Read the book: «Eugenio d'Ors 1881-1954»

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© Javier Varela, 2017.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO086

ISBN: 9788490568491

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

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Índice

Prólogo

1. Hacia el polo austral

2. Horizontes de grandeza

3. El hombre que pudo reinar

4. Presagios

5. La traición

6. «Cuando yo era metalista»

7. Las dos procesiones

8. Delenda est barbaria

9. Ciudadano de Roma

10. En los días del ángel

11. El imperio de España

12. La importancia de llamarse Eugenio

13. Estilo y cifra

Lista de abreviaturas

Notas

Ni todo está dicho, ni todo está por decir.

Todo está dicho a medias.

EUGENIO D’ORS

PRÓLOGO

Este libro es una biografía de Eugenio d’Ors Rovira, también conocido por el heterónimo Xenius. Precisando más: es una biografía intelectual porque no solamente trata de narrar una vida, sino también de resaltar las ideas estéticas, morales o políticas, en el contexto de la Europa de la primera mitad del siglo XX. Su trayectoria vital puede dividirse en tres fases. La primera discurrió en Barcelona, desde la fecha de su nacimiento hasta 1922. La segunda tuvo Madrid y París como escenarios principales. La tercera abarca desde el comienzo de la guerra civil, en 1936, hasta el día de su muerte. Su obra literaria principal consiste en centenares de escritos breves, llamados «glosas». Las glosas, en definición insuperable de su autor, eran «improvisaciones inspiradas en la realidad circunstancial». Quizás hoy las llamaríamos columnas, sobre arte, literatura, política, filosofía, o sobre lo que los franceses llaman el fait divers y Unamuno «esto y aquello». Sobre esto y aquello tratan la mayoría de ellas. El glosario, o colección de las glosas, recibió nombres diferentes en cada etapa de su vida: Glosario, Nuevo Glosario, Novísimo Glosario. Aunque no fue un político en sentido estricto, d’Ors vivió pendiente de la política de su tiempo. Como buen intelectual, intentó que sus opiniones influyeran en personajes y movimientos políticos. Y en parte lo logró. En Cataluña impulsó un movimiento cultural conocido como «noucentisme», con ramificaciones importantes en la literatura y en las bellas artes. Su influencia en Barcelona no ha tenido igual; no ha habido escritor que pueda comparársele a lo largo del siglo XX.

Nuestro hombre fue cambiante en sus lealtades políticas. Primero fue partidario del nacionalismo catalán, en su versión más radical. Ocupó puestos importantes como director de la política educativa del primer gobierno autónomo catalán, el creado en 1914 con la Mancomunidad de Cataluña. El Glosari se publicó día tras día en La Veu de Catalunya, órgano de la Lliga Regionalista, el partido dominante en el nacionalismo catalán. A continuación, en su periodo madrileño, pudo identificarse con la monarquía, con el catolicismo político y, sobre todo, con figuras paternales y de autoridad como Salazar o Pétain. El Nuevo Glosario pasará al ABC y luego a El Debate, el diario vinculado a la Acción Católica. En 1937, durante la guerra, ingresó en la Falange Española. El periódico de referencia será entonces el pamplonés Arriba España y, pasada la guerra, el madrileño Arriba, órgano de la FET y de las JONS. También mantendrá un espacio importante en La Vanguardia, el viejo diario de la familia Godó, rebautizado como La Vanguardia Española.

A través de sus variaciones políticas, nunca dejó de ser un hombre profundamente marcado por la ideología de L’Action Française, el movimiento monárquico y autoritario fundado por Charles Maurras; una ideología que dividía el mundo en categorías antitéticas: clásico y romántico, monarquía y república, orden y caos; unas divisiones que eran tanto estéticas como políticas; un ejemplo de la politización del arte o de la estetización de la política, como anunció Walter Benjamin. De la lectura de los centenares de glosas y artículos he sacado la conclusión de que d’Ors, en su primera etapa catalana, exaltó varios mitos y símbolos políticos. El más importante de ellos fue el mito imperial. En sus etapas posteriores reescribió estos mitos, pero en clave española. Y así, se dio la paradoja de que unos mitos construidos para justificar la separación entre Cataluña y España sirvieron luego para afirmar la unidad indisoluble entre ambas. Teresa, la Bien Plantada, se convirtió en Isabel la Católica. El imperio catalán se renovó en el imperio de España. En este orden de cosas, sostengo que Eugenio d’Ors, no Ortega y Gasset, fue el escritor que más influyó sobre José Antonio Primo de Rivera y la Falange, por sí mismo o a través de discípulos como Rafael Sánchez Mazas.

Aunque puede contarse a d’Ors entre los escritores catalanes más importantes del siglo XX, su fortuna en Cataluña decayó de forma abrupta en 1920, a partir de su expulsión de los cargos oficiales que ocupaba en la Mancomunidad. Desde entonces, su figura ha sido considerada por el nacionalismo catalán como la de un traidor, la de un enemigo de la lengua y de la nación catalana, cuya figura conviene olvidar. Los episodios de censura sobre la figura del escritor y sobre cualquier conato de divulgar su legado se han sucedido hasta nuestros días.

Pero la fortuna de Eugenio d’Ors en el resto de España ha padecido de otra forma. Su afiliación a la Falange y su acomodación al régimen de Franco no han sido cartas de presentación aceptables en la España constitucional y democrática. En la España actual impera otra clase de censura, acaso más sutil pero no menos eficaz, que consiste en la corrección política. Todo lo que recuerde al franquismo, todo lo que se aparte de las banderías y preferencias existentes, tiende a ser colocado en el rincón de los trastos viejos.

Como resultado de ello, la edición de su obra principal, el Glosario, ha sufrido los avatares de la política. Tuvo que ser el señor Jaume Vallcorba, primoroso editor de Quaderns Crema, fundador luego de la editorial Acantilado, quien impulsara en Barcelona la edición completa del Glosari por especialistas tan destacados como Xavier Pla y Josep Murgades, aparte de otras obras escritas en lengua catalana. Una edición que fue precedida, es cierto, por la edición parcial que hizo Edicions 62 en 1982, en su colección canónica de literatura catalana. Pero esas iniciativas no han tenido equivalente en el resto de España. El lector del Nuevo y del Novísimo Glosario sigue obligado a consultar la edición de Aguilar, otro editor benemérito; una preciosa edición en cuatro volúmenes que tiene el inconveniente de haber sido revisada y ordenada por su autor. No es que hiciera grandes amputaciones o censuras en su obra. D’Ors estaba convencido —equivocadamente en mi opinión— de que su vida como escritor tenía una continuidad esencial. Pero esos «arreglos», si no impiden la lectura y el disfrute, hace que estos volúmenes sean poco recomendables para el estudio. Por añadidura, los últimos años del «Novísimo Glosario» que publicaba el diario Arriba quedaron fuera de la edición de Aguilar, y solo recientemente se han editado aparte. Por tanto, he acudido siempre que he podido a los periódicos y revistas en los que se publicaron las glosas. Además, hay ocasiones en que el significado de una glosa solamente puede apreciarse teniendo en cuenta el momento en que fue escrita. El estilo de nuestro hombre nunca es directo; está repleto de alusiones que solamente pueden apreciarse en el contexto oportuno. A veces, la mera posición de la glosa en la página de La Veu de Catalunya nos dice más sobre la intención de su autor —o del partido al que sirve— que lo expresado en ella. Se trata, pues, de considerar «las continuas ósmosis y endósmosis que en el escritor se producen entre la vida y la obra», por decirlo en las palabras justas del glosador.1

Este libro quiere ser un ejercicio de recuperación —me atrevería a decir «de restauración»— de un autor con el que —he de confesarlo— no simpatizo. El dandismo del personaje, su carácter acomodaticio, la insondable vanidad —la pasión dominante entre académicos e intelectuales—, el cinismo —tan visible en muchas ocasiones—, la creencia de pertenecer a una humanidad superior, no propician la identificación. Pero acaso esta distancia haya sido una ventaja. El principal deber del paisajista —decía Xenius— es no formar parte del paisaje. Y las ideologías que defendió d’Ors, el nacionalismo primero y el falangismo después, figuran, en mi opinión, entre lo más abominable del siglo XX. En todo caso, he procurado seguir el consejo de Tácito, y escribir sobre esta antipática personalidad sine ira et studio.

Decía Xenius que la presencia de una valoración moral en una biografía, lejos de reducir las posibilidades de objetividad, las acrece. Yo no he tratado de ser objetivo, porque creo que es un ideal inalcanzable, indeseable incluso. La coincidencia entre el relato y las cosas tal y como sucedieron es una prerrogativa semidivina. El historiador escoge entre los indicios que le ofrece el material conservado; selecciona aquello que necesita para tramar un relato y elabora una descripción que tenga sentido, una historia que contar. El «referidor» (así llamaba Xenius al biógrafo) ha de contentarse con ofrecer una versión; una interpretación entre otras, pero que sea contrastable; que haya tenido en cuenta todas las informaciones relevantes. La historia no se divide entre los que se inclinan por el análisis y los que prefieren la descripción. La división, según creo, hay que hacerla entre las maneras de narrar la historia. No es que la narrativa haya «retornado», como se decía hace años. Es que nunca se marchó. Estaba semioculta, agobiada por un empacho de teoría, fascinada por lo que George Steiner llamaba «la falacia de la forma imitativa», por el espejismo de la exactitud y de la predictibilidad característica de la ciencia natural. La historia es narración y, en lo fundamental, una variedad de la literatura. Que me perdonen los colegas que se crean revestidos con la bata blanca de los «científicos». Hay una historia seria, responsable, interesante, liberal incluso. Y hay una historia trivial, redundante, partidista o apologética. La historia, a mi juicio, tiene que ser una afortunada combinación entre la erudición y el estilo. Pero no puede establecer leyes ni tiene capacidad para predecir el futuro. A veces pienso que ni siquiera puede enseñar sobre las así denominadas «lecciones del pasado», porque los hombres tienen la memoria corta y, por lo general —sobre todo en España—, no leen libros de historia.

Pero no simpatizar con Xenius no excusa el interés y el aprecio, la admiración incluso. Basta con tratar a un autor con cierto detenimiento para que este se vuelva interesante, podría decirse con Flaubert. La verdad es que resulta intrigante —a mí, al menos, me ha apasionado— poder seguir la trayectoria que llevó a d’Ors desde el catalanismo más estricto a la Falange, pasando por el sindicalismo y el monarquismo autoritario. Este libro trata precisamente sobre el camino, lleno de vericuetos, que un nacionalista catalán recorrió hasta el falangismo. Y cuando digo «falangismo» no quiero decir «fascismo» siempre. Porque «fascista», en sentido estricto, es algo que el glosador nunca fue.

Xenius es, política aparte, un excelente escritor, tan bueno en castellano como en catalán —quizá más en esta última lengua—; un autor que merece la pena leer; un hombre de ingenio primoroso; un notable creador de aforismos. Dionisio Ridruejo, que lo trató en la última época de su vida, decía con razón que en lo suyo escrito no había nada comparable a lo suyo dicho. La desgracia o la tragedia de este escritor es que pretendió ser apreciado por lo que no era, o por las partes menos consistentes de su producción. Pretendió ser considerado un filósofo sistemático, cuando era un comentarista inteligentísimo de la actualidad evanescente. Aspiró a ser un teórico de la estética, estableciendo incluso una «Ciencia de la Cultura», cuando descollaba precisamente por su intuición y su capacidad nada sistemática de descubrir a los buenos artistas. Uno de sus lemas o imperativos más conocidos es el que invita a elevar la anécdota a categoría. Pero, acaso, lo mejor sería tomar el camino contrario, despojando al autor de sus pretensiones de ser un «ideurgo», para dejarlo en los huesos de lo anecdótico.

Quiso d’Ors combatir el tiempo, escapar a la trágica historia de su época y, por más que se esforzaba en crear arquetipos, eones, o como quisiera llamarlos, la historia del presente español y europeo se colaba entre sus glosas. Nadie más sensible a la coyuntura de los tiempos que Eugenio d’Ors. Nacionalista catalán, sindicalista, monárquico, falangista. ¿Hay quien pueda ofrecer mayores cambios? Quizás Azorín, su amigo, lo supere en algunos puntos. Alguno lo llamaría camaleón, cuando era instinto de supervivencia. Al comienzo de su libro El vivir de Goya, publicado en 1934, recomienda no ligar la identidad de un personaje a una colección de episodios, sino buscar el principio unitario, el hilo en que estos acontecimientos se engarzan. El consejo parece acertado. Si he conseguido, no ya fijar la «identidad» del personaje, harto evanescente, sino tan solo seguir el hilo, me daré por satisfecho.

Estamos tratando, también, con una figura originalísima del panorama literario español. Sus gestos y posturas, tan artificiosas; su cultura artística —rara entre los escritores españoles—, su enorme capacidad de trabajo... Todo eso lo convierte en un intelectual excepcional. En la Cataluña de Prat de la Riba logró ampliar los horizontes culturales, tan estrechos, que había mostrado el catalanismo durante sus inicios. En la España sórdida y aislada del franquismo, quedó como uno de los escasos intelectuales con empaque europeo. A través de las fundaciones artísticas que impulsó pudo recobrarse la memoria de las vanguardias artísticas de la preguerra. No fue un hombre vengativo. Al contrario. Procuró usar su influencia para librar de la represión a alguno de sus antiguos colegas.

El lector interesado deberá tener presente que las citas del Glosari catalán se expresan siempre con la letra G y con la fecha en que fue publicada cada glosa. Con ello puede ir, bien a la preciosa edición de Quaderns Crema, bien directamente a La Veu de Catalunya, cuyos ejemplares fueron digitalizados en el portal ARCA por la Biblioteca Nacional de Cataluña. Respecto del Nuevo y del Novísimo Glosario, salvo pocas excepciones, las citas van precedidas con el nombre del diario —LVC para La Veu de Catalunya, LN para Las Noticias, EDG para El Día Gráfico, ABC, LV para La Vanguardia o A para Arriba— y la fecha de aparición. Se recomienda, para el lector curioso, el portal de la Universidad de Navarra www.unav.es/gep/dors, al cuidado de la señora Pía d’Ors, que sintetiza muy bien la bibliografía y la iconografía del autor, y que contiene también muchos documentos interesantes, sacados de su archivo personal. Asimismo, son de imprescindible consulta los portales de prensa digital de la Biblioteca Nacional de España y del Ministerio de Cultura, que han hecho una obra formidable en los últimos años. He de mencionar también la gentileza y profesionalidad que he observado en el personal encargado de los archivos y bibliotecas de Cataluña. La Generalitat de Catalunya, en colaboración con los ayuntamientos y bibliotecas catalanas, ha realizado una labor de digitalización y catalogación ejemplar, poniendo al alcance del investigador el material necesario para su tarea.

He procurado traducir del catalán todos los textos largos que aparecen en el libro. Confieso que mi primera intención fue dejarlos tal como se publicaron, en la creencia de que todo español culto debería al menos leer en esta lengua y conocer sus clásicos. En cambio, he dejado sin traducir las frases breves, las palabras sueltas, porque he creído que dan sabor a la narración, añaden matices y rodean al biografiado de una lengua que siempre estimó mucho, como lo prueba el hecho de que en ella escribió partes sustanciosas de su obra. Xenius es el heterónimo más conocido de d’Ors y he optado por citarlo sin el acento grave, porque así suele escribirse en la prensa española en lengua castellana. He respetado siempre la d’ minúscula intercalada entre el nombre y el primer apellido, con la que nuestro autor quiso ser conocido. También he modernizado todas las citas en catalán; quiero decir aquellas que son anteriores al establecimiento de las normas gramaticales y ortográficas de Pompeu Fabra.

Querría agradecer a mi universidad, la UNED, las facilidades que me ha concedido siempre para dedicar tiempo a la investigación. Con Andrés de Blas Guerrero, mi querido amigo y colega, tuve la oportunidad de intercambiar opiniones, en una presentación resumida de este libro en nuestra facultad, la de Ciencias Políticas y Sociología. Quiero citar además a Pedro C. González Cuevas, colega y amigo también, solvente especialista en la historia de la derecha española, con el que he mantenido porfiadas conversaciones durante muchos meses. Finalmente, es de justicia citar a mis editores de RBA, que mejoraron mucho el texto original, y procedieron de manera implacable contra mi leísmo madrileño. A ellos y al jurado de la Fundación Conde de Barcelona y RBA Libros, que otorgó el décimo sexto Premio Gaziel de Biografías y Memorias a este libro, mi reconocimiento más expresivo.

1
HACIA EL POLO AUSTRAL

«MAGISTER CATALONIAE»

Eugenio d’Ors amaneció a la vida literaria y política barcelonesa en enero de 1903, con motivo del I Congreso Universitario Catalán. En aquel momento, tras los éxitos políticos de 1901, el nacionalismo catalán pasaba por dificultades: «un dels periodes de la història moderna de Catalunya més ingloriós»;1 el periodo que media entre la prisión y enfermedad de Enric Prat de la Riba, la escisión de la Lliga Regionalista, en 1902, y las primeras victorias lerrouxistas del año siguiente. El congreso fue convocado por tres entidades catalanistas: la Agrupació Ramon Llull, el Centre Escolar Catalanista y la Federació Escolar Catalana, vinculada esta última a la Lliga. A ellas se sumó la Protectora de l’Ensenyança Catalana. Los motivos de la convocatoria quedaron claros desde el principio: estimular las enseñanzas universitarias, ponerlas a la altura de las necesidades modernas, pero hacerlo con un espíritu que se quería autonomista en su esencia y democrático en la forma. Pàtria, ciència, art había sido el lema escogido por los primeros impulsores del movimiento en pro de la universidad catalana, algunos meses atrás. Ahora, como demostración de voluntad patriótica, el acto de inauguración se veía amenizado por una manifestación de estudiantes tocados con barretina. Las sesiones tuvieron lugar en el palacio de Bellas Artes cedido por la corporación municipal.2

El congreso tuvo un carácter fundacional. Contó con la adhesión de las principales entidades culturales y económicas de Barcelona. Entre sus impulsores —Martí i Julià, Bertran i Musitu, Domènech i Montaner, Casellas— se hallaban algunos personajes notables del primer catalanismo político. El joven Ors Rovira —así comienza firmando— intervino como ponente en la sección dedicada a las llamadas «enseñanzas especulativas», en representación del Círculo Artístico de San Lucas, que era una institución de orientación conservadora que había nacido bajo la guía del obispo Torras i Bages. También figuraba como «encargado de enmiendas» en el apartado sexto, dedicado a la creación de cátedras de Derecho Civil Catalán y de Historia y Literatura Catalanas.

El joven Ors parecía tomar buena nota de este sesgo desfavorable por el que pasaba el país. Consideraba que su ponencia era de una trascendencia grandísima para el congreso porque, con ella, pretendía realizar un experimento de «psicología nacional»: «yo os pintaré —parecía decir— el miserable estado en que estamos y os trazaré en las conclusiones el deber a cumplir». Cataluña caminaba hacia una «revolución», pero lo hacía con los ojos vendados. El país menestral y utilitario, rebosante de inquietud regionalista aunque estrecho de horizontes, debía mudar de dirección. Hasta entonces había aspirado a la «libertad»; ahora se trataba de adquirir una vida intelectual poderosa, un «espíritu» original que justificase su personalidad política ante el mundo. Días antes del congreso, el joven Eugenio Ors publicó en La Veu de Catalunya un cuento titulado «El Rabadà», un personaje —el Rabadán— tomado de una canción catalana de Navidad:

—A Betlem me’n vull anar:

Vols venir, tu, Rabadà?

—Vull esmorzar!

El Rabadán —pastor o zagal en castellano y catalán— evoca aquí al hombre del sentido común, que lleva la exacta relación del debe y el haber; el que rehúye todo riesgo, el gobernante vulgar, sordo a la luz que llega de Belén. El Rabadán es el burgués prudente, avaro y de escasos alcances, que duerme sin sueño. ¿A Belén? ¿Para qué tanta prisa? ¡Y de noche! ¡Estáis locos! El relato quería oponer la Cataluña contemporánea —«tota la terra nostra, a qui tan pràctica diuen i calculadora, i de somnis i d’ideals despullada»— a otra Cataluña posible, capaz de entonar las alegres canciones pastoriles para escarnio del Rabadán:

Doncs avant i no badem,

Que ja és hora que marxem,

Cap a Betlem!

Meses atrás había participado en el homenaje a santo Tomás de Aquino, organizado por la revista La Creu del Montseny, que se editaba bajo la supervisión del obispo de Barcelona. Según creía, el tomismo, defendido por una «legión de héroes», se orientaba en sentido idealista, metafísico y antipositivista. Con la bancarrota del «agnosticismo positivista», la ciencia —de la química a la estética, de la sociología a la estadística— había quedado huérfana de filosofía. Era, pues, tarea de la nova escolàstica proporcionarle un fundamento renovado. Merced a los «luchadores tomistas» acabaría realizándose una nueva Enciclopedia, llamada a sustituir la del siglo XVIII: «Obra gegant, obra de glòria... obra nobilíssima de caritat». También había publicado uno de sus primeros artículos en Pèl & Ploma, defendiendo la «sagrada inquietud». «Vivimos demasiado tranquilos», decía. Nos conformamos con la encalmada producción espiritual, cuando lo preciso era partir hacia la guerra. Hay que combatir con aspereza para imponer las propias ideas; para volver con victoria o perecer de forma honrosa. El reposo no puede ser más que un descanso entre dos batallas. Es necesario imitar a los antiguos caballeros que, hasta durmiendo, guardaban la espada junto a sí. ¿Serenidad? ¿Paz? En otro momento. Era llegada la hora de atender el aviso del poeta Maragall:

La lluita és ben incerta...

Companys, companys, alerta.

La moraleja del cuento del Rabadán, el romántico conjuro a la tempestad, el artículo en pro del tomismo y la ponencia del congreso venían a concluir lo mismo. La «inquietud sagrada» tenía que revolver las ideas recibidas. El idealismo tenía que sustituir al empirismo, esa filosofía del sentido común que, a lo largo del siglo XIX, se había identificado con el pensamiento catalán. «Ningú que hagi llegit El Criterio de Balmes ha arribat al pol austral». Tampoco servía el positivismo, con su «funesta» distinción entre filosofía y ciencia. Afortunadamente, la «reacción espiritualista» imperaba en la ciencia: Schopenhauer y Hartmann, Emerson y Carlyle eran «els mestres d’un corrent d’intens misticisme qui s’emporta una munió d’ànimes joves, qui aspiren a la identificació de lo real i lo ideal, de l’art i la vida».

Para encarar el porvenir, era imprescindible pasar del periodo de intuición y sentimiento, que a grandes rasgos podría llamarse modernista, a otro periodo intelectual y consciente. Se precisaba, pues, una kulturkampf, una obra de cultura filosófica. Para ello, era necesaria la creación de una Facultad de Teología; sí, de Teología, porque, sin importarle que lo llamaran «reaccionario», el joven creía que los supuestos de ese idealismo moderno que ambicionaba eran de índole teológica. Cataluña dormía, y el avispado estudiante se aventuraba a gritarle: «¡Levántate y anda!». Había que librarla de sus ataduras materiales para que pudiera desplegar su genio; viajar hacia horizontes de grandeza no soñados hasta entonces.3

El atrevido universitario que así hablaba había nacido en Barcelona, el 28 de septiembre de 1881, en la calle Condal, número 1, en el centro de la ciudad. En 1881 y no en 1882, como afirmará con posterioridad, acaso por coquetería. Su padre se llamaba José Ors y Rosal, natural de Sabadell, médico de profesión. Su madre era Celia Rovira García, nacida en Manzanillo, Cuba. Siempre gustará —incluso con la fonética sibilante— de realzar este doble origen, americano y catalán. Realizó sus estudios secundarios en el Instituto de Barcelona, entre 1891 y 1897. Su expediente juvenil está lleno de sobresalientes y premios extraordinarios. Luego se matricularía a la vez en Letras, su vocación verdadera, y en Derecho, seguramente por imposición paterna. Dejó la primera carrera de Letras colgada en 1898 para terminar la segunda, en el curso 1902-1903, con premio extraordinario y un expediente brillantísimo; salvo por un «bueno» en Instituciones de Derecho Romano, y un «notable» en Elementos de Hacienda Pública, finalizó todas las demás asignaturas con sobresaliente y matrícula de honor. Dirá, más adelante, que en su tiempo había dos maneras de abogados: los prácticos, que ejercían la carrera con sumisión a las reglas, y los que abominaban de ella, por haberla cursado debido a la presión familiar, y estos formaban en el grupo de los rebeldes, soñadores, ateneístas o diletantes peripatéticos. Abogado sin vocación, el joven pertenecía a este segundo grupo. Entre sus condiscípulos estaban Quimet Salvatella, que desde el republicanismo federal llegaría a ministro de Instrucción Pública en una situación Romanones. También Francesc Layret, atraído por la política desde muy joven, y Francesc Pujols, periodista y escritor, además de humorista. Los estudiantes de entonces formaban una tropa indisciplinada, con hábitos desgarbados compuestos de capas peludas y abrigos astrosos que remataban con sombreros extravagantes. Había un catedrático odiado por los alumnos, cuya madre había sido declarada venerable por el Vaticano. Cuando cruzaba el patio, la grey estudiantil murmuraba: «¡Hijo de santa! ¡Hijo de santa!». Muchos de estos alborotadores eran más asiduos a los espectáculos del Paralelo que a las clases de catedráticos de oratoria castelarina. El jueves, la asistencia a la plaza de toros de la Barceloneta solía vaciar las aulas. Algunos recordarán al joven Ors por unos versos que, sobre un cuplé de Antonia la Cachavera, hizo en relación con el principio de Arquímedes, resistente a la comprensión de aquellos jóvenes poco aptos para las ciencias.

Con una palanca y un punto,

Arquímedes dijo un día,

Si a mí me dieran, al punto,

un mundo descubriría.

Y Sócrates que era ese punto,

Le dijo sin más ni más,

Pues toma la palanca,

Toma la palanca,

Toma la palanca

Y haz.

Entre 1910 y 1911 despacharía las restantes asignaturas de la licenciatura de Letras con otro expediente que, salvo las excepciones de Historia Universal (notable) y Antropología (notable), ofrecía calificaciones de sobresaliente y matrícula de honor. En junio de 1912 verificó los ejercicios del grado de licenciatura en Filosofía y Letras, con la calificación de sobresaliente.4

El joven se representará su niñez y adolescencia, en la Barcelona finisecular, como un momento de crisis moral. Fin de siècle, decadencia, naufragio, senilidad, descomposición, son las palabras con las que califica esa circunstancia histórica. La ilusión en la ciencia se desvanecía, pero la fe religiosa seguía sin dominar los corazones. No había nacido un «idealismo nuevo». Era un tiempo en que predominaba el nihilismo y la sensualidad pervertida, viene a decir. «Nosaltres mateixos que érem infants, respiràrem aquest aire corromput». En armonía con el marasmo externo, una infancia de excesivo recogimiento, llena de situaciones tristes, melancólicas. Por imposición paterna, el niño realizaría en casa su primer aprendizaje. El padre le enseñaba latín y francés; la madre, religión y literatura; un preceptor de fuera trataba de enseñarle matemáticas; una señora también le daba clases de música pero, según propia confesión, nunca logró sacar de él nada de provecho. Quizás acudiera durante poco tiempo a alguna escuela externa, porque de mayor solía contar alguna anécdota acerca de don Isidoro, un maestro que obligaba a sus alumnos a darle los buenos días, acompañado de un sonsonete: «Buenos días, don Isidoro, / ¿cómo ha pasado usted la noche?». A continuación ponían las manos sobre el pupitre, para que el maestro pudiera comprobar la policía de las uñas.5

Entre los recuerdos infantiles figuran, de manera destacada, los de carácter olfativo. Los cambios de domicilio durante su niñez, tan frecuentes, quedaron asociados a un aroma dominante: las zanahorias podridas de la vaquería de la calle Condal, donde nació; el aroma picante que venía de la fábrica de papel de fumar Valadia en la calle San Pablo. Era, pues, sordo a las impresiones sonoras, pero muy receptivo para las visuales. Entre estas últimas, recordará después las cubiertas coloreadas de los librillos que manufacturaba la fábrica de Conrado Valadia, con escenas chillonas de la historia española: Juana la Loca dejando volar sus tocas entre sahumerios; los comuneros de Castilla, cruzándose de brazos ante el suplicio; una suerte de rey de armas ordenando el exilio de Boabdil. Otro recuerdo visual está asociado a La Ilustración Ibérica, revista acaso comprada por su padre, y a los grabados que publicaba esta de pintores contemporáneos, de Burne-Jones, Rosetti, Puvis de Chavannes, Whistler o Degas. En particular, guardó una memoria precisa de uno de estos grabados, en el que un dragón asomaba su larguísimo cuello sobre la cima de una montaña. Fue en 1886, con solamente cuatro años, durante un episodio febril. Y de su delirio, recordará, no se separó la imagen espantosa que era, en realidad, un cuadro de Böcklin.6 «Fue con los ojos con lo que yo capté al mundo», señaló Goethe en sus memorias. Algo parecido sucederá con el mozo catalán.

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Release date on Litres:
14 November 2024
Volume:
831 p. 2 illustrations
ISBN:
9788490568491
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