡que asumimos plenamente los lectores! de que es el chico el que habla—, sino la de un mundo que se encuentra al borde del abismo y pronto (de hecho ya cuando se escriben las páginas) habrá de desaparecer en la mayor orgía de violencia de la historia.
Ese sentido crepuscular del viaje se mezcla con la contagiosa vitalidad y curiosidad del joven Leigh Fermor precipitado, como la Dorothy de El mago de Oz, en su quest de algo que narrar, sorprendido por la novedad que descubre en cada rincón de la vieja Europa, conmocionado por las revelaciones culturales y estéticas que recibe en cada etapa, deslumbrado por la arquitectura, entusiasmado con la historia, obsesionado con el lenguaje, fascinado con las gentes y sus costumbres. Durante el viaje, Europa cambia, el joven Paddy cambia, y cambiamos nosotros. Tan irremediablemente como se pasa de la adolescencia a la madurez. Quizá por eso Leigh Fermor no podía acabar el relato de su viaje, para conservar abierta —y lo hizo hasta la muerte— la conexión con su perdida juventud.
En fin, embárquense con Paddy, cargado de sueños de caballero errante, wandervögel, peregrino o estudiante medieval tipo Paseo por el amor y la muerte, en esta bellísima jornada a través una Europa perdida. Compartan su vagabundeo extasiado de ciudad en ciudad, pueblo en pueblo, monumento en monumento, frontera en frontera. Duerman con él en posadas, pajares, campamentos cíngaros, schlosses, kastelys y palacios —el chico llevaba recomendaciones para amigos aristócratas de sus padres y aquellos, a la vista de tan extraordinario muchacho, hambriento de conocimientos e historias, se lo iban enviando unos a otros, barones a condes (¡los Trautmannsdorffs de Pottenbrunn!, ¡los Esterházy!) en un jalonamiento de simpático asombro—. Observen las esvásticas flameando con su promesa de vileza en todas las ciudades de Alemania —tan hospitalaria, sin embargo, con el joven e inofensivo trotamundos, der englische Globetrotter (¡que luego les secuestrará un general!)—; los oropeles de los viejos terratenientes húngaros, tocados con plumas de garceta, águila y grulla y que dejan sus cimitarras en el asiento del Bugatti; los caftanes negros de los rabinos rumanos, las oropéndolas doradas, los abejarucos y abubillas y el vino color ámbar de Transilvania, sus rosas. Visiten el campo de batalla de Mohács, el bastión de Hunyadi, el castillo de Vlad Dracul; troten sobre el rocío y la hierba nueva a lomos de un buen caballo por la puszta, espantando a las alondras; achíspense con el alcohol y los instrumentos de cuerda de los cíngaros. Un mundo pleno de leyendas —¡ay del que beba agua de lluvia en la huella de un oso!— y hermosura —¡los húsares de Honvéd!
Allá vamos, envueltos en un viejo abrigo militar, calzados con botas de clavos, cargando un saco de dormir y una mochila en la que reposan una baqueteada edición del Oxford Book of English Verse y el volumen I del Horacio de Loeb —con una anotación materna en la solapa, un verso de Petronio: «Deja tu hogar, oh joven, y busca costas extranjeras»—. Adelante, pues no ha pasado el tiempo de los regalos, los chicos no han crecido, la nieve no se ha fundido —ni siquiera allá arriba en el Soracte— y los amigos no han muerto, ni morirán nunca mientras dure su recuerdo en nosotros.
Barcelona, 27 de junio de 2011
EL TIEMPO DE LOS REGALOS
Linque tuas sedes alienaque litora quaere,
o juvenis: major rerum tibi nascitur ordo.
Ne succumbe malis: te noverit ultimus Hister,
te Boreas gelidus securaque regna Canopi,
quique renascentem Phoebum cernuntque cadentem
major in externas fit qui descendit harenas.
TITO PETRONIO ARBITER
I struck the board and cry’d: «No more;
I will abroad».
What, shall I ever sigh and pine?
My life and lines are free; free as the road,
Loose as the wind.
GEORGE HERBERT
For now the time of gifts is gone—
O boys that grow, O snows that melt,
O bathos that the years must fill—
Here is dull earth to build upon
Undecorated; we have reached
Twelfth Night or what you will... you will.
LOUIS MACNEICE
Abandona tu hogar, y busca costas extranjeras, oh joven: para ti nacerá un estado más grande de las cosas. No cedas al infortunio: el lejano Danubio te conocerá, el frío viento boreal y los tranquilos reinos de Canopo y quien contempla el renacer de Febo y su ocaso haga que, más grande, descienda en arenas extrañas.
TITO PETRONIO ARBITER
Golpeé la mesa y grité: «Basta, / me iré al extranjero». /¿Es que siempre voy a suspirar y languidecer? / Libres son mi vida y mis versos, libres como el camino, / desatados como el viento.
GEORGE HERBERT
Ya ha pasado el tiempo de los regalos... / oh, muchachos que crecen, oh, nieve que se funde, / oh, desengaño que taparán los años... / He aquí la insulsa tierra sobre la que edificar. / Sin adornos; hemos llegado / a la Noche de Reyes o lo que queráis... lo que queráis.
LOUIS MANEICE[1]

CARTA PROEMIAL A XAN FIELDING
Querido Xan:
Puesto que acabo de componer el relato de estos viajes, la época de la que me he ocupado está muy fresca en mi memoria, y los acontecimientos posteriores parecen incluso más recientes. Por ello me resulta difícil creer que han pasado más de tres décadas desde que nos conocimos en Creta, aquel año de 1942, ambos enturbantados, con botas y faja negras, dagas de plata y marfil, blancos mantos de pelo de cabra y cubiertos de mugre. Muchas reuniones y aventuras siguieron a nuestro primer encuentro en las laderas del monte Kedros y, por suerte, la clase de guerra irregular que librábamos nos concedía largos períodos de inactividad en las montañas que nos cobijaban. Casi siempre a alturas propicias para la nidificación de las águilas, con ramas o constelaciones por encima de nuestras cabezas o, en invierno, con estalactitas goteantes, yacíamos entre las rocas y hablábamos de nuestras vidas antes de la guerra.
Ciertamente, la indiferencia a la sordidez de las cuevas y la celeridad cuando se aproximaba el peligro podrían haber parecido las cualidades más idóneas para vivir en la Creta ocupada, pero una circunstancia inesperada, tratándose de una guerra moderna, fue lo que realmente nos llevó a los roquedales calizos: nuestra obsoleta elección de la lengua griega en la escuela secundaria. Con una perspicacia en otro tiempo considerada excepcional, el ejército comprendió que la lengua antigua, por muy imperfecto que fuese su dominio, era un atajo para aprender la moderna, y de ahí que aparecieran de súbito no pocas figuras extrañas entre los peñascos escarpados tanto en el continente como en las islas. Y digo extrañas porque el griego, desde mucho tiempo atrás, había dejado de ser obligatorio en los centros docentes donde todavía se enseñaba: no era más que la ilusionada elección, sospecho que estimulada inconscientemente por haber escuchado en la infancia la lectura de Los héroes de Kingsley, de una minoría perversa y excéntrica, cuyos tempranos anhelos imprimieron un sello vago pero simpático a todos aquellos improvisados habitantes de las cavernas.
Resultó que nuestros respectivos estudios no habían seguido su curso normal: los tuyos quedaron bruscamente interrumpidos por un percance familiar, los míos porque me expulsaron de la escuela, y ambos tuvimos que arreglárnoslas solos a una edad más temprana que la mayoría de nuestros coetáneos. Esas primeras peregrinaciones, sin blanca, útiles para no criar moho, desaprobadas por nuestras familias y tan agradables, habían seguido unos cauces muy similares, y mientras reconstruíamos nuestras vidas de preguerra para entretenimiento mutuo, pronto convinimos en que los desastres que nos habían puesto en camino no fueron en absoluto tales desastres, sino más bien fantásticos golpes de buena suerte.
Esta obra es un intento de completar y poner en orden, con tanto detalle como sea capaz de rememorar, el más temprano de aquellos viajes contados de manera inconexa. El relato, que debería finalizar en Constantinopla, se ha alargado más de lo que había esperado. Lo he dividido en dos partes, y este primer volumen se interrumpe en medio de un puente, importante pero arbitrario, que se extiende sobre el curso medio del Danubio. El resto seguirá... Había pensado dedicártelo desde el principio, y así lo hago ahora con placer y algo de esa formalidad del torero que lanza su montera a un amigo antes de la corrida. ¿Puedo aprovechar la oportunidad y convertir esta carta en una especie de introducción? En cuanto comience el relato, me propongo entrar en materia sin entretenerme mucho en dar explicaciones, pero creo que es necesario presentar un breve esbozo de las motivaciones de estos viajes.
Debemos retroceder un poco.
En el segundo año de la Primera Guerra Mundial, meses después de que yo naciera, mi madre y mi hermana viajaron a la India (donde mi padre era funcionario del gobierno), y me dejaron en casa, a fin de que uno de nosotros sobreviviera si un submarino enemigo hundía el barco. Alguien me llevaría allá cuando los océanos fuesen más seguros y, de no ser así, permanecería en Inglaterra hasta el final rápido y victorioso de la guerra. Pero el conflicto se prolongaba y los barcos eran escasos. Transcurrieron cuatro años, y durante ese intervalo, en una situación provisional que se alargaría forzosamente, estuve al cuidado de una familia muy amable y sencilla. Este período de separación fue todo lo contrario de la penosa experiencia que describe Kipling en «La oveja negra». Me permitían hacer cuanto me venía en gana. Nunca me veía ante el dilema de desobedecer las órdenes o no, puesto que no me daban ninguna, y tampoco me dirigían jamás una palabra severa ni acompañaban una advertencia con un cachete. Esta nueva familia, y un entorno con granero, almiares y cardenchas, lleno de matorrales, lomas onduladas y tierras aradas, fueron las primeras cosas en las que recuerdo haberme fijado, y pasé esos años importantes, de los que se dice que son tan formativos, más o menos como el hijo pequeño asilvestrado de un agricultor. El poso que han dejado en mi memoria es de una felicidad pura y completa. Pero cuando mi madre y mi hermana por fin regresaron, eché a correr por los campos y repelí su avance con el áspero acento de Northamptonshire. Ellas se percataron de que tenían a un pequeño salvaje entre las manos, y no precisamente amistoso; la alegría del encuentro quedó aguada por la consternación. Sin embargo, lo cierto era que en secreto me sentía atraído por aquellas hermosas desconocidas que se hallaban desmedidamente más allá de cuanto yo era capaz de conjeturar. Me fascinaban los zapatos de piel de cocodrilo que calzaba una y el vestido marinero de la otra, cuatro años mayor que yo: la falda plisada, las tres franjas blancas en el cuello azul, el pañuelo de seda negra, que tenía estampados un cabo y un silbato en blanco, y el gorro con una cinta y las letras doradas, para mí todavía indescifrables, H. M. S. Victory. Entre las dos, un pequinés negro, cuyas patas parecían polainas cortas, caminaba con tropiezos y daba saltos por la alta hierba, sacando la lengua como un lunático.
Parece ser que aquellos años tan espléndidamente anárquicos acabaron por completo con mi tolerancia a cualquier clase de sujeción, por mínima que fuese. Mi madre, haciendo gala de tacto, encanto y habilidad, apoyada por mi repentina traición, por Londres, Peter Pan, Donde termina el arco iris y Chu Chin Chow, logró un cambio completo de mis inclinaciones, así como domarme, más o menos, para la vida familiar. Pero mis tempranas experiencias escolares, primero en el jardín de infancia, luego en la escuela de mi hermana, que también aceptaba alumnos varones, y finalmente en una horrible escuela preparatoria cerca de Maidenhead, a la que habían puesto el nombre de un santo celta, acabaron todas ellas en una catástrofe similar. Parecía un muchacho inofensivo, era más presentable que antes y mis modales tenían una desenvoltura placentera, todo lo cual me valía al principio unas opiniones sobre mí excelentes. Pero en cuanto empezaban a revelarse las influencias anteriores, aquellas efímeras virtudes debían de parecer un cruel barniz de Fauntleroy, adoptado con cinismo para enmascarar al desalmado personaje de Charles Addams que acechaba debajo. Coloreaban con una tonalidad todavía más oscura la suma de fechorías que pronto empezaron a acumularse. Hoy en día, cuando tengo un atisbo de algún niño parecido al que fui, experimento un sentimiento de afinidad y de pavor.
Primero causaba aturdimiento y luego desesperación. Hacia los diez años, mi fracaso escolar era muy preocupante, y me llevaron a dos psiquiatras. He leído emocionado, en una biografía reciente, que el primero y más simpático había atendido a Virginia Woolf, y por un momento pensé que tal vez había visto a la autora delante de mí, en la sala de espera. Por desgracia, esas visitas tuvieron lugar antes de que yo naciera. El segundo, de aspecto más severo, recomendó que me matricularan en una escuela mixta y muy avanzada para niños difíciles, cerca de Bury Saint Edmunds.
Salsham Hall, en Salsham-le-Sallows, era una casa solariega inclasificable pero cautivadora, rodeada de bosque y con un lago de aguas a menudo encrespadas en las cercanías de Suffolk, donde ancho era el cielo y abundantes los campanarios. El director era un hombre de cabello gris y mirada huraña a quien llamaban Comandante Veraz, y cuando divisé dos barbas (muy infrecuentes en aquel entonces) entre el personal variopinto y de aspecto excéntrico, los pesados brazaletes, el ámbar, las borlas y el tejido de confección casera, y conocí a mis condiscípulos, unos treinta chicos y chicas desde los cuatro años de edad hasta casi los veinte, todos con chaquetas marrones y sandalias: a los músicos, casi geniales, pero que sufrían ataques esporádicos; al sobrino del millonario que, armado de un palo, perseguía los automóviles por las carreteras rurales; a la hija del almirante, guapa y un tanto cleptómana; al hijo del persevante, que sufría pesadillas y tenía una pasión heredada y contagiosa por la heráldica; a los atrasados, a los sonámbulos, a los mitómanos (me refiero a quienes tienen una capacidad inventiva más pronunciada que los demás, lo cual era totalmente inocuo, puesto que nadie nos creía) y, por último, a los pilluelos como yo que tan solo eran muy traviesos... Sabía que aquello iba a gustarme. Al principio la euritmia en adoración de la naturaleza que se realizaba en un granero y los bailes rurales en los que el comandante dirigía tanto al personal como a los niños eran un poco desconcertantes, porque todo el mundo iba desnudo. Ágil y seriamente, con el ritmo marcado por un piano y un fonógrafo, ejecutábamos velozmente las figuras de «recolectar guisantes», la «ronda de Sellinger», la «recogida de palos» y el «viejo topo».
Mediaba el verano. Cerca de nosotros había jardines vallados, con grosellas silvestres gigantes, rojas y doradas; y las redes que cubrían los arbustos cuajados de grosellas engañaban a los estorninos, pero no a nosotros. Más allá, en las pendientes, árboles y agua descendían en tenues y atractivas perspectivas. Comprendí en seguida lo que significa el paisaje, la vida bajo el árbol del bosque frondoso. Elegir a una mujer corpulenta y una banda, hacer que las chicas tejan metros de tela verde oliva en los telares terapéuticos, y entonces confeccionar rudas capuchas con cuellos almenados, tallar arcos y colocarles las cuerdas, recoger tallos de frambueso para utilizarlos como flechas y echarse al bosque fue cuestión de días. Nadie nos detuvo: Fais ce que voudras era toda su ley. En cuanto las escuelas inglesas se apartan de la senda convencional, se convierten en oasis de novedad y diversión, y quedarse en ellas resulta tentador. Pero cierta incorrección vagamente adivinada entre los miembros del personal y los chicos mayores o tanto en unos como en otros (cosas de las que sabíamos poco en nuestras guaridas del bosque) ocasionaron la disolución del centro, y pronto me vi de regreso, para tener «una segunda oportunidad», un exiliado del bosque entre los cinturones de piel de serpiente y el jarabe de palo de la horrible escuela preparatoria. Pero, como era predecible tras haber disfrutado de aquella embriagadora libertad, no fue por mucho tiempo.
Mi madre tenía que hacer frente a esos trastornos. Yo me presentaba a mediados de curso: una vez, en nuestra casa de campo en Dodford, una aldea de casas con tejado de paja, al pie de un empinado monte cuajado de digitales y muy visitado por los zorros, con un arroyo a modo de única calle, donde ella se dedicaba simultáneamente a escribir obras teatrales y aprender a pilotar un biplano Moth en un aeródromo situado a sesenta kilómetros de distancia; en otra ocasión en los estudios de Primrose Hill, cerca de Regent’s Park, desde donde se oían de noche los rugidos de los leones del zoo. Allí ella había persuadido a Arthur Rackham, un vecino de aquel claustro, para que pintara unas escenas asombrosas (nidos de ave capaces de navegar impulsados por un viento tormentoso, transacciones entre trasgos bajo raíces sobresalientes y ratones que usaban bellotas como recipientes para beber) en la superficie interior de una puerta. Y más de una vez me presenté en el número 213 de Piccadilly, adonde nos mudamos más adelante. Una escalera muy empinada llevaba a un piso que parecía una maravillosa cueva de Aladino, desde cuyas ventanas se veían largas líneas de farolas callejeras y los letreros acrobáticos de la plaza en lo alto de los edificios. Aguardaba a que abrieran la puerta, intimidado en el felpudo de la entrada, con un profesor a mi lado que tenía una deprimente historia que contar. Aunque enfadada, mi madre estaba dotada de una imaginación y un humor desbordantes como para abandonarse durante demasiado tiempo al abatimiento. Sin embargo, esos contratiempos me llenaban durante cierto tiempo de una desesperación suicida.
Pero este desastre en particular coincidió casualmente con una de las infrecuentes vacaciones que, como director de la Geological Survey of India, concedían a mi padre. Por entonces mis padres se habían separado, y puesto que esos permisos solo llegaban cada tres años, apenas nos conocíamos. De repente, como si hubieran agitado una varita mágica, me encontré a gran altura por encima del lago Mayor y luego del Como, tratando de ir a su paso, aunque daba unas zancadas gigantescas, por las montañas cubiertas de genciana. Mi padre era todo un naturalista, y podía enorgullecerse con razón de ser miembro de la Royal Society. Incluso había descubierto en la India un mineral al que pusieron su nombre, un gusano con ocho cerdas en el lomo y, ¡quebradizo hallazgo!, una formación peculiar de copo de nieve. (Mucho más adelante, cuando los copos blancos remolineaban en los Alpes, los Andes o el Himalaya, me preguntaba si alguno de ellos era el suyo.) Era muy alto y delgado, vestía chaqueta de Norfolk de color sal y pimienta y pantalones bombachos, e iba por el monte cargado de cachivaches. Yo llevaba sus gemelos de campaña y su red cazamariposas, y retenía el aliento mientras él golpeaba con un martillito el cuarzo y la hornablenda en las laderas de monte Rosa, y abría una lente de bolsillo para inspeccionar los fósiles e insectos en el monte della Croce. En tales momentos su voz era al mismo tiempo cavernosa y entusiasta. Plantaba con sumo cuidado, en una caja de lata forrada de musgo, flores silvestres para su clasificación posterior, y a veces hacía un alto para trazar un boceto, las acuarelas en equilibrio sobre una roca. Yo reflexionaba en el cambio radical, desde los elefantes y la jungla llena de monos y tigres que imaginaba, no del todo erróneamente, como su medio habitual de transporte y su residencia. En tierra llana, recorrí con él la mitad de las pinacotecas del norte de Italia.