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Félix Giménez Noble

Los resurrectores

PRIMERA EDICIÓN


Agradecimientos

Una fría noche de invierno, hace ya años, en el Golf Club, Marina Mosenkis puso a descansar su saxo hasta la siguiente entrada y dejó enfriar su sandwich tostado. Por teléfono, había prometido confiarme los pormenores de esa intimidad única que tiene con la boquilla de su Conn Selmer. Comenzó la lección diciéndome: “Es como echar fuego por la boca”.

Mi novela nacía.

Un tiempo después, cuando llegó lo del accidente, Laura Pugnali me consiguió el informe de la Junta de Investigaciones.

Cuando los personajes agotaron sus andadas y Los resurrectores encontró su punto final, Martín Cabrales la llevó a Planeta, editorial que, por esos tiempos, no publicaba narrativa.

Ediciones Biebel, deferente para conmigo, aceptó publicarla.

A todos ellos, muchas gracias.

El autor

PREFACIO

Esta novela no es fácil de catalogar. Es cierto que su contenido se arraiga en el género fantástico; pero el desarrollo de la acción produce, al leerla, la ansiedad típica de la narrativa de misterio. La conjunción de ambos efectos, el suceder imposible y la incertidumbre, ponen a prueba la entereza del lector. Para continuarla, deberá confiar incondicionalmente en las pistas que, aunque sutiles, el autor no omite sembrar sin pausa a lo largo de todo el relato.

Otra peculiaridad reside en la manera de contar la sucesión de acciones realizadas por los personajes. La narración es, en efecto, consignada desde dos puntos de vista; en realidad, dos mundos. Cada capítulo delimita un ocasionamiento empeñado por desafiar la percepción de la realidad. En el anverso de Andrómeda, la lógica formal asoma en fragmentos de conversaciones que mantienen los responsables de haber puesto en marcha, sin saberlo, los extrañísimos sucesos de la montaña. Tal el contrapunto entre los iniciados en la ceremonia invernal, y la banalidad de un jet-set citadino fastidiado por el asombro.

El relato incluye algo que podría considerarse innovador, en el caso de que se lo perciba. Los roles protagónicos no se limitan a la conducta –muchas veces enigmáticas–, de los personajes (Sibila, Krebs, Mervin, Penelóp, Eva y demás). Circunstancias como accidente, símbolos, como tren y sucedáneos (medios de elevación, telesillas o remontes para esquiadores) y terrores atávicos como la caída (como hecho real y hasta metafórico; la caída en desgracia), insisten en interceptar al argumento como emisarios de un destino aciago, tal vez para que el lector, al igual que los personajes, en ningún momento se descuide.

Así es como Giménez Noble propone una curiosa convivencia entre ciertos seres atravesados por el dolor y condenados a la fatalidad, y un universo de banalidades formales colonizado por aquella clase social de avezados navegantes de lo superficial en la vida.

Por eso, también el epílogo de esta novela acaece en una clave infrecuente. Sobre todo, porque es en ese sincicio de intereses creados que el lector atisbó apenas, y tras bambalinas, entre capítulo y capítulo, esa voz que lava las emociones y que es capaz de trasuntar indiferencia, donde más allá de la suerte de la montaña y sus veladores, se produce la redención más inesperada.

La de un personaje tan angélico como tangencial, que, aunque cabrón por apellido, se transforma en vencedor del dolor, la miseria y la ignorancia.

Margueritte Sepúlveda

Rouffiac-Tolosan, 2021

Velar se debe la vida

De tal suerte,

Que viva quede en la muerte

Jorge Manrique

Coplas a la muerte de mi padre

Primera parte

capítulo 1

ANDRÓMEDA

Are you lonesome, tonight

Do tou miss me, tonight…

Elvis Presley1

Le podía pasar algo.

En ningún momento lo había pensado. Ni cuando cubrió los primeros kilómetros, ni al comenzar la etapa de la cordillera. Trepar las montañas le era familiar. A ella, las cosas de la altura se le habían hecho propias; hielo y precipicio, los caminos de cornisa. Cuando tenía tres años, sus primeras tablas la liberaron de la gravedad; cayó en la cuenta de que podía volar. Estaba en el Jardín de Nieve del Cerro, y esta vez no fue muy lejos. Pero al descubrir la pendiente, supo que crecería entre la velocidad y el abismo. Es precisamente la necesidad de ese estado de borde lo que iba a impedir que tuviera una vida de esas que parecen normales.

Ahora, mientras anochece y el camino desenrolla el último recodo, una sombra oscura le ha saltado encima y está hincándole los dientes. Le podía pasar algo. No un percance, o un accidente en la carretera. Es otra cosa. Se ha instalado entre el corazón y los pulmones y no la deja respirar. Apunada. Los dos mil doscientos metros sobre el nivel del mar. Tenía que ser eso.

Pero no se lo creyó.

Le podía pasar algo. Eso era exactamente lo que sentía. Pensó en la oscuridad, en el silencio. Es la soledad. Sin embargo, estar sola nunca le había afectado. Cada decisión se asume en soledad. Lo supo de niña, al irse de la casa, y también cuando el martes último acordó con Silberstein que velaría por Andrómeda. Entre ambos acontecimientos, pasaron años en los que Sibila tomó muchas decisiones. Pero no se dio cuenta de que a la soledad sólo la disuelve el amor; si no, se acumula como la nieve. Luego inventa atajos para cobrar ventaja. Hasta que un día cualquiera –en que te has levantado de buen humor–, llegás esperanzada adonde el camino pega la vuelta, y allí está, esperándote cual acreedor fastidiado de que se burlen de él.

Desde los bordes del agujero, una tierra negra se desmoronaba hacia el pozo sin fondo. Cubrirlo era imposible.

Hizo avanzar la camioneta por el terraplén. La grava crujió bajo las cubiertas. Al girar, las luces de los faros habían barrido la tiniebla, desenterrando las edificaciones principales de El Valle: los hoteles, el apart, la proveeduría y el centro comercial. El dormitorio de los empleados no estaba a la vista.

Cuando se bajó, el frío de la Cordillera le pegó en el pecho. Nada que ver con el paisaje que vendían las agencias de turismo. En los posters, Andrómeda era un cuento de Navidad; la magia de la nieve. Pero al final del milenio la nieve se había agotado, y el valle no parecía otra cosa que un cráter en la luna. Techos acanalados, feas estructuras de metal; todo plantado entre guijarros. Por supuesto que ningún árbol. Por supuesto que una oscuridad maldita.

Por supuesto que nadie.

Sibila dio dos pasos hacia el borde. Más inquietud. Más sola que Neil Amstrong, pensó. No se lo había imaginado así. Las luces del auto demarcaban una breve zona. El más allá –en cambio–, no tenía límite ni referencias. Faltante sin aviso, una línea que dividiera el cielo de la tierra, en el caso de que Andrómeda tuviera cielo. Se le había pasado por alto preguntárselo a Silberstein la única noche que lo vio. Desde el penúltimo piso de Le Parc estás tan cerca de las estrellas, que das por descontado que brillan para todo el mundo. En la espléndida velada, Andrómeda había sido apenas una palabra. En realidad, era una tumba.

Era importante inspirarles confianza (siempre Sibila-que-necesita- trabajar). Cuidaría de Andrómeda, aun sin saber lo que era. Lo demás la tenía sin cuidado: le ofrecían la oportunidad perfecta para volver a convertirse en una piedra. Aunque fuera para conservar el estilo. ¿Habría –acaso– un sitio mejor que Andrómeda para hibernar?

Pero no había contado con esta sensación. Cuando su presencia se concretó en El Valle, la realidad vino con yapa. Le podía pasar algo. Y eso sí que, tratándose de ella, era toda una novedad.

Comenzó a descender hacia el valle con recelo, el cambio en segunda velocidad y los ojos fijos en el hielo de la calzada. Cuando la pendiente se suavizó un poco, allí volvían a estar Cabreras y Luciana mirándola con amabilidad, apreciando –casi–, los modales de ella abriendo el estuche del saxofón.

El restaurant de Puerto Madero no era el mejor lugar para tocar jazz. Los verdaderos protagonistas del lugar eran: el salmón marinado con eneldo, la silla de cordero y salsa de menta y el magret de pato, los cuales, a diferencia del jazz, reclamaban cero de improvisación. Al desfilar por la más clásica de las vajillas, se llevaban toda la dignidad al estómago de los comensales. Ninguno de estos platos había decepcionado nunca al cliente más pretencioso. “Someone who watch over me”2 y “I‘ll be seeing you”3 no llegaban a la altura ni de un acompañamiento. En primer plano: ruido de tenedores y cuchillos. Lejos y muy débil, sin protestar casi, la música humillada, las horas perdidas en el conservatorio: Sibila y su pasión solitaria. Pero hacer música en un mundo casi siempre de sordos no era lo peor. Ocurre que ella misma tiene la audición tan extremadamente desarrollada (y no solamente hablando en el sentido musical) que puede escuchar conversaciones mantenidas en voz baja desde una distancia considerable. Esta susceptibilidad se potenciaba en lugares concurridos y solía complicarle su desempeño musical. A veces dudaba de que las voces le llegaran desde afuera. Pero ¿y entonces? Ahora, por ejemplo, mientras está ajustando la boquilla del saxo, en la mesa más próxima: no voy a dejar de ir al estreno de ninguna manera, ella es mi amiga / ¡Por eso le tocás el culo cada vez que la tenés cerca! O la mesa grande junto al ventanal: se lo dije hace dos meses al francés que los capitanea: hay que tirarles abajo la licitación / es el único camino / los otros están decididos…

Brusco silencio. La camioneta recorre la breve avenida mientras Andrómeda apaga las voces, la música, y hasta la sonrisa de Martín Cabreras. Sibila cuenta una, dos, tres edificaciones y se detiene ante Odín. Esas eran las órdenes. En ese hotel estaba el cuarto de electricidad, el corazón de la fuerza motriz de El Valle. Desdeñó un gesto de preocupación y buscó la linterna. Antes de bajar del vehículo, le vinieron a la cabeza unas notas, tapizándola por dentro. Para que no tenga frío, pensó la saxofonista. Para que no se sienta sola, –la voz de la esquiadora–. Para que no tenga miedo, confesó la mujer.

Destrabó las cerraduras, abrió las puertas y chocó contra una densidad oscura. El encierro. No es más que el olor a encierro. La creatura deforme la rodeó. Perfumes… perfumes distintos y rancios. El aliento cargado del despertar. Frituras y desodorante, olor a cuerpos; sobre todo, mucho olor a cuerpo. El aire hizo un ruido raro y la viscosidad se perdió rumbo a la montaña. La tumba estaba abierta. Los gases se habían ido a buscar el aire. Solamente faltaba exhumar el cadáver. Sibila miró en derredor, como tratando de determinar hasta dónde llegaría el cuerpo. El paisaje de postal también había entrado en descomposición. El bello rostro de El Valle –ahora despellejado de nieve–, era una mueca tiesa de piedras y guijarros. Casi una calavera.

El Valle de Andrómeda había nacido sobre un tablero de arquitecto, pero rompió a la vida cuando lo tocó un rayo: el genio divino de Silberstein. Levántate y anda, habrá dicho el financista. Y las pistas, desarrollándose como alfombras de nieve mágica. Los plegamientos de esa parte de la cordillera resulta que, desde el Paleozoico, echaban de menos la batuta del Creador. Durante su construcción, los conductores de las excavadoras vivieron en permanente asombro. Allí donde el trazado auguraba que –para continuar la pista– habría que dinamitar la montaña, a último momento aparecía la exacta pendiente que no solamente permitía sortear el obstáculo, sino que, además, le agregaba al camino gracia natural y ecológica distinción. Así resultó que los kilómetros y kilómetros de pista de nieve tersamente pisada por los infatigables “ratra”, en realidad, no fueron construidas, sino que –simplemente– surgieron. Los dioses bostezaban y necesitaban entretenimiento. Así que fue en homenaje a ellos que se las bautizó, y en la inauguración se vieron colmadas de torneos y competencias. El último retoque a las pistas de esquiar lo pondría la excitación del público. La adrenalina de los velocistas terminó de asentarlas. Pero lo que las llevó al más inimaginable nivel de popularidad mundial fue el altísimo promedio diario de contusiones y fracturas entre los usuarios. Eso fue al principio, durante la temporada inaugural.

Después siguieron los accidentes fatales.

Someone in the night, searching shadows around.4 La voz de Carly Simon, con su timbre original y pleno, pero adentro de su cabeza. ¿Cómo es que se pueden evocar tan fielmente los sonidos? Cuando hablaba Martín Cabreras, por ejemplo, siempre le hacía pensar en un locutor, aunque él era, básicamente, empresario y hombre de mundo. Un muy buen hombre. ¿Qué hubiera sido de ella en la etapa del Village si El Ángel –como le decía todo el mundo– no la hubiera ayudado? Ya mismo le hablo a Woody para que toques con él (en realidad la que conocía a Woody era su esposa). Resultó, y, además de los lunes había quedado estable, y pagó el alquiler atrasado y volvió a comer. De veras había estado perdida en New York. Aunque ella no lo sabía. ¿Se trataría de lo mismo esta vez? ¿El Ángel poniéndola a salvo? La insistencia en presentarle a Silberstein había sido de él, aunque también en eso Sibila intuía la mano de Luciana. Así fue como, en Quartier Le Parc, recibió –del dueño y señor de El Valle–, las coordenadas precisas. La ruta a Mendoza y el alunizaje en Andrómeda correrían por cuenta de Sibila. Había comenzado a sospechar que los riesgos, también.

En principio parecía algo simple. Durante un invierno en que había nevado hasta en Buenos Aires, para Andrómeda corría la tercera temporada consecutiva de nieve ausente sin aviso. Las antorchas de la Fiesta de la Nieve sin encender era el menor de los detalles, pero el que mejor simbolizaba el desastre. Lo que –en cambio– se acumulaba sobre las paralizadas instalaciones del El Valle, eran los meses. Andrómeda caía en picada, Sibila entendió que Silberstein no había decidido (aún) negociarla como chatarra. Y aunque así fuera, lo mejor sería que las construcciones y servicios se conservaran en el mejor estado posible. Allí es donde ella entraba en acción. Su encuentro con Silberstein la había diplomado.

Sibila Mosen, campeona de descenso en shoes,5 salió de Le Parc especializada en vaciar tazas de inodoro y prender las pocas lámparas que aún no estuvieran quemadas para que el conjunto de Andrómeda no se viera así de mortecino. También debería darle un poco de cuerda a los medios de elevación –cosa que los engranajes no se oxiden–, y ventilar. Sobre todo, eso: ventilar. Por si llegara el momento en que aparecieran compradores, que no los espante el mal olor.

Sibila ha abierto las puertas de Odín. El ambiente a encierro, diluido, cede su espacio al punzante frío de la montaña. Es la primera vez que duda de que El Ángel le haya hecho un nuevo favor.

Pero no será la última.

La audición no era la única sensibilidad extraordinaria de Sibila. Aunque las otras capacidades no resultaban fáciles de describir, y mucho menos, de clasificar. Sibila empezó a prestarles atención (a prestarse atención) la noche que los ojos de su madre se atoraron. En ese recuerdo está viendo cómo se le congela la mirada y también se ve a sí misma, zamarreándola para que vuelva a parpadear.

Su madre en otra instantánea, de pie, en la vereda de la calle Corrientes. Corren buenos tiempos, por lo menos para comer. Con su saxo acompañando a la Sosa no será jazz, pero. Y aplauso; mucho aplauso. El último acomodador cierra, detrás de ella, la última puerta. Point of no return.6 Después de tanto tiempo, su madre otra vez, mirándola como siempre. Es por eso que me fui: por la forma en que me mira. En la calzada, taxi tras taxi arrastrando hambre de pasajero. Se zambulliría en uno para que la lleve a millones de años luz. Quizá a la galaxia de Andrómeda. Aunque, esto último, todavía no se le ocurre.

A partir de ese encuentro, se habían visto alguna que otra vez. Hasta que Sibila le cuenta un recuerdo: su padre detrás de la pequeña barra que adornaba el living, el rostro rojo de indignación, los rugidos primero y las lágrimas después, un dibujito animado, piensa Sibila.

–¡No puede ser! –dice la madre. Y siente ante su hija un temor extraño. Ahora se le atascarán los ojos. Sibila está relatándole la escena en que su papá se enteró, ella apenas caminaba, y cuando cumplió dos años, al soplar las velitas, ya no hubo papá.

Después, la madre comenzó a mirar el reloj. Cuando se despidieron, supo que no se volverían a ver.

La segunda ficha le cayó durante un largo viaje en cierto transporte urbano. Tenía veintisiete años y más que suficiente de correr la coneja por Amsterdam. Como la larga ausencia se le presentaba como una especie de borramiento, el primer sábado después de llegar prometía para un City-Tour; resignificar su Buenos Aires más o menos querido y sentir que dos años no es nada.

El ubicuo colectivo de línea partió de su escuela primaria, llevándola hacia la casa de su primer novio, y pasando por los tres lugares en los que había vivido, la biblioteca en la que –de adolescente–, solía refugiarse cuando le atacaba el acné, su cine predilecto, el sanatorio donde le enyesaron el primer fémur, la oficina de Aerolíneas que la rechazó, el Café Tortoni y el Mono Villegas, y el vacío que dejó en San Telmo su profesor de piano Miguel Ángel Estrella (¡otro ángel!).

Sibila como pasajera única de bólido a puertas cerradas precipitándose hacia la terminal del infierno.

La tournée tuvo, para ella, gran valor didáctico (nunca es tarde y dicen que el saber no ocupa lugar). Mientras Sibila se daba, una y otra vez, la cabeza contra su vida, el colectivo la retenía como un chaleco de fuerza. Algún día tenías que despertarte, amiguita. ¿De veras que no te habías dado cuenta? Otra que “Una cosa no hay y es el olvido”. Georgie 7 –que adoraba el asombro–, con vos lo hubiera pasado bomba.

La certidumbre le encasquetó la cabeza y la revelación, aunque no la mató, la dejó paralizada. Tenía un defecto congénito. Así como hay personas que no pueden comer habas, ella no podía digerir los acontecimientos porque le faltaba la enzima de la memoria. Dicho en términos sencillos, era incapaz de recordar; al menos como el resto de la gente normal. La incertidumbre de cada mudanza, el dolor de la fractura expuesta, la vergüenza por sus frustraciones, todo, absolutamente todo estaba allí. La percepción del más mínimo detalle asociado con esas vivencias despertaba los sucesos inalterados. Como si el tiempo no los hubiese tocado y estuvieran sucediendo. Era como vivir en carne viva. Sin esperanzas de cicatrización.

A puertas cerradas, el colectivo rastrilló la ciudad de norte a sur y de este a oeste. Cuando todas las fundas de todos los sillones fueron retiradas, y hasta el más mínimo adorno prolijamente desembalado, el motor se detuvo y lanzó un último estertor en la encrucijada de la avenida Santa Fe con la calle Bulnes, ante la Clínica Marini. Allí había nacido Sibila. El edificio tapiado y abandonado le confirmaba que no había vuelta atrás.

Como ahora ante Odín, sola y perdida en la oscuridad. Someone in the dark, chasing shadows around…

¡Al diablo!, hubiera querido decir la esquiadora, mientras las rodillas le cosquillean esperando la largada. Y aunque no pudo hablar, prendió la linterna y entró al hotel, rezando porque las luces todavía funcionaran.

1 Estás sola, esta noche, acaso me extrañas, esta noche…

2 “Alguien que me cuide.”

3 “Te estaré viendo.”

4 “Alguien en la noche, cazando sombras alrededor...”

5 Velocista

6 “Punto sin regreso.”

7 Alusión a Jorge Luis Borges.

EN PATIO

Silberstein estaba como loco, dice Martín, sus amigos, re-serios, y claro, es de no creer, nieve desviándose, nieve llevándole la contra a una inversión más que millonaria, también te caga a vos, se le ocurre a uno, pusimos el café, Cabreras puso el café, pero, a ver, con lo de Nueva York compensamos, pero se debe estar pudriendo todo, son tres años, ahí fue una mina, mandamos a una persona, nada, no sé que va a hacer Silberstein con esto, y qué va a hacer una mina con ese muerto, y con ese frío.

capítulo 2

EL COLECTIVO

De los sos ollos tan fuertriemente llorando

tornava la cabeça y estávalos catando.

Poema dell Mio Cid. El exilio

Si no me hubieran dicho que era el amor

Yo hubiera creído que era una espada desnuda.

Rudyard Kipling

Tardó veinte años.

Pero finalmente, el espejo le había robado a su esposa. Quizá los hijos que nunca llegaron. Quizá la invasión de la imagen, que, cada vez más, nos acorrala contra el fin de siglo. Quizá: principio de incertidumbre que regiría, a partir de ese momento, el futuro de Núñez de Ranz. Aunque hacía mucho que todos lo llamaban “Krebs”.

El apodo, inventado por sus alumnos, estaba bien ganado, y si se difundió, fue con su aprobación. Para él representaba un reconocimiento, algo más bien único que lo compensaba del debilitamiento de sus retinas. Porque, casualmente los últimos veinte años, los había pasado mirando por la lente del microscopio. Mientras los ingleses bombardeen las Islas Malvinas o todo Buenos Aires desborde la Plaza de Mayo para celebrar la democracia, gane o pierda Boca Juniors, haya o no tercera reelección, llueva o esté soleado, al doctor Núñez de Ranz se lo puede encontrar (principalmente de día), siempre en la misma dirección: el laboratorio de Biología Molecular de la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Allí había llegado, para quedarse, una ventosa mañana del otoño de 1968.

Todavía era de noche mientras subía las escalinatas. La clase de disección comenzaba a las seis y media, y el ayudante Barry aborrecía la impuntualidad. Ante la entrada de Uriburu, desde un enorme camión, estaban descargando cajas de aluminio. Uno de los changarines cruzó la vereda, fue directo hacia él, como si me hubiera reconocido, pensó Núñez, y le puso una especie de estuche brillante en las manos. La inscripción estaba en inglés: era la lente de un microscopio electrónico.

– Guarda, pibe. Que eso es, propio el corazón. El mismo De Albertis nos lo dijo.

En ese momento, a Hilario Núñez de Kranz, estudiante de Ciencias Médicas, se le acabó la realidad. Acunado por la voz del peón, dormido, se incorporó a una procesión. Es una procesión que progresa por los amplios y fríos pasillos. Detrás de los cristales esmerilados las viejas “Remington” inmovilizan sus teclas, los ecos se amortiguan. En las piletas de formol, todos los cadáveres dejan de moverse. Los peones avanzan por las entrañas de la Facultad cargando las cajas de metal. Hilario va en el centro, sosteniendo su baldaquín. Pasos y más pasos que cruzan charcos de luz muerta, nada más que para volver a la oscuridad.

Cuando los peones terminaron de desembalar el primer microscopio electrónico que iba a ver la luz en Argentina, al retirarse, cerraron con suavidad la puerta de la Cátedra de Citología.

Pero dejaban atrás una curiosa escena.

Las posiciones son las siguientes. Legendario explorador del Mundo Molecular que escruta a estudiante anónimo. O: Aventurero de la Célula de pie, enfundado en inmaculado guardapolvo. Ocupa el espacio a lo largo, a lo ancho, y a lo alto. Hilario, casi invisible no puede recordar su propio apellido. ¿Y bien? –dicen las cejas del doctor De Albertis, mirando el ejemplar que tiene en la platina–. ¿Cómo clasificamos esto?

Hilario toca la pieza del microscopio que está más próxima a él y levanta su mirada hacia el mito viviente.

–Déjeme armarlo. Déjeme quedarme con usted. Quiero ver lo que usted vio.

De Albertis miraba la puerta, vía, muchacho, andá a poner el morro en el Testut-Latarget 1 y dejame a solas con mi tesoro. Cuando iba a invitarlo a retirarse, algo lo detuvo. Es la forma en que tocó el microscopio. Como si lo acariciara.

–Mire, joven. Si quiere ser ayudante de Histología, eso puedo arreglar…

–No quiero ser ayudante de ninguna cátedra. Voy a dejar la escuela de disección. Quiero quedarme con usted. Quiero que la próxima vez que baje a las crestas de la mitocondria2 me lleve con usted.

De Albertis lo miró y vio los restos descompuestos de la familia que él mismo nunca supo tener; vio cómo –cada vez que dejaba un estrado después de recibir, la distinción, el diploma, el premio de turno, no tenía adonde ir, vio que, al cabo de cada nuevo descubrimiento, no tenía con quién festejarlo ni nadie que lo esperara en casa. La visión llevó apenas un instante. ¿Qué debía hacer? ¿Convencer a este chico de que la investigación no es para cualquiera, que pide un precio muy alto? Mire jovencito: ocurre que acabo de leerle la palma de la mano, y créame, lo que está buscando… no le conviene. ¿Entiende?

–Nada de cosas de gitana. Quiero que la próxima vez que baje a las crestas, me lleve.

De Albertis estaba saturado de soledad. El chico le gustaba. Y, en definitiva, siempre se había sabido un reverendo y desconsiderado egoísta.

Claro que le pondría como condición completar la carrera con honores; así, siempre le quedaría algo propio con que defenderse. Pero también porque el Gran De Albertis no podía tener ayudantes que no fueran profesionales y brillantes. Quiero que me lleve a las crestas.

–Bajar es fácil –le dijo a Hilario, poniéndole una mano grande y pesada sobre el hombro.

–Lo difícil es salir.

Cuando cumplió los cuarenta, Marisa cayó en la cuenta de que tenía varias vocaciones sin realizar. Primero y principal: tomar clases de tango. Segundo: debía conseguir con urgencia la colección completa de “Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota”. And last, but not least,3 necesitaba remozar su estado físico. Siempre se había cuidado y sabía que estaba buena, pero las circunstancias apremiaban y había que ponerse a pleno. Así que la secuencia de medidas extraordinarias se organizó de acuerdo a cuatro corrientes: a) la quirúrgica –que incluía lipoaspiración en abdomen y muslos y lolas a nuevo; b) la psíquica, o aplanamiento acelerado de las circunvoluciones cerebrales –a expensas de un novedoso interés por el fútbol (sobre todo por sus jugadores), complementado activamente por la inusual atención hacia tres amigas recién liberadas del yugo matrimonial; c) la aeróbica (para por fin respirar aire sin olor a marido), spinning-byke & training, siempre rumbo a la diosa, y d) la estética: se pintó el pelo de rojo.

A excepción de a) –que corrió por cuenta de las influencias y los cuidados del hasta entonces, su facultativo marido–, el resto lo consiguió sola.

Cuando Hilario escuchó que Marisa le decía que su interés por él tan no estaba más, (¿Habría existido alguna vez?), vaciló un momento. Pero quitó los ojos del microscopio. Solo para encontrar un mundo desconocido.

Muerto de angustia, intentó volver al citoplasma.

Pero había perdido el camino de regreso.

Un dieciséis de mayo las reacciones mediante las cuales el ácido succínico se metaboliza hasta ácidos fumárico, málico y oxalacético, se volvieron locas. La fosforilación oxidativa dejaba de ser un hecho. Las células no respirarían más. Y él, tampoco. Al acercarse, Marisa dice: “No me nace”. Así que Hilario se contentará con verla. Si no me deja tocarla, me contentaré con mirarla.

Marisa se alejaba. Cuando él llegaba a casa, ella salía. Hilario se puso cargoso, la llamaba a toda hora. Parecía que recién la hubiera descubierto. Aunque sea escucho su voz. El número solicitado está apagado o fuera de cobertura. ¿Y Marisa? Bien, gracias, salió con unas amigas. ¿Hasta las tres y cuatro de la mañana?

Noche tras noche la cama que le muestra la espléndida ausencia de su mujer. Mejor, porque en las escasas ocasiones en que estaba, se la pasaba hablando por teléfono, riéndose con otra persona. Con cualquiera.

Menos con él.

Otra noche más de interminable soledad.

Al tiempo también le había pasado algo; transcurría más lentamente. Lo enfrentaba a pedazos enteros de su vida sin usar. A Krebs le intrigaba el fenómeno; el científico podía (y le gustaba) poner al hombre bajo la lupa. Pero por más que lo pensara, no encontraba la explicación. No es que trabajara menos que antes, y además tenía que ocuparse de los asuntos de vivir solo. Se trataba de otra cosa. Vacante, Krebs. Muchas gracias por los servicios prestados, pero no te necesitamos más. Tal vez sea eso. No es que el tiempo te sobre porque no vas a trabajar, sino que la angustia –al tiempo–, le hace tascar el freno. Por favor: no pase, retroceda. Se lo ruego. Vuelva atrás hasta antes que me declararan prescindible.

Por eso, otra noche interminable.

Las luces del Cangas de Marcea son cálidas. Adentro, el ceñudo asturiano que aún no aprendió a silbar mientras bebe de la bota, su enorme y diligente señora, y mozos capaces de sentir ternura por un comensal solitario. Mientras despliega la servilleta, Krebs piensa que podrá juntar algunas migajas de afecto. Eso más el vino más el rivotril, y a lo mejor, hoy duerme.

En una mesa contigua, varios jóvenes se ríen disputándose la palabra atropelladamente. Mucho ánimo. Sobre todo, la rubiecita de los brazos cruzados, la que no se ha probado bocado por mirar a su compañero de la izquierda. ¿Qué cosa ingeniosa podrás estar diciéndole para que ella se lo coma con los ojos? ¿Cosa ingeniosa? ¡Ay Ay Ay! Krebs: seguro que lo de vivir en un buzón y boca abajo se inventó en homenaje tuyo. La señorita, ni escucha la parla del candidato. Si se moja por el chabón, es porque es-lindo. Nada más. Miralo. ¿Lo ves? Él tiene lo que vos nunca tuviste ni tendrás. Mejor que pienses en otra cosa.

Mejor que sigas llenándote la buzarda.

Para peor, la enorme mujer del asturiano está levantando algunas mesas con el fin de hacer espacio para las bailarinas. El improvisado colmao será invadido por taconeos y castañuelas. Una de las mujeres lo mirará fuerte. Será la más espigada y tendrá unas tetas que se la harán poner dura. Papita para el loro, mejor dicho, para la cotorra. ¿Cuántos shows hace que no veo un tío solo y desampareti? De lomo, bueno… Pero tiene todo el pelo. Cuando llegue el terrorífico momento en que pasen la gorra (mejor dicho, el sombrero), las tetas, en perihelio, ya que la hembra se le aparecerá por la derecha y se inclinará hasta casi rozarlo:

–¡Está solito! –le sonreirá con ternura e interés.

Krebs, que ha cerrado para siempre la puerta del laboratorio, levantará sus ojos y aspirará el perfume hecho piel durante las danzas. Acompáñeme un ratito. Nueva sonrisa de ella y mirada alusiva al dueño del lugar. No cree que al asturiano le parezca bien, pero pueden encontrarse en otra parte, en Rond-Point, por ejemplo, si le gustan los buenos tragos. Y los buenos polvos, que hace meses que Krebs anda necesitando echarse, por lo menos, uno.

Cuando terminaron de bailar, las mujeres recorrieron las mesas con el sombrero en la mano.

–¡Está solito! –le sonrío ella. Las palabras denotaban interés, y al mirarla, Krebs vio en sus ojos una oleada de ternura. Igual era tarde.

En el secreto meandro de su peor mitocondria, una enzima artera había catalizado la reacción antes mismo de que él hubiera sido informado. Así que los que contestaron fueron los zombies.

–Solo por hoy –dijo. Y se cerró el yelmo. Una vez más volvía a dejar afuera la morbidez de la piel y la tentación de unos labios.

Cuando salió a la noche, comprendió que se le había acabado el camino. Y el misterio, aún seguía intacto. Marisa se las había ingeniado para ser la pieza única que le diera sentido a su vida.

Sin ella, su vida –tal como había transcurrido hasta ahora–, no podía continuar.

El Encargado de Contrataciones y Servicios chasqueó los labios, fastidiado. Miraba los antecedentes de Krebs y negaba con la cabeza. Todo de muy mala gana. En realidad, no sabía cómo proceder. ¿Qué utilidad podría encontrarle a ese cincuentón muerto de frío en una organización dinámica y juvenil como la que necesitaba El Valle? Ni siquiera podía usarlo de reemplazo en la enfermería; saltaba a la luz que el tal Núñez jamás había ejercido la medicina, y se lo veía inútil hasta para vendar una herida con tela adhesiva.

– Mucha iniciativa privada, al final es lo mismo que en el Estado. Veinte años estuve en el Correo Central, veinte. Una especie de Regimiento. Pero eso sí: cuando aparecía algún acomodado…

– Yo también trabajé veinte años en un regimiento.

– La Cátedra. La cátedra ésta de los microscopios…

– No. Mi matrimonio.

El Encargado se distendió. El infeliz empezaba a caerle bien.

– Bueno, lógico. Quién no… Está bien lo del Regimiento, ¿eh?

– Quiero decir que… Cada cosa que yo hacía, no sé, yo ponía la mayor voluntad…

– Y nunca alcanzaba.

– Sí. No sé. No; no debe haber alcanzado. Aunque yo no lo sabía.

Mientras Krebs se dolía por sí mismo, el Encargado volvió a su problema. No era bueno distraerte. Después volvías a encontrar el mismo lío tal cual lo habías dejado, y para colmo, habiendo malgastado tu tiempo. Cabreras había sido muy explícito la tarde del día anterior, antes de irse a Malargüe para tomar su vuelo. La hegemonía de El “Ángel del Café” no terminaba en sus tiendas de “delicatessen” en Mar del Plata. En todo lo atinente a la Base, revoleaba la batuta que daba gusto. Pero lo que el Encargado no podía imaginar era qué clase de favor le podía deber Cabreras (o quizá el mismo Silberstein) a una rata de laboratorio. Revisando los títulos de sus trabajos de Biología Molecular publicados, nunca lo iba a descubrir.

Pistas de esquí espectaculares, el más alto confort en materia de alojamiento y una gastronomía de excepción caracterizaron a El Valle de Andrómeda desde el momento mismo de su inauguración. Aunque eran ciertos detalles otros, los que completaban, con sutil refinamiento, la exclusividad del incomparable resort. Por ejemplo: el periódico local y el colectivo.

Lo del colectivo se inventó para darle lugar a un hombre que lo había perdido todo. Eso, nunca lo supo nadie. Después de todo, ¿a quién le hubiera importado?

El colectivo verde militar, que había llegado quemando sus últimos cartuchos a El Valle, había transportado una única vez, el primer domingo de setiembre de la temporada inaugural, a una compañía de zapadores pontoneros de la provincia para ser entrenados en la nieve. Al atardecer, después de incontables revolcones y caídas, los aspirantes a esquiadores del ejército debieron ser evacuados por ómnibus de línea. Habiendo dado sus últimas hurras, el colectivo se enquistó en una cuneta del lugar llamado “el Pozo de Andrómeda”, donde se fue hundiendo, temporada tras temporada, en varios metros de nieve.

Cuando, después de largo rato, el Encargado de Mantenimiento y Servicios se convenció de que no podría librarse de Krebs, tuvo una iluminación. Se le apareció el colectivo, tan hundido en la desgracia como el hombre que tenía frente a él.

– Supongo que sabe conducir –le dijo.

Y lo ató a la noria.

1 Tratado de Anatomía humana

2 Organela donde se produce la fosforilación oxidativa, la respiración de la célula

3 Y por fin, aunque no suficiente.

EN EL CLÍNICAS

a ella se le ocurrió, yo siempre armo las mesas, pero ese año Luciana pensó en invitar a los titulares de las Cátedras, les cuenta Martín, que sí, que sus amigos tienen razón, que debiera escuchar a su mujer más a menudo, tenías que verlo a este hombre, un ente, no había terminado de hundirse porque estaba agarrado del microscopio, cómo no le iba a dar una mano, el Martín de siempre dicen los amigos

capítulo 3

CALDEROS EN LA NIEVE

… el vapor que bulle adentro

cual si Luzbel estuviese

metido en aquel infierno…

Domingo Enrique

Si fores lo rey de Espanya,

¿Qué dinaries tu hui?

Andaluz vulgar

No sabía adónde estaba.

Una habitación con revestimiento de madera, de apariencia cálida. ¿Por qué, entonces, hace tanto frío? Alguien olvidó prender la calefacción. Sibila retiró las mantas y el edredón que había encontrado la noche anterior, las lucen funcionan, gracias a Dios. ¿Cuál será el cuarto menos helado? Había subido al primer piso con un manojo de llaves inútiles –ninguna puerta estaba cerrada, y se instaló en la primera habitación que encontró. Odín, como el resto de las instalaciones de Andrómeda, había sido clausurado hacía dos años. Aunque bien podría haber sido ayer, que la mucama doblara tan prolijamente esas frazadas térmicas. Quizá era precisamente eso –la idea de alguna clase de orden– lo que conspiraba contra la noción del tiempo transcurrido.

¿Qué esperaba ella, acaso? ¿Los muros derrumbados y los techos rotos? ¿Restos de un saqueo? La construcción de El Valle podía resistir siglos. En eso está pensando ahora, mientras mira por la ventana las laderas pedregosas. Los medios de elevación tajean, hacia arriba, el lomo de la montaña. El día tiene un color enfermo. Es que ella, una vez más, ha tomado el desvío equivocado. Como siempre, piensa la mujer. La saxofonista no puede recordar adónde quedó su instrumento. La esquiadora no puede prestar atención a sus hermanitas: tanta piedra gris le está clavando congojas en el corazón.

Sibila salió al exterior bajo un cielo de sargazos. Se le agolpaban las necesidades: higiene y desayuno en primer término. A continuación, Instalar su… ¿base de operaciones? Sin embargo, y antes que pudiera pensarlo, se encontró sentada frente al volante de la camioneta. Casi enseguida, encendió el motor. Es para comprobar que el radiador no se haya congelado. De paso, se entibiaba un poco; venía tiritando desde que salió de la cama. Tú que puedes, vuélvete, me dijo El Valle llorando. No está mal, el paisaje este para Don Atahualpa. Podría estar sentado en la piedra esa, casi –y como seguramente a él le hubiera gustado– confundiéndose con la piedra. Atahualpa Yupanqui y Sibila Mosen: suena bien, ¿no? ¿Qué van a interpretar juntos? ¿I’ ve got you under my skin?1

No había nada que justificar. Si quería irse, podía hacerlo. ¿Para qué tanto melindre? El asunto todo, era un reverendo disparate. Emplear a alguien para que se ocupara del mantenimiento de una estación de esquí que no sirve para esquiar, era hacerle la manicura a un muerto. Tú que puedes, vuélvete. ¿Volver? ¿Adónde? ¿Al barrio rojo de Amsterdam? ¿Al Village? A tocar en las cantinas, naturalmente. Ése era su verdadero hogar. Por lo menos no te vas a cagar de frío. Si esa mañana hubiera podido darse una ducha caliente… La única posibilidad estaba en la barraca de empleados. Martín se lo había explicado con detenimiento: las calderas de los hoteles eran demasiado grandes y difíciles de poner en marcha. Pero los dormitorios de los primeros operarios –los que construyeran Andrómeda–, todavía conservaban termotanques que seguramente estarían en condiciones de uso. La alimentación sería un problema menor. Las despensas estaban colmadas de conservas y embutidos, y en la proveeduría había anafes con garrafas de gas envasado. No olvidar una canasta amplia forrada con prolijo mantel de hilo bien almidonado. ¿La radio portátil, tal vez? ¿Alguna vez imaginaste un pic-nic mejor?

El lobo. Cuidado con el lobo.

Finalmente se decidió. Bajó de la camioneta y cerró las puertas de Odín con llave. Su equipaje aún estaba en el baúl. Sólo le quedaba retroceder, poner la primera velocidad, recorrer la breve avenida, última mirada a El Valle en su conjunto, ustedes comprenderán, no es trabajo para una mujer.

Al final de la calle el camino se bifurcaba. Adelante comenzaba la ruta provincial que –circunvalando las montañas de la precordillera–, descendía hacia la llanura mendocina. A la izquierda y hacia el norte, una larga y abrupta pendiente conducía a la cara oscura de Andrómeda: el sitio que llamaban “El Pozo”. Cruzando la gran explanada, se levantaba el albergue de los empleados. El personal que manejaba los medios de elevación, los cocineros, los vendedores de las boutiques, cualquiera que no fuera turista, debía ocupar –al menos para dormir– una de las cuatrocientas sesenta y seis plazas del vetusto edificio de dos plantas. Cada cuarto contenía cuatro cuchetas, un escritorio con dos sillas, un amplio placard y un baño equipado con duchador.

Sibila se detuvo en la bifurcación. Mirando hacia atrás, por sobre su hombro, intentó imaginar Andrómeda cubierta de nieve. No lo consiguió. Tú que puedes, vuélvete, le dijo El Valle llorando. Finalmente se decidió. Arrancó la camioneta mirando hacia delante, hacia la ruta que la llevaría a la civilización.

Pero dobló hacia la izquierda y bajó a “el pozo”.

Iba pensando en termotanques.

Por suerte los días no eran muy largos. Pero parecían estirarse. A Sibila le parecía que eso era algo que provenía del paisaje. Lo sentía cuando estaba al aire libre, caminando por la montaña. La curiosa sensación de estancamiento desaparecía, en cambio, si entraba a la caseta de un elevador o a alguno de los paradores diseminados por las pistas. Las piedras, por ejemplo, podrían contener parte de ese efecto. En las deambulaciones de Sibila, la repetición incesante de las piedras desempeñaba un papel destacado. Al principio, sostenían la monotonía; pero terminaban lapidándole los ojos para borrar las imágenes. El desvanecimiento de las formas la desorientaba al punto de perder las conexiones con su propia interioridad. Tenía que hacer un gran esfuerzo para librarse del letargo, aventar las miasmas que amenazan hundirla y arrojar la mirada en busca de Odín, la Nave Madre. Después dará su posición, tirarán del cordel y la rescatarán. No debieras alejarte demasiado. La Constelación de los Sueños no es lugar seguro para una astronauta solitaria.

– Creía que era Mallman el que tenía la batuta por aquí.

Su propia voz la sorprende. ¡Vaya! ¿Desde cuándo tan actualizada en gastronomía? Siempre promulgaste que el comer era enemigo de la silueta. Penelóp esboza su dulce sonrisa, y como es costumbre en ella, mira hacia abajo con gesto entre recatado y modesto. Está de pie entre las hornallas de esa inconmensurable cocina que relumbra como si la hubieran pasado por un autoclave congelado. Su uniforme recién almidonado despide destellos de nieve.

– En realidad, la cocina de El Valle… la hice yo. Francis, bueno, él va a venir la segunda o tercera temporada. ¿O debiera decir vino? Me está costando tanto ubicarme en el tiempo. ¿A vos no?

Eran tres alpinas, que venían hacia El Valle, eran tres alpinas, que vinieron hacia El Valle, aití-aití ¡Rataplán! ¡Que vinieron hacia El Vaaalle! La saxofonista, la esquiadora, y la más pequeñita: la mujer. Pero este lugar…

¡Debe tener fertilizante! Porque como por generación espontánea ha aparecido… nada más ni nada menos (señoras y señores) que la cuarta: ¡La gourmandise!

– Yo creía… Tanta ensalada tibia de mollejas…

– Nos convenía; es una entrada tibia poco conocida que pasa por sofisticada, sobre todo si las mollejas se caramelizan bien y la lechuga es fresca. La verdura de la provincia es buena y llega a El Valle con facilidad. ¡Ojalá pasara lo mismo con los crustáceos! Lo de las mollejas queda resuelto por la importación del producto limpio y congelado. Esas cosas, como casi todo lo que tiene que ver con la atención al público, las resuelve Cabreras. Me acuerdo el trabajo que nos daba el riz de veau2 en lo de los Trois Gros. Había que remojarlas mucho tiempo en agua corriente, después las membranas… ¡Y si Jacques –el chef de cuisine– (Penelóp Lutrière sonreía y aparecía la niña-aprendiz condenada a pelar papas y picar verduras infinitamente en ese legendario templo culinario del Midi3 ) si Jacques, como te digo, pasaba por casualidad y no eran de coeur,4 ¿Sabés lo que hacía? –ahora había comenzado a reír con francas carcajadas.

Sibila se contagió de la risa que rebotaba contra las inmaculadas paredes de azulejo blanco mucho antes que Penelóp le describiera el espectáculo de las mollejas voladoras. Porque…

–¡Las estrellaba contra el piso! ¿Lo podés creer? Las tiraba al piso –ambas ya soltaban las lágrimas, mientras– tantos años atrás, en uno de los más exquisitos santuarios de la cocina francesa, un mesero desprevenido que entra propulsado por las puertas de vaivén pisa los restos de una molleja y va a dar contra el horno empotrado como un patinador loco. Mientras manotean el aire, Sibila y Penelóp se toman de las manos y lloran de la risa.

Solas en el valle fantasma, en lo único que piensan es que tienen que hacer pis.

Ganas de orinar. Es lo que la extrae de esa cocina que se desvanece dejando jirones inconexos. Un encanto de cocinera, la ensalada tibia que Sibila jamás probó, y la

sensación de haber tenido la cabeza fabricando palabras y más palabras que ahora se hunden tragadas por el sueño.

En la oscuridad, Sibila empuja la puerta del baño y busca a tientas el váter. Mientras vacía la vejiga, Penelóp se está despidiendo de ella hasta mañana, en que –piensa– podrán conocerse mejor.

Cuando volvió a la cama y miró por la ventana, vio una estrella. Le pareció extraño y no sabía por qué.

Al dormirse, hubo ruidos en la planta baja; venían de la cocina.

Ruido de ollas, quizá de sartenes.

1 Te llevo bajo mi piel.

2 Mollejas

3 Región de Francia

4 Corazón

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Age restriction:
0+
Release date on Litres:
15 November 2024
Volume:
192 p. 4 illustrations
ISBN:
9789878362564
Publishers:
Copyright Holder::
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