Read the book: «Por siempre jamás»

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Título original: Gone for Good

© Harlan Coben, 2002

© Traducción de Francisco Martín, 2003

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO096

ISBN: 978-84-9867-934-2

Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

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EPÍLOGO

AGRADECIMIENTOS

NOTA

A ma vie de coeur entier

1

Tres días antes de morir, mi madre me dijo —no fueron sus últimas palabras, pero estuvieron cerca— que mi hermano vivía.

No dijo nada más. No dio explicaciones. Lo dijo sólo una vez. Estaba agonizando y la morfina le oprimía inexorablemente el corazón; el color de su piel había cobrado ese matiz de ictericia y bronceado desvaído. Sus ojos se habían hundido profundamente en el cráneo y apenas salía del profundo sopor. De hecho, sólo tuvo otro momento de lucidez si es que realmente lo fue, pues lo dudé mucho, que yo aproveché para decirle que había sido una madre estupenda, que la quería mucho y adiós. No hablamos de mi hermano, lo cual no quiere decir que no pensáramos en él como si estuviera sentado también junto al lecho.

Está vivo.

Ésas fueron sus palabras exactas. De ser cierto, yo ignoraba si era bueno o malo.

La enterramos cuatro días más tarde.

Cuando regresamos a casa para el shivah, mi padre irrumpió colérico en el cuarto de estar, donde había una alfombra roída. Tenía la cara congestionada de ira. Yo estaba allí, claro. Mi hermana Melissa y su marido habían venido en avión desde Seattle; tía Selma y tío Murray paseaban de arriba abajo y Sheila, mi alma gemela, estaba sentada a mi lado y me apretaba la mano.

Sólo nosotros.

Como único adorno teníamos un espléndido y monstruoso ramo de flores. Sheila sonrió y me apretó la mano al ver la tarjeta en blanco con un simple dibujo.

Papá no dejaba de mirar por los ventanales, los mismos contra los que habían disparado dos veces con una carabina de aire comprimido en los últimos once años, y musitó entre dientes: «Hijos de puta».

Se había vuelto para pensar en alguien que no había ido. «Dios, ¿cómo es posible que no aparezcan los Bergman?» Luego cerró los ojos y apartó la vista. Volvía a torturarse, mezclando su dolor con algo que no tenía el valor de afrontar.

Una traición más en diez años repletos de traiciones.

Necesitaba tomar el aire.

Me levanté y Sheila me miró preocupada.

—Voy a dar una vuelta —dije en voz baja.

—¿Te acompaño?

—No.

Sheila asintió con la cabeza. Llevábamos juntos casi un año y yo nunca había tenido una compañera tan en sintonía con mis vibraciones, más bien raras. Volvió a apretarme la mano amorosamente y sentí que el calor se extendía dentro de mí.

El felpudo de la entrada era de fibra, como si lo hubiéramos robado en la zona de prácticas de un campo de golf, y tenía una margarita de plástico en la esquina superior izquierda. Pasé por encima de él y di un paseo hasta Downing Place, una calle bordeada por construcciones de dos alturas con ventanas de aluminio abrumadoramente vulgares, de 1962 aproximadamente. Aún llevaba puesto el traje gris oscuro que me picaba con aquel calor. El sol brutal golpeaba como un tambor y algo perverso en mí me decía que hacía un día estupendo para estar de duelo. Ante mí surgió fugaz la imagen de la sonrisa de mi madre capaz de iluminar el mundo antes de que ocurriera aquello. La aparté de mi mente.

Sabía adónde iba, aunque difícilmente lo habría admitido. Me atraía el lugar y una fuerza invisible me impulsaba hacia él. Habrá quien diga que es masoquismo y otros quizá lo atribuyan a mi deseo de poner punto final. Yo no diría que fuese ni lo uno ni lo otro.

Simplemente quería echar un vistazo al lugar donde todo había acabado.

Las imágenes y los sonidos de barrio de la periferia en verano me invadieron: niños en bicicleta gritando. El señor Cirino, propietario de la tienda de coches Ford/Mercury en la Autopista 10, cortaba el césped. Los Stein, que habían montado una cadena de electrodomésticos, después absorbida por otra empresa mayor, daban un paseo cogidos de la mano. En casa de los Levine había un partido de fútbol, aunque yo no conocía a los jugadores. Del patio trasero de los Kaufman salía humo de barbacoa.

Pasé por delante de la antigua casa de los Glassman. Mark Glassman el Tonto había saltado cuando tenía seis años a través de la puerta corredera de cristal jugando a Supermán. Recordé los gritos y la sangre: tuvieron que darle más de cuarenta puntos de sutura. De mayor, el Tonto hizo una carrera fulgurante como multimillonario arribista en patentes de propiedad intelectual. No creo que ahora lo llamen el Tonto, pero nunca se sabe.

La casa de los Mariano, en la esquina, seguía teniendo aquel toldo de color amarillo flema horrendo, y un ciervo de plástico frente a la entrada principal. Angela Mariano, la chica mala del barrio, era dos años mayor que nosotros y de una especie superior que infundía temor. Mirando a Angela tomar el sol en el patio trasero de su casa con un top de cordoncillo sin espalda que desafiaba las leyes de la gravedad, yo había sentido las primeras y dolorosas punzadas hormonales del deseo. Se me hacía la boca agua. Angela solía discutir con sus padres, fumaba a escondidas en el cobertizo de herramientas de detrás de la casa y tenía un novio con moto. El año pasado tropecé con ella en Madison Avenue; yo esperaba encontrarla horrible —como se oye decir que sucede siempre a las lujuriosas precoces—, pero Angela tenía muy buen aspecto y parecía feliz.

En el 23 de Downing Place, un aspersor rociaba perezosamente el césped de Eric Frankel. Eric tenía un bar mitzvah ortodoxo con decoración de viajes espaciales en Chanticleer de Short Hills cuando los dos estábamos en el séptimo grado. El techo negro imitaba un planetario con las constelaciones; la tarjeta de mi mesa rezaba «Mesa Apolo 14»; el florero era un cohete en pequeño sobre una rampa de lanzamiento verde; los camareros vestían artísticos trajes espaciales, supuestamente del Mercurio 7, y nos servía «John Glenn». Allí entramos un día furtivamente, en la capilla, Cindi Shapiro y yo y estuvimos sobándonos más de una hora. Era mi primera vez. No sabía lo que estaba haciendo. Cindi sí. Recuerdo que fue fantástico: su lengua me acariciaba y me hacía cosquillas de una manera increíble. Pero también recuerdo que mi arrobamiento inicial cedió al cabo de veinte minutos aproximadamente a un franco aburrimiento, a un vago «¿y qué más?» y a un ingenuo «¿y eso es todo?».

Cuando regresamos a hurtadillas a la Mesa Apolo 14 en Cabo Kennedy con la ropa arrugada y mucho ánimo después del besuqueo (mientras la banda de Herbie Zane deleitaba al público con Fly Me to the Moon), mi hermano Ken me llevó aparte y me preguntó por los detalles. Yo, naturalmente, se los di alborozado y él me obsequió con una gran sonrisa y chocamos la mano. Aquella noche, tumbados en nuestras literas —la suya era la de arriba— y con el equipo estéreo tocando Don’t Fear the Reaper de Blue Oyster Cult (la canción favorita de Ken), él me explicó los secretos de la vida según la versión de un alumno de noveno. Después supe que estaba bastante equivocado (por su excesivo énfasis en lo de las tetas), pero nunca puedo evitar una sonrisa cuando pienso en aquella noche.

«Está vivo...»

Meneé incrédulo la cabeza de un lado a otro y doblé en Coddington Terrace a la altura de la vieja casa de los Holder. Era el mismo camino que Ken y yo seguíamos para ir a la escuela primaria Burnett Hill. Había un paso pavimentado entre dos casas que servía de atajo. Me pregunté si aún existiría. Mi madre —a quien hasta los niños llamaban Sunny— solía seguirnos hasta el colegio casi subrepticiamente y nosotros poníamos los ojos en blanco cuando notábamos que se escondía detrás de un árbol. Sonreí al pensar en aquel sentido sobreprotector, que a mí tanto me molestaba y ante el que Ken simplemente se encogía de hombros. Ken era desde luego lo bastante tranquilo para que le fuera indiferente. Yo no.

Sentí un nudo en el estómago y seguí adelante.

Quizá fuese mi imaginación, pero noté que la gente me miraba. Era como si se hubiera apagado el ruido de las bicicletas, de los pases de baloncesto, de los aspersores y de los cortacéspedes, de los gritos de los jugadores. Algunos me miraban con curiosidad porque era realmente extraño ver a alguien con traje gris oscuro pasear por allí una tarde de verano, pero la mayoría, o a mí me lo pareció, miraban horrorizados al reconocerme, sin poder creerse que osara hollar aquel suelo sagrado.

Llegué decidido hasta el 47 de Coddington Terrace. Me había aflojado la corbata; metí las manos en los bolsillos y recorrí la curva del camino de entrada a la casa. ¿Por qué había ido allí? Vi moverse un visillo y tras el cristal surgió el rostro demacrado y espectral de la señora Miller, que me miraba con odio. Yo le sostuve la mirada. Ella me siguió mirando, pero para mi sorpresa dulcificó acto seguido su actitud, como si nuestra mutua angustia hubiese conectado en cierto modo. Me saludó con una inclinación de cabeza. Yo correspondí sintiendo que mis ojos se inundaban de lágrimas.

Quizá conozcáis la historia por 20/20 o Prime Time Live, o cualquier programa basura de televisión. Para quienes no la conozcan, ésta es la versión oficial: el 17 de octubre, hace once años, en Livingston, Nueva Jersey, mi hermano Ken Klein, de veinticuatro años, violó y estranguló brutalmente a nuestra vecina Julie Miller.

En el sótano de su casa. Coddington Terrace 47.

Allí encontraron el cadáver. Aunque no había pruebas concluyentes de que la hubieran asesinado en aquel cuarto destartalado o de si la habían dejado una vez muerta detrás del sofá a rayas mojado, casi por unanimidad todos se inclinaban por lo primero. Mi hermano huyó y desapareció, repito que según la versión oficial.

Estos últimos once años, Ken ha burlado todos los operativos policiales de captura internacionales, aunque ha «sido visto».

La primera vez fue aproximadamente un año después del crimen en un pueblecito pesquero en el norte de Suecia. La Interpol se presentó, pero mi hermano logró librarse de ella. Se supone que recibió un aviso. No imagino cómo ni de quién.

La segunda vez fue cuatro años más tarde en Barcelona. Ken había alquilado —según la noticia del periódico— «una hacienda con vistas al océano» (Barcelona no está al borde de ningún océano) con —según decía el periódico, repito— «una mujer esbelta, de pelo negro, quizá bailarina de flamenco». Fue nada menos que un vecino de Livingston que pasaba allí las vacaciones quien dijo haber visto a Ken y a su amante española comiendo en la playa. La descripción de mi hermano correspondía a la de un hombre bronceado, de buen aspecto, con camisa blanca desabrochada y mocasines sin calcetines. El vecino de Livingston, Rick Horowitz, fue compañero mío en cuarto grado, en clase del señor Hunt, y recuerdo que durante tres meses el tal Rick hizo nuestras delicias comiendo orugas en los recreos.

El Ken de Barcelona volvió a escurrirse entre las garras de la ley.

El último supuesto avistamiento de mi hermano tuvo lugar en una pista de esquí de los Alpes franceses (lo curioso es que Ken nunca había esquiado antes del asesinato). Eso fue todo, salvo una noticia en 48 Horas. A lo largo de los años, la condición de fugitivo de mi hermano se había convertido en la versión criminal del vídeo musical Where Are They Now?, y aparecía donde surgía el menor rumor o, lo que es más probable, cuando las mallas de pesca de la cadena de televisión estaban flojas de capturas.

Yo odiaba por naturaleza los «reportajes televisivos» sobre «periferias urbanas delictivas» o de cualquier genérico parecido que inventaran. Sus «reportajes especiales» (me gustaría que por una vez calificasen a alguno de «reportaje normal sobre una historia ya contada»), iban siempre acompañados de idénticas fotografías de Ken con aquellos pantalones blancos de tenis —Ken figuró en su día en el ranking nacional de tenistas— y su gesto más pretencioso. No sé de dónde las sacaron. En ellas Ken aparece guapo de esa forma que cae mal a la gente de inmediato: altivo, peinado a la manera de Kennedy y con un bronceado que contrasta brutalmente con el blanco de los dientes. El Ken de la fotografía en cuestión parece uno de esos privilegiados (cosa que no era) que pasan por la vida aprovechando su encanto (algo sí) y gracias a una cuenta bancaria heredada (que él no tenía).

Yo aparecí en uno de esos reportajes porque un productor se puso en contacto conmigo, cuando la noticia era reciente, para decirme que quería presentar «los dos aspectos con imparcialidad». Señaló que había mucha gente decidida a linchar a mi hermano. Lo cierto era que, para lograr cierto «equilibrio», lo que realmente necesitaban era a alguien capaz de describir al «auténtico Ken».

Me dejé engañar.

Una presentadora rubia teñida de modales agradables me hizo una entrevista de más de una hora. En realidad, me agradó. Fue terapéutica. Me dio las gracias y me acompañó hasta la puerta, y cuando emitieron el reportaje sólo salió un recorte de la entrevista y eliminaron la pregunta de: «En cualquier caso, ¿no irá a decirnos que su hermano era perfecto, verdad? No pretenderá decirnos que era un santo, ¿no es cierto?», y únicamente dieron mi imagen en un primerísimo plano comentando con gesto de perplejidad: «Ken no era ningún santo, Diane».

Bien, ésa fue la versión oficial de lo que sucedió.

Yo nunca me lo creí. No digo que no fuera posible, pero pienso que es más verosímil que mi hermano esté muerto; que hace once años que está muerto.

Para corroborarlo está el hecho de que mi madre siempre creyó que Ken había muerto. Estaba firmemente convencida. Su hijo no era un asesino. Su hijo era una víctima.

«Está vivo... Él no fue.»

La puerta de la señora Miller se abrió y vi que salía. Se caló las gafas y apoyó los puños en las caderas en una ridícula imitación de Supermán.

—Largo de aquí, Will —dijo.

Y me largué.

La siguiente sorpresa me la llevé una hora más tarde.

Estaba con Sheila en el dormitorio de mis padres, que conservaba los mismos muebles de color gris claro con reborde azul que yo recordaba de toda la vida; nos habíamos sentado en la cama grande de matrimonio con colchón de muelles suaves y teníamos esparcidos sobre el edredón los objetos más personales de mi madre, las cosas que ella guardaba en los atiborrados cajones de la mesilla. Mi padre seguía abajo mirando con actitud desafiante por la ventana.

No sé por qué se me ocurrió curiosear en las cosas que tanto merecían el aprecio de mi madre, que guardaba y mantenía cerca de ella. Sería doloroso. Lo sabía. Pero existe una peculiar relación entre desahogo y dolor voluntario, una especie de aproximación al sufrimiento basado en jugar con fuego, y supongo que necesitaba hacerlo.

Miré el rostro encantador de Sheila, con la mirada baja y concentrada, con la cabeza ladeada hacia mí, y recobré el ánimo. Quizá parezca raro, pero podía pasarme horas mirando a Sheila. No únicamente por su belleza. La suya no era una belleza que pudiera llamarse clásica, sus rasgos eran algo asimétricos, por herencia o quizá más bien por su tenebroso pasado, pero tenía una cara tan expresiva, inquisitiva y al mismo tiempo delicada, que parecía que pudiera romperse al menor soplo. Sheila hacía que quisiera —al estar allí conmigo— ser fuerte para ella.

Sin levantar los ojos, Sheila dijo con una leve sonrisa:

—Corta.

—No estoy haciendo nada.

Finalmente, alzó la vista y vio mi expresión.

—¿Qué sucede? —dijo.

—Tú eres mi vida —respondí escuetamente encogiéndome de hombros.

—Y tú estás muy bien.

—Sí; es cierto —contesté.

Ella hizo amago de darme una bofetada.

—Sabes que te quiero —añadió.

—¿Qué es la vida sin amor?

Sheila puso los ojos en blanco, volvió la vista hacia el lado que solía ocupar mi madre en la cama y se calmó.

—¿En qué piensas? —pregunté.

—En tu madre. La apreciaba mucho —contestó sonriendo.

—Ojalá la hubieses conocido antes.

—Ojalá.

Comenzamos a ojear recortes plastificados y tarjetas de nacimiento: la de Melissa, la de Ken, la mía; artículos sobre los triunfos de Ken en tenis: sus trofeos, aquellos homúnculos con raqueta que seguían llenando su dormitorio. Había fotos, casi todas antiguas, de antes del asesinato. Sunny, así llamaban a mi madre desde niña. Le pegaba. Había una foto suya de cuando fue presidenta de la Asociación de Padres, en donde se la veía haciendo no sé qué en el escenario con un sombrero ridículo mientras las otras madres se partían de risa. En otra aparecía en la fiesta del colegio vestida de payaso. Sunny era la persona mayor preferida de mis amigos; les encantaba cuando organizaba el transporte de la gente en los coches; les gustaba hacer una fiesta de fin de curso en nuestra casa. Sunny era una madre enrollada sin ser empalagosa, sólo un poco «ida», quizás algo alocada y por ello imprevisible. Era una mujer que suscitaba siempre cierto alboroto, cierta agitación como quien dice.

Estuvimos en la habitación más de dos horas. Sheila miraba despacio y atentamente las fotos. Al llegar a una de ellas se detuvo y frunció la frente.

—¿Quién es éste? —preguntó.

Me pasó la fotografía. En la izquierda se veía a mi madre con un bikini amarillo algo obsceno, de hacia 1972, pensé, luciendo sus curvas y apoyando el brazo en el hombro de un hombre bajito de bigote negro y sonrisa feliz.

—El rey Hussein —contesté.

—¡Qué dices!

Asentí con la cabeza.

—¿El de Jordania?

—Pues sí. Mis padres lo conocieron en el Fontainebleau de Miami.

—Ah.

—Y mamá le pidió que posara con ella para una foto.

—No me digas.

—Ahí tienes la prueba.

—¿Y no llevaba guardaespaldas o algo?

—No creo que ella pareciera armada.

Sheila se echó a reír y recordé a mi madre contándome la anécdota: ella posando con el rey Hussein mientras mi padre farfullaba maldiciones porque la cámara no funcionaba y ella le fulminaba con la mirada para que disparase, y el rey aguardando pacientemente mientras el jefe de seguridad examinaba la cámara, arreglaba el fallo y se la devolvía a mi padre.

Mi madre: Sunny.

—Era encantadora —dijo Sheila.

Es un tópico muy manido decir que parte de ella murió cuando encontraron el cadáver de Julie Miller, pero sucede que los tópicos suelen ser ciertos. A partir de entonces, el ánimo chispeante de mi madre se quebró y después del asesinato no volvió a gastar bromas ni a gritar histérica. Ojalá lo hubiera hecho. Mi veleidosa madre cayó en una atonía inquietante y se volvió apagada, monótona —desapasionada sería el término más apropiado—, lo que, en una persona como ella, era para nosotros más insoportable que la payasada más intempestiva.

Sonó el timbre, miré por la ventana del dormitorio y vi la furgoneta de reparto de Eppes-Essen. Comida triste para los dolientes. Mi padre, optimista, la había encargado en exceso, iluso hasta el final. Se quedaba en su casa como el capitán del Titanic. Recordé la primera vez que dispararon contra las ventanas con una escopeta de perdigones poco después del asesinato, él esgrimiendo el puño, desafiante. Creo que mi madre quería mudarse de casa, pero mi padre no; para él, cambiar de casa habría sido una derrota. Irse a otro lugar habría sido reconocer la culpabilidad de su hijo. Una traición.

Bobo.

Sheila me miraba. Su cordialidad era casi palpable, como un rayo de sol en mi rostro, y por un instante dejé que me bañase aquel calor. Nos habíamos conocido en el trabajo poco menos de un año antes. Yo soy director ejecutivo de Covenant House de la Calle 41 en Nueva York, una fundación benéfica que ayuda a jóvenes que abandonan su casa y viven en la calle, y Sheila entró allí de voluntaria procedente de un pueblo de Idaho, aunque poco tenía de pueblerina; me comentó que hacía muchos años ella también se había escapado de casa, pero fue todo cuanto me explicó de su pasado.

—Te quiero —dije.

—¿Qué es la vida sin amor? —replicó.

Yo no puse los ojos en blanco. Sheila se había portado muy bien con mi madre en los últimos días. Tomaba el autobús desde Port Authority hasta Northfield Avenue y llegaba a pie al centro médico de St. Barnabas, donde, antes de caer enferma, la última vez que mi madre había estado allí fue para traerme al mundo. Probablemente hubiera en ese dato algo conmovedor vinculado al ciclo vital, pero en aquellas circunstancias yo era incapaz de establecer esa relación.

El hecho de haber visto a Sheila hacer compañía allí a mi madre despertó mi curiosidad y me arriesgué.

—Tienes que llamar a tus padres —dije en voz baja.

Sheila me miró como si le hubiese dado una bofetada y se levantó despacio de la cama.

—Sheila.

—No es momento, Will.

Cogí una foto enmarcada de mis padres de vacaciones, bronceados.

—Como otros cualesquiera —dije.

—Tú no sabes nada de mis padres.

—Pero me gustaría conocerlos —repliqué.

—Tú has trabajado con jóvenes fugitivos —añadió volviéndome la espalda.

—¿Y qué?

—Sabes lo contraproducente que puede ser.

Era cierto. Miré de nuevo intrigado sus rasgos asimétricos, aquella nariz, por ejemplo, con un abultamiento revelador.

—Pero sé también que es peor si no se habla de ello —dije.

—Ya he hablado de ello, Will.

—No conmigo.

—Tú no eres mi terapeuta.

—Pero soy el hombre a quien quieres.

—Sí. Pero ahora no, ¿de acuerdo? Por favor —dijo volviéndose.

No sabía qué replicar; quizá tuviese razón. Mis dedos jugueteaban distraídamente con la foto enmarcada. Y entonces sucedió.

La fotografía se desplazó un poco y al bajar los ojos vi que aparecía otra debajo. Desplacé un poco la de encima y apareció una mano; traté de apartarla más pero no cedía: busqué las tarabillas traseras, las descorrí y sobre la cama cayó la tapa seguida de dos fotografías.

Una —la de encima— era de mis padres en un crucero, con aspecto feliz, y sanos y relajados como casi no recordaba haberlos visto nunca. Pero la que llamó mi atención fue la otra fotografía, la que estaba escondida.

La fecha en rojo de la parte inferior era de hacía menos de dos años y estaba tomada en un terreno elevado o una colina. En el fondo no se veían casas, sino montañas de cumbres nevadas muy parecidas a las de la primera escena de Sonrisas y lágrimas. El hombre que aparecía en la fotografía llevaba pantalones cortos, mochila, gafas de sol y botas de montaña gastadas. Su sonrisa me resultaba familiar. Su cara también, aunque tenía ya más arrugas y llevaba el pelo más largo y una barba canosa. Pero no había duda: aquel hombre era mi hermano, Ken.

2

Mi padre estaba solo en el patio trasero. Se había hecho de noche, pero él seguía sentado inmóvil y miraba a la oscuridad. Al acercarme a él por detrás recordé de pronto una escena contradicto-ria.

Unos cuatro meses después del asesinato de Julie lo encontré en el sótano de espaldas a mí, igual que en ese momento. Él, convencido de que no había nadie en casa, sostenía en la mano derecha su carabina Rugger del calibre 22. La acunaba con ternura, como si fuese un animalito; yo nunca había sentido más miedo en mi vida. Me quedé paralizado; él miraba fijamente el arma. Al cabo de unos minutos interminables volví a subir la escalera de puntillas y una vez arriba fingí que entraba. Bajé los escalones pesadamente, la escopeta había desaparecido.

No me separé de él en una semana, atento, a su lado.

Crucé la puerta corredera de cristal.

—Hola —dije.

Se volvió, mientras esbozaba una sonrisa amplia. Siempre tenía una para mí.

—Hola, Will —respondió suavizando la aspereza de su voz.

A mi padre siempre le alegraba ver a sus hijos y antes de suceder todo aquello era un hombre con muchas amistades; caía bien a la gente porque era amable y formal, incluso algo brusco, lo que lo hacía parecer aún más formal. Su mundo era su familia y nadie más le importaba. El sufrimiento de los extraños, incluso de los amigos, no hacía mella en él: era un hombre de algún modo centrado en la familia.

Me senté en la tumbona a su lado sin saber cómo abordar el tema. Respiré hondo y él lanzó también un profundo suspiro. A su lado me sentía maravillosamente seguro; él era el mayor y más débil y yo era ahora el más alto y fuerte, pero sabía que si surgía alguna adversidad él plantaría cara y recibiría el golpe por mí.

—He tenido que cortar esa rama —dijo señalando a la oscuridad.

—Ya —asentí yo sin lograr verla.

La luz de la puerta de cristal corredera iluminaba su perfil. La ira se había disipado y él había recuperado su actitud anonadada. A veces pienso que mi padre, efectivamente, había tratado de parar el golpe del asesinato de Julie, pero lo que recibió fue una patada en el culo. Sus ojos conservaban ese estallido interior, esa mirada de quien acaba de recibir de improviso, sin venir a cuento, un directo en el estómago.

—¿Te encuentras bien? —preguntó con su habitual latiguillo.

—Estoy bien. Bueno, bien no, pero...

—Sí, claro —añadió con un gesto de la mano—. Qué tonto soy.

Permanecimos en silencio y él encendió un cigarrillo. Él, que nunca fumaba en casa por la salud de sus hijos y todo eso. Dio una calada y, como si de pronto lo recordase, me miró y lo apagó.

—Fuma, fuma —dije.

—Tu madre y yo acordamos no fumar en casa.

Sin replicar, crucé las manos sobre el regazo. Después me lancé.

—Mamá me dijo algo antes de morir.

Entornó los ojos escrutándome.

—Me dijo que Ken estaba vivo.

Mi padre se puso tenso una fracción de segundo. En su cara se dibujó una sonrisa triste.

—Por las drogas, Will.

—Fue lo que yo pensé al principio —dije.

—¿Y ahora?

Lo miré a la cara tratando de detectar un atisbo de contrariedad. Había habido rumores, cierto. Ken no tenía mucho dinero. Muchos se preguntaban cómo mi hermano se había podido permitir vivir escondido tanto tiempo; yo pensaba que era imposible y que había muerto aquella noche. Otros, quizá casi todos, creían que mis padres le enviaban dinero a escondidas.

Me encogí de hombros.

—No sé por qué diría eso al cabo de tantos años.

—Las drogas —repitió—. Y se estaba muriendo, Will.

La segunda parte de la respuesta parecía abarcar muchas cosas. Me callé un instante, después pregunté:

—¿Crees que Ken sigue vivo?

—No —contestó, y desvió la mirada.

—¿Te dijo algo mamá?

—¿Sobre tu hermano?

—Sí.

—Más o menos lo que a ti —respondió.

—¿Que está vivo?

—Sí.

—¿Algo más?

Mi padre se encogió de hombros.

—Que él no mató a Julie, y dijo que ya habría debido volver pero que antes tenía algo que hacer.

—¿Hacer qué?

—Decía cosas absurdas, Will.

—¿Tú se lo preguntaste?

—Claro, pero deliraba; ya no me oía. Así que la tranquilicé; le dije que se pondría bien.

Volvió a apartar la mirada y pensé en enseñarle la foto de Ken, pero cambié de idea. Quería pensar antes de abrir esa vía.

—Le dije que se pondría bien —repitió.

Tras la puerta corredera se veía uno de esos cubos de fotos castigado por el sol, en que el color de las viejas imágenes había quedado reducido a borrones amarillo-verdosos. No había fotos recientes en la sala; nuestra casa había quedado atrapada en el túnel del tiempo desde hacía años, como en la antigua canción del reloj del abuelo que se para al morir él.

—Vuelvo enseguida —dijo mi padre.

Lo vi levantarse y caminar hasta que lo único que distinguía era su contorno en la oscuridad. Vi que agachaba la cabeza y que le temblaban los hombros. Creo que nunca lo había visto llorar y no quise empezar en ese momento.

Me volví y recordé la otra foto, la de mis padres en el crucero, bronceados y felices, y pensé si acaso él también pensaba en lo mismo.

Cuando me desperté tarde aquella noche, Sheila no estaba en la cama.

Me incorporé y escuché. Nada. Por lo menos en el apartamento. Sólo oía el rumor normal de la calle tres pisos más abajo. Miré hacia el cuarto de baño y la luz estaba apagada. En realidad no había ninguna luz encendida.

Pensé en llamarla pero había algo raro en aquella quietud, algo frágil que bullía en el aire. Me levanté de la cama, mis pies sintieron esa moqueta que ponen en los apartamentos como si fuera a amortiguar cualquier ruido.

El apartamento era pequeño, tenía un solo dormitorio. Fui al cuarto de estar y asomé la cabeza. Sheila estaba allí, sentada en el alféizar mirando la calle por la ventana. Me recreé contemplando su espalda, su cuello de cisne, aquellos hombros maravillosos, el cabello que le caía sobre la blanca piel, y sentí otra vez la excitación. Nuestra relación estaba aún en los prolegómenos de qué grande es estar vivo, en que nunca se tiene suficiente del otro, ese estado que te impulsa a cruzar el parque flotando para reunirte con ella con la certeza de que la relación va a convertirse pronto en algo más profundo y rico.

Yo sólo había estado enamorado antes otra vez y de eso hacía mucho tiempo.

—Hola —dije.

Se volvió ligeramente pero fue suficiente. Tenía lágrimas en las mejillas y vi cómo resbalaban a la luz de la luna. Ella no contestó; no profirió ni un sollozo ni un suspiro. Sólo lloraba. Me quedé en la puerta indeciso.

—Sheila...

En nuestra segunda cita, Sheila me hizo un juego de naipes. Consistía en coger dos cartas, introducirlas en la baraja mientras ella volvía la cabeza, y después ella las tiraba todas al suelo menos las dos que yo había elegido. Me dirigió una amplia sonrisa cuando me las mostró. Yo también sonreí. Fue..., no sé cómo calificarlo, ¿una tontería? A Sheila le gustaban esas bobadas; los trucos de cartas, los refrescos de sabores y las bandas infantiles. Cantaba ópera, leía con voracidad y declamaba anuncios comerciales. Era capaz de hacer una perversa imitación de Homer Simpson y de Mr. Burns, aunque la de Apu y Smithers no le salía tan bien. Pero lo que verdaderamente le gustaba era bailar; le encantaba cerrar los ojos con la cabeza apoyada en mi hombro, abstraída.

—Perdona, Will —dijo sin mirarme.

—¿Por qué? —repliqué.

Ella siguió mirando fijamente a la calle.

—Acuéstate. Voy dentro de un momento.

Quise quedarme o decirle algo para consolarla, pero no lo hice. Ella era inalcanzable en aquel momento. Algo la había alejado. Hubiera sido inútil y contraproducente decir o hacer nada. Al menos, es lo que yo pensé. Cometí un gran error. Me metí en la cama y aguardé.

Pero Sheila nunca volvió.

3

Las Vegas, Nevada

Morty Meyer estaba acostado, profundamente dormido boca arriba, cuando sintió el cañón de la pistola en la frente.

—Despierte —dijo una voz.

Morty abrió los ojos de par en par. El dormitorio estaba a oscuras. Quiso levantar la cabeza, pero la pistola se lo impedía. Dirigió la mirada al radio-reloj luminoso de la mesilla; no había ninguno. Ahora que lo pensaba, hacía años que no tenía reloj: desde la muerte de Leah, cuando había vendido la casa estilo colonial de cuatro dormitorios.

—Ya sabéis que pienso pagaros, muchachos —dijo Morty.

—Arriba.

El hombre apartó la pistola y Morty alzó la cabeza. Sus ojos se acostumbraban a la oscuridad y distinguió una cicatriz en aquel rostro. Le vino a la memoria aquel programa de radio de su niñez: «La Sombra».

—¿Qué quiere?

—Tiene que ayudarme, Morty.

—¿Nos conocemos?

—Levántese.

Morty obedeció. Sacó las piernas de la cama y, al ponerse en pie, sintió un mareo y se tambaleó por efecto de ese momento de transición en que la borrachera cede y la resaca arrecia como un huracán.

—¿Dónde tiene el maletín de urgencias? —preguntó el hombre.

Morty sintió que el alivio le inundaba las venas. Así que no era más que eso. Trató de ver alguna herida, pero estaba demasiado oscuro.

—¿Usted? —preguntó.

—Yo no. Ella está en el sótano.

«¿Ella?»

Morty sacó de debajo de la cama su viejo maletín médico de cuero, del que ya se habían borrado las iniciales en pan de oro y cuya cremallera cerraba mal. Era un regalo de Leah después de graduarse en la Facultad de Medicina de la Universidad de Columbia hacía más de cuarenta años. Después había ejercido durante treinta años en Great Neck como internista. Había tenido tres hijos con Leah, y ahora allí estaba, con sus casi setenta años, viviendo en una habitación miserable y debiendo dinero y favores a casi todo el mundo.

El juego. Ésa había sido la droga para Morty. Había vivido durante años como un ludópata, contemporizando con sus demonios interiores pero manteniéndolos a raya hasta que finalmente se apoderaron de él. Siempre sucede así. Muchos comentaban que era Leah quien lo había inducido al juego y quizá fuese cierto, pero al morir ella Morty ya no encontró razones para seguir luchando y dejó que los demonios hicieran presa en él.

Morty lo había perdido todo, incluso la licencia para ejercer como médico. Se trasladó al oeste, vivía en aquella pocilga y se pasaba las noches en la mesa de juego. Sus hijos —ya mayores y a su vez con hijos— ya no le llamaban; lo culpaban de la muerte de su madre y decían que él la había hecho envejecer. Probablemente tenían razón.

—Dese prisa —dijo el hombre.

—Bien, bien.

Comenzaron a bajar la escalera del sótano y Morty vio que habían encendido la luz. Aquel edificio, su reciente y lóbrega morada, había sido una funeraria. Él alquilaba una habitación en la planta baja con derecho a uso del sótano en que antaño se recibían los cadáveres para embalsamarlos.

Presidía un rincón del fondo del sótano un tobogán oxidado que comunicaba con el aparcamiento trasero desde donde dejaban caer los cadáveres. Las paredes estaban recubiertas de azulejos, desprendidos en parte. Para abrir el grifo había que usar unos alicates y a casi todos los armarios les faltaban las puertas. Aún conservaba el olor a muerto; un viejo fantasma que se negaba a irse.

La mujer herida estaba tumbada encima de una mesa metálica. Morty vio enseguida que era grave y se volvió hacia La Sombra.

—Ayúdela —le dijo.

A Morty no le gustó el tono de voz del hombre. Había ira en ella, sin duda, pero predominaba en él un timbre de desesperación, de súplica descarnada.

—Tiene mal aspecto —dijo.

—Si muere, lo mato —amenazó el hombre arrimando la pistola al pecho de Morty.

Morty tragó saliva. Quedaba claro. Se acercó a la mujer. Había curado a lo largo de los años a muchos hombres en aquel sótano, pero era la primera vez que atendía a una mujer. Se ganaba así la vida: unos puntos de sutura y listo; porque si alguien se presenta en una unidad de urgencias con un balazo o una puñalada, el médico de guardia está obligado a denunciarlo. Por eso venían a la clínica clandestina de Morty.

Rememoró las lecciones de protocolos de urgencia de la Facultad de Medicina, el abecé por así decir: vías aéreas, respiración, pulso. La respiración era entrecortada y con salivación.

—¿Le hizo esto usted?

El hombre no dijo nada.

Morty hizo, lo mejor que pudo, una cura provisional para estabilizarla y que se la llevara de allí.

Cuando terminó, el hombre la incorporó con cuidado.

—Si dice algo...

—He recibido amenazas peores.

El desconocido se marchó apresuradamente con la mujer malherida y Morty se quedó en el sótano. Tenía los nervios deshechos por el sobresalto al despertarse; suspiró y decidió volver a la cama. Pero antes de subir Morty cometió un error fatal: mirar por la ventana que daba a la parte de atrás.

Vio que el hombre llevaba a la mujer hasta un coche donde la tumbaba con cuidado, casi con ternura, en el asiento trasero. Sin perder un detalle de la escena, Morty vio a alguien más que se movía; entrecerró los ojos y sintió una conmoción: en el asiento de atrás había otro pasajero, un pasajero incongruente. Morty estiró el brazo automáticamente para coger el teléfono, pero se detuvo. ¿A quién iba a llamar? ¿Qué iba a decir?

Cerró los ojos y rechazó sus pensamientos. Subió penosamente la escalera, se metió en la cama, se arrebujó entre las sábanas y miró al techo tratando de olvidar.

4

La nota que me dejó Sheila era breve y cariñosa:

Siempre te querré.

S.

No había vuelto a la cama. Yo pensé que iba a pasarse la noche mirando por la ventana; el silencio no volvió a romperse hasta que oí la puerta cuando salió hacia las cinco de la mañana. No me sorprendió la hora porque ella madrugaba bastante, era la clase de persona que me recordaba ese antiguo anuncio del ejército que afirma que se hacen más cosas antes de las nueve que la mayoría de la gente en todo el día. Ya me entienden: la clase de mujer que hace que uno a su lado se sienta un gandul y la adore por ello.

Sheila me dijo en cierta ocasión —tan sólo una vez— que estaba acostumbrada a levantarse pronto por los muchos años que había trabajado en el campo. Yo le pedí más detalles pero eso fue cuanto dijo. Su pasado era una raya en la arena que era peligroso cruzar.

Más que preocuparme, su comportamiento me intrigaba.

Me duché y me vestí. Tenía en el cajón del escritorio la foto de mi hermano. La saqué y la estuve examinando durante un buen rato. Sentía un vacío en el pecho y, aunque mi mente divagaba y fantaseaba, una idea fija predominaba:

Ken se había escapado.

Quizá se pregunten por qué me había convencido todos aquellos años de que estaba muerto. Confieso que, en parte, era por una intuición anticuada mezclada con una esperanza ciega. Yo quería a mi hermano y sabía cómo era. No era perfecto. Ken se dejaba llevar por la cólera y se crecía en los enfrentamientos. Ken estaba mezclado en algo turbio, pero no era un asesino. Estaba seguro.

Pero había algo más en la teoría de la familia Klein aparte de esa fe singular. En primer lugar, ¿cómo podía Ken haber sobrevivido como un fugitivo, él que no tenía más que ochocientos dólares en el banco? ¿De dónde pudo sacar recursos para escabullirse de la orden de captura internacional? ¿Y qué motivos podía haber tenido para matar a Julie? ¿Cómo es que no se había puesto en contacto con nosotros durante aquellos once años? ¿Por qué estaba tan nervioso cuando vino por última vez a casa? ¿Por qué me dijo que corría peligro? Y ahora que lo pienso, ¿por qué no lo forcé a contarme más?

Pero lo peor —o lo más consolador, depende del punto de vista— era la sangre hallada en el escenario del crimen. Parte de ella era de Ken. En el sótano había una gran mancha de sangre suya y en un cobertizo del patio trasero de los Miller se descubrieron rastros en un seto. La teoría de la familia Klein era que el verdadero asesino había matado a Julie y herido gravemente (y finalmente matado) a mi hermano. La teoría de la policía era más simple: Julie se había defendido.

Había algo más que corroboraba la teoría de la familia, algo directamente atribuible a mí, que era, supongo, por lo que nadie se tomaba en serio nuestra teoría.

Aquella misma noche, yo vi a un hombre merodear cerca de la casa de los Miller.

Ya he dicho que este dato las autoridades y la prensa no lo tomaron en cuenta, porque, evidentemente, después de todo, yo estaba interesado en exculpar a mi hermano, mientras que es crucial para entender por qué nosotros creíamos en su muerte. Las opciones que se nos presentaban eran: que mi hermano había matado a una encantadora joven sin motivo y que luego hubiese vivido escondido once años sin recursos visibles (eso, no hay que olvidarlo, dejando aparte la amplia cobertura de los medios y la intensa búsqueda policial), o bien que había tenido una relación sexual consentida con Julie Miller (por las abrumadoras pruebas físicas) y que el lío en que estuviera metido y quien lo hubiese aterrorizado de aquel modo, tal vez el hombre que yo vi fuera de la casa de Coddington Terrace aquella noche, habían logrado implicarlo en un asesinato teniendo buen cuidado de que su cadáver no apareciese.

No digo que fuese una explicación perfecta, pero nosotros conocíamos a Ken y sabíamos que él no había hecho lo que se le imputaba. ¿Qué otra alternativa teníamos?

Había quien daba crédito a nuestra teoría, pero la mayoría se comportaba como esos necios que piensan que Elvis y Jimi Hendrix están en una de las islas Fiyi tocando música. Los reportajes de televisión difundieron las consabidas tonterías que cabe esperar del medio. A medida que pasaba el tiempo me volví menos activo en mi defensa de Ken. Aunque suene egoísta, yo quería vivir, seguir mi carrera. No quería convertirme en el hermano de un famoso asesino fugitivo.

Estoy seguro de que en Covenant House me aceptaron con reservas. No se lo reprocho. Aunque soy director, mi nombre no aparece en el membrete y se evita mi presencia en las campañas de recogida de fondos. Mi trabajo tiene lugar estrictamente entre bastidores. Y en general no me importa.

Miré otra vez la foto de alguien tan conocido y al mismo tiempo tan desconocido para mí.

¿No habría mentido mi madre desde el principio?

¿Había estado ayudando a Ken mientras que a papá y a mí nos decía que había muerto? Ahora que lo pienso fue mi madre quien más insistió en la teoría de que había muerto. ¿Le habría mandado dinero a escondidas todos esos años? ¿Conocía Sunny desde el principio su paradero?

Eran preguntas que hacerse.

Aparté la vista y abrí un armarito de la cocina. Había decidido no ir a Livingston aquella mañana; la idea de permanecer un día más en aquella casa-ataúd me sacaba de quicio, y tenía que trabajar; estaba seguro de que mi madre, además de entenderlo, me habría apoyado. Así que me serví un tazón de cereales Golden Grahams y marqué el número del buzón de voz de Sheila en la oficina, le dije que la quería y que me llamase.

Mi apartamento —bueno, ahora es nuestro apartamento— está en el cruce de la Calle 24 con la Novena Avenida, cerca del Hotel Chelsea. Generalmente camino las diecisiete manzanas en dirección norte hasta Covenant House, que está en la Calle 41, no lejos de la autopista del West Side, un barrio que era una zona ideal para jóvenes huidos de casa antes de que hicieran la limpieza de la Calle 42, una repugnante zona de degradación a la vista de todo el mundo. La Calle 42 era una especie de antesala del infierno donde se daba cita un comercio amoroso grotesco de diversas especies. Trabajadores que acudían de la periferia y turistas se cruzaban con prostitutas, camellos, proxenetas, tiendas de psicodelia y cines de pornografía, y al final del recorrido acababan excitados o deseando darse una ducha y ponerse una inyección de penicilina. En mi opinión era una degradación tan asquerosa, tan deprimente, que resultaba agobiante. Soy un hombre, sé lo que son la lujuria y el deseo, como cualquier otro, pero nunca he entendido cómo alguien puede confundir el erotismo con esas guarras desdentadas adictas al crack.

El saneamiento de la ciudad dificultó en cierto sentido nuestro trabajo. Antes, la furgoneta de recogida de Covenant House sabía por dónde hacer la ronda, mientras que ahora los jóvenes campaban por todas partes y nuestro cometido resultaba más ambiguo, pero lo peor de todo era que la ciudad estaba limpia únicamente en apariencia. La llamada gente decente, esos empleados y turistas de que hablaba antes, no se veían expuestos ahora a deambular ante escaparates con el cartel de SÓLO ADULTOS o marquesinas destartaladas con anuncios de títulos pornográficos grotescos como AFEITANDO LOS BAJOS A RYAN o BRAGAS ARDIENTES. Pero semejante sordidez nunca desaparece; la sordidez es como las cucarachas: pervive escondida en madrigueras. Yo creo que es imposible acabar con ella.

Y esconder la sordidez tiene sus aspectos negativos, porque cuando está a la vista puede uno despreciarla y sentirse superior; es muy humano y para muchos un desahogo. Otra ventaja de la sordidez al descubierto es la de: ¿qué es preferible, una agresión visible o un peligro subrepticio que acecha como una serpiente oculta entre las matas? Finalmente —quizá resulte un análisis prolijo por mi parte— no puede haber cabeza sin cola, arriba sin abajo, ni estoy seguro de que haya luz sin sombra, limpieza sin suciedad, bien sin mal.

El primer bocinazo no me hizo volver la cabeza. Vivo en Nueva York y no oír bocinazos cuando caminas equivaldría a no sentir el agua cuando nadas. Así que no me volví hasta que oí la voz conocida decir: «Eh, gilipollas», al tiempo que la furgoneta de Covenant House se detenía con un frenazo. Su único ocupante era Cuadrados, sentado al volante. Bajó el cristal de la ventanilla y se quitó las gafas de sol.

—Sube —dijo.

Abrí la portezuela y monté de un brinco. La furgoneta de ayuda olía a tabaco, a sudor y levemente a los bocadillos de mortadela que repartíamos de noche. Había todo tipo de manchas en la alfombrilla, la guantera era una especie de cueva y los asientos estaban desfondados.

—¿Qué demonios hacías? —preguntó Cuadrados sin apartar la vista de la carretera.

—Ir al trabajo.

—¿Por qué?

—Terapia —contesté.

Squares asintió con la cabeza. Se había pasado la noche al volante de la furgoneta cual ángel redentor en busca de jóvenes desvalidos y su aspecto era deplorable, pero, claro, tampoco habría empezado muy entero. Iba peinado al estilo Aerosmith de los ochenta, con raya en medio, y tenía el pelo bastante sucio; creo que tampoco lo había visto nunca bien afeitado y menos con una barba cuidada o un ligero sombreado de dejadez atractivo a lo Miami Vice; los trozos de piel visibles eran marcas de viruela, llevaba unas botas de trabajo tan desgastadas que parecían blancas, sus pantalones vaqueros parecían haber sido arrastrados por un búfalo de las praderas y ostentaba una panza que le confería el poco deseable aspecto de fontanero derrengado. Por su manga subida asomaba un paquete de Camel. Tenía los dientes amarillos por el tabaco.

—Estás hecho una mierda —dijo.

—Eso quiere decir algo, viniendo de ti —repliqué.

Mi respuesta le hizo gracia. Lo llamábamos Cuadrados, como abreviatura de los cuatro cuadrados que tatuaban su frente, dos y dos superpuestos, como las divisiones cuadrangulares de ciertas canchas de juego. Como ahora se había convertido en un maestro de yoga, con vídeos editados y una cadena de escuelas, muchos suponían que el tatuaje era algún tipo de símbolo hindú con determinado simbolismo. Pero no era eso.

En su día había sido una cruz gamada. Le había añadido cuatro líneas para cerrarla.

Era algo de su pasado que yo no acababa de entender porque Cuadrados es probablemente la persona menos polémica que he conocido, y también probablemente mi mejor amigo. La primera vez que me habló del origen de los cuadrados me quedé de una pieza. Nunca me explicó el motivo, ni buscó disculparse; él, igual que Sheila, nunca hablaba de su pasado. Otros dan pelos y señales. Ahora lo entiendo mejor.

—Gracias por las flores —dije.

Cuadrados guardó silencio.

—Y por venir —añadí.

Había acudido al entierro en la furgoneta de Covenant House con un grupo de amigos que componían más o menos el contingente de asistentes ajenos a la familia.

—Sunny era estupenda —dijo.

—Sí.

Se hizo otro silencio y Cuadrados añadió:

—Pero qué asistencia de mierda.

—Gracias por señalármelo.

—Por Dios, hombre, ¿cuánta gente había?

—Eres un consuelo, Cuadrados. Gracias, tío.

—¿Quieres consuelo? Pues que sepas que la gente es gilipollas.

—Espera, que cojo un boli y lo apunto.

Silencio. Cuadrados se detuvo ante un semáforo y me miró a hurtadillas. Tenía los ojos enrojecidos. Sacó de la manga remangada el paquete de cigarrillos.

—¿Quieres contarme qué te pasa?

—Pues, mira, resulta que el otro día se murió mi madre.

—De acuerdo. No me lo cuentes —dijo.

El semáforo se puso verde y la furgoneta arrancó. Me vino a la mente la visión de mi hermano en la fotografía.

—Cuadrados.

—Dime.

—Creo que mi hermano está vivo —dije.

Cuadrados no dijo palabra; sacó un cigarrillo de la cajetilla y se lo puso en la boca.

—Vaya epifanía —comentó.

—Epifanía —repetí asintiendo con la cabeza.

—Es que voy a cursillos nocturnos —añadió—. ¿Y a qué viene de pronto ese cambio de ánimo?

Dejó la furgoneta en el pequeño aparcamiento de Covenant House. Solíamos aparcar en la calle pero la gente rompía la ventanilla o la cerradura y se metía dentro para dormir. No llamábamos a la policía, claro, pero el gasto de cristales y de cerraduras era tal que durante un tiempo decidimos dejarla abierta para que se guareciera en ella quien quisiera. Por la mañana, el primero que llegaba al trabajo daba unos golpes en la chapa, los inquilinos nocturnos pillaban el mensaje y se largaban.

Pero hubo que desistir también de este método porque la dejaban —me ahorraré detalles— hecha un asco. Los sin techo no son precisamente de lo más exquisito: vomitan, ensucian, muchas veces no encuentran váter. No digo más.

Antes de bajarnos de la furgoneta reflexioné sobre cómo enfocarlo.

—Voy a hacerte una pregunta.

Cuadrados aguardó.

—Nunca me has comentado qué piensas tú de lo que sucedió con mi hermano —dije.

—¿Eso es una pregunta?

—Bueno, una observación. La pregunta es: ¿por qué?

—¿Por qué nunca te he dicho lo que imagino que le sucedió a tu hermano?

—Eso es.

—Porque nunca me lo preguntaste —respondió Cuadrados encogiéndose de hombros.

—Pero hemos hablado mucho de ello.

Cuadrados volvió a encogerse de hombros.

—Bien; te lo pregunto ahora —dije—. ¿Crees que está vivo?

—Desde siempre.

Así, por las buenas.

—Así que tanto como hemos hablado de ello y tantas veces como te he presentado argumentos convincentes en contra...

—No acababa de ver claro si intentabas convencerme a mí o querías autoconvencerte.

—¿No te creíste mis argumentos?

—No —respondió—. Nunca.

—Pero tú no me llevabas la contraria.

Cuadrados dio una profunda calada al cigarrillo.

—Porque tu fantasía no hacía mal a nadie.

—Ojos que no ven, corazón que no siente, ¿verdad?

—Sí, suele ser así.

—Pero ciertos razonamientos eran sólidos.

—Porque te los crees tú.

—¿A ti no te lo parecen?

—No me lo parecen —replicó Cuadrados—. Decías que tu hermano no tenía recursos para andar por esos mundos escondiéndose, cuando para eso no se necesitan recursos. Mira esos chicos sin hogar que vemos a diario. Si alguno de ellos quisiera desaparecer, lo haría en un instante.

—Pero contra ellos no hay orden internacional de búsqueda y captura.

—Orden internacional —repitió Cuadrados en tono de desdén—. ¿Tú crees que todos los polis del mundo se levantan pensando en tu hermano?

Tenía razón; sobre todo ahora que me daba cuenta de que a lo mejor había recibido ayuda monetaria de mi madre.

—Sería incapaz de matar a nadie.

—Tonterías —replicó Cuadrados.

—Tú no lo conoces.

—Tú y yo somos amigos, ¿verdad?

—Sí.

—¿Tú puedes creerte que yo antes quemaba cruces y gritaba: «Heil Hitler!»?

—Es distinto.

—No lo es. —Bajamos de la furgoneta—. Una vez me preguntaste por qué me cambié el tatuaje, ¿lo recuerdas?

Asentí con la cabeza.

—Y me contestaste que me fuera a la mierda —añadí.

—Exacto. Pero la verdad es que podía habérmelo borrado con láser o disimulármelo mejor; pero lo conservo porque me sirve de recordatorio.

—¿De qué? ¿Del pasado?

—De las posibilidades —dijo Cuadrados enseñando los dientes amarillos.

—No sé qué quieres decir.

—Porque eres un negado.

—Mi hermano era incapaz de violar y matar a una mujer inocente.

—Hay escuelas de yoga que enseñan mantras —replicó Cuadrados—. Pero no por repetir una cosa mil veces resulta verdad.

—Hoy estás muy profundo —dije.

—Y tú estás muy gilipollas —replicó apagando el cigarrillo—. ¿Vas a decirme por qué has cambiado de opinión?

Estábamos a punto de cruzar la puerta.

—Vamos a mi oficina —dije.

Dejamos de hablar nada más entrar. La gente piensa encontrarse con una pocilga, pero nuestro centro de acogida dista mucho de serlo. Nuestra filosofía es que debe ser un lugar que cualquiera pueda considerar aceptable para su propio hijo si se encontrara en apuros. A los patrocinadores al principio les chocó este enfoque —como todos los albergues de beneficencia, éste les queda muy lejos—, pero también hay necesitados donde ellos viven.

Estábamos los dos callados porque en Covenant House concentramos nuestros cinco sentidos en los chicos. Es lo menos que puede hacerse por ellos; por una vez en sus desgraciadas vidas son lo que más importa. Saludamos a todos como si fuesen —me perdonarán que me exprese así— hermanos perdidos durante mucho tiempo. Los escuchamos. Les estrechamos la mano y los abrazamos. Los miramos a los ojos, nunca por encima del hombro, y los miramos de frente serenamente, porque si intentas fingir, estos chicos lo captan rápidamente; tienen un sexto sentido. Aquí les damos cariño sin reservas, incondicional. Y lo hacemos a diario. Si no, más vale quedarse en casa. Eso no quiere decir que siempre obtengamos los mejores resultados, ni siquiera casi siempre, porque perdemos más de los que salvamos y las calles vuelven a tragárselos; pero mientras están aquí en el albergue han de encontrarse a gusto. Mientras están aquí se les quiere.

Al entrar en mi despacho vimos que había dos personas esperándonos: una mujer y un hombre. Cuadrados se paró en seco y olfateó el cuarto como un perro de caza.

—Policías —me dijo.

La mujer sonrió y vino a nuestro encuentro mientras el hombre permanecía detrás apoyado en la pared.

—¿Will Klein?

—Soy yo —contesté.

Me enseñó su carnet con ademán ostentoso y el hombre hizo lo propio.

—Mi nombre es Claudia Fisher y mi compañero es Darryl Wilcox. Somos agentes del FBI.

—Federales —comentó Cuadrados alzando los pulgares como si le impresionara que yo mereciera tal atención. Echó un vistazo al carnet y luego a la mujer—. Eh, ¿por qué se ha cortado el pelo?

—¿Usted quién...?

—No se sulfure —la interrumpió Cuadrados.

La agente frunció el ceño y me miró entornando los ojos.

—Quisiéramos hablar con usted. A solas —añadió.

Claudia Fisher era baja y vivaracha; la estudiante-atleta de instituto aplicada pero demasiado recatada, la clase de chica que se divierte pero nunca de manera espontánea. Llevaba el pelo corto y peinado hacia atrás, un poco al estilo de los setenta, pero le sentaba bien. Lucía unos pequeños pendientes de aro y tenía una pronunciada nariz aguileña.

En Covenant House desconfiamos de la ley. No es que yo pretenda proteger a los delincuentes, pero no me apetece contribuir a su captura. Pretendemos que el albergue sea un refugio de paz, y cooperar con la ley afectaría a nuestra fama en las calles, que es nuestra baza principal. Digamos que somos neutrales: una Suiza para los desamparados. Por supuesto, es indudable que mi historia personal, por el modo en que los federales han tratado el caso de mi hermano, no contribuye a que los aprecie.

—Prefiero que él esté presente —dije.

—Él no tiene nada que ver en esto.

—Considérenlo mi abogado.

Claudia Fisher miró a Cuadrados escrutando los vaqueros, el pelo, el tatuaje, mientras él se estiraba unas solapas imaginarias y fruncía las cejas.

Yo fui a mi escritorio y él se dejó caer en el sillón de enfrente y plantó las polvorientas botazas en la mesa. Fisher y Wilcox permanecieron de pie.

—¿Qué desea usted, agente Fisher? —dije abriendo las manos.

—Estamos buscando a una tal Sheila Rogers.

Aquello no me lo esperaba.

—¿Puede decirnos dónde podemos encontrarla?

—¿Por qué la buscan? —pregunté.

—¿Le importaría decirnos dónde está? —replicó Claudia Fisher con una sonrisa condescendiente.

—¿Se encuentra en algún apuro?

—Ahora mismo —hizo una breve pausa y cambió de sonrisa— sólo queremos hacerle unas preguntas.

—¿Sobre qué?

—¿Se niega usted a colaborar con nosotros?

—No me niego a nada.

—Pues entonces díganos, por favor, dónde podemos localizar a Sheila Rogers.

—Me gustaría saber el motivo.

La mujer miró a su compañero y Wilcox asintió levemente con la cabeza. La agente volvió a mirarme.

—A primera hora de hoy, el agente especial Wilcox y yo fuimos al lugar de trabajo de Sheila Rogers en la Calle 18. No estaba. Preguntamos dónde podríamos encontrarla. Su jefe nos informó que había llamado diciendo que estaba indispuesta. Fuimos a su último domicilio conocido. El casero nos dijo que hace meses que se marchó de allí y que su dirección actual era la de usted, señor Klein, 378 Oeste de la Calle 24. Fuimos allí. Sheila Rogers no estaba.

—Qué bien habla —comentó Cuadrados.

—No queremos problemas, señor Klein —dijo ella sin hacerle caso.

—¿Problemas? —pregunté.

—Tenemos que interrogar a Sheila Rogers y rápidamente. Podemos hacerlo por las buenas, pero si opta por no colaborar podemos recurrir a otros medios menos agradables.

—¡Oh!, amenazas —terció Cuadrados frotándose las manos.

—¿Cómo lo prefiere, señor Klein?

—Lo que preferiría es que se marchasen.

—¿Qué sabe usted de Sheila Rogers?

Aquello empezaba a ser absurdo y me dolía la cabeza. Wilcox metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una hoja de papel que entregó a su compañera.

—¿Está al corriente de la ficha delictiva de la señorita Rogers? —preguntó ella.

Traté de mantenerme imperturbable, pero incluso Cuadrados se sorprendió.

La agente comenzó a leer el papel:

—Robo en comercios, prostitución, posesión de droga con intención de venta.

Cuadrados profirió un ruido burlón.

—Cosas de aficionados —dijo.

—Robo a mano armada.

—Va mejorando —comentó Cuadrados con una inclinación de cabeza—. Pero no hay condena, ¿verdad? —añadió mirando al hombre.

—Así es.

—Así que a lo mejor no es culpable.

Fisher volvió a fruncir el ceño mientras yo me mordía el labio inferior.

—Señor Klein.

—No puedo ayudarlos —dije.

—¿No puede o no quiere?

—Déjese de semánticas —repliqué sin amilanarme.

—Vaya, señor Klein, reincidente al parecer.

—¿Qué coño quiere decir con eso?

—Encubrimiento. Primero de su hermano. Ahora de su amante.

—Váyase a la mierda —dije.

Cuadrados me hizo una mueca claramente decepcionado por mi floja réplica.

La agente insistió.

—Usted no se da cuenta —dijo.

—¿De qué?

—De las repercusiones —añadió—. ¿Cómo les sentaría, por ejemplo, a los patrocinadores de Covenant House si lo detuviéramos por, pongamos, complicidad e instigación al delito?

—¿Sabe a quién debería preguntar? —dijo Cuadrados acudiendo en su defensa.

La mujer arrugó la nariz en dirección a él como si fuese algo que acababa de rasparse de la suela del zapato.

—A Joey Pistillo —añadió Cuadrados—. Seguro que Joey lo sabe.

Al oír aquel nombre, los dos agentes se pusieron a la defensiva.

—¿Llevan móvil? —insistió Cuadrados—. Podemos preguntarle ahora mismo.

La agente miró a su compañero y luego a Cuadrados.

—¿Nos está diciendo que usted conoce al subdirector Joseph Pistillo? —preguntó.

—Llámelo —respondió Cuadrados—. Ah, un momento; tal vez no sepa su número directo —añadió estirando el brazo y haciéndole una seña con el dedo para que le pasara el aparato—. ¿Le importa?

La agente le entregó el teléfono y Cuadrados marcó el número y se lo acercó al oído. Se reclinó cómodamente en el asiento sin quitar los pies de la mesa. De haber llevado un sombrero del Oeste, no me habría costado imaginármelo inclinándolo sobre los ojos para echar una siestecita.

—¿Joey? Hola, hombre, ¿cómo estás? —dijo; escuchó un minuto y soltó una carcajada antes de iniciar una réplica jocosa mientras los dos agentes palidecían.

Lo normal es que yo hubiese disfrutado con aquella exhibición de poder porque, entre su pasado y su actual condición de famoso, Cuadrados superaba en un grado a casi todo el mundo, pero mi mente vagaba por otros derroteros.

Al cabo de unos minutos, Cuadrados le dio el móvil a la agente Fisher.

—Joey quiere hablar con usted —dijo.

Los dos agentes del FBI salieron del despacho y cerraron la puerta.

—Tío, los federales —dijo Cuadrados volviendo a alzar los pulgares con gesto de respeto.

—Sí, mira qué contento estoy.

—Vaya sorpresa, ¿no? ¿Quién habría pensado que Sheila estuviera fichada?

—Yo no.

Al volver a entrar, los dos agentes del FBI habían recobrado el color y la mujer tendió el teléfono a Cuadrados con una sonrisa exageradamente cortés.

Cuadrados se lo acercó al oído.

—¿Qué pasa, Joey? —preguntó y escuchó un instante—. De acuerdo —añadió y cortó la comunicación.

—¿Qué sucede? —pregunté.

—Era Joey Pistillo. El jefazo del FBI en la costa Este.

—¿Y qué?

—Que quiere hablar contigo personalmente —respondió Cuadrados desviando la mirada.

—¿Y bien?

—Creo que no nos va a gustar lo que tiene que decirnos.

5

El subdirector Joseph Pistillo no sólo quería hablar conmigo en persona, sino en privado.

—Tengo entendido que ha fallecido su madre —dijo.

—¿Cómo lo sabe?

—¿Cómo dice?

—¿Ha leído la esquela en el periódico? —pregunté—. ¿Se lo ha dicho un amigo? ¿Cómo sabe que falleció?

Nos miramos. Pistillo era un hombre fornido, casi calvo, salvo una franja de pelo gris cortado a cepillo, tenía hombros macizos y descansaba sus manos nudosas cruzadas sobre la mesa.

—O bien —proseguí sintiendo aumentar en mí la inquina de antaño— tiene algún agente vigilándonos. Vigilándola; en su lecho de muerte y en el ataúd. ¿Era agente suyo ese nuevo celador que era la comidilla de las enfermeras? ¿Era agente suyo el conductor de la limusina que ignoraba el nombre del director de la funeraria?

Seguimos mirándonos a los ojos.

—Lo acompaño en el sentimiento —dijo Pistillo.

—Gracias.

—¿Por qué no quiere decirnos dónde está Sheila Rogers? —Se arrellanó en el asiento.

—¿Por qué no quieren decirme por qué la buscan?

—¿Cuándo la vio por última vez?

—¿Está usted casado, agente Pistillo?

No vaciló.

—Hace veintiséis años. Tenemos tres hijos.

—¿Quiere a su mujer?

—Sí.

—En ese caso, si yo esgrimiera pretensiones amenazadoras contra ella, ¿qué haría?

Pistillo asintió con la cabeza.

—Si usted trabajara para el FBI le aconsejaría que cooperase.

—¿Por las buenas?

—Bueno —añadió alzando el índice— con una salvedad.

—¿Cuál?

—Que fuese inocente. Si fuese inocente no tendría ningún miedo.

—¿Y no le preocuparía de qué asunto se tratara?

—¿Preocuparme? Claro. Querría saber... —añadió sin concluir la frase—. Voy a hacerle una pregunta hipotética.

Hizo una pausa y se incorporó.

—Yo sé que usted cree que su hermano ha muerto.

Hizo otra pausa mientras yo permanecía imperturbable.

—Pero suponga que descubre que está vivo, escondido..., y suponga que además descubre que mató a Julie Miller. —Volvió a arrellanarse—. Es una hipótesis, por supuesto. Se trata de una hipótesis.

—Continúe —dije.

—Bien, ¿qué haría usted? ¿Lo entregaría? ¿Le diría que se las apañara? ¿O lo ayudaría?

Se hizo otro silencio.

—No me habrá hecho venir aquí para jugar con hipótesis —dije.

—No; cierto —replicó él.

Había una pantalla de ordenador en la parte derecha de su mesa que volvió hacia mí para que pudiera verla, apretó unas teclas y en ella apareció una imagen que me provocó un nudo en el estómago.

Un cuarto normal y corriente. Una lámpara de pie derribada. Alfombra beige junto a una mesita. Estaba todo revuelto, como si hubiese pasado un vendaval, pero en el centro del cuarto había un hombre tendido en medio de un charco que me imaginé era de sangre. La sangre era de color carmesí oscuro, casi negro. El hombre estaba boca arriba con brazos y piernas abiertos como si hubiera caído desde una gran altura.

Mientras lo miraba notaba los ojos de Pistillo clavados en mí juzgando mi reacción. Volví la mirada hacia él y luego hacia la pantalla.

Él pulsó en el teclado y apareció otra imagen. El mismo cuarto. Ahora no se veía la lámpara pero sí que había sangre ensuciando la alfombra y otro cadáver acurrucado en posición fetal. El primero vestía camiseta negra y de manga corta con pantalones negros también, mientras que éste llevaba una camisa de franela y vaqueros.

Pistillo volvió a teclear. Se veían los dos cadáveres, el primero en el centro del cuarto y el segundo junto a la puerta. Sólo se veía el rostro de uno, pero por el ángulo de perspectiva no me pareció conocido; el otro no se veía.

Me invadió el pánico y pensé en Ken. ¿Sería uno de los dos...?

—Las fotos están hechas en Alburquerque, Nuevo México, este fin de semana —explicó Pistillo.

—No entiendo —dije frunciendo el ceño.

—Encontramos el escenario del crimen patas arriba, pero logramos recoger algún cabello y fibras —dijo sonriéndome—. No soy especialista en los aspectos técnicos de nuestro trabajo, pero actualmente disponemos de métodos de análisis increíbles. Aunque a veces son los convencionales los que dan la pauta.

—¿Quiere explicarme de qué está hablando?

—Alguien había limpiado muy bien el cuarto, pero a pesar de todo se descubrieron algunas huellas claras que no pertenecían a ninguna de las víctimas. Las hemos comprobado en nuestros ordenadores y esta mañana obtuvimos el resultado —añadió inclinándose sobre la mesa—. ¿Adivina de quién son?

Vi a Sheila, mi hermosa Sheila, mirando por la ventana.

«Lo siento, Will.»

—Son de su novia, señor Klein. La misma persona que está fichada; la misma persona que tanto nos está costando localizar.

6

Elizabeth, Nueva Jersey

Ya estaban cerca del cementerio.

Philip McGuane estaba en el asiento trasero de su Mercedes de encargo, una limusina de cuatrocientos mil dólares con blindaje lateral y ventanillas a prueba de balas de una sola pieza, y miraba cómo discurrían velozmente los restaurantes de comida rápida, las tiendas vulgares y los avejentados locales de striptease. Con la mano derecha sujetaba un whisky con soda servido en el bar del coche. Miró fijamente el líquido color ámbar. No se movía y le sorprendió.

—¿Se encuentra bien, señor McGuane?

McGuane se volvió hacia su acompañante. Fred Tanner era muy alto, casi tan alto y resistente como uno de esos edificios de piedra rojiza. Sus manos eran como tapaderas de alcantarilla, los dedos como salchichas, y tenía una mirada de confianza absoluta en sí mismo. Tanner era de la vieja escuela: traje de alpaca brillante y aquel ostentoso anillo en el meñique del que nunca se desprendía, una joya de oro chabacana y desproporcionada a la que daba vueltas y manoseaba cuando hablaba.

—Estoy bien —mintió McGuane.

La limusina tomó la salida en la Autopista 22 en Parker Avenue y Tanner continuó jugueteando con el anillo. Tenía cincuenta años y era quince años mayor que su jefe. Su cara era un monumento cuarteado de planos ásperos y ángulos duros y llevaba el pelo pulcramente cortado a cepillo. McGuane sabía que Tanner trabajaba muy bien: era un hijo de puta frío, disciplinado y asesino para quien la compasión era un concepto tan importante como el feng shui. Tanner era un experto utilizando aquellas manazas o bien toda una panoplia de armas de fuego. Se había enfrentado a algunos de los tipos más desalmados y siempre había salido victorioso.

Pero McGuane sabía que aquello comenzaba a tomar un cariz totalmente distinto.

—Bueno, ¿quién es este hombre? —preguntó Tanner.

McGuane meneó la cabeza. Vestía un traje a medida de Joseph Abboud y tenía alquiladas tres plantas de oficinas en Manhattan Oeste. En otra época lo habrían llamado «consigliore» o «capo» o una tontería por el estilo, pero ya había pasado esa época (hacía mucho tiempo, por más que Hollywood se empeñe en hacernos creer que no) de guaridas y suites de velvetón, tiempos que sin duda Tanner seguía añorando; ahora todo funcionaba gracias a oficinas con secretaria y nómina centralizada por ordenador; se pagaban impuestos y se dirigían negocios legales.

Pero no eran mejores.

—¿Y por qué tenemos que ir allí? —insistió Tanner—. Debería ser él quien viniera a verlo, ¿no?

El señor McGuane no contestó. Tanner no lo entendería.

Si El Espectro dice que vayas a verlo, hay que ir, seas quien seas, porque negarse significa que El Espectro viene a por ti. McGuane tenía un excelente servicio de seguridad, buenos vigilantes, pero El Espectro le superaba: tenía paciencia, seguía los pasos y aguardaba la ocasión para tropezarse a solas contigo. Eso se sabía.

No; era mejor acabar de una vez acudiendo a la cita.

A una manzana del cementerio, la limusina se detuvo.

—Ya sabes lo que te he dicho —dijo McGuane.

—Sí, ya he puesto un hombre allí.

—Que no se deje ver si yo no hago la señal.

—De acuerdo. Tal como dijimos.

—No lo subestiméis.

Tanner cogió el picaporte y el sol hizo brillar su anillo.

—Perdone, señor McGuane, pero es un tipo corriente, con sangre roja como todos, ¿no?

McGuane no estaba muy seguro.

Tanner bajó de la limusina con un movimiento grácil para un hombre de su envergadura. McGuane se sentó detrás y dio un largo trago de whisky. Era uno de los hombres más poderosos de Nueva York y ese puesto en la cumbre no se alcanza sin ser un cabrón astuto y despiadado. Si das muestras de debilidad, estás perdido; si eres flojo, mueres. Tan sencillo como eso.

Y sobre todo, nunca hay que dar marcha atrás.

McGuane sabía eso como todo el mundo, pero en aquel momento lo que más deseaba era echar a correr, recoger todo lo que pudiera y esfumarse.

Como su viejo amigo Ken.

Miró a los ojos del chófer en el retrovisor, lanzó un profundo suspiro y le dirigió una inclinación de cabeza. El coche reanudó la marcha, dobló a la izquierda y cruzó las puertas del cementerio Wellington; en cuanto las ruedas hicieron crujir la grava, McGuane dijo al conductor que parase. McGuane se bajó y fue hacia la ventanilla.

—Te llamaré cuando te necesite.

El chófer asintió con la cabeza y arrancó.

McGuane se quedó solo.

Se alzó el cuello de la chaqueta y barrió con la vista el cementerio preguntándose qué escondite habrían elegido Tanner y su hombre para acechar; probablemente cerca del sitio del encuentro, detrás de un árbol o un arbusto. Si estaban bien escondidos no lograría verlos.

Era un día claro y el viento cortaba como una guadaña. Se encogió de hombros. El ruido del tráfico de la Autopista 22 rebasaba las pantallas sónicas y serenaba a los muertos. Le llegó una ráfaga de olor a algo recién asado y pensó por un instante en la cremación.

No había rastro de nadie.

McGuane encontró la senda y dobló a la izquierda. A medida que pasaba por delante de las tumbas miraba inconscientemente las fechas de nacimiento y defunción, calculando edades y preguntándose de qué habrían muerto los niños. Se quedó indeciso un instante al ver un apellido conocido: Daniel Skinner, muerto a los trece años. Adornaba la lápida la escultura de un ángel sonriente: McGuane ahogó la risa al verla pensando en el abusón de Skinner que atormentaba constantemente a un compañero de cuarto grado. Pero el 11 de mayo —tal como rezaba la lápida— el de cuarto grado había comparecido con un cuchillo de cocina para defenderse. Su primera y única puñalada le acertó en el corazón.

Adiós, angelito.

McGuane se encogió de hombros e intentó desechar aquel recuerdo.

¿Fue entonces cuando todo comenzó?

Reemprendió la marcha. Continuó en línea recta, torció a la izquierda y aminoró el paso. Escudriñó en torno suyo. Ningún movimiento aún. Allí había más silencio, era una zona más tranquila y verde. Aunque a los inquilinos tanto les daba. Dudó un instante antes de torcer de nuevo a la izquierda para acercarse a la tumba convenida.

Se detuvo. Comprobó el nombre y la fecha y su pensamiento retrocedió en el tiempo. Recapacitó sobre lo que sentía y se dijo que no gran cosa. No se molestó en volver a mirar a su alrededor. El Espectro estaba cerca. Lo presentía.

—Habrías debido traer flores, Philip.

Era una voz suave y melosa con cierto ceceo que le heló la sangre en las venas. McGuane se volvió despacio y miró detrás de él. John Asselta se aproximaba con un ramo de flores en la mano. McGuane retrocedió. Asselta clavó en él sus ojos y McGuane sintió un garfio de hierro en el pecho.

—Cuánto tiempo —dijo El Espectro.

Asselta, el hombre a quien McGuane conocía por El Espectro, se acercó a la tumba. Él se quedó completamente inmóvil. Cuando pasó a su lado sintió que la temperatura descendía treinta grados.

McGuane contuvo la respiración.

El Espectro se arrodilló, depositó delicadamente las flores en el suelo y permaneció un instante con los ojos cerrados. A continuación se levantó y alargó su mano delicada de pianista para acariciar la tumba de forma íntima.

McGuane hacía esfuerzos por no mirar.

La piel de El Espectro era como las cataratas: blancuzca y acuosa. Venas azules como lagrimones teñidos surcaban aquel rostro casi atractivo. Sus ojos eran de un gris profundo casi transparente y su cabeza en forma de bombilla era desmesurada para su espalda estrecha; llevaba recién rapado el cráneo salvo un mechón largo y pardusco que le caía como en cascada en el centro. En sus rasgos había algo delicado, casi femenino, una versión pesadillesca de una muñeca de porcelana.

McGuane retrocedió un paso más.

A veces uno se tropieza con alguien cuya bondad lo deslumbra, pero hay ocasiones en que sucede todo lo contrario: estás con alguien cuya sola presencia te ahoga en un manto de sangre y podredumbre.

—¿Qué quieres? —preguntó McGuane.

El Espectro agachó la cabeza.

—¿Conoces el dicho de que en las trincheras no hay ateos?

—Sí.

—Pues es mentira —replicó El Espectro—. Sucede justamente lo contrario. Estando en una trinchera cara a cara con la muerte sabes con certeza que no hay Dios y eso te hace luchar por sobrevivir y seguir respirando, jurando por lo que sea, porque no quieres morir, porque en el fondo de tu corazón sabes que con la muerte termina el juego y no hay ningún más allá. No hay paraíso, ni Dios. Sólo la nada.

El Espectro alzó la cabeza y lo miró, pero McGuane permaneció imperturbable.

—Te he echado de menos, Philip.

—¿Qué es lo que quieres, John?

—Me parece que lo sabes.

McGuane lo sabía pero no replicó.

—Tengo entendido —prosiguió El Espectro— que estás en apuros.

—¿Qué es lo que has oído?

—Rumores. —El Espectro sonrió. Su boca era como un fino corte de navaja y, al verla, McGuane estuvo a punto de gritar—. Por eso he vuelto.

—Es problema mío.

—Ojalá fuese verdad, Philip.

—¿Qué es lo que quieres, John?

—Esos dos hombres que enviaste a Nuevo México han fracasado, ¿verdad?

—Sí.

—Yo no fallaré —musitó El Espectro.

—Sigo sin saber qué quieres.

—Supongo que estarás de acuerdo en que yo me juego algo en esto.

El Espectro aguardó a que McGuane asintiera con la cabeza.

—Supongo que sí.

—Philip, tú tienes recursos. Acceso a información que yo no tengo —añadió El Espectro mirando la tumba, y McGuane casi pensó por un instante que había en él algo humano—. ¿Estás seguro de que ha vuelto?

—Totalmente seguro —respondió McGuane.

—¿Cómo lo sabes?

—Por alguien de dentro del FBI. Se supone que los que enviamos a Alburquerque debían confirmarlo.

—Subestimaron a su adversario.

—Eso parece.

—¿Sabes adónde ha huido?

—Estamos averiguándolo.

—Pero no con muchas ganas.

McGuane no contestó.

—Preferirías que volviera a desaparecer, ¿verdad?

—Eso simplificaría las cosas.

El Espectro negó con la cabeza.

—Esta vez no —replicó.

Se hizo un silencio.

—Bien, ¿quién puede saber dónde está? —preguntó El Espectro.

—Tal vez su hermano. El FBI citó a Will hace una hora para interrogarlo.

El Espectro mostró interés y alzó la cabeza.

—Interrogarlo, ¿sobre qué?

—Todavía no lo sabemos.

—En ese caso podría ser un buen punto de partida para mí —dijo El Espectro con voz queda.

McGuane asintió a regañadientes y en ese momento El Espectro se le acercó y le tendió la mano. McGuane, paralizado, sintió un estremecimiento.

—¿Tienes miedo de dar la mano a un viejo amigo, Philip?

Lo tenía. El Espectro se aproximó más y la respiración de McGuane se aceleró, indeciso sobre si hacer la señal a Tanner.

Una bala. Una bala podría acabar con aquello.

—Dame esa mano, Philip.

Era una orden y McGuane obedeció. Casi contra su voluntad despegó despacio la mano del costado. Sabía que El Espectro mataba. A muchos, y a sangre fría. Era la Muerte, no un simple asesino; la Muerte en persona, como si un simple contacto por su parte fuese un aguijonazo que atraviesa la piel y llega a la sangre infundiendo un veneno que penetra en el corazón como aquel cuchillo de cocina que había esgrimido hacía tantos años.

McGuane desvió la mirada.

El Espectro se acercó aún más y le estrechó la mano. McGuane reprimió un grito, intentó zafarse del pegajoso apretón, pero El Espectro lo mantuvo.

McGuane sintió en ese momento que algo frío y punzante se le hundía en la palma de la mano.

El apretón se intensificó. McGuane lanzó un grito ahogado de dolor. Lo que fuera que El Espectro ocultaba en la mano se le clavaba en los tendones como una bayoneta. El apretón se cerró un poco más. McGuane cayó con una rodilla en el suelo.

El Espectro esperó hasta que McGuane alzó la vista. Las miradas de los dos hombres se encontraron. McGuane estaba seguro de que sus pulmones dejarían de respirar y de que sus órganos se parecían uno por uno. El Espectro aflojó la mano. Dejó en la de McGuane el objeto punzante y lo rodeó con los dedos. Finalmente, lo soltó y dio un paso hacia atrás.

—Puede ser un viaje sin retorno, Philip.

—¿Qué demonios quiere decir eso? —dijo McGuane casi sin resuello.

Pero El Espectro le dio la espalda y se alejó. McGuane bajó la vista y abrió la mano.

En la mano, reluciendo a la luz del sol, tenía el anillo de oro del meñique de Tanner.

7

Después de la entrevista con el subdirector Pistillo, Cuadrados y yo montamos en la furgoneta.

—¿Vamos a tu apartamento? —preguntó.

Asentí con la cabeza.

—Te escucho —dijo.

Le relaté la conversación que había tenido con Pistillo.

Cuadrados meneó la cabeza.

—Alburquerque. Odio ese lugar, tío. ¿Has estado alguna vez?

—No.

—Está en el sudoeste, pero un sudoeste falso, como una copia de Disneylandia.

—Lo tendré en cuenta, Cuadrados. Gracias.

—Así que ¿cuándo se fue Sheila?

—No lo sé —contesté.

—Piensa. ¿Dónde estuviste la semana pasada?

—En casa de mis padres.

—¿Y Sheila?

—Se supone que aquí, en Nueva York.

—¿La llamaste?

—No, me llamó ella a mí —contesté después de pensarlo.

—¿Comprobaste el número desde el que llamaba?

—Estaba bloqueado.

—¿Hay alguien que pueda confirmar que estaba en la ciudad?

—No creo.

—Así que podría haber llamado desde Alburquerque —dijo Cuadrados.

Reflexioné al respecto.

—Puede haber otras explicaciones —dije.

—¿Por ejemplo?

—Podría tratarse de huellas dactilares antiguas.

Cuadrados frunció el ceño sin dejar de mirar la calzada.

—Quizá —proseguí— fue a Alburquerque el mes pasado o hace un año, ¡joder! ¿Cuánto tiempo duran las huellas?

—Creo que bastante.

—Pues pudo haber sucedido eso —dije—. O a lo mejor eran las huellas que había dejado en un mueble, una silla, por ejemplo, que estaba en Nueva York y que enviaron a Nuevo México.

—Descabellado —comentó Cuadrados ajustándose las gafas de sol.

—Pero posible.

—Sí, claro. O tal vez alguien le pidió los dedos prestados, ¿no? Y se los llevó a Alburquerque el fin de semana.

Un taxi nos adelantó de pronto y Cuadrados giró en una bocacalle a la derecha rozando a unos peatones que invadían la calzada a tres pies del bordillo. En Manhattan, la gente siempre hace eso. Nadie espera en la acera a que cambie el semáforo, arriesgan su vida para llegar a otra frontera imaginaria.

—Ya sabes cómo es Sheila —dije.

—Sí.

Me costaba trabajo decirlo, pero lo solté:

—¿Crees que puede ser una asesina?

Cuadrados no contestó. Llegamos a un semáforo en rojo, frenó y me miró.

—Otra vez empiezas a hablar como con lo de tu hermano.

—Cuadrados, lo que quiero decir es que hay otras posibilidades.

—Will, lo que quiero decir es que tienes el culo en la cabeza.

—¿A qué te refieres?

—¿Una silla?, por Dios bendito. ¿Estás de broma? Anoche Sheila estuvo llorando y te dijo que la perdonaras, y por la mañana se había largado. Ahora los federales nos dicen que han encontrado sus huellas en el escenario de un crimen. ¿Y tú con qué me sales? Con gilipolleces de un transporte de sillas y de un viaje de Dios sabe cuándo.

—Que haya huellas suyas no quiere decir que matara a nadie.

—Quiere decir que está implicada —replicó Cuadrados.

Encajé ésa. Me recosté en el asiento y miré por la ventanilla, sin ver nada.

—¿Se te ocurre algo, Cuadrados? —dije al cabo de un rato.

—Nada.

Continuamos en silencio.

—Yo la quiero, ¿sabes?

—Lo sé —dijo él.

—En cualquier caso, me mintió.

—Eso complica las cosas —comentó Cuadrados encogiéndose de hombros.

Me puse a recordar la primera noche que pasamos juntos: Sheila abrazada a mí con la cabeza reclinada en mi pecho, su brazo rodeándome; era una situación tan plena, tan sosegada, el mundo era tan maravilloso... Estuvimos así no sé cuánto tiempo. «No hay pasado», dijo ella casi para sus adentros y yo le pregunté a qué se refería. Ella siguió con la cabeza sobre mi pecho sin mirarme y no añadió nada.

—Tengo que encontrarla —dije.

—Sí, lo sé.

—¿Me ayudarás?

Cuadrados se encogió de hombros.

—Serías incapaz de hacerlo tú solo.

—Es cierto —dije—. ¿Por dónde empezamos?

—Como dice el viejo proverbio, antes de seguir adelante, hay que mirar atrás —contestó Cuadrados.

—¿Te lo acabas de inventar?

—Sí.

—De todos modos, es lógico.

—Will...

—Sí.

—Está claro que es de cajón, pero si miramos atrás, a lo mejor no te gusta lo que vemos.

—Casi seguro —dije.

Cuadrados me dejó en casa y volvió a Covenant House. Entré en el apartamento y tiré las llaves en la mesa. Normalmente habría pronunciado el nombre de Sheila para ver si estaba, pero lo encontré todo tan vacío, tan falto de energía, que ni me molesté. Lo que había sido un hogar los últimos cuatro años me parecía distinto, extraño. Notaba un olor viciado, como si hubiese estado mucho tiempo deshabitado.

¿Y ahora qué?

Lo registraría todo, me dije. Buscaría pistas, lo que fuera que significase eso. Pero algo que de inmediato me llamó la atención fue lo espartana que era Sheila; le complacían las cosas sencillas, por triviales que fuesen, y me instaba a que yo hiciese lo mismo. Sus pertenencias eran mínimas; cuando se vino a vivir conmigo se trajo una sola maleta. No era una indigente porque yo había visto extractos de una cuenta bancaria y en el piso había gastado más de lo que le correspondía, pero ella era de las que se rigen por esa máxima de que «son las propiedades las que te tienen a ti y no al contrario». Ahora que lo pensaba comprendí que, efectivamente, las propiedades atan.

Mi sudadera extragrande del Amherst College estaba sobre una silla del dormitorio; la cogí y sentí que se me encogía el corazón: en otoño habíamos pasado los dos un fin de semana en mi antigua universidad. Hay un montículo escarpado en el campus de Amherst que a cierta altura se abre en una especie de patio típico estilo Nueva Inglaterra y a continuación desciende hacia la amplia zona de terrenos de deporte. Los estudiantes, en un alarde de originalidad, lo llaman «La colina».

Una noche Sheila y yo paseamos por el campus cogidos de la mano y nos tumbamos en la mullida hierba de aquel paraje a contemplar el cielo otoñal y a hablar durante horas. Recuerdo que pensé que nunca había sentido tanta paz, tanta serenidad, tanta placidez y auténtico gozo. Allí tumbados, Sheila me puso la palma de la mano en el estómago y, sin dejar de mirar las estrellas, la introdujo por la cintura del pantalón. Me volví levemente y la miré, y cuando sus dedos alcanzaron su objetivo vi su sonrisa maliciosa.

—Como cuando eras estudiante —dijo.

Lo cierto es que, efectivamente, me calenté como nunca, pero fue en ese momento concreto, en aquella colina, con su mano dentro de mis pantalones, cuando comprendí casi con certeza sobrenatural que era la mujer de mi vida, que siempre estaríamos juntos y que el recuerdo de mi primer amor, mi único amor antes de Sheila, el que me obsesionaba y desplazaba a los otros, se esfumaba de una vez por todas.

Miré la camiseta y volví a sentir de pronto el olor a madreselva y maleza. La apreté contra mí y pensé por enésima vez desde la entrevista con Pistillo: ¿habría sido todo mentira? No.

Eso no puede fingirse. Cuadrados podría tener razón respecto a la capacidad de las personas para la violencia, pero no se puede fingir una compenetración como la nuestra.

La nota seguía en la encimera.

Siempre te querré.

S.

Tenía que creerlo. Era lo menos que podía hacer en deferencia a ella. Sheila tenía su pasado y yo no entraba en él. Fuese el que fuese, debía de tener sus razones. Ella me quería. Estaba seguro. Y en ese momento mi obligación era encontrarla para volver a..., no sé..., a nosotros.

No iba a dudar de ella.

Miré en los cajones. Por lo menos sabía que Sheila tenía cuenta en un banco y tarjeta de crédito, pero no encontraba ningún comprobante, ni extractos, ni talonarios. Pensé que los habría tirado.

El consabido dibujo de rayas móviles del salvapantallas del ordenador desapareció cuando moví el ratón. Tecleé la contraseña, seleccioné el nombre de Sheila y pulsé en «correo antiguo». Nada. Ni un mensaje. Era raro. Sheila no usaba mucho el correo; de hecho lo usaba poco, pero ¿cómo es que no había un solo mensaje?

Pulsé en «archivos». Vacíos. Pulsé en «favoritos»: nada; busqué en «agenda»: nada.

Me recosté en el respaldo mirando la pantalla y se me ocurrió una idea que fue tomando cuerpo al mismo tiempo que pensaba si no sería violar su intimidad. Daba igual. Cuadrados tenía razón en lo de indagar desde el principio para saber qué pasos debíamos dar. Y tampoco se equivocaba en cuanto a que tal vez no me gustara lo que descubriera.

Seleccioné centralita.com, una guía telefónica amplísima; tecleé Rogers en «nombre»: el estado era Idaho; la ciudad, Mason. Lo sabía por el formulario que había rellenado al entrar de voluntaria en Covenant House.

Sólo aparecía un Rogers en la lista; anoté el número en un trozo de papel. Sí; llamaría a sus padres. Si empezábamos por mirar atrás, había que partir de ahí.

Cuando mi mano iba a marcar el número, sonó el teléfono. Lo cogí y oí la voz de mi hermana Melissa:

—¿Qué haces?

Pensé una respuesta y contesté:

—Tengo una complicación.

—Will, acaba de morir mamá —replicó ella con su voz de hermana mayor.

Cerré los ojos.

—Papá pregunta por ti. Tienes que venir.

Miré aquel apartamento extraño que olía a cerrado. No había motivo para quedarse allí. Pensé en la fotografía que conservaba en el bolsillo, la imagen de mi hermano en las montañas.

—Voy ahora mismo —dije.

Melissa me abrió la puerta.

—¿Y Sheila? —preguntó.

Musité algo sobre un compromiso y crucé el umbral.

Aquel día sí teníamos visita; no de la familia, sino de un viejo amigo de mi padre llamado Lou Farley, a quien seguramente llevaba sin ver diez años. Farley y mi padre se contaban alborozados viejas historias, algo sobre un partido de minibéisbol, y me vino a la cabeza el vago recuerdo de mi padre con el uniforme color castaño de recio poliéster con el logotipo de Friendly’s Ice Cream en el pecho. Oí el crujido de sus botas claveteadas en la grava del camino de entrada y sentí el peso de su mano en mi hombro. Hacía una eternidad. Oí que reían los dos. No había oído reír a mi padre así hacía años; tenía los ojos bañados en lágrimas y estaba arrobado. Recordé que mi madre acudía a veces a aquellos partidos: fue como si la viera sentada en las gradas con la camiseta sin mangas y sus fuertes brazos bronceados.

Miré por la ventana, pensando en ver aparecer a Sheila y que todo fuese en definitiva algún malentendido. Una parte de mí —una gran parte de mí— no reaccionaba. Aunque la muerte de mi madre era algo esperado hacía tiempo —porque el cáncer de Sunny, como suele suceder, era de progresión lenta e inexorable con rápido deterioro terminal—, yo estaba aún demasiado afectado para asumir todo lo que estaba ocurriendo.

Sheila.

No era la primera vez que perdía un amor. Cuando se trata de asuntos del corazón, incurro en una modalidad anticuada de pensamiento y creo en el alma gemela. Todos tenemos un primer amor.

Cuando el mío me dejó, abrió un agujero que me atravesó el corazón. Durante mucho tiempo pensé que no me sobrepondría, por diversos motivos: en primer lugar ni siquiera llegamos a romper. Pero, en cualquier caso, cuando ella me dejó, que, en definitiva, fue lo que hizo al final, yo estaba convencido de que mi destino iba a ser contentarme con otra que valiera menos o estar solo para siempre.

Luego conocí a Sheila.

Pensé en sus ojos verdes y en su modo de taladrarme con la mirada. Pensé en el tacto sedoso de su pelo rojo. Pensé en aquella primera atracción física inmensa, arrolladora, que había ido penetrando en las fibras de mi ser y me impulsaba a pensar en ella constantemente, me provocaba nervios en el estómago y hacía que me diera un vuelco el corazón cada vez que miraba su rostro. Iba en la furgoneta con Cuadrados y él de pronto me daba una palmada en el hombro porque me veía embobado, perdido en una idea que él llamaba Sheililandia con una sonrisa socarrona. Estaba como embriagado. Nos sentábamos a mirar vídeos de películas antiguas abrazados, acariciándonos, provocándonos en broma, probando todo lo que podíamos resistir, cómodos y excitados, retozando, hasta que..., en fin, para eso hay en el vídeo un botón de pausa.

Dábamos largos paseos cogidos de la mano; nos sentábamos en el parque y musitábamos comentarios maliciosos sobre la gente que pasaba. En las fiestas me encantaba situarme en el otro extremo del cuarto y verla a distancia, mirarla caminar, moverse y hablar con los demás y, cuando nuestras miradas se encontraban, sentía una sacudida por aquel destello de connivencia en sus ojos, aquella sonrisa de lascivia.

En cierta ocasión, Sheila me pidió que rellenase un cuestionario insulso de una revista. Una de las preguntas era: «¿Cuál es la mayor debilidad de su amante?». Yo lo pensé y escribí: «A veces olvida el paraguas en los restaurantes». A ella le encantó, pero quiso que dijera alguna más y yo añadí: «Escuchar bandas infantiles y discos antiguos de Abba». Ella asintió muy seria con la cabeza y me prometió que procuraría cambiar.

Hablábamos de todo menos del pasado. Como es algo a lo que estoy más que acostumbrado en mi trabajo no me importaba mucho, pero ahora que lo pienso me resulta extraño, aunque entonces quizás aportaba cierto aire de misterio. Mas por encima de todo ello —vuelvo a rogarles paciencia conmigo— era como si antes de nosotros no hubiese existido nada. Ni amores, ni compañeros, ni pasado. Habíamos nacido el día en que nos conocimos.

Sí, ya sé.

Melissa estaba sentada al lado de mi padre. Los veía de perfil y advertí que el parecido era asombroso. Yo me parecía a mi madre. Ralph, el marido de Melissa, dio la vuelta a la mesa del buffet. Era el clásico empresario estadounidense medio, de camisa de manga corta y camiseta blanca de cuello cerrado; un buen tío que estrechaba la mano con fuerza, zapatos perfectamente limpios, pelo bien cortado e inteligencia limitada. Nunca se aflojaba la corbata y no es que fuera realmente estirado, pero sólo estaba a gusto cuando las cosas eran como deben ser.

No tengo nada en común con Ralph, pero a decir verdad no lo conozco muy bien. Ellos viven en Seattle y casi nunca nos visitan. En cualquier caso, no puedo evitar acordarme de la fase loca de Melissa, cuando salía con ese bala perdida de Jimmy McCarthy: qué brillo había en sus ojos entonces, qué espontánea y divertida era, desmadrada incluso. No sé qué sucedería y por qué cambió, o qué es lo que le dio miedo. La gente dice que maduró, pero yo no creo que fuera sólo eso; creo que hubo algo más.

Melissa —a quien siempre habíamos llamado Mel— me hizo una señal con la mirada y nos retiramos al estudio. Metí la mano en el bolsillo y toqué la foto de Ken.

—Ralph y yo nos marchamos mañana —dijo.

—Qué rápido —comenté.

—¿Qué quieres decir?

Meneé la cabeza.

—Están los niños y Ralph tiene trabajo.

—Claro —dije—. Os agradecemos que hayáis venido.

—No está bien que digas eso —replicó con los ojos muy abiertos.

Era cierto. Miré detrás de mí. Ralph estaba sentado con papá y Lou Farley contaba un chiste enrevesado y tonto, con un trozo de ensaladilla en la comisura de los labios. Quise decirle a Melissa que lo sentía, pero no podía. Mel era la mayor, le llevaba tres años a Ken y a mí cinco. Cuando encontraron muerta a Julie, ella huyó. Es la única forma de decirlo. Se mudó con su nuevo marido y su hijo al otro extremo del país. Yo había llegado a entenderlo, pero había veces en que aún me indignaba aquella deserción.

Pensé de nuevo en la imagen de Ken que guardaba en el bolsillo y adopté de pronto una decisión.

—Voy a enseñarte una cosa.

Creí advertir una mueca en su rostro, como si cogiera aire, pero quizá fuese mi imaginación. Llevaba un peinado a lo Suzy Homemaker, que junto con el rubio teñido de zona residencial y sus hombros enérgicos constituía probablemente el mayor encanto para Ralph. A mí me parecía que eran detalles que a ella no le sentaban bien.

Nos retiramos un poco hacia la puerta del garaje; yo miré hacia atrás y seguía viendo a mi padre con Ralph y Farley.

Abrí la puerta y Mel me miró con cara de extrañeza, pero me siguió. Pisamos el cemento frío del garaje. Era una dependencia hecha a propósito para el riesgo de incendio por la profusión de botes de pintura viejos, cajas de cartón, palos de béisbol, trastos antiguos de mimbre, neumáticos desinflados, todo ello esparcido como si hubiese habido una explosión. El suelo tenía manchas de aceite y una capa de polvo gris que impedía respirar lo cubría todo. Aún colgaba aquella cuerda del techo: recordé que en cierta ocasión mi padre tiró parte de los trastos para hacer sitio y colgar de ella una pelota de tenis a fin de que yo practicase. No acababa de creerme que aquella cuerda siguiera allí.

Melissa no dejaba de mirarme y yo no sabía cómo empezar.

—Ayer Sheila y yo estuvimos fisgando cosas de mamá —empecé a decir.

Entornó levemente los ojos, y pensé en explicarle que habíamos mirado en los cajones y curioseado las comunicaciones de nacimiento plastificadas, el viejo programa de cuando mamá representó el papel de Mame en el teatro de Livingston, y cómo nos habíamos recreado Sheila y yo con las antiguas fotos —«Mel, ¿recuerdas la del rey Hussein?»—, pero no salió una palabra de mis labios.

No dije nada más, metí la mano en el bolsillo, saqué la fotografía y la puse ante sus narices.

No llevó mucho tiempo. Melissa apartó la vista como si fuese a escaldarla, respiró hondo varias veces y retrocedió un paso. Yo quise acercarme, pero ella alzó una mano y me detuvo. Cuando volvió a levantar la cabeza, su rostro era inexpresivo y no se advertía en él ni sorpresa, ni angustia ni alegría. Nada.

Le mostré de nuevo la fotografía, pero esta vez ni se inmutó.

—Es Ken —dije como un idiota.

—Ya lo veo, Will.

—¿Y no se te ocurre decir más que eso?

—¿Qué quieres que te diga?

—Está vivo. Mamá lo sabía y guardaba esta foto.

Silencio.

—¿Mel?

—Te he oído. Está vivo.

Aquella contestación me dejó mudo.

—¿Algo más? —inquirió Melissa.

—Pero... ¿no tienes más que decir?

—¿Qué quieres que diga, Will?

—Ah, claro, se me olvidaba que tenéis que volver a Seattle.

—Sí.

Se dispuso a irse.

Volví a sentirme indignado.

—Dime una cosa, Mel, ¿te sirvió de algo huir?

—Yo no huí.

—No digas gilipolleces —repliqué.

—Ralph consiguió un trabajo en Seattle.

—Ya.

—¿Quién eres tú para juzgarme?

Me vino el recuerdo de cuando jugábamos los tres a Marco Polo horas y horas en el motel cerca de Cabo Cod, la ocasión en que Tony Bonoza murmuró aquello de Mel, cómo Ken enrojeció al oírlo y cómo se lanzó sin pensarlo dos veces sobre Bonoza a pesar de que le llevaba dos años y pesaba diez kilos más.

—Ken está vivo —repetí.

—¿Y qué quieres que haga yo? —replicó en tono de súplica.

—Reaccionas como si no te importara.

—No sé si me importa.

—¿Qué demonios quieres decir?

—Ken ya no forma parte de nuestras vidas.

—Lo dirás tú.

—De acuerdo, Will. Ya no forma parte de mi vida.

—Es tu hermano.

—Ken tomó sus decisiones.

—Y ahora, ¿qué? ¿Ha muerto para ti?

—¿No sería mejor que hubiese muerto? —replicó meneando la cabeza con los ojos cerrados mientras yo aguardaba—. Yo tal vez huyera, Will, pero tú también lo hiciste. Teníamos que elegir entre que nuestro hermano estuviera muerto o que fuera un brutal asesino. En cualquier caso, para mí está muerto.

—No tiene por qué ser culpable, ¿sabes? —insistí mostrándole otra vez la foto.

Melissa me miró y de pronto volvió a ser la hermana mayor.

—Vamos, Will. No te engañes.

—Cuando éramos pequeños, él nos defendía y nos cuidaba; nos quería.

—Y yo lo quería, pero también veía cómo era; le atraía la violencia, Will. Tú lo sabes. Sí, nos defendía; pero ¿no crees que era en parte porque le gustaba? Tú sabes que cuando murió estaba mezclado en algo feo.

—Eso no quiere decir que sea un asesino.

Melissa volvió a cerrar los ojos. Yo notaba que intentaba sacar fuerzas de flaqueza.

—Hablando claro, Will, ¿qué hacía aquella noche?

Nos miramos un rato a los ojos. Yo no dije nada pero sentí un escalofrío en el corazón.

—Olvida el asesinato. ¿Qué pintaba Ken haciendo el amor con Julie Miller?

Sus palabras penetraron en mi pecho, frías, inquietantes. No podía respirar; cuando pude hablar lo hice con un hilo de voz distante:

—Habíamos roto hacía más de un año.

—¿De verdad vas a decirme que la habías olvidado?

—Pues... ella era libre y él también. No había motivo...

—Él te la jugó, Will. Enfréntate a la realidad. En cualquier caso, él se acostó con la mujer que amabas. ¿Qué clase de hermano es ése?

—Habíamos roto —atiné a replicar—. Yo no tenía ningún derecho sobre ella.

—Tú la querías.

—Eso no tiene nada que ver.

—¿Quién es el que huye ahora? —dijo ella sin dejar de mirarme a los ojos.

Retrocedí tambaleante y me senté en los escalones de cemento con la cara entre las manos. Me recompuse pedazo a pedazo. Me llevó un rato.

—No deja de ser nuestro hermano.

—¿Y qué quieres hacer? ¿Buscarlo? ¿Entregarlo a la policía? ¿Ayudarlo a que siga escondido? ¿Qué?

No sabía qué decir.

Melissa se acercó a abrir la puerta que daba al estudio.

—Will.

Alcé la vista.

—Eso ya no forma parte de mi vida. Lo siento.

En aquel momento la vi cuando era una jovencita, tumbada en su cama cotorreando, con el pelo excesivamente cardado, la habitación con olor a chicle; Ken y yo nos sentábamos en el suelo y poníamos los ojos en blanco. Recordé sus gestos: cuando estaba boca abajo, dando patadas al aire mientras hablaba de chicos, de fiestas y de bobadas; pero si estaba boca arriba mirando al techo es que soñaba. Y pensé en sus sueños. Y pensé que ninguno de ellos se había hecho realidad.

—Te quiero —dije.

Ella, como si hubiese leído mis pensamientos, se echó a llorar.

El primer amor nunca se olvida y la primera mujer que yo amé acabó asesinada.

Conocí a Julie Miller cuando sus padres vinieron a vivir a Coddington Terrace estando yo en primer curso en el instituto de Livingston. Empezamos a salir dos años después; íbamos a los bailes de alumnos de nuestra edad y a los de mayores de otros cursos. Fuimos la pareja de honor de nuestra clase. Éramos inseparables.

Nuestra ruptura fue sorprendente tan sólo por lo previsible que era, aunque nosotros fuimos a distintas universidades convencidos de que nuestro compromiso resistiría al tiempo y al distanciamiento; pero no podía ser, aunque aguantó mucho más que en la mayoría de los casos. En el primer curso, Julie me llamó por teléfono para decirme que quería conocer gente y que salía con un chico de un curso superior que se llamaba (y ahora no estoy bromeando) Buck.

Yo habría debido superarlo. Era joven y aquello era un ritual de paso bastante corriente; probablemente al final lo habría logrado. Empecé a salir con otras chicas y, aunque me costaba, iba aceptando la realidad porque el tiempo y la distancia contribuían a ello.

Pero luego Julie murió y fue como si parte de mi corazón fuera a permanecer siempre encadenado a su memoria.

Hasta que conocí a Sheila.

A mi padre no le mostré la foto.

Volví a mi apartamento a las diez de la noche. Seguía vacío, persistía el olor a cerrado y me seguía pareciendo extraño. No había mensajes en el contestador. Si la vida sin Sheila era así, no valía la pena.

El trozo de papel con el teléfono de sus padres en Idaho continuaba encima de la mesa. ¿Cuál era la diferencia horaria con Idaho? ¿Una hora? ¿Tal vez dos? No lo recordaba. En cualquier caso allí serían las ocho o las nueve.

No era demasiado tarde.

Me dejé caer en el sillón y miré el teléfono como si el aparato fuera a decirme lo que debía hacer. No lo hizo. Al cabo de un rato cogí el trozo de papel y recordé que cuando le dije a Sheila que llamase a sus padres se había puesto pálida; eso había sido tan sólo el día anterior. El día anterior. No sabía decidirme y lo primero que se me ocurrió fue que mi madre me habría sabido aconsejar lo correcto.

Me invadió una oleada de tristeza.

Al final me decidí a actuar. Tenía que hacer algo, y lo único que se me ocurría era llamar a los padres de Sheila.

—Diga —contestó una voz de mujer al tercer timbrazo.

Carraspeé antes de preguntar:

—¿Señora Rogers?

Hubo una pausa.

—¿Sí?

—Me llamo Will Klein.

Aguardé para ver si el nombre le decía algo. Pero, aunque así fuese, callaba.

—Soy amigo de su hija.

—¿Qué hija?

—Sheila —contesté.

—Ah —comentó la mujer—. Tengo entendido que está en Nueva York.

—Sí —dije.

—¿Llama desde allí?

—Sí.

—¿Y qué desea, señor Klein?

Era una buena pregunta. Ni yo mismo lo sabía; así que respondí con una obviedad:

—¿Sabe usted dónde puede estar?

—No.

—¿No la ha visto ni ha hablado con ella?

—Hace años que ni veo a Sheila ni hablo con ella —dijo la mujer con voz cansada.

Yo abrí y cerré la boca y traté de encontrar una alternativa, tomar otra ruta, pero era inútil.

—¿No sabe que ha desaparecido?

—Sí, las autoridades se han puesto en contacto con nosotros.

Cambié de mano y de oído el receptor.

—¿Y pudo usted darles algún dato de utilidad?

—¿De utilidad?

—¿Tiene usted idea de adónde puede haber ido? ¿Adónde ha huido? ¿Si puede estar en casa de algún amigo o pariente?

—Señor Klein.

—Diga.

—Sheila no forma parte de nuestra vida hace mucho tiempo.

—¿Por qué?

Me salió de improviso y me imaginé que, naturalmente, iba a recibir un reproche, un rotundo «¿y a usted qué le importa?». Mas volvió a hacerse un silencio. Yo traté de aguantar callado pero ella aguantaba más.

—Es que es una persona maravillosa —añadí sintiendo palpitar mi corazón.

—Usted es algo más que un amigo, ¿verdad, señor Klein?

—Sí.

—Las autoridades nos dijeron que Sheila vivía con un hombre. ¿Se trata de usted?

—Llevamos juntos casi un año —contesté.

—Parece usted preocupado por ella.

—Así es.

—¿Está enamorado de Sheila?

—Mucho.

—Pero ella no le ha hablado de su pasado.

No sabía qué responder a pesar de que era evidente la respuesta.

—Trato de comprender —dije.

En ese momento, el vecino de al lado puso el equipo estéreo cuadrafónico a todo volumen y el bajo bombardeó la pared. Como hablaba por el móvil me fui al otro extremo del apartamento.

—Quiero ayudar —dije.

—Voy a hacerle una pregunta, señor Klein.

El tono me hizo apretar con fuerza el aparato.

—El agente federal que vino a casa —continuó— explicó que usted no sabía nada.

—Nada, ¿sobre qué?

—Sobre Carly; que no sabe dónde está —dijo la señora Rogers.

Yo estaba confuso.

—¿Quién es Carly? —pregunté.

Se produjo otra pausa larga.

—¿Puedo darle un consejo, señor Klein?

—¿Quién es Carly? —repetí.

—Siga con su vida. Olvide que ha conocido a mi hija.

Y colgó.

8

Cogí una cerveza Brooklyn de la nevera, abrí la puerta corredera de cristal y salí a lo que el agente inmobiliario había calificado optimistamente de «terraza», aunque venía a tener el tamaño de una cuna en la que apenas cabían dos personas de pie. No había sillas, evidentemente, y como era un tercer piso no se gozaba de una gran vista, pero de noche daba el aire y me gustaba.

De noche, Nueva York es una ciudad iluminada e irreal, envuelta en un fulgor azul-negruzco. Quizá sea la ciudad que nunca duerme, pero si se toma como referencia mi calle, la verdad es que no habría tenido dificultades para conciliar el sueño. Los coches aparcados se apretaban unos a otros junto al bordillo, pugnando por conservar la posición en que los habían dejado sus usuarios; los ruidos nocturnos llegaban como un pálpito, como un zumbido, y sólo se oía una musiquilla, algunas voces en la pizzería en la acera de enfrente y el runrún monótono del metro aéreo del West Side, la melodía de Manhattan.

Tenía el cerebro embotado. No sabía qué estaba sucediendo ni lo que iba a hacer. La conversación con la madre de Sheila había aclarado poco y había suscitado más interrogantes, y las palabras de Melissa seguían mortificándome, pero ella sí había planteado algo interesante: ahora que sabía que Ken estaba vivo, ¿qué estaba yo dispuesto a hacer?

Quería encontrarlo, por supuesto.

Quería encontrarlo a toda costa. ¿Y qué? Además de que yo no era un detective a la altura de las circunstancias, si Ken quería que lo encontraran, a quien primero recurriría sería a mí. Buscarlo sólo conduciría al desastre.

Quizá tenía otra prioridad.

Primero, mi hermano había huido. Ahora, había desaparecido mi novia. Fruncí el ceño. Menos mal que no tenía perro.

Estaba a punto de llevarme la botella a los labios cuando lo vi.

Estaba plantado en la esquina a unos cincuenta metros de mi casa, enfundado en una gabardina, con una especie de sombrero tirolés y las manos en los bolsillos. Desde tan lejos, su rostro semejaba un globo blanco brillante sobre fondo oscuro, un círculo sin rasgos en el que no se apreciaban los ojos, pero sabía que me miraba y notaba la intensidad de su mirada. Se podía palpar.

El hombre permanecía inmóvil.

Los escasos peatones que pasaban por la calle sí se movían, como hace la gente de Nueva York: moverse, andar, caminar con algún propósito, y hasta cuando se paran ante un semáforo o porque pasa un coche no dejan de moverse, preparándose. Los neoyorquinos se mueven constantemente. No se están quietos.

Pero aquel hombre parecía una estatua de piedra mirándome. Parpadeé con fuerza. Seguía allí. Le di la espalda y me volví a mirar. Seguía inmóvil. Pero había algo más.

Algo en él me resultaba familiar.

No quise darle mayor importancia; nos separaba una distancia considerable, era de noche y yo no veo muy bien y menos con luz artificial, pero se me erizaron los pelos de la nuca como a un animal que intuye el peligro.

Opté por seguir mirándolo a ver cómo reaccionaba, pero ni se inmutó. Perdí la noción del tiempo que estuvimos así, pero noté que se me helaban las puntas de los dedos, aunque al mismo tiempo sentí crecer en mí una fuerza interior y no aparté la vista de él. El rostro sin rasgos tampoco la apartó.

Sonó el teléfono.

Al fin aparté la mirada de él y vi que mi reloj marcaba casi las once. Era tarde para llamar. Entré sin volver la cabeza y cogí el receptor.

—¿Dormías? —dijo la voz de Cuadrados.

—No.

—¿Damos una vuelta en coche?

Aquella noche, él se encargaba de la furgoneta.

—¿Te has enterado de algo?

—Nos vemos en el estudio dentro de media hora.

Colgó. Yo volví a la terraza, miré hacia la calle y el hombre ya no estaba.

La escuela de yoga se llamaba Cuadrados. Yo, naturalmente, le tomaba el pelo. Cuadrados se había convertido en un sinónimo de Cher o Fabio. La escuela, el estudio o como quiera llamarse, tenía su sede en un edificio de seis pisos en University Place cerca de Union Square y tuvo unos orígenes modestos, anónimos, hasta que una famosa, una estrella del pop muy conocida, «descubrió» a Cuadrados. Se lo contó a sus amistades y unos meses después apareció un artículo en Cosmopolitan y después otro en Elle. Luego, en un momento dado, una empresa importante de información comercial propuso a Cuadrados grabar un vídeo y él, firme partidario de la mercadotecnia, no se hizo de rogar y fue así como nació el Cuadrado Yoga Corporation, marca registrada. El día de la grabación del vídeo, Cuadrados incluso se afeitó.

El resto era historia.

De un día para otro pronto no hubo en Manhattan y aledaños un solo acontecimiento social que se preciara que no contara con la presencia del gurú de moda en mantenimiento físico. Cuadrados rehusaba casi todas las invitaciones pero aprendió pronto a establecer contactos. Casi no le quedó tiempo para dar clases. En la actualidad, si uno quiere seguir un cursillo en su escuela, aunque sean los impartidos por alguno de sus discípulos más jóvenes, tiene que apuntarse a una lista de espera de dos meses como mínimo. Cuadrados cobra veinticinco dólares por clase y es dueño de cuatro estudios, el más pequeño de los cuales acoge a cincuenta alumnos y el mayor a doscientos, y cuenta con una plantilla de veinticuatro profesores en turnos rotatorios. Eran las once y media cuando llegué a la escuela y había aún tres clases en marcha.

Hagan el cálculo.

En el ascensor empecé a oír unos arpegios lastimeros de sitar combinados con un chapoteo de cascadas, una mezcla sonora que a mí me resulta tan tranquilizante como una porra eléctrica a un gato. Lo primero que vi en el vestíbulo fue la tienda de regalos con incienso, libros, lociones, cintas, vídeos, CD y DVD, cristales, cuentas, ponchos y camisetas teñidas a mano. Tras el mostrador había dos seres anoréxicos de veintitantos años vestidos de negro que apestaban a cereales de desayuno. Eternamente jóvenes, cómo no; uno varón y otro mujer, aunque costaba diferenciarlos. Hablaban con voz pausada y tendente al estilo paternalista de un encargado de restaurante de moda recién inaugurado y en sus innumerables piercings abundaban la plata y el turquesa.

—Hola —dije.

—Quítese los zapatos, por favor —replicó el posible varón.

—Ah, sí.

Me descalcé.

—¿Su nombre, por favor? —añadió la posible mujer.

—Vengo a ver a Cuadrados y me llamo Will Klein.

El nombre no les decía nada y pensaron que era nuevo.

—¿Tiene usted cita con el yogui Cuadrados?

—¿El yogui Cuadrados? —repetí.

Me miraron los dos.

—Díganme una cosa: ¿es yogui Cuadrados más elegante que el Cuadrados corriente? —pregunté.

Los jovencitos me miraron muy serios, sorprendidos. Ella tecleó en el ordenador y observaron juntos la pantalla con el ceño fruncido; él cogió el teléfono y marcó un número, la música de sitar aumentó una barbaridad y sentí que se apoderaba de mí un dolor de cabeza insoportable.

—¿Will?

Con la cabeza alta, las clavículas prominentes y atenta al mínimo detalle, una Wanda espléndida y en leotardos hizo su aparición. Además de la profesora número uno de Cuadrados era también su amante desde hacía tres años. Hay que puntualizar que los leotardos eran de color lavanda y le quedaban muy bien. La presencia de Wanda resultaba una visión de impacto: alta, de miembros esbeltos, ágil, hermosa a morir y negra. Negra, sí. Una ironía para quienes estábamos al corriente del origen del tatuaje de Cuadrados.

Me abrazó con calidez de humo de leña mientras yo ardía en deseos de que durase eternamente.

—¿Cómo estás, Will? —preguntó con voz melosa.

—Ya estoy mejor.

Retrocedió un paso para escrutar si decía la verdad. Había asistido al entierro de mi madre y no había secretos entre ella y Cuadrados, del mismo modo que no los había entre Cuadrados y yo, así que, en consecuencia, como si se tratase de una prueba algebraica sobre las propiedades de comunicación, cabía deducir que no había secretos entre ella y yo.

—Está a punto de acabar una clase de respiración Pranayama —dijo.

Asentí.

Ella ladeó la cabeza como si se le hubiera ocurrido alguna cosa.

—¿Tienes un segundo antes de irte? —preguntó tratando de quitarle importancia.

—Claro que sí.

Caminó con paso grave pasillo adelante —Wanda era demasiado armoniosa para caminar simplemente— y yo la seguí sin apartar los ojos de su cuello de cisne. Pasamos por delante de una fuente tan grande y ornamentada que me dieron ganas de echar una moneda; miré furtivamente a una de las aulas con alumnos en absoluto silencio, sólo se les oía respirar profundamente. Parecía un plató de cine: gente despampanante —yo no sé cómo Cuadrados se las arreglaba para encontrar tanta gente estupenda— apretujada en posición de combate, con gesto inexpresivo y piernas abiertas, brazos estirados y rodillas flexionadas en ángulo recto.

Entramos en el despacho que Wanda compartía con Cuadrados a la derecha del pasillo. Ella se sentó en una silla y cruzó las piernas en posición del loto. Yo me senté frente a ella de un modo más convencional aguardando a que hablase, pero vi que cerraba los ojos como tratando de relajarse. Esperé.

—Que conste que yo no te he dicho nada —advirtió.

—Muy bien.

—Estoy embarazada.

—Vaya, enhorabuena —dije haciendo ademán de levantarme para darle un abrazo.

—A Cuadrados no le hace mucha gracia.

—¿Qué quieres decir? —pregunté parándome en seco.

—Está que trina.

—¿Qué?

—A ti no te lo había dicho, ¿verdad?

—No.

—A ti te lo cuenta todo y de esto hace una semana.

Comprendí.

—A lo mejor no me lo ha querido comentar por lo de mi madre —añadí.

—No me salgas con monsergas —replicó mirándome furiosa.

—Bueno, perdona.

Dejó de mirarme y adoptó su semblante imperturbable, que en aquel momento no lo era tanto.

—Yo esperaba darle una alegría.

—Y no se la diste.

—Yo creo que quiere... —parecía no dar con la palabra— que aborte.

Me quedé pasmado.

—¿Te ha dicho eso?

—No me ha dicho nada, pero está haciendo noches extra con la camioneta y dando más clases.

—Te está evitando.

—Sí.

Se abrió la puerta sin ninguna llamada previa y Cuadrados asomó su cara sin afeitar. Dirigió una breve sonrisa a Wanda, que desvió la mirada, y me hizo a mí una señal con el pulgar hacia arriba diciendo:

—Vamos allá.

No hablamos hasta que estuvimos sentados en la furgoneta.

—Te lo ha contado —dijo Cuadrados.

No era una pregunta sino una afirmación, así que no me molesté en contestar sí o no.

—No vamos a hablar de ello —añadió metiendo la llave de contacto.

Era otra aseveración sin necesidad de réplica.

La furgoneta de Covenant House surca la noche directamente hacia sus entrañas. Muchos de nuestros chavales se acercan al albergue pero otros muchos los recogemos con la furgoneta. El trabajo social consiste en conectar con las entrañas sórdidas de la sociedad, localizar a los jóvenes huidos de casa, los golfillos, aquellos a quienes con frecuencia se denomina «desechables». Un crío que vive en la calle es en cierto modo —perdonen la analogía— un hierbajo: cuanto más tiempo permanece en ella, más difícil es de desenraizar.

Perdemos más de los que recuperamos y discúlpenme por la comparación anterior, que es una tontería, porque implica que limpiamos algo malo y conservamos algo bueno, cuando, de hecho, es lo contrario. Recurriré a otra: la calle es como un cáncer en el que la detección precoz y la prevención son las claves de la supervivencia a largo plazo.

No es que sea mucho mejor, pero se entiende lo esencial.

—Los federales se pasaron —dijo Cuadrados.

—¿En qué?

—En los antecedentes de Sheila.

—Cuenta.

—Esas detenciones suyas son de hace mucho tiempo. ¿Quieres que te las explique?

—Sí.

Comenzamos a internarnos en la zona lóbrega. Los enclaves de prostitución son movibles y se localizan a veces cerca del túnel Lincoln o del Javits Center, pero últimamente la policía con sus medidas enérgicas ha extremado la limpieza, así que las partes se han desplazado hacia el sur, al barrio de envase de carne de la Calle 18 y al extremo del West Side. Aquella noche, la prostitución estaba en su apogeo.

—Sheila podía haber sido una de éstas —dijo Cuadrados señalando con la cabeza.

—¿Hacía la calle?

—Se escapó de su pueblo del Medio Oeste y cogió un autobús para ir a buscarse la vida.

Era un caso tan frecuente que no me extrañó, pero ahora no se trataba de una desconocida ni de una joven vagabunda en las últimas, sino de la mujer más increíble que yo había conocido.

—De eso hace mucho tiempo —añadió Cuadrados como si leyera mi pensamiento—. La detuvieron por primera vez cuando tenía dieciséis años.

—¿Prostitución?

Asintió con la cabeza.

—Y tres veces más por lo mismo en el año y medio siguiente. Según la ficha trabajaba para un proxeneta llamado Louis Castman y la última vez que la detuvieron llevaba sesenta gramos de droga y una navaja. Quisieron imputarle tráfico y robo a mano armada, pero no prosperó.

Miré por la ventanilla. El cielo había cobrado un tono gris claro. Se ven tantas cosas malas en la calle que hay que trabajar con auténticas ganas para salvar algo. Sé que obtenemos buenos resultados y conseguimos cambiar el curso de algunas vidas; pero sé también lo que sucede aquí en la hormigueante sentina de la noche: nunca los abandona, porque el mal ya está hecho. Se puede intentar, buscar, insistir; pero el mal es irreversible.

—¿Qué es lo que te da miedo? —pregunté.

—No hablemos de eso.

—Tú la quieres y ella te quiere.

—Y es negra.

Me volví hacia él y aguardé. Sé que no se refería a esa simple obviedad y que no hablaba así por racismo, pero ya digo que el mal es irreversible. Yo había notado la tensión entre ellos dos; no era en absoluto tan intensa como su cariño, pero se notaba.

—Tú la quieres —repetí.

Siguió conduciendo.

—Tal vez eso formara parte de la atracción inicial —añadí—. Pero ella ya no es tu redentora; ahora estás enamorado de ella.

—Will.

—¿Qué?

—Basta.

Cuadrados giró de pronto a la derecha y los faros iluminaron a los niños de la noche. No se dispersaron como ratas sino que permanecieron mirando en silencio, sin parpadear apenas. Cuadrados entornó los ojos, localizó a su presa y frenó.

Bajamos sin decir nada; los jovencitos nos miraban con ojos agónicos y recordé a Fantine en Los miserables; me refiero a la versión musical porque no sé si la frase figura en la novela: «¿No saben que dan cariño a algo que ya está muerto?».

Había chicos y chicas, travestidos y transexuales. Pensé que ya había visto todas las perversiones y, aunque alguien me reproche ser sexista, diré que creo que nunca había visto una cliente mujer. No quiero decir que las mujeres no compren sexo; seguro que sí, pero no creo que salgan a la calle a buscarlo. Los clientes callejeros son siempre hombres, puteros que buscan una mujer pechugona o delgada, joven o vieja, normal o de perversión ilimitada que lo haga con hombres fuertes, con niños, con animales, cualquier cosa; algunos acuden acompañados de otra mujer, novia o esposa a quien arrastran a la refriega, pero todos los clientes que recurren a esas modalidades son hombres.

Por mucho que se hable de perversidades sin nombre, en su mayor parte esos hombres suelen acudir a comprar una determinada... actuación, por así decir; a que les hagan algo, algo que puede llevarse fácilmente a cabo en un coche aparcado. Si se piensa, es lógico para ambas partes. En primer lugar por la ventaja de evitar el gasto y ahorrarse el tiempo de buscar habitación y, aunque no desaparece la preocupación por el contagio de enfermedades, ésta es más leve, no hay peligro de embarazo y no hay que desvestirse apenas.

Prescindiré de otros detalles.

Las veteranas de la calle —entiendo por veteranas cualesquiera de las mayores de dieciocho años— saludaron con afecto a Cuadrados, a quien conocían y apreciaban, aunque estaban algo recelosas de mi presencia. Hacía ya algún tiempo que no estaba en las trincheras; aun así, de una forma extraña, a mí me alegraba verlas.

Cuadrados se acercó a una prostituta llamada Candi, quien supongo que no se llamaría así, porque no soy tan tonto. Ella le indicó con un gesto de la barbilla a dos chicas que tiritaban guarecidas en un portal; las miré y vi que, aunque no pasarían de dieciséis años, llevaban la cara pintarrajeada como dos niñas que acaban de encontrar el tocador de mamá, y el corazón me dio un vuelco. Lucían unos minipantalones en su más escueta expresión, botas de tacón de aguja y pieles falsas. A menudo me pregunto dónde encuentran esa indumentaria, si los proxenetas se surten en tiendas especiales para putas o algo así.

—Carne fresca —dijo Candi.

Cuadrados frunció el ceño y asintió con la cabeza. La información más fidedigna nos la facilitaban las veteranas y ello por dos razones: una de índole cínico, pues apartando a las novatas de la circulación eliminan competencia; cuando se vive en la calle, la maldad viene por sí sola y, con toda franqueza, Candi era odiosa. Esta clase de vida las envejece como un agujero negro y las nuevas llaman la atención aunque estén obligadas a guarecerse en los portales hasta que se hacen con un territorio.

A mí esto me parece puro egoísmo. La otra razón, la principal, es que —y no me consideren ingenuo— están predispuestas a ayudar porque se ven a sí mismas en la encrucijada y, aunque nunca lleguen a admitir que han tomado el mal camino, saben que para ellas sí es demasiado tarde, no pueden volver atrás. Yo solía discutir con las Candis del mundo y les replicaba que nunca es demasiado tarde, que siempre hay esperanza; pero estaba en un error. Por eso tenemos que localizarlas a tiempo. Hay un punto que, una vez traspasado, hace imposible redimirlas y el daño es irreversible. La calle las consume y se apagan, se integran en la noche y forman parte de esa entidad oscura. Se pierden para nosotros. Lo más probable es que mueran en la calle, acaben en la cárcel o se vuelvan locas.

—¿Y Raquel? —preguntó Cuadrados.

—Está en un coche haciendo un servicio —contestó Candi.

—¿Va a volver aquí?

—Sí.

Cuadrados asintió con la cabeza y se dirigió hacia las nuevas, a una de las cuales vimos ya inclinada sobre un Buick Regal. No hay palabras para describir nuestra frustración; porque lo que desearíamos hacer es acercarnos a entorpecer el contacto, apartar a la chica y agarrar al putero por la garganta y arrancarle los pulmones o, cuando menos, ahuyentarlo y hacerle una foto o... algo. Pero eso no se puede hacer porque perderíamos la confianza que nos tienen y si pierdes la confianza no sirves para nada.

Era difícil permanecer impasible. Por fortuna, yo no soy especialmente valiente ni agresivo y quizá sea una ventaja.

Vi abrirse la portezuela del copiloto y el Buick Regal pareció tragarse a la chica. Desapareció lentamente y se hundió en la oscuridad. Mientras contemplaba la escena nunca me había sentido más impotente. Miré a Cuadrados, que no apartaba los ojos del coche. El Buick arrancó y la chica desapareció como si no hubiera existido, lo que así sería, en definitiva, si el coche decidía no devolverla a aquel lugar.

Cuadrados se acercó a la otra chica y yo lo seguí unos pasos por detrás. Un temblor movía el labio inferior de la jovencita como si tratase de contener las lágrimas, pero sus ojos eran dos tizones de insolencia. Yo hubiera querido subirla a la furgoneta, aunque fuera a la fuerza. El autodominio es el factor principal de nuestra tarea y en eso Cuadrados es único. Se detuvo a un metro de ella para que no se sintiera acosada.

—Hola —dijo.

—Hola —respondió ella mirándolo de arriba abajo.

—A ver si puedes ayudarme —añadió Cuadrados dando otro paso y sacando una foto del bolsillo—. ¿Has visto a esta chica por casualidad?

—Yo no he visto a nadie —respondió ella sin mirar la foto.

—Por favor —añadió Cuadrados con sonrisa angelical—. No soy poli.

—Me lo he imaginado al verte hablar con Candi —replicó ella haciéndose la dura.

Cuadrados se acercó un poco más a ella.

—Es que... aquí mi amigo y yo... —saludé con la mano acompañando sus palabras— queremos ayudar a esta chica.

—Ayudarla, ¿cómo? —preguntó curiosa, entornando los ojos.

—Es que la persigue mala gente.

—¿Quién?

—Su chulo. Mira, nosotros trabajamos en Covenant House. ¿Has oído hablar de ese centro?

La chica se encogió de hombros.

—Es un centro de acogida —añadió Cuadrados tratando de no darle importancia—. No es nada del otro mundo, pero puedes pasar por allí a comer algo caliente, dormir en una cama decente, llamar por teléfono y coger algo de ropa y otras cosas. Bien, esta chica —prosiguió mostrándole la foto de una colegiala blanca con corrector de ortodoncia— se llama Angie —siempre hay que dar un nombre para personalizar— y estaba con nosotros haciendo unos cursillos; es una chica estupenda, y además tiene un trabajo. Está cambiando de vida, ¿sabes?

La jovencita no decía nada.

—A mí me llaman Cuadrados —añadió él tendiéndole la mano.

—Yo soy Jeri —susurró ella estrechándosela.

—Encantado.

—De acuerdo. Pero yo no he visto a esa Angie y ahora tengo cosas que hacer.

Llegados a este punto, había que andar con tacto porque si se insiste demasiado las pierdes para siempre, se guarecen en su concha y no vuelven a salir. En ese momento, lo que hay que hacer, lo único que se puede hacer, es plantar la semilla y decirles que tienen un refugio, un lugar seguro donde poder comer y estar. Les ofrece una manera de dejar la calle una noche. Cuando acuden se les da cariño incondicional, pero no antes, porque se asustan y huyen.

Aunque te duela en el alma, es lo único que se puede hacer.

Muy poca gente es capaz de realizar el trabajo de Cuadrados mucho tiempo seguido, y los que aguantan, los que se destacan en él, es porque están... un poco descentrados. Hay que estarlo.

Cuadrados dudó un instante. Desde que lo conozco recurre siempre al truco de la «chica desaparecida» para romper el hielo. A la chica de la foto, la verdadera Angie, la había encontrado él hacía quince años muerta de congelación en la calle junto a un contenedor. En el entierro, la madre de la chica le dio una foto y Cuadrados siempre la llevaba encima.

—Bien, gracias —dijo sacando una tarjeta y entregándosela—. ¿Me informarás si la ves? Puedes pasarte por allí cuando quieras. Para lo que sea.

—Sí, a lo mejor —contestó ella aceptándola.

Cuadrados volvió a titubear y añadió:

—Hasta la vista.

—Vale.

A continuación hicimos lo menos natural del mundo: alejarnos.

El verdadero nombre de Raquel era Roscoe. Al menos es lo que él o ella nos dijo. Yo no sabía si tratarla en femenino o en masculino.

Cuadrados y yo encontramos el coche aparcado frente a un muelle de carga y descarga; un lugar habitual para la prostitución callejera; el coche tenía las ventanillas empañadas pero, de todos modos, nos quedamos a cierta distancia. Lo que fuera que se desarrollaba en el interior, y nos imaginábamos perfectamente qué era, no necesitaba testigos.

Transcurrido un minuto, se abrió la portezuela. Como se habrán imaginado, Raquel era un travestido, de ahí la ambigüedad de género. Con los transexuales no hay problema: los tratas en femenino; pero el travestismo es más complicado. En ocasiones es pasable el trato en femenino, pero hay otras en que resulta un poco demasiado políticamente correcto.

Probablemente era lo que sucedía con Raquel.

Raquel bajó del coche, abrió el bolso y sacó el vaporizador Binaca. Lo pulsó tres veces, hizo una pausa y se roció tres veces más. El coche arrancó y ella se volvió hacia nosotros.

Hay travestidos guapísimos, pero no era el caso de Raquel, un negro altísimo que no andaría lejos de los ciento cincuenta kilos, con unos bíceps como jamones y una sombra vertical que a mí me recordaba a Homer Simpson, pero con una voz tan atiplada que Michael Jackson a su lado resultaba un camionero; la voz de Raquel se parecía a la de Betty Boop en apuros.

Raquel confesaba veintinueve años, pero llevaba seis diciendo lo mismo; desde que yo lo conocía. Trabajaba cinco noches por semana, lloviera o no, y contaba con una clientela fiel. De haber querido, habría podido dejar la calle y buscar un sitio donde trabajar previa cita, como hacen otros, pero a Raquel le gustaba la calle. Eso es algo que la gente no entendía; la calle es oscura y peligrosa, pero también adictiva. Tiene una energía, electricidad. Te hace conectar con ella. Para algunos de nuestros jóvenes, la alternativa que se plantea es un trabajo basura en un McDonald’s o el embrujo de la noche y, cuando uno no tiene futuro, la elección es bien sencilla.

Raquel nos vio y echó a caminar hacia nosotros tambaleándose grotescamente sobre aquellos tacones de aguja con zapatos del cuarenta y cinco —empresa nada fácil— hasta detenerse bajo una farola. Su cara estaba gastada como una roca embestida por mil tormentas. No conozco su pasado porque miente tanto como respira, pero se cuenta de él que era un famoso jugador de rugby que se rompió la rodilla, aunque él en cierta ocasión me dijo que había obtenido una beca para la universidad por su elevada puntuación en el Test de Aptitud Escolar. Pero existía también la versión de que era ex combatiente de la guerra del Golfo. A gusto del lector.

Raquel saludó a Cuadrados con un afectuoso beso en la mejilla y fijó su atención en mí.

—Tienes muy buen aspecto, Will, cariño —dijo.

—Gracias, Raquel.

—Estás de rechupete.

—Las preocupaciones me hacen más apetitoso —repliqué.

—Podría enamorarme de un hombre como tú —añadió Raquel pasándome un brazo por los hombros.

—Me halagas, Raquel.

—Un hombre como tú me redimiría.

—¿Y tú ibas a dejar tantos corazones rotos como tienes por estos andurriales?

—Sí que es verdad —replicó Raquel con una risita.

Enseñé a Raquel una foto de Sheila; la única que tenía. Al pensarlo me percaté de que era algo bastante extraño; la verdad es que a ninguno de los dos nos gustaba hacernos fotos, pero de eso a no tener más que una...

—La conoces, ¿no? —pregunté.

—Es tu novia —contestó Raquel después de mirar la foto—. La vi una vez en el albergue.

—Exacto. ¿La habías visto antes en algún otro sitio?

—No. ¿Por qué?

No había motivo para mentir.

—Es que se ha largado y la busco.

Raquel examinó otra vez la foto.

—¿Puedo quedármela?

Como en la oficina había hecho copias en color, se la di.

—Preguntaré por ahí —dijo Raquel.

—Gracias.

Asintió con la cabeza.

—Raquel —dijo Cuadrados—, ¿recuerdas aquel chulo que se llamaba Louis Castman?

Raquel se puso tensa y miró a un lado y otro sin contestar.

—Raquel.

—Tengo que volver al trabajo, Cuadrados. El negocio es el negocio.

Le corté el paso y él me miró como si fuese una mota de caspa en su hombro.

—Hacía la calle —dije.

—¿Tu chica?

—Sí.

—¿Y trabajaba para Castman?

—Sí.

—Un mal hombre, Will, encanto —dijo Raquel persignándose—. Castman era el peor de todos.

—¿Por qué?

—Las chicas de la calle —explicó humedeciéndose los labios— son simple mercancía básica, ¿me entiendes? Hacen negocio con casi todo quisque. Si sacan dinero, se quedan. Si no, ya sabes.

Lo sabía.

—Pero Castman —dijo Raquel en un susurro de misterio parecido al que algunos utilizan cuando mencionan la palabra «cáncer»— era distinto.

—¿En qué sentido?

—Él deterioraba su propia mercancía; a veces sólo por divertirse.

—Hablas de él en pasado —terció Cuadrados.

—Porque hace tres años que no se le ve por aquí.

—¿Está vivo?

Raquel dejó de moverse. Miró a su alrededor. Cuadrados y yo intercambiamos una mirada, a la espera.

—Está vivo —respondió Raquel—. Supongo.

—¿Qué quieres decir?

Raquel negó con la cabeza.

—Tenemos que hablar con él —dije—. ¿Sabes dónde podemos encontrarlo?

—He oído rumores.

—¿Qué rumores?

Raquel volvió a negar con la cabeza.

—Preguntad en una casa del Bronx Sur, en la esquina de Wright Street con la Avenida D. He oído decir que está allí.

Raquel se alejó con paso más seguro sobre sus tacones de aguja. Un coche que pasaba se detuvo a su altura y otra vez la noche se tragó a un ser humano.

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380 p. 1 illustration
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9788498679342
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