Read the book: «Héroes, aventureros y cobardes»

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© Jacinto Antón, 2013

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF: OEBO323

ISBN: 978-84-9006-796-3

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

PORTADA

CRÉDITOS

DEDICATORIA

CITA

PRÓLOGO

HÉROES, AVENTUREROS Y COBARDES

HISTORIA ANTIGUA

SOBRE EL ANTIGUO EGIPTO

LA OSCURA LEGIÓN DE LAS MOMIAS

PESCA EN LOS TEMPLOS SUMERGIDOS

«LA MALDICIÓN DE TUTANKAMÓN SOMOS NOSOTROS»

LA DAMA DEL OBELISCO

EL MUNDO ANTIGUO

LA DESLUMBRANTE SOMBRA DE ALEJANDRO

50 AÑOS BUSCANDO A HERODES

ASÍ LUCHABAN LOS ROMANOS

AVENTUREROS

EXPLORADORES Y AVENTUREROS

SUDOR, SANGRE Y ARENA

«¡ESE DIPLODOCUS ES MÍO!»

A LA CAZA DEL DEVORADOR DE HOMBRES

EL REGRESO DE LOS LEONES DEL TSAVO

¡ARENAS MOVEDIZAS!

CORAJE Y GLORIA DE METAL

¡EN GUARDIA!

CAPITANES Y CIENTÍFICOS

LAS MUJERES Y LOS NIÑOS, DESPUÉS

EL ARQUEÓLOGO QUE SE ENFRENTÓ A LOS PARACAIDISTAS ALEMANES

EL CORONEL PERDIDO

AL TÍBET CON LA ESVÁSTICA

ANDREW IRVINE, ALPINISTA SEGUNDO DE CORDADA

LA SAGA DE LOS AVIADORES ESTRELLADOS

TRAS LAS HUELLAS DE LAWRENCE

HISTORIAS POLARES

UN EXPLORADOR POLAR SIN TAPUJOS

EL INTRÉPIDO QUE SE INMOLÓ EN EL FRÍO

HOY TODOS SOMOS SCOTT

GRANDES ESCRITORES DE VIAJES

«CUANTO MENOS CIVILIZADA ES LA GENTE, MÁS ENCANTADORA SUELE SER»

EL VIAJERO ERA ELLA

EL ÚLTIMO ROMÁNTICO

INTRÉPIDOS DE HOY

SAFARI CON LOS MAYORES EXPERTOS EN LEONES

«LA PALABRA MIEDO NO ENTRA EN MI VOCABULARIO»

JOSÉ LUIS, EL CAZADOR DEL CAIMÁN

GUERRAS Y SOLDADOS

HÉROES VICTORIANOS Y OTROS

LOS HÚSARES DE BUDAPEST

DOS VECES HÉROE

A LA CARGA, DE MAL ROLLO

EL CUCHILLO POLACO

MEJOR EL DESHONOR QUE UNA LANZA

DE LA ESTEPA DE LOS TÁRTAROS AL SUDÁN DEL MAHDI

DE LA INDEPENDENCIA A LA SECESIÓN: GUERREROS AMERICANOS

EL ADMIRADO Y ODIADO DRAGÓN VERDE

EL FULGOR SALVAJE DE LOS PIELES ROJAS

EL MUY REBELDE Y AUDAZ FANTASMA GRIS

NO MURIÓ CON LAS BOTAS PUESTAS

GUERRAS MODERNAS

LA AGENTE QUE BURLÓ A LA GESTAPO, PERO NO AL DESTINO

VALIENTES BAJO OTRA BANDERA

«MATAR A HITLER ERA UNA CUESTIÓN DE HONOR»

LA HIJA DEL HOMBRE DE LA BOMBA

MI FAMILIA LOS HIMMLER

UN HISTORIADOR ENTRE TANQUES Y CAÑONES

LO QUE SE SIENTE AL COMBATIR Y MATAR

EL INVISIBLE CERCO DEL MIEDO

LA CENA DE LOS GOLPISTAS

EL AMBIGUO JUDAS DE LA RESISTENCIA

HOLOCAUSTO Y CAZADORES DE NAZIS

JERZY BIELECKI, ENAMORARSE EN AUSCHWITZ

«VEÍAMOS LAS LLAMAS DESDE EL BARRACÓN»

«EN AUSCHWITZ UNA PATATA ERA UN DÍA MÁS DE VIDA»

GITTA SERENY. TRAS LA PESADILLA NAZI

EL REINO ANIMAL

BICHOS

EL VUELO DEL PTERODÁCTILO

SE NOS HA MUERTO CHITA

EL LEÓN SE EXTINGUE

EL SAPO PSICODÉLICO

EL VENENO DE LA SERPIENTE

EL PÁJARO ESQUIVO

«¡BALLENA A LA VISTA, LO JURO!»

EL TERRARIO DEL ZOO: EL REINO DE LA PITÓN

ACECHAN BAJO LAS OLAS

VIRUNGA, LA CONMOVEDORA VIDA ÍNTIMA DE UNA GORILA DEL ZOO DE BARCELONA

EL AMOR DE LOS PINGÜINOS

LA ACTRIZ Y LA ELEFANTA

MUERTE DE UN HÁMSTER

SEXO HASTA LA MUERTE EN EL ACUARIO

¡QUE VIENE EL LOBO!

GRANDES CREADORES: ENCUENTROS CON CIENTÍFICOS Y ESCRITORES

LA AVENTURA DE LA CIENCIA

«YO SOLO CAZO DINOSAURIOS»

«LAS MANOS DE LA MOMIA PARECÍAN MÁS VIVAS QUE LAS MÍAS»

«LOS BONOBOS PRACTICAN SEXO EN TODAS LAS COMBINACIONES»

«NO ES FÁCIL SER UN CARROÑERO DE ÉXITO»

«LOS PULPOS SON ENCANTADORES CUANDO LOS CONOCES»

HOMBRES DE LETRAS. ENCUENTROS Y SEMBLANZAS

LORD JIM

EL CASTILLO DE LOS SUEÑOS

LAWRENCE DE ALEJANDRÍA Y EL SEXO

PARA AGUSTÍ FANCELLI

«This was the way. To follow the dream, and again to follow the dream».

JOSEPH CONRAD, Lord Jim

PRÓLOGO

Héroes, aventureros y cobardes. Sí. Y muchas más cosas: momias, serpientes, pájaros, exploraciones, historia, aviones, nazis... Un cajón de sastre de asuntos muy variados y de emociones. Eso es lo que tienen entre las manos. Una heterogénea colección de textos en la que caben el general Custer, la carga de la Brigada Ligera, la Gran Pirámide, tigres devoradores de hombres, la conquista del polo sur, el T. Rex o un traidor de la II Guerra Mundial y un calzonazos de las luchas con los zulúes, entre otros individuos poco edificantes. Este que aparece aquí, tan abigarrado, es el mundo (con algunas otras cosillas más del día) en el que vivo desde hace treinta años, desde que trabajo de periodista cultural. Bien, para ser sinceros es el universo en el que me muevo desde que tengo uso de razón. Desde que recuerdo los relatos de mi abuelo en su sillón orejero, cargando su pipa como antaño cargaba el rifle, y evocando aventuras en la selva venezolana. O los de mi añorada madre a la que de niño seguía por casa en sus quehaceres domésticos mientras ella dejaba caer como migas de oro historias sensacionales de arañas y tiburones.

Me preguntaba el otro día un compañero del diario, Carles Geli, de dónde saco ese inveterado interés por las cosas raras y remotas, por el coraje y la cobardía, por los valores y actitudes que parecen pasados de moda, por las viejas aventuras. Por los húsares y aeroplanos. Le dije, Carles no sé. Será por la memoria familiar de las antiguas haciendas en la selva, las cacerías de cocodrilos y jaguares del tío Armando, la anaconda en el jardín, el vuelo pintado de los guacamayos, los viajes de mi abuelo embajador en las cortes europeas, la muerte —¿gallarda?— de mi otro abuelo, marino y aviador, a causa de un disparo, a bordo de un portaviones. Será, continué, por las historias de mi tío abuelo, alférez en la División Azul, cada Navidad, sobre los horrores del Frente Ruso, por la relación de mi bisabuelo con los submarinos, por la serpiente venenosa que guardaba mamá de mascota cuando adolescente o la imagen que recordaba de los criados que cada noche pasaban por las habitaciones de los niños para arrancarles de los labios dormidos los vampiros aferrados a la carne suave, ahítos de sangre. En realidad hubiera sido raro que yo saliera abogado o ingeniero. O redactor de política.

Estos treinta años de periodismo en el campo de la cultura, aunque con las naturales sevicias propias de las redacciones, han sido una gozosa oportunidad para adentrarme y profundizar en todo aquello que siempre me ha interesado y apasionado. He cumplido —feliz mortal— una gran parte de mis sueños. Cuando a los nueve años mi mirada se posaba sobre los tesoros de Tutankamón en las páginas de un libro ilustrado me conjuraba para un día verlos en persona. Lo mismo con estampas de la sabana o la jungla, del desierto y el mar. Con los cromos de remotas tribus, ruinas de civilizaciones perdidas y fieras extrañas. Con la libreta y el bolígrafo en las manos he bajado luego a las tumbas donde duermen las momias, he recorrido las murallas de los grandes castillos de los cruzados, he visto cazar a los leones, enterrar un bechuana, resucitar la Biblioteca de Alejandría y despegar un cohete en la selva. Pero sobre todo he podido conocer a grandes aventureros, viajeros, arqueólogos, aviadores, marinos y hasta a verdaderos héroes.

En las páginas que siguen aparecen varios de esos personajes. Algunos llevan demasiado tempo muertos —ya se sabe, los aventureros tienen eso—. Pero a un buen puñado los he entrevistado personalmente: el piloto que rompió por primera vez la barrera del sonido, el comando que secuestró a un general nazi, el descubridor de la tumba perdida de Herodes y el último superviviente de los conjurados que trataron de matar a Hitler. Junto a ellos, he conocido también a varios de esos grandes héroes morales que son los supervivientes del Holocausto o a científicos enfrascados en gestas extraordinarias como el descubrimiento de nuevos dinosaurios, el esclarecimiento de la historia del Antiguo Egipto o lo que hace que los monos se nos parezcan tanto.

Aventureros de hoy y de ayer, famosos y desconocidos. Alejandro Magno, Lawrence de Arabia, Thesiger, Henry Marie Just de Lespinasse de Bournazel, del 22ª de spahis, que al caer en el polvo mortalmente herido por una bala tuareg exclamó: «Qué contrariedad morir así de sucio». Héroes de la cotidianeidad como el joven mordido por una víbora que afronta su miedo cada vez que pone el pie en el jardín o en el bosque. En marcado contraste, hay también muchos cobardes. El tema del valor y la cobardía siempre me ha parecido central y aparece recurrentemente en muchas de estas páginas. Estoy especialmente satisfecho de los perfiles de personajes como Bruce Ismay, el cobarde oficial del Titanic; Carey, el oficial británico que huyó mientras mataban a lanzazos al príncipe francés cuya seguridad estaba a su cargo; Reno, que entre morir con Custer o ponerse a salvo eligió (quizá muy sabiamente) lo segundo —una de las grandes frases de este libro es la que pronunció uno de los hombres a su mando durante el consejo de guerra subsiguiente: «Si nos hubiera mandado un valiente estaríamos muertos»—.

Otra gran categoría de retratos de este Héroes, aventureros y cobardes es la dedicada a los perdedores. Siento una gran simpatía y solidaridad con ellos (Oates, Scott, Mallory e Irvine...). Hay muchas lecciones que aprender en sus fracasos.

Los textos periodísticos que componen este libro —publicados todos en el diario El País— son de muy diferente clase. Hay entrevistas, reportajes, crónicas e incluso algún obituario. Temas de actualidad y otros que ni muy remotamente podían ser considerados así. Podrá parecer un batiburrillo. Como decía Miguel Strogoff, «en Sibérie messieurs, nous sommes forcés de faire un peu de tout!». Lo que les proporciona unidad a los textos y confiere un sentido a este libro es que responden todos a un mismo interés por las cosas de que les hablaba. Aquí y allá aparecen las mismas obsesiones.

Están agrupados temáticamente aunque a menudo pertenecen a épocas diferentes. Me parece de justicia empezar con el Antiguo Egipto, tanto por evidentes razones cronológicas como porque mi trabajo de periodista ha tenido mucho que ver desde el principio con ese mundo. Uno de los momentos señeros de mi vida de reportero ha sido la ocasión en que me quedé a solas con las momias de los grandes faraones mientras el responsable de su conservación se iba a por café. Por razones obvias el género elegido en tal ocasión no fue la entrevista.

En otros textos aparecen encuentros con grandes egiptólogos. Entre ellos la entrevista, esta vez sí, que le hice a la admirada decana de la disciplina Christiane Desroches Noblecourt, ya traspasada —que Isis la tenga en su gloria—. No podía faltar tampoco la entrevista con Zahi Hawass —ya dimitido— en la que conseguí una de las grandes exclusivas de mi vida de periodista: la noticia de que había reaparecido el perdido pene de Tutankamón. Parecerá —perdona Tut— un tema menor, de poca trascendencia para la política cultural, pero yo llevaba años investigando el paradero del apéndice y dar con él, bien no diré que mereciera un Pulitzer pero ahí queda.

Siguiendo en el libro verán una entrevista con el historiador Robin Lane Fox a propósito de Alejandro Magno. Es la demostración de qué privilegiado puede ser este oficio. Tienes a tu disposición a gente brillante, auténticos genios que en puridad no deberían dedicarte un minuto de su tiempo. Hablamos, entre otras muchísimas cosas maravillosas, del sexo de Alejandro: vean qué apasionante resultó. Luego descubrimos que teníamos amigos comunes, no Alejandro y yo, sino con Lane Fox: el romántico aventurero Paddy Leigh Fermor, que sale en varias otras páginas.

El capítulo de aventureros y exploradores viene bien surtido. En una memorable ocasión entrevisté, uno detrás de otro, a ¡seis veteranos de la II Guerra Mundial! Uno de ellos había volado un cuartel de la Gestapo a los mandos de su cazabombardero Thyphoon. En algunos textos aparezco yo mismo emulando a los grandes personajes, generalmente en situaciones, como no podría ser de otro modo, bastante estrafalarias: hundido en arenas movedizas, sable en mano frente a un escritor, preguntando por Lawrence en Damasco o atrapado en una nevada. Hay también, cabalgando, sioux y comanches. En algún lugar escucharán Garry Owen o se toparán con El último mohicano.

He sido especialmente afortunado por poder entrevistar a figuras señeras de la literatura de viajes. En esa categoría entra Jan Morris que es posiblemente además la persona con mayor calidad humana que he conocido. Su viaje de hombre a mujer —se sometió a una operación de cambio de sexo— es el mayor y más difícil que nadie pueda acometer. Conocerla, a Jan, ha sido una de las mejores cosas que me han ocurrido.

El capítulo de «intrépidos de hoy» trata de mostrar —por si no hubiera suficiente prueba— que la aventura y los aventureros aparecen cuando menos te lo esperas, a la vuelta de la esquina. La guerra siempre me ha interesado, por lo que tiene de experiencia devastadora y total. Desde niño me han deslumbrado con las ideas de coraje, camaradería y honor, valentía en el campo de batalla y nobleza de las armas. Historias de húsares, ulanos y dragones. La guerra es algo muy distinto: atroz, sucia, abyecta. Lo sé. Y eso sale en estas páginas. Un joven oficial habla de lo que significa combatir; locura y sangre. Pero también aparece ese mundo de lo militar propio de las novelas de aventuras, el de Las cuatro plumas, para entendernos. El contraste, la tensión, entre la infame realidad y los sueños de arrojo, de intrepidez y de medallas, da sentido a varios textos.

Como Indiana Jones yo también odio a los nazis pero me intrigan en cuanto encarnaciones extremas del mal. A ello responden los diversos artículos en que aparecen. La naturaleza y los animales siempre son una fuente inagotable de historias apasionantes. Aquí encontrarán, entre otros, una ballena inesperada, una gorila digna de Victor Hugo, un devorador de hombres reciente, lobos, y el inevitable hámster (RIP). También hay espacio para esos escritores que nos gustan especialmente: Lawrence Durrell, Conrad, Yeats...

En el proceso de selección de textos de estos treinta años de oficio han caído muchas cosas. Me duele que no salgan Heydrich —el nazi más interesante—, la entrevista con el cuidador de Flipper, el entomólogo que me habló de la marabunta, la exploradora a la que persiguió un mono rijoso o la aventura con el sapo psicodélico. Me encantará que alguien eche de menos algo.

Pero en fin, lo que hay es un buen destilado de todos estos años y visto en conjunto muestra algo que constituye mi leit motiv: hay que ver qué interesante es el mundo, y qué extraordinario. Por estas páginas transitan sobre todo la curiosidad y el asombro. Y la necesidad de glorificar la gran aventura de estar vivos. Paradójicamente, como ya he señalado, salen muchos personajes que están muertos. Al menos vivieron vidas interesantes y trazaron un surco, para bien o para mal, en el ancho mar de la memoria. Quiero creer que hay humor en este libro, también poesía. Ambos teñidos de una inevitable capa de melancolía. Contemplar vidas intensas puede hacer pensar que la tuya no lo es tanto. Pero creo más en el incentivo que provocan las grandes aventuras vitales. Este es un libro que quiere invitar a compartir grandes sueños.

Un apunte profesional. Algo que tienen todas estas historias detrás, sean del género que sean, es mucho trabajo. Lecturas, documentación, investigación. En unos tiempos en que el periodismo vive la obsesión de la rapidez, la inmediatez y el consumo acelerado, incluso en el campo de la cultura, me parece bueno romper una lanza por la labor cuidadosa, detallista y en profundidad. No hemos de cejar jamás en la búsqueda de la perfección y la excelencia, aunque eso nos aparte de los nuevos usos y de la corriente acelerada de los días.

Este libro existe gracias a mucha gente. Al director de mi diario, Javier Moreno, al director adjunto en Barcelona, Lluís Bassets, a los responsables de la sección de cultura, de El País Semanal y de las demás áreas del periódico que siempre —vaya usted a saber porqué— han confiado en mí y hasta me encargan cosas. Mi familia, mi principal apoyo, se ha resignado a convivir con alguien que invariablemente llega tarde a cenar, inunda la casa de libros y se obstina en pretender que un salacot o una tarántula son objetos de decoración. Como dijo Lichtenberg, «de todas las cosas extrañas que guardaba, la más rara resultó ser él». La editora Anik Lapointe es la principal responsable de que Héroes, aventureros y cobardes exista. Ella no desespera de que algún día escriba una novela policiaca o en su defecto la gran historia de la policía montada del Canadá (esto último es más probable). Este libro está dedicado a Agustí Fancelli, amigo y ejemplo, a cuyo lado me sentaba cuando escribí muchos de estos textos. Nunca dejaré de echarlo de menos.

Quizá les suene la pintura de la portada. Es el retrato que hizo Ambrose McEvoy de un héroe, el oficial de marina neozelandés William Edward Sanders (1883-1917), ganador de la Cruz Victoria por su valiente acción contra un submarino alemán mientras estaba al mando de un buque Q, un buque trampa británico (luego murió al ser torpedeado su barco por otro sumergible, gajes del oficio). No está ahí solo por ser el retrato de un héroe sino porque me parece que simboliza muy bien el rostro de la aventura. Para mí podría ser, con esa indumentaria y esa mirada, el mismísimo Lord Jim.

Y él, Lord Jim, está, claro, en estas páginas, tiñéndolo todo con su reflexión sobre el coraje y la cobardía, y la necesidad de redención. Con un enorme sentido de la oportunidad mientras escribo estas líneas se emite por TVE El hombre que pudo reinar. Pues cerrémoslo así. Siempre nos quedará Kafiristán.

HÉROES, AVENTUREROS Y COBARDES
HISTORIA ANTIGUA
SOBRE EL ANTIGUO EGIPTO

LA OSCURA LEGIÓN DE LAS MOMIAS

«Vi tal número de ataúdes que sentí que las piernas me temblaban». Solo puedo hacer mías las palabras del egiptólogo berlinés Émile Charles Adalbert Brugsch (1842-1930), pronunciadas cuando en un tórrido día de julio de 1881 entró en la cachette, el escondrijo de momias reales, de Deir el Bahari (DB 320). En aquella ocasión, Brugsch, en una de las grandes aventuras de la arqueología, aventuras que con momias sin duda lo son más, se dio de bruces con la flor y nata de los faraones egipcios, dispuestos como para pasar revista. Funcionarios piadosos los habían recolocado en ese sitio secreto en la propia antigüedad una vez constatado el saqueo de sus tumbas originales y tras volver a vendar las momias ultrajadas y depositarlas en nuevos sarcófagos, sin olvidarse de ponerles una útil anotación identificativa con vistas a la eternidad. Con el correr de los siglos y la inestimable colaboración de una cabra, que ayudó a revelar el escondrijo metiendo la pata en una grieta, los reyes y otras momias que les hacían compañía, hasta un total de medio centenar, fueron encontrados por la peor gente posible: los saqueadores de sepulcros Abd el Rasul. Los tres hermanos Abd el Rasul, pilladores de tumbas decimonónicos, guardaron durante años el secreto del afortunado hallazgo dedicándose a hacer un dinerillo vendiendo piezas del ajuar de las momias y ocasionalmente, parece, incluso una de estas completa. Se cree que esa desgraciada momia real fue comprada por unos viajeros británicos que, perturbados por el hedor del viejo egipcio, lo lanzaron al Nilo. Es difícil decir qué opinarían del imprevisto menú los cocodrilos.

Déjenme rebobinar y volver a la cabra antes de olvidarme para señalar la importancia de la fauna local en la historia de los descubrimientos egiptológicos. De hecho, los textos de las pirámides, en cuyo hallazgo participó precisamente Brugsch, fueron encontrados en puridad por un zorro que se introdujo a través de una cavidad entre los escombros que rodeaban la pirámide en ruinas de Pepi I en Saqqara y al que siguió un capataz árabe; tenemos también el incidente de la Tumba del Caballo (El Bab el Hosan, literalmente «la puerta del caballo»), descubierta por la montura de Howard Carter, Sultán, al caer y abrir un agujero en tierra que condujo a una más bien decepcionante cripta con una estatua de Mentuhotep I, y más recientemente está el caso de la gran necrópolis de las momias doradas de Bahariya, hallada en 1995 por... un burro.

Retomando el inicio y el temblor de piernas de Brugsch entre tantas momias reales, he de decirles que mi gran momento momia, si descartamos la vez que caí sobre un montón de ellas en una tumba destartalada y polvorienta del valle de las Reinas, con grave peligro de infección y sobre todo de infarto, fue la ocasión en que me encontré a solas rodeado de todos esos mismos faraones que tanto impresionaron al bueno del colaborador alemán de Maspero. La suerte y una gran desfachatez me permitieron un día de noviembre de 1993 colarme en la sala del Museo Egipcio de El Cairo en la que se preparaba a las momias reales para su nueva exhibición el año siguiente en vitrinas con modernos sistemas de mantenimiento. Visitaba a la sazón el museo después de haber viajado a Oxirrinco y El Fayum, y al abrirse una puerta por la que salió un funcionario distinguí dentro a Nasri Iskander, uno de los mayores especialistas mundiales en momias. No iba a dejar pasar la oportunidad. Ni corto ni perezoso, entré en la sala y me presenté vehementemente al prestigioso especialista alejandrino como conocido de Zahi Hawass, entonces responsable en alza de la zona monumental de Guiza, y como amigo de Luis Monreal, director aquellos años del Instituto Getty de Conservación (IGC); de Eduard Porta, director del proyecto de restauración de la tumba de Nefertari, y de Frank Preusser, técnico del IGC encargado precisamente de diseñar las nuevas vitrinas monitorizadas, todo lo cual no era solamente asombroso, sino cierto. Sorprendido de mis credenciales y sobre todo de mi arrebatado entusiasmo por las momias, Iskander tuvo la gentileza de presentármelas una a una. No fue un «aquí Tutmosis IV, aquí Jacinto», pero casi.

Un par estaban ya en las nuevas urnas acristaladas, pero otras, como la de Amenofis III y Ramsés V, yacían en ataúdes de madera cubiertas solo con un sencillo paño que Iskander retiró con gesto de prestidigitador para mostrármelas. Cara a cara con aquellos poderosos reyes divinos de la antigüedad, sin nada entre ellos y yo, excepto el hálito de los milenios, sentí un vértigo —síndrome de Stendhal versión Osiris— que Iskander malinterpretó como un vahído, por lo que se apresuró a preguntarme si quería un té. Imaginé torpemente la imagen para mis memorias de un té entre los faraones y asentí con la cabeza mientras me sentía incapaz de retirar la mirada de aquellos rostros nobles que contemplaron Karnak nuevecito y sin turistas. El atento estudioso salió a por las bebidas y yo me quedé ahí a solas con las momias, meditando algo ingenioso que decirles y de manera más prosaica pensando en que si una se levantaba me daba un pasmo. Cuando Iskander regresó, yo no había movido un músculo y parecía tan traspuesto que el científico pareció dudar entre darme el té o meterme también en una urna.

No resisto la tentación de explicarles que no sería la primera vez que una persona moderna se convierte en antigua momia egipcia. Está el individuo anónimo que donó su cuerpo a la ciencia en Baltimore y al que en 1994 el estudioso Bob Brier transformó paso a paso, siguiendo las directrices de los viejos egipcios recogidas por Herodoto (incluida la extracción del cerebro por la nariz), en una momia perfecta (he ahí una gran aventura póstuma). Desde hace mucho tiempo, además, existen falsificadores de momias que surten al mercado de lo que es un producto muy solicitado: si antaño las momias eran consideradas una medicina universal, la panacea para todos los males, luego pasaron a ser el indispensable souvenir que los primeros turistas se traían del país del Nilo y en la actualidad son gran atracción en los museos, que se encuentran demediados entre la demanda popular y el debate ético sobre la exhibición de lo que no dejan de ser restos humanos. La falsificación se puede hacer, y se ha hecho, metiendo debajo de las vendas cualquier cosa, pero algunos mercaderes no han dudado en emplear auténticos cadáveres (a lo Brier) para dar mejor el pego, y se cuenta que incluso se ha llegado a convertir en momia a gente viva.

Las momias, les decía, me parecen inseparables de la gran aventura arqueológica. Y es que si encontrar una tumba y abrirla ya es emocionante, que haya alguien embalsamado dentro resulta la caraba. Aunque no esté muy bien preservada. Como aquella princesa disuelta en su sarcófago o la misteriosa momia de la enigmática tumba KV 55 que Weigall encontró húmeda (?) y que al tocarle un incisivo, de tres mil años de antigüedad, se convirtió en polvo. Ya el pionero de la egiptología Viviant Denon —del que Anatole France decía aquello tan bonito de «fue valiente y apreció el peligro como la sal del placer»— se extasió con un pie de momia y se trajo de su pintoresco viaje a Lúxor una cabeza de anciana «tan bella como las Sibilas de Miguel Ángel». El propio Napoleón también metió en su equipaje de regreso de la campaña de Egipto dos testas de momia, una para Josefina, que seguramente hubiera preferido flores.

El mundo está fascinantemente lleno de momias. Las de las niñas incas sacrificadas de un mazazo, como Juanita, la Doncella de Hielo, que descansan en las montañas andinas. Las tan inesperadas de Xianjiang, caucásicas en el desierto del Taklamanjan. O las de la turba, los hombres de los pantanos, que se cuentan entre mis favoritas. Entiendo que el interés por las momias les resulte a algunos insano. Incluso amigos egiptólogos como el investigador de Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) José Manuel Galán, responsable del Proyecto Djehuty de excavación en Dra Abu el Naga, arrugan la nariz ante el brillo entusiasta que despunta en mis ojos con solo mencionarse la palabra «momia». «Las inscripciones son más importantes», me riñe Galán.

Mi primera momia, como todas mis primeras cosas, desde la muerte hasta el amor pasando por el sexo, estaba en un libro. En una vieja edición que aún conservo de En busca del pasado, de C. W. Ceram (Labor, 1959), el ínclito autor de Dioses, tumbas y sabios, que como sabrán en realidad se llamaba Kurt W. Marek y había sido corresponsal de la Propagandatruppe del Ejército alemán en la II Guerra Mundial, una buena razón para usar seudónimo, pasaba revista a toda la gran aventura arqueológica con profusión de ilustraciones. Allí descubrí de niño que la arqueología era mucho más interesante que el tren de la bruja (y aún no podía ni imaginar que las egipcias usaban como anticonceptivo estiércol de cocodrilo). Mi ilustración favorita del libro, mi verdadera primera momia, era la de un antiguo dibujo de una joven romana hallada en 1485 por obreros que excavaban en la ciudad en busca de mármol y que encontraron el cuerpo extraordinariamente bien conservado dentro de un sarcófago de piedra y recubierto de una espesa costra de sustancias aromáticas. La chica realmente era muy bella y estaba aún más desnuda que las fotos de modelos alemanas de corsetería que espiaba en la revista de moda Burda de mi madre...

La cosa está tomando un rumbo peligrosamente freudiano, así que vamos a volver a Émile Brugsch y su gran aventura con las momias en Deir el Bahari, un gran golpe de suerte de la egiptología. «Superada la emoción, examiné lo mejor que pude a la luz de mi antorcha y vi que se hallaban allí las momias de personajes reales de los dos sexos», escribió el alemán. «Me hice cargo de la situación con un gemido ahogado y me apresuré hacia el aire fresco, no fuera a desmayarme de emoción y aquel maravilloso trofeo, aún sin desvelar, se perdiera para la ciencia». Brugsch, ya ven que uno de los nuestros, había llegado de urgencia al entonces remoto paraje como sustituto de su jefe Maspero, que se hallaba en París. Tras una enérgica pesquisa seguida de un musculoso interrogatorio de los Abd el Rasul por parte del gobernador de Qena, los ladrones habían cantado y era necesario actuar con rapidez para impedir que los tesoros del escondrijo se desvanecieran. Brugsch entró en la tumba y alucinó. Había allí como si tal cosa 11 faraones del Nuevo Imperio egipcio, entre ellos estrellas históricas como Tutmosis III, Seti I y Ramsés II. Además de reinas, miembros menores de la familia real, altos sacerdotes e individuos privados. La gran suerte para la egiptología fue que los Abd el Rasul se habían dedicado a extraer y vender primero los bonitos ajuares dorados de los propietarios originales de la tumba, el sumo sacerdote de Tebas Pinudjem II y sus parientes. Dado que los grandes reyes, trasladados una y otra vez en la antigüedad, estaban de okupas en el sepulcro y metidos en ataúdes y sarcófagos de escasa calidad y privados de todo ornamento y boato, solo quien era capaz de leer sus nombres podía reconocerlos y valorarlos.

Age restriction:
0+
Release date on Litres:
14 November 2024
Volume:
510 p. 1 illustration
ISBN:
9788490067963
Publishers:
Copyright Holder::
Bookwire
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