Read the book: «Historia de la Argentina, 1955-2020»

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Prefacio a la nueva edición

Introducción

1. La Revolución Libertadora: el fracaso de la restauración conservadora

¿Integrar o erradicar al peronismo? ¿Restablecer el orden social o la libertad política?

Dos rasgos persistentes: igualdad social y crisis de legitimidad política

Lo que sí cambió con la Libertadora: crisis del estado y polarización de clases

La acción de la Resistencia y la reorganización del sindicalismo

Las tácticas de Perón y el fracaso de la Constituyente

La causa decisiva del fracaso: la división del radicalismo

2. Frondizi, entre la proscripción y la integración

El entusiasmo desarrollista y los “factores de poder”

Logros económicos y asedio político

Los complejos efectos sociales de la modernización: “los ejecutivos” y “las villas”

La caída de Frondizi y el gobierno de José María Guido

3. Arturo Illia: un gobierno moderado en la escena de la revolución

Una tregua demasiado frágil

Illia en funciones: una nueva versión de políticas conocidas

La lucha de ideas y el nuevo rol de la juventud

La derrota de Vandor y el golpe

4. La Revolución Argentina: de la suma del poder a la impotencia

Onganía y el tiempo económico

Levingston y el tiempo social: inflación y violencia

Lanusse y el tiempo político: un intento tardío de contener la revuelta

5. De la “primavera de los pueblos” al imperio del terror

“Cámpora al gobierno, Perón al poder”

La muerte de Perón y el fin de la revolución peronista

El descenso al infierno

6. 1976-1979: la hybris procesista, el fin de una época

La “guerra antisubversiva” y las críticas internacionales

La “paz procesista” y sus efectos sobre una sociedad en rápida mutación

Unas pocas expresiones de resistencia

7. 1979-1983: Némesis y transición

El ocaso de Martínez de Hoz, el naufragio de Viola y la crisis social

Galtieri y la guerra de Malvinas

El fin del poder militar y el camino hacia la democracia

8. La conquista de la democracia y el agravamiento de la crisis

La primavera alfonsinista

El ocaso: rebeliones militares e hiperinflación

9. Menemismo y reformas de mercado

Las consecuencias de la hiperinflación: una desigualdad aguda y persistente

Dos años al filo del abismo

La Convertibilidad

La consolidación del modelo

La crisis del Tequila y la reelección

10. Declive y derrumbe de la Convertibilidad

La continuidad del “modelo”

La competencia política dentro y fuera del oficialismo

El gobierno de la Alianza y el derrumbe de la Convertibilidad

11. La Argentina en el nuevo siglo: un inesperado renacimiento

Un tardío cambio de tendencias

La crisis política

Duhalde-Lavagna: una gestión inesperadamente exitosa

El también inesperado auge del kirchnerismo

Consolidación, con crecientes notas de incertidumbre

La primera presidencia de Cristina Fernández de Kirchner

12. 2011-2021, la Argentina de vuelta en el callejón

La segunda oportunidad de Cristina Fernández

Avances y límites de la radicalización

Las elecciones de 2015 y un nuevo intento de reconciliar a las elites

El “gobierno de los ricos” y sus tensiones con el empresariado

El develamiento de la corrupción

La crisis financiera de 2018 y una progresiva recaída en la ingobernabilidad

El gobierno de Alberto Fernández, la pandemia y la profundización de la crisis

Bibliografía y fuentes

Aproximación general al período

Historia económica del período

Distribución del ingreso y protestas sociales

Peronismo

Radicalismo

Nacionalistas y nacionalismo

Fuerzas Armadas

Sindicalismo

Empresariado y organizaciones empresarias

Sociedad

Estudios sobre el período 1955-1976

Revolución Argentina / Cordobazo

Montoneros

Dictadura y democratización

Menemismo

Crisis de 2001 y después

Fuentes

Testimonios

Revistas

Textos de época

Filmografía

Marcos Novaro

Historia de la Argentina

1955-2020


Novaro, Marcos

Historia de la Argentina 1955-2020 / Marcos Novaro.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2021.

Libro digital, EPUB.- (Biblioteca Básica de Historia)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-801-099-1

1. Historia Argentina. I. Título.

CDD 982.063

© 2021, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

1ª edición: 2010

2ª edición ampliada: 2021

Edición al cuidado de Yamila Sevilla y Teresa Arijón

Diseño de colección: Tholön Kunst

Diseño de cubierta: Peter Tjebbes

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: septiembre de 2021

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-099-1

Prefacio a la nueva edición

Desde que se publicó la primera edición de este libro, transcurrió una década larga durante la cual el hecho tal vez más sorprendente haya sido la supervivencia, inestable y decadente, pero supervivencia al fin, de un modelo económico que ya a fines de la década anterior se podía afirmar, y en esa edición afirmábamos, había dado de sí todo lo que podía dar.

Durante los diez años que siguieron, entre 2010 y 2020, el PBI per cápita cayó un 6%; la pobreza subió de alrededor de 15 a más de 40 puntos, la inflación se mantuvo crónicamente alta y entre las dos puntas casi se duplicó, hasta rondar el 50%, mientras que la inversión bruta cayó a cerca de la mitad. El sector público aumentó su recaudación, pero perdió todas sus reservas, y más que duplicó su deuda. Al país, que todavía en 2010 arrastraba un larguísimo default que databa de la crisis de 2001, y siguió en esa condición total o parcialmente la mayor parte de la década siguiente, los mercados y economistas más entendidos le pronosticaban que volvería a caer plenamente en ella en cualquier momento, pese a las dos duras renegociaciones de sus pasivos que había atravesado en el ínterin.

¿Qué fue lo que sucedió para que por largos años no se pudiera encontrar la fórmula para reformar o sustituir este “modelo”? Una de las claves parece haber sido que la política argentina ingresó en una fase de gobiernos cada vez más débiles, gestiones mayormente fracasadas que solo pudieron ofrecer una administración precaria del empobrecimiento resultante. Una característica que no estuvo ausente en décadas previas, y que en este trabajo se ilustra en experiencias de signo variado (civiles y militares, peronistas y no peronistas) que estimularon a los analistas de distintas disciplinas a considerar la nuestra como una sociedad casi siempre ingobernable.

Lo peculiar de este regreso de un viejo problema, muy debatido en la segunda mitad del siglo XX, es que sucedió tras una década de gobiernos fuertes, inéditamente fuertes, que hicieron pensar que al respecto, finalmente, se había dado vuelta una página. Porque si algo caracterizó el ciclo kirchnerista entre 2003 y 2011 fue justamente la fortaleza del gobierno nacional vis-à-vis sus contrapartes, socios y adversarios en otros actores institucionales y en los grupos de interés.

¿Qué fue lo que sucedió para que, tras cartón, volviera a activarse un drama durante tanto tiempo combatido? La combinación de debilidades estructurales y capacidad de resistencia a los intentos de someterlo a reformas del modelo económico que ahora lucía agotado ofrece una vía interesante para pensar el asunto, pero solo ilumina una faceta de este. Hay otra no menos importante, asociada con lo que cabe denominar efectos no deseados de la polarización política, que también –puede decirse– fue expresión de cierta regresión, en este caso a las pautas de la política argentina previas a 1983.

Recordemos que la democracia argentina, en los años ochenta y noventa, pareció estar en camino a superar disputas que venía arrastrando desde hacia décadas en torno a las reglas de juego. Y también, si no a desactivar conflictos ideológicos y distributivos igual o más longevos, al menos a procesarlos a través de cierto imperio de la moderación. Alfonsín y Menem, más allá de sus enormes diferencias, y de los fuertes conflictos que habían protagonizado, dejaron esas dos lecciones convergentes para sus sucesores.

Pero el nuevo siglo se resistió a asumirlas. La polarización volvería a imponerse como lógica política predominante, con una intensidad que no tenía desde los años setenta del siglo XX. Y con ella volvieron muchos de los criterios, los estilos, incluso los términos que habían imperado entonces en la vida pública argentina.

Lo hicieron en un contexto infinitamente más pobre y, al mismo tiempo, mucho menos violento. Este ya no era el país que podía prometer a sus sectores más postergados convertirlos en obreros y asalariados, y a estos últimos, sumarlos con el tiempo a las clases medias. Estaba ahora integrado por un tercio de pobres estructurales excluidos de prácticamente todos los mercados, un tercio de precarizados estructuralmente empobrecidos, y un tercio de asalariados y clases medias protegidos por privilegios cada vez más costosos de sostener. Y así siguió siendo, luego de diez años de crecimiento en que, más que reformarse el sistema que discriminaba la suerte de esos distintos estratos sociales, se reforzaron las barreras que mantenían separados a unos de otros, a la vez que los mecanismos para compatibilizar sus respectivas demandas. Y fue este el sistema laboral y macroeconómico que se estancó en el final de la primera década de los dos mil, y trabó al mismo tiempo los esfuerzos, tímidos y mal diseñados de todos modos, por reformarlo.

Si la conflictividad resultante no fue mayor se debió, como dijimos más arriba, al segundo rasgo de este parcial regreso a los años setenta: que la violencia tolerable por esta sociedad era muy acotada, y las pautas predominantes con que se regulaban los comportamientos sociales y políticos, más que la rebelión y la represión, eran la resignación y las bajas expectativas.

Todo esto para decir que la historia más inmediata, la de la última década, puede aún considerarse parte, en más de un sentido muy plenamente parte, de la historia de la segunda mitad del siglo XX y el comienzo del nuevo siglo. Y que es por eso que resulta a la vez muy armónico y oportuno agregarle un capítulo final, en esta edición ampliada y actualizada, al volumen de la colección de historia inicialmente concebido para cubrir las seis décadas anteriores.

Agradezco a Luis Alberto Romero, a los responsables de la editorial y en especial a Raquel San Martín la oportunidad de hacerlo.

Introducción

Desde la caída del régimen peronista en 1955 hasta la primera década del siglo XXI la historia argentina lleva las marcas de la inestabilidad y el desacuerdo; de allí que contenga procesos políticos, económicos, sociales y culturales muy variados y complejos, que incluyen experimentos institucionales de todo tipo. La etapa en cuestión se inició con una sucesión de ensayos semidemocráticos o directamente autoritarios, y estos últimos terminaron por imponerse, volviéndose cada vez más prolongados, ambiciosos y violentos, hasta que su fracaso rotundo dio paso, a comienzos de los años ochenta, a la normalización democrática. El advenimiento de la democracia significó un hito fundamental en este largo ciclo de conflictos, y aportó un cambio de enorme importancia para el país, pero lo cierto es que, antes que poner fin a la persistente inestabilidad, apenas pudo ofrecerle un marco de contención –en cuyo contexto los aspectos económicos y sociales del problema incluso se agravaron–. Fue así como la recurrencia de la crisis terminó por imponer una cultura de la incertidumbre, que ha modificado la estructura misma de la sociedad forjada medio siglo antes.

Un país “sin rumbo fijo” en sus políticas públicas, en su inserción en el mundo y en las imágenes que produce de sí y para sí es un desafío para la comprensión que no pretendemos agotar aquí. Para echar luz sobre estos procesos nos proponemos ahondar en un dilema, surgido ya en el ocaso de la etapa anterior y que el peronismo había dejado en suspenso: ¿cómo lograr simultáneamente un régimen político legítimo y estable y políticas públicas que aseguren el progreso económico y social? En el transcurso de los años posteriores al golpe de estado de 1955 se intentaron las más disímiles respuestas a este interrogante. Y si bien algunas fructificaron durante un tiempo, a la larga resultaron insostenibles. El relato que presentamos a continuación, enfocado primordial aunque no exclusivamente en el proceso político, muestra una sociedad y un estado casi permanentemente convulsionados por la imposibilidad de conformar a la mayoría en uno de los dos términos de esa ecuación. O en los dos a la vez. No obstante, esa sociedad y ese estado fueron democratizando sus instituciones políticas y consiguieron, en mayor o menor medida, modernizar la economía.

Vistos desde una perspectiva actual, esos cincuenta y cinco años de la historia argentina, aunque inestables y complejos, no dejan de encerrar un cierto orden, una dirección. Esta orientación podría sintetizarse como el pasaje de un cuadro en el que la relativa igualdad e integración sociales convivían con una aguda crisis de legitimidad política, a otro en el que finalmente se resolvió la disputa sobre la legitimidad, pero la sociedad se volvió marcadamente desigual y excluyente. Los desafíos que conlleva este “resultado” obligan a una reflexión sobre el pasado que prudentemente prescinda de simplificaciones y maniqueísmos. De éstos y aquéllas la proximidad del Bicentenario, con el que se cierra el período aquí estudiado, ha dado aliento a algunos ejemplos particularmente intensos, que hemos buscado poner en cuestión y con los que abierta o implícitamente debaten las páginas que siguen.

Y es que la mirada obligada, desde un 2010 problemático y en muchos aspectos decepcionante, hacia el primer Centenario, cuando el país parecía haber completado con éxito las mejores previsiones de sus padres fundadores, da pie a dos interpretaciones polares: de un lado, la de quienes proclaman inspirarse en el modelo económico vigente en 1910 y celebran los indudables logros que el país podía mostrar en ese momento a sus habitantes y al mundo, y piensan en la centuria transcurrida desde entonces como “los cien años perdidos”; del otro lado, la de quienes, bajo el influjo del revisionismo histórico, tienden a responder que el Centenario no fue la maravilla que se cuenta, que dominaba entonces una pequeña oligarquía que había construido “un país para pocos”. Se recrea así una discusión que viene de largo: para los conservadores y liberales, Argentina habría perdido el rumbo cuando irrumpió el populismo de radicales y peronistas, que forzó el abandono de las políticas de apertura al mundo, economía de mercado y control de la movilización política de las masas, que tan buenos resultados habían dado; para los populistas de estos y otros signos, en cambio, el problema habría sido la “reacción conservadora y oligárquica” ante el incontenible avance de los sectores populares en su aspiración de compartir los frutos del desarrollo ampliando sus derechos políticos y sociales.

Entendiendo que estos relatos polares son más convenientes para hallar culpables que para brindar buenas explicaciones de lo sucedido, hemos buscado penetrar más profundamente en los problemas, intentando rastrear el hilo de los acontecimientos, no tanto en un supuestamente imparcial “término medio” entre ellos, como en los intersticios, dobleces y complejidades que tanto abundan en la historia nacional.

En la realización de este trabajo han colaborado los asistentes de investigación Martín Reydó, Emilia Simison y Hugo Hernán Bubenik. A ellos, mi sincero agradecimiento. Más en general, este trabajo está en deuda con el Programa de Historia Política del Instituto Germani y con el Centro de Investigaciones Políticas, en cuyo seno se desarrollaron los estudios que le dan sustento. Por último, debo agradecer a Luis Alberto Romero, director de la Biblioteca Básica de Historia de Siglo XXI, y a los responsables de la editorial, por haberme distinguido con la invitación a escribir este volumen de la colección.

1. La Revolución Libertadora: el fracaso de la restauración conservadora

Muchas cosas cambiaron en la Argentina tras el derrocamiento de Perón, pero al menos dos rasgos particulares del país continuarían vigentes por largo tiempo: la igualdad relativa en una sociedad muy movilizada, y la ya crónica disputa sobre las vías para formar gobiernos legítimos. Esas dos características, que se potenciaban entre sí, sumadas a la crisis de autoridad estatal y la creciente polarización social y política entre el peronismo y el antiperonismo, condicionarían marcadamente los intentos de crear un orden alternativo al derrocado por el golpe de 1955. Pese a ese juego cada vez más trabado, el consenso en torno a los valores democráticos de momento sobrevivió, y evitó que la intervención militar se prolongara en el tiempo.

¿Integrar o erradicar al peronismo? ¿Restablecer el orden social o la libertad política?

Los civiles y militares que participaron del derrocamiento de Juan Domingo Perón en septiembre de 1955 y pretendieron que ese acto fuese el inicio de una “revolución libertadora” estaban divididos en dos sectores. Por un lado, los nacionalistas y católicos que rodeaban al primer jefe revolucionario, el general Eduardo Lonardi, entendían que los conflictos que habían debilitado al régimen depuesto hasta volverlo insostenible se debían principalmente a los vicios y errores de su líder e inspirador, sobre todo aquellos que lo habían enfrentado a la iglesia católica hasta el extremo de provocar su excomunión. Incluso algunos peronistas compartían esta opinión, y por eso no habían hecho demasiado por evitar el golpe. Estos sectores estaban convencidos de que, una vez desplazado Perón, podría preservarse lo que había de rescatable en el orden que él había creado, que no era poco. Por otro lado estaban aquellos que, animados por ideas liberales y republicanas, consideraban que el peronismo había dado origen a un estado autoritario, corporativo y corrupto, que, al igual que sus aparatos sindicales y clientelares, debía ser eliminado. No se trataba simplemente de cortar la cabeza, sino de desarmar todo el sistema de poder para que el país volviera a la normalidad, identificada con la vigencia de la Constitución de 1853. Este segundo sector –que tenía más seguidores entre los demás partidos políticos y los empresarios– logró desplazar a Lonardi de la presidencia de la nación en noviembre, sólo dos meses después del golpe, y colocó en su lugar al general Pedro Eugenio Aramburu, prototipo de lo que Perón llamaba “la contra” o los “gorilas”.

“Prohibición de elementos de afirmación ideológica o de propaganda peronista”

Considerando: Que en su existencia política el Partido Peronista [...]se valió de una intensa propaganda destinada a engañar la conciencia ciudadana [y de] la difusión de una doctrina y una posición política que ofende el sentimiento democrático del pueblo Argentino, [que] constituyen para éste una afrenta que es imprescindible borrar. [...] Queda prohibida en todo el territorio de la Nación [...] la utilización [...] de las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas, artículos y obras artísticas [representativos del peronismo]. Se considerará especialmente violatoria de esta disposición la utilización de la fotografía, retrato o escultura de los funcionarios peronistas o sus parientes, el escudo y la bandera peronistas, el nombre propio del presidente depuesto.

Decreto-ley 4161 firmado por Pedro Eugenio Aramburu el 5 de marzo de 1956.

Los desacuerdos entre estos dos campos impidieron que la Revolución Libertadora sacara provecho del consenso inicial con que contó, como asimismo del desconcierto y la desorganización en que se sumieron quienes seguían siendo leales a Perón. Esto permitió que el presidente depuesto recuperara rápidamente la iniciativa desde su exilio en Paraguay. En ello tendrían también una influencia significativa dos factores primordiales: la compleja estructura política y estatal que el régimen peronista había dejado como legado, y los grandes cambios ocurridos en la sociedad bajo su sombra. Estos factores aportaron al peronismo profundas raíces sociales y los medios necesarios para sobrevivir a su expulsión del poder y resistir los intentos de reabsorberlo o de extirparlo.

Dos rasgos persistentes: igualdad social y crisis de legitimidad política

Muchas cosas habrían de cambiar en la Argentina desde septiembre de 1955, pero al menos dos rasgos característicos continuarían vigentes en el país por largo tiempo: la igualdad relativa en una sociedad fuertemente movilizada, tanto en términos sectoriales como políticos, y la ya crónica disputa sobre las vías posibles para formar gobiernos legítimos. Esas dos particularidades, que se potenciaban entre sí, condicionarían fuertemente los intentos de crear un orden alternativo al peronista. El golpe de 1955 puso en evidencia que, si bien el peronismo había introducido cambios profundos en los actores sociales y en las relaciones entre ellos y con el estado, no había logrado asegurarles medios económicos y, sobre todo, reglas de juego para resolver sus conflictos (ante todo, una Constitución aceptada por todas las partes que permitiera a las mayorías y las minorías alternarse en el poder). Consecuentemente, sus sucesores heredaron estos problemas irresueltos.

La falta de reglas compartidas había signado los últimos años de Perón en el poder. Aunque él mantuvo vigentes ciertas pautas de la democracia pluralista (en particular la convocatoria regular a elecciones), progresivamente fue suprimiendo las condiciones para su efectivo ejercicio (en primer lugar, la libertad de expresión), sin llegar a sustituirlas por un sistema alternativo, explícitamente corporativo o autoritario. De allí que su régimen pueda considerarse un “híbrido” precariamente institucionalizado que terminó dependiendo de un delicado equilibrio entre las heterogéneas fuerzas que lo componían: porque el origen y la legitimidad de ese orden estaban tan en deuda con el proyecto nacionalista y corporativo de junio del 43 y con su protagonista –el Ejército– como con el 17 de octubre del 45 y el movimiento obrero, y con el 24 de febrero del 46 y su imbatible aparato electoral. De esas fuerzas se alimentaba la autoridad del líder, quien se erigía así como único punto de encuentro y mediador necesario entre todas las partes. Tampoco existían, por lo tanto, reglas que resolvieran las tensiones entre el régimen y aquellos actores ajenos o no totalmente integrados al peronismo, como los empresarios, la iglesia católica y las clases medias. Estas tensiones desencadenaron la crisis política de 1955, cuando los conflictos acumulados con todos ellos y con los partidos opositores se radicalizaron y llegaron a los cuarteles.

Así fue como un poder hasta hacía poco omnímodo se derrumbó casi sin ofrecer resistencia. Sus adversarios vieron en la velocidad de ese derrumbe una prueba de que el liderazgo de Perón no tardaría en extinguirse y la posibilidad de resolver fácilmente los desacuerdos. Pero lo cierto es que los vencedores estaban aún más divididos respecto al problema de la legitimidad. Y la dificultad que ello suponía para crear un nuevo orden se vio potenciada por los ya mencionados rasgos igualitarios de la sociedad, que la hacían difícil de gobernar y resistente al cambio.

Dado que la igualdad suele favorecer el funcionamiento de las democracias, cabe preguntarse qué forma específica adoptó en la Argentina de 1955 para provocar el efecto inverso. El grado de igualdad social alcanzado salta a la vista cuando analizamos la actividad económica, la vida social, cultural y cotidiana de la Argentina en los años cincuenta. Al comienzo de esa década, los asalariados habían llegado a sumar casi el 50% del ingreso nacional. Con la crisis económica desatada en 1951 perdieron algunos puntos, pero luego se recuperaron. La nueva caída, producto de la Revolución Libertadora, tampoco alteró en gran medida el panorama: pasaron del 46,5 al 43,4% del ingreso total, pero su poder de compra siguió creciendo. Todo esto significaba niveles de vida superiores incluso a los de algunos países europeos, y la diferencia era aún mayor con Brasil, México o Chile, sociedades por entonces mucho más desiguales, y menos integradas y movilizadas.

Esta igualdad obedecía a ciertos factores estructurales: la relativa ausencia de una masa de población campesina, la rápida expansión de las actividades agroexportadoras y la asimilación de la inmigración europea, la temprana urbanización y la gravitación del sector moderno sobre los sectores marginales y poco desarrollados. Estos rasgos se consolidaron gracias a las reformas peronistas y pasaron a formar parte de la identidad no sólo de las clases subalternas, sino de la sociedad en su conjunto: la maduración de la clase trabajadora y las clases medias asalariadas se potenció con la extensión y la legitimidad que adquirieron las organizaciones gremiales (hacia 1954, la tasa de sindicalización se calculaba en el 48%) y con una amplia red de regulaciones protectoras del trabajo. Un mercado laboral con pleno empleo, en el que los despidos y la discrecionalidad de la patronal estaban sumamente restringidos, centrado en actividades industriales cuyos mercados también estaban protegidos y configuraban una economía cerrada a la competencia externa, permitió que los intereses de los asalariados se identificaran como núcleo y eje de los intereses generales de la sociedad. A la fortaleza de los gremios contribuyeron además los servicios de salud brindados por sus obras sociales, la fijación del monto de los salarios y las condiciones laborales a través de los convenios colectivos nacionales (paritarias) y las leyes que aseguraban la existencia de un solo sindicato nacional por cada rama de actividad, de una sola entidad nacional que los agrupara (la Confederación General del Trabajo, CGT) y de un sistema centralizado para financiarlos (que establecía que las cuotas sindicales se descontaban automáticamente del pago de los salarios).

Además, las migraciones internas y de países vecinos se aceleraron desde los años cuarenta, lo que permitió que una mayor proporción de la población se asentara en las ciudades y se incorporara al sector moderno de la economía. Ya en las ciudades, estos nuevos trabajadores pudieron participar no sólo de una vida social y política integradora, sino de una vida cultural de tendencia similar: la homogeneidad social era moneda corriente en el cine, la radiodifusión, la televisión y la literatura popular de esos años, como asimismo en la educación de masas, cuyo imaginario integrador, heredado de la Argentina liberal, había sido extendido por el peronismo a nuevos sectores, con nuevos fines. Ello explica la gravitación decisiva que llegó a tener la igualdad como valor en el imaginario colectivo: también en este aspecto el peronismo coronó un proceso de más largo aliento, la creación de una sociedad con fuertes valores democráticos, culturalmente homogénea, que celebraba el ascenso social de las clases subalternas y era reactiva a las jerarquías.

Rechazo de las jerarquías

Guillermo O’Donnell comparó la relación entre clases sociales en la vida cotidiana en Río de Janeiro y Buenos Aires a comienzos de los años sesenta, y analizó las diferencias. Frente a la interpelación con que las clases altas cariocas suelen “poner en su lugar” a un subalterno –y que reza: “¿Usted sabe con quién está hablando?”–, señala la que podría ser una respuesta esperable en las calles porteñas: “¿Y a mí qué (carajo) me importa?”. Según O’Donnell, esta respuesta no sólo revela el intenso igualitarismo de la sociedad local, en comparación con la brasileña, sino también un marcado “rechazo a las jerarquías” propio de la cultura de las clases bajas argentinas. La respuesta deja traslucir un cuestionamiento a la autoridad y las diferencias de clase aun en aquellas situaciones en que no pueden ignorarse: “El interpelado no niega ni cancela la jerarquía: la ratifica, aunque de la forma más irritante posible para el ‘superior’ (lo manda a la mierda)”. De allí que, para O’Donnell, esta actitud revele un rasgo significativo de la sociedad argentina de esos años: que haya podido ser “relativamente igualitaria y al mismo tiempo autoritaria y violenta”. Esta violencia, en un principio verbal o simbólica, expresada en una tensión contenida, con el tiempo tenderá a recrudecer y a volverse más activa.

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Volume:
543 p. 73 illustrations
ISBN:
9789878010991
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