Read the book: «Una escuela en ronda»
Índice
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Portada
Copyright
Este libro (y esta colección)
Dedicatoria
Prólogo. Soñar la música
Introducción
1. El lenguaje musical y la comunidad. Desde las infancias para todos
Obertura
El lenguaje musical
Cuerpo y música
Sentir y escuchar
Educación, arte y salud
Relatos de infancia: las olas, las olas de la mar
¿Qué es la música? Tratando de definir el misterio
Los componentes de la música
Las fuentes sonoras
Mapa de viaje, la lectura de este libro
2. Una pedagogía artística
Una introducción a la pedagogía artística
Volver a las fuentes
Darse cuenta: los caminos para pensarnos desde lo pedagógico
El rol del docente
Mundos pedagógicos: el sentido de la selección y la combinación de elementos
¿De qué se trata jugar con la música?
Escuchar tiene sentido: yo con todos, yo con vos…
¿Cómo se enseña la música en la escuela?
La aventura de oír
Acerca de la creatividad: ¡siga a ese Conejo Blanco!
Estar disponibles emocionalmente
3. Infancias en comunidad
La infancia, el territorio del juego
¿Qué es un niño?
Todo niño que crea aprende
El mundo de los niños no es rosa, es multicolor
Valores centrales para pensar las infancias
La empatía, ese bien necesario
Acompañar los procesos
Los cinco sentidos
El sentido del tiempo al tiempo
La escuela, un lugar de infancias donde cada cual trae su historia
4. El gran mundo de la escuela
La vida en las instituciones
¿Qué pasa con las familias y la escuela?
¿Qué podemos hacer para integrar a la comunidad del “mundo escuela”?
¿Cómo podemos fortalecer a los equipos?
Empecemos por la formación docente
La escuela, un factor de cambio en la comunidad
¿Cómo son las maestras y los maestros de esta pedagogía?
¿Cómo invitamos a las familias a participar? ¿Qué pasa cuando esto sucede?
Notas, cartas y circulares
El camino de construir una voz colectiva
Las instituciones educativas: la tensión entre la esencia y los requerimientos del sistema
La identidad: la importancia de los espacios y de las formas que toma el contenido
¿Cómo nos comunicamos? El valor de hablar fácil
5. Un año en la escuela. Ciclos y rituales: la organización de la vida cotidiana en el jardín
Los ciclos en la escuela (y en la vida)
Ciclo de un día
Ciclo de un año
Proyectos pedagógicos con cada sala
Proyectos pedagógicos con la comunidad
Los ciclos de la naturaleza en la escuela
Más proyectos institucionales: las fiestas en el barrio
Las fiestas: diarios de una escuela que canta y baila
6. La formación pedagógica. Multiplicar es la tarea
A la hora de transmitir: las capacitaciones para docentes
La pedagogía en acción
Contagiar el entusiasmo
Contagiar la colaboración
Producir, realizar y plasmar: el arte de cumplir los objetivos
La formación docente dentro de la escuela
Capacitar para la integración: familias y escuelas en un mismo camino
Cómo construir la experiencia colectiva
Cómo transmitir el cuidado de las personas
Apelar a la propia voz: los recursos de bolsillo
Cómo cuidar la vitalidad en la institución. El fluir de la energía
A modo de cierre
7. Musicalizar, aquí y ahora
¿Cómo suena mi escuela?
Musicalizar las instituciones
Musicalizar: un proyecto colectivo
Infancia y canto en la escuela, en el jardín, con las familias
Guía para musicalizar la escuela
Docentes en juego: aprender a jugar de grandes
Explorar el sonido
Qué hace falta para improvisar
Se aprende música haciendo música
¿Qué recursos tiene un maestro?
El juego sonoro-corporal: improvisación, exploración, escucha y despliegue
El cancionero: una guía musical
¿Qué caracteriza a la música para chicos?
¿Cómo nos acompañamos a la hora de cantar?
La musicalidad de las palabras
¿Cuál es el repertorio de Risas de la Tierra?
Rituales en la escuela, la tribu musical
Las rondas
8. A la hora de jugar. Ideas y recursos de bolsillo
Mundos y objetos lúdicos y multicolores
Cajas temáticas como dispositivos organizadores
¿Vamos a jugar con la música?
Los exploradores de sonidos
Escenarios: retablos y telones
Títeres
Telas, sábanas, barriletes y… palanganas
9. La canción de despedida
Bonus track: Una aventura de transformación. La historia de Risas de la Tierra
De cómo crece y se desarrolla una pedagogía
Los primeros pasos
Los grupos rodantes
Crecer a pura intuición: todas las hojas son del viento
El Jardín de Magda
Un gran cambio: de mí hacia el inconsciente colectivo
Hacer un jardín: a rodar la vida
Por qué Risas, por qué de la Tierra
Fortalecer la pedagogía artística
Una escuela de formación docente: multiplicar es la tarea
Epílogo. El cuento más corto del mundo
Agradecimientos
Referencias
Magdalena Fleitas
UNA ESCUELA EN RONDA
Ideas y recursos para una pedagogía artística

Fleitas, Magdalena
Una escuela en ronda / Magdalena Fleitas.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2022.
Libro digital, EPUB.- (Educación que Aprende / dirigida por Melina Furman)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-801-136-3
1. Pedagogía Especial. 2. Juegos Infantiles. 3. Arte para Niños. I. Título.
CDD 371.397
© 2022, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.
<www.sigloxxieditores.com.ar>
Diseño de colección y de cubierta: Pablo Font
Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina
Primera edición en formato digital: febrero de 2022
Hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-136-3
Este libro (y esta colección)
Voy a apagar la luz,
voy a encender las estrellas,
voy a buscar en la noche
las luciérnagas más bellas…
Magdalena Fleitas, “La canción de Monstriña”
Cantando esta frase empezaba “La música que nos acerca”, la charla que Magdalena dio hace unos años ante un auditorio de miles de personas, una combinación de música y palabras que puso a la multitud que en ese momento la escuchaba embelesada en una sintonía profunda. Las diez mil personas que poblaban el estadio, yo entre ellas, nos encontramos pensando, cantando e imaginando juntas a través del canal que abría (y abre siempre) su música.
Preparando esa charla nos conocimos. Y descubrí en ella no solo a la gran artista que ya admiraba, sino a un ser profundamente luminoso, una gran usina de ideas, de sabiduría e intuición, creadora incansable de nuevas aventuras y de espacios de encuentro.
El poder de la música como canal que nos acerca, nos reúne, nos invita, nos acompaña en la vida y en la educación es uno de los grandes pilares de toda la obra de Magdalena. Es un concepto que atraviesa este libro y que le da forma a cada uno de los proyectos que ella genera. Una música que entra a las escuelas y los jardines con las canciones de las maestras, los chicos, las chicas y sus familias, en los actos escolares, los juegos, las rondas y tantos espacios que cobran vida cuando la música los atraviesa. Una música que va más allá del rato de la “hora de Música”, para empapar cada aspecto de la vida de la comunidad.
En este libro, Magdalena comparte los entretelones de tener un jardín artístico donde el lenguaje musical y el arte en general dan forma al día a día de las rutinas, los proyectos y los vínculos entre docentes, directivos, niños y familias. Nos deja espiar por la ventana las reuniones con docentes y la planificación de las actividades cotidianas, y nos da permiso para curiosear sin apuro las cajas de tesoros con ideas y recursos para darle vida a cada propuesta que invita a aprender y a jugar.
Para eso, se nutre de su vastísima experiencia como formadora de formadores, directora, maestra, música y mamá. Nos cuenta que cada momento del jardín tiene sus rituales, sus colores y sus sonidos. Nos propone abrir las puertas al juego y a la exploración. Y para eso nos invita a bucear en nuestras propias fuentes –las canciones y los juegos de nuestra infancia, aquello que nos emociona– y en las experiencias y los conocimientos de la comunidad de la escuela, para conectarnos con la creatividad más profunda que habita en cada casa y en cada institución.
Este libro propone un recorrido por una pedagogía de autora, que se para en los hombros de gigantes cuando se nutre de otros autores y fuentes, pero que tiene un sello único, propio. Un sello personal que es también la plataforma en la cual se formaron muchos docentes y artistas de toda la Argentina y Latinoamérica, porque las ideas de Magda han sido un semillero para la educación musical y las propuestas culturales para las infancias en toda nuestra región.
Aquí, como una amorosa hada madrina, Magdalena no solo nos dice que cada escuela puede llenarse de música y de arte, sino que comparte con su varita mágica los entretelones tan importantes del cómo se hace. Nos da la llave de esos secretos que combinan conceptos profundos con materialidad bien concreta, orientaciones precisas, pero también libertad y confianza para que podamos hacerlos nuestros y recrearlos en nuestros jardines, escuelas, casas y en todas partes.
Van a encontrar aquí montones de ideas y recursos para inspirarse y ensayar, desde cómo pensar la comunicación con las familias y organizar los festejos del jardín, hasta cómo armar un cancionero o crear nuestros propios rituales de bienvenida y despedida. Desde cómo pensar la formación docente al interior de la escuela, hasta cómo acompañar los distintos ciclos del año y de la vida en el jardín, las alegrías y también, de vez en cuando, las tristezas. Y un espacio para reflexionar sobre la complejidad de sostener la esencia de una institución a través del tiempo, con una identidad propia, pero, al mismo tiempo, con la capacidad de seguir transformándose y creciendo.
¡Que se abra la puerta para ir a cantar!
Este libro forma parte de la colección “Educación que Aprende”, pensada para todos aquellos involucrados en la fascinante tarea de educar. Confluyen aquí reflexiones teóricas y aportes de la investigación pero también ejemplos y orientaciones para guiar la práctica. Porque la educación ha sido, desde sus inicios, un terreno de exploración y búsqueda permanente que se renueva con cada generación de educadores, niños y jóvenes. Y porque, para educar, tenemos que seguir aprendiendo siempre.
Melina Furman
A Risas de la Tierra, con amor y agradecimiento.
Prólogo
Soñar la música
¿Sostiene la hoja seca
a la luz que la encanta,
o la luz
a la hoja encantada?
Juan Ramón Jiménez, “Suavidad”
Durante la infancia, creía y me fascinaba más aquello que discurría por la imaginación que lo que acontecía en la realidad. Como cualquier niño, era feliz inmerso en esa especie de ensoñación donde la música ocupa un espacio prioritario; sensación que hoy día continúa inquebrantable. En ocasiones, inventaba lugares o creaba seres que parecían salidos de un cuento; personajes que construían su día a día apoyándose más en la imaginación que en las formalidades cotidianas. Gente soñadora, que ya Calderón de la Barca anunciaba con aquello de “que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”, o que Jorge Luis Borges perpetuaba declamando “solo del otro lado del ocaso verás los arquetipos y esplendores”.
Soñar tiene mucho que ver con viajar, conocer otras culturas, deleitarse con nuevos sabores y aromas, apreciar la variedad y riqueza de las lenguas, embelesarse con músicas insólitas, bellas y refinadas, dejarse hipnotizar por la plasticidad de una danza… Viajar también es descubrir personas singulares, tejedoras de sueños, artesanas del sonido y la palabra, repartidoras de ilusión y felicidad, transmisoras de emociones… Y yo conozco a uno de estos seres fantásticos, como salido de un relato, que habita en un lugar encantado y teje su vida, y la de tantos otros, con palabras, música y quimeras.
Recuerdo con especial magia aquel día en que conocí a Magdalena Fleitas. Fue en su casa en Buenos Aires, gracias a un contacto muy especial: nuestra querida y admirada maestra y amiga Violeta Hemsy de Gainza. Una velada inolvidable en la que había artistas de la palabra hablada y cantada como el Dúo Karma, Luna Monti, también Juan Quintero, Georgina Hasan, Mariana Baggio y Luis Pescetti. Y no olvido que por allí también merodeaba, inquieto y vivaz, un pequeño soñador que se abría paso entre cantos y acordes de guitarra mientras trataba, impaciente, de entreverarse con la original –y también enrevesada– letra de “La Ñáñara” que interpretaba el dúo cubano. Me refiero a Vicente, hijo de Magda y claro ejemplo de lo que siempre me maravilló en mis dilatadas experiencias por tierras africanas: que tradición es sinónimo de transmisión. Una imagen que permanece imborrable en mi memoria, con la certeza, ahora, de que el traspaso continúa y habrá llegado a Santiago, el hermano pequeño.
La primera impresión que tuve al encontrarme con ella fue que nos conocíamos de toda la vida, como si hubiéramos compartido otros momentos musicales y experiencias artísticas. Nos entendimos a la primera. Su abierta, generosa y comunicativa sonrisa, en consonancia con una mirada despierta y sagaz, me transmitieron una alegría y una vitalidad desbordantes. Y así comenzó a forjarse una amistad que perdura y se refuerza cada vez que hablamos o nos vemos online para seguir compartiendo sensaciones. ¡Aun estando a miles de kilómetros de distancia, todo es cercano!
En aquel encuentro tuve la oportunidad de vivir otra extraordinaria experiencia, no ya en el aspecto humano, sino en lo puramente educativo y académico. Fue a raíz de mi participación como formador en la más que especial, única ¿escuela?… o, mejor dicho, “taller de alquimia” que es Risas de la Tierra. Y es que el nombre habla por sí mismo: un espacio de formación integral para pequeños y mayores donde la música no solo constituye la columna vertebral, sino que va de la mano y abraza el resto de las artes. Una metodología activa dirigida al desarrollo de la sensibilidad en toda su dimensión y profundidad, que eleva la experiencia educativa y el aprendizaje a su cota más holística. Todo a través del juego, del ojo y el oído atentos, del ritmo en el cuerpo y en el lenguaje; de la palabra, la poesía y el cuento al encuentro con las artes… o simplemente por medio del insustituible e incomparable placer que es cantar, tocar y bailar. Todo allí es un constante, colorido y cautivador despertar de los sentidos. Como cuando se observa con deleite un agitado mar que golpea contra la roca, creando sonidos y formas de danza, mientras uno desea que jamás cese el encantamiento…
Y tanta fascinación fue lo que experimenté al compartir mis experiencias y conocimientos con los profesores de Risas de la Tierra, un colectivo entusiasta que rezuma música, alegría y vitalidad por los cuatro costados. ¡Qué maravilla! Qué satisfacción tan grande poder disfrutar con incondicionales continuadores de esa admirable, bella y esencial misión que es educar y sensibilizar. Fue entonces cuando tuve otra revelación trascendental: una sola persona puede cambiar el mundo, diluir sus fronteras, abrir ventanas al conocimiento y a la sensibilidad, colmar la vida de músicas, repartir felicidad a raudales e invitar a soñar. Como “la luz y la hoja encantadas”’ que abren este texto, vislumbré que aquel grupo de educadores estaba impregnado, y hasta la médula, de los valores educativos, humanos y artísticos que Magda destila: sensibilidad, creatividad, alegría, emoción, generosidad y mucha magia. De todo ello acabaremos hechizados con los tesoros que encierra este hermoso libro.
Polo Vallejo
Introducción
Este libro es como la vida, multicolor e integrado. En sus páginas no encontrarán áreas compartimentadas, porque la intención es desplegar los mundos tal como son, mezclados, unidos, separados, en una dinámica interactiva que posibilita la comprensión de las experiencias en toda su riqueza.
No obstante, podríamos decir que en sus páginas se desarrollan tres grandes ejes, con zonas felizmente comunes:
el lenguaje musical;
las infancias en comunidad;
la vida en las instituciones.
Encontrarán también una gran sección didáctica de bitácoras, ideas y recursos de bolsillo basados en prácticas de campo y en la vasta experiencia de mi escuela, Risas de la Tierra, donde se despliega la pedagogía artística que aquí comparto, como un modelo concreto, casi etnográfico, para inspirar tanto el trabajo individual como el de las instituciones, para aprender incluso por imitación. A través del relato de anécdotas, de la propia experiencia y de las reflexiones que se desprenden, podremos echar luz sobre la complejidad en estas áreas, aportar procedimientos y descubrir distintas maneras para crecer en sociedad. El objetivo es traer a la superficie conocimientos que pueden ser afines tanto a la educación, al arte y a la gestión cultural, como a la salud y a la crianza.
En vez de darles un manual, les propongo sumergirnos en nuestras infancias y recordar, mediante la experiencia artística, la esencia de nuestra identidad y núcleo de la vocación, con el fin de vitalizarnos, resonar, contagiar entusiasmo, crear puentes y ser aliados con las familias, desde el trabajo institucional, para avanzar juntos al servicio de las infancias. Con los chicos y las chicas, para toda la comunidad.
* * *
Este libro propone pensar lo que significa “pasarla bien” en las instituciones, mirando hacia adentro y hacia afuera, para develar los talentos ocultos que construyen un camino de alegría, sentido, creatividad y logros positivos. Por eso mismo, no será un proceso arduo, gradual y esforzado, sino que vamos a desenvolver y reconocer lo que ya está dentro de nosotros, comenzando con una limpieza de oídos, desde el silencio y la escucha receptiva. Desde allí, avanzaremos hacia las polifonías institucionales, el baile en ronda y la sinfonía universal. “Pinta tu aldea y pintarás el mundo”.
La intención, entonces, es precisamente entrelazar estas tres grandes áreas para que dialoguen entre sí y se sintonicen. El “cómo lo vamos a hacer” es parte de la pedagogía que desarrollaré aquí: queremos hablar el lenguaje musical, desplegar el juego, despertar los sentidos, crear conexiones, compartir, ya sea en la escuela, en casa, en la calle, en la plaza, con niños, niñas o con grandes, al servicio de todos y todas; queremos hablar acerca de la felicidad, con sus luces y sombras, como un camino posible para recorrer con consciencia, en ronda y con canciones.
Como además soy música y la aventura de musicalizar, aquí y ahora, también es mi alegría, les cuento un secreto de este libro: el primer pulso que late en estas páginas es la invitación a reconocer la propia voz, en resonancia con nuestra cultura, con la voz colectiva, “Solos y juntos”, como dice la zamba de Alfredo Zitarrosa.
* * *
Buen viaje, mis queridos amigos, buen viaje a los mundos musicales, con el bolso lleno de la vitalidad de las infancias en red, con la satisfacción de recorrerlo juntos y la posibilidad de compartir nuestros saberes y recursos, para enriquecer la tarea, abordar temas institucionales y encontrar soluciones para los desafíos que implica la grupalidad; un complejo recorrido con otros, donde aprendemos a reconocernos.
Como en los cuentos de antes, allá vamos, hacia el infinito y más allá, con la confianza en que tiene sentido y que, además, puede ser un buen viaje.
Tierra de cuentos
Magdalena Fleitas
Había una vez una historia que viajó de boca en boca,
navegó por la memoria y es tu puerta la que toca.
Érase un tiempo lejano, ya no recuerdo ni dónde,
o quizá era cercano, y aquí está, o tal vez se esconde.
Cuentos, cuentos y más cuentos, para abrirnos los oídos,
recordar que el tiempo es tiempo, y despertar los sentidos.
Quiero en mi vida de cuentos un conjuro de las hadas,
un verso que cada día pueda abrir puertas cerradas.
Quiero un hechizo del tiempo, un guía para el destino,
una voz que cante al viento y aliados para el camino.
Ser felices para siempre, con perdices o sin ellas,
que los cuentos me enseñaron a volver la vida bella.
Quiero hechizos y conjuros, magia y llave abreportones
para atravesar los muros y conquistar corazones.
Quiero volar en un cisne, conversar con los dragones
y que venga Pulgarcito a encontrarme los botones.
Las fuentes de este libro: el valle interior
La música se transmite desde tiempos remotos, desde el origen de la humanidad, y muchas de las palabras que digo en este libro ya han sido dichas, al igual que las experiencias ya fueron realizadas. Muchas de las ideas ya fueron formuladas por mi amiga Violeta Gainza, gran pedagoga en educación musical. Incluso las actividades son fruto de lo vivido en mi adolescencia con mi maestra Pepa Vivanco, quien me enseñó a trabajar en grupo, de manera cooperativa. Los cánones, los quodlibets y las primeras canciones transmitidas por mi profe de la infancia, Alicia Lurá, forjaron una sonoridad en mi alma, un cancionero y repertorio de juegos que todavía me acompaña y emociona. En el recorrido profesional, contacté con musicólogos geniales como Polo Vallejo, quien se dedicó a estudiar los sistemas musicales de distintas culturas, como por ejemplo el pueblo wagogo, en Tanzania, África, y luego organizó el material para transmitirlo de forma muy didáctica. Todo eso fortaleció mi relación con el canto colectivo y la construcción de rituales sonoros para acompañar la vida. En cuanto a educación y cultura, la gestión inspirada de la Chiqui González marcó un camino creativo de cómo generar mundos maravillosos para los niños y cómo transmitir con inteligencia, humor y juego. Graciela González, la fundadora y directora de El Jardín de la Esquina y Aequalis, además de tenerme paciencia cuando empecé en su institución como secretaria a los 18 años, me enseñó a pensar la pedagogía y enriquecer la tarea dentro de la sala, primero como ayudante y luego como maestra. Melina Furman me invitó a dar una charla TEDx Río de la Plata y allí comprendí el arte de transmitir, a mi manera, con su generoso acompañamiento. Fue el primer paso para reconocer mi propia voz en resonancia con la voz colectiva. Fernando Tomasenía, músico y escritor, dedicó tiempo valioso a leerme y ayudarme en el proceso de escribir. Así podría seguir nombrando muchos referentes y seres queridos que enriquecieron mi trabajo y están hoy presentes en este libro. Tengo un gran impulso de crecimiento, soy así y me gusta compartirlo. Ese es el sentido de este libro que se inspira en artistas, en la gran banda, docentes, colegas, pares, en mi familia y en el gran equipo de Risas de la Tierra.
Ronda al sol
Magdalena Fleitas (huayno)
Hay una ronda esperando en algún lugar,
es un encuentro de luces que bailan en paz.
Te invita a sumarte al abrazo, a sentir el calor,
bailar esta ronda liviana, girando hacia el sol.
Blanco en lo blanco de tierra y de cielo tendrás,
giran las flores del ceibo como un espiral.
Hay una ronda de abrazos y manos al sol,
el viento que sopla, inspira y despierta tu voz.
La vida es un regalo, baila cada día.
Con lluvia, con nubes, con sol,
traé tu alegría y sentí
que los sueños se van más allá y la tierra nos cuida.
La vida es un misterio, canta cada día.
Con lluvia, con nubes, con sol,
traé tu alegría y sentí
que los sueños se van más allá y la tierra nos cuida.
Ya no estés solo, traé tu tristeza y bailá,
se encienden el cuerpo y el alma en este girar.
Y vamos cantando en este milagro de amor,
el viento que sopla despierta tus alas al sol.
Pinta la luna en la noche vestida de azul,
vueltas y vueltas mis sueños se vuelven de luz.
La garza del río te avisa que el agua subió,
y suben tus manos al cielo volando hacia el sol.
1. El lenguaje musical y la comunidad
Desde las infancias para todos
Donde presentamos varios temas, el lenguaje musical, qué es musicalizar, nos preguntamos acerca de nuestra propia voz, conocemos un poquito de Risas de la Tierra y nos damos cuenta de que la educación, el arte y la salud se integran en la vida, desde las infancias hacia toda la comunidad.
Obertura
Musicalizar es despertar el mundo interior, compartirlo con los demás y enriquecerlo durante el camino; es una invitación a encontrarnos mediante la escucha, el juego sonoro, las canciones, los bailes; es comprender que lo musical nos abre un camino de comunicación cercano, fácil y accesible, que nos impulsa a expresarnos, a construir nuestra identidad y a tejer sentimientos de belleza y de bondad.
El acto de musicalizar nos permite reconocer la propia voz y resonar con la voz colectiva a través de la alegría del encuentro, de la apertura a la escucha, despertando los sentidos y abriéndonos, como seres resonantes que somos, a una vigilia receptiva. Como parte de esa voz colectiva nos conectamos con el sonido de nuestra tribu, de nuestra escuela, de nuestra casa, de las fuentes de donde provenimos, de los folclores que nos atraviesan, de nuestra propia cultura. Gracias a esa voz descubrimos el valor de nuestros rituales, que son puentes para la vida: rituales para darnos la bienvenida, para despedirnos, para trasladarnos de un lugar a otro, como hacen los niños y las niñas cuando cantan desde el patio hasta la sala del jardín, desde la cocina hasta la pieza, cuando ven la lluvia tras la ventana o en una mañana de sol; rituales para cantarles y bailarles a las estaciones del año, reconociendo la singularidad de cada una; rituales para los ciclos escolares, para la pequeña jornada escolar, para arrullar a un bebé que nace y también para despedir a un ser querido. En esos instantes la música se convierte en un todo indisociable con el intenso momento que nos toca transitar.
En las tradiciones rurales, sobre todo en los pueblos africanos, la música es parte de la vida cotidiana y acompaña cada momento del ciclo vital; no está separada, sino que es parte del día a día, tan naturalizada como el acto de respirar, como la conversación. La música, con toda su riqueza y complejidad, es un lenguaje. Pero en las ciudades nos pasa otra cosa: vivimos nuestra relación con la música de forma diferente, nos falta esta experiencia que nos integra. Tenemos incluso el desafío de musicalizarnos, mediante prácticas, estudios y, especialmente, a través de preguntas, con una nueva mirada que invita a reconocer, en primera instancia, que el lenguaje musical es un idioma cercano, posible, que nos expresa, que nos sintoniza con nosotros mismos y con los demás. Este proceso implica aprender a escuchar, tanto hacia afuera como hacia adentro: nos invita a despertar los sentidos, a reconocer la propia voz, lo que queremos decir y cómo queremos decirlo, pero también a construir un repertorio en conjunto con nuestro entorno, un folclore común, para integrar nuestras experiencias, para fortalecer la comunidad, generar alianzas entre las escuelas y las familias que nos permitan ir todos juntos hacia adelante, en beneficio de las infancias, de una escolarización más feliz para todas las personas que son parte de la experiencia. Pero, ¡atención!: para lograr ese objetivo, la música tiene que dejar de ser una actividad compartimentada, una clase de cuarenta minutos en un aula, una vez por semana o, con suerte, dos y solo para unos pocos elegidos. Para musicalizarnos, necesitamos que la experiencia sea parte de la vida cotidiana, en casa, en la escuela, en la plaza, y que esté disponible para grandes y chicos. Solo así podremos comunicarnos mediante la música, refinar nuestra sensibilidad y encontrar los valores más profundos que nos ofrece este puente maravilloso: la posibilidad de escucharnos, de vitalizarnos a través de la música y de construir nuestra propia voz en resonancia con la voz colectiva.
El lenguaje musical
La música es una experiencia multidimensional que involucra la energía de los cuatro elementos; es vida que suena y resuena, un alimento que nutre y sostiene; es vital, es de todos y para todos. No se trata de un patrimonio exclusivo de los músicos, ya sean vocacionales o profesionales. La música es una forma más de expresión y de comunicación humana, como el lenguaje hablado. Quienes amamos la música estamos seguros de que, sin duda, se trata de la forma de comunicación más hermosa, que no solo nos conecta con el resto de los seres humanos, sino también con la naturaleza, con lo divino y, muchas veces, con nosotros mismos.
Pero empecemos por el principio, para que no se convierta en una utopía idealizada, por más bella que esta utopía pueda parecernos. La música no es una experiencia elitista, es un derecho de todos los seres humanos y, básicamente, es una oportunidad, una invitación a vivir más felices. Hay personas que creen que para vivir la música hay que saber leer partituras o tocar un instrumento. Sí, es cierto que son conocimientos que tienen que ver con la alfabetización musical, pero la verdadera búsqueda consiste en el acercamiento a la experiencia musical, a la posibilidad de sensibilizar, de resonar con nuestro mundo interior y compartirlo. Solo así la comunicación musical podrá convertirse en una aliada para construir identidad, comunicarnos mejor y fortalecernos desde la fuente misma de nuestra cultura, abiertos al mundo.
Este libro es una invitación a recorrer juntos ese camino, a entrenar la escucha, limpiar los oídos y descubrir los paisajes sonoros, el canto de los pájaros, la voz del viento, las tramas vibrantes entre voces, cuerpos, palabras y ritmos, a despertar la ternura y la alegría que genera un proceso compartido, en el cual descubrimos la oportunidad de crecimiento y transformación que nos ofrece la música como lenguaje integral y abarcador.
La música es un lenguaje y, como tal, puede expresar impresiones, sentimientos, estados de ánimo. Pocos compases después de iniciarse una obra musical, queda automáticamente configurado un clima o una atmósfera que trasciende los límites sonoros. Así atribuimos a la música cualidades diversas. Puede parecernos serena, excitante, jocosa, tensa, angustiante, satírica, inquisitiva, elegante, de mal gusto, sugestiva, sensual, misteriosa, imponente, marcial, barata, etc. Estas impresiones suelen coincidir entre individuos de un mismo país o grupo social. Este lenguaje musical es universal porque establece vínculos entre los seres humanos.
Violeta Gainza, La iniciación musical del niño
Cuerpo y música
¿Dónde está la música? ¿En un escenario? ¿En un parlante? ¿En una lista de reproducción? Lo bueno es que para sentir y hablar el lenguaje de la música no hay que encender un aparato; para descubrir de qué se trata la música, en primera instancia, no es necesario salir a buscarla afuera, en una guitarra o en un concierto. ¿Por qué? Porque la música empieza en nosotros, habita en nuestro cuerpo. Entendamos primero qué es la música. Es hora de derribar ciertos mitos: la música no es solo esa canción para “mover las manitos o sacudir los pies” que solemos cantar en el jardín. En el cancionero escolar hay muchísimas canciones así, para enseñarnos las partes del cuerpo, el abecedario, para instruir hábitos, lavarse bien y ser buenitos. Podemos seguir cantándolas si son fuente de alegría, pero la música es algo mucho más grande, misterioso, cercano, lejano, mío, tuyo. Es fundamental entender lo que implica corporizarla, para que sea realmente un lenguaje verdadero de comunicación, enraizado en la propia experiencia de los sentidos, un camino de construcción de identidad y expresión de cultura.
Volvamos al cuerpo: desde allí vivimos la vida, el cuerpo no está disociado de la experiencia de aprender. Somos cuerpo, mente, espíritu. Somos un todo, y corporizar la música nos hace darnos cuenta de esto, nos trae información nueva, fresca: pulsos, latidos, sensaciones y sentimientos. ¡Qué maravilla! De repente, existe una experiencia que nos integra, que barre con la disociación que enuncia “mi cuerpo y yo”, como si el “yo” estuviera en otra parte. La música está en el cuerpo y los niños lo saben bien. En la infancia, la relación entre sonido, ritmo y movimiento es completamente espontánea. Ahí tenemos una prueba directa del poder del sonido, porque siempre hay una respuesta inmediata. Los niños y las niñas más pequeños juegan con su voz como si fuera el mejor juguete: baba dudu, plic tum shh… La boca, la lengua, los dientes, el paladar se transforman en instrumentos placenteros, fascinantes y accesibles. Los bebés son grandes maestros a la hora de mostrar la poderosa relación entre el sonido y el cuerpo. Se balancean ante el primer estímulo sonoro: la reacción del cuerpo es inmediata. Incluso el hermoso vaivén, fuente de inspiración de tantas canciones, es parte de la danza de la infancia, a medida que aprendemos a caminar. Con el tiempo, el balanceo se hace más rítmico y más lúdico con canciones para la marcha. Ante una polka o marcha instrumental, los niños responden activamente. Las manos se sacuden, se despierta la sonrisa; las rodillas, flexibles, suben y bajan, como el centro de gravedad. Es genial aprender a caminar con estos ritmos, incluso aprender a saltar con un pogo divertido, como resortes, canguros o conejos. El movimiento cambia de manera evidente al escuchar un vals, con cualidades más flexibles y líricas. Mediante los juegos rítmicos de pandero, se despierta la aventura de levantar los pies del piso y hacer nuevos pasos, sobre todo en los pequeños deambuladores. Para los más grandes del jardín, hay músicas que invitan a descubrir movimientos más complejos: rodar por el piso, dar vueltas como un trompo que gira y gira, hacer estatuas o mantener el equilibrio, en un camino en el que el cuerpo y el sonido dialogan y están unidos desde la vibración.
Estos juegos tan simples, propios del nivel inicial, que también conforman el cancionero infantil de muchas culturas, son parte de la experiencia musical en la primera infancia. Asimismo, sabemos que los más pequeños resuenan de manera especial con el entorno, por eso tiene tanto sentido elegir cómo vamos a musicalizar el ambiente, qué vamos a escuchar y, también, cuándo hacer silencio y habitar las pausas, para que el lenguaje siga vivo y no se transforme en ruido de fondo o música funcional. Somos entidades sonoras porque nuestra vida, aun en el sentido biológico más estricto, está hecha de latidos, pulsos, ritmos y vibraciones. No tenemos que ir a buscar la música afuera, porque la música habita en nosotros desde que estamos en la panza de mamá y el sonido es un canal poderoso de comunicación, aunque no siempre nos demos cuenta.
El cuerpo del niño es integral: siente, piensa, construye conocimiento, establece una compleja sucesión armónica de tensión y distensión; la piel tiene memoria; el cuerpo del niño ama y rechaza las canciones según lo que ha sentido. Hay una inteligencia del cuerpo, incluso estrategias llevadas al cuerpo. El niño corporiza la música y sus sentidos se despiertan a través del juego, un maravilloso camino de aprendizaje.
Sentir y escuchar
La escucha es el arte de ser receptivos.
Lama Tarthang Tulku, La alegría de ser
La música nos ayuda a integrar la vida cotidiana porque involucra las emociones, el cuerpo, el juego, la mente, el corazón, el espíritu, a los amigos, a los otros… y algo más.
Como dijimos, es un lenguaje y, por lo tanto, comunica, tiende puentes, abre, cierra… y algo más. Al igual que la capacidad de ponerse a jugar, la música puede emerger espontáneamente, tanto en los niños como en los adultos. Pero hay que darle lugar, confiar en ella, abrir los oídos con respeto, y también con irreverencia. El sonido nos rodea y es parte de nosotros. Sí, en la naturaleza hay sonidos maravillosos, hay lenguajes, pero la música comienza en nuestra capacidad de escucha y de emisión.
Sería maravilloso que la música habitara en todos los hogares y las escuelas sin ningún tipo de exigencia en cuanto a la destreza. Porque este lenguaje se cuida dando permiso, viviéndolo, así nos vamos afinando, sintonizando en el lenguaje mismo, con la intención de musicalizar. Al integrar tantos aspectos de la persona, las ganas de jugar con la palabra, cantar, bailar, escuchar y compartir pueden inhibirse si aparecen muy pronto el juicio, las críticas, los exámenes o una mirada valorativa de quién es buen músico y quién no lo es. La música es un lenguaje verdadero, pero para desarrollarse con plenitud tiene que ser mucho más que una ejercitación semanal aislada. Dejemos que la música entre en los hogares de la mano de los chicos, de los padres, de los abuelos. Mi maestra Alicia Lurá me enseñó muchas canciones que ahora forman mi repertorio de adulta, y gracias a ella mi casa se transformó en un lugar de encuentro musical para los amigos, con quienes ensayábamos los coros. Alicia me transmitió el valor de hacer música en familia. Con ella aprendí que, si en la casa se canta y baila, si en la escuela los maestros cantan y dedican un rato entre actividades a bailar y escuchar, entonces los chicos crecen inmersos en la música y desarrollan una sensibilidad hacia este lenguaje que luego se integra con otros lenguajes artísticos. Porque cada expresión artística, como la plástica, la danza, la literatura y otras artes, llega a distintos lugares de nuestro ser y habilita diferentes canales de comunicación. No hay una mejor que otra.
Pero la música tiene algo singular, está especialmente cerca. Suena casi como hablan los más pequeños, con el laleo infantil, acompaña el balanceo del bebé, vibra en la musicalidad de las palabras; y así, desde niños, el cuerpo se llena de música y de ritmo a medida que crecemos.
No es tan importante si luego los chicos se dedican a tocar la batería o al canto lírico, si se convierten en ingenieros, comerciantes, médicos o lo que sea. Lo maravilloso es que para toda la vida tendrán la música con ellos. La música estará con ellos. La usarán para acompañar su día a día, para compartir una reunión, para aprender a escuchar, para cantar al enamorado, para una despedida.
Entonces, de esta manera, la música se transforma en el lenguaje de las emociones y los sentimientos.
Si alimentamos este canal, los chicos atesoran dentro de sí un lenguaje que los ayuda a vivir la vida y a construir un camino feliz, porque es un gran recurso para la inteligencia emocional.
La música como medio de comunicación posee infinitas posibilidades, es capaz de despertar sentimientos sublimes como también las sensaciones menos espirituales. Es importante tener en cuenta esta condición de la música al escoger el material auditivo que utilizaremos para cultivar la sensibilidad de nuestros alumnos.
Violeta Gainza, La iniciación musical del niño
Educación, arte y salud
En nuestra cultura occidental solemos separar las áreas de la vida para poder procesarlas y organizarlas, porque aprendimos a percibir y analizar así, de forma fragmentada. Pero en la experiencia real los fenómenos no están separados y eso se ve con claridad en la complejidad de lo vivido, especialmente en los escenarios en que se despliegan las infancias, que traen a la luz la frescura del pulso vital en todas sus expresiones. En música hay un concepto interesante referido al análisis de las obras contemporáneas. Decía Carmelo Saitta, respecto de la obra Ionisation, de Edgard Varèse, que el caos es la imposibilidad de unir las partes. Y para unir, tenemos que entender, y para entender, tenemos que estar receptivos, escuchar, sentir, reconocer y luego nombrar, explicar, darnos cuenta. Esta obra contemporánea de Varèse es compleja. La primera vez que la escuché me pareció imposible. Incluso pensé qué molesto el compositor que se tomó el trabajo de crear algo tan raro. Mi percepción era, digamos, un tanto cavernícola. En Ionisation suceden muchas cosas a la vez, lejanas a lo conocido: tramas que se entretejen, paisajes rítmicos que surgen y desaparecen, una melodía que se disuelve apenas comienza, tensión, ecos. Lo bello, allí, es diferente; lo conocido no llega, no hay un hit. ¿Cómo es posible entender esta simultaneidad? Lo primero que propone Saitta es escuchar, una, dos, tres veces, sin apuro. Tomarse el tiempo para recibir esa complejidad y anotar y volver a escuchar. De a poco, surge un reconocimiento. Se despierta la alegría de identificar, de sentir que vamos entendiendo, que podemos abarcar esa trama compleja, anticipar lo que viene y, además, nombrarla, explicarla a otros, escuchar opiniones diversas y sorprendernos con los diferentes registros, fruto de la riqueza de la percepción. Porque lo que pesa inicialmente es la situación de que eso que sucede me supera, me deja afuera, no lo entiendo, me enoja, me excluye. Y en la vida, la sensación de confusión muchas veces se vincula con que no sabemos integrar la riqueza de todo lo que sucede en simultáneo, incluyendo las ambivalencias y las contradicciones, sin juzgar. Es un hermoso desafío aprender a integrar, con todo lo que implica, a pensarnos de esta manera, porque la calidad de lo que vivamos y cómo lo nombremos va a depender también de nuestra capacidad de incluir las diferencias y unir las partes, como en esos dibujos para los niños en los que unimos puntos con paciencia y actitud lúdica hasta que emerge la figura escondida. Lo mismo sucede con la música, con la ciencia y con todo lo que sembramos: requieren un tiempo de atención y la dedicación adecuada para ser entendidos y nombrados.
La educación, el arte y la salud son escenarios donde se despliega la vida, son parte del mismo camino que también podemos integrar, en nuestra percepción y en nuestro oficio, en cualquier ámbito en que trabajemos, al servicio de una infancia y una comunidad más feliz, con mayor participación. Pensemos simplemente en lo que sucede día a día. En la escuela, lo que aprendo me hace sentir bien, me fortalece, me da contexto, me ubica dentro de una historia, de una cultura que se transmite y de la cual soy parte. En las clases de arte, aquello que me expresa me ayuda a construir mi identidad, a reconocer la propia firma, aun en la simpleza de una línea melódica, de un trazo, incluso de un punto. Así, se construye un “este soy yo” y se abre un canal de comunicación, con otros, que también expresan su propia voz. ¡Esto, por supuesto, es saludable! En el camino, incorporamos pautas de socialización gracias a la aventura de crecer con pares, en red, en presencia, en contacto, de forma democrática; aprendo acerca del tiempo, del espacio, de las formas; adquiero técnicas, aprendo lenguajes y mucho más; me nutro de información, me expreso, me reconozco, me sintonizo con otros, puedo escuchar y ser escuchado, me siento vital y construyo salud, hacia adentro y hacia afuera. ¿Qué es la salud para cada persona? Es interesante abrir esa pregunta… A veces, lo que llega es una respuesta sencilla, tan simple como respirar y abrir los sentidos, como mirar el espacio que nos rodea con los ojos receptivos. Mientras vamos por la vida, somos vida. Y la vida en sí misma no se separa. Usemos esta abundante vida de la que estamos hechos, nuestros conocimientos, nuestros sentidos, nuestras luces y sombras, para que se activen los procesos de comunicación, para impulsar el flujo vital y sentirnos mejor.
Estudié Musicoterapia y en la universidad realicé todo tipo de prácticas vinculadas con la medicina, con la pedagogía, con la psicología y, por supuesto, con la práctica musical. Estudiar de esa manera fue una hermosa experiencia, un camino de formación personal muy amplio, rico, variado, incluso divertido. Pero también tenía sus limitaciones, porque a la hora de concentrar y organizar la información recibida, me faltaban recursos. En aquel momento no existía un “marco teórico” organizado que permitiera explicar la especificidad de la carrera. ¿Qué era la musicoterapia? Los alumnos y los docentes debatíamos acerca de eso. ¡Qué interesante es estudiar una carrera en proceso de definición! Había más preguntas que respuestas, ¡qué maravilla! Surgía todo tipo de planteos, y cuando aparecía una supuesta revelación, al ratito algún argumento la refutaba. Terminé la carrera y todavía no podía definirla, pero debo decir también que el horizonte abierto en mil preguntas me invitó a construir sentido, a seguir investigando y habitar definiciones móviles, permeables, incluso misteriosas, como el propio camino del arte. Me fui de la universidad con una valija llena de recursos, ideas, técnicas y conocimientos que hoy forman parte de la pedagogía que se despliega en el jardín y centro cultural Risas de la Tierra.[1] Incluso los aplico en mis espectáculos, en los shows que doy desde hace más de veinte años. Aprendí a brindar un concierto atenta a cada contenido que transmito, consciente de que con cada gesto o palabra enseño a participar; desde el teatro también siembro la semilla de ser ciudadanos. El encuadre del concierto no es clínico, pero mi mirada incorpora la salud: me importa que todos se sientan incluidos y respetados en su singularidad. ¿En qué acciones y gestos se traduce esta intención? En muchos, desde los más simples hasta los más complejos. Que todos puedan ver, por ejemplo, con los más pequeños adelante y los adultos disponibles para asistirlos. Mediante comentarios entre tema y tema busco que todo el público esté cómodo. Es tan simple como conversar: “¿Cómo están?”. Si un bebé llora, pido silencio o bajo la voz, en un claro gesto de empatía hacia ese bebé y esa mamá que está por salir de la sala. A veces le pido al público que acunemos al bebé con una suave AAaaa o invito a la audiencia a respirar. Todos juntos hacemos una pausa, acompañamos esa situación y la incluimos amorosamente. Otras veces soy más explícita: “Todos somos responsables de que sea un buen momento para todos”. Estas intervenciones no están dentro de un marco terapéutico, pero hacen bien, así que se convierten en terapéuticas; además, enseñan una forma de participar en grupo, de atender los emergentes, con auténtico respeto por la diversidad y una actitud de verdadera inclusión. Me tomo muy en serio lo de enseñar a participar, con humildad.
En Risas de la Tierra, en centros culturales o en otros espacios de formación, congresos y charlas, en ronda, hago la misma tarea. A través del lenguaje musical pongo la intención en escucharnos, sintonizarnos, bailar, cantar en grupo, hacer silencio, habitar las pausas, gritar y tener un tiempo para descargar, tanto con el público infantil como con los adultos. Eso también influye para construir un buen aprendizaje. El camino empieza por despertar los sentidos, llenarnos de la experiencia y luego pensar, reflexionar sobre lo vivido, para darnos cuenta, nombrar y tomar conciencia, para enriquecer la vida y poder aplicar estos recursos y conocimientos en nuestra tarea cotidiana.
Si entendemos la música como un lenguaje que tiende puentes, nos acerca, nos ayuda a comunicarnos, a sentirnos mejor, a reconocernos enraizados en nuestra cultura, podremos reconocer que es un maravilloso y necesario camino pedagógico que integra los mundos de la educación, el arte y la salud en la vida misma.
Relatos de infancia: las olas, las olas de la mar
Que los tesoros que descubra en mí hagan la vida de otros más felices.
Lama Tarthang Tulku
Recuerdo en mi infancia un disco flexible que había llegado a casa con una publicación especial del mundo marino, de la revista National Geographic. Era una revelación, tanto como los hologramas que en esos días sacudían nuestro cerebro en las exposiciones. Parecía el descubrimiento de la luz. Este disco traía grabaciones del canto de las ballenas. Yo me acostaba en el living, a oscuras y escuchaba… intentaba adivinar qué decían. Las imitaba cual Dory en la película Nemo, me sentía una ballena, un delfín, un pez, un ser del inmenso océano, sentía el gran espacio del mar a mi alrededor, veía la luz atravesando el agua. Eso me motivó a leer toda la revista para conocer más de aquel mundo sonoro. Cuando me convertí en maestra, años más tarde, una de mis herramientas más exitosas fue usar los efectos de la cámara de reverberación y hacer ecos con los chicos, como las ballenas. Holaa… Holaaaa la la, devolvía el eco… Ehhh. Eeehhh… Lo hacíamos igual que en mi infancia, acostados en el piso, a oscuras. Luego, sobre eso, inventábamos una canción, “¿Quién te enseñó, pececitoooo?”. Después creábamos una coreografía marina, con las manos, rodando, flotando en nuestra fantasía. Lo siguiente era pintar la escenografía y generar más música vinculada al tema. Investigábamos el sonido de las botellas, cargadas en distintos niveles para soplar, de los caños, del agua en los baldes con burbujas, de las radiografías sacudidas. A fin de año invitábamos a las familias a nuestro concierto acuático, con tarjetas transparentes de acetato y vestuario especial. Así se fusionaban educación, arte y salud, mundos cercanos a la vida, universos que se integran. Lo descubrí en el desarrollo de la tarea.
Luego de grabar discos, de hacer shows, de recorrer lugares dando capacitaciones, empecé a recibir distintos mensajes, frutos de orígenes diversos, desde diferentes encuadres hospitalarios, educativos, recreativos, y con esos frutos aprendí a reconocer lo que había sembrado con mi música… Recibí videos de todo tipo: una familia le cantaba “El tiempo del corazón”, una de mis canciones, a su bebé prematuro, y el bebito, al sentir la música, comenzaba a moverse muy suave en el regazo de su mamá, despertando a la vida; una periodista me contaba que despidieron los últimos días de su padre, junto con sus hermanos, alrededor de la cama cantando “Barrilete de colores”; un papá le enseñó a caminar a su niño con parálisis motora al ritmo del “Vals para flotar en el aire”, a la cuenta de uno, dos, tres; un maestro de escuela, debido a ciertos conflictos institucionales, armó una orquesta para integrar a todos los chicos y consiguió que toda la primaria tocara el huayno “La vicuñita” logrando que las familias bailaran junto con los docentes; una nena se calmó en el hospital con la canción “Agua” cantada por la enfermera y pudo así recibir su tratamiento; una familia musicalizó sus viajes en la ruta a puro “Ungara” de manera que el camino fue más corto… Así siguen miles de historias humanas, los frutos maravillosos de estas semillas que son las canciones, las poesías, los juegos, que vuelan por el mundo y suenan en todas partes, acompañando, enseñándonos que la vida está más unificada de lo que creemos y que las niñas y los niños necesitan experiencias para juntar las partes, para entender el mundo, para sentir los elementos –como el gran océano con los seres que lo habitan– y desde la empatía vivir más felices.
¿Qué es la música? Tratando de definir el misterio
Cuando hablamos de música, lo primero debe ser siempre, aunque parezca evidente, la propia música. Y la música no es sino una hermosa manera que hemos inventado los seres humanos para organizar el sonido y utilizarlo como modo de expresión. Es muy importante tener esto en cuenta en todo momento para que el árbol no nos impida ver el bosque. El lenguaje musical y todos los saberes teóricos y prácticos relacionados con él no son la música, son un saber sobre la música, pero la música en sí es otra cosa. La música existe, existió y existirá más allá de la sistematización teórica y más allá de la partitura en el papel.
Desde ya, es muy positivo acercarse a los elementos del lenguaje musical. Conocer la lectoescritura musical, la audioperceptiva, la armonía, la teoría y tantas otras ramas que conforman lo que denominamos “lenguaje musical” constituye una herramienta muy valiosa para aquel que desee hacer música o simplemente disfrutarla con un mayor grado de comprensión intelectual. Conocer y manejar estas herramientas conceptuales y procedimentales siempre será de gran utilidad, pero son herramientas, no son la obra en sí, de igual manera que las herramientas del albañil no son la casa, o los óleos y pinceles del pintor no son el cuadro.
Los componentes de la música
Hagas lo que hagas, busca el latido.
Elvira Sastre
Antes que los oyentes, antes que los músicos, los instrumentos, la voz humana y los aparatos de reproducción, para poder ser la música necesita dos importantísimos elementos: el aire y el tiempo. Uno de ellos no se ve y el otro es un interrogante. Así, la música, que no puede ser capturada por la vista, el más utilizado de nuestros sentidos, se manifiesta sobre el aire que nos rodea, al que tampoco vemos, y para suceder necesita de algo que es más inasible que el viento: necesita del tiempo.
La esencia de la música es el misterio, su condición es lo fugaz, su naturaleza es el enigma, su manifestación es la magia. Está muy cerca nuestro y a la vez parece venir de otro mundo, de otra dimensión, de una realidad inaprensible y superior. Por algo la música nos acerca tanto a lo divino, a lo celestial, a lo angélico.
¿Alguna vez estuvieron a solas en una habitación en silencio y tocaron una única nota en un instrumento musical? Ese único sonido nos traspasa, lo sentimos recorrer todos nuestros nervios y percibimos cómo vibra en la piel, en los huesos y en nuestro cerebro. Esa magia, ese milagro fue producido por un único sonido. ¿Sabían que cada espacio resuena con una nota especial? Me gusta buscar esas notas en las habitaciones de mi casa: ¿Cómo vibra el baño? Aaaa AAAA ahhhh. ¿Y el pasillo?, ¿la escalera? Soy una buscadora de vibraciones en el espacio. Hay una nota, esa nota y no otra, que despierta los armónicos de esas paredes. Es muy interesante para investigar: cuando se despiertan los armónicos, todo el aire se llena de la presencia del sonido.
¿Qué fuerzas se desatarán cuando incorporemos nuevos sonidos, cuando los combinemos entre sí, cuando armonicemos, cuando soltemos la voz para cantar? Sentiremos que hablamos el lenguaje de los dioses, que, por supuesto, lo imagino como un idioma cantado.
Debemos a Jean-Jacques Rousseau la definición más difundida de la música: “Arte de combinar los sonidos de una manera agradable al oído”, definición que escribe para la Enciclopedia, el primer gran texto que pretendía reunir todo el saber universal, una obra tan admirable y gigantesca que podría compararse con la construcción de la muralla china. Pero basta con que definamos algo para que la definición empiece a temblar: ¿toda la música es arte? ¿Por qué solo incluye los sonidos y no los silencios? ¿Qué pasa con el ruido? ¿Puede existir música que no sea agradable para mí, pero que les encante a otras personas? ¿Por qué tiene que ser agradable solo para el oído, no puede ser agradable para los pies o para otras partes del cuerpo? Y así podríamos seguir discutiendo con Rousseau. Como dice Murray Schafer: “Poco a poco todas las definiciones convencionales de la música han sido refutadas por la abundante actividad de los propios músicos”.
Kurt Pahlen, en Nueva síntesis del saber musical, nos dice: “La música se basa en el fenómeno del sonido que existe en la Tierra y en el universo y que puede considerarse pariente de la luz”. Otra vez nos encontramos con lo misterioso, con lo inasible: la luz, otro espíritu mágico que nos envuelve. Y si de envolver se trata, veamos qué dice el compositor John Cage: “Música es sonidos, sonidos alrededor nuestro, así estemos dentro o fuera de las salas de concierto”. Para él todo lo que suena es música, y poco le importa la opinión de Rousseau.
Nuevamente traemos a Murray Schafer, el gran pedagogo musical canadiense, que trata de poner algunos reparos: “La música no es más que una colección de los sonidos más emocionantes concebidos y producidos por sucesivas generaciones de hombres con buenos oídos”. Y así como somos de cuestionadores y rebeldes, incluso podríamos preguntarle a nuestro gran maestro: ¿qué pasa si esos sonidos a nosotros no nos emocionan, pero a otras personas sí? ¿Qué pasa si alguien no tiene buenos oídos: no puede hacer música?
Desarrollaremos a su debido momento los elementos que componen la música, pero, como en la mayoría de las cosas, nos encontraremos con diversas opiniones, según a qué fuente recurramos. Existe cierto acuerdo en considerar el ritmo, la melodía y la armonía como los tres elementos constitutivos de la música. El compositor norteamericano Aaron Copland habla de cuatro: a los tres ya mencionados agrega el timbre. Con timbre nos referimos a los diversos sonidos o, mejor dicho, colores sonoros, que producen los instrumentos musicales y las voces. Se trata de una paleta infinita de colores que realmente aportan una enorme significación a las obras musicales. Pero en su maravilloso Atlas de música, Ulrich Michels reduce estos elementos o componentes de la música a tan solo dos: el material acústico y la idea intelectual; es decir, por un lado, todo lo que suena, y por otro, quien lo hace sonar e imprime en la música sus propias ideas y sentimientos: el ser humano.
La necesidad de comprender cómo está construida la música es el correlato del impulso que induce al niño a desarmar un juguete para conocerlo mejor. También cuenta el desafío de experimentar y probarse a sí mismo como constructor de objetos y mundos sonoros; el armar algo propio –un ritmo, una canción, una pieza musical, una danza– y exponerlo ante los demás.
Violeta Gainza y Sergio García, Construyendo con sonidos
El sonido
En las reflexiones anteriores nos topamos con la idea del sonido. Al respecto, podemos recurrir al concepto que encontramos en el hermoso libro ¡Música, maestro!, de Sami Abadi, Claudia Kotin y Liliana Zielonka: “El sonido es la materia prima de la música […]. Aún no estamos hablando de música, sencillamente porque no hemos hablado del ser humano”. Es muy válido recordar que sin la intervención humana sobre el sonido no hay música posible, pero… puestos a cuestionarnos todo… puestos a perder toda certeza, ¿no nos conmueve profundamente el canto de la naturaleza? ¿No nos maravilla el canto de los pájaros, el rumor del agua que corre entre las piedras de un arroyo, o del viento cantando entre las hojas de los árboles? Algunas culturas nombradas como “primitivas” consideran que la música verdadera es la que produce la naturaleza, mientras que lo que hacemos los humanos es una torpe imitación. ¿Y no hay gente que se deshace de emoción ante el sonido del motor de un auto de Fórmula 1 o los cantos febriles y masivos –como un paisaje sonoro– de la hinchada en la Bombonera o en la cancha de River? Para muchas personas esos son los sonidos amados. El ladrido del perro cuando llegamos a casa, la puerta de la cocina que golpea su tap tap con el viento y nos recuerda el hogar. Incluso los sonidos más simples representan sentimientos y despiertan la memoria.
Murray Schafer nos dice: “El sonido corta el silencio (la muerte) con su vibrante vida. Está diciendo una cosa: ‘Estoy vivo’. El sonido, irrumpiendo en las tinieblas y el olvido del silencio, arroja una luz en ellos”.
El ruido
La teoría musical válida durante siglos (y puesta en duda o negada en el nuestro) afirma que las vibraciones regulares producen sonidos musicales; las irregulares, en cambio, ruidos. Entre estos ruidos se encuentran los producidos por casi todos nuestros instrumentos de percusión. La separación entre los dos grupos es puramente teórica.
Con estas palabra de Kurt Pahlen nos metemos de lleno en la problemática del ruido. Me encanta hablar de ruido en la escuela. Veamos… El ruido siempre fue considerado el archienemigo del sonido, pero no solo muchos de los instrumentos musicales producen o pueden producir ruidos, sino que hay muchas obras musicales, algunas de ellas realmente conmovedoras, realizadas a partir del ruido. Solo como un ejemplo posible pensemos en la maravillosa Different trains, de Steve Reich, en la que los sonidos de las campanas de las barreras, las bocinas de las locomotoras y las voces del personal de las estaciones en los altoparlantes forman parte fundamental del material sonoro de la obra. El efecto resulta sobrecogedor si sabemos que esta fantástica composición para cuarteto de cuerdas y grabaciones está inspirada en los viajes en tren que Steve Reich hacía de niño entre Nueva York y Los Ángeles. La obra nace de la reflexión que el compositor realiza como adulto: habrían sido diferentes los trenes que él tendría que haber tomado en su niñez si hubiese estado en Europa, habrían sido los trenes que condujeron a sus parientes judíos a los campos de exterminio.
Distinta es la idea de ruido que nos trae Murray Schafer: “El negativo del sonido musical es el ruido. Ruido es una señal sonora indeseable. Ruido es la estática en un teléfono o el crujido del celofán de los caramelos mientras escuchamos a Beethoven. Ruido es cualquier señal sonora que interfiere. El ruido es el destructor de las cosas que deseamos escuchar. Ruido es cualquier señal sonora indeseada”. Esta idea me lleva a pensar que si estoy escuchando unas buenas cumbias con mis amigos y el vecino pone Beethoven a todo volumen, entonces el ruido sería Beethoven.
“Para una persona realmente conmovida por una pieza musical, hasta el aplauso puede constituir una interferencia. Para las personas sensibles a los sonidos, el mundo está saturado de ruido. Ustedes ya saben qué es lo que se dice acerca del silencio”. Sí, otra vez Murray Schafer.
El silencio
Lo más fuerte del sonido, para mí, es el silencio que lo precede y el que le sigue.
Daniel Barenboim, Mi vida en la música
Mi amigo Fernando Tomasenía, compañero de aventuras desde mis inicios con el disco Risas de la Tierra, músico, docente y escritor, me contó que hace muchos años sus alumnos de jardín de infantes le enseñaron esta hermosa adivinanza: “Cuando no hablo, lo guardo; y cuando hablo, lo rompo”.
Como música y docente, nada me conmueve más que el silencio. Eso no quiere decir que no ame profundamente los sonidos y la música, pero al vivir en una ciudad, el silencio me resulta un tesoro, un encuentro conmigo misma y el espacio que me rodea.
Otra vez recorremos mis subrayados en los libros de Murray Schafer:
El silencio es la ausencia de sonido. El silencio es un continente en el cual se inserta un evento musical. El silencio se torna más y más valioso a medida que lo perdemos por acción de diversos tipos de exhibicionismo sonoro. El silencio es el aspecto más potencializado de la música. Aun cuando se produce después de un sonido, reverbera con la textura de ese sonido y esa reverberación continúa hasta que otro sonido la desaloja, o se pierde en la memoria. Ergo, si bien tenuemente, el silencio suena. Al hombre le gusta hacer sonidos y rodearse de sonidos. El silencio es la resultante del rechazo a la personalidad humana. No hay en la música nada más sublime o anonadante que el silencio. El silencio esencial es la muerte.
El folclore sabe mucho de esto, por estar cerca de la tierra, por cantar a los paisajes y escuchar la voz del viento. “Entre a mi pago sin golpear”, la famosa chacarera de Pablo Raúl Trullenque y Carlos Carabajal, dice: “Cantor para cantar si nada dicen tus versos / ¡ay! para qué vas a callar al silencio / si es el silencio un cantor lleno de duendes en la voz”.
Al hablar del silencio siempre recurro al famoso ejemplo de “Tacet 4′ 33″”, la obra compuesta por John Cage. Tacet es un término que se utiliza en música para indicar en una partitura el momento en que un músico debe dejar de tocar. Pero “Tacet 4′ 33″” consiste en cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. El intérprete debe permanecer ese tiempo frente al piano, luego saludar al público y retirarse. Una obra musical compuesta absolutamente por silencio.
Los invito a habitar la profundidad del silencio, entregarnos al desafío que implica abrir los sentidos y percibir nuestro entorno. ¿Qué nos dice este silencio? Un pájaro canta a lo lejos, el sonido de un auto que atraviesa la calle, algún grito lejano y en mi mente los pensamientos danzan y me hablan. El silencio está cargado de significados y significantes. Es muy difícil habitar el silencio, porque rápidamente se llena de voces.
Cuando trabajamos con niños, conquistar el silencio es una maravilla. Podemos ver cómo los chicos sienten el silencio que sigue a una gran tensión musical, luego de bailar, por ejemplo. Si de repente nos congelamos como estatuas y la consigna del maestro es permanecer unos instantes así, mirándonos sin emitir más que un gesto de escucha, los ojos de los chicos se abren como platos y parece que casi no respiran por el impacto del silencio en el aire. Amo esos momentos de juego, le dan sentido a mi tarea, despiertan mi escucha.
También podemos disminuir de a poco el sonido hasta dejar que la música se vuelva tan suave que el siguiente paso solo pueda ser el silencio, un fade out lento, sin apuro. Cuán fuerte y cuán suave puede ser nuestro sonido, la distancia entre el máximo y el mínimo. Qué aventura de la vida esta maravillosa invitación de la música, que nos enseña la intensidad de la experiencia, con las cumbres y los valles.
Existen distintas técnicas para llegar al silencio, pero cuando lo conquistamos con la música misma, es maravilloso. No hace falta gritar para pedir silencio, no hace falta retar ni amenazar a los niños y las niñas. Si encontramos un camino para llegar al silencio porque es el desenlace natural de una pieza musical, aprendemos a conquistar el silencio porque tiene sentido en sí mismo y es el tesoro que transmitimos a nuestros alumnos y a nuestros hijos.
Hacer una pausa tiene sentido.
Por ejemplo, ahora…
Shhhh…
La frecuencia
Al respecto solo diré que el elemento primario de la música es el sonido, y el sonido en su aspecto técnico más puro es el producto de vibraciones que se diferencian entre sí por las frecuencias que las componen, o sea, por la cantidad de vibraciones por segundo. El oído humano percibe frecuencias dentro de un espectro audible que va desde los 20 hasta los 20.000 Hz (Hz = hercio = unidad de vibraciones por segundo). Por debajo de ese umbral está el mundo del infrasonido, y por encima, el del ultrasonido.
El ritmo
¿Es el ritmo, solamente el ritmo lo que mueve mi corazón? ¿Es únicamente el ritmo entre las palabras y la cadencia entre las canciones las que le dan impulso a esta nostalgia que me llama? ¿Tiene el ritmo la memoria para caminar sobre el tiempo y hacer que lo viejo sea permanentemente nuevo? ¿Puede decirnos el ritmo lo que vivió otras noches y acariciarnos? ¿Posee el ritmo un sentimiento, para lograr que toda nuestra piel baile y viva? Nuestro desafío mayor es lograr el ritmo único de la libertad, que es quizás, como el aire en las alas de los pájaros al volar, o un lenguaje nuevo que supere el idioma para abrazarte.
Esas hermosas palabras pertenecen a la grandiosa cantante peruana Susana Baca, quien también fuera ministra de Cultura de su país.
El ritmo está unido por completo al tiempo. El ritmo es tiempo transfigurado en música. Nos dice Kurt Pahlen: “El ritmo es un principio universal del cual el ritmo musical es solamente una pequeña parte. El universo es una inmensa, inimaginable conjunción de ritmos coordinados y superpuestos”. Así como Spinetta nos dice “Toda la vida tiene música hoy”, nosotros podemos decir aquí: todo el universo tiene ritmo eternamente.
¿De dónde viene la magia del ritmo? ¿Por qué nos hechiza de esta manera y se mete en nuestro cuerpo, muchas veces sin que le demos permiso? Al respecto pueden servir estas palabras del compositor estadounidense Aaron Copland: “La música, si comenzó de algún modo, comenzó con la percusión de un ritmo. La música de los pueblos primitivos es casi exclusivamente rítmica y a menudo de una complejidad asombrosa. Los vínculos naturales del movimiento corporal con los ritmos básicos constituyen una prueba de que el ritmo es el primero de los elementos musicales”.
En el siguiente párrafo, nuevamente Murray Schafer acerca su opinión:
Todos los métodos utilizados previamente para medir el tiempo (relojes hidráulicos, de arena, de sol) fueron silenciosos. El reloj mecánico es audible. Por primera vez en la historia de la música (Ars Nova, s. XIV), la duración fue dividida en proporcionadas unidades de tiempo que sonaban. No tenemos mucha polirritmia en la música occidental porque estamos condicionados por el tictac audible del reloj mecánico. Es posible, por lo tanto, que las sociedades que muestran las mayores aptitudes rítmicas (africanas, árabes, asiáticas) sean precisamente aquellas que han estado más alejadas del contacto con el reloj mecánico.
Jugar con el ritmo en la escuela es un camino de ida, no hay vuelta. A lo largo del libro volveremos a este tema. El ritmo es un lenguaje de gestos, del cuerpo en acción. En una ronda, empecemos con palmear el pecho, tum tum, como el latido del corazón, al ritmo de la vidala. Todos los presentes comienzan a hacer lo mismo; por empatía, por imitación, nos sintonizamos en este pulso, jugamos y somos tomados por el ritmo.
La melodía
El encanto de la melodía puede hacer que nos salten lágrimas, arrancar de nuestras mentes recuerdos que permanecían ocultos, teletransportarnos y trasladarnos en el tiempo. Esas melodías que nos acompañan toda la vida; melodías que nos cantaban en la cuna; melodías que les cantamos a nuestros hijos; melodías susurradas al oído de la persona amada (o de la que queremos que se convierta en amada); melodías para despedir a quien parte; melodías para intentar resucitar a los muertos. Y sí… también hay melodías para que compremos determinada marca de mayonesa.
“Una melodía es sacar un sonido de paseo”, dice Murray Schafer. Y Aaron Copland aporta: “Si la idea del ritmo va unida en nuestra imaginación al movimiento físico, la idea de la melodía va asociada a la emoción intelectual. […] Es imposible, excepto en casos rarísimos, imaginar una música vieja o nueva, conservadora o moderna, que no tenga alguna melodía”.
Cuando estoy sola me gusta volver a escuchar algunas canciones de mi infancia, algunas perdidas con el paso de los años. Hace poco puse “Chiquitita”, la canción del grupo ABBA, y me explotaron los sentimientos, la risa, la emoción más profunda. Me senté frente al parlante a escuchar el solo del piano, las voces… Ya soy grande y no importa si ahora me gusta esa canción, lo que importa es que esa melodía me despierta las mismas emociones que cuando tenía 9 años, cuando descubría el mundo, cuando la escuchaba por primera vez, en el living de mi casa, con la luz apagada y el tocadiscos girando en el mismo surco sobre el mismo tema. Yo bailaba en la oscuridad con un sahumerio encendido, que reflejaba una luz móvil brillante en el gran espejo de la pared y me sumergía en unos olores extraños, entre el humo y el perfume. ¡Cuántas sensaciones! Esa era la danza de Magdalenita que se sentía grande, presente, bailando esa canción, girando como una luciérnaga. Volver a escuchar de esa manera trajo al presente mi esencia de niña, con lágrimas, risas, gratitud y tanto más. Como todos, tengo muchas melodías atesoradas en el viaje de la vida, todas distintas –cuecas cuyanas por mi papá, arias clásicas por mi mamá, los villancicos españoles de mi abuela, las infantiles del grupo Pro Música de Rosario, entre otras –, que me llevan en un viaje en el tiempo del cual vuelvo llena de sentimientos, con la valija cargada de la vitalidad de mi niñez, agradecida por la vida.
La armonía
Si una simple sucesión de sonidos más o menos organizados puede movilizar tantas cosas en nosotros, ¿qué pasará cuando esos sonidos sean simultáneos, cuando las voces humanas y los instrumentos musicales dejen de estar solos y canten todos juntos?
Aquí serán de gran utilidad estas palabras de Kurt Pahlen: “La idea de la armonía nace en el momento en que nuestro oído capta dos, tres o más sonidos no como unidades aisladas sino como un solo complejo. La armonía es un principio vertical: reúne varios sonidos de forma simultánea. Mientras la melodía posee pocas reglas, la armonía es toda una ciencia”.
Tomemos también estas palabras de Aaron Copland:
El ritmo y la melodía se le ocurrieron naturalmente al hombre, pero la armonía brotó gradualmente de lo que fue en parte un concepto intelectual, sin duda uno de los conceptos más originales de la mente humana. […] Toda la historia del desarrollo armónico nos muestra una imagen en continuo cambio. Muy lenta, pero inevitablemente, nuestros oídos se han ido capacitando para la asimilación de acordes cada vez más complejos y modulaciones a tonalidades más lejanas.
¡Ah, las armonías, un universo para explorar en el aula, en una ronda con toda la comunidad escolar! Basta con emitir una Aaaa larga y pulsada, invitar con gestos a sumar voces y el colchón de armonías comienza a envolvernos. El aire cambia, las sensaciones cambian. No importa si es afinado o no. Hay que animarse a hacer voces. Me gusta jugar con la idea de “elegantes disonancias”. Emitir Aaaa con confianza de que todas las notas están bien. Todas las notas tienen su lugar en el espacio, al igual que todas las personas en una institución, en una sala teatral. El concepto de armonía es muy útil para abordar la complejidad de la vida en las instituciones, porque nos ayuda a entender que no se trata de sonar siempre “lindo” (con intervalo de terceras armónicas prolijitas), sino que la riqueza de nuestra producción sonora radica en la sucesión entre tensión y distensión, con libertad para ser y explorar sin tanto juicio, con menos reacciones, porque seguimos adelante. Las armonías tensas son necesarias para la riqueza de la obra y lo mismo sucede en la grupalidad, en la convivencia y en el trabajo en equipo. Y después, qué lindo cuando llegamos a un remanso de armonía, como un bálsamo para quedarnos ahí, sin apuro, sabiendo que también estamos preparados para atravesar las tensiones.
Las texturas
En el enorme mundo de la construcción de las texturas musicales podemos identificar tres tipos bien diferenciados: la monodia, la homofonía y la polifonía. Veremos que, de las tres, la segunda es la utilizada con mayor frecuencia, sobre todo en la música popular y en la escuela, y a la cual el común de los oídos está más habituado. Pasemos a los ejemplos.
Cuando hablamos de monodia nos referimos al uso de una única voz, que interpreta una sola nota por vez y sin el acompañamiento de otros instrumentos o voces humanas que produzcan notas diferentes a las de la melodía. En general encontramos este tipo de textura en la música de pueblos antiguos o bien en la música religiosa. En estos casos, el canto monódico nos transporta a la noche de los tiempos y nos aporta una extraña y poderosa sensación de acercarnos a los comienzos de la música y al origen de la humanidad. Algunos tipos de monodia podrían ser el canto de un rapsoda narrando la gesta heroica de su pueblo, un niño que improvisa, una maestra que canta una consigna con palabras melódicas, el hipnótico canto de un médico chamán, el canto de los sacerdotes en el oficio religioso, la insidiosa melodía de un violín rústico que suena en lo profundo del monte, un birimbao, ese instrumento que es un claro ejemplo del nacimiento de los instrumentos de cuerda, que parece más un arco para lanzar flechas que un objeto destinado a la producción de sonido. También generamos monodia cuando todos cantamos la misma melodía sin armonizaciones y sin acompañamiento instrumental, por ejemplo, en una manifestación, un evento deportivo o un clásico acto escolar. Las monodias son parte del folclore popular, valorarlas y usarlas en la escuela, con variaciones, es parte de reconocer la música como lenguaje cultural y de construcción de la identidad.
En el caso de la homofonía tenemos una melodía principal, ejercida por la voz humana o por un instrumento musical o varios a la vez, que es acompañada con una sucesión de acordes cuyas notas se tocan de forma simultánea o arpegiada. Es el caso de casi todas las canciones que conocemos. Basta con encender la radio, la televisión o cualquier otro medio de reproducción musical para encontrar melodías acompañadas por todas partes.
En cuanto a la polifonía, consiste en diversas melodías sonando al mismo tiempo. Es un tipo de textura que podemos encontrar en muchos pasajes de obras sinfónicas, en las fugas o en ciertos momentos de algunas bandas sonoras de películas. Si bien es una forma de discurso musical generalmente utilizada por la música culta o académica, existen en el mundo algunos pueblos, como los pigmeos, que realizan expresiones musicales polifónicas maravillosas, sobre todo mediante la superposición de ostinatos. También podemos encontrar ejemplos de polifonía en los bellos quodlibet que se cantan en las escuelas (varias melodías distintas que calzan sobre una misma armonía y se cantan todas al mismo tiempo) e incluso en los estadios deportivos cuando los simpatizantes de cada equipo cantan melodías diferentes (por lo general, para desafiar a los del equipo contrario) y mágicamente producen un efecto polifónico.
Me encantan esas canciones populares, muy cercanas al canto de los niños y las niñas en su primera infancia. Esas hinchadas grupales que se pueden superponer como en la cancha –Oooo ole olé olé– aportan una voz necesaria, un conocimiento interesante para incluir en el repertorio escolar como herramienta para despertar sentimientos colectivos.
Eso sí, siempre invito a la belleza: ¡intentemos cantar lo más lindo que podamos!
Las fuentes sonoras
Es maravilloso constatar la cantidad y diversidad de objetos que el ser humano ha utilizado a lo largo de la historia para producir sonidos y hacer música. Desde unos simples caracoles juntados en la playa, hasta un gigantesco órgano de iglesia. En todos los rincones del planeta el ingenio humano se ha manifestado para crear herramientas sonoras de gran complejidad y versatilidad. A la vez, la música se puede realizar casi con cualquier cosa que suene, desde la propia voz con su infinito abanico de posibilidades, el silbido, las palmas, los pasos, hasta el uso del agua o el viento. Todo lo que produce sonido y puede ser manejado a voluntad de alguna manera, puede fungir como instrumento musical.
Tampoco olvidemos que hoy en día existe la posibilidad de producir casi cualquier sonido sin recurrir a instrumentos musicales. Los sonidos que se generan con una computadora o los bancos de sonido que se pueden disparar hasta desde un teléfono celular han abierto un campo sin fronteras para las posibilidades de creación.
Sí, queridos lectores y lectoras, llegamos al cofre de tesoros de la infancia: la exploración de las fuentes sonoras, una fiesta asegurada. No se pierdan de investigar y hacer sonar todo a su alrededor. Sí, sí, aunque la gente se queje: vamos a jugar con “el ruiditooo” como exploradores que somos.
Vamos a hacer ruido, a investigar cómo suena todo, porque queremos que nos escuchen, despertar las paredes, reconocer nuestro cuerpo como instrumento, los sonidos que nos rodean, jugar con la voz, abrir los sentidos y construir el lenguaje musical.
Mapa de viaje, la lectura de este libro
A lo largo de las páginas, descubriremos las implicancias de este lenguaje, como una invitación para reconocer nuestra biografía lúdico-musical. En íntimo contacto con nuestras fuentes, podremos proyectarnos a nuestro mundo profesional y familiar, enriquecer los recursos, adquirir técnicas y crear empatía con las historias que pueblan el libro. Hay muchos relatos inspiradores, parte de un recorrido vivencial, sensible y amoroso.
A la hora de comunicarnos cada quien debe encontrarse a sí mismo y desde ahí, como una oportunidad, abrirse a los demás. Para ello, entre pensamientos, ideas y reflexiones, sonarán poesías, memorias, canciones de ayer, de hoy y de siempre. Son palabras vitales para nombrar la vida, el oficio docente y seguir transformándonos en este maravilloso proceso de aprendizaje.
La historia de Risas de la Tierra aporta un modelo pedagógico, un recorrido para inspirar instituciones y formas de trabajo posibles. Técnicas, susurradores, orquestas y recursos se organizan uno a uno, buscando la afinación precisa, para despertar los armónicos de cada experiencia, multiplicando la tarea, inspirando voces, de aquí y de allá, de todo el mundo.
Querido lector, querida lectora: deseo que mientras leas, respires, sientas, pienses, hagas pausas, cantes un rato, silbes un poco y lleves estas ideas a tu mundo, a tu trabajo, al aula, con ojos de niño, con orejas verdes, en sintonía con la música universal. Y entre los renglones, como en un pentagrama, espero que resuenes en esta sinfonía y te sigas encontrando a vos mismo, acompañado en red por todos los que transitamos este camino.
Buscadores de tesoros
Magdalena Fleitas (candombe compuesto para Minimalitos, canal Paka Paka)
Un tesoro es una piedra en el bolsillo.
Un tesoro es un gran cofre escondido en un lugar.
Un tesoro pueden ser todas las cosas,
si las miras con los ojos, para verlas de verdad.
Una cáscara de nuez es un barquito.
Una caja es una torre donde vive el capitán.
Un tesoro es una llave que da cuerda,
que abre un mundo de sonidos, la cajita musical.
Somos buscadores de tesoros,
vamos aprendiendo a encontrar.
Somos los amigos de este equipo,
pero lo que más nos gusta es jugar, jugar, jugar.
Tesoro, voy a encontrarte.
Tesoro, ¿por dónde andás?
Tesoro, te estoy buscando.
Tesoro… ¡aquí estás!
[1] A lo largo de este libro, hablaré de Risas de la Tierra. Si quieren conocer su historia, pueden leerla en el bonus track de página 289.
2. Una pedagogía artística
Donde nos seguimos conociendo, pensamos la comunidad y la escuela, el rol del docente, nos preguntamos qué es “pedagogía” y, especialmente, de qué se trata la pedagogía artística, reflexionamos acerca de aprender y enseñar a través de la música, vamos a las fuentes y, por cierto, allí encontramos a las encantadoras tías.
Una introducción a la pedagogía artística
Grises son todas las teorías,
verde es el hermoso árbol de la vida.
Johann Wolfgang von Goethe
Sigamos hablando de educación, arte y salud. Para llegar al núcleo de estos temas hay que ir por distintos caminitos y pensarnos en ese recorrido. Lo voy a decir muchas veces: no hay fórmulas para copiar y repetir, porque para crecer no hay una receta. La intención es despertar nuestro sentir, reconocer nuestra propia voz, hacernos preguntas mediante ideas, sensaciones, historias, ejemplos y juegos. Estos pasos llevan tiempo. Por eso vamos y venimos, resonando con las voces que pueblan este libro; esto también es parte de la pedagogía que propongo.
Dediquemos un tiempo a conocernos: ¿qué escuchabas de niño? ¿Cuál era el sonido en tu casa? ¿Qué música te gusta? ¿Cómo eran las voces de tu infancia?
En las rondas de intercambio que hacemos en el jardín, entre docentes, nos reímos, nos emocionamos, porque surgen anécdotas y canciones que van desde el repertorio infantil a las hinchadas de fútbol, clásicos, rock y una gran variedad de estilos que definen la cultura de cada uno. Este libro apela a esa voz propia, convoca a que el lector y la lectora de a poco despierten su sonido, a medida que se los invita a reconocer su propia cultura familiar y la del entorno, de lo micro a lo macro, como un camino de conocimiento, que luego se desplegará en la pedagogía, sea en el ámbito que sea.
Musicalizar es el camino que propone este libro, pero resulta que también, a medida que avancemos, aparecerán muchos elementos que pueden parecer de “otros mundos”: texturas, materiales didácticos, pelotas, tules, telones, cajas de sorpresa con títeres y, claro está, mis tías, que vendrán un poquito más adelante. En ese momento todo se mezcla en un salpicón o, más bien, se integra, como la vida, en una deliciosa preparación multicolor en la que conviven los universos, y resulta que hasta son cercanos y agradables.
¿Por qué será que siempre pensamos las cosas por separado? Música, por un lado, y artes plásticas, por otro, siguen las matemáticas y, con suerte, después de eso, la profe de Educación Física nos hace bailar, como para descargar las tensiones acumuladas. Una grilla compartimentada, donde los mundos se presentan por separado. Pero la vida no es así, y en este recorrido escolar, al pobre profe de música ni siquiera le queda tiempo para hacer verdadera música: en todo caso le toca la difícil tarea de coordinar el acto escolar y sacar de la galera del cancionero una canción interesante que los alumnos puedan interpretar.
En fin, la idea de musicalizar resulta lejana en este contexto. Explorar el sonido, abrir la escucha acostados en el piso, pintar un mural, jugar con agua, bailar con cintas, improvisar y componer quizás queden para la próxima. ¡Oh! Qué pena… Así seguimos recortando y separando las experiencias, como si el acto creativo no fuera un alimento cotidiano. También la mirada en relación con la salud y la acción terapéutica queda afuera, reservada para la clínica; el escenario, para los artistas, y la escuela… para aprender. Por si fuera poco, además de separar las áreas, no siempre nos preguntamos de qué se trata aprender y de qué se trata enseñar.
Hace un tiempo, la directora de una primaria ubicada en plena ciudad me compartió una interesante experiencia, fruto de su visión: notó que sus alumnos, luego del doble turno, pasaban pocas horas de juego en casa e iban menos a la plaza, y la vereda como opción de encuentro con pares ya casi no era viable por el contexto urbano, los autos y la inseguridad. Finalmente, los chicos, cansados en casa, se dedicaban a mirar la tele, la tablet. De a poco, el maravilloso juego que habita en la infancia, el juego que es alimento básico del crecimiento, el juego como derecho, había quedado relegado, incluso empobrecido. Preocupada por esta realidad, se le ocurrió una propuesta para su equipo, que enseguida fue aceptada: decidieron con los docentes que la propia escuela fuera un lugar de juego. A partir de esta decisión, comenzó un largo camino en equipo para pensar las implicancias de la propuesta y el rol que cada docente debía desempeñar para llevarla adelante. ¿Cómo, cuándo y a qué iban a jugar? Algo tan serio como jugar en serio era una gran tarea, había que pensarlo bien. Fue una experiencia maravillosa: el descubrimiento al final del ciclo fue que, además de construir juegos y fortalecer la comunidad, el aprendizaje general había sido inmenso. Los chicos estaban motivados con los proyectos que surgían del juego y del tiempo libre, los docentes estaban relajados y podían explorar otras formas de enseñar y compartir y, las familias, sorprendidas, sentían el clima de alegría. Esto generó cooperación y alianzas, porque, cuando la gente se siente incluida y la escuela abre sus puertas a las familias, el resultado es muy positivo: la experiencia escolar se vuelve de todos y de todas, de niños y de adultos. Así, las tensiones que surgen en el día a día se disuelven más fácilmente y los conflictos se pueden abordar sin fracturas porque existen puentes construidos sobre la base de la comunicación y la cooperación mutua.
En mi recorrido como artista, docente y musicoterapeuta descubrí que hay muchas experiencias de este tipo. Admiro el trabajo de las personas dedicadas a la infancia, que entregan lo mejor de sí para cuidar el derecho a jugar, el derecho a una infancia feliz, con oportunidades; docentes y profesionales que se capacitan permanentemente, en un proceso de autotransformación, y que incluso inventan materiales y dispositivos para enriquecer la tarea.
Así, en el camino, encuentro maestros, héroes de lo cotidiano, inventores de mundos. Como Dulce, maestra en Tandil, en la provincia de Buenos Aires, quien al inicio de clases me mandó fotos de sus tesoros: cajas con botellitas sonoras, barquitos de papel, mariposas de colores. Había dedicado un tiempo de sus vacaciones para armar estos materiales. La imagino buscando, reciclando, juntando cosas de la calle, botellas, tachos, tapitas. Antes de abrir las puertas de la escuela tuvo una idea genial: transformar las rejas del portón y la vereda en un gran sonajero colectivo. Entonces, colgó llaves de las rejas, a la altura de los chicos, enganchó “cosos” perdidos, tuppers, cajas de metal, esas de chocolate que dan vueltas por las casas, tubos, palos. Mandó un mail de bienvenida a las familias y les pidió que prepararan su objeto sonoro para la reja y que lo colgaran el primer día, cada uno a su manera. Así, la adaptación o el período de inicio se llenó de juguetes sonoros y la llegada a la escuela se anunció con cascabeles y ruidos callejeros. Los más pequeñitos corrían entusiasmados con sus manos llenas de reciclófonos, chaschas de tapitas, cintas y otros tesoros que, junto con mamá, papá o un adulto, ataban antes de entrar.
Una reja musical para toda la comunidad. Pequeños grandes mundos de maravillas con sentido.
Volver a las fuentes
Mi recorrido como educadora comenzó durante mi propia infancia, con mis primitos, en familia, con los niños que me rodeaban, en la escuela, en el club. Vengo de una familia grande, con muchas tías ruidosas, tíos que se escabullían para escapar del mujerío y hasta tengo mi propio mellizo, que también huía tras los tíos. Desde la panza de mi mamá aprendí a compartir. Lo que al principio me aturdía un poco luego se transformó en conocimiento, por aquello de que lo que no te mata te fortalece. Sobrevivir a tantas recetas de cocina, obritas navideñas, coro familiar, vacaciones compartidas y cosas así me convirtió en una experta en trabajo en equipo y dinámicas de grupos, y en una ferviente creyente en que la comunidad en tribu es un lugar para crecer, para atesorar y fortalecer, con las luces y las sombras. En la práctica misma, y desde la experiencia musical, también descubrí que la comunidad es el entorno ideal para que la infancia se desarrolle en plenitud. El desafío es construirla, porque, al menos en las ciudades, la comunidad es frágil y las personas rápidamente se vuelven a sus refugios individuales, dejando a muchos niños solos. En mi caso rotundo y retumbante, mis tías fueron tan intensas que yo también necesité mi cuevita. Supongo que ya se dieron cuenta de mi intención al contarles mi historia: las escuelas también son como mi gran familia, un caldo de cultivo, un crisol de vínculos donde la experiencia es de mucho contacto. Ya casi no quedan lugares así en la sociedad, con tanta interacción, por eso las instituciones son escenarios ideales para fortalecer la red y crear lazos comunitarios.
No es sencillo construir comunidad, por la complejidad que implican los intercambios, pero es indispensable para construir ciudadanía. En la escuela, al docente puede incomodarlo una familia demandante, exigente; la familia, a su vez, puede sentirse excluida, dejada afuera, del otro lado del gran portón escolar, limitada a entregar su mayor tesoro, el niño, a merced de esa gran institución. Existen las excepciones, claro está. En algunas escuelas, los papás y las mamás van a cantar, o incluso sostienen la cooperadora. Hay hospitales donde las familias construyen materiales en la sala de juego y participan mucho más. Pero muchas veces también sucede lo contrario: aislamiento, distancia, desacuerdos y el desafío permanente de encontrar formas de crear puentes, generar recursos para hacer alianzas y recorrer juntos este camino de la vida.
Por aquello de las tías y de tantas fiestas familiares aprendí a cantar en grupo, a decorar la sala, poner la gran mesa y ordenar todo al final, levantar sillas y limpiar en equipo. Mi mamá organizaba pequeños grupos, con nombre y todo, como “La batata” o “Los delfines”, y cada equipo tenía una grilla con sus tareas, que podían ir desde amasar el pan hasta limpiar los baños. En las vacaciones cada equipo tenía su canción, al mejor estilo hinchada, y nos chicaneábamos un poco entre nosotros, con un gustito a competencia fraternal muy divertido. La vida estaba bastante integrada en esas experiencias. Para empezar, los grandes y los chicos compartíamos juegos, lecturas y partidos de truco. Mi abuelo Yayo, correntino, reconocido legalista, era un experto ganador de las competencias de truco, en equipo con mi hermana. Años después descubrimos que era bastante tramposo en el juego, como corresponde, cosa que siempre negó con mirada pícara. Pintábamos, bailábamos y nadie se preguntaba a qué área curricular correspondía cada actividad. Al fin del día, un rato de soledad y silencio, cuando mis tías ya se iban, taza, taza, cada una para su casa, con los tuppers vacíos, constituía el triunfo necesario para hacer una pausa de tanta comunidad. Hay que decirlo.
Resulta que con el paso del tiempo ¡yo también me convertí en tía! Hago lo mismo que hacían las mías: llevo tortas, panes, instrumentos, cancionero, asigno tareas, tengo ideas para todo lo que hay que hacer y por suerte, por suerte, logré construir hermosos equipos en los que cada uno aporta su estilo, su copla y su canción. Porque eso sí, la música siempre fue fundamental y, con tías o sin ellas, el baile, los juegos sonoros y las canciones me acompañaron desde la infancia y se transformaron en mi manera de enseñar, de aprender y jugar con la música, con otros, en red. Entonces, no es que este libro se trate de las tías, sino que es una forma de contar cómo desde mi propia infancia me volví un poco señorita maestra.
En fin, volviendo a la música y a la pedagogía, tanto hacer rondas en casa me llevó a pensar mucho acerca de esto cuando crecí, cuando esta forma de compartir se transformó en mi modo de trabajar y, finalmente, en la mirada que propongo sobre la enseñanza.
El salpicón
Durante muchos años, crecí con la propia práctica y fui uniendo con espontaneidad distintas áreas y experiencias: mi propuesta se desplegaba en el marco de la educación porque enseñaba, pero también integraba el arte porque se hacía con música; crear era el camino, jugar era crear. Sabía íntimamente que todo niño que crea aprende. La salud también llegaba sola, porque el arte y la educación integrados son terapéuticos, hacen bien, aunque no se los aborde dentro de un encuadre clínico. Además, yo estudiaba Musicoterapia y tenía un profundo compromiso con la salud, con observar y entender a los niños y sus familias, respetar sus procesos, reconocer sus individualidades y acompañarlos amorosamente. De esta manera, aprender, enseñar, sanar, cantar y bailar se integraron en un único mundo. Pero también se generó un nuevo desafío: poder explicar su sentido, transmitirlo de forma ordenada y encontrar fundamentos.
El profesor debería tratar de conquistar a los niños por medio de la música (material sonoro, cantos, ritmos, movimientos), y no mediante palabras amables. Es inútil decir, por ejemplo: “¡Pongan mucha atención, vamos a escuchar el sonido que producen estas lindas campanillas!”. La madre que en casa ofrece algo rico a sus niños no usa preámbulos de este tipo. Es necesario decir poco y hacer mucho.
Violeta Gainza y Sergio García, Construyendo con sonidos
Darse cuenta: los caminos para pensarnos desde lo pedagógico
La pedagogía es la ciencia de la educación y la didáctica es la ciencia de la metodología, de allí se desprenden recursos, ideas, técnicas y procedimientos particulares, vinculados al núcleo pedagógico.
Pensar la pedagogía en profundidad implica darnos cuenta de que es un camino de transformación para todas las personas que forman parte de la comunidad: grandes y chicos. Para alcanzar este objetivo podemos mirar varios aspectos de la experiencia que nos ayuden a reconocer el punto en el que estamos.
¿Desde dónde partimos y hacia dónde vamos? Lo que el árbol tiene de florido vive de lo que tiene sepultado. Raíces y alas, tronco, ramas flexibles al viento, permeable a la lluvia, a los rayos del sol, para florecer en nuestro proceso como docentes, como adultos que acompañan las infancias.
Reconocer nuestras bases es parte del camino. Dónde me apoyo, de qué me nutro, hacia dónde voy, cómo nombro las intenciones, los objetivos. Palabras, palabras. En educación las usamos como el agua, hablamos mucho. Pero las palabras no son envases vacíos, tienen contenido, portan significados y acarrean implicancias complejas. Entenderlas, pensarlas, discutirlas, nos conduce a la aventura del “darnos cuenta”, como decía el gran Fritz Perls, creador de la psicología gestáltica, quien invita a pensar menos, sentir más y aprender a escuchar. No sirve repetir como loros nuestras maravillosas intenciones, por más lindas que sean: pedagogía del arte, pedagogía creativa, pedagogía personalizada, pedagogía del milenio, etc. Hace falta comprometerse, pensar a fondo. En definitiva, trabajar con los niños y las niñas implica un camino de tomar conciencia, de traer a la luz el contenido y la forma. Cuanto más rica sea la integración entre forma y contenido, más rica será la pedagogía.
En las capacitaciones a docentes que realizo por el país percibo cierta confusión en relación con este concepto. Incluso con las mejores intenciones, los equipos docentes pueden volverse rígidos si tratan de copiar formatos pedagógicos, en un intento por repetir fórmulas. En esta aventura de la vida hay líneas de investigación, mapas de recorridos, sugerencias. En todo caso, la receta que propongo en este libro consiste en nutrirnos de nuestra cultura, de lo que sucede a nuestro alrededor, aquí, ahora, enraizados en la historia y proyectados hacia el futuro que queremos construir. Pero no siempre se puede recorrer el mismo caminito, por eso es tan vital preguntarnos con honestidad de qué se trata enseñar, de qué se trata aprender, cuál es el lugar de los niños y los adultos y tantas cuestiones más. Darnos cuenta es importante. Entender lo que decimos, integrado con lo que sentimos, nos lleva a un lugar nuevo, más profundo y significativo.
En mi caso, descubrí el significado de la palabra “pedagogía” en la práctica, a medida que crecía, paso a paso. Aprendí que la pedagogía y la didáctica tienen que ver con las ideas, pero también con la manera en que hacemos las cosas, cómo vamos a ir de un punto al otro, sin perder de vista que el camino de aprendizaje es un viaje. El cómo vamos a hacer las cosas es muy importante, y este cómo también se vincula con nuestra cultura, con nuestras fuentes, con nuestro valioso currículum oculto: cuál es nuestra forma de amasar el pan, de planificar un estudio, de iniciar cada día, de tomar mate; cómo revolvemos el arroz, cómo planificamos una clase o cómo la comunicamos a los pares, a las familias. El cómo habla de quienes somos, trae a la luz nuestra identidad y, de alguna manera, determina cómo será nuestro viaje: la riqueza de los descansos, los recursos para enfrentar las dificultades; en definitiva, el estado en el que vamos a transitar la aventura de la vida.
Entonces entendí que, en parte, la pedagogía empieza por reconocernos dentro de nuestro entorno, “quién soy”, “quiénes somos”, para desde allí posicionarnos en relación con la ciencia de la educación, el arte, la salud y la vida misma. Recién después podremos pensar y enriquecer la didáctica, que es la ciencia de la metodología, a través de las formas, las ideas y los recursos con los que vamos a explorar, compartir, aprender, transmitir los contenidos, en red, con los pares, en un encuadre grupal.
Hay una intención pedagógica que surge desde la propia práctica y la riqueza de la experiencia, hasta que en el análisis posterior ocurre ese momento mágico del “darnos cuenta”. En este paso a paso nos sintonizamos y vamos de la acción a la teoría, del hacer al pensar.
Algo de historia
Los grandes filósofos griegos tenían una gran preocupación pedagógica. La educación y la vida del Estado iban juntas y la música tenía una jerarquía que se comparaba con la filosofía y las matemáticas. El sentido del ritmo y de la armonía iban más allá del dominio musical y abarcaba la vida entera. Ellos pensaban que realmente la música educaba, pero estos conocimientos y esta filosofía no se han mantenido en la sociedad contemporánea. Comenio, teólogo, filósofo y pedagogo del siglo XVII, nacido en el actual territorio de la República Checa y autor de la Didáctica magna nos dice que “nada hay en la inteligencia que no haya pasado antes por los sentidos”. En La iniciación musical del niño, Violeta Gainza dice que hubo dos corrientes, el racionalismo y el sensorialismo, que se polarizaron, y que pensarlas como algo puro o polarizado condujo a un empobrecimiento que afectó profundamente la enseñanza.
El rol del docente
Pensemos juntos acerca del rol docente, no nos apuremos a etiquetar el papel de quien enseña. Hay mucho escrito, las definiciones del Diseño Curricular para la Educación Inicial son profundas, detalladas y bien escritas.[2] Por eso, me voy a tomar la licencia de hablar del rol desde otro lugar, complementario. Permítanme, entonces, focalizar primero en un aspecto importante, enraizado en la pedagogía artística que aquí propongo: el rol del docente es ser guía y guardián del juego, creador de escenarios lúdicos, bellos, significativos, poéticos, democráticos, para que los niños sean felices, y esa felicidad llegue desde las infancias a toda la comunidad.
¿Les parece posible? Veamos, las maestras y los maestros planifican de acuerdo con su rol y preparan la sala, el patio, el aula para que los protagonistas, niños y niñas, desplieguen su capacidad lúdica en el presente, con otros, desde sus propias necesidades, gustos y elecciones. Sabemos que al jugar los chicos exploran, improvisan, y al improvisar pasan muchas cosas misteriosas, como la vida misma. Pero no siempre sabemos que los maestros también aprenden y que a ellos también les pasan cosas nuevas, sorprendentes, misteriosas, porque trabajar con niños es una oportunidad para estar despiertos, vivos. Además, al pensarse a sí mismos con responsabilidad y compromiso, al estar en contacto con la vitalidad de su vocación, incluso al observar el juego de los niños y, por supuesto, al compartir con ellos, los adultos aprenden y se transforman en el proceso junto con sus alumnos. Como docentes tenemos la tarea de ejercitar una mirada crítica, paciente, para enriquecer nuestras propuestas, pero ¡atención!, cada cosa en su momento, porque al momento de jugar… ¡también podemos jugar! Sí, como adultos, jugamos, cantamos, bailamos, les mostramos a los chicos un futuro posible donde habitan la alegría y la participación incluso para la gente grande permanentemente atareada. Y esa parte es una de las que más me gusta del rol. Nos entrenamos en abrir el juego, conectados con la capacidad de disfrute que quizá viene de nuestra infancia, o del intercambio con pares en acción. Al fin, es la oportunidad de soltar la autoimagen seria, para animarnos, incluso, al disparate y a la libertad de los niños. En todos los casos, ya sea participando activamente o al observar, el docente está compartiendo, conectado. Convida, improvisa, crea experiencias para que los chicos puedan meter las manos en la masa, abrir los sentidos, activar la mente y el espíritu. El docente habilita experiencias que enseñan a escuchar, mirar, sentir, tocar, jugar y pensar. Eso es mucho.
El docente es el guardián del juego y de la exploración como camino de aprendizaje y autoconocimiento, de encuentro con otros, para despertar la chispa de la curiosidad y el amor por el conocimiento en la vida.
A fin de fomentar la autonomía de los alumnos, el docente da tiempo, espacio y confianza plena: les dice que su juego espontáneo es bueno, es suficiente; les transmite que ellos pueden crear su propio guion de aprendizaje, que comienza al reconocer el hilo de su curiosidad; posibilita que el impulso vital se despliegue, entiende la necesidad de moverse, de conocer a través de la acción, e incorpora estos conocimientos en la dinámica diaria, en la planificación y en los proyectos.
Ante la singularidad de cada niño, el docente es receptivo, amoroso. Construye durante la enseñanza el arte de escuchar, de “dar turno”. Para ello, los grandes tenemos que hacer pausas, dejar de emitir consignas, hacer silencio, incluso permitir cierto caos, a fin de favorecer que los niños puedan escucharse a sí mismos y reconocerse en el proceso de individuación. Desde esta escucha receptiva también se construyen las reglas, los límites y el orden, al servicio de las necesidades, tanto individuales como grupales e institucionales.
El docente es puente, es puerto, es brújula, es mar, pescador, marinero, capitán y limpiapisos. Es el que inventa islas perdidas, dibuja mapas de tesoros, enseña recorridos, toma precauciones frente a posibles peligros, crea canciones y baila con sus alumnos en la taberna del juego, antes de zarpar y al volver, con las botas mojadas por la aventura y el alma llena de historias compartidas.
El arte de conversar
Parte del rol consiste en construir la convivencia en el aula, cuidar la trama vincular, las redes con las familias y con los pares, enseñando a conversar con empatía. El arte de conversar es el arte de vivir juntos. Este tema es crucial y no siempre se aborda en los profesorados o magisterios. ¿Qué pasaría si nos ayudaran a crear redes positivas desde niños? ¿Qué pasaría si tuviéramos incorporada la posibilidad de mediar con la palabra para comprender la riqueza de la diversidad y resolver conflictos? Esto también es construir ciudadanía. Imaginen un mundo donde los chicos y las chicas conversan en ronda para resolver los conflictos y los desencuentros con técnicas de mediación, entre ellos, de forma organizada, incluso mediante roles, por ejemplo, el de moderador.[3]
Me gusta pensar la vida como los cuentos tradicionales: un viaje de aventuras, desde el principio al fin, con una misión y desafíos, encuentros y desencuentros, con aliados, con obstáculos que conocemos y superamos en el paso a paso, con premios, reconocimientos, humor, magia y sorpresas en el recorrido. Necesitamos recursos para este camino, y el principal es aprender a dialogar, a decir lo que nos pasa, pedir ayuda, escuchar y encontrar soluciones, aceptar los límites, con empatía y respeto.
Esto también es parte del camino de musicalizar, de volvernos más receptivos y atentos a la comunicación. Enseñar a conversar es un trabajo arduo, que implica identificar el momento adecuado para intervenir, sin necesidad de levantar la mano para hablar. Reconocer los silencios, las pausas y las calidades del intercambio requiere un tiempo y una intención adecuada. Es un gran aprendizaje. El docente enseña y también aprende, es el desafío de estar conectado, porque no hay recetas más que estar disponible, atento, para transmitir con el ejemplo y contagiar la colaboración, la escucha, el entusiasmo por construir vínculos respetuosos y aprender a estar con otros.
El mundo cambia, los vínculos también, pero el valor de estar presente se mantiene por siempre.
Que el maestro se acerque con confianza y decisión a la música desplegando frente a sus alumnos su propio compromiso, afectivo e intelectual, con el mundo sonoro.
Es muy importante ofrecerles instrumentos de verdad, mostrar cómo se tocan, conversar sobre la música que escuchan –cómo es, cómo está hecha, etc.– para superar el nivel meramente afectivo de la expresión de
preferencias (lo lindo, lo feo) y explorar más a fondo, junto con ellos, algunos detalles acerca de lo que han logrado percibir o vivenciar en materia sonora.
Violeta Gainza y Sergio García, Construyendo con sonidos
Inspirada en mi maestra Violeta Gainza, entendí que la capacidad del maestro comprende, por un lado, su dominio de la materia y, por otro, su búsqueda y preparación pedagógica. Además de sentir el deseo de enseñar, el maestro debe construir una capacidad que lo habilite a hacerlo. Debe ser, ante todo, un profundo y paciente investigador tanto de sí mismo como del niño. El maestro tiene que comprender la intensidad, la profundidad y el ritmo del aprendizaje en el niño, entender los tiempos y entender también las etapas del crecimiento. Es un gran desafío comprender el rico y complejo mundo infantil y es necesario prepararse para eso.
¿Qué necesita el docente?
El docente necesita una red de apoyo para estudiar y trabajar, intercambiar con pares, permiso para cantar, bailar, jugar y disfrutar, tener tiempo y espacio para pensar la tarea, para organizarse y crear mundos bellos y significativos por fuera del aula, contar con recursos de bolsillo para proceder con seguridad y eficacia, acceder a materiales variados para la enseñanza y, especialmente, desarrollar un criterio que le permita escoger en cada situación el material pedagógico más adecuado. Saber dónde buscar ayuda para enriquecer la tarea es un gran paso.
Quienes trabajamos con niños tenemos una gran responsabilidad, porque se trata de un enorme desafío acompañar a los chicos en su crecimiento, alentarlos a que se expresen de forma autónoma y que a la vez aprendan a escucharse a sí mismos, a escuchar el entorno, enriqueciendo esta sensibilidad con valiosos ingredientes que se incorporan paso a paso. Entender el mundo, con sus oportunidades y sus limitaciones, es un proceso complejo que empieza en casa y sigue con los primeros amiguitos en el jardín, en la plaza. Desde el mundo próximo al universo. Mi cuerpo, mi casa, mi familia, la escuela, el barrio, el club, la tele, mi ciudad, el mundo dentro del mundo.
En este recorrido, el docente tiene que revivir y evocar la propia infancia para poder tener empatía y colocarse fácilmente en el lugar del niño, para comprender sus puntos de vista, sus inclinaciones, etc. Lo bueno es que ¡todos fuimos niños!
Docentes: para este camino no existen manuales. La vida nos sorprende, nos cuestiona; cada vez que pensamos que ya la tenemos clara, surge algo inédito, impredecible. Podemos reconectarnos con nuestra niñez, resonar con las luces y las sombras de la infancia para comprender los procesos, lo que vivimos, especialmente enfocados en nuestros alumnos, y desde esta fuente de abundancia, irradiar alegría, diversión y pasarla bien. ¡Qué alivio que la escuela sea un lugar feliz! Si esto no es tarea del docente… ¿quién se va a ocupar de ello?
No obstante, los docentes no pueden ser los héroes de la educación. Hace falta la participación de la comunidad en general. Los docentes están con los chicos y esto ya es muchísimo, con ser uno bueno también es suficiente. Hay que formarse, pero también aprender a pedir ayuda, construir alianzas y puentes con la comunidad para obtener apoyo y fortalecer las redes, estudiar para despertar nuevas ideas, aprender a descansar, incluso en la escuela con los alumnos, y volver a jugar, a cantar y bailar, como combustible para la vocación. Todo esto es parte del rol del docente, pero también es la vida misma.
El maestro dispone de la experiencia y el testimonio de los investigadores del mundo infantil más reconocidos: psicólogos, artistas, docentes, literatos, filósofos… Los famosos “aliados” de los cuentos, los que aportan poemas, palabras y mapas para el camino y se convierten en nuestros guías espirituales. También los pares, la escuela, los propios alumnos y las familias son partícipes y fuentes de conocimiento.
Es importante que el docente investigue, hacia adentro y hacia afuera, para comprender cada vez con mayor profundidad tanto su propio proceso personal, como el alma del niño.
Autoobservación y autoconocimiento
El maestro enseña con el ejemplo. ¿Qué expreso?, ¿qué transmito?, ¿qué muestro? ¿Cómo es mi voz? ¿Cómo me siento? ¿Me estiro durante la clase?, ¿me muevo? ¿Respiro?
Aristóteles reconoce la imitación como una parte del aprendizaje; con los niños pequeños esto es evidente: la imitación es la manera de aprender. Hacer música con los chicos genera música en los chicos. La musicalidad del maestro se contagia, se propaga y arraiga en los alumnos. Por eso es tan necesario sensibilizar el oído musical; hay que cultivarlo, hay que aprender acerca de la teoría, pero desde un enfoque basado en la práctica, y cuidar la cultura vocal. Resulta fundamental escoger criteriosamente las tonalidades de las canciones, tomar conciencia de los momentos que elegimos para respirar, del domino de los instrumentos, de la conquista del silencio, y comprender cuándo deja de ser necesario tocar y cantar, saber sostener las pausas y hacer espacio, dejar que el espacio hable, habitar el silencio y saber quedarse ahí. Con esto es suficiente.
Nuestra manera de aprender
Así como tenemos una manera de transmitir, cuidar, enseñar y acompañar, también tenemos una manera de aprender. Cuando algo me entusiasma, tomo nota en detalle de todo lo que escucho. Mi forma de aprender en general pasa por escribir las ideas centrales y hacer cuadros sinópticos, subrayar con colores. Necesito ver lo que estoy entendiendo y me gusta guardar los cuadernos, por lo cual soy una coleccionista de papeles y apuntes. En Risas de la Tierra, nos reunimos con frecuencia a trabajar con los docentes. En esos encuentros observo que casi nadie escribe, casi nadie toma nota. A veces les pregunto: “¿Cómo se van a acordar de las cosas que estamos hablando? ¿Cómo pueden reproducir las ideas si no las anotaron?”. Los maestros se ríen: “Pero, es que no necesitamos escribirlo”. Esas situaciones son interesantes, incluso simpáticas, porque a veces nos tomamos un tiempo para identificar la manera en que cada uno organiza sus conocimientos en la mente, en su papel, y el tiempo que luego le dedica a estudiarlo y poder reproducirlo.
Incluso, nos damos cuenta de que… ¡muchas cosas también se olvidan! Como técnica para coordinar las reuniones de padres o las rondas, invito a los docentes a practicar, frente al espejo: qué vamos a decirles a las familias y cómo lo haremos; por ejemplo, cómo vamos a explicar y fundamentar el sentido de nuestra tarea, los porqués, los cómo. Incluso podemos practicar con los compañeros, para reconocer qué cara ponemos, cómo es nuestra postura, etc. Los animo a salir “desprolijos”, a exponerse, porque esa valentía nos hace crecer y nos vuelve aliados. Esta forma de enseñar y de aprender también construye lazos vinculares muy profundos y esto, por supuesto, ayuda al desarrollo y el crecimiento de la institución, aunque estemos en roles distintos. Son caminos para aprender y reconocer la manera propia, aquí y ahora. ¡Un gran conocimiento!
Mundos pedagógicos: el sentido de la selección y la combinación de elementos
De colores, de colores se visten los campos en la primavera.
De colores, de colores son los pajaritos que vienen de afuera.
De colores, de colores es el arcoíris que vemos lucir,
y por eso los grandes amores, de muchos colores me gustan [a mí.
“De colores”, vals popular español[4]
La pedagogía artística se caracteriza por una selección particular de elementos para utilizar y propone una manera creativa de combinarlos. Cada pedagogía tiene su orientación en relación con los materiales, ya sean estos de madera, de plástico, sonoros, de la naturaleza, etc. Los objetos traen una historia, portan significados, tienen una esencia propia, y con ellos nos vinculamos. De la riqueza de estos intercambios, devienen los aprendizajes.
Con el paso del tiempo, fui definiendo una particular selección y combinación de elementos: los “juguetes” artesanales, los instrumentos caseros y los cotidiáfonos, la decoración en las paredes, los telones, los modelos de cintas para bailar, pero también la forma de organizarnos, incluidas las planificaciones y las cajas temáticas como dispositivos organizadores del juego, que armé en el año 2011. La pedagogía artística que propongo en este libro se construyó con la práctica de campo: aquí entran los elementos maravillosos, esos que seleccionamos con una mirada aguda, los objetos y los materiales que serán parte del juego, parte del entorno, pero que, sobre todo, estarán al servicio del juego imaginario: cajas de cartón convertidas en naves, telas que hacen las veces de cuevitas, tubos susurradores, etc.
Pero la selección y combinación de elementos en una institución es inmensa, no solo hablamos de materiales. Se trata incluso de pensar el perfil de las personas que conforman un equipo, seleccionar de acuerdo con esta mirada y luego, claro está, facilitar intercambios, combinar, nutrir, integrar los mundos entre todos los que recorren juntos la vida de una institución.
Cada pequeño gesto implica una intención, un foco determinado. Los niños harán lo mismo: de la gran riqueza a disposición para ellos, harán su propia elección. Por eso es tan importante que les brindemos un mundo amplio de texturas, de materiales multicolores, de distintos tamaños, según los intereses de cada edad. Para los más pequeños funciona muy bien todo lo que pueda acarrearse, ser llevado de un lugar a otro, incluidos muebles que se puedan cambiar de lugar; pero también cosas pesadas que impliquen cierto esfuerzo y desafío, para ser levantadas sin riesgo. En cada edad se manifiestan intereses diversos.
Recuerdo mi visita al maravilloso Tríptico de la Infancia y a la Plataforma Lavardén, en Rosario, provincia de Santa Fe, diseñados por la Chiqui González, la más grande en armar lugares bellos y significativos en nuestro país. Luego de un concierto que di para celebrar las vacaciones, ella misma nos llevó a recorrer las instalaciones, junto con el Negro Gerardo Agudo, su aliado en el camino de crear belleza y gestión cultural significativa. Uno de los pisos del antiguo edificio de oficinas, ahora reciclado para las infancias, está lleno de roperos. Sí, como en Narnia. En lugar de puertas tradicionales, el pasillo circular, antiguo y luminoso, muestra puertas, puertitas y roperos de todo tipo. Un placard de abuela de madera oscura, un ropero moderno, otro chiquito para pasar de a uno, un portón grande de los abrigos de antes. Es increíble. Podría llevarme todo el libro hablar de lo que sucede allí. La Chiqui escribió también el “Manifiesto de las infancias” y en su obra se puede percibir con claridad la importancia de la selección y combinación de elementos de la que estamos hablando. “¿A dónde dan los roperos?”, se preguntarán ustedes… ¡Ahh! Eso es más maravilloso aún. Cada puerta lleva a un mundo diferente, mágico, inesperado. Por una puerta pequeñita se ingresa en un inmenso salón rojo, que tiene una calesita adentro, girando, con musiquita. Otra puerta lleva a una gran cocina comedor, con las paredes empapeladas con páginas de libros y mate y galletitas a disposición… los sentidos se deleitan. Uno de esos mundos me emocionó especialmente. Es un cuarto antiguo, con una silla mecedora, una vitrola y vestuario de abuelas. Mientras lo recorríamos, tomé un sombrero antiguo, con volado de tul, delicado, perfumado. La Chiqui me dijo al pasar: “Ese sombrero era de mi abuela”.
El sombrero de la abuela de la Chiqui González, en medio de una sala para jugar. Ese detalle sintetiza el criterio de selección y combinación del que hablo. Ese sombrero estaba ahí, para convertirse en disfraz compartido, jugado, y era de la abuela de la mismísima secretaria de Cultura, primero, y ministra de Innovación y Cultura, después, entre tantos otros elementos que seguro también venían de su casa. Ese sombrero estaba lleno de historia, de cariño, de relatos personales, de poesías, de perfume y maquillaje. Toda esa carga afectiva es la que queremos atesorar y heredar a nuestros niños. La Chiqui pone su vida y su amor a disposición de las infancias y ese tesoro es el más grande de todos. Y eso se siente al recorrer los espacios, al entrar en los roperos y descubrir los mundos, adentro del mundo.
En la escuela también podemos ofrecer objetos que no sean de consumo, sino que nos importen, que porten significados, revelen historias personales y que, sobre todo, dejen huellas, ya sea porque transmiten identidad, porque son bellos, o porque forman parte de la naturaleza, como los frutos, las semillas, las ramas. Podemos seleccionar materiales sonoros con los cuales hacer música, con los cuales “jugar a”. Los chicos son maestros en el arte de la invención y la transformación. Podemos incorporar objetos simbólicos, que despierten mundos de fantasía. Los elementos no tienen que ser caros ni de marca, pero sí tienen que ser elegidos por algún motivo, con entusiasmo, con sentido, porque me gusta, porque no lo entiendo, porque me incomoda…
En fin, la selección y la combinación, más allá de los materiales, la practicamos en todo lo que hacemos. Podemos refinar nuestra mirada para darnos cuenta también de cómo miramos, en qué hacemos foco y cuál será el camino que tomaremos a la hora de elegir, porque ahí también late la propia voz, que se manifiesta en pedagogía, didáctica, ideas y recursos personales.
El mundo es grande y complejo, y abarca todo tipo de realidades, polarizadas, extremas. Existen instituciones y entornos abandonados, empobrecidos, con poca mirada hacia los niños y sus necesidades, en los que hace falta intervenir para redireccionar, nutrir, estimular, insistir en mejorar y en dar más. Pero hay otro extremo, incluso en las escuelas, que se caracteriza por demasiada intervención, por la competencia y la alta exigencia de la eficacia. Allí, a diferencia del contexto anterior, hay que intervenir para relajar, soltar, acompañar y volver a jugar. No hay recetas. Cada docente sabe en cuál de los mundos está y conoce tanto los extremos internos como los del entorno. Por eso, mis intervenciones como pedagoga las hago de acuerdo al posicionamiento de quien tengo enfrente. Mi intención es ir desde los extremos hacia el camino del medio, hacia un equilibrio, para que no haya saturación o estrés en un caso, ni carencia o pobreza en el otro.
¿De qué se trata jugar con la música?
La música también es un juego de niños. Para empezar, se trata de jugar con el sonido, hacia adentro y hacia afuera. Desde el cuerpo hacia la sala, desde mí hacia los otros, desde los otros hacia mí.
Se trata de explorar el universo sonoro que pulsa a nuestro alrededor, de dedicar tiempo y espacio para seleccionar los elementos, combinarlos entre sí, organizarlos, como un juego de pajaritos, en palabras de la querida pedagoga Violeta Gainza.
Para lograr un buen resultado es fundamental apreciar el proceso creativo, el juego libre como un valor en sí mismo. En algunos casos, es necesario que los docentes acerquemos elementos y nos limitemos a dejar tranquilos a los niños para que puedan ejercer su curiosidad. De esta manera también enseñamos a valorar y reconocer la exploración como parte del aprendizaje, porque todo niño que juega y crea con libertad ¡está aprendiendo! No forcemos el aprendizaje de técnicas, ya llegarán, paso a paso. Lo primero es llenarse de música, hacer música, jugar, explorar. Interactuamos, hacemos música juntos, sugerimos consignas, siempre como parte del juego. Así también aprendemos a hablar, a andar en bicicleta. A nadie se le ocurre enseñar a pedalear mediante una explicación: “Primero ponés el pie en el pedal y con la punta ejercés una fuerza hacia adelante y mientras tanto bla, bla, bla”. No funciona así, las cosas más importantes de la vida no las aprendemos con instrucciones, las aprendemos haciéndolas. Lo mismo pasa con la palabra, entramos al lenguaje jugando, escuchando, probando, intentando una comunicación lo más eficiente posible. En general los adultos somos aliados en ese proceso, ayudamos, completamos las frases, traducimos, adivinamos… No empezamos por analizar las oraciones, ni el sujeto, ni el predicado. Primero balbuceamos y el balbuceo lleva un tiempo, un juego delicioso, musical, un idioma de bebé. Luego, las palabras se dicen al revés, se mezclan unas con otras y se genera una riqueza irrepetible que es sinónimo de infancia, de múltiples experiencias. Así recorremos el camino, nos alfabetizamos paso a paso: pedaleamos, tropezamos y silbamos bajito, entre canciones, palabras y firuletes.
Es fundamental escuchar la naturaleza de los niños y comprender plenamente sus impulsos vitales, su necesidad de movimiento, que incluye tanto deambular como descansar. Para crear y conocer, primero es necesario ir tras el llamado de la curiosidad, un llamado que se escucha en el tiempo libre, en el tiempo de jugar, que es el mejor, como dijo la querida María Elena Walsh. Esta naturaleza exploratoria habla su propio idioma, con metáforas, con fantasía, incluso con pensamiento mágico: ¿dale que…? Está compuesta por palabras que andan y desandan, como el vaivén de los niños más pequeños.
Para poder conocer necesitamos jugar, sentir, explorar y volver consciente este proceso. En este proceso, maduramos con cada paso hasta lograr comprender cuál es nuestra propia manera de aprender: qué miramos, qué nos resulta más llamativo, qué elegimos para llevar en la mochila, cuáles son nuestros tesoritos. Y así, mientras resonamos, a puro juego, creamos, aprendemos y nos reconocemos en un camino de individuación.
Esto convierte la música en la esencia de la pedagogía artística. La música nos lleva al núcleo de la vida. Así, conectamos con los pulsos de la existencia, el sonido y el silencio, la actividad y la pausa, y a partir de ahí, nos vinculamos con las calidades de los sonidos y los movimientos que también se expresan en la vida. Me gusta jugar con los chicos más pequeños porque puedo ver enseguida el efecto corporal que ejerce en ellos la música. Por ejemplo: el uso de los staccato, de cantar chiquitito, cortadito, utilizando un volumen lo más bajito posible, nombrando la experiencia con palabras fáciles como “vamos a hablar chiquito” o “en-tre-cor-ta-do”. Aunque a veces también hacemos glissando y vamos de abajo arriba, como en un tobogán, o de arriba abajo cuando el tobogán desciende, como la vida. O usamos frases con legato, con notas que se unen entre sí hasta que de pronto, en el medio, una o dos notas más breves se vuelven staccato. En el proceso de jugar a veces incluimos acciones más dramáticas, como si matáramos un sonido y lo detuviéramos bruscamente. Ese flujo natural que se corta genera una pausa intensa que los chicos sienten y su cuerpito reacciona instantáneamente. El sonido es la consigna, la invitación, el convite para jugar.
El sonido es un juego y un juguete. La exploración sonora, a la hora de jugar, es un viaje con un inicio, un desarrollo y un cierre. Las últimas notas de una frase son tan importantes como las primeras, no abandonamos la exploración, la sostenemos y, cuando notamos que la exploración llegó a su fin, cerramos celebrando ese sonido y abriéndonos al sonido que viene después. Quizá sea el aplauso, la sonrisa de satisfacción, el aprecio espontáneo. Es tan físico como eso, tan físico como el oxígeno que se acaba y da lugar a la inhalación que le sigue. Los cantantes lo sabemos, porque nuestro instrumento es nuestro propio cuerpo.
Escuchar tiene sentido: yo con todos, yo con vos…
La música es un maravilloso canal personal y colectivo que nos enseña que escuchar tiene sentido. ¿En qué consiste musicalizar la escuela?
Hace un tiempo llegué al jardín y encontré a Rami en el patio, mirando el cielo. Rami suele dar vueltas o quedarse quieto, atento a las nubes, mientras sus compañeros juegan alrededor. Rami había llegado hacía poco tiempo proveniente de otro jardín con un diagnóstico de autismo, etiqueta que nosotros intentamos sacar lo antes posible. Un niño de dos años y medio no debería tener ese tipo de marcas desde tan pequeño, porque está en proceso de individuación y necesita de adultos que intervengan con respeto y confianza para ayudarlo a conectarse, construir una comunicación y encontrar su lugar, en la escuela y en su familia. Me acerqué muy despacio, me senté a mirar el cielo con él y espontáneamente, en voz bajita, dije: “Miauuuu…”. Y Rami, que casi no se ríe, me miró serio y me contestó: “Miauuuu”. Y sonrió. Yo también me reí, porque es placentero poder conectar con otro y el juego es un buen camino para lograrlo. Estuvimos maullando con distintas entonaciones, haciendo ruiditos durante varios minutos, cada uno en su lugar y después se me acercó a ronronear, como un juego de gatitos. Fue un hermoso instante de comunicación entre personas, una base de encuentro saludable, para recorrer y dar forma a todos los pasos que siguen: la construcción de la identidad, la adquisición del lenguaje, la socialización.
Escuchar es el arte de ser receptivos, habitar el lenguaje de los sonidos, abrir las puertas para comunicarnos de otras maneras y sorprendernos.
Hacer música es bailar girando en el living de casa. Es salir al jardín a silbar con los pájaros y aprender idiomas nuevos como el de la calandria, que repite como un eco la melodía que silbamos. Hacer música es compartir una ronda de secretos y juegos con la voz en el oído, la intimidad del silencio. Los bebés usan su voz como un juguete y los grandes que hablamos idioma bebé jugamos igual que ellos: ñam, pss, shhh, crucru. Hacer música es crear un baño sonoro con un amigo acostado en el piso en el centro de la ronda y el resto inventando soniditos a su alrededor; es susurrar secretos a través de un tubo de cartón; es jugar a la guerra de canciones; es golpear los vasos en la mesa antes de tomar el té y producir ritmos de caballos al galope, es hablar con los pájaros y cantarle a la luna.
¿Cómo se enseña la música en la escuela?
La música es un lenguaje que se aprende haciendo música y es una experiencia amplia, multidimensional.
El gran desafío de musicalizar la educación consiste en descubrir cómo vamos a hacerlo. Se trata de una pregunta fundamental. El cómo también es parte del camino. Durante un viaje, ¿cómo vamos a ir de un lugar a otro? ¿Cantando, silbando? En la clase, ¿cómo vamos a jugar con el sonido? ¿Cómo repartiremos los instrumentos para formar una orquesta? ¿Cómo iremos de la música práctica a la teoría? Esta búsqueda del cómo también es la clave de la pedagogía. El camino empieza por hacer música, por sentir, y continúa por analizar… Allí viene el trabajo de cada docente, que empieza por bucear en las fuentes para encontrar los recursos propios, en un camino honesto que implica partir desde el entendimiento de quiénes somos.
Musicalizar la palabra, jugar con la voz, inventar fonemas, recitar poesías, hacer pausas, hablar idioma bebé, conversar en silencio, con gestos que expresan disparates: todo esto es parte de la comunicación musical.
El repertorio del jardín y de cada docente es muy importante, es la fuente, la guía, el mapa de la tarea. Deben prevalecer un cuidado de la canción y una intención estética, de belleza, de juego y espontaneidad. Las canciones acompañan la jornada, inspiran, contienen, son puentes que nos llevan de un estado a otro, pero también se convierten en reflejos de lo que nos pasa. La música es un lenguaje que nos enseña que escuchar tiene sentido y, por eso mismo, nos enseña a ser receptivos. Entonces, escuchar a otros e incluir las singularidades que afloran es más fácil y genera felicidad, la pasamos sencillamente bien.
Las capacitaciones en la escuela
Las capacitaciones son espacios en los que surgen momentos tan fantásticos como ricos. Allí, quienes participan bucean para compartir con el otro. En ese ir hacia adentro surgen canciones repletas de historias de infancia y pulso vital, ocultas quizá desde hace mucho, pero bien vivas.
En las capacitaciones, después de alguna actividad intensa, con el pulso de los cuerpos bien despierto, siempre dedico un tiempo para la introspección. En esos momentos me gusta preguntarles a los docentes, a los músicos, a los bailarines, a todos los que asisten, sobre aquellas canciones que sonaron en su infancia. Los participantes cierran los ojos y bucean en su interior, surgen risas, emociones, todos quieren contar. Así escuché la historia de Kiko sobre su tío, que con peluca de payaso y guitarra en mano en cada reunión familiar cantaba “Que se vengan los chicos”. Con estas anécdotas llenas de detalles, el docente a cargo se ocupa de avanzar en los pasos siguientes, en un recorrido de profundización. Por eso somos coleccionistas de recursos, para tener a mano lo que necesitamos cuando surge la propia voz y queremos expandirla al grupo, hacerla colectiva. Tenemos a mano cancioneros, elementos, cintas, discotecas y técnicas de todo tipo, por eso también conocemos las danzas. Cuando alguien menciona un baile folclórico, lo mejor es, a continuación del relato, enseñar a bailar en grupo: como en este caso, un bailecito, “Que se vengan los chicos, de todas partes…” y así compartimos entre todos, con pañuelos de colores, la historia de Kiko, que se siente feliz del recorrido de su relato en la experiencia grupal.
También aparece quien recuerda sus veranos en el pueblo, los desayunos de su madre, cada día, infaltables. Mariano, por ejemplo, contó que durante su infancia en Santa Fe, su madre, en silla de ruedas pero con mucha energía, le llevaba la primera comida de la mañana a la cama. Él, entonces, la homenajeaba con “Mi vieja”, el rock que popularizó Pappo. A continuación, podemos acompañar esa canción con un coro general, golpes en el piso, y toda la energía: “Naaaadie se atreva, ¡a tocar a MI VIEJA!”.
O quizá un compañero relate el ritual en su casa a la hora de dormir, y en el grupo surja el compartir esa canción de cuna, acompañando con arrullos, voces suaves y movimientos de mecedora.
La aventura de oír
Comencemos esta aventura de oír con palabras del pedagogo Murray Schaffer:
La escucha sucede continuamente, aunque esto nos guste o no, pero el hecho de poseer oídos no garantiza su efectividad. En efecto, muchos maestros me han comunicado que advierten una creciente deficiencia en las capacidades auditivas de sus alumnos. Esto es algo muy serio; puesto que la educación de los sentidos –entre ellos la audición– es de fundamental importancia.
Obviamente, escuchamos de diferentes maneras las diferentes cosas, y hay abundantes indicios como para suponer que no solo los individuos sino las sociedades escuchan de modos distintos. Por ejemplo, existe una diferencia entre lo que podríamos llamar escucha focalizada y escucha periférica. ¿Por qué focalizamos ciertos sonidos y escuchamos superficialmente otros? ¿Acaso algunos sonidos son discriminados hasta el punto de no ser casi escuchados?
Cuando la música empieza a formar parte de lo que pasa cada día, entonces pueden salir a la luz la voz y los conocimientos de las personas que integran la comunidad. La música colectiva constituye una gran oportunidad para que las escuelas se conviertan en espacios de encuentro donde todos puedan desplegar su propia voz y escuchar a los demás. Necesitamos que la música resuene en cada uno de los espacios de las escuelas y acompañe los distintos momentos.
En este abordaje pedagógico, nos esforzamos por escuchar las voces de todos los participantes, como parte del proceso de crecimiento y musicalización. Por eso, en el jardín hacemos reuniones semanales de canto grupal. Damos un tiempo a los docentes para proponer canciones, jugar con los sonidos, sintonizarnos, componer y, de esta manera, descubrir la propia voz, reconocerla y hacerla sonar. Es un largo y hermoso camino. A la vez, aprendemos temas viejos y nuevos, nos nutrimos de las fuentes comunes y del folclore particular de nuestra pedagogía, que implica un repertorio, rituales y cantos colectivos.
Esa es la parte de la música que no se puede enseñar. Puedo enseñar a la gente a apoyar las manos, a equilibrar los dos re, los tres sol y los tres si del primer acorde del Concierto en sol mayor de Beethoven, que hay un registro en el cual la nota tiende a ser más fuerte y que el pulgar pesa más que el meñique; pero si un alumno es incapaz de imaginar el sonido antes de empezar a tocar, aunque sea diferente de lo que intento explicarle, no producirá jamás el sonido que quiere.
La habilidad de escuchar el sonido y el fraseo que uno quiere con su oído interior es una de las cualidades más fundamentales. La otra cualidad que no se puede enseñar es la intensidad del sentimiento con respecto a la música, la relación entre el músico y la música. Existen numerosos elementos de la música que se pueden explicar, elementos que no son solo intuitivos. Lo que no se puede explicar es el grado de intensidad. La grandeza de un músico se mide por el grado de
fanatismo que aplica en su interpretación. El grado de intensidad que se establece entre el músico y la música se proyecta hacia el público, y este lo capta.
Daniel Barenboim, Mi vida en la música
Acerca de la creatividad: ¡siga a ese Conejo Blanco!
Esta es, en mi opinión, la cuestión central alrededor de la que está articulada toda existencia creativa: ¿tienes el valor de sacar los tesoros escondidos en tu interior?
La búsqueda para desenterrar esas joyas, eso es vivir creativamente.
Elizabeth Gilbert, Libera tu magia
Pensemos en esto: no es necesario enseñar a los niños a ser creativos. Los niños son creativos. Hay que dejarlos tranquilos, que se expresen, que jueguen. Ellos entran a la cultura a través del juego. Su trabajo es imaginar, bailar, cantar; esa es la primera tarea que tienen que desarrollar en la escuela, en la primera infancia: jugar, compartir, intercambiar. El maestro facilita, guía, acerca elementos para que la exploración sea cada vez más rica; interviene para acompañar la primera socialización, para dar pautas acerca de cómo nos vinculamos y para ayudarlos a resolver conflictos y a comunicarse cada vez mejor, pero no se trata de enseñarles a ser creativos, porque ya lo son.
A veces sí es necesario desbloquear la creatividad, cuando la exigencia ya sembró la vara del juicio y la expresión natural está inhibida. Hay niños que se muestran inseguros, que temen equivocarse. En ese caso, hay que dar tiempo para construir un buen vínculo, para volver a abrir el canal de la exploración, con la confianza y la aceptación de que lo que surja será el mejor resultado: “con esto es suficiente”, “lo estás haciendo de la mejor manera posible”, “qué lindo, me encanta escucharte”, “qué alegría oír tu voz”, “vamos paso a paso”. También hay que conversar, transmitir los valores que nos sustentan, lo que para nosotros tiene sentido y orden. Un niño tiene que disfrutar de su proceso creativo, no tiene que vender un jingle ni competir con una performance de excelencia. Esa cualidad de exigencia vendrá con el tiempo y será un impulso para crecer, pero siempre sobre la base de una buena autoconfianza, en contacto con la fluidez de la propia creatividad.
Un día, Jaime, que por entonces tenía 8 años, vino a mi casa. Mientras todos los chicos jugaban, él se acercó al piano. Se sentó, empezó a tocar, tranquilo, en su propia música. Me llamó la atención que sus manos dialogaban entre sí. Los dedos viajaban, se acercaban, se alejaban. Jaime estaba improvisando, a su aire. Como docentes, debemos dar seguimiento a estos juegos espontáneos, ya que, en un futuro, si se le da continuidad pedagógica, esta simple exploración puede convertirse en una obra. Me acerqué y le dije: “Jaime, eso es hermoso. ¿Dónde lo aprendiste?”. Su respuesta me maravilló. Dijo con seguridad: “Aprendí del piano”. Me encantó: “Aprendí de mis dedos”. Yo lo interpreté como: “El piano me informa”, “La experiencia misma me aporta conocimiento”. Me senté a escucharlo. Si valoramos que eso espontáneo tiene belleza, los chicos se empoderan. No se trata de decir enseguida con actitud correctiva: “Ahora tocá el do, ahora el re; no, no, ese es el mi”. Lo primero es escuchar, recibir, dar lugar, valorar, reconocer.
Hay que permitir que los chicos exploren el mundo que los rodea y que puedan conocerse a sí mismos en su exploración que, de por sí, es creativa. Cuando crean, aprenden. Y mientras crean y aprenden se conocen a ellos mismos. Después existe un proceso que implica darse cuenta y pensar qué se hizo, despertar preguntas, pero en primera instancia, la experiencia tiene que ser sensorialmente rica: meter las manos en un recipiente lleno de semillas, en una palangana con tierra, oler perfumes, oler cajas de sorpresas con distintos aromas, bailar a oscuras con linternas multicolores. Pretender enseñar a los niños a ser creativos es un gran error de la pedagogía. Lo que hay que hacer es brindar técnicas y recursos para acompañar los procesos creativos. Y hay que entender que esos procesos creativos también son procesos cognitivos: caminos de conocimiento, de adquisición de habilidades.
Si la experiencia es rica, el aprendizaje es rico, en sí mismo, en el sentido más profundo. La belleza de la música, la magia, la alegría y el juego, acunados en un ambiente amoroso, donde los vínculos entre todos crecen en afecto, contención, escucha e inclusión, enseñan. Debemos poner el foco en ofrecer y crear experiencias sensoriales, lúdicas, estéticas y ricas para cada niño, como matriz necesaria para el desarrollo del ser humano. De ellas deviene el aprendizaje, como deseo de aprender, como amor al conocimiento.
Los chicos juegan, y al jugar hacen suyos los lenguajes. Jugar quiere decir jugarse, no repetir, no estereotipar, mover el orden de las cosas, inventar caminos, transformar la mirada, simbolizar, movilizar reglas, convenir y, en última instancia, crear, que es al fin la gran operación del sentido. Desplegar la propia voz implica un proceso complejo que comienza por encontrar un lugar, por sentirse visible para los demás y tener un espacio y un tiempo para ser escuchado. Tiene que ver con articular qué se quiere decir, a quién y cuándo. La música nos ofrece infinitos recursos para decir las cosas de infinitas maneras, nos sensibiliza en la escucha interna y externa.
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