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LA SOCIABILIDAD PERDIDA

El Municipio de Olavarría, en la provincia de Buenos Aires, fue una sociedad abierta y móvil que se expresó en los circuitos sociales, económicos, culturales y políticos. Sus preocupaciones se manifestaron en el intercambio entre la prensa, las instituciones y la opinión pública, lo cual dinamizó la sociabilidad y la vida política. Contribuyeron a ese dinamismo las movilizaciones y fiestas organizadas por las sociedades de socorros mutuos, que potenciaron la esfera pública y propiciaron una integración de la elite y los sectores populares.

En este libro, María del Carmen Angueira aborda la historia de Olavarría, haciendo foco en la población y su participación en la política y cultura de la región, para así destacar la hábil capacidad de cambio social y político por los derechos ciudadanos y democráticos que estaba presente en esta comunidad.

María del Carmen Angueira es doctora en Historia y magíster en Ciencias Sociales. Fue profesora de Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado en el Ciclo Básico Común (UBA) y de Historia Social del Siglo XX e Historia Social Argentina y Latinoamericana (UNICEN). Ha publicado diversos artículos y libros sobre historia argentina.

MARÍA DEL CARMEN ANGUEIRA

LA SOCIABILIDAD PERDIDA

CULTURA, ECONOMÍA, POLÍTICA Y SOCIEDAD EN OLAVARRÍA

1880-1930


Índice

  Cubierta

  Acerca de La sociabilidad perdida

  Portada

  Dedicatoria

  Agradecimientos

  Introducción

  Capítulo 1. ¿Cómo fue Olavarría en sus comienzos? La evolución de los pueblos originarios La conformación del partido Los cambios en la colonización, inmigración y producción entre 1880 y 1930 La producción minera y la agroganadera Las prácticas manufactureras e industriales, 1880-1930

  Capítulo 2. Sociabilidad e identidad El desarrollo demográfico Urbanización, sociabilidad y orden político

  Capítulo 3. Centralismo y autonomía municipal: manipulación electoral en la práctica política El reformismo político nacional de 1912 El debate político en la provincia de Buenos Aires y la implementación de la ley de 1913 (Ahumada) La normativa municipal y la práctica política, 1880-1930 Concentración del poder: atribuciones superpuestas entre autoridades municipales y provinciales La sociabilidad, la esfera pública y las prácticas políticas, 1880-1930

  Conclusión

  Bibliografía Fuentes Entrevistas

  Álbum de imágenes

  Créditos

Para Jesús de Nazaret.

A mis padres.

A mi hijo Sebastián.

A la memoria de Ana María,

hermana del alma.

Agradecimientos

A Luis Alberto Romero, Hilda Sábato, Juan Suriano, Mirta Zaida Lobato, Claudia Touris y Luciano De Privitellio; a cada uno le debo que, con sus observaciones e intercambio, estimularan la realización del presente libro.

Mis gratitudes a colegas profesoras y profesores de la Facultad de Ciencias Sociales de Olavarría: Alejandro Balazote, Rosa María Brenca, Hugo Ratier, Mónica Cohendoz, María Teresa Sanseau, Alicia Villafañe, Carlos Paz, Marcelo Sarlingo, Aurora Alonso de Rocha y Marcela Güerci, quienes reconocieron la validez de esta investigación.

A Lita Chames, quien aportó los conocimientos técnicos para el análisis económico y estadístico de la investigación.

Introducción

Lo escrito en estas páginas cuenta la historia de una comunidad en el centro de la provincia de Buenos Aires: el Municipio de Olavarría.

La temática tratada resalta la democratización y sociabilidad de sus pobladores. A ellos se los encontraba reunidos, en una trama de actividades interindividuales y colectivas, en una esfera pública donde la prensa, la opinión pública y el asociacionismo los conectaban e identificaba. Esta era la referencia de la que se valían los partidos políticos para consensuar los candidatos durante las elecciones.

La región fue de un crecimiento económico constante: producción agropecuaria, minera e industrial, y de allí provino la fluidez cultural y social de la comunidad. Estas circunstancias activaron una reciprocidad urbana-rural que enfocó la solución a los problemas y conflictos. Así lo atestiguan los documentos hallados en la hemeroteca del diario El Popular.

Asimismo, las fuentes encontradas en el Museo Ferroviario Nacional caracterizan la producción minera por antonomasia, según lo prueban los balances comerciales de la empresa del Ferrocarril del Sud, cuyo peso transportado tenía una capacidad de carga cinco veces mayor que la de los rubros agropecuario y ganadero.

La historia micro descifra la dinámica de las relaciones interpersonales propias de un espacio reducido –el de la comuna– donde los vínculos se estrechan entre cada uno y todos.

En función de ello, aflora la fluida movilidad entre la elite y la sociedad; en la historia local se escribe en una dinámica entre micro macro, y a la inversa. Este devenir constante abrió interrogantes alrededor de las similitudes y las diferencias, en el proceso temporal, de la coyuntura estudiada.1

El libro consta de tres capítulos que abordan la historia de la comuna entre 1880 y 1930. El primero abarca unas décadas antes de 1880, a modo de reseña para entender mejor los comienzos de la historia local hasta 1930, cuando la región todavía estaba habitada mayoritariamente por los pueblos originarios –catrieles– y los blancos que se fueron agregando provenientes de la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores, para probar vida en estas tierras. En otras palabras, comprende también el crecimiento económico, social, agropecuario, minero e industrial experimentado en la región por los inmigrantes que, venidos desde lejos –el continente europeo–, pero también desde más cerca, los de países limítrofes. En fin, de otras regiones del país, más los poblados autóctonos.

El capítulo 2 compone la urbanización que experimentó Olavarría: identidad, sociabilidad, república y democracia. En este aspecto se resalta la conexión entre campo y ciudad.

El capítulo 3 aborda el dinamismo del vínculo entre centralismo político y autonomía municipal, a fin de que dos procesos simultáneos e interconectados muestren una panorámica esfera pública de interrelaciones entre elecciones, competencia partidaria y democracia.

1. “La actitud experimental que ha coagulado, a fines de los años 70, el grupo de estudiosos italianos de microhistoria («una historia con aditivos», como la define irónicamente Franco Ventura) estaba basada en la aguda conciencia de que todas las fases que esconden la investigación son construidas, y no dadas. Todas: la identificación del objeto y la de su relevancia, la elaboración de las categorías a través de las cuales este se analiza, los criterios de prueba, los módulos estilísticos y narrativos a través de los cuales los resultados se transmiten al lector. Según mi parecer, la especificidad de la microhistoria italiana se puede rastrear en esta apuesta cognoscitiva” (Carlo Ginzburg, “Microhistoria: dos o tres cosas que sé de ella”, Entrepasados. Revista de historia, año V, Nº 8, 1995, p. 67).

CAPÍTULO 1
¿Cómo fue Olavarría en sus comienzos?

En 1828 había pobladores blancos que llegaban a estas tierras habitadas por otros, los catrieles, naturales del lugar.

En ese tiempo Juan Manuel de Rosas, coronel de las Provincias Unidas del Río de la Plata y gobernador de Buenos Aires, organizó la extensión de la frontera sur del Estado argentino, y designó al coronel Mariano García para fundar el fuerte de Laguna Blanca, primer asentamiento de corta duración. En la actualidad, esa extensión equivale a la ruta que une Olavarría, Laprida y Coronel Pringles.2

La política de Rosas fijó pactos de convivencia con las tribus de Catriel, Cachul y Venancio, en zonas vecinas al arroyo Azul y Tapalqué.3

El poblado tuvo desde sus comienzos casas de material y ranchos, donde convivía la población originaria dedicada a tareas comerciales y militares junto a criollos blancos. La aldea recibía de las tribus vecinas mercancías, como pieles de animales, tejidos, ropa y, a pesar de su prohibición, alcohol. También ingresaba al lugar gente autorizada para cambiar sus productos por yeguas.4

En 1842, parte del actual partido de Olavarría pertenecía a los partidos de Tapalqué y Azul. El resto, comprendida la zona oeste de las sierras, fue territorio indígena según los tratados de paz.5

El área que ocupa actualmente la ciudad de Olavarría estaba conformada por tierras ubicadas en la zona de frontera, según el Estado disponía. Así, Juan Nepomuceno Terrero, socio y familiar de Rosas, recibió tierras para usufructuar en calidad de propietario, “en puntas del río Tapalqué”. Las otras tierras fueron concedidas a Catriel y a sus tribus; después sus descendientes las reclamarán, porque el Estado no había cumplido con lo dispuesto por la ley de entregárselas.6

El pueblo de Olavarría se funda el 25 de noviembre de 1867 durante la comandancia de Álvaro Barros en la frontera sur de Buenos Aires.

En virtud de la ley provincial de 1877, referida a la tierra del partido, esta fue convenientemente subdividida y entregada a la explotación. La zona comprendía 4 leguas cuadradas alrededor del pueblo, más las 16 leguas cuadradas que alcanzaba el ejido municipal y que fueron entregadas a hombres y mujeres procedentes de los más diversos países, quienes con dedicación y constancia hicieron de la región una de las zonas más ricas de la provincia. El 9 de marzo de 1881 se convierte en partido con una extensión de 7.714 kilómetros cuadrados y una población de 49.333 habitantes, de los cuales 25.000 habitaban en la ciudad.7

Durante esos años “los dueños de Olavarría eran un puñado de hombres, a saber: J. Yarto, Ángel Moya, Lorenzo Garay, L. Quinteros, Joaquín y Manuel Carranza, Manuel Fernández, Vicente Bahía, los 40 de la guardia nacional, el capitán L. Florinda y Agapito Guisasola, quien dijo que la vecindad del cacique Cipriano Catriel no les había inspirado temor alguno. Sin embargo, agregó, aumentaron los pobladores que llegaban de otros lugares, a partir de 1877, cuando no hubo más malones. Tiempo después, tuvo un socio nuevo en el trabajo del hotel José Yarto, Vicente Bahía. Ellos fundaron una estancia donde ahora se encuentra el Pueblo Nuevo”.8

Los pobladores contaban que algunos de ellos hicieron sus pulperías. Otros, como fue el caso de Guisasola, construyeron un gran rancho de cuatro habitaciones montado con maderas de sauce, álamo, cañas de tacuara y sogas; un cuero para puertas, paredes de barro y paja, techo de junco y revoques lisos de mezcla, porque todavía no se conocía la cal. En aquella casa con piso natural, pero bien pisonado, estableció hotel y billar. Más tarde, al poder traer el material desde Azul con la carreta del Estado, consiguió puertas y ventanas de pino, muebles y otros lujos.

Los inmigrantes recibieron las tierras y fueron hombres y mujeres de los más diversos países, quienes con dedicación y constancia transformaron el lugar, en uno de los más prósperos de la provincia bonaerense.

Junto con el cultivo intensivo de la tierra, llegaron a nuestro medio, en 1900, las trilladoras. Fueron sus propietarios don Juan Baldana, don Pedro Ala, don Miguel y Francisco Rossi, don Pablo Fassina y otros […] Las primeras trilladoras con su equipo de casillas, depósitos de combustible, carro aguatero, etc., eran arrastradas por tardos y pesados bueyes. Posteriormente, en 1904, llegaron los primeros motores a tracción, sin que ellos significaran la total sustitución de los bueyes, los que se siguieron empleando por varios años.9

Durante la cosecha la ciudad expresaba pura alegría. Las trilladoras recorrían las calles antes de ir a cada chacra. En un pintoresco desfile, los vecinos saludaban a los conductores. Mientras, niños y mayores arrojaban semilla a cada máquina, como serpentina, para augurar éxitos. La tarea de la cosecha duraba tres o cuatro meses, con 30.000 a 40.000 bolsas de cereal recogidas. Una vez finalizada, los peones eran recibidos en los comercios del pueblo y todos compartían el festejo.

La evolución de los pueblos originarios

Los pueblos originarios fueron denominados de manera distinta, según la época: durante el siglo XVIII, tehuelches septentrionales, y en el XIX, pampas, durante el proceso de mestizaje entre el blanco recién llegado de distintas regiones del país y el mapuche (araucano) procedente de Chile.

Lo llamativo y digno de recalcar es “la persistencia de un tiempo más que importante de lo no araucano, como lo justifica la arqueología de la provincia de Buenos Aires al sur del Salado”.10

Los documentos registran la existencia de una expedición militar, la de Federico Rauch, en 1826-1827, cuyos milicianos eran cuatrocientos tehuelches al mando del cacique Negro junto con otros, pampas, del cacique Juan Catriel. Al mismo tiempo había patagones, tehuelches y araucanos formando, según la clasificación realizada por José Sánchez Labrador, una nación con los indios pampas que era “un agregado de muchos individuos de todas ellas”.11

En 1872 el poblado de Catriel estaba afincado a 4,5 leguas del arroyo Azul, a la vera de la colina de Nievas: “Tenía una extensión de tierra […] a la orilla derecha del arroyo Azul, y dio origen al actual barrio Villa Fidelidad, sobre el camino a Tapalqué, en el partido bonaerense de Azul”.12 El Estado dispuso ganar dichas tierras y desalojó a los catrieles. Las fuentes registran el éxodo, que parecía más el producto de una invasión debido al despliegue de organización y poder demostrado durante cuatro horas.13

Los catrieles respondieron y hubo sucesivos enfrentamientos conducidos por Juan José Catriel, quien con 5.000 indios sitió Azul. Se llevó 500 cautivos y 1.500 cabezas de ganado. También quemó la estancia San Jacinto, propiedad del comandante Celestino Muñoz, atacó la galera de Bahía Blanca en Juárez e invadió Olavarría.

Al año siguiente volvieron a invadir este último pueblo (en ese mismo año llegó el telégrafo a Carhué). En 1877 las tropas enviadas por el gobierno, al mando del teniente coronel Teodoro García, destruyeron las tolderías de Juan José Catriel y Marcelino. Así, todos ellos fueron reducidos.

La matanza de los indios de Catriel en los toldos de Traico provocó el desbande de su tribu y el sometimiento de aquel al Estado nacional. Otro jefe, Manuel Grande, fue derrotado en la laguna de Burgos junto con Chipitruz. Este murió de viejo en Olavarría, cerca de sus parciales, pero ya dispersos en la zona de Sierra Chica hasta la segunda mitad del siglo XX.

La conformación del partido

El poblador Agapito Guisasola relató cómo se realizó la tarea perimetral del pueblo, con la superficie de tierras cuadradas otorgadas al municipio en 1876. El agrimensor fue Juan Coquet, designado por el gobierno de la provincia de Buenos Aires, según la ley de ejidos de 1870.

En definitiva, 1877 fue el año en que el territorio quedó fraccionado en 120 manzanas de 100 por 100 varas para solares, 196 quintas y 851 chacras. Cada manzana equivalía a 86,60 milímetros, y su medida era de cuatro solares de 50 por 50; una quinta correspondía a seis manzanas y una chacra de seis quintas, más las calles de 20 varas. Todo el suelo fue cuidadosamente amojonado. Dichas tierras limitaban al norte con el Estado nacional y las tierras de Zoilo Miguens y testamentaría de Manuel B. Belgrano; por el noroeste, con las de Martín Colman, el Estado y la escribanía de Manuel Belgrano; por el suroeste, con las de Juan Antonio Martínez Vidal y Eulalio Aguilar, y por el sureste, con las de Celestino Muñoz –San Jacinto– y el Estado.

Por la misma ley, las chacras de Olavarría fueron destinadas a la población de extranjeros, los rusos del Volga. Al poco tiempo, ellos desistieron de habitarlas por no considerarlas aptas para la siembra. Quienes las recibieron fueron otros, un grupo de extranjeros y criollos. Aunque no fueran del todo bien vistos en un principio, accedieron a la posesión de ellas. Esta obra fue realizada durante la gestión de Carlos Tejedor como gobernador de la provincia de Buenos Aires en 1879. Los derechos de posesión fueron reconocidos en 1882 y más adelante, con la visita de otro funcionario, Dardo Rocha, se convirtieron en propietarios. Asimismo, ellos pagaron el valor de las tierras al municipio un año después, en 1883, y con dichos recursos entre 1890 y 1896 se construyeron puentes, iglesias, etc. Así, la iglesia parroquial fue otra obra realizada para la comunidad de Olavarría durante esos años.14

El cronista militar Remigio Lupo, en su paso por Olavarría durante la expedición de Julio A. Roca al sur, relató con sorpresa que, cuando llegaron a media tarde, le llamaron la atención las muchas casas de material, con relación a un poblado pequeño y apartado. Observó, asimismo, en la mirada de los pobladores, una transparente alegría y esperanza de la paz definitiva para la región, ante la presencia militar, en un territorio lindero a la frontera sur de Río Negro.15

El censo provincial de 1881 registra que la actividad prioritaria era la ganadería. El número de ovejas superaba diez veces a los vacunos, veinte veces a los equinos y treinta a los porcinos. La actividad ganadera creció a partir del comercio entre blancos e indios, pero aún más cuando los catrieles fueron expulsados de la región. Entonces, Olavarría dejó la condición de frontera y se convirtió en partido en 1881. Por último, la llegada del Ferrocarril del Sud en 1883 completó los cambios iniciados. Todos estos elementos contribuyeron al desarrollo de una producción ganadera sostenida en la región.16

Avanzó la producción agrícola con la llegada de inmigrantes rusos alemanes del Volga que se establecieron en las colonias de Nievas, Hinojo y San Miguel. Aprovecharon el territorio fértil donde habían estado los catrieles. Fueron los primeros colonos en introducir los sembrados de trigo, maíz y arrobas de papa, avena, cebada y lino.

La zona contaba con una rica extensión de canteras a 4 leguas de Olavarría, y así se potenció como actividad la explotación minera, en las laderas de los cerros, puesto que tenían mármol de distintos colores y piedras con óxidos férricos y mangánicos.

La Compañía Ferroviaria del Sur, de capitales ingleses, comenzó a funcionar en virtud del decreto provincial del 12 de agosto de 1863. En 1880 experimentó su mayor expansión, vinculada a la explotación agroganadera e industrial en el partido. El pueblo de Hinojo –al oeste de la ciudad–, una zona minera y agrícola, consiguió un creciente desarrollo urbano, gracias a la visión de tres de sus activos comerciantes, Ángel Bardi, David Spinetto y Eugenio Piaggio, que agilizaron los progresos.

Más adelante, los pueblos de Recalde, Rocha, Iturregui, Santa Luisa y otros dispusieron de estaciones de tren, lo que les permitió el traslado de la producción lechera y de cereales.

Otros lugares favorecidos en esta etapa fueron Blanca Grande y Espigas. El primero había sido hasta 1869 un antiguo fuerte convertido en comandancia, y más adelante estancia ganadera de 2.328 hectáreas. Una de las actividades más sobresaliente fue trabajar el ganado cimarrón para aquerenciarlo en la zona: se lo hacía pernoctar en un predio alto, con una reducida pendiente, para que después de cuatro meses se acostumbrara al campo donde estaba.17

La mayoría de los trabajadores en la estancia ganadera eran hombres cuyas actividades eran marcar y castrar el ganado. Las dimensiones de cada una de estas estancias eran enormes, en hectáreas y leguas. En fin, revestían características similares a las existentes en la provincia de Buenos Aires a mediados del siglo XX, cuya faena principal era marcar y castrar el ganado. Es decir, en los campos, que continuaban sin subdividir, solo había pasturas naturales y, como el costo de la hacienda bajó, esta se reproducía para aprovechar la abundante existencia de esas pasturas, importantes para la explotación de la ganadería extensiva.18

En suma, todo un contraste de diferentes modos productivos entre la estancia ganadera y la chacra colona, donde la labor se repartía entre mujeres y varones.

Los problemas de límites en el sur del país con Chile y un probable conflicto bélico entre ambos países movilizaron la actividad ferroviaria para afianzar la frontera nacional. La respuesta no se hizo esperar: para 1895 se proyectó la extensión de las vías desde Bahía Blanca hasta la confluencia de los ríos Limay y Neuquén.

En conclusión, era necesario activar la economía de la región y explotar los territorios. En este contexto, el Estado benefició con diversas concesiones a la empresa ferroviaria. Entre ellas, el tendido del telégrafo a la par de las vías para impulsar la concreción de obras.19

La línea ferroviaria se extendió por la provincia de Buenos Aires desde Plaza Constitución, y llegó a Olavarría el 15 de marzo de 1883. El 1 de octubre de 1883 se inauguró la sección de Olavarría a La Gama (hoy General Lamadrid). Más adelante se extendió hasta el puerto (hoy Ingeniero White), pasando por Bahía Blanca, el 7 de mayo de 1884.20

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Release date on Litres:
15 November 2024
Volume:
199 p. 33 illustrations
ISBN:
9789876918510
Publishers:
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Bookwire
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