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Joaquín Berger
Las plegarias de los árboles
Crónicas del guardián del bosque


Berger, Joaquín

Las plegarias de los árboles : crónicas del guardián del bosque / Joaquín Berger. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-1980-1

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Para Adriana, que creyó en mí.

“¿De qué mejor manera puede morir un hombre que enfrentándose a un destino terrible, defendiendo las cenizas de sus padres y los templos de sus dioses?”.

Horacio Cocles

Capítulo 1
La Fría y la Divina

Al filo de un bosque de árboles y tiempo, un grupo de guerreros se despedía de sus familias.

—No vayas, padre –rogó el hijo–. Deja la guerra a otros, a quienes la deseen. Tú quédate aquí, conmigo. Permite que sean los espíritus del bosque quienes nos libren de la maldad que acecha. Permite que sea la bella Aveleth quien le haga frente a quien nos amenaza con muerte y destrucción.

—No –repuso el padre, varón erguido de mirada firme y mejillas curtidas por el viento–. Mi deber como rey me invoca, y a él respondo. Los espíritus del bosque no luchan en nombre de los mortales, nunca lo han hecho ni nunca lo harán. Es pecado del hombre enemistarse con el hombre, y es el hombre quien debe responder por sus fallas.

Sedian no insistió. La voz sólida y decidida de su padre le hizo entender que sus palabras, si bien agradecidas, no torcerían su decisión.

El rey Sarbon despidió al infante con un beso en la frente.

—Adiós, hijo, te amo más que a los ríos y a los árboles.

Sedian contempló a su padre alejarse, era solo un niño y el dolor caló profundo en sus entrañas, contuvo el llanto.

Seguido por Nial, el gran campeón de Eirian, Baris, el primer druida del Clan de las Cenizas, y otra horda de valientes nórdicos, el monarca se internó en el bosque de Eloth. Todo el reino contempló, con las manos apretadas y los ojos vidriosos, a los valientes marcharse. Excepto Sedian, él no quiso mirar. Con la frente sobre el muslo de la reina, despidió a su padre en silencio.

Los héroes marchaban a la guerra, a enfrentarse a Maki y a sus esbirros malditos. Maki era un hechicero oscuro, un maestro de las artes ocultas. Había llegado a los bosques de Eloth maquinado por la ambición y siguiendo una vieja leyenda que prometía que, entre aquellos milenarios árboles, yacía oculto un formidable poder. Los guerreros de Eirian, negados a que su bosque fuese profanado por un alma maldita, partieron al crepúsculo a detenerlo. Y no fue hasta el crepúsculo siguiente que regresaron.

Con las montañas de Morth a sus espaldas y la fría luz matutina brillando sobre sus escudos, emergieron del bosque. Sus cuerpos abatidos y la drástica reducción en sus números evidenciaban lo cruenta que había sido la batalla.

Baris, el druida, alzó la voz y proclamó la victoria sobre el hechicero. Informó al resto del clan que, tras una larga contienda que se había prolongado toda la noche, Maki había sido satisfactoriamente repelido. A pesar del cansancio y las heridas, habló con voz clara y firme. También hizo saber que las bajas habían sido significativas, y que entre los caídos se hallaba el rey Sarbon.

—Algún día se cantarán canciones sobre este gran triunfo –agregó el sacerdote, abatido por la tristeza–. Pero hoy no.

Al escuchar la temida sentencia, Sedian sintió cómo su corazón se despedazaba dentro de su pecho. Pero aún entonces no lloró. Con movimientos mudos se alejó de su madre y sobre unos alejados pastizales se desplomó. Miró sin voluntad ni esperanza hacia el milenario bosque que su padre jamás abandonaría. Los años dulces habían terminado. Ya nunca se refugiaría debajo de su brazo protector en los inviernos, ni escucharía atento junto al fuego sus sabios consejos.

Su duelo fue interrumpido cuando una figura, abriéndose paso entre la hierba, se le acercó. Era alta, robusta y tenía sus vestiduras bañadas en sangre. Si bien notó la presencia, Sedian permaneció inmóvil y con la vigilia errante. Algo dentro de él se había marchado con la muerte de su padre y ya nunca volvería. El corpulento individuo introdujo las manos en sus vestiduras y extrajo dos magníficas espadas.

—Tuyas –exclamó Nial al momento que las enterraba en la tierra–. La Fría y La Divina, las espadas de tu padre. Llévalas con honradez o no las lleves nunca.

Tras haber hablado, el campeón se alejó por última vez. Sedian permaneció un largo rato inmóvil. Finalmente torció el cuello y volcó su atención sobre las espadas. Aún era un niño para muchas cosas, como el frío o el amor, pero ya era lo suficientemente hombre como para haber comprendido a la perfección las palabras de Nial. El joven príncipe se puso de pie lentamente y contempló las armas en absoluto silencio. Eran bellas como nada que hubiese visto antes. Se hallaba frente a una encrucijada de la cual no habría retorno, y era plenamente consciente de ello. Si las empuñaba en ese momento, ya nunca podría librarse de ellas ni del camino del guerrero. Desde la lejanía, su madre lo observaba. Ella no intervendría. Era él quien debía tomar la decisión: seguir la senda de su padre, o caminar otros rumbos, más pacíficos e insípidos. La luz del naciente sol impactaba contra los filos de las armas generando un espectáculo digno de un fresco. Sedian clavó su mirada en el verde perpetuo. Luego, arrancó las espadas de la tierra, la tierra que ahora estaría por siempre condenado a defender.

Capítulo 2
Cual fuego de las entrañas

Los años pasaron en el reino de Eirian. Como bien había anticipado Baris, lo trágico de la gran batalla se fue desdibujando con el devenir de los veranos hasta convertirse en un recuerdo glorioso. Las heridas eran ahora hermosas cicatrices. En ese mismo lapso, Sedian se había convertido en un hombre. Tenía los cabellos negros como el núcleo de la noche y un rostro andrógino de facciones perfectas. Su cuerpo era delgado y compacto, de cintura estrecha y hombros anchos. Su piel, tersa cual porcelana. No era rey como su padre, pero su osadía batalladora y el respeto que mostraba por los ancianos le habían valido una posición de privilegio dentro del clan. Era uno de los hombres más respetados –y temidos– de aquellos bosques. Lo apodaban la sombra de la libélula.

Junto a él –a la vera de un lago– una hermosa mujer lo contemplaba hechizada. Su nombre era Zura. Ella estaba enamorada de sus ojos profundos, de su piel de marfil, de su inalterable templanza.

La mujer rodeó el pecho del nórdico con el brazo y le besó el cuello.

—Desnúdame –le dijo al oído–. Permite que el calor de mi carne consuma tus deseos y los convierta en cenizas.

Zura era dueña de un atractivo hipnótico. Su voluptuosidad, su piel, sus largos y rojizos cabellos, todo en ella encantaba. Su belleza era legendaria en el reino de Eirian. Solo comparable con la de Loredana, la proverbial dama de los sauces. Pero no solo eran sus atributos físicos los que cautivaban. Había algo más, un aura silente, un componente intangible o, quizás, un aroma secreto. Alguna variable inasible convertía a Zura en un anhelo dulce e impetuoso para la carne mortal.

Las pieles de los dos ya se conocían. Muchas veces se había perdido él en un juego lívido entre sus pechos. Muchas veces ella había hincado las uñas en las carnes de su espalda.

—Hoy no, mujer cintura de miel –repuso Sedian con tajante cortesía.

Zura, sorprendida, intentó encontrar con la mirada los ojos del guerrero, y descifrar el porqué de su inhabitual desinterés. Pero este parecía estar perdido en las aguas del lago.

—¿Qué ocurre? –inquirió sin temor a mostrarse vulnerable–. ¿Ya no soy la protagonista de tus fantasías?

Sedian se volteó, envolvió a la mujer en un firme abrazo y, acariciando sus cabellos, le dijo:

—Casi puedo oír a los espíritus del bosque burlarse de mí al verme rechazar a tan perfecta mujer. Pero hoy no me siento digno de ti. Una extraña sensación de ansiedad trunca mi calma y mi deseo.

Ella sonrió con ternura y lo besó en la mejilla.

—Entonces no me toques ni me hagas el amor. Pero te pido, sujétame y hazme sentir amada.

El hombre y la mujer permanecieron fundidos en un abrazo hasta que el sol comenzó a descender detrás de las aguas.

Creyéndolo prudente, y antes que la noche terminase de adueñarse del paisaje, se marcharon hacia la Ciudad Gris, capital y corazón del reino de Eirian.

Todavía no había terminado de oscurecer para cuando llegaron. Aquella pequeña y antigua urbe, edificada sobre las costas del río Kenom, no era imponente ni embelesaba la vista de los viajeros, pero a pesar de no destacarse por su sofisticación –que no podía ni compararse a la de los elaborados núcleos urbanos del oeste– la Ciudad Gris era un lugar de ensueño. Se sentía acogedora, incluso en el más crudo de los inviernos, y parecía estar siempre adornada por una esencia dulce y protectora. Un lugar que se podía jactar de ser inmune al paso del tiempo y hermético a los cataclismos del mundo exterior.

Ni bien se acusó su presencia, un muchacho delgado y muy joven –más joven que Sedian– se les acercó. Era dueño de un caminar errático y un cuerpo desgarbado. No tenía la presencia de un guerrero, pero aun así a su derredor se percibía un aura de maciza autoridad. Sedian lo conocía muy bien, era Owen, el hombre de cristal, su primo hermano.

Cuando estuvo frente a ellos, el muchacho saludó a Zura con una educada reverencia y se expresó.

—Primo –dijo con su voz profunda–, te estábamos esperando.

—Mi rey –replicó Sedian con tono inexpresivo al momento que agachaba levemente la cabeza–. ¿En qué puedo servirle?

—Se hace preciso tratar un tema de suma urgencia –repuso el muchacho–. Por favor, acompáñame. Un concilio se ha formado en el templo y tu participación es requerida.

Mientras el rey Owen avanzaba hacia el punto de reunión, su primo, tal y como la tradición dictaba, caminaba a sus espaldas. No era ningún secreto que muchos ciudadanos de Eirian admiraban esta escena con extrañeza y desencanto. La misma extrañeza y desencanto que habían sentido cuando la corte druida le había entregado a él, y no a Sedian, el legendario anillo del rey –el mismo que Sarbon, años atrás, y vaticinando su destino, había voluntariamente depositado sobre el altar del templo antes de partir a la batalla–. Este rechazo generalizado hacia la decisión tomada por los maestros no tenía nada que ver con Owen en sí mismo, quien no solo era el último eslabón de un linaje milenario, sino que también era considerado un líder justo y ecuánime. Pero Sedian, por su parte, con todo su poder y belleza, era el perfecto arquetipo del orgulloso guerrero nórdico. Además, su padre había sido Sarbon, rey guerrero por antonomasia. Por esto, muchos hubiesen preferido ver la insigne corona sobre sus oscuros cabellos. El actual rey no era ajeno a esta disconformidad, y poco después de su nombramiento, y tomándose el atrevimiento de desafiar la decisión de los druidas, había ofrecido el anillo a su primo. Para su sorpresa, este lo rechazó alegando que él, Owen, debido a su mente expeditiva y nobleza espiritual, era el indicado para gobernar aquellas tierras. Desde entonces, Owen había demostrado ser un digno monarca, ganándose el respeto de su pueblo.

Finalmente, Sedian y Owen llegaron al templo. Allí los estaban esperando todos los druidas del Clan de las Cenizas y varios ciudadanos ilustres, todos sentados alrededor de una hoguera en el centro del templo.

Aquella ancestral edificación, al igual que la ciudad que la precedía, no se distinguía por poseer una arquitectura eximia. Consistía simplemente en once pilares de piedra descansando bajo el cielo nocturno y acogiendo, de forma casi respetuosa, un altar de cuarzo. Aquellas columnas habían sido el núcleo del Clan de las Cenizas desde los albores del mundo. Alguna vez, se decía, habían sido estatuas de los once hijos de Titbiz, árbol gigantesco que había dado nacimiento al bosque de Eloth. Pero, razón de los vientos y los años, ya todos los detalles se habían lavado y solo quedaban pilares de roca desnuda con alguna que otra arista que invitaban a imaginar la silueta de aquellos exquisitos individuos. Pero si bien la belleza artística ya había abandonado el templo, no así su magia. Nunca un mortal lo había pisado sin sentir, cual relámpago invertido, el milenario poder trepando por sus huesos.

El Clan de las Cenizas era una arcaica orden druida a la que prácticamente todos los habitantes de Eirian respondían. Un sistema regido por una economía basada en sabiduría que –según narraban las leyendas y los pergaminos– había sido fundado por los primeros hombres que se atrevieron a abandonar la espesura de los bosques, los hijos de Titbiz, según los escritos. Su nombre nacía de la creencia de que un nuevo orden basado en las leyes naturales escritas por Gálcam debía ser edificado usando como piedra fundacional las cenizas de las eras del caos y la entropía a las que la virtud del druida había puesto fin. Era un clan muy antiguo, y con muchos secretos.

El poder del ente no solo yacía en los recursos de sus druidas, también tenía una fuerte influencia política dentro del reino. Eirian contaba con un rey reconocido por todos, incluso por el mismo clan, pero la verdadera autoridad estaba, y siempre había estado, en las manos de los sacerdotes. Esta concentración de poder nunca había catalizado conflictos. Los guerreros de Eirian confiaban ciegamente en la guía de los druidas y eran, a su manera, también parte del clan.

—Por favor, siéntense y pónganse cómodos –los invitó Baris, el amable y hermoso anciano que aún entonces ostentaba la influyente posición de primer druida y, por supuesto, el anillo ligado a dicho cargo–. Hay una terrible noticia que me veré obligado a comunicarles.

Capítulo 3
La sombra de hechicero

En la cima de una escarpada montaña, una figura alta y poderosa contemplaba el bosque de Eloth con inquebrantable atención. Los vientos andinos lo azotaban y hacían bailar su abundante y eléctrica cabellera. Si bien semejaba a un hombre a primera vista, hacía mucho que la humanidad lo había abandonado.

Presentaba un rostro sin tiempo ni edad, de pletórica firmeza. Sus pómulos eran prominentes y sus ojos completamente vacíos, sin iris ni pupila, permitían al desafortunado espectador contemplar un alma muerta.

Volviendo su ya terrorífica imagen aún más atroz, toda la piel que revestía su delgada constitución evidenciaba la herida del fuego, testificaba con deformaciones el eco de quemaduras infernales, el horror de haber sido quemado vivo.

Este ente maligno no estaba solo. A sus espaldas, un centenar de individuos de similares características lo observaban. Compartían muchos rasgos de su líder, pero sus semblantes eran menos atroces. Contemplaban a su señor a la distancia, sin atreverse a interrumpir su letargo.

Entre estos esbirros había dos que se destacaban sobre el resto. Sus posturas impávidas los diferenciaban de los soldados rasos y los señalaban como superiores. A mitad de camino entre los esbirros y su líder, estos dos individuos parecían haber sido esculpidos por la misma mano que este último. El primero de ellos, Megisto, vestía una túnica púrpura y cargaba elixires y polvos de todo tipo. El otro, conocido como Idris, el terrible, estaba completamente cubierto por un manto negro del cual solo asomaba un par de manos jóvenes y ansiosas. Los dos emanaban poder y soberbia mientras que, con miradas ebrias de admiración, contemplaban a su silencioso señor.

—La batalla será difícil –dijo Maki con la mirada perdida en el paisaje de piedra y bosques que yacía frente a él–, nos enfrentaremos a adversarios poderosos. Ya he experimentado sobre mi carne la potencia de su determinación. Hasta tal punto fui fustigado que sentí las manos de mi madre, suaves sobre mis mejillas, llamándome desde el otro lado de las puertas de piedra. ¿Pero qué victoria puede ser más dulce que la que fue edificada a partir de los escombros consecuentes de una derrota absoluta?

Capítulo 4
El concilio druida

En el templo, Owen se sentó a la derecha de Baris, Sedian, a un costado. A pesar de que el rey se encontraba presente, sería el primer druida quien dirigiría el concilio.

—Camaradas y amigos, ahora que todos quienes fueron invocados se han hecho presentes, podemos iniciar –alzó la voz el sacerdote, su voz se oía quebrada y su semblante siempre amable estaba endurecido–. Les adelanto que las palabras que articularán mis labios esta noche no serán alentadoras ni optimistas. Y no sé siquiera cómo empezar a pronunciarlas.

Baris enderezó la espalda, alzó la frente y se dispuso a continuar. Pero no lo hizo. Un profundo malestar retuvo su discurso. Si bien se llevó la mano al pecho, fue claro para todos que no era dolor físico lo que lo aquejaba, sino espiritual. Era como si una daga ponzoñosa e invisible le estuviese atravesando el torso.

—Diga lo que tenga que decir, maestro –dijo Cruth, un druida joven y talentoso. Ni él ni ninguno de los sacerdotes del clan conocían el porqué del concilio que se había invocado, pero aun así apoyaban de forma incuestionable a su mentor–. Nunca han sido desalentadoras sus palabras, tampoco hoy lo serán.

El anciano se sintió confortado por las palabras de Cruth, le agradeció el respaldo con una leve inclinación de cabeza. Luego, habló con una templanza recuperada.

—Como muchos saben, hace veinticinco años Maki fue derrotado y expulsado de Eirian –dijo mientras juntaba sus poderosos puños–, hoy he recibido noticias de que ha vuelto a nuestro reino, y se encuentra en camino a la Ciudad Gris.

Un silencio macizo como roca plutónica se adueñó del templo. Las caras de los más ancianos empalidecieron, rememorando con horror aquel terrible nombre. Los más jóvenes, no tan familiarizados, se limitaron a fruncir el ceño y esperar más información. Poco sabían ellos de la sangrienta batalla librada veinticinco años atrás. Pero a pesar del desconocimiento de los novicios, Maki era un nombre que no le era completamente ajeno a nadie. Todos, alguna vez, habían oído hablar de él.

—¡Imposible! –alzó la voz un terrateniente–. ¡Usted y otros le dieron muerte a ese brujo!

—No fue así –replicó el druida casi con un susurro, como si lo avergonzaran sus propias palabras–. Maki fue derrotado, pero no conseguimos matarlo.

—Aun así –continuó el mismo hombre–, ¿acaso no basta un escarmiento para que ese viejo brujo comprenda que no es bienvenido en Eirian?

—Muchas veces, para individuos determinados, una victoria inconquistable se convierte en una obsesión. Temo que este pueda ser el caso de Maki.

—Pero ¿cómo es que le perdonaron la vida a tan horrendo individuo? –inquirió bruscamente Trout, uno de los hombres más ancianos del clan.

Trout era, quizás, el hombre más longevo de Eirian. Sus largos años habían hecho mella en su cordura y, por lo tanto, se le dejaban pasar ciertas actitudes y comentarios que a otros se les condenaría. Esto no por respeto a su longevidad, sino por temor. Contradecirlo o intentar silenciarlo implicaría arriesgarse a ser maldecido por un hombre que se hallaba en el ocaso de su existencia. En la cultura nórdica había pocas cosas más nefastas que ser injuriado por un moribundo, un terrible augurio con el que nadie quería cargar. Pero a pesar de este blindaje social que su vejez le otorgaba, intentar acorralar a Baris era imperdonable. Su comentario produjo que instantáneamente cayeran sobre él una lluvia de miradas sombrías.

—Señor Trout –le dijo Avon con firmeza, otro druida de relevante jerarquía–, opine y pregunte cuanto quiera. Pero cuide sus formas a la hora de dirigirse a nuestro primer druida.

El anciano, malhumorado, deslizó un gruñido y se echó hacia atrás.

—Está bien –calmó las aguas Baris mientras llamas emergentes de la crepitante madera le iluminaba el rostro–, tiene derecho a inquirir. Yo mismo me he preguntado muchas veces cómo es que permitimos que Maki saliese de Eirian con vida.

El silencio volvió a gobernar el templo. Mientras todos contemplaban al primer druida, una pesada lágrima comenzó a rodar por su mejilla. ¿Pero por qué? ¿Qué aquejaba a aquel noble anciano?

Otro hombre, de complexión abultada y también muy anciano, se inclinó hacia delante y lo miró con afecto. Era Eric, el único sobreviviente, aparte del mismo druida, de aquella legendaria batalla.

—Creo que es buen momento, amigo mío –le dijo– para que vuelvas a narrar lo ocurrido aquella noche. Cuéntales a estos jóvenes acerca de la valentía de sus padres.

Baris alzó la mirada y le devolvió la sonrisa al amigo.

—Como siempre, tu consejo es oportuno, Eric –contestó al momento que pasaba la mano por su abundante barba.

El druida echó los hombros para atrás, reposó sus manos sobre los muslos y habló.

—Fue una larga noche aquella –comenzó diciendo–. Habíamos dejado la Ciudad Gris temprano a la mañana. Recién cuando el sol comenzó a esconderse, y su semejante de plata a alzarse sobre el firmamento, dimos con el enemigo. Estaban en un claro, preparándose para pasar la noche, cuando los hallamos. Por aquellos tiempos nuestro poder combinado era sublime, contábamos con muchos guerreros y druidas de renombre. Pero ellos no se quedaban atrás. Más allá de Maki, su formidable líder, había varios guerreros temerarios en sus filas.

No hubo palabras ni demoras. Combatimos toda la noche. Mucha sangre se derramó sobre aquel claro. Matamos a docenas, pero también perdimos a muchos. Bajo la luna brillaron sus encantamientos, los nuestros y el metal de las espadas. Individuos recios y difíciles de matar resultaron ser aquellos hechiceros. No regalaban sus vidas ni mostraban piedad, aunque nosotros tampoco. Por las virtudes de soldados como Sarbon y Nial la batalla se desarrolló igualada las primeras horas de la noche. Pero con el pasar del tiempo el masivo poder de Maki comenzó a inclinar la balanza a su favor. Hacia la madrugada, solo dos de nosotros quedábamos en pie, Sarbon y quien les habla. Todos los demás estaban muertos o abatidos. Incluso el mismísimo Nial había sido doblegado por el brujo. Yo me encontraba rodeado por tres hechiceros. Su poder no era excelso, y además estaban agotados, pero también lo estaba yo. Hacía rato que mi enfrentamiento con ellos se hallaba estancado. Sarbon, por su parte, estaba combatiendo él solo contra Maki en una colina cercana. Nuestro difunto rey, como todos saben y al igual que su hijo aquí presente, era rápido y raudo. Razón por la cual, al hechicero negro, que para aquel momento también veía su poder mermado, se le hacía difícil conectarlo con sus artilugios. Moviéndose consistentemente errático y fundamentándose en la tracción de sus piernas, Sarbon conseguía evadir las ofensivas de su adversario. Pero la incomodidad era mutua. Él tampoco lograba acortar distancias y concretar ataques. Finalmente, y en uno de los actos más valerosos que le he visto realizar a un hombre, nuestro rey se abalanzó directamente sobre el brujo. Entendiendo que luchando a la defensiva no conseguiría nada, realizó un ataque frontal que lo expuso a los artificiosos que obviamente lo alcanzaron. Una centella de magia negra laceró el cuerpo de nuestro amado amigo y rey, liquidándolo en el acto. Pero no antes de que pudiese enterrar una de sus espadas en el plexo solar del hechicero. Recuerdo, como si hubiese sido ayer, la imagen del sagrado acero de La Fríapenetrando las blancas carnes de Maki. La estocada fue perfecta, tan profunda y potente que la hoja emergió por la espalda del brujo. El inesperado ataque suicida de nuestro rey quebró momentáneamente la concentración de mis adversarios. Lo que me dio la oportunidad de realizar una certera combinación de golpes y hechizos, y derrotarlos. Cuando alcé nuevamente la vista, observé que Maki, a pesar del terrible ataque de Sarbon, se estaba reincorporando. Les aseguro, mis queridos amigos, que nunca había visto a un hombre recibir tan demoledor castigo y no morir. El brujo arrancó la espada de su caja torácica y, sosteniendo sus propias tripas entre las manos, se puso de pie, dispuesto a seguir luchando. Le podrán, y con razón, señalar mil falencias al hechicero negro, pero jamás se atrevan a acusarlo de temeroso. Puesto que, a pesar de todo, no puedo sino admirar la tenacidad que demostró aquella noche. Por mi parte, viendo que mi enemigo se negaba a sucumbir, recurrí a mis últimas fuerzas y lo ataqué con un conjuro que lo envolvió en llamas. Aquel encantamiento casi me cuesta la vida, pero agradezco a los espíritus del bosque haberme regalado la vitalidad suficiente para, aún exhausto y herido, poder conjurarlo. Ya que fue ahí cuando se signó nuestra victoria. Maki ardió y chilló de dolor por más de un minuto antes de desplomarse calcinado. Unos instantes después se volvió a levantar. Pero en esta oportunidad, apenas vivo y con el cuerpo desecho, ya no mostró intención de perpetuar el combate. Sabía que había perdido. En ese momento me encontré frente a una disyuntiva. Y me declaro culpable de cualquier cargo del que ustedes, nobles ciudadanos, me quieran acusar. Pues opté por regresar al claro a atender a los heridos. Y, consecuencia directa de dicha decisión, permitir que Maki escape.

Todos quedaron enmudecidos tras las palabras de Baris. Por un dilatado instante, el crujido entonado por las maderas de la hoguera fue lo único que se pudo oír. Incluso Eric, quien había sido protagonista de aquella afamada batalla, se vio conmovido por el discurso de su amigo.

—Hiciste lo correcto –dijo Owen rompiendo el silencio mientras apoyaba su mano sobre el hombro del druida–. No temas de nadie juicios ni acusaciones. Porque no miento cuando digo que no conozco ni he oído de un hombre de tu integridad y valentía.

—Adhiero a las palabras del rey –se sumó Eric–, si no fuera por ti, hubiese muerto sin conocer a mis hijos más jóvenes y a mis nietos.

Baris asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa mecánica. Sus ojos perdidos y vibrantes evidenciaban que aquella decisión aún carcomía su conciencia.

—Señor druida –alzó la voz Leto, un bardo de rostro alegre muy versado en el uso del arco de cazador. Su modo despreocupado y fresco modificó la apesadumbrada tónica que se había generado–. Tengo una pregunta acerca de Maki.

—Pregunta con confianza, amigo –replicó Baris.

—¿Por qué ha vuelto? O, mejor dicho, ¿por qué vino en primer lugar? ¿Qué quiere? ¿Qué hay en este antiguo bosque que encarne en él tan fuerte obsesión?

Los labios del primer druida dibujaron una mueca de frustración y meneó la cabeza.

—Maki anhela lo que todo hombre con poder –contestó–, más poder. ¿Pero por qué viene hasta aquí buscando alcanzar dicho propósito? La respuesta a esa pregunta es trágica. Dime, Leto, ¿has oído alguna vez hablar de Aveleth?

—Aveleth –repuso el arquero mientras fruncía el ceño–, he escuchado ese nombre en algunas canciones, en las más añejas creo. Pero debo confesar que no estoy demasiado familiarizado.

—Eso es de esperar –continuó el primer druida mientras todos lo escuchaban–, es una divinidad de una mitología casi olvidada.

—Entiendo –replicó Leto mientras asentía con la cabeza–. ¿Y qué tiene que ver esta antigua diosa con Maki?

—Lo que ocurre –repuso Baris agravando la voz– es que existe una vieja profecía, leyenda mejor dicho, que afirma que Aveleth vive aquí en Eirian, más precisamente en los bosques de Eloth. Y que otorgará grandes poderes a quien consiga cortejarla. Maki ha prometido que carbonizará hasta el último de nuestros árboles con el fin de encontrarla.

—¿Y qué poder, cuenta la leyenda, obtiene quien consigue “cortejarla”? –preguntó un hombre robusto y de luenga barba que se encontraba recostado contra uno de los pilares.

—El de ser capaz de hablar con los árboles.

Ante aquella respuesta el hombre dejó escapar un largo suspiro y puso los ojos en blanco.

—Eso es difícil de creer –continuó Leto tras de una breve pausa y mientras murmullos y silenciosas risas se escuchaban por lo bajo.–Llevas razón –exclamó Avon con severidad al momento que se sumaba nuevamente a la conversación–. Pero ninguna importancia tiene lo que tú creas o no creas. Esa es, efectivamente, la razón por la que Maki insiste en invadir estos bosques.

—Ahora entiendo por qué dijo usted que la razón de su subyugación era trágica, gran druida –volvió a hablar Leto, obviando la agresión de Avon–. Resulta funesto que tantas vidas tengan que esfumarse por una fábula tan absurda. –Concuerdo contigo, bardo –le dijo Baris–. Se equivoca Maki al pretender adueñarse mediante la fuerza de un recurso que la naturaleza guarda para sí. Ignora que solo conseguirá dañarse a sí mismo, al total de su raza y a la madre de todo. Como habitantes del bosque hemos comprendido que los mortales debemos limitarnos a observar pacientes y aceptar el fruto que la naturaleza, desde su suprema sabiduría, considere el indicado para nosotros –el druida hizo una pausa, un aura guerrera lo adornó–. Pero la razón de la vuelta de Maki a Eirian resulta, a estas alturas, irrelevante. Lo importante es que él ya se encuentra cruzando las montañas de Mroth. Tus compañeros, los bardos, lo han visto. Y si sus dichos son ciertos, lo acompañan por lo menos cien hombres. Pronto llegará al bosque de Eloth, corazón de nuestro reino. No habrá emisarios ni intentos de negociación, él viene a destruir. Y nosotros debemos decidir qué haremos. He invocado este concilio con el fin de resolver si lucharemos contra él o si, por el contrario, abandonaremos la Ciudad Gris y partiremos hacia el norte, a los Bosques de Escarcha.

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Volume:
351 p. 3 illustrations
ISBN:
9789878719801
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