Read the book: «Mare Nostrum»

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Mario Sampaolesi

Mare Nostrum

Colección El Aura

dirigida por Eduardo Álvarez Tuñón

y Mario Sampaolesi



Sampaolesi, MarioMare nostrum. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2015. - (El aura; 0)E-Book.ISBN 978-987-599-433-11. Poesía Argentina.CDD A861

Imagen de tapa: “Impresión, sol naciente”, Claude Monet

©Libros del Zorzal, 2015

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la Ley 11.723

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Índice

Vacaciones | 6

Crawl | 7

El topito | 9

Actuaciones | 11

Por el camino de Wang–Wei | 13

Eucaliptos | 15

Nocturno | 16

Balneario con Aschenbach | 17

Setas | 19

Almejas | 21

Pinos | 22

La corvina | 23

Horneros | 25

Níobe | 27

Kayak | 29

Tigres y delfines | 32

Senderos | 34

Acantilados | 37

Playa | 39

Picnic | 40

Mare Nostrum | 42

A quienes aman

A partir del siglo II D.C. todas las orillas del Mar Mediterráneo pertenecían a Roma. El Imperio denominó Mare Nostrum (Nuestro Mar) a ese territorio.

El alma tiene sus escrúpulos. Cosas que no deben ser dichas.

Cosas que hay que resguardar, que mantienen los ojos bien abiertos hasta altas horas de la noche.

Cosas para el consentimiento de Dios.

Y para la poesía.

Que es, como dice Milozs, “Un dividendo

para nosotros mismos, un tributo pagado

por aquello a lo que hemos sido fieles.

Algo permitido”.

Seamus Heaney, Electric Light,

Faber and Faber, Londres, 2001.

Vacaciones

Caminábamos por la orilla hacia el sur, de la mano y perdidos, juntos y solos, a lo largo de la playa desierta.

Era la mañana de un día de sol.

Contra el acantilado, las golondrinas hacían sus nidos, nos sobrevolaban; sus sombras azules caían sin peso sobre la arena.

Planeábamos trepar por las rocas hasta la cima.

Contemplar el mar, la línea casi recta del horizonte, los pesqueros de regreso al puerto, algún lobo marino ocupado en la búsqueda de presas.

Incluso intentábamos observar más de cerca las aves, hurgar quizás en sus refugios.

Íbamos en silencio, cada uno absorto en sus pensamientos.

Nos costaba avanzar.

Miré hacia el acantilado.

Su mole de piedra gris caía cae a pique sobre el mar.

Las olas explotaban explotan implacables contra su base.

En lo alto, los pájaros continuaban continúan con su rutina.

Los machos eran son los encargados de traer el alimento.

Lo regurgitaban en los picos aullantes de los pichones.

Te miré.

Estabas a mi lado y no estabas a mi lado.

La arena húmeda se hundía con facilidad a nuestro paso, dificultaba la caminata.

A pesar del cansancio, confuso ante el estruendo del oleaje, ante los revoloteos de las bandadas, supe que muy pronto nos volveríamos agrestes como la escena, fríos como el viento que nos azotaba.

Crawl

El mar rompía rompe contra las piedras.

Era es una imagen repetida de aquellos días.

Muy temprano llegábamos a la playa: las carpas azules, las sillas blancas.

Acomodábamos bolsos, ropa, libros.

Recuerdo que con la vieja Nikon comencé a tomar fotografías.

De vos recostada en la reposera, de pisadas, de tu rostro con los ojos cerrados, de los pocos bañistas que caminaban caminan por la orilla.

Vi también caracoles, restos de algas, cáscaras violetas de pequeños mejillones, huevos de pescado, colillas semienterradas.

En el cielo, algunas gaviotas planeaban y sus efímeros reclamos caían: eran polvo sobre nosotros.

Me alejé tentado por el mar: por su violencia, su frialdad, su sonido.

Me zambullí, hasta que fui uno más en su historia.

Nadé.

Nadé contra el oleaje, contra la realidad que me golpeaba.

Nadé hacia mi juventud, hacia otros soles, con otros seres.

Pero tuve miedo: no quise seguir.

Di la vuelta y desde tan lejos, flotando, busqué tu silueta recostada, perezosa en la quietud sin viento de ese día.

Grité, pero no me oíste.

Te hice señas con las manos, pero no me viste.

Grité otra vez: la voz se perdió entre el crujido de la rompiente, entre los graznidos de las gaviotas.

Elegí volver.

Me sumergí de nuevo en esas aguas turbias por la sal, el yodo, los acontecimientos.

Y así protegido, comprendí todo aquel silencio.

El topito

Acostumbrábamos a desayunar en el jardín, bajo la galería de nuestra cabaña.

Más allá, se extendía se extiende el monte.

Varias veces nos habíamos percatado de ciertos movimientos entre los arbustos: las corridas de las comadrejas, el descenso en cámara lenta del chimango.

Otras, teníamos la impresión de que perros cimarrones nos vigilaban, atentos a nuestra ausencia para acercarse y aprovechar cualquier resto de comida.

Cada tanto veíamos colibríes libar en los rosales.

Nos gustaba estar allí.

Esa mañana habías preparado café, jugo de naranja, tostadas, huevos con jamón, yogur, uvas.

Era temprano, no había nubes; charlábamos proyectando el resto del día.

Hasta que en el límite de jardín y monte, un diminuto géiser de arena comenzó a activarse.

Pronto, la cabeza nerviosa de un topito emergió por el agujero de su madriguera recién agrandada.

Alerta miró hacia todos lados: nos vio.

Permaneció inmóvil unos segundos, en guardia ante cualquier peligro.

Curioso, me acerqué: él se ocultó rápido en la cueva.

Yo llevaba conmigo un racimo de uvas: para congraciarme introduje dos o tres granos en su guarida.

De inmediato, estos volvieron catapultados a la superficie: detrás de ellos su figura indignada me enfrentó.

Con su pelaje erizado, me reprochó a gritos mi agresiva invasión.

Nos reímos de él.

Nos divirtió su enorme osadía.

Ofendido desapareció de nuestra vista y aunque esperamos, no regresó.

Ni ese día, ni los siguientes.

Cómplices, comentamos el encuentro.

Admirados por la defensa orgullosa, valiente que hizo el roedor, frente a la amenaza que implicaban las uvas y mi presencia.

Años después, cuando ya no estabas, en otro desayuno recordé el nuestro con el topito.

Entonces comprendí comprendo la enseñanza que me había entregado y que en mi soberbia, no pude siquiera imaginar.

Él no había vacilado en rechazar toda seducción, en proteger a su familia oculta en la madriguera.

En cambio yo, me dejaría tentar por las uvas.

Actuaciones

El bosque de pinos se extendía casi hasta el borde de los acantilados.

Esa tarde, solo yo me aventuraba por los sinuosos, estrechos senderos.

Las comadrejas, las liebres, las culebras, permanecían en sus guaridas.

Los pájaros no cantaban.

La llovizna ondulante, fría, llegaba llega desde el mar.

Podía oír el estruendo del oleaje.

Nunca imaginé que ese rumor me acompañaría durante toda la vida.

Intentaba alcanzar el borde del acantilado –el bosque detrás–, ver la línea del horizonte, el mar embravecido.

El cielo era gris plomo sobre mí: pesaba.

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0+
Release date on Litres:
26 March 2025
Volume:
27 p. 3 illustrations
ISBN:
9789875994331
Publishers:
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Bookwire
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