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MUJERES LETALES
Obras maestras de las reinas del terror
Edición de Graeme Davis

Traducción de Pablo Ingberg

Que el árbol no tapa el bosque, nos recuerda el legendario dicho. En el tema que nos reúne, la extraordinaria antología de cuentos de terror Mujeres letales, el árbol en cuestión es Frankenstein, la novela de Mary Shelley; el bosque otros relatos de Shelley y de algunas de sus contemporáneas más ilustres y de otras casi desconocidas. Frankenstein parecía ser la excepción, y sin embargo era un índice de lo que otras mujeres estaban escribiendo. Aunque la ficción gótica y de terror es un género literario identificado casi exclusivamente con los hombres, desde prácticamente su nacimiento las escritoras lo hicieron suyo: ensancharon las fronteras del miedo y la premura, se internaron en sueños perturbadores y en fatales profecías; en la profunda noche de la fantasía.
Graeme Davis realizó una cuidadosa excavación literaria para sacar a luz cuentos exquisitos y olvidados. Hay autoras célebres, como Harriet Beecher Stowe, Louisa May Alcott o Edith Wharton, y hay otras que merecen serlo y sin duda lo serán. Los veintiséis relatos que componen este volumen, publicados entre 1830 y 1906, son una muestra evidente de una práctica fecunda, a la que se ha prestado poca atención. Mujeres letales es un tesoro que merece descubierto y un acto de justicia literaria.
Shelley, Mary
Mujeres letales : obras maestras de las reinas del terror / Mary Shelley... [et al.] ; editado por Graeme Davis. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-628-605-3
1. Narrativa Argentina. I. Título
CDD A863
Título original: More Deadly Than the Male: Masterpieces from the Queens of Horror.
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Edición en formato digital: abril de 2021
© de la introducción y compilación Graeme Davis, 2019
© de la traducción Pablo Ingberg, 2020
© de la presente edición Edhasa, 2021
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ISBN 978-987-628-605-3
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Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Dedicatoria
Introducción, por Graeme Davis
La transformación. Mary Wollstonecraft Shelley, 1830
La dama oscura. Señora de S. C. Hall, 1850
La casa solariega Morton. Elizabeth Gaskell, 1853
Un cuento de fantasmas. Ada Trevanion, 1858
Relato de un ingeniero. Amelia B. Edwards, 1866
Perdidos en una pirámide o la maldición de la momia. Louisa May Alcott, 1869
El cuento de fantasmas de Tom Toothacre. Harriet Beecher Stowe, 1869
El fantasma de Kentucky. Elizabeth Stuart Phelps, 1869
En la abadía de Crighton. Mary Elizabeth Braddon, 1871
El destino de madame Cabanel. Eliza Lynn Linton, 1873
Hombre prevenido vale por dos. Señora de J. H. Riddell, 1874
El retrato. Margaret Oliphant, 1885
El santuario de la muerte. Lady Dilke, 1886
El cuco de Beckside. Alice Rea, 1886
La puerta oculta. Vernon Lee, 1887
Inexplicado. Mary Louisa Molesworth, 1888
En libertad. Mary Cholmondely, 1890
La cueva de los ecos. Helena Blavatsky, 1892
El empapelado amarillo. Charlotte Perkins Gilman, 1892
La misa por los muertos. Edith Nesbit, 1893
El fantasma de Tyburn. Condesa de Munster, 1896
La duquesa orante. Edith Wharton, 1900
El terreno blando. Mary E. Wilkins-Freeman, 1903
Una historia nada científica. Louise J. Strong, 1903
Un alma insatisfecha. Annie Trumbull Slosson, 1904
El reajuste. Mary Austin, 1908
Agradecimientos
Acerca del autor
Dedicado a mi esposa, mi amor y mi mejor amiga, Jamie Paige Davis, que me demuestra todos los días que las mujeres son extraordinarias. Te amo
INTRODUCCIÓN
por Graeme Davis
En los siglos XVII y XVIII, los llamados “manuales de conducta” aconsejaban a los progenitores –en especial a los padres– acerca de cómo educar a su prole –especialmente a las hijas– en los modales de la cortesía refinada. En esos manuales, y en otras partes, se dedicaban ríos de tinta a la influencia corruptora de la novela popular. Las novelas –en realidad, todas las formas de narrativa popular– agitaban presuntamente las emociones hasta extremos insalubres, instilando falsas expectativas de vida y falsos valores en el lector, y el exceso de lecturas sensacionalistas era un paso seguro en el camino a la ruina.
Y sin embargo, las mujeres no sólo leían narrativa gótica y sensacionalista en general: también la escribían. Clara Reeve –hija de un clérigo, nada menos– publicó una novela gótica titulada The Champion of Virtue (El paladín de la virtud, luego retitulada The Old English Baron, El anciano barón inglés) en 1777, a imitación de la obra seminal de Hugh Walpole, The Castle of Otranto (El castillo de Otranto). La novela de Ann Radcliffe A Sicilian Romance (Un romance siciliano), en dos volúmenes, presentaba al “héroe byroniano” taciturno, modelado a partir del escandaloso poeta: ese arquetipo es el ancestro directo de Edward Cullen y Christian Grey. Radcliffe siguió adelante creando la clásica The Mysteries of Udolfo (Los misterios de Udolfo), en cuatro volúmenes, y se dice que su obra inspiró a escritores posteriores, desde Fédor Dostoievski hasta Edgar Allan Poe y el Marqués de Sade. Su padre era un respetable mercero londinense que se mudó para instalar en la elegante Bath una tienda de porcelana.
Para los lectores de hoy, sin embargo, un nombre se ubica por encima de todos: el de Mary Wollstonecraft Shelley, la autora de Frankenstein. Aunque se plantó sobre los hombros de Reeve, Radcliffe y otras pioneras, su obra es la primera que alcanzó auténtica inmortalidad. Sin duda no la perjudicó el hecho de que la narración se concibiera durante una tormenta como parte de un concurso narrativo en el que estaban implicados su marido el poeta romántico –Percy Bysshe Shelley–, Lord Byron y el médico de Byron, John Polidori, cuya participación se convirtió en la primera novela de vampiros que haya existido.
Si la idea de que las mujeres leyeran novelas ponía incómodos a los hombres, entonces el pensamiento de que las mujeres escribieran novelas resultaba más insoportable todavía. Muchas escritoras, como las hermanas Brontë, decidieron publicar con seudónimo masculino –Currier, Ellis y Acton Bell en sus casos–, mientras que otras utilizaban sus iniciales, tal como hizo dos siglos más tarde J. K. Rowling. Otras, sin embargo, se negaron a inclinarse ante la presión social y publicaron audazmente con su propio nombre.
No obstante, según el escritor y periodista británico Hepzibah Anderson, fue sólo en la década de 1970 que los especialistas y la crítica empezaron a apreciar la manera en que el género de un autor afectaba la narrativa de terror que escribía. En “El empapelado amarillo”, de Charlotte Perkins Gilman, por ejemplo, Anderson ve la depresión puerperal de la autora elevada a niveles casi psicóticos por la reclusión restrictiva, paternalista, que sufrió. En otras partes hay indicios de resentimientos conyugales transformados en sangrientos relatos de asesinato y fantasmas vengativos al acecho de los responsables de esos crímenes, grandes y pequeños, que eran parte integrante de la existencia de una mujer en aquellos tiempos, y muchos de los cuales siguen siendo perturbadoramente comunes y corrientes hoy.
No todas las narraciones de terror escritas por mujeres contienen esos subtextos, por supuesto, y no todos los fantasmas femeninos son vengadores liberados de la muerte por las restricciones de la sociedad. Es tan odioso y paternalista definir a esas escritoras tan sólo por su género como sería definirlas sobre la base de la raza, la clase o cualquier otro factor. Sin embargo, está claro que muchas escritoras se destacan en la escritura de una forma más reflexiva y psicológica de relato de terror, con poco o nada de lo cruento y lo sádico que se puede encontrar en la obra de algunos autores varones. Violet Paget (que escribió con el seudónimo Vernon Lee) utilizaba lo sobrenatural con un toque tan ligero que no siempre es fácil distinguir sus relatos de terror de sus comentarios sociales.
Otras escritoras abrazaban lo sobrenatural con ambas manos. Mary Shelley podía manejar el terror sobrenatural con tanta destreza como la ciencia ficción de Frankenstein. En “El cuco de Beckside”, Alice Rea da vida espeluznante a un elemento común del folclore inglés, mientras que Helena Blavatsky, más conocida como fundadora de la espiritista Sociedad Teosófica, cuenta un perdurable relato de fantasmas en “La cueva de los ecos”.
Más interesantes tal vez sean, sin embargo, las inesperadas narraciones de autoras que se hicieron tan famosas por su obra de otros géneros que sus incursiones en el género del terror están prácticamente olvidadas. Sin duda a Louisa May Alcott y a Harriet Beecher Stowe no se las recuerda por sus narraciones de terror, mientras que sólo las personas expertas recuerdan a Edith Nesbit por cualquier otra cosa que por The Railway Children (Los niños del ferrocarril). La gran novela de Edith Wharton La edad de la inocencia le hizo ganar el Premio Pulitzer y fue nominada tres veces al Premio Nobel de Literatura, aunque sus cuentos de terror sólo son conocidos por relativamente pocas personas.
Wharton no está sola. Muchas de las autoras incluidas en esta colección escribieron obras de una amplia gama de géneros, y ahí, tal vez, está el mayor contraste con sus homólogos masculinos. Escritores como Poe, Lovecraft y M. R. James tendían a mantenerse dentro del género, alimentando con asiduidad al público que les otorgaba fama y fortuna; por otro lado, muchas de las damas cuya obra honra estas páginas escribían lo que les complaciera, cruzando fronteras y mezclando géneros según cada narración lo requiriese. Si se negaban a que las encerraran las ideas sociales sobre el refinamiento femenino, eran renuentes por igual a aceptar las restricciones literarias de género y mercado. Simplemente escribían narraciones tremendamente buenas.
LA TRANSFORMACIÓN
Mary Wollstonecraft Shelley 1830


Hija de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft y del filósofo político, novelista y protoanarquista William Godwin, Mary es más conocida como autora de Frankenstein y como la esposa del poeta romántico Percy Bysshe Shelley, amigo de Lord Byron. Es difícil imaginar una formación y una carrera más alejada de los ideales del refinamiento femenino.
Mary no conoció a su madre, que murió menos de un mes después de que ella naciera. Tuvo una relación muy tensa con la segunda esposa del padre, una vecina de nombre Mary Jane Clairmont, con quien él se casó cuatro años más tarde, pero recibió una educación bien amplia y nada convencional basada en las teorías políticas del padre.
Las obras de Godwin publicadas, que fomentaban la justicia y atacaban a las instituciones políticas, le hicieron ganar muchos admiradores, y entre ellos estaba el poeta Shelley. Él estaba casado cuando Mary lo conoció en 1814, pero empezaron un amorío, que derivó en que Mary quedó embarazada y la pareja se enfrentó con el ostracismo y la pobreza.
En 1816, Mary y Shelley viajaron célebremente a Italia con Byron y el médico personal de este, John Polidori. Fue durante ese viaje que nació la idea de Frankenstein. Se casaron más adelante ese año, después del suicidio de la primera esposa de Shelley.
Mary fue una escritora prolífica. Además de Frankenstein, escribió la narración posapocalíptica The Last Man (El último hombre, 1826), la novela histórica The Fortunes of Perkin Warbeck (Las fortunas de Perkin Warbeck, 1830) y otras varias novelas, así como cuentos, crónicas de viajes y reseñas. Temas góticos y raros caracterizaron buena parte de su narrativa breve: en “La transformación”, Shelley anticipa The Tale of the Body Thief (El ladrón de cuerpos) de Anne Rice con un cuento de un joven disoluto que merced a un engaño intercambia cuerpo con una criatura deforme y blasfema. El cuento está lleno de elementos góticos de manual: decadencia, pobreza, rebeldía y virtud en peligro.

Y al instante se retorció mi cuerpo
con un dolor de intensidad,
que me obligó a empezar con mi relato
y así me puso en libertad.
Desde entonces, a una hora incierta,
viene de nuevo ese dolor;
y hasta que cuente mi relato horrendo
me quema dentro el corazón.
S. T. Coleridge,
La balada del anciano marinero
He oído decir que, cuando le ha ocurrido a un ser humano alguna aventura extraña, sobrenatural y nigromántica, ese ser, por más deseoso que esté de ocultarlo, en ciertos períodos se siente hecho pedazos como por un terremoto intelectual y se ve obligado a desnudar las más íntimas profundidades de su espíritu ante otro. Soy testigo de la verdad de esto. Me he jurado encarecidamente no revelar jamás a oídos humanos los horrores a los cuales una vez, en un exceso de orgullo diabólico, me entregué. El hombre santo que oyó mi confesión, y me reconcilió con la Iglesia, está muerto. Nadie sabe que una vez…
¿Por qué no habría de ser así? ¿Por qué contar un cuento de impía tentación de la Providencia y humillación sojuzgadora del alma? ¿Por qué?, ¡contéstenme, ustedes que son sabios en los secretos de la naturaleza humana! Yo sólo sé que es así; y a pesar de una fuerte determinación, de un orgullo que me domina demasiado, de la vergüenza, y del miedo incluso, de volverme así odioso a mi especie, debo hablar.
¡Génova!, ¡mi lugar natal, ciudad orgullosa!, con vistas al azul Mediterráneo, ¿te acuerdas de mí en la niñez, cuando tus acantilados y promontorios, tu cielo luminoso y tus alegres viñedos eran mi mundo? ¡Tiempo feliz!, cuando para el joven corazón el universo estrechamente acotado, que deja, con su mismísima limitación, a la imaginación en libertad de alcance, encadena nuestras energías físicas y, único período de nuestras vidas, inocencia y goce van unidos. Con todo, ¿quién puede mirar en retrospectiva la infancia y no recordar de ella los pesares y los miedos angustiosos? Yo nací con el espíritu más imperioso, altanero, indomable. Sólo frente a mi padre me acobardaba; y él, generoso y noble, pero caprichoso y tiránico, a la vez fomentaba y refrenaba la salvaje impetuosidad de mi carácter, haciendo necesaria la obediencia, pero sin inspirar ningún respeto por los motivos que guiaban sus órdenes. Ser un hombre, libre, independiente; o, en mejores palabras, insolente y dominante, era la esperanza y la plegaria de mi corazón rebelde.
Mi padre tenía un único amigo, un rico noble genovés, que en un tumulto político resultó sentenciado de repente al destierro y a la confiscación de sus bienes. El marqués de Torella se fue al exilio en soledad. Al igual que mi padre, era viudo: tenía una única hija, la casi infante Julieta, que quedó bajo la tutela de mi padre. Yo sin duda habría sido poco amable con la encantadora chica, de no haber sido porque por mi posición me vi obligado a convertirme en su protector. Una diversidad de incidentes infantiles tendieron todos a un único punto: a hacer que Julieta viera en mí una roca defensiva; y yo en ella, a alguien que debía perecer por la suave sensibilidad de su naturaleza tan groseramente visitada, de no haber sido por mi cuidado tutelar. Crecimos juntos. La rosa que se abre en mayo no era más fragante que esta querida chica. Una irradiación de belleza se expandía por su cara. Su silueta, su andar, su voz: mi corazón llora incluso ahora, al pensar en todo lo que había de confiable, dulce, amoroso y puro contenido en ella. Cuando yo tenía once años de edad y Julieta ocho, un primo mío, mucho mayor que los dos –a nosotros nos parecía un hombre–, le prestó demasiada atención a mi compañera de juegos; la llamó su novia y le pidió que se casara con él. Ella se negó y él insistió, atrayéndola hacia sí sin que estuviera muy dispuesta. Con el semblante y las emociones de un maníaco, me lancé sobre él, procuré desenvainar su espada, lo aferré del cuello con la feroz resolución de estrangularlo: se vio forzado a pedir ayuda para separarse de mí. Esa noche llevé a Julieta a la capilla de nuestra casa: la hice tocar las reliquias sagradas; atormenté su corazón infantil y profané sus labios infantiles con un juramento: que sería mía y sólo mía.
Bueno, aquellos días pasaron. Torella volvió a los pocos años y se hizo más rico y más próspero que nunca. Cuando yo tenía diecisiete años, murió mi padre; había sido magnánimo hasta la prodigalidad; Torella se alegró de que mi minoría de edad brindara una oportunidad para reparar mi fortuna. Julieta y yo nos habíamos comprometido junto al lecho de muerte de mi padre: Torella iba a ser un segundo padre para mí.
Yo deseaba ver el mundo y se me concedió. Fui a Florencia, a Roma, a Nápoles; de allí pasé a Tolón y a la larga llegué a lo que había sido largo tiempo la meta de mis anhelos, París. Había una actividad feroz en París por entonces. El pobre rey, Carlos VI, ya cuerdo, ya loco, ya monarca, ya un esclavo abyecto, era la mismísima mofa de la humanidad. La reina, el delfín, el duque de Borgoña, alternativamente amigos y enemigos –ya reuniéndose en pródigos festines, ya derramando sangre en la rivalidad–, eran ciegos al mísero estado de su país y a los peligros que se cernían sobre él y se entregaban por completo al goce disoluto o a la lucha salvaje. Mi carácter aún me seguía. Yo era arrogante y testarudo; adoraba la exhibición y, por encima de todo, me libraba de todo control. Mis amigos jóvenes estaban ansiosos por alentar pasiones que les suministraran placeres. Se me consideraba buen mozo, era dueño de toda habilidad caballeresca. No estaba relacionado con ningún partido político. Me volví el preferido de todos: mi presunción y mi arrogancia se perdonaban en alguien tan joven: me convertí en una criatura consentida. ¿Quién podía controlarme? No las cartas y consejos de Torella; sólo la fuerte necesidad cuando me visitaba en la aborrecida forma de una bolsa vacía. Pero había medios para rellenar ese vacío. Acre tras acre, propiedad tras propiedad, yo iba vendiendo. Mi ropa, mis joyas, mis caballos y sus jaeces no tenían casi rival en la preciosa París, mientras las tierras de mi herencia pasaban a posesión de otros.
El duque de Orleans cayó emboscado y asesinado por el duque de Borgoña. El miedo y el terror tomaron posesión de toda París. El delfín y la reina se encerraron; se suspendió todo placer. Me fui cansando de ese estado de cosas y mi corazón añoraba mis lugares predilectos de la infancia. Era casi un mendigo, aunque aún podía ir allí, reclamar a mi novia y reconstruir mi fortuna. Unos pocos emprendimientos de riesgo como comerciante me harían rico de nuevo. No obstante, no iba a regresar de manera humilde. Mi último acto fue disponer de mi propiedad restante próxima a Albaro1 por la mitad de su valor, a cambio de dinero en efectivo. Entonces despaché toda clase de artesanos, tapices, muebles de regio esplendor, para equipar la última reliquia de mi herencia, mi palacio genovés. Me demoré un poco más, sin embargo, avergonzado por el papel de hijo pródigo en su regreso que, me temía, debería representar. Envié mis caballos. Una jaca española inigualable le despaché a mi novia prometida: en todas partes hice entrelazar las iniciales de Julieta y su Guido. Mi regalo halló favor a ojos de ella y del padre.
Con todo, regresar como un derrochador declarado, blanco del asombro impertinente, quizá del desprecio, y enfrentar uno por uno los reproches o las pullas de mis conciudadanos, no era una perspectiva seductora. A manera de escudo entre la censura y mi persona, invité a algunos de los más temerarios de entre mis camaradas a que me acompañaran: de ese modo fui armado contra el mundo, escondiendo un sentimiento irritante, mitad miedo y mitad penitencia, mediante la bravuconería.
Llegué a Génova. Pisé la vereda de mi palacio ancestral. Mi paso orgulloso no era en absoluto intérprete de mi corazón, pues en el fondo sentía que, aunque me rodearan todos los lujos, yo era un mendigo. El primer paso que fuera a dar para reclamar a Julieta debía declararme ampliamente como tal. Leí desdén o lástima en las expresiones de todos. Me figuré que ricos y pobres, jóvenes y viejos, todos me miraban con escarnio. Torella no se me acercaba. No era de extrañar que mi segundo padre esperase primero de mi parte la deferencia de un hijo en visitarlo. Pero, molesto y aguijoneado como estaba por la sensación de mis locuras y mi demérito, me esforcé por echarles la culpa a otros. Celebrábamos orgías nocturnas en el Palazzo Carega. A noches insomnes, desenfrenadas, seguían mañanas apáticas, abúlicas. A la hora del Ave María, mostrábamos nuestras finas personas en las calles, mofándonos de los ciudadanos sobrios, lanzando miradas insolentes a las mujeres timoratas. Julieta no estaba entre ellas, no, no; si hubiera estado allí, la vergüenza me habría ahuyentado, si no es que el amor me hubiera llevado a los pies de ella.
Me fui cansando de eso. De repente le hice una visita al marqués. Estaba en su villa, una de las muchas que engalanan el suburbio de San Pietro d’Arena. Era el mes de mayo, las flores de los árboles frutales se esfumaban entre el follaje espeso, verde; las parras estaban brotando; el suelo estaba cubierto de hojas de olivo caídas; la luciérnaga estaba en el seto de mirto; el cielo y la tierra exhibían un manto de belleza sin par. Torella me dio una bienvenida amable, aunque seria; y aun esa sombra de disgusto muy pronto se borró. Alguna semejanza con mi padre, alguna expresión y tono de ingenuidad juvenil, ablandó el corazón del buen viejo. Envió en busca de la hija; me presentó a ella como su prometido. La estancia se santificó con una luz sagrada cuando ella entró. El suyo era un aspecto angelical, esos grandes ojos suaves, esas mejillas repletas de hoyuelos y esa boca de dulzura infantil, que expresan la rara unión de felicidad y amor. Primero me poseyó la admiración; ¡es mía! fue la segunda emoción orgullosa, y mis labios se curvaron de altivo triunfo. Yo no había sido el enfant gâté 2 de las bellezas de Francia para no haber aprendido el arte de agradar el blando corazón de una mujer. Si con los hombres era dominante, la deferencia que mostraba con ellas era, por contraste, mayor. Comencé mi cortejo con el despliegue de mil galanterías a Julieta, que, juramentada conmigo desde la infancia, nunca había admitido la devoción de otros; y que, aunque estaba acostumbrada a las expresiones de admiración, no estaba iniciada en el lenguaje de los enamorados.
Durante algunos días todo anduvo bien. Torella no aludió nunca a mi extravagancia; me trataba como a un hijo preferido. Pero llegó el momento, mientras discutíamos los prolegómenos de mi unión con su hija, en que esa cara bella de las cosas habría de nublarse. Se había redactado un contrato en vida de mi padre. Yo lo había invalidado, de hecho, al haber despilfarrado el total de las riquezas que debíamos compartir Julieta y yo. Torella, en consecuencia, optó por considerar cancelado ese vínculo y propuso otro, en el cual, aunque la riqueza que él concedía aumentaba inconmensurablemente, había tantas restricciones en cuanto al modo de gastarla, que yo, que sólo veía la independencia en que se diera curso libre a mi propia voluntad imperiosa, me mofé de él porque sacaba ventaja de mi situación y me negué terminantemente a suscribir sus condiciones. El viejo se esforzó con suavidad por llamarme a la razón. El orgullo provocado se convirtió en el tirano de mis pensamientos: escuché con indignación; lo rechacé con desdén.
–¡Julieta, tú eres mía! ¿No intercambiamos juramentos en nuestra inocente niñez? ¿Y no somos uno a los ojos de Dios? ¿Y va a separarmos el desalmado insensible de tu padre? Sé generosa, amor mío, sé justa; no quites un regalo, el último tesoro de tu Guido; no te retractes de tu juramento; desafiemos al mundo y, despreciando los cálculos de la edad, encontremos en nuestro mutuo afecto un refugio para todos los males.
Diabólico debo de haber sido con semejante sofistería para intentar envenenar ese santuario de pensamiento sagrado y tierno amor. Julieta se retrajo de mí asustada. Su padre era el mejor y el más amable de los hombres, y ella se esforzó por mostrame que, obedeciéndole, todo lo siguiente sería bueno. Él recibiría mi demorada sumisión con cálido afecto y un generoso perdón seguiría a mi arrepentimiento: palabras infructuosas para que use una hija dulce y joven con un hombre acostumbrado a convertir su voluntad en ley, ¡y que sentía en su propio corazón a un déspota tan terrible y riguroso que no podía rendir obediencia a nada salvo a sus propios deseos imperiosos! Mi resentimiento creció con la resistencia; mis salvajes compañeros estaban listos para agregar combustible a la llama. Trazamos un plan para llevarnos a Julieta por la fuerza. Al principio pareció coronado con el éxito. A mitad de camino, a nuestro regreso, nos tomaron desprevenidos el padre angustiado y sus sirvientes. Se produjo un conflicto. Antes que llegara la guardia de la ciudad para decidir la victoria en favor de nuestros antagonistas, dos de los servidores de Torella recibieron heridas de peligro.
Esa parte de mi historia me pesa sobremanera. Como soy un hombre cambiado, me aborrezco en el recuerdo. Ojalá nadie que oiga este cuento se haya sentido así jamás. Un caballo enfurecido por un jinete armado de espuelas punzantes no era más esclavo que yo de la violenta tiranía de mi temperamento. Un diablo poseía mi alma, irritándola hasta la locura. Sentí la voz de la conciencia en mi interior; pero si me rendí a ella por un breve intervalo, fue sólo para ser arrancado un momento después, como por un remolino, transportado en el torrente de la rabia desesperada, juguete de las tormentas engendradas por el orgullo. Me llevaron preso y, a instancias de Torella, me dejaron en libertad. De nuevo regresé para llevarme por la fuerza tanto a él como a la hija a Francia, desventurado país que entonces, asolado por saqueadores y pandillas de soldadesca ilegal, ofrecía agradecido refugio a un criminal como yo. Nuestra conjura fue descubierta. Me sentenciaron al destierro; y, como mis deudas eran ya enormes, mis bienes remanentes fueron puestos en manos de comisionados para pagarlas. Torella de nuevo ofreció su mediación, exigiendo sólo mi promesa de no renovar mis tentativas abortadas con respecto a él y a su hija. Desdeñé sus ofertas y me figuré que triunfaba cuando me echaron de Génova, exiliado solitario sin un centavo. Mis compañeros se habían ido: los habían despachado de la ciudad unas semanas antes y ya estaban en Francia. Me encontraba solo: sin amigos, sin una espada en el flanco ni un ducado en la bolsa.
Vagué a lo largo de la costa, con un torbellino de pasión poseyendo y desgarrando mi alma. Era como si un carbón al rojo vivo estuviera quemándome el pecho. Al principio medité qué hacer. Me uniría a una pandilla de saqueadores. ¡Venganza!, la palabra me parecía un bálsamo; la abracé, la acaricié, hasta que, como una serpiente, me picó. Entonces de nuevo abjuraría de Génova y la despreciaría, ese pequeño rincón del mundo. Regresaría a París, donde pululaban tantos de mis amigos; donde mis servicios serían aceptados con entusiasmo; donde me abriría camino con mi espada y haría que mi insignificante ciudad natal y el falso de Torella lamentaran el día en que me expulsaron, como a un nuevo Coriolano, de sus murallas. ¿Regresaría a París, así, a pie, como un mendigo, y me presentaría en mi pobreza ante las personas a quienes antes había invitado con suntuosidad? En ese mero pensamiento había hiel.
La realidad de las cosas empezó a amanecer en mi mente, trayendo en su séquito la desesperación. Durante varios meses había estado preso: los males de mi calabozo habían azotado mi alma hasta la locura, pero habían sojuzgado mi estructura corporal. Estaba endeble y lánguido. Torella había usado mil artificios para suministrarme comodidad; yo los había detectado y despreciado todos, y recogí la cosecha de mi obstinación. ¿Qué había que hacer? ¿Debía agacharme frente a mi enemigo y demandar perdón? ¡Antes morir diez mil muertes! ¡Jamás obtendrían esa victoria! ¡Odio, juré odio eterno! ¿Odio de quién? ¿A quién? ¡De un marginado errante a un noble poderoso! Mis sentimientos y yo no éramos nada para ellos: ya se habían olvidado de alguien tan indigno. ¡Y Julieta! Su cara de ángel y su figura de sílfide destellaban entre las nubes de mi desesperación con vana belleza; porque la había perdido, ¡a ella, gloria y flor del mundo! ¡Otro va a llamarla suya! ¡Esa sonrisa del paraíso va a bendecir a otro!