Read the book: «Becca y Chimpún»

Primera edición: noviembre 2021
Título: Becca y chimpún Saga: El Diván de Becca
Diseño de la colección: Editorial Vanir
Corrección morfosintáctica y estilística: Editorial Vanir
De la imagen de la cubierta y la contracubierta: Shutterstock
Del diseño de la cubierta: ©Lena Valenti, 2021
Del texto: ©Lena Valenti, 2021
De esta edición: © Editorial Vanir, 2021
ISBN: 978-84-17932-37-4
Bajo las sanciones establecidas por las leyes quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro —incluyendo las fotocopias y la difusión a través de internet— y la distribución de ejemplares de esta edición y futuras mediante alquiler o préstamo público.
Cuando es amor de verdad, quieres como quieren los patos: patodalavida.
Para mi perrita Duna, experta en pedos y besos babosos, y maestra en amar incondicionalmente.
Índice
Capítulo 1
En el anterior capítulo
Aquí va todo muy rápido. Si os digo la verdad, creo que he dormido solo dos horas. Eli llegó al centro del laberinto, y entre las dos estuvimos atendiendo a Maca y hablando con ella largo y tendido. Y cuando pareció que Maca asimilaba lo que acababa de vivir, y aun así continuaba queriendo quedarse, Eli nos sacó del laberinto e invitó a Maca a que regresara a su habitación sin hacer ruido. Le dijo que, si quería, podía ir con Faina, que Maca se sentía segura con ella y que era bueno que durmiese acompañada. Matilde había asegurado que esas imágenes se borrarían y no se emitirían jamás. Eli y yo salimos de allí sin que nos vieran, como perfectas espías, tal y como había hecho Axel, y una vez fuera, nos metimos en el Evoque que nos estaba esperando desde hacía un par de horas.
Creo que me dormí a las cinco, después de contarle a Eli lo que me había pasado con Axel. A mi amiga parecía que le iba a estallar la cabeza. Se hacía cruces y no entendía nada.
—Tú jamás harías eso sin consenso.
—Lo sé. Pero Axel está convencido de que lo otro también es mío.
—Bueno, ¿y de quién coño es el Misoprostol? Soy la única, además de Axel, que entra en esta habitación. Y mío no es —asegura.
—Ya sé que tuyo no es. Tal vez, las personas del servicio que vienen a ordenar nuestras habitaciones... —meso mi pelo con desesperación—. Yo qué sé. Estoy mal.
Nos tumbamos en la cama y dormimos abrazadas, como dos gatas heridas, cada una a nuestra manera.
Tres horas después, alguien está aporreando la puerta con mucho nerviosismo.
Me levanto y, cuando toco el suelo con los pies, advierto que me duelen mucho las plantas y que tengo alguna que otra herida. Gajes de correr una maratón nocturna sin zapatillas.
Voy a abrir la puerta, no sin sufrimiento.
Es Matilde, que entra como un huracán a mi suite. Eli sigue durmiendo, pero con el ruido que hace la directora, abre un ojo y se medio incorpora al ver a Matilde.
—¿Qué pasa? —pregunto aún con mucho sueño y un dolor de cabeza descomunal.
Matilde sacude el iPad que tiene entre las manos y lo lanza sobre la cama.
—Quiero que eches un vistazo a todo lo que sale en la prensa rosilla. Y que me expliquéis cómo se ha colado toda esta información —exige muy mal humorada— confidencial a los medios. Nos van a joder.
Antes de que Eli secuestre el iPad, lo cojo yo.
La primera plana de la revista me deja muerta, sin color en las mejillas y todo lo rojo en el pelo.
Cuando leo el titular, me doy cuenta de que esa aventura en la isla va a salir muy cara, porque no solo ha puesto en peligro mi relación, además, también va a poner en peligro la seguridad del programa y el anonimato que Axel siempre ha querido para él.
El titular reza con una foto de Axel de fondo:
«ES ESTE HOMBRE LLAMADO AXEL GAEL, EL HIJO BASTARDO DEL DIFUNTO Y PODEROSO ALEJANDRO MONTES?».
Más abajo, otro titular con una foto mía reza:
«ESTÁ BECCA FERRER TRABAJANDO EN UN NUEVO PROGRAMA EN LA ISLA PARADISIACA DE SAMANÁ?».
Y, por último, lo más vergonzoso de todo:
«TIENEN BECCA FERRER Y EL RECIÉN DESCUBIERTO HIJO DE ALEJANDRO MONTES, UN AFFAIRE?».
Y acompañan el titular con una fotografía aérea de Axel y yo en nuestro lugar secreto de la Villa Equipo, tumbados en el suelo, besándonos, semidesnudos.
Repito: semidesnudos. Pero ¿qué es esta pesadilla? Parafraseando a Mafalda:
Que paren el puto mundo, que me quiero bajar.
Estoy a punto de abrir el vídeo que me ha pasado mi hermana Carla y que ha grabado en Villa Chicos.
Dice que en él sale Axel con Jennifer, hablando a escondidas. Y saber eso, después de todo lo que me acabo de encontrar, me pone muy tensa.
Axel cree que estoy embarazada de él y que no le he dicho nada porque estoy intentando abortar.
En la prensa amarilla acaba de salir la noticia de si Axel Gael es hijo de Alejandro Montes, de si yo estoy grabando un programa nuevo en Samaná y de si él y yo tenemos un lío.
Y todas esas imágenes de las revistas las acaban de sacar de aquí, del lugar donde estamos ahora.
Y para colmo, esto.
Me tiemblan las manos.
Matilde está pidiendo explicaciones a gritos y yo estoy a punto de echarla de la habitación a patadas. Porque a la que menos le interesa que se sepa nada, es a mí, y obvio, también a Axel.
—Pero ¿acaso esto es verdad? —Matilde agarra de nuevo el iPad y se lo queda mirando embobada—. Ya no es que se hayan enterado de que estamos grabando un programa para competir con las Tentaciones, que sí, que es una perrería. Pero ¿acaso Axel es hijo de Alejandro Montes? —sus ojos se le van a salir de las cuencas—. ¿Y me estás diciendo que tú y él estáis...?
—Dame un minuto —le pido a Matilde, con la vista fija en mi móvil—. No sé cómo ha llegado toda esta información a la prensa, pero lo averiguaremos.
—Pero ¿es verdad? ¿Alejandro Montes tenía otro hijo? Conozco a Fede y él nunca me dijo...
Alzo la mirada azul eléctrica y rabiosa y le digo con toda la educación que tengo:
—Eso tendrá que contestártelo Axel, no yo. Es su vida privada.
Matilde alza sus cejas negras, se toca la barbilla con el índice y añade con interés de mujer alcahueta:
—¿Y vosotros tenéis un lío?
—No —contesto sin pensármelo. No, porque Axel me acaba de dejar, pienso amargamente. El cretino ha roto conmigo. Es que me pinchan y no me sacan sangre—. Nosotros no tenemos nada.
—Pues las fotografías aéreas no dicen eso. Ahí hay algo. Si él te está dando besitos y haciendo tirabuzones en el pelo con los dedos, venga ya.
—No es nada. Solo jugamos y ya está.
Matilde resopla. Es evidente que no se cree ni una palabra.
—Me da igual lo que seáis. No entiendo nada de lo que está pasando igualmente. Lo de Juanjo me ha dejado helada, no esperaba tener una experiencia así, y ahora esto... pero da igual. No importa, porque lo único que me importa es este programa, cobrar mi nómina y sacarlo adelante. Nos queda una semana más, montáoslo como queráis, pero que nada de esto —sacude el iPad—, os afecte. Yo me encargaré de que el equipo no abra la boca ni diga ni mú y que no os molesten.
Eli se acerca a Matilde y con voz comprensiva y cómplice le sugiere que me deje sola.
—Voy a hablar un rato con ella. No dejes que nadie entre en esta habitación —le pide en voz baja.
Matilde se va, Eli cierra la puerta y después apoya su espalda en ella, echándome un vistazo compasivo.
—Calma, Becca. Coge aire. Tranquila ...
—¡Y un huevo! —le muestro el móvil y le enseño el vídeo que aún no he abierto y que me ha mandado Carla—. ¡Esto es el fin! ¡Todo va a volar por los aires y no sé qué consecuencias acarreará! Y, para colmo, ¡Carla me ha enviado esto ahora mismo!
—¿Carla? —abre los ojos muy interesada y se acerca a mí—. ¿La misma que está volviendo loco a Carlos y que no se acuerda de con quién ha venido? —hay mucho resquemor en su voz.
—Sí. Esa.
—Ah, muy bien. O sea que no se viene al corralito porque prefiere dormir con Carlos, pero sí va de reportera dicharachera en la villa grabando a Axel sin su permiso. Fantástico —dice irónica—. Enséñamelo.
Me siento en la cama con el móvil entre las manos. No sé qué me voy a encontrar, pero ya sé que me va a hacer daño, porque ya me lo ha hecho. Axel me ha mentido. No sé por qué razón lo ha hecho, pero me ha mentido.
—Dale al play —me ordena Eli.
—¡Pues claro que le voy a dar! —envalentonada, subo todo el volumen y veo la imagen como si se tratase de la escena de una película.
Capítulo 2
Parece ser que Axel estaba colocando una cámara en una de las zonas ocultas y sin cámaras de Villa Chicos. Es un jardín, hay una especie de jacuzzi natural hecho en la misma superficie de la tierra. El vídeo no se ve muy bien porque es de noche y Carla no puede encender la linterna del móvil para no ser vista. Llego a estas conclusiones yo sola, porque Carla no ha dicho nada.
Y de repente, veo aparecer a Jennifer entre los arbustos. Se me hiela el alma.
Axel se da la vuelta y la mira con desconfianza.
—¿Te ha seguido alguien? —pregunta Axel crujiéndose el cuello hacia un lado.
Vale, eso significa que Axel ha quedado con ella. Desconozco cómo lo ha hecho, pero es una cita acordada.
—No —Jennifer sonríe. Lo conoce desde hace tiempo, lo mira como si lo hiciera—. ¿Sigues crujiéndote el cuello? A la Reina eso le ponía caliente.
A Axel el comentario le desagrada. Lo percibo en cómo aprieta la mandíbula y se le marcan los tendones del cuello. Lo terrible es pensar que ella sepa algo tan íntimo como eso, y que nombre a una tal Reina.
—¿Qué haces aquí, Jenni? ¿Qué haces en un programa como este?
Ella dibuja un mohín de desinterés en los labios y se quita importancia.
—Bueno, al final, me gusta la farándula. Me gusta más de lo que pensaba.
—Yo nunca lo dudé, teniendo en cuenta lo mucho que te agrada llamar la atención.
Jennifer sonríe y se acerca a Axel con aire lobuno.
—No. Pero no me importa llamarla si es a cambio de billetes. Todos queremos de eso, ¿no? Además, tú no puedes hablar de discreción. Fuiste la pareja de la artista más grande que ha dado este país en mucho tiempo: Tori Santana.
—No me compares. Yo era invisible. Nuestra relación nunca salió a la luz.
Jenni se echa a reír.
—Claro que no. A Tori no le venía bien estar emparejada. Era el sueño de muchos y de muchas, por eso debía mostrarse accesible. Pero tú estabas ahí... insististe, no te despegabas de su lado. Y aun así, estabas tan cegado que no te dabas cuenta de sus infidelidades.
Esa chica tiene veneno en la lengua. Es una serpiente.
—A ti lo que te molesta es que Tori era tu sueño. Tú la querías para ti. Eras la presidenta loca de su Club de Fans. Una auténtica obsesa torista.
—Y a mucha honra—Jennifer levanta el antebrazo y muestra, entre sus intrincados diseños, una T con murciélagos. Y recuerdo que las toristas se tatuaban la inicial del nombre de la artista. Todo me sienta mal—. Aunque también estuve obsesionada contigo. —Se muerde el labio inferior mientras lo mira de arriba abajo con un deseo que me ofende.
—Querías cualquier cosa que estuviera en contacto con ella —responde Axel con un tacto que brilla por su ausencia—. No solo la querías a ella. Te bastaba con estar cerca de algo que hubiera tocado, para olerla.
—Y yo a ti te molestaba.
—Te volviste peligrosa, Jennifer. Es lo que sucede con las fanáticas. Que, o estás con ellas y les sonríes y les das lo que quieres, o se enfadan, y se convierten en enemigas. Las más acérrimas.
—Tori no era mi enemiga. Era mi diosa. El único que se interpuso entre ambas fuiste tú.
Axel entrecierra su mirada, ahora ya muy ensombrecida y llena de desconfianza y le pregunta dando un paso hacia ella:
—¿Qué estás haciendo aquí exactamente?
—Solo disfrutar —abre los brazos—. Y hacerme un hueco en la televisión. Tanto tiempo siendo la presidenta del club de fans de una megaestrella, además su mejor amiga, da para un montón de noticias, contactos y chismorreos, ¿no crees? Sé cosas sobre ti, Alexander Gael. O, debería decir: Alex Montes.
—No me llamo Alex. Me llamo Axel, no me toques los cojones —Su tono es tan mordaz como su desprecio—. ¿Qué agencia te ha representado y te ha traído aquí? —quiere saber Axel.
Entiendo por qué le hace esa pregunta. Duda de la selección del casting y duda del más que frágil hermetismo sobre el programa. Yo ahora también. Todo esto parece sacado de una pesadilla.
—¿Eso importa? Lo que importa es que estoy aquí. Que es mi momento y que tengo cuentas pendientes.
Juanjo será mi trampolín para darme visibilidad. Y después solo tendré que hablar sobre todo lo que sé. Se lo arrebataré a la tonta de Macarena.
—Si Macarena es lista, dejará a ese gilipollas infiel —contesta Axel, aguerrido—. Ya todos sabemos lo que hiciste en el baño con él. Mañana por la noche se verá en la sesión de cine.
De acuerdo. Ahora lo comprendo. Este vídeo es del martes o del miércoles.
—No hay imágenes —aclara Jennifer—.
Además, Juanjo lo negará.
—Sí, pero ya te encargarás tú de hacer de tentadora ofendida para que se entere, ¿no? Ya lo dirás de algún otro modo, para darle más emoción. Siempre te gustó el teatro.
—¿Me tienes miedo, Axel? Claro que me lo tienes —se responde a sí misma—. Llevas años viviendo en las sombras, escondiéndote ... pero no te preocupes, yo te sacaré de ahí, como tú me sacaste de la vida de Tori —advierte muy desafiante.
—De la vida de Tori te saliste tú sola cuando asomó la cabeza tu vena narcisista, celosa y psicopática. A ella no le gustabas.
—Lo mismo me decía a mí de ti —replica dañina—. Por eso se follaba al viejecito. A tu padre. ¿Lo sabías que el hijo que ella esperaba no era tuyo, grandullón? —se está burlando de su dolor en su cara—. Te hizo creer que sí, pero era mentira. Tori se reía de las ganas que tenías de tener un bebé con ella. Que se lo recordabas muy a menudo. Estabas tan enamorado, tan ciego... No te culpo.
Su brillo cegaba —explica con gesto soñador—. Y sí, se quedó preñada. Pero no de ti.
«Qué mala puta», pienso a punto de lanzar el móvil contra la pared. Y qué mentiroso calculador, Axel.
—Ni siquiera ella estaba segura de quién se había embarazado. —Un punto para Axel por tomárselo así, con sorna. Nunca se supo de quién estaba embarazada. Jennifer esto no lo sabe y cree que era de Alejandro, como le diría Victoria.
—Estás acabado.
Y, mientras tanto, yo haciendo apuntes mentales: comprar un bidón de gasolina, aplicar sobre la piel de Jennifer y lanzarle descuidadamente una cerilla prendida.
—Jennifer, solo quiero que recuerdes algo —la voz le sale rasposa y apenas se hace sitio entre los dientes—: Que nunca haya hecho gala del poder de mi apellido, no significa que no lo tenga. Piensa en ello cuando quieras meterte en la televisión. Si esto se sabe, olvídate de continuar, pero ni en este programa ni en ningún otro. Además, tengo información de ti que no gustará.
Ella deja ir el aire entre los dientes.
—Oh, no diré nada, tranquilo. Yo no —está mintiendo—. Por suerte, vuestra competencia os odia. Creo que sí tendré trabajo. Valgo mucho por lo que callo. Pero valdré tres veces más cuando lo explique. A mí no me valen tus amenazas, Axel. Me necesitáis para entretener a Juanjo y que su historia tenga continuidad. En este programa hay muy pocos efectivos y no estáis en disposición de echar a nadie más. Me vas a tener que comer con patatas, guapo—su tono victorioso me remueve la bilis—. No tenéis más tiempo. Así que no creo que me echéis. Tú me jodiste la vida y me alejaste de lo que más deseaba. Yo voy a joderte la vida que puedas tener. Aunque, ¿quién va a querer estar con un tío tan gris y tan poco hombre como tú que reniega de quién es?
—Aún recuerdo las noches que venías a golpear mi puerta para acostarte conmigo, incluso estando Tori dormida en mi cama. Por lo visto, te encanta arrastrarte con hombres como yo —eso me deja congelada—. Pero tengo muy buen gusto, yo no me acuesto con pseudohomicidas —Ah, menos mal.
Jennifer se echa a reír con fuerza. Mira a su alrededor y contesta:
—No sé cómo coño estás haciendo el papel de cámara en este programa. Pero yo voy a hacer volar tu tapadera por los aires. Tenlo por seguro.
—No estás aquí por azar, ¿verdad? —intuye Axel. Jenni se lo piensa unos segundos y decide no responder.
—Ha sido un placer volver a verte, Axel. Supongo que me seguirás viendo unos días más, hasta el final del programa. Me iré de aquí con Juanjo, y para entonces habré soltado muchas perlitas que servirán de entrantes para toda esa prensa rosa y amarilla hambrienta de titulares.
—Tú haz lo que consideres, que yo haré lo propio.
Jennifer le enseña el dedo corazón, se da media vuelta y desaparece del lugar secreto de Villa Chicos.
Para entonces, el vídeo se corta. Se ha acabado.
Apago el móvil y lo dejo en la mesita de noche. No sé muy bien qué hacer. Estoy intentando comprender mis emociones, porque mi Reina de las Maras quiere exigir la cabeza de Axel por ocultarme algo así, y la hija del Padrino quiere tirotear a Jennifer.
No tengo pistola, por tanto, lo segundo no puedo hacerlo, pero no querría tener un encuentro con Axel en este preciso momento porque me siento muy inestable, y soy como una granada. Como me lance, la explosión va a ser grotesca y las ondas afectarán a todo lo que se encuentre cerca. Me levanto de la cama con muchos nervios.
—Becca, siéntate —la voz de Eli me deja ver que ella está tan alucinada como yo por lo que ha visto—. Siéntate a mi lado y a ver si entre las dos entendemos lo que acabamos de ver. —Toca el colchón con la palma de su mano—. Ven.
—Axel me ha mentido. Le he preguntado varias veces si le pasaba algo y siempre me lo ha negado. Yo sabía que no era verdad, pero aun así ha insistido —no dejo de andar de un lado al otro—. Madre mía, que está en el programa la presidenta del club de fans de Tori Santana. Que tiene una T cutre tatuada en la piel y sabe casi todos los secretos de Axel. Todas sus miserias y todo lo que le ha hecho tanto daño.
—Porque Tori se lo contó.
—Por supuesto. Esa tía era especialista en traicionar a sus más allegados.
—¿Cómo Axel se pudo enamorar de ella? —Eli sacude la cabeza como si cayera en la cuenta de algo—. Ignora lo que he dicho. Todo el mundo estaba enamorado de ella, Axel no está hecho de hierro. Bueno, está claro que aquí lo que importa es que Jennifer ha filtrado las noticias a los medios, ¿no?
Me remuevo el pelo con la yema de los dedos.
Quiero entender por qué estamos en esta situación.
—Eso parece, sí. No tengo pruebas pero tampoco dudas.
Me paso la mano por la cara. Es que, si me pinchan, no me sacan sangre. Tarde o temprano debía saberse lo de Axel. Alguien lo iba a descubrir.
Pero en estas noticias no sale solo lo de Axel, es que se ha filtrado lo del programa y también que es posible que él y yo tengamos una relación.
Es decir, es como si hubieran sacado tres armas de destrucción masiva de golpe, con la intención de no dejar a nadie en pie.
Y yo me estoy tambaleando. Pero aún no he caído al suelo. Y no es mi intención.
Capítulo 3
Me he aseado, me he arreglado y me he llevado a mi Pit Bull, Eli, para que me acompañe al tráiler de Villa Chicos, donde está Axel, y me ataque en caso de que se me vaya la rabia por las uñas y me ponga a arañar al guardaespaldas. Porque es lo que tengo ganas de hacer. Quiero pegarle, pero yo no pego, además seguro que me rompo algo.
Me he puesto unas converse negras de verano, y un vestido de tirantes, de falda corta, color berenjena, muy ajustado. No sabía cuánto, hasta que he visto que se me ve el culo como Beyoncé.
Y mi rubia está de ese humor negro que provoca que la acompañe un nubarrón cargado de lluvias sobre la cabeza. Me la imagino con una espada, cortando cabezas, porque ella, ya sabéis que está tan contrariada como yo.
No sé qué tiene esta isla de mierda que nos está volviendo un poco locas. A ver si, sin querer, hemos ido a parar a la isla hawaiana de Lost.
Así que, en el trayecto en coche hasta el lugar donde espero encontrarme a Axel, me imagino cientos de escenas dantescas, como una en la que le grito: «¡Esto es Sparta!», y le doy una patada en todo el pecho y lo lanzo a un pozo sin fin de dolor y arrepentimiento. U otra en la que está encadenado en una sala mugrienta, y le obligo a cortarse un pie para ganarse mi perdón. La última es una escena en la que yo tengo dos cruasanes de pelo en la cabeza, y le estoy afeitando con una cuchilla por la zona de la garganta y sin querer se me va la mano por la carótida, y yo paso la lengua por la cuchilla como el Drácula viejo de la película inspirada en la novela de Bram Stoker.
Sí, tengo el humor pendiendo de un hilo. Muy fino, del tipo de fino que hace que ser mentalmente creativa no esté tan lejos de convertirte en una asesina.
Sigo conmocionada.
La discusión de ayer con Axel y lo que se atrevió a decirme me ha dolido mucho. Todavía tengo la puñalada abierta en el pecho. Pero, descubrir su mentira, su omisión sobre Jenni y sobre lo que podía acarrear su presencia, nos ha puesto todavía en una situación más delicada de la que estábamos.
Yo creo en las relaciones de confianza. Creo en contarse todo, incluso lo más vergonzoso. Y no estoy de parte de esas relaciones donde se esconden secretitos o donde se ocultan cositas sin importancia por no preocupar u ofender al otro. Las relaciones de amor longevas se construyen sobre la confianza y si esta se tambalea o se traiciona, es muy complicado volver a fiar nada.
Él y yo hemos pasado por muchas cosas, nos hemos enfrentado a psicópatas juntos, y siempre sobrevivimos si nos cogíamos de la mano e íbamos unidos con todo y contra todos.
Pero cuando algo del pasado entra por la puerta de tu realidad, todo lo construido, si no fuiste un buen albañil, se va al garete. Y yo siempre creí que éramos buenos canteros.
Eli y yo hemos llegado.
La terapeuta de parejas me ha acompañado hasta el tráiler. Y se ha quedado en la puerta, no sin antes, darme todo su apoyo y transmitirme su fuerza.
—Si ves que quieres pegarle, grita. Y yo entro —alza el puño—. Que ya le pego yo.
—¡No! —exclamo con una risita—. No somos violentas, recuérdalo.
—Hoy puede que sí.
Bueno, miro hacia la puerta del tráiler, tomo aire, y entro como una macarra con el móvil en la mano que puede que le lance, como la caja de pastilla de Misoprostol.
—¡Eh! ¡Tú! —grito asumiendo mi papel de desquiciada con galones y a la perfección.
Pero no es Axel.
Chivo ha dado un grito de mujer que me ha impactado. Se le ha caído por encima el café que tenía en las manos y le ha dado en la cara.
—¡Santa Madre!
—Ay, por Dios... —susurro poniendo cara de disculpa—. ¡Qué pulmones tienes!
—¿Señorita Becca? ¿Qué pasó? —se limpia el café de los ojos.
Chivo está mirando las pantallas, concentrado en su trabajo, y yo acabo de quitarle años de vida al pobre señor.
—Pensaba que estaba Axel aquí.
—No, Axel está en la playa. Necesitaba salir un rato y hacer unas llamadas. Lo encontrarás abajo.
—Ah ...
—¿Estás bien? —pregunta muy preocupado.
—Sí, todo bien —contesto dándome prisa por salir de ahí—. Lo siento, Chivo. Te traeré otro café.
—No hace falta, me ha entrado casi todo en la boca. Río sin muchas ganas.
—Ya, lo siento.
Él se encoge de hombros y busca unas servilletas para limpiarse, mientras aprovecho para salir de ahí.
Eli me mira de hito en hito.
—¡¿Ya?! ¡¿Lo has matado?! ¡¿Sigue vivo?!
—Sigue vivo. No estaba ahí. Dice que está en la playa.
—Vale, yo me voy a quedar aquí —espeta Eli cruzándose de brazos y apoyándose en el gigantesco camión—. Creo que voy a echarle una visita a Chivo y que me enseñe videos de la casa de chicos ahora.
La comprendo. Quiere controlar y observar a mi hermana.
—No. No es por Carla—asegura Eli leyéndome la mente—. Soy una profesional. Estoy estudiando a todos. El próximo día que tenga que intervenir quiero hacerlo todavía mejor, si puedo. Ve a buscar a ese hombre —me recomienda y, acto seguido, entra en el camión.
Me doy un paseo largo hasta la playa. Me gustaría apreciar mejor el lugar paradisiaco en el que me hallo, pero el cabreo me lo impide, porque el cielo es azul, la arena es dorada y blanquecina, el mar destella con el reflejo del sol, pero yo lo veo todo rojo.
Me saco las Converse, y las sujeto entre mis dedos, mientras mis pies se hunden en la mullida y ardiente arena. Camino por la playa desértica a estas horas tempranas sin apenas gente, así que no me cuesta divisar a Axel. Pensaba que estaría en uno de los chiringuitos que hay, pero no.
No es difícil localizarlo. No se ve a hombres así: un tío moreno, con un bañador negro corto que deja ver su culo y sus piernazas, y una camiseta amarilla muy llamativa. Sus gafas de aviador cubren sus ojos claros del sol, y está hablando por teléfono otra vez.
Esta vez me acerco a él por la espalda y ni siquiera espero a que acabe la conversación. Pero sé que está hablando de las noticias que han saltado a la palestra y de Jenni. Y está muy cabreado con Fede, porque cree que su hermano tiene algo que ver con todo lo sucedido. Axel sigue sin fiarse al cien por cien de nadie. Es algo en lo que está trabajando desde que me conoce, pero no se consigue en unas cuantas semanas. Y eso me entristece, porque conmigo ha actuado igual. Ha desconfiado de mí.
Voy a ser muy maleducada. Le doy dos golpecitos en el hombro con la palma abierta, y él se da la vuelta con toda su energía infernal y un mosqueo que casi iguala al mío. Pero digo casi porque yo me siento mucho más irascible, más ofendida como mujer y como su pareja.
Capítulo 4
—¿Qué haces aquí? —pregunta sorprendido.
—¡Eres un mentiroso! —lo increpo clavándole el índice en el pecho—. ¡¿Cómo tienes la santa cara de decirme que yo te oculto cosas y que te miento cuando tú me has escondido que una de las tentadoras era la jefa de las fans de la ex que te desequilibró?! ¡¿Eh?!
Axel apaga el móvil y se lo guarda en el bolsillo. Esto no se lo esperaba. No se esperaba que yo descubriera el percal.
—¡¿Por qué me has mentido?!
—¿Cómo lo has sabido? —Está muy ofuscado y también se siente muy impotente con todos los acontecimientos.
—Mi hermana os ha grabado —le enseño el móvil de su charla en el jardín secreto de Villa Chicos—. Grabó vuestro encuentro. Se escucha todo.
Axel me quiere arrebatar el móvil de las manos, pero yo se lo impido.
—Ni se te ocurra, Axel. ¿Por qué me has mentido? —insisto.
—Porque no era bueno para ti saberlo. No quiero que nada te recuerde a lo vivido con Vendetta por culpa de Tori. Yo... no quería que ese nombre volviese a salir.
—¡No puedes seguir haciendo eso! —exclamo muy disgustada con él y su necesidad de protegerme—. ¡No puedo borrar que hayas estado con una superestrella deseada por todo el mundo, Axel! ¡Su nombre saldrá en cualquier momento, porque es historia de la música, joder! —pateo el suelo—. En cualquier momento una canción suya sonará, o aparecerá alguien con un tatuaje suyo, o la imitarán en un programa musical... ¡No me puedes proteger ante eso ni me puedes encerrar en una burbuja de cristal! ¡Mira lo que ha pasado! ¡Si hubiese sabido que esa lagarta de Jennifer quería hacerte la vida imposible, me las hubiese arreglado para echarla o para exigirle a Fede la devolución del paquete! ¡Pero ahora ella te ha delatado y nos ha expuesto a los dos, emocionalmente y profesionalmente!
Estoy muy enfadada. Pero estoy aún más preocupada por él, incluso aunque me haya mentido. Estoy preocupada porque esto es algo que afectará mucho a Axel. Y sé que está superando muchas cosas, pero otras no. Y no creo que esté listo para que lo relacionen con alguien tan poco deseable como su padre. No sé cómo va a reaccionar, no sé qué va a hacer ni qué decisiones va a tomar.
—Créeme, que descubriré si ella ha dado el chivatazo, yo mismo me encargaré—Axe! aprieta los puños y me observa con incomodidad—. Pensé que podía mantenerlo bajo control. Sé lo mucho que significa para ti hacer bien tu trabajo, y también sé que estás lidiando con otros miedos y otras cosas... solo quería ahorrarte esta preocupación.
—Lo has hecho por ti. Crees que negando las cosas u omitiéndolas, dejan de existir. Lo has hecho toda la vida. Dar la espalda, huir y no enfrentarte a los problemas... Pero apartar la mirada no soluciona nada. El problema sigue ahí, y toma el control.
Axel aprieta los dientes y los músculos de la mandíbula se le marcan con fiereza. Tiene una actitud hostil, pero también está luchando contra sus propios demonios.
Y lo peor es que, después de decirle que lo sé y que lo he descubierto, no me quedan demasiadas ganas de seguir hostigándole como en realidad se merece. Estamos los dos metidos en esto, y necesitamos un plan.
—Estoy intentando arreglar esto.
—No es tu labor arreglar nada —contesto desolada—. Este programa debería tener sus propios miembros de seguridad, y no los tiene.
—Estoy en ello. Vamos a necesitar protección.
—Nadie nos va a atacar —aclaro con incertidumbre—. ¿Crees que nos van a atacar? ¿Otra vez?
—No. A nosotros no, este es otro tipo de acoso. Van a intentar sabotear el programa, y les va a dar igual a quiénes salpiquen con ello. No es solo Jennifer la hostil —me explica Axel—. Tengo la seguridad de que mi hermano no ha calibrado bien a quién le daba el proyecto del casting de la Isla del Pecado, y ha dejado entrar en casa a los vampiros. Me estoy gastando una pasta en cámaras diminutas que pueda controlar yo desde mi ordenador, porque creo que nos están saboteando desde dentro. Y quiero saber quiénes son, además de Jennifer, y por qué lo están haciendo. Esta filtración a los medios va a traer a paparazzis a Samaná y nos va a complicar muchísimo las labores para que completemos los tiempos de grabación. Quieren echarnos tierra encima. Así que he llamado a Noel y a su equipo.
—¿A Noel? —Pensar en Noel hace que dibuje una sonrisa tonta en mis labios. Ese hombre es tan guapo y tan bueno... y ha sido un gran apoyo para mí en mi relación con Axel—. ¿En serio va a venir?
—Sí. Es a quien he llamado. Mañana por la mañana estará aquí. Y calculo que también estarán aquí los fotógrafos, intentando sacarnos fotos a ti y a mí —se masajea la nuca y me dirige una mirada culpable—. ¿Ves? Vuelvo a traer mierda a tu vida, solo por ser hijo de quien soy.
—Eres una Drama Queen, Axel.
—No soy una Drama Queen. Sé lo que digo, ya lo he visto otras veces.
—Llora las veces que quieras —le increpo—.
¿Quién nos sacó esas fotos en el lugar secreto de nuestra villa? —mi voz sale exigente. No quiero seguir alimentando la culpabilidad y la autoflagelación de este hombre que tanto quiero y que tan nerviosa me pone—. ¿Lo sabes?
Axel niega desencantado.
—No. Pero sé que se hicieron con un dron.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Todas las fotografías contienen metadatos. Las que se toman desde algunos drones profesionales, muestran un diminuto número de serie en la esquina. Son particulares, de cada dron. Noel me ayudará a rastrear ese número y acceder a su geolocalizador. Cuando llegue al dron, llegaré a la persona que ha hecho esto.
Bueno, no me parece tan mala idea, y sé que Noel y él son capaces de conseguir cualquier cosa. Es lo que tiene trabajar en seguridad privada tanto tiempo. Me cruzo de brazos y succiono mis mejillas hacia adentro, como un tic nervioso.
—No podemos trabajar tranquilos nunca, ¿eh? —le lanzo una mirada velada—. ¿Qué hicisteis con Juanjo?
—Está en el calabozo del destacamento de la policía de Arroyo Barril, aquí en Samaná. Fede se está encargando de todo el papeleo burocrático para trasladarlo a España.
—No nos falta de nada, ¿eh? —Reirnos un poco de todo no nos vendrá mal—. Un maltratador, una fan de tu ex un poco sociópata, un chivato, alguien que quiere boicotear las pruebas desmontando nuestras herramientas... ¡qué alegría y qué alboroto! —silbo.
—Hay más. Ayer noche una de las cámaras dejó de funcionar. Y todavía está por ver si alguien ayudó a salir a Juanjo sin que las cámaras lo vieran, o si Juanjo aprovechó la visita inesperada de ese alguien, para tomar la puerta e irse.
—¿Qué visita inesperada? No entiendo nada. Las villas solo son visitadas por mí y por los trabajadores.
—Alguien está facilitando GHB a las dos villas. Y no sé cómo lo hacen, pero sé que es así. Vi comportamientos extraños en la casa de los chicos y de las chicas.
Alzo la mano porque soy esa niña de la escuela que no se enteraba de nada en las clases de química.
—Perdona mi ignorancia, pero ¿qué es GHB? Axel sonríe solo un poquito y los ojos se le dulcifican. Pero es solo un espejismo.
—Es una droga que se usa para desenfrenarte sexualmente. Supongo que quieren convertir a las villas en orgías.
—¿Qué dices?
—Sí.
—Pero ¿cómo lo sabes?
—Genio me entregó una bolsita que habían dejado en el punto ciego de la puerta de salida de la casa. Él la encontró antes y se la guardó para enseñármela.
—¿Y esto cuando fue?
—Ayer noche.
—¿Y ha pasado más veces?
—Esa es la segunda vez que pasa. La primera la sospeché yo por comportamientos un poco extraños con algunos tentadores y concursantes. Sabía que tenían algo, pero desconocía el qué.
—Pero ¿esto qué es? —me muerdo El labio inferior. Parece una casa de Élite con tantas intrigas, drogas y alcohol...
—Estoy investigando a los que se encargaron del casting, quiero llegar al fondo de todo esto y saber a quiénes han traído aquí realmente. Y me quedan pocos días.
Lo miro con tristeza. Estas circunstancias nos toman desprevenidos, pero no poco preparados. Eso es algo que sé que hemos ganado, que tenemos experiencia en todo tipo de conflictos sorpresivos.
Y nada de esto me turba, porque estoy convencida de que Axel lo va a saber llevar. Sin embargo, me preocupa cómo está él.
—¿Tú cómo estás?
—¿Yo? —frunce el ceño—. Bien. Todo tenía que saberse en algún momento, ¿no? —me explica con frialdad—. Hubiera preferido que no fuera aquí y menos ahora, pero, no puedo decidir sobre eso.
—¿Ya sabes cómo vas a actuar ante la prensa?
—Sí. No actuando. No voy a dar declaraciones ni voy a decir nada a ningún paparazzi. Juré que iba a estar alejado de toda esa mierda, y es lo que voy a hacer. No seré el único heredero del que hablen y que no dé juego a los medios. Además, no soy yo quien importa. Eres tú. Quiero que estés tranquila.
—Yo no estoy tranquila, Axel —contesto con sinceridad—. ¿Cómo voy a estar tranquila ahora? Tú vas a estar estresado, la fan número uno de tu ex te acosa y está informando a la prensa sobre quién eres, nos han grabado... casi follando—aclaro disgustada—, ¡casi! ¡Con la cara de monguer que se me pone! ¿Y si tienen esas imágenes completas?
—Tus rizos ocultan tu cara. Nos grabaron desde arriba, y tienes un cuerpo precioso —contesta admirándome disimuladamente—. No hay nada de lo que debas avergonzarte.
—No me vengas con esas —lo reprendo—... Para colmo, a mi hermana y a Eli se les puede ir de las manos esto —No me doy cuenta de que camino de un lado al otro, pero lo hago—. Y no voy ni siquiera a mencionar lo que piensas de mí —alzo la mano para que no me diga nada más—. Y con todo y con eso, aunque todo me supera, no voy a bajarme de este barco. Eso es lo que he venido a decirte. A dejar las cosas claras —me planto frente a él—. Este es mi programa ahora y nada va a evitar que lo termine. Y voy a hacer oídos sordos a lo que diga la prensa rosa sobre ti o sobre mí, porque ahora mismo no tenemos nada. Ademas, estoy tan cabreada contigo y muy decepcionada por mentirme y después por pensar que yo te privaría de algo tuyo como un bebé... —exhalo con abatimiento y lo miro con tristeza—. Solo quiero que me respondas a algo: ¿Ayer noche cortaste conmigo?
Axel recibe las palabras como si le abofeteara. Pero yo no me olvido de lo que me dijo y él tampoco se olvida de lo que le obligó a decirme eso. Es más, todavía lo cree. Y eso me vuelve a herir.
—Muy bien, Axel —es puro sarcasmo y es autoprotector —. No soy Tori. Jamás lo he sido. Si hubiera querido un capullo en mi vida, ya habría plantado un rosal —le digo con lágrimas en los ojos. Siento ira en mi interior. Pero también dolor, por eso lloro.
—¿Soy un capullo? —está tenso.
—Lo eres. Y ahora, puedes irte a tomar por culo. Hoy no hay grabación, pero pienso hacer corralito. No se te ocurra prohibirme nada ni seguirme. Mantén tu TOC a raya, si puedes—le advierto.
—No quiero pelearme contigo. Podemos trabajar juntos, Becca.
—Axel, no me importa lo que me digas ahora —aseguro dándome media vuelta—. Lo que me preocupa es cómo vas a reaccionar tú a todo lo que se te viene encima. Espero que no la cagues tanto como la has fastidiado conmigo. Con nosotros —sorbo por la nariz.
—No llores —me pide. Axel no soporta verme llorar. Como si le importase...
—Vete a la mierda —le digo dándome la vuelta. Lo miro por encima del hombro y me alejaré de él tanto como me permita la isla y el trabajo.
No me puedo creer que me esté pasando esto ahora y que mi relación con el hombre del que estoy tan enamorada haya sufrido un apagón.
Volvería a escuchar El Apagón de Malú. Pero mejor no, que ya me siento suficiente en la mierda.
Capítulo 5
La vida es una cachonda mental, te pone en bandeja que tú y el amor de tu vida os vayáis con vuestras personas favoritas a un lugar idílico para libraros del estrés, y de repente, aquí estalla la tragedia y lo dejáis.
Si pienso bien en lo sucedido entre nosotros, al margen de todo el escándalo que está salpicando a los medios del corazón lo de Axel y que no pienso escuchar ni ver, nuestro conflicto vino por un embarazo que todavía no sé si es o no.
Mañana por la mañana iré a por otro nuevo test, y mientras tanto, aguantaré el día de hoy con la inquietud de saber si hay garbancito o no, y la decisión de, esta vez, no decirle nada a un hombre que se cree que soy la reencarnación del Diablo Santana.
Y es terrible. Es lo peor que me han podido decir en la vida.
Porque yo no soy una mujer que vaya haciendo daño a nadie ni que disfrute con el dolor ajeno; tampoco soy egoísta, suelo pensar más en los demás antes que en mí.
No soy infiel.
No me tiro a millonarios que podrían ser mis abuelos solo por el placer de hacerlo ni por ver qué me dejan de herencia; ni engaño a las personas que quiero, porque así siento que soy yo quien tiene el poder y que puedo mover los hilos de mi realidad como me place.
No soy maquiavélica. No soy mala.
No, joder, por supuesto que no soy como Tori.
Pero sé que el dolor, los traumas y el pasado son un borrón difícil de hacer desaparecer, porque siempre acecha en nuestro subconsciente como una sombra. Es un miedo. Es el coco que siempre nos aguarda cautelosamente, esperando el momento exacto en el que bajemos la guardia.
Y Axel la ha bajado mucho conmigo y, aunque entiendo qué ha activado su reacción, no se lo puedo perdonar. Porque todos tenemos nuestras mierdas, pero no por tenerlas tenemos que proyectarlas en los demás.
No paso por ahí. Yo no he proyectado nada en él, y eso que su sola presencia podría despertar cualquiera de mis fobias consecuentes de haber trabajado en el Diván y de haber entrado en su vida. Pero nunca lo he hecho.
Sé separar. Axel no es su padre. Y me consta lo mucho que se esfuerza en no parecerlo. Pero me encantaría que comprendiese que tiene que dejar de esforzarse en no serlo, porque nunca lo será.
No obstante, ahora viene su prueba de fuego. Su apellido se cierne sobre él y su pasado está a punto de ser revuelto como unos huevos en una sartén. Veremos si él tiene de eso para enfrentarlo.
He comido con todo el equipo, aunque la verdad es que no tengo hambre. Y sí, Matilde se ha encargado de dejar claro a todos que no me molesten con comentarios ni miradas perniciosas.
Aunque, ella no se ha aplicado el cuento. Pero lo cierto es que no me molesta su indiscreción. Matilde es de esas mujeres que van sin máscaras por la vida y que se muestran tal como son desde el principio. Y yo siempre he valorado la autenticidad.
He comido con ella y con Eli y, aunque no le he explicado demasiado, he sido sincera. Axel y yo estábamos juntos, pero ya no lo estamos. Y con eso es con lo que se ha quedado. Y Eli también, que cada vez que digo eso me mira como si mirase a otra persona y no se lo pudiese creer.
Después de comer, nos hemos ido a la playa, a darnos un chapuzón que nos merecíamos desde que llegamos. Me ha dado bastante el sol y creo que me he quemado un poco, pero Eli me ha asegurado que el tono me queda bien. No estoy segura de que estar rojita como el culo de un mandril me quede bien.
Ahora, entre el pelo y la piel soy como una remolacha.
Y hablando de rojo, la regla tampoco me ha bajado esta tarde.
Como estoy de mal humor, ya había decidido hacer un corralito de urgencia esta noche. Pero, por si acaso, Eli ha sido la que ha escrito en el grupo diciendo:
«Esto no es urgente. Es el siguiente nivel. Esta noche tenemos que estar todas en El chiringuito del Cielo. Todas, sin excepción».
Por supuesto, la última coletilla iba dirigida directamente a mi hermana.
El tiempo que ha pasado hasta la noche, lo hemos invertido en ver vídeos de las casas.
Y aunque todo sigue con normalidad y hay muchas dudas sobre dónde está Juanjo en Villa Chicos, y otras cuestiones ... no hay nada especial a remarcar, excepto que Jenni parece más nerviosa de lo habitual al verse sin tentador. Como si ya no supiera qué trama elaborar. Y como no lo sabe, ya está hablando de quién era ella y de su relación con Tori. Lo que no sabe es que Axel va a cortar toda esa información cuando edite los vídeos. No vamos a dar ni un minuto de gloria a esta mujer.
En Villa Chicos, hay cada vez más acercamiento entre Adán y Edurne, y eso me decepciona, porque pensaba que Adán era más listo, y no porque Edurne no valga la pena, sino porque cuando tienes una reina, no la vas a sustituir por otra.
Genio y Rosario bailan juntos siempre que pueden, y Rosario le está dando un montón de ideas para su negocio, porque es emprendedora además de bailarina.
Y después está Carlos, que además de desarrollar un vínculo con mi hermana Carla, también se ha hecho muy amigo del frigorífico.
Nunca había visto a un hombre tan feliz por comer. Es evidente que Martina le ha privado de muchas cosas y le ha matado de hambre en más de una ocasión. De hambre, de sexo, de amor... de todo eso con lo que un ser humano subsiste.
En Villa Chicas, hemos visto muchas imágenes de Faina y Maca. Macarena tiene momentos de llantos, pero Faina se encarga de levantarle el ánimo. Cuando recuerdo lo que vi ayer noche y cómo Juanjo la golpeaba, se me revuelve la tripa. Los concursantes desconocen lo sucedido con el maltratador, y hasta que mañana no les haga una visita, no sabrán que Juanjo está fuera de circulación. Y no solo eso, también tendré que hablar a solas con Jenni, por ser la tentadora que ha tenido sexo con él, para invitarla a irse a la mierda educadamente.
Después está Martina, que cada vez piensa menos en Carlos y habla como si fuera su pasado. No sé qué pasará entre ellos.
Y por último, Julia, que se quedó muy afectada y muy triste por lo que oyó que dijo Adán sobre ella. Y me encantaría poder ayudarla, porque lamentaría que su pareja se rompiera. Sin embargo, ¿quién soy yo para hacer ni recomendar nada cuando mi pareja se ha ido a la mierda?
En fin, no he sabido nada de Axel en todo el día. Y eso me deja bajo mínimos anímicamente. Porque le quiero y quiero estar con él, pero no después de lo que nos ha pasado y, menos, sin recibir ni una miserable disculpa ni haber recapacitado sobre lo que soltó por la boca.
Por eso me he arreglado para irnos al chiringuito, y sí, lo digo, voy a beber. Y que sea lo que Dios quiera. Mañana ya me arrepentiré de la resaca.
Ahora no. Ahora estoy dispuesta a echarme la manta a la cabeza y tener mi momento de felicidad efímera con mis amigas.
Porque he entendido que la felicidad es eso que te pasa entre putada y putada.
Y aunque te pase más bien poco, hay que aprovecharla y brindar con las personas más puteadas.
Que somos las que mejor nos entendemos.
Capítulo 6
Chiringuito del cielo
Hay una boda en esta zona, se suelen celebrar bodas en la playa, en los chiringuitos a pie de arena. El Chiringuito del Cielo queda un poco más arriba, entre villas, como dije, y otorga un pequeño mirador a las playas más cercanas, no solo a las Terrenas, también al Skyline de las colindantes.
Y, por lo visto, es un lugar clandestino elegido por unos cuantos dominicanos para celebrar su día.
Cuando vemos que el chiringuito está a reventar, nos pensamos si darnos media vuelta y quedar en otro lugar o no. Pero ya estamos ahí, y lo bueno es que nadie nos reconoce. A mí no me conocen, cosa que agradezco, y además, el dueño nos ve y nos invita a entrar con un gesto de la mano.
—¡Vengan, aquí están todos invitados! —nos grita el hombre, que creo que solo tiene tres dientes en la boca, pero posee una sonrisa feliz y unos ojos muy confiables. Eso es algo que me llevaré de aquí siempre. Tienen una alegría distinta, no sé si es por el sol, el caribe o las piñas coladas... pero son amables y encantadores. Menos los de la lancha. Los de la lancha no, que nos quisieron matar.
El dueño nos señala una mesa para las dos, cerca de la barra. La verdad es que el lugar es pequeño, pero lo han apañado para una celebración como esta, de unas cuarenta personas.
Han puesto alguna que otra mesa y más sillas, pero la gente está de pie, bailando Una vaina loca y nadie quiere tomar asiento.
Eli lleva un mono halter con estampado caribeño de SHEIN. Y yo me he puesto un vestido amarillo y liso, elástico de Chic Me.
Y me acabo de dar cuenta de que soy como la bandera de España. Roja y amarilla.
—¿Tienes pensado qué vas a decirle a Carla?
Eli está tranquila. Como si hubiese llegado a un acuerdo consigo misma. Un pacto de no agresión.
—Nada. Se lo he dicho por WhatsApp. No le voy a decir nada. No voy a influir en su comportamiento ni en ninguna de sus decisiones. No quiero que hablemos de nada de su concurso. Solo quiero que esté bien —me explica mesándose el pelo rubio y largo que tiene—. Quiero que siga haciendo lo que hace, porque es ella misma. Con sus miedos, sus dudas y sus ganas de vivir. Sea lo que sea lo que le esté pasando por la cabeza, es su proceso. Y yo tengo el mío.
La admiro. La admiro por su cabeza fría. Y porque ella está en contra de llamar atenciones o rectificar a nadie. Ella nunca haría nada a nadie que no le gustara que le hicieran a ella. Esa es su premisa. Y también la mía. Porque, en una relación, todos sabemos lo que hay que hacer para estar bien, y si alguno no lo hace, el problema es de ellos, no nuestro.
Faina descubrió el otro día que el dueño del chiringuito, de unos ochenta años, se llama Maradona. Así que lo llamo por su nombre y él se acerca sonriente:
—¿Qué quiere la colorada?
Ah, ¿se refiere a mí? Qué gracioso el mellado.
—Tomar algo.
—Hoy les invito yo, que mi hija se ha casado —señala el bodorrio—. Y es un día de alegría, porque, por fin, se van ella y su marido de mi casa. —Alza el puño victorioso y después señala a la susodicha y al susodicho. Parecen mayores—. Tienen cincuenta cada uno. Imagine lo que tuve que esperar —el señor está riéndose de su desgracia—. No tengan hijos. Algunos son como sanguijuelas.
Eli se echa a reír.
Ese es un mensaje muy adecuado para mi situación. Porque mañana voy a descubrir si estoy embarazada o no, y le pienso pedir a la farmacéutica que me ayude a averiguarlo. No quiero otro test fallido.
—Maradona, tráenos lo que quieras —le pido—. Pero tráenos cuatro, que estamos esperando a dos chicas más.
Él asiente y se va a la barra a por cervezas de tequila.
Ahora la canción es otra. La Bamba.
Faina y Carla llegan a la par. Se nota que la tinerfeña está on Jire y que disfruta muchísimo la experiencia. Lleva un vestido verde turquesa, ancho y de manga corta que pone Boston Celtics. Mi hermana se ha puesto un pantalón blanco muy cortito, y una camiseta de color violeta y con buen escote. Me gusta cómo lleva las uñas de las manos y los pies pintadas. De un lila flúor que, con lo morenita que está, resalta más. Faina me señala mientras se acerca a la mesa, y Carla sonríe mirándonos a mí y a Eli.
—¡Bicho palo! ¡No te voy a perdonar que me hicieras tocar ñordos marinos!
Dejo ir una risita y contesto:
—No, lo que es imperdonable es que creas que todo es una polla. ¿Es que tu mente no descansa?
Nos saludamos entre todas. Carla y Eli tienen un saludo muy frío, nada que ver a cómo son ellas. Tal vez, ese WhatsApp que Eli le ha enviado sea mucho más cortante de lo que me ha dicho. Porque yo sí capto que Carla está incómoda y que no deja de mirarla cuando ella no se da cuenta, y que Eli está rodeada de escarcha como Elsa.
Maradona nos pone cuatro cervezas y además nos da pastel de la boda y comida, de todo tipo y a cual con más hidratos. Y eso nos encanta, porque es justo lo que necesito. Cuando me tiene que bajar la regla me da por meterme atracones de comida. Pero estos atracones también se pueden dar en un embarazo, ¿no?
Buf, qué va. Es que no quiero ni pensarlo.
Y para no divagar, lo que hago es hablar la primera, empezar a comer pastel y explicarles a Faina y a Carla todo lo que está pasando y ellas no saben.
Sus caras son de foto.
Carla no deja de mirar cómo estoy comiendo, y está entre sorprendida y horrorizada.
—Hermana, tienes ansiedad —espeta.
—La engo —contesto con la boca llena de bizcocho y nata—. Después de todo lo que os he contado, ¿por qué no estáis nerviosas? Alguien nos está boicoteando; Jenni, por lo visto, está filtrando todo a la prensa, he salido en las revistas casi en bolas, puede que esté embarazada y en las villas están repartiendo droga. Joder, todo es grave.
Faina y Carla han escuchado todas mis palabras con atención, pero una vez he acabado, se han puesto a beber cerveza y a comer nachos, patatas, y dulces varios.
—No nos preocupa, porque está Axel. Y no creo que estés embarazada. No tienes cara de embarazada —señala Faina con obviedad—. Tengo mucha intuición para eso. Nunca fallo, excepto con mi prima. Con mi prima sí —pone los ojos en blanco—, porque siempre ha tenido la barriga hacia afuera y siempre tuvo papada, y de normal siempre ha parecido que tuviera bombo. Pero tú no. Yo solo espero que Axel recapacite y se arrastre bien arrastrado para pedirte perdón —pide alzando la botella—. Pero no estoy preocupada por lo que está pasando a nuestro alrededor, porque ya sé que, que él haya descubierto todo eso, va a hacer que no permita que nos pase nada. Es un guardaespaldas —nos recuerda—. Y era mío, hasta que tú te lo llevaste, Bec.
—Ya —le sigo el rollo.
—Lo mismo digo —dice Carla siguiendo el ritmo de la música con los hombros—. Si está Axel, por mucho que esté agobiado con lo de su salida del anonimato, estás tú. Y para él, tú eres lo primero. No va a dejar que esto vaya a más.
—Para mí, lo más grave hasta ahora —continúa Faina—, ha sido lo de los gusanos de mar y lo que le ha pasado a Maca. ¿Qué piensan hacer con este tema? Con las imágenes, me refiero. Deberían emitirlas para que los telespectadores entiendan que el maltrato se da en cualquier ámbito y en quienes menos esperas. Creo que es necesario que todos comprendan y vean las caras de un tío así, y también de su víctima. Maca lo ha pasado mal esta noche. Se me rompía el corazón. Ahora está un poco mejor, el angelito —lamenta la situación de su compañera.
—A Carlos también lo han maltratado —dice Carla de golpe, llevándose un par de cacahuetes a la boca—. No como a Maca —aclara—, pero es maltrato psicológico igual. Esa chica, Martina, le ha dicho barbaridades para hacerlo sentir mal.
—A Carlos —le interrumpe Eli—, le pasa que lleva años enganchado a una mujer que lo trata fatal, pero él está dispuesto a pagar ese peaje, porque está con ella. Es un hooligan. Un fan. La única manera de que Carlos deje a Martina, sería encontrando a alguien a quien poder admirar de nuevo y que sustituya al ídolo actual.
—Pero, estamos de acuerdo en que también sufre maltrato, ¿no? —insiste Carla atónita con su respuesta.
—Sí —contesta Eli aclarándose la garganta—. A ver si en los días que quedan de programa, consigues salvarlo, Carla. Te gustan las causas perdidas.
Eli desvía la mirada hacia la pareja de novios que se acaban de caer mientras bailaban. Él le ha pisado el vestido.
Carla observa a Eli durante unos segundos muy largos, en silencio, como si su mente fuese un hervidero de pensamientos. Parpadea una sola vez y como si saliese de su ensueño, vuelve a atacar a los cacahuetes.
—A Jenni hay que echarla como sea —menciona Carla con voz hastiada—. Ya no por lo que grabé de ella con Axel. Es porque es tóxica.
—Hay unos cuantos en el programa —murmuro.
—Pero esa tía es mala. La pillé hablando con Juanjo sobre algo de su representante. De que, si eran la pareja favorita cuando se emitiera el show, se repartirían el dinero del premio entre ellos, así había menos que darle a él.
—¿Es que acaso tienen al mismo representante? —pregunto muy impresionada—. ¿Qué hace un broker con representante? —La cerveza entra de maravilla.
—Bueno, una vez entran en programas así, todos se buscan un agente para negociar —explica Carla—. Todos tienen representantes, y solo hacen que hablar de ello, como si se creyeran estrellas.
Sea como sea, ese punto es algo que no puedo olvidar de mencionar a Axel. Él está investigándolo todo, y cualquier dato le podrá ser de ayuda.
O eso espero.
Nos quedamos un buen rato hablando de lo que estaba siendo esa experiencia y de cómo vivían en las villas.
Y Maradona nos trajo cuatro cervezas más, y más pastel... Y hubo una tercera y una cuarta ronda.
Y esa noche en el chiringuito, no arreglamos el mundo entre las cuatro ni solucionamos nada, pero creo que dejamos de pensar en lo que estaba sucediendo en todos los planos de nuestra existencia, y focalizamos solo en las cervezas, la comida y la música.
Y los invitados a la boda nos sacaron a bailar. Yo acabé con la corona de princesa de la señora que se casó, y bailando un vals con Maradona y otro con un adolescente con una erección. Y Faina lideró una conga infinita que llegó hasta la playa, y allí nos mezclamos con otra boda y nos metimos en otra conga. Y como no conocíamos a unos ni a otros nos dio igual, porque todos nos parecían los mismos.
Eli bebió tanto que empezó a hacer terapias de pareja gratis, y acabó aconsejando a la pareja de novios que ni se enamorasen ni se casasen nunca. Ups, demasiado tarde. También les dijo que el amor estaba sobrevalorado. Que mejor se eligieran siempre a sí mismos. Y que, a la más mínima duda de infidelidad del otro, contrataran a un detective privado. Eso les sacaría de toda duda. Pero que, si de verdad querían ser felices, que encontraran a una persona que amase sus virtudes, pero que todavía los quisiesen más por sus defectos. Porque el amor no era ciego —todo esto lo explicó en el centro de un rondo en el que ella habló a todos como Jesús a los Apóstoles—, pero sí debía ser comprensivo y flexible.
Y Carla, que siempre suele ser de todas nosotras —exceptuando a Faina, claro— la que más se deja llevar en las fiestas, solo hacía que controlar a Eli por el rabillo del ojo, escucharla y mirarla de esa manera en la que miran los que saben que necesitan terapia. Pero de otro tipo.
Yo sé poco de la Biblia, pero me apuesto otra cerveza a que así miraba María Magdalena al Maestro.
Capítulo 7
Eli y yo estamos volviendo de nuestro corralito, que ha derivado en un cruce de bodas dominicanas con cervezas, mamajuanas, bananamamas y trozos de pasteles voladores que no sé ni cómo ni cuándo evolucionaron y les salió alas. Lo tengo algo difuso.
La familia de Maradona ha acabado bañándose en el mar con nocturnidad y alevosía.
Yo he preferido no hacer nada. Creo que voy piripi y no quiero que me dé un amarillo en el agua, porque no hay ni uno en condiciones para que me pueda salvar y menos hacerme un boca a boca.
Ahora estamos Eli y yo caminando a la tres de la noche, por una de las calles de las Terrenas que conecta una villa con la otra. Nos quedan unos veinte minutos para llegar.
He perdido un zapato. Mi zapatilla de tiras con florecitas y plataforma. La he extraviado. Y no recuerdo cómo lo he hecho.
—Ay ay ay —canto a Juan Magan—. Ay ay ay... quera bailá contigo ... a todas horas ... ay ay ay... ¡electrolatinoooooo!
—Podrímos montar un negucio... —Sé que es Eli la que me está hablando porque solo estamos ella y yo. Aunque no la entiendo—. «Se alquilan bourachas para animar bodas. Somos seriiiias».
Madre mía cómo va.
—Eh —me detiene sujetándome por el codo.
—No te mevas —le suplico—. Eli no ... te mevas.
—Madonna mola...
—¿Madonna?—¿Por qué se mueve tanto?
—Il señor del chinguito ...
—Ja —la miro bien—. Jaja —y me sale la risa de bebida—. Se yama Mardona, tounta.
—Pos lo que digo... —volvemos a caminar la una al lado de la otra, apoyándonos para ir rectas—. Te doy las guarcias por invitarme a este progama de mierda que me está jodendo la vida.
—¡Jaaaaaaaaaa! —cada vez me río más fuerte. Y Eli también.
—¡Qué desgarciadas somossssh! —grito aguantándome la barriga. Me están entrando o agujetas de reírme o ganas de ir al baño, a saber.
En unas horas tenemos que trabajar, pero yo no soy capaz de hablar como pienso. Es terrible.
A estas horas no hay nadie por la calle ni por la urbanización, y es posible que hablemos con mucho eco y que molestemos a los millonarios que tienen sus palacetes cerca.
Pero no sabemos hacerlo mejor.
—Qué gupa stá a Carla, joderrr ... —susurra Eli alzando un dedo—. ¿Las visto?
—Síp.
—Le va enorrem a Carlos.
Frunzo el ceño.
—¿Eh qués dicho?
Le va enorrem al cachas —se llena los mofletes de aire—. Puto —lo suelta con rabia. Y entonces le viene una arcada.
Eli se detiene y apoya las manos en sus rodillas.
—Uy ... casi ... falsa larma —se echa a reír.
Y yo con ella. Pero me pasa que, cuando alguien tiene una arcada, me entra un asco terrible. Giro la cabeza para no verlo, pero me entra a mí otra.
Eli deja ir una carcajada y emite otra.
—Para ya, Eli —le pido con lágrimas en los ojos de la angustia. Me cubro la boca y me viene otra.
Y así, entre arcadas, avanzamos pocos metros. Veo un foco que se mueve a lo lejos de la carretera.
—Un ovni —lo digo en voz alta, porque tengo la lengua muy suelta y la mente con claridad muy limitada.
—El venao... el venao ... —empieza a tararear Eli. Está intentando vomitar pero no lo consigue—. Uy qué herca ese...
La luz se acerca. Nos alumbra, y me deja parcialmente cegada. Oigo el motor de un ciclomotor y el foco se detiene justo delante nuestro.
—¡Eh! —es un hombre. Sé que lo tengo delante pero no lo puedo ver porque aún estoy deslumbrada—.
¡Dame todo lo que tengas, mamasita! ¡O te guayo ahora mismo!
Eli se incorpora y mira hacia delante cubriéndose los ojos.
—¿Qué dice ste señor?
—No sé —digo yo.
—¡Mujer! ¡Todo lo que tengas o te guayo como una cebolla! ¡¿Oíste?!
—Si la tocas, te mato.
Esa es una segunda voz de hombre que, incluso estando un poco perjudicada, reconozco.
Es Axel.
Cuando me aparto un poco para verlo todo en perspectiva, lo veo a él, mirando a ese hombre que no sé qué me decía. Lo mira con su gesto de depredador y exterminador experto. Y me doy cuenta de que el hombre de la moto sujeta algo en su mano. Es una navaja.
Axel no tarda ni dos segundos en abalanzarse y empezar a pegar a ese hombre. Es morenito de piel, con el pelo rasurado y dos diamantes en las orejas. Lleva una camiseta blanca y con rayas azules horizontales, y no puedo ver mucho más porque Axel no me deja y los últimos chupitos de Jagger tampoco.
Axel va vestido con un pantalón negro corto, una camiseta del mismo color y una surferas.
Alza los puños y los deja caer contra el rostro del tipo, pero, sorprendentemente, deja que se levante y se vaya corriendo.
—Lárgate. Y no mires atrás —le ordena Axel—. Ya daré contigo en otro momento. Y tu moto se queda aquí. Es una vespa roja de modelo muy antiguo. El individuo se da a la fuga y nos deja a solas con Axel.
—¿Qué...? —le pregunto cuando veo que se da media vuelta y casi se cierne sobre mí.
—¿Vais borrachas?
Yo adopto mi cara más seria.
—Por supesto que no —contesto con una arcada de Eli de fondo.
—Esto es pro culpa del pashtel... —lamenta la rubia.
Axel nos mira a ambas con cara de muy pocos amigos. Parece muy enfadado.
—Os voy a llevar a las dos. Subid en la moto —nos ordena.
Yo me pongo a contar. Uno, dos y tres.
—Somos res.
—Cállate ya y sube.
Como no le hacemos caso, es Axel quien nos coge a las dos y nos sube en la moto, como si fuéramos niñas pequeñas.
Eli se agarra a mí y apoya la cara en mi espalda. Axel se coloca delante nuestro y se sienta en la puntita del asiento.
—Agárrate y que Eli no se suelte. Nuestra villa está solo a mil metros. Llegaremos en un par de minutos.
—Valep —me agarro a sus caderas, y Axel, que lleva una moto que no es suya y que ha aparecido de la nada para salvarnos, arranca el motor y conduce con mucho cuidado en dirección a la villa.
En el fondo, él está hecho de la madera con la que se diseña a los superhéroes. Aunque sea un capullo que sospeche hasta de su sombra.
Media hora después
—Ten. Tomaos esto. Os va a ir bien para la resaca.
Pero tenéis que dormir.
Axel lleva un vaso de agua y dos pastillas en la mano.
Nos ha metido en la cama. En mi habitación. El trayecto hasta aquí está borroso.
—Garcías —digo cómo puedo, intentando incorporarme.
Veo que Eli se toma el agua como si fuera un chupito.
—No noto lacohol. ..
—Es agua, loca del coño...
Axel se ríe. Le vuelve a llenar el vaso de agua y la obliga a tomarse la pastilla. No sé cómo, pero oigo ruidos de cuando alguien se traga algo que le ahoga.
Eli apoya la cabeza en la almohada una vez se ha bebido el agua y se ha tragado la pastilla y dice:
—¡Salud!
Él resopla y sale de la habitación diciendo:
—Ya hablaremos mañana.
Lamentablemente, mi elocuencia ha desaparecido. Y tengo un sueño que no es normal. Sé que el último pensamiento que cruza mi mente es que el alcohol hace mal. Pero no hay mal que por bien no venga.
Mañana descubriré qué bien ha venido.
Capítulo 8
Al día siguiente. Viernes
Cuando he abierto los ojos hoy, he pensado en dos cosas: la primera es que ayer bebí mal y la segunda es que estuvimos a punto de sufrir un robo, pero Axel nos salvó y nos llevó a la villa.
Sí, me acuerdo de todo, sorprendentemente, y es muy posible que sea debido a las pastillas contra la resaca que tan amablemente me dio Axel. Y sí, me vienen fotogramas de él dándole una somanta de palos al de la moto.
Otra cosa de la que me he dado cuenta es que Eli ya no estaba en la cama. Me ha dejado una nota que ponía:
«Esto no puede volver a pasar. Jaja. Otra cosa, hay que empezar a mercadear con las pastillas de Axel porque son mano de Santo. Y por último, no nos sintamos mal, porque ya sabemos que el alcohol no soluciona nuestros problemas, pero el agua tampoco jaja.
PD: Avísame cuando estés lista y te acompaño a comprar otro test.
No he podido evitar reírme al recordar a Eli la pasada noche. Estaba desatada.
Tampoco he podido evitar pensar que la regla sigue sin bajarme.
Me meto en el baño para ducharme y sacarme de encima el olor a decadencia, y cuando veo que más o menos ya soy persona, salgo de la ducha. Me he podido poner ropita cómoda para preparar el programa de hoy. Y para ir a buscar a Eli. Sé que Axel y yo tenemos que hablar de lo de ayer noche. Cuando nos vio, no parecía muy contento. Pero me importa un pimiento.
Me miro una última vez al espejo, me atizo bien el pelo, y espero que el maquillaje suave que me he puesto me ayude a estar lo mejor posible y a hacer que no se note ni se intuya que ayer noche lancé un trozo de pastel a la calva de un señor que no conocía. Dudo que esto sea tradición de República Dominicana, y quiero pensar que se les fue de las manos. Como se nos fue de las manos a nosotras. O como a mí se me está yendo el control de mi vida de las mías. Joder, echo de menos a Axel y no me quiero creer lo que nos está pasando.
Cuando abro la puerta del baño, veo un aspirador apoyado en la pared de enfrente. No está encendido. Salgo para saludar, al menos, a la persona que se encarga de mi habitación y darle las gracias por ello. Y cuando me asomo, me encuentro a una chica muy joven, que dudo que sea mayor de edad, encogida en la esquina de la habitación, con la frente apoyada en los antebrazos, llorando como una descosida.
Me alarmo muchísimo, porque veo que tiene sangre en el interior de los tobillos, y también por el interior de los muslos. Lo sé porque lleva un vestido azul claro de servicio y la falda es medianamente corta.
Es de República, tiene los labios gruesos y ojos enormes; su pelo es largo y trenzado y es alta y delgada.
—¡Por Dios! —susurro corriendo a socorrerla—.
¿Qué te ha pasado?
La chica alza la cabeza como un cervatillo asustado e intenta levantarse, pero no puede, y yo tampoco se lo permito.
—No ... no te muevas.
—No, por favor... déjeme ir... solo estoy descansando.
—¿Qué vas a estar descansando? Estás sangrando —la miro preocupada—. ¿Cómo te llamas?
—Rosita.
—¿Cuántos años tienes, Rosita?
—Diecisiete.
Miro el suelo. Lo está manchando con la sangre y también se le ha manchado la ropa.
—¿Qué te ha pasado?
—Me duele —dice llorando, apretándose el vientre.
—¿Tienes la regla y te duele? Ella dice que no con la cabeza.
—Por favor, señorita, nadie se puede enterar. Me despedirán y necesito el dinero. Ayúdeme —suplica aterrorizada.
—¿De qué no se pueden enterar? Rosita, tienes que ir al médico, deja que te ayude y llame a alguien.
—¡No, por favor! —sujeta mi muñeca. Tiene la mano fría.
—Estás sufriendo una hemorragia...
Ella se muerde el labio inferior y dos lagrimones gigantescos caen por sus mejillas color chocolate.
TOC TOC.
Mierda.
—Becca, soy Axel. ¿Estás despierta?
Rosita me mira muy nerviosa, y yo le aseguro con la mirada que nada malo va a pasar. Pero necesito ayuda, y sé que él siempre tiene solución para todo. Me ayudará sin pensárselo. Porque es bueno, y siempre lo hace.
—Axel, pasa. Rosita —le digo en voz baja—. Confía en mí, ¿de acuerdo?
Axel entra en la habitación, con expresión fría y los ojos llenos de tormenta. Algo le está perturbando, pero sea lo que sea, no es momento para eso. Lleva una camiseta de estampado militar de marca que me hace la boca agua, las gafas colgadas del cuello y un pantalón fino, largo, caqui ajustadito a sus piernazas. En los pies lleva unas Vans negras. Es que es guapo, masculino, viril, valga la redundancia. Es un escándalo el hombre este. Pero no es momento para admirar su atractivo.
Cuando nos ve en el suelo, corre a socorrernos, como sabía que haría. De él nunca hay que dudar en los conflictos.
—¿Qué ha pasado? —está analizando la situación, observando los daños y el origen de esos daños. Frunce el ceño cuando advierte la sangre—. ¿Qué pasa?
—Se llama Rosita, y la tenemos que ayudar —le digo—. Pero antes tiene que decirme qué le ha pasado.
¿Te han hecho daño?
Ella cierra los ojos consternada.
—No. Me lo he hecho yo —contesta tomando aire profundamente para aguantar el dolor.
—¿Qué te has hecho? Dímelo, para que podamos ayudarte...
—Tienen que ayudarme, se lo suplico. Mi mamá está trabajando para ustedes. No lo puede saber.
—¿Qué no puede saber? —Axel se queda muy cerca de ella—. ¿Quieres agua? ¿Necesitas algo?
—No ... Me quedé embarazada de un blanquito que vino de vacaciones y ya se fue. Estaba casado —explica muy arrepentida—. Me hizo creer que me llevaría a España y que me quería... Pero se fue, y nunca más volvió.
Axel se frota la barbilla con la mano. Está tan incómodo como yo.
—Soy muy joven, en mi casa no tenemos dinero... y no quería el niño. Un aborto aquí cuesta mucho, así que compré unas pastillas en el mercado negro. Me las llevo tomando unos días. La última me la tomé hace dos días. Ayer me encontraba mal, pero hoy ha sido peor. Tengo cólicos muy fuertes y estoy sangrando.
Por Dios. Que ya lo entiendo.
Y por la cara que está poniendo Axel, creo que él también, y sé que se quiere morir. Y yo también. Porque estoy ofendida y con rabia por todo lo que ha pensado de mí.
—A ver, Rosita... —murmuro—. ¿Qué pastillas te tomaste?
—Misoprostol —contesta.
Axel deja caer la cabeza hacia abajo unos segundos.
Sé que se está flagelando. Y me parece bien.
—¿Dejaste una caja en la basura de mi baño el otro día?
—Sí —contesta muy avergonzada—. Lo lamento.
Pero no quería llevarla conmigo, porque mi madre, que es la jefa de la limpieza, revisa mis cosas cuando salimos de la villa para asegurarse de que no nos llevamos nada. Tuve que dejarla ahí. Lo que necesito ahora es salir de aquí sin que ella sepa lo que me pasa.
—No podemos hacer eso —contesta Axel.
—¡Me lo prometió, señorita! —me reprocha Rosita—. ¡La empresa no deja que mujeres embarazadas trabajen con ellos! Si se enteran de que yo lo estaba, echarán a mi madre también.
—Por supuesto que te vamos a ayudar —le aclaro a Rosita—. Esta chica, Axel, no puede ser descubierta aquí así —le lanzo una mirada reprobatoria—. Me vas a ayudar porque me lo debes. Su trabajo y el de su madre podría estar en peligro. Y ¿no querrás más cargos de conciencia de los que ya debes tener? —le insinúo con toda mi intención—. Hay que sacarla de aquí y nos tenemos que asegurar de que está bien.
Él parpadea un par de veces y, cuando me mira, no sé interpretar su mirada, porque jamás me había mirado así. Esta es nueva. Parece más suya, más de él. Es una mirada liberada.
Lo que sucede es que a mí no me afecta, es consecuencia directa de su metedura de pata conmigo.
—La sacaremos de aquí pero, hay que limpiarla y que no se vea que tiene la ropa manchada de sangre. Yo la llevaré en brazos. Diremos que se ha torcido un tobillo y que no puede caminar por su propio pie. Que la acercamos al hospital para que la revisen.
Asiento conforme con su invención. Es el más rápido en buscar soluciones. Aunque no sea capaz de encontrar una para lo nuestro.
—Becca, límpiala, y si tienes compresas y cosas íntimas que le puedas dejar, que se las ponga.
Asiento y me encargo de ayudar a la joven a levantarse y entrar al baño para limpiarla y hacer lo que me ha pedido Axel.
La pobre va doblada de dolor, pero le puede más el miedo a quedarse sin sustento para ella y su familia.
No sé si siente lo que ha hecho, o si se arrepiente... Pero en su situación, parece más una liberación que una cruz.
Yo no estoy para dar sermones ni lecciones de lo que cada uno debe hacer con su cuerpo ni con su vida.
Tener un bebé debe ser alucinantemente hermoso.
Pero tenerlo sin desearlo y sin poder darle una vida digna, también debe ser una agonía.
Y más allá de pensar si está bien o mal, me quiero centrar en ayudar a esta chica a mantener su trabajo y a que se recupere bien del aborto que ella misma ha ido preparando sin seguimiento profesional y sin medios.
Capítulo 9
Hemos salido del hospital ahora mismo. Axel sacó a Rosita de la villa sin dar demasiadas explicaciones, solo que «se había torcido el tobillo» y la llevábamos al hospital. Su madre no estaba en esa villa, sino en la de los chicos, así que no hemos tenido que dar demasiadas explicaciones ni alertar de más a nadie. Si Rosita y su madre tienen una conversación pendiente, ya se encargarán de tenerla cuando la chica esté mejor.
Axel y yo nos hemos limitado a ayudar a Rosita en todo lo que pudiéramos, a dejarla en la habitación y ayudarla a dar las explicaciones pertinentes relacionadas con su estado. Al ser menor, Axel ha dado su nombre como tutor, para no asustar a su madre. Es importante que la empresa crea la versión de Rosita para que tanto ella como su madre mantengan el trabajo.
Rosita necesita descansar hoy. Los médicos nos han dicho que iba a estar sangrando intermitentemente durante el día. Pero que esperan que mañana ya esté bien.
Antes de irme, he querido hablar con ella y preguntarle si iba a estar bien y que, si necesitaba cualquier cosa, que nos avisara.
Pero la muchacha me ha dicho que no.
—Ya han hecho mucho. Muchas gracias.
Le he dado unos golpecitos que pretendían insufiarle ánimo en sus manos entrelazadas. Me parece más niña de lo que en realidad es. No puedo entender a los hombres. Pero tampoco entiendo a las muchachas que se ciegan por españolitos o de otras partes del mundo con un poco de dinero y promesas de una vida mejor en otras tierras, y se enamoran y se quedan embarazadas. No lo voy a entender nunca.
—¿Te arrepientes de algo? —es lo único que he querido saber. Cómo se siente después de haber interrumpido su embarazo.
Rosita dice que no con una firmeza que no da lugar a dudas. Sabía muy bien lo que se hacía y lo que quería.
—Ya es muy difícil vivir aquí y ganalse la vida, señorita Becca. Imagínate siendo mamá. No, no me arrepiento. He hecho lo mejor. Yo no estoy preparada para ser madre, menos para ser madre soltera. No me toca eso ahora. Tal vez no lo entiendan, porque no ven la miseria que se esconde tras todo este lujo del que vienen a disfrutar. Pero estamos en la mielda. No habría tenido derecho a este servicio si ustedes no lo hubiesen pagado.
Con esas palabras me he vuelto al Evoque que nos ha traído hasta aquí. Axel estaba en él ya.
Ahora estamos los dos sentados, el uno al lado del otro, en los asientos traseros, sin cruzar una sola palabra.
¿Y acaso hay algo que decir?
—Te pido perdón, Becca —sacude la cabeza, contrariado consigo mismo.
Bueno, eso sí. Eso sí me hacía falta oírlo.
Axel está muy disgustado consigo mismo. No debe ser fácil darse cuenta de que algo que él había considerado cierto, no lo era. No cura toda la puñalada, pero cauteriza la infección.
—Aún tienes mucho en lo que trabajar —le aseguro desanimada—. Sé que el pasado ha sido muy doloroso para ti, pero no es justo que, a la primera duda o grieta entre nosotros, siempre me explote en la cara —intento mantenerme serena. Soy muy consciente de nuestra situación. Él me dejó. Y ya van dos veces en mi vida que me dejan. Y empiezo a preguntarme si es que no soy yo quien elige mal o si tengo algo malo que hace que, de la noche a la mañana, se quieran alejar de mí—. Estoy cansada.
—Lo entiendo. Yo también estoy cansado de esa parte de mí. Pero, espero que, al menos, me des la razón en que era todo muy evidente a tenor de las pruebas... Yo esa noche iba a hacer algo...
—Mira, cállate —lo corto súbitamente. Mi voz sale como un cuchillo—. No vale decir «te pido perdón, pero...». Eso no me sirve. Si me crees y confías en mí, tiene que valer más mi palabra que lo que ves.
—Lo sé. Perdóname.
No le voy a decir que le perdono. No me apetece y tampoco lo siento.
Axel espera esa respuesta de mi parte, pero como ve que no llega, asiente, porque no tiene más remedio.
La tensión se puede cortar con un cuchillo. Nunca había pesado tanto el silencio entre nosotros. Pero mejor ser reyes del silencio que esclavos de nuestras palabras, por eso ambos procuramos ir de puntillas.
—¿Cómo estás? —Ese es el tono que siempre ha usado conmigo, el preocupado de verdad, el cuidadoso, el verdadero. El Axel de hace dos días era el anclado en el pasado. Uno que puede llegar a ser muy cruel con todo el que se le acerque. Pero sus ojos, ahora, me miran viéndome a mí, no a lo que él cree que soy, y titilan con la emoción y el arrepentimiento. Yo no quiero verlo así. Me afecta ver a este hombre cuando es todo emoción y cuando sabe que la ha cagado. Eso es algo que siempre irá en su favor, que sabe dar un paso adelante y pedir perdón—. Te... ¿te ha bajado la regla ya? —carraspea nervioso. Sé que no me quiere incomodar, pero también sé que es ansioso con todo lo que le urge saber y solucionar.
Apoyo el codo en la puerta del coche y después dejo reposar mi barbilla en la mano, concentrada en el paradisiaco y peculiar paisaje de Samaná.
—¿No me lo vas a decir? —insiste.
—Decírtelo o no, no cambia nada. Todo sigue igual.
Tú y yo ya no estamos juntos.
—Becca... —gira todo el cuerpo hacia mí.
Yo tuerzo mi rostro y le lanzo una mirada azul y paralizante.
—Si me conoces y sabes lo que te conviene ahora, te vas a callar o me vas a hablar de otras cosas que no tengan que ver conmigo ni con mi periodo —le advierto.
—Pero, es que no dejo de pensar en eso y...
—Axel, tienes mil cosas en las que pensar antes que en mí o en lo que sea que le esté pasando a mi cuerpo. Cuando tenga algo que decirte te lo diré.
—Pero...
—¡Joder, Axel! —grito furiosamente, como sé que nunca me ha visto. Su expresión es ilegible para mí—.
¿Me bajo del coche? —hago como que voy a abrir la puerta y él estira el brazo y posa su mano sobre la mía para evitarlo.
—¡¿Qué coño haces?!
—¡¿Qué coño haces tú?! ¿Qué? ¿Nunca me has visto así de enfadada? ¡¿Qué esperabas?! ¿Qué pidiéndome perdón todo se iba a solucionar? ¡¿Cómo crees que iba a quedarme embarazada y no decírtelo?! —lo acuso con gesto derrotado—. Eres el hombre que quiero y con el que lo querría todo. ¿Cómo crees que iba a hacer algo como abortar sin comunicarte nada? ¿Y por qué iba a querer abortar? ¿Por qué iba a eliminar algo que hubiera sido de los dos, nacido del amor?
Axel mantiene la mandíbula apretada y los ojos se le aguan y se le enrojecen de la emoción. Y eso hace que todo me parezca más increíble y que, con lo emotivo que es, en realidad, haya pensado eso de mí.
Siento que se ha abierto un abismo a nuestros pies.
—No quiero que hablemos de esto, ¿vale? Has perdido el derecho de hablar conmigo de esto —remarco.
Él asume mis últimas palabras y por lo que sea que acaba viendo en mí, decide callar y no continuar golpeando el muro.
Inhala, mira al frente y deja ir el aire entre los dientes.
—Los paparazzis ya están aquí —me explica para cambiar de tema—. Lo saben todo. Saben en qué villas estamos, quiénes... todo.
—¿Crees que la culpable ha sido Jenny?
—Ella sola no. No puede estar trabajando sola. Tiene a alguien afuera que le informe sobre nuestra villa también. Solo los miembros del equipo conocían toda la información.
—El infiltrado. Hay un soplón más —entiendo.
—Sí. Noel y su equipo de seguridad también han llegado.
—¿Ah sí? —Esa noticia me alegra—. ¿Cuándo podré verle?
Axel se encoge de hombros.
—Por la noche. Tal vez podamos salir a cenar con él.
—A mí no me hace falta salir a cenar contigo —le aclaro—. Solo quiero verle a él.
Esa respuesta le ha sentado como tragarse un cactus.
—Hoy mismo he trabajado en el número del dron.
Posiblemente, durante la noche, tenga la geolocalización exacta del aparato. En cuanto obtenga el lugar, iré con todo. El único modo de maniatar a Jenny y que se le caiga el pelo por lo que ha hecho y por dar información del programa es tener pruebas que la incriminen. Esa chica no va a hablar —me explica él con calma—, se siente segura y respaldada, no solo por su compinche, sino también por alguien de poder que está afuera. Y sé que no es Fede.
—Yo también dudo que sea él —añado.
—No, pero yo sé que no es él por la conversación que hemos tenido a primera hora. Y es importante que lo sepas. Más tarde hablaré con el equipo para comunicárselo.
Acaba de despertar mi curiosidad.
—¿El qué? ¿Qué habéis hablado tú y él?
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