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ENRIQUE M. RODRÍGUEZ

7 cuentos


Rodríguez, Enrique M.

7 Cuentos / Enrique M. Rodríguez. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-2374-7

1. Relatos. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com

Para mi esposa Marcela, quien me alentó a avanzar con la escritura.

A todos aquellos que, de una u otra forma, me inspiraron para crear

personajes o situaciones de estos cuentos

Tabla de contenidos

1  Nadando con tiburones

2  Una visita inesperada

3  El encuentro

4  Hay espíritus en mi clóset

5  Magic star company

6  El sueño de un yámana

7  Historias a la hora de la siesta

Landmarks

1 Table of Contents

Nadando con tiburones

—La verdad, todavía no entiendo qué fue lo que pasó —me decía Guille, haciendo girar su vaso de cerveza a medio tomar.

—Yo tampoco, incluso me cuesta ordenar con precisión todo lo que ocurrió ese día.

Nos quedamos un rato en silencio. Por la ventana del bar, veía a los escasos transeúntes que cruzaban por la plaza Dorrego. Parecía un teatro fantasmal, con tinglados de metal en todo el perímetro de la plaza, pero sin los feriantes que la invaden todos los fines de semana. Era un lunes húmedo y frío, típico del final del otoño en Buenos Aires.

Los “hechos” en cuestión habían ocurrido a mediados de la cuarentena de 2020, en un encuentro virtual por Z-IN, la plataforma que se había hecho tan popular a poco de comenzar la pandemia, en marzo. Todo ocurrió durante una de las reuniones que cada dos semanas, casi invariablemente, teníamos como grupo de excompañeros de la secundaria. No éramos muchos, sólo los más amigos: el petete Barrios, Guille, la morsa Fontán, el tano Guidetti, el loco Vieyra y yo. A veces se sumaba algún que otro colado, que se enteraba y pedía participar. Pero el grupo estable era el de nosotros seis.

Las primeras reuniones resultaron bastante desprolijas, hasta que fuimos tomándole la mano al programa y exploramos todas sus posibilidades. Si había algún denominador común en este grupo de amigos era justamente la obsesión por todo lo tecnológico, hasta el mínimo detalle. No es casualidad que todos hayamos seguido carreras afines: el petete y la morsa eran ingenieros, el tano y el loco se habían recibido de analistas de sistemas. Guille y yo elegimos las matemáticas; incluso éramos vecinos: al poco tiempo de mudarme a San Telmo, le pasé el dato a Guille de un departamento cómodo y económico, que quedaba a pocas cuadras del mío.

Creo que fue en la tercera reunión que uno de nosotros —el tano, si la memoria no me falla— apareció en pantalla con un fondo que mostraba algún lago del sur, con montañas detrás y un frondoso bosque a un costado.

—¿Y eso? —preguntó el petete.

—Es una opción del programa, che. Este es uno de los fondos que viene por defecto, pero se pueden bajar otros. Eso sí: necesitás tener una pared blanca atrás, si no, ves cualquier cosa.

En las reuniones siguientes nos fuimos sumando los demás, con fondos de pantalla que bajamos de distintos sitios de internet, y que eran compatibles con la plataforma. Así, en sucesivas reuniones desfilaron a nuestras espaldas imágenes de lo más diversas: paisajes nevados, playas caribeñas, mares embravecidos, monasterios tibetanos e incluso un fondo en el que unos chanchos regordetes volaban con alitas diminutas, bajado de un sitio muy naif que descubrió la morsa. El que tardó más en presentarse con un fondo propio fue el loco Vieyra, y fue en ese momento que se dieron los “hechos”.




Unos días antes de la única reunión que tuvimos en julio, el loco envió un whatsapp al grupo anunciando que tenía preparado “algo especial” para la próxima reunión.

—Dejate de joder, loco, adelantá algo, no te hagas el misterioso —le insistió el petete.

—Es algún fondo interesante, ¿no? —conjeturó Guille. Finalmente, el loco confesó que había bajado un programa de animación que servía como fondo de pantalla para el Z-IN.

—Esos programitas se consiguen en varios sitios, yo todavía no bajé uno porque no me gusta distraer tanto a la audiencia —se justificó el tano, que seguramente sufría por no estar a la vanguardia de estos descubrimientos cibernéticos, por modestos o triviales que fuesen.

—Ajá —replicó el loco—, pero lo que yo conseguí es realmente especial. Lo bajé de la internet profunda, navegando con un programa que hizo un hacker chino que vive en Canadá, con quien chateo desde hace un tiempo. El chino este me tiró las coordenadas del sitio y todos los passwords que se necesitan para bajar material de allí; es como un depósito de cosas muy zarpadas. Les cuento que el programita que bajé es alucinante.

—Guarda con eso, loco, que hasta donde yo sé, el tema de la internet profunda no es joda. Obviamente hay mucho material que por distintos motivos no puede subirse a la web visible. Por ahí bajás un programita que te parece inofensivo y te hace mierda la computadora, como mínimo, y si te descuidás te afana hasta el apellido —le detallé en un mensaje de voz.

—Tranqui, negro, ¿para qué me recibí de analista? Sé de qué se trata todo esto. El chino me dijo que en su grupo de amigos hackers habían probado estos programitas de animación, y que hasta ahora no tuvieron ningún problema. Cuando vean lo que puede hacer el que bajé, no lo van a poder creer —nos instruyó el loco.

Por unos días no hubo más mensajes, y finalmente llegó el viernes de la esperada reunión. A la hora convenida ya estábamos todos dentro del espacio virtual del Z-IN, menos el loco.

—Se hace rogar el desgraciado —acotó la morsa.

Por fin, unos diez o quince minutos después lo vimos en la sala de espera. Guille —que actuaba casi siempre como anfitrión— le dio la entrada. Lo primero que vimos fue una pantalla en negro que poco a poco fue virando hacia el azul marino. Lo que vimos a continuación nos dejó mudos: en el medio de la pequeña pantalla se veía la cara del loco, con unos auriculares puestos y una sonrisa de disimulado orgullo. Realmente parecía estar sumergido en el agua, incluso su cabellera lacia y rubiona flotaba en ese ambiente acuoso virtual. Pero lo más asombroso de todo fue lo que vino a continuación: un tiburón de considerables dimensiones apareció detrás de él, nadando en diferentes planos: por momentos daba la impresión de acercarse al loco, para luego alejarse de él. Unos segundos después apareció un segundo tiburón, que nadó sin ningún impedimento por delante de nuestro amigo, tapándole la cara por un momento. Al minuto de comenzado este espectáculo, ya había unos cinco o seis tiburones nadando en todas las direcciones posibles.

—El efecto 3D es im-pre-sio-nan-te —admitió el petete.

—Lo notable es que vos aparecés en el medio de la escena. ¿Cómo consigue el programa hacer esto? —le pregunté con genuina curiosidad.

—Ah… me preguntás por el secreto del mago. La verdad es que no tengo ni puta idea. El chino me tiró cero data. Ni siquiera él sabía quién había hecho este programa; posiblemente otro hacker. —La voz del loco se escuchaba normal, aunque un poco más metálica que de costumbre, si uno afinaba el oído.

—Pero todavía no vieron la mejor parte —continuó diciendo el loco, con un discurso que sonaba a ensayado.




Lo que ocurrió a continuación sigue siendo objeto de debate. Para peor, no todos reportamos haber visto exactamente lo mismo: había leves, aunque significativas, diferencias entre las versiones que cada uno de nosotros tenía de los “hechos” ocurridos ese día. Lo que estaba fuera de discusión es que luego de generar la expectativa del clímax por venir, el loco comenzó a hacer la mímica de estar nadando, juntando las manos en el medio y abriéndolas hacia los costados. Lo realmente increíble fue que a esta mímica le siguió un movimiento de todo su cuerpo hacia arriba, y luego hacia todas direcciones, mezclándose con el nado de los tiburones, como si fuese uno más de ellos.

—Ay, carajo —atinó a decir la morsa.

Era el momento estelar del loco, que prosiguió con su discurso.

—El programa te registra con la cámara, e interpreta tus movimientos iniciales para generar un movimiento completo de todo tu cuerpo que se integra con el ballet de fondo, en este caso el ir y venir de mis simpáticos amiguitos. Transfiere después ese mix a la pantalla, con un efecto 3D increíble.

—Y te ves a vos mismo nadar con los tiburones, que de simpáticos o amigables no tienen nada, te cuento —acotó Guille.

—No, no me veo, y eso es lo más interesante. Por los auriculares el programa te manda sonidos y no sé qué más, que hace que realmente sientas que estás nadando con los tiburones. Literalmente.

—Me estás jodiendo, eso no es posible —desconfió el tano.

Para algunos de nosotros, lo terrible ocurrió justo después de esa frase del tano. Para otros —como yo— hubo una cierta discontinuidad temporal, como si de pronto hubiese un breve salto hacia adelante en el tiempo.

—La sensación que tuve fue como la de comenzar a subir por una escalera, y de un instante a otro encontrarme con el pie en el último peldaño —le explicaba a Guille en el bar de la plaza Dorrego.

Más allá de la percepción temporal de cada uno, todos vimos más o menos lo mismo: la mano del loco abriéndose para arrojarle comida a los tiburones; era algo parecido al alimento para gatos, que quizás tuviera a mano cerca de la computadora. Esto provocó un revuelo de varios de los escualos, tratando de atrapar la comida. Fue en ese momento que uno de ellos rozó con la boca abierta uno de los brazos del loco. Todos vimos (algunos con mayor intensidad que otros) brotar un hilo de sangre que atrajo inmediatamente a todos los tiburones, incluso a varios que en ese momento no se veían en la pantalla. Vi claramente cómo la dentadura de uno de ellos se hundía en el brazo herido del loco, sacudiendo todo su cuerpo como si fuese un muñeco de trapo. Otros se sumaron al festín, desgarrando carne de las piernas o del torso. En pocos segundos la pantalla del loco se inundó de sangre; lo último que vimos con claridad fue el gesto de desesperación en la mitad de su cara, aplastada por un segundo contra la pantalla, antes de desaparecer por completo en la neblina rojiza y macabra.




Lo que vimos inmediatamente después —creemos que simultáneamente en todas nuestras computadoras— fue el cuadro de video del loco ponerse en blanco, con un mensaje de “UNEXPECTED ERROR”, seguido de otros detalles que nadie recuerda.

—Deberíamos haber grabado todo —me decía Guille aquella tarde en el bar—. Pero, claro, nos quedamos tan asombrados por el espectáculo que ninguno de nosotros se avivó a tiempo.

—¿Fuiste vos o el tano el que finalmente llamó a la policía para entrar a la casa?

—Fui yo —me confirmó—, después de que lo llamáramos mil y una veces al celular, e incluso al teléfono fijo de una vecina —el tano tenía el dato— que se cansó de golpearle la puerta sin obtener respuesta.

—Cierto, no encontraron ni rastro del loco. Aunque creo que uno de los canas creyó ver un pequeño charco de agua debajo del asiento de su compu, que además estaba prendida.

—Sí, me acuerdo. Por un par de semanas incluso se nos ocurrió que todo lo que pasó fue un show montado por el loco. Algún video que ya tenía editado de antemano, con su voz en off contestándonos en el momento. Vos sabés cómo era, le gustaban ese tipo de cosas. Si hasta especulamos con que se había ido por un par de semanas a lo de una prima, que según parece vivía cerca, dejando pistas bizarras, como el charquito de agua.

—Aunque lo intentamos, no pudimos ubicar a ningún familiar —acoté.

—Imposible. Sabíamos que era hijo único y que quedó huérfano cuando era muy chico, después del accidente de sus padres. Un par de veces contó que se había criado con una tía, pero nunca mencionó un dato concreto.

—Tampoco de su prima. Era una entelequia.

—Con todo, el petete todavía cree que fue una joda, y que en cualquier momento se nos aparece el loco muerto de risa, con su tradicional “cómo se la creyeron, eh”.

—¿Ya va para un año, no?

—Sí, en un par de meses.

—¿Te anotás con otra birra? —atiné a decirle, para salir del tema.

—Sí, dale.

Una visita inesperada

Ese día, Sonny había llegado más temprano al teatro. Ingresó por la puerta trasera de siempre, la que daba al pasillo que conducía directamente a los vestuarios, tras bambalinas. Un rato antes había llegado el contrabajista, que estaba terminando de afinar su instrumento; a un costado de la amplia sala asignada a la orquesta, se amontaban los bombos y platillos del baterista, que no cesaba de parlotear con uno de los operarios del teatro.

Tras recibir el saludo de bienvenida del contrabajista, Sonny dejó el estuche de su saxo a un costado, se sentó y encendió un cigarrillo. Escuchaba con claridad la música que provenía del escenario.

—¿Cómo está el ambiente hoy, Benny?

—Normal, diría. Todavía lleno de swing dancers.

—Recién van por Let’s Dance, tienen para media hora más.

La predicción de Sonny se basaba en que la banda de swing que se presentaba antes de la suya siempre tocaba los mismos temas, y en el mismo orden. Todos los viernes —el día de la semana en que ambas bandas compartían el escenario de ese teatro—, la de swing hacía la misma rutina. La de Sonny, en cambio, más volcada al jazz de vanguardia, renovaba constantemente su repertorio.

Cuando terminó su cigarrillo, Sonny se dirigió al telón de fondo del escenario y espió por un costado. Vio en la pista a una multitud de muchachitos blancos peinados a la gomina, con tiradores llamativos y zapatos bicolores, siguiendo prolijamente los pasos de la coreografía con sus parejas de baile, muchachitas de vestidos a lunares y zapatitos de charol. Les dio luego un vistazo a los músicos de la orquesta, que pese a verlos de espalda, pudo reconocerlos.

—Ni un solo negro en esa orquesta. Pure bullshit.

—Tranquilo hermano, en un rato les vamos a enseñar cómo se toca jazz.

Un rato después, ya realizado el recambio de bandas, Sonny estaba en la primera fila de su orquesta preludiando arpegios con su saxo alto. Al lado de él, completando la fila de saxos, había varias jóvenes promesas que, como él, adherían al nuevo estilo que se estaba gestando en aquellos años, y que un tiempo después sería bautizado como bebop. Al abrirse el telón frontal, pudieron ver a su público; muchos de los que estaban allí ese día solían venir con frecuencia a escuchar a la banda. Eran en su mayoría blancos, sentados alrededor de las pequeñas y numerosas mesas redondas que los mozos del bar del teatro habían instalado en la pista, luego de la sesión de baile. Sólo unos pocos oyentes negros se agrupaban alrededor de un par de mesas, en una esquina del salón; casi todos ellos eran músicos de jazz, a quienes el local les permitía la entrada siempre que vistieran saco y corbata. La guerra todavía no terminaba y el teatro no podía darse el lujo de perder clientela.

Presentada la banda —era de rigor en esa época que cada una tuviese su presentador— los músicos comenzaron con un par de temas de Dizzy Gillespie y siguieron con otros standards y temas propios, casi sin respiro. Todos los temas estaban repletos de solos, y Sonny soleaba en casi todos. Cuando tocaron Loverman, en un arreglo especial para la banda, la tanda de solos comenzó con el saxo tenor de Dexter, que se propuso recrear la melodía con notas largas y melancólicas; cuando Dexter estaba terminando lo suyo, Sonny se paró y continuó con la idea melódica del saxo tenor; a los pocos compases, sin embargo, fue incrementando la intensidad de su solo, doblando el tiempo y llevando las intrincadas frases hacia el registro más agudo de su instrumento. De pronto, llamó su atención una mujer de ojos claros y brillantes, que estaba parada a un costado del escenario, a pocos metros de él, y que lo miraba detenidamente; su cabello ondulado, de un dorado intenso, caía en largos mechones sobre su blusa blanca. Sin dejar de mirarla, Sonny llevó su fraseo a un nivel máximo de paroxismo, cerrando los ojos en las notas finales. Cuando se sentó y miró hacia la pista, la mujer ya no estaba.




Al terminar el show, Sonny se acercó al sector reservado a los músicos. Mientras hablaba con el barman en uno de los extremos de la barra, notó que alguien se aproximaba por el costado. Cuando giró la cabeza, se encontró con la extraña mujer que lo había estado mirando.

—Hola. Quería felicitarte por cómo tocas. Me gustaron mucho tus solos.

—Bueno, muchas gracias, señorita —respondió cortésmente Sonny, ante la mirada azorada de los compañeros de banda que estaban tomando algo cerca de él.

—¿Tocan aquí todos los días?

—No, en este teatro sólo los viernes, pero otros días de la semana estoy tocando con otros músicos en distintos bares. ¿Quiere tomar algo? —propuso Sonny, que aunque era muy desinhibido para hablar con las mujeres, no estaba para nada seguro de que su admiradora fuera a aceptar.

—Claro. Lo mismo que usted.

El barman sirvió otro whisky y lo acercó a la muchacha con cierta desconfianza.

—¿Cuál es su nombre, señorita?

—Me dicen Wanda, ¿y el tuyo cuál es?, si es que puedo tutearte.

—Edward, pero me dicen Sonny. Y sí, claro que puedes tutearme —respondió él, con una sonrisa que dejaba ver unos dientes blanquísimos y perfectos, que hacían un elegante contraste con su rostro moreno.

Sonny nunca había visto a una chica como ella. Debería tener más o menos su edad, con seguridad no llegaba a los veinticinco años. Era bellísima (“casi irreal”, pensó Sonny). Su cabello tenía un brillo dorado inigualable, con reflejos cobrizos que producían una sensación de movimiento. Tenía una piel muy blanca y de una tersura increíble. Su voz era en extremo agradable; curiosamente, su acento era tan neutro que no ofrecía pistas sobre su posible nacionalidad. Definitivamente, lo que más impresionó a Sonny fueron sus ojos: de color indefinible, que se ubicaba entre el turquesa y el gris. Si bien en todo momento su semblante irradiaba simpatía, había algo insondable en aquellos ojos absolutamente misteriosos, enmarcados por unas cejas perfectas.

Se sentaron alrededor de una mesita cercana a la barra y hablaron largamente. Sonny le contó sobre sus músicos de jazz preferidos, y sobre los discos más importantes que habían grabado. Ella parecía saber bastante de música, y se mostró muy interesada en conocer cómo los músicos de jazz armaban sus solos.

—En realidad es composición en tiempo real. Para poder solear con fundamento, los músicos de jazz tenemos que aprender las reglas básicas de la composición, conocer las progresiones armónicas del género y manejar con fluidez una variedad importante de elementos técnicos. Quienes tocamos instrumentos melódicos, como un saxo o una trompeta, debemos combinar esos elementos para producir frases melódicas que sean coherentes con los acordes que esté tocando, pongamos por caso, el piano. Lo que hace la diferencia es el buen gusto del solista, y sus ideas musicales —explicaba Sonny.

—Lo difícil debe ser combinar todo en el momento, sin tenerlo escrito de antemano —conjeturó Wanda.

—En efecto, ese es el gran desafío del solista de jazz, a diferencia de un solista de música clásica, que interpreta una melodía ya escrita y revisada. Nosotros sólo tenemos a la vista el cifrado de acordes, lo demás es un lienzo en blanco. Por eso, debemos trabajar mucho en internalizar escalas y arpegios, para conseguir un lenguaje musical coherente que nos permita transmitir, en el momento y sin filtro previo, lo que pensamos, sentimos, anhelamos; en fin, lo que somos.

—Entiendo. Sería como el caso de esos pintores japoneses que pintan sobre papel de arroz. No pueden detenerse a retocar trazo alguno, porque perforarían el papel. Es espontaneidad pura; con entrenamiento previo, claro.

A Sonny le encantó la analogía.

—Así es, Wanda. Lo has entendido perfectamente bien.

Hacia medianoche, el dueño anunció que ya hora de cerrar, así que los pocos músicos que quedaban tomaron sus instrumentos y se encaminaron hacia la salida del teatro. Sonny acompañó a Wanda hasta la vereda.

—Me gustaría mucho escuchar los discos de jazz de los que me estuviste hablando —le dijo ella, mirándolo fijamente a los ojos.

—Claro, los tengo en casa, podríamos encontrarnos algún día de estos y…

—¿Podemos ir ahora? —preguntó ella con una candidez que emocionó a Sonny.

—Bueno, mira, me encantaría… pero el vecindario en el que vivo es uno de los peores en todo el estado de Pennsylvania. Sospecho que mis vecinos no te mirarían con buenos ojos.

—No hay problema —replicó ella, colocándose el largo impermeable oscuro que llevaba colgado del brazo, cuya capucha ocultaba su cabellera y la mitad de su cara; complementó el disfraz con una bufanda y unos anteojos negros que terminaron de ocultarle casi completamente el rostro.

—Bueno, ok, nada mal —concluyó un asombrado Sonny, que comenzó a sentir una rara sensación en el estómago—. Mi departamento queda a unas cuadras de aquí, podemos ir caminando.

Caminaron en silencio. A las pocas cuadras del teatro comenzaron a ver edificios muy parecidos a los de Harlem, habitados por una población predominantemente negra y de muy escasos recursos. Unos adolescentes que practicaban básquet en la vereda saludaron a Sonny y uno de ellos deslizó un silbido final de admiración hacia la silueta de su misteriosa acompañante.

Sonny vivía en un cuarto piso por escalera. El edificio era uno de los mejores de la cuadra, con una pesada puerta de calle que se abría a un pequeño hall de entrada. Subieron ágilmente las escaleras, sin casi hacer ruido. El departamento de Sonny era espacioso, y al estar en el último piso se podía acceder fácilmente a la terraza.

—El vivir aquí arriba me permite tocar y escuchar música sin recibir las quejas de los vecinos. Además, la única vecina que tengo en el piso es una vieja que está medio sorda —puntualizó Sonny—. Hay otra ventaja: el alquiler es compatible con los ingresos de un músico de jazz —agregó.

Sonny preparó unos tragos y ambos se pusieron cómodos. Wanda se quitó sus botitas y se tendió a la largo del sillón Chester que presidía la habitación, dispuesta a escuchar los discos que Sonny ya estaba seleccionando. Un instante después se escuchó el siseo de la púa contra el primero de los vinilos, y en segundos comenzó a sonar el saxo tenor de Coleman Hawkins, en su personalísima versión de Body and Soul.

—Este tema va a quedar en la historia, estoy seguro. “Hawk” reversionó completamente la melodía, pero lo mejor de todo es su solo. Inspiró a muchos de los nuestros —explicó un entusiasmado Sonny.

—¿Te refieres a los bebopers, no?

—Así es. Les debemos mucho a los que abrieron el camino. También, aunque con un estilo más introvertido, Lester Young aportó lo suyo. Por supuesto hubo otros, pero esos dos fueron grandiosos. Charlie está de acuerdo conmigo en esto.

—Ah, Parker. Uds. dos tienen estilos parecidos, ¿no?

Sonny se sintió un poco incómodo con la pregunta, y comenzó a dar una larga explicación sobre el tema, que incluía una comparación minuciosa de la historia personal de él con la de Charlie “Bird” Parker.

—Ambos tuvimos las mismas ideas musicales en momentos casi idénticos, sólo que Charlie, que es un poco mayor que yo, se hizo conocer primero. Era inevitable que me sintiera influido por su manera de tocar. Pero eso terminó siendo un problema para mí: sin proponérmelo, me encontraba en el medio de un solo tocando frases y patterns muy parecidos a los de Bird. Incluso lo hablé con él, le dije que no era mi intención copiarlo, pero que me costaba mucho despegarme de su impronta. Una vez me dijo: “Tranquilo Sonny, ya vas a encontrar tu propia ruta”. Pero el hecho es que hasta ahora no he conseguido hacerlo. Es realmente frustrante, además yo…

En ese momento, Wanda se puso rápidamente de pie y detuvo el discurso de Sonny al darle un ligero beso en los labios. Cuando éste reaccionó, Wanda ya estaba inspeccionando la pequeña biblioteca que se encontraba al lado del tocadiscos.

—Veo que te gusta la buena literatura —dijo ella—. Melville, Fitzgerald, Faulkner, incluso tienes un libro de poemas de Dylan Thomas. ¿Y este de aquí: “Hadas de Pembrokeshire”? No veo el nombre del autor.

—Me lo regaló un irlandés que estuvo tocando la trompeta en la banda durante un tiempo, y al que le di alojamiento. Lo consiguió de casualidad en un viejo depósito de libros. Me dijo que es de autor anónimo.

—Ah, sí... Irlanda y los irlandeses.

—¿Conoces ese país? Por el color de tus ojos y de tu cabellera apostaría a que tienes ancestros irlandeses.

—Sí, en parte —respondió vagamente ella—. Pero hace mucho tiempo que no voy por allá.

Mientras Sonny cambiaba el disco, pensó por un momento en lo raro de la respuesta de alguien tan joven como ella: “hace mucho tiempo que no voy por allá” hubiese sido un comentario lógico en alguien mucho mayor. Mientras se escuchaba el percusivo y zigzagueante sonido del piano de Art Tatum, Sonny observó que, en la mesa cercana al sillón, la bebida de Wanda estaba intacta.

—¿No te gusta el whisky con hielo? Ahora que lo pienso, tampoco tomaste un solo sorbo en el bar del teatro. Puedo prepararte otra cosa, sólo dímelo.

—No, gracias, Sonny, estoy bien así. ¿Esta manija es para bajar la cama rebatible? Quisiera recostarme un rato, si no te incomoda… — agregó ella luego de una breve pausa, mientras le dedicaba una mirada divertida.

Sonny se apresuró a bajar la cama. “Por suerte cambié las sábanas hace poco”, pensó.

Wanda se tendió de costado y entrecerró los ojos. Sonny se sentó a su lado. Sin decir palabra, extendió la mano hasta tocarle una pantorrilla, y ante la sonrisa aprobatoria de ella, progresó con su mano hacia el muslo para encontrar el borde de una de sus medias de lana. “No usa portaligas, qué raro”, pensó él al encontrar sólo una banda elástica como todo sostén, justo por debajo de su ropa interior. “Tampoco usa enagua”, se extrañó. Con movimientos pausados, introdujo sus dedos debajo de cada banda sujetadora y empujó suavemente hacia abajo para quitar cada media. Luego deslizó lentamente el dorso de su mano sobre una de las piernas desnudas de Wanda, desde el empeine hasta la rodilla. Era como acariciar una seda finísima.

—Tienes unas piernas preciosas —sentenció él, observando la amplia sonrisa que vino como respuesta.

Sonny le quitó luego la pollera escocesa y la blusa, para desprenderle finalmente el corpiño y quitarle las braguitas de seda color salmón, con la amable colaboración de ella. No podía creer lo increíblemente bella que era la mujer desnuda que reposaba sobre su cama.

—Ponlo un poco a Lester, ¿sí? —pidió gentilmente Wanda.

Sonny se inclinó sobre el tocadiscos y puso un disco de baladas de Lester Young. También apagó la luz principal, dejando sólo una lámpara que proyectaba una luz tenue hacia el techo. Se paró luego al costado de la cama, frente a Wanda, y comenzó a desnudarse lentamente, al compás de la música.

—¡Wow! —lo animó ella—, casi un striptease privado… lindos pectorales.

Al terminar, Sonny se arrodilló en la cama, al costado de ella, y comenzó a acariciarla. Se detuvo en cada parte de su esbelto cuerpo, hurgando, acariciando, apretando suavemente, lamiendo aquí y besando allá. Le llamó mucho la atención que no tuviera ni un solo vello púbico; por un momento pensó que se depilaba, pero una prolija inspección reveló que no era el caso. El mayor descubrimiento, sin embargo, fue verificar que cualquier parte de ese hermoso cuerpo, aún las más íntimas, le dejaba el mismo rastro químico en su lengua y su nariz: era como una mezcla de incienso y almizcle, raro y agradable a la vez. Lo sintió incluso cada vez que interrumpía su reconocimiento para besarla profundamente en la boca. Mientras recorría su espalda, notó que ella tenía algunos espasmos leves y le pareció ver un cierto resplandor en la cabecera de la cama: breves destellos de una luz azulada. “Quizás es la lámpara, que está titilando”, pensó.

—No me equivoqué con él —reflexionó Wanda por su parte.

Luego hicieron el amor durante interminables minutos, en distintas posiciones. Wanda estaba meciéndose rítmicamente encima de Sonny, cuando sintió que el orgasmo de él se aproximaba. Apuró entonces el suyo, arqueando la espalda y dejando caer su cabeza hacia atrás, hasta que su larga cabellera rozó la planta de sus pies. En el momento en el que ambos tuvieron el espasmo final, a Sonny le pareció ver un intenso resplandor azul que iluminaba el rostro de Wanda. Un momento después, se descubrió a sí mismo con un agotamiento que nunca antes había experimentado después del sexo. Estaba recostado y Wanda acariciaba su cabeza.

—Tienes que dormir, lo necesitas, estás muy cansado.

Estas palabras actuaron como un bálsamo, e inmediatamente Sonny cayó en el más profundo de los sueños.




Cuando despertó, encontró a Wanda en el sector de la cocina. Había preparado un desayuno completo: además de los huevos y el bacon crujiente, había trozos de pollo asado y rodajas de tomate, que Wanda había conseguido rescatar de la caótica heladera. Sonny comió de muy buena gana, tomando largos sorbos de jugo de naranja a intervalos. Luego Wanda le sirvió una generosa taza de humeante café, acompañada de tostadas con mantequilla y miel de maple. Al terminar, Sonny esbozó un gesto de satisfacción que Wanda contestó con una cálida sonrisa. De pronto, cayó en la cuenta de que ella no había probado bocado. Le preguntó por qué.

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111 p. 3 illustrations
ISBN:
9789878723747
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