Read the book: «Los hijos del capitán Grant»
Título original: Les enfants du Capitaine Grant
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO336
ISBN: 9788491871514
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
PRIMERA PARTE I. BALANCE FISH
II. LOS TRES DOCUMENTOS
III. MALCOLM CASTLE
IV. UNA PROPOSICIÓN DE LADY GLENARVAN
V. LA PARTIDA DEL DUNCAN
VI. EL PASAJERO DEL CAMAROTE NÚMERO SEIS
VII. DE DÓNDE VIENE Y ADÓNDE VA SANTIAGO PAGANEL
VIII. UN BUEN SUJETO MÁS A BORDO DEL DUNCAN
IX. EL ESTRECHO DE MAGALLANES
X. EL PARALELO 37
XI. TRAVESÍA DE CHILE
XII. A DOS MIL PIES DE ALTURA
XIII. DESCENSO DE LA CORDILLERA
XIV. UN TIRO PROVIDENCIAL
XV. EL ESPAÑOL DE SANTIAGO PAGANEL
XVI. EL RÍO COLORADO
XVII. LAS PAMPAS
XVIII. EN BUSCA DE AGUA
XIX. LOS LOBOS ROJOS
XX. LAS LLANURAS ARGENTINAS
XXI. EL «FUERTE INDEPENDENCIA»
XXII. LA AVENIDA
XXIII. EN EL QUE SE HACE VIDA DE PÁJARO
XXIV. EN EL QUE SE SIGUE HACIENDO VIDA DE PÁJARO
XXV. ENTRE EL FUEGO Y EL AGUA
XXVI. EL ATLÁNTICO
SEGUNDA PARTE. I. LA VUELTA A BORDO
II. TRISTÁN DA CUNHA
III. LA ISLA DE AMSTERDAM
IV. LAS APUESTAS DE SANTIAGO PAGANEL Y DEL MAYOR MAC NABBS
V. LAS CÓLERAS DEL OCÉANO ÍNDICO
VI. EL CABO BERNOUILLE
VII. AYRTON
VIII. LA PARTIDA
IX. LA PROVINCIA DE VICTORIA
X. WIMERRA RIVER
XI. BURKE Y STUART
XII. EL RAILWAY DE MELBURNE A SANDHURST
XIII. UN PRIMER PREMIO DE GEOGRAFÍA
XIV. LAS MINAS DEL MONTE ALEJANDRO
XV. AUSTRALIAN AND NEW ZEALAND GAZETTE
XVI. EN EL QUE EL MAYOR SOSTIENE QUE SON MONOS
XVII. LOS COLONOS MILLONARIOS
XVIII. LOS ALPES AUSTRALIANOS
XIX. GOLPE TEATRAL
XX. ALAND ZEALAND
XXI. CUATRO DÍAS DE ANGUSTIA
XXII. EDÉN
TERCERA PARTE. I. EL MACQUARIE
II. EL PASADO DEL PAÍS A DONDE VAN
III. LAS MATANZAS DE NUEVA ZELANDA
IV. LOS ROMPIENTES
V. LOS MARINEROS IMPROVISADOS
VI. EN QUE SE TRATA TEÓRICAMENTE DEL CANIBALISMO
VII. EN QUE SE LLEGA AL FIN A LA TIERRA DE QUE CONVENÍA HUIR
VIII. EL PRESIDENTE DEL PAÍS EN QUE ESTÁN
IX. TREINTA MILLAS AL NORTE
X. EL RÍO NACIONAL
XI. EL LAGO TAUPO
XII. LOS FUNERALES DE UN JEFE MAORÍ
XIII. LAS ÚLTIMAS HORAS
XIV. LA MONTAÑA DEL TABÚ
XV. LOS GRANDES MEDIOS DE PAGANEL
XVI. ENTRE DOS FUEGOS
XVII. POR QUÉ CRUZABA EL DUNCAN POR LA COSTA DE LEVANTE DE NUEVA ZELANDA
XVIII. ¿AYRTON O BEN JOYCE?
XIX. UNA TRANSACCIÓN
XX. UN GRITO EN LA NOCHE
XXI. LA ISLA TABOR
XXII. LA ÚLTIMA DISTRACCIÓN DE SANTIAGO PAGANEL
NOTAS


PRIMERA PARTE
I
BALANCE FISH
El 26 de julio de 1894, un magnífico yate, favorecido por un nordeste bastante fresco, surcaba a todo vapor las aguas del canal del Norte. En su palo de mesana flotaba el pabellón de Inglaterra, y en el tope del palo mayor una grímpola azul con las iniciales E. G., bordadas en oro debajo de una corona ducal. El yate, que se llamaba el Duncan, era propiedad de lord Glenarvan, uno de los dieciséis pares escoceses que tienen asiento en la cámara alta, y el miembro más distinguido del Royal Thames Yacht Club, tan célebre en todo el Reino Unido.
Lord Edward Glenarvan se encontraba a bordo con lady Elena, su joven esposa, y con el mayor Mac Nabbs, uno de sus primos.
El Duncan, recién salido del astillero, maniobraba para regresar a Glasgow, no habiendo hecho más que dar un paseo por vía de ensayo a algunas millas fuera del golfo del Clyde.
Cuando ya la isla de Arren se bosquejaba en el horizonte, el vigía señaló un pez enorme que seguía el curso del buque. El capitán, John Mangles, puso inmediatamente en conocimiento de lord Edward el aviso del vigía. El lord subió a la toldilla acompañado del mayor Mac Nabbs, y preguntó al capitán cuál era su opinión acerca de aquel animalazo.
—Creo, Milord —respondió John Mangles—, que es un marrajo de buen tamaño.
—¡Un marrajo en estos sitios! —exclamó Glenarvan.
—Nada tiene de particular —replicó el capitán—. El marrajo pertenece a una especie de tiburones que se encuentran en todos los mares y en todas las latitudes, y mucho me engaño si no vamos a tener que bregar con un balance fish1. Si Vuestro Honor consiente en ello y lady Glenarvan tiene gusto en presenciar una pesca curiosa, pronto sabremos a qué atenernos.
—¿Qué os parece, Mac Nabbs? —dijo lord Glenarvan al mayor—. ¿Intentamos la aventura?
—Me parece lo que a vos os parezca —respondió flemáticamente el mayor.
—Además —repuso John Mangles—, siempre conviene disminuir el número de tan terribles animales. Aprovechemos la ocasión, y si place a Vuestro Honor, haremos una buena acción al mismo tiempo que nos proporcionaremos un espectáculo.
—Manos a la obra, John —dijo lord Glenarvan.
Mandó avisar a lady Elena, que subió también a la toldilla, con mucho afán de ser testigo de aquella pesca conmovedora.
El mar estaba magnífico, pudiendo fácilmente seguirse con la vista las rápidas evoluciones del escualo, que tan pronto se sumergía como subía a la superficie con un vigor sorprendente. John Mangles dio sus órdenes. Los marineros echaron por la borda de estribor un volantín compuesto de un cordel muy recio, y un pedazo de grueso alambre de latón quemado que es lo que constituía el codal, del que estaba atado un anzuelo sumamente grande y fuerte que se cebó con un enorme trozo de tocino. El tiburón, no obstante hallarse a una distancia de 50 yardas, sintió caer y olió el cebo que a su voracidad se ofrecía. Se acercó rápidamente al yate. Veíase su aleta dorsal sobrenadar en el agua como una vela latina, mientras sus aletas natatorias, cenicientas en su punta y negras en su base, hendían las olas con violencia, manteniendo su rumbo, por medio de su apéndice caudal, en una línea rigurosamente recta. A medida que se acercaba al cebo, sus ojos grandes y saltones parecían inflamados por el ansia, y cuando se volvía, sus mandíbulas abiertas descubrían una cuádruple hilera de dientes triangulares como los de una sierra. Su cabeza era ancha y estaba dispuesta como un martillo doble en el extremo de un mango. No se había engañado John Mangles; aquel tiburón pertenecía a una de las variedades más voraces de la familia de los escualos; era el pez-balanza de los ingleses, el pez-judío de los provenzales.

Los pasajeros y marineros del Duncan seguían con la más viva atención los movimientos del marrajo. Muy pronto llegó éste al alcance del cebo, se volvió en posición supina para cogerlo, pues de otro modo le hubiera sido imposible por la disposición especial de sus quijadas, y se lo tragó entero. Él mismo se clavó, sacudiendo violentamente el aparejo, pasado con prevención por una candaliza en un extremo de una de las vergas del palo mayor.
El animal se defendió con energía viendo que se le arrancaba de su natural elemento. Pero se le sorteó, se le fatigó y, hallándose ya rendido, se le pasó por la cola una cuerda con un nudo corredizo, se le subió hasta la borda y cayó desplomado sobre la cubierta. Un marinero, acercándose a él no sin precaución, le cortó de un hachazo la formidable cola.
Después de este golpe de gracia, quedó la pesca concluida. El monstruo no inspiraba ya ningún recelo; pero la curiosidad de los marineros no quedaba satisfecha, aunque lo estaba ya su venganza. A bordo es costumbre registrar cuidadosamente el bandullo de los tiburones. La gente de mar, que conoce su voracidad poco delicada, espera siempre de la autopsia alguna sorpresa, y no siempre resulta burlada su esperanza.
Lady Glenarvan no quiso presenciar aquella inspección cadavérica, y se volvió a la toldilla. El tiburón estaba aún en las convulsiones de la agonía. Tenía una longitud de 40 pies y pesaba más de 600 libras. No eran una dimensión y un peso extraordinarios, aunque el marrajo no está clasificado entre los gigantes de su especie. Es, empero, uno de los más temibles.
El enorme escualo fue abierto a hachazos, sin más ceremonias. Tenía hincado el anzuelo en el estómago, y éste estaba enteramente vacío. Se conoce que el animal ayunaba desde mucho tiempo. Iban ya los marineros a echar al mar sus despojos, cuando llamó la atención del contramaestre una especie de infarto, un objeto sólidamente atascado en los intestinos.
—¿Qué diablos será eso? —exclamó.
—Un pedazo de roca —respondió el marinero—, que se habría tragado el pícaro para lastrarse.
—Yo creo —dijo otro— que es una bala que el tunante recibió en el vientre, y no habrá podido digerirla.
—Callad todos —replicó Tom Austin, segundo del yate—, ¿no veis que el tunante era un borracho perdido, y que en su ansia de beber no sólo apuró el vino sino que se tragó la botella?
—¡Cómo! —exclamó lord Glenarvan—. ¿Es una botella lo que tiene en la tripa?
—Una verdadera botella —respondió el contramaestre—. Pero bien se conoce que no acaba de salir de la bodega.
—Pues bien, Tom —repuso lord Edward—, sáquela con precaución, procurando que no se rompa, pues las botellas que se encuentran en el mar suelen contener documentos preciosos.
—¿Creéis...? —dijo el mayor Mac Nabbs.
—Creo, por lo menos, que puede contenerlos.
—No digo lo contrario —respondió el mayor—, acaso sorprendamos un secreto.
—Pronto saldremos de dudas —dijo Glenarvan—. ¿La has sacado ya, Tom?

—¡Cómo! —exclamó lord Glenarvan—. ¿Es una botella lo que tiene en la tripa?
—Sí, Milord —respondió el segundo, mostrando un objeto informe que, no sin bastante trabajo, acababa de extraer de las entrañas del marrajo.
—Bueno —dijo Glenarvan—, haced que la laven y la lleven a la cámara de popa.
Así se hizo, y aquella botella, que fue hallada de una manera tan singular, se puso encima de una mesa a cuyo alrededor se sentaron lord Glenarvan, el mayor Mac Nabbs, el capitán John Mangles y lady Elena, que, a fuer de mujer, era un poco curiosa.
En el mar, lo más insignificante es un acontecimiento. Hubo un momento de silencio, durante el cual todos interrogaban aquel frágil resto de naufragio. ¿Había en él todo el secreto de un gran desastre, o no había más que un mensaje insignificante confiado al capricho de las olas por algún navegante desocupado?
Preciso era saber a qué atenerse, y Glenarvan, sin aguardar más, procedió al examen de la botella, tomando todas las precauciones apetecibles en semejante circunstancia. Hubiérase dicho que era un tormer2 que desentrañaba todas las particularidades de un gravísimo asunto. Y la escrupulosidad de Glenarvan era racional y justa, porque el indicio más insignificante en apariencia podía ponerle en camino de un importante descubrimiento.

Antes de proceder al examen interior de la botella, se la examinó exteriormente. Tenía el cuello delgado, en cuyo extremo o gollete sumamente reforzado había aún un pedazo de alambre completamente oxidado y muy quebradizo. Sus paredes, muy gruesas, capaces de resistir la presión de muchas atmósferas, denunciaban su procedencia, sin que se pudiese poner en duda que había sido una botella de champaña. Con botellas como aquélla, los viñadores de Aix y de Epernay rompen palos de sillas sin que ellas se quiebren. Así, pues, la que se sacó de las vísceras del marrajo había podido soportar impunemente los azares de una larga travesía.
—Una botella de «Clicquot» —dijo sencillamente el mayor.
Y como debía conocerlas bien por las muchas que había vaciado, su afirmación fue aceptada sin discusión.
—Mi querido mayor —respondió lady Elena—, poco importa de dónde sea esta botella, si no sabemos de dónde viene.
—Todo se andará, mi querida Elena —dijo lord Edward—, y por de pronto ya podemos afirmar que viene de lejos. ¡Mirad las materias petrificadas que la cubren, estas sustancias mineralizadas, si así puede decirse, por la acción del agua del mar! ¡Este resto de naufragio había permanecido mucho tiempo en el océano antes de sepultarse en el vientre de un tiburón!
—No puedo dejar de opinar lo mismo —respondió el mayor—; ese vaso, tan frágil como es, protegido por la capa pétrea que lo cubre, ha podido estar viajando durante mucho tiempo.
—Pero ¿de dónde viene? —preguntó lady Glenarvan.
—Esperad, mi querida Elena, esperad; las botellas requieren paciencia. O mucho me engaño o ésta va a responder ella misma a todas nuestras preguntas.
Y diciendo esto, Glenarvan empezó a raspar las materias duras que protegían el gollete, apareciendo luego el tapón, aunque muy deteriorado por el agua del mar.
—¡Circunstancia fatal! —dijo Glenarvan—, porque si encontramos dentro algún papel, lo encontraremos en muy mal estado!
—Es de temer —replicó el mayor.
—Añadiré —repuso Glenarvan— que esta botella, mal tapada como está, no podía tardar mucho en irse al fondo, por lo que ha sido una suerte que un tiburón la haya tragado para traerla a bordo del Duncan.
—Sin duda alguna —respondió John Mangles—, y, sin embargo, mejor hubiera sido pescarla en alta mar, en una longitud y latitud bien determinadas. Entonces, estudiando retrospectivamente a posteriori las corrientes atmosféricas y marítimas, habríamos podido reconocer el camino recorrido; pero con un cartero como éste, con esos tiburones que marchan contra viento y marea, no podemos saber a qué atenernos.
—La botella misma nos lo dirá —respondió Glenarvan.
En aquel momento sacaba el tapón con la mayor delicadeza, y se esparció por la cámara de popa un fuerte olor salino.
—¿Y qué? —preguntó con femenil impaciencia lady Elena.
—¡Sí! —dijo Glenarvan—. ¡No me engañaba! ¡Contiene papeles!
—¡Documentos! ¡Documentos! —exclamó lady Elena.
—Sólo que —respondió Glenarvan— parecen muy deteriorados por la humedad y es imposible sacarlos por lo muy pegados que están a las paredes de la botella.
—Rompámosla —dijo Mac Nabbs.
—Preferiría conservarla intacta —replicó Glenarvan.
—Lo mismo digo — añadió el mayor.
—Sin duda —dijo lady Elena—, pero el contenido vale más que el continente y éste debe sacrificarse a aquél.

Glenarvan sacó los documentos con precaución.
—Con que Vuestro Honor rompa nada más que el gollete —dijo John Mangles—, se podrá sacar el documento sin echarlo a perder.
—¡Veamos! ¡Veamos, mi querido Edward! —exclamó lady Glenarvan.
Difícil era proceder de otro modo, por lo que lord Glenarvan se decidió a romper el gollete de la preciosa botella. Tuvo al efecto que valerse de un martillo, porque la capa pétrea había adquirido la dureza del pedernal. No tardaron los pedazos en caer sobre la mesa, y entonces se vieron muchos fragmentos de papel adheridos entre sí. Glenarvan los sacó con precaución, los separó, y los fue colocando uno al lado de otro, mientras lady Elena, el mayor y el capitán se agrupaban en torno suyo.
II
LOS TRES DOCUMENTOS
Aquellos pedazos de papel, medio destruidos por el agua, no permitían distinguir más que algunas palabras sueltas, restos indescifrables de líneas casi enteramente borradas. Lord Glenarvan los examinó durante algunos minutos con la mayor atención; les dio vueltas en todos los sentidos; los miró a la más viva luz del día; observó los más insignificantes vestigios de palabras respetadas por el mar, y luego miró a sus amigos que le contemplaban con ansiedad e impaciencia.
—Hay aquí —dijo— tres documentos distintos, y es verosímil que sean los tres copias del mismo documento, traducido en tres lenguas diferentes, en inglés, francés y alemán. Acerca del particular ninguna duda me dejan las pocas palabras que han resistido a la acción del agua.
—Pero ¿estas palabras tienen siquiera sentido? —preguntó lady Glenarvan.
—Difícil es decirlo, mi querida Elena; las palabras trazadas en estos documentos son muy incompletas.
—Tal vez se completen unas con otras —dijo el mayor.
—Así debe ser —respondió John Mangles—. Es imposible que el agua del mar haya roído los tres documentos precisamente en el mismo punto. Uniendo esos restos de frases encontraremos un sentido inteligible.
—Eso haremos —dijo lord Glenarvan—, pero procedamos con método. Veamos primero el documento inglés.
Este documento presentaba la siguiente disposición de líneas y palabras:

—Eso no significa gran cosa —dijo el mayor con desaliento.
—Como quiera que sea —respondió el capitán—, está en buen inglés.
—En muy buen inglés —dijo lord Glenarvan—; las palabras sink, aland, that, and, lost, están intactas; skripp forma la palabra skripper, y se trata de un señor Gr..., que es probablemente el capitán de un buque náufrago1.
—Añádase —dijo John Mangles— las palabras monit y ssistance, cuya interpretación es evidente.
—Eso ya es algo —dijo lady Elena.
—Desgraciadamente —respondió el mayor— nos faltan líneas enteras. ¿Cómo encontrar el nombre del buque y el lugar del naufragio?
—Lo encontraremos —dijo lord Edward.
—Sin duda alguna —replicó el mayor, que era invariablemente del parecer de todo el mundo—; pero ¿de qué manera?
—Completando un documento con otro.
—¡Procurémoslo, pues! —exclamó lady Elena.
El segundo trozo de papel, más deteriorado aún que el precedente, no ofrecía más que palabras aisladas, dispuestas como sigue:

bring ihnen
—Esto está escrito en alemán —dijo John Mangles, apenas miró el papel.
—¿Conocéis esa lengua, John? —preguntó Glenarvan.
—A la perfección, Milord.
—Decidnos, pues, lo que estas palabras significan.
El capitán examinó el documento con atención, y se expresó en los siguientes términos:
—Por de pronto tenemos ya la fecha del acontecimiento: 7 juni quiere decir 7 de junio, y aproximando esta cifra al 62 que nos ha suministrado el documento inglés, tenemos la fecha completa: 7 de junio de 1862.
—Muy bien —exclamó lady Elena—; proseguid, John.
—En la misma línea —repuso el joven capitán—, encuentro la palabra Glas, que acercándola a la palabra gow, suministrada por el primer documento, nos da Glasgow. Se trata, pues, de un buque de Glasgow.
—Opino lo mismo —respondió el mayor.
—La segunda línea del documento falta enteramente —prosiguió John Mangles—. Pero en la tercera encuentro dos palabras importantes: zwei, que quiere decir dos, y atrossen o matrossen, que significa en alemán marineros.
—Así, pues —dijo lady Elena—, ¿se trata de un capitán y dos marineros?
—Probablemente —respondió lord Glenarvan.
—Confieso francamente a Vuestro Honor —repuso el capitán—, que la siguiente palabra graus es para mí ininteligible. No sé cómo traducirla. Acaso nos la haga comprender el tercer documento. En cuanto a las dos últimas palabras se explican sin dificultad alguna. Bring ihnen significa prestadles, y si estos dos vocablos se acercan al inglés que se encuentra como ellos en la séptima línea del primer documento, es decir, a la palabra assistance, la frase prestadles socorro se comprende naturalmente.
—¡Sí, prestadles socorro! —dijo Glenarvan—. Pero ¿dónde se hallan esos desgraciados? Hasta ahora no tenemos una sola indicación de lugar, y el teatro de la catástrofe es absolutamente desconocido.
—Es de creer que el documento francés sea más explícito —dijo lady Elena.
—Veamos el documento francés —respondió Glenarvan—, y como se trata de una lengua que todos conocemos, nuestras investigaciones serán más fáciles.
He aquí el facsímil exacto del tercer documento.

—¡Hay cifras! —exclamó lady Elena—. ¡Mirad, señores! ¡Mirad!
—Procedamos con orden —dijo lord Glenarvan—, y empecemos por el principio. Permitidme analizar una a una estas palabras dispersas e incompletas. Lo primero que veo es que se trata de un buque de tres palos, cuyo nombre, gracias a los documentos inglés y francés, sabemos que es Britannia. La última de las dos palabras siguientes, gonie y austral, es la única que tiene una significación que comprendemos todos.
—Pues es un dato precioso —respondió John Mangles—; el naufragio ha ocurrido en el hemisferio austral.
—Lo que es muy vago —dijo el mayor.
—Prosigo —añadió Glenarvan—. ¡Ah! La palabra abor, radical del verbo abordar. Los desgraciados han abordado en alguna parte. ¿Pero dónde? ¡Contin! ¿En un continente? ¡Cruel!
—¡Cruel! —exclamó John Mangles—. Ya tenemos explicada la palabra alemana graus..., grausam..., cruel.
—¡Adelante! —dijo Glenarvan, cuya ansiedad aumentaba a medida que iba encontrando el sentido de las palabras incompletas—. Indi... ¿Será la India el país a que han sido arrojados los desventurados náufragos? ¿Qué significa la palabra ongit? ¡Ah! ¡Longitud! Y he aquí la latitud: treinta y siete grados once minutos. En fin, tenemos ya una indicación preciosa.
—Pero desconocemos la longitud —dijo Mac Nabbs.
—No se puede tener todo, mi querido mayor —respondió Glenarvan—, y algo tenemos conociendo el grado exacto de latitud. Decididamente, el más completo de los tres documentos es el francés. Es evidente que el uno era la traducción literal del otro, pues contienen todos el mismo número de líneas. Ahora es, pues, preciso reunir los tres, traducirlos a una sola lengua y buscar el sentido más probable, más lógico y explícito.
—¿Vais —preguntó el mayor— a hacer la traducción en francés, en inglés o en alemán?
—En francés —respondió Glenarvan—, ya que en francés están la mayor parte de las palabras interesantes que se han conservado.
—Vuestro Honor tiene razón —dijo John Mangles—, y además, con el francés estamos familiarizados todos.
—Convenido. Voy a escribir el documento reuniendo estos restos de palabras y frases truncadas, respetando los intervalos que las separan y empleando aquellas cuyo sentido no puede ser dudoso. Después compararemos y juzgaremos.
Glenarvan tomó la pluma, y poco después presentó a sus amigos un papel en que había trazado las siguientes líneas:
En aquel momento un marinero manifestó al capitán que el Duncan entraba en el golfo de Clyde, y que esperaba sus órdenes.
—¿Cuáles son los deseos de Vuestro Honor? —preguntó John Mangles a Glenarvan.
—Llegar a Dumbarton cuanto antes, John, y mientras lady Elena vuelve a Malcolm Castle, me trasladaré yo a Londres para presentar este documento al Almirantazgo.
John Mangles dio las órdenes oportunas, y el marinero las transmitió al segundo.
—Ahora, amigos —dijo Glenarvan—, continuemos nuestras investigaciones. Estamos siguiendo las huellas a una gran catástrofe. De nuestra sagacidad depende la vida de algunos hombres. Empleemos toda nuestra inteligencia en encontrar la clave de este enigma.
—Estamos prontos, mi querido Edward —respondió lady Elena.
—Tres cosas bien distintas —repuso Glenarvan— hay que considerar en este documento; 1.o, lo que se sabe; 2.o, lo que se puede conjeturar, y 3.o, lo que se ignora absolutamente. ¿Qué sabemos? Sabemos que el 7 de junio de 1862 un buque de tres palos, corbeta o fragata, la Britannia, de Glasgow, zozobró; que dos marineros y el capitán arrojaron este documento al mar a los 37° 11’ de latitud, y que piden auxilio.
—Perfectamente —dijo el mayor.
—¿Qué podemos conjeturar? —prosiguió Glenarvan—. Que el naufragio ocurrió en los mares australes, y luego llamaré vuestra atención sobre la palabra gonia que parece indicar por sí sola el nombre del país a que pertenece.
—¡La Patagonia! —exclamó lady Elena.
—Sin duda.
—¿Pero la Patagonia está atravesada por el 37° paralelo? —preguntó el mayor.
—Vamos a verlo —respondió John Mangles sacando un mapa de América meridional—. El paralelo 37° toca de refilón la Patagonia, corta la Araucania, sigue atravesando las pampas, el norte de las sierras patagónicas y se pierde en el Atlántico.
—Bien. Continuemos nuestras conjeturas. Los dos marineros y el capitán abor... ¿Abordan qué? Contin..., el continente; fijad bien vuestra atención, un continente, no es una isla. ¿Qué es de ellos? Tenemos dos letras providenciales pr..., que os dicen cuál es su suerte. Los desgraciados están presos o prisioneros. ¿De quién? De crueles indios. ¿Estáis convencidos? ¿En los espacios vacíos no parece que se colocan por sí solas las palabras con que los llenamos? ¿No veis ya disipadas en su mayor parte las tinieblas que oscurecían el documento? ¿No se ha derramado sobre él gran acopio de luz?
Glenarvan hablaba con convicción. Se leía en sus ojos una confianza absoluta, y su entusiasmo se comunicó a su auditorio.
—¡Es evidente! ¡Es evidente! —exclamaron todos.
Lord Edward, después de una pausa, dijo:
—Todas estas hipótesis, amigos míos, me parecen muy plausibles. La catástrofe, en mi concepto, ha ocurrido en las costas de la Patagonia. Para mayor seguridad, haré averiguar en Glasgow cuál era el destino del Britannia, y sabremos si pudo ser arrastrado a aquellas aguas.
—¡Oh! No tenemos necesidad de ir a preguntar tan lejos —respondió John Mangles—. Tengo aquí la colección de la Mercantile and Shipping Gazette, que nos suministrará indicaciones precisas.
—¡Veamos! ¡Veamos! —dijo lady Glenarvan.
John Mangles tomó un lío de periódicos del año 1862 y empezó a hojearlos rápidamente. No tuvo que estar buscando mucho rato, pues muy pronto dijo con acento de satisfacción:
—¡Treinta de mayo de 1862! ¡Perú! ¡El Callao, a la carga para Glasgow, la fragata Britannia, capitán Grant!
—¡Grant! —exclamó lord Glenarvan—. ¡El valiente escocés que quiso fundar una Nueva Escocia en los mares del Pacífico!
—Sí —respondió John Mangles—. El mismo que en 1861 se embarcó en Glasgow en la Britannia, y del cual no se ha vuelto a tener noticia alguna.
—¡No cabe duda! ¡No cabe duda! —dijo Glenarvan—. Él es. La Britannia salió de El Callao el 30 de mayo, y el 7 de junio, ocho días después de zarpar de aquel puerto, se perdió en las costas de la Patagonia. He aquí su historia toda entera en estas palabras truncadas que parecían indescifrables. Ya lo veis, amigos míos; nuestras conjeturas eran importantes. En cuanto a lo que no sabemos, se reduce únicamente al grado de longitud.
—No nos hace ninguna falta —respondió John Mangles—, puesto que el país es conocido, con la latitud sola no tendría ningún inconveniente en encargarme de ir derecho al teatro del naufragio.
—¿Lo sabemos, pues, todo? —dijo lady Glenarvan.
—Todo, mi querida Elena; y los espacios que el mar ha dejado en blanco entre las palabras del documento se llenarán sin dificultad, como voy a hacerlo, y con tanta exactitud como si el propio capitán Grant dictase.
«El 7 de junio de 1862, la fragata Britannia de Glasgow zozobró en las costas de la Patagonia en el hemisferio austral. Dirigiéndose a tierra, dos marineros y el capitán Grant intentaron abordar el continente donde fueron hechos prisioneros de unos crueles indios.
Han arrojado este documento a los grados de longitud y 37° 11’ de latitud.
Socorredles o están perdidos.»
—¡Bien! ¡Bien, mi querido Edward! —dijo lady Elena—. Si esos desgraciados vuelven a su patria, a vos deberán esta inefable dicha.
—Volverán —exclamó Edward—. Este documento es demasiado explícito, demasiado claro y demasiado cierto para que vacile Inglaterra en volar al socorro de tres de sus hijos abandonados en una costa desierta. Lo que ha hecho por Franklin y tantos otros, lo hará también por los náufragos de la Britannia.
—Pero esos pobres desgraciados —repuso entonces lady Elena— tienen sin duda una familia que llora su desventura. Tal vez ese pobre capitán Grant tiene una mujer, tiene hijos...
—Tenéis razón, mi querida lady, yo me encargo de hacer llegar a su conocimiento que no está aún perdida toda su esperanza. Ahora, amigos míos, subamos a la toldilla, porque debemos estar cerca del puerto.

En efecto, el Duncan había forzado el vapor, y en aquel momento costeaba la isla de Bute, dejando a estribor Rothesay, con su encantadora ciudad acostada en su fértil valle. Después entró en el golfo, evolucionó delante de Greenock, y a las seis de la tarde fondeó al pie de la roca basáltica de Dumbarton, coronada por el célebre castillo de Wallace, el héroe querido de Escocia.
Allí, un coche de camino aguardaba a lady Elena para llevarla a Malcolm Castle, con el mayor Mac Nabbs. Después de abrazar a su esposa, lord Glenarvan partió hacia Londres en el tren directo de Glasgow.
Pero antes de marchar había confiado una nota importante a otro agente más rápido, y el telégrafo eléctrico, pocos momentos después, comunicaba al Times y al Morning Chronicle el siguiente anuncio que insertaron en sus columnas: