Read the book: «La clínica psicomotriz»
Esteban Levin
La clínica psicomotriz
El cuerpo en el lenguaje

Levin, Esteban
La clínica psicomotriz : el cuerpo en el lenguaje / Esteban Levin. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2021.
(Conjunciones / 68)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-538-840-6
1. Psicomotricidad. 2. Clínica Psicoanalítica. 3. Lenguaje Corporal. I. Título.
CDD 152.3
Colección Conjunciones
Corrección de estilo: Liliana Szwarcer
Diagramación: Patricia Leguizamón
Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda
Ilustración de cubierta:: Esteban Levin
Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.
1º edición, junio de 2021
Edición en formato digital: septiembre de 2021
Noveduc libros
© Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.
Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina
Tel.: (54 11) 5278-2200
E-mail: contacto@noveduc.com www.noveduc.com
ISBN 978-987-538-840-6
Conversión a formato digital: Libresque
ESTEBAN LEVIN es Licenciado en Psicología. Psicomotricista. Psicoanalista. Profesor de Educación Física. Profesor invitado en universidades nacionales y extranjeras. Director de distintos cursos de formación en psicomotricidad, psicoanálisis, clínica con niños y trabajo interdisciplinario.
Es autor de numerosos artículos en diversas publicaciones especializadas nacionales e internacionales y de los libros La función del hijo. Espejos y laberintos de la infancia (Nueva Visión, 2000); La experiencia de ser niño. Plasticidad simbólica (Nueva Visión, 2010); Discapacidad. Clínica y educación. Los niños del otro espejo (Noveduc 2017); Constitución del sujeto y desarrollo psicomotor: la infancia en escena (Noveduc, 2017); Autismos y espectros al acecho, la experiencia infantil en peligro de extinción (Noveduc, 2018); ¿Hacia una infancia virtual? La imagen corporal sin cuerpo (Noveduc, 2018); La dimensión desconocida de la infancia. El juego en el diagnóstico (Noveduc, 2019); Pinochos: ¿marionetas o niños de verdad? (Noveduc, 2020), Las infancias y el tiempo. Clínica y diagnóstico en el país de Nunca Jamás (Noveduc, 2020) y La niñez infectada: Juego, educación y clínica en tiempo de aislamiento (Noveduc, 2020).
Índice
Cubierta
Portada
Créditos
Sobre el autor
Prólogo a la nueva edición. Esteban Levin
Prólogo. Alfredo Jerusalinsky
Introducción
Capítulo 1. Historia de la psicomotricidad Los cortes epistemológicos Primer corte epistemológico Segundo corte epistemológico Tercer corte epistemológico
Capítulo 2. El cuerpo y el Otro El cuerpo en apertura Sujeto y cuerpo El cuerpo: su superficie y el Otro El cuerpo en lo imaginario, en lo real y en lo simbólico El cuerpo en el discurso Imagen y esquema corporal
Capítulo 3. El lenguaje como constituyente del universo humano y del humano en el universo El cuerpo en el lenguaje: el cuerpo del animal y el cuerpo del sujeto
Capítulo 4. El gesto, del signo al significante Las praxias y la mirada del Otro El lenguaje como estructura y el cuerpo El gesto como significante El gesto, la metáfora y la metonimia El gesto y la mímica El gesto: lo visible y lo invisible El órgano ojo, el gesto y el Otro
Capítulo 5. La clínica psicomotriz en transferencia Inicio del tratamiento: del pedido a la demanda Desarrollo de la transferencia. Intervención. Especificidad Corporificación La inhibición psicomotriz de Pablo La operación clínica en lo instrumental
Capítulo 6. La estructura del síntoma psicomotor: la metáfora en el cuerpo El síntoma psicomotor como defensa Inestabilidad e inhibición psicomotrices I. La inestabilidad psicomotriz II. La inhibición psicomotriz 7
Capítulo 7. La transferencia en la terapia psicomotriz1
Capítulo 8. El abordaje psicomotor del autismo y la psicosis en la infancia Psicomotricidad y psicosis El cuerpo en la psicosis y el autismo ¿Cuál es el efecto de la castración simbólica en el cuerpo? Clínica psicomotriz del autismo y la psicosis Marina El campo psicomotor en el tratamiento de la psicosis
Capítulo 9. Esbozo de una clínica psicomotriz en pacientes adultos psicóticos crónicos La experiencia hospitalaria ¿Cómo se articula esa sensación en la historia del sujeto?
Capítulo 10. Lo que el psicoanálisis aporta a la psicomotricidad ¿El cuerpo de la mentira o la mentira del cuerpo? El cuerpo: enunciado y enunciación Un necesario retorno a Freud Marcelo y sus gestos Confusiones epistemológicas Acerca del fantasma El límite del cuerpo: el adentro y el afuera La simetría en el cuerpo. Espacio y espejo Simetría en el cuerpo Sobre el tema de la “vivencia” Cuerpo y comunicación Conclusiones. El placer y el goce
Capítulo 11. La dirección de la cura en la clínica psicomotriz Sin la marcha. Marcos en marcha El camino recorrido Técnica, estrategia y táctica El destino del síntoma psicomotor El final del tratamiento psicomotor La mirada psicomotriz y la representación La simbólica del cuerpo
Capítulo 12. La ética del psicomotricista De la etología a la psicomotricidad Ética y saber El análisis personal La formación relativa al decir corporal del sujeto Arte y psicomotricidad La imagen motriz La supervisión La formación teórico-clínica
Bibliografía
Prólogo a la nueva edición
Por Esteban Levin
El movimiento que introduce este escrito anticipa, resignifica y recrea el campo psicomotor de la infancia y, en ella, los problemas que a diario viven los niños en los cruciales momentos del desarrollo y la estructuración subjetiva.
Este libro se publicó por primera vez hace muchos años; tuvo luego numerosas reediciones, que marcaron los orígenes clínicos e históricos de la psicomotricidad. Las ideas y pensamientos que actúan y se despliegan en esta obra no solo tienen hoy total vigencia sino que resultan cada vez más actuales.
No existe un primer cuerpo del origen; siempre hay una anterioridad y una posterioridad que anticipan, preceden y suceden. El sujeto empieza antes del nacimiento, con la herencia vivida, actuante. A los niños no les queda más remedio que entretejer y enlazar al mundo que les toca vivir las palabras, las imágenes, las sensaciones corporales y las sensibilidades cenestésicas (propio e interoceptivas). La comunidad los aloja, pero también los coacciona a aprender, a anudar lo real, lo que para ellos no tiene explicación ni sentido.
La primera imagen corporal de un sujeto no está en el cuerpo, sino en el Otro; desde ella toma vida la sensibilidad gestual. La gestualidad psicomotriz que está en juego no tiene sustancialidad material, sino que se basa en la experiencia transmitida por una herencia afectiva que produce como efecto dramático la plasticidad simbólica articulada a la neuronal.
La psicomotricidad es un punto de encuentro entre la realidad neuromotriz del desarrollo y la constitución subjetiva, a través de la realización en acto de una experiencia significante cuya travesía deja huellas que historizan cada subjetividad.
Entre el movimiento del cuerpo y la imagen corporal se juega el “alma psicomotriz”, que remite a la relación entre ellas, entreverada por la experiencia escénica llena de intensidades y ritmos que conforman el quehacer cenestésico de la gestualidad.
Un gesto nunca implica solo al cuerpo, aunque él es imprescindible para realizarlo. La vida gestual no reside exclusivamente en el desarrollo sensoriomotriz y tampoco en el movimiento biomecánico, sino en la imagen del cuerpo.
En el campo psicomotor es esencial la realización del gesto como experiencia fundante de la subjetividad. La gestualidad permite que los niños se emancipen del órgano carnal y los introduce a un mundo imaginario (pleno de imágenes para reflejarse, atravesar y refractarse), simbólico (conformado por la legalidad del lenguaje y la cultura) y real (en tanto límite y causa de la experiencia).
El eje postural corporal está sustentado en el deseo de relacionarse con otros que también hacen uso de la imagen corporal y ponen en juego la plasticidad que, a su vez, recrea la experiencia y la manera de existir en ella.
Así como un titiritero debe olvidar su mano para devenir títere-personaje y entrar en la trama dramática que le permita jugar la escena, en la clínica, en lugar de etiquetar a un niño en un diagnóstico-pronóstico debemos intentar relacionarnos con él, incluirnos en el modo de existir que nos propone. Para eso resulta esencial dejarnos captar, tocar por la fuerza de la problemática que nos presenta.
Somos sensibles a las dificultades de los niños; nos despojamos de nuestros propios ideales para poder comprender su historia familiar, escolar, comunitaria. De esta manera, donamos el deseo de relacionarnos con ellos mucho más allá de sus signos, trastornos o síntomas. Damos lugar y tiempo para que se produzca otra experiencia psicomotriz.
Al hacer la ficción, los niños necesariamente improvisan, juegan a lo incalculable del azar. Sin darse cuenta, aprenden que los cambios vienen después del “antes”, en el devenir de una escena, a medida que la experimentan. En ellos, el deseo de ficción desborda lo establecido al jugar las potencialidades rebeldes al compás rítmico de la escena. Donar el afecto ficcional implica una experiencia de desposesión de sí, de vaciamiento, pérdida, cambio y diferencia.
Jugar es una forma de existir en la que los niños devienen aquello que no son sino en el artificio ficcional. Plenos de ambigüedad, pululan entre la fantasía y la realidad, transitan y componen la experiencia infantil. El ritmo desigual, multiforme, nómade, ensambla un movimiento psicomotor irregular, insólito por lo impensado y plural por la plasticidad. El acto lúdico implica aceptar la metamorfosis de la transformación y la desmesura del gesto en el cual los niños ponen en acto la imagen corporal.
Prólogo
Por Alfredo Jerusalinsky
Si la clínica de los “humores” se abrió paso trabajosamente en el oscurantismo de la “resignación divina”, así como la de las entidades microbianas debió horadar la neblina del anatomismo ingenuo, hoy la clínica que intenta desentrañar los lazos del significante con lo real se defronta duramente con el reduccionismo biologista.
Proponerse conceptualizar la clínica psicomotriz implica aceptar este desafío, ya que, si tomamos con rigor tal título, en él va de suyo verse inmediatamente tomados en los nudos que articulan la mecánica del cuerpo al campo del lenguaje.
Es en este camino que el texto de Esteban Levin nos encauza, colocando en causa y, al mismo tiempo, valiéndose de lo hasta aquí producido.
En ese sentido, mientras desliza lo motriz fuera de la mera mecánica osteomuscular, se niega a abandonar lo “psico” en el tembladeral del intuicionismo emotivo.
La psicomotricidad atraviesa, hoy en día, la incógnita acerca de su especificidad: su práctica y sus referenciales conceptuales interrogan, al que allí se arriesga, sobre su pertinencia clínica, sobre dónde reside el núcleo fuerte de sus intervenciones (¿el toque, la mirada, la palabra?), sobre sus fronteras tanto en el terreno de las patologías como en relación con otras disciplinas.
Para desenredar esta incógnita es menester no dejarse arrastrar por ese tan moderno eclecticismo pragmático. Por el contrario, se requiere lo que estas páginas se proponen: actualizar en cada paso las claves de sus operaciones clínicas en cuanto a la responsabilidad que le cabe sobre el sujeto que allí está en juego.
Reconocemos en ello los efectos de lo que ya venía en curso en el trabajo de equipo en el Centro “Dra. Lydia Coriat”. Es, entonces, particularmente grato reencontrarnos con los obstáculos y preocupaciones que tan intensamente compartimos, ahora formulados un paso más adelante bajo la versión que al autor le ha marcado el esfuerzo de su clínica cotidiana.
El aporte que este libro constituye merece, más que el elogio, una precisión conceptual al presentarlo: en un campo donde habitualmente no se logra mucho más que una colección de ideas y casos, él ahonda en el desciframiento.
Alfredo Jerusalinsky
Porto Alegre, enero de 1991
Introducción
Introducir es dar entrada, es dar cabida a alguien en algún nuevo lugar. Introducirnos en la lectura de un libro implica siempre inaugurar un espacio y un tiempo diferentes. Toda lectura genera y produce interrogantes.
Como una película cuyo final se anticipa al comienzo, esta Introducción es el último capítulo que escribió en mí este libro. Me encuentro escribiendo el final del libro en su principio. Escritura que continúa reinscribiéndose en la lectura que lo precede y lo anticipa en una secuencia.
Este escrito espera generar en el lector un espacio de trabajo, de apertura, de interrogantes que promuevan cuestionamientos, allí donde las preguntas y las respuestas permanecen fijas y anquilosadas en un saber enciclopedista o linealmente uniforme. ¿Quién desafía y resquebraja el saber instaurado de la técnica? ¿Quién se introduce en el campo psicomotor y qué lugar ocupa? Es el sujeto, que permanece perdido en la mirada del técnico, quien nos interpela a mirarlo, leerlo y escucharlo desde el registro simbólico. Es él quien se introduce en la clínica psicomotriz luego de un sinuoso y arduo recorrido.
Este verdadero desafío nos introduce en la búsqueda en la que el mismo sujeto participa –y no un formulario o recetario ya dado–, de lo que no se representó de ese cuerpo en el encadenamiento simbólico. Un desafío que nos lanza el niño, con su cuerpo, sus posturas, sus gestos, al darse a ver del otro lado de los recursos y métodos técnicos, ya sean listados de ejercitaciones y programas de actividades, así como también modalidades de intervención basadas en la valorización de lo emocional, de la empatía, la adaptación, lo relacional, la motivación, etcétera.
Es el sujeto con su sufrimiento en juego, encapsulado en su síntoma psicomotor, el que inaugura y da cabida a este espacio clínico. El mismo impulsa preguntas que generan nuevos laberintos, conduciéndonos continuamente a reformulaciones teórico-clínicas. Este escrito es producto y consecuencia de estos efectos.
Son precisamente ellos, los niños, los que en la dinámica psicomotriz arman y conquistan nuevos espacios, movimientos y cuerpos, que reclaman ser leídos e interpretados fuera de los presupuestos, de los prejuicios ya establecidos por un saber absolutista, propio de los Amos, que solo se relacionan por su imperativo omnipotente con el de los pequeños conquistadores.
Es en este espacio donde surge la pregunta por el sujeto. Él, en la clínica psicomotriz, nos hace recurrir al psicoanálisis, que de allí en adelante atraviesa nuestro acto clínico, sin dejar por ello de lado la propia especificidad. Por el contrario, su inclusión redimensiona el ámbito psicomotor, permitiendo otra mirada, otra lectura-escritura simbólica y, en definitiva, otro camino inexplorado.
El psicoanálisis posibilita diferenciar el cuerpo en lo real, en lo simbólico y en lo imaginario. Que el cuerpo humano en tanto tal es un real, simbolizable y, en consecuencia, susceptible de representación imaginaria.
El cuerpo neuroanatómico, el tono muscular, los brazos, las piernas, la nariz, los ojos, la boca, el sistema nervioso, digestivo, circulatorio –en una palabra, todos los órganos, componentes y sistemas del cuerpo– están tomados por una estructura que subvierte y modifica el equilibrio homeostático del mismo; esta particular estructura es el lenguaje.
A la realidad neuromotriz corporal se le sobreimprimen las huellas y marcas del lenguaje; con ellas el cuerpo pasa a residir no solo como un conjunto de músculos y nervios, sino también como una posición inscripta por el deseo del Otro en la cultura. Tenemos la realidad del cuerpo (condición de posibilidad), pero eso que es el cuerpo no es la realidad: el lenguaje lo atraviesa, lo transgrede y trasciende, hasta hacerlo existir fuera de su pura sensación carnal.
Para que una vivencia corporal se constituya, necesariamente tendrá que pasar por el lenguaje, y, por ello, dejará de ser solo vivencia-cuerpo, todo junto. El cuerpo no es el organismo y, dialécticamente, el organismo biológico no es el cuerpo.
El cuerpo libidinal, pulsional, erógeno, que Freud se ocupó de descifrar, retorna constante y al mismo tiempo azaroso en la práctica clínica de la psicomotricidad: no podemos ya eludirlo, desconociéndolo.
Tanto los ojos como las posturas, los gestos, el tono muscular y el movimiento no son solo eso, sino también significación determinada por el deseo del Otro que pulsionaliza ese cuerpo, que lo introduce en el mito familiar.
Jean Bergès, en su extenso recorrido por el campo psicomotor, lo puntualiza de este modo:
(...) es pues del cuerpo en cuanto receptáculo, suponiendo una inscripción, que se puede captar la significación de los disturbios y establecer una terapéutica en cuyo centro estará el cuerpo, el cuerpo del hombre que habla (Bergès, 1986).
Este libro se ocupa en particular de este viraje y esta articulación. Pues no es un mero cambio teórico, un simple agregado yuxtapuesto o una modificación, sino que, a partir de la inclusión de lo inconsciente en el ámbito psicomotor, proponemos un cambio a la vez ético y epistemológico en la lectura, en la mirada y en la intervención misma del psicomotricista. Esto nos posibilita continuar avanzando y pensando la clínica psicomotriz desde el lugar de lo posible, desde lo simbólico.
La inclusión del psicoanálisis en el campo psicomotor produce como efecto otra forma de comprender a un niño que en su cuerpo y en su motricidad da a ver su padecimiento, donde lo “psico” de la motricidad no está ya dado por los hábitos, la memoria, los patrones de conducta, los afectos, las fusiones, la sensibilidad, la percepción, entre otros, sino que se constituye y se instala desde el lugar del Otro, del lenguaje, del significante. Espacio simbólico que no es constituido sino constituyente del sujeto y con él de su cuerpo y su movimiento. Es por esto que lo “psico” de la psicomotricidad no proviene más de la psicología, sino del psicoanálisis.
El Otro no es un estímulo ni un estimulante, sino la instancia que, desde su mirada, organiza en el niño su autoimagen corporal y, desde su discurso, recorta, en el ojo, en la boca, en cada “agujero” del niño, la sombra de un objeto inexistente que, por ello, será incesantemente buscado (Jerusalinsky, 1988, p. 77).
Si bien lo inconsciente es descifrado y, por lo tanto, descubierto por el psicoanálisis, este hecho no determina de por sí que el mismo le pertenezca con exclusividad, pues como tal, no es propiedad de nadie.
Diferentes praxis clínicas (como la psicomotricidad, la psicopedagogía, la fonoaudiología, la estimulación temprana, etcétera) podrán incluir dentro de lo “psico” de su especificidad a lo inconsciente, siempre y cuando se lo haga intentando descifrarlo en el único lugar en que es posible hacerlo, en la trama transferencial, pues es allí donde el sujeto aparece y donde aspiramos a no desconocer desde la propia práctica específica.
Pretendemos rescatar al sujeto, a su singularidad. Algo que no es general, que no es una totalidad en sí misma ni tampoco una globalidad uniforme, sino un cuerpo en falta. Es el deseo que alude en el cuerpo a una falta, que hace de él un recorte respecto al cual solo puede informar una repetición significante. Lo interesante de este punto es que no hay tipificación posible de este singular recorte, ya que el Otro recorta el cuerpo en una posición de uno irrepetible en el plural, lo que le confiere al cuerpo la misma singularidad del sujeto.
Por este recorrido singular que es armado y fabricado por el recorte del Otro en el cuerpo podemos enunciar que el cuerpo es en transferencia referido a una red significante, red histórica que lo hace existir.
La operación clínica en el campo psicomotor (nos referimos específicamente a la lectura, la mirada, la intervención, la “corporificación”, la interpretación, la observación) es efecto de esta red transferencial, que se transforma en uno de los ejes centrales del tratamiento, ya que el cuerpo adquiere su consistencia en relación con lo simbólico, con la ley (la prohibición), que introduce la castración en el cuerpo y, con ella. la hiancia, por donde emerge el deseo.
Surge tal vez aquí un interrogante que, aunque parezca ingenuo, resulta esencial para continuar pensando en el suceder clínico del ámbito psicomotor: ¿qué entendemos por lo inconsciente?
Lo inconsciente ha tenido, desde Freud hasta nuestros días, diferentes lecturas y escrituras en el campo psicoanalítico, lo que trajo aparejadas distintas posiciones clínicas y éticas. Si bien “aparentemente” todas se refieren a la letra de Freud, de su desciframiento y análisis se desprenden inconscientes distintos, e incluso, en algunos casos, opuestos y contradictorios.
Es válido, por lo tanto, aclarar que consideramos lo inconsciente tal como lo definió Jacques Lacan en su retorno a Freud: lo inconsciente es estructurado como un lenguaje.
De esta definición y de sus consecuencias se desprenden efectivamente un modo particular de interrogar y teorizar la dimensión subjetiva que se pone en escena en la clínica psicomotriz, cuando nos desprendemos del tecnicismo ya establecido.
Esta perspectiva, sin descuidar la especificidad psicomotriz, nos permite sostener una práctica transdisciplinaria, que privilegia al sujeto que allí se está constituyendo1. Este acuerdo en torno de la concepción de sujeto (que implica ocuparnos necesariamente de los efectos transferenciales que se generan en la clínica) facilita no solo el intercambio con profesionales de otras áreas, sino que posibilita que el verdadero protagonista sea el niño y no el terapeuta.
La óptica que impulsamos es opuesta a aquellas que en el campo psicomotor y “corporal” intentan reducir lo inconsciente a una sustancia, a algo material, que hasta incluso es ubicable “en las profundidades” del cuerpo, donde se encontraría el ello, y el yo equivaldría, en este contexto, a la piel del cuerpo, tomado este como organismo.
Estos postulados empíricos-manifiestos desestiman la estructura que verdaderamente subyace.
¡Es tan cómodo para la pereza intelectual refugiarse en el empirismo, llamar a un hecho, un hecho, y vedarse la investigación de una ley! (...) Es un empirismo no solo evidente, es un empirismo coloreado. No hay que comprenderlo, solo basta verlo (Bachelard, 1985).
Diferentes posturas en el ámbito psicomotor permanecen estancadas en lo que podríamos denominar las doctrinas mundanas del siglo XVIII, basadas en una realidad empírica evidente, que se fundamenta en el realismo empírico, visible y objetivo del fenómeno corporal. Solo hace falta verlo, y no comprenderlo; se piensa al cuerpo como se lo ve, como se presenta a la vista en forma inmediata.
Estos postulados psicomotores adaptacionistas, que solo toman en cuenta la realidad empírica del cuerpo, se basan en lo que hace o juega el niño, para que este se adapte “mejor” o “bien” a esa siempre supuesta realidad objetiva. Este es el origen de los test psicomotores que abundan y que se aplican indiscriminadamente en nuestro medio. Freud demostró que ni la realidad ni el cuerpo son entes empíricos objetivos, y que no son dados de una vez y para siempre. La realidad y el cuerpo se construyen en relación al Otro. Son una realidad y un cuerpo conformados por historias, demarcaciones, mitos, deseos, representaciones, relacionados indefectiblemente con el discurso que les da origen.
En nuestra opinión, hay que aceptar para la epistemología el siguiente postulado: el objeto no puede designarse de inmediato como “objetivo”, en otros términos una marcha hacia el objeto no es inicialmente objetiva. (...) El hombre es hombre porque su conocimiento objetivo no es ni inmediato, ni local (Bachelard, 1985).
En nuestros días, y particularmente en el espectro de lo corporal, estas afirmaciones adquieren cada vez más validez, pues se hace del cuerpo un reinado donde la expresión y la emoción son súbditos de su majestad: el cuerpo visible y objetivado.
Contrariamente a estos postulados, seguimos la enseñanza de Freud porque ya no se trata de la observación empírico-positivista, determinada por la interpretación concreta y objetiva de la “realidad”. La verdad no está del lado del terapeuta en psicomotricidad, sino que surgirá del deseo del sujeto en el transcurrir de la clínica misma. Por eso, tampoco queremos transformar la psicomotricidad en un psicoanálisis, ya que ambos se ocupan de problemáticas diferentes. El psicomotricista se interesa por el cuerpo y la motricidad de un sujeto en sus diferentes variables: privilegia la mirada. El psicoanalista, en cambio, se ocupa de escuchar el discurso de un sujeto, fundamentalmente en sus fallidos, sueños, olvidos, lapsus, etcétera, donde emerge el inconsciente: privilegia la escucha. Del cuerpo, las posturas, los gestos y el movimiento que no funcionan se preocupa la psicomotricidad, que pondrá en juego su mirada particular.
Para apropiarse del cuerpo, un niño tendrá que realizar sucesivamente importantes conquistas, en relación con su espacio, sus movimientos, sus posturas, sus gestos, sus tiempos; tenemos un cuerpo (órgano) que –como lo dice la expresión “el propio cuerpo”– tendrá que ser de alguien (un sujeto) para ser propiamente un cuerpo y no una pura carne (como sería el caso de los niños autistas).
Por las fallas e interferencias en esta ardorosa conquista surge la clínica psicomotriz. Con los aportes del psicoanálisis se produce una transformación clínica conceptual en la práctica psicomotriz, que modifica las perspectivas hasta hoy planteadas. Impulsando este cambio, proponemos esta nueva mirada psicomotriz de un sujeto.
Esta propuesta no implica desconocer la historia de la psicomotricidad hasta nuestros días (de hecho aquí damos una versión posible de la misma), sino que, por el contrario, pretendemos provocar en ella un sesgo diferente, produciendo así una apertura.
Las propuestas de Dupré, de Wallon, de Ajuriaguerra, entre otros, pasan a incluirse dentro de una red simbólica. Ocurre lo mismo con aquellos recursos del campo psicomotor que nos son útiles en determinado momento para operar en lo instrumental del cuerpo o el movimiento. Por ejemplo, facilitar un desplazamiento, la prensión de un objeto, una nueva postura, la marcha, un salto, etcétera.
Lo que varía es el punto de partida y por lo tanto de mira, ya que se trata del cuerpo y la motricidad de un sujeto.
No deberíamos olvidar las enseñanzas que nos deja la práctica clínica en psicomotricidad; los problemas que ella nos plantea no se resuelven con recursos y recetas técnicas, ni con consejos o artificios mágicos. Justamente, estos ocultan y taponan las dificultades, en lugar de transcribirlas en el universo simbólico. De esta manera, la historia del ámbito psicomotor no solo no se elimina, sino que se redimensiona dentro de la especificidad clínica.
Interrogarnos acerca de lo que no se sabe del cuerpo de un sujeto remite concomitantemente a su singularidad, que rompe con la primacía del saber uniforme del cuerpo empírico-objetivable. Su majestad pasa a ser nuevamente, como lo introdujo Freud, el niño. Podríamos agregar: con su cuerpo, sus gestos, sus posturas, su tono muscular, que hablan al ser leídos y hablados por otros. Este libro se propone como una invitación a trabajar, a articular, impulsando interrogantes que en tanto tales impliquen transformaciones, o sea, tal como ocurre en el cuerpo, cuyo registro es el de las formas que cambian: así pretendemos que suceda con quienes nos lean.
Se plantea aquí un itinerario, un desmontaje del saber ya establecido y constituido, no con la finalidad de instalar otro saber absoluto y verdadero, sino para abrir un espacio diferente que desemboque en la reflexión, discusión y transmisión teórico-clínicas de las que hasta ahora carecíamos.
El recorrido pretende, de este modo, conceptualizar y formalizar el espacio de la clínica psicomotriz en el cual estamos implicados, explicitando nuestra posición y, desde ella, la interpretación que hacemos de otras posturas psicomotrices. La nuestra nos ha llevado a seleccionar los problemas que hoy consideramos nodales en el acontecer clínico de la práctica psicomotriz, con el afán de rescatar siempre allí el cuerpo subjetivado del niño.