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Jean Cocteau
Cartas a mi madre

| Cocteau, JeanCartas a mi madre / Jean Cocteau. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Pedro Ubertone.ISBN 978-987-599-509-31. Cartas. I. Ubertone, Pedro, trad. II. Título.CDD 846 |
Traducción y notas . Pedro Ubertone
Ilustración de tapa y contratapa . María Rabinovich
Diseño . Ixgal
Título original: Lettres à sa mère.
© Gallimard, 1989
© Libros del Zorzal, 2003
Buenos Aires, Argentina
Esta obra, publicada en el marco del Programa de Ayuda a la Publicación Victoria Ocampo, ha recibido el apoyo del Ministère des Affaires Etrangères y del Servicio Cultural de la Embajada de Francia en la Argentina.
Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’Aide à la Publication Victoria Ocampo, bénéficie du soutien du Ministère des Affaires Etrangères et du Service Culturel de l’Am-bassade de France en Argentine.
Libros del Zorzal
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
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Índice
Cronología | 5
1906 | 8
1907 | 21
1910-1911 | 26
1912 | 31
1913 | 47
1914 | 51
1915 | 55
1916 | 64
1917 | 91
1918 | 98
Cronología
1889
5 de julio: Nacimiento de Jean Cocteau en Maisons-Laffitte. Tiene una hermana y un hermano mayores, Marthe y Paul.
1898
5 de abril: Suicidio en París del padre de Jean Cocteau.
1906
30 de agosto: Llega al Val-André (Côtes du Nord), donde va a preparar en casa de los Dietz la segunda parte del examen de bachillerato.
30 de septiembre: Retorno a París.
1907
4 de agosto: Comienzo de su segunda estadía en Val-André para una nueva preparación intensiva del examen de bachillerato, en el que fracasará
otra vez. La señora Cocteau se queda con su hijo en Val-André desde el sábado 31 de agosto hasta el lunes 2 de septiembre.
1908
Septiembre: Jean y su madre viajan al norte de Italia. Visitan la Isola Bella, Verona y Venecia.
1910
Agosto: Vacaciones en Suiza, en Clarens, con André Paysan.
1911
Estadía de Cocteau y su madre en el hotel Cap, en el Cap-Martin (Alpes-Marítimos).
Agosto: Jean Cocteau es el invitado de la familia Daudet en el castillo de la Roche, en Chargé, cerca de Amboise.
1912
Marzo: Viaje a Argelia con Lucien Daudet.
Del 8 al 15 de agosto: Estadía en casa del pintor Jacques-Émile Blanche, en Offranville.
Del 25 al 30 de septiembre: Estadía en Cambo, cerca de Arnaga, en la propiedad de los Rostand. Del 21 al 24 de octubre: Nueva estadía en Offranville.
1913
Encuentra a Gide en Offranville. Esbozo del proyecto Potomak. Dibuja los “Eugenios”.
1914
Marzo: Estadía en Suiza, con Paulet Thévenaz. Trabaja en el proyecto del David junto con Stravinski.
Septiembre: Encuentro con Maurice Barrès.
Noviembre: Cocteau es colocado en el servicio auxiliar por el Consejo de revisión del Sena.
1915
4 de marzo: Llamado –que no acatará– a la actividad en el 13º regimiento de artillería de campaña.
18 de marzo: Pasa a la 22º sección de los commisouvriers (intendencia).
Octubre: Encuentro con Erik Satie, en casa de Valentine Gross, nacimiento del proyecto Parade.
13 de noviembre: Es emplazado a pedido de la Sociedad Francesa de Socorro a los heridos, calle François-Ier. Afectado al Servicio de las ambulancias.
Diciembre: Encuentro con Picasso.
18 de diciembre: Parte en el convoy automóvil nº2, dirigido por Étienne de Beaumont, que se instala en Coxyde (Bélgica).
1916
29 de julio: Regresa a París.
1917
Febreroabril: Viaja a Italia, con Picasso, Diáguilev y Massine.
17 de abril: Llega al valle de Arcachon. Su estadía en Le Piquey se prolonga hasta mediados de octubre.
30 de diciembre: Partida hacia Grasse, se instala en la casa de campo de los Croisset.
1918
Retorno a París.
Abriljunio: Cocteau, enfermo, es atendido por el doctor Capmas.
Agosto: Partida hacia Le Piquey. 6 de octubre: Regreso a París.
1906
Val-André, 30 de agosto de 1906.
Mamá querida:
La llama de una vela tiembla. El mar murmura. Todo está en calma. Comienzo por abrazarte mil veces. Sigue el relato de mi viaje.
En un vagón está un señor bien, sentado enfrente mío saborea la lectura de los “envenenadores de Chicago”1. Su rostro se alarga en señal de comodidad y parece tomar un inmenso placer en esa lectura; lo dejo para sumergirme en los 4 S2. A izquierda y derecha corren los matorrales, ¡todos iguales! ¡Tengo tiempo para leer!
Hasta el almuerzo, nada especial ocurre, Gorenflot y Chicot me han hecho olvidar los horarios.
Voy al vagónrestaurante, no sin haber hecho antes contra las paredes del corredor una imitación casi perfecta de un péndulo. Como como un ogro. El señor bien está delante mío, le pasan salchichón y... ¡se niega! ¡Eso es tan tonto como leer libros de ese estilo en el tren! Lo dejo intercambiando con otro viajero consideraciones sobre el tamaño de la madera en general y de la haya en particular. Allá... de cada lado se deslizan las planicies, un áspero olor de almuerzo terminado se mezcla con los perfumes sosos de superficiales abluciones de agua de Colonia. Los W.C. fraternizan con degustadores de tabaco inglés y esos aromas forman un conjunto entristecedor para el corazón.
A los tumbos, el tren dispara, el sol brilla, hace un calor espantoso, el vagón tiene sobresaltos terribles. El señor bien tiene hipos de angustia... de repente desaparece.
Me siento mareado... ¿estaré mal del corazón? ¡Un silbatazo! ¡Estación, alto! Estoy salvado, a mí el oxígeno, lo drago con frenesí y llego perseverando en este ejercicio respiratorio a calmar el molesto vaivén de mi estómago a la deriva.
Ahora estoy mejor. Puedo leer tranquilamente. El señor bien conversa a viva voz, mitad para mí, mitad para sí. Ávido por mostrar la ciencia que posee en viajes, enuncia las horas de llegadas, los nombres de estaciones, etc. Mi admiración es largamente moderada por el obstáculo que su barullo monótono impone a mi lectura.
¡Estación Lamballe! Nos frotamos, nos sonamos la nariz. Nos empujamos. Tomo mis cosas y me vuelve esta impresión que ya te he comunicado de un descenso veloz en ascensor. ¿A quién voy a encontrar...? Es ese hacer tripas corazón molesto, tonto tal vez pero molesto de todas formas.
Nadie ha venido a esperarme... y en vez de sentirme incómodo es un suspiro de satisfacción lo que lanzo, ¡todavía cuento con dos horas para prepararme!
Hay allí un mundo muy distinto al de aquí, ¡ya se ven pasar las mujeres aterciopeladas y con cofias! Los hombres visten corto y de azul. No hay forma de obtener mis valijas... al fin hay dos vehículos... tomaré el segundo... Estoy solo primero, dos buenas señoras vienen a alcanzarme, están todas sudadas, resoplantes y cargan inmensos paquetes.
Seguimos una ruta blanca, casi entizada de tanto polvo. A la derecha el asiento me obstruye la visión, enfrente mío y a mi espalda... están las planicies inmensas y feas. Una nube gris, dorada por el sol, persiste atrás de nosotros y marca sobre el camino nuestro paso a medida que avanzamos... por mucho, mucho tiempo seguimos esta ruta... y ahora este tonto agujero en el pecho me vuelve a ganar. ¿Es signo de que nos acercamos? Le pregunto a una
de las señoras, ¡ella me responde que una media hora será suficiente!... Tenía ganas de responderle que, con esos tumbos, diez minutos bastarían, pero ella no habría pescado el juego... y me abstuve.
El paisaje se vuelve más pintoresco... Uno ve el cielo caer de todas partes hacia el horizonte, azul sobre nosotros, es gris allá abajo y ese gris mezclado con malva flota como una bruma ligera, delante mío todo es devorado por el poniente... y aparecen dos molinos cuyas alas blancas giran y giran.
La vieja dama, confundiendo sin dudas mi rodilla con la banqueta, golpetea sobre ella unas marchas militares... De pronto, dos gritos se elevan... “¡Le Verdelé!”3 Y veo esa famosa roca desfigurada por su acento, que se yergue por una escotadura... violeta y verde en un rincón azul.
... Y esos dos molinos colorados cuyas alas rubias giran todo el tiempo... me siento cada vez más oprimido.
Finalmente unas casas, chalets... ¡y rocas! ¡Estamos llegando! Una pequeña niña empuja delante suyo dos vacas... Mis sienes laten al punto de estallar. Ahí estamos, chalet Georges-Anne. Todo el mundo está en el tennis y me quedo solo. Tengo
unas ganas locas de hacer como Triplepatte4 en la alcaldía... ¡de escapar! Pero es suficiente. Ya estoy aquí y me quedo.
¡En un señor y una señora sobre la ruta adivino al matrimonio Dietz5! “No hay más dudas, son ellos”,
diría la señora Belazor. Empujan la cerca... Suben la escalera... un golpe en mi puerta. Ahí están.
Él: un falso Mounet-Sully6, ojo demasiado huidizo... mirada altanera... palabras entrecortadas.
Ella: con arrugas en la frente, me anuncia dando grititos que desde mañana, día de franco, haremos sesenta kilómetros en bicicleta, “Si usted no puede, se lo perderá”, me toma el mentón con un gesto que no admite resistencia, me explora la garganta para anunciarme que no tengo prácticamente más nada, cosa que sé muy bien.
Cena de familia.
Tres pensionistas y el hijo, otro vendrá y tomará mi lugar en la casa. Yo a dónde iré, “no lo sé”. Me dejo conducir por los acontecimientos –es todavía la opción más simple y la he adoptado.
Desde esta noche he trabajado el latín –¡cristi no pierde su tiempo! Estoy entorpecido y completamente desmoralizado. ¡Dios, qué solo me siento! Espero que la noche me ponga de mejor humor. Y termino mi carta para irme a dormir.
Te adoro, mamita querida, llorando amargamente por no tenerte conmigo, te cubro de besos.
Jean
(Escríbeme largas cartas así estaré menos lejos).
Val-André, domingo 2 de septiembre de 1906.
Mi querida mamita adorada:
Heme aquí en mi nuevo cuarto –no lejos de la casa de ellos y... (en el último orejón del tarro) me
encuentro cien veces mejor que en cualquier otra de las habitaciones de aquí.
Una cama –a la bretona– alta, alta, alta, duermo allí de todas formas, un techo atravesado por vigas de madera roja... Un enorme arcón, mesas, etc. El balcón mira al mar y al campo y... ¿lo creerías? Un cuarto de baño casi tan espacioso como la habitación. Es un poco rústico pero no detesto ese tipo de ambientes. Cuando los candelabros, las sábanas de seda cruda y los parqués grises no me asquean, terminan por divertirme, y ése es el último sentimiento que he metido a la fuerza en mí, si es que puede decirse de esa manera.
Los Dietz son agradables conmigo, y salvo por sus miradas altaneras y los largos silencios que él introduce para observarlo a uno entre sus frases, diría que mi maestro me gusta del todo.
Su mujer es notoriamente inteligente, aunque desgraciadamente ella lo sabe demasiado bien y, como esa clase de gente, adquiere una cierta superioridad que se traduce por una manera de hablar doctoral y perentoria, que puede hacerla pasar por una persona que siempre está en pose.
Ella enseña historia de una manera agradable, tiene en la voz un acento que no conozco, pero que es muy gustoso y, como su saber es inmenso, eso fluye, fluye, fluye... simple y claro.
De todas formas, y para hablarte francamente, este trabajo con el mar y su playa blanca que me atrae enfrente... es duro.
Uno siente cerca suyo el infinito... el cielo... la libertad... Es sucesivamente apenante.
Tú también, mi pobre mamá querida, estás sola... La diferencia es que estás en tu casa... espero que eso te consuele... el abismo es enorme, te lo aseguro.
Hoy, creo que vamos a hacer un gran paseo... Voy incluso a pasar por lo de los Dietz... Te abrazo fuerte, fuerte, antes de partir... y te escribiré al volver...
Hasta mañana mamita querida.
Jean
Val-André, 3 de septiembre de 1906.
Mi mamá querida:
Empiezo a habituarme del todo a mi nueva vida y si tu alejamiento no estuviera allí para traerme una gran tristeza, todo estaría prácticamente perfecto.
Esta mañana el señor Dietz ha constatado un progreso sensible en traducción (me hace trabajar
particularmente al respecto), ¡y eso que no hace más que cuatro días que estudio con él! Estoy muy bien instalado en mi cuarto. Es sobre su mesa cubierta de hule que te escribo.
Dulces sueños me han visitado esta noche pero desgraciadamente también las pulgas, cosa que me ha ocasionado amargas reflexiones sobre Bretagne en general y sobre los bretones en particular. Cubierto por las marcas de esos animales, he abrigado hacia ellos una rabia serena según la ley de los discípulos... de Epicuro (viene al caso decirlo).
En este momento somos dietz... perdón: diez a la mesa y la familia del guarda, que vive aparte, viene a sumarse al número.
Ayer, excursión. Fortaleza en ruinas7... escalera ruinosa de vetustez, hiedras y fortificaciones... pozos negros (perfectamente de la época) y pozos mucho más oscuros o, dicho de otra manera, mazmorras (lo cual no quita que fuera en las primeras de las profundidades citadas en donde uno se... iluminaba).
Desayunábamos sobre la hierba y después de una siesta de dos horas retomábamos (¡qué nivel de tiempos verbales!) la ruta del Val-André.
Es a la vez un espectáculo peligroso y encantador. Toda esa blancura que une los verdores en un tinte indiferente y los difumina... Toda esa bruma que hace desaparecer en formas ligeras la línea del horizonte... Cae sobre uno como una lluvia y penetra las ropas hasta la piel... felizmente... de caucho... ¡Por suerte estamos salvados!
El domingo íbamos a la iglesia y luego al mar... En la primera veíamos un bedel, en la segunda... veíamos muchos más de ellos.
... Los rincones rocosos son realmente muy peligrosos también, un barco inglés cargado de carbón ha
venido a chocárselos esta mañana y me han despertado los gemidos lamentables de su sirena repitiendo señales de S.O.S.
A propósito de despertarse, ¿ya te dije cuál es mi horario habitual para levantarme? No... Adivina... inútil por otra parte, nunca lo descubrirías, cinco y media de la mañana. Sípi sípi... como dicen aquí, y uno no tiene derecho a acostarse después de las diez y media...
Esta falta de sueño no es muy buena, debilita un poco y, sin ser un vago, te cuento que no soy uno de los fervientes defensores de esta costumbre.
¡Ah! Tengo que hacer mi tarea de física. Te abrazo tan fuerte como puedo... mi mamita querida. Escríbeme rápido y sobre todo no olvides enviarme una gramática (incluso una infantil, la más simple que tengas). Te abraza
Jean
Val-André, 9 de septiembre de 1906.
Mamá querida:
¿Cuáles son esas seis misivas de las que me hablas? Te escribo una vez por día y sin dudas el correo habrá cometido algún error... en fin, qué importa. Al mar, mar.
Retenido por la humareda fresca que caía blancuzca sobre la tierra, no me había decidido a tomar un baño todavía... pero voy a empezar inmediatamente. Uno de mis compañeros, Chantrel, me va a enseñar a nadar... (danos hoy nuestro baño de cada día) y eso me va a distraer un poco.
Me preguntas quiénes y cómo son mis compañeros, helos aquí:
Halfond, judío griego, primo de Erlanger. Tiene cara de fumador de narguile con almohadones bajo los brazos y babuchas en los pies. Habla a la manera de las tortugas y no para un instante de abordarnos, diciendo: ¿Saben ustedes la diferencia que existe
entre un... y... una...? Buen muchacho, finalmente. Detesta a los tontos y se ama mucho, sin embargo.
Ese Chantrel que ya te nombré es grande, flaco, irónico, protestante, protesta sin cesar y siempre tiene razón contra la voluntad del profesor, un carácter un tanto felino, propio de su religión.
Cormier. Imagínatelo, con los pelos enrulados, unos lentes, un traje para hacer trámites, al estilo Touring Club, pero un muy buen tipo pese a todo.
De La Rochette, ése es un apellido. Es incluso tres. Llegó hace poco, es bajo, rubio, flaco, mal orador y pedante. Se jacta de una ciencia de la que no tiene la más mínima noción, fue educado por los jesuitas y llama hippie a esta notable señora Dietz solamente porque es una librepensadora. Todo el mundo lo detesta. Me interesa. Es un caso serio.
¡Finalmente Bertrand!
La estupidez humana y la atrofia de las generaciones modernas se ven coronadas en él. Cernícalo infame y masa inmunda, como lo llama Dietz en esos raptos de cólera que su nulidad despierta en el educador. Bertrand suda.
Suda tristemente con una sonrisa vaga. Retraídos detrás de los lentes, sus ojos demasiado parpadeantes parecen querer evitar alguna cosa, como por ejemplo un cachetazo por venir... Bertrand suda... Es un yunque... una pella, está pegado allí como un flan depositado por una mano segura y condenado al oprobio de los hombres. Indiferente por otra parte a las humillaciones públicas... él anda... como un tonel... como un pellejo, y un pellejo.... desnudo.
Me asquea... se le pregunta quién es la señora du Barry8... él responde que es una escultora que hace bronces... (¿posiblemente de Bayre?)...
San Luis no es para él más que un señor al estilo San Pedro y cuando uno le habla de cualquier cosa... él sigue con los ojos un sueño interior y como en Los Granujas... no lo termina jamás.
En síntesis, estoy bien rodeado y no tengo nada de qué quejarme en absoluto al respecto. Siempre he tenido compañeros más devotos que otros.
La frase de un alumno que me preguntaba en el primer examen de bachillerato: “¿Pero quién es finalmente ese Cocteau del que todos hablan?” me vuelve a la mente... y me causa un placer enorme, probándome que sé cultivar un carácter igualitario y generoso.
... Trabajo como un desgraciado... Has debido recibir una carta de Dietz, quien seguramente te dirá como a mí que he dado desde mi llegada unos pasos inmensos hacia adelante en traducción al español.
Si el resultado tiene relación con el esfuerzo, y encuentro que en el trabajo no es el empeño sino más bien el logro lo que cuenta, y bien, entonces creo que lograré aprobar el examen.
Los abismos en los que me ha empujado Bourgoin9 distraen a este pobre señor Dietz... quien cae de sorpresa en sorpresa al ir conociendo todos los timos de este hombre. Timos de los que sólo me doy cuenta ahora, desgraciadamente, y poco a poco.
... Perdón, mi mamá adorada, por escribirte tan rápido, pero tengo tan poco tiempo para mí que estoy forzado a hacerlo... (te comento un dato delicioso a propósito de Bertrand... Le ha escrito a su padre el siguiente telegrama...: Envía línea, ‘toy bien, hasta luego, ¡¡¡disculpa mis garabatos!!! B.’)
Es admirable...
“La estupidez a ese nivel se torna casi sublime.” Te dejo para escribirle a René10, quien parece estar a punto de comenzar a tratarme con frialdad a causa de mi silencio.
Coloca mi amistad y abrazos en las cartas a nuestros conocidos. Una patitapatita para el querido Dédé11, y mil buenos besos sobre tus dos mejillas.
Jean
1º P.S. Envíame un artículo de Le Figaro sobre Triplepatte12.
2º P.S. Guarda mis cartas. Me divertiré mirándolas a mi regreso.
Pléneuf, 13 de septiembre de 1906.
Mi mamá querida:
Este endiablado trabajo me quita siempre el placer de charlar contigo. Es apenas hoy que tengo un instante para decirte que voy bien, que progreso siempre y que he tomado mi primer baño marino
ante el asombro de todos, nadando como un pez, cosa que nunca antes había intentado hacer.
Ahora que conozco mejor a los Dietz, la conversación se torna viva y animada, hablo de literatura con mi profesor y anfitrión, quien entiende admirablemente del tema, al igual que del resto de las cosas, y todo sería completamente encantador si te tuviera cerca de mí.
Te abraza mil veces
Jean
Pléneuf, 13 de septiembre de 1906.
Mi mamá querida:
Trabajo, trabajo obstinadamente, ¡llego casi a hacer versiones sin errores! Estoy cambiando, al punto de no reconocerme más a mí mismo. Comprendí que para subir había que descender hacia el propio interior –¡vi la nada y reaccioné! ¡Ojalá mi vida sea la continuación de ese comienzo!
Mis proyectos para el futuro dan cada vez más vueltas en mi cabeza... Pondré decididamente toda mi energía en realizarlos. Estoy en un momento y a una edad en la que uno no cambia más de idea, mi decisión es irrevocable, cuento con hablarle pronto al respecto al Sr. Dietz.
Te abrazo muy fuerte, once mil veces, mamá
querida.
Jean
P.S. ¿No conoces a los Halfond, parientes de los Wehrlé, a los Elbroner y a los Erlanger?
1907
Val-André, martes 13 de agosto de 1907.
Mi mamá querida:
El condenado trabajo me impidió abrazarte ayer tanto como hubiera querido.
Ahora el cielo se entristece, hay nubes parecidas sobre el mar, sobre el campo, sobre el acantilado, y eso basta para prepararme a tragar la negritud.
Nuestro pueblucho se vacía y muere. Las persianas se cierran. Reina el silencio, precisamos de nuestras horas de libertad para devolver la vida al lugar. Yo no creo, por otra parte, que nuestra alegría sea demasiado jovial, puesto que encuentro en la soledad el lamento de las estupideces cometidas. Me vas a tratar de viejo gruñón, pero la culpa es del clima y no hay que agarrárselas conmigo.
Rocher me escribe todo el tiempo cartas muy sinceramente afectuosas. Estoy encantado con eso, ya que se puede adivinar allí un retorno a los sentimientos humanos.
El Boulant13 nacional es siempre el mismo, fiel y bueno en páginas que me enternecen hasta las lágrimas, por fin me siento rodeado de un influjo tal de amistades sólidas y lejanas que una seguridad feliz viene a mezclarse con la tristeza de no tenerlas cerca.
¡La simpatía se incrusta cada vez más profundamente dentro de mi moral y llego incluso a amar al prójimo por necesidad y por interés! ¡Qué egoísmo!
Mis grandes consuelos están en ti, y me basta
–eso sucede por otra parte muy regularmente cada día– con evocar tu imagen, tu voz y tu bondad para retomar coraje y reconquistar la calma.
Dile de nuevo a Marthe el placer que me causó su carta; las palabras cotidianas son para mí una fuente de energía.
He llorado al dulce Proudhomme14 y rezo por
Réginer15.
Escríbeme.
Te abraza tu querido
Jean
P.S. Daudet16 va hacia la chifladura irremediable.
Recibo tu carta y reabro la mía. No me has entendido bien, mi mamá adorada, y me maldigo por haberte podido causar la menor pena.
Pero no me alejo de ti, puesto que, al contrario, me acerco. Solamente me torno mejor y más joven, ya que he comprendido que había que tomar de la vida todo lo que ella ofrece. Aceptar sus dolores como naturales y recibir sus placeres como recompensas.
Mis alegrías son simples, dado que las encuentro en los libros, y me apuro en tranquilizarte acerca de mis estados anímicos que deben a veces su tristeza a mi naturaleza, pero que permanecerán siempre íntegros y superiores.
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