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¡Revitalízate!

JORGE PÉREZ-CALVO
¡REVITALÍZATE!
Las mejores recetas de la cocina energética

El autor ha escrito este
libro en colaboración con
Pilar Benítez.
Coordinación: Zarana Servicios Editoriales, www.zarana.es
© Jorge Pérez-Calvo y Pilar Benítez, 2013.
Los derechos de esta obra han sido cedidos a través de
Zarana Agencia Literaria.
© Fotografías: Gastrofotos.
© de esta edición, RBA libros S.A., 2006, 2011, 2013
Diagonal, 189 – 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: 2006
Segunda edición revisada: febrero de 2011
Tercera edición revisada: marzo de 2011
Cuarta edición revisada: julio de 2013
RBA INTEGRAL
REF: OEBO857
ISBN: 978-84-1626-738-5
COMPOSICIÓN • DAVID ANGLÈS
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Todos los derechos reservados.
A mis cuatro hijos, con el deseo de que, cuando sean mayores, «comer bien» sea algo sencillo, asequible y fácil.
A todas las personas que buscan cómo mejorar su condición física y mental, ojalá este libro te ayude a conseguirlo.
Índice general
Prólogo
Bases para una cocina saludable y con propósito
Los alimentos como energía: qué hay que comer y qué no hay que comer
Las propiedades de los alimentos
Los sabores
Técnicas de cocina
Observaciones sobre algunos estilos de cocción
Recomendaciones importantes
Combinaciones de granos con alto nivel proteico
Nomenclatura de las recetas
LAS RECETAS
Sopas y cremas
Sopa de miso clásica
Sopa minestrone con mijo y garbanzos
Sopa de sarraceno y verduras de raíz
Sopa de quínoa, amaranto y alga dulse
Crema de calabaza o zanahoria
Crema de lentejas coral
Caldo de kombu
Sopa de verduras
Sopa depurativa
Fumet de pescado
Sopa de rape con quínoa
Cereales
Arroz a presión (receta base)
Arroz integral hervido (receta base)
Arroz hervido con otros cereales
Arroz salteado con verduras y tofu, seitán o gambas
Arroz con azukis
Bolas de arroz
Arroz con mejillones
Paella vegetariana
Mijo hervido
Pastel de mijo y verduras
Quínoa hervida (receta base)
Quínoa con verduras
Ensalada veraniega con quínoa
Trigo sarraceno (receta base)
Trigo sarraceno con alcachofas
Potaje de cebada
Crema de cereales para el desayuno
Crema de arroz
Crema dulce de mijo
Crema de mijo con verduras
Crema de quínoa dulce
Crema de quínoa salada
Crema de trigo sarraceno
Crema de avena o cebada
Copos finos de avena
Copos de avena con mijo
Copos de avena con quínoa
Copos de centeno
Copos de cebada
Pastas
Fideos a la cazuela con frutos de mar
Salteado con verduras
Pastel de polenta
Macarrones gratinados con seitán
Cuscús a la zanahoria
Verduras
Kímpira de verduras
Nituké de verduras
Nishime de verduras (estofado sin aceite)
Estofado de verduras con setas y tofu
Verdura verde salteada
Verduras hervidas en ensalada
Ensalada de escaldados «tres sabores»
Wok de verduras
Verduras al vapor
Gelatina de verduras
Cebollas enteras con miso
Mermelada de cebolla
Alga arame con cebolla y zanahoria
Salteado de verdura verde con arame
Alga hiziki: cocción base
Legumbres
Garbanzos: cocción base
Hummus (paté de garbanzos)
Paté de lentejas coral
Azukis con calabaza
Estofado de lentejas
Tofu macerado a la plancha
Tofu con gambas
Tofu teriyaki
Revoltillo de tofu y wakame
Quiche de tofu con puerros y alga hiziki
Queso de tofu
Paté de tofu y nueces
Tempeh a la plancha
Tempeh con almendras o nueces
Seitán en salsa de almendras
Fricandó de seitán
Seitán a la milanesa
Seitán a la plancha con ajo y perejil
Pescado
Pescado blanco a la plancha
Atún a la plancha con salsa verde
Pescado al vapor
Sardinillas al horno con jengibre
Pescado en papillote
Tártar de atún sobre canónigos
Gambas al ajillo
Sepia con guisantes
Postres y meriendas
Calabaza al horno
Compota de manzana
Crema de café
Crêpes de trigo sarraceno
Tarta de manzana
Pastel de zanahorias
Manzanas con granola
Peras al jengibre
Peras con canela
Tarta de ciruelas
Tiramisú de amasake y frutos del bosque
Barritas de cereales, semillas y frutos secos
Flan de frutas (Kanten de agar-agar)
Mousse de fresas y coco
Pastel suave de chocolate
Pastel suave de limón
Pastel suave de avena y manzana
Salsas y aliños
Salsa vinagreta
Salsa de miso naranja
Salsa verde (pesto de almendras)
Salsa de sésamo y alga dulse
Salsa de tomate (sustituto)
Salsa boloñesa de seitán
Salsa de setas para pasta
Shio Nori (condimento de alga nori)
Goma-Wakame (sésamo y alga wakame)
Gomashio
Nori tostada
Shio-Kombu
Miso con puerros o cebolletas
Bebidas
Té de tres años «Bancha» u «Hojicha» (de hojas)
Té de tres años «Kukicha» (de ramitas)
Té de tres años con regaliz
Té Mu
Leche de avena
Leche de arroz
Leche de soja
Leches vegetales en polvo (sin azúcar ni fructosa)
Café de cereales instantáneo (tipo «Yannoh»)
Té de tres años con Daikon
Ume-Sho-Kuzú (Umeboshi, shoyu y kuzú)
Tamari-Bancha
Té de umeboshi
Té de kombu
Té de arroz integral tostado
Té de cebada tostada
Té Bancha con rabanito y jengibre
Té de azukis
Té de shiitake
Kuzú con zumo de manzana
Kuzú con miel de arroz
Preparados curativos
Infusiones y tisanas
Compresas de jengibre
Glosario
Bibliografía recomendada
Agradecimientos
Prólogo
Este libro está destinado a toda persona interesada en mejorar su salud a través de la alimentación, usando la cocina como herramienta diaria para ello. Nuestra condición física, mental y emocional está condicionada constantemente por los alimentos que comemos.
Nuestro cuerpo desaparecería literalmente si no comiésemos de manera regular. La forma en que cocinamos, qué cocinamos, lo que nos vamos a comer, la calidad del alimento y su forma de preparación, condicionan de forma definitiva los efectos que esto va a producir sobre nuestra persona. La cocina es un arte de muy difícil realización, puesto que no sólo debe aportar el placer al paladar y a la vista, sino que debe, sobre todo, cumplir unas funciones nutricionales y de mantenimiento de la salud básicas para nuestra supervivencia y para poder obtener una mejor calidad de vida.
Como se explica en la primera parte de este libro, el alimento tiene unas propiedades inherentes a sí mismo en función de su sabor, naturaleza, lugar de origen, color, etc. Estas propiedades le dan un trofismo, es decir, una vocación por ciertos órganos y una funcionalidad que puede ser usada con efectos terapéuticos.
Más allá del uso de las calorías y las vitaminas como conceptos muy básicos de la nutrición clásica, hay otros conceptos milenarios que se han usado en culturas muy antiguas para mejorar, prevenir y curar un gran número de enfermedades y condiciones.
La finalidad de este libro no es la de presentar un complejo libro de cocina, sino un libro básico para poder elegir platos que se avengan a nuestras necesidades más simples de cada día.
Hemos clasificado las recetas en 5 categorías, de manera que hay platos para:
• Aumentar el nivel de energía del cuerpo y la concentración física y mental.
• Relajarnos, disminuir la angustia y la ansiedad, favorecer el sueño y ayudar a una condición más tranquila del espíritu.
• Depuración, adelgazamiento, desintoxicación del cuerpo, algo básico en nuestros tiempos debido a la constante invasión de tóxicos, alimentos con aditivos químicos, contaminación electromagnética, metales pesados, alimentos manipulados genéticamente, activados con insecticidas o pesticidas, animales alimentados con piensos de dudoso origen, etc.
• Recuperarse después de un desgaste, estrés o ejercicio físico importante. Son recetas que nos van a ayudar a recuperar sustancia básica y masa corporal después del desgaste.
• Mejorar la capacidad digestiva. La fuerza digestiva es fundamental para la salud de la persona y su nivel de energía.1
La intención de este libro no es la de dar una extensa explicación sobre estos temas, sino la de crear un manual muy simple de referencia para poderse manejar a diario sin demasiada complejidad teórica. Pretende ser una referencia básica de consulta simple para poder elegir platos en función de cuáles sean nuestras necesidades o requerimientos del momento.
Evidentemente, todo plato equilibrado requiere de unas proporciones determinadas de los distintos tipos de alimentos. Los cereales siempre tendrán un efecto más tonificante de cara a nuestra energía, las legumbres nos relajarán, la fruta nos sedará, las verduras y las algas nos depurarán y las proteínas actuarán como reconstituyentes.
Los alimentos, por su naturaleza, tienen tendencia a cumplir una serie de funciones; pero dependiendo de cómo se cocine, de cómo se elabore el plato, estas condiciones pueden modificarse. Esto es lo que de alguna manera intentamos reflejar y matizar a lo largo de esta obra.
Es obvio que toda dieta debería individualizarse en función de la persona y sus condiciones, sexo, lugar donde vive, trabajo, edad… Esto es imposible de hacer si no es mediante una consulta con el especialista. Por ello, hemos pretendido ofrecer unas recetas muy generales que pueden ir bien a la mayoría de la población, lo cual no quita que cada uno pueda crear ligeras improvisaciones sobre las recetas base para adaptarlo a su gusto.
No obstante, si se cambia el uso de determinadas especias o de según qué condimentos, puede ocurrir que se modifiquen sus efectos. Las proporciones, tiempos de cocción y cantidades pueden variar dependiendo del tipo de ollas, fogones o la presión atmosférica; por lo tanto, éstas serán siempre aproximadas.
En la cocina, es muy importante la actitud del cocinero, la atención, cuidado y mimo con que se elabora el plato.
Asimismo, es muy importante la intención que se pone al preparar el plato. Si tenemos la motivación de mejorar el nivel de energía y el bienestar de quien va a consumir nuestra receta, esto va a ser un ingrediente que ayudará a que el plato haga su efecto, pues el alimento es receptivo a la energía del cocinero. La concentración y buen talante del cocinero hace que el plato sepa mejor y siente mejor.
Dado que las fuentes proteicas tradicionales cárnicas y lácticas están médica y socialmente cuestionadas, en este libro se recomiendan alternativas proteicas de alta calidad sin toxinas, de alto nivel nutricional.
De la misma manera, el uso extendido de abonos, insecticidas, pesticidas y el agotamiento de las tierras de cultivo, así como la manipulación genética o la transgenización de cultivos vegetales, invitan a un consumo de alimentos cultivados ecológicamente, exentos de todas esas alteraciones que afectan de forma negativa a nuestro organismo.
Se recomienda el uso de las algas por su alto nivel nutricional, especialmente por su riqueza en sales minerales, por su capacidad desintoxicante y depurativa del cuerpo, por su capacidad de eliminar residuos cárnicos y lácticos del organismo, por aportar ciertos nutrientes que, hoy en día, si el vegetal no es de cultivo ecológico, es difícil que ingiramos (cinc, magnesio, etc.).
Veinticuatro años de práctica médica con dietoterapia me han convencido de la bondad de esta alimentación a la hora de mejorar de forma rotunda la calidad general de la salud y de la condición de la persona.
Es importante leer la primera parte del libro antes de pasar a las recetas, para comprender ciertos principios energéticos básicos a la hora de abordar las recetas con un buen criterio.
El cuerpo, como cualquier otro fenómeno del universo, siempre está buscando el equilibrio entre polaridades opuestas. Si nuestra alimentación es muy concentrada y contractiva (mucha carne, embutidos, sal, exceso de cocción, presión, fuego, etc.), nos apetecerá consumir más alimentos de tipo expansivo (azúcar, chocolate, helados, zumos, frutas, alcohol, drogas —en su extremo—), productos que producirán una distensión en los tejidos y dispersión en general de la energía. Compensar tendencias oscilando entre opuestos, tiene para nuestro sistema nervioso vegetativo y nuestro organismo un alto coste biológico y energético.
Por el contrario, con una dieta más centrada, con alimentos más nutritivos y energéticos, menos extremos en su condición y más fáciles de asimilar y metabolizar, como los que se proponen aquí, es más fácil encontrar bienestar, equilibrio y aumento de la vitalidad.
Las recomendaciones que hacemos se pueden practicar de por vida y no están sujetas a condiciones coyunturales como otras dietas terapéuticas o de adelgazamiento (dieta frugívora, carnívora, disociada, higienista) que pueden ser adecuadas y tener éxito en un momento determinado, con unas condiciones específicas de la persona, pero no en otras.
A la larga, el mantenimiento de éstas acaba fracasando por las razones que se exponen en la primera parte de este libro.
Los efectos de cambiar nuestra alimentación en el sentido que aquí se indica, se notan en pocas semanas: el tono energético mejora, la digestión se vuelve más ligera, se despeja el estado mental y se serena el emocional.
También se especifica en qué estación del año es recomendable cada receta.
El lector no tropezará con sobreabundancia de términos eruditos médicos, nutricionales o propios de medicinas orientales que forman los fundamentos de este libro, las cuales podrían obstaculizar su entendimiento. Las explicaciones se hacen de forma llana e intuitiva.
1.-Para más información sobre este tema, consultar el libro de Jorge Pérez-Calvo Nutrición energética y salud, DeBolsillo, Barcelona, 2010.
Bases para una cocina saludable y con propósito
Los alimentos como energía
Los alimentos son fundamentalmente energía. En realidad, todo el universo lo es. La teoría cuántica, una de las ramas de la física moderna, lo ha demostrado. Según ella, la materia no es sino energía condensada. Veamos en qué se basa esa afirmación. Como sabemos, los átomos están formados por uno o varios electrones y por un núcleo compuesto de protones y neutrones. Los electrones no tienen masa, es decir, son energía en estado puro. Los protones y los neutrones, en cambio, sí cuentan con ella. Sin embargo, cálculos científicos han probado que si uniéramos todos los núcleos atómicos del universo, ocuparían el mismo espacio que la cabeza de un alfiler. Lo cual demuestra que la materia, por sólida que parezca, está prácticamente vacía.
El hecho de que una sustancia o un fenómeno nos resulten más o menos sólidos es una cuestión de percepción. En realidad, nunca llegamos a tocar nada verdaderamente. Cuando creemos rozar una mesa, sus electrones y los de los átomos de nuestros dedos no entran en contacto. Si lo hicieran, estaríamos frente a una reacción química, algo que, obviamente, no sucede cuando pasamos la mano por una mesa. La solidez de un objeto, en definitiva, no es más que una impresión. Y es que si pudiéramos contemplarlo a nivel subatómico, comprobaríamos que un objeto, sea cual sea su naturaleza, está formado por pequeñísimas porciones de masa separadas por enormes espacios huecos, una suerte de universo en el que los núcleos atómicos ejercen de estrellas, los electrones de planetas, y el resto son millones de kilómetros de puro vacío. De hecho, cuando algo se nos antoja duro o, por el contrario, blando, lo que estamos percibiendo son energías con diferentes longitudes de onda.
En resumen, tanto nosotros como el mundo que nos rodea somos básicamente energía. Y los alimentos, por supuesto, no escapan a esa ley. Por ello es por lo que vamos a abordar la alimentación desde el punto de vista energético.
El yin y el yang: la polaridad universal
La concepción del mundo como un cúmulo de fenómenos energéticos no es patrimonio exclusivo, ni mucho menos, de la física moderna. Tradiciones y filosofías de distinto signo y origen geográfico entienden y explican la realidad de esa forma desde hace muchísimos siglos. Y todas ellas, asimismo, comparten la idea de que los fenómenos se manifiestan como si tuvieran dos caras, resultado de la existencia de una polaridad energética universal, que se ha representado de distintas formas según la cultura o la religión a la que nos refiramos: el taoísmo la simboliza con el círculo del yin y el yang (los términos que vamos a utilizar en esta obra); el cristianismo, con la cruz (la energía vertical y la energía horizontal) o también con la Madre Tierra y el Padre Celestial, a los que se refiere Jesucristo en el evangelio copto de santo Tomás, por ejemplo; el judaísmo, con la estrella de David (dos triángulos superpuestos, uno de ellos invertido); el budismo tibetano, con la esvástica (tan tergiversada por el nazismo); el sintoísmo, con la T invertida; el zoroastrismo, con el punto y la línea; etc.
¿En qué consiste esa polaridad? Ya en la antigüedad, los hombres observaron que en todo fenómeno existe una tendencia hacia la expansión y otra hacia la contracción o, lo que es lo mismo, una tendencia yin y otra yang. En función de qué tendencia predomine en un momento determinado, es decir, sabiendo si el fenómeno se encuentra en una fase expansiva (yin) o en una fase contractiva (yang), se puede prever qué evolución sufrirá. El yin y el yang son, en síntesis, fuerzas (la primera centrífuga, la segunda centrípeta) que operan en cualquier dimensión de la realidad. Si hablamos, por ejemplo, del movimiento, éste será más yin cuanto más lento sea, y más yang cuanto más rápido. Si nos referimos a las texturas, las blandas son más yin, y las duras, más yang. Si analizamos a una persona por su constitución, será más yin cuanto más alta y gruesa sea, y más yang cuanto más baja y delgada. En cuanto a los ambientes climáticos, el tropical es más yin y, en cambio, los ambientes fríos son más yang. Yin, en definitiva, es todo lo que conlleva difusión, dispersión, separación, descomposición, etc. Yang, por el contrario, es lo que implica fusión, asimilación, reunión, organización, etc. En el siguiente cuadro podemos ver éstos y otros ejemplos de la aplicación de la polaridad yin/yang en la realidad.

Esta división debe tomarse siempre en términos relativos. Nada es yin o yang de forma absoluta, sino que todos los fenómenos son una combinación de ambas tendencias energéticas en una u otra proporción. Además, esa proporción varía constantemente, hasta el punto de que cualquier cosa, llevada al extremo, se convierte en su opuesto. Por otra parte, algo que, generalizando, lo incluiríamos en el campo de lo yin, puede ser yang comparándolo con algo más yin, y viceversa. (Veáse el gráfico «Espectro lumínico» en la primera página del pliego interior a color.)
Para comprender mejor cómo funciona esta polaridad universal, podemos acudir a los principios y leyes que, de acuerdo con la tradición oriental, regulan el funcionamiento energético del mundo. Según ella, los siete principios del «infinito universo» —concepto que alude a la matriz de fenómenos que nos envuelven, de la cual surgen los acontecimientos, situaciones y seres que configuran nuestra realidad— son:
• Todo es una diferenciación del Uno infinito.
• Nada es idéntico.
• Todo fenómeno es efímero y está transformándose constantemente, cambiando su polaridad de yin a yang, o viceversa.
• Los elementos antagónicos son complementarios, es decir, forman una unidad.
• Lo que tiene cara tiene dorso, y cuanto mayor es la cara, mayor es el dorso.
• Todo lo que tiene principio tiene fin.
• Yin y yang se manifiestan continuamente desde el eterno movimiento del infinito universal.
A partir de estos siete principios, la tradición oriental entiende el universo como una manifestación de dos energías antagónicas y complementarias: el yin —que representa la centrifugalidad— y el yang —que representa la centripetalidad—, las cuales se atraen mutuamente, interactúan y generan todos los fenómenos. Conviene tener en cuenta que nada es totalmente yin o totalmente yang. Cualquier fenómeno es una combinación de ambas energías en distintas proporciones, las cuales, además, varían constantemente. El equilibrio absoluto no existe, sino que, en los fenómenos, situaciones o sistemas estables, se da un equilibrio dinámico. Otras dos leyes fundamentales rigen a ambas fuerzas: por una parte, lo yin repele lo yin y lo yang repele lo yang; y, por otra, lo extremadamente yin produce yang y lo extremadamente yang produce yin.

Como veremos extensamente más adelante, también los alimentos tienen ese carácter bipolar: unos son más yin y otros son más yang; y, en función de ello, producen determinados efectos a nivel mental, emocional u orgánico. De ahí que la aplicación de la polaridad yin/yang a las recomendaciones sobre cómo alimentarnos y a las dietas curativas sea muy directa. Tan directa como efectiva. Un ejemplo a modo de anticipo: si una persona está dispersa, asténica y alicaída, es decir, se encuentra en una fase yin, lo que convendrá es que tome, por ejemplo, alimentos salados, concentrados y tostados, que producen efectos yang.
Pero antes de entrar de lleno en la cuestión de la alimentación y la cocina, veamos cómo funcionan ambas fuerzas, la centrífuga y la centrípeta, el yin y el yang, a escala planetaria.
La energía terrestre y la energía celeste
Todos los fenómenos que se producen en nuestro planeta lo hacen en el encuentro de dos clases de energías, las terrestres y las celestes. Las energías terrestres son yin: verticales, ascendentes y centrífugas. Las celestes, por el contrario, son yang: verticales, descendentes y centrípetas. En la confluencia, en el choque de esas dos fuerzas, se genera y se desarrolla, sin ir más lejos, la vida. Cuando predomina la energía celeste, nos encontramos con el mundo inorgánico, y conforme la energía terrestre aumenta, aparece el mundo orgánico. Los minerales, por ejemplo, tienden a cristalizar, a organizarse ocupando el mínimo espacio y la menor energía posibles: son yang estructurado, centrípeto y condensado. En cambio, el mundo orgánico crece por inhibición, tiende a la expansión, y gracias a la energía terrestre puede satisfacer su vocación de ocupar cuanto más espacio mejor. Podemos comprobarlo remitiéndonos al crecimiento de las plantas, vertical y ascendente. Incluso las plantas que aparentemente crecen horizontalmente lo hacen en realidad hacia arriba. Cosa distinta es que luego no encuentren un huésped por el que trepar y caigan debido a la gravedad. Claro está que las raíces crecen hacia abajo, pues yin y yang siempre coexisten, pero la tendencia dominante en las plantas es el crecimiento hacia arriba y hacia fuera.
Dentro del mundo orgánico, existen diferencias entre el mundo vegetal y el mundo animal. Las células de los animales (yang) son más condensadas que las de los vegetales (yin) y, en general, el mundo animal se rige por una tendencia más centrípeta y aglutinadora que la que gobierna el mundo vegetal, absolutamente expansiva. Esto es debido a que los animales cuentan con mayor proporción de energía celeste que los vegetales.
La energía terrestre, centrífuga y yin, es fruto de la rotación del planeta y alcanza su punto culminante en los trópicos. Allí crecen grandes árboles, grandes hojas, grandes insectos. Y es que la energía de la Tierra produce abundancia y pluralidad de seres. Por el contrario, la energía celeste, centrípeta y yang, predomina en los polos, donde la vida tiene mayores dificultades para desarrollarse: hay menor variedad de especies, con predominio absoluto de las animales —osos, focas…—, y las especies vegetales que empiezan a surgir conforme nos alejamos de los polos cuentan con características celestes (dureza, hojas pequeñas, más raíces y mayor condensación y resistencia que en los trópicos). Por otra parte, en los polos el mundo es más vibracional y energético («invisible», no manifestado), con poca variedad de vida y alta carga electromagnética (auroras boreales, por ejemplo) que en el ecuador, donde hay más manifestaciones físicas materiales (gran variedad de vida, especies, plantas de todo tipo…).

Dentro del mundo orgánico, lo vegetal es más yin: expansivo, pasivo y frío. Lo animal, en cambio, es más yang: compacto, activo y caliente. Como en los polos la energía predominante es yang, conforme nos acercamos a ellos van desapareciendo los vegetales. Si invertimos la dirección y nos encaminamos al ecuador, vemos que la diversidad vegetal, por el contrario, aumenta, y que los árboles son cada vez más altos (por más energía de la Tierra, yin).

Al contrario que las plantas, que reciben principalmente su energía de la tierra, a la que están arraigadas, los seres humanos, como animales que somos, tomamos más energía del cielo que de la tierra. Somos, de hecho, el animal que más energía celeste es capaz de captar. La proporción entre energía celeste y energía terrestre de que estamos cargados es, aproximadamente, de 7 a 1 que, por cierto, es también la proporción ideal, según los clásicos, entre el tamaño del cuerpo y el de la cabeza. Existe, sin embargo, una pequeña diferencia entre el hombre y la mujer que explica la polaridad y hasta la atracción entre ambos: el hombre está más cercano a la proporción de 8 a 1. De ahí que los ciclos de la mujer se rijan por múltiplos de 7 y los del hombre por múltiplos de 8. La mujer comienza a menstruar, o comenzaba a hacerlo, a los 14 años. Actualmente, la primera menstruación se ha adelantado debido al excesivo consumo de carne y de proteína animal —factores yang—, pero el ciclo sigue repitiéndose cada 28 días, un múltiplo de 7; y un embarazo dura 280 días. En el hombre, en cambio, la pubertad llega a los 16, un múltiplo de 8; y los 40 marcan en general un momento significativo.

Según las medicinas orientales, la energía terrestre entra en el cuerpo humano por los pies y por el perineo; la celeste entra principalmente por la cabeza. Ambas circulan por un mismo canal central y van cargando una serie de centros de energía, que los orientales denominan chakras, los cuales a su vez la distribuyen a través de nadis (o meridianos internos y externos) por todo el organismo. La energía sufre en ese trayecto un proceso progresivo de materialización, de más sutil a más densa, que alcanza su culminación en la linfa y las células.
Los chakras2 regulan las actividades fisiológicas y mentales de su área de influencia. En total, existen seis centros de energía básicos3 que se encuentran respectivamente en:
• La zona de la coronilla: es el lugar por donde entra, principalmente, la energía celeste (desde hace muchísimo tiempo este centro energético está desvitalizado, es decir, más allá de constituir la puerta de entrada de la energía celeste, no aporta energía al organismo sino que la consume).