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Montaigne

De la vanidad



Montaigne, Michel Eyquen deDe la vanidad. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2012. - (Trazos; 0)E-Book.ISBN 978-987-599-276-41. Ensayo Francés.CDD 844

Traducción: Ariel dilon

Ilustraciones de tapa y contratapa: María rabinovich

Título original: De la vanité

© Libros del Zorzal, 2006

Buenos Aires, Argentina

Esta obra fue publicada con el apoyo del Centre National du Livre / Ministerio Francés a cargo de la cultura. Ouvrage publié avec le soutien du Centre National du Livre / Ministère Français chargé de la culture.

Esta obra, publicada en el marco del Programa de Ayuda a la Publicación Victoria Ocampo, ha recibido el apoyo del Ministère des Affaires Etrangères y del Servicio Cultural de la Embajada de Francia en la Argentina. Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’Aide à la Publication Victoria Ocampo, bénéficie du soutien du Ministère des Affaires Etrangères et du Service Culturel de l’Ambassade de France en Argentine.

Libros del Zorzal

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Acaso no exista más expresa vanidad que la de escribir tan vanamente sobre ella. Lo que tan divinamente la divinidad nos expresó al respecto1 debería ser continua y cuidadosamente meditado por las personas de discernimiento.

¿Quién no ve que he tomado un camino por el cual seguiré, sin esfuerzo y sin pausa, mientras haya en el mundo papel y tinta? No puedo llevar a través de mis acciones el registro de mi vida: demasiado abajo las pone la fortuna; he de llevarlo por mis fantasías. Una vez vi a un gentilhombre que no comunicaba su vida sino por las operaciones de su vientre: en su casa se podía ver, en exhibición, una hilera de bacinillas de siete u ocho días; aquello era su estudio, sus discursos; cualquier otra declaración le repugnaba. Éstos son, más cortésmente, los excrementos de un viejo espíritu, a veces duro, a veces flojo, siempre indigesto. ¿Y cuándo terminaré de representar la continua agitación y mutación de mis pensamientos, en cualquier materia que recaigan, si seis mil libros llenó Diomedes con el solo asunto de la gramática? ¿Cuál no será el producto del parloteo, cuando la tartamudez y el desatar la lengua ahogaron al mundo con tan horrenda carga de volúmenes? ¡Tantas palabras sólo para las palabras! ¡Oh, Pitágoras2, que no hayas conjurado también esa tormenta!

Se acusaba a un Galba de tiempos pasados de vivir ociosamente; él respondía que cada uno debe rendir cuenta de sus acciones, no de su reposo. Se equivocaba: pues la justicia conoce y reprueba igualmente a aquellos que retozan. Pero alguna coerción de las leyes debería haber contra los escritores inútiles e ineptos, como la hay contra los vagabundos y los holgazanes. Se los desterraría de las manos de nuestro pueblo, a mí con ellos y a otros cien. No es broma. La escribiduría parece ser el síntoma de un siglo de desbordes. ¿En qué circunstancia escribimos tanto como cuando nos hallamos perturbados?, ¿cuándo lo hicieron los romanos, sino en la hora de su ruina? Por otra parte, el refinamiento de los espíritus no significa su elevación en sensatez, dentro de una sociedad; esa ocupación ociosa nace de que cada uno se aferra indolentemente al ejercicio de su profesión, y con ello se envicia. La corrupción del siglo se compone de la contribución particular de cada uno de nosotros: unos proveen la traición, otros la injusticia, la irreligión, la tiranía, la avaricia, la crueldad, conforme son más poderosos; los más débiles aportan la estupidez, la vanidad, la ociosidad: yo pertenezco a estos últimos. Parece que estuviésemos en temporada de cosas vanas, cuando las perjudiciales nos apremian. En un tiempo en el que el obrar malvadamente es tan común, actuar tan sólo inútilmente es casi loable. Me consuela saber que seré de los últimos a los que habrá que echarles la mano encima. Mientras haya que ocuparse de los más urgentes, yo me impondré la tarea de enmendarme. Pues me parece reñido con la razón perseguir los inconvenientes menores, cuando los grandes nos infestan. El médico Filotimo, a uno que le traía su dedo para que se lo curase y a quien por el rostro y el aliento le reconoció una úlcera en los pulmones, le dijo: “Amigo mío, no es momento de entretenerte con tus uñas”.

A este respecto, no obstante, hace algunos años he visto que un personaje cuya memoria tengo en singular estima, en medio de nuestros grandes males, cuando no había ni ley ni justicia, ni magistrado alguno que cumpliese con su deber más que cuanto los hay ahora, fue a publicar no sé qué insignificantes reformas sobre el vestir, la cocina y los pleitos. Con tales distracciones se apacienta a un pueblo maltratado para fingir que no se lo ha dejado del todo en el olvido. Hacen lo mismo aquellos que se detienen a defender a toda costa las formas de hablar, las danzas y los juegos de un pueblo extraviado en toda clase de vicios excecrables. No es tiempo de lavarse y de limpiarse cuando se ha caído víctima de una buena fiebre. Sólo los espartanos se peinan y se acicalan cuando están a punto de precipitarse en algún peligro extremo para sus vidas.

En cuanto a mí, tengo esta otra costumbre peor: si tengo un escarpín torcido, lo dejo más torcido aún, y mi camisa y mi capa con él; desdeño enmendarme a medias. Cuando estoy de mal talante, me encarnizo en el mal; me abandono por desesperación y me dejo ir hacia el abismo; echo, como se dice, el mango tras el hacha; me obstino en empeorar y ya no me considero digno de mi cuidado: o todo bien o todo mal.

Va en mi favor el hecho de que a la desolación de este Estado se une la desolación de mi edad: soporto de mejor gana que se recarguen así mis males, y no que mis bienes vengan a turbarse. Las palabras que expreso en la desgracia son palabras de despecho; mi coraje se eriza en lugar de aplastarse. Y, al revés que los demás, me encuentro más devoto en la buena que en la mala fortuna, siguiendo el precepto de Jenofonte, aunque no su razón; y alzo más gustoso los tiernos ojos al cielo para agradecerle que para pedirle. Me esmero más en aumentar la salud cuando ella me sonríe, que en recuperarla cuando la he perdido. Las prosperidades me sirven de disciplina y de instrucción, como a los otros las adversidades y los azotes. Como si la buena fortuna fuese incompatible con la buena conciencia, los hombres no se tornan gentes de bien sino en la mala. La dicha es para mí un singular acicate de la moderación y la modestia. La plegaria me gana, la amenaza me repele; el favor me doblega, el temor me endurece.

Entre las condiciones humanas, ésta es bastante común: que nos gusten más las cosas ajenas que las nuestras, y amar el movimiento y el cambio.

Ipsa dies ideo nos grato perluit haustu

Quod permutatis hora recurrit equis.3

Yo soy de la partida. Aquellos que siguen el camino opuesto, el de complacerse en ellos mismos, el de estimar lo que tienen por encima del resto y no reconocer ninguna forma más hermosa que la que tienen ante sus ojos, si no son más avisados que nosotros, con seguridad son más felices. No envidio en absoluto su sabiduría, pero sí su buena suerte.

Esta avidez de cosas nuevas y desconocidas colabora a alimentar en mí el deseo de viajar, pero otras circunstancias concurren a ello. Me aparto de buen grado del gobierno de mi casa. Hay una cierta comodidad en mandar, aunque sea en una granja, y en ser obedecido por los suyos; pero es un placer demasiado uniforme y languideciente. Y además, por fuerza está mezclado con muchos pensamientos fastidiosos: unas veces la indigencia y la opresión del pueblo de uno, otras veces las querellas entre sus vecinos, otras las usurpaciones de las que se suele ser víctima:

Aut verberatæ grandine vineæ,

Fundusque mendax, arbore nunc aquas

Culpante, nunc torrentia agros

Sidera, nunc hyemes iniquas; 4

y que en seis meses a duras penas enviará Dios una temporada con la que nuestro recaudador se contente a satisfacción, y que, si le sirve a las viñas, no arruine los prados:

Aut nimiis torret fervoribus ætherius sol,

Aut subiti perimunt imbres, gelidæque pruinæ,

Flabraque ventorum violento turbine vexant.5

Añádase el zapato nuevo y bien formado de aquel hombre de tiempos pasados, que nos lastima el pie6, y que el forastero no entiende cuánto nos cuesta y nos exige el mantener la apariencia de ese orden que en nuestra familia se ve, y que tal vez lo compramos demasiado caro.

Me apliqué muy tarde a la economía doméstica. Aquellos a quienes la naturaleza había hecho nacer antes que yo me descargaron de ello por largo tiempo. Yo había adoptado otras costumbres ya, más a tono con mi temperamento. No obstante, por lo que he podido ver, es una ocupación más absorbente que difícil: cualquiera que sea capaz de otra cosa lo será de ésta con holgura. Si yo buscara enriquecerme, ese camino me parecería demasiado largo; iría a servir a los reyes, tráfico más fértil que cualquier otro. Puesto que no pretendo ganarme otra reputación que la de no haber ganado nada, ni la de haber disipado nada, conforme con el resto de mi vida, tan inadecuada al obrar bien como al obrar mal, y que no procuro otra cosa que pasar, puedo hacerlo, a Dios gracias, sin demasiada atención.

En el peor de los casos, siempre se podrá recurrir al recorte de gastos frente a la pobreza. Es a lo que yo me atengo, y a reformarme antes de que ella me obligue. Por lo demás, he establecido en mi alma suficientes gradaciones para poder pasarla con menos de lo que tengo; quiero decir, pasar con satisfacción. Non aestimatione census, veram victu atque cultuterminatur pecuniae modus.7 Mi auténtica necesidad no ocupa con tanta exactitud mis haberes como para que la fortuna no tenga dónde morderme sin dejarme en carne viva.

Mi presencia, ignorante y desdeñosa como es, le pone el hombro a mis asuntos domésticos; me dedico a ellos, aunque a despecho. Añádase que en mi hogar me ocurre que, para tirar la casa por una de las ventanas, por la otra no se ahorra nada.

Los viajes no me dañan sino por el gasto, que es grande y sobrepasa mis fuerzas; habiéndome acostumbrado a andar no sólo con el equipaje necesario, sino con el que autoriza la honradez, tengo que hacerlos tanto más cortos y menos frecuentes, y no empleo en ellos más que las sobras y mis reservas, aplazando y difiriendo, según cómo vengan. No quiero que el placer del paseo corrompa el placer del reposo; al contrario, pretendo que se alimenten y se favorezcan el uno al otro.

Puesto que mi principal inclinación en esta vida era vivirla perezosamente y más bien con indolencia que con empeño, la fortuna me ha ayudado al quitarme de encima la necesidad de multiplicar riquezas para proveer a la multitud de mis herederos. Si uno de ellos no tiene bastante de lo que yo tan abundantemente he tenido, peor para él; su imprudencia no merece que yo desee otra cosa.

Y que cada uno provea suficientemente a sus hijos, a ejemplo de Foción, que sólo los mantiene en la medida en que se le parecen.

De ningún modo sería yo de la opinión de Crates. Él dejó su dinero al cuidado de un banquero bajo esta condición: si sus hijos eran unos tontos, que se lo diese; si eran astutos, que lo distribuyese entre los más humildes del pueblo. Como si los tontos, por ser menos capaces de arreglárselas, fuesen más aptos para gastar las riquezas.

Tanto es así que, mientras tenga cómo sobrellevarlo, no me parece que el perjuicio causado por mi ausencia merezca que me niegue a aceptar, cuando ellas se presentan, las ocasiones de distraerme de tan penosa asistencia. Siempre hay alguna cosa que se atraviesa. Los asuntos de una casa u otra vienen a importunar. Todo lo alumbra uno desde demasiado cerca; la propia perspicacia nos perjudica aquí al igual que en otras partes. Yo eludo las ocasiones de fastidio, y le doy la espalda al conocimiento de aquello que anda mal; y no obstante no puedo hacerlo tanto como para no tropezar a cada momento con algo que me desagrada. Las bribonadas que más me ocultan son aquellas que mejor conozco. Las hay que, para que hagan menos daño, tiene uno que ayudarse a sí mismo a ocultar. Vanas estocadas, vanas a veces, pero siempre estocadas. Las dificultades más menudas y esmirriadas son las más punzantes; y así como las letras pequeñas lastiman y cansan más los ojos, así nos aguijonean más los pequeños asuntos. La turba de los males menudos perjudica más que la violencia de uno solo, por grande que sea. Cuanto más tupidas y delgadas son esas espinas domésticas, se nos clavan de modo más penetrante y, sin mediar amenaza, fácilmente nos sorprenden desprevenidos.

Yo no soy filósofo: los males me oprimen según lo que pesan; y pesan por su forma tanto como por su materia, a menudo más. Mi conocimiento supera el del vulgo; así que tengo más paciencia. En fin, si los males no me hieren, me ofenden. Cosa delicada es la vida, y fácil de perturbar. Una vez que mi rostro se ha vuelto hacia el pesar, nemo enim resistit sibi cum cœperit impelli8, por tonta que sea la causa que me haya llevado a él, con ello se irrita mi ánimo, que se alimenta y se exaspera con su propia agitación; atrayendo y amontonando uno sobre otro los asuntos en los que se ha de pastar.

Stillicidi casus lapidem cavat.9

Estas ordinarias goteras me devoran.

Los inconvenientes comunes nunca son leves. Son continuos e irreparables, especialmente cuando nacen de los miembros de la familia, constantes e inseparables.

Cuando considero mis asuntos de lejos y en líneas generales, encuentro, quizá por no tener una memoria nada exacta, que hasta ahora han ido prosperando más allá de mis cálculos y previsiones. Extraigo de ellos, me parece, más de lo que hay; su ventura me traiciona. Pero en cuanto me hallo en medio de la tarea, y veo caminar todas esas parcelas,

Tum vero in curas animum diducimur omnes,10

mil cosas me hacen temer y anhelar. Abandonarlas por completo me resulta muy fácil; abocarme a ellas sin causarme pesar, muy difícil. Es lastimoso encontrarse en un lugar donde todo lo que uno ve lo atarea y lo concierne. Y me parece que disfruto más alegremente de los placeres de una casa ajena, que gozo de ellos de manera más cándida. Diógenes respondió como yo, a aquél que le preguntaba qué clase de vino consideraba el mejor: el de los otros, dijo.

A mi padre le gustaba edificar en Montaigne, donde había nacido; y en toda esa organización de asuntos domésticos, yo me complazco en servirme de su ejemplo y de sus reglas, las cuales transmitiré en cuanto me sea posible. Si pudiese hacer algo mejor por él, lo haría. Me vanaglorio de que su voluntad todavía se ejerza y actúe a través de mí. No quiera Dios que yo deje flaquear entre mis manos alguna imagen de vida que pueda ofrendar a tan buen padre. Cuando me he aplicado a terminar algún viejo lienzo de pared y arreglar alguna pieza de la mampostería mal alisada, sin duda ha sido más en consideración de sus propósitos que de mi propia satisfacción. Y acuso a mi holgazanería de haber omitido perfeccionar los hermosos comienzos que él dejó en su casa; tanto más cuanto estoy en disposición de ser el último detentor de mi raza y de aplicarle la última mano. Pues en cuanto a mi dedicación particular, ni ese placer de construir que consideran tan atractivo, ni la caza, ni los jardines, ni esos otros placeres de la vida retirada pueden entretenerme mucho. Es algo que me reprocho, como todas las otras opiniones que me resultan incómodas. Prefiero tener opiniones adecuadas y cómodas para la vida, antes que firmes y doctas: basta que sean útiles y agradables, lo cual las hace también sanas y verdaderas. Me afligen aquellos que, al oírme mencionar mi incapacidad para las gestiones domésticas, vienen a susurrarme al oído que eso no es otra cosa que desdén, que evito conocer los instrumentos de labranza, sus temporadas, su orden, cómo se elaboran mis vinos, cómo se injerta, y que ignoro el nombre y la forma de las hierbas y los frutos y el condimento de las carnes de las que vivo, el nombre y el precio de las telas con que me visto, para poner mi empeño en alguna ciencia más alta. Sería una estupidez, y más bien necedad que gloria. Me preferiría a mí mismo buen jinete y no buen lógico:

Quin tu aliquid saltem potius quorum indiget usus,

Viminibus mollique paras detexere junco?11

Atosigamos nuestro pensamiento con lo general y con las causas y conductas universales, que se conducen muy bien sin nosotros, y dejamos atrás nuestro modo de obrar y a Miguel, quien nos toca más de cerca aun que el hombre. Ahora bien, de ordinario yo me afinco en casa, pero querría estar más a gusto allí que en otra parte.

Sit meae sedes utinam senectae,

Sit modus lasso maris, et viarum,

Militiaeque.12

No sé si he de conseguirlo. Querría que en lugar de cualquier otra parte de su sucesión, mi padre me hubiese legado ese amor apasionado que en sus años ancianos consagraba a los asuntos de su casa. Estaba muy feliz de concentrar sus deseos en su fortuna, y de saber contentarse con lo que tenía. Aun cuando la filosofía política me acusase de bajeza y esterilidad a causa de mi ocupación, ojalá pudiese alguna vez tomarle el gusto como él. Soy de la opinión de que el oficio más honorable es el de servir al público y ser útil a muchos. Fructus enim ingenii et virtutis omnisque praetantiae tum maximus accipitur, cum in proximum quemque confertur.13 En lo que a mí respecta, me aparto de ello: primero por conciencia (pues allí donde veo el peso que gravita sobre tales profesiones, también veo los escasos medios que tengo para ejecutarlas; y Platón, maestro de obras en todo gobierno político, no dejó nunca de abstenerse), pero también por cobardía. Me contento con disfrutar del mundo sin apremio, con vivir una vida apenas excusable, y con que sólo no me pese ni a mí ni a los demás. Jamás hombre alguno se dejó ir tan completamente y con tanto abandono al cuidado y gobierno de un tercero como lo haría yo si tuviese de quién. Uno de mis anhelos para esta hora sería el de encontrar yerno que supiese cebar mi vejez y adormecerla, entre cuyas manos con toda soberanía depositase yo la conducción y el uso de mis bienes; que hiciera de ellos lo que yo hago y obtuviera de mí lo que obtengo de ellos, con tal de que aportase un ánimo verdaderamente agradecido y amigo. Pero ¿cómo? Vivimos en un mundo en el que la lealtad de los propios hijos es desconocida.

Aquel que tiene la custodia de mis fondos durante mis viajes la tiene completa y sin control: me engañaría de todos modos al hacer las cuentas; y si no se trata de un diablo, lo obligo a obrar bien por medio de tan despreocupada confianza. Multi fallere docuerunt, dum timent falli, et aliis jus peccandi suspicando fecerunt14. La seguridad más común que obtengo de los míos, es el desconocimiento. No presumo los vicios sino después de haberlos visto, y me fío más de los jóvenes, a quienes estimo menos estropeados por el mal ejemplo.

Prefiero oir decir, al cabo de dos meses, que he disipado cuatrocientos escudos, que sentir azotar mis orejas todas las noches por tres, cinco, siete. Sin embargo, he sido despojado por esta clase de hurtos tan poco como cualquier otro.

Es verdad que le doy una mano a la ignorancia: alimento un poco adrede el conocimiento turbio e impreciso de mi dinero; en cierta medida me satisface poder dudar. Hay que dejarle un poco de espacio a la deslealtad o la imprudencia de nuestro criado. Si en términos generales nos queda bastante para solventar nuestros fines, ese excedente de la liberalidad de la fortuna, dejémoslo correr un poco más a su discreción: la porción del buscavidas. Después de todo, no aprecio tanto la fidelidad de mi gente como desprecio su agravio. Oh, el vil e imbécil estudio de estudiar nuestro dinero, de complacerse en tocarlo, pesarlo y recontarlo. Es por allí que se acerca la avaricia.

En los dieciocho años que llevo administrando bienes, no he sabido persuadirme de ver mis títulos ni mis principales negocios, que necesariamente han de pasar por mi conocimiento y mi cuidado. No se trata de un desprecio filosófico por las cosas transitorias y mundanas; no tengo el gusto tan depurado, y las aprecio por lo menos en lo que valen; sino que sin duda es pereza y negligencia inexcusable y pueril. ¿Qué no haría yo en vez de leer un contrato, y de ir sacudiendo ese papeleo polvoriento, siervo de mis negocios? ¿O peor aún, de los ajenos, como hace tanta gente, a cambio de dinero? Nada me resulta tan caro como las preocupaciones y aflicciones, y no busco otra cosa que entregarme a la indolencia y apoltronarme.

Sería yo, eso creo, más apto para vivir de la fortuna de los otros si pudiera hacerlo sin obligaciones ni servidumbre. Y sin embargo, cuando lo examino de cerca, no sé si, de acuerdo con mi disposición y mi talante, lo que tengo que soportar de los negocios y de los servidores y de los criados no conlleva más abyección, inoportunidad y acritud de cuanto tendría el seguir a un hombre, nacido mejor que yo, que me guiara un poco a mi gusto. Servitus obedientia est fracti animi et abjecti, arbitrio carentis suo.15 Crates hizo peor, pues se arrojó a la licencia de la pobreza para deshacerse de las indignidades y cuidados de la casa. Yo no haría tal cosa (odio la pobreza así como el dolor), pero sí cambiaría esta clase de vida por otra de menor valía y menos atareada.

Cuando estoy ausente, me desembarazo de todos esos pensamientos; y sentiría menos la ruina de una torre que, de hallarme presente, la caída de una teja. Mi alma se desentiende con toda soltura cuando está aparte, pero al estar presente sufre como la de un viñador. Una rienda torcida en mi caballo, un cabo de estribera que me golpea la pierna, me tendrán todo un día de mal humor. Elevo bastante mi ánimo al tropezar con inconvenientes, los ojos no los puedo alzar.

Sensus, osuperi, sensus.16

En casa, respondo por todo lo que anda mal. Pocos amos hay, hablo de aquellos de mediana condición como es la mía, y si los hay son más dichosos, pues pueden delegar en un lugarteniente para quitarse buena parte de la carga. Esto, con seguridad, disminuye en algo mi manera de tratar a los que llegan de improviso (y acaso he podido retener a alguno más por mi cocina que por mi amabilidad, como hacen los intratables), y le resta mucho al placer que yo debería disfrutar en casa con la visita y la reunión de mis amigos. El más tonto comportamiento de un gentilhombre en sus dominios es verlo molesto con el desenvolvimiento de su organización, hablarle a un criado al oído, amenazar a otro con los ojos; dicha organización debe discurrir insensiblemente y aparentar seguir un curso ordinario. Y encuentro feo que se entretenga a los huéspedes con el tratamiento que se le dispensa, tanto para excusarlo como para alabarlo. Me gustan el orden y la limpieza,

Et cantharus et lanx ostendunt mihi me,17

por sobre la abundancia; y en casa velo exactamente por lo necesario, poco por la ostentación. Si un criado discute en casa de otros porque un plato se vuelca, uno no hace más que reír; uno duerme mientras el señor arregla con su mayordomo su labor para nuestra atención del día siguiente.

Hablo de esto según mi parecer, sin dejar de apreciar en general cuán agradable diversión es para ciertas naturalezas una gestión de hogar apacible y próspera, conducida por un orden regular, ni queriendo ligar al tema mis propios errores e inconvenientes, ni desmentir a Platón, que considera que la más feliz ocupación para cada uno es llevar adelante sus propios asuntos sin injusticia.

Cuando viajo, no tengo que pensar más que en mí y en el empleo de mi dinero; en ello interviene un solo concepto. Acumular requiere demasiados factores, me pierdo. De gastar y concebir mis gastos algo entiendo, que es en verdad el uso principal del dueño. Pero pongo en mis gastos expectativas demasiado ambiciosas, que los tornan desiguales y deformes, y por lo demás inmoderados en todo aspecto. Cuando esos gastos lucen, cuando sirven, me dejo llevar por ellos indiscretamente, y me restrinjo de manera igualmente indiscreta si no lucen o si no me sonríen.

Sea lo que fuere, arte o naturaleza, lo que nos imprime esta condición de vivir por la relación con los otros, nos hace mucho más mal que bien. Nos defraudamos en nuestras propias utilidades para conformar las apariencias a la opinión común. No nos importa tanto lo que somos efectivamente en nosotros mismos, como lo que somos para el conocimiento público. Hasta los bienes del espíritu y de la sabiduría nos parecen carentes de fruto, si no son gozados más que por nosotros, si no se produce a la vista y aprobación ajenas. Hay quienes derraman oro a grandes borbotones por sitios subterráneos, imperceptiblemente; otros lo despliegan todo en planchas y en hojas; si para unos los centavos valen como escudos, para los otros lo contrario, pues el mundo estima la utilidad y el valor según la ostentación. Todo cuidado peculiar alrededor de las riquezas huele a avaricia, lo mismo su dispendio y la liberalidad demasiado ordenada y artificial: no merecen una precaución y una solicitud tan penosas. Quien quiere hacer el gasto justo, hace el limitado e inevitable. La custodia o el uso son de por sí cosas indiferentes, y no adquieren el color del bien o del mal sino según la aplicación de nuestra voluntad. La otra causa que me invita a esos paseos es el desacuerdo con las costumbres actuales de nuestro Estado. Fácilmente me consolaría de esta corrupción en lo que concierne al interés público,

Pejoraque saecula ferri

Temporibus, quorum sceleri non invenit ipsa nomen, et à nullo posuit natura metallo18

pero no en lo que concierne a mí mismo. A mí en particular me acosa demasiado. Pues en mi vecindad, por la larga licencia de estas guerras civiles, envejecemos muy pronto en una forma de Estado tan desbordada,

Quippe ubi fas versum atque nefas,19

que a decir verdad me maravilla que pueda mantenerse.

Armati terram exercent, semperque recentes convectare juvat prædas et vivere rapto,20

En fin, veo a través de nuestro ejemplo que la sociedad de los hombres se mantiene y se cuece, a cualquier precio. No importa en qué plato se los sirva, ellos se amontonan y se acomodan al removerse y se acumulan, como los objetos diversos que uno arroja a su bolsa encuentran por sí mismos la manera de unirse y de colocarse los unos entre los otros, a menudo mejor que como el arte los habría podido disponer. El rey Filipo reunió a los hombres más malvados e incorregibles que pudo encontrar, y los alojó a todos en una ciudad que les hizo construir, y que llevaba su nombre.21 Estimo que los vicios mismos erigieron entre ellos una estructura política y una sociedad confortable y justa.

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24 March 2025
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101 p. 3 illustrations
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9789875992764
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