Read the book: «España en el diván»

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Título original: España en el diván

© Enric Juliana, 2014.

© de la cartografía: Marta Juliana, 2014.

© de la imagen de la página 391: Sancho besa los pies al Caballero

del Verde Gabán, Biblioteca de Catalunya.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO662

ISBN: 9788490562161

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

DEDICATORIA

CITA

PRÓLOGO. PRIMERAS PALABRAS EN EL DIVÁN

LA ESPAÑA DE LOS PINGÜINOS

PRÓLOGO

I. EL SIMULACRO DE LAS DOS ESPAÑAS

UN VIAJE A CÁDIZ

2. EL GRÁFICO DE MARIANO RAJOY

SÍSIFO EN EL BARRIO DE SALAMANCA

3. ZAPATERO, ¿UN SUÁREZ DE IZQUIERDAS?

4. LA NOCHE QUE GONZÁLEZ HIZO VUDÚ A MARAGALL

5. LA LEYENDA DEL CAFÉ PARA TODOS

EL FERRARI DEL SEÑOR RUS

6. AUGE Y DOMINIO DEL GRAN MADRID

MEDITACIÓN EN EL DESIERTO DE PITIS

7. EL MALESTAR DE CATALUÑA

OTEANDO EL FUTURO CON UN TORO PARLANCHÍN

8. SOBRE LA FRIVOLIDAD CATALANA

EL 18 DE BRUMARIO DE PASQUAL BONAPARTE

9. Y EL PRIVILEGIO VASCO SEGUIRÁ EN PIE

10. TRES RETRATOS DE GALICIA

11. TEORÍA DE LA CATÁSTROFE

EL ALTAR DE ATOCHA

12. CATÓLICOS DIFUSOS, CONSUMIDORES ASUSTADOS

ELOGIO DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

EPÍLOGO

BIBLIOGRAFÍA

LA DERIVA DE ESPAÑA

1. CAROLINGIA YA NO VIVE AQUÍ

2. LA EUROPA FILIFORME DEL 2030

3. UN LUGAR LLAMADO REGIÓN

4. ZAPATERO ANTE EL EFECTO MODIGLIANI

5. DON MARIANO RAJOY EN TIEMPOS DE OBAMA

6. EL CENTRO CON EL SUR

7. LAS TIERRAS LOGÍSTICAS DE JAUME I

8. EL GRAN LUXEMBURGO

9. SUCEDE EN CATALUÑA

10. ¡MADRID Y CORRIGE ESPAÑA!

11. ANDALUCÍA, LA INTOCABLE

12. EL VERDADERO SUR (EL NOROESTE)

13. DESAFÍO AL PAPA

14. SOSTIENE OLIVARES

MODESTA ESPAÑA

1. EL CABALLERO DEL VERDE GABÁN

2. EN CAMPO ABIERTO

3. EL PARTIDO ALFA

4. EL HOMBRE QUE NO PENSABA EN LOS ELEFANTES

5. CATALUÑA DESPUÉS DE LOS HERMANOS MARAGALL

6. LA CONSTITUCIÓN DE GADES

7. EL COLLAR DE LA PALOMA

8. LA RECENTRALIZACIÓN

9. LA VARIABLE MEDITERRÁNEA

10. EL DOMINÓ DE LA EUROPA DEL SUR

APUNTE DESDE EL CASTILLO DE ALMOUROL

11. EL HOMBRO DEL CARDENAL

12. ESPAÑA, AÑO 2050

EPÍLOGO

BIBLIOGRAFÍA

NOTAS

Para Ana Czeizler

«España: una gran ballena varada en las playas de Europa».

EDMUND BURKE,

político y ensayista,

impulsor de la rama conservadora

del liberalismo británico, siglo XVIII.

PRÓLOGO

PRIMERAS PALABRAS EN EL DIVÁN

Me dijo Juanjo Millás: «Escribes sobre la política española como si fueses un corresponsal extranjero». Me lo dijo, si no recuerdo mal, en una cena con un grupo de amigos en Madrid. Año 2005. Uno de los momentos álgidos de la «crispación», esa detestable parodia de los años treinta que sirvió para sujetar los cables de la Segunda Restauración en tiempos de bonanza económica. Políticos y periodistas jugando a rojos y azules sin riesgo de romper la vajilla. Ahora es distinto. Ahora hay preocupación, no vaya a ser que se rompa todo. Cánovas y Sagasta. Sagasta y Cánovas. En tiempos de calamidad hay que medir un poco más las palabras. Se siguen diciendo y publicando muchas barbaridades, pero los tonos más agresivos se reservan ahora para el circuito Twitter y para los canales marginales de televisión.

Correspondí a Millás con una sonrisa y creo que balbuceé alguna explicación sobre el periodismo y la media distancia. La media distancia del corresponsal. La sagrada media distancia. La idealizada frialdad anglosajona, que empezó a recalentarse hace ya unos cuantos años. La mirada distante —aparentemente distante— es difícil de disimular cuando te acostumbras a ella. Es un parapeto. Es un refugio. Es una excusa. Es un camuflaje. Escribir siempre como si fueses un corresponsal extranjero. Cuando se adquiere ese hábito es difícil abandonarlo. Existe toda una leyenda sobre el mal acomodo del corresponsal cuando regresa a casa. No se siente bien, todo le resulta extraño y le disgusta tener que volver a unos asuntos domésticos que creía haber dejado atrás, quizá para siempre. Le ocurre lo mismo que a Ismael, protagonista de Moby Dick, la novela principal de Herman Melville. Cada año, cuando llegan las lluvias de noviembre, el corresponsal tiene unas ganas irresistibles de abandonar tierra firme y volver a embarcar.

Fui corresponsal en Italia durante poco más de tres años —nada que hoy pueda impresionar a nadie: dos horas de avión, un país bello, acogedor y enrevesado, un laboratorio de los desórdenes europeos, un idioma fácil de entender, aunque no tan fácil de manejar— y al regresar de Roma a Barcelona no entendía nada. Primavera del año 2000. Tres meses en una nube, intentando comprender qué significaba la mayoría absoluta de José María Aznar. Pasé cuatro años en Barcelona observando la creciente acritud de la política española, conjugada con un consumismo que ya había dejado de existir en Italia. Conservo un vivo recuerdo de ese contraste. La juerga española frente a un inusitado recato italiano. Una exhibición consumista nunca vista, frente a la impostada austeridad de un país que después de haber reventado las costuras durante los bulliciosos años ochenta parecía acostumbrarse a un lento y constante declive, con crecimientos estadísticos que apenas superaban el 1,2 % del PIB en el mejor de los años. Mientras en España todo lo que era sólido parecía chapado en oro, la Italia del miracolo se amoldaba dolorosamente a un incierto estancamiento. El triunfal regreso de Silvio Berlusconi, una vez garantizada la implantación del euro, fue la última gran fantasía consumista de la sociedad mediterránea que inventó el desarrollismo. Creían que con el magnate populista volvería el tiempo de la lira fácil. Yo estaba allí. La fiebre navideña en las tiendas de la calle Pelai de Barcelona y las navidades en el barrio Aurelio de Roma, donde lo más lujoso en los escaparates eran los panettones de chocolate. Aquel contraste no era normal.

Y asistí, atónito, a las trágicas jornadas de marzo de 2004 desde la mesa de subdirectores de La Vanguardia, el único gran diario que no atribuyó la autoría de los atentados de Madrid a ETA. Busquen en la hemeroteca y no hallarán ese titular en la portada. Mérito del editor y del director, que supieron mantener la cabeza fría en un momento extraordinariamente complicado. Recuerdo, con vértigo, la jornada de reflexión del 13 de marzo. Las manifestaciones ante las sedes del Partido Popular. Las desgraciadas comparecencias de Ángel Acebes, ministro del Interior, intentando restar importancia a la pista islámica. Las intervenciones televisadas de Mariano Rajoy, nervioso y consciente de que la situación se le estaba escapando de las manos, y la alocución de Alfredo Pérez Rubalcaba, aprovechando con acentuado sentido de la oportunidad los errores del adversario. En Italia había visto cosas políticamente sorprendentes, pero nada tan fuerte como lo de aquel sábado 13 de marzo de 2004 en España. Un mes después aterrizaba en Madrid para estrenarme como cronista político. Distante corresponsal de la política española, según Juan José Millás.

De pequeño, en la escuela, siempre tuve un poco la cabeza en las nubes. «Persiguiendo nubes blancas paso la tarde de invierno...», cantaron años más tarde Lole y Manuel y al oírlo, durante el servicio militar en Almería, me emocioné. Me gustaban las redacciones de tema libre y una vez escribí que de mayor quería ser una nube para poder contemplar el mundo desde arriba, desde la distancia, y ver venir los acontecimientos, uno tras otro. Supongo que en esa confesión infantil hay materia suficiente para acudir al psicoanalista. En otra ocasión, la maestra de dibujo nos mandó componer un bodegón y dibujé una escena de taberna con los naipes desparramados sobre la mesa y cuatro tipos a su alrededor, entre ellos un pirata con parche en el ojo. La profesora me cogió cariño y cada año explicaba aquella anécdota a sus alumnos. El bodegón Juliana.

Al poco de llegar a Madrid, con cuarenta y siete años bien cumplidos, me enamoré de las nubes de Castilla y me entraron ganas de dibujar otro bodegón. Con las cartas sobre la mesa, por supuesto. Y con unos tipos muy particulares a su alrededor. El bodegón de la política española. Tenía edad suficiente para intentar escribir ese libro. Y nubes no faltaban. Las nubes de Madrid, muy velazqueñas en otoño, son las más bellas de Europa.

Así nació La España de los pingüinos (2006). Después vino La deriva de España (2009) y más tarde, Modesta España (2012). Los tres títulos agrupados en este volumen. El tríptico de una década inesperada en la que España se asomó a la ventana del optimismo y acabó cayendo desde un sexto piso, puesto que seis fueron los puntos del PIB que como mínimo se han perdido en esa brutal caída. La década que nos ha cambiado la vida.

LA COLINA DE LA PROSPERIDAD, LA LADERA DE UN VOLCÁN

Diez años. Desde las manifestaciones contra la guerra de Irak en 2003 hasta el regreso del Partido Popular al poder en pleno cataclismo económico. Diez años que no son fáciles de resumir. Hay en estos momentos un exceso de adjetivos catastrofistas en circulación. Las cosas están mal —para muchísimas personas, muy mal—, pero el PIB español sigue por encima del billón de euros. La gráfica de la evolución de la riqueza española desde 1850 parece el perfil de un volcán polinesio: una extensa y modesta llanura que sufre un brusco bajón en 1933 —consecuencia de la Gran Depresión y antesala de la guerra civil— y no comienza a subir hasta 1960, iniciando entonces una vertiginosa escalada con algunos altos en el camino. Hemos bajado estos últimos seis años, pero seguimos en lo alto, dibujando la «U» del cráter. Y no sabemos si el volcán será estromboliano, vesubiano o peleano. Cuanto más viscosa es la lava, mayor riesgo de explosión de los gases retenidos en el interior del cono. Una explosión del Vesubio sepultó Pompeya y Herculano. El estallido del monte Pelée en la isla de la Martinica destruyó la capital de la isla, Saint Pierre, matando a 28.000 personas en 1902. Si en el interior del cráter se forma una laguna, el volcán se llama freato-magmático y la explosión también puede ser terrible. Así ocurrió en la isla de Krakatoa. Los más pacíficos son los volcanes hawaianos, la lava es líquida y fluye constantemente, con facilidad, ladera abajo. Son ollas enormes que no explotan. Con un PIB de un billón de euros y una desocupación oficialmente cifrada en el 24 %, vivimos bajo un volcán de nuevo tipo. No sabemos qué pasará.

España es uno de los países del mundo que más ha aproximado su renta per cápita a la de Estados Unidos en los últimos sesenta años. En España hay en estos momentos muchos problemas acumulados y una grave crisis de expectativas, pero nunca la gente de este país había tenido tanto que perder.

La acumulación de riqueza dibuja el perfil de un volcán polinesio, y el gráfico de las variaciones cíclicas de la renta (por periodos de cinco años) se asemeja al cardiograma de una estación sísmica. Constantes altos y bajos: fortísima caída en la segunda mitad de los años treinta (colapso de la República y estallido de la guerra civil), leve subida y recaída en los cuarenta, fuerte tirón hacia arriba en los sesenta, la caída de la crisis del petróleo (muerte del general Franco y periodo de transición política), recuperación asociada al ingreso en la Comunidad Económica Europea, el tropiezo de los noventa (factura de la reunificación alemana y eclipse de Felipe González), la turbo-recuperación aznariana y esa caída en vertical desde 2007/2008. En el momento de escribir estas líneas (finales del año 2013) hay señales que indican una posible salida de la recesión con dos variantes que nadie puede pronosticar con certeza: sólida recuperación después de la fuerte devaluación interna de los últimos cinco años o estancamiento duradero, a la japonesa, con leves repuntes al alza. (Sin la riqueza y la estabilidad social de Japón.) Evidentemente, las consecuencias políticas de ambos escenarios pueden llegar a ser muy diferentes.

Al corresponsal que de pequeño quería ser una nube no le gustan los catastrofismos. El corresponsal ha nacido en Badalona, una de las ciudades más complejas del cinturón industrial barcelonés, y sabe qué es pasarlo mal. Sabe lo que es la crisis en la industria; esa crisis que entre los años setenta y ochenta desmochó una ciudad de pequeñas y medianas empresas —talleres, muchos talleres, y las sirenas de las fábricas pautando el amanecer—, cuyo ayuntamiento se enorgullecía de administrar el municipio con mayor variedad de implantaciones industriales en toda España. Cada año se celebraba una feria industrial denominada Exponente. Orgullo local. Desarrollismo, aceleración, masificación. Un municipio que entre los años sesenta y setenta vio multiplicada por cuatro su población, pasando de 50.000 habitantes de la etapa alfonsina y republicana a más de 200.000 en el momento de iniciarse la crisis del petróleo. En esa línea del PIB, que se dispara hacia arriba después del Plan de Estabilización de 1959, está Badalona.

Al corresponsal distante no le gustan los catastrofismos y por ello tuvo un sobresalto al ver la portada del segundo libro incluido en este volumen (La deriva de España). Los diseñadores proponían la imagen del globo terrestre con la península Ibérica desgajándose de Europa, perdida en medio del Atlántico como aquella Balsa de Piedra que imaginó el escritor portugués José Saramago. Una balsa perdida en el océano de la globalización, quizá rumbo a Brasil. Quien tenga hijos en Latinoamérica en busca de un porvenir, sabe lo que significa esa imagen. Me impresionó y maticé el título: La deriva de España, que no es exactamente lo mismo que España a la deriva.

La década de la incierta deriva. La década del desfondamiento, podríamos decir, puesto que la actual crisis ya no pone en jaque de manera preferente los empleos en la industria, sino que afecta con desigual intensidad a un amplio abanico social, con efectos parecidos a los de una epidemia. En un mismo sector, en una misma profesión, en una misma ciudad, unos sucumben y otros sobreviven. Los que logren sobrevivir serán más fuertes. Y algunos de ellos, mucho más ricos. La década darwinista, quizá sería el título más adecuado. Acelerado como nunca y espoleado por la telemática y las redes digitales, el capitalismo ha puesto en marcha otro de sus tormentosos reajustes. «Destrucción creativa», decía el economista Schumpeter. Y la ola esta vez nos ha pillado de lleno. España se dejó seducir por la especulación y se despreocupó de la industria. Las élites españolas llegaron a creer en el final de los ciclos económicos que profetizaban algunos ideólogos de la turbo-economía, hoy escondidos bajo las piedras.

La sacudida recorre todo el Mediterráneo, el de arriba y el de abajo, y volvemos a habitar una de las zonas más hirvientes del planeta. Esa toma de conciencia geográfica también es hoy muy pertinente para saber qué lugar ocupamos en la cadena de desórdenes del mundo. Abramos el atlas. Sur de Europa y norte de África: una de las zonas críticas del planeta. Deudas, debilidad industrial, envejecimiento de la población en la orilla europea; tensión demográfica (alto porcentaje de varones de entre 20 y 35 años sin perspectivas de mejora) y graves dificultades orgánicas para el crecimiento económico en la vertiente norteafricana. Ahí es donde estamos. Ese es nuestro lugar en el mundo.

La década ominosa creo que sería otra buena definición, pero la expresión ya se halla patentada y los historiadores la usan para referirse a la segunda restauración del absolutismo entre 1823 y 1833, tras el fracaso del Trienio Liberal y la irrupción de los Cien Mil Hijos de San Luis en socorro de Fernando VII, el rey felón.

LOS PINGÜINOS ANTE EL TEATRO DE LA «CRISPACIÓN»

Un retrato de los años que han puesto a España entre paréntesis. La España de los pingüinos tiene como argumento principal la teatralidad de la crispación política. El país nada entre burbujas y la competición política comienza a adoptar tonos extremistas. José María Aznar ha importado de Estados Unidos las teorías de la polarización de la opinión pública que tan buenos rendimientos dieron al Partido Republicano tras los dos mandatos de Bill Clinton. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, el impetuoso líder de la derecha española cree haber hallado la piedra filosofal: sumarse a la cruzada contra el terrorismo internacional para acabar de acorralar a ETA y trazar una fuerte línea de tensión que coagule al electorado conservador y dificulte la agregación del voto de izquierdas: créditos baratos y ley de partidos. Consumo alto, frente antiterrorista, acoso al Partido Nacionalista Vasco y primer intento de fracturación del nacionalismo catalán (cantos de sirena al sector más conservador de Convergència i Unió y foco beligerante sobre Esquerra Republicana para acrecentar su electorado). El PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero intenta darle la vuelta a este despliegue táctico: propone el pacto antiterrorista, apoya discretamente la alianza del PSC con Esquerra y deja que Jesús Eguiguren, exponente del sector más vasquista del PSE-PSOE, explore la vía del diálogo con la rama política de ETA. La guerra de Irak actúa como catalizador. Las protestas en las principales ciudades del mundo son el reverso de la formidable capitalización de los atentados del 11-S por parte de los neoconservadores. Las protestas contra la guerra son la primera señal masiva de inquietud y disconformidad de las clases medias occidentales, especialmente europeas, ante el nuevo curso del mundo diez años después del derrumbe del Muro de Berlín.

La gente de clase media media, con un empleo aún seguro —funcionarios, empleados públicos, profesionales, trabajadores cualificados—, intuye que los nuevos desprendimientos que se avecinan pueden caer esta vez sobre su cabeza. No va mal encaminada. Las protestas en Barcelona adquieren tal dimensión que son mencionadas por George Bush padre: «Las manifestaciones de Barcelona no nos dictan la política», declara el expresidente de Estados Unidos ante una convención de empresarios petroleros en Texas. En Barcelona, la protesta es muy intensa en los barrios centrales de la ciudad —las clases medias—, menos intensa en los barrios obreros, y tenue, muy tenue, en la parte alta, en el Upper Diagonal. Diez años después ese, exactamente ese, es el mapa del pronunciamiento soberanista catalán: el distrito del Eixample está lleno de banderas estelades (independentistas), la periferia metropolitana observa el fenómeno con una discreta división de opiniones (la procesión va por dentro), y los barrios altos se muestran fríos y distantes, pese a que en las reuniones familiares hay contraste de pareceres.

En 2003, las clases medias ya captaban una inquietante vibración en el aire: el mundo se está llenando de inseguridades y la promesa de una paz perpetua comienza a saltar por los aires. En algunas ciudades europeas esta percepción fue especialmente intensa. Es el caso de Barcelona, cuyas clases medias levantan hoy la bandera de la independencia catalana o reclaman una consulta sobre esta cuestión (no es lo mismo). Es el caso de Milán, capital italiana del diseño, de la moda y de las finanzas, gobernada por primera vez desde hace decenios por un alcalde de la izquierda. Es el caso de París. Roma, con un nuevo alcalde de izquierdas tras el golpe de péndulo que llevó a un antiguo militante del neofascismo a la primera magistratura de la ciudad. Ámsterdam. Londres, ayer gobernada por la izquierda del Labour Party, hoy con un alcalde conservador excéntrico. Y también Madrid, pero en este caso con amortiguadores. Madrid es la capital del «aznarato», el más voluntarioso y férreo intento de la derecha española de conseguir una posición de incontestable dominio a través de las urnas. Cuando todo lo que era sólido estaba chapado en oro, en Madrid circulaba demasiado dinero como para salir al balcón en el barrio de Salamanca o Chamberí dando golpes de cucharón a una cazuela contra la guerra de Irak. Las manifestaciones de Madrid fueron importantes, pero las riendas de la ciudad nunca las perdió Aznar.

La España de los pingüinos habla de ese momento. El título obedece a una historia que me contaron en 1984 durante un largo viaje en coche por toda Yugoslavia, desde Eslovenia hasta Macedonia. Los habitantes de la antigua federación yugoslava tenían dos opciones a la hora de pedir el pasaporte: podían hacer constar su nacionalidad de origen (eslovena, croata, serbia, macedonia...) o inscribirse como yugoslavos. Quienes optaban por la nacionalidad «federal» apenas superaban el 8 % del censo y comenzaron a ser denominados, despectivamente, los «pingüinos», gente rara que se adhería a una identidad escasamente enraizada. Si los «pingüinos» hubiesen supuesto el 25 % de la población, Yugoslavia no habría explotado en guerra civil. No sé lo que habría pasado, pero no habría explotado de aquella manera tan sangrienta. Recientemente, los pingüinos han reaparecido en la política internacional. Durante la última oleada de contestación social en Turquía (primavera del 2013), los pingüinos se convirtieron en el símbolo de las protestas. La cosa funcionó de la siguiente manera. Mientras la gente se manifestaba en la calle, principalmente en la plaza Tashkim, epicentro de la revuelta, la televisión turca ofrecía documentales sobre pingüinos. Mientras la CNN norteamericana informaba de las manifestaciones, la CNNTürk, emisora local bajo franquicia, pasaba imágenes de los palmípedos de la Antártida. Inmediatamente comenzaron a aparecer pingüinos pintados en las paredes de Estambul y los manifestantes comenzaron a portar pancartas con pingüinos. Un animal distante y simpático. Una excelente metáfora política. No me resisto a guardarme una anécdota del día de Sant Jordi del año 2006. La editorial me invitó a firmar libros en algunos puntos de Barcelona y por la mañana coincidí, codo con codo, con el filósofo bilbaíno Jesús Mosterín, autor de varios tratados a favor de los derechos de los animales. Mosterín comenzó a mirar de reojo el título de mi libro, hasta que no pudo aguantarse:

«Oiga, ¿qué le han hecho los pingüinos?», me preguntó muy seriamente.

«Nada, nada, no me han hecho nada. Es solo una metáfora política», le respondí y acto seguido intenté explicarle, de manera muy resumida, la historia yugoslava. Me escuchó amablemente, pero no podía evitar un gesto de contrariedad. Creo que el filósofo que de joven colaboró activamente con el doctor Félix Rodríguez de la Fuente veía en aquel título un acto de explotación ideológica de los inocentes pingüinos.

Ese primer libro contenía una anotación muy inocente que he querido conservar en esta compilación de los tres títulos. El subtítulo. Una visión antibalcánica del porvenir español: la concordia es posible. He efectuado rectificaciones mínimas en los textos manteniendo su tono original. Correcciones de estilo, algunas fechas erróneas, algunas reiteraciones, algún adjetivo calificativo que merecía ser retocado.

Una visión antibalcánica del porvernir español, escribí en la portada de ese primer libro. Vaya inocentada. Ese subtítulo parece hoy muy naíf. La balcanización parece posible y la concordia está hecha añicos, si tomamos como referencia los medios de comunicación y las redes sociales, el nuevo escaparate costumbrista. ¿Realmente es así? ¿Ya no hay margen para el arreglo?

Asumo con toda responsabilidad ese ingenuo subtítulo. Borrarlo sería un error. Cuando el Tribunal Supremo nos llame a todos a declarar en el Valle de Josafat, siempre podré alegar que en 2006, con cuarenta y nueve años recién cumplidos, escribí un libro favorable a la concordia en España. Espero que sirva de atenuante.

Todavía cabe alguna posibilidad de que esa frase tenga cierto contacto con la realidad venidera. Pese a todas las inflamaciones en curso, sigo pensando que no hay balcanización hoy en España. Quien conozca un poco lo que pasó en Yugoslavia entre los años ochenta y noventa sabe que en España no existen tantos odios acumulados, ni las diferencias étnicas y religiosas de los Balcanes, tierra de frontera entre el cristianismo y el islam en la Europa continental; tierra de frontera entre católicos y cristianos ortodoxos; tierra de frontera entre el antiguo imperio de los Habsburgo y el antiguo imperio Otomano; tierra de frontera entre la nueva Europa bajo el paraguas de la OTAN y el debilitado glacis ruso; tierra de frontera entre la zona de influencia alemana y la nueva zona de influencia turca.

Yugoslavia era una superestructura de corte autoritario, que sin llegar a los extremos de los regímenes estalinistas, había encerrado un mosaico de pueblos difíciles de conciliar. Tras la muerte del mariscal Tito y la caída del Muro de Berlín, la república federal de los eslavos del sur solo podía sobrevivir con un inteligente y gradual ensamblaje con la Comunidad Económica Europea. Y en Europa no hubo una política unitaria respecto a Yugoslavia. Las viejas apetencias se pusieron en marcha. Alemania quería completar su nueva área de influencia con Eslovenia y Croacia; el Vaticano apostó fuerte por la independencia de Croacia, tierra de frontera entre el catolicismo y la ortodoxia greco-eslava; Francia, para contrarrestar a Alemania, rehízo su vieja cordialidad con Serbia; viendo el reparto del pastel, la Italia de Bettino Craxi apuntó a Montenegro (así lo reconoció el exministro de Asuntos Exteriores, el socialista Gianni de Michelis, en un extenso documental de la BBC), y Turquía no tardó en enviar suministros a Sarajevo cuando vio en peligro a la comunidad eslavo-musulmana de Bosnia. Y Washington apostó fuerte. Los norteamericanos querían llevar la OTAN lo más cerca posible de las fronteras de Rusia. Por el norte apoyaron las tres independencias bálticas. Por el centro abrieron las puertas de la Alianza Atlántica a Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia. Y por el sur escogieron Albania como cabeza de puente —la desastrada Albania que nadie quería, excepto algunos industriales italianos—, para después fijar la atención en Kosovo. Concluidas las guerras balcánicas, la instalación militar ubicada cerca de Pristina, capital de Kosovo, es una de las mayores bases de Estados Unidos en el mundo. Kosovo es una base de Estados Unidos en la puerta de entrada a los Balcanes. Muerto Tito, la unidad yugoslava estaba rota; en Europa prevalecieron las viejas apetencias nacionales, y Estados Unidos aprovechó con energía y ambición esas contradicciones. Estados Unidos acabaría siendo el Gran Pacificador de los Balcanes en llamas.

Rotos los engranajes internos y sin una política de contención externa, el mosaico yugoslavo acabó rompiéndose violentamente, con un último factor detonante: la población masculina estaba muy acostumbrada al manejo de las armas, como consecuencia de la doctrina militar de movilización permanente del Ejército Popular —«el pueblo en armas» ante una posible invasión soviética—, y los depósitos de munición y armamento estaban muy diseminados por todos el país.

No son esas las coordenadas de España. Ni lo serán. Tierra de frontera con el islam, puente con Latinoamérica y pieza clave para la continuidad de la zona euro, la estabilidad política y financiera de la endeudada España (deuda privada y pública por valor del 378 % del producto interior bruto) es un deseo hoy compartido por Estados Unidos y por los principales centros de poder europeos. Alemania quiere tranquilidad y garantías de pago. A Francia, que debe medir constantemente fuerzas con Alemania, no le interesa una España excesivamente debilitada. La Italia estatal tiene fuertes intereses en la economía española y es radicalmente contraria a todo escenario de fragmentación territorial en el interior de la Unión Europea, porque el secesionismo difuso en el valle del Po no es un asunto en absoluto archivado. Al Vaticano no le interesa nada una dislocación de la monarquía católica española. Solo Londres observa las cosas de otro modo, puesto que Gran Bretaña tiene unos intereses específicos. Londres quiere conservar el peñón de Gibraltar, estratégicamente revalorizado con el nuevo cuadro de tensiones en el norte de África; siente un vivo interés por el cuadro clínico del sur de Europa en la medida en que esa áspera realidad cuestiona el triunfo de una Europa germanizada y le gusta convocar referéndums: los ingleses siempre han sigo grandes fabricantes de reglas de juego. Eso es todo. El mundo no está esperando que España se despedace. Conviene saberlo. En este sentido, sostengo tozudamente que es necesaria una visión antibalcánica del porvenir hispánico. Una posición antibalcánica significa rechazar el odio como motor de la dinámica política. Significa sentido del límite y voluntad de pacto. Creo que en España aún hay margen para ello.

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813 p. 22 illustrations
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9788490562277
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