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Las sombras

cardinales de Porfirio

Hugo Barcia

Colección Imaginerías

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Hugo Barcia

Las sombras cardinales de Porfirio

E-Book

ISBN 978-987-86-4001-3

© 2020, Al Fondo a la Derecha Ediciones

José Cubas 3471 (C1419), Buenos Aires, Argentina.

www.alfondoaladerecha.com.ar

© 2020, Hugo Barcia

Diseño de tapa e interior:

Al Fondo a la Derecha Ediciones

Imagen de tapa:

Daniel Santoro, Libro de las horas (óleo sobre tela, 80x40 cm, 2013).

www.danielsantoro.com.ar

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor. Hecho el depósito que marca la ley 11.723.

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Las sombras cardinales de Porfirio es uno de esos textos que producen un intenso placer estético. Al río narrativo de Hugo Barcia confluyen estimables afluentes, pero su obra es tan propia y original como la imaginería fabulosa de su autor.

Las sombras cardinales de Porfirio respira algo del realismo mágico de García Márquez y (en especial) de Manuel Scorza; pero también encontraremos al “depuesto” Leopoldo Marechal y al prestidigitador de Roberto Arlt; posiblemente tropecemos con el habla mixturada de Luis Tedesco y —ya para terminar con tantos afluentes— la pintura provocativa y falsamente inocente de Daniel Santoro.

Podemos decir que están, pero no fueron buscados.

No hay trampa ni robo ni préstamo en Barcia. Lo que sí vive, sólido como una piedra y blando “como el agua blanda”, es un género no reconocido ni creado (aún): el barroco popular-peronista.

A las buenas ánimas que me han empujado y que me siguen empujando, desde que ánimas fueron, para que yo alcance mis sueños y mi destino.

A todas las mujeres que me han amado y a todas las que amé, aunque las sumas no den los mismos resultados.

A mis primeros fuegos literarios: Juan Rulfo,

Gabriel García Márquez y Fedor Dostoievsky: en sus piras me quemé en sagrados ardores y mis fiebres ya nunca fueron las que antes eran.

A mi única bicicleta y a mi primera máquina de escribir: con ellas me puse alas y recorrí, con libertad inocente y con el atrevimiento de un pibe de barrio, los misterios, las grandezas y las miserias del mundo, del cielo y de mis adentros.

Y a las emociones y pasiones de todos los hombres de buena voluntad que hayan soñado sueños de justicia social: sin ellos, la humanidad sería un miserable y patético cúmulo de náufragos a la deriva.

De amores y de lazos

A Paola Bordón Ledesma, risas de parque de diversiones, luz de primavera en mi otoño;

a Marcela Celotto, una huella imborrable y matriz de la vida que me rodea;

a Daniella Alday Chehade, un cuento de hadas contenido en un luminoso lustro de amor;

a Victoria Gaete, que me enseñó que en la vida se nacía varias veces;

a Viviana Gómez, un sagrado grito de corazón compartido por años;

a Irene Parra, noventa y siete veces gracias porque le dio reposo al guerrero de la Resistencia Peronista y porque me adoptó, con su gracejo andaluz, como a un retoño propio;

a Silvia Baglietto, entraña madre de una familia que me regaló la vida, siempre la voy a imaginar envuelta en la esfera de una luz de lámpara, leyendo amorosamente a Porfirio en un atardecer allá en Barracas;

a Cristina Argentino, un ser de luz que, gracias al Altísimo, se extendió en brotes de magia, ternura y belleza;

a Eva Barcia, tía del alma que anda navegando en alas por el Paraíso de los buenos;

a Enrique García porque, años después, seguimos soñando el mejor de los mejores sueños, y porque “todo lo que había muerto podía seguir viviendo y todo lo que se había ido aún estaba”;

al Negro Ayala, el hombre que había renacido en Buenos Aires porque fue un Quijote de los colores, pinceles en ristre;

al Flaco Ferrari, un roble hermoso que ennoblece al periodismo y un ventarrón cálido que mejora mi alma;

a Francisco Teodosio Muñoz Molina, otro ángel en mi cielo, quien me hiciera confiar, con su voz aguardentosa y su alma buena, en que mis escritos valían lo suficiente como para quedar en alguna memoria cálida;

y a Roberto Luzardi, un entrañable compañero de caminos, primer escuchador de algunos sueños que luego echaron a volar y exquisito propietario de una pluma que brilla en cuentos y bajo el sol esplendoroso de la gran pasión argentina.

Prólogo

por Horacio González

En Las sombras cardinales de Porfirio, Hugo Barcia prosigue con su vocación novelística afincada en un gran fabulario. Cercano a la alegoría, este género reconoce su origen en las figuras —entre dramáticas y picarescas— de la vida popular, dándoles una resolución que, en medio de animadas viñetas costumbristas, lleva el mundo moral de sus novelas hacia un deleitable desenlace de redención.

El fundamento picaresco procede con alusiones al erotismo barrial, mirado de frente con ojo travieso, y el hilo interno moral contrasta la fábrica y el prostíbulo como la parte trabajosa en la que la vida popular elabora su ética llena de gracejos, provisoriedades y pedagogías sentimentales descubiertas por imperio de su propia sabiduría secreta.

El costumbrismo es el estilo de la complacencia retozona con la vida popular; carga consigo un moralismo saltarín, que brota de la construcción de tipos humanos a los que se otorga la libertad de la transgresión de la ley paterna, mientras ésta es tratada a través de curiosos funámbulos que emanan de la simpatía del autor por las historias de aparecidos. Éste último es un antiquísimo recurso del pensamiento popular y de las leyendas que componen el primer estribo de la imaginación humana. Hugo Barcia transfiere todas estas intuiciones a una novela de cuño clásico que carga todas las imaginerías de la conciencia que cae y se redime por la fuerza de sus propios descubrimientos.

Inevitablemente, esos descubrimientos tienen un valor pedagógico que, en Las sombras cardinales de Porfirio, se establecen en un doble sentido: el contraste de la vida infausta con lo que luego será el pasaje hacia el colectivo humano produciendo en común, y la vida amorosa también sometida al reencaminamiento o el aprendizaje que va desde creerla un fácil evento, hasta su transformación en los verdaderos frutos de un bullicioso noviciado. El nombre del personaje central, tomado de las más antiguas filosofías del conocimiento, y el suave aire marechaliano de la novela, hacen del trabajo de Hugo Barcia un gran capítulo en una lograda lengua de barriada e inmigración, en el cual se traduce el antiguo empeño de las “novelas de aprendizaje”, esto es, aquella donde los personajes cambian al conjuro de los golpes de la vida.

Cuaderno primero:

La polaca y el dueño de los burdeles

Porfirio Gómez jamás hubiese podido imaginar que, poco antes de su muerte, el considerable imperio que había construido con paciencia de artesano durante años, y que tanta sangre propia y ajena había costado, se desmoronaría tan fácilmente ante los embates ya sea de la inoperancia o la traición de sus hijos mellizos, quienes competían entre sí en ruindades, en mezquindades de toda espesura, en malsana competencia entre ambos, en la abyecta invención de frivolidades y en un fino rebuscamiento en la permanente búsqueda de eludir el más mínimo de los esfuerzos.

Como es natural comprender, ambos habían salido del mismo vientre, pero, aún ya desde aquella catedral materna, los dos habían porfiado en diferenciarse: el Cayo Gómez, el que primero vio la luz del mundo, lo hizo diez minutos antes de que expirara el último día de 1929, en tanto que su hermano, el Chato Gómez, nació diez minutos después de inaugurado el año 30, el primero de la década de la infamia para millones de argentinos.

Es decir que aquellos dos capricornianos habían nacido en años diferentes, teniendo que tomarse aquella extravagante señal como un mal presagio. Y la prueba más contundente la dio la misma madre de ambos: Clara, una buena mujer con extraviado marido —según decían algunos—, murió a las pocas semanas de aquel parto binario, como si sus vísceras hubieran quedado contaminadas por el paso funesto de los mellizos que jamás habrían de ser amamantados por mujer alguna.

Porfirio Gómez enterró a su mujer una mañana nublada en el cielo y en las negras penurias de su ánimo. El que escuche esa metáfora podría tranquilamente inferir que el hombre estaba desolado por la pérdida de su esposa y por su inaugural viudez, sin embargo, lo que atormentaba al cacique parroquial —en la desmesura de su soledad— no era la partida al más allá de su joven mujer de origen polaco, sino la infructuosa búsqueda de una nodriza que calmara con sus tetas a ese par de demonios que berreaban, con pulmones de tenor desafinado, la angustia de sus hambrunas.

Pasaban los días y las matronas como una seguidilla de sueños infernales y, al llanto de los críos, se sumaba el de las mujeres a los que las pequeñas bestias les destrozaban los pezones casi se diría que con maldad.

Ni la más corajuda, ni la de piel más curtida, resistió las feroces mordeduras sin dientes de los mellizos: ni una sola salió sin sangrar de aquella casa de Palermo de Buenos Aires. Y, después, los corrillos hicieron el resto: la voz se corrió entre las matronas de ése y de otros barrios porteños hasta que llegó la hora en que ninguna más se presentó en la casona de la calle Honduras.

Aquel día coincidió con el entierro de Clara.

La mujer había agonizado durante un largo y penoso mes, agobiada por unas fiebres que la absorbieron como ventosas y que jamás le devolvieron la conciencia plena. Los primeros días, los críos se desgañitaron a los costados de la madre, que hervía en calenturas como una sopa enfermiza y extraviaba sus ojos, ausente de todo cuanto la rodeaba.

Era inútil que los mellizos permanecieran al lado de la madre: no sólo sucedía que ésta no les prestaba atención, porque ya se acercaba más al estado gaseoso de un espíritu que al estado sólido de un cuerpo, sino que el par de gritones entorpecía la denodada tarea del médico y aún de la enfermera y las dos empleadas más que había contratado Porfirio Gómez para que permanecieran al lado de la polaca agonizante durante las veinticuatro horas del día. Como el médico especuló, además, con que la leche que pudiera salir de aquella mujer podría envenenar a los críos con sus vapores de muerte, Porfirio Gómez terminó decidiendo mudar a los mellizos a la última pieza de la casa, la que servía de frontera con la extensa huerta y el gallinero del fondo.

Preocupado por los vapores y los olores de parca que ya despedía la mujer que estaba a punto de convertirlo en viudo, Porfirio Gómez también mudó a la polaca a la sala, la única habitación que daba a la calle Honduras, improvisada entonces como dormitorio o, quizás sea más apropiado decirlo así, como un pequeño hospital de campaña.

El dormitorio matrimonial quedaba equidistante tanto de la sala donde agonizaba la enferma, como de la pieza donde habían sido alojados los mellizos. Porfirio Gómez volvió a dormir solo, es decir, volvió a dormir.

—Cualquier cosa, me avisan —le dijo un día a la enfermera y a las tres mujeres que, por aquellos días, cuidaban a la enferma, a los mellizos y a la casa.

Ese “cualquier cosa me avisan” significaba exactamente lo contrario y las cuatro mujeres interpretaron más la mirada fuerte de Porfirio Gómez que sus falsas palabras.

Madre e hijos parecían marchar en procesión profana hacia una muerte segura. Se sabía que la mujer no tenía escapatoria: lo denunciaba esa piel traslúcida y azul, lo magro de sus pocas carnes, y sus ojos abiertos y extraviados. Pero que no tuvieran escapatoria los mellizos parecía, en primer lugar, un absurdo de la naturaleza y, en segundo lugar, un crimen desalmado.

—Los niños no comen nada, patrón —le dijo una mañana la criada Antonia, una mulata de unos treinta años que servía desde hacía una década al dueño de casa.

Porfirio Gómez alzó lentamente los ojos para mirar a aquella mujer de carnes firmes y de mirada ofrecedora.

—¿Y qué quiere usted que yo haga? —contestó, con su aridez habitual— dígale al doctor, yo no entiendo de esas cosas.

Nadie sabe muy bien cómo, pero los mellizos sobrevivieron. En cambio, llegó para la madre aquella mañana nublada y pegajosa en que la señora de las capas negras se llevó a la polaca translúcida hacia el descanso eterno. En un par de horas, la cama trastrocó en cajón de muertos, la sala se pobló de coronas de flores y de velones encendidos, y el barrio comenzó a desfilar para dar el pésame a Porfirio Gómez. Y no sólo el barrio desfiló por la casona de la calle Honduras: hombres muy trajeados que nadie conocía, salvo Porfirio Gómez, pusieron también ellos sus caras de circunstancia y sus aprendidas frases de condolencias.

Centenares de pésames escuchó Porfirio Gómez.

Nunca fue un hombre de mucha paciencia, salvo para los negocios, de modo que aquello que algunos le escucharon no debería haber asombrado a nadie.

Una vecina se deshacía en llantos y en pegajosas frases destinadas a consolar al flamante viudo, cuando éste se empalagó con tanta consideración ajena y sacudió un salmo profano que cortó el aire como una daga:

—Mire, doña —dijo—, Clara ya no sufre más y yo tengo un problema menos.

La llorona del barrio se atragantó con sus propias lágrimas y le costó encontrar un poco de aire liviano para respirar.

A nadie le quedó la más mínima duda de que ese velorio había terminado para siempre en ese preciso instante.

• • •

Cuando la última palada de tierra negra terminó por cubrir la tumba de la polaca, Porfirio Gómez miró su reloj de bolsillo y volvió a guardarlo en su chaleco.

Eran las cuatro de la tarde, clavadas.

A nadie le había quedado demasiado ánimo como para alargar el asunto y resultaba absolutamente claro que Porfirio Gómez no era amante apasionado de recibir pésames, por lo cual, la escasa concurrencia que se había acercado hasta el Cementerio de la Chacarita se dispersó rápidamente, con algunos leves cuchicheos de alguna comadre que porfiaba en secretearse algo con otra vecina.

Porfirio Gómez despachó a un par de hombres de negocios de su conocimiento y marchó sin culpas hacia su Ford y sin volver la vista para mirar, siquiera una vez, la tumba de quien había sido su mujer hasta un manojo de horas atrás.

Mientras manejaba su automóvil, Porfirio Gómez pensó en su vida.

Bajo la fachada de un próspero propietario rentista, que efectivamente lo era, Porfirio Gómez disimulaba el verdadero origen de su riqueza. Edificios enteros en la ciudad le pertenecían y eso le daba la perfecta excusa a todo el mundo, sobre todo a sus vecinos de Palermo, para simular creer que era un hombre de bien, si por un hombre de bien se puede confundir a quien vive de la renta parasitaria de propiedades.

Pero lo que mejor definía a Porfirio Gómez estaba sintetizado en una frase que alguna vez se escuchó en la fonda de Honduras y Gascón. Un borrachín divertido, mientras otros parroquianos gastaban bromas acerca de Porfirio Gómez, soltó al ruedo:

—Tiene unas propiedades de la gran puta.

Todos se miraron y sus miradas y gestos quedaron congelados durante unos breves segundos, como si un diablito de poca monta hubiera atravesado el aire de aquella fonda, y luego estallaron en una carcajada colectiva y única.

Efectivamente, Porfirio Gómez tenía unas propiedades “de la gran puta” o, al menos, las que tenía se las debía a varias de estas trabajadoras: era dueño de un par de burdeles tanto en la orilla norte como en el sur de la ciudad.

Clara, la polaca, fue una muchacha que tuvo en su vida la desgracia de la pobreza, en tanto que el segundo infortunio consistió en poder escapar de la pobreza de la mano de Porfirio Gómez. La rubia traslúcida había llegado al puerto de Buenos Aires como tantas otras desgraciadas, con el maldito destino de tener que entregar su cuerpo para poder sobrevivir y, cuando se la presentaron a Porfirio Gómez, en fila con otras europeas recién llegadas, su piel casi invisible y sus ojos de cielo invernal habían convocado la atención del dueño de los burdeles.

—A esa rubia sacámela del lote —le había dicho Porfirio Gómez a uno de sus colaboradores.

Aquel día, el dueño de los burdeles sintió que podía cumplir su sueño de tener un hijo rubio que heredara su fortuna y su hacienda de mujeres, sus edificios y su carácter, tanto como su templanza para mandar. Y esa rubia con destino tanguero, y de ojos tristes y distinguidos de aurora boreal, parecía caída del cielo y apropiada para los sueños de grandeza del proxeneta. Y si bien Porfirio Gómez no estaba dispuesto a amarla, sí estaba dispuesto a servirse de su fina belleza para que algo distinguido rozara por fin su vida.

A Clara la apartaron tal cual había ordenado el patrón y la llevaron hasta el escritorio de aquel hombre nacido en Pampa de los Guanacos.

El proxeneta no tardó demasiado en seleccionar a las mejores putas, dar un par de órdenes que significaban cuáles iban hacia los burdeles más caros del norte de la ciudad, para atender a ganaderos y políticos, y cuáles de todas las desgraciadas irían hacia el prostíbulo en donde la miseria se codeaba con los miserables.

Porfirio Gómez estaba satisfecho: se había quedado con la mejor de todas. Cuando cerró la puerta de su despacho invitó a Clara a que se sentase y, falto de protocolo y ceremonial, le descerrajó:

—Tenés dos posibilidades: o trabajás de puta hasta que te pudras o te casás conmigo y me das un hijo.

Clara no conocía su destino aún, pero imaginaba que la propuesta no podría dañarla: abandonada por la mano de Dios, barrida de Europa por los vientos de peste y por cantos de guerra y muerte, enterrados todos sus familiares del otro lado del gran océano ¿qué podría haber de malo en convertirse en la señora del dueño de los burdeles y en abrirse de piernas todas las noches para él y nada más que para él?

Lo que la polaca no sabía aún era que no iba a poder darle un hijo al proxeneta: le dio dos y ninguno rubio.

En ellos pensaba Porfirio Gómez, años después, cuando volvía a su casa luego de dejar en el cementerio a Clara. Cuando se cruzó con Antonia, su fiel criada, le preguntó por los críos.

—Dejaron de llorar esta tarde —contestó secamente Antonia, la mulata de carnes tentadoras.

—¿Dejaron de llorar? —se extrañó Porfirio Gómez, que ya se había acostumbrado al llanto endemoniado de sus dos hijos, morochos como él.

—Sí, a las cuatro de la tarde, clavadas —dijo Antonia.

Porfirio Gómez sintió que un escalofrío le recorría el espinazo y fue a paso acelerado hasta la última pieza de su casona, aquella que lindaba con el gallinero y la huerta.

Los mellizos nacidos en años diferentes estaban en sus cunas como si un alivio les hubiera despejado sus tormentos y como si alguna tarea estuviera concluida.

Porfirio Gómez los miró con desconfianza y, sin culpas en el alma, se dijo para sus adentros: “Estos desgraciados se cargaron a su propia madre”.

• • •

A pesar de que nadie la extrañaba en aquella casona, el espíritu de la polaca siguió merodeando por las habitaciones descreyendo, aún muerta, que los hijos que ella había parido no la necesitaran. Se sentaba por las mañanas en la cocina, miraba cómo su viudo tomaba mate y se entristecía al comprobar que él no estaba triste. Nunca pretendió que aquel hombre la quisiera, pero albergó cierta esperanza de que, al partir ella hacia el otro mundo, a él se le conmoviera algo en sus adentros, aunque más no sea algún sentimiento de conmiseración que al espíritu de la polaca le hubiera hecho sentir que su paso por el mundo no había sido en vano.

Pero nada había cambiado: ella le hablaba, como cuando estaba viva, y él perdía sus ojos en la nada sin escucharla. La polaca rumiaba: “¡Qué me va a escuchar ahora que estoy muerta, si ni me llevaba el apunte cuando estaba viva!”.

Durante los años que estuvo junto a Porfirio Gómez, la polaca sólo pudo reconocerle, ya no un gesto de cariño, pero sí uno de tolerancia: el dueño de los burdeles no la echó por la borda cuando ella demostró tener problemas para quedar embarazada. Se podrá decir que el hombre no habrá querido embarullarse con problemas de separaciones que, encima, no tendrían apoyatura en la ley, pero lo cierto es que siguió intentando, durante años, dejar encinta a la polaca y no cambió de monta en medio del río. Tratándose de Porfirio Gómez, aquello era lo que más se acercaba a un gesto de amor.

Comparado con el resto de su vida, corrida por el hambre en Europa, devastada su familia por la guerra, la polaca podía afirmar que su marido había sido un mal absolutamente menor en su historia personal, casi una caricia del destino. Y, entonces, lo que parecía aproximarse a un milagro, a una malformación de la genética, se había producido por fenómeno natural: alguien había querido a Porfirio Gómez más allá de sus notorias asperezas, de su legendario y espinoso mal humor, y de su mirada siempre perdida. Eso sí, nada de arrancarle una palabra a aquel hombre duro: cuando cenaban o almorzaban, la polaca intentaba permanentemente que él la mirara a los ojos. Ya sea en la intimidad del hogar, donde todo discurría con mayor naturalidad, o en las ocasiones en que Porfirio Gómez sacaba a ventilar a su esposa para lucirse él y para espantarle las telarañas del aburrimiento a ella.

Aun así, la polaca disfrutaba esas salidas, a sabiendas de que sólo significaban lo que significaban. Pero disfrutaba de esas dos horas en algún restaurante del Centro, vestida con sus mejores galas y con las joyas que él le compraba para adornarla como a un árbol navideño.

Muy por el contrario de lo que sucede con las prostitutas, el que se negaba sistemáticamente a besarla era Porfirio Gómez. La polaca, en las antípodas de lo que puede hacer una mujer en la cama por un manojo de billetes, buscaba con desesperación los labios de su marido, pero éste no la besaba ni siquiera en los momentos en que la sangre de los dos ardía en el punto máximo de ebullición.

Por eso no se le quitaba esta idea de la cabeza a la polaca: Porfirio Gómez no la quiso nunca porque nunca se animó a quererla. A ese razonamiento liso, se le agregaba otro que explicaba aún mejor el primitivismo del dueño de los burdeles: Porfirio Gómez no quería a nadie porque no sabía qué cosa era querer. Lejos de espantarla, a la polaca esa certeza la conmovía y la llevaba dulcemente de la mano hacia la ternura.

Los años que vivió con él fueron, aunque nadie pudiera dar crédito de esto, los más felices de su vida. Por eso se resistía a irse al más allá: la polaca se rebelaba contra su propia muerte y seguía merodeando la casona para estar cerca de los mellizos que la habían empujado hacia el abismo de la tumba, pero, por sobre todas las cosas y sentimientos, para estar cerca de su viudo, el que sólo se había apropiado de su cuerpo y jamás se había atrevido a recorrer los senderos de su alma.

Por eso seguía sentándose a su lado bajo el alero de la casa, frente al patio donde el dueño de los burdeles mateaba en tardes interminables de domingo.

Y la polaca le hablaba. Le hablaba como cuando en vida lo hacía con la secreta esperanza de que Porfirio Gómez le contestara algún día, que le contestara y que la mirara a los ojos y que le pidiera algo más que desnudarse para gozar de su cuerpo joven y que alguna vez le acariciara el rostro y la abrazara interminablemente, y que por fin se le escaparan de los labios las palabras mágicas capaces de curar cualquier mal con su poción embriagadora: “te quiero”, debería decir Porfirio Gómez, y ella moriría de amor por él y se quemaría por toda la eternidad en el fuego de ese amor.

Pero Porfirio Gómez chupaba con un chirrido grave la bombilla del mate y sus ojos sólo tenían la expresividad de una rama seca. Se puede decir que la vida de Porfirio Gómez sólo consistía en ahorrar palabras, gestos y emociones.

• • •

El día que la polaca llegó por vez primera a la casona de la calle Honduras, bajó tímidamente del Ford amarrándose con desesperación a su valija de cartón grueso y suela, como si se tratara de una tabla de salvación en medio del océano. A pesar del calor reinante, llevaba puesto un raído tapado de color indescifrable que había pertenecido a su abuela —antes de que la peste de la Primera Guerra azotara a Europa— una boina de lana tejida que fuera de su madre, y los zapatos y un vestido de su hermana muerta. Es decir que lo único que había sido exclusivamente de ella, sin pasar por otras manos, era su cuerpo y eso era lo que, justamente, iría a ofrendar a Porfirio Gómez.

La polaca apenas superaba los veinte años, hecho que molestó bastante a la criada Antonia, la mulata de batones apretados y de ansias carnales contenidas a la que le parecía que aquella extranjera no disponía de sangre en sus venas y mucho menos de ardores de mujer. Para colmo de males, tuvo que llamar “señora” a esa rubia transparente que no dejaba de temblar y de equivocarse y de hablar en un inentendible castellano.

Llevaron a Clara hasta el dormitorio matrimonial y entró temblando como una llama débil. No había demasiadas cosas para sacar de aquella valijita: apenas un par de vestidos y una que otra camisa, lo que guardó primorosamente acomodado en el ropero.

La polaca llevaba ya casi dos días sin bañarse y la piel húmeda por el castigo del verano le reclamaba una ducha urgente.

Comenzaba a desvestirse cuando abrió la puerta del dormitorio Porfirio Gómez. Instintivamente, la polaca cubrió sus pechos ya desnudos levantando el vestido caído. Pero Porfirio Gómez no retrocedió: le parecía natural ver mujeres desnudas y pensaba que ya era tiempo de ver en esa situación a la que iba a ser su esposa legítima pocos días después.

La polaca entendió instantáneamente que no podía pedirle a aquel hombre que saliera de la habitación, salvo que quisiera condenarse ella misma al destierro y al hambre.

Agachó la cabeza y siguió desnudándose.

Pero no pudo bloquear esas lágrimas que indicaban que todo había resultado demasiado repentino y que era la primera vez que un hombre la veía tal cual su madre la había echado al mundo.

Contra todos los pronósticos, Porfirio Gómez no sólo no la abordó, sino que se fue de la habitación, dejándola a solas. Eso sí: el portazo se debe haber escuchado hasta en la vereda de enfrente, a pesar de la gran anchura de la calle Honduras.

La polaca respiró profundamente y se dio una ducha tibia que le devolvió el alma al cuerpo, sintiendo que algo le debía a aquel hombre brutal.

Se perfumó y cepilló su lacio cabello húmedo, se puso un vestido tan etéreo como ella misma, se volvió a colocar su único par de zapatos y fue al encuentro de Porfirio Gómez.

El dueño de casa estaba sentado bajo el alero del patio, tomando unos mates que alternaba con bizcochitos de grasa. Cuando Clara se acercó, él le indicó con la cabeza que se sentara a su lado.

Porfirio Gómez pudo sentir y oler la frescura de la piel de la polaca a esa breve distancia, como si se tratara de una brisa marina que le abría los pulmones con la esperanza de un mañana mejor.

Recordó su cuerpo desnudo y la deseó. Pero se calló la boca.

Antes de salir de la pieza, ella se había juramentado que iba a hacer lo que haría unos instantes después.

Lo único que sucedía era la nada y el silencio. Se escuchaban el leve sonido de la brisa sobre los juncos del fondo y el fugaz aletear de alguna gallina.

La respiración de Porfirio Gómez era fuerte, como su contextura, y sus ojos, como siempre, se extraviaban en un inhallable punto del horizonte.

La polaca tomó coraje, se apoyó en un brazo del hombre y lo besó en la mejilla.

—Gracias —le dijo, por haber obviado caballerescamente su primera desnudez.

Por toda respuesta, la polaca recibió una vuelta de mate y el convite de unos bizcochitos de grasa.

Aquella noche, después de la cena, Porfirio Gómez no desaprovechó la devolución de gentilezas de la polaca, quien se desnudó íntegramente frente a él.

A la semana siguiente, Clara y Porfirio Gómez se casaban en el Registro Civil de la ciudad de Buenos Aires.

• • •

La polaca parecía una reina aquella mañana del casamiento: tenía adornada su hermosa cabeza por una delicada corona de jazmines del país y llevaba puesto un vestido de gasa blanco tan vaporoso como el aire de felicidad que la envolvía. Sus ojos tímidos se confundían con el cielo de Buenos Aires y volvían en el tiempo hacia Europa para llorar a todos sus muertos barridos por la guerra, el hambre y las pestes.

A la polaca le daba vergüenza sentir esa felicidad: vivir aquella mañana radiante, ceñirse la corona de jazmines y contestar “sí, quiero” ante la pregunta del juez, le parecía un pecado de atrevimiento. Hasta ese día, Clara pensó que la felicidad era exclusiva propiedad de la gente importante. Ella lo había visto en una película en blanco y negro: una princesa era feliz y bailaba un vals con un príncipe que la desposaba en medio de una gigantesca fiesta en el palacio. Pero ahora era ella la que bailaba un vals en el patio de la casona de Palermo. El dueño de los burdeles era un hábil bailarín que domesticaba finamente polainas en las milongas que se armaban en sus propios quilombos a pedido de algún cliente. La polaca flotaba como una pluma y los brazos de Porfirio Gómez eran una brisa que la arrastraba cadenciosamente hasta una sonrisa en el alma.

La servidumbre, en tanto, iba de acá para allá, atendiendo a los numerosos invitados casi con alegría, a excepción de la mulata Antonia, que bufaba su descontento por el trabajo a destajo y porque imaginaba que todas las hembras de aquella fiesta, en algún momento, se irían a la cama con su macho de siempre, o con alguno elegido para la ocasión, para que éste le calmara esos ardores que nacen en la catedral del bajo vientre femenino. Antonia, en cambio, se iría a su pieza, sola como loba errante, y los calmantes de sus fiebres serían o el agua fría o sus propias manos, en este último caso cuando tuviera ganas de pensar en su macho prohibido.

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0+
Release date on Litres:
22 October 2025
Volume:
250 p. 1 illustration
ISBN:
9789878640013
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Bookwire
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