Read the book: «La crisis económica en España»

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© Josep Oliver Alonso, 2017.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO139

ISBN: 9788490569061

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

Preámbulo: 1997-2017, auge y caída de...

Primera parte. El marco de la expansión...

1. Clima intelectual y endeudamiento en...

2. La traducción española de las fuerzas en presencia...

Segunda parte. Una crisis en dos etapas...

3. El colapso de Lehman Brothers y...

4. ¿Demasiado poco demasiado tarde?...

5. Del verano de 2011 al verano de 2012...

6. La solidaridad europea final...

Tercera parte. La recuperación 2013-2017...

7. Del colapso a la recuperación...

8. Vientos de cola exteriores y reformas internas

9. Balance final 2007-2017...

Lecciones de la expansión y la crisis...

Siglas y convenciones

Bibliografía

PARA LAURA Y MARIONA EN MENDOZA Y BARCELONA: IMBORRABLES RECUERDOS, INOLVIDABLES MEMORIAS, IMPOSIBLES OLVIDOS.

PREÁMBULO
1997-2017, AUGE Y CAÍDA DE LA DEUDA EN ESPAÑA

El texto que el lector tiene en sus manos pretende sintetizar la dinámica de la economía española de la última década, sus problemas y los retos generados en la crisis y la recuperación. No ha sido fácil elaborar una narrativa que permita evaluar este complejo período. Y ello porque debía combinar, necesariamente, análisis económico riguroso con el estudio de las interacciones entre política y economía en España y entre la española y la comunitaria. Además, aderezado con la necesaria información estadística. Porque, en la generación de nuestros problemas de endeudamiento, su devenir en la crisis y la situación actual, es obligado ser prolijo en el detalle de sus magnitudes. Y, por descontado, su lectura debería ser atractiva.

Aunque esta haya sido la pretensión, no es evidente que se haya conseguido. Y no solo por la ambición de esas razones. Sino porque componer una visión sinóptica de las causas, consecuencias y resultados de esos extraordinarios diez últimos años no es simple. En particular, porque la tesis que aquí se defiende va a contracorriente del consenso dominante en España. Según este, y tras el choque de Lehman Brothers, ya que no podíamos impulsar en solitario la demanda, su empuje debería haber correspondido a la eurozona, o al conjunto de la Unión Europea (UE). Es una opinión que, lógicamente, entiendo e incluso comparto. El problema radica en que se basa en una percepción irreal, deseable pero utópica, del proyecto europeo y, en concreto, de su situación en 2008-2013. Por tanto, en el caso de poder obtener solidaridad europea, esta se condicionaría a la resolución de los problemas de competitividad y de deuda acumulados.

Con este marco conceptual, el corolario inevitable indicaba que España debía afrontar ineluctablemente, con todas las penalidades que ello comportaba, la corrección de sus desequilibrios de endeudamiento, hipertrofia de sectores poco productivos, pérdidas de competitividad y elevados déficit y deuda exteriores. Y no había un atajo para solucionar esos problemas. Por esta razón, la historia que aquí se analiza parte de esa inevitabilidad. Y su narración se concentra en la generación y la parcial posterior reversión de los desequilibrios de competitividad y de deuda.

Aunque se ha pretendido simplicidad, es una historia compleja. Y lo es por, al menos, algunas de las siguientes razones. Primero, porque los cambios exteriores han tenido un carácter fuera de lo común. Por ejemplo, y solo por citar algunos, nos impactaron severamente el choque de Lehman Brothers, los debates fiscales y monetarios en Estados Unidos, el colapso de Grecia, Portugal e Irlanda en 2010-2011, la crisis de la deuda soberana en 2011-2012 y la recesión en 2012-2013 del área del euro, los profundos cambios en el mapa político español y europeo, los conflictos geopolíticos en el este de Europa y las vertientes sur y este del Mediterráneo. Y todos ellos operando sobre un marco especialmente lábil, definido por las importantes transformaciones provocadas por la globalización, la creciente interrelación financiera y el acelerado cambio técnico.

Segundo, porque nuestra dinámica económica no puede comprenderse al margen de la del área del euro ni de la dinámica y la política de las instituciones que la gobiernan. Y ahí, las modificaciones en la gobernanza de la UE, en el papel del Banco Central Europeo (BCE), en los mecanismos de control o en los de ayuda mutua han sido, también, excepcionales.

Tercero, por el amplio catálogo de desequilibrios que deberían ser objeto de consideración. Es imposible comprender lo sucedido sin evaluar el punto de partida, y los registros finales, de variables muy relevantes. Por ejemplo, en toda esta historia son críticas, entre otras y solo por citar algunas, la dinámica del crédito y la mora, precios de la vivienda, mercado de trabajo, confianza, tipos de interés, primas de riesgo, flujos migratorios, saldo exterior, finanzas públicas o pobreza y desigualdad. Y, en particular, es imposible entenderlo sin tener un diagnóstico claro del porqué se acumuló una deuda interna y exterior tan elevada.

Cuarto, por la cantidad y diversidad de normas desplegadas por los gobiernos españoles para hacer frente a los distintos choques, una respuesta condicionada por procesos electorales, tensiones sociales (desempleo, desahucios, reducción salarial, caída de expectativas, desigualdad, por ejemplo), cambios políticos de calado (movimiento 15-M, corrupción, erosión del sistema de partidos o independentismo catalán, entre otros) o exigencias de la Comisión Europea (CE), el BCE o el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Quinto, por el constante conflicto entre los deseos gubernamentales de abordar la crisis con reformas poco traumáticas y las duras demandas comunitarias y de los organismos internacionales. Los gobiernos tienden al mantenimiento del statu quo, bien por convicción o bien por su parcial captura por intereses específicos y, por ello, la presión para realizar ajustes y reformas ha procedido del BCE, la CE o el FMI, como condición previa para obtener la ayuda que España necesitaba. Además, no se puede olvidar el carácter sistémico que España tenía para el sistema financiero de la eurozona y sobre otras partes de la economía global. Sin esta consideración, es imposible comprender los recortes y reformas implementados y, en concreto, lo acaecido en los duros años de 2011-2012.

Finalmente, porque en esta historia había de incluirse, siquiera fuera someramente, la década 1997-2007. Porque fue en ella en la que se construyeron las interacciones financieras que dotaron a España de ese carácter sistémico, al tiempo que se generaban los nefastos desequilibrios que, en la década siguiente, se manifestaron en forma de profunda crisis. De hecho, la historia de esta década de 2008-2017, en gran parte perdida, es la imagen especular de los excesos de aquellos aparentemente prodigiosos años, los de 1997-2007.

Lo sucedido en España de 2008 a 2013 no puede tener otro calificativo que el de catastrófico. La pérdida de empleo, la destrucción de tejido productivo, el aumento de la pobreza y de su peor secuela (la infantil), la inevitable devaluación salarial o la dureza de las reformas que exigía la recuperación de la confianza internacional, dibujan un panorama de ajustes desconocido en los últimos cincuenta años. Y cualquier comparación histórica avala esta percepción: por ejemplo, la pérdida de empleo entre el tercer trimestre de 2007 y el primero de 2014 fue de un insólito −18,4 %, mucho más intensa que el −14,3% de la crisis de 1974-1985 o el −6,7% de 1991-1994.

Para un análisis como el que aquí se presenta, son posibles diversas aproximaciones. En particular, un estudio más pormenorizado exigiría tratar con mayor profundidad aspectos relevantes que solo aparecen marginalmente. Ello es especialmente cierto, entre otros, para la crisis bancaria, sus costes y sus efectos; pero también lo es para las modificaciones en la balanza de pagos, en la dinámica salarial y en la de la productividad, tan críticas para entender los cambios operados en el sector exterior; igualmente, deberían ser objeto de atención las modificaciones demográficas, con la reversión de parte del proceso inmigratorio a partir de 2010, la caída en la creación de nuevos hogares o la creciente pérdida de población; o los dramáticos cambios operados en el mercado de trabajo o en las finanzas públicas. A esta relación podrían añadirse otros aspectos igual de sustantivos. Porque, en una historia como esta, todos son relevantes.

Pero, justamente por ello, había que optar y seleccionar los imprescindibles, y articularlos alrededor de un discurso muy básico, muy estructural, que permitiera la comprensión de lo sucedido. En concreto, destacan tres ejes por encima de otros, también importantes: la dinámica del endeudamiento y de los desequilibrios exteriores; la relación entre su reducción y los ajustes y reformas, es decir, el debate austeridad-expansión y su interacción con el proceso político español; y, finalmente, la conexión entre soberanía y control europeo, otra cara del binomio reformas internas-solidaridad exterior.

A pesar de sus limitaciones, la visión que aquí se ofrece dibuja una narrativa coherente de lo sucedido antes, durante y después de la crisis más severa jamás contemplada por la economía española. Y, además, permite evaluar dónde nos encontramos hoy en la resolución de los problemas que nos condujeron al colapso de 2007-2013. Sintetizando, quizá en exceso, esta historia es, en primer lugar, la de la generación y las consecuencias de la acumulación de deuda, inicialmente privada y, posteriormente, pública. En segundo término, es también la historia de la respuesta comunitaria y del BCE a la crisis que amenazaba la supervivencia del euro y, con ella, la del proyecto europeo. Y, por último, es la historia, a menudo traumática, de la traducción española de las directrices europeas.

La interacción entre mercados financieros internacionales, agentes políticos españoles y organismos europeos constituye, en definitiva, la tripleta alrededor de la cual se articula el material que incluyen estas reflexiones. Porque si nuestra adhesión a la UE es imprescindible para entender la dinámica económica desde la Transición, sin el marco de la eurozona no puede comprenderse nada de lo sucedido a partir de 1995. Un ámbito que, lamentablemente, ha estado, y continúa estando, demasiado ausente del debate económico, social y político en España. Desde este punto de vista, si alguna novedad aporta el volumen es destacar el papel estelar de la gobernanza europea, y el de sus principales instituciones, en especial del BCE, en el drama vivido esos años. Como se verá, la existencia del euro fue determinante: primero, en la generación de los desequilibrios que nos condujeron a la catástrofe de 2008-2013 y, posteriormente, en las soluciones arbitradas.

El punto de partida debía ser, necesariamente, el de la acumulación de deuda y el penoso proceso de su reducción. Pero para entender ambas dinámicas, había que incorporar la toma de decisiones de los policy makers. Porque es en esta interacción donde emergen los límites de la acción política y sus errores.

Pero una narración de estas características está, probablemente, condenada al fracaso. Porque no se trata de una historia económica, ni política ni social; ni estrictamente de la economía española, o de algunos aspectos de la del área del euro; ni de la respuesta de la sociedad, sus partidos e instituciones a los retos planteados. Pero al mismo tiempo debe incluir aspectos críticos de esas aproximaciones alternativas. También lo sucedido es incomprensible sin incluir las relaciones entre ciclo económico interno y externo y entre soberanía española y control europeo. Y, en particular, sin incorporar la acumulación de deuda privada. En suma, lo sucedido no puede entenderse sin el análisis de cómo afectaron a la dinámica de la deuda los factores internos y exteriores, tanto de carácter económico como estrictamente políticos. Las páginas que siguen intentan presentar los orígenes de la crisis, su despliegue, las soluciones adoptadas y su situación hoy, en el otoño de 2017, como el resultado dinámico de la interacción de diversos aspectos que, al entrecruzarse, amplifican sus efectos individuales.

Aunque responsable único del material, es de justicia añadir que sin el apoyo y estímulo de Antoni Castells, con el que llevo mucho tiempo trabajando, este volumen no hubiera visto la luz. De hecho, fue su iniciativa la que me llevó a embarcarme en esta aventura, aunque la responsabilidad última es solo mía. En particular, estos últimos años y desde EuropeG, hemos intentado extender el debate sobre los retos que plantea Europa. Y estos materiales, en parte, reflejan las intensas discusiones, con planteamientos no siempre coincidentes, sobre la crisis y las políticas por seguir que en este foro hemos tenido no solo con Antoni Castells, sino con todos los miembros de EuropeG: Emilio Ontiveros, Martí Parellada y Gemma García, y otros académicos, periodistas y empresarios con los que estos años hemos compartido estos debates.

Para este trabajo he contado con la inestimable ayuda del profesor del Departamento de Empresa de la Universidad Autónoma de Barcelona, Marc Costa, e investigador del de Economía Aplicada, imprescindible en la preparación y revisión del original. Y, por descontado, he gozado del apoyo incondicional de Adela Pujol, con la que llevo toda la vida compartiendo proyectos, y sin el cual nada de lo que aquí se analiza hubiera visto la luz. Tampoco puedo dejar de citar la infinita paciencia de mi nieta, Laura Pennisi, aceptando estoicamente las ausencias a las que la redacción de este original me obligaba.

PRIMERA PARTE

La crisis que emergió en 2008 no fue fortuita. Para provocar los colapsos de 2008-2009 y 2011-2012 tuvieron que combinarse un conjunto particular de circunstancias. De forma prominente destaca la adhesión de España al euro, sin la cual otra historia hubiera tenido lugar: sin él, no hubieran sido posibles ni los elevados déficits exteriores, ni el aumento de la deuda con el resto del mundo ni, finalmente, el espectacular crecimiento del crédito interno. La incorporación a la moneda única fue, pues, condición necesaria. Pero otros fueron los elementos que definieron las condiciones suficientes y, entre ellos, destacan dos en particular: el primero, la complacencia con la que reguladores, policy makers y academia contemplaron la acumulación de desequilibrios ahorro-inversión en determinados países y en España; el segundo, la profundización de la globalización financiera, de la que la eurozona, y España en concreto, fue alumna aventajada.

Con el euro, el clima intelectual imperante y la creciente interrelación financiera europea, las premisas para la gran expansión de 1997-2007 estaban definidas. En España, se conjugaron para generar una serie de burbujas (crediticias, inmobiliarias, demográficas y de ingresos públicos) que, justo antes del colapso de Lehman Brothers, daban ya señales de agotamiento.

Pero la expansión del endeudamiento requería de un determinado clima intelectual que, desde la academia, influía en los policy makers y en las valoraciones de los mercados. Estas consideraciones no son secundarias. Sin aquel, la formidable expansión de los primeros años del siglo XXI no hubiera sido posible. Y, por ello, continúa teniendo vigencia la clásica afirmación sobre el poder de las ideas de economistas y filósofos políticos, «tanto cuando son correctas como erróneas» (Keynes, 1936). De hecho, el cambio desde el optimismo de la primera década del siglo XXI al choque de la crisis en 2008-2009 fue tal que, por lo inesperado y no anticipado, causó enorme perplejidad. Reflejo de ella fue la apurada respuesta de académicos de la London School of Economics que, ante la pregunta de la reina de Inglaterra de cómo era posible que nadie hubiera visto venir la crisis, se escudaron en que el consenso así lo postulaba (Turner, 2016). También expresa aquella estupefacción del gobernador del BCE, que consideraba la desaparición simultánea de la liquidez en los mercados de la eurozona, Estados Unidos y Gran Bretaña al principio de la crisis como un acontecimiento imposible de prever (Trichet, 2011b): un «cisne negro» (Taleb, 2007). O, finalmente, la del canciller del Exchequer británico, Alistair Darling, que reconocía su absoluta sorpresa ante el colapso bancario de Northern Rock.

Por ello, esta primera parte se destina a ofrecer una sinóptica visión del clima intelectual que permitió los excesos. Y de las imprescindibles modificaciones operadas en la globalización (comercial y financiera) y en el sistema de gobierno de la eurozona. Y, lógicamente, lo que implicó el euro para la financiación exterior de España.

1
CLIMA INTELECTUAL Y ENDEUDAMIENTO
EN LOS PRIMEROS AÑOS DEL SIGLO XXI

Julio de 2007, la crisis de las hipotecas subprime emerge en Estados Unidos. Septiembre de 2007, las colas ante las oficinas de Northern Rock obligan al Banco de Inglaterra a organizar su rescate. Agosto de 2007, tres fondos de la Banque Nationale de París cierran transitoriamente al no poder atender las demandas de sus clientes. Ese mismo día, el 9 de agosto, el BCE debe intervenir suministrando liquidez en cantidades desconocidas (95.000 millones de euros) e inaugurando una presencia muy activa hasta el 14 de agosto (ECB, 2007). Posteriormente, ya durante la primavera de 2008, el banco Bearn&Sterns de Estados Unidos es liquidado, y adquirido por JP Morgan Chase, al tiempo que el hipotecario InddyMac es intervenido por el gobierno.

Lentamente, la tempestad financiera tomaba cuerpo. Y, en julio de 2008, algunos relámpagos de mayor calibre anunciaban la proximidad de una crisis más severa. En especial, comenzaron a generar interrogantes de mayor calado las preocupaciones chinas acerca de la solvencia de Fannie Mae y Freddy Mac, las dos principales instituciones hipotecarias norteamericanas (con unos 5 billones de dólares de deuda), de las que China era un relevante acreedor (Eichengreen, 2015).

Con los problemas de liquidez europeos, las primeras quiebras de la banca norteamericana y los temores de su extensión a otros ámbitos del sistema financiero global, puede datarse el final del encantamiento en el que había vivido la sociedad española. A partir de ese momento, llegó a su final la burbuja inmobiliaria y, con ella, comenzó a venirse abajo el castillo de naipes construido sobre el boom del crédito.

INTEGRACIÓN FINANCIERA EN LOS 2000: UN OPTIMISMO GLOBAL

Para que el proceso de expansión de la deuda pudiera tener lugar debía basarse en la convicción de que la caída de tipos de interés y, en concreto, la compresión de las primas de riesgo reflejaban modificaciones estructurales. Esta percepción se cimentó en diversas seguridades: que la banca central puede controlar el ciclo; que los agentes económicos actúan racionalmente y que los mercados y, en particular los financieros, son eficientes. En todo caso, todas ellas se combinaron para generar un optimismo exuberante, incapaz de percibir las señales de riesgo que se acumulaban. Quizá el ejemplo paradigmático de esta situación fue el de unas agencias de rating que concedieron la máxima calificación crediticia a productos financieros y países que, una vez que la crisis emergió, mostraron una naturaleza bien distinta. A continuación se comentan brevemente estos extremos.

Primero, optimismo de los mercados financieros sobre la capacidad de los bancos centrales para controlar el ciclo y la inflación. Aquel tenía su origen en la llamada Great Moderation, el proceso iniciado en los primeros ochenta con el gobernador de la Reserva Federal (Fed) Paul Volcker, que acabó yugulando la elevada inflación de entonces. Si a eso se le sumaba los éxitos de las intervenciones de la Fed americana en diversos momentos (crisis bursátil de 1987; tequilazo mexicano en 1995; hundimiento de las divisas asiáticas en 1997; quiebra del Long Term Credit Capital y suspensión de pagos rusa en 1998, entre otras), se cimentó la convicción de que las autoridades monetarias centrales no solo controlaban el ciclo, sino que no iban a permitir un colapso excesivo de los precios de los activos (el llamado put de Greenspan).

Además, a principios de la década pasada, emergió cierta inquietud sobre el nivel de los precios alcanzados para algunos activos, en especial los bursátiles. Ello provocó un amplio debate sobre la respuesta adecuada de la banca central. Este aspecto no es menor, porque ayuda a comprender la pasividad con la que aquella, y la española no fue una excepción, contempló el aumento de precios inmobiliarios en los primeros años del siglo XXI. La posición dominante entre los banqueros centrales, con la visión contraria del de Suecia, postulaba que no podía conocerse si un boom de precios de cualquier activo respondía a cambios estructurales en su demanda y oferta o a movimientos puramente especulativos. En la concepción liberal dominante, una intervención en estos mercados era incorrecta, ya que se podían desviar recursos de forma ineficiente si no se discriminaba acerca del carácter, estructural o especulativo, de aquellas alzas. El debate se zanjó con la tesis que defendía la Fed de Alan Greenspan: dado que se desconocía la verdadera naturaleza del proceso, simplemente no se debía intervenir. Y si, al final, la burbuja estallaba, lo único que podía hacer el banco central era recoger los destrozos y evitar en lo posible la recesión. Lógicamente, esta posición favorecía a los participantes en los mercados financieros: si el proceso finalizaba con el colapso de la burbuja, la intervención de la banca central garantizaba que las pérdidas serían contenidas; mientras que su inacción en la fase alcista permitía que los beneficios fueran elevados (El-Erian, 2016). En todo caso, esta «activa inactividad» ayuda a comprender la parcial ausencia de intervención de la banca central en el boom inmobiliario previo a la crisis financiera en Estados Unidos, Irlanda, Gran Bretaña o España.

A esta percepción de la capacidad y del control de la situación de la banca central cabe añadir la persistencia de asentadas teorías acerca de la eficiencia de los mercados y el carácter racional de las decisiones de los agentes privados. Esta visión tenía su culmen en unos modelos macroeconómicos en los que el papel desestabilizador que podía tener el sector financiero simplemente no existía. Pero del hecho de que individuos y empresas tomen sus decisiones de endeudamiento con la información disponible no se deduce que esta sea la relevante ni que esté al alcance de todos (asimetrías de información) ni, muy en particular, que las decisiones se adopten racionalmente respecto de un futuro que es desconocido por definición, como ha destacado Mervyn King con su radical uncertainty (King, 2016). Y aunque hubo voces que señalaron los riesgos que se estaban acumulando (Schiller, 2000) o, cuando la crisis estalló, enfatizaron los errores de la teoría económica en su prevención (Krugman, 2009), el consenso intelectual simplemente no consideró peligrosa la situación.

En suma, el clima dominante postulaba que la política económica y, en conreto, la monetaria habían conseguido doblegar el ciclo. En un estremecedor paralelismo entre la crisis de 2008 y la de 1929, el premio Nobel de Economía Robert E. Lucas afirmaba, a principios de los 2000, que el problema de la prevención de la depresión había sido, finalmente, resuelto (Lucas, 2003). Una posición similar a la del gran Irving Fisher que, pocos meses antes del crack de la bolsa de Nueva York en 1929, postulaba que el mercado se había estabilizado.

El optimismo descrito no fue suficiente combustible para alimentar la expansión de la deuda de los 2000. Si el clima intelectual es, siempre, una condición necesaria para cualquier acción humana, la suficiente suele implicar siempre elementos más materiales. Y estos estuvieron definidos por dos novedosos cambios: la creciente globalización financiera y la caída de tipos de interés.

En particular, debe destacarse el sustancial aumento de la integración financiera y la profundización del papel de la banca en las economías occidentales. Este proceso, iniciado en los años ochenta, se expresaba en creciente desregulación, aumento del papel del sector financiero y reducción de los controles de capital. La conocida relación inversa entre liberalización y tasa de ahorro (Jappelli y Pagano, 1994) comportó, en los países avanzados, la caída de esta última (Blundwell-Wignall et al., 1991; Blanchard y Giavazzi, 2002), al tiempo que la desvinculaba, de forma creciente, de la financiación de la inversión interna (Feldstein y Horioka, 1980). Ello se tradujo en una creciente integración financiera, que se reflejaba en el fuerte aumento del intercambio de productos financieros entre los principales países. Así, entre 1995 y 2008, los activos de la economía norteamericana aumentaron fuertemente, del 53 % al 132 % del PIB; del 191 % al 727 % en la británica; del 84% al 239 % en Francia; y del 72 % al 254 % en la alemana (King, 2016). Una de las más relevantes consecuencias de esta dinámica fue el fuerte avance de la deuda privada (Mian y Sufi, 2014), el negativo de la creciente presencia del sector financiero en las economías occidentales (Sawyer, 2011). Un proceso que, en Estados Unidos y otros países, se vio favorecido por la caída real del salario medio y una creciente desigualdad (Rajan, 2010). Ello se tradujo en una continua elevación del endeudamiento en los países más avanzados: entre 1980 y 2010, la ratio deuda/ PIB de los dieciocho más importantes había experimentado un intensísimo incremento, cercano a los 150 puntos del PIB (del 167% al 314%) (Cecchetti et al., 2011).

CAÍDA DE TIPOS DE INTERÉS Y LAS «GLOBAL IMBALANCES»

Esta globalización no se expresó únicamente entre países avanzados y en desarrollo o emergentes, sino que implicó un creciente intercambio de activos y pasivos financieros entre los primeros. Por ejemplo, inversores internacionales colocaban recursos en Alemania y Francia que, posteriormente, se canalizaban hacia el sur de Europa (Chen et al., 2012). Con este proceso en marcha, el escenario para la emergencia de lo que entonces se denominó global imbalances (desequilibrios globales) estaba dado. La teoría económica las avalaba; la acción de los bancos centrales las toleraban y los mercados desdeñaban sus potenciales efectos desestabilizadores. Solo faltaba el combustible: un ahorro global que excediera las necesidades de la inversión y una crisis financiera (la de la bolsa de 2001) que obligara a reducir sustancialmente los tipos de interés. Y esa gasolina emergió ya desde finales de la década de 1990 y tomó volumen en la de 2000.

Así, en primer lugar, la globalización financiera adoptó renovados ímpetus a partir de la segunda mitad de los años noventa. Este nuevo empuje lo suministró el aumento de fondos prestables que tenían su origen en China y otros países asiáticos y productores de petróleo, lo que generó presiones a la baja sobre el rendimiento financiero, un proceso que el presidente de la Fed Ben Bernanke denominó saving glut (Bernanke, 2005). Ello reflejaba, entre otros factores, el deseo de desviar parte de esa riqueza a países con derechos de propiedad más asentados (Caballero, 2006). Para los productores de crudo, la espectacular alza en sus precios desde 2002 generó unos ingresos excepcionales: el superávit por cuenta corriente de los países de Oriente Medio y norte de África se multiplicó, entre los registros medios de 1997-2000 y de 2007-2008, por un factor cercano a 10 (de los 26.000 a los 270.000 millones de dólares/año). A ello hay que añadir la extraordinaria capacidad comercial de China: sus reservas exteriores pasaron de los 100.000 millones de dólares en 2000 a más de 4 billones en 2015. Unos recursos que se dirigieron prioritariamente, aunque no de forma exclusiva, al mercado de capitales norteamericano, y también al del área del euro (lo que, parcialmente, ayuda a entender la presión china sobre España en 2011). Finalmente, a China hay añadir parte de las economías emergentes de Asia, que reforzaron la reconstitución y ampliación de sus reservas exteriores: de 25.000 millones de dólares en media de 1998-2000 a casi 500.000 millones de 2006-2008. Finalmente, y ese aspecto tiene especial relevancia para España, una parte creciente de esta nueva inversión internacional se efectuó en activos inmobiliarios, lo que contribuyó al alza de los precios.

En segundo lugar, en este contexto de reducción de tipos de interés a largo plazo y optimismo sobre la capacidad de control de la banca central, tuvo lugar un episodio que alimentó las condiciones que condujeron al colapso de 2008. En 2001, las valoraciones de algunas empresas tecnológicas (las punto.com) habían alcanzado registros tan elevados que, cuando al final el mercado cambió de sentido, las caídas bursátiles fueron muy severas: entre diciembre de 2001 y septiembre de 2002, contracción del 35 % para el IBEX y registros superiores para el CAC francés (−40% hasta septiembre) y el DAX alemán (−46 %), y relevantes también para el FTSE británico (−29 %) o el Dow Jones americano (−24 %). Las pérdidas de riqueza que implicaron, y las tensiones deflacionarias que apuntaban (Bernanke, 2000; Farrell, 2004), obligaron al BCE a reducir drásticamente el tipo de interés (del 4,25% al 2,0% entre junio de 2000 y de 2003), mientras su equivalente en la Fed caía más intensamente (del 6,5% en mayo de 2000 al 1% en junio de 2003).

Age restriction:
0+
Release date on Litres:
14 November 2024
Volume:
234 p. 8 illustrations
ISBN:
9788490569061
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