Read the book: «La desaparición de Adèle Bedeau»

La nueva y apasionante noir del aclamado autor de «Un plan sangriento». Una novela detectivesca de aires simenonianos destinada a convertirse en un clásico.
«Burnet arma una sólida trama detectivesca junto a un estudio en detalle de sus personajes para alumbrar un atractivo thriller psicológico.»
«Inmensamente seductora. Una gran lectura.»
J. David Simons
«Esta novela misteriosa y elegante homenajea al maestro del suspense francés Georges Simenon.»
NPR
1
Era una noche como otra cualquiera en el Restaurant de la Cloche. Detrás de la barra, Pasteur, el dueño, se había servido un pastís, señal inequívoca de que la cocina quedaba cerrada y de que su mujer, Marie, y la camarera, Adèle, ya no atenderían más comandas. Eran las nueve en punto.
Manfred Baumann ocupaba su sitio de costumbre junto a la barra. Lemerre, Petit y Cloutier estaban sentados al lado de la puerta, con los periódicos del día plegados y formando una pila. En su mesa había una frasca de vino tinto, tres copas, dos paquetes de cigarrillos, un cenicero y las gafas de cerca de Lemerre. Compartirían tres frascas antes de dar por finalizada la velada. Pasteur desplegó su periódico y se inclinó sobre él con los codos apoyados en el mostrador. Tenía una calva incipiente que intentaba disimular peinándose el pelo hacia atrás. Marie estaba atareada ordenando los cubiertos.
Adèle sirvió el café a los dos últimos comensales del turno de cenas y procedió a pasar una bayeta por los manteles de hule de las otras mesas, arrastrando y dejando caer al suelo las migas que más tarde barrería. Manfred la observaba. Su sitio no estaba exactamente pegado a la barra, sino a la altura de la puerta con pasaplatos, por donde se despachaba la comida que iba saliendo de la cocina. Tenía que cambiar de posición continuamente para dejar paso al personal, pero a nadie se le había ocurrido nunca pedirle que se colocara en otro lugar. Desde su posición podía vigilar todo el establecimiento, y los extraños a menudo lo tomaban equivocadamente por el propietario.
Adèle iba vestida con una falda corta de color negro y una blusa blanca. Llevaba atado a la cintura un pequeño delantal con un bolsillo donde guardaba la libreta en la que tomaba las comandas y la bayeta que empleaba para limpiar las mesas. Era una chica morena y robusta, de ancho trasero y pechos grandes y voluminosos. Tenía los labios carnosos, la tez aceitunada y unos ojos marrones que, por lo general, mantenía clavados en el suelo. Sus rasgos eran demasiado orondos para calificarlos de hermosos, pero la chica poseía un magnetismo primitivo, un magnetismo que sin duda se veía amplificado por lo insulso del entorno.
Mientras ella se inclinaba sobre las mesas vacías, Manfred se volvió hacia el mostrador y, en el espejo de detrás de la barra, contempló cómo la falda trepaba unos milímetros por sus muslos. Llevaba unos pantis de color carne con calcetines blancos hasta el tobillo y manoletinas negras. Los tres hombres de la mesa junto a la puerta también la miraban; Manfred se figuró que, en ese momento, sus pensamientos y los de aquellos individuos eran muy parecidos.
Adèle tenía diecinueve años y trabajaba en el Restaurant de la Cloche desde hacía cinco o seis meses. Se trataba de una chica de carácter retraído que se mostraba reacia a entablar conversación con los parroquianos, pero Manfred estaba convencido de que disfrutaba con la atención que estos le dispensaban. Los primeros botones de la camisa los llevaba siempre desabrochados, de modo que con frecuencia era posible verle el ribete de encaje del sujetador. Si no deseaba que ellos la escudriñaran, ¿por qué iba a vestirse entonces de forma tan provocativa?
No obstante, cuando ella se giró hacia la barra, Manfred desvió la vista.
Pasteur estaba concentrado leyendo un artículo de las páginas centrales de L’Alsace. Había una crisis en el Líbano.
—Malditos árabes —dijo Manfred.
Pasteur respondió al comentario con un leve gruñido. No era la clase de hombre que entablase discusiones controvertidas con la clientela. Su cometido se reducía a servir bebidas y elaborar facturas. Consideraba que atender las mesas estaba por debajo de su categoría. Esas tareas, junto con el despacho de cortesías, las dejaba en manos de Marie y de Adèle, o de quien fuera que estuviera trabajando. Manfred, por su parte, no tenía ninguna opinión formada sobre la situación en Oriente Medio. Había hecho la observación solo porque pensó que era lo típico que habría dicho Pasteur o que, cuando menos, habría gozado de su aprobación. Manfred estaba encantado con la renuencia de Pasteur a charlar sin ton ni son. En las escasas ocasiones en las que sí soltaba algún comentario, lo habitual era que no fuera bien recibido, así que resultaba un alivio no sentirse obligado a entablar conversación.
En la mesa junto a la puerta, Lemerre, un barbero cuyo establecimiento no quedaba lejos del restaurante, hacía ya rato que se explayaba sobre el tema del ciclo de ordeño de las vacas lecheras. Explicaba con todo detalle cómo la producción podría incrementarse si tan solo se ordeñase al ganado a intervalos más cortos. Cloutier, que se había criado en una granja, intentó intervenir, argumentando que las ganancias que pudieran obtenerse aplicando esa medida acabarían perdiéndose con el tiempo debido a la reducción de la vida productiva de la vaca. Lemerre negó con la cabeza vigorosamente e hizo un gesto con la mano para callar a su compañero.
—Esa es una idea equivocada que está muy extendida —dijo antes de proseguir con su discurso.
Cloutier bajó la mirada hacia la mesa y empezó a juguetear con el tallo de cristal verde de su copa. Lemerre era un hombre corpulento de cincuenta y pocos años. Iba con un jersey de pico color burdeos encima de otro negro más fino de cuello alto. Los pantalones los llevaba subidos hasta la mitad de la panza y estaban sujetos con un estrecho cinturón de cuero. Su pelo, que Manfred daba por supuesto que se teñía, era negro azabache y lo llevaba peinado hacia atrás, revelando unas pronunciadas entradas. Tanto Petit como Cloutier estaban casados, aunque rara vez mencionaban a sus respectivas esposas, y si lo hacían empleaban el mismo tono de desprecio. Lemerre no se había casado. «No soy partidario de tener animales dentro de casa», ofrecía de costumbre como explicación.
Si se veía desde fuera, el Restaurant de la Cloche de Saint-Louis ofrecía un aspecto anodino. El enlucido de la fachada, pintado de color amarillo pálido, presentaba manchas y desconchones. El cartel adosado al muro sobre la cristalera pasaba bastante desapercibido, si bien la céntrica ubicación del restaurante hacía un tanto innecesario su anuncio. La puerta del establecimiento se encontraba ubicada en una esquina adyacente al aparcamiento donde se celebraba el mercado semanal del pueblo. A un lado, en la pared, una pizarra exhibía los platos del día, mientras que encima de esta sobresalía un balconcito con una barandilla de forja ornamental. Dicho balcón pertenecía al piso donde vivían Pasteur y su mujer. Dentro, el restaurante era sorprendentemente amplio y contaba con una decoración sin pretensiones. Dos anchas columnas dividían el espacio separando de manera informal la zona del comedor, que se hallaba a la derecha de la puerta, de las mesas situadas junto a la cristalera, que era donde los lugareños se dejaban caer a lo largo de la jornada para tomar un trago, o donde pasaban las últimas horas de la tarde bebiendo e intercambiando opiniones sobre los contenidos de la prensa del día. El comedor estaba amueblado con unas quince mesas desvencijadas de madera cubiertas, con coloridos manteles de hule, y provistas de cubiertos y copas. En la pared de detrás de la barra, parcialmente oculto por una estantería de cristal repleta de botellas de licores diversos, un espejo de dimensiones considerables promocionaba la cerveza de Alsacia con una rotulación art decó desgastada y casi ilegible en algunas zonas. Este espejo conseguía que el restaurante pareciera más grande de lo que era en realidad. También confería al lugar un aire de grandeza venida a menos. Marie se quejaba a menudo de su aspecto cutre y deslustrado, pero Pasteur insistía en que le daba encanto al local. «Esto no es un bistró parisino», contestaba por costumbre ante cualquier sugerencia de mejora. A la derecha del mostrador estaban las puertas de acceso a los aseos, flanqueadas por un par de aparadores de madera oscura descomunales donde se guardaban la cubertería, las copas y la vajilla. Estos aparadores llevaban allí desde que todos tenían memoria. Desde luego antecedían a la fecha en la que Pasteur se hizo dueño del establecimiento.
Manfred Baumann tenía treinta y seis años. Esa noche, al igual que todas, iba vestido con un traje negro y una camisa blanca con la corbata aflojada. Su pelo oscuro estaba cortado con pulcritud y peinado con raya al lado. Era un hombre atractivo, pero sus ojos se movían inquietos, como si tratase de esquivar cualquier contacto visual. En consecuencia, con frecuencia la gente tenía la impresión de que estaba incómodo en su compañía, y esto contribuía a agravar su propia desazón. Una vez al mes, aprovechando la tarde del miércoles, que era cuando el banco donde trabajaba permanecía cerrado, Manfred acudía al local de Lemerre para cortarse el pelo. Sin falta, Lemerre le preguntaba qué clase de corte deseaba, y Manfred contestaba: «El de siempre». Mientras se afanaba con las tijeras, el barbero hablaba del tiempo o comentaba algún asunto anodino de la prensa de ese día, y cuando Manfred abandonaba el local, siempre se despedía de él con la misma frase: «Hasta el jueves».
Sin embargo, menos de tres horas más tarde, Lemerre estaría sentado a su mesa en compañía de Petit y Cloutier, y Manfred estaría apostado en su sitio junto a la barra del Restaurant de la Cloche. Allí ambos intercambiarían un saludo, aunque con la misma efusividad de dos extraños cuyas miradas se cruzaran por azar. Los jueves, no obstante, Manfred era invitado a unirse a los tres hombres para la timba semanal de bridge. A Manfred no le gustaba demasiado jugar a las cartas y durante la partida siempre se respiraba un ambiente tenso. Aunque tenía la impresión de que su presencia en aquella mesa incomodaba a los otros, también estaba convencido de que cualquier intento de declinar su invitación sería interpretado como un desaire. Esta tradición había comenzado tres años antes, después del fallecimiento de Le Fevre. El primer jueves después del funeral, los tres amigos se encontraron a falta de un cuarto jugador para su partida y le pidieron a Manfred que se uniera a ellos. Él era consciente de que solo estaba cubriendo el lugar del muerto, y que aquel «hasta el jueves» con el que Lemerre acostumbraba a despedirse dejaba patente que no era bienvenido en su mesa las demás tardes de la semana.
Manfred pidió su última copa de vino de la noche. Le guardaban una botella detrás de la barra, y Pasteur vertió lo que quedaba de su contenido en una copa limpia, que depositó sobre el mostrador. Manfred siempre se bebía la botella entera, pero la consumía por copas. Esta manía comportaba pagar por sus consumiciones el doble que si sencillamente hubiese pedido la botella entera de golpe, pero no lo hacía por costumbre. En una ocasión calculó cuánto podría ahorrarse al año si decidía cambiar este hábito. Resultó ser una cantidad considerable, pero no alteró su rutina. Se dijo a sí mismo que resultaría vulgar plantarse en la barra él solo con una botella. Aquello haría que pareciese que entraba allí con la intención de emborracharse, aunque tampoco es que eso fuera a importarle a los otros parroquianos del restaurante. Manfred también tenía la sensación de que este hábito suyo podía explicar la actitud reservada de Lemerre y sus amigos hacia él, como si al consumir su vino por copas estuviese colocándose por encima de los tres hombres, que bebían su vino por frascas. Daba la impresión de que se creía mejor que ellos. Esto, de hecho, era verdad.
Pasteur nunca se había pronunciado sobre los hábitos de bebida de Manfred. ¿Por qué iba a hacerlo? A él ni le iba ni le venía que Manfred quisiera pagar por su vino el doble de lo que era preciso.
A medida que las agujas del reloj se fueron acercando a las diez en punto, los movimientos de Adèle ganaron brío. Pasaba la escoba entre las mesas casi con entusiasmo e incluso intercambió alguna clase de broma con los hombres sentados junto a la puerta. Lemerre hizo un comentario, seguramente subido de tono, porque Adèle le hizo un gesto admonitorio con un dedo y, con aire juguetón, giró sobre los talones y regresó contoneándose hacia la barra. Manfred nunca la había visto comportarse de esa manera tan coqueta, aunque la chica volvió a bajar la mirada cuando él reculó para dejarla cruzar la puerta del pasaplatos. Desapareció al fondo de la cocina y regresó a los pocos minutos. Conservaba la misma falda de antes, pero se había puesto unas medias negras y unos zapatos de tacón, y ahora llevaba una cazadora vaquera encima de un ajustado top negro. Se había aplicado rímel y lápiz de labios. Dio las buenas noches a Pasteur. Él levantó la vista hacia el reloj y se despidió de mala gana con una cabezada. Adèle no pareció percatarse del impacto que su transformación había causado entre los parroquianos que quedaban en el local. No miró ni a izquierda ni a derecha al salir.
Manfred apuró el vino de su copa y depositó el dinero en el platillo de peltre donde Pasteur había colocado la cuenta momentos antes. Manfred siempre se aseguraba de llevar la cantidad exacta en el bolsillo. Pagar con un billete grande significaba tener que esperar a que Pasteur hurgase en su cartera en busca de cambio y, a continuación, verse obligado a dejar propina con ostentación.
Se puso la gabardina, que había permanecido colgada en el perchero situado junto a la puerta del aseo, y se marchó saludando escuetamente con la cabeza a Lemerre y compañía. Estaban a principios de septiembre y ya se sentían en el ambiente los primeros fríos del otoño. Las calles de Saint-Louis estaban desiertas. Al doblar la esquina por rue de Mulhouse, divisó a Adèle un centenar de metros delante de él. Ella caminaba despacio, y Manfred notó que le estaba dando alcance. Podía oír el repiqueteo de sus tacones sobre la acera. Manfred aminoró el paso; no podía adelantarla sin saludarla de algún modo, lo que los conduciría de manera irrevocable a entablar una conversación incómoda. Quizá Adèle pensase que la había seguido. O quizá aquel despliegue de coquetería en el restaurante iba destinado a él, en realidad, y la chica había tomado esta dirección de forma deliberada para forzar un encuentro.
Por mucho que ralentizaba la marcha, Manfred seguía ganando terreno. Cuanto más se acercaba, más lenta parecía Adèle. En un momento dado, ella se detuvo y, apoyándose en una farola, se ajustó la correa del zapato. Manfred se encontraba ahora a poco menos de veinte metros detrás de ella. Se agachó y fingió atarse el cordón del zapato. Inclinó la cabeza sobre la rodilla con la esperanza de que Adèle no lo viese. Oyó cómo se debilitaba el ruido de sus tacones sobre la acera. Cuando se levantó, ella ya no estaba a la vista. Debía haber cogido una bocacalle o entrado en un edificio.
Manfred remprendió la marcha a buen paso, como era su costumbre. Entonces, al aproximarse al pequeño parque de delante del templo protestante, divisó a Adèle parada junto al murete que separaba el jardincillo de la acera. Fumaba un cigarrillo y parecía esperar a alguien. Para cuando Manfred la vio, ya era demasiado tarde para recurrir a una maniobra de evasión. Pensó en cambiar de acera, en cuyo caso un breve gesto con la mano al pasar habría resultado adecuado como saludo, pero Adèle ya lo había visto y lo observaba acercarse. Manfred no estaba bebido, pero, bajo la mirada escrutadora de ella, se sintió un poco inestable de repente. Por un segundo se le ocurrió que quizá era a él a quien ella esperaba, pero desechó la idea al instante.
—Buenas noches, Adèle —dijo cuando se encontraba a escasos metros de ella. Se detuvo, no porque lo deseara, sino porque habría parecido poco cortés pasar de largo y tratarla como una mera camarera indigna de recibir unas pocas cortesías.
—Buenas noches, Manfred —le contestó.
Hasta ese momento, Manfred ni siquiera sabía que ella conociese su nombre de pila. El hecho de que lo emplease ahora apuntaba a la existencia de cierto grado de familiaridad entre ambos. En el restaurante, siempre que se dirigía a él, lo llamaba monsieur Baumann. Pero ahora, ¿no había percibido acaso hasta un tono coqueto en su voz?
—Hace fresco —dijo Manfred, incapaz de pensar en otra cosa que decir.
—Sí —contestó Adèle.
Con la mano que le quedaba libre, tiró de los bordes de la chaqueta para cerrársela a la altura del pecho, ya fuera para ratificar el comentario de Manfred o para taparse el escote.
Se produjo una pausa.
—Claro que, por las noches, siempre hace más frío con el cielo despejado —prosiguió Manfred—. Las nubes actúan como aislante. No dejan escapar el calor, igual que una manta en la cama.
Adèle se lo quedó mirando un momento y luego asintió despacio con la cabeza. Exhaló un anillo de vaho. Manfred se arrepintió de haber mencionado la cama. Sintió el rubor cubriéndole las mejillas.
—¿Esperas a alguien? —preguntó cuando resultó evidente que ella no tenía nada que añadir. No era asunto suyo lo que Adèle estuviera haciendo, pero una vez más no se le ocurrió otra cosa que decir. Y si ella contestaba que no estaba esperando a nadie, ¿qué? ¿Qué haría entonces? ¿Invitarla a su apartamento o a uno de los bares del pueblo que abrían hasta tarde y de los que no tenía la menor referencia?
Antes de que ella tuviera oportunidad de responder, y para alivio de Manfred, se detuvo junto a ellos un joven con una motocicleta. Saludó cortésmente a Manfred con la cabeza. Este le devolvió el ademán y le dio las buenas noches a Adèle.
—Buenas noches, monsieur —contestó ella.
Mientras se alejaba, Manfred echó un vistazo por encima del hombro justo a tiempo de ver a Adèle pasar la pierna por encima del asiento de la motocicleta. Se imaginó al joven preguntando quién era él. «Nadie, un cliente del restaurante», le respondería ella con toda probabilidad.
Manfred vivía a diez minutos andando de allí, en el último piso de un edificio de cuatro plantas que databa de la década de los sesenta y que se hallaba ubicado en una bocacalle de rue de Mulhouse. Su apartamento lo componían una cocina diminuta, un dormitorio, un salón que Manfred raramente usaba, y un aseo con ducha. La cocina daba a un ajardinado patio de manzana rodeado por otros bloques de apartamentos similares al suyo. Tenía bancos para los residentes y una zona de juego infantil. La ventana de la cocina se abría a un pequeño balcón donde daba el sol a primera hora de la tarde, pero Manfred rara vez se sentaba allí fuera por temor a que los vecinos pudieran creer que abrigaba un interés malsano por el parque infantil de abajo. La gente a menudo pensaba mal de los hombres solteros de treinta y tantos, sobre todo de aquellos que escogían encerrarse en sí mismos. Manfred mantenía su apartamento escrupulosamente limpio y recogido.
Cuando llegó a casa, se sirvió un chupito de la botella que tenía sobre la encimera de la cocina y lo vació de un trago. Se sirvió otro y se lo llevó a la cama. Cogió el libro de la mesilla de noche, pero no lo abrió. Su encuentro con Adèle lo había dejado descolocado, excitado incluso. Esto no se debía tanto al hecho de que ella hubiese empleado su nombre de pila como a que recuperara el tratamiento de «monsieur» al llegar su amigo, como si le interesara dar la impresión de que entre ellos dos no había nada. Manfred nunca había pensado que hubiera algo entre ambos, pero ella podría haberle deseado las buenas noches fácilmente sin llamarlo de ninguna de las dos formas. Había sido un acto deliberado con el que buscaba ocultarle a su novio el momento de intimidad que habían compartido.
Manfred evocó la imagen de Adèle tambaleándose en la acera delante de él, ajustándose la correa del zapato. Se masturbó con mayor vehemencia que de costumbre y se quedó dormido sin limpiar su polución.
2
Saint-Louis es un pueblo de unos veinte mil habitantes situado en los confines de la Alsacia y separado de Alemania y de Suiza por el cauce del Rin. Es un sitio sin mayor trascendencia y, aparte de un puñado de casas pintorescas características de la región con entramado de madera de roble, no tiene mucho que invite al viajero a demorarse en él. Como sucede con la mayoría de las poblaciones fronterizas, se trata de un lugar de paso. La gente lo atraviesa de camino a otros destinos, y el pueblo adolece de tal escasez de rincones de interés que se diría que los habitantes han acabado por resignarse. Los jóvenes más brillantes de Saint-Louis se marchan en cuanto pueden a la universidad, en la mayoría de los casos para no regresar jamás.
El centro del pueblo, en la medida en que puede decirse que Saint-Louis dispone de algo parecido, es una miscelánea de anodinos edificios de posguerra salpicada de unas pocas construcciones más tradicionales que han sobrevivido al paso del tiempo y a los proyectos urbanísticos. Los carteles de los comercios están desgastados, y las exposiciones de los escaparates resultan de todo menos atractivas, como si sus propietarios hubiesen renunciado a la idea de atraer clientes de paso. La palabra que con más frecuencia se le viene a la cabeza a los viajeros que ponen un pie en el pueblo, si es que llegan a reparar en él, es «anodino». Saint-Louis es anodino.
Y, aun así, ha preservado una ciudadanía durante trescientos años. Las de Saint-Louis son gentes un ápice menos instruidas, menos acomodadas y más inclinadas a la derecha política que la mayoría de sus compatriotas, pero los miembros de esta tribu mediocre siguen necesitando, de vez en cuando, un par de zapatos o un conjunto de ropa nuevos; necesitan que les corten el pelo, les revisen la dentadura y les curen sus dolencias. Tienen que sacar dinero y tomarlo prestado. Requieren establecimientos donde comer, beber, cotillear o, sencillamente, posponer el regreso a casa. Precisan que se limpien sus calles, que se recojan sus residuos; también aquí se debe mantener la ley y el orden. Sus casas requieren la atención de fontaneros, electricistas, carpinteros y decoradores. Sus hijos necesitan quien los eduque, los ancianos quien los cuide y los muertos quien los entierre.
En resumen, los habitantes de Saint-Louis son idénticos a los de cualquier otro lugar, ya vivan en pueblos igual de cutres o infinitamente más glamurosos. Y, al igual que los pobladores de otras urbes, los vecinos de Saint-Louis sienten un orgullo chovinista hacia su municipio, aun cuando son conscientes de su mediocridad en todo momento. Algunos sueñan con escapar, o viven con el remordimiento de no haberse marchado cuando se les presentó la oportunidad. La mayoría, no obstante, vive su vida sin pensar demasiado o nada en lo que los rodea.
Manfred Baumann nació en el lado suizo de la frontera, hijo de padre suizo y madre francesa. Gottwald Baumann, natural de Basilea, trabajaba en una cervecera. Era un hombre de baja estatura, con una tez excepcionalmente morena y ojos chispeantes. La madre de Manfred, Anaïs Paliard, era una joven muy vivaracha, aunque maldecida con una constitución enfermiza, y procedía de una acomodada familia de abogados de Saint-Louis. Manfred pasó los primeros seis años de su vida en Basilea. Era poco lo que recordaba de aquel tiempo, pero el suizo-alemán seguía siendo la lengua con la que se sentía más cómodo. Apenas lo había hablado desde su niñez, pero escucharlo seguía transportándolo a aquellos neblinosos años de la infancia. Manfred solo conservaba dos recuerdos de su padre asociados a ese periodo de su vida. El primero era el del olor rancio que despedía cuando regresaba a casa después de pasar la noche en algún bar, sumado a la visión de su barbilla sin afeitar cuando se inclinaba a darle un beso de buenas noches.
El segundo era el recuerdo más querido que Manfred tenía de su padre. No se acordaba del motivo (quizá fuera su cumpleaños), pero Gottwald se lo llevó a visitar la fábrica de cerveza donde trabajaba. Manfred guardaba en la memoria el penetrante aroma de la levadura y el retumbar de los barriles vacíos al rodar sobre los adoquines. Los otros trabajadores de la cervecera, o al menos así los recordaba Manfred, eran hombres de baja estatura, morenos y fornidos, justo igual que su padre, que caminaban con las piernas separadas y columpiando los brazos hacia afuera. Mientras Gottwald cruzaba el patio con Manfred, los hombres, al ver a su compañero, gritaron: «Grüezi Gottli».
«¿Sabes lo que significa? —le había preguntado Gottwald—. Pequeño Dios. No está mal, ¿eh? Pequeño Dios». Manfred se agarró fuerte a la mano de su padre y soñó con el día en que también él trabajaría en la cervecera.
Cuando Manfred tenía seis años, el Restaurant de la Cloche salió a la venta y el padre de Anaïs lo compró para que su hija y su marido lo regentasen. La ubicación del restaurante en el centro del pueblo les garantizaba una afluencia continua de clientes procedentes de los comercios y oficinas vecinos, así que, aunque por las noches se sirvieran cenas, el grueso del negocio se hacía durante la jornada. Monsieur Paliard debió de pensar que estaba colocando a su yerno en una empresa infalible, pero pasó por alto tanto los modales propios de trabajador de cervecera de este como su rudimentario conocimiento de la lengua francesa. Con sus hoscas maneras, Gottwald consiguió espantar a la clientela del establecimiento. Le faltaban la gentileza y la autoridad del patrón de éxito. A medida que el negocio se iba lentamente a pique, Gottwald pasaba más y más noches en el lado equivocado de la barra, maldiciendo a voces a los estirados franceses que habían decidido gastar sus francos en otra parte.
Después de morir su padre, el negocio se vendió, pero Manfred y su madre continuaron viviendo en el apartamento de encima del restaurante hasta que, debido al delicado estado de salud de ella, se vieron obligados a regresar a la casa familiar de las afueras, en la zona norte del pueblo. Manfred echaba de menos vivir encima del bar, con los olores de la cocina y el sonido del debate del día colándose por la ventana abierta mientras él y su madre cenaban. El restaurante era el ombligo del pueblo. En la casa familiar, Manfred estaba aislado. Para sus abuelos, él no era tanto un motivo de orgullo como un recuerdo del desliz de su hija. Manfred heredó el carácter brusco de su padre y la complexión débil de su madre, dos rasgos que entorpecían su capacidad para hacer amigos con la facilidad de los otros chicos. Mientras vivieron encima del bar, los hombres lo saludaban con afecto cuando volvía del colegio, igual que si fuera uno de ellos. Los fines de semana hacía recados a los parroquianos y se ganaba unos céntimos por las molestias. Al caer la tarde, se apostaba en la ventana de arriba y escuchaba el flujo y reflujo de las conversaciones, a las que contribuía mentalmente con su propia cosecha de sabios comentarios. En el hogar Paliard no había voces que escuchar, y Manfred se pasaba el tiempo sentado en su dormitorio oyendo el lento tictac del reloj de pie que ocupaba el descansillo de las escaleras.
En el colegio a Manfred lo llamaban el «Suizo» y el apodo se le había quedado. Lo detestaba. Lemerre lo usaba todavía cuando invitaba a Manfred a unirse a la timba de los jueves. «¿Vienes a jugar, Suizo?», le gritaba desde el otro extremo del local. Manfred deseaba que su madre hubiera recuperado su nombre de soltera, pero ella permaneció por siempre fiel a la memoria de su esposo, a pesar de los muchos defectos de este. Después de que Manfred y su madre tuvieran que dejar el Restaurant de la Cloche, Anaïs le pedía a menudo que la acompañara junto a su lecho. Manfred detestaba el olor del dormitorio de su madre. Era como un hospital. En la cómoda se alineaban frascos y más frascos marrones de pastillas. Ya cerca del final, el médico la visitaba casi a diario; un privilegio reservado a las familias del estatus de los Paliard. Cuando Manfred entraba en la alcoba, Anaïs le sonreía con pesar y le tendía la mano. A menudo estaba demasiado débil para separar los hombros de las almohadas que le servían de apoyo. Él se sentaba al borde de la cama y le sostenía la mano.
Anaïs tenía una fotografía de Gottwald en la mesilla. En ella, él aparecía de pie junto a un automóvil detenido en la cuneta de una sinuosa carretera en lo alto de las montañas suizas. El coche era un Mercedes que el padre de Anaïs les había prestado para la luna de miel. Gottwald posaba en mangas de camisa, los brazos en jarras, sacando pecho, con su espesa mata de pelo oscuro engominada y peinada hacia atrás como se estilaba en la época: todo un dechado de virilidad.
A Anaïs le gustaba contarle a Manfred la historia de cómo ella y Gottwald se habían conocido. Él había cruzado la frontera para acudir a los festejos del Día de la Bastilla. En la plaza próxima al Restaurant de la Cloche se celebraba una fiesta popular. Hacía un calor inusual, incluso para el mes de julio. Anaïs tenía diecisiete años. Ella y una amiga paseaban entre los puestos mientras degustaban los productos que estos ofrecían. Habían bebido dos o tres vasos de sidra y se les había subido a la cabeza. La amiga de Anaïs, Elisabeth, fue quien reparó en Gottwald. Estaba apostado junto a un puesto bebiendo un vaso de cerveza y tanteando descaradamente a las muchachas que pasaban por su lado. Elisabeth insistió en que se acercaran a hablar con él. Anaïs vaciló. No tenía experiencia con los hombres, pero Elisabeth ya se había puesto en marcha. Se quedó un paso por detrás de su amiga mientras esta hacía las presentaciones. Gottwald les besó la mano y dijo: «Enchanté, mesdemoiselles», con un acento muy marcado que provocó las risitas de las dos amigas. Enseguida estuvieron los tres paseando juntos entre el gentío mientras Elisabeth le contaba su vida a Gottwald alegremente. Era una muchacha muy atractiva y segura de sí misma, y Anaïs sospechaba que estaba de vuelta en lo que a las relaciones con los hombres se refería. Anaïs escrutó a Gottwald. No era guapo en el sentido convencional de la palabra —era demasiado bajo para serlo—, pero había un no sé qué en su porte y en el brillo de sus ojos negros que la fascinaba. Resultaba evidente que Gottwald no entendía la mitad de lo que le decía Elisabeth, pero mantenía los ojos clavados en ella. Anaïs se dio cuenta de que estaba deseando que su amiga dejara de cotorrear para que Gottwald pudiese desviar la mirada y fijarse en ella.
Se detuvieron junto a un puesto y Gottwald las invitó a una sidra. Elisabeth tuvo que excusarse un momento. Tan pronto como se hubo marchado, Gottwald miró a Anaïs a los ojos y dijo: «Me alegro de que se haya ido. Habla demasiado, pero a ti sí que me gustaría verte otra vez».
Anaïs sintió un nudo en la garganta. La idea de que aquel extranjero de piel morena la prefiriese a ella antes que a su mucho más bonita y encantadora amiga resultaba embriagadora. Y antes de que se diera cuenta había consentido en quedar con Gottwald al día siguiente. Ninguno de los dos dijo nada al respecto cuando regresó Elisabeth.
En su cita, Gottwald y Anaïs salieron a pasear por el bosque. Hacía fresco bajo el follaje. No hablaron demasiado. Anaïs ignoraba qué se le decía a un hombre, pero antes de que acabara la tarde, Gottwald la besó. Ella tenía la espalda apoyada contra un árbol y quedó abrumada por el peso y el intenso olor de él. Casi se desmaya de pasión, le contó a Manfred. Siguieron viéndose a escondidas —Gottwald no era la clase de individuo que Anaïs tenía soñado presentarle a su padre— hasta que resultó imposible ocultar su relación durante más tiempo. Entonces fue cuando Gottwald le pidió que se casara con él.
Finalmente, cuando Anaïs murió, Manfred tenía quince años. Para entonces, ella llevaba dos años sin salir de casa y se había puesto tan flaca y apergaminada como una anciana. El abuelo de Manfred habló con él una noche poco después del funeral. Llega una edad, le explicó, en la que un hombre tiene que abrirse camino en la vida por sí mismo. Dos años después, cuando Manfred suspendió su baccalauréat,[1] su abuelo lo llamó al despacho. Esta era una habitación de la primera planta a la que, por norma general, Manfred tenía vetada la entrada. Las paredes estaban revestidas hasta el techo de libros de Derecho, y presidía el centro de la estancia un enorme escritorio antiguo. Había chimenea, pero monsieur Paliard no era partidario de caldear el ambiente innecesariamente, así que se negaba a encender el fuego incluso en los días más crudos del invierno, dando así ejemplo a los otros miembros de la casa y prefiriendo sentarse delante de sus papeles, con sombrero y bufanda al cuello, envuelto en un halo de vaho y humo de pipa. A Manfred solo lo convocaban en el despacho para tratar asuntos de suma trascendencia.
Al entrar, el chico permaneció de pie en el centro de la habitación sus buenos cinco minutos mientras su abuelo llegaba al final del documento que se encontraba leyendo. Esto no afectó a Manfred. Le era indiferente el trato que le dispensaba su abuelo. Monsieur Paliard se quitó las gafas de cerca e indicó con un gesto de la mano que Manfred debía tomar asiento. Tenía el rostro alargado, de facciones muy marcadas, con rasgados ojos azul claro bajo una amplia y abultada frente. Estaba calvo casi por completo y lucía una barba hirsuta de pelo canoso. A Manfred le costaba recordar una ocasión en la que lo hubiese visto sonreír.
—He hablado con un colega, monsieur Jeantet —empezó sin más preámbulo—. Jeantet es director de la sucursal del Société Générale en rue de Mulhouse. Ha accedido a darte un empleo, lo que es muy generoso de su parte dadas las circunstancias. Empiezas el lunes y recibirás tu primer sueldo pasadas dos semanas. Te sugiero que te pongas manos a la obra y te busques un apartamento ya mismo. Te prestaré la cantidad que necesites para el primer mes de alquiler y el depósito.
Al finalizar su breve discurso, monsieur Paliard hizo algo que no había hecho jamás. Se puso de pie y sirvió dos copitas de jerez de una licorera que descansaba sobre una bandeja de plata en la repisa de la ventana. Manfred no había reparado nunca en que hubiese allí una licorera y se preguntó si su abuelo no habría pedido que se la trajeran para la ocasión. Manfred nunca había sido invitado a compartir una copa con su abuelo; es más, jamás le había visto servirse personalmente una. Para eso se llamaba a la criada. Con todo, monsieur Paliard no se limitó a poner las bebidas, sino que además le tendió la suya a Manfred antes de volver a tomar asiento. Los dos hombres (porque estaba claro que el gesto buscaba de forma deliberada señalar el paso de Manfred a la edad adulta) se bebieron el jerez en silencio. Diez minutos después, monsieur Paliard se levantó para indicar, de forma un tanto abrupta, que la audiencia había finalizado.
Al día siguiente, la abuela de Manfred lo llevó a Mulhouse para que le tomaran las medidas para un traje. Mientras el sastre se afanaba con su cinta métrica de costura, madame Paliard insistió, para bochorno de Manfred, en que el traje debía ser holgado para que no se le quedase pequeño antes de tiempo. De todos modos, Manfred disfrutó bastante de la experiencia. Vestir de traje confería seriedad. La imagen que le devolvía la mirada desde el espejo del sastre no era la del torpe colegial que él tanto aborrecía. A continuación, fueron a almorzar a un elegante bistró. Durante la comida, madame Paliard estuvo parloteando sin cesar sobre la espléndida oportunidad que constituía aquel nuevo empleo. Manfred sabía que ella, en realidad, se sentía decepcionada, pero no dijo nada para contradecirla. Compartieron una botella de vino, cosa que no habrían hecho jamás de haber estado su abuelo allí presente, y, concluido el almuerzo, madame Paliard se echó a llorar y le dijo a Manfred que no dejara de ir a casa a comer cuando quisiera y que contase con que siempre tendría allí su dormitorio. Manfred tenía cariño a su abuela y sintió lástima por ella ahora que iba a quedase sola con su abuelo. Le dio las gracias y prometió visitarlos con regularidad.
Cuando Manfred llegó al banco el lunes por la mañana, monsieur Jeantet lo invitó de inmediato a pasar a su despacho. Era un hombre orondo, con la cara colorada y patillas de boca ancha. Llevaba puesto un anticuado traje de espiga, con una apolillada rebeca verde debajo. Monsieur Jeantet gastaba un aire cordial y alegre muy estudiado. Saludaba a sus clientes con un fuerte apretón de manos y cierta profusión de palmadas en la espalda, y se deshacía en halagos con ellos, como si fueran amigos suyos de toda la vida. Tenía la costumbre de dar palmaditas en el trasero al personal femenino de la oficina y se recreaba soltando insinuaciones desfachatadas sobre el aspecto de estas o sobre cómo empleaban su tiempo los fines de semana. Esto lo hacía sin atender a discriminaciones de edad o belleza, es evidente que para evitar ofender a cualquiera que se quedara fuera de sus atenciones. Al principio, a Manfred le chocó el buen humor con el que sus nuevas compañeras toleraban este comportamiento, pero enseguida se dio cuenta de que contaban con toda una artillería de apodos nada aduladores para referirse al jefe a su espalda. Costaba creer que el abuelo de Manfred considerara a este hombre «colega» suyo.
Cogiéndolo del codo, Jeantet guio a Manfred al interior de su despacho hasta una pareja de butacas de cuero mientras profería una ristra de proclamas acerca de lo encantado que estaba de tener a bordo a un joven tan brillante.
—Por favor, siéntate, muchacho; ponte cómodo —lo exhortó—. Ese traje que llevas es muy elegante. Un poco holgado, diría yo, pero así es como los lleváis los jóvenes en estos tiempos. Yo soy un anticuado, o al menos eso dice mi mujer. Pero lo que yo digo es que la calidad nunca pasa de moda, ¿eh? ¿Tú qué crees? Ja, ja, ja.
—Desde luego —dijo Manfred.
—Bueno, la ocasión merece una copita, ¿no te parece?
Y, aun cuando todavía no habían dado las nueve, el director del banco echó mano a una licorera que había sobre el escritorio que los separaba. Sirvió dos copitas más que generosas y brindó por una larga y fructífera amistad. Manfred se tomó la suya con la sensación de que lo estaban iniciando en una sociedad ancestral de bebedores de jerez.
—Es importante fortalecer las relaciones —prosiguió Jeantet—. Esa es una de las cosas que aprenderás aquí. Tengo mucho que enseñarte; dirigir un banco no tiene nada que ver con el dinero, ¡qué va! Tiene que ver con las personas. —Hizo una pausa y lanzó una mirada elocuente a Manfred para hacer hincapié en este punto.
Entonces, muy repentinamente, casi como si una nube hubiese ensombrecido su rostro, Jeantet depositó su copa en la mesa y se arrellanó en su butaca, cruzando las manos sobre el vientre. Manfred también dejó su copa.
—Veamos —dijo con un tono mucho más grave—, tu abuelo, un gran hombre, me ha contado que has suspendido tu baccalauréat. Esto no es algo digno de aplauso y, normalmente, desecharía la idea de incorporar al personal a un miembro nuevo que no considerase que estuviera a la altura en lo que a sesera se refiere. —Al decir esto se dio unos golpecitos muy elocuentes en la frente con el dedo—. No obstante, tu abuelo me ha asegurado que eres un joven brillante, y estoy dispuesto a tomarle la palabra. Confío en que corresponderás a la fe que estoy depositando en ti.
Asintió con gravedad y, entonces, para señalar que ya había dicho cuanto deseaba, volvió a coger su copa.
—Las calificaciones académicas están muy bien, pero en la vida lo que de verdad importa es trabajar mucho y tener buen ojo para el comportamiento de la gente. Personalmente, soy un ávido observador del ser humano. No te mentiré, conmigo has caído en buenas manos. Observa, aprende y llegarás lejos.
Se inclinó sobre la mesa e indicó que Manfred debía hacer otro tanto antes de continuar con un susurro.
—Que quede entre nosotros; tengo pensado jubilarme dentro de unos años. Esa pandilla de carcamales decrépitas de ahí fuera —levantó un pulgar en dirección a la puerta— no suman dos dedos de frente entre todas. Lo de ellas es simple papeleo. A esas lo único que les interesa es cotillear y cobrar su cheque a fin de mes. Pero un joven brillante con un buen traje como tú… Si juegas bien tus cartas, podrías ocupar mi puesto de aquí a unos cuantos años. ¿Qué te parece, muchacho?
Manfred se aguantó las ganas de decirle que prefería arrojarse al Rin antes que pasar un minuto más de lo necesario trabajando en la sucursal del Société Générale en Saint-Louis.
—Le estoy muy agradecido por esta oportunidad —contestó, sin embargo.
Ese mismo día, Manfred preguntó por el apartamento de encima del Restaurant de la Cloche, pero se enteró de que estaba ocupado por el nuevo propietario y su mujer. Entonces, como medida temporal, alquiló el apartamento próximo a rue de Mulhouse.
[1]. Bachillerato. (Todas las notas son de la traductora.)
3
El jueves era día de mercado. A las doce y media, el Restaurant de la Cloche estaba lleno de gente. Manfred conocía de vista a la mayoría de los clientes y respondió con un gesto o articulando un mudo «buenos días» a los que lo saludaron. Hasta ahí llegaba su interacción con los demás parroquianos. Entre los que almorzaban a diario en La Cloche existía, como ocurre con los viajeros habituales de un mismo tren, un entendimiento tácito acerca de las fronteras de la comunicación. Manfred ocupó su lugar en la mesa de la esquina que Marie le tenía reservada. El menú rotaba semanalmente y permitía escoger entre dos entrantes, dos primeros y un plato especial, seguidos de postre o café. En el transcurso de los casi veinte últimos años, los menús del día no habían variado. El plato especial de los jueves era pot-au-feu. Aproximadamente una vez al mes, Manfred le sugería de broma a Pasteur que cambiase el menú. «¿Has visto algún buzón de sugerencias por aquí?», le respondía el dueño de forma invariable.
Adèle se acercó a la mesa de Manfred para tomar la comanda. Él se sintió inexplicablemente excitado al verla.
—Hola, Adèle.
Intentó hacer contacto visual, buscando en ella algún gesto cómplice con el que reconociera lo que había acaecido entre ambos la noche anterior.
—Monsieur —respondió impasible Adèle.
No levantó los ojos de su libreta y recitó la comanda de Manfred de los jueves (sopa de cebolla, pot-au-feu, crème brulée) antes de que él tuviera ocasión de decir esta boca es mía. Manfred tuvo la tentación de cambiar de repente su elección de siempre con el único propósito de llamar la atención de la chica, pero cuando ella se dio la vuelta con aire de gran hastío, se alegró de no haberlo hecho. Con una acción semejante solo habría conseguido que Pasteur se presentase en su mesa exigiendo saber a qué se debía semejante alteración de costumbres. Manfred se imaginó a sí mismo gritándole: «¡Me apetecía cambiar un poco, nada más!», antes de volcar la mesa y abandonar furioso el restaurante, estrellando a su paso las copas de vino de los otros clientes contra las paredes.
Abrió su ejemplar de L’Alsace por la sección de Economía y clavó la mirada en las columnas de cotizaciones sin prestar ninguna atención. Adèle regresó con su sopa. Seguía sin revelar señal alguna del momento de intimidad que ambos habían compartido. Cuando volviese con el segundo plato quizá pudiera preguntarle de manera casual si había pasado una noche agradable. Hasta podría interesarse por el joven. ¿Qué tendría eso de malo? Después de todo, los había visto juntos. ¿Acaso no era perfectamente natural comentar el hecho? Manfred ya casi había dado buena cuenta de la copa de vino incluida en el menú. La sopa estaba aguada y sosa.
El ir y venir de clientes era continuo. Cuando estaba lleno, el Restaurant de la Cloche funcionaba como una máquina bien engrasada. Marie a menudo se demoraba junto a la mesa de uno de los parroquianos para intercambiar un par de frases, pero sus ojos no paraban de escanear el local en busca de platos vacíos y de clientes que desearan pagar la cuenta. Las facturas las despachaba Pasteur con absoluta parsimonia desde su puesto detrás de la barra. Las mesas se despejaban y se montaban de nuevo con eficiencia militar. Al estrépito procedente de la cocina se sumaba el constante vocear de los platos a medida que iban saliendo de esta. Los clientes hablaban a voces con la boca llena, conscientes de que no se esperaba de ellos que se demorasen demasiado con su almuerzo. Casi todos optaban por saltarse el café. Si no lo hacían, se lo servían con el postre. Adèle estaba atendiendo a los otros clientes con la misma hosquedad que había gastado con Manfred. Sus movimientos eran lentos y cansinos, igual que si fuera una vaca de camino a la caseta de ordeño, pero, a su manera, resultaba igual de eficiente que la frenética Marie.
Al pasar junto a la mesa de Manfred, Adèle retiró su cuenco de sopa mientras sostenía en equilibrio los platos de otra mesa en un brazo. No era el mejor momento para entablar conversación, pero cuando ella se dio la vuelta, Manfred elevó la voz.
—Por cierto, Adèle, si no es demasiada molestia, me gustaría cambiar mi comanda. Tomaré el choucroute garnie.
¡Aquello seguro que llamaba su atención! Adèle se giró de nuevo hacia él.
—Desde luego, monsieur —dijo.
Su expresión permaneció impertérrita. Manfred no pudo sino admirar la fría impasibilidad de la chica mientras regresaba a la cocina.
—Y, Adèle —añadió, levantando un poco el tono de voz para hacerse oír por encima del bullicio—, quisiera otra copa de vino.
Manfred reconoció que era para quitarse el sombrero: la chica no había mostrado ni un ápice de emoción; pero mientras la observaba abrir de un empujón las puertas batientes de la cocina, no le costó imaginar la conmoción subsiguiente al anuncio de que Manfred Baumann había cambiado su comanda. ¡Y además iba a tomarse una segunda copa de vino! Se arrellanó en su silla y observó a los demás parroquianos del restaurante. Todos permanecían ajenos a la trascendencia de los acontecimientos que estaban teniendo lugar en ese momento.
Manfred estuvo esperando a que el propietario llegase de un momento a otro a su mesa para preguntar si el pot-au-feu ya no era de su gusto. Pero Pasteur no se acercó. Se quedó detrás de la barra decantando el vino en las frascas, actuando como si no hubiese sucedido nada inusual. Ni siquiera miró en la dirección de Manfred.
Adèle apareció con su choucroute.
—Bon appétit —dijo.
El cerdo estaba grasiento y pasado. El choucrout demasiado fuerte. Manfred echó de menos la carne estofada de la que Marie estaba tan orgullosa. El pot-au-feu era su comida preferida de la semana, pero esa no era la cuestión. Rebañó el plato. Lo tomarían por un estúpido de tomo y lomo si, después de cambiar la comanda, no hacía ver que había disfrutado de su elección. Apuró su segunda copa de vino y se echó hacia atrás en la silla con una sensación de enorme satisfacción.
De regreso, en la sucursal del banco, Manfred sintió los efectos de la copa extra de vino. Sentado a su escritorio, notó que daba cabezadas y pidió a su secretaria a través del interfono que le trajese un café. Recibió a un granjero apellidado Distain para discutir la ampliación del periodo de gracia de un préstamo. Manfred escuchó distraídamente al tedioso granjero perorar cansinamente durante quince minutos sobre la presión de los supermercados, la injusta normativa del mercado común y la amenaza a la forma de vida francesa. Un somero vistazo al expediente le reveló que la granja llevaba una década perdiendo dinero. Concedió a Distain tres años de carencia, el máximo posible. El hombre apenas logró contenerse. Durante un instante terrible, Manfred creyó que a Distain se le iban a saltar las lágrimas de puro agradecimiento. Según lo acompañaba fuera de su despacho, tuvo que arrancar literalmente su mano de entre las del granjero.
Manfred temía las noches de los jueves. Llegó al Restaurant de la Cloche a la hora de siempre y ocupó su sitio junto a la barra. Pidió su primera copa de vino y la apuró con rapidez. Lemerre y Cloutier estaban sentados a su mesa. Petit se retrasaba. En el espejo de detrás del mostrador, Manfred vio a Lemerre sacar las cartas y empezar a barajarlas con aire ausente. Llegó Petit, se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo de su silla. Lemerre y Cloutier ya se habían bebido dos tercios de la primera frasca de la velada. Los tres hombres charlaron en voz baja durante unos minutos antes de que Lemerre (siempre lo hacía Lemerre) gritara hacia el otro extremo del bar: «Suizo, ¿completas nuestro cuarteto esta noche?».
Manfred siempre aguardaba a que lo emplazaran de ese modo. No existía ningún motivo por el que no pudiese sentarse a la mesa de los tres hombres nada más llegar al restaurante, pero nunca lo hacía. En su lugar, porque era plenamente consciente de lo absurda que era la farsa que estaban representado, cuando Lemerre lo llamaba ponía cara de sorpresa, como si se le hubiese escapado que aquella era la noche de la partida.
Manfred se llevó su copa a la mesa con obediencia y tomó asiento. Los tres amigos ocupaban siempre el mismo sitio, obligando a Manfred a sentarse en la que para él era la silla del muerto. No había discusión posible en cuanto a quién se emparejaba con quién, puesto que cualquier variación habría hecho ineludible un intercambio de sitios. Por lo tanto, Manfred jugaba con Cloutier, y Lemerre jugaba con Petit. Cloutier era un jugador pésimo, incapaz de interpretar las subastas de Manfred y medroso en su juego. Lemerre y Petit se dedicaban a hacer trampas usando un sistema de señas mal disimuladas, ya fuera rascándose la nariz, tosiendo o dando golpecitos en la mesa. Aquel código primitivo suyo era tan descarado que solo conseguía favorecer a Manfred. Lo mismo habría dado que hubiesen descubierto sus cartas para que él las viera. A pesar de que Cloutier jugaba como un inútil total, ganaban constantemente. En una ocasión incluso, Lemerre había llegado a acusar a Manfred de hacer trampas. Pero la mayoría de las veces, Lemerre y Petit se limitaban a sacudir la cabeza ante la buena suerte de sus contrincantes.
Adèle trajo una nueva frasca y una copa de vino para Manfred. Al inclinarse sobre la mesa, este le miró de reojo el escote y pensó en el joven que había visto la noche anterior.
Los jueves se bebían cuatro frascas en la mesa de los tres amigos. Manfred se aseguraba de que su consumo de vino fuese parejo al de los otros para que no pudieran acusarlo ni de beber más de lo que tocaba, ni de quedarse atrás. Al final de la velada, la contribución de Manfred a la cuenta iba a parar al bolsillo de Lemerre. Los tres hombres abonaban sus consumiciones semanalmente. Manfred podría haber llegado a un acuerdo similar con Pasteur y, de esa forma, haber puesto fin al bochornoso ritual de la propina, pero nunca había pedido que le abriesen cuenta en el local y hacerlo ahora, después de tantos años, resultaría extraño. Seguro que Pasteur le preguntaría: «¿Cómo es que no me lo has pedido antes?». Manfred se las vería y desearía para responder a una pregunta así. Sería difícil aducir que nunca se le había pasado por la cabeza. Pensaba en ello todos los días.
Lemerre anotaba la puntuación en el dorso de un sobre. Desde la muerte de Le Fevre, Lemerre se había convertido en el líder de facto del grupo. Olía a una mezcla de productos capilares y de sudor. En su cara rubicunda llevaba estampada una expresión de desprecio permanente, y con frecuencia se le podía oír menospreciando a gritos a los inmigrantes, a los judíos (a quienes consideraba culpables de casi todos los males del planeta) y a los homosexuales, constituyendo estos últimos la peor de sus pesadillas. «Tu gente —le gustaba decir a Manfred— sí que sabe, Suizo. Mantienen a raya a los turcos y a los judíos.» Lanzaba sus invectivas de una manera vagamente afeminada, acompañándolas de elaborados gestos con las manos que parecían sugerir que estaba salpicando joyas de sabiduría entre sus acólitos. El efecto resultaba cómico y amenazador al mismo tiempo. En alguna ocasión, Manfred había entrado al trapo y discutido con Lemerre, pero solo había conseguido salir escaldado y que acabaran acusándolo de ser un comunista trasnochado. Ahora dejaba que fuera Pasteur el que interviniese cuando las diatribas de Lemerre se salían de madre.
Cortaron la baraja y se repartieron las cartas. Lemerre y Petit se embarcaron en un complejo intercambio de toses y golpecitos en la mesa a partir del cual Manfred infirió que ambos iban flojos de picas. Él iba cargado de picas, y dedujo que Cloutier debía de tener en su mano un par de figuras de ese palo. Ignoró la apertura de su compañero con dos corazones e hizo un salto directo a seis picas.
—¿Y esa apuesta de dónde te la sacas? —dijo Lemerre.
Manfred se encogió de hombros. Se llevó las trece bazas con facilidad.
—¿No has tenido cojones de ir a por la manga entera o qué? —se burló Lemerre—. El mundo es de los audaces, ¿eh?
La partida continuó en esta línea. Manfred incluso se dejó ganar una mano en algún momento, brindándole a Lemerre la oportunidad de presumir de su maestría en el juego.
En las raras ocasiones en las que Cloutier llevaba la voz cantante, Manfred se dedicaba a observar las idas y venidas de Adèle. Estaba menos hosca que de costumbre. Intercambiaba algún que otro comentario con los comensales. Iba más erguida, como si le hubiesen quitado un peso de encima. Evidentemente estaba enamorada del joven de la motocicleta, pensó Manfred. No se alegró por ella, solo sintió cierto resquemor hacia el joven; más bien hacia todos los jóvenes que podían ganarse a una chica valiéndose de una moto y una retahíla de piropos vulgares. Adèle se acercó a la mesa con la última frasca de la velada.
Sin pensarlo, Manfred le espetó:
—Estás muy guapa esta noche, Adèle.
Los tres amigos se quedaron petrificados. La mano de Petit, que estaba a punto de echar una carta, quedó suspendida en el aire. Los tres se miraron entre ellos, esperando a que Lemerre reaccionara. Este se limitó a prorrumpir en estridentes carcajadas, que hallaron eco inmediatamente en sus dos compañeros. Manfred se sonrojó hasta las orejas y bajó la mirada a la mesa.
—Ándate con cuidado, niña —farfulló Lemerre entre risas—. Nuestro suizo es todo un don Juan.
Adèle no pareció inmutarse. Sonrió débilmente en dirección a Manfred y volvió a la barra con la frasca vacía.
Finalizada la timba, Manfred dio las buenas noches a los otros jugadores y abandonó el local. Le alivió que Adèle se encontrara barriendo todavía cuando terminó la partida y se hubieron bebido la última frasca. Estaba convencido de que iba a reunirse de nuevo con el joven en el parquecito de delante del templo protestante. Y, en efecto, allí estaba él, apoyado contra el asiento de su motocicleta, fumando un cigarrillo.
Esta vez Manfred le echó un buen vistazo. El chaval no tendría más de dieciocho o diecinueve años. Su pelo era rubio e hirsuto y su tez lozana, como si no hubiese empezado a afeitarse aún. Mientras se aproximaba, Manfred se preguntó si el joven lo reconocería de la noche anterior. Si lo hizo, no dio señales de que así fuera. Ni buscó establecer contacto visual ni apartó la mirada. Tenía los ojos azules y los labios finos. A Manfred le produjo una extraña sensación de alivio que no tuviera pinta de ser uno de esos tarambanas que van picoteando de flor en flor.
Al pasar de largo, el joven dio una calada al pitillo. Lo sostenía de manera torpe, pinzado entre los dedos pulgar e índice. Lo de fumar era una mera pose. Manfred se figuró que sería igual de torpe en la cama, si es que había llegado tan lejos. Le agradó que Adèle no estuviera liándose con un Romeo de mucho mundo. Dejó el parque atrás y continuó hacia su apartamento. Entonces se detuvo y dio media vuelta. Más tarde, al recapacitar sobre ello, Manfred no podría explicarse qué fue lo que le llevó a hacerlo. No había sido algo que tuviera planeado, ni tampoco recordaría haber tomado una decisión. Fue un impulso del momento al que había sucumbido.
Al final del parquecito alejado de la acera, se levantaba un bloque de apartamentos. Manfred se dirigió subrepticiamente hacia el portal del edificio y se agachó detrás de unos arbustos. El joven estaba mirando en la dirección por la que tenía que aparecer Adèle. No había peligro de que viese a Manfred; además, aun cuando se diera la vuelta, estaba bien escondido. El chico se terminó el cigarrillo y consultó su reloj. Pasaron unos minutos. Manfred empezó a preguntarse qué hacía allí, pero sería absurdo marcharse a esas alturas, con el tiempo que llevaba esperando. Es más, si se iba, podría hacer algún ruido y descubrirse.
Adèle apareció caminando despacio por la acera. El joven levantó una mano a modo de saludo, y ella respondió haciendo otro tanto, aunque no aceleró el paso. Manfred sintió curiosidad por saber por qué él no la esperaba fuera del bar. Seguro que tenían algún motivo para desear que no los vieran juntos. A lo mejor sus progenitores no aprobaban la relación. Con todo, Manfred no se imaginaba a Adèle viviendo en casa de sus padres. Si hubiese tenido que aventurar una teoría, habría dicho que era huérfana o que se había escapado de casa. Algo en su carácter reservado le decía que la chica estaba sola en este mundo.
Se saludaron con un beso más apasionado que la noche anterior. Estuvieron así un rato. El joven llevó su mano derecha al trasero de Adèle. Ella lo agarró de la nuca y arqueó las caderas, clavando la ingle contra el muslo de él. Manfred notó que empezaba a excitarse. Cuando se separaron, el chico ofreció a Adèle un cigarrillo, que ella aceptó. Subieron a la motocicleta. Dibujaron una amplia curva en la calle y salieron zumbando, los brazos de Adèle estrechando la cintura del joven. Y eso fue todo. Para ver eso es para lo que se había demorado Manfred furtivamente. Se alejó a toda prisa, temiendo de repente que alguien pudiera haberlo visto espiando a la pareja. Pero era tarde y las calles de Saint-Louis estaban desiertas.
4
Manfred no alteró su elección habitual de los viernes, a saber: andouillette con salsa de mostaza y puré de patatas. Adèle no se había presentado a trabajar. Manfred sintió una punzada de decepción. Se dio cuenta de que había estado deseando verla. Pasteur se encontraba de un humor de perros porque la ausencia de Adèle le obligaba a servir las mesas. Tomaba las comandas con aire arisco, haciendo repiquetear su lápiz contra la libreta mientras aguardaba a que los comensales se decidieran. Manfred no preguntó por Adèle. Tampoco pidió que le rellenaran de agua su jarra vacía. El mal humor de Pasteur perturbaba el ambiente del restaurante. Los clientes nunca se demoraban más de lo necesario en la mesa una vez acabado el almuerzo, pero hoy comían más rápido de lo habitual. Aunque lo normal era tener que levantar la voz para hacerse oír por encima del estrépito de platos y el barullo de las animadas conversaciones, ahora se respiraba una atmósfera contenida. Manfred se comió su tarta de pera y pagó la cuenta a toda prisa. Ahora le sobraba un cuarto de hora antes de tener que regresar al banco. No se le ocurrió nada qué hacer para matar el tiempo, así que volvió a la sucursal de todos modos. Nadie hizo ningún comentario sobre el hecho de que regresara antes de lo habitual.
A la hora de la cena, Adèle seguía ausente. En el restaurante reinaba el silencio y Pasteur había vuelto a su puesto habitual al otro lado del mostrador. Parecía habérsele pasado el mal genio. Cuando iba por su segunda copa, Manfred le preguntó por Adèle. Se esforzó para que su tono de voz sonara casual.
Pasteur se encogió de hombros.
—No se ha presentado para el almuerzo y tampoco para la cena.
—¿Está enferma?
—Y yo qué sé, hombre —dijo Pasteur.
Manfred obvió su tono cortante.
—¿No ha llamado?
Pasteur levantó la vista del periódico con gesto impaciente. Había dicho cuanto deseaba decir sobre el asunto. Cuando Marie salió de la cocina, Manfred contempló la posibilidad de preguntarle a ella, pero cambió de idea. A la gente podría extrañarle este repentino interés suyo hacia la camarera. Si Pasteur no estaba preocupado, ¿por qué tenía que estarlo él? En efecto, ¿por qué le interesaba tanto? En todos los meses que Adèle llevaba trabajando en el restaurante, rara vez le había dedicado otro pensamiento que no fuera estrictamente lujurioso. Nunca se había parado a pensar dónde vivía, qué hacía en su tiempo libre y, menos aún, qué le rondaba por la cabeza.
Al rato, después de llevar a la mesa de Lemerre la última frasca de la velada, Marie se coló detrás del mostrador para pasar una bayeta por las superficies. Eso era tarea de Pasteur, pero estaba claro que el dueño pensaba que ya se había rebajado suficiente ese día.
—Un día muy ajetreado, ¿verdad, Marie? —dijo Manfred.
—Sí, monsieur Baumann, ha sido un día muy ajetreado —contestó ella antes de esfumarse en el interior de la cocina.
Manfred se tomó más tiempo del habitual en consumir su última copa de vino. Marie salió minutos después, pero no se entretuvo un rato junto a la barra. Preparó las mesas para el servicio del día siguiente antes de retirarse al apartamento de la planta de arriba. Manfred pagó la cuenta y después se marchó.
A eso de las tres de la tarde del día siguiente, Manfred estaba sentado a la mesa de su cocina leyendo una novela de detectives. Llamaron a la puerta. Se sobresaltó. Nadie lo visitaba jamás y cualquiera que deseara hacerlo tendría que usar el telefonillo del portal para acceder al edificio. Permaneció sentado muy tieso unos instantes. Probablemente fuera algún encuestador o algún evangelista al que otro vecino había dejado entrar. Manfred contuvo la respiración y aguzó el oído, esperando escuchar el sonido de unos pasos que se alejaban. Entonces se produjo una segunda llamada, más fuerte. Un golpeteo insistente e impaciente que sugería que la persona apostada al otro lado de la puerta sabía que él estaba dentro. Manfred echó la silla hacia atrás en silencio y recorrió el pasillo de puntillas. Se quedó escuchando un momento y, a continuación, pegó el ojo a la mirilla.
Un hombre con pelo canoso muy corto y rasgados ojos grises miraba directamente a la puerta. Manfred lo reconoció. Era policía. Cuando abrió la puerta, el tipo levantó su identificación, que seguramente llevaba ya de antes preparada en la mano.
—Inspector Gorski, policía de Saint-Louis.
—Sí —dijo Manfred.
Gorski era un hombre fornido de mediana estatura que debía de rondar los cuarenta y muchos. Vestía un traje gris marengo, una camisa azul marino y una corbata de color similar. Llevaba una gabardina ligera doblada sobre el brazo izquierdo. No dio señales de reconocer a Manfred, quien le tendió la mano y luego la dejó caer al costado. ¿A los policías se los saludaba con un apretón de manos?
—¿Podría hablar con usted un momento, monsieur Baumann?
No había que alarmarse por el hecho de que el detective conociera su nombre. Estaba inscrito en la pequeña placa plateada atornillada a la puerta.
—Por supuesto.
Se produjo una pausa. Manfred aguardó a que el policía añadiera algo más antes de caer en la cuenta de que estaba esperando a que lo invitaran a entrar. Se hizo a un lado. Gorski le dio las gracias y pasó al estrecho pasillo que conducía a la cocina. Gorski tuvo que pegarse a la pared para dejar pasar a Manfred antes de que este se viera forzado a hacer otro tanto para guiarlo hasta la cocina. Durante algunos años, Manfred había tenido contratada a una asistenta, pero nunca fue de su gusto que hubiera alguien más fisgoneando por el apartamento. Le incomodaba y, de todos modos, la mujer no tenía demasiado qué hacer porque él era un maniático de la limpieza. Fregaba los platos en cuanto terminaba de comer y era un firme defensor del orden. La vieja solía pasar la aspiradora por las habitaciones ya inmaculadas y se ocupaba de la colada y de planchar, tareas que Manfred detestaba. Pero le daba vergüenza imaginársela cambiando sus sábanas y lavando y doblando su ropa interior. Manfred se había sentido muy aliviado cuando la mujer murió (por nada del mundo habría sido capaz de despedirla) y en los cuatro años transcurridos desde entonces muy pocas personas habían puesto el pie en su apartamento. Manfred hacía ahora su colada los domingos por la tarde en el lavadero ubicado en el sótano del edificio. No era divertido, pero le ayudaba a ocupar un tiempo del fin de semana que, de otro modo, le hubiese costado rellenar.
Los dos hombres se quedaron de pie en la cocina mirándose cara a cara. Manfred tuvo la sensación de que el detective lo estaba escudriñando. Si apreciaba un atisbo de reconocimiento en sus ojos grises, podría atribuirlo con casi total probabilidad al hecho de que, en un pueblo como Saint-Louis, los caminos de sus habitantes se cruzaban muy a menudo. Es más, aunque por lo general se mantenía en la acera opuesta, Manfred pasaba por delante de la comisaría todos los días al ir y volver del Restaurant de la Cloche. Raro sería, de hecho, que el detective no lo hubiera visto nunca.
Manfred se sentía como en la escena de una película. Ahora el policía le diría: «¿Cómo es que no me ha preguntado de qué va todo esto?», y él quedaría al instante bajo sospecha. Pero Manfred había perdido su oportunidad. Dijera lo que dijese ahora sonaría rebuscado y poco natural. Obviamente, se olía el porqué de que Gorski se encontrara allí. En cierto sentido había estado esperando su visita. Tendría que haberse limitado a recibirle con un atento: «¿En qué puedo ayudarle?». O bien haberle dicho sin tapujos que daba por sentado que la visita del policía guardaba alguna relación con la camarera. Gorski no parecía haberse percatado del malestar de Manfred. Debía de estar acostumbrado a que la gente se comportase con torpeza en presencia de la policía. Es más, un comportamiento relajado podría sugerir que uno estaba habituado a tratar con las fuerzas del orden y que, por lo tanto, era una persona sospechosa.
Gorski dio unas palmaditas en el respaldo de la silla donde Manfred había estado hacía unos instantes.
—¿Le importa? —dijo mientras tomaba asiento sin esperar una respuesta.
Manfred preguntó si podía ofrecerle al detective una taza de café. Gorski declinó el ofrecimiento y Manfred se sentó en el lado opuesto de la mesa. Le hubiera gustado entretenerse con los preparativos del café. El policía no había hecho nada para que se sintiera cómodo. Cogió el libro que Manfred había estado leyendo momentos antes, lo examinó y esbozó una sonrisa culpable. Pensó en contarle que era muy versado en literatura más elevada, pero no lo hizo. Quizá aquel hombre solo leyera novelas de detectives, o nada en absoluto y le creyera un esnob. En cualquier caso, ¿qué tenía de malo pasar un sábado por la tarde con una novela corriente?
Gorski depositó de nuevo el libro sobre la mesa con cuidado.
—Esto no debería llevarnos mucho tiempo —dijo, aunque tampoco pareció que tuviese ninguna prisa.
Manfred cruzó las manos encima de la mesa tratando de disimular su inquietud. No le pareció que estuviese ofreciendo una buena impresión.
De repente, Gorski arrastró su silla hacia tras y se puso de pie. Esto hizo que Manfred sintiera al instante que estaban a punto de someterle a un interrogatorio, pero difícilmente iba ahora a levantarse de un salto para colocarse en una posición de igualdad con el policía.
—Investigo la desaparición de Adèle Bedeau —dijo Gorski.
—¿Desaparición? —repitió Manfred.
Le complació cómo le había salido, como si estuviera sorprendido de verdad, y llegó a la conclusión de que era mejor que no hubiese mencionado a Adèle antes de llegar a este punto. Que una chica no se presentara a trabajar, ni informara a sus jefes del motivo de su ausencia no tenía por qué significar que hubiera sucedido algo malo.
Gorski se encogió de hombros.
—Quizá la palabra «desaparición» sea demasiado fuerte. Hace un par de días andaba por aquí y ahora ya no. Nadie sabe dónde está. De modo que, a efectos prácticos, ha desaparecido.
Manfred asintió con la cabeza.
—Tengo entendido que conoce usted a mademoiselle Bedeau, ¿no es así?
—Sí —contestó Manfred. Habría sido una estupidez negarlo—. Es camarera en el restaurante donde almuerzo.
—¿Y su relación se limita a eso?
—Yo no me atrevería a llamarlo relación. Hasta ahora ni siquiera conocía su apellido.
Se sintió un poco más relajado. No daba la impresión de que Gorski fuera a presionarlo más de lo debido. El detective se sentó.
—Ella es camarera y usted un cliente. ¿Eso es todo?
—Sí.
—¿Nunca la ha visto fuera del restaurante?
—¿Se refiere en sentido social?
—En cualquier sentido.
Manfred negó con la cabeza muy despacio, como si recapacitase sobre el asunto.
Gorski no mostró indicios de que no le creyera.
—Mademoiselle Bedeau no ha sido vista desde que salió de trabajar el jueves por la noche. ¿No la ha visto usted desde entonces?
El jueves fue el día que había espiado a Adèle y al joven en el parquecito. Manfred no tenía ninguna gana de verse envuelto en una investigación policial, aunque tal vez lo que había visto tuviera relevancia. ¿Y si el joven de la motocicleta era sospechoso de la desaparición de Adèle? ¿Y si él era el único que los había visto juntos? Pero tan solo un momento antes le había dicho a Gorski que nunca había visto a Adèle fuera del restaurante. No era prudente contradecirse.
—No —respondió—. No la he visto.
Gorski asintió con cierta gravedad, como si esto fuera precisamente lo que esperaba que Manfred contestara. ¿Es que acaso estaba ya al tanto de que había visto a Adèle la noche en cuestión?
El detective se puso de pie abruptamente.
—No le entretengo más, monsieur. Gracias por dedicarme su tiempo.
Le tendió una tarjeta de visita a Manfred y le pidió que lo telefoneara si se le ocurría algo.
Tras acompañar a Gorski a la puerta, con el consiguiente trasiego embarazoso en el pasillo, Manfred regresó a su silla junto a la mesa de la cocina. Qué estupidez había sido mentir. El policía lo había desconcertado. No le habría costado contarle lo que había visto el jueves por la noche; haberle descrito al joven y la dirección que tomaron al marcharse. No le habría hecho falta mencionar el hecho de que se había quedado merodeando en la linde del parque. Ahora había ocultado información relevante para la investigación. Peor aún; cuando su omisión saliera a la luz, como era inevitable que sucediera, seguro que pasaba a estar bajo sospecha.
Poco después, Manfred iba sentado con la frente pegada a la ventanilla del tren con destino a Estrasburgo. Ya no había marcha atrás. A menos que llamase al número que aparecía en la tarjeta de Gorski y fingiese haber recordado de repente lo que había visto, no había forma de remediar la situación. Además, de verse de nuevo en la misma circunstancia, ¿no se comportaría de idéntica manera en cualquier caso? ¿Qué ventaja habría tenido divulgar lo que vio? Seguro que esto habría desencadenado una cascada de preguntas. Se vería involucrado en la investigación y a Manfred no le gustaba verse involucrado en nada. Y, después de todo, ¿dónde acababa la verdad? ¿Acaso tendría que haber confesado su ridículo enamoramiento hacia Adèle, un enamoramiento sustentado única y exclusivamente en el hecho de que la chica hubiese ocultado a su amigo la familiaridad entre ambos? ¿Tendría que haberle contado a Gorski cómo, de manera subrepticia, observaba a Adèle realizando sus tareas en el restaurante, deseando, igual que un colegial, alcanzar a verle el sujetador?
Antes de dirigirse a Chez Simone, Manfred se pasó por una enorme brasserie situada cerca de la estación. El camarero lo reconoció y lo saludó levantando el mentón. Manfred pidió una tortilla de setas con frites y media botella de vino, como siempre. Un grupo de estudiantes, tres chicos y dos chicas, ocupaba una mesa próxima a la suya, junto al ventanal, con las bufandas anudadas al cuello con mucho estilo. Manfred abrió su libro sobre la mesa, pero no se enfrascó en la lectura. Se dedicó a observar a los estudiantes con la imparcialidad de un antropólogo. Ellos permanecían totalmente ajenos a su presencia. Manfred no estaba lo suficientemente cerca para oír de qué hablaban, pero era obvio que los chicos competían por impresionar a sus acompañantes femeninas con observaciones ingeniosas o eruditas. En un momento dado, una tercera muchacha se unió al grupo, momento en el que se produjo el intercambio de una compleja ronda de apretones de manos y besos. La recién llegada era guapa a rabiar y ellos, sin el menor reparo, concentraron ahora toda su atención en ella. Manfred tuvo la sensación de estar presenciando un implacable ritual evolutivo.
Pagó la cuenta. Tuvo que pasar junto a la mesa de los estudiantes de camino a la puerta y, al hacerlo, ralentizó el paso e inhaló el olor de la recién llegada. Ninguno de ellos se molestó siquiera en levantar la vista hacia él.
Manfred siempre se tomaba un par de copas en el Simone antes de abordar el asunto que realmente lo traía al local. Cuando la mesa del rincón estaba libre, la ocupaba y se quedaba mirando a los demás clientes. El establecimiento solo se hallaba iluminado por las luces del aparador de botellas de detrás de la barra y por las velas colocadas en las mesas. Madame Simone se apostaba en un alto taburete al final del mostrador con una copa de vino y un cigarrillo consumiéndose de manera constante en su mano. El humo formaba lánguidos rizos delante de las luces de detrás del mostrador antes de dispersarse en el cargado ambiente. Rondaba los cincuenta y llevaba un vestido cruzado de color negro anudado bajo los pechos. Tenía una nariz prominente, una boca grande y roja y unos ojos brillantes de mirada penetrante cargados de rímel. Siempre recibía a Manfred con mucho afecto, le llamaba «cariño» y le besaba en las dos mejillas. Saludaba a todos sus clientes del mismo modo, pero a Manfred siempre le conmovía su bienvenida. Simone nunca servía copas. De eso se encargaban las chicas que estuvieran trabajando en el bar en ese momento. En sus visitas, Manfred jamás había visto a Simone darle un sorbo a su bebida. Era una pieza de atrezo para crear la ilusión de que uno no se encontraba en un establecimiento público, sino que era un invitado especial que compartía una copa con la anfitriona. De vez en cuando, Simone se reunía con algún grupo de hombres en su mesa y tenía la gentileza de pasar unos minutos con ellos, regalándoles su compañía.
Chez Simone se hallaba ubicado en un sótano de uno de los callejones laterales de rue des Lentilles. En el exterior no se exhibía ningún cartel. No era un prostíbulo; Manfred, al menos, no lo consideraba como tal. Era perfectamente aceptable entrar, tomarse una copa de vino (Simone no servía cerveza) y marcharse. Las chicas no le abordaban a uno y le pedían que las invitasen a copas, aunque esto podía organizarse con facilidad con solo cruzar una mera palabra o mirada con Simone. Cuando llegaba el momento, Manfred captaba la atención de la dueña con los ojos y ella le indicaba con un breve gesto de la cabeza que todo estaba dispuesto.
Cruzando la puerta situada a la derecha de la barra había tres habitaciones. Estaban amuebladas como auténticos dormitorios, completos con librerías y tocadores, todos ellos decorados con artículos femeninos. Al dirigirse a la parte de atrás, Simone comunicó a Manfred qué habitación debía usar. La chica era nueva, o por lo menos Manfred no la había visto antes. Era menuda y rubia, de unos dieciocho o diecinueve años, tal vez. Manfred estaba de pie, como siempre lo estaba cuando entraba la chica, dando la espalda a la pared del fondo. Saludó con una sonrisa sin separar los labios.
—Buenas noches, monsieur —lo saludó ella.
Tenía acento del Este de Europa. Manfred decidió que era húngara. Había leído en una ocasión que las chicas de Budapest eran las más guapas de Europa. Pero no le preguntó su nombre ni de dónde era. A pesar de los muchos años que Manfred llevaba visitando el Simone, la transacción seguía resultándole embarazosa. Ni siquiera con las chicas que veía con regularidad había dejado nunca de sentirse violento. Se preguntaba si se burlarían de él a sus espaldas o si le irían a madame Simone con algún pretexto para no atenderle.
—¿Madame Simone te ha…? —Manfred quería decir «puesto en antecedentes», pero dejó la pregunta a medias con la esperanza de que no fuese necesario completarla.
—Sí, monsieur, eso creo —dijo ella.
Era guapa y no parecía incomodarle la situación. Se dirigió hacia la cama, en el centro de la habitación, y se tumbó bocarriba sin desnudarse. Separó las piernas.
—Deja las piernas juntas —indicó Manfred. Las palabras sonaron un poco secas, cosa que lamentó, pero no le gustaba hablar más de lo necesario. Le mortificaba tener que dar instrucciones.
—Sí, monsieur —dijo ella.
—Coloca tus brazos a los costados.
La chica obedeció. Manfred procuró no pensar en que la de ahora era solo una de la serie de vejaciones que la muchacha tendría que soportar en el transcurso de la noche. Trepó encima de ella completamente vestido y empezó a restregarse contra su cuerpo, con las manos apoyadas sobre sus hombros en todo momento y la mirada clavada en sus ojos. Su rostro no revelaba ninguna emoción en particular, aburrimiento como mucho. Para alivio de Manfred, no fingió sentir placer como sí lo hacían algunas de las otras chicas. Los gemidos o las exhortaciones teatrales le arruinaban la experiencia, pero nunca reunía el coraje suficiente para pedirles que se callaran. Pasados unos minutos, la cosa había acabado, Manfred se separó de la chica rodando hacia un lado y se sentó en el borde de la cama, mirando a la pared. Sacó un billete de su cartera y se lo pasó a ella sin darse la vuelta. Era una propina, puesto que ya había pagado a Simone por sus servicios. Manfred no tenía ni idea de si su propina era generosa y menos aún de si los demás clientes dejaban propina. No quería pasar por tacaño, ni tampoco deseaba pasarse de espléndido y que pareciera que intentaba compensar a las chicas por la desagradable experiencia. En realidad, creía que, por raro que fuera su comportamiento, difícilmente podía constituir otra cosa que una fuente de dinero fácil para las chicas. De modo que dejaba de propina la misma cantidad que le pagaba a Simone por su media hora, una suma que, a su entender, se repartían Simone y la chica de turno a partes iguales. Jamás variaba la suma, ni siquiera cuando la chica le había irritado de alguna manera, ni si, por el contrario, tal y como había sucedido esta noche, el encuentro había resultado cuasi placentero. No le hubiese gustado que alguna de ellas llegara a pensar que él estaba menos satisfecho con sus servicios. Por encima de todo no quería que las chicas pensaran mal de él.
—Gracias —dijo tomando el billete.
—Gracias —le contestó también Manfred, mirándola por encima del hombro.
Ella interpretó el gesto como que la transacción había concluido y salió de la habitación. El episodio había durado poco más de diez minutos en total. Manfred se levantó, desabrochó sus pantalones y limpió su polución con un pañuelo que había traído consigo para dicho propósito. Luego se sentó en la cama durante unos minutos, respirando de manera lenta y acompasada.
Regresó al bar. Simone le preguntó si todo había salido a su gusto y satisfacción.
—Sí. Gracias —respondió Manfred, igual que todas las semanas.
Volvió a ocupar su sitio en el rincón y pidió una última copa de vino. Para él, estos eran sus momentos preferidos de la semana. Ahora, culminado el acto, se sentía muy relajado. La chica rubia salió de la parte de atrás del local. Divisó a Manfred en el rincón y le sonrió, como si lo sucedido entre ambos fuera del todo normal. La chica le gustaba. Había sido agradable con él. Media hora después, Manfred se marchó para coger el último tren a Saint-Louis.
5
Manfred había estado observando a su abuelo pelearse con la pipa para llenarla de tabaco durante nada menos que diez minutos. Las manos del anciano temblaban con violencia últimamente, pero Manfred sabía que cualquier ofrecimiento de ayuda sería rechazado con brusquedad. Estaban sentados en el patio que se abría al jardín, esperando a que los llamaran para el almuerzo dominical. Transcurridos unos pocos minutos más, Bertrand Paliard logró encender su pipa. Una expresión momentánea de satisfacción iluminó su rostro cuando le dio la primera calada, pero se vio ensombrecida al instante por un virulento acceso de tos. Su enfermera, hasta ese momento apostada junto a las puertas acristaladas, avanzó un par de pasos hacia él. Había una mascarilla de oxígeno a mano, pero ella se limitó a plantarse a su lado mientras él luchaba por respirar. Ella no aprobaba que él fumase. El tabaco despedía un cálido aroma a frutos secos, un olor que a Manfred siempre le hacía recordar los míseros años de su adolescencia.
Después de morir su madre, Manfred empezó a sentirse como un inquilino en el hogar de los Paliard. Durante la preadolescencia había crecido muy rápido. Estaba incómodo con su nueva estatura y con la atención no deseada que esta generaba. En consecuencia, había desarrollado una postura encorvada. Su abuelo le llamaba Nosferatu por la forma que tenía de moverse sigilosamente por la casa, siempre pegado a las paredes. En el colegio era discreto y reservado. Nadie se metía con él. En un par de ocasiones había demostrado ser capaz de defenderse él solo, así que, a pesar de su peculiar aspecto y raro carácter, los actos de acoso se reservaban para blancos más débiles. Era consciente, además, de que el fallecimiento de sus padres había levantado una especie de barrera a su alrededor. Esta lo convertía en un ser inaccesible tanto para los niños que querían burlarse de él como para aquellos que podrían haber deseado entablar cierta amistad, si acaso los había.
Manfred empezó a echar de menos tener compañía, un amigo con el que hablar sobre los atributos de las chicas del colegio, o con el que sentarse en su dormitorio hasta las tantas escuchando discos y charlando sobre sus escritores predilectos. Ese amigo lo invitaría a su casa y él se vería acogido por una familia de repuesto, en la que la madre cocinaba suculentos banquetes dominicales y el padre se llevaba los domingos a los chicos de pesca o de excursión. Existían candidatos en el colegio para entablar esa clase de amistad. Manfred podía detectar a otros chicos raros a cien metros de distancia por el modo en que permanecían en los márgenes de la muchedumbre, por la destreza con la que se desvanecían contra el telón de fondo. Pero él era incapaz de romper el silencioso entendimiento que compartía —o que creía compartir— con sus compañeros raritos.
En lo que a novias se refiere, no era por falta de pensamientos carnales por lo que Manfred no contemplaba la posibilidad de entablar siquiera una relación de amistad con una chica. Apenas era capaz de dirigirle una sola palabra a un miembro del sexo opuesto sin que en su rostro se cubriese de un rubor carmesí. De modo que eludía a las chicas por completo. No obstante, eran ellas quienes ocupaban buena parte de sus pensamientos conscientes. Las observaba subrepticiamente en el colegio y caminaba inadvertido algunos metros por detrás de ellas de camino a casa, oyendo sus risas, fijándose con minuciosidad en cómo vestían, admirando las suaves curvas de sus piernas bronceadas. Alimentaba sofisticadas fantasías sexuales, pero también soñaba despierto con la posibilidad de que lo presentaran a los padres de una chica. Entonces, se mostraría educado y respetuoso y estos lo considerarían un joven apuesto con un gran porvenir. Antes que ninguna otra cosa, Manfred anhelaba pasear de la mano por el bosque con una chica que lo llamase Mani, igual que lo había hecho su madre.
Antes de empezar el año del baccalauréat, durante las vacaciones de verano, Manfred estuvo más aislado que nunca. Durante el curso, por lo menos contaba con la ilusión de hallarse entre la gente, con una rutina que le obligaba a levantarse de la cama y a salir de la casa de sus abuelos. Manfred se pasaba días enteros en su habitación, con las contraventanas cerradas, tendido en la cama mirando al techo. A sus abuelos parecía importarles muy poco a qué dedicaba su tiempo. Leía con voracidad; devoraba a Camus y a Sartre y se regodeaba con los horrores de Sade. Cuanto más oscuro el texto, mayor era su disfrute. A veces escribía pasajes en un cuaderno, pero siempre acababa arrancando las hojas y destruyendo lo que había escrito, frustrado por lo trillado de sus esfuerzos. Si su abuela le sugería que la acompañase a Estrasburgo a pasar el día o le pedía que realizara alguna faena en el jardín, Manfred solía acceder, pero de tan mala gana que ella no tardó en darse por vencida, dejándolo a su aire. Las comidas en la casa se desarrollaban, por norma general, en silencio.
Manfred empezó a tomarse en serio el apodo que le había puesto su abuelo. Llegó a convencerse de que donde más a gusto se sentía era en la oscuridad. Merodeaba por la casa lo más silenciosamente posible, confinándose siempre en las frías sombras del viejo caserón, deleitándose con los sobresaltos de las criadas. Concebía fantasías en las que se colaba en los dormitorios de algunas chicas y les clavaba los colmillos en sus cuellos mientras dormían. Ellas despertaban sumidas en un ensueño erótico, adictas, como él, a una vida en las sombras.
El abuelo de Manfred tenía la mirada perdida en algún punto no demasiado lejano. Sus ojos azul claro estaban llorosos debido al ataque de tos. Parecía terriblemente apenado. Su pipa se había apagado. El jardín estaba invadido de malas hierbas. Quince años antes, cuando se jubiló, había despedido al jardinero, insistiendo en que podía hacerse cargo de la propiedad él solo, pero su mala salud se lo había imposibilitado. La hiedra había extendido sus tentáculos por el muro de ladrillo amarillo pálido de la parte de atrás del jardín. La puerta de madera que brindaba acceso al bosque era ahora inaccesible. La jamba estaba podrida y la pintura azul celeste se había descascarillado casi por completo dejando la madera expuesta a los elementos.
Manfred se ofreció a volver a encender la pipa de su abuelo; este, para su sorpresa, se la tendió. Manfred hizo caso omiso de la mirada asesina de la enfermera, la prendió y se la devolvió. Monsieur Paliard le dio las gracias con un seco ademán, pero no trasladó las palabras a sus labios. Manfred siempre había detestado al viejo, tanto como el viejo lo detestaba a él. Ahora daba la impresión de que se aferraba a la vida por puro rencor. Ni siquiera la pipa parecía proporcionarle placer alguno. Pero no había ninguna posibilidad de poner fin al ritual del almuerzo de los domingos. Eso habría disgustado a su abuela.
La criada se asomó a la puerta del patio y, para alivio de Manfred, anunció que iba a servirse ya la comida. Dejó que la enfermera maniobrara para meter a su abuelo y su equipo médico de respiración en el comedor. Manfred no había logrado acostumbrase a sentarse a aquella mesa y que le sirvieran las criadas. Su abuela se quejaba a todas horas de lo difícil que resultaba encontrar personal adecuado. La criada de turno era española. Madame Paliard se pasó la comida corrigiéndola y dirigiéndose a ella en un francés exageradamente infantil para, acto seguido, hacerle comentarios a Manfred sobre ella, como si la muchacha no estuviera presente. Manfred mantenía los ojos clavados en la comida que iban poniéndole delante mientras con una mano agarraba la copa con agua mineral. En realidad, se moría por una de vino, pero en el hogar de los Paliard nunca se servían bebidas alcohólicas a la hora del almuerzo. Bertrand desaprobaba su consumo durante el día, al igual que desaprobaba muchas otras cosas. A pesar de ello, madame Paliard estuvo parloteando alegremente durante todo el almuerzo. Manfred sospechaba que le daba a la botella en la cocina. Se esforzó al máximo por participar en la conversación, aunque solo fuera para evitar comer en silencio. Tan pronto como el servicio retiró los platos del postre, se disculpó y se marchó rápidamente.
Esa misma tarde, Manfred bajó con la bolsa de la ropa sucia al cuarto de la lavandería del sótano de su edificio. Alguien había dejado olvidada una blusa en una de las secadoras. La cogió y la desplegó ante sí. Era celeste y transparente. Entre sus dedos, el tejido tenía un agradable tacto granuloso. Se notaba que era una prenda cara. Podía percibir un olor a suavizante, de lavanda quizá; la clase de perfume por el que podría decantarse una mujer mayor. Manfred sintió unas ganas enormes de enterrar su cara en la prenda e inhalar aquel aroma, pero se resistió por temor a que la dueña pudiese regresar y sorprenderle en el acto. En su lugar, dobló la blusa con pulcritud y la depositó encima del electrodoméstico.
Manfred traspasó su ropa desde la lavadora y programó la secadora en el ciclo de temperatura más alta. Se sentó en la silla de madera que había junto a la puerta y abrió su libro, pero no podía concentrarse. Tal vez debiera subir a su apartamento a buscar una percha para la blusa. Quizá la dueña apreciase el gesto. Pero a Manfred no le gustaba dejar su ropa desatendida en el sótano. No es que pensara que alguien pudiera robársela, sino que le inquietaba que el ciclo pudiera terminar y que quizá otro vecino pudiera necesitar utilizar la máquina; a Manfred no le atraía la idea de que un extraño hurgase en su ropa. Esta era la razón por la que Manfred hacía la colada los domingos por la tarde, cuando el cuarto siempre permanecía desierto. Era de suponer que los otros residentes tenían mejores cosas que hacer los fines de semana y que se ocupaban de la colada en otros momentos reservados de manera más tradicional a realizar las pesadas faenas domésticas. Aun así, Manfred se cuidaba mucho de que su ropa interior estuviera siempre presentable, no fuera que tuviese que vaciar la lavadora o la secadora delante de otra persona.
Al final, desechó la idea de ir a buscar una percha. Tampoco es que hubiera dejado la blusa tirada de cualquier manera. Todo lo contrario. La había doblado con esmero y, si la dueña acudía a recuperarla mientras él se encontraba en su apartamento, no podría llevarse el mérito de este acto de amabilidad. Puede que la mujer incluso expresara su admiración por la destreza con la que había doblado la blusa. Manfred asomó la cabeza por el hueco de las escaleras que conducían al sótano. No venía nadie. Se levantó y dobló la blusa con más cuidado, alisándola delicadamente con las palmas de las manos. Luego volvió a tomar asiento y cogió el libro, la misma novela de detectives que estaba leyendo cuando Gorski llamó a su puerta.
El ciclo de secado llegó a su fin. Manfred retiró la ropa del interior de la máquina y empezó a doblar y a meter las prendas en el saco de la colada. En su apartamento no había sitio para tender la ropa y le desagradaba el aspecto desastrado que ofrecían las prendas colgando en los radiadores. Se preguntó si debía aguardar a que la mujer volviera a recuperar su blusa, pero quizá no la hubiese echado en falta todavía. Manfred decidió que se llevaría la blusa a su apartamento y dejaría una nota en la secadora avisando de que la tenía él. Le encantó el plan. Embutió en el saco las prendas que quedaban, sin doblarlas, colocó la blusa encima y, como no quería encontrarse con la mujer saliendo del ascensor, subió por las escaleras de servicio hasta su apartamento. Buscó papel y lápiz y se sentó a la mesa de la cocina a componer la nota. Tenía que conseguir que sonara informal. No había necesidad de entrar en grandes explicaciones. Al contrario, tenía que lograr transmitir que había tomado la decisión de llevarse la blusa a casa sin pensar, como si fuera lo más natural del mundo. Después de arrancar en falso dos o tres veces, se decidió por la redacción más neutral que se le ocurrió: «Blusa encontrada en secadora. Por favor contactar con apartamento 4º F». Luego la firmó: «Manfred Baumann».
Manfred bajó las escaleras de regreso al sótano. La luz del rellano estaba encendida. Oyó a alguien moviéndose dentro. Una mujer estaba inclinada sobre la secadora. Llevaba vaqueros, una desvaída camiseta azul y unas deportivas de bota. Su pelo era rubio tirando a amarillo y lo llevaba recogido en una coleta. No oyó acercarse a Manfred.
—Disculpa —dijo él en voz baja.
Ella pegó un brinco y se dio la vuelta.
—Lo siento —se disculpó Manfred—, no era mi intención asustarte.
—Pues ya lo has hecho —contestó la mujer.
Era delgada, rondando los cuarenta, año arriba año abajo. Tenía los pómulos marcados y la tez blanquecina. Sus ojos eran grises y los llevaba ligeramente delineados. Manfred no la había visto nunca. Ella volvió a concentrar su atención en las lavadoras, abriendo puertas y haciendo girar los tambores.
—¿Buscas tu blusa? —preguntó Manfred.
—Mi blusa, sí —respondió ella.
—La tengo yo —dijo Manfred—. Me la he encontrado en la secadora. —Le tendió la nota como para corroborar su historia—. No he querido dejarla aquí abajo por si se la llevaba alguien. Me ha parecido una prenda cara.
La mujer lo miró con desconfianza y luego leyó la nota.
—Gracias —dijo con un tono completamente desprovisto de agradecimiento.
Manfred se quedó parado un momento, sin saber qué decir.
—¿Quieres que vaya a buscarla?
Deseó que la mujer le dijese que lo acompañaría. Algo en ella le resultaba atractivo.
—Eso estaría bien —dijo la mujer—, gracias. —Sonrió—. Lo siento, ha sido muy amable de tu parte… —Miró la nota, antes de añadir—: Manfred.
El corazón de Manfred palpitaba con fuerza en su pecho.
—¿Prefieres acompañarme, quizá? —Levantó el pulgar señalando hacia el hueco de las escaleras.
La mujer se encogió de hombros y le siguió. Manfred se dijo a sí mismo «di algo, por banal que sea». Si no decía algo ya, el viaje hasta su apartamento transcurriría en doloroso silencio.
—¿Llevas mucho tiempo viviendo aquí? —preguntó.
—¿Cómo dices? —respondió la mujer. Iba algunos escalones por detrás de él, y el eco de sus pasos retumbaba en el hueco de las escaleras.
—¿Hace mucho tiempo que vives en el edificio? —repitió Manfred—. No te había visto nunca.
Llegaron a la puerta metálica situada al final de las escaleras del sótano. Manfred la mantuvo abierta y la mujer la franqueó. Ella llamó al ascensor y la puerta se abrió de inmediato. Entraron y Manfred pulsó el botón de la cuarta planta. El espacio era pequeño y la mujer iba al lado de Manfred. Sus hombros casi se tocaban. El ascensor se puso en marcha con una ruidosa sacudida. Ella olía al mismo perfume que había detectado en la blusa. No era lavanda, era algo menos floral y más rudimentario.
—Te decía que no te había visto antes —dijo Manfred. Mantenía la mirada clavada en los números de encima de la puerta.
—Llevo aquí unos meses —aclaró la mujer—. Desde febrero.
—Ya veo —dijo Manfred.
Había dicho una estupidez. «Ya veo.» ¿Qué se suponía que significaba eso? Sonaba como si la estuviera interrogando, como si tuviera la intención de servirse de esa información para, en un futuro, pillarla en un renuncio. Cuando el ascensor llegó a la cuarta planta, Manfred salió primero para que ella no tuviera que contorsionarse para pasar junto a él. Avanzaron por el corredor en silencio.
—Ya estamos —anunció él, cuando estuvieron delante de la puerta.
—Cuarto F —dijo la mujer alzando la nota que todavía sostenía en la mano.
—¿Quieres pasar?
Ella entró en el pasillo y esperó mientras Manfred se dirigía a la cocina para coger la blusa. Regresó y se la tendió.
—La has doblado. Gracias —dijo la mujer. Parecía sorprendida y no poco complacida.
—Te la habría planchado de haber tenido tiempo de hacerlo —contestó Manfred.
Lo miró con una sonrisa bondadosa, puede que como a un niño que se ha portado bien. Era bastante guapa.
—Gracias de nuevo —dijo ella y se dio la vuelta para marcharse.
Manfred tomó aire ruidosamente.
—¿Te apetece un café? —preguntó—. ¿O una taza de té?
No sabía por qué había añadido lo del té. Manfred no bebía ni tenía té en el apartamento. La mujer frunció los labios y se lo quedó mirando un momento, como si lo estuviese evaluando.
—Mejor no —dijo—. Puede que en otro momento.
—Por supuesto —convino también él. La mujer salió al corredor.
Manfred cerró la puerta con delicadeza cuando ella se hubo alejado y exhaló lentamente. Sintió que se había desenvuelto bien. Entró en la cocina y empezó a clasificar las prendas. En apariencia, la mujer sí que había considerado la posibilidad de aceptar su invitación. «Mejor no.» Esas palabras sugerían que le hubiese gustado aceptar, pero que no podía hacerlo. A lo mejor estaba casada y le había parecido inapropiado aceptar su invitación, ya que estarían embarcándose en algo ilícito. O quizá solo había querido decir que no tenía tiempo. En cualquier caso, no se había negado en redondo. Había dado a entender, de manera innegable, que no dependía de ella y que, en otras circunstancias, habría aceptado. Y entonces, como si con eso no hubiesen quedado las cosas suficientemente claras, había añadido: «Puede que en otro momento». Manfred no había detectado ninguna nota de sarcasmo en su voz. Costaba imaginar cómo podría llegar a materializarse ese «otro momento», desde luego, pero aun así el encuentro lo había dejado eufórico. Tendría que haberle preguntado su nombre. Y debería comprar té.
Manfred sacó la tabla del armario de la cocina, enchufó la plancha y se sentó en la mesa a esperar que estuviera caliente.
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