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LA SED

MARINA YUSZCZUK


Índice

  Cubierta

  Portada

  Dedicatoria

  Epígrafe

  Primera parte

  Capítulo 1

  Capítulo 2

  Capítulo 3

  Capítulo 4

  Capítulo 5

  Capítulo 6

  Capítulo 7

  Capítulo 8

  Segunda parte

  Marina Yuszczuk en Blatt & Ríos

  Sobre la autora

  Créditos

A mi madre,

el fantasma que vive conmigo.

En cuanto a Burton, en la Inglaterra del siglo XVI, ve cómo la melancolía “se dilata como un gran río que brota del corazón de la propia vida y se extiende a todas las orillas”.

En cada ocasión, el extraño goce recaía sobre sí misma; y la fuerza perdida, y el cansancio, no le dejaban más que la oscura certidumbre de que tendría que volver a empezar.

Valentine Penrose, La condesa sangrienta

Primera parte

Es un día blanco, la luz quema los ojos si se mira directo al cielo. El aire no se mueve. Contra las nubes encendidas, el ángel que pliega sus alas en lo alto de una de las bóvedas se ve completamente negro. Parece un depredador, un pájaro al acecho. Podría extender las alas y bajar en vuelo rasante si no fuera porque la piedra lo fija en su lugar. Hace muchos años la misma peste se hubiera representado así, como un ángel oscuro recortado contra un cielo de ceniza.

A nadie parece llamarle la atención. Como si las estatuas no fueran más que piedra, una multitud de turistas avanza con sus cámaras sobre el cementerio. Esto pasa todos los días y siempre es igual, aunque ellos no sean los mismos. No gritan, no se ríen, no hablan en voz alta. Respetan algo que no saben bien qué es, y buscan su camino entre las tumbas con un interés moderado. Se detienen en lo histórico: los presidentes, escritores, nombres importantes. Hacen de la lectura de las lápidas un juego de reconocimiento escolar. O si no, dejan que el atractivo de las formas los guíe en su paseo por el laberinto: alas extendidas como en un movimiento de ballet, manos que sostienen una cabeza delicadamente, venciendo la rigidez de la piedra.

A veces se pierden entre los corredores que agrupan las bóvedas en manzanas y replican la forma de una ciudad. Aunque el cementerio es pequeño, es el conjunto de diagonales que se irradia desde un punto cercano a la entrada el que los lleva a rincones insospechados y los hace perder la orientación. Pero también es el hecho de caminar mirando hacia lo alto, bajo la sombra de estatuas como la Dolorosa, que se cubren el rostro para ocultar el sufrimiento y finalmente parecen ocultar algo mucho peor.

Este es el cementerio más antiguo de la ciudad, y el único que conserva para la muerte la elegancia de otra época. Un sueño de mármol hecho con dinero, el de las familias ricas. Solo los que podían comprar su derecho a la poesía de la muerte están acá; para los otros, las fosas comunes o las piedras desnudas que sellaron definitivamente su insignificancia sobre la tierra. Esta tarde recorro los pasillos de baldosas grises y me pregunto dónde me sepultarán, si me pudriré lentamente bajo tierra o en uno de esos nichos apilados como en estanterías, uno de los más altos, donde un único clavel marchito dé testimonio del olvido. Pero los visitantes parecen tranquilos, divertidos incluso, mientras disparan la cámara hacia una lápida de renombre, una bóveda más lujosa que las otras.

Es la ausencia de olor a podredumbre lo que los ayuda a abstraerse. Como son muchos los recaudos que se toman para que la putrefacción no chorree y se escape de los cajones en forma de líquido o de gases, este es el único cementerio de la ciudad que no tiene ese olor rancio, dulce, ofensivo, de la lenta descomposición de los cuerpos. Las flores nunca consiguen taparlo. Se te mete en la nariz, y sabés que no lo vas a olvidar nunca. Es más insidioso que los excrementos, que la basura, quizás porque podría, si no se conociera su procedencia cargada de espanto, ser un perfume. Es solo la carne la que conoce el horror; los huesos, cuando están limpios, bien podrían ser fósiles, pedazos de madera, objeto de curiosidad. Pero la carne es lo que me desvela en estos días.

Hace unas semanas que vengo compulsivamente al cementerio y esta vez trato de conjurar, de día y acompañada por mi hijo, un recuerdo que me perturba. Él corre varios metros adelante mío y no imagina lo que estoy pensando. Tiene cinco años; al principio se enamoró del cementerio que parece un laberinto, de esta ciudad en miniatura, y en un momento me pidió por favor que no lo trajera más. Le dije que hoy sería la última vez, prometí comprarle un regalo si me acompañaba y accedió. Ahora juega a perseguir a un esqueleto que se llama Juan, le puso nombre. Busca, entre todas las bóvedas, la que tiene grabadas en el vidrio de la puerta un par de tibias y una calavera: cree que adentro hay enterrado un pirata.

Quiere jugar a las escondidas y grita de entusiasmo, pero le digo con firmeza que acá no se puede gritar, que no corra. Que puede chocarse con alguien, y que en los lugares donde hay personas enterradas hay que mostrar respeto. No sé cómo pero lo entiende. A pesar de sus pocos años, es sensible a ese aire distinto que se impone acá, como en los museos y las iglesias. Cuando lo llevé al Museo de Bellas Artes o a la Catedral le enseñé, antes de cruzar la puerta y llevándome un dedo a los labios, que a algunos lugares se ingresa en silencio, pisando despacio.

Elegimos un camino diferente al de los grupos de turistas, que avanzan muy lento mientras escuchan las explicaciones de un guía. Pronto nos perdemos hacia el fondo del cementerio. Santi tiene un pantalón rojo, es lo más vivo en este lugar y corre entre mármoles y granito hasta que, de repente, para. Se queda duro frente a la estatua altísima de una mujer que apoya su espada en el suelo, dándose por vencida; tiene que alzar mucho los ojos para mirarla. Enseguida se desprende de esa primera fascinación y sigue. Un poco más allá, en la entrada de una bóveda, agarra con las dos manos el llamador que sostiene en la boca un león de bronce, trata de tirar de la puerta para abrirla. Le digo que no se puede. Él acata, entiende que las reglas acá son distintas, aunque no sepa exactamente de qué lo protejo. Corre otra vez, se arrodilla junto a la abertura de vidrio en el costado de una de las bóvedas y señala con el dedo hacia el interior. Me acerco para mirar con él. Espía. Me pregunta si los cajones más chicos son ataúdes de bebés. Le digo que no siempre, que cuando las personas pasan mucho tiempo enterradas quedan solo los huesos y se pueden guardar en una caja más chica. No quiero decirle que a veces los cuerpos se meten en un horno para reducirlos a cenizas.

Más tarde encuentra por fin la bóveda de la calavera y las tibias, se sienta en el escalón de la entrada y me pide que le saque una foto. Por momentos me pregunto si está bien que esté arrojado a la muerte de esta manera, a sus cinco años. Si no debería ocultársela más. Pero no elegimos que la muerte viniera a nuestra casa, y sin embargo vino.

Seguimos caminando por el cementerio y trato de tener un ojo en él mientras me dejo capturar por cada cosa que me sale al encuentro. Me detengo en las bóvedas donde hay una rajadura, una grieta. Todo lo que miro está roto. Puertas de hierro de doble hoja a las que les faltan los vidrios, mal cerradas por una cadena improvisada. Bóvedas donde el piso cedió y es posible, desde el exterior, ver las filas de cajones depositados sobre los estantes que cubren la pared hasta el último subsuelo. Cajones con la tapa corrida o destrozada, como si un hacha, y no solo el tiempo, hubiera caído sobre ellos –y a veces, efectivamente, así fue–. Me imagino la presencia furtiva de los cuerpos vivos a la noche, entre susurros, cubiertos solo a medias por la oscuridad, mientras buscan algo que pueda venderse en esas tumbas abandonadas.

Yo también busco algo, y por momentos siento que traje a Santiago para asegurarme de no encontrarlo. Como si fuera un amuleto. Lo llamo para señalarle los cajones adentro de una bóveda que tiene los vidrios partidos. Hay yuyos que surgen de entre las baldosas, como si en el futuro la escala de grises del cementerio, la solidez de sus materiales, fueran a ser invadidas por una fuerza que viene de lo más profundo de la tierra. Adentro las paredes están marrones, la pintura rajada. Hay olor a humedad y una planta que trepa desde una grieta en la pared. A través de la tapa quebrada de un cajón se puede ver un hueso largo, quizás un húmero o una tibia, limpio de todo resto de carne, igual que esos huesos que dejan los perros después de masticarlos y lamerlos a más no poder, solo que sin el brillo. La superficie es de color marrón y en el extremo tiene un par de cavidades de otra textura, apenas rosadas. Me pongo didáctica y le señalo a Santi:

—¿Ves?, así quedan los huesos después de mucho tiempo.

—¿Lo puedo tocar? —pregunta.

—No porque no está limpio, puede haber gusanos.

Él hace que sí con la cabeza y se aleja. Por un segundo se me cierra la garganta. Quiero ponerle una imagen real a su fantasía con los esqueletos pero al mismo tiempo no sé lo que quiero, si estoy perdiendo el equilibrio. No me importaría si fuera por mí, pero los hijos merecen la normalidad, la necesitan.

Me levanto después de mirar esta bóveda en cuclillas, agarrada a las rejas, y sigo a Santiago. Le paso la mano por el pelo castaño, siempre despeinado. Me gusta en él todo lo que es de niño: el pelo revuelto cuando se despierta a la mañana, las pestañas espesas, los ojos enormes. Lo miro para absorberlo tal como es ahora, sabiendo que esto dura un segundo.

Nos paramos frente a un ángel que, de brazos cruzados, espera junto a la entrada de una bóveda. Tiene una túnica con pliegues y la nariz rota. Más tarde descansamos sentados junto a una joven que lleva rosas en las manos. El ramo se desarma para dejar caer algunas sobre el piso, hasta los escalones que conducen al monumento. Flores que nadie pudo recoger, ya petrificadas. Una posibilidad perdida. Me agarra una tristeza súbita por lo preciso de esa imagen, por la persistencia en creer que cualquier vida interrumpida antes de tiempo es una flor arrancada, una especie de error de la naturaleza. A otra estatua femenina que mira hacia un costado con pudor mientras inclina la cabeza, oscurecida por el verdín, le sacamos una foto. Lo mismo que a la chica, casi una niña, que sostiene un libro entre las manos, aunque una de ellas esté cortada a la altura de la muñeca.

Cuando llegamos al otro extremo del cementerio nos quedamos mucho tiempo frente a una de mis estatuas preferidas: una dama que, envuelta en un lienzo hasta la altura del pecho, se recuesta gentil sobre la tumba de Marco Avellaneda, con los brazos extendidos como las bailarinas cuando se pliegan sobre sí mismas para imitar el movimiento de un cisne. Tiene las manos entrelazadas y entre los dedos, a medio caer, una rosa. Si se la mira de perfil, se puede ver que la tela apenas alcanza a cubrirla y que uno de sus pechos, grande y firme, asoma casi hasta el pezón.

Hay sexo en la piedra, y esa estatua es hipnótica como el sexo. Se entiende por qué alguien, un hombre muy rico, pagó para tener a una mujer semidesnuda reclinada sobre su tumba por los siglos de los siglos, distrayendo a los visitantes de toda corrupción. Me impresiona –porque no es tan lejano en el tiempo, pero pertenece a un mundo que no existe más– el erotismo furioso de las estatuas femeninas, la profusión de formas que intenta construir un edificio de símbolos sobre la destrucción. Acá en la superficie, bajo las alas de los ángeles protectores, la muerte es una cosa blanca, preservada del tiempo.

Caminamos un poco más, nos detenemos frente a una hiedra de un verde brillante que baja en cascada por el costado de una bóveda, de una abundancia inexplicable. Una pareja de extranjeros me hace señas con las manos y me pregunta en inglés si sé dónde está la tumba de Evita, les señalo la dirección. Llevan botellas de agua en la mano, me agradecen, siguen su camino. De pronto miro alrededor y no veo a Santiago. Es algo que hace todo el tiempo por más que lo rete con furia, se adelanta corriendo y desparece a la vuelta de una esquina. Camino rápido en la misma dirección en que veníamos, miro a un lado y al otro. No está. En todas partes veo personas que no son mi hijo. No sé si seguir adelante o doblar. Decido quedarme donde estoy para que él pueda encontrarme pero de pronto me doy cuenta de que puede haber ido hacia esa zona del cementerio que estoy tratando de evitar y la desesperación me sube desde las rodillas.

Hay una bóveda en particular que está en desuso. Nadie que yo haya conocido está sepultado ahí pero ahora se me clava en la frente una pregunta: si la puerta que durante décadas permaneció bajo llave, y que hace poco se abrió por primera vez en mucho tiempo, estará cerrada o abierta.

Me doy cuenta por fin de la locura de haber venido esta vez con mi hijo; decido que en cuanto aparezca nos vamos sin demora. Solo que no aparece. No sé cuántos minutos pasan, quizás solo uno. Empiezo a gritar su nombre. A los pocos segundos aparece agitado desde el fondo del pasillo en el que estoy esperando, me mira con intensidad, trata de adivinar si estoy enojada. Tengo el cuerpo tenso y listo para retarlo pero me desarma ese destello de comprensión. Me arrodillo y lo abrazo. Me dice que se asustó, le digo que yo también y que nos vamos ya mismo. Lo tomo de la mano y empezamos a buscar la salida.

Me sobresalta el tañido de las campanas, insistente, que señala la hora de cierre. No me di cuenta de que había pasado la tarde. El cielo sigue compacto y nublado pero no va a llover, es solo un manto cada vez más espeso que lo cubre todo. Vamos hacia el pórtico pero no podemos atravesarlo porque un mar de gente se agolpa en los pasillos que conducen a la entrada. Allá arriba en el friso, muy por encima de nuestras cabezas, se lee “Esperamos al Señor” en un idioma muerto. De repente me pone nerviosa estar entre la multitud, tengo ansiedad por irme. Santi me tironea para que avancemos. Todo pasa como en un parpadeo: entre las caras de los extraños aparece una que me llama la atención, porque me está mirando. En realidad no aparece, me doy cuenta de que ya estaba ahí, inmóvil en medio de la gente que la esquiva y trata de alcanzar la salida. Hay algo desafiante en la manera en que no desvía la mirada cuando fijo la mía en ella. Tiene el pelo largo y oscuro, desordenado como el de una ciruja, pero no es eso; hay algo en ella que no pertenece acá. No a este lugar sino, cómo decirlo… a la realidad. Siento el golpe del corazón contra las costillas cuando comprendo por qué me parece conocerla. La angustia me cava un hueco en el pecho. Sostengo fuerte la mano de Santiago y empiezo a empujar para que nos dejen salir, es preciso que lo hagamos ya. Empujo entre los cuerpos con el hombro, con los codos, pongo a Santiago atrás mío para que no lo aplasten y lo arrastro conmigo. Varias personas me miran con odio, una me insulta. Cuando ya estamos por pasar bajo el pórtico me doy vuelta desesperada para ver si la mujer todavía sigue en su lugar y me encuentro con esos ojos salvajes, cargados de intención. Está absolutamente inmóvil, los últimos visitantes le pasan por al lado y siguen. Todos buscamos abandonar el cementerio, pero ella gira y empieza a caminar hacia las tumbas.

Capítulo 1

La tarde en que llegué a Buenos Aires, el barco se deslizó por una superficie interminable de agua marrón, a la que llamaron “río”. Comprendí con estupor que era el final del viaje. Los marineros se gritaban a través de la cubierta, concentrados en el esfuerzo de no encallar. La luz era tan plena que todo parecía flotar en el aire. Solo a medida que nos acercamos a la costa pude ver con nitidez desoladora, entre los altos mástiles que interrumpían la visión, el perfil de la ciudad. Los edificios chatos, rectangulares, estaban expuestos al borde de ese río que parecía mar abierto. Más atrás se elevaban las cúpulas de iglesias y campanarios, pero lo que dominaba la escena era un edificio semicircular, de varios pisos, coronado por un faro. Era la Aduana, después lo supe, y le daba a la ciudad el aspecto de una construcción antigua, emplazada por error en el extremo más reciente del mundo.

Frente a Buenos Aires, una multitud de goletas y bergantines ocupaba desordenadamente el río. Algunos llevaban las velas desplegadas todavía, otros se mecían aletargados. En vano la vista buscaba el puerto. La ciudad se extendía hacia ambos lados pero en algún momento la costa era conquistada por el barro y tuve la impresión, además del evidente desplazamiento en el espacio que se había prolongado por varias semanas, de haber viajado en el tiempo. Al pasado, quizás, pero también a algo demasiado nuevo. ¿Qué era eso? Supe también que al otro lado la ciudad se deshacía en tierra, mataderos, lodazales y cementerios, y luego estaba la planicie interminable en la que descansaban huesos de otras eras.

Hubo tiempo de contemplarlo todo mientras esperábamos el turno para el desembarco, a medida que la luz de la tarde menguaba. A lo lejos, donde la costa era de barro y piedras, un grupo de mujeres se afanaba en una tarea que al principio no comprendí; las veía moverse con cierta lentitud, veía cómo algunas se sostenían con una mano el ruedo del vestido y en la otra cargaban algo que debía pesarles, porque sus figuras tambaleantes hacían equilibrio para caminar entre las piedras. El agitarse de lienzos blancos me dio la clave; se trataba de ropa que habían lavado en el río y luego puesto a secar al sol. Cuando el barco se acercó más a la costa, deslizándose moroso sobre el río, pude ver que llevaban delantales y cofias de colores claros que resaltaban, sobre todo, en los rostros de las negras, una raza que en ese momento mis ojos contemplaban por primera vez.

Al rato la luna tomó posesión del cielo, una luna del color de un fuego pálido, suavizado por las nubes. En las embarcaciones, y en las carretas que esperaban en la costa, empezaron a encenderse lámparas y faroles.

Al parecer los barcos no podían acercarse a la tierra, ni disponía la ciudad de un muelle que facilitara la descarga de humanos y equipajes. Habituada a las ciudades europeas, apenas podía recordar la última vez que había visto un espectáculo tan primitivo. Los marineros se dedicaron a acarrear baúles y cajas desde la bodega a la cubierta; los escasos viajeros, a punto de convertirse en inmigrantes, conversaban en polaco o en alemán. De las extrañas marcas que llevaban en el cuello, cubiertas por sus pañuelos y los bordes de sus camisas, estaba segura, ninguno diría una palabra. No quedaban muchos; la mayoría había desembarcado varias semanas atrás, en otros puertos igualmente desconocidos, al cabo de un viaje en el que dos temporales y un mástil roto habían sido los eventos más destacados.

Por mi parte vi todo desde la ventana de un camarote vacío, sustrayéndome a las miradas. Afuera, tanto las personas como las cajas repletas de mercancías eran descargadas en botes que las llevaban remando casi hasta la costa. Allí unos carros de altísimas ruedas, que parecían a punto de zozobrar, se esforzaban por rodar en la poca profundidad de esa parte del río para arrastrar sobre ellos a un puñado de pasajeros que trataba de proteger su equipaje, y las ropas, de la salpicadura del líquido marrón. En tierra firme los esperaban carretas tiradas por caballos para completar el trayecto.

El bullicio de la llegada me permitió salir por última vez del rincón oscuro que había ocupado en la bodega. Solo lo había abandonado en algunas oportunidades para alimentarme. No fue difícil, ni cazar ni seducir a las presas, pero sí lo fue espaciar los ataques lo suficiente como para que no llegara a la consciencia de todos, pasajeros y tripulación, el hecho de que alguien se los estaba comiendo.

Ahora tenía que ser cuidadosa y no dejarme ver. No era prudente aparecer por primera vez al final del viaje, una pasajera nueva a la que nadie había notado en semanas. Después de contemplar la ciudad durante unos minutos decidí volver a la bodega y elegí el baúl más voluminoso para esconderme, no sin antes romper el candado que lo aseguraba y vaciar parte del contenido en otro baúl también enorme. Solo quedaba hacer silencio, y esperar. No sabía lo que me deparaba este país desconocido y aunque estaba segura de que por lo menos tenía garantizada la supervivencia, traté de darme valor con el recuerdo del peligro que había dejado atrás, y al que creí poner punto final cuando el barco zarpó desde el puerto de Bremen.

El pasado se me aparecía como un dibujo iluminado por las llamas. No quería verlo: la persecución, la sed. Los gritos. La consciencia aguda de que algo se había terminado, de que era preciso que me fuera. Durante siglos me había alimentado sin problemas, primero en el aislamiento del castillo, luego en los bosques. Tenía pocos años de edad cuando mi madre, desesperada de hambre y a cambio de unas monedas, me había arrastrado hasta la enorme puerta de roble que se abrió ante nosotras con un crujido infernal. Todos en el pueblo sabían lo que pasaba allá arriba, nadie se atrevía a combatirlo. Los hijos desaparecían de sus cunas, se internaban en el bosque para no volver jamás. Los cuerpos nunca aparecían. Tuve que atravesar yo sola, temblando, la puerta demasiado alta que llevaba a la casa del Señor. Mi madre me dijo que entrara, y me hizo jurar que no me daría vuelta para mirarla. No lo hice.

Caí en un mundo oscuro, como si me hubiese tragado el infierno. Había muchos como yo, niñas y niños presos en habitaciones heladas, impregnados de su propia suciedad, a los que se arrojaba un pedazo de comida de vez en cuando para mantenerlos vivos. Ese borde siniestro entre la vida y la muerte era el dominio sobre el cual gobernaba aquel que sería mi Hacedor. Así y todo, algunos morían de debilidad. Estábamos a disposición del Amo para satisfacer cada uno de sus impulsos, todos asesinos. A algunos los descartaba después de extraerles hasta la última gota de sangre, a otros nos hacía durar. Yo tuve suerte. Crecí enloquecida de miedo y furia contenida, con el único consuelo de otras niñas con las que me acurrucaba durante las noches para darnos calor. Dormía con los dedos enredados en el pelo de mis compañeras, y me sobresaltaba el más mínimo ruido. Al resto de humanidad que nos quedaba lo tuvimos aferrado como algo precioso durante todos esos años, hasta que nos fue robado. Cuando nuestros cuerpos fueron de mujer, una por una, el Amo nos convirtió. Debíamos estar agradecidas porque su servicio nos elevaba, y ser sus amantes era un lujo.

Durante años estuve rabiosa de venganza. Aullaba por las noches y miraba, desde lo alto del castillo, la villa de unas pocas casas en las que brillaba la luz del fuego y donde, quizás, todavía vivía esa mujer que había llamado “madre”.

Fue la sangre lo que me salvó. La sangre, que me enloqueció desde el primer contacto y me convirtió, poco a poco, en una bestia. El pasado retrocedió, hasta olvidé mi nombre, y a su debido tiempo recibí uno nuevo en un lenguaje maldito. Lo único verdadero era esa necesidad de saciarme, una y otra vez, y la generosidad con que mi Hacedor me ofrecía sus propias víctimas. Desnuda, con el cuerpo cubierto de sangre seca, me arrastraba entre sombras y mis hermanas conmigo, esperando esas noches en las que el Hacedor nos invitaba a sus orgías de sangre y cópulas furiosas. Podíamos comer, siempre que fuéramos suyas. Yo existía para ese instante en que clavaba los dientes en un cuello palpitante y el líquido rojo me llenaba la boca.

Pero los siglos pasaron y los humanos, allá abajo, ya no tuvieron miedo. Cuando se llevaron a mi Hacedor, la cabeza separada del cuerpo por el filo de la espada, hubo que esconderse. Venían por nosotras, y el instinto nos llevó hasta lo más profundo del bosque. Aullábamos como lobas. No habíamos aprendido a cazar, porque la comida se nos daba servida. Mujeres, niños, a veces hombres, que llegaban desprevenidos, y no teníamos más que esperar una señal del Amo que nos autorizaba a rodear, a morder. Todo lo que quisiéramos, hasta caer rendidas. Había cierta lujuria en la abundancia, después lo entendimos. Fue cuando, famélicas en el bosque, tuvimos que aprender los movimientos de la caza por primera vez, como si los inventáramos. La espera, el silencio extremo, el sigilo. La velocidad de ataque y el zarpazo. El segundo preciso de hincar los colmillos, mientras duraba la sorpresa, a veces bajo el influjo de unos ojos demasiado abiertos.

Eran matanzas caóticas, los restos quedaban esparcidos en el suelo. Si de vez en cuando los encontraba algún campesino que, como nosotras, se adentraba en el bosque para cazar, pensaba que eran las sobras del festín de los lobos. Pero aun en la bruma de nuestras mentes llevábamos intacta la visión de la matanza que habíamos presenciado, el choque de las espadas, las estacas atravesando los pechos desnudos, el río de sangre que había estado a punto de arrastrarnos. Ya no podíamos seguir alimentándonos según las leyes y costumbres que nuestro Hacedor había conservado por siglos, en su largo dominio de silencio y terror desde lo alto del castillo; si queríamos sobrevivir, teníamos que mezclarnos entre los humanos.

Con el tiempo perfeccionamos el mecanismo, agregamos la seducción a la violencia. Dejamos de parecer animales. Mis hermanas y yo nos trenzábamos el pelo unas a otras, adquirimos los modales de la nobleza, aprendimos a vestirnos. En cada sitio al que íbamos aprendíamos el idioma de los hombres, lo comprendíamos al instante. Recorríamos pueblos y aldeas y en cada uno permanecíamos el tiempo justo como para no levantar sospechas. Nos calmábamos la sed, y las madres desesperadas no podían más que llorar frente a la dolencia misteriosa que se llevaba a los hijos. Comíamos y los médicos no tenían nombre para esa agonía que pronto terminaba en un cajón improvisado, camino al cementerio. Después se oían los ruidos más extraños procedentes de las tumbas, y nacían las historias.

Fuimos la plaga, durante demasiado tiempo. Nos llamaron con muchos nombres. Intentaban protegerse con amuletos y crucifijos, con ristras de ajo colgadas en el marco de las puertas, y nosotras las atravesábamos riendo. Con el tiempo supimos que era posible consumir a la víctima de a poco, debilitar sin dar la muerte, extraer la medida justa y esperar a que la sangre se renovara. Pero todo empezó a cambiar, y mientras tratábamos de entenderlo perdí a mis hermanas. Lo que pasó… no podíamos imaginarlo. Las leyendas se convirtieron en noticias. Empezaron a creer en nosotras.

Estábamos escondidas en el bosque, adonde volvíamos de vez en cuando para rememorar, desnudas, lo salvaje que había en nosotras. Las ramas de los árboles se extendían como esqueletos suplicantes, huesos ennegrecidos; el suelo estaba cubierto de nieve. No había el más mínimo rastro de luna en el cielo y en la oscuridad aparecieron los fuegos. Los vimos cuando ya era tarde. Tratamos de escapar, pero estábamos rodeadas. Nos iluminaron con antorchas y, antes de que pudiéramos atacar, nos tomaron del pelo y nos llevaron a la rastra frente a un hombre de la iglesia, un sacerdote, cuya misión –no lo pude comprender– era salvarnos o arrojarnos al infierno. Estaba vestido de negro, con un tocado del mismo color y una cruz dorada colgando en el pecho. Los ojos eran negros como dos carbones sobre una larga barba blanca y, cuando levantó los brazos, pareció un ave de carroña a punto de arrojarse sobre nosotras. Era el que comandaba la cacería y estaba enardecido, en los ojos le brillaba el deseo de destruir. A mis hermanas las tendieron en el piso mientras los más fuertes de esos hombres les aferraban los brazos y las piernas para inmovilizarlas. Mientras ellas se retorcían y los hombres apenas alcanzaban a dominarlas vi cómo el sacerdote, después de dibujarse sobre el cuerpo la señal de la cruz, les hundía una estaca en el pecho y descargaba el hacha sobre sus cuellos. Miré por última vez los rostros de mis hermanas, los cabellos que ahora estaban mojados de barro y nieve, el espanto cincelado en los ojos abiertos. Mientras los cuerpos decapitados teñían el suelo de rojo, sospeché que el fin estaba cerca. No lo lamenté. Quería morir con ellas, que eran mi única familia. Pero en cambio me ataron y me llevaron al pueblo.

Pobres de ellos, querían examinar a uno de mi especie. Todavía era de noche cuando llegamos a la casa del médico. Me metieron a la fuerza en un cuarto iluminado con velas y me ataron a la cama. Mientras los brutos que me habían traído abandonaban la habitación, tuve tiempo para mirar todo. El crucifijo en la pared, la mesa donde un cuaderno abierto esperaba anotaciones sobre mí, la Biblia. Mientras lo hacía la puerta se abrió de un golpe y apareció la figura negra del sacerdote que había matado a mis hermanas. Me miró con soberbia y se acercó a la cama. Me informó que la Santa Iglesia había exterminado a miles como yo, criaturas de Satanás, y que era el turno de salvar mi alma. Dije que era la misma Iglesia la que había protegido a mi Hacedor durante décadas, a lo largo de cientos de crímenes. No había salvación ni piedad para los cuerpos de los niños que se arrojaban a un despeñadero a los pies del castillo y atraían a las aves de carroña. Lo recordaba todo: el sacerdote que visitaba las humildes cabañas y sugería a las madres, atormentadas por no poder alimentar a sus hijos, la manera de beneficiarlos a ellos y al resto de la familia. Los ruegos en voz alta para que las mujeres tuvieran fortaleza y resignación, si acaso se enteraban del destino de los niños.

$9.28
Age restriction:
0+
Release date on Litres:
15 November 2024
Volume:
231 p. 2 illustrations
ISBN:
9789874941831
Publishers:
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