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Montesquieu

Ensayo sobre el gusto



Montesquieu, Charles de Secondat, barón deEnsayo sobre el gusto. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2012. - (Trazos; 0)E-Book.ISBN 978-987-599-277-11. Ensayo Francés.CDD 844

Traducción y notas: Ariel Dilon

Ilustración de tapa: Nicolás Arispe

Ilustración de contratapa: María Rabinovich

Edición: Octavio Kulesz

Diseño: Verónica Feinmann

Título original: Essai sur le goût

© Libros del Zorzal, 2006

Buenos Aires, Argentina

Esta obra, publicada en el marco del Programa de Ayuda a la Publicación Victoria Ocampo, ha recibido el apoyo del Ministère des Affaires Etrangères y del Servicio Cultural de la Embajada de Francia en la Argentina.

Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’Aide à la Publication Victoria Ocampo, bénéficie du soutien du Ministère des Affaires Etrangères et du Service Culturel de l’Ambassade de France en Argentine.

Libros del Zorzal

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Índice

Ensayo sobre el gusto en las cosas de la naturaleza y del arte | 6

De los placeres de nuestra alma | 9

Del espíritu en general | 13

De la curiosidad | 14

De los placeres del orden | 17

De los placeres de la variedad | 18

De los placeres de la simetría | 21

De los contrastes | 23

De los placeres de la sorpresa | 26

De las diversas causas que pueden producir un sentimiento | 28

De la sensibilidad | 30

Otro efecto de las relaciones ¡que el alma pone en las cosas | 32

De la delicadeza | 33

Del no sé qué | 34

Progresión de la sorpresa | 37

De las bellezas que resultan de una cierta perplejidad del alma | 39

De las reglas | 45

Placer fundado en la razón | 46

De la consideración de la mejor situación | 48

Placer causado por los juegos, caídas, contrastes | 50

Este fragmento se encontró inacabado entre sus papeles;

el autor no tuvo tiempo de darle la última mano;

pero los primeros pensamientos de los grandes maestros

merecen ser conservados para la posteridad,

como los esbozos de los grandes pintores.

Enciclopedia, Tomo vii, 1757(*)1

Ensayo sobre el gusto en las cosas de la naturaleza y del arte2

En nuestro modo de ser positivo, nuestra alma gusta de tres clases de placeres: están los que extrae del fondo de su misma existencia; otros, que resultan de su unión con el cuerpo; y finalmente los que se fundan en las costumbres y prejuicios que ciertas instituciones, ciertos usos, le han hecho adoptar3.

Son estos diferentes placeres de nuestra alma los que conforman los objetos del gusto, como lo bello, lo bueno, lo agradable, lo ingenuo, lo delicado, lo tierno, lo gracioso, el no sé qué, lo noble, lo grande, lo sublime, lo majestuoso, etc. Por ejemplo, cuando encontramos placer al ver una cosa con cierta utilidad para nosotros, decimos que es buena; cuando encontramos placer en verla, sin que discernamos una utilidad concreta, la llamamos bella.

Los antiguos no habían desentrañado esto correctamente; consideraban cualidades positivas a todas las cualidades relativas de nuestra alma, lo cual provoca que esos diálogos en los que Platón hace razonar a Sócrates, esos diálogos tan admirados por los antiguos, sean hoy insostenibles, porque se fundan en una filosofía falsa: pues todos esos razonamientos aplicados a lo bueno, lo bello, lo perfecto, lo sabio, lo loco, lo duro, lo blando, lo seco, lo húmedo, tratados como cosas positivas, ya no significan nada4.

Las fuentes de lo bello, de lo bueno, de lo agradable, etc., están por ende en nosotros mismos; y buscar sus razones es buscar las causas de los placeres de nuestra alma.

Examinemos pues nuestra alma, estudiémosla en sus acciones y en sus pasiones, indaguémosla en sus placeres; allí es donde ella más se manifiesta. La poesía, la pintura, la escultura, la arquitectura, la música, la danza, las diferentes clases de juego, en fin, las obras de la naturaleza y del arte, pueden darle placer: veamos por qué, cómo y cuándo se lo dan; intentemos explicar nuestros sentimientos: eso podrá contribuir a la formación de nuestro gusto, que no es otra cosa que la ventaja de descubrir, con delicadeza y prontitud, la medida del placer que cada cosa ha de proporcionar a los hombres.

De los placeres de nuestra alma

El alma, aparte de los placeres que le vienen de los sentidos, tiene otros que le sobrevendrían con independencia de aquéllos, y que le son propios; tales son los que le proporcionan la curiosidad, las ideas relativas a su grandeza, a sus perfecciones, la idea de su existencia opuesta al sentimiento de la noche5, el placer de abrazarlo todo en una idea general, el de ver una gran cantidad de cosas, etc., el de comparar, de unir y separar las ideas. Estos placeres están en la naturaleza del alma, independientemente de sus sentidos, porque pertenecen a todo ser que piensa: y es totalmente indiferente preguntarse si nuestra alma tiene estos placeres como substancia unida al cuerpo, o como separada del cuerpo, porque los tiene siempre, y porque son los objetos del gusto: de modo que aquí no distinguiremos en absoluto los placeres del alma que le vienen de su naturaleza de aquellos que le vienen de su unión con el cuerpo; llamaremos naturales a todos estos placeres, y los distinguiremos de los placeres adquiridos que el alma se procura a través de ciertos vínculos con los placeres naturales; y, del mismo modo y por la misma razón, distinguiremos el gusto natural y el gusto adquirido.

Es bueno conocer el origen de los placeres, de los que el gusto viene a ser la medida; el conocimiento de los placeres naturales y adquiridos habrá de servirnos para rectificar nuestro gusto natural y nuestro gusto adquirido. Es preciso partir del estado en el que se encuentra nuestro ser, y averiguar cuáles son sus placeres, para llegar a medirlos, y a veces incluso a sentirlos6.

Si nuestra alma no hubiera estado en absoluto unida al cuerpo, ella de todos modos habría conocido; y es probable que hubiera amado eso conocido: mientras que tal como son las cosas casi no amamos más que lo que no conocemos.

Nuestra manera de ser es completamente arbitraria; podríamos haber sido hechos tal como somos, o bien de algún otro modo. Pero, de haber sido hechos de otro modo, sentiríamos de una manera distinta7; un órgano de más o de menos en nuestro organismo habría determinado otra elocuencia, otra poesía: por ejemplo, si la constitución de nuestros órganos nos hubiese vuelto capaces de una atención más sostenida, todas las reglas que proporcionan la disposición del tema a la medida de nuestra atención ya no tendrían lugar; si nos tornásemos capaces de una mayor penetración, todas las reglas que se basan en la medida de nuestra penetración caerían del mismo modo; en fin, todas las leyes establecidas sobre el hecho de que nuestro organismo es de una cierta manera podrían ser diferentes.

Si nuestra vista hubiese sido más débil y más confusa, se habrían necesitado menos molduras y más uniformidad en los componentes de la arquitectura; si nuestra vista hubiese sido más clara, y nuestra alma capaz de abrazar más cosas de una vez, más ornamentos habrían hecho falta en la arquitectura; si nuestras orejas hubiesen sido como las de algunos animales, habría sido necesario reformar muchos de nuestros instrumentos musicales. Bien sé que las relaciones que las cosas tienen entre sí habrían subsistido, pero de haber cambiado la relación que tienen con nosotros, las cosas que, en el estado presente, causan en nosotros un cierto efecto, ya no lo causarían; y como la perfección del arte consiste en presentarnos las cosas de forma tal que nos produzcan el mayor placer posible, sería preciso que hubiese modificaciones en las artes, puesto que otra sería la manera adecuada para darnos placer.

Uno cree en principio que bastaría con conocer las diversas fuentes de nuestros placeres para tener gusto; y que, cuando uno ha leído lo que la filosofía nos dice al respecto, ya alcanzó el gusto, y puede juzgar obras atrevidamente. Pero el gusto natural no es un conocimiento teórico; es una aplicación pronta y exquisita de ciertas reglas que uno ni siquiera conoce. No es necesario saber que el placer que nos produce una determinada cosa proviene de la sorpresa; basta con que ella nos sorprenda, y que nos sorprenda justo en la medida en que debe hacerlo, ni más ni menos.

De modo que todo lo que pudiéramos decir, y todos los preceptos que pudiéramos ofrecer para formar el gusto, no pueden concernir sino al gusto adquirido, vale decir que no pueden concernir directamente sino a este gusto adquirido, aun cuando éste se siga ateniendo indirectamente al gusto natural: pues el gusto adquirido afecta, cambia, aumenta y disminuye el gusto natural; así como el gusto natural afecta, cambia, aumenta y disminuye el gusto adquirido.

La definición más general del gusto, sin considerar si es buena o mala, si es justa o no lo es, consiste en que es aquello que nos liga a una cosa por medio del sentimiento; lo cual no impide que se pueda aplicar a las cosas intelectuales, cuyo conocimiento le proporciona al alma tanto placer, que ha sido la única felicidad que algunos filósofos pudieron comprender. El alma conoce a través de sus ideas y de sus sentimientos; recibe placeres a través de esas ideas y de esos sentimientos8: pues, aunque opusiésemos la idea al sentimiento, cuando el alma ve una cosa, la siente; y no hay cosas tan intelectuales como para que ella no las vea o que no crea verlas, y por ende para que no las sienta.

Del espíritu en general

El espíritu es el género que abarca muchas especies: el genio, el buen sentido, el discernimiento, la precisión, el talento, el gusto.

El espíritu consiste en tener los órganos bien constituidos en relación con las cosas a las cuales se aplica. Si la cosa es extremadamente particular, se lo llama talento; si tiene más que ver con un cierto placer delicado de la gente de mundo, se lo llama gusto; si la cosa particular es exclusiva de un pueblo, el talento se llama espíritu, como el arte de la guerra y la agricultura para los romanos, la caza para los salvajes, etc.

De la curiosidad

Nuestra alma está hecha para pensar, es decir, para percibir; ahora bien, semejante ser debe tener curiosidad: pues, como todas las cosas están en una cadena en la que cada idea precede a otra y es precedida por una más, a uno no le puede gustar ver una cosa sin desear ver otra; y si no tenemos para esta última tal deseo, no habremos tenido ningún placer en la primera. Así, cuando se nos muestra una parte de un cuadro, anhelamos ver la parte que se nos oculta, en proporción al placer que nos haya causado la que hemos visto.

Es el placer que nos da un objeto, entonces, el que nos lleva a otro; es por eso que el alma busca siempre cosas nuevas, y no descansa jamás.

De ese modo, siempre estaremos seguros de complacer al alma, en tanto que le hagamos ver muchas cosas, o más de las que ella esperaba ver.

Podemos explicar así la razón por la que sentimos placer cuando apreciamos un jardín muy regular, aunque también nos agrade ver un lugar agreste y rústico: es la misma causa la que produce ambos efectos.

Como nos gusta ver un gran número de objetos, querríamos extender nuestra vista, estar en muchos lugares, recorrer más espacio; para abreviar: nuestra alma sigue los límites, y querría, por así decir, extender la esfera de su presencia; así que para ella es un gran placer llevar su vista a la lejanía. ¿Pero cómo hacerlo? En las ciudades, nuestra vista está limitada por las casas; en el campo, lo está por mil obstáculos; apenas podemos ver tres o cuatro árboles. El arte viene en nuestro auxilio, y nos descubre la naturaleza que se oculta a sí misma; amamos el arte, y lo amamos más que a la naturaleza, vale decir, la naturaleza que rehuye nuestros ojos. Pero, cuando encontramos situaciones bellas, cuando nuestra vista en libertad consigue ver a lo lejos prados, arroyos, colinas y las disposiciones que han sido creadas, por así decir, con ese propósito, la vista resulta hechizada de un modo muy diferente a cuando ve los jardines de Le Nôtre9; porque la naturaleza no se copia, mientras que el arte se asemeja siempre. Es por eso que, en pintura, preferimos un paisaje al plano del jardín más bello del mundo; es que la pintura no toma a la naturaleza sino allí donde ésta es bella, allí donde la vista puede extenderse a lo lejos y en toda su amplitud, allí donde es variada, allí donde puede ser vista con placer.

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Age restriction:
0+
Release date on Litres:
26 March 2025
Volume:
51 p. 3 illustrations
ISBN:
9789875992771
Publishers:
Copyright Holder::
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