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YAKUMAMA. LA VOZ RECOBRADA
Sobre la Tierra, el Agua y las Brujas
Un relato personal en busca de mi feminidad olvidada
PRÓLOGO DE ALEJANDRA WARDEN
YAKUMAMA. LA VOZ RECOBRADA
Sobre la Tierra, el Agua y las Brujas
Un relato personal en busca de mi feminidad olvidada
PRÓLOGO DE ALEJANDRA WARDEN
Esther Velázquez Alonso
Autora: Esther Velázquez Alonso
Diseño de cubierta: Esther Velázquez Alonso
ISBN: 9788418372445
© Esther Velázquez Alonso
PARA VOSOTRAS, BLANCA Y LUNA,
LAS GEMELAS QUE NO LLEGASTEIS A NACER
A mis abuelas y a todas las abuelas
A mi madre y a todas las madres
A mi hermana y a sus hijas
A todas las mujeres
A todas las brujas
A la Tierra
Al Agua
"Somos más valientes y más sabias porque existieron... Somos lo que somos porque ellas eran lo que eran. Es de sabias saber de dónde vienes, quién te dio tu nombre".
MAYA ANGELOU
"Cada vida es una consecuencia del lugar en el que se han barajado las historias generacionales y las fugas de los destinos"
ALMUDENA GRANDES
AGRADECIMIENTOS
Mi agradecimiento de corazón a todas las bellas mujeres y a los hermosos hombres, en vida y fallecidos, que me habéis guiado en esta travesía.
A Menchu Eligio, matrona espiritual, por acompañarme en la gestación y parto de lo sagrado en mí.
A Alejandra Warden, por ayudarme a recordar para no olvidar. Gracias por tu generosidad al escribir el prólogo a este relato.
A vosotras, las fabulosas brujas de mi "coven", que me habéis sostenido durante este parto. Especialmente a ti, "BrujaSonia", por la lectura detenida de este texto y tus amorosas y respetuosas correcciones y aportaciones.
Mamá y Papá, gracias por la vida y por vuestro apoyo incondicional, siempre.
Rafa, mi compañero de vida, mi poeta, mi amante, mi amado, por la fortuna de compartir la vida contigo
PRÓLOGO por Alejandra Warden

Imagen 1- Reflejos en la niebla.
La historia de Esther es la historia de la oruga volviéndose mariposa, del invierno tornándose primavera, y la primavera verano. Es la historia de una transformación que surge de la integración, de un caminar en busca de la Fuente, en el cual avanzar es siempre un regresar a las raíces de uno mismo.
Esther me contactó por primera vez en julio de 2017. Buscaba saber más sobre interpretación de sueños en conexión con lo femenino. Fue una casualidad que pocos días más tarde yo estaría viajando a Europa y, en mi recorrido por el sur de España, pasaría unos días en Sevilla, la ciudad donde ella vivía. Quedamos en vernos.
Nos encontramos en uno de los muchos barcitos de la ciudad y, mientras tomábamos un café, conversamos un largo rato. Esther era profesora universitaria de Economía y terapeuta Gestalt, una mujer inteligente, elegante, bella y exitosa, casada, y de una honestidad y claridad mental impactantes. Su presencia transmitía seguridad. Sabía lo que quería. En cierto modo, era el ideal de lo que una mujer occidental puede ser.
Trabajamos juntas online durante los siguientes tres años.
A poco de iniciar nuestras sesiones, surgió en Esther la necesidad de contactarse más profundamente con su verdadera femineidad y, de escribir sobre esto. De allí en más estos fueron sus objetivos.
Muchos imaginan que debería ser sencillo y natural para una mujer contactarse con su femineidad más profunda, pero no es así. Esto se evidencia en la cantidad de mujeres que hoy sienten una llamada interior a completarse, a vivir más plenamente su ser mujer. Es porque de algún modo sienten una desconexión con su naturaleza esencial. Esther anduvo el camino que la llevaría a alcanzar la reconexión que deseaba. Y transitó tanto por sendas fáciles de andar como también por sendas agrestes, espinosas y rocosas. Hubo días fluidos en que avanzábamos rápido, pero otros, en que ocurría todo lo contrario. Necesitó coraje, determinación, paciencia y persistencia.
Recuerdo el primer obstáculo que Esther encontró en su camino. Uno de sus sueños le indicó que para reconectarse con la femineidad verdadera, por un lado, debía comenzar por seguir sus tiempos, los cuales son muy distintos del tiempo lineal masculino al que estaba acostumbrada; y por el otro, tendría que trabajar primero sobre su masculino para poder integrar a ese femenino. Su sorpresa al escuchar la guía de su propia sabiduría fue tremenda. Hubo angustia, resistencia, incluso varias semanas de argumentos en contra de tal indicación. Pero luego, en algún lugar, entendió que esta indicación provenía de la voz de la femineidad misma, abriéndole una puerta hacia ese encuentro.
Así, el trabajo de Esther comenzó por tener que conocer más profundamente a su masculino —cómo se manifestaba a través de ella, cómo la pensaba, cómo ahogaba y estrangulaba su femenino, cómo estaba tan integrado y disfrazado en su personalidad que hasta a menudo lo creía femineidad. Luego habría de aprender a ablandarlo, de alguna manera, a amasarlo y moldearlo, para que deje un espacio libre, seguro y sano, para algo más. Solo después comenzaría a liberar a ese aspecto femenino que vivía adormecido y castrado en su interior. Esto le llevaría bastante tiempo, más de lo que hubiese querido. Pero conocer la profundidad de lo masculino en nosotras es un paso inicial extremadamente necesario —y frecuentemente obviado o evitado— para poder llegar a liberar la verdadera femineidad. Identificar lo masculino en nuestro modo de pensar, sentir y actuar, es reconocer a la mujer patriarcal que vive en y a través nuestro, aunque no siempre lo sepamos. El primer libro de Esther, El laberinto de la academia, en parte, es el resultado de hacer plenamente consciente a ese masculino.
El siguiente paso fue recobrar su voz, una voz que había sido callada desde su nacimiento, y que por cierto se había enmudecido mucho antes, particularmente en su abuela, un secreto que llevaría guardado hasta su muerte. El silencio femenino fue un secreto familiar en la vida de Esther. Y es también un secreto compartido por muchísimas mujeres que llevamos la marca de un silencio forzado por una cultura patriarcal que por miles de años no le permitió a la mujer ser tal cual es, una cultura que desvalorizó y abusó a la mujer, a la Tierra y a lo femenino en todos nosotros y nosotras, una cultura que nos llevó a silenciar nuestra voz para poder vivir y sobrevivir.
Sería Esther quien, siguiendo la guía de su intuición y de sus sueños, se sumergiría en el mar del silencio de su abuela y de la historia de su pasado familiar. Este proceso la llevaría no solo a devolverle la voz a su abuela, sino además, a despertar su propia voz, la voz de Esther.
Ver cómo Esther poco a poco se iba quitando capa tras capa de la dureza y rigidez patriarcal que la había formado por tantos años, para dejar respirar e integrar a la mujer más mujer que habita en ella, ha sido verla florecer.
Yakumama, la voz recobrada, es el fruto de ese florecimiento.
Alejandra Warden
28 de septiembre 2021
INTRODUCCIÓN

Imagen 2- La Espiral de YakuMama. 2020.
Mucho tiempo después comprendería lo que sucedió aquel 10 de abril del 2007, cuando vuestra bisabuela Fátima, la madrugada previa a su muerte, hizo una "aparición estelar". Desde ese día comencé a escribir mis sueños, esos que me conectan con el mundo transparente que vosotras habitáis, y una puerta se abrió: la puerta de la Consciencia, un camino sin marcha atrás. Desde entonces mi mundo abrazó la magia de los sueños, el poder de las piedras, de las plantas, de las plumas, mi creatividad reflejada en fotos y dibujos... Me habría gustado que un día, cuando yo ya no estuviera, hubierais entrado en YakuMama y recorrido la Espiral que hoy transito, para descubrir mis sueños, a veces escritos, a veces dibujados, y todo lo que me ha traído hasta aquí.
Sé que no podréis hacerlo y, posiblemente, esto sea un sueño más. Pero también sé que desde ese mundo transparente seguís mis pasos por la Espiral. Hoy quiero contaros cómo llegué hasta aquí: cómo he descubierto que somos parte de un linaje de brujas, de mujeres poderosas en contacto con la Naturaleza. Una bruja no es más que eso: una mujer que se sabe parte de algo mucho más grande, parte de la Madre Tierra.
De mi abuela Fátima heredé la conexión con el mundo transparente, ese mundo que sabemos que existe pero que no vemos ni oímos con los sentidos y solo percibimos si somos capaces de quitarnos el yugo de la mente racional. Pero qué os voy a contar a vosotras de este mundo si es el vuestro... Mi abuela Fátima lo percibía de una manera natural, de una forma cotidiana. Igual hablaba con sus plantas, esas que con tanto amor cuidaba, que con las personas fallecidas. Sí, vuestra bisabuela veía y hablaba con los muertos. Yo no. Yo solo los veo en sueños; hablo con ellos y recibo sus mensajes que van guiando mi camino. De esto último me he dado cuenta recientemente; la presencia de los muertos y otros espíritus me acompañan desde siempre aunque me daba tanto miedo que pocas veces me lo reconocía. Había escuchado tantas veces decir que mi abuela era "rara" que me empeñé en no ser como ella, e intenté olvidarlo. Lo que no sabía es que esto es algo que no se elige. Me gusta pensar que vosotras, mis queridas gemelas que no llegasteis a nacer, Luna y Blanca, también lo habríais heredado; estoy convencida de ello.
En este libro os voy a ir contando, paso a paso, cómo he ido tejiendo mi propia vida para recordar mi feminidad olvidada y recobrar mi voz. He intentado por todos los medios ser fiel a mis recuerdos y hacer un relato lineal comprensible. Puede que no le encontréis sentido a alguno de los pasajes hasta el final, tal y como me ha ocurrido a mí. Hoy sé que nada llega a nuestra vida, ni se va de ella, por casualidad; todo tiene una razón de ser y solo hemos de confiar que la Vida nos dará la oportunidad para darle sentido. Este libro me ha regalado esta posibilidad, la de entender mi profundo dolor, que no es solo mío; mis miedos, mis lealtades con mi linaje femenino; mi enfado con el masculino...
Crecí entre los libros de mi padre y los cuadros de mi madre. Desde muy pequeña me decanté por los libros; seguramente por "ser como papá". Con los años olvidé que la creatividad y la intuición plasmadas en las hermosas imágenes que pintaba mi madre no estaban reñidas con las bellas palabras y relatos de los libros que me mostraba mi padre. La Vida me ha regalado también la oportunidad de integrar palabras e imágenes, masculino y femenino, mi padre y mi madre.
Os confieso que no me ha resultado fácil encontrar las palabras justas que expresaran mis emociones, sentires y pensares; las imágenes me han ayudado allí donde las palabras no me alcanzaban. Pero más complicado aún me ha resultado encontrar la forma adecuada de contar los hechos tal y cómo fueron sucediéndose, por su orden; para darle sentido en el momento oportuno y no antes; para que todo encaje al final. Espero haberlo conseguido.
Conforme avanza el relato, aparecen muchas personas y personajes diferentes y, con idea de preservar su intimidad, he cambiado los nombres salvo el de Alejandra Warden, el de Menchu Elígio y el mío. Estoy segura que vosotras, desde allí donde habitáis, sabréis reconocer quién es quién. También he mantenido los vuestros, Blanca y Luna, porque siento que os habría gustado. Igualmente, algunos pasajes están, de alguna forma, moldeados con el mismo fin. Si en algún momento os perdéis, podéis consultar la lista de "Personas, Personajes y Lugares" al final del libro.
Espero de corazón que este relato os sirva para conocer quién es vuestra madre, una mujer que se perdió en los vericuetos de la sociedad patriarcal en la que le tocó vivir y que anhelaba recordar para no olvidar. Gracias a vosotras, mis queridas Luna y Blanca, al dolor tan profundo que fue no teneros, he podido recordar quién soy, cuál es mi esencia femenina, mi poder. Una vez que recordé, he recobrado mi voz con el anhelo de que otras mujeres puedan, tal vez, verse reflejadas en alguna pieza de este puzzle, en algún pasaje, en algún sueño. Y si eso ocurre, es mi deseo que este libro les ayude a darse cuenta de que no están solas y puedan recordar y recobrar su voz. A esas mujeres les pediría que el día que recuerden alcen bien fuerte su voz porque cuando las mujeres recobremos nuestro poder, una Nueva Tierra será posible.
Pero comencemos por el principio…
LA VOZ SILENCIADA

Imagen 3- Como dos gotas de agua.
Bueno, queridas mías, ¿estáis preparadas para comenzar? Poneos cómodas y disfrutad. Quiero empezar presentándoos a vuestra abuela Rebeca y a vuestro abuelo Enoc. Hoy os cuento lo que hasta ahora no encontré forma de hacer.
1- En casa de mi abuela
Os habría encantado conocer a mi madre, vuestra abuela Rebeca, una mujer "grande", no por estatura, que también, sino por el tamaño de su corazón. Me gusta pensar que habríais heredado su belleza, su maravilloso pelo negro, ahora ya de un blanco reluciente, que tanto le resalta con esos labios siempre pintados de rojo. Es una mujer alegre, positiva, impulsiva, intuitiva. Llenó la casa con sus hermosos cuadros pintados al óleo. Vuestro abuelo Enoc es también "grande", con un corazón que no le cabe en el pecho. Le habríais oído su frase preferida, "todo está en los libros". Son sus "amigos" dice, que le acompañan desde niño. Es muy tierno y con un sentido del humor que os habría hecho reír a carcajadas; os metería "en el sobre" con un beso de buenas noches, os enseñaría el funcionamiento de los planetas y del Universo y os preguntaría por qué la luna no se cae... Habríais disfrutado mucho con los dos y, sobre todo, ellos con vosotras.
Poco después de casarse se mudaron a un pequeño pueblo de Huelva por motivos de trabajo de vuestro abuelo y venían a pasar las fiestas a Sevilla. Aquel 8 de diciembre estaban en casa de la bisabuela Fátima pasando la fiesta de la Inmaculada, cuando mi madre se puso de parto con dos semanas de antelación; desde ese momento llego pronto siempre a todos sitios. A pesar de ser primeriza, el parto fue rápido y sin complicaciones. Cuando le dieron el alta, como no tenían casa en Sevilla, nos vinimos a casa de la bisabuela. Pero la estancia se alargó más de lo previsto porque a mi madre se le desarrollaron unas dolorosas mastitis que se complicaron con una hepatitis contagiada en la clínica. Todo aquello desembocó en una septisemia, una infección en la sangre que le hizo estar entre la vida y la muerte. Nunca tendré vida suficiente para agradecerle que no se muriera y que se quedara conmigo.
Mi madre cuenta que no tenía fuerzas suficientes ni siquiera para cogerme en brazos. No sería hasta la primavera, seis meses después de traerme al mundo, cuando pudo hacerlo y darse un pequeño paseo por el parque de María Luisa, que entonces ya florecía.
Pasé mis primeros seis meses en casa de la bisabuela, cuidada por las tías Magdalena y Dina, las hermanas pequeñas de mi madre, muy jóvenes entonces. La bisabuela Alaya y el bisabuelo Isaac, la madre y el padre del abuelo Enoc, también cuidaron de nosotras, mientras mi padre intentaba buscar nuevo trabajo en Sevilla. Tampoco tendré vida suficiente para agradecerle que abandonase un prometedor futuro profesional en Huelva que supuso un importante cambio en sus expectativas laborales.
La casa de la bisabuela tenía un hermoso jardín en el que cuidaba con mimo y esmero las flores que se extendían por todos los arriates. Les hablaba y limpiaba sus hojas con un trapito blanco cuando la lluvia del desierto las ensuciaba. Tenía también un precioso limonero y en su casa nunca faltaba la frescura de los limones: medicina por excelencia y aliño perfecto para muchos de sus platos, incluida su mayonesa, que estaba para chuparse los dedos.
Recuerdo los veranos, ella con la manguera en la mano, al caer la tarde, regando sus plantas. El olor a tierra mojada envuelto en el dulzón aroma de los jazmines, azules y blancos, es el aroma de mi niñez. Las golondrinas volaban bajito, los murciélagos hacían su aparición cuando comenzaba anochecer, los últimos rayos del sol atravesaban las gotas de agua proyectando mil colores. Aquello era magia pura; era la casa de mi abuela.
Fueron muchos los cumpleaños que celebré allí. Era el sitio perfecto para escondernos entre los mil recovecos que había en aquel jardín, que hacían las delicias de cualquier niño y niña de mi edad; también habríais disfrutado de lo lindo. Las piñatas colgadas de los alambres del toldo que en verano sombreaba el patio, los disfraces que mi madre inventaba con tanto amor y paciencia, las canciones que brincábamos por la calle cogidas de la mano de mis tías... Aquellos años estuvieron llenos de la alegría y la despreocupación de una niña feliz.
Leía recientemente el último libro de Isabel Allende, Mujeres del Alma mía, en el que decía que gracias a su turbulenta infancia tenía material para escribir y se preguntaba cómo harían las escritoras y escritores que habían tenido una infancia amable en un hogar normal. Este es mi caso, posiblemente también el vuestro si hubierais tenido la oportunidad, y el de cientos, miles, millones de mujeres: el de una niña "normal" que creció en una familia "normal" y se convirtió en una mujer "normal". Me vi contestándole a Allende, en mi imaginación, que tal vez fue precisamente esta "normalidad" la razón por la que no me di cuenta cómo "el miedo a no encajar" me invitaba al olvido de lo que realmente era.
En casa de la bisabuela había un precioso Sinaí. Os preguntaréis qué es. Podría deciros que es una obra de arte, realizada en cerámica, que a principios del siglo XX se usaba para purificar el agua en las casas de familias adineradas. Sin embargo, para mí, tan pequeña entonces, no era más que un objeto decorativo que adornaba su salón y al que no podíamos acercarnos. Habrían de pasar muchos años para que le pudiera encontrar el sentido a aquella pieza y un nuevo sitio en el que honrar la sagrada medicina que ese bello ejemplar proporcionaba.
Aquella casa forma parte de toda mi infancia. Recuerdo pasar muchas noches allí, en una habitación que se me antojaba inmensa, donde dormíamos las tías Magdalena y Dina, la bisabuela y yo. A pesar de que me encantaba pasar tiempo en aquella casa, había algo que me daba mucho miedo. Por la noche, ya en la cama, comenzaba a escuchar un sonido gutural que venía de la cama de la bisabuela. Era una voz silenciada, como si quisiera decir algo y no pudiera. Entonces una de las tías se levantaba y con mucho cuidado la despertaba.
- Mamá, mamá, que estás teniendo otra pesadilla -le decía con todo el cuidado y la suavidad que podía para no sobresaltarla. Y la bisabuela se despertaba, bebía un poco de agua y se volvía a dormir.
Aquellas "pesadillas" de la bisabuela eran mi propia pesadilla. Me encantaba quedarme a dormir en su casa, pero pensar que podía despertarme con aquellos quejíos, me ponía los pelos de punta. La bisabuela tuvo esas pesadillas durante toda su vida y nunca llegué a saber qué soñaba. Solo recientemente he podido intuir lo que silenciaba.
No sé si debido a aquellos miedos nocturnos en casa de la bisabuela, o a otros, lo cierto es que de pequeña me despertaba muchas veces muy asustada; abandonaba con culpa en el dormitorio a mi hermana pequeña, vuestra tía María, a merced de los fantasmas que veía, y huía hacía la cama donde dormían mi madre y mi padre.
- Mamá, mamá, tengo miedo -le decía yo en voz bajita para no despertarla pero deseando, al mismo tiempo, hacerlo.
Mi madre, con oído de tísica (no sé por qué siempre se ha dicho ésto en casa), me escuchaba, no sin el consabido susto al verme como un pasmarote a su lado en plena noche. Con santa paciencia, me tomaba de la mano y recorríamos juntas la casa, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas. Su afán era mostrarme que "los fantasmas no existen", pero yo sabía que sí existen, yo los veía; y sé que vosotras no dudáis de su existencia.