Read the book: «Mal de muchas»
Yo sabía exactamente lo que me esperaba cuando acepté volver a vivir con mi madre. Pero no tenía adónde más ir. Volvía cumpliéndole la profecía que lanzó cuando me fui, Ya vas a venir con el rabo entre las piernas. Las madres siempre saben.
Atrás quedaba el único hombre por el que hubiese atravesado el abismo. Por eso me fui. Porque el instinto de supervivencia me atraviesa y no soy dada a andar dejando el alma en otros cuerpos.

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Esta mañana soñé que manejabas entre la niebla y nos rompíamos la frente contra la roca donde nació tu madre. Soñé que mi amiga me decía que tener a sus hijas era lo más hermoso, y yo sabía que mentía. Le estrellaba el corazón contra la roca donde ahora moría la madre de tu madre. Las mujeres que dicen que son felices cuando los hijos no saben vivir sino de ellas, perdieron el olor. Un día, tendidas en los filos de la roca, me dijo que el cielo le daba la espalda, y lloró. Sus hijos habían crecido y había olvidado cómo se mentía.
Mundia Magdaleno
Después, me puse los zapatos y me fui, sabiendo que no pondría más los pies en esa casa.
Claro que me dio pena. Siempre me duelen las despedidas. No tanto de las personas como de los lugares.
Me acuerdo con una nitidez insoslayable de las manchas de humedad de la habitación en la que dormí los primeros años de mi niñez. A veces las he añorado con toda la nostalgia hecha un nudo en un lugar del cuerpo.
Me subí al colectivo sabiendo que si no lo hacía así, si no me iba la mañana de un lunes con todo ese sol y con la promesa de una cita esa misma tarde, no me iría nunca.
Atrás quedaba el único hombre por el que hubiese atravesado el abismo. Por eso me fui. Porque el instinto de supervivencia me atraviesa y no soy dada a andar dejando el alma en otros cuerpos.
En ese momento no quise volver a verlo nunca. Ni a llamarlo. Ni a saber de él.
Pero hay un lugar de la piel donde se ha quedado marcado, imprescriptible. Como aquellas manchas de humedad, doliéndome como solo me duelen las paredes.

La habitación estaba oscura, desordenada. Las motas de polvo flotaban en los hilos de sol que colgaban desde las persianas. Yo dormía. Ajena a todo, dormía. La cara se me sonreía y el cuerpo de costado transpiraba un sudor suave. Él me miraba. Se debatía entre despertarme o dejarme el café que tenía en la mano, el café que había batido para mí. Eran las doce del mediodía, él temía despertarme.
Se sentaba a mirarme. Lloraba. Por dentro lloraba. Algún día yo me iba a ir, y saber eso lo hacía llorar, siempre.
Hacía ruido, sin querer. Yo abría los ojos, fruncía el ceño, lo miraba. Quisiera amanecer en un faro, pensaba, con el ruido del mar y la soledad. Pero él estaba ahí, con la taza en la mano y su sonrisa. Sonreía yo, qué más. Sonreía.

Yo sabía exactamente lo que me esperaba cuando acepté volver a vivir con mi madre. Pero no tenía adónde más ir. Volvía cumpliéndole la profecía que lanzó cuando me fui, Ya vas a venir con el rabo entre las piernas. Las madres siempre saben. Pensaba que iba a ser por un tiempo, por eso me aguanté la sorna. Pero los meses se hicieron años. Después, debo confesar, me dije, ya se va a morir. No, no se ha muerto, está cada día más viva y estoy por creer que me voy a morir yo primero. A veces me alegra eso, pero me pongo a imaginar con quién se quedaría y me entra la pena.
Hasta he pensado algunas veces en asesinarla. Pero a las madres no se las mata. Además, es tan fuerte que sobreviviría y yo terminaría presa.
Por ahí sería mejor que esto. Pareciera que ella sabe cuándo tengo estos pensamientos porque mágicamente me pregunta cosas del estilo, Te hago un café, nena, y ya me siento la más miserable de las hijas.

Al principio ocupé mi cuarto de soltera, como lo llama ella, aunque nunca me casé. Es como decir mi cuarto de virgen. Aunque ya no lo era y seguía durmiendo allí. Ella le dice así y yo siempre le hallo una intención oculta debajo. Estuve ahí unos meses hasta que mamá se quebró la cadera, entonces me tuve que trasladar al suyo. Sigo ahí. Lo hago porque de noche me llama y es más fácil tenerla al lado que atravesar el pasillo que separa nuestras habitaciones. Igual, al mío lo uso de estudio y me escondo para poder escribir sin que me hable. A veces sirve, pero no todas las veces. Tiene esa manera de entrar de pronto, abriendo la puerta como loca y diciendo, Oh, estás aquí, no te encontraba por ningún lado.
Sabe que siempre estoy ahí.
Cuando nota mi furia muda, agrega, No, te buscaba para preguntarte qué querés almorzar mañana. Y ya no puedo mandarla a la mierda. Sin contar que ya sabemos lo que vamos a comer mañana, porque lo hablamos hace un rato. Otras veces entra y se sienta a mirarme, Qué tanto escribís, me dice, no estarás escribiendo de mí, no. Ya no tengo con quién conversar, sigue. Todas mis amigas se han muerto. Además soy viuda, dice, vos nunca vas a saber lo que es eso. No se lo deseo a nadie. Pero seguí, seguí con lo tuyo, no te quiero interrumpir. Suspira profundamente, se levanta con un quejido y se va. Pasan dos minutos y con la culpa macerándome las entrañas voy a la cocina a sentarme con ella, pero ya se enganchó con un programa de preguntas y respuestas y me hace callar apenas entro. Shhhhhhhhhhh, me dice, de manera irritante y sube el volumen. Me vuelvo ofuscada a seguir con lo mío y lanza el interrogante a los gritos, Quién escribió El tambor de hojalata.
Entonces vuelvo a pensar en el té de belladona y una muerte rápida, porque no soy capaz de pegarle un tiro, y mancharme las manos con la sangre de mi madre.

Amanece y no he cerrado los ojos. Tengo la ingrata tarea de la docencia y me queda una hora para poder levantarme y salir. Una hora más en colectivo, dos cuadras y el colegio. Saludos, formación y adolescentes a los que les importa un cuerno quién era Borges y qué decía. Me tapo hasta la cabeza y cierro los ojos aun sabiendo que lo peor que podría pasarme sería dormirme porque me levantaría de peor humor. Los lunes tienen esa manía de hacernos creer que el fin de semana es el Paraíso pero, al menos para mí, llegar al viernes es un purgatorio del infierno que será el fin de semana.
Sos depresiva, Margarita, me dice mi madre cuando me encuentra por el pasillo con cara de muerta. Ella está levantada desde hace rato y toma mate mientras lee un diario. Me recuerda que no limpié la casa como le había prometido el fin de semana. No pude, le digo. Y claro, m’hija, si se pasa paveando en la compu. Tiene razón, además usa ese trato de usted para tomar la distancia justa que la acredita como madre. Yo pensaba que, llegada cierta altura de la vida, las madres y las hijas, adultas ya, podían ser compañeras. No, no es así. Al menos entre nosotras. Ella siempre encuentra la manera de hacerme sentir una adolescente. Tiene un repertorio de monosílabos, mohínes, suspiros, chasquidos de lengua y toses que me posicionan en un lugar culpable. Siempre.
Margarita, me alcanzás las pastillas de la cómoda. Suspiro.
Nena, podrías secar mejor el baño cuando te duchás. Chasquido de lengua.
Es demasiado escotada esa remera. Mohín.
Yo dije que te ibas a resfriar. Ja.
Andate a fumar lejos que desde la ventana me llega el humo. Tos.
Oh, pobre mi madre, también debe ser bravo que te caiga una hija en la mitad de la vida a modificarte la existencia. Eso por no prever, asegura, moviendo la cabeza de lado a lado. Sigue, Yo me sacrifiqué toda la vida para tener esta casa, una a tu edad debería tener un lugar propio, qué hubieses hecho si no me tuvieras a mí. Una vida de trabajo al lado de tu padre para criarlas y dejarles algo. Bueno, no es que les dejamos mucho, pero siquiera un título con el que pensamos que les harían frente a las necesidades. Tu hermana al menos se casó bien. Vos ni eso. No te estoy retando, no, solo digo. Barre mis pies y chas chas con las pantuflas. Trago el café y mastico mi fracaso a modo de tostadas.

Hoy podríamos ir al súper, dice, me encanta ir al súper y llenar el carro. No, pienso. Al súper, no. Además ella cree que aún va a llenar el carro. Qué vieja pava. Compremos en la despensa, le digo. Si al final sale lo mismo. Ni loca, quiero ir al súper. Dejá, no importa, voy a ir sola en taxi, total, si me asaltan, problema mío. Está tan mal todo, sigue, que estos negritos ven una vieja como yo y le arrebatan todo. Sí, furiosa ahora, negritos. No te pongas a defenderlos porque eso es lo que son.
Me callo. Una de las cosas que he aprendido es que cuando mi madre toma ese camino, no hay retorno.
A las seis vamos, le digo, esperame lista.
No podrás salir antes, no. No, mamá, el horario de la escuela es hasta las 17, no puedo. Ay, querida, refunfuña, qué esclavitud la tuya. Sí, respondo, con mal tono, una verdadera esclavitud.
Sabe que no lo digo por el trabajo, sabe.
Me cuelgo la cartera y es un espanto la cara de diablo que debo tener. Hace mucho frío, estornudo las dos cuadras que me separan de la parada.
Sigo de malhumor cuando vuelvo. Son pasadas las seis. Tarde, me dice cuando llego. Está parada en la puerta y casi me mata de un susto. En la penumbra me espera, lista, con el bolso al hombro y la boca pintada de rojo furioso. Ella no sale sin pintarse la boca. Me dejás llegar, le pido. Ya llegaste, mirá la hora que es, además quiere un café, la señora, ironiza.
No, mamá, vamos. Ella está segura de que yo vengo de un picnic. Que mi laburo es un vivero donde los chicos son plantas y yo me paseo entre ellas. Puedo hacer pis, pregunto. Y sí, qué voy a hacer, te sigo esperando.
Pone llave y vamos a la cochera. Me da las llaves del auto, porque están siempre en su monedero. El auto de papá que ya tiene veinte años, pero ella cuida como si fuera un chiche. Solo puedo usarlo para llevarla a ella. Jamás se le ocurriría dejarme manejarlo sola. Como estoy enojada, apenas hacemos unas cuadras le digo algo que sé que la va a molestar. Por qué hago eso. Qué raro que vos siendo tan independiente no aprendiste a manejar. Listo. Tiré la piedra. Me desquité. Pero ahora viene lo peor. Soy tan boluda. Tu padre no quiso enseñarme, yo le rogué, le supliqué, pero él no me tenía paciencia, las veces que intentamos, me gritaba, me decía que era una burra, así que ahí nomás me bajé y le dije, Tomá tu auto, ahora, eso sí, vas a ser mi chofer hasta que te mueras. Y así fue nomás. No, si a mí no me iba a ganar así nomás. Pero te ganó, le digo. Para qué le digo. No quiero hablar más con vos, Margarita, pareciera que disfrutás amargándome, yo entiendo que tengas una vida de mierda y que no te den ganas de llevar a una pobre vieja como yo a hacer las compras, pero te recuerdo que vos consumís lo que yo pago, y que nadie te ha llamado, vos solita has vuelto, así que dejá, nomás, estacioná y dejame que yo voy a entrar sola, no te necesito.
Cierro con llave y agarro el carro. Allá vamos.

Es de noche. Fumo con la puerta cerrada en mi cuarto cerca de la ventana. Ya es viernes, a pesar de que mis semanas se arrastran, siempre tengo la esperanza de que el fin de semana me vaya a pasar algo. Algo. Cualquier cosa. Es verdad que últimamente evito las reuniones y las citas. Desde que me mudé aquí me estoy volviendo monja. No he vuelto a tener pareja estable y los únicos tipos que me interesan son casados o no me dan bola. Podría ir a dar una vuelta, pero mamá no me presta el auto a menos que salga con ella. Y no. Prefiero enmohecerme aquí. Prendo la computadora, entro al Face. El único con el que me interesaría hablar me ha prohibido que le escriba después de las seis de la tarde. Mi mujer me tiene muy vigilado, argumenta. Creerá que con eso lo voy a ver apetecible. Como decir que hay alguien que lo quiere, que lo cela. Infeliz. Vergüenza debería darle poner esa excusa. O no se animará a decirme, No me jodas, no me gustás. Eso debe ser. Miro la bola verde que indica que está conectado y me quedo hipnotizada viéndola. Por qué será que me atrae ese hombre. Demasiado prudente, pacato, conservador, capitalista, hombre de familia, planillita y camisa de marca. Un pelotudo.

Los domingos suele venir mi hermana con su familia. Tres niños tiene. Mis sobrinos. Los dulces nietecitos de mi madre. Todo es un alboroto, desde las compras del día anterior hasta la hora en que se van. Pero sirve de evasión esa visita para soportar el agobio de los almuerzos las dos solas. Nuestros almuerzos de domingo que suelen terminar con la frase, Al menos un hijo hubieras tenido. Un hijo, o hija, mejor, sí, una mujer, así tendrías alguien que te cuide cuando seas vieja. Como vos, le digo, pretendiendo ofenderla. Sí, responde, yo al menos tengo dos hijas que calculo que me darán una mano cuando no pueda conmigo. O planeen asesinarte, pienso yo, pero no lo digo. Aquí la única que tiene libertad de expresión es mi madre. Y vaya que la usa.

Mi madre adora a sus nietos. Los adora porque le encanta esgrimirlos ante sus amigas, saca fotos de ellos y dice, Es lo mejor que me pasó en la vida. Mentira, creo yo. Perras mentiras. Frase trillada que ella escuchó y que la repite con la intención de demostrar que ella cumplió con la vida.
Deja de adorarlos cuando critica amargamente a mi hermana enrostrándole el libertinaje en el que los cría, según ella. Chicos alimentados a salchichas y comida rápida, sin hábitos, engrampados a pantallas y consolas.
Deberías sacarlos a una plaza, que corran, que respiren aire puro.
Mi hermana le oculta las materias que se llevan, las amonestaciones, los fracasos cotidianos. No quiere oírla. La entiendo tanto.
Ellos, dos niñas y un varón, miran a su abuela y la quieren, a pesar de todo. Perciben su presencia magnánima, el respaldo que es en sus vidas, los brazos que aun retándolos los recibirán si alguna vez no tienen adónde ir.

Hace dos horas que se está arreglando. Se puso los ruleros, la faja, un trajecito, los zapatos de taco ancho y medio bajo. Son zapatos de vieja, me dice. Pero son cómodos, me salieron carísimos así que deben ser buenos. Te gustan. Asiento. Hermosos, vieja.
Se pinta las uñas. Color magenta, me informa. Se usa mucho. Cómo sabés, mamá. Porque veo la televisión, vos deberías ver más tele así aprendés a vestirte y no salís hecha un mamarracho. Ya no está de moda ser hippie, me dice. Qué vieja hija de puta, pienso riéndome y acordándome de mis jeans y mis camisolas. Sí, tenés razón. Lo digo en serio. Sigue pintándose con un imperceptible temblor que me conmueve. Termina y mueve las manos delante de su rostro mientras se sopla las uñas. Se coloca los lentes, sacude su cartera y se la cuelga. Cómo estoy. Hermosa, le digo. Nadie me da la edad que tengo, me explica, yo igual me saco tres años, así que ni se te ocurra decir cuántos cumplo. Jamás, mamá. Bueno, me voy, ahí llegó el taxi, lavá lo que uses y estate atenta cuando toque el timbre, lo único que falta es que me asalten. Andá tranquila. Se da vuelta y le veo la coronilla medio pelada. Dejame que te arregle el pelo. Me acerco, le entrecruzo un poco los cabellos. Listo, perfecta estás. Gracias, hija. Y se va, taconeando por la vereda hasta el auto. Se sube con una agilidad envidiable. Me saluda con la mano.
Y yo me quedo extrañándola, a esa mujercita retorcida y tierna que a veces suele ser mi madre.

Puedo tener todos los estados de ánimo que existen en un día. A veces en una tarde. Otras, en una hora. Me hice análisis de sangre porque obviamente es más fácil echarle la culpa al cuerpo que a la cabeza. Está todo en orden. No hay hormonas sueltas, ni glucosa baja, ni presión oscilante. Mi corazón tiene ritmo adecuado en el electro, aunque yo crea que se detiene, se acelera o late a destiempo.
Por momentos me echaría a morir en un rincón de la terminal y sin embargo, al rato estoy riéndome como descosida de una ocurrencia leída al pasar. Soy una boluda entusiasta y una maniática depresiva. No hay fármaco que haya dejado de probar, ni sustancia que no me haya puesto en la sangre para estabilizar una montaña rusa que me circula piel adentro, día tras día.
Anhelo rutinas. Sueño con estantes ordenados, papeles en carpetas y ropa doblada. El caos se ha apoderado de mis rincones afuera y adentro del cuerpo. Hay días en que me alimento como espartana y otros como romana. Puedo participar de orgías o ser una monja de clausura. Se me enloquecieron los controles y ya he tocado todos los botones para reiniciarme. No hay manera. Mi conexión con el mundo es esta. Baja señal o vuelo en colores. Me duele la inestabilidad. Tengo unos abruptos cambios en el humor.
Hay días en que la alegría no me cabe en el cuerpo. Estoy jocosa, hago chistes, todo me parece gracioso, le tengo paciencia a mi madre y hasta nos reímos juntas. Va a cambiar el tiempo, dice ella y a mí me hace gracia.
Pero hay otros. Días en que soy la nada misma. Un aletargamiento similar al de los animales que hibernan, me imagino. Nada me conmueve, no encuentro un lugar donde ovillarme a morir, la inercia salvadora me redime y el instinto de supervivencia evita que caiga en el abismo oscuro que se me abre ante los ojos. Días en los que apagaría la alarma para quedarme en la cama, la cabeza tapada, la mente muda.
Será la menopausia, me dice mi amiga cuando me ve entrar en la sala de maestros y desplomarme sobre alguna silla. Puede ser. Pero desde siempre me ha pasado en algunos períodos de mi vida, un cansancio arcaico se apodera de mis huesos. Me faltan causas para explicarme a mí misma qué hago viviendo. Se me enfría la sangre y me convierto en una planta en un balcón de una vieja solitaria; parada, aparentemente saludable, ilesa, pero con los pies enraizados en una tierra oscura que me aprisiona y no me permite moverme del lugar del desánimo. Una sensación instalada en el puente de los ojos me agobia. Muero de nada y nada puedo hacer, solo esperar que suba otra vez la marea y se transforme la linfa que me habita en savia bruta.
Tendrías que ir a un médico, me dice mi madre mientras abre las cortinas de mi pieza. No soy capaz de decirle, Vení, vieja, dame un abrazo, haceme una sopa de zapallo y leeme un cuento. Sé que lo haría, lo sé. Pero se supone que soy yo la que debería cuidar de ella ahora y haber crecido de mente también para sobreponerme a este malestar que a todas nos debe pasar, pero que yo lo tomo como un síntoma de otra cosa. Tal vez sea simplemente estar atiborrada de pautas sociales que no cumplo y que me pesan en ese sitio que algunos le llaman alma. Soy soltera, sin hijos, no brillo en mi profesión, no tengo el peso esperado, no soy sociable, vivo con mi madre. Tan grande y con mi madre.

Salí al sol, Margarita, no podés quedarte todo el sábado aquí tirada. Mirame a mí, puse el lavarropas, cociné, ahora me voy a mirar tele en el living. Querés venir conmigo, dale, te cebo unos mates. Y allá voy, de piyama y siete años a ver programas de preguntas y respuestas y recibir de sus manos el amor que ella sabe dar de maneras inusitadas y cuando más lo necesito. El sol lo dejamos para después, demasiada luz me hace más sombra.

Me planteo si hice bien en volver. Me digo que fui una cobarde, una cómoda. Tengo excusas de sobra. No me alcanzaba, estaba triste, no tenía ni siquiera una cama, lo hice sin pensar. Vivo sin pensar desde hace bastante tiempo. Por costumbre. Vine por unos días y me fui quedando. No me es fácil la convivencia. Apenas lo logro conmigo misma. Y con mi madre. Lo que pasa es que convivir con ella en algún momento de la vida fue natural. Claro que hablo de la niñez. Hay mañas y modos que ya conozco. Otros son nuevos y otros deben de haberle aparecido por mi llegada. Nos acomodamos las dos. A cada una de nosotras en un punto le tranquiliza la presencia de la otra. De noche sus ronquidos leves, casi ronroneos, me hacen sentir acompañada. A ella le debe pasar lo mismo conmigo. Sí, sé que no es lo ideal vivir a esta edad con la mamá, pero es mi realidad y me la banco lo mejor que puedo.
Ella sabe por qué yo le dejé todo a Nacho. Porque le metí los cuernos y me descubrió. Y entonces yo me vine a la casa de mi madre y no lo quise atender más. Porque él aun sabiendo de mi infidelidad, aun habiéndola hecho pública entre todos nuestros conocidos, aun así insistía para seguir juntos.
Al menos hubieras traído la cómoda que yo te regalé, me dice ella. Sí, ya sé. Pero en ese momento solo quería esconderme.
