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LA PARÁBOLA ARGENTINA
En un recorrido parabólico de más de dos siglos como nación, que tras superar dolorosos conflictos reconoció un ascenso que se aceleraría en la segunda mitad del siglo XIX y se extendería varias décadas en el XX, Argentina perdió impulso y comenzó a retrasarse relativamente dentro de distintos contextos sociales, internacionales e institucionales. El país que había despertado expectativas desmesuradas distaría mucho de concretarlas.
Tras intentos anteriores, en los que incluso abordaría comparaciones clásicas con otras experiencias nacionales, el autor retoma el tema del “enigma” o “misterio” argentino procurando llamar la atención sobre aspectos humanos, culturales, relacionales, internacionales, políticos, económicos y sociales que conforman una trama múltiple y lo hacen remontar a los orígenes formativos, el posterior aluvión inmigratorio, los logros y las transformaciones y convulsiones posteriores que concluyeron en una inocultable declinación, que hace tiempo no solo ha concitado la preocupación de propios, sino también, y en no pocos casos, de extraños –premios nobel, estudiosos, personalidades, literatos– que lo han registrado con expresiones aleccionadoras y también indelebles. Ello permite evocar un recorrido que conecte el arribo inicial y posterior de fragmentos o desprendimientos primariamente europeos, luego diversificados, y la evolución acaecida hasta una frustrante contemporaneidad, donde un pasado de inmigración ya ha conocido expresiones de lo opuesto.
Miguel Angel Asensio. Graduado en UNL y UNR. Doctor en Economía (UA, España) e Historia (UTDT, Argentina). Profesor de Economía Regional, Historia Económica y Finanzas Públicas. Dirigió el Doctorado en Administración Pública (UNL). Fulbright Scholar en EUA. Becario en Canadá y España. Consultor y Miembro de Instituciones Académicas (CFI, BM, OEA, AAEP, IIPF). Exministro de Hacienda de Santa Fe. Integra la Junta de Estudios Históricos (Santa Fe). Preside la Fundación Dos Siglos y el Observatorio Fiscal Federal. Sus últimos libros son Finanzas públicas y pensamiento fiscal (2020) y El federalismo en Argentina y Canadá: desafíos económicos e institucionales (2020). Recibió el Premio Provincias Unidas, ANDCS, Córdoba, 2019.
MIGUEL ANGEL ASENSIO
LA PARÁBOLA ARGENTINA
DE LOS FRAGMENTOS EUROPEOS AL ESPLENDOR Y EL DECLIVE

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Dedicatoria
Epígrafe
Prólogo
Introducción
Primera parte. Motivaciones impulsoras 1. Fragmentos y “todos” 2. La frontera, incitación y límite 3. Abarcantes y abarcados 4. Cultura e instituciones 5. Cualidades y cantidades
Segunda parte. Argentina en la deflagración humana 1. Raíces lejanas, raíces cercanas 2. Los hombres se mueven 3. Un primer desplazamiento 4. Un desierto, varios desiertos 5. El rincón poshispánico 6. Trapalanda, país de las estancias y país interior 7. La inmigración y las mezclas 8. Europa “invade” América 9. Un crisol sudamericano 10. ¿Una inmigración indeseable? 11. Nombres y anónimos de una gesta 12. La aventura del colono 13. Gringos, tanos, galos, “turcos”, gauchos judíos, gauchos galeses… 14. Las otras fronteras 15. Integración, absorción y bloqueos 16. Las matemáticas de la inmigración 17. Esbozo de un balance
Tercera parte. Barniznado la costra 1. La película de las ideas 2. La película institucional 3. El juego de contradicciones 4. Tribulaciones de la materia 5. Cambios en los paradigmas
Epílogo
Anexo
Bibliografía
Créditos
A mi familia, ahora ampliada con dos nietitos, quienes como mis hijos amarán a su patria y habrán de protagonizar el futuro.
Todo nos lleva a creer que la República Argentina está llamada a competir en su día con Estados Unidos de América, por su riqueza y extensión de su territorio y por la actividad de sus habitantes y el desarrollo e importancia de su industria y comercio, cuyo progreso no puede ser más visible.
Diccionario enciclopédico ilustrado La Fuente, Barcelona (ediciones desde 1919 a 1940).
Prólogo
La idea de escribir el presente ensayo responde a la continua preocupación en torno a un renovado pero siempre vigente enigma. No es otro que nuestro propio enigma, cuestión o problema, el argentino, expresado en un recorrido histórico parabólico y desilusionante, que no solo ha quitado, como al autor, el sueño a muchos connacionales, sino que también, y no es poco, ha incitado interrogantes que se reiteran y reaparecen en el ámbito internacional.
País del “eclipse”, de la “excepcionalidad”, de la “ainstitucionalidad”, de la promesa incumplida, de las expectativas frustradas, de “la causa”, del mito de la falsa riqueza, del paradojal “encanto”, del “misterio”, el que nos ocupa aquí es una vez más el nuestro, aunque con aditivos homeopáticos a otras interrogaciones y respuestas previas, tanto propias como ajenas, que sin duda continuarán, al menos mientras se mantenga o perdure tal enigma.
Si bien la construcción del ensayo se difirió mucho más de lo deseado, y es un ensamblado progresivo de partes –con alguna que quizás deba perfeccionar en el futuro–, procura encontrar respuestas a un omnipresente interrogante sobre las causales que motivan dicho enigma, otorgándole ese complejo carácter. Como tal, intenta nuevas aproximaciones sobre territorios tanto transitados como menos explorados.
Al mismo tiempo, y como cuando se gestó la idea, puede decirse que no nace de la contraposición a algunas perspectivas particulares, sino más bien de la conveniencia de aportar otras. Es cierto, empero, que percibe las insuficiencias de ciertos análisis que colocan el factor económico, el político u otros con caracteres excluyentes que suelen ocluir el movimiento conjunto que determina la interacción de las sociedades y su avance hacia estadios superiores de civilización.
Vale la pena, entonces, ubicar la trayectoria argentina dentro del marco general que ofrecen ciertas motivaciones impulsoras generales que, sin omitir elementos materiales, como la acumulación de factores y recursos, incorpore otros más elusivos y de eventual incidencia, así como el peso de su propio proceso formativo y sus dinámicas culturales, relacionales e institucionales. Ello anticipa la naturaleza compuesta del fenómeno de evolución societal examinado.
En esa perspectiva, el carácter transformador asimilable al de una verdadera “revolución en paz” que tuvo el flujo inmigratorio en la Argentina, con su peso demográfico y sin duda cultural, hace que nos haya incitado a explorar las que denominaremos “raíces profundas”, tanto las antiguas como las que no lo son tanto, mereciendo por ello una mirada consecuente.
En realidad, con ello cubrimos lo que podríamos identificar como “costra humana” adherida a un inmenso territorio, que en rigor es una costra que no ignora ni desconoce o niega las propias yuxtaposiciones o sobreposiciones que la han ido conformando. Incluso en lo que se conociera como “era aluvial”, podría entenderse que hubo sucesivos aluviones que la identificaron.
Tal costra humana, empero, ha de ser matizada y transformada, no solo por los valores incorporados y adicionados, sino por otras “películas”: la película mental que motiva la acción humana de esa costra, la película de ideas y creencias y la película institucional, entre varias otras.
Emerge primariamente, entonces, la potencial virtualidad de una adecuada combinación e interpenetración entre ellas. Esto, sin duda, puede hacer que ciertas costras operen distinto que otras en el escenario planetario. En torno a la mencionada resultante de combinar distintos elementos, giraremos sobre la idea de virtualidad o eficiencia de la confluencia alcanzada. Habiendo existido combinaciones, algunas fueron virtuosas y eficientes, otras solamente eficientes, pero como tales implicaron resultados positivos.
En el caso a develar, la existencia de ciertas combinaciones en ciertas instancias puede ser un elemento de ayuda en el esfuerzo indagatorio. Nuestro enigma, el que nos preocupa, es el de un microcosmos dentro del agregado mundial. Como fragmento, luego transformado, ha referido a “todos”, y estos al “gran todo”, entendido este en una perspectiva sistémica y abarcativa. Algo de ello procuraremos esbozar luego.
En el esfuerzo recopilatorio y de consulta, no exento de ciertas limitaciones, quedan obvias deudas de cooperación, siendo injusta toda enunciación que forzosamente generaría omisiones. Sin embargo, hay una vez más una víctima que no ha podido resultar indemne a las inclinaciones vocacionales del autor: su familia.
De todas formas, como es norma y como no puede resultar de otra manera, el resultado que se expone en la secuencia de partes adoptada seguidamente, con sus eventuales logros y sin duda abundantes insuficiencias, es naturalmente de exclusiva responsabilidad de quien ha llevado esta pequeña obra a su concreción.
M. Á. A.
Introducción
La conformación de las sociedades nacionales y el logro de determinados estadios de desarrollo es el fruto de largos procesos de adaptación, asimilación, transformación y cambio. Ello ha acontecido sobre períodos más o menos prolongados de tiempo. Es obvio que ante las decantaciones milenarias de Europa, las experiencias de los países americanos, con sus ya no tan noveles cinco siglos a partir de su descubrimiento por europeos, son considerablemente más cortas.
La parábola a la que aludimos en el título nos remite intuitivamente a la trayectoria de un objeto que, proyectado en sentido ascendente, alcanza y hasta permanece temporalmente en una posición elevada y luego desciende. Los calificativos que la expresan en la Argentina contienen una inocultable insatisfacción.1 Y ello en términos absolutos pero más aún relativos o comparativos, o sea, con relación a otros. Acumula la decepción de quien experimentara o conociera tiempos mejores y siente los síntomas del atraso.
El derrotero argentino ha sido un reiterado objeto de interrogación y hasta de perplejidad intelectual para propios y extraños, lo cual no ha logrado u ocasionado el cese en la continuidad y el agravamiento de su deriva. Ello, a su vez, motiva la persistencia de los interrogantes e intentos de elucidación.2 El plan seguido en este ensayo, asumiendo la profusión y preexistencia de diversas tentativas, agregará otra a partir de tres componentes.
Inicialmente, en la primera parte, se realizará –sin ninguna intención de agotarlas– una consideración sobre algunas de las fuentes más generales de avance o progreso nacional o, si se quiere, de cambio histórico progresivo, sin pretender sustituir, y en todo caso utilizándolas por integración, a las más detalladas o analíticas de tipo económico. Sin llegar –ni mucho menos– a construcciones tan grandiosas como las de “desafío y respuesta” (Toynbee, 1953), se mencionará el papel cultural-institucional, la perspectiva relacional, y la importancia global y localizada de los conjuntos avanzados y en avance.
En la segunda parte se examinará una vez más, aunque con un papel pivotal, el proceso de migraciones internacionales que envolvió a la Argentina. No consistiendo en este aspecto particular una incursión en un territorio no recorrido, será entonces un ámbito de revisión reiterado de cara a legitimar aquella búsqueda, aunque desde una perspectiva que se entiende o procura como enriquecedora.
Compararemos ese proceso con una “deflagración humana”. Dado el hecho de que la América contemporánea como un todo sea una consecuencia del derrame o la “difusión” de Europa, hace atractivo el preguntarse por las resultantes de tales procesos, lo cual, atento al carácter de habitado que tenía el continente en tiempos precolombinos, presupuso la fusión o mezcla de razas. Hubo una fusión interracial cuando se produjeron mestizaciones, mientras que los europeos continuaron con sus fusiones intrarraciales cuando no se cruzaron y mantuvieron la pureza de la raza blanca.
Por otro lado, dados los distintos tiempos –desfasaje temporal y de épocas– en que los desplazamientos desde Europa se produjeron, así como los motivos que los indujeron, arrojan un impacto distinto sobre cada uno de los países en que tales procesos se verificaron. Unos fueron contactos iniciales de conquista. Otros respondían desde el inicio a la búsqueda de vidas y horizontes nuevos. Estos motivos diferentes también incidieron en los cursos históricos posteriores.
En el caso argentino, el fenómeno adquiere un interés singular desde que la formación de una nación, o varias, en el área de irrigación de los afluentes del Plata no puede entenderse sin la confluencia de la antigua sociedad herencia de la colonia, fruto a su vez del primer desplazamiento, con la masa heterogénea posterior, trasvasamiento o transfusión de nueva sangre europea, que significó el segundo gran desplazamiento para esta parte de Sudamérica.
Consecuentemente, se analizarán algunos aspectos relevantes de esa experiencia. En esa orientación, se arriesgarán algunas incursiones sociológicas, demográficas y económicas sobre un vasto territorio histórico, que debería prevenir inicialmente sobre cualquier tipo de reduccionismos o simplificaciones, dada su naturaleza sedimentaria y compleja.
En la tercera parte, asumiendo que del colosal movimiento humano observado antes se formaría un más denso o espeso componente demográfico y social que resultaría materia prima para las transformaciones posteriores, cual verdadera “costra”, consideraremos como “pátinas” o “películas” modificadoras otros elementos de la sociedad y la cultura.
Con tal motivo, se agregarán lo que hemos denominado “películas de ideas” y “película institucional”, los cambios en los paradigmas y en los esquemas de relaciones o funcionamiento en contextos de abarcatura impulsora, para denotar la transformación agregada sobrellevada por la Argentina. Las concebimos como reiteradas “manos” de barniz aplicadas con la brocha o pincel del pintor en que se encarna el proceso de la historia.
La idea dominante, ya anticipada fugazmente en el prólogo, es que el suceso o la frustración en los procesos históricos para una sociedad nacional derivan de una combinación virtuosa o eficiente de factores y causas, los que pueden mantenerse durante largos períodos de tiempo, o consistir solamente en resultados de época. Siempre, empero, esa combinación es necesaria, lo que puede ayudar a mejorar nuestras percepciones sobre la carta de navegación y el horizonte argentino. Es lo que hacemos seguidamente.
1. La expresión “enigma” aparece en Weil (2010 [1944]) y es rescatada con su autor por Rapoport (1988, 2014) y Waisman (2006). El “misterio” está contenido en una obra del premio Nobel de literatura Vidiadhar S. Naipaul, quien visitara varias veces el país (“El fracaso de la Argentina […] es uno de los misterios de nuestro tiempo”); también se encuentra en Waisman y en Mairal (2012). Otras indirectas nos llevan a Aguinis (2001), Todesca (2006) o Posse (2003), entre diversas existentes.
2. El presente, tras un espacio dilatado, retoma como rezagado compañero de búsqueda dos intentos del autor que lo precedieron sustancialmente (Asensio, 1988, 1995), en especial el segundo. Los estudios y ensayos realizados han seguido aumentando y su enumeración se incrementa tanto a nivel internacional como doméstico. Hemos enunciado varios antes y enunciaremos otros al avanzar la obra.
PRIMERA PARTE MOTIVACIONES IMPULSORAS
1. Fragmentos y “todos”
1. Avances y declinaciones
La expansión humana ha sido en esencia una expansión cultural. Obviamente que se encarnó en seres de carne y hueso, compuestos de sangre y tejidos. Pero esas masas corporales fueron transportadoras de valores y de espíritu. En las sociedades nuevas, esos valores y ese espíritu se encontraron con otros, se adecuaron y transformaron. O, alternativamente, se repitieron según el molde original, o tuvieron capacidad de adaptación, cambio o reestructuración.
Louis Hartz ha escarbado en esta vía y, destacando el peso de los orígenes culturales de donde se desprenderían fragmentos o esquirlas, hizo hincapié en el vínculo entre estos últimos y su derrame o difusión en las naciones nuevas o recién creadas. Consecuentemente, la cultura de los expatriados, deportados o emigrados sería volcada en los ámbitos donde arribaron o fueron acogidos. Las culturas de las sociedades nuevas serían en buena medida un reflejo pleno o atenuado de la cultura del “fragmento”.1
Esto potencia la importancia de la forma en que se desplazaron los fragmentos, su volumen demográfico, su composición y su inserción en los ámbitos de destino o arribo. Su traslación para una continuidad existencial en aislamiento o insularidad o, por el contrario, para interactuar o convivir con sociedades dispersas o numerosas, sea con culturas avanzadas o primitivas, dóciles o belicosas, determinaba la resultante. Una de ellas podría ser un compuesto mixto; la otra, meras experiencias de trasplante.
Sea que reciba la influencia del medio natural como del medio cultural preexistente, por una parte, o solo del medio natural y casi nada del humano, la cultura del fragmento importaba. Importaba porque podría reproducir o no sus pautas de origen, imponiéndolas o replicándolas, o, por el contrario, solo incidiendo en la formación de nuevas, con mayor o menor componente original. De nuevo, los casos de trasplante podrían significar los de mayor “pureza”.
Esto es aplicable a las costumbres, normas y convenciones que toda sociedad acepta. Estas normas, acuerdos, escritos o no escritos, pero al fin respetados, conforman los entornos institucionales que condicionan la acción social. De ahí que la concepción hartziana concluye entrelazándose con las percepciones concorde a las cuales lo determinante son la cultura y las instituciones.
A nuestros fines, si de transfusión cultural se trata, y si con ello se agiganta la cultura del fragmento, cabe recordar que este no es entendible sin el todo del cual deriva. Concordantemente, aludir a la cultura del fragmento implica la imprescindibilidad de entender su procedencia. En el mismo sentido, la idea de que, aunque parezca paradojal, existen fragmentos del éxito y fragmentos del fracaso. Esto implica naciones, pero también épocas.
Decimos que quedan implicadas naciones –o sociedades– pero también épocas, porque las traslaciones culturales podrían no coincidir con el cenit. Es obvio que queda implicado el concepto de cenit, que en términos de la historia que nos interesa podría diferenciar a sociedades en el pináculo de su potencia o sociedades en el pináculo de su prosperidad, ambas cosas, o ninguna de ellas. Las transmisiones y los contagios culturales, sociales, tecnológicos e institucionales pueden haber abarcado también varios momentos. Algunos en el cenit, otros en el ascenso, otros en los declives y quizá otros en el nadir.
Las experiencias de ascenso, estancamiento y declive son tantas como las naciones que los experimentaron. La historia y hasta la literatura los han documentado de manera o con tonos y estilos más o menos explícitos. Por eso importan los todos (y “todos” menores) y los entornos o marcos organizacionales o institucionales que implantaron en las naciones que colonizaron, ocuparon o influyeron.
Desde luego que hubo influencias. Influyeron con la dotación de “marcos” e influyeron con la dotación de hombres. Sin embargo, no siempre el fragmento debería representar al todo, si bien es obvio que de un modo u otro pudieron hacer traslación explícita de los elementos cultural-tecnológicos de sus ámbitos de procedencia.
También importa dar un paso más y preguntarse si esas transferencias proceden de “todos” avanzados o de “todos” en avance. Ello implica considerar como distintos al desarrollo –de época, se entiende–, como estado o situación, con relación al desarrollo como proceso o como dinámica. Una es una percepción estática y la otra, una percepción dinámica.
Quizá el más célebre ejemplo de expansión y declive es el del Imperio Romano. En este caso, obviamente, el marco temporal cubre varios siglos. Constituye además un caso típico entre los expansionismos “viejos”, donde el carácter predatorio, como en otros antes, introduce una diferencia sobre algunas experiencias menos antiguas.
Colonias había introducido Fenicia, colonias desarrolló Grecia y colonias poseyó Roma. Luego, fueron implantaciones institucionales e implantaciones humanas, a veces más militares que humanas. Plantación de avances y plantación de hombres derivados de la sociedad avanzada, lo cual no implica siempre o necesariamente lo mismo.
Sin embargo, con relación a esplendores y pináculos, el trabajo de los estudiosos nos sorprende al colocarnos ante situaciones y categorías que iluminan con curiosa claridad experiencias del presente. Entre las claves de la grandeza, obviamente, figuran un grado notable de organización como atributo sistémico; también la generalización de un régimen jurídico y contractual homogéneo en un vasto confín y la adopción de un signo monetario común, entre otras, han sido instituciones esenciales para el funcionamiento de un conjunto societal en términos históricos.
Pero, si de Roma se trata, también nos pone ante el hecho de que cierta tecnología fue compatible con tal modelo antiguo,2 como el arado mediterráneo, la disponibilidad de trirremes o galeras para la guerra o el transporte por mar, una afinada infraestructura de caminos para las comunicaciones por tierra, diseños arquitectónicos como el arco romano y técnicas de abastecimiento de agua como las implícitas en los grandes acueductos diseminados en la vasta geografía de los territorios que rodeaban al gran mar que también se comportó igualmente como “lago romano”.
Estos claros atributos del esplendor, que corrieron paralelos al refinamiento de las costumbres y la vida al menos en un conjunto determinado de la población, han sido también útiles para comprender las opacidades o prolegómenos del declive. Desde síntomas tales como la progresiva relajación de la voluntad ciudadana para cumplir con el deber de “defender a Roma”, el creciente papel del “Estado fiscal” para recaudar impuestos y sostener las legiones de un inmenso y extendido ejército y pulsiones inflacionarias como la de tiempos de Diocleciano, las antesalas para el derrumbe estaban preparadas.3
Un poco más cerca, el caso de Bizancio despierta asombro. El Imperio Romano de Oriente prolongó una “romanidad orientalizada” durante diez siglos más respecto de su homólogo de Occidente. Llegó a capturar todo el próspero comercio del este del Mediterráneo y ser la llave de contacto de Europa con Asia. Sin embargo, según algunos, por debilitamiento de su maquinaria estatal y una imprudente desprotección de sus intereses mercantiles marítimos derivada del descuido de su poder naval, fue cediendo progresivamente su primacía comercial a Venecia, que terminó capitalizando todo su comercio y poderío.
En el sur de Europa Occidental, las ciudades del norte de Italia fueron modelo inexcusable de crecimiento en las antesalas del mundo moderno. Eran el norte de Italia, pero el sur de Europa. Por ello, antes habían sido el eje del intercambio de los bienes tanto sofisticados como toscos de los Países Bajos septentrionales y meridionales del norte de Europa y los países bálticos, con los bienes suntuarios y de lujo procedentes del Oriente y Asia. Sin embargo, en algún momento, la maquinaria comenzó a fallar. Los brillos de los Países Bajos y el predominio de las ciudades italianas tendrían alguna mengua. Las cimas no han sido eternas.
Y antes que Inglaterra, recalquémoslo: antes que Inglaterra, los Países Bajos septentrionales constituyeron un ejemplo histórico de tenacidad y voluntad nacional que conformaron un modelo propio que les permitiría ser la primera potencia del siglo XVII. Si el modelo de “incitación y respuesta” es válido, es obvio que tanto los fenómenos naturales, como la anegabilidad que motivaba la entrada de agua en las tierras bajas neerlandesas, como la voluntad de autonomizarse, otorgaron un rol singular a las Provincias Unidas, otrora dependientes de España.4
Parecen falaces los argumentos que depositan solo en la iniciativa y habilidad comercial de los holandeses la fuente de su extraordinaria prosperidad y predominio en la centuria mencionada. Es cierto que transportaron no solo sus mercaderías sino que también fueron los transportistas globales del mundo de entonces. Pero tales naves exigieron una concepción, diseño y planeamiento previos.
Hubo una actividad constructiva enlazada con el movimiento de bienes. Sus navíos no solo fueron útiles para liderar la pesca del arenque en el norte de Europa. También se demostraron superiores respecto de ingleses, franceses y otros para trasladar bienes consignados por otras naciones, con mayor velocidad y eficiencia. La flota mercante holandesa llegó a superar a la de las principales naciones de Europa sumadas, con 80.000 marineros y miles de navíos.
La estrategia de recuperar e incorporar paulatinamente tierras previamente ocupadas por el mar debe considerarse una epopeya nacional que, en rigor, constituyó una práctica que se remonta al siglo XIII. El secado de aquellas y su preparación posterior para la explotación agrícola, además de aportar una producción creciente medida en toneladas y quintales, mostró una energía nacional como la que era aludida por Federico List, de caracteres inocultables.5
Pero también hubo “otras energías” tanto entre “tempranos” como entre “tardíos”. Sin olvidar otros olvidados, como la sorprendente “pequeña gran Bélgica”, Francia también es dueña de su propio misterio. A veces opacado un tanto por el dominante influjo del apologético tratamiento del paradigmático modelo británico, la experiencia francesa ha demorado un tanto en ser reconsiderada para descubrir en ella notables signos de vitalidad histórica. Controlada Holanda y contenida España, la competencia en diversos lugares del mundo sería un mano a mano contra Inglaterra.
Y aquí aparecería la fuerte originalidad francesa con sus toques propios. El étatisme ligado de manera indeleble al nombre de Luis XIV, pero también a Richelieu, a Colbert o a Sully, moldearía una sociedad donde los funcionarios serían importantes a lo largo de su devenir de largo plazo, aunque es claro que también contendría a burgueses, burgueses no solo prebendarios sino también creativos. Rara combinación de cortesanismo y estatidad, ofreció una masa continental importante para que la agricultura y el campesinado aportaran un componente relevante e indisimulado no solo en sus avances sino también en sus rupturas.6
Sus compañías comerciales, aunque menos exitosas que las británicas, se extenderían hacia el este y el oeste y a mediados del siglo XVIII, con un puñado de sus súbditos, estaba ocupando una gran fracción de América del Norte, desde Canadá hasta Luisiana. Tuvo poder para sostener ese y otros esfuerzos, perdió Canadá poco después, ayudó al futuro Estados Unidos contra Inglaterra y anticipó con ello su propia turbulencia en 1789.
Es obvio que el curso galo no se detuvo entonces. Durante el siglo XIX, aun después de Napoleón, y no sin otros estallidos, esplendores y opacidades, continuó aportando brillo y creatividad a escala mundial sin abandonar un expansionismo también peculiar, no interrumpido incluso por las sangrías de 1870 o de 1914-1918.7 Curiosamente, movilizaría fragmentos minúsculos, junto a un comercio, finanzas y tecnología mayúsculos. En este caso, no se arrancó pedazos humanos demasiado visibles, aunque sí importantes trozos de saberes, técnicas y cultura.
Y sin olvidar al “tardío” asiático más famoso, Japón,8 el tardío europeo más célebre –y no podríamos calificarlo de otra manera– sería Alemania. Curiosamente, este fenómeno histórico será retratado insistentemente como el de un atrasado de los siglos XVIII y XIX temprano. Si bien en términos de industrialización ello sería cierto hasta que en la segunda parte de la decimonovena centuria saltara hacia delante, no menos cierto es que, con Prusia como epicentro difusor, ya verificaría antes ciertas anticipaciones importantes.
En esa línea, el todo del que se desprenderían importantes fragmentos para potenciar el crisol del norte de América había registrado otros avances que no siempre son exaltados desde una perspectiva de un crecimiento entendido como de la civilización industrial. De hecho, la organización estatal y la administración pública prusiana, quizá antes que Francia, sería el modelo de estructuración en torno al cual se iría edificando un conjunto contentivo de una nacionalidad poderosa (The New Encyclopaedia Britannica, 1994: 295). Habría pobreza campesina, habría junkers, pero también un temprano Zollverein9 que permitiría ir soldando figuras de estatidad dividida que aun en una imperfecta Confederación Germánica no frenarían una impulsión que estallaría más claramente en el último tercio del siglo XIX y sería explícita en los primeros tramos del XX.