Read the book: «Las otras verdades»

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Reconocer que estoy atrapada.

Buscar salidas en mí y afuera.

Derribar mandatos sociales.

Sostener mi convicción.

Dar al deseo su valor.

Soltar mis miedos.

Creer en el amor.

Abrazar la incertidumbre.

Ganarle a la ansiedad del destino.

Ser yo “aquí y ahora”.

Partir hacia otro lugar.

Ver desde otra perspectiva.

Permitir que vivan en mí

Las otras verdades.




vera.romantica


vera.romantica



Para todas las mujeres que eligen no ser madres,

y también para aquellas que aman serlo.

Celebro este precioso tiempo de poder elegir.

Para mi tío, Oscar Giudici,

un hombre bueno que sabía amar y dar.

Te quedaste en mí. QEPD.

Para mis hijos, Miranda y Lorenzo, siempre.



Prólogo

No coincidir. Ausencia de acuerdo entre personas que se aman verdaderamente. Ser capaz de dar la vida por el otro, pero no poder compartir el mismo sueño. Sentir que es imposible ser parte de esa ilusión que los proyecta juntos en un escenario distinto al imaginado. Paradójica verdad. El absurdo sin límites al que pueden llegar las relaciones humanas. Dar vida, nombre y asunto al concepto de polos opuestos, líneas paralelas o lo que es lo mismo: problema sin solución. En determinadas cuestiones no hay zona de grises, la respuesta es sí o no. Sin variable, sin magia, sin mediación, sin mitad de camino para encontrarse y ceder en partes iguales en favor de acercar la distancia que separa. Pero amar, amar tanto y creer en ese amor. Sentir con desesperación la necesidad de encontrar la salida. Ver un muro donde se desean puertas, asomar a ventanas que dan al vacío, escuchar cómo los mandatos sociales gritan su mudo accionar silencioso y corrosivo. Saber de memoria las palabras no dichas, todavía, de quienes opinarán. Evitarlas.

Ser. Oírse. Llorar. Volver a pensar en lo mismo. Intentar explicar. Enfrentar una situación en la que valen todas las razones. Fracasar. Enojarse mucho, pero seguir amando con desmesura. Saber que ese amor es todavía más fuerte que al comienzo de la relación.

Desacuerdo que permanece incólume.

Palabras dulces que imaginan en voz alta lo que nuestra convicción rechaza al mismo tiempo. De pronto, lo imprevisible toma protagonismo y mezcla la unidad de medida del tiempo, de los vínculos y de la mismísima misión que nos reclama.

Perderse en una nube de dudas efímeras y confusión. Sentir el amor como un viento que nos llega por la espalda.

¿Qué hacer cuando la vida hace un nudo entre el presente que transcurría perfecto, a través de un día a día maravilloso, con una variable definitiva? ¿En qué instante el destino toma los comandos de la felicidad y lanza sobre ella la impetuosa desolación?

Aparece la palabra. Y es un interrogante. ¿Un paso en falso? ¿Una alternativa? Deconstruir: desmontar a través de un análisis intelectual una cierta estructura conceptual. Evidenciar ambigüedades, fallas, debilidades y contradicciones de una teoría. Demostrar las múltiples lecturas posibles.

¿Se puede deconstruir el amor?

Mi nombre es Isabella López Rivera y esta es mi historia. No es fácil sostener mi verdad y ser comprendida. Tampoco enfrentar lo que me sucedió, pero siento, me priorizo y aprendo a vivir a diario. Escucho la voz que hay en mí. Estoy segura de que el amor me define y me guía. A veces, ser una misma puede convertirse en la inesperada respuesta a las otras verdades que descubrí y que hoy decido contar.



CAPÍTULO 1
Atrapada

Quizá mis líneas tengan, en otros mundos, la innegable superioridad de un adjetivo feliz.

Adolfo Bioy Casares, 1948

BOGOTÁ, COLOMBIA

Atrapada

Así me siento y sé que no soy la única. Estoy encerrada en una ecuación vital cuya incógnita no existe. Conozco los términos. Sé la respuesta. La siento en mí. No necesito un motivo, aunque lo tengo. Alcanza con decir que soy la dueña de mi vida y que tengo el poder sobre mi presente y mi destino. Entonces aparece con su ingobernable sinsentido “el amor”, me atraviesa y me lastima. Define mi estado de ánimo y lloro porque después de haber superado momentos terribles, la diferencia irreconciliable parece ser lo único que hoy nos une. Escribo esta columna para todas las mujeres que, como yo, no saben qué hacer con tanto amor que se enfrenta lapidario a un conflicto, a posturas rivales, a una decisión, o debo decir: ¿A dos? En ese caso, ¿esto era todo? ¿Así finaliza una historia de amor, todavía amándose sin límites, solo por un imposible acuerdo? ¿Quién determina lo que debe ser? ¿Acaso ambos tenemos razón? Quiero una tregua. Irme de mí para no necesitar estar con él. Soy la última mamushka, pero la vida secuestró y amarró con una cuerda a la primera. A la grande, a la que protege a las demás. Y una a una, todas ellas, hasta llegar a la que soy, sienten la presión y el encierro; no se puede salir. Un nudo marino lo impide. Y yo estoy aparentemente entera en el aislamiento, pero más rota que nunca en la realidad que supone no ser libre. No puedo juntar mis pedazos porque no tengo la posibilidad de estrellarme contra la nada. ¿Es esta la prisión de los miedos? ¿Son estas las rejas cotidianas de los que sufren…?

Pausa. Manos quietas. Habían regresado las mamushkas a su inspiración.

Detuvo la escritura. Elevó su mirada buscando algo que no estaba allí. El simbolismo la asfixiaba. El poder de sus propias palabras la enredaba entre sus miedos y sus convicciones. Solo la imagen de una puerta cerrada y un candado se le venía encima. La asombró la naturaleza exacta de su inconsciente.

Isabella esbozaba el ensayo de las primeras líneas de su columna de opinión semanal. Su carrera iba en ascenso. Vivir con Matías Zach había sido el paraíso durante tres años. Con veintisiete ella y veintinueve él, se amaban, sin embargo, había llegado el inevitable “pero” que pone en crisis a todas las relaciones importantes en algún momento. El tema había tomado tal magnitud que era el tercero en discordia en la casa. Desde lo dicho y, también, desde el silencio subyacente. Era en las miradas, en las súplicas que no serían y en el encuentro mudo de sus cuerpos que preferían comunicarse sin causa. Hacer el amor era, paradójicamente, el único modo de sentirse cerca, porque allí, entre las sábanas, la razón dormía y dejaba espacio a lo que eran juntos en un escenario tan efímero como profundo. Todavía podían empujar fuera del dormitorio sus diferencias mientras duraba el placer. Aunque cada vez era más intenso el después, porque entonces, el silencio les gritaba la verdad de cada uno, y en sus ecos las posturas peleaban a matar o morir.

En ese contexto, el tono de llamada de su celular le robó su atención.

–Hola, Lucía.

–Hola, Isabella, tengo grandes noticias para ti. Sé que es tarde pero no puedo esperar a mañana –se la oía ansiosa y feliz; tenía la voz de los portadores de buenas noticias. No se había equivocado, su sexto sentido de editora había reconocido el potencial de Isabella desde el principio. Luego, la sensibilidad, entrega y talento de la joven, unidos a la columna de opinión dedicada a las mujeres, con su foto en primera página de la revista, se habían convertido en un éxito que se mezclaba y renacía con más fuerza en un mundo de lectoras que se multiplicaban diariamente. Isabella López Rivera era un estilo en sí misma. Una suerte de marca registrada. Su voz era la de muchas, y de todas sus columnas la titulada “Mamushkas” había sido, sin duda, su consagración. Luego, era inherente a ella llegar al nervio de los temas sobre los que escribía con una sensibilidad universal.

–¿Qué sucede? –preguntó sin demasiado entusiasmo. En ese momento escuchó que Matías había cerrado el grifo de la ducha.

–¡Nueva York!

–¿Nueva York?

–¡Sí!

–¿Por qué estás eufórica? Hasta donde yo sé, tú conoces esa ciudad y no creo que me llames para contarme que viajarás y que yo debo reemplazarte. Eso ya ha sucedido antes –agregó con una sonrisa. Habían logrado cierta confianza luego de compartir tiempo en la revista.

–Recibí una propuesta de trabajo… –comenzó a contarle Lucía.

En un primer momento, Isabella sintió una sensación egoísta. Solo eso le faltaba: cambios en su trabajo, cuando esa era el área que, en ese momento, funcionaba sin incertidumbre ni pesar. No quería más responsabilidades, aunque fueran temporales. De inmediato, quitó de su mente la idea inicial. Ella no era así.

–Dime –continuó–, te escucho.

–Bueno, no acepté.

–¿Entonces? No veo qué es lo que no pudo esperar hasta mañana. No me malinterpretes, aprecio la confianza y tu llamada, pero sigo sin comprender.

–Te he propuesto a ti, y luego de analizar tu trayectoria aceptaron. ¡Esa es la gran noticia! Serías directora editorial de una revista en Nueva York; hablas inglés a la perfección. Se llama To be me, tiene excelente tirada y distribución. Quieren una mujer creativa en el puesto. ¿Qué me dices? –Isabella se había quedado pensando en la traducción To be me o lo que era lo mismo: Ser yo, se parecía bastante a una señal. Siempre la unía a Lucía Juárez un hilo invisible que enlazaba su presente a sus indicaciones laborales. Esa no era una orden, pero ¿qué era? Justo en ese momento, ¿y Matías? ¿Estaba él incluido en el viaje? ¿Por qué pensaba en eso? Ni siquiera sabía si deseaba ir. No conocía la propuesta y su vida estaba a merced de un conflicto sin solución–. ¿Estás allí? –preguntó Lucía.

–Sí, claro, sigo aquí. No vivo mi mejor momento… perdóname. Se han mezclado varias cuestiones en mí.

–Quizá sea esta la respuesta para ordenar un poco el enredo, Bella –dijo con esa sabiduría emblemática que casi siempre definía su discurso. Hacía días que intuía inestabilidad en el ánimo de su protegida–. Hablaremos mañana en mi oficina. A primera hora. Debemos responder esta semana. Es una gran oportunidad para ti. No digas nada todavía.

–Bien. No lo haré porque ahora mismo mi respuesta sería un “no”.

–Justamente por eso te llamé, para que llegues a la conversación con otras opciones. Te conozco.

–Mejor que yo, tal vez –agregó–. Buenas noches.

El tiempo pareció detenerse. Isabella permaneció inmóvil observando el espacio sin fronteras que la habitaba. Necesitaba una señal, una brújula personal que la ubicara en el centro de sus emociones. Un beso en la frente la trajo de regreso.

–No me respondiste –dijo Matías. Evidentemente le había preguntado algo y ella no lo había escuchado. Lo miró, tenía un paquete en sus manos–. ¿Quieres abrir esta sorpresa que tengo para ti?

–Claro –seguía siendo él, dulce y protector. Traía un regalo pequeño, porque lo grande era su amor. Matías se acercaba desde otro lugar.

Isabella tomó el envoltorio rectangular y lo abrió. El impacto visual la llevó de inmediato a su infancia, pero también la enfrentó, con sorprendente claridad, a su vida adulta. Se trataba del ejemplar de Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll que había leído y amado cuando era niña. Desteñidos los colores de la portada y amarillentas sus páginas, lo acercó a su nariz y reconoció el olor del pasado. Cerró los ojos por un instante. Viajó en el tiempo y regresó.

–¿Dónde hallaste este libro? –preguntó con curiosidad.

–Yo no lo hice. Fue tu madre. Hoy estuve con ella y lo encontró mientras ordenaba su biblioteca. Me contó cuánto te gustaba de pequeña y entonces quise traerlo a nuestra casa. Fui yo quien lo envolvió –Matías solía ir a la casa de Gina y compartía con ella un café mientras conversaban; él no tenía madre y le encantaba escucharla. Consideraba que era cool, divertida y muy sabia. A Isabella le gustaba que se llevaran tan bien.

–¿Sabes que es considerada una de las mejores novelas del sinsentido? –preguntó haciendo caso omiso al relato doméstico ya que era habitual que él visitara a su madre, otro gesto por el que lo amaba más si eso era posible. Había leído y analizado la obra siendo adulta.

–Lo sé, por su simbología, su aparente locura y sus juegos lógicos –agregó–: Creo que será un texto inspirador para ti.

–¿Por qué?

–Porque es un real “sinsentido” todo lo que dices que nos separa.

–No lo digo yo, lo dicen los hechos. No quiero hablar ahora de eso, pero gracias… me quedo con el libro –no lo dijo, pero pensó en el paralelismo. La novela cuenta la historia de Alicia, una niña que al caer, de forma accidental, por un agujero llega a un peculiar mundo de criaturas con apariencia humana; una obra capaz de conquistar a seres de cualquier edad.

Abrió una página al azar y leyó: “O el pozo era muy profundo, o ella caía muy lentamente, porque mientras descendía le sobraba tiempo para mirar alrededor y preguntarse qué iría a pasar a continuación”. Definitivamente, soy Alicia, pensó.

–Te amo. Vamos a acostarnos. Es tarde –dijo Matías con una sonrisa. Ella accedió.

Sin hablar, sobre la suavidad de la cama, se fundieron en un abrazo silencioso. Ambos eligieron callar. Era mucha información para ponerla en palabras en ese momento.


CAPÍTULO 2
Makena

Recuerda mirar arriba, a las estrellas, y no abajo, a tus pies.

Intenta encontrar el sentido a lo que ves y pregúntate qué es lo que hace que el universo exista.

Stephen Hawking, 2012

BUENOS AIRES, ARGENTINA

María Paz Grimaldi observaba a su hija con la mirada orgullosa de siempre; por un instante únicamente su rostro precioso ocupó todos sus sentidos. Makena era una niña diferente –en verdad, cada ser lo es, irrepetible y único–, pero su origen y la energía que irradiaba desde que había llegado a la vida, marcaban su espiritualidad ancestral como una señal. Desde su brillante luz interior y su alegría genética, esa niña era puro fulgor en cada parte de su cuerpo y de su alma.

María Paz suponía que todas las madres veían a sus hijos como seres especiales, al tiempo que imaginaban futuros prometedores y, en muchos casos, las más egoístas posiblemente, los veían cumpliendo los propios sueños frustrados como si eso fuera una rara bendición. Sin embargo, no era su caso. Ella sabía con la certeza que le daban sus convicciones que su única hija tenía un propósito bien definido en la vida. Una suerte de misión que, desde muy temprana edad, se manifestaba en sus acciones y sus palabras. A veces, solo en la espontaneidad y la feliz expresión que regalaba su rostro.

Makena, con sus siete hermosos años, y una historia personal que conocía de boca de su madre desde que fue capaz de comenzar a comprender, era un ser que siempre entregaba, sin saberlo, lo que el otro necesitaba. Una magia inexplorada la guiaba.

María Paz veía en ella la definición de una historia de amor que había encontrado su mejor destino y le había dado la oportunidad de cumplir su deseo de ser madre.

La niña bailaba en su clase de hip hop entre otras compañeras. Y se destacaba. Era inevitable sentir la atracción de su ritmo como una invitación a mirarla. Su cabello afro, sujeto con un colorido pañuelo de seda, y sus movimientos naturalmente coordinados que dibujaban figuras en el aire eran poesía. Parecía que la destreza graciosa de su cuerpo latía la melodía esperando que la canción bailara para completar la imagen y no al revés. De pronto, dirigió sus ojos almendrados color miel hacia al lugar desde el que su mamá la miraba. Intercambiaron sonrisas. Makena era un sol.


Llegaron a su casa. María Paz ayudó a la niña con las tareas, y mientras Makena practicaba con su guitarra, llamó Beatriz.

–¡Hola, hija! ¿Cómo están?

–Bien, mamá. Makena toca la guitarra y canta, y yo termino de editar una entrevista –María Paz era periodista y trabajaba desde hacía varios años en un importante periódico nacional. Amaba su profesión.

–Dime, ¿qué es lo que te preocupa?

–¿Por qué lo dices?

–Conozco tu voz. Y sé, aunque no te vea, que algo sucede.

–La verdad es que no me pasa nada, pero sí.

–Explícate mejor.

–No ha ocurrido nada, pero siento algo que me oprime el pecho. Ya sabes, cómo cuando un presagio me alerta.

Beatriz, que sabía perfectamente la manera en que funcionaba ese don, sintió que un escalofrío la recorría entera.

–Pero ¿qué tipo de sensación es, hija?

–Es la que me angustia. La de un vacío que lo ocupa todo –respondió con honestidad. No le mentía a nadie, tampoco a su madre, ni siquiera para no preocuparla–. Maki y tú están bien. En mi trabajo no hay problemas. Eso es lo que peor me hace, saber que algo se anuncia y no tener idea de a quién afectará.

–Voy a llamar a tu hermana –dijo Beatriz pensando que quizá su otra hija fuera el motivo.

–Anoche hablé con ella, sabes cómo es Emilia, nada la toma por sorpresa. Tiene su vida planificada desde que nació. Es dueña de un hotel divino –dijo refiriéndose al Mushotoku–, y su matrimonio es perfecto.

–¡No exageres! Justo eso me preocupa.

–¿Qué?

–Que la vida me ha enseñado que nada es lo que parece. Además, la perfección no existe.

–Eso es verdad –omitió decir que lo había aprendido a la fuerza.

–Volviendo a tu angustia, sabemos que no es posible controlar estos presentimientos, solo debes estar tranquila y enfocarte en pensamientos positivos. Abraza a Makena, ella es un refugio.

–Lo sé, mamá. Tú me preguntaste por eso te lo conté. Eso haré; mi hija logra que no piense en nada que no sea bonito.

–Por favor, avísame cualquier novedad –hizo una pausa. Por un momento pensó si no se trataría de María Paz. Alejó las ideas tremendistas de su mente–. ¿Quieres que vaya? –agregó.

–No. No es necesario.

Se despidieron con el cariño de siempre.

María Paz tenía ese sexto sentido que la adelantaba en el tiempo desde muy joven. A sus treinta y seis años conocía de memoria todas las sensaciones que llegaban repentinamente y que eran la antesala de sucesos memorables y grandiosos, pero también de los otros, los preocupantes, o aquellos sin aparente solución, o simplemente dolorosos. Había aprendido a manejar su ansiedad y cuando algo así la invadía buscaba paz interior y le pedía a todos los dioses lo mejor para los involucrados. Luego, y desde que tenía a su hija, la abrazaba y pasaba tiempo con ella, hasta que el anuncio interior parecía fluir entre el amor que las unía.

–¡Mami! Quiero hacerlo hoy.

–¿Qué cosa, hija?

–Las estrellas, ¿recuerdas? –preguntó.

María Paz sabía de lo que hablaba. Días atrás había recibido un envío de Sudáfrica, proveniente del padre de la niña y de su familia, con varios obsequios. Entre ellos, veintitrés estrellas de diferentes tamaños y una luna llena. Tenían adhesivos para pegar sobre la pared y eran fluorescentes. De día, el tono era de color verde limón, pero en la oscuridad creaban la ilusión de un cielo nocturno perfecto.

–¿Quieres colocarlas ahora?

–Sí. ¿Me ayudas? Obi me dijo que por las noches, cuando las mire, será como si los dos estuviéramos bajo el mismo cielo, porque él colocará de la misma manera otras iguales en su habitación –la pequeña lo llamaba Obi o papá indistintamente porque decía que le gustaba su nombre.

María Paz sabía que Obi había dicho exactamente aquello en lo que creía. Era indiscutible que su manera de concebir la distancia y el tiempo era propia.

–¿Y cómo será eso? –preguntó de todas formas.

–Cuando hayamos terminado, le mostraré por videollamada y él copiará los lugares.

–Ha sido un gesto muy lindo –todo lo que Makena sabía de su padre era bueno y se relacionaba con el amor que sentía por ella. María Paz se encargaba a diario de que ese vínculo, por complicado que fuera, creciera en favor de una infancia feliz para su hija–. ¡Hagámoslo! ¿De qué forma quieres colocarlas?

–Una cada una, mamá. Y la luna llena allá –respondió mientras señalaba el ángulo de la pared de su habitación que mejor veía desde su cama. Debajo de él había una repisa repleta de muñecos de peluche de variados colores. Sobre su cama estaba Pepe, un guacamayo rojo, verde, amarillo, azul y naranja, que era su objeto de apego desde que tenía dos años.

Makena había heredado de su padre el optimismo, que era un factor común entre su gente, la aceptación de su realidad con una sonrisa y sin pesar alguno. Ella siempre estaba bien, nunca se quejaba, era creativa y muy divertida. Llevaba su alegría como una señal y se adaptaba a todas las situaciones. Su ascendencia sudafricana era incuestionable. Había algo implícito, y explícito cuando se necesitaba, de lucha en la comunidad afrodescendiente. Y eso se advertía a temprana edad, en sus pequeñas batallas diarias, en el hogar o en la escuela.

María Paz sabía que en ese país no era fácil sentirse sola, ni siquiera estar sola en el sentido literal de la palabra porque solían ser muchos de familia y reunirse. Sin embargo, Buenos Aires era algo muy diferente, y el amor vivido en Johannesburgo se había perdido entre el tiempo, la distancia y las intenciones fallidas. La mujer que la habitaba conocía, personalmente, a la soledad porteña. Su concepción del tiempo era otra, los años pasaban y podían medirse afuera de ella. El tiempo siempre ganaba.

Cuando todas las estrellas estuvieron colocadas, ambas salieron de la habitación. María Paz apagó la luz y cerró la puerta desde afuera para proteger la sorpresa. En ese momento un recuerdo acudió a su memoria y tuvo una idea.

En cuclillas, abrazó a su hija y besó su cabello. Se apartó lo suficiente y le dijo:

–Ahora debes prometerme algo.

–¿Qué?

–Mirarás el cielo, este o el otro, al menos una vez cada día.

–¿Por qué?

–Porque no es bueno concentrar nuestra atención solo en asuntos urbanos. Además, en el cielo hay respuestas lógicas y también intuición. Y tú, que llevas todo eso en ti, debes potenciarlo.

–No entiendo lo que dices.

–Tú eres especial y debes dedicar tiempo a sentir todo lo que eres –María Paz se dio cuenta de que, aunque su hija fuera inteligente, debía explicarle la idea de manera más simple–. Debes ser curiosa, viajar con tu imaginación, conocer, pensar en cosas que llamen tu atención. Maneja el tiempo y sácalo de tu camino cuando te moleste.

–Mami, cuando me aburro en la escuela ¡hago eso!

–¿Qué, exactamente?

–Dejo el tiempo afuera, me olvido de lo que falta para poder irme y espero.

–¿Qué esperas?

–Lo que sea que quiera.

–Bueno, de eso se trata. Recuerda esto: cada vez que mires este cielo o cualquier otro del mundo vas a descubrir algo nuevo. Cada estrella tendrá un secreto guardado para ti.

–¡En el otro cielo hay miles! –dijo como si fuera imposible que tantos secretos por descubrir esperaran por ella.

–¡Así es! Eso significa que nunca estarás sola. ¿Sabes por qué?

–No.

–Porque cada vez que descubras un secreto guardado en una estrella para ti, un ser mágico llegará a tu vida –dijo a media verdad–. Yo descubrí el mejor secreto y luego llegaste tú –confesó recordando aquella noche en África en la que el cielo le había dado una respuesta–. Tú me haces bien, mi amor. Cierra los ojos –pidió. Un instante después, Makena y su madre estaban paradas en el centro de la habitación–. ¡Ábrelos!

La niña escuchaba los ecos de las palabras de su madre mientras su corazón latía contento al compás de ese cielo perfecto que se desplegaba ante sus ojos. Miró fijamente una estrella como si esperara que una palabra cayera de allí. Permaneció en silencio concentrada por un espacio breve de tiempo. Luego, le hizo un guiño y sonrió.

–Tal vez mañana llegará a casa el perrito que te pedí porque esa estrella, la más pequeña –señaló–, acaba de decirme que así será; era su secreto guardado para mí –dijo, entusiasmada. Se mezclaban su inocencia y sus deseos.

Su madre le acarició el rostro, satisfecha. La niña había comprendido.

Entonces, el tiempo se detuvo en ese instante mágico que las envolvió de luz y sorpresa mientras recorrían con su mirada ese universo creado a la medida de los sueños de una niña que honraba su nombre. Makena, cuyo origen provenía de la tribu Kikuyu, de Kenia, significaba “feliz”.

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Volume:
411 p. 20 illustrations
ISBN:
9789877477337
Publishers:
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Bookwire
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