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Título original:

Sciences Sociales et managementPlaidoyer pour une anthropologie générale

CIENCIAS SOCIALES Y ADMINISTRACIÓN

EN DEFENSA DE UNA ANTROPOLOGÍA GENERAL

Primera Edición: mayo de 2002© Jean François Chanlat© De esta traducción Luz Elena Arango© Fondo Editorial Universidad EAFITCarrera 49 No. 7 Sur -50 Medellínhttp//www.eafit.edu.co/fondoEmail: fonedit@eafit.edu.coISBN: 958-8173-10-8

Dirección editorial Leticia Bernal V.

Diseño y diagramación: Alina Giraldo Y.

Ilustración de Carátula: A partir de: Ethel Gilmour. Giacometti: I love you

Editado en Medellín, Colombia, Sur América

Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions

En memoria de Maurice Dufour

Tabla de contenido

Prólogo

Agradecimientos

Introducción

I. NATURALEZA Y EXIGENCIAS DE LAS CIENCIAS SOCIALES

II. NATURALEZA Y EXIGENCIAS DE LA ADMINISTRACIÓN

III. LAS CIENCIAS SOCIALES Y LA ADMINISTRACIÓN: UNA RELACIÓN DE NATURALEZA SOBRE TODO OPERATIVA

El problema de la producción y de la eficacia

El problema de la dominación y del sufrimiento

El problema del sentido y de las significaciones

El problema de la solidaridad

El problema de los valores

IV. LA RACIONALIZACIÓN DE LAS PRÁCTICAS ADMINISTRATIVAS: RESULTADOS POCO CONCLUYENTES

La presión sobre los salarios y las diferencias sociales en crecimiento

Decadencia de las coberturas sociales

Endeudamiento creciente

Reestructuraciones ineficaces

Una economía cada vez más dominada por los imperativos financieros

Consecuencias humanas evidentes

V. HACIA UNA ANTROPOLOGÍA EXTENDIDA

La apertura disciplinaria

El retorno de las dimensiones fundamentales

El retorno del actor y del sujeto

El retorno de la afectividad

El retorno de la experiencia vivida

El retorno de lo simbólico

El retorno de la historia

El retorno de la ética

Conclusión

Bibliografía

Notas al pie

Prólogo

Esta pequeña obra que hoy presento a los lectores, es el fruto de una reflexión que he venido elaborando desde hace ya más de veinte años, sobre la relación que las ciencias sociales tiene con la administración. Numerosos elementos han nutrido esta reflexión. Primero que todo, surgió del asunto propuesto para un coloquio internacional realizado en Montreal, en 1980, y organizado por mi hermano Alain y por Maurice Dufour, cuyas consecuencias fueron importantes en el campo de las ciencias humanas aplicadas a la administración.1 Se nutrió, igualmente, de las diversas enseñanzas que he venido impartiendo en programas de administración desde hace dos décadas tanto en Montreal como en el extranjero. Además, esta reflexión encontró sus fuentes de inspiración en numerosas investigaciones realizadas a lo largo de todos estos años. En fin, se ha beneficiado tanto de las múltiples lecturas que he hecho como de los intercambios intelectuales frecuentes y numerosos que tuve en el transcurso del mismo período con muchos colegas, que venían principalmente de los dos lados del Atlántico.

La materialización de este esfuerzo intelectual fue posible gracias al requisito exigido por la Escuela de Altos Estudios Comerciales de Montreal de presentar una lección inaugural, para que sus profesores accedan a la categoría de profesor titular. Este ritual universitario, caído en desuso en numerosas instituciones contemporáneas, es una bella tradición, que permite a los autores hacer un balance de su recorrido intelectual. La redacción de dicha lección nos obliga a realizar una síntesis crítica, convirtiéndose así en el momento privilegiado por excelencia para mirar hacia atrás, pensar en el presente y reflexionar sobre el porvenir. Por mi parte, como profesor y especialista de las ciencias sociales que se enseñan en los programas de administración, me pareció oportuno abordar no sólo las relaciones que nuestras disciplinas han tenido históricamente con la administración, sino también extraer de allí proposiciones para el mundo de la administración de hoy. Tanto los comentarios del auditorio el día de mi lección, como los de los colegas que tuvieron la gentileza de leer mi texto, me impulsaron a publicarlo.

Según nuestro punto de vista, la publicación de este texto podría interesar a varias clases de lectores. Primero que todo, por supuesto, a los docentes y estudiantes de administración preocupados por el lugar que deben tener las ciencias sociales en su formación; también a todos los docentes y estudiantes de otros campos profesionales: facultades y escuelas de ingeniería, escuelas de relaciones industriales, programas de educación especializada (salud, educación, servicios públicos etc.), para quienes las ciencias sociales deben tener un lugar propio; finalmente todos los practicantes de administración, interesados en lo humano y en lo social, cualquiera que sea su nivel, encontrarán aquí materia de reflexión.

En efecto, en un momento en el que todo lo que está asociado a la vida económica, en donde la empresa y la administración triunfan alrededor nuestro, no está de más reflexionar sobre lo que eso significa para nuestras sociedades, nuestras empresas y para nosotros mismos. Las ciencias sociales como disciplinas reflexivas están ahí para ayudarnos en este ejercicio.

Espero que esta obra, que sólo quiere ser una modesta contribución en este sentido, suscite el interés del lector.

Montreal, Agosto de 1998

Agradecimientos

Como lo recuerda bellamente Enriquez: “No hay producción, construcción de un mundo nuevo sin que éste no tenga que ver con una palabra de amor, con una herencia que se pueda recoger con alegría y al mismo tiempo traicionar”.1 Esta obra no escapa a esta regla.

Ante todo, mis pensamientos serán para una persona que acaba de desaparecer y que significó mucho para mí. Fue uno de los principales inspiradores del lugar que deben tener las ciencias humanas en la formación de los administradores que aquí defiendo vigorosamente. Se trata de Maurice Dufour, quien fue un maestro en todo el sentido de la palabra, ya que me permitió ser lo que soy; razón por la cual le dedico este libro. En esta ocasión, quisiera rendirle también un sentido homenaje a otro de mis maestros, que significó mucho para mí, a Delmas Lévesque. Él supo hacerme compartir su pasión por las ciencias sociales y por la sociología en particular, siendo el origen de mi vocación sociológica y de mi ingreso en la Escuela de Altos Estudios Comerciales. De cierta manera, esta reflexión también le debe mucho.

Quisiera también expresar toda mi gratitud, colectiva esta vez, a los numerosos colegas próximos y lejanos, y a todos mis estudiantes quienes, sin saberlo, contribuyeron a alimentar las reflexiones que aquí expongo. Quiero agradecer también a la Imprenta de la Universidad Laval, en particular a su director de desarrollo, Léo Jacques, por haber aceptado publicar mi manuscrito y asegurar su difusión, a todo el equipo de producción, por la edición, como también a las ediciones ESKA y al director de la colección “Ciencias de las organizaciones” Gilles Amado, por haber aceptado coeditarlo. Finalmente, agradezco a la Dirección de Investigaciones de la Escuela de Altos Estudios Comerciales por su ayuda financiera para la publicación de esta obra.

Introducción

“El doble reduccionismo que gobierna hoy por hoy los asuntos del planeta, lo constituye la reducción de lo político y lo social a lo económico, y de todo lo económico a lo financiero. Entre la lógica de lo viviente y la del dinero se juega el porvenir del mundo”.

René Passet, 1996, p.231

“Permitir que los mecanismos del mercado dirijan solos el destino de los seres humanos y el de su medio natural, así como también el monto y la utilización del poder adquisitivo, tendría como resultado la destrucción de la sociedad”.

Karl Polanyi

Durante las últimas décadas, las sociedades contemporáneas han sufrido numerosas transformaciones sociales. De todos estos cambios, tres me han interesado en tanto sociólogo docente en una escuela de administración: 1) la hegemonía de lo económico; 2) el culto a la empresa y 3) la influencia creciente del pensamiento gerencial sobre las mentalidades. Esta constatación, como es evidente, tiene consecuencias sobre la dinámica y el tipo de sociedad que estamos construyendo. Desde hace casi dos siglos, con el nacimiento de la revolución industrial, la afirmación de la Razón y del Progreso, y las grandes revoluciones políticas americana y francesa, entramos en una sociedad que se mueve al ritmo del crecimiento económico y de las aspiraciones democráticas. Este proceso socio-histórico, que surgió primero en Occidente,1 ha invadido de tal forma el mundo entero que, recientemente, el filósofo americano Francis Fukuyama, inspirado en Hegel, se atrevió a concluir el fin de la historia (1992).

Aunque presuntuosa cuando se conoce lo trágico de la existencia humana –no hay sino que pensar en la experiencia del siglo que acaba de terminar para convencerse de esto–, esta afirmación no deja de ser sin embargo sintomática de cierto discurso de moda en el medio, donde se confunden el liberalismo económico y político con el apaciguamiento de las pasiones y a menudo con el pensamiento único. Que el liberalismo en general haya contribuido significativamente con el desarrollo de lo que somos hoy, nadie puede negarlo. Que el comercio tranquilo del que hablaba Montesquieu en el siglo XVIII pueda moderar los ardores nacionales, todos pueden dar ejemplos. Pero también es cierto que la dinámica del capitalismo, que constituye la matriz de estas transformaciones sociales, no se ha caracterizado jamás por un humanismo desbordante. Pensadores tan diferentes como Adam Smith, Karl Marx, Alexis de Tocqueville, John Stuart Mill, Max Weber, Emile Durkheim, Lëon Walras, Thorstein Vablen, Joseph Schumpeter, Karl Polanyi, Francois Perroux, Fernand Braudel, Raymond Aron y John Maynard Keynes, lo han señalado, a su manera, en sus escritos en un momento dado.2

La hegemonía de lo económico que presenciamos en nuestras sociedades está basada en cierta lógica: la lógica capitalista. Fundada sobre la propiedad privada, el juego de los intereses personales, la búsqueda del beneficio y de la acumulación, se ha impuesto históricamente en todas partes y poco a poco. En los últimos años, la caída del muro de Berlín, el fracaso de las soluciones colectivistas y la crisis del estado benefactor no han hecho más que reforzarla, dando un lugar cada vez más central a las lógicas financieras.3 Algunos de nuestros contemporáneos –estimando que en lo sucesivo este funcionamiento responde al orden de la naturaleza– se han atrevido a exhortarnos a confiar de ahora en adelante nuestros destinos personales y colectivos al poder invisible de los mercados y, en particular, al de los mercados financieros.4

Este triunfo de las ideas capitalistas como categorías dominantes del pensamiento económico y del mercado como modo de regulación de los intercambios, tuvo como efecto inmediato dar un lugar central a la empresa. “Hay capitalismo –nos recuerda Max Weber– allí donde las necesidades de un grupo humano se satisfacen económicamente por intermedio de la empresa, sin importar la naturaleza de la necesidad”.5 En el transcurso de los últimos años, este papel tradicionalmente otorgado a la empresa se ha unido con la celebración, particularmente entusiasta, de ésta, culto hasta entonces desconocido en la mayoría de las sociedades capitalistas indus trializadas.6

En efecto, considerada durante mucho tiempo por la mayoría de las personas como un lugar de explotación, dominación y alienación, la empresa se ha convertido, si se da fe a los numerosos discursos que circulan hoy, en la institución por excelencia, fuente de riqueza y de cultura, capaz de resolver la mayor parte de los problemas que debemos enfrentar. Este culto a la empresa, que culminó en los años ochenta, tuvo dos consecuencias importantes: la difusión masiva de los discursos y de las prácticas administrativas en medios que siempre estuvieron alejados del “espíritu administrativo”, y el aumento considerable del número de estudiantes de administración en casi todo el mundo. Al conjugarse estos dos fenómenos, surgió una sociedad que se podría calificar de gerencial, en cuyo interior el que administra u homo administrativus, como diría mi colega Richard Déry, se convirtió en una de las figuras dominantes (1997).

Las manifestaciones de esta sociedad gerencial son múltiples. En primer lugar, desde el punto de vista del lenguaje, se puede observar fácilmente como en nuestros días palabras como gestión, gerente y gestionar hacen parte del léxico utilizado corrientemente en los intercambios cotidianos. Desde el punto de vista de la organización, se puede observar cómo las nociones y los principios administrativos provenientes de la empresa privada –eficacia, productividad, resultados (performance), profesionalismo, relación empresarial, calidad total, cliente, producto, mercadeo, excelencia, reingeniería, etc.– han invadido ampliamente las escuelas, las universidades, los hospitales, las administraciones, los servicios sociales, los museos, los teatros, las sociedades musicales y los organismos sin ánimo de lucro. Recientemente, en un importante periódico canadiense de lengua inglesa, el rector de una gran universidad anglófona escribió que las universidades debían inspirarse ¡en las técnicas de Wal-Mart! Finalmente, a escala social se puede observar que los jefes de empresas, los gerentes, los ejecutivos, constituyen hoy un grupo influyente. Para convencerse pensemos, por ejemplo, en el lugar que ocupan no sólo en los medios, sino también en la vida de la ciudad, sobre todo gracias a su presencia cada vez más fuerte en los establecimientos universitarios. El gerente se ha convertido, sin duda alguna, en una de las figuras centrales de la sociedad contemporánea. La esfera de la vida privada también ha sido invadida. Ya no expresamos las emociones, las gerenciamos lo mismo que la disponibilidad del tiempo, nuestras relaciones, nuestra imagen, y hasta nuestra identidad. El “gerencialismo” es decir, el sistema de descripción, explicación e interpretación del mundo a partir de las categorías de la administración, está firmemente inscrito en la experiencia social contemporánea. Es el producto directo de una sociedad de gerentes que busca racionalizar todas las esferas de la vida social.

La relación entre las ciencias sociales y la administración se sitúa en este contexto. Es más: está en el núcleo de la comprensión de la actual dinámica que acabamos de evocar brevemente; dinámica cuya finalidad se inscribe en el proceso de racionalización del mundo analizado, a principios de siglo, por Max Weber.

¿Qué formas toma esta relación? ¿Cuál es la contribución de las ciencias sociales en la comprensión de la administración y qué lugar deben ocupar hoy en la formación de los futuros administradores? Para responder a estas importantes preguntas, que constituirán el tema principal de esta lección, es necesario primero que todo recordar el proyecto y las exigencias tanto de las ciencias sociales como de la administración. Veremos enseguida cómo la administración ha utilizado las ciencias humanas, y después haremos un recuento de cómo la administración trata a los seres humanos actualmente. A partir de esta serie de interrogantes precisaremos el papel que las ciencias sociales deben representar en el campo de la administración. Aunque retomo lo esencial del proyecto intelectual de las ciencias sociales, defenderé en la última parte de esta exposición la construcción de una antropología general. Se sobreentiende que el punto de vista que voy a defender aquí es parcial, parcial y comprometido, lo que es coherente con cualquier ejercicio intelectual de este tipo. Pero como no es un dogma, está sometido a debate público y a la crítica de cada cual.

I. NATURALEZA Y EXIGENCIAS DE LAS CIENCIAS SOCIALES

“El siglo XXI no podrá ser sino el siglo de las ciencias sociales”.

Claude Lévi-Strauss

“A diferencia de las ciencias de la naturaleza, las ciencias sociales establecen inevitablemente una relación “sujeto-sujeto” con sus objetos”.

Anthony Giddens

Antes de empezar es conveniente definir lo que se entiende por ciencias sociales. Para nosotros, las ciencias sociales son todas las ciencias que se ocupan de hacer inteligible la vida social en su totalidad o en uno de sus aspectos. Como no se puede considerar un ser humano solo y una sociedad sin hombres ni mujeres, la distinción entre ciencias humanas y sociales –como lo destacó Lévi-Strauss– es un pleonasmo. Hegel lo supo resumir de manera lapidaria: “La realidad humana sólo puede ser social. Es necesario, por lo menos, ser dos para ser humano”.1

Conservaremos el término ciencias sociales únicamente para hacer más evidente en el léxico el carácter fundamentalmente colectivo de la experiencia humana. Pero utilizaremos indistintamente las dos expresiones a lo largo de esta lección porque, como se habrán dado cuenta, son sinónimas.

La mayoría de las ciencias humanas o sociales nacieron en el siglo XIX. Son el producto de la sociedad occidental que a partir del siglo XVIII introdujo el cambio permanente y rompió, sometida por los violentos ataques de la razón, con la religión y la literatura.2 En nombre del progreso del espíritu humano –para aludir al título de un célebre libro de Condoncert–, es decir, en nombre, simultáneamente, de la Razón y de la Ciencia, del intercambio tan alabado por Adam Smith en La riqueza de las naciones, y de los derechos del hombre y del ciudadano exaltados por los filósofos de La Ilustración y de la Revolución Francesa, los Occidentales trajeron al mundo una sociedad muy diferente de la de sus ancestros. Inventaron la modernidad.

“El período que va desde el último cuarto del siglo XVIII hasta la primera mitad del siglo XIX constituye –escribe Nisbet– uno de los períodos más fecundos de toda la historia. Pensemos simplemente en los términos que fueron inventados o que recibieron su acepción actual en el transcurso de este período: industria, industrial, democracia, clase, clase media, ideología, intelectual, racionalismo, humanitario, atomista, masas, mercantilismo, proletariado, burocracia, capitalismo, crisis”. (1984, p. 39)

La génesis de las ciencias sociales es, pues, el fruto de sociedades en profundas mutaciones, que buscan no sólo comprenderse mejor y explicar mejor lo que ocurre, sino también controlar y prever mejor, como escribía el creador del vocablo sociología, el francés Auguste Comte.3

Desde el comienzo y a lo largo de su historia, las ciencias sociales han oscilado entre dos actitudes con respecto al estudio científico de los fenómenos humanos: de una parte una posición naturalista, objetivista, causalista y cientificista y, de la otra, una posición humanista, subjetivista, finalista y comprensiva.

La primera fue sostenida por Stuart Mill y Auguste Comte que buscaron construir, a comienzos del siglo XIX, siguiendo el modelo de las ciencias fisicoquímicas, una verdadera física social, es decir, como escribe el mismo Comte, “una ciencia que tiene por objeto propio el estudio de los fenómenos sociales, considerados de la misma manera que los fenómenos astronómicos, físicos, químicos y fisiológicos”. (1972 p. 86). El espíritu científico es invocado aquí con el propósito de establecer, por medio de la observación, las leyes sociales, sirviéndose del determinismo causal. Este punto de vista, heredado de las ciencias de la naturaleza, inspirará a la gran mayoría de los investigadores en ciencias sociales hasta nuestros días. Desde las ciencias económicas hasta la sociología, pasando por la psicología, las ciencias políticas, la demografía, la antropología, numerosos son los que recurrieron y todavía utilizan exclusivamente esta postura teórica, metodológica y epistemológica.

La segunda actitud fue desarrollada a finales del siglo XIX y principios del XX, como reacción a la anterior, sobre todo por pensadores de lengua alemana. Dilthey, entre ellos, la expone muy bien en estos términos: “Es necesario tomar lo opuesto de los métodos positivos de un Stuart Mill y de un Buckle, quienes abordan las ciencias humanas desde el exterior; es necesario fundar estas ciencias sobre una teoría del conocimiento, legitimar y apuntalar la independencia de su función y abandonar definitivamente la subordinación de sus principios y de sus métodos a los de las ciencias naturales”. (1942, p. 140)

Rickert, Simmel, Weber, Cassirer, Hayek y otros investigadores contemporáneos asumen, en grados diversos,4 esta posición, en nombre de la singularidad del objeto estudiado. En efecto, como escribe Gusdorf, las ciencias humanas “son ciencias ambiguas, puesto que el hombre, que es a la vez su objeto y su sujeto, no puede ponerse él mismo entre paréntesis para considerar una realidad independiente de él” (1960, p. 340). Deben pues tomar nota de esto y nunca ceder a la fascinación de lo que Paul Ricoeur calificó de falsa objetividad, es decir, la de una humanidad “en la que no habría sino estructuras, fuerzas, instituciones, en vez de hombres y valores humanos” (1955, p. 30). Lo que Devereux resumió, en una obra fundamental de metodología de las ciencias humanas, con una formula de choque: “La cuantificación de lo no-cuantificable con el objeto de hacerse valer es, en el mejor de los casos, comparable al intento leibniziano de demostrar matemáticamente la existencia de Dios” (1980, p. 29).

A la división entre estas dos grandes posturas teóricas, metodológicas y epistemológicas, se añade igualmente un corte de naturaleza praxeológica. Casi desde sus orígenes, las ciencias sociales oscilan entre dos actitudes en relación con la acción social concreta que resulta de sus trabajos: mantener una distancia fundamentalmente crítica o desarrollar una tecnología social directamente utilizable. Según los defensores de la primera corriente –como, por ejemplo, el sociólogo Max Weber–, la primera finalidad de las ciencias sociales no es la de ponerse al servicio de algunos poderes o instituciones establecidos, sino en primer lugar y sobre todo volver inteligible la realidad humana, social e histórica. Para lograrlo, deben teorizar y sintetizar de manera crítica los objetos estudiados. En sus famosas encuestas de Verein, prácticamente desconocidas por los lectores de lengua francesa, sobre la influencia que la gran industria alemana ejerce en numerosos aspectos de la vida social, Max Weber afirmaba que toda búsqueda de aplicaciones prácticas en materias sociales, comerciales o culturales era absolutamente ajena a la investigación. “Con tales objetivos –escribía–, la imparcialidad científica de estas investigaciones no sería respetada de ninguna manera” (Kaesler, 1996, p. 86). Esta posición será nuevamente defendida por C.W. Mills, cuando, en los años sesenta, hiciera la crítica de la utilización administrativa de la sociología: “las grandes fundaciones estimulan, con gran despliegue, las investigaciones burocráticas sobre problemas de menor importancia, y reclutan con tal fin a los administradores intelectuales” (1971, p.111). Recientemente, esta posición fue confirmada por numerosos especialistas en ciencias sociales –en Norteamérica y Europa–, como consecuencia del descalabro técnico de numerosas investigaciones.5

Los representantes de la segunda corriente no ven de la misma manera el papel de las ciencias sociales. Según ellos, las ciencias sociales deben ser también, y sobre todo, prácticas, es decir útiles. Esta utilidad se encarna en una forma de ingeniería social cuya finalidad es la previsión y el control de las conductas humanas. En este sentido, puede reconocerse, fácilmente, cierto número de trabajos que van desde el movimiento americano de las relaciones humanas en la industria, liderado por Elton Mayo en la primera mitad del siglo XX, hasta ciertas corrientes actuales de las ciencias humanas aplicadas. En este caso, el objetivo es desarrollar técnicas de administración de lo social con el fin responder a una demanda institucional. En muchas de estas investigaciones se constata que los problemas de medida y métodos son a menudo más importantes que las consideraciones de orden teórico. Las ciencias sociales se transforman entonces en disciplinas operacionales, por no decir operatorias.6

Esta oposición entre las perspectivas y este corte en la manera de concebir la relación con la práctica no es, por supuesto, siempre tan clara. Durkheim, por ejemplo, uno de los fundadores de la sociología, aunque trabajaba como científico no hacía la sociología por puro placer. Estaba motivado por un profundo deseo de justicia social y buscaba fundar una moral republicana. Por otra parte consideraba que la sociología no merecía ni una hora de trabajo si no permitía mejorar la sociedad. Marcel Mauss, su sobrino, tenía esta misma actitud cuando escribió: “el público no nos permite ocuparnos exclusivamente de lo que es fácil, divertido, curioso, raro, pasado, sin peligro, porque se trata de sociedades muertas o alejadas de las nuestras. Quiere estudios concluyentes para el presente”.7 Entre estas dos posiciones, existen posiciones intermedias capaces de conjugar distancia y pertinencia, pero es necesario no perder de vista el carácter fundamental de la primera.

Más allá de los acalorados debates que estas dos visiones puedan suscitar, cada una de ellas participa, a su manera, en la definición de las exigencias científicas propias de las ciencias sociales. Se comprende entonces que las ciencias humanas, por razón de su objeto que es también y ante todo un sujeto social-histórico –para hablar como Castoriadis–, tienen características singulares y, al mismo tiempo, intenciones que comparten con las ciencias naturales. Es, sin embargo, su especificidad la que matiza las exigencias que pueden hacérseles en materia de conocimiento. En una obra de 1993, Alain Caillé presenta cuatro: describir, explicar, comprender y generar normas, es decir, valorar. Nosotros las tomaremos aquí por nuestra cuenta.

La descripción es la etapa preliminar de todo análisis. Como lo recordaba el antropólogo Claude Lévi-Strauss, el trabajo clasificatorio de las especies de Linneo fue indispensable para Darwin. Sin este estudio descriptivo previo de la anatomía de los animales conocidos, Darwin no habría podido edificar su teoría de la evolución. Lo mismo sucede con las ciencias sociales. Antes de explicar y comprender un fenómeno humano en su dinámica, es necesario poseer los datos que lo describan y, por lo mismo, lo hacen existir. En otras palabras: describir es también nombrar, y nombrar es dar vida a un fenómeno que antes era desconocido o invisible. Describir es pues, en cierta manera, la primera forma de conocimiento. Es ésta la razón por la cual las encuestas sociales y las estadísticas han jugado un papel histórico en la formación de las ciencias sociales desde sus orígenes, pues constituyen una información útil para los gobiernos –todavía hoy lo son–.8 Paralelo a este esfuerzo de enumeración, existen bastantes descripciones cualitativas de las que los trabajos etnográficos en antropología son un buen ejemplo. Si la descripción es el centro de toda actividad científica, la explicación constituye, por su parte, uno de sus elementos clave.

La explicación es el problema que más entusiasma a los investigadores, porque está en el centro del dispositivo científico, especialmente en la perspectiva objetivista. Se explica cuando se aislan las causas y las razones de un fenómeno, de un hecho o de una decisión y se verifican las hipótesis. La explicación introduce el problema de la causalidad entre dos fenómenos. Pero, como todos sabemos, la causalidad es difícil de establecer en las ciencias humanas, pues el ser humano es versátil, complejo e imprevisible. Precisamente es esta complejidad del sujeto social lo que ha conducido a muchos investigadores por los caminos de la comprensión.9

La comprensión es el núcleo de las ciencias sociales y en particular, como acabamos de verlo, de la perspectiva subjetivista, pues los fenómenos humanos siempre ponen en juego una experiencia, unos valores, unas intenciones, unos deseos y unas significaciones. “Porque estamos en el mundo, estamos condenados al sentido”, escribió un día Merleau-Ponty.10 Para comprender la acción social, cualquiera que sea su forma, el investigador parte de la vivencia subjetiva de las personas estudiadas e intenta, a partir de los discursos, volver inteligibles las conductas. Se acude aquí particularmente a la fenomenología y a las ciencias del lenguaje. A la fenomenología, porque ha sido la primera en plantear la pregunta por la experiencia y el sentido de lo vivido; y a las segundas, porque han mostrado el papel que juegan el lenguaje y la palabra en las interacciones sociales.11 En otras palabras, mientras que la exigencia explicativa intenta comprender el fenómeno social desde el exterior, la exigencia comprensiva busca conocerlo desde el interior y devolverlo al espacio que le es propio a partir de lo dicho por los actores, que también son sujetos. No se trata entonces de alcanzar la verdad social en su objetividad quimérica, sino la verdad en situación, para tomar prestada otra expresión de Merleau-Ponty.

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114 p. 7 illustrations
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