Read the book: «Las pasiones alegres»

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Índice

La memoria del desierto (Año 2036)

Poema porno financiero hecho con la nada que mi madre ha parido (Año 1996)

Las Ausencias (Año 2016)

El nombre del padre (Año 1986)

Los hijos de Urano (Año 2066)

LA MEMORIA DEL DESIERTO (AÑO 2036)
1.

Frente a la pantalla de la computadora sintió el mismo escozor que le había recorrido el cuerpo cuando en aquella fiesta le habían presentado a Laura, la esposa de Boris Spakov: “No sé si nos vimos alguna vez pero tengo la sensación de habernos conocido antes” –había dicho mientras extendía su mano fría.

Podía ella haberse pintado aquel lunar en su rostro y teñido el pelo de rubio platinado para parecer otra, pero su voz, su entonación, su modo de moverse ondulando en el espacio, las pintitas nacaradas de color miel como trazos pintados con la patas de una mosca sobre la tela de sus ojos negros, su boca, el rictus de sus labios juntándose en puntita, la pequeñísima cicatriz que tenía junto a la ceja izquierda, todo en conjunto y en cada detalle, le devolvían la imagen precisa de Marian, en todo caso, la certeza alucinada de que se trataba de ella misma.

“Quizás nos hayamos conocido en otra vida” –pensó aquella vez en responderle, pero hay momentos en que las palabras zozobran, se reducen a estertores secos y fallecen, no porque hayan perdido las reglas de uso, su consistencia gramatical o su ordenamiento sintáctico sino porque el mundo en el cual esas palabras existen como palabras ya no está, se fue, se rompió –y el mundo de Roy tenía una fecha precisa de defunción: la muerte de su mujer y su hijo.

Lo cierto es que nada respondió –las palabras se atoraron en su garganta y cuando se sintió capaz de hacer algo con ellas, Laura ya no estaba, se había perdido entre los otros invitados a la fiesta. Desde entonces el foco de su atención fue desmontar el truco, descubrir la magia por la que aquella mujer parecía el duplicado exacto de Marian, como si esta hubiera vuelto a la vida pero olvidándose de Roy y todo el tiempo en que juntos habían acumulado miserias, tibieza y –¿por qué no?– alguna modalidad de la dicha. Buscó durante toda la noche su mirada, pero era como si Roy no estuviera allí, no estuviera en ningún lado sino como una sombra esforzada en diluirse y perderse entre las sombras de todos.

Avanzó y retrocedió la grabación una y otra vez, siguiendo cuadro por cuadro los movimientos de Laura durante algunas horas. Después repasó la fiesta y su propio ir y venir de un lado al otro buscando algo que hacer entre todos aquellos extraños. Adelantó la filmación hasta el momento en que –cuando casi todos se habían marchado– Boris lo invitó –le exigió– que se quedara un rato más.

Subieron juntos las escaleras hacia el primer piso de la casa. Recién allí reconoció a algunos que también trabajaban para Boris en la Compañía: Dalton, Zizesky y un tipo fornido de apellido Dafoe al que había visto alguna vez en las reuniones de Directorio y al que todos consideraban la mano derecha de Boris.

Enseguida un mozo les acercó en una bandeja los tubitos para esnifar las líneas de cocaína que les ofrecía. En la grabación le quedó clara la insistencia imperativa de Boris para que esnifara con ellos como si el asunto lo tuviera planeado desde antes.

Al rato llegaron las copas de un líquido azul que no pudo reconocer y las pastillitas rosadas que el mismo Boris arrojaba en su boca con el mismo empeño con el que lo había movido a esnifar la línea de cocaína.

Luego la aceleración de la escena: el beso de lengua entre Boris y Zizesky, Laura manoseándose con Dafoe un poco más allá. Los cuerpos de algunos otros, un poco más alejados, ya semi-desnudos, entrelazados en una maraña indistinguible.

Unos segundos después, el abismo: la oscuridad de una capucha negra que Dafoe ponía en su cabeza.

Desde entonces la cámara siguió filmando durante doce horas el mismo plano cerrado. Por más esfuerzo en intentar descifrar los sonidos grabados durante aquellas doce horas no pudo más que identificar pasos y algunas palabras sueltas pero sí, definitivamente, el ruido de un baúl al cerrarse, el encendido del motor, el andar de un auto.

Le quedó claro entonces que aquella noche, Boris había preparado una trampa de la que todavía no entendía en qué consistía. Lo habían sacado de la casa, lo habían metido en un auto y doce horas después despertaba en otro lugar.

La filmación mostrando todavía la oscuridad de la capucha en su cabeza permitía adivinar cierto movimiento de su cuerpo levantándose y luego volviendo a caer sobre lo que seguramente se trataba de una camilla. Quiso suponer que una mano le había apretado el pecho para volver a su posición horizontal. Luego, enseguida, las voces de dos tipos. Una de ellas era la de Zizesky. En toda la secuencia no se escuchaban más que unas pocas palabras de su parte. Se limitaba a preguntar y escuchar lo que el otro le contaba.

En un momento, Zizesky nombró a ese otro con el apellido Teiler. Si no las imágenes, al menos la filmación había grabado todo lo que entonces a este se le ocurrió decir. Su monólogo –apenas cortado por alguna que otra pregunta de Zizesky– duraba unos diez minutos, tiempo en el que seguramente tardó en preparar lo que enseguida iba a venir. Entre tanto, las voces se conjugaban con el ruido metálico de instrumentos quirúrgicos.

Cuando Teiler terminó el monólogo y acabó de acomodar o limpiar sus cosas, abrió la capucha. La filmación mostraba un techo sin pintura ni cielo-raso, solo unas vigas cruzando el hormigón. La cabeza de Roy siempre fija en el mismo punto, los movimientos de su cuerpo anulado, le daban la impresión de haber sido anestesiado. En todo caso, la falta total de recuerdos de lo que la filmación le mostraba y que necesariamente él había vivido, debía responder sino a la anestesia a las pastillas que le habían hecho tragar. Lo cierto es que una vez quitada la capucha y mientras sus ojos no se corrían un ápice de la viga y el metro cuadrado de hormigón que la filmación mostraba, el tal Teiler comenzó a hacer su trabajo.

La grabación mostraba su rostro y su cabeza pelada una y otra vez pasando delante suyo. En un momento se escuchó la voz de Zizesky diciendo que prefería esperar afuera, luego el sonido de sus pasos y el de la puerta cerrándose.

En los siguientes treinta minutos se veían los colgajos de los brazos de Teiler y sus manos hinchadas hurgando en la coronilla del cráneo de Roy con un bisturí, una pequeña tenaza del tamaño de una pincita de depilar y los otros instrumentos. En ningún momento de la grabación existía imagen alguna de lo que Teiler extirpó o acaso injertó en su cráneo.

Según los gestos de su rostro satisfecho, la cirugía terminó como lo había esperado. La última imagen era la de sus ojos diminutos hundiéndose en la carne fofa de sus pómulos regordetes. Enseguida puso en su cabeza otra vez la capucha y todo volvió a la oscuridad inicial.

La última hora de la filmación cerraba otra vez con el ruido del motor de un auto, movimientos indefinibles, sonidos de pasos, voces perdidas en un murmullo del que solo palabras sueltas alcanzaban a descifrarse. Finalmente, cuando sacaron la capucha de su cabeza volvía a ver la ventana del comedor de su departamento. Un rato después se levantó del sillón donde lo habían arrojado y ya no había nadie en derredor.

2.

Ya no recordaba nada de lo que había sucedido.

De aquella noche de la fiesta en la casa de Boris y de la cirugía que Teiler realizó en su cabeza no tenía más registro que aquella filmación. Las imágenes grabadas se le venían encima como el conjuro hipnótico de un dios desquiciado, pero por más esfuerzo que hiciera nada podía rememorar. Debía moverse con calma, no permitirse que la incertidumbre acechara, sin embargo no dejaba de pensar en aquella filmación y preguntarse si la extirpación verdaderamente había ocurrido. La primera vez que la vio, se tocó la cabeza frente al espejo varias veces buscando la herida que fuese prueba de que Teiler había realizado la operación. No había ninguna herida, ningún tajo. Se sintió estúpido: si hubiese encontrado una cicatriz tampoco habría sido prueba directa. Pero aunque relativizara la cuestión, lo cierto es que la filmación de la cirugía existía y la conexión entre esas imágenes y todo lo que había sucedido en su vida era fácil de trazar: a todo había llegado tarde y cuando llegó ya no había nada.

Se había enterado de la muerte de Marian y Nolan dos días después de haber ocurrido el accidente con el auto. Roy se encontraba en Roma. Las ridículas volteretas de la Aerolínea para cambiarle el pasaje, hicieron que tardara dos días más para regresar a Buenos Aires, por lo que al llegar el funeral ya se había hecho, el entierro realizado, y de Marian y Nolan solo le quedaban los nombres.

Boris Spakov, amigo suyo desde los tiempos de la facultad y por entonces miembro del Directorio de la Compañía donde Roy trabajaba –el mismo que lo había enviado esa semana para cerrar unos negocios en Roma que finalmente no se cerraron ni abrieron porque los contactos con los que debía encontrarse no estaban en Roma y al parecer tampoco trabajaban para la empresa con la que haría el negocio– se había encargado de todo lo que él no había podido: armó de un día para el otro el funeral urgente y organizó lo necesario para echarlos dignamente en un pozo y enterrarlos bajo tierra con todos los rituales del caso, y recién entonces, solo entonces, llamar a Roy y contarle la noticia de la muerte de su mujer y su hijo.

No quedó luego más que la narración de las cosas, aunque no tanto de las cosas sino de la velocidad con la que las cosas iban hacia su aniquilación. Todo había sucedido tan rápido que en verdad le parecía que nunca había sucedido. Así había ocurrido desde el principio, un poco antes de todo esto, digamos, más o menos desde que había sido diagnosticada la enfermedad de Nolan y el proceso de demolición física de su hijo se acelerara hacia el umbral de una deformidad inútil: síntomas mínimos, primero, los dolores de cabeza, los vómitos constantes, raptos de pérdida de la visión, las dificultades al hablar, y la saliva, la insólita saliva que juntaba en la boca y no era capaz de expulsar, escupir, dejar caer para no ahogarse, hasta el punto de dar la impresión de estar jugando y en el extremo desear ahogarse de verdad, luego el engrandecimiento del cráneo logrando alcanzar el estatuto de fenómeno de circo, como si en verdad su cabeza de enano deforme estuviera fuera de lugar, incoherente con su cuerpo, y correspondiera más bien a un globo monstruoso y mal inflado. Enseguida vino el diagnóstico definitivo de hidrocefalia congénita y el avance desaforado de la parálisis física que puso al chico en el lugar de una divinidad babeante, semi-idiota y déspota a la que sus padres debían venerar pagando la deuda infinita de haberle dado vida; y con ello la imposibilidad de Marian de hacerse cargo de lo que se le exigía, abandonando el trabajo, olvidándose de que en algún momento el aire recorría limpio sus fosas nasales e hinchaba sus pulmones significando vida, reduciendo entonces su existencia a la asfixia continua y a la épica mal tragada del sacrificio: quitar la saliva de la boca de Nolan para que no se ahogue, limpiarle los pañales para que no empiece con el llanto desesperado, luchar cuerpo a cuerpo para enchufarle en la boca una cuchara de puré, no eran el paisaje cotidiano en el que a los treinta años pretendía encontrarse.

Y de nada había servido usar a Roy como punto de fuga transformándolo en puchinball y monigote de un odio desbocado que no alcanzaba mayor verdad que la del teatro pobre de su impotencia; fuese como fuese, ya no había ninguna pareja –solo se trataba de dos desconocidos girando alrededor del agujero negro que Nolan cavaba día a día, cada minuto, allí, en el centro del comedor sentado durante horas y horas en la silla de rueda frente a la pared blanca –y una sola pregunta en común: ¿alcanza la determinación natural, biológica, de haberlo engendrado para justificar el sacrificio de una vida que se entrega para sostener la vida al pedo de un hijo?

Sí, todo sucedió muy rápido, tan rápido que Roy no sabía si en verdad esa pregunta había sido enunciada, o si en verdad solo se mantuvo soterrada hasta que finalmente la muerte de Nolan llegó y toda la mugre que sigilosamente se había mantenido enterrada en el fondo del cerebro se liberara como la lava de un volcán.

De algún modo era algo que los dos habían temido y esperado y tanto lo esperaron que sin darse cuenta se había transformado en un deseo: ¿no había sido Marian la que le había dicho una y otra vez que ya no podía con la existencia del chico?

¿No lo había tratado de mierda blandita por no hacer lo que tenía que hacer, sin definir específicamente qué significaba “lo que tenía que hacer” salvo aquella noche en que pasada de alcohol no pudo ser más clara y le pidió que se deshiciera de Nolan?, ¿no le había pedido que lo borrara de sus vidas?

Esas palabras –esos ruegos, esas órdenes– habían sido pronunciadas por Marian, pero Roy nunca dejó de preguntarse si acaso él no podría también haberlo dicho. En todo caso el destino funcionó armónicamente según los parámetros de la rima clásica: fue Marian la que le había rogado que el chico desapareciera y efectivamente Nolan despareció pero llevándose a Marian al fondo de la misma fosa.

Aunque en verdad la única fosa era el vacío que habían dejado alrededor de Roy, una nada demasiada llena de cosas que transformaban el departamento en un cementerio íntimo. No tardó más de un mes en juntar los bártulos de sus muertos, meterlos en bolsas y cajas y quemarlos –incluso la silla de ruedas, incluso la ropa, los zapatos, las fotos del pasado común– una noche fría en un descampado cerca de donde vivía.

3.

Fue por entonces, durante ese tiempo dedicado a escarbar en la fascinación de contemplar a la mujer de Boris y encontrar en ella a Marian, que comenzaron los llamados. La primera vez dudó en atender pensando que nada debía distraerlo de la desgrabación de lo que aquella noche había filmado, pero cuando levantó el tubo y escuchó la voz de Marian fue como si en verdad hubiera estado esperando volverla a escuchar.

–Tengo que hablar rápido, quería decirte que ya estamos en la casa.

Roy: el silencio. Dudó, las palabras se atropellaron en su garganta, no supo qué decir; pero la duda ya era parte de lo que debía rechazar –dudar si la que llamaba del otro lado de la línea era Marian ya era afirmar la posibilidad de que Marian estuviera viva.

–El viaje fue largo pero ya estamos donde queríamos –continuó la voz de Marian.

Aturdido, no podía llevar el hilo de lo que ella decía acerca de lo que habían hecho apenas llegaron a la ciudad y se perdía en el asombro mayor de que del otro lado de la línea y del mundo todavía existiera su mujer, o al menos la voz de su mujer.

–Nolan está bien, no te preocupes. Llegamos hace poco, pero la ciudad es preciosa.

Sin esperar que Marian terminara lo que estaba diciendo, cortó la comunicación. Enseguida identificó la violencia del movimiento de su brazo y se preguntó si también Marian había registrado el exabrupto. “Marian no existe, Marian está muerta, es estúpido pensar si puede o no registrar o interpretar algo”, se dijo a sí mismo en voz alta.

Pensó si acaso se trataba de algún artilugio tecnológico. Recordó entonces que aquello había sido una idea de Marian. Durante un tiempo lo había intentado convencer de contratar un servicio de acompañamiento post-mortem. Se trataba, justamente, de ofrecerle al cliente un contacto virtual con sus muertos. El artificio sería el siguiente: el cliente permitiría que sus conversaciones telefónicas y las imágenes archivadas en la memoria de su computadora fueran grabadas por la empresa; al morir el cliente o una persona cercana usaría las grabaciones del pasado y las haría pasar por locuciones e imágenes reales, cortando y pegando distintos fragmentos.

“Suena el teléfono y de pronto escuchás la voz de tu madre tal como sonaba antes de morir; imaginate si soy yo la que se muere, te conectás al chat y podés conversar conmigo como siempre; incluso pueden hacer que una persona reciba llamados del que él mismo fue en el pasado, imaginate que te llamen y seas vos mismo cuando tenías cinco años”, había dicho Marian aquella vez.

Roy se había negado a la propuesta pero nunca supo si Marian había contratado aquel servicio sin decírselo. Se preguntó si a lo largo de su vida no habían estado grabando los chats y las conversaciones telefónicas con Marian, para entonces hacerle escuchar su voz. Se negó a pensar que alguien pudiera estar jugando con él. En un caso u otro se trataba de una ficción y ante ello Roy sintió que el acto-reflejo de haber escuchado la voz de su mujer y haber respondido a ella como si estuviera viva había sido una estupidez.

Sin embargo, al otro día se la pasó esperando que el llamado volviera a ocurrir. Recién a las siete de la tarde, recibió un mensaje de conexión en el chat de la computadora.

–Me quedé mal anoche. No sé por qué cortaste así sin despedirte, sin que nos dijésemos “chau” o algo parecido, ¿dije algo que te molestó?

La imagen de Marian en la pantalla resultó un golpe que no esperaba. Solo atinó a retroceder, darse el instante para desactivar la corriente eléctrica que calaba en sus huesos y ganar alguna serenidad. Acaso como un modo de defenderse del retorno del fantasma, se le ocurrió pensar en el demiurgo que cortaba y pegaba aquellas viejas grabaciones y ahora las hacía pasar como presentes. Que tomara el dato de que el día anterior él había colgado el tubo en medio de la conversación le pareció sorprendente, aquello sumaba al verosímil y generaba el efecto real de una voluntad propia, una conciencia detrás de la voz, más allá de la grabación.

Pensó que allí debía concentrarse, tenía que apuntar al que armaba y desarmaba el discurso de Marian hasta ponerlo en evidencia.

–Yo no te llamé. Vos me llamaste a mí. Pero nada dijiste que me haya molestado. Habrá sido un problema con la línea. Te escuchaba perfectamente y se cortó... Qué bueno que te hayas conectado. Me quedé pensando que no te pregunté nada de Nolan.

–No me preguntaste, pero te dije que estaba bien. El viaje se nos hizo largo. Pensé que para él iba a ser un tormento pero se quedó tranquilo en la silla. Igual, ya sabés, desde el accidente no tuvimos buenos tiempos. A Nolan todo le cuesta infinitamente más.

Roy sintió que el operador le había devuelto la pelota y le había armado una trampa peor: ahora no se trataba de saber qué había sucedido con su hijo sino cómo sabía del “accidente”.

–No sé de qué accidente me hablás –dijo solo para ponerlo a prueba.

–El auto, el accidente en la ruta. No me hagas hablar de eso. Me la paso hablando yo sola, contame vos cómo estás, qué pasó.

–No sé de qué querés hablar.

–De nada. Solo quiero escucharte, saber cómo estás. Hablame de cualquier cosa, del trabajo por ejemplo.

Roy enmudeció. Las imágenes que él mismo se había hecho del accidente y de la muerte de Marian y Nolan se le vinieron encima como un vendaval de polvo ante el que solo atinaba a cerrar los ojos. Apuró el fin de la conversación diciendo que tenía cosas que hacer. Unos minutos después sonó el teléfono de nuevo. Dudó en levantar el tubo pero finalmente lo hizo. Marian le rogó que no le cortara de nuevo. Decía estar desesperada en seguir hablando, saber que Roy estaba allí en alguna parte del mundo escuchándola. Entonces solo atinó a calmarla y con ello él mismo fue encontrando el modo de armar un escenario en el que la paranoia acerca de si estaba hablando con alguien o solo respondiendo a lo que una vieja grabación reproducía, se anulaba para dar lugar al mero goce de hablar y sentirse escuchado.

Desde entonces, todos los días, puntualmente, a las nueve de la noche, Roy y su mujer conversaron largo y tendido. El clima relajado los llevaba a lugares que a Roy le parecían raros. Resultaba difícil determinar quién de los dos llevaba el ritmo e imponía la cadencia de la relación. Se trataba de preguntarle al otro qué había hecho ese día y comenzaba el regodeo: “solo pienso que se me hagan las nueve para volver a escucharte”, “no pude dejar de pensar en lo que me decías anoche”, “me pregunto cómo será cuando llegue el momento de encontrarnos”. El tono juguetón mezclaba risitas y frases a medio decir que funcionaban como códigos para interpretar frases enunciadas en conversaciones pasadas o situaciones que debían haber vivido juntos. Visto desde afuera esas frases sueltas bien podían ayudar a entender la charla como la de dos personas que habiéndose separado volvían a encontrarse reconstruyendo una ilusión. Yendo lentamente uno hacia el otro, sabiendo de las heridas del pasado, disfrutaban de encontrarse en la distancia sin dar el paso del reencuentro, esperando en todo caso que sea el otro el que lo hiciera. A esa altura, a Roy no le preocupaba en nada la cuestión de si se trataba de un artificio de una empresa. Le habían devuelto a Marian y con ello una dirección mental, un horizonte que repetía un pasado que nunca había querido perder. La verdad acerca de qué o quién estaba del otro lado de la línea o el chat se perdió en los recovecos del olvido y la indiferencia; solo se trataba de aprender a jugar en el abismo para que el abismo también sea un suelo por donde andar.

Así pasó el tiempo de Roy encerrado en su departamento, olvidado ya de la filmación, del parecido sorprendente entre Marian y Laura y de lo que había ocurrido aquella noche en la casa de Boris. Solo se destinó a esperar el llamado de su mujer. Así hasta el día en que se acabaron todos los juegos. Cebado por aquellas conversaciones buscó otros modos de recuperar a sus muertos. Arrepentido de haber quemado todas las cosas que había podido –de Nolan la cama, la silla de ruedas, sus juguetes, la ropa; de Marian los zapatos, los vestidos, las cartas, las fotos–; buscó algún recuerdo sin mayor orden ni sentido en todos los recovecos de la casa.

En el escritorio de Marian se topó con un cajón cerrado bajo llave. Con un fierro forzó la cerradura y logró abrirlo. Allí encontró una caja con algunas cartas y algunas fotos que se habían salvado del fuego. Dedicó el resto del día a ordenar las fotos de modo cronológico, desde los primeros encuentros hasta una que había sido tomada dos semanas antes de haber muerto. Luego pasó a las cartas. Las leyó como un ciego al que le devolvieran la vista. Entre ellas apareció un sobre de papel madera. En el interior una foto: Marian desnuda, su cuerpo refregándose contra el cuerpo desnudo de Boris Spakov.

Buscó un poco más. Encontró otras fotos, Marian y Boris en un restaurant, Marian y Boris en un balcón con la ciudad a sus espaldas, las imágenes de Marian y Boris en un espejo, ella en cuatro patas sobre la cama, él penetrándola por detrás mientras sacaba la foto con un celular.

Y en todas, Marian aparecía con una peluca rubia platinada y con un lunar negro y profundo en el pómulo derecho. Las facciones límpidas de su cara hablaban de una juventud que les había sido arrebatada. Debieron haber sido tomadas unos diez años atrás, cuando todavía estaban esperando a Nolan o incluso con Nolan ya nacido.

La conexión entre aquellas fotos y la filmación de la fiesta en la casa de Boris se hizo rápido. Prendió la computadora. Detuvo la imagen de la grabación en el cuadro que mejor mostraba a Laura, la esposa de Boris. Si ante la semejanza entre Laura y Marian retrocedía entendiendo que era él el que estaba perdiendo el mundo, ahora comparando las fotos y la imagen de la filmación, llegaba a la certeza: no solo se trataba de semejanzas entre una y otra sino que eran la misma e idéntica persona.

Supo entonces de la humillación. La paranoia más que acecharlo se había vuelto motor mismo de sus maquinaciones mentales: estaba seguro que habían fingido la muerte de Marian y Nolan y luego habían armado aquella fiesta con el único fin de hacerlo caer en una trampa de la que todavía no sabía de qué se trataba.

Pensó en Boris y cómo este, desde el comienzo, había ordenado su vida para tenerlo cerca como un perro de compañía. Lo había llevado a trabajar en la Compañía, lo había hecho formar parte de la Gerencia solo para vigilarlo mientras se quedaba con su mujer sin más costo que el de dejarle todos los chupetines y ahora encima se daban el lujo de jugar con él haciéndole escuchar la voz de su mujer en el teléfono, haciéndole ver su imagen en el chat. Si ya se habían apropiado de todo lo que Marian había dejado con su desaparición, transformándola en la reina platinada de su palacio, ¿qué necesidad entonces de armar semejante farsa de la humillación? ¿Por qué llamarlo haciéndolo escuchar la voz de Marian, obligándolo otra vez a enfrentar su rostro como si estuviera viva dando vueltas en alguna galaxia lejana?

Debía serenarse. La venganza frente a un tipo como Boris necesitaba de tiempo y paciencia. Él era el Director de la sede argentina de la Compañía con contactos en el Directorio Central –Roy uno más de sus juguetitos. Decidió esperar, dejar que el tiempo pasara hasta estar seguro de lo que debía hacer. Pero la espera no le resultaba fácil y el teléfono no dejaba de sonar no solo puntual a las nueve de la noche sino también a cualquier hora. La humillación abría la grieta que cada vez más separaba su cerebro del mundo que lo rodeaba hasta armar en derredor su Gran Cañón del Colorado. El teléfono seguía sonando y lo empujaba a saltar. Ya harto del juego de Boris, pensó en salir del departamento, regresar a la Clínica para enfrentarlo, pero aquello que pensó se deshizo rápidamente cuando pretendiendo abrir la puerta del departamento, buscó la llave y no la encontró donde debía estar –hacía tantos días que ni siquiera bajaba a la calle para tomar al menos un poco de aire, que bien podía haberla dejado en cualquier lugar. Entonces sonó el teléfono una vez más y Roy encontró su límite mental. Se encaminó hacia el aparato, levantó el tubo y la voz de Marian se hizo escuchar con la serenidad del que ve el mar en una playa vacía a la hora en que los vientos se marchan.

–Estuviste viendo lo que no debías. No tenías que haber visto esas fotos –se adelantó la voz de Marian.

–¿Me estás vigilando? ¿Pusiste cámaras, me estás grabando? ¿cómo sabés que estuve viendo las fotos? –dijo y rápidamente comprendió que sus palabras no se dirigían a Marian sino a Boris Spakov.

–Sabé que esta es la última vez que me vas a escuchar… No digas nada. Me cuesta hablarte, no sé si estás ahí, si existís de verdad o no sos más que una grabación del pasado. No importa. No me digas nada. Esto me hace mal, ¿sabés? No lo puedo sostener. No sé dónde estás, de dónde es que me llamás.

–Yo no te llamo, sos vos la que me llama –dijo Roy sin saber a esa altura si estaba hablando con Marian o con quién.

–Desde el accidente no tenemos más vida, Roy. Nolan no responde, no habla, no quiere la silla, no sale de su cama. Yo no puedo mantenerme parada sino es con un arsenal de pastillas. La otra vez me preguntaste por el accidente: ¿de verdad no sabés lo que pasó?, ¿no recordás nada? Estás muerto, Roy. Estás muerto y no sé qué hago yo hablando con mi esposo muerto. Tengo que salir de todo esto, por favor no me llames más, te lo ruego, no me llames más, y si suena tu teléfono, por favor, Roy, no atiendas, no me respondas, desaparecé de mi vida.

Cuando del otro lado cortaron la comunicación, Roy se representó el tono constante de la línea como una recta en la pantalla de un monitor cardíaco. Luego vino el anonadamiento. No sabía qué pensar. Miró a su alrededor y sintió el peso muerto de las cosas, escuchó vibrar el silencio glacial de su propio encierro, la indiferencia con la que el mundo había respondido a su soledad. Miró por la ventana del departamento. Desde allí arriba podía ver la plaza de enfrente, la estación de trenes en la esquina y le pareció que todo lo que veía ya había muerto. Los hombres, los autos, los trenes se movían como si en verdad estuviesen repitiendo un movimiento ya acabado, como si el conjunto existiera en la repetición infinita de una memoria que solo funcionara volviendo siempre sobre sí misma, sobre cada acto y escena para imponerles repetirse una y otra vez. Era la contemplación de un museo de los actos ya desaparecidos, el teatro donde se representaba un mundo ya muerto, como si todo lo que entonces existiera no fuere más que aquello que en otro lugar alguien recordaba.

Pensó en el llamado de Marian y en la derivación fácil de que lo que lo rodeaba ya no existía sino como el pasado reconstruido en alguna parte del futuro. El truco había sido efectivo: “estás muerto y no sé qué hago yo hablando con mi esposo muerto”, había dicho Marian. “No, no pueden ganarme, no puedo permitírmelo a mí mismo”, se dijo Roy en voz en alta, pretendiendo que aquello no fuera más que la trampa que Boris le había montado y en la que él se había dejado caer.

Repasó mentalmente la secuencia de los llamados desde el primero hasta ese último. Se sintió absurdo, supo que se había dejado llevar por la expectativa del milagro y que eso mismo lo había dejado desnudo ante la miseria de lo real. Tomó de nuevo el teléfono y llamó al número desde el cual Marian –o quien se hiciera pasar por Marian– lo había estado llamando. Enseguida se dio cuenta de que si sabía el número de Marian era porque había sido él el que la había estado llamando, tal como lo ella se lo había dicho. Lo atendió la voz metálica de una grabación que le informaba que aquel el número no era el de ningún cliente en servicio.

Age restriction:
0+
Release date on Litres:
22 October 2025
Volume:
422 p. 5 illustrations
ISBN:
9789878341057
Publishers:
Copyright Holder::
Bookwire
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