Read the book: «Pasqual Maragall. Pensamiento y acción»
Título original: Pasqual Maragall. Pensament i acció
© Fundació Catalunya Europa, 2017.
© de la traducción: Albino Santos Mosquera, 2017.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO106
ISBN: 9788490568866
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Pórtico
Presentación
La política es la gente
Notas
La ciudad de Pasqual Maragall
Notas
Políticas públicas y ciudadanía
Notas
La "acción catalana" de Pasqual Maragall
Notas
Coda: la tregua olímpica
Referencias bibliográficas
Notas
PÓRTICO
BORJA DE RIQUER Y JOSEP MARIA VALLÈS
Durante más de cuarenta años, Pasqual Maragall i Mira ha tenido una presencia activa en la vida política catalana y española. De manera progresiva, la irradiación de dicha presencia se ha ampliado y ha trascendido el ámbito de su Barcelona para proyectarse como una de las pocas figuras catalanas de referencia a escala global. Son de sobra conocidas algunas de sus actuaciones y manifestaciones públicas en todos los ámbitos donde ha intervenido. En cambio, han quedado en la sombra sus reflexiones y análisis más personales, expresados en documentos y notas que pueden ayudar a comprender mejor todas las dimensiones de su figura.
La intención de la Fundación Catalunya Europa al promover esta obra ha sido facilitar una aproximación documentada a la larga vida política de Maragall señalando algunas de las claves principales para interpretarla con mayor conocimiento de causa. Con tal objetivo, el programa Llegat («Legado») Pasqual Maragall de la Fundación Catalunya Europa definió unas líneas básicas de investigación y seleccionó a quienes serían los responsables de explorarlas.
El resultado se presenta ahora en este volumen. Los ensayos que lo integran se desarrollan en torno a los ejes definidos por la trayectoria de quien fuera alcalde de Barcelona y presidente de la Generalitat de Cataluña: la acción política como herramienta de cambio social; la ciudad y el territorio como espacio de intervención pública; su visión de una Cataluña proyectada hacia España y Europa, o las políticas de gobierno como producto de una obra de conjunto. Los Juegos Olímpicos de 1992 pueden servir de parábola de una experiencia pública que no se agota en aquel episodio y que claramente lo trasciende. Los autores de los textos han dispuesto de toda la documentación catalogada en los archivos de Pasqual Maragall, tanto el personal como el oficial. La han utilizado y la han interpretado con toda la libertad que corresponde a una tarea intelectual como la que se les propuso.
Esta revisión de la obra de Maragall y de las reflexiones que siempre la han acompañado ratifica que el catálogo de sus preocupaciones principales contiene cuestiones aún abiertas, tanto en nuestro propio escenario político como a escala global. Maragall no ha ido a remolque de los hechos ni ha improvisado, como en ocasiones se ha afirmado. Al contrario: ha procurado anticiparse en el tratamiento de fenómenos complejos que nuestras sociedades empezaban a experimentar. Puede ser discutido el grado de acierto de dicho tratamiento, pero no lo es el mérito de haberlo afrontado con la lucidez y el coraje propios del verdadero liderazgo político.
Desde perspectivas diferentes, los ensayos del presente volumen aportan elementos que constituyen materiales útiles para cualquier trabajo de conjunto sobre la persona y la obra de Pasqual Maragall. De este modo, su figura podrá ocupar el lugar que una valoración justa debe reconocerle —sin ninguna duda— en la historia contemporánea del país.
PRESENTACIÓN
JAUME CLARET
La Fundación Catalunya Europa (FCE) tiene encomendada la misión, entre otras, de «analizar y difundir el pensamiento y la acción política de Pasqual Maragall», una labor que desarrolla, sobre todo, a través del programa Llegat Pasqual Maragall. Fue precisamente su Consejo Académico Asesor el que asumió la idea de impulsar una publicación que constituyese un estudio de la obra y las ideas maragallianas, a la vez que realizara una primera aproximación a los materiales archivísticos y bibliográficos del personaje. Los profesores Borja de Riquer y Josep Maria Vallès fueron los responsables de esbozar un proyecto inicial del que, después de ser aprobado por los órganos de la FCE, se me propuso la coordinación en lo que se refiere al diseño definitivo.
Aquella idea inicial se ha materializado en el presente volumen gracias al trabajo, la profesionalidad y el compromiso de los autores que firman los diversos ensayos que lo componen. Se les encargó realizar aproximaciones temáticas siguiendo la evolución cronológica del personaje desde sus años de formación hasta su etapa en la presidencia de la Generalitat, pasando por la de la alcaldía de Barcelona. Cada aproximación temática aporta caras distintas y complementarias de un personaje poliédrico, pero esta no es —insistimos— una biografía canónica, sino un primer mapa de situación, un manual de uso. Se trataba, por así decirlo, de abrir caminos, plantear escenarios, intuir lecturas y proponer interpretaciones para que otros estudios futuros profundicen luego en la complejidad del pensamiento y de la acción política de Pasqual Maragall.
El historiador Joan Fuster-Sobrepere es el encargado de abrir el volumen analizando cómo Maragall efectuó el aprendizaje del poder, institucional y de partido, y de qué modo lo ejerció a partir de un bagaje particular —familiar, ideológico, académico y vivencial— que trasladó a la práctica política. Y quien nos aparece ahí es un político especialmente dotado que, al mismo tiempo, se nos revela como una figura de excepcional honestidad intelectual que, en todo momento, reflexiona críticamente sobre su propia labor.
En segundo lugar, el geógrafo Oriol Nel·lo nos presenta unas vidas paralelas entre la evolución de la ciudad de Barcelona y quien ha sido uno de sus mejores alcaldes. El hecho urbano surge como uno de los hilos de continuidad destacados en su trayectoria, desde su formación académica y su experiencia laboral hasta su papel decisivo al frente de las instituciones barcelonesa y catalana.
Más concreto todavía es el terreno de juego en el que se sitúa el politólogo Quim Brugué: las políticas públicas. O, dicho de otro modo, el ámbito de las acciones y las medidas destinadas a impactar en la vida cotidiana y futura de la ciudadanía. Que las que se desplieguen sean unas políticas públicas u otras diferentes evidencia mejor que ninguna declaración cuáles han sido los fundamentos ideológicos y la continuidad de una determinada concepción de la sociedad por parte del alcalde (primero) y president (después) Pasqual Maragall.
Recoge el testigo el analista Jaume Bellmunt, que indaga en los fundamentos ideológicos del Maragall ciudadano y político. En ese capítulo, nos acercamos a la visión del personaje a propósito de los grandes conceptos políticos —catalanismo, federalismo, socialismo...— para descubrir cómo la presencia de unas continuidades en su pensamiento no ha impedido el replanteamiento constante de las propias posiciones e ideas.
Cierra esos cuatro ensayos temáticos una coda centrada en el discurso de inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Se trata, pues, de un texto breve que, valiéndose del simbolismo del momento y de la alocución en sí, pretende ser, gracias a la pluma de Jaume Badia, una evocación de la figura de Pasqual Maragall en un escenario irrepetible.
Todos tenemos nuestro propio Maragall en mente y guardamos de él alguna imagen determinada vinculada a un hecho, una declaración o un momento. Aun así, la memoria tiende a menudo a confundir contornos hasta el punto de construir recuerdos nuevos, no siempre precisos y, en ocasiones, incluso inexactos. Conscientes de tales peligros, los autores han querido recuperar los textos y las palabras precisas con la intención de restaurar —hasta donde sea posible— al Maragall real, evitando al mismo tiempo tentaciones hagiográficas, lecturas teleológicas y aproximaciones maniqueas. Evidentemente, la selección misma condiciona el relato, pero, seguramente, la proximidad a las fuentes —a los fondos conservados en la FCE, a los archivos personales de los autores y a las diversas hemerotecas y bibliotecas— garantiza una mayor fidelidad. Dado que el objeto de estudio es común y que el universo de referencias es finito, resulta inevitable que algunas citas se repitan y que, en algunos casos, determinados hechos se solapen. Tanto las inevitables reiteraciones como los posibles errores se han intentado reducir a la mínima expresión, pero si, a pesar del esfuerzo, algunos perviven, el único responsable de ello soy yo como editor.
El libro habrá conseguido su objetivo si es capaz de hacer llegar al lector un retrato complejo a la vez que esclarecedor del personaje, y si permite sugerir al investigador nuevos caminos de aproximación a una figura y un momento capitales de nuestra historia: en resumen, si, gracias a las páginas que siguen, se puede comprender mejor nuestro pasado reciente y, sobre todo, se incide en nuestro debate sobre el presente y el futuro. Y todo ello, sin voluntad alguna de caer en lecturas tramposas e interesadas, ni de sustituir el despectivo concepto de «maragalladas» por loas acríticas, sino poniendo en valor un pensamiento y una acción políticos. Si coincidimos con Ralf Dahrendorf en que la clave para asegurar la prosperidad, la civilidad y la libertad de un pueblo pasa por «fortalecer, y en parte reconstruir, la sociedad civil» (1996: 77), resulta evidente la pertinencia de recuperar el pensamiento y la obra políticos de alguien tan comprometido con la civilidad como Pasqual Maragall.
LA POLÍTICA ES LA GENTE
JOAN FUSTER-SOBREPERE
1. LA ESCUELA POLÍTICA DE LA MILITANCIA (1959-1979)
El 15 de diciembre de 2003, Pasqual Maragall pasó la tarde preparando el discurso de investidura como presidente de la Generalitat que debía pronunciar al día siguiente en el Parlamento de Cataluña. Cuando por la noche pudo finalmente escaparse, se acercó al Hospital del Mar, donde José Ignacio Urenda estaba agonizando. Hacía días que Urenda estaba allí ingresado por problemas cardiacos, pero, ese mismo día y de forma imprevista, la enfermedad había dado un vuelco que parecía irreversible. En el hospital había algunos amigos de Urenda —Xavier Rubert de Ventós y Daniel Cando, entre ellos— y lo esperaba Xavier Casas —médico y primer teniente de alcalde de Barcelona—, quien puso a Maragall al corriente de la delicada situación del paciente y de la más que probable irreversibilidad del proceso. En el ascensor, Maragall le insistía con vehemencia a Casas acerca de las posibilidades de actuar para salvar a su amigo, negándose tozudamente a aceptar la situación. Al final, como si necesitase emitir una última y radical protesta, le inquirió con contundencia: «Si se tratase de tu padre, ¿qué harías?». La respuesta, tranquila, racional y profesional, fue una confirmación: no había nada que hacer. A la mañana siguiente, poco antes de que el Parlament proclamase a Maragall presidente de la Generalitat, Urenda fallecía.
1.1. El Front Obrer de Catalunya (FOC)
El azar había querido cerrar así un círculo que había comenzado más de cuarenta años antes, cuando una tarde de primavera tres jóvenes estudiantes —Pasqual Maragall, Isidre Molas y Rafael Pujol— acudieron a una cita en el altillo de unos billares de la Gran Vía barcelonesa, cerca de la universidad. Se trataba de una entrevista con un dirigente de la Asociación Democrática Popular de Cataluña (ADP), rama catalana del Frente de Liberación Popular (FLP), y el objetivo era reconstruir la Nova Esquerra Universitària (NEU), organización estudiantil de la ADP. Al término de la conversación, cuando los tres jóvenes ya estaban convencidos y listos para incorporarse a la NEU, Urenda —el dirigente que los estaba reclutando— les aclaró, antes de despedirse de ellos, que eran los tres únicos militantes de la organización. Y en los meses siguientes, trabajaron con ahínco para hacer que la NEU creciera. En aquel bar, en aquella conversación con aquel hombre un poco mayor que ellos, de aspecto discreto pero de modales amables y seductores, dio comienzo para el joven Pasqual Maragall un compromiso político que ya nunca abandonaría. Aquella mañana de diciembre de 2003 en el parque de la Ciutadella, el nuevo presidente de la Generalitat iniciaría su discurso recordando a Urenda.
El compromiso político en la clandestinidad, bajo la amenaza de la represión franquista, tenía un componente moral, emocional e intelectual, pero era, sobre todo, una experiencia vital transformadora cuando se prolongaba en el tiempo. Creaba poderosos vínculos de lealtad y confianza, se convertía en una forma de fraternidad en el riesgo. Pero a menudo se consumía también en luchas estériles, nominalistas o ideológicas, fruto del aislamiento y la persistencia del régimen, las derrotas y las caídas.
La ADP, al igual que el FLP de los primeros tiempos, era una organización sin vínculos con los partidos históricos de antes de la guerra y estaba formada principalmente por jóvenes provenientes de ambientes católicos, muchos de los cuales eran hijos de los vencedores de la guerra. El primer grupo creado en Barcelona lo formaron personas como Urenda, Joan Gomis, Alfonso C. Comín, Joan Massana y José Antonio González Casanova, un grupo más o menos vinculado con la revista católica El Ciervo que había conectado con los grupos que paralelamente estaban impulsando el diplomático Julio Cerón, en Madrid, y José Ramón Recalde, en Donostia, con propósitos similares. Hacía poco que los tanques soviéticos habían invadido Hungría y los primeros síntomas de contestación universitaria se habían dejado sentir con fuerza en los hechos de 1956-1958. Una nueva generación, la de los nacidos justo al final de la guerra, comenzaba a activarse y brotaba una pléyade de organizaciones políticas nuevas, por una parte, por desconfianza hacia los partidos de la oposición democrática tradicional, a los que reprochaban su moderación o la pura inacción que practicaban y que, a menudo, los hacía invisibles, y por otra parte, por una desconfianza simétrica hacia el Partido Comunista de España (PCE), debida a motivos muchas veces contradictorios, como su dogmatismo, los hechos mismos de 1956 en Hungría y en Moscú, o la estigmatización de la que era objeto bajo la dictadura, durante la Guerra Fría y en el mundo católico.
Esto no quiere decir que la ADP tuviese un cuerpo de doctrina muy estructurado. En un manifiesto inicial, se definía diciendo que:
Un grupo de catalanes socialistas —obreros, profesionales y estudiantes— ha decidido constituir la ADP para abrir un nuevo camino dentro de la oposición catalana, reuniendo a todos aquellos revolucionarios que, sin doblegarse al dogmatismo político e ideológico del Partido Comunista y sin caer en la tibieza a la que ha llevado a los socialdemócratas un mal entendido respeto por la llamada forma «democrática» de los actuales Estados liberales, desean trabajar con un profundo sentido del compromiso político en la construcción de la sociedad sin clases.
Para establecer a continuación un programa de federalismo para España, la necesaria renovación ideológica del socialismo, la formación de cuadros sindicales y un compromiso de coherencia en la práctica política. Un programa que se inscribía dentro de la confluencia entre «los revisionistas» de las democracias populares —la Yugoslavia de Josip Broz «Tito»—, los socialistas revolucionarios de los países occidentales —la izquierda socialista italiana y francesa— y los movimientos de liberación nacional de los países subdesarrollados —Argelia y Cuba—, unas corrientes, concluía, «que hacen nacer la esperanza de una nueva fuerza socialista mundial» (Fundación Rafael Campalans, 1994: 15).
En el año 1961, la ADP se escindió entre los partidarios de pasar a la formalización de un partido estructurado y un activismo más radical, que crearon el Front Obrer de Catalunya (FOC) —Isidre Molas, Josep Maria Picó, Manuel Castells—, y los que se mantuvieron en las posiciones de mayor flexibilidad organizativa y transversalidad ideológica, que conservaron las siglas ADP, entre los cuales se encontraban Urenda y Maragall. La solidaridad con la huelga de Asturias que propugnó el PCE en el año 1962 y la represión que siguió a esta llevaron a la mayoría del grupo del FOC y a Urenda a prisión. Allí pasaron un año y allí también las dos ramas se reconciliaron y adoptaron desde entonces las siglas del FOC.
Maragall, que ya empezaba a tener un papel destacado como dirigente de la NEU, tuvo que esconderse una temporada en Montserrat. Junto con los universitarios del Moviment Socialista de Catalunya (MSC), que encabezaba Josep Maria (Raimon) Obiols, y otros estudiantes independientes, habían constituido el Moviment Febrer del 62. Y en otro plano, también participaban, junto con Xavier Folch, del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), en el Comité de Coordinación Universitaria. Fueron dos precedentes que, pese a no tener continuidad, resultan significativos. El Moviment Febrer del 62 fue un intento anticipado de unidad socialista que no fructificó, al parecer, a causa de la oposición de los miembros catalanes del FLP en el exterior. El Comité de Coordinación Universitaria, por su parte, constituyó una primera instancia unitaria de participación comunista al lado de otros grupos de la oposición democrática.
Cuando los encarcelados salieron en libertad, gracias a la reducción de condena otorgada con motivo de la entronización de Juan XXIII, el partido ya se había reunificado bajo las siglas del FOC dentro y fuera de la cárcel. Maragall, desde fuera, había comenzado la reconstrucción y se integró en la dirección hasta su disolución entre 1969 y 1970. Esta dirección prepararía la segunda conferencia del FOC, que se celebraría en 1964. Su resolución, inspirada por Urenda, sería el primer documento programático de las organizaciones Frente (FLP-FOC-ESBA) provisto de cierta consistencia.
En cualquier caso, la actividad del grupo se dirigió en aquellos años a adquirir la mayor influencia posible en el movimiento obrero y en las por entonces recién creadas Comisiones Obreras (1964). El FOC, tal como ha escrito Josep Maria Vegara —que, en aquellos años, era el hombre encargado del aparato de propaganda—, «era un mundo que no tenía nada que ver con la llamada gauche divine. Era otro mundo, como colectivo éramos de otro mundo» (Vegara, 2012: 45). En este sentido, fue muy diferente de la organización madrileña que había fundado el diplomático Julio Cerón y que reunía desde intelectuales —como el jesuita Javier Aguirre y el corresponsal de Le Monde, José Antonio Novais— hasta el destacado grupo de jóvenes aristócratas exmonárquicos que formaban Nicolás Sartorius, José Luis Leal y Juan Tomás de Salas, así como de la organización del exterior, integrada básicamente por estudiantes y exiliados fuertemente radicalizados y próximos a la extrema izquierda francesa. El FOC, que descansaba sobre un reducido núcleo de activistas a tiempo parcial —nunca contó con liberados—, probablemente por influencia de la personalidad de Urenda, se orientó sobre todo a conseguir cierta influencia en el mundo obrero. Desde muy pronto, recibió la adhesión de un grupo de la escuela de aprendices de La Maquinista que había captado mossèn Dalmau, entre los que estaban Daniel Cando, Manuel Murcia y Tomàs Chicharro. No obstante, esto no quiere decir que no tuviese influencia en el mundo universitario, que la tuvo —aun cuando su protagonismo en la constitución en 1966 del Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB) sería secundario—, o en los sectores profesionales —Narcís Serra, Miquel Roca Junyent y José Antonio García Durán, entre otros muchos, fueron las dos cosas sucesivamente—. Hasta que se estabilizó, la organización tuvo que hacer frente a nuevas fugas y escisiones hacia el PCE/PSUC o la extrema izquierda.
Pese a todo, el documento de la segunda conferencia sirvió de base ideológica de las organizaciones Frente y fue el punto desde el que despegó un proceso que el propio Maragall calificó de relanzamiento. Las elecciones sindicales de 1966 resultaron un éxito para la estrategia de penetración de Comisiones Obreras (CCOO) en las elecciones sindicales oficiales, y la influencia del FOC en algunos sectores comenzaba a ser importante. La dirección estaba formada en esos años por un grupo muy estable de cinco o seis personas.
Paralelamente, los estudiantes y profesionales jóvenes del FOC publicaban también en algunos medios de circulación legal, como la revista Promos. Esta estaba impulsada por algunos elementos de Força Socialista Federal —una evolución hacia la izquierda del grupo de Crist Catalunya (CC)—, si bien llegó a dirigirla el focista José Antonio García Durán. A principios de los años sesenta, eran colaboradores regulares de la misma Antoni Jutglar, Isidre Molas, Armand Sáez y Pere Puig, y esporádicamente otros muchos focistas. Maragall publicó allí algunos artículos: sobre la industria del cine; uno con García Durán sobre el socialismo alemán criticando el programa de Bad Godesberg, y, en el número dedicado al análisis de los Planes de Desarrollo, uno sobre «El desarrollismo» como ideología del nuevo capitalismo español. La revista muestra cómo penetraban en la juventud de los sesenta las ideas de la nueva izquierda. En ella cabían tanto traducciones o reseñas de artículos y libros de Pierre Mendès France, André Gorz o Ernest Mandel, como un monográfico sobre el sistema yugoslavo o una portada dedicada en 1965 a la conversión del viejo sindicato católico francés en una nueva central de orientación socialista y autogestionaria: la CFDT.
También escribían en las diferentes publicaciones de Ruedo Ibérico, que era una iniciativa de tono muy diferente, articulada en París en torno al libertario José Martínez, que reunía a todas las familias de la izquierda heterodoxa: los comunistas disidentes Fernando Claudín, Jorge Semprún y Francesc Vicens; los poumistas del exilio y los exfocistas de Acción Comunista; algunos socialistas independientes como Vicente Girbau; miembros del mundo del exilio parisino, como los hermanos Juan y Luis Goytisolo, y los militantes de las organizaciones Frente residentes en París: Ignacio Fernández de Castro, Ignacio Quintana, Manuel Castells y José Luis Leal, entre otros. Maragall publicó allí algún artículo con el pseudónimo Raúl Torras sobre «Problemas de la entrada de España en el Mercado Común» (1966). No obstante, la contribución más significativa en Ruedo Ibérico surgida de la elaboración teórica del FOC fue el texto de Josep Maria Vegara (Miguel Viñas) «Franquismo y revolución burguesa» (1972), donde se sustanciaban las tesis sobre el éxito del desarrollo capitalista en España.
En esos años, Maragall llevaba una doble vida: la del militante clandestino y la de un joven que, en el año 1965, terminadas las dos carreras de derecho y económicas, entró a trabajar en el Gabinete de Programación del Ayuntamiento de Barcelona, y se casó con Diana Garrigosa. Como el trabajo era de mañana, al cabo de un tiempo, se incorporó por las tardes al Servicio de Estudios del Banco Urquijo, bajo la dirección de Ramon Trias Fargas.
En 1966, y gracias a una beca para cursar estudios de «planificación sectorial» de la ASTEF (Asociación de Estudiantes Extranjeros en Francia), pasó seis meses en París, donde realizó prácticas en el Comisariado del Quinto Plan, con Jacques Delors como profesor. Parece que en la concesión de las becas de la ASTEF —un organismo dependiente del gobierno francés— tenía cierta mano José Luis Leal, que trabajaba en la OCDE y que facilitó el acceso de algunos militantes del FLP, entre ellos Quintana, Joaquín Leguina, Carlos Romero y Juan Tomás de Salas. En París, Maragall contactó con el círculo de los exiliados del FLP y también con los socialistas de izquierda del PSU, liderados por Michel Rocard.
En 1967, el FOC estaba en plena expansión, había alcanzado el centenar de militantes y tenía presencia en un buen número de fábricas en Barcelona y el Vallés Occidental. Justo en aquel momento, se produjo un acercamiento al FSF con vistas a una unificación socialista. Pero, probablemente, era demasiado tarde: los sectores jóvenes de ambas organizaciones, que ya empezaban a radicalizarse, lo impidieron. Después de los éxitos de 1966, tanto en el frente universitario (donde se fundó el SDEUB) como en el obrero (con el éxito de CCOO en las elecciones sindicales), una fiebre izquierdista que se prolongaría hasta 1971 impactó en todos los grupos de izquierda catalanes. Era la manifestación local de un movimiento generacional internacional que, bajo diversas formas, se manifestaría en 1968 en París, Praga, Montevideo, México o Berkeley. En el PSUC, la organización universitaria inició una deriva maoísta que culminaría con la escisión del grupo Unidad, y lo mismo sucedió en el FOC, donde surgió con fuerza un sector trotskista, así como en el FSF. Se frustró así la ocasión de formar un partido socialista de izquierda, y la radicalización se trasladó también al SDEUB, que se fue debilitando hasta su disolución, y a CCOO, donde comenzó una lucha intestina por el control y por las formas de organización entre el PSUC y el FOC, pugna que los sectores escindidos del uno y del otro acentuarían más adelante. No obstante, la política de trabajar en la formación de cuadros sindicales, iniciada en la segunda conferencia del FOC, había dado sus frutos. Entre 1967 y 1968, el FOC llegó a ser mayoritario en la coordinadora de CCOO de Barcelona, y sus dirigentes encabezaron un buen número de huelgas obreras, como la de La Maquinista.
A partir de 1968, con la convocatoria de la tercera conferencia, las luchas internas se intensificaron. El grupo fundacional de socialistas de izquierda se veía desbordado, por un lado, por los trotskistas —que serían finalmente expulsados— y, por el otro, por diversos grupos más o menos espontaneistas influidos por el maoísmo y fuertemente radicalizados. La tercera conferencia no se llegó a clausurar nunca, aunque las reuniones cada vez tenían menos participantes. Una parte de los dirigentes obreros históricos (José Antonio Díaz y Manuel Murcia) abandonaron el partido y se convocó una cuarta conferencia, celebrada ya bajo el estado de excepción. Parece que Maragall abandonó el FOC en algún momento del año 1969. Vegara, el último dirigente histórico que aún quedaba, hizo lo propio en 1970. No hubo disolución formal.
1.2. Aprendizajes y frustraciones
Pese a tan agónico y cainita final, el FOC desempeñó un papel destacado en la resistencia antifranquista en más de un sentido: incorporando sectores provenientes del catolicismo crítico; participando decisivamente en la construcción y el éxito de las primeras CCOO, y formando un notable grupo de cuadros dirigentes que, en la Transición, tendrían un papel relevante desde el centro hasta la izquierda. Sobre la trascendencia del FOC como espacio de formación de cuadros para la futura democracia, Maragall escribió en 1978 el siguiente balance general, con tintes sin duda autobiográficos:
Sigue en pie la hipótesis de que el ejercicio continuado, durante diez años cruciales y difíciles, de esta función no habría sido posible sin la existencia de razones de cierta importancia —en las que habrá que ir indagando— y sin cierto sentido práctico que hay quien ha bautizado como neopositivismo de izquierda y que se contradice bastante con los calificativos apocalípticos que habitualmente se le dedican al FOC [...]. La originalidad, la novedad y el antidogmatismo del FOC fueron durante mucho tiempo su único escudo ideológico. Hoy forman parte, en dosis más sensatas, de unas corrientes políticas de izquierda que son, a un tiempo, tradicionales y bastante heterodoxas (Maragall, 1978: 97).
La cita explica bien cuál es el valor que Maragall otorga a la experiencia de haber dirigido durante un largo período una organización clandestina sin una tradición, ni lazos con el exterior, ni tampoco una referencia clara en el ámbito internacional. También señala lo importante que era la necesidad de construir un bagaje teórico autónomo y, a la vez, practicar ese neopositivismo de izquierda que permitía cierta incidencia —con medios escasos— en el movimiento obrero.
No obstante, del FOC —una experiencia formativa solo comparable en su biografía personal a la del entorno familiar— Maragall conservaría tres cosas: una lealtad inquebrantable a un núcleo muy reducido de personas con quienes había compartido la experiencia; una amplia red de relaciones y afectos con el mundo obrero —un mundo que, de otro modo y por razones de nacimiento, jamás habría conocido ni amado—, y, por último, una profunda desconfianza hacia los grandes relatos ideológicos, no tanto por las ideas en sí, sino por lo que él mismo denominaría en algún momento los «ismos». En último término, esta desconfianza tenía un corolario: el miedo —agudísimo— a los enfrentamientos internos, a las fracciones y a la confrontación dentro del campo mismo de la izquierda por cuestiones secundarias o personalismos.
La disolución del FOC supuso una fuerte frustración, un sentimiento de fracaso, para el joven Maragall. Además, el régimen no solo no daba señales de debilidad, sino que se había endurecido a raíz de los primeros atentados importantes de ETA. En septiembre de 1971, con una beca Fulbright, se marchó con Diana y sus dos hijas a Nueva York para estudiar en la New School for Social Research, donde obtendría un máster en económicas y entraría en contacto con el marxismo estadounidense, mientras leía a fondo a Karl Marx y a John Maynard Keynes.