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Gualicho La chancha que tenés adentro
Gael Policano Rossi

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El gualicho estaba en una caja de madera: adentro había una copa rota llena de sangre, pétalos de rosas y un huevo tipo de codorniz envuelto en gasas. Estaba en la puerta del 5to C, arriba de la alfombra que decía “Bienvenido”. Estuvo todo el día en el pasillo hasta que Daniel se despertó, a la tarde, y abrió la puerta, lo miró con curiosidad y lo entró.
Lo puso arriba de la mesa y lo revisó. La caja no tenía nada escrito, ni remitente ni nada parecido. No le dio importancia y la tiró a la basura.
Al rato se despertó Manolo y se saludaron. Daniel se hacía la paja con un video de Jayden Jaymes. Estaba en cuero y con un bóxer agujereado, sentado en el living del departamento. Se tironeaba la pija mientras se fumaba un pucho. Jayden Jaymes lo miraba a los ojos y abría la boca, colgaban dos pechugas, calientes y gigantes. Las tetotas se bamboleaban mientras ella se arrodillaba para mamarle la pija. Daniel al palo se la frotaba. Manolo en sunga ponía agua para mate.
—¿Y eso? –pregunta desde la cocina, mirando el tacho.
—Una gonzo de Jayden Jaymes.
—No. En el tacho.
—Ah. Una gilada que estaba en la puerta.
—Parece una macumba, bolú.
—Sí, ¿viste? –Daniel se pajeaba.
—No la quiero en mi casa.
—Bue…
Jayden Jaymes miraba a Daniel a los ojos. Ella abría la boca y una verga negra pegajosa se arrimaba. Le tiró un besito. Jayden abrió más la boca. La punta de la verga, al re palo, bien venosa, se acercaba muy despacio a sus labios. Jayden le mostraba los dientes, se sonreía y se humedecía la boca. La vergota, bien cerca, rozó por un segundo la lengua, y Daniel acabó.
Con la palma cerrada se olió la guasca. Un ardor en la pija envolvía el glande. Era la segunda de la tarde.
Manolo entró al living y dejó la pava y el mate arriba de la mesa. Miró la compu, con cara de dormido. Había trabajado turno noche, había dormido mal y eran las cuatro y media.
Daniel tenía el pecho y la nuca sudados. Estaba reclinado del todo en la silla que se había robado de la oficina.
—¿Querés ver algo?
—No. Nada.
Le pasó el mate y Daniel con la mano enguascada lo recibió. Un poco de la guasca mocosa le tocó los dedos a Manolo, que se la sacudió, salpicando el piso.
—Sos un asco, hijo de puta —se rio, fastidiado.
Daniel se quemó la boca y le devolvió el mate sin tomarlo. Sonó el teléfono.
—No lo agarrés con esa mano, hijo de puta.
—Hola, má —dijo, atendiendo.
La madre de Daniel estaba agitada y parecía ir corriendo por la calle. Le había depositado plata en su cuenta bancaria y necesitaba que la retirase antes de que se le debitaran las tarjetas. Le preguntó qué necesita, qué estaba haciendo y cuándo podían verse. Daniel contestó sin ganas.
—Buen, un beso, chau, te quiero –le dijo, colgando el tubo con la mano limpia. Se refregó la mano pegajosa en el bóxer y se metió en el baño.
La ducha tiraba agua fría, con mucha presión. El agua golpeaba el pecho lampiño de Daniel. Un río de jabón bajaba por sus tetillas hasta su pubis. Agarró una tijera algo oxidada y empezó a recortarse los pelitos. Hizo la tarea con cuidado hasta recortarlos por completo.
Se enjuagó los sobacos y el pecho con jabón en gel. Hizo fuerza en las axilas hasta no sentirse más el chivo. Se limpió el pecho y las costillas. Un texto largo y en alemán escrito en tinta negra (ahora enverdecida) tatuaba su flanco derecho. Daniel empezó a lavarse las patas. Las canillas fuertes y firmes estaban un poco embarradas.
Daniel se frotó en los músculos peluditos de las piernas. La mugre no salía. Se pasó la esponja limpiándose el barro del partido de anoche. El agua salía negra.
Se enjabonó la cabeza rapada y se cepilló con las yemas de los dedos el cuero cabelludo. Dejó correr un poco de agua fría sobre la espalda. El calor de la ciudad lo estaba matando, el verano no se aguantaba más, y recién estaba empezando.
Agarró una toalla con olor a humedad y se tiró en su colchón de una plaza a secarse con la ventana abierta. Una montañita de ropa sucia le sirvió de almohada.
Manolo, vestido con su traje azul, agarró las llaves. “Vuelvo re tarde”, le dijo y Daniel escuchó cerrarse la puerta. Sin ganas de levantarse ni de llamar a la oficina se pajeó en la cama. Un poco de cansancio se apoderó de él y se quedó completamente dormido.
En el tacho de basura, el huevo adentro de la caja de madera eclosionó. Cabeceando y dando sus primeros movimientos, una culebrilla morada con manchas amarillas rompió el cascarón. Contorsionándose un poco, la culebrilla se deslizó por el tacho. Olfateó la cocina. Se deslizó por la bolsa cuesta abajo y salió a la superficie. Arrastrándose se movió por el piso de la cocina, por el parqué del living. Olfateando todo. La culebrilla llegó hasta la puerta del cuarto. Zigzagueó y se movió a oscuras por el cuarto y alcanzó el colchón en el piso. Sin esfuerzo se trepó haciendo círculos y olió la punta del dedo gordo de la pierna derecha de Daniel.
La culebrilla tendría unos siete centímetros de largo. Cuando le cruzó por las gambas Daniel no la sintió. La culebrilla se metió entre sus muslos y olfateó su perineo. Entre sueños Daniel sintió una molestia, una cosquilla. Se dio vuelta. Los cachetitos de su cola quedaron boca arriba. La culebrilla cruzó la raja de su culo raudamente y metió su cabeza hasta estrellarse contra el ano.
Al principio a la cabeza le costó entrar, pero la piel cedió despacio a la presión y la culebrilla se metió en el orto de Daniel hasta que la punta del cascabel se perdió adentro por completo.
2
Daniel estaba en la oficina, no había venido nadie. En enero solo trabajan los giles. Empezó por revisar las cuentas de correo de su jefe, de la editora y de la diseñadora y nadie había hecho nada. No iba a ser el pelotudo que se pusiera a laburar por todos lo demás. En la ofi no había nadie. Pensó en robarse otra silla para su casa.
En Palermo las oficinas sin ventanas tienen un aire acondicionado en una punta y un ventilador en la otra y los del medio se cagan de calor. La peruana limpiaba los boxes sin ganas. El gil de contaduría estaba almorzando, Daniel estaba solo y cagado de calor. Un hilo de chivo le bajaba por la musculosa y los jeans negros le estaban cocinando las bolas. Se pasó a la computadora de Claudia, la diseñadora: porque era una iMac y porque estaba abajo del aire.
Empezó a chusmear la compu. Entró a los documentos y se encontró con unas fotos del verano. Claudia en un hostel. Claudia con dos amigas. Claudia en la playa. Claudia de noche. Claudia con mojitos y con amigas. Todas con fecha de hoy. Miró el wifi y miró el iPhoto y Daniel se dio cuenta de que era el carrete actualizado del iPhone de Claudia. Su iPhone y la iMac del laburo estaban vinculadas. Estaba viendo las fotos sincronizadas de todos los dispositivos de Claudia: foto que se sacaba, foto que se actualizaba en la compu que Daniel tenía en frente. La tenía casi en vivo.
Dio actualizar y dos fotos más aparecieron. Fecha de hoy, de hacía 30 minutos. Esperó un rato. Dio actualizar otra vez y aparecieron dos fotos más. En HD el iPhone 4C (verde) de Claudia había sacado unas fotitos nuevas.
Claudia tenía 26 años y la piel blanca como la leche, el pelo rojo como el cobre y los ojos verdes como el mar. Estaba muy buena y no le tiraba onda a Daniel porque tenía novio, pero ganas había. Se acordó de un asado del laburo que habían hecho en Olivos. Claudia le había hecho un bailecito sensual después de cinco birras y se había hecho la amiga sentándose en su regazo. Cuando la mina la sintió dura se asustó y arrugó. Se la tenía jurada.
Daniel agarró el celu y le mandó un WhatsApp: “estás aburrida?”. Carita de guiño, picarona. A las minitas les gustan los emoji. Al rato contestó que no y le preguntó cosas de la oficina. Le mandó “me gusta ese shorcito verde” y ella le mandó un signo de pregunta.
Abrió la última foto: Claudia se había hecho una autofoto en un probador de ropa con un shorcito verde. Era tan cortito que se le escapaban las nalguitas, por abajo, bien blancas. No había tomado tanto sol. Dos tiritas de la bikini amarilla sostenían sus modestas tetitas.
“Mandame foto de la playita que me aburro” le puso Daniel. Claudia le clavó el visto y no contestó. No quiere picar, pensó. Siguió chusmeando las carpetas. Claudia con su amiga gorda en la playa. Claudia con su amiga gorda y con su amiga flaca haciendo un meneadito. Claudia haciendo una selfie. Claudia de cuerpo entero: cintura de avispa, los labios en trompita y el ortito bien en primer plano.
Actualizó el iPhoto y estaba Claudia en un espejo agarrándose el pelo y mostrándole la pancita. Esa había salido medio borrosa. Después otra foto más, un poco más nítida pero oscura. Al rato otra con la luz prendida. Estaba probando poses para mandarle. Daniel las veía sin que ella se las mande. Al rato se actualizó otra. Ella sin bikini cubriéndose los pechos y bien de perfil mostrándole la curva de su espalda bien arqueada, con la cola bien salida para afuera. Qué lindo culito, se relamió. Se tanteó la pija. Estaba fría.
“Alguna puedo ver?” insistió Daniel por WhatsApp, haciéndose el que no sabía lo que ella estaba haciendo. Claudia le mandó la de la luz prendida: ella, frente al espejo en remerita. La sin bikini se la está guardando para dentro de un rato, pensó. Daniel abrió la foto en grande en su BlackBerry y con la otra mano se desabotonó el jean. “Me gusta así pero me gusta más sarpada también” tipeó. Pero no se animó a mandarlo.
“Me gusta” mandó, “más” mandó después. Daniel se mandó la mano a las bolas y se las empezó a sobar. Tenía las pelotas calientes y chivadas, la pija muy fría. Se bajó los pantalones hasta las rodillas y apuntó con su celu a sus bóxers. De erección, nada.
Claudia le mandó otra. Esta vez, atrevida y directa: era la foto sin bikini. Su antebrazo cubría y aplastaba sus tetitas, tenía cara de perra y la boca abierta en ‘o’, de frente en el espejo del cuarto. Lo acompañó con “jiji”, como para moderar el tono, para seguir atorranta pero medio no hacerse cargo.
Daniel se pasó la lengua por la boca con ganas de pasarle la lengua por la panza, subir hasta los pechos, lamerle la unión de las tetas y comérselas en dos tarascones. Estaba al palo pero la pija seguía fría.
“Me encanta porque me das lo que me gusta” le escribió como para entusiasmarla. Ella le mandó el emoji del besito. Daniel quería que se le pare pero la verga estaba helada. Probó sacarse una foto igual, de la entrepierna, aunque sea para mostrarle algo, pero sin erección no tenía sentido, no estaba pasando nada. Miró algún elemento del escritorio para meterse y que pareciera parada. Probó con un fibrón pero no parecía.
Claudia le mandó un “Y?”. Él no tenía nada para mandar. Buscó alguna foto vieja en sus mails, algunas se había sacado en una pileta hacía mucho. Había una en un balcón del verano pasado, pero no las encontraba. No estaban en ningún mail de trampa, las había borrado en su momento, cuando se puso de novio.
“No quiero problemas con Cata” le mandó a los pocos minutos Claudia. Daniel no tenía nada para mandarle.
Abrió una página porno. Tipeó “Jayden Jaymes”. Tipeó “Jenna Jameson”. Tipeó “california black guy blonde bitch”. Buscó, puso y adelantó hasta la parte caliente de un video que le encantaba: dos rubias platinadas echadas en la alfombra de una mansión con cuatro negros tipo patovicas. Ellas hacen petes profesionales y académicos. Petes perfectos, buenas mamadas de pijas bien hinchadas, gordas y negras, pero nada.
Claudia aparecía como desconectada ahora. Daniel se tironeaba la pija pero estaba helada, dormida y chiquita. Nada. “Te voy a comer toda” le mandó. Pero nada. Ni el visto le clavó.
Siguió mirando la porno y no se le paró. Antes se clavaba cuatro pajas al hilo en el laburo, con ese video de 32 minutos le alcanzaba para llenar una botella de leche, pero ahora nada. Un calorcito tipo molestia le bajó por el bajo vientre. Una fiebrecita por detrás de la verga hasta su culo empezó a subir temperatura.
La pija seguía helada pero Daniel estaba muy caliente. La culebrilla que llevaba adentro se retorcía de hambre y de ganas.
3
Hay una calle bien angosta, por el barrio de Once, que a la tarde tiene la penumbra perfecta y el lumpenaje adecuado para que la oferta de prostitución pueda trabajar sin complicaciones.
Sin llegar a la plaza, entre dos calles cortadas, hay algunos edificios sin ventanas y veredas angostas donde los tacheros, colectiveros, obreros de provincia y policías de la federal pueden pasar por turnos breves a conocer mujeres que después no vuelven a ver.
Daniel cruzó la avenida y se metió por las callejuelas camino a su casa. Se bajó antes del colectivo porque estaba mareado y aturdido, el calor lo tenía ahogado y la calentura se le había convertido en un dolor de huevos.
Con cincuenta pesos se puede hacer algo, pensó. Una doña lo chistó pero no se dio vuelta.
En verano los aguantaderos se vuelven insoportables. Las chicas sacan reposeras a la vereda, toman sol toda la tarde y algunas hacen topless mientras toman tereré.
Marilyn tenía unas bucaneras de cuero negras que le habían traído de Brasil, con taco largo, fino y cubierto de látex: rajaba la tierra. Un top de red rojo le cubría el piercing de su pancita y se trepaba hasta sus pechos. Fiona, de 25 años, meneaba su cola de caballo mientras caminaba con un pie delante de otro, desde una punta hasta la otra de la cuadra. Eva, morena y con dos pechugas bien turgentes, tenía una cartera sobre llena de estupefacientes y forritos: su minifalda era un escándalo. Ese orto despampanante le doblaba el cuello a más de uno: orgullosa lo pavoneaba.
Daniel pasó por la puerta de dos lugares que creía recordar y recibió piropitos, saluditos y ofertitas. Un chico de 1.90 no pasaba desapercibido entre tantas lobas. De las puertas de los aguantaderos salía un vaho inenarrable. Las madamas ventilaban el mormazo abriendo puertas y ventanas y ofreciendo la carne calenturienta al aire libre. Combatían el calor con abanicos y seducían mariposeando las pestañas, esperando que sea carnaval y con baldazos y bombuchas alguien las refresque un poco. Daniel no tenía bombuchas pero las pelotas le estallaban de leche y contra algo había que reventarlas.
Elizabeth estaba abajo de un álamo; entre los árboles y los edificios aparecía detrás suyo la luna sobre el cielo celeste. Cuando lo vio se descruzó de piernas y le cerró el paso. Daniel, atontado por el calor, vio la mujer que quería ver y hablándole de cerca al oído le preguntó dos o tres cosas. Hace mucho estás acá, tenés ganas de hacer algo, a dónde se puede ir.
Las chicas de la cuadra saben que los hombres hablan bajito por los nervios, tipo los actores cuando son amateurs. Para ahorrarles rápido la vergüenza que los invade, se muestran prontas a resolver la ubicación, las condiciones y lo necesario para llevar adelante el encuentro: hay que abrir una puerta de madera, pesada y algo podrida de un “hotel familiar”, y sin subir la escalera de mármol, en el pasillo, ahí mismo, podían hacer lo que el hombre necesitaba hacer.
Elizabeth no fue directo al grano porque si algo disfrutaba era enseñar su cuerpo. Daniel temblaba nervioso, mareado y con la vista nublada. Se echó de espaldas contra la pared en el estrecho pasillo y la miraba. Elizabeth, contra la pared opuesta, abrió sus piernas y se reclinó dándole la espalda. La raya colorada de una tanga calada expuso sobresaliente sus glúteos: infartante. Subía por la lumbar una cadenita de plata que cruzaba su espalda, delgada, finísina, hasta el cuello: una correa de plata para que la saquen a pasear. Una perra. Flor de perra. Daniel soltó un resoplido aliviado: eso es un orto, la puta madre que lo parió.
Abiertas y bien separadas, las dos gambas tenían medias oscuras, muy suaves al tacto. Daniel recorrió sus piernas largas con la punta de los dedos. El perfume de un jazmín le acarició la nariz. Con sus dedos largos subió hasta la tela tensa de la tanga colorada que le cubría el ano, y subió más surcándole toda la raya hasta la cintura. La agarró con las manos y la acercó hasta su pelvis pero ella se resistió. Usando esas manos la envolvió hasta sentir sus pechos: duros, durísimos, dos repollos bien calientes. Con la yema de los dedos hizo circulitos sobre sus pezones: el corpiño de cuerina negro los dejaba traspasar, puntiagudos, paraditos.
Daniel pasó las manos por su cuello y su clavícula. Elizabeth se relajó y movió a un lado su trenza rubia, sintió el calor y la humedad de esas palmas recorrerle la cervical. Cediendo despacio reclinó su cola, ahora sí, contra su entrepierna. Se frotaron, respirando hondo por la nariz, pero la erección no se sentía.
Se la quería mandar adentro a toda costa y con una mano se desabotonó los jean negros y con la otra la agarró del cuello. Con movimientos suaves y sin dejarse llevar, Elizabeth se reclinó sobre sus tacos altos y enfrentó el pubis de Daniel. El pubis estaba sudado y caliente. Lo ayudó maternalmente a bajar el jean hasta la entrepierna e inspeccionó la zona: o no estaba erecta o era un micropene.
Descubrió con delicadeza la verga de Daniel bajando el bóxer de tela: estaba fría, achicharrada, tipo un acordeón cuando no va a sonar. Lo tomó de las hinchadas pelotas con la palma de la mano y la acercó a su boca. El labial pegajoso recorrió el miembro; la boca, húmeda y golosa, lo hizo entrar hasta pasada la lengua pero estaba fría. Lo masajeó con su lengua dando movimiento circulares, para reanimarla, pero la verga no respondía. Dio cinco o seis vueltas con su lengua por la pija pero seguía igual. Daniel, mareado y con la cabeza caliente, tenso y nervioso, no entendía. El cansancio, el sueño o lo que sea que le estaba pasando no lo dejaba comprender por qué no andaba la herramienta, qué carajo estaba pasando que no se paraba ni cómo iba a poder cogerse tremendo pedazo de culo.
Le hizo mimitos en el pelo y en la frente y Elizabeth seguía empujando con su maxilar para adentro y para afuera. La pija estaba blanda, retraída completamente. Le mandó una mirada fulminante desde abajo, inquisidora, sin entender. Elizabeth se lamentó que un muchacho tan bonito tuviera problemas de este tipo, pero la disfunción eréctil no era una novedad en su trabajo.
Confundido y sin entender qué le pasaba, Daniel la miró con un gesto espontáneo, entre asustado e impotente, tipo “en serio no sé qué le pasa que no se sube”. Elizabeth se puso de pie. Él sintió que tenía que besar a esa mujer y le besó la boca. Estiró su cuello largo y le enchufó un beso de esos que te mastican la cara. Hermoso.
Daniel tanteó su bolsillo y le ofreció los cincuenta pesos que tenía. Elizabeth los miró, en el pasillo, sin nada de luz, casi no se veían.
—Qué te puedo cobrar –le dijo con su voz aflautada.
—Disculpá.
—No tomes frula.
—No tomé.
—Hacete ver.
—Aunque sea dejame tu celu… –le dijo, tímido. Elizabeth le regaló media sonrisa.
—Llamame cuando reviva.
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