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Homer
La Ilíada

Publicado por Good Press, 2022
EAN 4057664160997
Índice
AL LECTOR
CANTO PRIMERO
CANTO II
CANTO III
CANTO IV
CANTO V
CANTO VI
CANTO VII
CANTO VIII
CANTO IX
CANTO X
CANTO XI
CANTO XII
CANTO XIII
CANTO XIV
CANTO XV
CANTO XVI
CANTO XVII
CANTO XVIII
CANTO XIX
CANTO XX
CANTO XXI
CANTO XXII
CANTO XXIII
CANTO XXIV
ÍNDICE DE NOMBRES PROPIOS
ÍNDICE GENERAL
AL LECTOR
Índice
No sin temor pongo en tus manos esta versión en prosa del inmortal poema homérico compuesto hace treinta siglos[1] y no superado aún por otro alguno; epopeya sin par y cuadro fiel de los orígenes históricos de aquella cultura helénica que tanto influyó en la romana, y más tarde, ya directamente, ya por medio de esta última, en la de casi todos los pueblos civilizados.
Sabido es que la Ilíada tiene por asunto un episodio de la guerra de Troya, ocurrido en el noveno año de la misma[2]; y que se atribuye á Homero, el padre de la poesía, el célebre aedo que recorría la Grecia cantando al son de la cítara sus propias composiciones. No es posible hablar en estas pocas líneas de la llamada cuestión homérica[3], ni resumir lo que han dicho los críticos sobre la existencia[4] y la patria de Homero[5], las obras que compuso[6] y el estado en que han llegado hasta nosotros[7]. Por tanto, sólo manifestaré las razones que me impulsaron á hacer esta versión literal del más famoso de sus poemas.
De la Ilíada se han publicado en España tres traducciones: las de D. Ignacio García Malo, D. José Gómez Hermosilla[8] y D. Conrado Roure[9]; pues la notabilísima que preparaba D. Juan Montserrat y Archs no llegó á ver la luz pública[10]. Las dos primeras son dignas de elogio por el conocimiento que de la obra original revelan en sus autores, y la de Hermosilla también por su valor literario, mucho mayor de lo que generalmente se cree, como ha demostrado mi insigne maestro D. Marcelino Menéndez y Pelayo; pero ambas están en verso y no pueden ser tan fieles, que no amplifiquen, mutilen ó alteren el texto para acomodarlo á la forma métrica. De aquí que no satisfagan completamente á quien, sin estar impuesto en la lengua griega, necesite conocer la Ilíada en sus menores detalles, le convenga alegar textualmente algunos de sus versos ó quiera verificar las citas que se hagan de dicho poema. En cuanto á la traducción de D. Conrado Roure, muy estimable en algunos pasajes por su fidelidad, como está escrita en catalán, sólo pueden utilizarla los que conocen esta lengua.
Para salvar tales inconvenientes se publica la presente versión literal en prosa castellana; y puedo asegurarte que si el buen deseo, el entusiasmo por la obra y la diligencia en el trabajo bastaran para tener acierto, no habría otra que fuese más perfecta y acabada.
Dice Fr. Luis de León que «el que traslada ha de ser fiel y cabal, y si fuere posible, contar las palabras, para dar otras tantas, y no más, de la misma manera, cualidad, y condición y variedad de significaciones que las originales tienen, sin limitallas á su propio sonido y parecer, para que los que leyeren la traducción puedan entender la variedad toda de sentidos á que da ocasión el original si se leyese, y queden libres para escoger de ellos el que mejor les pareciere[11].» Tomando por regla tan autorizada opinión y poniendo en práctica los consejos que el malogrado helenista Dr. D. José Balari, eximio catedrático que fué de esta Universidad, nos daba á los que tuvimos la suerte de ser sus discípulos, he traducido el poema literalmente, sin quitar nada, ni siquiera un epíteto, y sin añadir más que lo necesario para la recta inteligencia de la frase, dada la distinta índole de la lengua castellana con respecto á la griega. No he vacilado en emplear una palabra anticuada cuando con ella se expresaba bien la idea del vocablo original: por ejemplo, la voz escudado, que tiene el mismo valor de la griega ἀσπιστής. Como no conozco ninguna dicción española que equivalga á εὐρύοπα[12], epíteto de Jove, en su acepción más probable de el de amplia mirada, me atreví á formar el compuesto longividente, cuya segunda parte se usa en las voces omnividente y providente, y la primera fué empleada por el clásico Jarque en la palabra longispicio[13]. Algo perplejo me tuvo el substantivo ἀριστεία (ΔΙΟΜΗΔΟΥΣ ΑΡΙΣΤΕΙΑ, ΑΓΑΜΕΜΝΟΝΟΣ ΑΡΙΣΤΕΙΑ, ΜΕΝΕΛΑΟΥ ΑΡΙΣΤΕΙΑ), que significa la acción de descollar en algo, es decir, de excederse un guerrero á sí mismo, sobresaliendo entre los combatientes y ejecutando sus mayores hazañas[14]; y por fin adopté el vocablo principalía, cuyo valor etimológico es casi igual al de la voz latina, principatus, con que suele traducirse. Mayor indecisión sentí al verter el epíteto εἰλίπους, que Homero da á los bueyes, y significa, según el Lexicon de Ebeling, qui pedes oblique et in orbem fere tortos profert, y según el Thesaurus lo explica, flexipes, vertens et curvans pedes inter eundum: confieso que no he sabido hallar una palabra castellana que equivalga á la griega; pero he preferido interpretarla imperfectamente con los vocablos de tornátiles pies, á seguir el ejemplo de muchos traductores que la han suprimido por completo.
Ha servido de base para la traducción el texto griego de Dindorf-Hentze, publicado en la Bibliotheca scriptorum Graecorum et Romanorum Teubneriana[15]; que es, en mi humilde juicio, el más depurado de todos. Para precisar el significado de las voces griegas se han consultado varios diccionarios y especialmente el Thesaurus[16], el notable Lexicon Homericum, que editó Ebeling[17] y el importantísimo Dictionnaire des antiquités grecques et romaines d’après les textes et les monuments, que empezó á publicarse en 1877 bajo la dirección de MM. Ch. Daremberg y Edm. Saglio, y alcanza actualmente hasta la letra S. Para la interpretación de algunos pasajes se han tenido á la vista las traducciones latinas de C. G. Heyne y de la edición de Firmin Didot; las españolas de Lebrija[18], García Malo, Gómez Hermosilla y Roure; la portuguesa de Manoel Odorico Mendes; las italianas de Monti y Cesarotti; las francesas de Mme. Dacier, Bitaubé, Giguet y Leprévost; la alemana de Voss; las inglesas de Lord Derby y del célebre Pope, y la que en griego moderno ha publicado Pal-le[19]. Finalmente, para la fijación de regímenes dudosos, para determinar la acepción y uso de algunas palabras y frases, y para evitar, en lo posible, los barbarismos, hase acudido á la primera edición del Diccionario de la Real Academia Española, conocida con el nombre de Diccionario de Autoridades, y á las excelentes obras de Baralt, Cuervo, P. Mir, P. Nonell y Cortejón.
Y ahora, lector benévolo, que ya sabes por qué y cómo se ha hecho la presente versión, perdona sus faltas, parando mientes en lo difícil que es trasladar al romance una obra antiquísima de tanto valor literario é histórico, compuesta en la más hermosa de las lenguas y nacida en un medio ambiente muy distinto del actual. Si se podía decir en la época de Virgilio: Facilius esse Herculi clavam, quam Homero versum subripere, con más razón podríamos repetirlo nosotros que nos hallamos á mayor distancia de aquellos tiempos y hablamos idiomas de carácter analítico, muy diferentes de las inmortales lenguas clásicas.
Luis Segalá y Estalella.
NOTAS
[1] Recientemente, Mr. Bréal ha pretendido demostrar que la Ilíada fué compuesta en el siglo VII a. de J. C. (y no en el X ó XI, como suele creerse) y que su carácter de obra primitiva es efecto del arte. Véase: Michel Bréal, Pour mieux connaître Homère. París, Hachette, 1906.
[2] Las dos escenas capitales en que se basa la unidad de la obra son las siguientes: 1.ª Aquiles disputa con Agamenón, que le arrebata la esclava Briseida, decide no volver á pelear en favor de los griegos, y obtiene, por mediación de su madre Tetis, que Júpiter proteja á los troyanos. 2.ª Habiendo muerto Patroclo, el compañero de Aquiles, á quien éste permitió que vistiese su propia armadura y echase del campamento griego á los enemigos, el héroe quiere vengarle, se reconcilia con Agamenón, interviene en el combate y mata á Héctor, el principal defensor de la ciudad sitiada. Innumerables son las bellezas que presenta el desarrollo de la acción, y todo lector se acordará de la disputa de Aquiles y Agamenón, del tierno coloquio conocido con el nombre de Despedida de Héctor y Andrómaca, del admirable discurso que Ulises dirige á Aquiles para que deponga la cólera y vuelva á combatir, de los prudentes consejos de Néstor, del engaño de Júpiter por su esposa Juno, de la descripción del escudo que Vulcano fabricó para Aquiles, de la persecución de Aquiles por el río Escamandro, de la muerte de Héctor, de la patética súplica de Príamo postrado á los pies de Aquiles, de las muchas comparaciones tomadas casi siempre de la naturaleza, de las descripciones de batallas, del carácter perfectamente delineado de cada uno de los personajes, y de tantos y tantos primores como podrían citarse de este incomparable poema.
[3] Léase lo que han escrito acerca de la misma los historiadores de la literatura griega (Fabricius, Schoell, Ficker, Mure, Christ, Müller, Bergk, Murray, A. et M. Croiset, etc.) y la monografía: Homère, étude historique et critique, par Victor Terret. París, A. Fontemoing, 1899.
[4] Hasta fines del siglo XVII fué unánime la opinión de que Homero había existido real y efectivamente. Á principios del XVIII, Juan B. Vico, en sus Principi di scienza nuova (Nápoles, 1725), lo consideró como una abstracción, y dijo que el cantor de la Ilíada era la voz de la Grecia, el eco de los tiempos heroicos. Federico Augusto Wolf, creyendo que la Ilíada y la Odisea revelan un arte muy adelantado y que en aquellos remotos tiempos la escritura no era de uso general, intentó probar en sus Prolegomena (publicados en 1795), que ambos poemas nacieron de la unión de varios fragmentos, recogidos y ordenados, en el siglo VI antes de J. C., por Pisístrato; y que Homero habría sido el autor de algunas rapsodias, un aedo cuya fama hizo que se perdiera la memoria de otros poetas contemporáneos suyos. Las ideas de Wolf causaron gran impresión en los eruditos, que desde entonces están discordes y pueden ser clasificados en cuatro grupos: 1.º Los que, aceptando la existencia de Homero, defienden la unidad primitiva de la Ilíada: tales son Nitzsch, Müller y Terret. 2.º Los que, como Dugas-Montbel y Lachmann, creen que dicha obra es el resultado de la unión de varias poesías ó cantos aislados. 3.º Los partidarios de una teoría intermedia, es á saber: que la Ilíada fué desde el principio un poema completo, pero mucho menos extenso que el actual; así opinan Hermann, Bergk, Christ, Grote, Guigniaut, Koechly y M. Croiset. 4.º Mr. Bréal, el cual sostiene que la epopeya homérica fué compuesta por un grupo ó corporación de poetas con el fin de que fuera recitada en los juegos y fiestas que se celebraban en la Lidia. Véase: Histoire de la Littérature grecque, par A. et M. Croiset. París, A. Fontemoing.
[5] Las ciudades más famosas de Grecia (Esmirna, Quíos, Colofón, Pilos, Argos, Atenas, Cumas, Mileto, Micenas y otras) se disputan el honor de haber sido la patria de Homero. Algunos autores han llegado á suponer que el poeta no era griego, sino romano, sirio, egipcio, etc. Lo probable es que fuera jonio y hubiese nacido en Esmirna, ciudad del Asia Menor.
[6] En las colecciones de autores griegos figuran con el nombre de Homero: la Ilíada, la Odisea, los Himnos, los Epigramas y la Batracomiomaquia. También se han considerado como suyos el Margites y otros poemas. Todas estas obras, á excepción del Margites, que desgraciadamente se ha perdido, están escritas en hexámetros y la que más constantemente se ha atribuído á Homero es la Ilíada; pues ya Xenón, Helánico y otros críticos de la escuela de Alejandría creyeron que la Odisea era de otro autor, llamándoseles por esta razón χωρίζοντες (separadores), y en cuanto á las demás poesías está probado que no son auténticas.
[7] La Ilíada era cantada por los rapsodas. Pisístrato reunió en Atenas á los más célebres, mandó escribir lo que recitaban, y de esta manera se formó el texto. Los gramáticos alejandrinos dividieron el mencionado poema en XXIV cantos y empezaron á publicar ediciones críticas.—Augusto Fick supone que la Ilíada fué escrita en el dialecto eólico y luego traducida al jónico, habiéndose conservado la forma original allí donde no fué posible hallar otra forma jónica equivalente, é intenta hacer la reconstrucción del texto primitivo. (Véase: August Fick, Die Homerische Ilias, Göttingen, Vandenhoeck und Ruprecht’s Verlag, 1886.)
[8] La Ilíada de Homero, traducida del griego en verso endecasílabo castellano por don Ignacio García Malo. En Madrid por Pantaleón Aznar, año 1788.—La Ilíada de Homero, traducida del griego al castellano por D. José Gómez Hermosilla. Madrid. En la imprenta Real, año de 1831.—Tradujeron también la Ilíada en verso castellano Juan de Lebrija Cano, el maestro Francisco Sánchez de las Brozas, Cristóbal de Mesa, el P. Manuel Aponte, D. Miguel José Moreno, D. Francisco Estrada y Campos y un anónimo. Existe en el Museo Británico una traducción en prosa castellana de los cinco primeros cantos de la Ilíada, pero no es directa, sino de la versión latina de Pedro Cándido Decimbre. Véase la noticia sobre Hermosilla y sus obras, por D. Marcelino Menéndez y Pelayo, de donde están tomados estos datos.
[9] Ilíada, poema en XXIV cants, d’Homero, traduhit en prosa catalana per Conrat Roure. Barcelona. Estampa de Leopoldo Doménech. 1879. (Publicada en la «Biblioteca del Diari Catalá.»)
[10] L’Ilíada d’Homer, directament traslladada de la llengua grega, per J. Montserrat y Archs. Para apreciar la fidelidad, el sabor verdaderamente homérico y el valor estético de esta traducción, así como la riqueza de notas que la justifican, basta leer el fragmento (Canto XVIII, versos 356 al 617) que se imprimió en el Anuari catalá, 1875, col·leccionat y publicat per Francesch Matheu y Fornells.—Barcelona. Estampa de L. Obradors y P. Sulé. 1874.
[11] Fr. Luis de León.—Prólogo á la traducción literal y declaración del Libro de los Cantares de Salomón.
[12] Εὐρύοπα. Late patentem vocem habens. Alii: late patentem visum habens, vel magnos oculos habens, vel late patens ingenium habens, i. e. mundi administrator.—Ebeling. Lexicon Homericum.
[13] P. Juan Mir. Rebusco de voces castizas, pág. 471.
[14] Ἀριστεία, ἡ, Egregia strenuitas, Egregiae fortitudinis specimen. Exponitur etiam Praeclarum militiae facinus. Et simpliciter Fortitudo, Strenuitas.—Thesaurus Graecae linguae.
[15] Homeri Ilias, edidit Guilielmus Dindorf. Editio quinta correctior quam curavit C. Hentze. Lipsiae. In aedibus B. G. Teubneri. 1904 et 1907.
[16] Θησαυρὸς τῆς Ἑλληνικῆς γλώσσης. Thesaurus Graecae linguae ab Henrico Stephano constructus, ediderunt Carolus Benedictus Hase, Guilielmus Dindorfius et Ludovicus Dindorfius.—Parisiis, excudebat Ambrosius Firmin Didot. 1865.
[17] Lexicon Homericum composuerunt F. Albracht, C. Capelle, A. Eberhard, E. Eberhard, B. Giseke, V. H. Koch, C. Mutzbaver, Fr. Schnorr de Carolsfeld, edidit H. Ebeling.—Lipsiae. In aedibus B. G. Teubneri. 1885.
[18] Se conserva en la Biblioteca Colombina de Sevilla. El Dr. D. Francisco Murillo, ilustrado catedrático de la Universidad hispalense, ha tenido la atención de enviarme una copia del canto VI y de varios fragmentos de los restantes.
[19] Η ΙΛΙΑΔΑ μεταφρασμένη ἀπὸ τὸν Ἀλεξ. Πάλλη.—Παρίσι. Τυπογραφεῖο Chaponet. 1904.

Patroclo, por orden de Aquiles, saca á Briseida y la entrega á Taltibio y Euríbates
CANTO PRIMERO
Índice
PESTE.—CÓLERA
1 Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males á los aqueos y precipitó al Orco muchas almas valerosas de héroes, á quienes hizo presa de perros y pasto de aves—cumplíase la voluntad de Júpiter—desde que se separaron disputando el Atrida, rey de hombres, y el divino Aquiles.
8 ¿Cuál de los dioses promovió entre ellos la contienda para que pelearan? El hijo de Júpiter y de Latona. Airado con el rey, suscitó en el ejército maligna peste, y los hombres perecían por el ultraje que el Atrida infiriera al sacerdote Crises. Éste, deseando redimir á su hija, habíase presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas del flechador Apolo, que pendían de áureo cetro, en la mano; y á todos los aqueos, y particularmente á los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba:
17 «¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas! Los dioses, que poseen olímpicos palacios, os permitan destruir la ciudad de Príamo y regresar felizmente á la patria. Poned en libertad á mi hija y recibid el rescate, venerando al hijo de Júpiter, al flechador Apolo.»
22 Todos los aqueos aprobaron á voces que se respetase al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, á quien no plugo el acuerdo, le mandó enhoramala con amenazador lenguaje:
26 «Que yo no te encuentre, anciano, cerca de las cóncavas naves, ya porque demores tu partida, ya porque vuelvas luego; pues quizás no te valgan el cetro y las ínfulas del dios. Á aquélla no la soltaré; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos, lejos de su patria, trabajando en el telar y compartiendo mi lecho. Pero vete; no me irrites, para que puedas irte sano y salvo.»
33 Así dijo. El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Sin desplegar los labios, fuése por la orilla del estruendoso mar; y en tanto se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, hijo de Latona, la de hermosa cabellera:
37 «¡Óyeme, tú que llevas arco de plata, proteges á Crisa y á la divina Cila, é imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esmintio! Si alguna vez adorné tu gracioso templo ó quemé en tu honor pingües muslos de toros ó de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus flechas!»
43 Tal fué su plegaria. Oyóla Febo Apolo, é irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó á moverse. Iba parecido á la noche. Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha, y el arco de plata dió un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus mortíferas saetas á los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.
53 Durante nueve días volaron por el ejército las flechas del dios. En el décimo, Aquiles convocó al pueblo á junta: se lo puso en el corazón Juno, la diosa de los níveos brazos, que se interesaba por los dánaos, á quienes veía morir. Acudieron éstos y, una vez reunidos, Aquiles, el de los pies ligeros, se levantó y dijo:
59 «¡Atrida! Creo que tendremos que volver atrás, yendo otra vez errantes, si escapamos de la muerte; pues si no, la guerra y la peste unidas acabarán con los aqueos. Mas, ea, consultemos á un adivino, sacerdote ó intérprete de sueños—también el sueño procede de Júpiter,—para que nos diga por qué se irritó tanto Febo Apolo: si está quejoso con motivo de algún voto ó hecatombe, y si quemando en su obsequio grasa de corderos y de cabras escogidas, querrá apartar de nosotros la peste.»
68 Cuando así hubo hablado, se sentó. Levantóse Calcas Testórida, el mejor de los augures—conocía lo presente, lo futuro y lo pasado, y había guiado las naves aqueas hasta Ilión por medio del arte adivinatoria que le diera Febo Apolo,—y benévolo les arengó diciendo:
74 «¡Oh Aquiles, caro á Júpiter! Mándasme explicar la cólera del dios, del flechador Apolo. Pues bien, hablaré; pero antes declara y jura que estás pronto á defenderme de palabra y de obra, pues temo irritar á un varón que goza de gran poder entre los argivos todos y es obedecido por los aqueos. Un rey es más poderoso que el inferior contra quien se enoja; y si en el mismo día refrena su ira, guarda luego rencor hasta que logra ejecutarlo en el pecho de aquél. Di tú si me salvarás.»
84 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros: «Manifiesta, deponiendo todo temor, el vaticinio que sabes; pues, ¡por Apolo, caro á Júpiter, á quien tú, oh Calcas, invocas siempre que revelas los oráculos á los dánaos!, ninguno de ellos pondrá en ti sus pesadas manos, junto á las cóncavas naves, mientras yo viva y vea la luz acá en la tierra, aunque hablares de Agamenón que al presente blasona de ser el más poderoso de los aqueos todos.»
92 Entonces cobró ánimo y dijo el eximio vate: «No está el dios quejoso con motivo de algún voto ó hecatombe, sino á causa del ultraje que Agamenón ha inferido al sacerdote, á quien no devolvió la hija ni admitió el rescate. Por esto el Flechador nos causó males y todavía nos causará otros. Y no librará á los dánaos de la odiosa peste, hasta que sea restituída á su padre, sin premio ni rescate, la moza de ojos vivos, é inmolemos en Crisa una sacra hecatombe. Cuando así le hayamos aplacado, renacerá nuestra esperanza.»
101 Dichas estas palabras, se sentó. Levantóse al punto el poderoso héroe Agamenón Atrida, afligido, con las negras entrañas llenas de cólera y los ojos parecidos al relumbrante fuego; y encarando á Calcas la torva vista, exclamó:
106 «¡Adivino de males! Jamás me has anunciado nada grato. Siempre te complaces en profetizar desgracias y nunca dijiste ni ejecutaste cosa buena. Y ahora, vaticinando ante los dánaos, afirmas que el Flechador les envía calamidades, porque no quise admitir el espléndido rescate de la joven Criseida, á quien deseaba tener en mi casa. La prefiero, ciertamente, á Clitemnestra, mi legítima esposa, porque no le es inferior ni en el talle, ni en el natural, ni en inteligencia, ni en destreza. Pero, aun así y todo, consiento en devolverla, si esto es lo mejor; quiero que el pueblo se salve, no que perezca. Pero preparadme pronto otra recompensa, para que no sea yo el único argivo que se quede sin tenerla; lo cual no parecería decoroso. Ved todos que se me va de las manos la que me había correspondido.»
121 Replicóle el divino Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Atrida gloriosísimo, el más codicioso de todos! ¿Cómo pueden darte otra recompensa los magnánimos aqueos? No sé que existan en parte alguna cosas de la comunidad, pues las del saqueo de las ciudades están repartidas, y no es conveniente obligar á los hombres á que nuevamente las junten. Entrega ahora esa joven al dios, y los aqueos te pagaremos el triple ó el cuádruple, si Júpiter nos permite tomar la bien murada ciudad de Troya.»
130 Díjole en respuesta el rey Agamenón: «Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no ocultes tu pensamiento, pues ni podrás burlarme ni persuadirme. ¿Acaso quieres, para conservar tu recompensa, que me quede sin la mía, y por esto me aconsejas que la devuelva? Pues, si los magnánimos aqueos me dan otra conforme á mi deseo para que sea equivalente... Y si no me la dieren, yo mismo me apoderaré de la tuya ó de la de Ayax, ó me llevaré la de Ulises, y montará en cólera aquel á quien me llegue. Mas sobre esto deliberaremos otro día. Ahora, ea, botemos una negra nave al mar divino, reunamos los convenientes remeros, embarquemos víctimas para una hecatombe y á la misma Criseida, la de hermosas mejillas, y sea capitán cualquiera de los jefes: Ayax, Idomeneo, el divino Ulises ó tú, Pelida, el más portentoso de los hombres, para que aplaques al Flechador con sacrificios.»
148 Mirándole con torva faz, exclamó Aquiles, el de los pies ligeros: «¡Ah, impudente y codicioso! ¿Cómo puede estar dispuesto á obedecer tus órdenes ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha ó para combatir valerosamente con otros hombres? No he venido á pelear obligado por los belicosos teucros, pues en nada se me hicieron culpables—no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás la cosecha en la fértil Ptía, criadora de hombres, porque muchas umbrías montañas y el ruidoso mar nos separan,—sino que te seguimos á ti, grandísimo insolente, para darte el gusto de vengaros de los troyanos á Menelao y á ti, cara de perro. No fijas en esto la atención, ni por ello te preocupas, y aun me amenazas con quitarme la recompensa que por mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jamás el botín que obtengo iguala al tuyo cuando éstos entran á saco una populosa ciudad: aunque la parte más pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos, tu recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo á mis naves, teniéndola pequeña, pero grata, después de haberme cansado en el combate. Ahora me iré á Ptía, pues lo mejor es regresar á la patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquí sin honra para proporcionarte ganancia y riqueza.»
172 Contestó el rey de hombres Agamenón: «Huye, pues, si tu ánimo á ello te incita; no te ruego que por mí te quedes; otros hay á mi lado que me honrarán, y especialmente el próvido Júpiter. Me eres más odioso que ningún otro de los reyes, alumnos de Jove, porque siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas. Si es grande tu fuerza, un dios te la dió. Vete á la patria, llevándote las naves y los compañeros, y reina sobre los mirmidones; no me cuido de que estés irritado, ni por ello me preocupo, pero te haré una amenaza: Puesto que Febo Apolo me quita á Criseida, la mandaré en mi nave con mis amigos; y encaminándome yo mismo á tu tienda, me llevaré á Briseida, la de hermosas mejillas, tu recompensa, para que sepas cuánto más poderoso soy y otro tema decir que es mi igual y compararse conmigo.»
188 Tal dijo. Acongojóse el Pelida, y dentro del velludo pecho su corazón discurrió dos cosas: ó, desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, abrirse paso y matar al Atrida, ó calmar su cólera y reprimir su furor. Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón y sacaba de la vaina la gran espada, vino Minerva del cielo: envióla Juno, la diosa de los níveos brazos, que amaba cordialmente á entrambos y por ellos se preocupaba. Púsose detrás del Pelida y le tiró de la blonda cabellera, apareciéndose á él tan sólo; de los demás, ninguno la veía. Aquiles, sorprendido, volvióse y al instante conoció á Palas Minerva, cuyos ojos centelleaban de un modo terrible. Y hablando con ella, pronunció estas aladas palabras:
202 «¿Por qué, hija de Júpiter, que lleva la égida, has venido nuevamente? ¿Acaso para presenciar el ultraje que me infiere Agamenón, hijo de Atreo? Pues te diré lo que me figuro que va á ocurrir: Por su insolencia perderá pronto la vida.»
206 Díjole Minerva, la diosa de los brillantes ojos: «Vengo del cielo para apaciguar tu cólera, si obedecieres; y me envía Juno, la diosa de los níveos brazos, que os ama cordialmente á entrambos y por vosotros se preocupa. Ea, cesa de disputar, no desenvaines la espada é injúriale de palabra como te parezca. Lo que voy á decir se cumplirá: Por este ultraje se te ofrecerán un día triples y espléndidos presentes. Domínate y obedécenos.»
215 Contestó Aquiles, el de los pies ligeros: «Preciso es, oh diosa, hacer lo que mandáis, aunque el corazón esté muy irritado. Obrar así es lo mejor. Quien á los dioses obedece, es por ellos muy atendido.»
219 Dijo; y puesta la robusta mano en el argénteo puño, envainó la enorme espada y no desobedeció la orden de Minerva. La diosa regresó al Olimpo, al palacio en que mora Júpiter, que lleva la égida, entre las demás deidades.
223 El hijo de Peleo, no amainando en su ira, denostó nuevamente al Atrida con injuriosas voces: «¡Borracho, que tienes cara de perro y corazón de ciervo! Jamás te atreviste á tomar las armas con la gente del pueblo para combatir, ni á ponerte en emboscada con los más valientes aqueos: ambas cosas te parecen la muerte. Es, sin duda, mucho mejor arrebatar los dones, en el vasto campamento de los aqueos, á quien te contradiga. Rey devorador de tu pueblo, porque mandas á hombres abyectos...; en otro caso, Atrida, éste fuera tu último ultraje. Otra cosa voy á decirte y sobre ella prestaré un gran juramento: Sí, por este cetro que ya no producirá hojas ni ramos, pues dejó el tronco en la montaña; ni reverdecerá, porque el bronce lo despojó de las hojas y de la corteza, y ahora lo empuñan los aqueos que administran justicia y guardan las leyes de Júpiter (grande será para ti este juramento). Algún día los aquivos todos echarán de menos á Aquiles, y tú, aunque te aflijas, no podrás socorrerles cuando sucumban y perezcan á manos de Héctor, matador de hombres. Entonces desgarrarás tu corazón, pesaroso por no haber honrado al mejor de los aqueos.»
245 Así se expresó el Pelida; y tirando á tierra el cetro tachonado con clavos de oro, tomó asiento. El Atrida, en el opuesto lado, iba enfureciéndose. Pero levantóse Néstor, suave en el hablar, elocuente orador de los pilios, de cuya boca las palabras fluían más dulces que la miel—había visto perecer dos generaciones de hombres de voz articulada que nacieron y se criaron con él en la divina Pilos y reinaba sobre la tercera,—y benévolo les arengó diciendo:
254 «¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan grande para la tierra aquea! Alegraríanse Príamo y sus hijos, y regocijaríanse los demás troyanos en su corazón, si oyeran las palabras con que disputáis vosotros, los primeros de los dánaos lo mismo en el consejo que en el combate. Pero dejaos convencer, ya que ambos sois más jóvenes que yo. En otro tiempo traté con hombres aún más esforzados que vosotros, y jamás me desdeñaron. No he visto todavía ni veré hombres como Pirítoo, Driante pastor de pueblos, Ceneo, Exadio, Polifemo, igual á un dios, y Teseo Egida, que parecía un inmortal. Criáronse éstos los más fuertes de los hombres; muy fuertes eran y con otros muy fuertes combatieron: con los montaraces Centauros, á quienes exterminaron de un modo estupendo. Y yo estuve en su compañía—habiendo acudido desde Pilos, desde lejos, desde esa apartada tierra, porque ellos mismos me llamaron—y combatí según mis fuerzas. Con tales hombres no pelearía ninguno de los mortales que hoy pueblan la tierra; no obstante lo cual, seguían mis consejos y escuchaban mis palabras. Prestadme también vosotros obediencia, que es lo mejor que podéis hacer. Ni tú, aunque seas valiente, le quites la moza, sino déjasela, puesto que se la dieron en recompensa los magnánimos aqueos; ni tú, Pelida, quieras altercar de igual á igual con el rey, pues jamás obtuvo honra como la suya ningún otro soberano que usara cetro y á quien Júpiter diera gloria. Si tú eres más esforzado, es porque una diosa te dió á luz; pero éste es más poderoso, porque reina sobre mayor número de hombres. Atrida, apacigua tu cólera; yo te suplico que depongas la ira contra Aquiles, que es para todos los aqueos un fuerte antemural en el pernicioso combate.»