Read the book: «Océanos para volar»
MELINA HONORATO
OCÉANOS PARA VOLAR

Honorato, Melina
Océanos para volar / Melina Honorato. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8924-10-6
1. Novelas Históricas. I. Título.
CDD A863
© 2021, Melina Honorato
Primera edición en cubierta rústica, diciembre 2021
Primera edición en cubierta dura, diciembre 2021
Diseño y diagramación
Lara Melamet
Corrección
Martín Vittón y Karina Garofalo
Conversión a formato digital: Libresque
Hecho el depósito que establece la ley 11.723.
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra
sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.

Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
www.pampublicaciones.com.ar
A Luisa, de mi vida.
A Domingo, de la suya.
Un buen viajero sabe que el único descubrimiento consiste no en visitar nuevos paisajes, sino en mirar con otros ojos.
MARCEL PROUST
Todo el mundo tiene océanos para volar,si les alcanza el corazón para hacerlo.
¿Es imprudente? Tal vez. Pero ¿qué saben los sueños de límites?
AMELIA EARHART

PRIMERA PARTE
Agosto de 1930

1
¿Había vivido escapando?
¿Había escapado para vivir?
Con las manos aferradas a la barandilla, miré el perfil de la ciudad. Su figura imponente se desarmaba en el reflejo del río y perdía fuerza. Podía desnudar la geografía de aquella metrópoli con solo mirar su despliegue de edificios: el distrito financiero en la punta, donde estaban los rascacielos, más allá, copas de árboles, la extensión de un largo parque; a orillas de la bahía, los tenements, con sus escaleras en zigzag; el muelle, los ferris que trazaban líneas de agua frente a mis ojos, las olas que se desplomaban en la costa. La ciudad se vislumbraba pequeña desde mi posición, pero la intuición me decía que por dentro era diferente. El agua me separaba de ella y la distancia siempre ha ocasionado que se agitaran sentimientos enterrados en mí: esta vez fue el de la incertidumbre. Una incertidumbre que invadió por completo cada parte de mi cuerpo, o que ya venía invadiéndome de antes. El que tenía enfrente no era un paisaje como el de todos los días: no había animales ni un horizonte verde y vacío; no cantaban los grillos ni molestaban las moscas, no estaba mi hamaca ni la larga fila de eucaliptos que le otorgaba seguridad al paisaje de mi vida. Ahora estaba en un lugar ajeno a mí, en una ciudad desconocida, y me preguntaba, con una terrible angustia, si sería capaz de subsistir.
Hasta entonces nunca había mirado las porciones de mi vida como capítulos terminados. Mis veintiún años habían conformado un mismo episodio, sin divisiones ni etapas. De alguna forma siempre podía volver atrás y remendar un suceso, una frase que sonó mal, una herida: cuando me peleaba con mis hermanas, podía pedir perdón y después del berrinche lo olvidábamos. Sobraba el tiempo para ser mejores. Pero aquel día frente al muelle, desde el transatlántico RMS Majestic en el que había recorrido miles de kilómetros, sentí que llegaba el final de un ciclo: lo que hasta ahí no se había hecho, no se haría jamás. Podía verlo todo como en una de esas cintas celuloides donde se ven las películas. Mi infancia, mi adolescencia, mi destino errado. Yo sola montada a la ballena negra, mirando el futuro desde el agua.
Llevábamos catorce días navegando el océano Atlántico. Fue un viaje tedioso y gris, llovió la mayor parte del tiempo y hablé poco con los pasajeros, que se entretenían jugando a las cartas y por las noches bebían vino del mismo pico hasta que los oficiales los mandaban a sus cabinas. Desde mi litera se oía el choque de las olas a través de las planchas de acero de la pared, el eco de los pasos inquietos en el pasillo, unos sonidos sordos que emitía la nave, como retortijones de estómago. Las sábanas siempre estaban húmedas por el rocío salino y no recuerdo un solo día en que no haya sentido frío en los pies. Tenía los dedos helados, como si no me llegara la sangre. Durante el día, en cambio, reinaba un silencio pesado que se mezclaba con el estruendo de vómitos, rostros ojerosos y pasajeros con náuseas. Fueron catorce días de espera, del barco como un laberinto sin salida, de miradas hoscas y pocas palabras, porque los pasajeros hablábamos idiomas tan diferentes que hacíamos señas para todo y la timidez solo se iba con el alcohol, y siempre por la noche.
Cuando al cabo de dos semanas el vigía gritó que había tierra a la vista, la gente que me rodeaba se sobresaltó de repente. Una gran turba de extranjeros exaltados empezó a darse abrazos y a chocar manos como si la mismísima salvación estuviera en el horizonte. Era el alivio a cuentagotas, era la gracia de no tener que volver a sus países, de donde habían sido desterrados. Esos países que no los habían protegido y que ellos habían tenido que abandonar con dolor. Aquellos pasajeros que durante catorce días habían compartido conmigo el almuerzo y la cena, habían vendido su alma a otra patria. Yo también, y con la extraña certeza de que no solo había nacido en el país equivocado sino que además estaba haciendo lo correcto. Eso pensé en ese momento, mientras el gentío lloraba de emoción y buscaba entre las olas lejanas la tierra prometida, aunque después me diera cuenta de que no era tan fácil irse, porque uno nunca deja de pertenecerle al lugar donde nació, y mucho menos a la casa donde fue criado. Todos los comienzos se imprimen en nosotros como una pequeña mancha de nacimiento.
La masa de pasajeros corrió a la proa, curiosos por divisar América. Lo primero que pensé fue que, por el peso, el barco perdería el equilibrio, que nos hundiríamos hacia adelante, que aquel iba a ser el último día de mi vida. Que hasta ahí llegaba todo. Por instinto corrí hacia popa, asustada; fui la única que tuvo esa reacción. La heredé de mi padre, hice lo que habría hecho él. Como cuando nos contaba cómo se había hundido el Titanic: «Los más vivos se fueron a la popa, fue lo último que se hundió».
Fue así como me arrimé a la barandilla y me aferré con fuerza. Subí los pies a una tarima. Logré sostenerme, aunque me transpiraban las manos y me costaba ingresar aire en los pulmones porque estaba nerviosa. Tenía más de medio cuerpo en el aire y el viento salino me desequilibraba y enfriaba las extremidades. La suela de mis zapatos se resbalaba como la cuchilla de un patín de hielo sobre una fina rama de metal. Miré hacia abajo; el agua oscura se revolvía devolviendo burbujas. Cientos de burbujas de espuma blanca, idénticas a las burbujas de jabón en el fregadero de la cocina, la presencia de mi hermana Teresa a un costado, pásame el trapo así seco los platos. Las burbujas se fueron rompiendo de a una, una por una, hasta que quedó la última, sola, naufragando, esquivando el chorro de la canilla. Una burbuja redonda y transparente, con un rayo de arcoíris cruzándola en el medio, el rayo de luz que entraba por la ventana. Luisa, Luisa, ¿en qué estás pensando?
Si este hubiera sido mi último instante, me habría llevado una hermosa vista como estampa final. Tendría que haber sentido miedo de caer al agua, pero en aquel pensamiento descubrí que de tantos kilómetros recorridos los antiguos fantasmas me habían perdido el rastro y ahora deambulaban lejos de mí, buscando en medio del Atlántico a otro cuerpo que atormentar. Aunque fuera por tan solo unos minutos, me entregué a mi nuevo porvenir sin resistencia, no intenté controlar lo que venía. Abracé el viento, me peiné con él, dejé que la brisa salada me llenara la boca, me entrara por las orejas, inhalé la fragancia del mar. Cerré los ojos. Me sentí libre por primera vez. Liberada, liviana. En el otro extremo del barco se oían aplausos y alaridos de festejo y por un momento sentí que eran todos para mí.
Abrí los ojos y busqué tierra firme, pero solo vi un horizonte de agua. A veces lo incierto es lo único seguro y quizás en aquella franja de mar se escondía la versión de mí misma que había ido a buscar. Esperé unos instantes y, conforme el barco avanzaba, logré distinguir la punta del Edificio Chrysler,con su cúpula coronada, el más alto del mundo. Su silueta apenas atravesaba la bruma matutina como un fantasma erguido a lo lejos. Luego empezaron a emerger otros más, como si crecieran del océano. Poco a poco, a medida que nos acercábamos, la isla comenzó a tomar forma y pude reconocer todo lo que había leído sobre ella en las revistas.
Esa misma tarde dos oficiales de delantal blanco y barbijo fueron a buscarme y entonces me arrolló la incertidumbre otra vez. Nos habían informado a través de un papel que habían encontrado tuberculosos en el barco y que nos tendrían aislados, que deberíamos esperar para poner los pies sobre la ansiada tierra firme. Los vi venir por el pasillo, un hombre y una mujer de chaqueta celeste con pañuelos en la boca. De inmediato evoqué la masa de gente amontonada en la proa observando Manhattan con los ojos llenos de lágrimas aquella misma mañana, o los hombres bebiendo vino de la misma botella y lo fácil del contagio. Sabía mucho sobre esa enfermedad y la vi volver hacia mí como el recuerdo de una pesadilla. Me hicieron esperar media hora en una fila y luego llamaron mi nombre. Mientras caminaba hacia la sala de revisiones médicas, miré el mar: las olas se batían con sus crestas espumosas, tan ajenas a la realidad de las personas que viajaban sobre ellas.
La sala era blanca y tenía dos ventanas redondas como ojos azules e inquietos. Recorrí el lugar con la mirada, mientras una enfermera me conducía con prisa a la camilla. Fue inevitable detectar a otra muchacha a unos metros de mí. La examinaba el médico a cargo. Me sorprendió que estuviera desnuda y que con sus brazos cortos intentara cubrirse las partes íntimas, quitarle las manos al médico de encima, taparse la boca cuando tosía, despejar el pelo del rostro, todo a la vez, pero el hombre le levantaba los codos y le abría la boca con sus guantes fríos. Vi dos moretones en las costillas, los ojos como aureolas grises, la piel erizada, las uñas largas y sucias. El viento entraba desde la veranda, pero tenía que correr el aire, porque aquella muchacha en la sala de revisiones estaba enferma, según dijo el médico varias veces, negando con la cabeza y asustándola. También le oí decir que era del este de Europa y que por su culpa el barco no podría atracar en la Isla Ellis, que se atrasaría el desembarco y que se deberían registrar los pasaportes a bordo. Pero ella no parecía hablar inglés, no entendía qué sucedía, estaba aterrada. En ese momento pensé que el mundo era demasiado peligroso para muchachas solas como nosotras.
Me quedé observándola con miedo de que aquello me sucediera. A los pocos minutos ella cerró los ojos, como si se hubiera desmayado, y el médico caminó hacia mí. Lo demás ocurrió en un segundo: me hicieron respirar hondo, me palparon el abdomen, me abrieron los ojos, me miraron los dientes y los oídos mientras yo solo pensaba cuándo llegaría la parte en que me quitarían la ropa y los guantes fríos tocarían mi cuerpo. Al sentir aquellas manos ajenas recorriéndome, tocándome aquí y allá sin pedir permiso, por un momento pensé que todo había sido una idea terrible y que estaba en ese lugar horroroso por decisión propia, que yo misma me había conducido a aquella desagradable situación, como lo había hecho con muchas otras, y me odié por un instante, les di la razón a todos aquellos que me habían advertido de mí misma.
La muchacha despertó a los minutos. Podía oler su miedo desde la corta distancia que nos separaba, oía su terrible inglés, sus movimientos errantes. Cuando el médico se marchó de la sala para buscar a los próximos pasajeros, me acerqué rápidamente y la ayudé a colocarse el vestido. Era una prenda manchada y desteñida, como las que yo usaba en casa cuando sabía que no vendrían visitas. Musitó unas palabras incomprensibles mientras asentía con la cabeza. Creo que me pedía algo, o quizás me agradecía, pero no pude ayudarla con nada más, era ella o era yo. Luego de aquel instante no volví a cruzármela, pero sus ojos mustios y su acento foráneo aún quedan en mi memoria. Lo único que pude hacer por ella fue dejarle un pañuelo bordado con mis iniciales: LC, Luisa Cornell.
Después del examen volví a mi habitación y a las horas me informaron que todo estaba en orden. Tuve mi visa y varios días para recordar. No había otra cosa que hacer más que mirar el vaivén de las olas y remontarse en el tiempo a las razones por las cuales cada uno estaba en aquel navío colosal. Cerraron el teatro y los buffets, la pileta de natación y la biblioteca, solo podíamos ir al comedor y usar los baños. Debíamos permanecer en nuestras habitaciones lo más que pudiéramos hasta que el barco atracara en el puerto una vez cumplida la cuarentena. Por las noches, cuando salía a tomar aire a la veranda, un manto de calina se suspendía sobre la ciudad y me daba la sensación de que yo era muy pequeña en comparación con la inmensidad que veían mis ojos. Los demás pasajeros estaban ansiosos por que nos dejaran bajar, y yo me dediqué a observar la miseria que traían consigo. Escapaban de la pobreza, de los vestigios de la guerra, del hambre. Pero otra vez, como en muchos aspectos de la vida, mientras los miraba ansiosos por atracar, pensaba que yo no huía de los mismos fantasmas que ellos, sino de los que yo sola me había creado.
Fue entonces que sentí un nudo en la garganta. Se había vuelto real lo que tanto había esperado y no sabía qué haría con ello. Por la noche miré las luces titilantes de la ciudad y pensé que al día siguiente estaría tropezando sobre sus calles, intentando forjarme una existencia. Pensé en mi padre, en lo preocupado que estaría por mí. Pensé en mi hermana Teresa, si ya estaría con su esposo en su nueva casa, ¿se había casado a pesar de mi partida? ¿Cómo sería pasar los días al lado de alguien que no quieres?
2
El verano de mi nacimiento fue una época turbulenta que afianzó en mis padres la idea de alejarse de la capital. La semana trágica de Barcelona, revueltas callejeras en Madrid, la decisión del gobierno de enviar tropas de reserva a África, la guerra de Melilla, decenas de muertos cada mes. La formación de brigadas mixtas, compuestas por padres de familia que no querían morir en combate para que su patria recobrara el dominio de los años perdidos. La sociedad estaba cansada de luchar por las ambiciones ajenas; las mujeres, de perder a sus hijos y sus maridos y ser viudas a los treinta años. Guerras sin el apoyo del pueblo, represión, condenas públicas, cárcel, destierro. El pronóstico para los años venideros no se atisbaba en absoluto esperanzador.
Mis padres deben haber estado locos de miedo para irse a vivir al medio del campo, a varias horas de Madrid, cuando todo el mundo escapaba a las ciudades a trabajar en fábricas o se iba a otros países. Buscábamos paz, argumentaban. Un día mi tío murmuró por lo bajo que en realidad temían que mi padre, con tantas contiendas dando vueltas, fuera llamado a filas y dejara a mi madre con tres hijas que alimentar. Entonces se alejaron, se escondieron donde no los pudieran encontrar, según la versión oficial. Se hicieron cargo de la finca de mis abuelos, plantaron sus propias verduras, criaron a los animales y vivieron de la siembra del trigo.
De pequeña me contaron que mi padre, en su juventud, había sido un hombre apuesto y soñador, un auténtico viajero del mundo. No sé hasta qué punto esto es verdad, lo que conocí de él fueron apenas trazas de aquella leyenda. De él se decía que odiaba la guerra y amaba los viajes, y que se conmovía al mirar mapas amarillentos y antiguos. Le fascinaba la cartografía. Nació en Inglaterra, pero de inglés no tenía más que el apellido, porque su vida estaba curtida por los viajes que había hecho alrededor de su amada Sudamérica, donde aprendió a hablar español más por curioso que por intelectual. En aquella época de juventud gloriosa solo soñaba con darle la vuelta al mundo en un velero de sábanas blancas, despojado de bienes materiales y viviendo como un trotamundos, pero conoció a mi madre en medio de aquellas ilusiones desbaratadas, cuando andaba de paso por Madrid. La vio caminando por el mercado ataviada en un vestido azul y con un rosario colgando del cuello, sin más compañía que una chaperona distraída y somnolienta. Mi padre le robó el honor a fuerza de insistencia, porque mi madre siempre fue una mujer fría y me cuesta imaginarla entregándose fácilmente a un hombre como él. La increpó de frente, cuando estaba sola esperando en la fila del baño. Quizás a ella le atrajo el hecho de que mi padre siempre parecía estar yéndose, y a él lo sedujo lo plantada que estaba ella sobre la tierra. Dos fuerzas por completo opuestas que chocaron ese día en el mercado de San Miguel, en el verano de principios de siglo. Se vieron durante catorce días bajo el sol abrasante de la Plaza Mayor, junto a la estatua de Felipe III, a metros de la cual se alzaba una vieja hostería donde engendraron a mi hermana más grande en un arrebato intempestivo. Tuvieron un romance fugaz, sin verdadera importancia para mi padre, quien meses más tarde en un país del sur se enteró a través de una carta que la había dejado embarazada. Sé que pensó en no regresar nunca más.
Según mi abuela materna, que siempre se encargó de destrozar la imagen de héroe que yo tenía de mi padre, él solo volvió por el dinero. Porque en cada país donde había puesto un pie, acumuló deudas, faltó a promesas e hizo malas inversiones, hasta que un día no tuvo dónde más ir. Envió cartas a todos los conocidos que tenía, incluso a los apellidos más remotos y las direcciones que tenía escritas en su pequeña bitácora de viajes. Entonces, aseguraba mi abuela, el único que respondió por él fue el padre de aquella muchacha olvidada en España. Mi abuelo.
Este le dijo que solo le daría el dinero que necesitaba si prometía regresar a hacerse cargo de la dignidad de su hija. Pienso que mi padre estaba en verdaderos aprietos porque aceptó sin más, aunque él fuera protestante y ella católica, aunque estuvieran en continentes distintos, y acabó regresando a Madrid con la cola entre las patas. Cambió de religión, renunció a los viajes y se casaron al poco tiempo. Recién entonces mi abuelo saldó las deudas del nuevo yerno. Más tarde, murió convencido de que había sido un buen negocio, porque la integridad de una hija no tiene precio.
A pesar de que mi padre era alto, de espaldas grandes y fuertes, un rubio de melena frondosa y semblante poderoso, a mis ojos de niña era un hombre frágil. Solía experimentar largos períodos de introspección, sobre todo en el invierno, cuando se le marcaban grandes surcos bajo las bolsas de los ojos y nos hablaba poco. Esto me confundía, porque mi padre era de jugar con nosotras a menudo, mucho más que mi madre, y de repente se abstraía y sus tres hijas le generábamos cierto rechazo. A veces pensaba que lo alejaba el solo hecho de que éramos mujeres, y a Rosa le estaba por venir el período y él no sabía qué hacer o cómo relacionarse con ella. Odiaba a mi hermana cuando esto empezó a suceder, pero al mismo tiempo sabía que el problema no éramos nosotras sino la frustración que lo rodeaba como un aura. De enseñarnos a buscar huesos que él aseguraba que eran de dinosaurios, llevarnos a pescar a la reserva o cantarnos tangos, pasaba a ignorarnos casi por completo y a cansarse mucho. Se cansaba, dormía y arrastraba los pies.
Mi madre, por otro lado, nunca fue de las que se ven fregando platos a través de la ventana al llegar de la escuela, ni de las que te cepillan el cabello después de un baño. Nosotras le interesábamos a medias, a mi padre lo atendía porque era lo que tenía que hacer, sus comidas no tenían sabor a madre: no existía una receta inconfundible que hiciera pensar Esto fue cocinado por las manos de Vera. Su habitación no era un mundo de misterio para mí, y de todas las veces que ella se solía ir al pueblo, creo que solo entré a husmear entre sus cosas una sola vez. Guardaba frascos vacíos de perfume en los cajones y un rosario bajo la almohada, por lo demás, parecía que nadie interesante vivía allí. Tenía una rutina esclavizante que yo no ansiaba imitar de grande, ella era todo lo opuesto a quien yo quería ser: se disputaba el día entre la limpieza de la casa y los animales, pero siempre se quejaba de que nunca le alcanzaban las horas para todo. Su mayor preocupación era darles de comer a las gallinas, porque a veces juntaba sus huevos y se los vendía al lechero, y así juntaba unas cuantas monedas que eran solo de ella y que nunca supe en qué gastaba. Sus pensamientos andaban flotando en niveles desconocidos, jamás alcancé a saber si detrás de aquella mujer de silencios hoscos y ceño fruncido se escondía una mentalidad inteligente o si tan solo se trataba de una esposa arrepentida. A veces me daba un beso frío, distante, con sus labios finos y su nariz puntuda, apoyaba sus labios sobre mi frente mirando hacia un costado, como buscando una salida. De aquella madre fría y de aquel padre impulsivo en la juventud y contrariado en la vejez, vengo yo.
Guardo una fotografía de ambos el día que se casaron. El sitio donde fue tomada no era el típico de aquellos años, como lo retratos viejos donde hay un telón en el fondo. Esta es en un gran salón con paredes de chapa y repleto de invitados bailando. Mis padres miran al fotógrafo endureciendo el gesto para evitar un parpadeo repentino. Solo tenían para pagar una única fotografía. Vera lleva el velo hacia atrás y en la frente se le abulta un flequillo vaporoso; se alcanzan a ver las mangas de su vestido que parecen merengues sobre los hombros y un cuello de encaje que la cubre casi por completo. No se ve nada de piel salvo por su rostro, que apenas luce algo de maquillaje. Era una mujer atractiva de joven. La escuché muchas veces decir que mi padre David y su comportamiento extraño tenían la culpa de que hubiera envejecido tan rápido. Nunca vi entre ellos un gesto de cariño, una caricia o una sonrisa cómplice, se turnaban para tomar decisiones y no dormían en la misma habitación. El amor como lo conocía entonces no se asemejaba en nada a las novelas o los cuentos felices, y los adultos de mi infancia eran personas desdichadas que solo nos mandaban a jugar afuera, nos hacían callar en la mesa y nos trataban de insolentes si preguntábamos demasiado.