Read the book: «Querido Eichmann»

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Contents

1  PRIMERA PARTE

2  SEGUNDA PARTE

3  TERCERA PARTE

4  EPÍLOGO

5  EPÍLOGO 2

Landmarks

1  Cover



Rosenzvaig, Marcos

Querido Eichmann / Marcos Rosenzvaig. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2021.

Libro digital, EPUB - (Narrativa)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-8303-51-2

1. Narrativa Argentina. 2. Nazismo. 3. Holocausto Judío. I. Título.

CDD A863

Edición: Constanza Brunet

Coordinación editorial: Víctor Sabanes

Corrección: Marisa Corgatelli

Diseño gráfico de tapa e interiores: Hugo Pérez

Fotografía: Adolf Eichmann caminando en el patio de su celda en la prisión de Ayalon, Ramla. CC BY-NC 2.0 Milli John Goverment Press Office (Israel).

© 2021 Marcos Rosenzvaig

© 2021 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371-1511

marea@editorialmarea.com.ar

www.editorialmarea.com.ar

ISBN 978-987-8303-51-2

Impreso en Argentina – Printed in Argentina.

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio

o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.


A Alberto Milsztein,

por su inmenso aporte creativo.

A Marcelo Katz,

por su insistencia.


PRIMERA PARTE


La celda era un dado sin cielo. Adolf Eichmann hubiese deseado rodar la noche entera, supongo, pero no fue así, porque ese 31 de mayo de 1962 la noche goteó lenta. Y probablemente él la haya pasado al borde de la cama paladeando su vino. Ese había sido el último deseo del condenado. Dos días antes, el 29 de mayo, escribió una solicitud de clemencia dirigida al presidente israelí, Reuven Rivlin, y algunas cartas a su esposa Vera y otras a sus hijos. Tuvo la intención de escribirle a su hermana Irmgard, pero a último momento sintió que ella no lo merecía. Se la imaginó en la hoguera y se vio a él mismo como un Judas en el cadalso. La diferencia era que Judas se ahorcó por decisión propia, en cambio él debía soportar las decisiones ajenas.

Hacía calor y las lagartijas estaban de festejo, eso creo, porque en Israel la mayor parte del tiempo hace calor. Tanto las estrellas como las lagartijas tenían bloqueado el paso a su celda.

Esa noche, el único habitante del dado ciego se aseguró de que nadie lo observara y –supongo, solo supongo– que se bajó en secreto los pantalones para corroborar la limpieza de sus calzoncillos. Se hubiesen reído de él al mirar nubecitas marrones después de muerto. Es sabido que a los ahorcados se los desnuda para darles sepultura. Al menos él creía que sería sepultado, como un hombre. Pero creyó mal. La realidad indica que fue quemado como un bicho cerca de un farol, sus cenizas arrojadas bien lejos de Jerusalén, en el mar Mediterráneo.

El silencio de la cárcel de Ramala era casi perturbador, supongo. Para otros, una invitación a pensar, pero él no tenía esa costumbre, pues su rutina era obedecer. Sin embargo, esa noche, sentado en el camastro, balanceando las piernas como un niño carcomido por la duda, imagino que pensó en la soga apretada, anudada a la garganta. Le resultó raro estar con la camisa desabrochada y, cuando el botón de arriba se deslizó entre sus manos, ese gesto le hizo elucubrar preguntas censuradas: ¿cómo sería quedarse asfixiado por una cuerda? Él prefirió siempre el anonimato antes que ser el primer actor ante una audiencia.

El pedido de clemencia había sido denegado y ya no le quedaba más que esperar dos horas; después vendría el esparto largo, duro y resistente para que sus piernas bailoteen en el aire ante una multitud de espectadores que lo observarían en vivo y en televisión. Eso al menos fue lo que imaginó: había visto hombres ahorcados. Lo que ignoraba hasta ese momento era que le atarían las piernas.

Tenía cincuenta y seis años. Los zapatos esperaban a un costado de la cama, ordenados en un cuadrante del piso. Un tanto cansado de aguardar el final, se levantó hasta rozar las rejas y aplaudió con ambas manos para exigir la presencia urgente de su carcelero. Lo escuchó llegar lento, arrastrando los zapatos gordos hasta pararse frente a él. Eichmann, reja de por medio, lo abordó con una pregunta indecisa. Casi tartamudeó su persistente inquietud con respecto a la distancia que mediaba entre la celda y el patíbulo. El guardia miró hacia ambos lados, se aseguró de que nadie lo viera y lo escupió certero en el rostro. Eichmann regresó humillado a su cama y se dispuso a continuar la espera; al mismo tiempo pensó que le hubiese convenido haber estado en el juicio de Núremberg. Pero a quién se le hubiera ocurrido que un comando israelí llegaría a la Argentina para secuestrarlo.

¿Estará lloviendo? Las piernas bailotearon sin otro oficio que la espera, hasta que escuchó pasos ligeros por el corredor. Eran los pasos de otro guardia. Se despidió con un largo sorbo de vino. Supuso que era la hora, que lo venían a buscar, y aprovechó para colocarse los zapatos. Pero no, era un sacerdote protestante con un Cristo espantado colgado del cuello y cayendo en el centro de sus hábitos. El reverendo William Hull entró en la celda y Eichmann lo recibió mudo. El reverendo permaneció en el centro como un domador de leones. Eichmann ni lo miró. Estaba enojado. ¿Con Dios? ¿Con el mundo? ¿Con la injusticia de los hombres? El clérigo abrió el libro en un intento por sosegar al león. El reverendo lo detuvo con la mirada y le propuso leer juntos la Biblia. Eichmann se sintió avergonzado, supongo, y se negó a hacerlo alegando que él no era cristiano y que no creía en la vida después de muerto. Tomó un sorbo más de vino ante la mirada impávida del reverendo y dijo: “¡Hasta que se rompan las copas!”. Supongo que fue una ironía o una vulgar frase dicha en tiempos felices entre bebedores. Se estudiaron antes de que el religioso llamara al guardia. No tardó en llegar. Se lo veía más joven que el anterior. Le abrió la puerta y el reverendo se esfumó dejando en el aire un tibio olor a misales. Eichmann aprovechó para preguntar, esta vez de lejos, cuál era la distancia que había entre la celda y el patíbulo.

–Cincuenta metros –afirmó el guardia con una sonrisa y cerró la puerta.

Eichmann se quedó ensimismado calculando la cantidad de pasos que abarcaban cincuenta metros. Desde niño contaba los pasos de la casa a la escuela, el hábito lo continuó de grande cuando abordó la disciplina de la oficialidad, enumeraba los pasos que distaban desde el crematorio de Auschwitz hasta el cuartel de oficiales, y en Buenos Aires contaba 525 pasos desde el descenso del colectivo hasta su casa. La última noche llegó al número 315, lo interrumpieron unos agentes israelíes. Lo alteraba cuando en el medio del conteo alguien lo llamaba. Hacer dos cosas inconexas al mismo tiempo resultaba algo que lo superaba hasta dejarlo exhausto.

Sentado en el camastro improvisó la cuenta calculando el tamaño de un paso mediano, ni pequeño temeroso ni grande y ansioso; se imaginó la caminata de un mártir dando cincuenta y ocho pasos rumbo a la gloria, un santo incomprendido recibiendo todas las flechas envenenadas por quienes se negaron a advertir que no es lo mismo ser un administrador de la muerte que un vulgar asesino. Jamás lo entenderán. Llegará un tiempo en que la historia no solo me perdonará –piensa Eichmann– sino que me cubrirá de honras. Será el día en que los pueblos comprendan que incinerar a los judíos es una prenda de paz. Supongo que se hinchó de autoelogios para después pararse enhiesto, con la mandíbula hacia adelante, como un oficial nazi decidido a recibir a sus verdugos con la mayor altanería posible.

Se me acusa de ser un genocida, pero si lo único que hice fue matar la invisibilidad de los muertos. Qué pudo haber de malo en firmar documentos y organizar los envíos de cientos de miles de personas en trenes. En tal caso me deberían acusar de haber sido un mal administrador, pero a un hombre que yerra en la contabilidad se le asigna un castigo de menos de cinco años; jamás la horca.

–El mundo se volvió loco. ¿No le parece? –dijo hablándole a las paredes de la celda.

Se sorprendió divagando solo y, justo en ese instante vergonzoso, sintió los pasos de varias personas acercándose. Tres de ellos eran guardias. Los esperó erguido, con los zapatos puestos, el mentón hacia adelante y el botón superior de la camisa abrochado. La puerta del calabozo se abrió en cámara lenta. Tuvo tiempo de beber el último sorbo de vino. Las manos de esos hombres eran gigantes. Permaneció mudo. Uno de ellos se acercó para llevar sus brazos hacia la espalda y atarlos. El otro preguntó: “¿Vamos?”. Él asintió con la cabeza y se dispuso a caminar, no sin antes contar minuciosamente los pasos. El conteo comenzó con los cuatro pasos, desde la cama hasta los barrotes, tuvo tiempo para observar la cama tendida, y el frío de un dado envenenado. Conjeturó que otro hombre lo ocuparía al día siguiente, pero abandonó ese pensamiento por el temor de olvidar los pasos dados. Había calculado que desde la celda hasta el patíbulo daría 58 pasos. Cuando dio el número cinco, se detuvo para recomponerse, siempre erguido y con la mandíbula hacia adelante. Dos de los guardias lo llevaron sujetando sus brazos; no obstante, él continuó en silencio el conteo calculando un paso de tipo mediano. Al llegar finalmente al 58, detuvo el conteo y levantó la cabeza: ahí estaba el patíbulo. Todavía restaban, aproximadamente, unos doce pasos. Los contó con el orgullo herido. Los tres guardias detuvieron su marcha para atar las piernas a la altura de los tobillos y luego las rodillas. Eichmann pidió que le aflojaran las ataduras. Los guardias lo hicieron y le preguntaron si prefería una caperuza negra. Él se resistió y finalmente observó el reloj en la pared que marcaba las once y cuarenta y cinco. Miró al auditorio, a los guardias, la soga colgando. Lo subieron al estrado y pusieron la soga alrededor de su cuello. Le preguntaron si quería decir algo. Con voz calma y monótona dijo: “Dentro de muy poco, caballeros, volveremos a encontrarnos. Tal es el destino de todos los hombres. ¡Viva Alemania! ¡Viva Argentina! ¡Viva Austria! Nunca las olvidaré”. Supongo, solo supongo, que a los que asistieron les fue imposible olvidar ese 31 de mayo, más aun cuando observaron cómo convulsionaban las piernas del reo. Después quedó colgado largo rato, goteando, como una sábana sucia.

Salí al recreo. Quise alejarme haciéndome el distraído, pero los colmillos de Helmut me encandilaron. El sol pegaba en esas dos gotas de mercurio como un frontón refractando la luz. De su lengua larga y roja colgaba un hilo pegajoso de baba blanca que se extendía hacia el suelo. No tuve tiempo de alejarme porque algunos colegas me estaban esperando entre la pared del aula y los dos caños tubulares que hacían de baranda de contención, la misma que no impidió que arrojaran a un colega desde la altura de dos pisos provocándole la muerte. Los celadores argumentaron que se cayó solo, eso fue lo que el director transmitió a sus padres, pero yo sé que lo tiraron por judío.

Las otras cabezas se amontonaban a medida que salían de la clase. Unos subidos a las espaldas de los otros simulaban ser niños en los espinazos de sus padres. La fiesta había comenzado mucho antes, se refregaban las patas como moscas al borde del dulce, del postre del día, y el postre soy yo. Me rodean. Las bocas grandes muestran los colmillos y las encías proyectan sangre, que con la luz recrean un paisaje impresionista. Hay un colega que tiene el tono de un espantapájaros desteñido. No parece ario. Ríe largo y angosto y provoca la risa de los otros que se babean. La clase tiene un payaso. Se sospecha de sangre gitana. Sus manos son grandes y de pegada firme. Él sostiene que es ario puro. Helmut lo estuvo investigando. Los perros ladran con las mandíbulas abiertas. En el corredor donde estamos esperando que toquen el timbre para la entrada al aula no transita nadie, ni profesores ni celadores. Podrían matarme y todo quedaría silenciado como la muerte del judío. Un colega está montado sobre el cuerpo del compañero y lame su cabello, lo atiza. El silencio se prolonga. Se escucha un rugido leve que de a poco se hace ensordecedor. No tengo escapatoria. Todos los flancos están bloqueados. Me arrodillo y beso la mano de Helmut. No es suficiente. Me incorporo y protesto ¿Qué les pasa? ¿No se dan cuenta de que soy igual a ustedes? Están empecinados en verme diferente. De hecho, lo soy, pero lo oculto. No me gusta meterme en problemas. Los ojos glaciales de Helmut de a momentos centellean y dan órdenes: formar fila, hacer silencio, levantar la mano y, cuando él lo decide, atacar. Una máquina que no cesa de dar órdenes. Un murmullo de chiquero hambriento, después le sigue una risotada áspera de paletas atascadas de ventilador. La risa de Gustav sobresale. Hay quienes lo incitan a hacerse el gracioso y a él le place divertirlos. En las duchas se masturba con mucho jabón y todos ríen y él muestra orgulloso su várice larga y delgada, y ríe, ríe golpeando con la toalla mojada, a manera de broma, las nalgas de los colegas.

Durante el primer recreo nuestro curso de tercero bajó un piso para golpear a un judío de la primera división “A”. Yo preferí quedarme a comer la merienda. Y eso no cayó bien. Me disculpé, pero no fue suficiente, y ahora estoy en vísperas de recibir la lección merecida.

Algunos muestran el filo de los dientes y al mismo tiempo afilan las pezuñas. La manada suda y se envalentona. Está al acecho. Esperan la orden. Helmut se demora y yo quisiera que lo hagan ya, que se termine; pero no, uno no decide cuándo se producen las cosas. Ya están casi listos. Peor es escapar. Helmut me acaricia con una sonrisa. Después me pega una cachetada. Mi mejilla enrojece y siento un estruendo brutal de risas. A la risotada aguda de Helmut la acompañan risitas bajas y cómplices de sus colegas que dan tarascones al aire. Un relámpago de sol cae como un azote en los ojos azules e inhumanos y en la piel blanca y aria de Helmut. Los muchachos me gustan así, gélidos y resolutivos; a los dóciles y taciturnos los aplasto como una cucaracha. Me inclino una vez más y le beso la mano y sé que algún día yo seré Helmut. Me cubro la cabeza y los testículos cuanto puedo. Ahora es tiempo de recibir el castigo que cae hecho un tropel de manos y patadas. Podrían alzarme y arrojarme del segundo piso. Por suerte no lo hacen. Me gritan: “¡Zigui! ¡Parecés un judío! ¡El judío roñoso Zigui!”.

La campana me salva. Se alejan. Yo contengo cuanto puedo las lágrimas. Tengo quince años y no soy judío. Soy ario, el mayor de cinco hermanos y orgulloso de haber nacido en Alemania, en Solingen, un 19 de marzo de 1906. Mi nombre es Adolf Eichmann. Pero ellos no escuchan, caminan hacia el aula para asistir a la clase de Teoría Racial. Ellos siguen insultándome con ese maldito apodo de “Zigui”. Me incorporo. Todos ríen y yo sonrío, como diciendo “lo ven, no me pasó nada, soy fuerte y sé perder cuando se tiene que perder. ¿Lo ven? Pero ya vendrá el día en el que me besarán las manos, ya verán”, eso no lo digo, aunque lo pienso. Las risas y las burlas de ellos continúan mientras entran en el aula. Comentan con sus compañeros de banco el tamaño de cada patada, la velocidad de los golpes de puño. Se sientan. Aguardan la entrada de la profesora. Soy el último en llegar, al sentarme me doy cuenta de que tengo el pantalón roto en la rodilla. Por suerte nadie me mira, es como si todos ya hubiesen evacuado y ahora están instalados en la futura clase. Helmut, desde su banco, se levanta y les habla a los compañeros pidiéndoles clemencia hacia mi persona. “De ahora en más, él no se llamará más Zigui. Escucharon bien”. Todos asienten, Helmut continúa y agrega: “Lo llamaremos por su cabello negro y su nariz semítica Kleine Jude” (pequeño judío). La clase entera estalla en risas. La entrada de la profesora enmudece las carcajadas y la clase se levanta como un resorte. El mentón hacia adelante, el pecho erguido y seis líneas de cabezas a un costado de los bancos.

La profesora es joven, blanca y rubia. Lleva un tapadito marrón con una piel negra en el cuello. Se quita los guantes y el tapado lo cuelga de un perchero ubicado en la entrada del aula. Toma lista. Mientras son nombrados, cada uno de mis compañeros se alza brevemente del banco levantando una de sus manos. La profesora cierra la carpeta de asistencia y dice:

–Saquen el cuaderno y escriban: La eugenesia, una ciencia que estudia el mejoramiento de la raza humana por medio de una mejor reproducción, es una forma legítima de resolver los problemas humanos… ¿Alguna pregunta? El otro tema es la antropología del cráneo y la ciencia llamada frenología. Sepan ustedes, alumnos, que fruto de los estudios alemanes más calificados se llegó a la conclusión de que los judíos tienen un cráneo distinto al de la raza aria. La forma del cráneo nos da información sobre las facultades y rasgos mentales de las personas. Una vez más, la carga viene sobre mí. Gustav se levanta y dice, a manera graciosa: “Zigui tiene una terrible cabeza, ¿se dio cuenta, profesora? Para mí que es judío”.

No respondo y la profesora alega que mi origen es ario, que mi nombre es Adolf y que antes de entrar al colegio fueron analizadas las características genéticas hasta de dos generaciones antes, y que la totalidad de esta clase es aria pura. Helmut aplaude. Todos lo siguen, yo hago lo mismo.

Al terminar la clase de educación física íbamos directo a las duchas. Por entonces yo era apocado, más bien vergonzoso, por todos los medios intentaba pasar inadvertido. La ducha era obligatoria y el evitarlo podía suscitar una denuncia. De manera que me desnudaba apenas llegaba de manera casi violenta para abreviar en soledad la ducha o hacia el final cuando la mayoría se había marchado. Había quienes me manoseaban o apoyaban su várice en mis nalgas. Debía abofetearlos para que me dejaran en paz. Y eso me valía el castigo de lustrar zapatos y cepillar sacos.

Todo quedó lejos. Me dejo sumergir en el sueño y cruza como una ráfaga por mis ojos el rostro y la voz de mi padre en la habitación contigua junto a mi madrastra. Ella era más severa de lo que fue mi madre. Murió cuando yo tenía ocho años. Soy el mayor de cinco hermanos. Tengo quince años y no soy depravado, al contrario, son mis colegas de la escuela los que disfrutan con las tetas de la profesora. Se tocan mientras ella escribe en la pizarra. Me distraen los perversos que enguantan la mano en el bolsillo y yo quedo obnubilado por sus muecas de goce. Yo estoy allí en la clase cuando un maldito pozo en el camino pedregoso me despierta del sueño de 1921 para transportarme a 1950: Perón es el presidente de los argentinos.

Todavía confuso, envuelto en esos sueños que arrastro desde siempre, miro por la ventanilla de la camioneta empapado de sudor, y observo que la rueda del Studebaker camina bordeando el infarto del precipicio. Me pregunto si el que conduce tiene buena visión. La cuesta es empinada. No lleva lentes y la resolana es fuerte. Estamos en otoño y una capa espesa de hojas secas colorea la tierra y es como si de ella saliese un humo que persiste a la altura de las rodillas. La tarde en su caída trae un rocío leve de sol. De a poco, el viento ayuda a la visibilidad despejando a medias las nubes de la cumbre. Tengo los pies helados. Me hago un ovillo. Mal dormido y mal comido, exijo al chofer que cierre la ventanilla. Lo hace a desgano y argumenta que el aire fresco le impide dormirse.

–Me dicen el Tucu –explica con el camino en los ojos y sonriendo con petulancia. Tiene los brazos grandes y las uñas sucias. Canta golpeando las manos sobre el volante.

–¿Le gusta la chacarera?

–No sé qué es.

–¿Usté es alemán? ¿Qué no? ¿Apolilla lindo? ¿Qué no? ¿Tení miedo del camino, chango?

En Alemania lo hubiese mandado a fusilar por impertinente, pero antes de matarlo, con la vejiga bien llena, hubiese orinado sobre él. Pero estoy en la Argentina. Me abstengo de contestar.

–Miravé, chango, que hasta a nosotros nos da cagazo este camino. Acá se han hecho pingo más de uno, compañero. ¿Cómo ti llamá?

–¿Yo? –desconcertado, demasiado dormido, llevo la mano con urgencia al bolsillo interior del saco, palpo la existencia de mi documento de la Policía Bonaerense número 1.378.538 y me quedo pensando cuándo y la manera en que conseguí en 1948 un certificado de identidad en la ciudad de Termeno, en el instante en que pasé a llamarme Ricardo Klement: soltero, natural de Termeno, de profesión mecánico en el norte de Italia, con un documento que tenía dos años de validez, razón por la que hui rumbo a Buenos Aires. Todo pasó tan rápido. Llegué a lo más alto y descendí a la misma velocidad. Mi padre fue amigo de Ernst Kaltenbrunner, él fue quien auspició mi ingreso al Partido Nacionalsocialista Obrero. Fui transferido a Berlín en 1934, a la sección de judíos. Mi ascenso fue vertiginoso. Para alguien como yo no resulta difícil estar y ser como el común de la gente. Catorce años después me embarqué en Génova junto a otros dos SS en el Giovanna C; en total viajábamos unos quince oficiales que escapábamos de Europa. El barco atracó en el puerto de Buenos Aires el 14 de julio de 1950, dejo escrito en mi cuaderno.

–¿Le pasa algo, don?

–No, no. Ricardo Klement –digo desafiante como para que en el resto del viaje no me vuelva a hacer preguntas. Pero no acusa mi modo.

–¿Y cómo te llaman?

–¿A mí? –pienso con orgullo en los distintos apodos con los que me bautizaron durante la guerra: “el zar de los judíos”, “el káiser de los judíos de Doppl” y hasta me llegaron a llamar “el papa de los judíos”.

–Klem, me llaman Klem.

–A mí, me dicen el “Tucu”. ¿Le gusta Tucumán, don Klem? –dice el chofer mirándome por el espejito, al mismo tiempo que introduce hojitas verdes en la boca.

–¿Qué cosa come?

–Coca. ¿Quiere?

Tiene el buche hinchado como con un flemón.

–No, gracias.

–Allá no tienen estas montañas, ¿qué no?

Hago que me duermo, pero él continúa un poco hablando para mí y otro poco para él. Mi mano vuelve al bolsillo interior del saco para acariciar el documento.

–Miravé, Klem, acá no llegan ni los burros.

No le contesto. Se da cuenta de mi silencio e insiste.

–¿Y la obra avanza?

–No sé nada, aun no llegué –digo de manera parca y agrego que la obra se llama Potrero del Clavo. Lo observo a través del espejo. Tiene la cara demacrada, un tanto amarilla y comida de barba; podría tener hepatitis, una enfermedad sumamente contagiosa.

–¿Falta mucho?

–Ahicito, nomá. Ustedes, si me permite, maestro, son churo para hacer puentes y construir los diques, pero no se metan más en guerras. –Lo escucho. Mi rúbrica es ser anónimo–. Yo lo voy a dejar unos kilómetros antes. Muy difícil llegar hasta allí. No hay caminos, don. Yo le he dicho a unos changos para que lo esperen. –En ese momento nos detiene la marcha un grupo grande de gente que llevan algo en los hombros y que ocupan el ancho del camino.

–¿Qué es eso?

–Nuestra Señora del Valle, ¿ha visto qué bonita? Morenita como estos indios. ¿Qué no?

La Virgen es pequeña y está resguardada por un receptáculo de cristal. El sonido de los bombos hace eco entre los cerros y lo acompañan algunos violines y una armónica.

–¡Mal hoyo! Espéreme aquí.

El Tucu desciende del auto y se mezcla entre la gente para dejar un beso a las paredes de cristal que preservan a la Virgen. La bovedilla es tan grande que bien podría encerrar a una persona allí dentro. A veces tambalea peligrosamente. A la Virgen la sostienen los hombros de unos ocho costaleros, todos se internan en la montaña hasta desaparecer. El chofer regresa. Entra en la cabina y espera que termine de pasar el nutrido grupo de fieles.

–¿Quiénes son?

–Coyas, indígenas de la zona. ¿Ustedes por allá son católicos, qué no?

–Sí, aunque antes era protestante.

–¿Ah…?

Nos quedamos mirando hasta que la procesión desaparece y el camino de pedregullo queda sin rastros de gente; recién entonces el chofer intenta darle arranque al motor. Golpea con bronca el volante y desciende con una caja de herramientas. Abre el capó. A desgano desciendo del habitáculo. Estiro las piernas y desatasco la cabeza del aire pestilente de la cabina. El aroma del bosque me devuelve a la tierra. Ni un solo auto. Solo se escucha el viento. Las nubes ocupan el cielo de la montaña. Está a punto de llover. El tipo está enfrascado dentro del capó.

–Usted dijo que faltaba poco y yo tengo prisa.

No me contesta, entonces le pregunto si puedo llegar caminando.

–Oiga, don Klem, si me habla no puedo arreglar el motor –lo dice sin mirarme y con tono ofuscado.

Quiero manifestarle que no me preocupa caminar, siempre y cuando no se largue un aguacero. Pero prefiero callar. Nunca se sabe con estos indios. Unos kilómetros para mí es un paseo. Caminé hasta la frontera entre Alemania y Austria, nada menos que 120 kilómetros. En esa época contaba con un pasaporte sirio y mi identidad era Hadad Said. Había cruzado los Alpes y llegado a Bari en mi fuga por Europa. Los dos oficiales que me acompañaban en la huida fueron detenidos. Yo alcancé Roma, y de allí me contacté con la Iglesia alemana que era una de las quinientas iglesias que había en esa ciudad. Conocí a su párroco y obispo, Alois Hudal; gracias a él estoy vivo. Cómo olvidar el santuario de Santa María del Ánima y las misas memorables que se consumaron allí cuando ocupamos esa bella ciudad con nuestras tropas. En esa iglesia reinaba la armonía, en el exterior el horror. ¡Qué tiempos aquellos! ¿Qué hago acá? Pienso en lo vivido mientras abro la puerta de la camioneta y me siento a esperar.

La bestia del chofer regresa a la cabina con las manos engrasadas. Lleva puesta una campera marrón que con cada movimiento lanza una lluvia de olor espeso a traspiración, sumado a esas hojas inmundas de coca. La pestilencia aceitosa del encierro me lleva a bajar la ventanilla. Él gira la llave de arranque y el motor ruge. Desciende para cerrar el capó y pasarse un trapo por las manos. Con un gesto de satisfacción dice:

–¡El que sabe, sabe, chango! ¿Qué no?

Un camino estrecho y empinado con un motor esforzado para alcanzar la cima y desde allí sobreviene una bajada profunda para que acontezca una subida más, y entre subidas y bajadas fui cabeceando con el traqueteo del vehículo.

–¿Usted es casado? –pregunta el chofer.

–No.

–Qué raro.

–No sé qué tiene de raro –reacciono molesto.

El chofer conversador deviene en taciturno. Esa mentira puede traerme consecuencias en el futuro. Si yo miento sobre mi estado civil puedo hacerlo con respecto a mi identidad. Acabo de hablar de más. Ensayo una enmienda, y digo que no estoy casado para este país, pero sí para el Estado alemán. Sucede que para estar casado en este país debería volver a casarme. En ese momento me hundo más en el fango. No parece demasiado satisfecho con mi rectificación. Continúa manejando en silencio.

–¿Falta mucho? –pregunto.

–Ahicito, nomá.

Me reprocho no haber usado la palabra “soltero”. El plan elaborado junto a mi esposa Vera es hacerme pasar por el tío de mis hijos, y por el cuñado de ella cuando lleguen a la Argentina.

El chofer continúa comiendo esa basura de coca y dudando de mis palabras. Tiene una mirada inquisidora. Lo cierto fue que él escuchó la palabra “casado” y no quedó muy conforme con mi razonamiento. La prueba fue que no contestó. Siguió mirando el camino. Yo estaba trastocando mi plan original que era hacerme pasar por un tío solterón. La falta de práctica de mi nueva historia me hace caer en pozos inescrutables, y a eso se suma mi escasez de palabras en castellano. Era sencillo: solo tenía que haber dicho soltero. Entonces decido callarme el resto del viaje.

Solos en el camino nos desplazamos al ritmo de las nubes. El chofer continúa en su silencio cerrado. ¿Indignado? ¿Cómo pude dudar de mi nuevo estado civil? Cada tanto me observa como queriendo hacerme alguna nueva pregunta, hasta que se anima y me interpela si vivo en San Miguel de Tucumán. No tengo por qué contestarle. Me hago el desentendido y él se da cuenta de que lo estoy engañando, entonces le explico que la empresa me alquila una casa en La Cocha, al sur de la provincia.

–Conozco, chango –dice el camionero.

–¿Usted es casado? –pregunto para cambiar de tema.

–Claro, don, y con cinco changos.

De repente el camino se puebla de cabritos que bajan del cerro junto a un pastor. El chofer toca bocina y el pastor lo saluda y, cuando la camioneta pasa cerquita de él, el pastor aprovechó para decirle que un tal Chichí los está esperando al final del camino. El chofer se sonríe, muestra los pocos dientes que le quedan y grita: ¡Viva Perón, carajo!

La camioneta va desacelerando al ver a tres jóvenes de mal aspecto sentados sobre unas rocas. Un burro, a unos metros de ellos, lanza una meada interminable. Hacia el lado del precipicio, descendiendo la montaña escarpada, está emplazada una carpa gigante.

–Son gitanos, ¿ha visto? Esos vagos lo van a acompañar hasta su casa –dice con la satisfacción de haber llegado. Desciende sin detener el motor. De la cúpula abierta del Studebaker saca mi valija, el bolso y mis instrumentos de medición. Los jóvenes se acercan para darme la bienvenida y me palmean la espalda. Detesto ser tocado. Saludan al chofer –al parecer se conocían– y reciben mi cargamento. Él pega la vuelta, no sin antes comentarme: “En estos pagos va a encontrar una buena chinita”.

Age restriction:
0+
Release date on Litres:
15 November 2024
Volume:
212 p. 4 illustrations
ISBN:
9789878303512
Publishers:
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Bookwire
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